miércoles, 5 de noviembre de 2008

LA IMAGINACIÓN HISTÓRICA DE HÉCTOR DE MAULEÓN

LA IMAGINACIÓN HISTÓRICA DE HÉCTOR DE MAULEÓN
POR JOSÉ JOAQUÍN BLANCO

Me declaré entusiasta de la prosa de Héctor de Mauleón antes de conocer sus cuentos, por sus reportajes, ensayos o relatos históricos publicados en Crónica. Creo que es el mayor, si no el único cronista que ha aparecido en México durante los años noventa.
Como se sabe, ese género misceláneo llamado “crónica”, que logró su veranillo literario a finales de los años setenta, se deshilachó muy pronto en textos irresponsables, sentimentales o ideológicos, a causa de los lamentos y furias periodísticos que atronaron la prensa nacional a partir del temblor de 1985 y de las enconadas andanadas partidarias entre priístas y expriístas. Llegó a ser punto menos que ilegible.
De Mauleón se inventó, quién sabe cómo, un canon diferente: revaloró la erudición, la tenaz investigación hemerográfica; el cronista ya no sólo agarraba y hablaba al vuelo de sus ocurrencias, sino que sabía mucho de su asunto. Soslayó el lenguaje coloquialista arrebatado, instantáneo, casi automático, que se había vuelto epidemia entre los cronistas, en favor de una prosa estricta y templada, pero dueña de una libre naturalidad. Y se retiró un poco de las unánimes llagas contemporáneas, tan venalmente explotadas por la codicia de los partidos políticos, para recuperar, como cronista, momentos intensos del pasado mexicano. Ha de tener en los cajones de su escritorio material suficiente para varios excelentes libros de crónica.
Ahora sabemos que se trataba de las crónicas de un cuentista. Un narrador perfeccionista en el entramado y el lenguaje de cuentos fantásticos, a ratos casi matemáticos, con juegos de espacio y tiempo, en los que el pasado invariablemente se une con el presente a través de los pasadizos secretos del amor, el misterio, el terror. Son verdaderas invenciones: artefactos meticulosamente fabricados para abolir el mundo concreto, algo superficial, y poblarlo de enigmas intensos.
La inteligencia sonríe en ellos con prosa impecable, y las emociones profundizan su estremecimiento sin efusiones, con una admirable economía de recursos. Una prosa sin reiteraciones ni énfasis: sabe lograr grandes efectos con pocas palabras. Y una ambiciosa modestia: más que innovar, ha retomado la tradición del cuento fantástico de Borges, Bioy Casares y Cortázar (no menos olvidada que superficialmente celebrada), con sus exigencias intelectuales y estéticas.
Un edificio decó de departamentos en la Colonia Condesa, con su monumental escalera en espiral, se convierte en una trampa para repetir un pasado atroz, con las atmósferas de tragedia y horror que parecen no haberse desvanecido de sus muros. Sé que no se debe atribuir al autor los hechos ni dichos de sus personajes, pero me imaginé a De Mauleón por rasgos que comparte con el protagonista: el periodismo, la incontinente nostalgia del pasado. Ahí andaba por la espiral de los suicidas, a punto de caer en el pozo macabro de un pasado sangriento. Lo vi con chamarra y a colores, subiendo. Pero en mitad de la escalera se encontró con otra “perfecta espiral”. Alguien, muy parecido a él, pero en blanco y negro, con elegante traje de 1953, escapaba de un crimen de alcoba. Se trataba del actor David Silva, quien, azorado, imaginó que regresaba, cuarenta y tantos años después, disfrazado de periodista blasé, a confesar en un cuento en clave un crimen que creía perfecto. “¡Maldita sea, exclamó David Silva; yo que tantos héroes rudos he sido, voy a terminar de literato!” No sé bien si, después de este enfrentamiento, De Mauleón y David Silva intercambiaron identidades, o si cada cual pudo escapar con la propia por su particular pasadizo del tiempo.
Los personajes masculinos de este libro suelen ser tristones, solitarios, escépticos, y se esfuerzan por hablar y comportarse de un modo algo arisco. Humphrey Bogart. A ratos “huyen del futuro y de la profesión” y de sus desaseados departamentos de soltero, a través de fiestas ácidas donde los tiempos se sobreponen, como la delirante Susana Ferrán (acaso bisnieta de la Aura de Fuentes), a su vez fugitiva del presente, revestida y difuminada con el vestuario teatral del pasado.
De Mauleón escoge personajes-antena, quienes atraen las “corrientes secretas” de historias antiguas que parecen fluir a su lado, y de las que se vuelven observadores o víctimas intensos durante los momentos-antena de soledad o de tristeza amorosa. El problema del Hombre Hueco es que se ve acechado por todo tipo de extemporáneos contenidos espantosos, fantasmas que lo espían para habitarlo al menor descuido.
Como lo obsesiona el pasado colonial, al que a ratos idealiza como cronista, y el siglo XIX, se vuelve un compañero incómodo para visitar museos. Si alguien lo acompañara a contemplar, por ejemplo, la famosa imagen del Puente de Roldán, podría verse en la misteriosa situación de salir solo del museo: De Mauleón se habría incorporado a la litografía, en plena acequia, a lo mejor como marchante de rábanos en una trajinera, por obra y gracia de “un humo que iba atravesando el tiempo”.
Realmente espero que Mauleón haya salido íntegro de sus visitas al Museo de Antropología; no sea que los turistas japoneses vayan a fotografiar a un Héctor de Mauleón sacrificado por Huitzilopochtli, y estemos aquí departiendo, muy quitados de la pena, con el auténtico y terrible Cópil, origen del sanguinario imperio azteca, cuyo corazón produjo las tunas del escudo nacional.
Lo que sé de cierto es que en uno de los cuentos que más me gustan, “Ciudad dormida”, la terrorífica escena de la Noche Triste reaparece en la tierna imaginación de unos niños de primaria que asisten a dos espectáculos insólitos: la excavación intensiva de la ciudad para realizar las obras del metro y una manifestación reprimida. Supongo que habla de 1971. Las entrañas de la ciudad azteca al descubierto y la violencia desatada reinstauran el caos de la conquista de México en la imaginación febril de los niños, tan estudiosos de su Historia Patria. Esta visita a los sótanos prehispánicos o de la conquista no me parece en modo alguno inferior a las célebres de Fuentes con el Chac Mool, de Elena Garro con su moderna dama enamorada de un nativazo tenochca y de José Emilio Pacheco con sus aztecas en la madrugada de los túneles del metro.
En este cuento de Héctor de Mauleón el juego de tiempo y espacio es doblemente efectivo, pues no se trata sólo de un hábil trueque de simetrías, sino de una verosímil obsesión infantil. Celebro en especial que los niños, al saber que en la Noche Triste los españoles huyeron por la calzada de Tacuba, los imaginen corriendo, ensagrentados y empavorecidos, frente al Cine Tlacopan; que los aztecas melenudos, seminudistas y decorados con tan raros abalorios, les parezcan hippies; y que traten de calmar las iras del Conquistador, fantasma escondido en un cuarto de trebejos de la escuela, con pertinentes ofrendas de chicles, supongo de marca Adams —menta, yerbabuena, canela, violeta y tutifruti.
Otro de los mejores textos de La perfecta espiral, “El norte ignoto” (“El norte era como el mar”) asombra por su prosa de cronista de Indias, totalmente verosímil; de modo que el lector se deja llevar por entero a los primeros tiempos del virreinato, y cae de bulto en el pozo del tiempo histórico sólo para encontrarse de repente entrampado por un juego fantástico, con villistas y todo. Ese norte desértico que se traga a los aventureros, lo mismo a los conquistadores de las Ciudades de Oro que a los revolucionarios, une los tiempos en una común metáfora de la desolación, la sed, el hambre, la muerte de consunción bajo el solazo arenoso y seco.
Si Héctor de Mauleón ha enriquecido el periodismo, la crónica, con su rigor verbal y su imaginación de cuentista, ha poblado de historia, en reciprocidad, sus relatos fantásticos. Se diría que sus tramas son otra manera de disfrutar su pasión de historiador. Pero una maldición suele cernirse sobre los historiadores: la codicia de las antigüedades, el coleccionismo. Algunos de sus personajes lo sufren.
De repente tienen en el armario el verdadero espejo de Tezcatlipoca, abierto a las premoniciones y a los fantasmas fatídicos; o un espejo ciego, que no devuelve la imagen, hasta que alguien descubra su terrible secreto; o un espejo especializado en el pasado, en el que Don Porfirio no ha renunciado ni perecido jamás.
A veces la Historia Patria le queda chica. En un texto poco conocido, “Tres días y un cenicero”, Juan José Arreola encuentra una estatua de Venus, dudosamente grecorromana, en una laguna de Zapotlán, cuando sus personajes pueblerinos apellidados Pato andan cazando patos; la lúbrica diosa arma todo un lío municipal. Un personaje de Héctor de Mauleón encuentra una estatua babilónica en un tianguis, con un libro árabe, y habremos de compadecer a su pobre esposa, cuando descubre que su casa empieza a impregnarse de una atmósfera espesa de arcaica lubricidad sagrada y prostibularia. La pasión por la historia no es impune. No produce solamente conocimientos escuetos; efectivemente filtra, por los intersticios del texto o de la imagen, ideas y pulsiones secretas, tan terroríficas o abominables para nuestra civilización, como podrían serlo el condón, el hot dog, el chili con carne, la tele o la bomba atómica para Alejandro Magno.
Pobre señora: ¡que su esposo, con la coartada de historiador, se encierre a piedra y lodo en su estudio para rendir no se sabe qué comprometedores cultos a Astarté, la diosa de la prostitución tumultuaria!
En otro cuento la obsesión por la historia llega al paroxismo. El suicidio de un historiador del teatro frívolo de principios de siglo lleva a uno de sus amigos a erigirse, a su vez, en historiador del difunto —un historiador del historiador—, para descubrir que los documentos y fotos de una coplera de ochenta años atrás, cobraron mayor realidad para el estudioso de las divas que la vida presente. El estudioso no dudó, ayudado por una cita de Sófocles, para alcanzar el pasado en la muerte, que los colecciona todos. ¿Y ella? ¿No habrá viajado ochenta años para encontrarlo? ¿No se habrán cruzado fatídicamente, sin verse, en el camino?
En otras ocasiones el autor, más cauto, queda en el umbral de la fantasía. Una mujer aprensiva viaja en metro, temiendo perderse en no sé qué mundos paralelos dentro de los túneles, pero al menos esa tarde no cae en ellos: tan sólo siente, con escalofrío, su posibilidad. Un nieto asiste, de niño, al amor del abuelo por una difunta; el llamado de la novia esquelética seguirá resonando en sus sueños de adulto.
La perfecta espiral (2a. ed., Cal y Arena, 1999) es un libro que no sólo respeta, sino reta a la inteligencia del lector. Todos sus cuentos son antologables.

DE MAULEÓN Y LA CRÓNICA

Luis González y González exornó a uno de sus libros con un título aparentemente terrorista: Todo es historia. Si todo, si absolutamente cualquier cosa puede considerarse historia, parecería que la historia es Babel. Ciertamente lo es, pero González apuntaba con ese título a una idea más precisa: en México teníamos, tenemos el vicio de considerar historia sólo a la historia política, “la historia de bronce”; y luego, con cierta incomodidad, a algunos asuntos objetivos, cuantificables, como la llamada “historia económica”, dejando fuera la vida cotidiana, las costumbres, las mentalidades, las artes, toda la existencia al parecer menuda o subjetiva.
En El tiempo repentino (Cal y Arena) Héctor de Mauleón pretende decirnos que todo es crónica: la llegada a México del teléfono, el automóvil, el cine o el futbol; la nota roja y los episodios o las trayectorias no exentos de tragedia de ciertos ídolos del box y de la lucha libre.
Aunque Mauleón se centra en la primera mitad del siglo veinte, nos muestra y recrea una curiosa manera de historiar o cronicar la vida de nuestra ciudad. ¿Historiar o cronicar? Hay quien encuentra oposición entre ambos términos, dejando para el primero la exposición científica de hechos exclusivamente pretéritos (se dice que los historiadores deben ocuparse sólo de hechos ocurridos a más de quince años de distancia, para contar con una “perspectiva histórica”); y para la crónica la narración personal de hechos exclusivamente recientes, de los cuales el cronista fue participante o testigo.
La verdad es que en la época de oro de nuestra lengua, los siglos XVI y XVII, ambos eran sinónimos: en las llamadas “Crónicas de Indias” hay testigos o participantes que escriben “historias”, y remotos sabios que redactan en sus escritorios europeos “crónicas” de hechos que no conocen sino a través de otros escritos.
En cierto sentido, este libro no sólo se ocupa de historias y crónicas, sino también o sobre todo de narraciones, de cuentos basados en hechos reales a través de documentos y entrevistas, como la non-fiction novel de Capote.
Y pertenecen a la literatura, en su excelente lenguaje y en su riqueza de atmósferas, en la limpia, organizada estrategia de cuentista casi detectivesco con que se narran los hechos, las mayores virtudes de El tiempo repentino.
Advierto incluso un tono lírico, nostálgico: el autor se enamora de la vida citadina que no le tocó vivir, y cuenta exclusivamente aventuras ocurridas antes de su nacimiento. ¿Por qué el Pichojos y no Hugo Sánchez? ¿Por qué el Chango Casanova y no Julio César Chávez? Por esa especie de pátina fantasmal de una ciudad antigua.
La manera de historiar, cronicar o narrar de Mauleón podría ser Babel. Siguiendo sus lecciones, se encamina la posibilidad de contar la llegada del WC, del agua potable, del gas doméstico, del avión, de la radio y la televisión, del hot-dog y la pizza, del nintendo y el internet, y el perfil de no sé cuántos expedientes criminales e ídolos populares de los deportes y espectáculos capitalinos.
Todo podría ser crónica, pero atendiendo al “estremecimiento nuevo”, que diría Baudelaire, que ciertos asuntos provocan en el autor. Acaso el secreto de Mauleón, lo que enaltece sus crónicas por encima del periodismo y del promedio de los “cronistas” mexicanos, sea su densidad, su rigor y su riqueza literarios: escribe crónicas como si fuesen ambiciosos poemas o cuentos imaginados. En este libro se postula acaso una definición de la crónica como una historia con valores literarios.
De Mauleón fatiga las hemerotecas y bibliotecas como un estímulo a la imaginación: a soñar ese pasado de humo que de alguna manera olfateamos por aquí y por allá, en los resquicios de un presente olvidadizo. Olfatea un rastro y lo persigue con obsesión detectivesca, y lo narra como aventura fabulosa no exenta de detalles líricos.
Se diría que, a ratos, para él tiene el pasado mayor densidad que el presente, en este libro. Ve héroes homéricos en los luchadores y boxeadores difuntos. Y tragedias o embrollos de ópera, cómica o seria, en los crímenes que amarillean y se despedazan en los periódicos de las hemerotecas.
A todos les exige la solidez, el resplandor de protagonistas y tramas de ficción. Sus reconstrucciones de la realidad aspiran a la seductora verosimilitud de los vuelos imaginarios. Quizás sean éstas, formas tan propias de la historia y de la crónica como de la novela y del cuento que, en sus orígenes, pretendían narrar cosas antiguas presuntamente ocurridas, salvarlas del olvido, más que inventar quimeras intencionales, artificios de una imaginación deliberada. Alguna vez se creyó con total seriedad que Polifemo había existido.
Uno de los textos de El tiempo repentino, que narra “1915: el año del hambre”, nos ofrece un ejemplo cumbre de este arte de narrar, historiar o cronicar, y de la generosidad con que Mauleón sabe entremezclar géneros y conferir vida nueva a jirones de realidad olvidada o archivada.
Reconocemos en su libro a nuestra ciudad presente, y la soñamos un poco como debió haber sido. Hay mucho de sueño en este libro tan rigurosamente documentado, tan afianzado en la realidad histórica. Ese sueño nos permite ahora, como en su anterior conjunto de cuentos, La perfecta espiral (Cal y Arena, 1999), escaparnos del tedioso u horrible presente hacia un pasado que el autor suele volvernos entrañable, aunque esté tejido de las mismas miserias, crímenes, ilusiones y desastres de nuestros días.
A diferencia de la mujer de Lot, Héctor de Mauleón no se convierte en estatua de sal al enfrentarse al pasado: construye espejismos verificables y toda una épica cotidiana de lo que fue, de lo que pudo haber sido y de los reinos de fábula real o de realidad fabulesca que el olvido ha enterrado en los archivos y recovecos de la erudición. Una erudición algo excéntrica, como en su cronología del arribo y la apoteosis de las diversas bebidas alcohólicas extranjeras en las copetudas cantinas, luego bares, del centro.
Una inesperada frescura sobresalta ese mundo de seres e historias difuntas, los cuales aparecen ante nuestros ojos llenos de pulpa y vigor, sorprendidos de volver a vivir tan inesperada y generosamente.

1 comentario:

Ag dijo...

¡Por fin! ¡Por fin! ¡Llegó el día en el que De Mauleón dejó de forzar ficciones!

¡Qué felicidad que este buen hombre, tocado en la cabecita por el dedo de Dios, aceptó mostrarnos la historia!