sábado, 27 de diciembre de 2008

EL MANGLAR

EL MANGLAR
por José Joaquín Blanco

A Isabel Quiñónez


Llegamos a media tarde a Tecolutla y alcanzamos todavía a alquilar una lancha que nos llevara a los manglares. Toño quería que viéramos el atardecer desde ese laberinto de canales donde se entretejían las raíces y las ramas de la vegetación lodosa. Se nos hacía emocionante flotar sobre esas aguas oscuras que parecían estancadas, abrirnos paso por esa especie de túneles entre raíces, ramas, arbustos y árboles entrelazados.

El lanchero era un pescador de mediana edad, de bigotes ralos y unos ojos claros que, en su rostro amulatado, a veces resplandecían con una luz ambarina y a veces se veían casi verdes. Me costaba trabajo dejar de verlos, de averiguar realmente de qué color eran.

El lanchero nos contaba que todavía por ahí, de repente, podían verse monos, caimanes y bandadas de guacamayas, pero a los turistas se les cuenta cualquier cosa. Y más a cambio de unos tragos, que Toño le servía demasiado generosamente en vasos de plástico.

Toño había venido bebiendo durante todo el trayecto en la carretera. Pensé que los dos, el lanchero y Toño, parecían unos niños, con la cabeza llena de pájaros y visiones. El lanchero, don Gamaliel, había vivido unos meses en la Ciudad de México, pero no le había gustado: todo era tan caro, la gente tan díscola, tan cabrona; todo se hacía tan de prisa, y esos altos, larguísimos puentes de concreto llenos de automóviles.

Toño le preguntó qué tan caros eran los terrenos de la playa. Casi no se vendían, dijo don Gamaliel; eran de pescadores, de las cooperativas: ¿y para qué iba a querer alguien comprar esos terrenos? Pero de que a veces se vendían, sí se vendían; dos o tres hoteles, tres o cuatro casas de playa con albercas privadas. ¡Pero además ya para qué! Hasta el turismo estaba bajando, y la pesca ni qué decir. Por el petróleo. Cada rato llegaban manchas enormes, de kilómetros, y para limpiarlas estaba duro. Al rato ya no iba a haber pesca ni turismo de Tampico a Campeche, sino puras costras de petróleo. Eso lo decían hasta los programas de la tele.

Don Gamaliel avanzaba entre los canales con tranquilidad, con su rostro sereno y reluciente, a veces casi angelical en sus ojos luminosos, sin que sus palabras terribles se expresaran en sus facciones. Acaso ya estaba acostumbrado a decirlas a todos los turistas en todos los viajes. El comentario sobre los derrames de petróleo eran parte del paseo.

El hacía lo suyo y dejaba que el sol le sonriera en los ojos. Tal vez hasta ya estaba también acostumbrado a que se le quedaran viendo los turistas a los ojos; a lo mejor por esos ojos lo tenían comisionado o él mismo se había ofrecido para pasear turistas por los manglares.

Sus ojos le ganaban propinas, a pesar de lo poco expresivos que eran sus demás rasgos, sus labios gruesos, su nariz ancha, su piel demasiado porosa; a pesar de su barriga pellejuda, que le colgaba del tronco casi enjuto, y de sus piernas feas, casi repugnantes, cosidas de costras y cicatrices de llagas o heridas, y sin embargo fuertes, bien plantadas; era casi inevitable compararlas con las raíces y los troncos torturados de los canales que íbamos pasando en medio de un olor denso a vegetación que se pudre. Sobreflotaban en las aguas casi pantanosas hojas, flores, frutas, ramas enteras que pacíficamente, largamente, se iban pudriendo. El olor sobresaltaba a ratos, pero no era necesariamente desagradable.

Se trataba un poco de nuestro viaje de bodas. No nos habíamos casado formalmente, así de papelito y todo --Toño tenía una esposa por ahí, Laura, a la que hacía un lustro que no veía--, pero estábamos muy enamorados y pensábamos vivir juntos en su viejo, un tanto sombrío departamento de la colonia Condesa, que yo esperaba convertir en un pequeño paraíso doméstico.

Toño era unos diez años más joven que yo y, desde luego, mucho más atractivo; estaba teniendo mucho éxito como pintor. Un hombre feliz, entusiasta y lleno de vida. "¿Por qué conmigo?", me preguntaba yo a veces, y estaba segura que también se lo preguntaban quienes lo veían fresco, alegre y siempre dispuesto a pasarla bien, junto a una mujer demasiado flaca y con aires de cansansio o de melancolía.

Pero yo tenía a pesar de todo la certeza de que, entonces, me quería con una de esas sus pasiones obsesivas, y que me siguió amando así mucho tiempo después, aun cuando todo empezó a irnos mal; nunca llegué a explicármelo, y pronto dejé de andarle buscando explicaciones racionales a todo, pero una de las cosas que Toño no maldijo en la vida fue su amor por mí, con todas las vueltas y más vueltas que fuimos dando al cabo de los años.

Pero en esa época yo no salía de mi asombro: apenas unos meses atrás había caído en una depresión absoluta: me había intentado suicidar con un frasco de nembutales: no sé cómo sobreviví; sí que de pronto amanecí en un hospital más deprimida y avergonzada que nunca, y sólo esperaba escaparme para suicidarme ahora sí de a de veras. Pero no tuve mucho tiempo. Conocí a Toño en cuanto salí del hospital.

--Cuídate de ése --me recomendó Vicky, mi amiga--, le gustan las suicidas.

Yo no me explicaba todavía entonces, mientras cruzábamos en los manglares de Tecolutla esos paisajes como de película, con el rebrillo espejeante del cielo en las aguas oscuras, y luego en los ojos ahora doradísimoas de don Gamaliel (que ya de repente me miraba de reojo con desprecio donjuanesco), espantándome los mosquitos y admirando las caprichosas formas de las raíces en el agua, y hasta alguna orquídea o sepa Dios qué flor caprichosísima de una esbeltez aérea y un color intenso, como pájaro detenido entre los montones de maleza, qué jugarreta del destino era esa de dejarme caer hondo, hondo, casi tocar la orilla de la nada, el olor de la muerte, para entonces, de súbito, en un solo momento, rescatarme de un solo golpe y entregarme sin más todo lo que me había estado negando sistemáticamente los años anteriores.

No era sólo el amor, sino con él, la vuelta de las ganas de vivir, algo de autoestima, y de estima del mundo, y el humor suficiente hasta para hacer un viaje, jugar bromas, correr aventuras, hasta para reírme de cómo se creía don Gamaliel su porte de macho, cada vez que le rebrillaban los ojos acaramelados y se lucía con su barriga desnuda y sus piernas sarmentosas como otra maravilla selvática. Hasta le tomé una fotografía.

A Toño le gustaba la sensación de lodo, de río encharcado y embrollado, de laberinto pantanoso, de zahúrda botánica, con un intenso olor a vegetación que se pudre. Le parecía como un lugar para perderse, para desaparecer: la fuga perfecta para todos los embrollos de la vida, de la sociedad, de la carne.

Yo disfrutaba del aire del río, un aire fresco de aromas cambiantes, según el lanchero nos impulsaba por los pasadizos casi techados por los árboles donde todavía, en la luz del atardecer, descubríamos algún pájaro. Pasadizos que se duplicaban en el agua con un temblor irreal, como de delirio.

Desde el fondo de aguas lodosas y brillantes, graznó lleno de sol un pájaro.

--¡Miren! ¡Ése fue! --señalaba don Gamaliel.

Parecía una flor parda en un manchón verduzco, pero don Gamaliel arrojó a los arbustos una piedrita y el pájaro brotó y echó a volar.

Don Gamaliel se acercó más tarde a la orilla y cortó para mí una flor blanca, larga, aterciopelada, que yo nunca había visto; no recuerdo su nombre, sólo que regresé a tierra con ella y que tenía un perfume muy dulzón.

--¿Y no se les ha ahogado nadie aquí? --preguntó Toño, quizás cansado ya de tanta naturaleza, de tanta pureza vegetal; como buscando algo de turbiedad, suciedad o emoción humanas en el paraíso.

--Ya hace tiempo que no, a Dios gracias... pero sí es peligroso... Por eso no dejamos venir al turismo solo, no sea la de malas que se quieran meter y ya no salgan... Pero yo los llevo adonde quieran... ¿No les gustaría ir a pescar mañana?
--Con esta borrachera, no nos vamos a levantar hasta el mediodía --dije yo.

En el hotel tomamos unos kaptagones para cortarnos el efecto de los tragos. No venía al caso acabar el día a las ocho o nueve de la noche. Y nos fuimos a la playa, oscurísima, sin otra luz que la de la luna en el penacho de las olas y dos o tres fogatas distantes de turistas jóvenes.

Queríamos hablar. Llevábamos días enteros hablando y hablando, y todavía nos quedaban muchas cosas que decirnos, que contarnos. Yo esperaba entregarme completamente a Toño, a su obra --era un pintor convulsivo y dado a la desesperación: como pintor, parecía un rockero de los años gruesos--, a todo lo suyo: era él ahora el sentido de mi vida, que apenas unas semanas atrás no había tenido ya ninguno. En cierta forma yo ya había fracasado y mi vida había estado a punto de concluir, de modo que ahora me injertaba en él, casi como parte suya, como parte de él mismo.

Ahora sé que yo seguía enferma, que seguía convaleciendo todavía, pero entonces sentí que su juventud y su energía me embriagaban, y quería absorberlas más y más; quería obsesivamente seguir a Toño, imitarlo, obedecerlo, integrarme a él, desaparecer en él, ser en fin algo tan alegre y claro y vital como Toño. Olvidarme de mí; vivir en él, como en una vida nueva, como en un cuerpo liberado de mis nervios y mis angustias.

Estábamos sentados en la arena, casi dos sombras, intercambiando el cigarrito de marihuana, con una sensación de libertad y paz absolutas, con brisas de mar y de río, de pescado y de hierbas podridas, de yodo y de sal. Entonces, abrazados, casi invisibles en la oscuridad aun para nosotros mismos, me preguntó de pronto:

--¿Qué se siente?

--¿Qué se siente qué?

--Morir, estar muriendo... ¿Cómo es la muerte de cerca?

--Bueno --reí, nerviosa--, no sé: como que ya no existía, como que de hecho ya me había muerto, como que todo era irreal pero molesto, muy molesto; ya no podía soportar nada, ni un ruido, ni nada más... Ya me había pasado meses pensando y llorando hasta cansarme, ¿no? Ya no me quedaba mucho que pensar y que llorar. Todo me era indiferente pero molesto, no podía soportarlo ni un minuto más, había que apagar el aparato... Tragué las pastillas... pero al rato era mucho dolor y mucho asco y me estaban zarandeando y lavando el estómago y todo apestaba tanto a hospital...

Toño me estaba besando, me desnudaba, me hacía el amor. Qué me iba a importar que no fuera propio hacerlo ahí, que llegara gente y nos viera --aunque en tal oscuridad, quién iba a ver nada--, que se le ocurrieran a Toño esas locuras. Me gustaban sus locuras.

Raspados y sucios de arena nos fuimos luego caminando en la playa oscurísima, el aire como una densa niebla de cenizas, orientándome apenas por los lejanos puntos amarillentos de los hoteles y las casas, hasta el río; pasamos por las lanchas de los pescadores, y entramos a una fonda que nos había recomendado don Gamaliel, donde vendían, además de alimentos, monos, caimanes y guacamayas que tenían guardados en una cabaña.

--¡Miren que preciosos! ¡y baratísimos! --dijo el lanchero, que ya estaba totalmente borracho. Sus ojos turbios, rojizos, a la luz del bajísimo voltaje de los focos que pendían de cables suspendidos de los techos y los árboles.

--¿Pero dónde vamos a tenerlos en la ciudad de México? --repuse.

--Entonces, ¿no quieren ir a pescar mañana? --insistió don Gamaliel.

--No, gracias, otro día --contesté, cerrando la conversación, para seguir cenando en paz mis langostinos al ajillo. Don Gamaliel se dio la vuelta lenta y casi majestuosamente.

--Espérame un momento, tengo una idea --me dijo Toño y se levantó a alcanzarlo.

Los vi conversar animadamente un rato en plena calle, frente a una ostionería, y llegar a algún tipo de acuerdo.

--¿Y cuál era esa idea? --le pregunté a Toño.

--Ah, ya verás, unos armadillos --Toño retomó con buen apetito su grasiento plato de camarones bañados en chile, que ya se le habían enfriado.

--¡Unos armadillos! ¿Nos vamos a llevar a la Ciudad de México unos armadillos? ¿Vamos a andar cargando por media república unos armadillos?

--Están disecados, María. Tienen métodos muy antiguos para disecar armadillos. Los rellenan con yerbas. Una cosa muy tradicional.

Cuando me desperté a la mañana siguiente, Toño no estaba a mi lado. Pensé primero que habría bajado a la alberca del hotel y dormí otro rato. Volví a despertarme, sobresaltada, a constatar que en el cuarto no estaba su mochila, ni las llaves del coche.

"No puede ser, pensé, estoy imaginando cosas; no me puede haber dejado botada así el primer día", pero sentía que sí, que podía muy bien haberse largado a un burdel, a una zona roja, adonde fuera. Nomás porque sí, y perderse semanas o meses. Sentí un aletazo frío, una ráfaga como las que anticipan la desesperación; bien había conocido esos signos, apenas unos meses atrás. Me eran más familiares que lo que se da en llamar la vida común y corriente; esperaba esos signos del absurdo, la torpeza o la fatalidad, casi los convocaba, me sorprendería si alguno de ellos tardaba mucho en presentarse.

--Cuídate de ése, chula --me había recomendado la Vicky--, le gustan las suicidas.

Nuestro amor no incluía ningún trato de fidelidad estricta ni de esas cosas. Recordé el acuerdo animado a que había llegado Toño con el lanchero mientras, más que dispuesta al fracaso, casi viéndome regresar a México en autobús esa misma tarde, me levantaba y buscaba más pistas.

Pero no: ahí estaban todas las maletas, buena parte del dinero... ¡Claro! ¡Se había ido a pescar! Toño, el loco. El escuincle crecidote. Don Gamaliel lo había finalmente convencido. Se habían ido a pescar --seguramente con más alcohol que anzuelos-- y solamente era eso.

Hacia las diez de la mañana estaba yo desayunando en la misma fonda de la noche anterior, en el embarcadero --donde, por lo demás, estaba estacionado el coche--, con vista al manglar, para ver regresar a Toño y a don Gamaliel, triunfales y deportivos, enarbolando unos pescados enormes.

Seguramente todos los pescadores y fonderos estaban en el secreto, porque los veía espiarme con curiosidad y cuchichearse, sobre todo los niños, que corrían por las otras lanchas, los andadores y tarimas y puentecitos de madera, las orillas del embarcadero, con iguanas y collares y cuanta baratija turística pensaran vender durante el día.

--¡Ya vienen! --gritaron los niños de pronto.

Y efectivamente, apareció la vieja lancha. Desde lejos se distinguían varias personas a bordo.

Pero no apareció Toño con los pescados, sino con una botella en la mano y unas desordenadas, mojadas, arrugadas hojas de dibujo en la otra. Venía cubierto de fango hasta más arriba de la cintura, y con una especie de guirnalda al cuello de yerbajos y raíces.

Los pescadores se reían, se hacían señas un tanto equívocas y le pedían más dinero, que él repartía ya sin contarlo, ya casi sin tenerse en pie, tropezándose en su afán de abrazarlos a todos.

Eran pescadores acostumbrados a todo tipo de excentricidad de los turistas; algunos venían casi tan borrachos como Toño, y don Gamaliel de plano se había quedado dormido dentro de la lancha. Los niños y las mujeres ya se reían abiertamente del turista loco.

Corrí a sostenerlo antes de que se cayera de bruces sobre el asfalto, a impedir que siguiera regando el dinero, que siguiera haciendo el ridículo ante el montón de niños que a coro lo arremedaban, fingiendo también traer botellas y papeles en las manos. Apenas si llegué a tiempo para arrastrarlo al coche.

--¡Chingón, María! Hicimos un paseo con antorchas por el manglar. ¿Te imaginas? ¡Antorchas! ¡El manglar! ¡Todo oscuro y sólo nuestras antorchas! ¡Uta, loquísimo! ¡Puros fantasmas en el pantano, con antorchas!

--¡Antorchas! ¡El manglar! --repitieron los niños, que rodeaban el coche, con las manos y las caras pegadas a los cristales de las ventanillas, como máscaras de hule de monstruos apachurrados. Tuve que pegarme al claxon y gritarles varias veces para que me dejaran avanzar en el coche.

--¡Antorchas! ¡El manglar! ¡Collaaaaares!, señorita --gritaban los niños.

--El río del infierno --me iba diciendo Toño a gritos pastosos, tartajosos, poco inteligibles; tuvo que gritar aun más fuerte, para hacerse oír entre los gritos de los niños, mientras arrancábamos--; la naturaleza estaba muriendo o apenas formándose, un tiradero de vísceras y cadáveres vegetales; como un rastro abandonado o un criadero de fieras... Tomé unos apuntes, mira.

Yo no vi sino puros rayones de borracho, naturalmente mojados y con lodo.

--Cuídate de ése, chula, le gustan las suicidas.

Lo llevé hasta la cama y lo dejé dormir un rato. Bajé a la playa, alquilé una silla y pensé, más bien divertirda, que nuevamente me había salido todo al revés. Mi protector había resultado un muchacho loco que más que nadie necesitaba protección. ¡En cuántos líos nos íbamos a meter! Pero tener a quien proteger ya es un poco que la protejan a una. Que me protegieran de mí misma, de mi irrealidad, del vacío... Cualquier problema exterior tenía remedio, era preferible a eso.

Me pregunté entonces, por primera vez, si era posible que de una mente tan infantil, tan inmadura, hasta tan superficial como la que revelaban semejantes ocurrencias, pudiera surgir un arte serio. Pero no me lo pregunté demasiado: no me tocaba el papel de crítica, ni de juez, sino de cómplice. Me tocaba ser parte de Toño.

Con cierta vergüenza, protegida por mis lentes oscuros, creía que todos los lugareños y turistas que pasaban por la playa estaban al tanto del turista loco. ¡Yo, la tímida, la fría, la desabrida, la aguada, haciéndola de gringa loca en Tecolutla! Hasta creí ver que me rondaban sospechosamente lugareños ya no tan niños. ¡Nada más faltaba que me vinieran a decir que si mientras el loco de mi novio dormía su mona, no quería yo ir "a pescar" con ellos, ahora! Mientras el ebrio buscaba fantasmas con antorchas en mitad del manglar, la flaca ninfómana de lentes se entretenía con los chamacos nativos...

Llegaron a la palapa vecina dos o tres familias juntas de turistas de la capital. Era increíble la vulgaridad capitalina: habían metido sus coches a la playa, y los habían estacionado precisamente frente a la palapa, para no ver el mar: ¡tenían como panorama sus propios coches y no el mar!

Ante todo, pusieron a todo volumen su casetera, obligando a doscientos metros a la redonda a todo mundo a oír sus sobrexcitadas canciones de moda. Se negaron a comprar nada en la playa: ya lo traían todo de su supermercado. Los adultos eran bofos y los niños latosísimos. Empezaron a sacar de sus bolsas de viaje una cantidad indescriptible de lociones, cremas, refrescos, licor, botanas, y hasta una parrilla portatil que no lograron hacer funcionar. Tuvieron que encargar a un puesto de antojitos de la playa, que les asaran sus bisteces capitalinos.

Entre el estrépito de las canciones y los pelotazos de los niños alcancé a escuchar algún tipo de conversación religiosa. Un hombre lechoso y desabrido predicaba el catolicismo moderno del éxito en los negocios. Una especie de mojigatería de agente de ventas, una mercadotecnia de medallitas milagrosas.

Me marea y me intimida al mismo tiempo ese tipo de gente, que siempre triunfa; no me queda sino hacerme instintivamente a un lado, dejarla pasar, hundirme. El mundo es para ellos. Está hecho de la misma sustancia que ellos, que no era para nada la mía. Ni la de Toño. Me regresó la náusea, el momento de tragar todas aquellas pastillas, el despertar entre vómitos y lavados de estómago en una clínica, como una babosa que sólo había jugado a turistear por la muerte.

Mi propia pesadilla de suicida torpe en algo se parecía, ulteriormente, a los tragos y las antorchas y rayones enlodados y mojados de Toño.

Estaba ya más que harta de los turistas, de la realidad que me había arrinconado meses atrás en el umbral del suicidio, y que ahora me seguía en mi supuesta redención, en mi supuesta luna de miel. Sólo esperé para largarme que surgieran los problemas inevitables. Seguro los turistas iban a acusar al puestero de haberles robado un trozo de carne. Y en efecto, en efecto. Una señora insolentísima, en un bikini que le quedaba grande, estaba gritando a voz en cuello:

--¡Oye Gordo! ¿Verdad que eran veinte bistecitos? ¿Que aquí dice el marchante que nomás eran dieciseis. ¿Verdad que eran veinte bistecitos, Gordo?

Era ya el mediodía. Regresé al hotel. En el camino me rodeó una palomilla de chamacos de la playa, ya adolescentes, larguiruchos y cínicos, queriéndose hacer los latin lovers con guiños soeces, de un sexo de WC:

--Señorita, ¿no quiere que la llevemos a pescar?

--Ya estuve pescando toda la noche, chicos... --les dije, pronunciando con la misma intención que ellos la palabra "pescar". Será otro día...

--¿Van a querer ir al manglar otra vez en la noche?

--No sé todavía. Dense una vueltecita por la noche.

Pero cuando Toño despertó, con el malestar y el desánimo de la cruda, rompió sus rayones y no quiso comentar para nada su paseo por el manglar. Con mala cara bajamos a comer, en el propio restaurante del hotel. Sólo después de unas cervezas y de pasear en coche un poco por los alrededores, entre los palmares y los vientos rápidos, limpísimos, recobró un poco la serenidad. Hicimos de cuenta que habíamos compartido un sueño bobo.

Y pacíficamente, como un matrimonio ideal bien avenido, nos quedamos en la terraza del hotel, mirando cómo la tarde se apagaba con sólo irse oscureciendo, sin crepúsculo ni nada.

De El Castigador, ERA, 1995

BERNAL Y BEATRIZ

BERNAL Y BEATRIZ
por José Joaquín Blanco


A Rafael Pérez Gay


Beatriz era una perdedora incorregible, obsesiva. No fallaba en atraerse la desdicha, con una especie de adicción imperiosa. Nos asombraba mucho su mala suerte. Como brújula, siempre le atinaba al fracaso. Primero, claro, cuando alguien acababa de conocerla, se preocupaba por ella: "Mira, mana, no seas tonta, no seas tan terca", y esto y lo otro. Nada. Le seguía yendo mal, metódicamente. Luego sus amigas hasta nos divertíamos con sus pesares; no por maldad, pues todas terminábamos de una manera o de otra siendo sus protectoras, sus admiradoras, sino como una especie de show, de teatro. La verdad, hasta la envidíabamos. A ella sí le pasaban cosas. Emma decía que al menos Beatriz sí se agarraba a patadas con la vida y hacía que le pasaran cosas, a huevo. Ella siempre tenía mucho qué contar.

Porque de veras se necesitaba harta imaginación para fracasar tantas veces, incluso cuando todo lo tenía de su parte, cuando menos se esperaban las contrariedades. Era la chica a la que le ocurría pelearse a gritos, a insultos desaforados, con su jefe (trabajó en la Secretaría de Turismo y en una agencia de viajes: claro, con ese palmito, se conseguía puros buenos trabajos), precisamente al día siguiente de un ascenso por el que había luchado meses; y se quedaba de pronto en la calle.

Le estallaban los hornos, las lámparas, porque sí, nomás a ella; le arrebataban la bolsa en la calle, le rasgaban en el metro su mejor vestido. Los agentes de tránsito la detenían exactamente cuando no traía consigo la licencia de manejar, ni dinero para la mordida, y andaba más deprimida y encabronada que nunca en un coche ajeno, prestado, sin papeles; de modo que no podía evitar gritarles improperios en mitad del periférito e ir a dar a la delegación, con todo tipo de multas por faltas a la autoridad. Desde ahí me llamaba por teléfono: "Estos cabrones. Me quieren cobrar a mí sola el periférico entero, como nuevecito".

Me decía la Nena, aunque yo le llevaba varios años. No recuerdo cómo la conocí. Seguramente en las tocadas, en las fiestas. Lo primero que me acuerdo bien de ella fue una noche en el Estudio 54, que quedaba por la estación de Buenavista y abría toda la madrugada, pero ya para entonces nos tratábamos bastante: Beatriz estaba toda madreada, convulsa, medio borracha; me pedía bañada en llanto, como una hijita, que por favor la sacara cuanto antes de ahí, que todas las ficheras del cabaret le tenían envidia y la querían matar, y me la llevé a la casa.

Yo compartía entonces un departamentito en la Colonia San Rafael con Marta y Emma. Marta trabajaba entonces de maestra de secundaria, en una escuela de monjas: iba así por las mañanas, muy cara lavada, muy "no hice nada malo en todito el fin de semana", a enseñarles historia y literatura a las espantosas enanas uniformadas del colegio de monjas. Lo que una no hacía entonces para ganarse algún dinero. Luego la Marta mejoró, porque era muy empeñosa, terminó su carrera en la universidad y agarró chamba como periodista, en una revista de modas. Emma ya trabajaba por su cuenta, una tigresa para el comercio: vendía productos para el hogar, que Avon, que Stanhome, para damas encopetadas. Ahora hasta tiene su propia empresa, muy patrona la Emma.

Marta y Emma la aceptaron muy bien, la consolamos. Nos acomodamos ahí en el departamento las cuatro como pudimos, con harta buena voluntad. Estuvo con nosotras año y medio. No colaboraba con un solo centavo porque no tenía trabajo fijo en ese tiempo, pero siempre había amigos que le regalaban cosas, o se daba maña para robarse cosas en las tiendas. Así que a veces cenábamos nomás quesadillas o bizcochos con leche, y a veces hasta salmón y champaña, cuando Beatriz vivía con nosotras. Luego conoció a un violinista y se nos perdió dos meses. Regresó peor que antes.

Pero Beatriz se reponía de sus golpes y caídas con gran facilidad. La naturaleza era buena con ella. En sus buenos días, que eran los más, andaba alegre y rejuvenecida, muy semejante a la chiquilla traviesa de buena familia que un día, cinco años atrás, porque sí, sin que nadie se lo esperara, había armado el gran escándalo en su casa, en Córdoba, Veracruz, y escapó a la Ciudad de México con solo la ropa que traía puesta. Tenía fotos de cuanto estaba en la escuela, con su uniforme y cara de no romper ni un plato.

Beatriz era también buena para los comienzos, para empezar casi desde cero, con buena cara, seduciendo a medio mundo. Brillaba como joya. Toda la gente se volvía su mamá, su novio, su abuelita, su alma gemela, su hermano del alma. Un angelote así de este tamaño, tenía la Beatriz. La noche que conoció a Bernal estaba más bonita e inspirada que nunca. Traía un vestido caro, amarillo, que se había robado por ahí. En sus buenos momentos hasta el amarillo le quedaba bien. Antes que se vieran yo sentí el click que habrían de hacer. Era inevitable.

Bernal parecía un muchacho de revista, con los que Beatriz siempre soñaba; no solo se veía muy guapo, medio deportista, medio junior, medio "aquí yo por encima de todas las cosas y todo me vale madre"; sino que vestía, se movía, miraba, sonreía con elegancia de modelo profesional; y su ropa, sus modales, sus joyas tenían el brillo del dinero. Olía con ganas, enrarecidamente, a dinero y a juventud concentrados, y a buena vida, el Bernal. Parecía nuevecito, un cuerote alto, apiñonado, anguloso, de no sé que islas de paraíso recién desembarcado en México, ¿no? Bien fuerte pero no musculoso, sino recio y esbelto como un bailarín. Ves que los bailarines son más recios que los atletas, pero no están boludos, sino más ligeros, más ágiles. La Marta dijo luego que la hacía pensar en Montgomery Clift.

La cara no me convencía mucho. Era perfecta, claro, pero como de cromo, como de santo, que dice la canción: "Tus ojos tristes como de santo". Era semejante a todos los niños bonitos de todos los anuncios, que hasta parecen hechos con molde, en serie. Todos con nariz del David de Miguel Angel. Hasta pensé que ya lo había visto antes, en uno de esos grandes anuncios del periférico, anuncios de lociones, de trajes, de valores financieros, o en una revista de modas; o en la tele, de cantante. Pero eso ya me había ocurrido otras veces. Todos los chicos demasiado guapos se parecen entre sí, y son igualitos a los de los comerciales. Pero yo ya no era ninguna ingenua. Y además, muchos juniors, muchos chicos ricos, pues también andan así con las facciones perfectas y sus "ojos tristes como de santo". Pensé que el Bernal simplemente era un pollo fino, de raza, hijo de mamá bonita, nieto de abuela bonita --ves que a los hombres con dinero les da por casarse con puras muñecas perfectas, dizque para mejorar la raza--, como los que encuentras en las universidades de ricos, en los campeonatos de surf y de velero. Chico de "raza mejorada", pues.

Olía a dinero, a familia con dinero, a una vida regalada con harto dinero. Entonces pensé también en Beatriz: "Ahí vas otra vez, manita". Porque a todas nos encantaban los príncipes, pero las otras chicas ya habíamos aprendido, unas a los quince, otras a los dieciocho años, que los rorros y las caras bonitas y los príncipes con cuerpazos perfectos sólo traen problemas. Y los grandes príncipes, grandes problemas. Por cierto, nunca supe de dónde venía Bernal, nunca hablaba de su niñez ni de su familia.

Pero Beatriz no aprendía. Y eso que todos sus líos habían comenzando por un galán, un galán arrabalero, veracruzano, de bohío, un padrotón, José: un muñecazo amulatado que ganaba todos los concursos de baile en Córdoba, especialmente los de cumbias. Beatriz se las arregló primero para escaparse de las fiestas de sus compañeros de escuela; se disfrazaba de chica pobretona y mala, con mucho maquillaje, mucha minifalda, e iba a dar a los bailes populares, como la princesa del cuento, que todas las noches se gastaba las zapatillas en un baile misterioso. Ahí conoció al mulatazo, a quien dizque le iba mal en la vida, la gentes cabronas nunca le daban trabajo, siempre le quedaban a deber dinero... Pero José estaba ahorrando para largarse a la Ciudad de México, o de plano a los Estados Unidos. Y le prometió a Beatriz que se irían juntos de esa ciudad hipócrita y aburrida, que iban a conocer mundo, que la iban a pasar de veras super. José tenía su ilusión: ser piloto aviador; Beatriz iba a ser azafata. Los dos juntos se iban a pasar la vida dándole vueltas al mundo.

Se le ocurrió entonces a Beatriz una solución mágica. Sus papás tenían una tienda grande de aparatos electrodomésticos, Almacenes Márquez, y ella a ratos, por la tarde, ayudaba a despachar o a cobrar. Estaban de moda unas caseteras rojas, que parecían platillos voladores y tenían mucha potencia. Si alguien prendía una casetera en alguna banca de la plaza principal, la oía toda la gente que tomaba cerveza en los portales.

Su papá le había regalado una casetera roja, la primera que se vio en Córdoba, y ella la traía consigo para todas partes; en la escuela siempre se la andaban recogiendo. Nadie encontró extraño que Beatriz se la pasara todo el tiempo con la casetera a todo volumen, con canciones de José José ("¿Y qué? ¿Al fin te lo han contado, amor? Bueno: ya conoces mis defectos"), entrando y saliendo de la tienda ("Que un hombre que ha sido como yo acaba por volver a su pasado"). Pero a veces no salía con su propia casetera, sino con un aparato nuevo, que hacía pasar por el suyo, cante y cante con la canción a todo volumen ("Yo he rodado de acá para allá, fui de todo y sin medida"), y se lo daba a José, quien la estaba esperando en la plaza; José lo vendía e iban mas o menos a mitades. Así se divertían e iban juntando para el viaje.

Un sábado que su padre hizo inventario, aparecieron debajo de unos estantes, dobladitas, diez envolturas de cartón de las caseteras rojas. Error típico de Beatriz: pensó en cómo robarse las caseteras sin que nadie se diera cuenta, pero no en cómo deshacerse de las cajas en que venían, nomás las doblaba y las echaba con el pie debajo de los estantes. "¿Pero qué hiciste con el dinero? Si no te negamos nada. ¿Qué necesidad tenías de robarte esas caseteras?", le gritaba su papá, golpéandola recio y tupido por primera vez en su vida.

Beatriz decidió largarse de su casa antes de lo previsto, inmediatamente. Pero, por supuesto el mulatazo José no apareció ese día, ni los siguientes; Beatriz lo esperó casi un mes, soportando los castigos, las humillaciones y los largos interrogatorios de sus padres. Ni las luces del mulatazo. Nadie sabía de él, y ninguno de los amigos de José tenía ganas de hablar con ella. En un descuido del papá, Beatriz tomó un buen fajo de billetes de la caja de Almacenes Márquez y nadie ha vuelto a saber de ella en la pintoresca ciudad de Córdoba, Veracruz, en cuyos bailes populares ha de seguir reinando como dueño y señor de la cumbia, José, el mulatazo. Me vino a la memoria esa aventura cuando vi por primera vez a Bernal. "Ahí vas otra vez, manita".

Habíamos caído por azar en una fiesta en la que no conocíamos casi a nadie. Nos especializábamos en pescar fiestas finas, donde hubiera música decente, moderna, buena bebida y bocadillos, y no puro bailotazo en azoteas o patios de vecindad, con música de pura pinche estación de radio, con todo y comerciales; fiestas finas con galanes un poco bañaditos, ¿no?, con modales, con conversación, que supieran tratar a una dama; que siquiera se peinaran de vez en cuando, pues; porque de ligues callejeros o del metro estábamos hasta la coronilla, y luego la necesidad hace al ladrón: los chamacos que no tienen en qué caerse muertos, luego la hacen a una pagar las cuentas, o le roban a una hasta la bolsa y cosas peores.

Beatriz era la mejor en esas fiestas, porque había sido educada como niña rica, se le veía pues como dicen la cultura, y de inmediato estaba ya riendo, discutiendo, abriendo tamaños ojotes, de grupo en grupo, ora sí que moviendo como marquesa el abanico. Casi toda la gente era un poco falsa, todos se hacían pasar por cantantes, por ricos, por celebridades, con grandes modas y peinados de lujo. Yo, más o menos relegada junto a un muro, con Marta y Emma, apostaba en silencio a cuál de todos esos maniquís era auténtico, y cuáles puras secretarias y oficinistas como nosotras, representando el papel del gran mundo. Bernal tenía que ser auténtico: se veía distante, aburrido, despectivo. Solitario como un cachorrote de exposición canina. "¡Guauu! ¡Quiero...!", pensé. Vi cómo Beatriz se le acercaba, le hacía conversación, se reía con grandes aspavientos, sacudiendo su cabellera esponjada; insistía, le alisaba las solapas del saco de lino. Fracaso. El muñeco de portada de revista la dejaba hablar como quien deja caer la lluvia, y por encima de ella miraba con desencanto, casi con desaprobación, el curso que seguía la fiesta. Beatriz no fue persistente y al rato me la encontré en el extremo opuesto del salón, bailando con otro muchacho que también olía a billetes.

A mí me había sacado a bailar un estudiante de contaduría, Rolando, quien pocos minutos después me convenció de que nos escapáramos de esa fiesta de mamones. No era un precioso ni un gran partido el Rolando, más bien chaparro, ya empezaba a engordar, hasta se me hacía un poco aburrido, un poco apático; pero duramos varios meses, e incluso ahorita seríamos marido y mujer, si yo lo hubiera aceptado. ¿Pero en plena juventud colgar de plano las armas e irse a amamantar hijos a un departamentito, en una miserable unidad habitacional en plenas afueras de la ciudad, que ya entonces estaba pagando a plazos? Ni loca, dije yo: ya habrá tiempo de sentar cabeza, la juventud es lo primero. Rolando me llevó esa noche a su departamentito, un huevito con dos o tres trastes, más allá de la entrada de la ciudad, me parecía que ya estábamos de plano en Pachuca, y no me regresó sino hasta al día siguiente, que era sábado, después del mediodía. Marta y Emma estaban alarmadas, en un grito. Que Beatriz y yo éramos unas bárbaras, desaparecernos así, sin avisar ni nada; que no se querían meter en nuestras cosas, pero así desaparecer nomás, no se valía. "¡Pero si yo no sé nada de Beatriz! La dejé con ustedes, bailando".

"Dios mío, que ahora sí no le vaya a pasar nada. No se ha reportado. Ni un telefonazo", dijo Marta, la maestra, que era la más preocupona, el andarse preocupando demasiado de todo ya era como su vicio profesional. Beatriz se apersonó hasta las nueve de la noche, medio borracha, unas ojeras hasta el piso, con Bernal, a quien venía casi arrastrando, casi dormido, hecho una facha, con la boca inflamada y el saco de lino desgarrado. Entre las tres lo curamos, lo encueramos, nos lo fajamos, cagadas de risa --casi ni respingó con el merthiolate que le puso Marta en los labios heridos, de lo muerto que venía-- y lo metimos a una cama.

"Es un divino, manas, pero un atascado. ¡Si les contara todo lo que se metió! Le entró a todo: mota, coñac, coca, pastas, varias pastas. Uhhh. Anduvimos de fiesta en fiesta, en las Lomas, en el Pedregal, al mediodía estábamos en una quinta maravillosa en Malinalco. Pura gente especial. Puras estrellas, puros jefes, harto dinero. Ni parecíamos estar en México, sino en Florida, en California. Todos alrededor de la alberca tomando cocteles y platicando obscenidades, pero de las gruesas, y sin que nadie se espantara de nada, todos así como muy tolerantes, como de mucho mundo, muy intelectuales. Increíble, divino el Bernal, lleno de vida; me divertí con él como nunca". "Ten cuidado, manita", le dijimos las tres, en coro.

Entonces nos contó Beatriz que efectivamente todas conocíamos a Bernal, aunque no nos hubiéramos dado cuenta. No se parecía a nadie: era el mismo que uno o dos años atrás habíamos visto en todas partes, todo el tiempo, hasta en la sopa: en la tele, en las revistas, en anuncios. Aún quedaban fotos monumentales de él en algunas estaciones del metro. Y si nos fijábamos bien, lo podíamos reconocer en la foto estilizada que todavía traían las envolturas de los calzoncillos que anunciaba. Era el modelo exclusivo de Calzoncillos Chuza.

Corrimos a verlo otra vez, encuerado, en la cama, roncando suavemente. Era de una fragilidad casi excesiva, objetaba Emma, que tenía gustos un tanto otoñales y despreciaba a los jovencitos; prefería panzones entrecanos y casados, que pudieran enseñarle realmente algo de la vida. Ahí en la cama, perdido en su sueño pesado, parecía casi un niño. Decidimos que estaba mejor en los anuncios a color: más torneado, más bronceado, más viril. Marta opinaba que las tetillas, el pecho peludo, la cintura de atleta, la pelusilla de las piernas lucían mejor con los tonos rojizos de la publicidad. Echamos de menos los calzoncillos suaves, de colores pastel y adornos fosforescentes, que querían competir con Calvin Klein.

Nos servimos unos tequilas para celebrarlo, sentadas en la cama, a su alrededor, traviesas, muertas de risa, como brujas disolutas en torno a un pastorcito sacrificado. Lo estuvimos manoseando otro rato, dizque mientras le acomodábamos las sábanas. Apenas si gruñó un poco, sin llegar a despertarse. "No te preocupes, todo está bien, mi amor. Duérmete", le dije yo. Me acuerdo que me impresionaron sus pies, mejor arqueados, los dedos más parejitos y tersos que los de una muchacha. Hasta quise pintarle las uñas y ponerle unas medias.

No, no habían cogido, reconoció Beatriz: Bernal le había salido puto. "¡Pero claro!", gritó Emma, casi triunfal, "¡cuando se pasan de bonitos, se pasan al otro lado!". Marta lo vio más bien con ojos de lástima y comprensión. Ella leía muchos libros y admiraba a los jotos, que en ocasiones eran muy creativos, decía, con mucho talento, como compensanción de lo que les faltaba, ¿no?, y muy elegantes, muy finos, bueno, para la Marta todos los jotos eran casi como estrellas de cine.

Bernal sufría demasiado el pobre, nos contaba Beatriz. Mientras que el resto de los mortales, al ver su entrepierna fabulosa, ceñida por Calzoncillos Chuza, en un gran puente del periférico, alzaba hacia él los ojos y los deseos como hacia un artista de televisión o un semidios, decía Beatriz, allá arriba, más arriba, entre los productores y los empresarios que lo habían contratado finalmente, después de dos o tres años de hacerla de extra en telenovelas o de bailarín en coros de segunda categoría, lo trataban peor que a mujerzuela, que a esclavo. Como esclavo sexual, pues.

Le seguían pagando su buen sueldo, claro, para que su imagen no anunciara otros productos que Calzoncillos Chuza, pero no lo dejaban tan fácilmente ni cantar en un palenque (aunque cantaba mal, tipludito), ni hacer un papelito en una película (aunque tartamudeaba y se ponía tieso frente a las cámaras). Nada. Para todo tenía que pedir permiso, y hacer grandes méritos. "Y qué méritos, manas, de veras que yo no había oído de tanta maldad en el mundo", exclamó Beatriz, escandalizada. Ni siquiera le seguían tomando fotos. Le habían tomado ya como cien mil fotos.

De modo que Bernal se la pasaba entre albercas y fiestas, sobreviviéndose a sí mismo, imitando las poses de los anuncios, los labios húmedos, los ojos entre deseosos y nostálgicos, sonriendo cuando lo reconocían y le hacían chistes sobre los Calzoncillos Chuza, soñando que su oportunidad de ser una estrella vendría después, cuestión de tener paciencia. Dejándose financiar por cada ruco, por cada esperpento. Beatriz había visto cómo, en Malinalco, junto a la alberca, un productor de tele viejísimo, bien influyente, al que nombraban Ponce, ya medio podrido él, como oliendo a tumba, le ofrecía un viaje a Orlando; y cómo Bernal, más drogado e indolente que una planta, se dejaba traer y llevar y veía con ojos soñolientos cómo otros decidían por él. "Sálvame, manita, mi ángel de la guarda. Llévame de aquí, adonde sea, pero sácame de aquí, ahorita", le había suplicado a moco tendido, cuando el ruco putrefacto de Ponce lo derribó de su silla con un bofetón.

"Los cabrones no lo van a dejar salir vivo de Calzoncillos Chuza, nos dijo Beatriz. Cuando su contrato termine, ya va a estar arruinado, bofo, con los nervios destrozados, en una clínica de desintoxicación o algo así. Y sin un clavo. No ahorra nada. Con ese tren de vida, nomás junta deudas". La tragedia de Bernal era que, a pesar de su éxito como modelo, seguía siendo un buen chico, tímido y sensible, pensaba Beatriz. Entre puros tiburones podridos, vulgares. Entonces los viejos maricones empresarios, productores, directores, los mandamases de la publicidad y el espectáculo, pues, primero lo cortejaban y lo llenaban de regalos, pero luego, a la hora de cumplirles como macho en la cama, Bernal nomás no podía. "¡Pues cómo va a excitarse ningún muchacho con semejantes lagartos podridos!", exclamaba Beatriz, indignada. Entonces lo insultaban, lo acusaban de parásito, de impotente; se lo cogían, lo ponían a hacer strip-tease en las fiestas privadas, a mamar y a dejarse coger en público por lo invitados y hasta por los meseros; y luego a veces lo madreaban. Todo porque era un fraude. Un cuero de látex, de vinil, le decían.

Y Bernal no se defendía, les había agarrado pánico, les pedía perdón, trataba de congraciarse con ellos, se esmeraba para medio cumplirles como macho; tomaba jalea real, vasotes de mariscos, todo con tal de no le declararan la guerra, porque decía que cuando alguien se peleaba con uno de los podridos, era como si se peleara con todos y no le volvían a dar ningún contrato de nada. Y no alcanzaba a explicarse cómo fulano y sutano, así, fácilmente, sin ponerse nerviosos, sin asco, sin nada, les cumplían a sus podridos sin contratiempo alguno. Así, como si jugaran futbol, o se echaran una cascarita por la calle. Creyó que de veras era impotente y hasta fue a ver a un sicoanalista.

Para entonces los rucos,los podridos, ya lo habían catalogado como un falso galán que a la hora de la hora nada de nada, y lo ocupaban nada más de anzuelo. Yo pensaba que cosas así, de maldad tan elaborada, sólo pasaban en las películas viejas. Como su contrato lo obligaba a asistir a eventos sociales y fiestas en el plan de la imagen de Calzoncillos Chuza, lo hacían ir guapísimo a todos lados, a brillar, y claro que atraía a muchos chicos y chicas cuerísimos, con los que de inmediato los podridos entraban en contacto, y les ofrecían esto y lo otro.

Así reclutaron incluso a Beatriz, junto a esa alberca de Malinalco, porque te digo que en sus buenos momentos, la Beatriz era muy guapa, guapísima; no sólo bonita, sino muy hembra, caballona, de gran alzada, "yegua fina", como se dice vulgarmente. Y más cuando se lanzó como leona contra el podrido de Ponce que le había pegado al Bernal, y lo rasguñó, y lo insultó; pero mientras ella le gritaba y le pegaba, el ruco, que era bicicletón, bueno, que ya era de todo, tocho morocho, la manoseaba de lo lindo, pero hasta el fondo, con dedos y todo, y terminó ofreciéndole también a ella un contrato de modelo, ahora de una marca de pantimedias. Pantimedias Konstanze.

Beatriz decidió entonces cuidar a Bernal, acompañarlo, protegerlo. Lo adoptó como su alma gemela. Lo llevó a nuestra casa para sacarlo del medio nefasto de los espectáculos y de la publicidad. Pero al día siguiente, cuando estábamos desayunando, y le decíamos a Bernal que si de veras quería rehacer su vida y el buen camino y etcétera, podía trabajar muy bien en algunos negocios modestos, como empleado de una tienda o de un restorán, para empezar, llegó a la casa un adorno floral, enorme, carísimo, para Beatriz. Era del podrido rasguñado. "Si el señor Ponce en el fondo no es tan mala persona...", dijo Bernal, como resignándose a pesar de todo a su destino, que al menos no tenía que ver con ser empleado de tiendas o restoranes. "¿Pero cómo carajos supo nuestra dirección?", rugió Emma. Todas comprendimos, sin necesidad de palabras, que Beatriz había aceptado al lagartón. Al anochecer salió despampanante, con Bernal. No la volvimos a ver en varias semanas. Recuerdo que Bernal se veía más atractivo que nunca con su inflamación en los labios, sus manchitas rojas de merthiolate: era como el detalle vivo, sensual, que humanizaba su belleza. Hice que me besara largo en la boca con esos labios, nomás de travesura. Y me relamí el sabor del merthiolate.

Nos empezaron a invitar a algunas de sus fiestas, de sus cocteles. Actuaban como novios, y yo me preguntaba si Beatriz había conseguido reformar a Bernal, o si solamente fingían para protegerse mutuamente de los lagartos; e incluso me pregunté si la desaforada de Beatriz no había llegado al extremo de también emplearse como carnada de Ponce, reclutando ninfas y efebitos para los caimanes. No quise creerlo. De cualquier manera, seguía tremenda. Nos daba, ahora sí, bastante dinero, "a cuenta de mis deudas", decía, con su sonrisa irresistible. Y también joyas, que les robaba en las fiestas a las borrachas. Nos hicimos las tres de unos colgajos divinos. Brillaba más que nunca. Se veía más hermosa que nunca al lado de Bernal, como verdaderos príncipes de cuentos de hadas.

No llegó a aparecer su foto en ningún anuncio de las pantimedias Konstanze, pero sí, muchas veces, adorable, en la sección de sociales de los periódicos. Recorté varias. Así algunos meses. Hasta pensé que uno encuentra la fortuna donde menos lo espera, y que Bernal, a pesar de todo, era su amuleto contra su inveterada mala suerte; que ahora sí Beatriz iba a tener la felicidad que merecía. Y que Bernal también, con ella, como que contaba con quien lo defendiera. Cuando a una la asedia tan rigurosamente la mala suerte, no hay como un buen amuleto. Y ellos, felices, se habían encontrado el uno al otro, preciosos, se iban a comer el mundo mientras siguieran juntos, pensaba. Entonces, en la sección policiaca de los periódicos, apareció su foto, con Bernal: presos por tráfico de drogas.

Marta, Emma y yo la fuimos a ver una mañana de domingo a la cárcel de mujeres. Ibamos preparadas para encontrarla en medio de la desdicha, pero también a ver cómo se sobreponía a ella y de pronto la dejaba atrás, rumbo a una nueva aventura. Nos habíamos acostumbrado a no tomar tan en serio sus fracasos, era como una artista de la derrota, una trapecista de la mala suerte, que a final de cuentas, después de tantos tropiezos, todavía hacía poco tiempo la habíamos visto entera y reluciente. Por eso nos impresionó más verla amarilla, abatida, flaca, casi sonámbula. Se daba por vencida, se rendía finalmente. Nos sonrió con una mueca demacrada y no llegamos a conversar gran cosa con ella, a todo nos respondía con frases breves, mecánicas, ausentes. Era el fin.

Las acusaciones de tráfico de drogas se mezclaron muy pronto en la prensa con rumores escandalosos, que hacían aparecer a Beatriz y a Bernal como cabecillas de una banda que era a la vez una secta satánica, empapada de santería caribeña, que de los ritos de sacrificios de animales había avanzado a los sacrificios humanos, para asegurar el éxito, el vigor y la salud de sus agremiados, entre los que había banqueros, senadores, estrellas de cine. Se hallaron amuletos de huesos humanos y cadáveres mutilados en diversos ranchos y quintas de narcotraficantes, policías, políticos y gente de los espectáculos. Desenterraron la mitad de una niña en el jardín de aquella quinta de Malinalco. (Bueno, dicen: ya sabemos en México que la policía inventa las pruebas y los cargos que quiere de cualquier cosa contra quien se le pega la gana, así que yo ni creo ni niego nada.) Nuevas investigaciones sacaron a relucir fotos en las que aparecían personas famosas, y también Bernal y Beatriz, vestidos como sacerdotes de películas de horror. Así: caftanes, turbantes, cucuruchos, tiaras, cetros, collares, tatuajes. Beatriz declaró que eran fotos de una fiesta de disfraces. "Si nosotros no sabíamos nada de eso, ayudábamos a divertirse a los rucos, eso era todo, nos la pasábamos en el reventón, nada más", decía.

Otro domingo que la fuimos a visitar, la propia policía de la cárcel nos secuestró a las tres y nos encueró, nos manoseó hasta por donde no, nos fichó y nos estuvo interrogando como a sospechosas, con amenazas de tortura, casi veinte horas: Beatriz se había fugado prodigiosamente, como si los ritos satánicos la hubieran vuelto invisible. Finalmente nos dejaron ir, aterrorizadas, como escapadas de la tumba por un pelito. Marta y Emma ya no quisieron saber nada de Beatriz, y de hecho, poco después nos separamos, por muchas razones, pero sobre todo porque ya la juventud se nos estaba acabando y empezamos todas a sentar cabeza. Quién lo dijera: las tres salimos amas de casa bastante respetables. Yo de plano me casé por la iglesia y de blanco.

Pero yo nunca me creí el cuento de que así, por arte de magia, Beatriz se hubiera escapado y me sospechaba lo peor: que el podrido Ponce la hubiera mandado matar dentro de la cárcel, para que no soltara más información. Y me dolió: ves que la quise como a una hermanita. Y como soy un poco parecida a ella, en lo terca y enloquecida, un domingo, dos años más tarde, sin más me apersoné en el Reclusorio Sur para hablar con Bernal. Ahora sí iba preparada a situaciones tremendas. Había visto en mi vida las suficientes películas sobre cárceles para saber lo que les pasa a los muchachos jóvenes y guapos, sobre todo si son jotos, en una cárcel, entre delincuentes salvajes de la peor ralea que llevan años sin mujer.

Me lo imaginaba enfermo, esclavizado, denigrado, violado, obligado a todo tipo de servilismos y humillaciones, golpeado, acuchillado incontables veces por todo tipo de caníbales y orangutanes. Iba a ver la momia o el cadáver del príncipe que había sido Bernal, ora sí que lo que quedara de él. Pero lo encontré perfectamente. Claro, sin la cabellera, la ropa, las lociones, el resplandor de antes, pero sano, creo que hasta con mejor color, sonriente, tranquilo y ya como un poco afeminado, que no lo era antes. No se trataba precisamente de algún ademán o expresión nuevos, sino de una actitud totalmente femenina, como de señora de clase media. Por fortuna, me dijo, no le había tocado sufrir vejaciones de los demás presos: don Edmundo lo defendía. Se habían conocido desde antes, pero en la cárcel se habían enamorado. "El primer amor de mi vida, el único; déjame que te lo presente, Nena".

Me imaginé uno de los potentados podridos que habían destruido a Beatriz y traté de reprimir mi rabia. Pero no, a quien me presentó fue a un hombrecito moreno con pelos de púas, flaquito, humildón, casi enano, cacarizo, con bigotitos chorreados y dientes de oro; era exageradamente machito y andaba todo tieso como charro, y parecía tener gran ascendiente entre los demás presos. Le tronaba los dedos a cada preso fortachudo, le daba órdenes perentorias a cada preso gigantón.

Apenas le llegaba al pecho a Bernal, pero mi viejo amigo le rendía culto como recién casada, lo miraba con ojos de adoración, le alisaba el pelo, le cogía la mano mientras conversábamos. Lo llamaba papi todo el tiempo: "¿Verdad que sí, papi", como si para cualquier cosa necesitara su apoyo, su autorización. Don Edmundo había sido durante años el cocinero personal del señor Ponce, todavía prófugo. "¿Y qué han sabido de aquélla?", pregunté en clave, como en telenovela de misterio.

Bernal rió ampliamente, don Edmundo a carcajadas; miraron hacia todos lados y me enseñaron furtivamente una fotografía: Beatriz con uniforme de azafata de una compañía aérea europea. Se veía más hermosa que antes. Vi con envidia que Beatriz era de las muchachas guapas que no pierden nada con la edad, por el contrario, como que van ganando sensualidad, picardía, que sé yo, conforme se convierten en señoras. Porque mi diablilla ya tenía todo un porte de gran dama. En cambio yo, por más dietas que hago... "Por fin realizó su sueño", dijo Bernal, "anda dándole la vuelta al mundo; con un nuevo nombre, claro".

No pregunté más. Pero salí feliz de la cárcel. Por mí, por Bernal, por Beatriz, hasta por don Edmundo. Me llegó el tiempo de casarme y mi primer embarazo, el de mi hija Rosita. Fui a celebrarlo con mi marido a un restorán caro de Polanco, La Donna del Lago, de comida italiana; y que nos vamos encontrando a Bernal, guapísimo en su tuxedo, de parar el tráfico. De nuevo príncipe, director de orquesta, banquero en una recepción de gala. Aunque yo lo prefería, desde luego, como modelo de Calzoncillos Chuza, no hacía mal papel, me dije, como modelo de tuxedos.
"¿Pero qué estás anunciando, alma mía? ¿O que celebras, mi amor? ¿Cuándo saliste?", le pregunté a gritos, creyendo que había ido al mismo restorán a una comida de gala. A lo mejor lo estaban presentando como modelo exclusivo de una gran marca de tuxedos, o al fin había conseguido un estelar en la televisión. Bueno: era solamente --pero muy feliz-- el nuevo capitán de meseros de La Donna del Lago. Don Edmundo, el dueño, nos mandó champaña gratis.

"Por cierto, me susurró Bernal, hay noticias de aquélla. Abandonó la aviación el año pasado. Su nuevo giro son las alfombras persas: hace poco huyó de España, con pérdidas cuantiosas, pero está a punto de tomar Amsterdam por asalto."

De El Castigador, ERA, 1995

MELBA Y LA SUICIDA

MELBA Y LA SUICIDA
por José Joaquín Blanco


Cold stars watch us, chum,
Cold stars and the whores.

KENNETH PATCHEN


Meses atrás, una tarde estaba yo echada sobre la cama, frente a la tele: un programa de variedades a todo volumen en casa de Melba, la payasa vieja.

--Hay algo como indigno en ser una actriz vieja --dice Melba.

Piensa que el narcisismo y la hinchazón están bien para las jovencitas. Pero una actriz vieja es tan grotesca como una enamorada decrépita. No queda sino hacerla de bruja, de mendiga, de criada.

--Yo he hecho todas las criadas y robachicos y mendigas del cine nacional.

Tan degradante, piensa, como la vieja ninfómana que se humilla y se presta a toda bajeza para que le perdonen la vejez, y ya no que la amen, pero que siquiera le ayuden a montar teatralmente, por instantes, sus patéticos sueños de amor, que ni siquiera a sí misma se atreve a confesarse, sino perdidamente borracha; es de un patético... Puaff. Sobre todo porque otra vez se está plagiando a Bette Davis en What Ever Happened to Baby Jane?

Por eso dice Melba:

--No soy actriz, lo fui: ahora soy payasa. No me importa el ridículo. Les hago cualquier papel de payasa con tal de tener dinero para pasarla bien con mis gatos.

Tiene un gato eunuco llamado Endimión.

Melba es la única amiga que tienes, María, me dije. Ahora que has llegado al pliegue final, al rincón, a la vuelta de todo, y como fantasma indestructible, increíblemente, has sobrevivido.

No has sobrevivido, María, has vuelto (ha de pensar la Melba); apestas a resurrecta; apestas a la asepsia clínica, a la limpieza desinfectada, de las almas que vuelven; apestas a vida artificial, a la vida inmortal, ¿a museo?

--Léeme el tarot, Melba.

--No, chula. No estás ahorita para impresiones fuertes.

La única amiga que tienes, María. Tú, fantasma; ella, fantasma.

Qué lejos quedó la vida, piensas, María: la otra orilla --esos cuerpos plenos y vitales, efusivos de colorido y brillos de realidad, en la tele--; esta cacatúa, esta falsa quinceañera arrugada y medio calva con la peluca a la moda de diez años atrás, que ya ni siquiera se ocupa en arreglar, nomás se la encasqueta, descolorida y arrugada. Todo es irreal. Sólo confías en Melba desde la salida --¿falsa?-- del sanatorio.

Estás recosiendo unas calcetas de Melba (viejas calcetas de carrera de autos, Fórmula 1). Tiene algo travestido de solterón esa vieja, de descuido, de rancio, casi casi ¡hasta bigotes! Podría pasar por un maricón travestido. Le divierte el equívoco. Ya casi sólo tiene amistades entre homosexuales, como el Jirafón, a quienes divierte muchísimo, la celebran todo el tiempo.

Melba, piensas, también tuvo sus sueños de estrellita --ser admirada, respetada (amada no --ella no sufre de amor, a lo mejor nunca fue muy sentimental que digamos; pero sí sufre por no atraer, por no ser aplaudida, brillante, reconocida--) y sobrevive a las ruinas de sus sueños. Se diría que sin tragedia. Que ha recibido la farsa con agradecimiento: a final de cuentas eso es lo que sí es ella, lo que sí es lo real, lo que sí es la vida.

Melba se agita en torno a ti: payasa baratísima y lamentable, intenta divertirte con chistes y chismes patéticos, lastimosísimos. Pero te hacen reír; precisamente por su crudez, por su amargura. Ahorita no estás, te dices, para humor inocente. Ahorita, que no te cuenten chistes limpios.

No me dolía ya. Me había dolido mucho... antes. Ahora estaba ya como en la otra orilla: ahora nada tenía importancia, ni el dolor ni... Antes no podía ver a Melba sin que me pusiera mal, sin que me sublevara, rabiosa, ante tanta desdicha, tal humillación: así terminaba siempre la vida. El fracaso, la miseria, la degradación. Y uno a final de cuentas tan amante de la vida que estaba dispuesto a aceptarlo todo, a caer, a fracasar, a humillarse... con tal de seguir vivo.

Había visto antes a Melba como una promesa de mi futuro. Así iban a terminar mis ilusiones: mi juventud (mi juventud: esa arcadia casta y tímida en el espejo, ahora tan irreal, ¿te acuerdas, María?), mis amores.

"Yo, antes me doy un tiro", te dijiste, María.

No fue un tiro: tragué los nembutales.

Sobreviví.

No fue un tiro: tragaste los nembutales: sobreviviste.

Por cortesía esa tarde hacía a veces como que me sonreía con Melba. No le iba a hacer sentir que hasta como payasa ella era un fracaso: que sobre todo era un fracaso así, como fracaso. No enternecía a nadie; repugnaba. Que era un fracasote viscoso, sentimental, lastimoso.

¿Y qué, María?, me dije. ¿De qué puedes espantarte ahora: de qué puedes, ahora, decir: "Esto sí no lo puedo soportar", eh? Sabes ya que no hay nada que no se pueda soportar. Todo se soporta. Todo está bien y no tiene importancia. ¿Ante la evidencia de Melba, te dan ganas de huír? Ya no hay adonde huír.

Melba, factótum de las tablas. Princesa durante años --desde quinceañera hasta después de los 30-- de la televisión infantil. Generaciones de niños poblaron sus sueños con la manera de Melba de ser princesa: de entristecerse inolvidablemente, de ser salvada por un chico bonito pero fuerte, casi duro, que regresaba embellecido, después de enfrentarse con nobleza a los dragones de la adversidad y a los malvados, de ser claro y sincero y todo corazón en su mirada, de ganar el amor a la buena y recobrar el reino y la princesa al final, en medio de la alegría y la fiesta de todo mundo.

Melba ahora: traficante de lo que sea, profesora de todo: de tai chi, aerobics y esoterismo, fayuquera: "Mira qué chulada que me acaban de traer de la frontera"; espantapájaros, cómica, tercera, celestina, proxeneta: "¿Quién te gusta, mi amor? ¿A quién quieres que te consiga, mi vida? Aquí Mamá Cachimba velando por la cachondería de sus cachorritos"; que se veía más vieja --flaca, como correosa-- con su cuerpo de gimnasta que en privado seguía siendo todo su orgullo. Era un cuerpo bien conservado el de Melba, para su edad, que no se vería tan mal si no se vistiese como una jovencita, con esa carota arrugada; sólo los jotos la aplaudían, la urgían en las fiestas a bailar en medio de todos, a hacer el strip-tease.

Melba transísima, grillísima, la de las influencias y las palancas y las audiencias y nomás vamos a ver al licenciado, mi vida, y verás cómo todo se te arregla; chambeadora, poquitacosa pero gritona y aventada; cuando no había de otra, a esconder la cara en el maquillaje y a presumir el cuerpo en el burlesque, total ¿y qué?, ya el público ni se da cuenta de nada, chance y hasta novio se saca; traficante de lo que sea.

Pero leal, leal, leal hasta la muerte con los caídos, así como dolida y envidiosa e implacablemente venenosa con los que ascienden.

En cambio, ve a los que mima la vida con el verduzco placer de esperar su derrumbe inevitable, de constatar cómo empiezan a derrumbarse antes de que nadie siquiera lo sospeche. "Aquí los espero, parece decir; aquí nos vemos: aquí es donde se necesita talento para sobrevivir, y brillar aunque sea un poco, y no odiarse, y sacar alegría de nada cuando no hay de qué, ni remotamente, entusiasmarse".

No tiene un lenguaje tan articulado. Es lo que traduces del malévolo brillo de sus reojos, de sus sarcásticas sonrisas laterales.

Pero tú pensabas, te decías: María, qué lejano está todo, qué irreal es todo lo que me rodea, como si en realidad nada existiera; qué silencioso, como si nadie hiciera ruido; qué pacífico, como si entre los demás y yo hubieran crecido protectoras murallas de cristal; como si ni en mi mente, ni fuera, estuviera existiendo nada: nada estuviera ocurriendo: simples imágenes como juegos ópticos de video musical, delirios y pesadillas como combinaciones fotográficas pulidas, rapidísimas.

Me sentía débil. Recordaba que me habían ardido los ojos de tanto dormir. Que quería quedarme así. Que podrías quedarte así, en blanco, sin ver ni oír nada de tu alrededor.

Todo lo escuchaba como ecos.

Todo lo escuchabas como ecos.

Chorreaba el surtidor de la fuente.

El chorro de la fuente.

Había un gran patio con una fuente azul cubierta de mosaicos. De niña me gustaba correr a mojarme los dedos en esa fuente. El patio de una casa con tejas, con enredaderas. Sí: las tías, ¿las tías? Las vi acercarse a mí, sonrientes, con sus vestidos largos y oscuros, sus trenzas; me sonreían, me amaban, me protegían... venían por allá; eran casi ancianas; me decían:

--María.

¿María?

No: era Melba: se estaba echando el tarot a sí misma: se echaba el tarot para todo, hasta para decidir qué ropa había de ponerse para ir a la discotheque, como si mejorara en algo. Pero llegaba ávida, con los ojos brillantes, como esperando realizaciones ciertas, segurísimas, inmediatas. ¿Las tendría? ¿Cómo se las arreglaría? "Celestina, putavieja".

Estaba chismeando con el tarot sobre mí: le preguntaba cosas sucias, escondidas, sobre mí; chismeaba sobre mí con las cartas como una comadre a la salida de misa. Hacía sucias teorías sobre mí.

El tarot le respondía.

A mí no quería leérmelo (claro que yo no quería saber mi futuro, no me importaba, ya no había futuro, ya se había quebrado aunque yo siguiera --ah, pero el pasado: me gustaría conocerlo esa tarde, revivirlo esa tarde, porque antes... había sido irreal: conocerlo es vivirlo: es más: recobrarlo, redimirlo, modificarlo: que volviera a ocurrir, ahora en serio, en las cartas del tarot). La infancia, la fuente, las tejas, las tías ancianas y buenas que se acercaban y me decían:

--María...

--¿María?

Indudablemente ya Melba había obtenido lo que quería saber. Lo exhibía en esa sonrisita socarrona de chismosilla malévola, satisfecha: colmada. Volteó a mirarme con tal atmósfera triunfal, casi obscena, casi resplandeciente: Melba sí lo sabía todo, el tarot le había dicho todos mis secretos --mi infancia, la fuente, las tejas, las tías-- y no me los iba a confiar por lo pronto porque no quería inquietarme... ¡Puta maldita!, putavieja, putavieja: "Celestina putavieja", como ella misma gritaba con acento madrileño, cuando le daba por el autoescarnio, la Melba. Llena, hinchada de mis secretos. Ahora cambió de inmediato las facciones, Actor's Studio a la mexicana, ¡guácala! Y según ella --otro personaje, la Bella Indiferente-- no había pasado nada. Se te acercó con una solicitud de monja enfermera, que te sobresaltó:

--María...

¿María?

--¿Quieres otro tecito?

No, yo no quería ningún tecito.

Por favor, Melba, nada de tecitos.

María, por favor nada de tecitos.

En el hospital, una monja sucia, una monja fea, una monja sargento, me había querido hinchar de tecitos. Me obligaba a tragar te a todas horas. Esa misma monja me había hecho un lavado de estómago. Sin la menor delicadeza. Con brutalidad. Con crueldad. Esa monja disfrutaba. Esa monja me odiaba. No: era el propio Dios que me odiaba porque había yo querido quitarme la vida.

"Es el único pecado imperdonable", me susurraba la monja al oído.

Estabas sudando entre tu bata y mantas y sábanas y almohadas blancas, en el cuarto blanco, y la Blanca Monja te hacía sudar más, sudores helados:

--Es el mayor pecado que el hombre puede cometer... No hay peor pecado que ése...

Pero ahora era el propio Dios quien me susurraba, con un aliento podrido de dientes inmemoriales y grasas indigestas. No: eras tú misma, María, me dije: tu cadáver resurrecto pero podrido a medias, seco a medias, terroso a medias como raíces de manglar, animal a medias como cabra atarantada en mitad de las funciones del rastro; alma a medias que todavía no se despoja de los sanguinolentos lazos corporales, de los coágulos: eras tú misma, guarecida por ropas blancas de monja, la que se inundaba de un sudor que te chorreaba hasta los labios vellosos, arrugados, de anciana o de feto, de Dios o de gato humanizado; la que me ordenaba perentoriamente:

--¡Duerme!

¿O eso era Dios? ¡Eso! ¿Eso era Dios? No: tenía que ser la Monja Podrida y Blanca:

--¡Duerme!

Y ahora sí, María, me dije. Por fin la autoridad te salvaba: qué relajación obedecer: obedecer al terror, al asco. Ser nada. Sentí cómo me iba aflojando, soltando --ríos, aguas, riego, tierras con aguas espumosas, florecillas-- para desvanecerme: para morirme de una buena vez, y para siempre.

Pero no: la orden era otra. Y ahora la Monja y Dios, María, te zarandean, te jalan, te queman la boca con una hirviente medicina:

--Traga --te ordena Dios con tu rostro leproso de cadáver insepulto, semirresurrecto, cubierto con velos de monja o sábanas de paciente.

--Aquí está tu tecito, Chula --dijo Melba.

Es nomás tila con valeriana, María, me dije.

Debes ser buena niña, María. Sería una ingratitud imperdonable no darle las gracias a la buena Melba, no sonreírle (¡La Monja, Dios!), no darle un trago al tecito.

En la pantalla de tele me parecía chistosísima la cara, la figura del cantante.

--Qué visiones --exclamé.

--Sí, está cuerísimo --dijo Melba.

No, pensé, está monstruoso: monstruoso, monstruoso, y me descubrí riéndome, y Melba también reía del gusto de que yo me volviera a reír (el tarot no se equivocaba jamás), pero yo no quería reírme, no, para nada: ya ni siquiera el cantante estaba en la pantalla, sino un locutor severo y anodino, ahora se trataba del pronóstico del tiempo.

--¿Qué, estás loca, chula? --me preguntó Melba, muerta de risa.

Me dolía el estómago de tanto reírme.

--Ya, ya...

Que ya no se ría Melba, por favor, que ya no se ría, pensaba: te hace reír, que ya no se ría. Pero Melba cree que realmente lo que quieres es reír más, María, se lo dijo el tarot (debió haber salido El Loco), y te hace caras bobas y hasta quiere hacerte cosquillas en la planta de los pies; y tú ya no aguantas más, por favor, y le muerdes la manga de la chaqueta, y entonces ella cree que se trata de jugar a los perros, y te ladra, y el eunuco gato Endimión salta despavorido de entre las cobijas, María, y ríes más, se te va a desgarrar el estómago...

Tocan.

(Los médicos, la monja, Dios.)

Te aterras, María. Pero no: No puede ser la monja. Ni tu hermana Elena, que es como monja. Ni Dios. Nadie sabe que estás aquí. Ni siquiera se imaginan quién se hizo pasar por tu esposo y te sacó del manicomio...

--Orita vengo.

Ahora, por primera vez, desde la noche del intento de suicidio, quedé realmente sola; en el hospital todos te vigilaban, María: ahora estás sola, sin que nadie te esté vigilando, frente a la tele que pasa un partido de beisbol.

Subí más el volumen con el control remoto, para no escuchar ningún ruido de la sala.

No, no podía explicarme nítidamente lo que me había pasado en los últimos meses; no recordaba más que había sufrido entonces una especie de enfermedad. Era como irme haciendo menos y menos. Todo me empezó a dar miedo. Me dominaban súbitos, irreprimibles accesos de cólera.

Todo se había complicado: un divorcio, un aborto, hasta una enfermedad venérea cogida en una claudicación bochornosa --cediste para castigarte más, como para ensayar cómo asesinarte, María, me dije--, en un hotel sucio, con un casi desconocido, un clarinetista que no quiso volverte a hablar siquiera. Noche en que te tomaron como puta y te trataron como a tal, María, me dije, me digo: y todo lo agradeciste, que siquiera te miraran, eso agradeciste desde los pedazos de tu autoestima como botellas rotas.

Tú atónita, María: no, te decías, no puede ser, se trata de una confusión, estoy loca, estoy delirando, esto no me está pasando a mí, yo sólo soy espectadora como en el cine; no, nada de esto está ocurriendo en serio, no es a mí, yo no me merezco esto, a mí no se me trata así: es una broma, una fantasía.

Y no: claro que era a ti, tú eras la puta ebria que no se estimaba nada y para nada, con los ojos ennegrecidos de rimmel, encharcados de un llanto obsesivo, y al clarinetista ya lo tenías más que harto, y ya se quería largar, y tú más le suplicabas, te le arrojabas a los pies, lo abrazabas, lo rasguñabas; estabas histérica, histérica, te gritaba el clarinetista: ¿por qué le pasaba a él esto de meterse con una histérica?, y mocos el madrazo, el desgarrón de la blusa, y el te calmas o te calmas, y el ¿no que no? Así se trataba a las viejas jodidas como tú.

Y el recuerdo te lo dieron con tu prueba de sífilis positiva.

Reprodúcelo, María, me estaba diciendo a mí misma esa tarde, refugiada en casa de Melba, frente al televisor prendido en un partido de beisbol, estruendos y rechinidos, para aislarme de la visita que reía en la sala; coge una hoja de papel y escribe una carta a nadie, la rompes en seguida, pero que llegue a escribirse siquiera, por un momento tan solo.

Sí, desde el principio de la decisión. Acogiste de pronto la idea de matarte casi con alegría, hasta con triunfo. Cuando todos y todo eran enemigos y te tenían agarrada del cogote, ¡escapabas! Te pusiste feliz con sólo pensarlo, ahora sí que como loquita, ¡escapabas!, y hasta decidiste celebrarlo. Llevabas días de no comer y se te ocurrió de pronto atracarte de galletas y chuparlas por aquí y por allá, niña loca, mientras te preparabas un cocktail infalible de nembutales. Paro cardiaco, ¡hummm...!

Tu cuarto se había vuelto un tiradero, sí, y a patadas, y aventando cosas, te hiciste un sitio cómodo frente a la ventana. El último brindis, dijiste, ¡ja! Y recordaste entonces a no sé qué romano que daba gracias a los dioses supremos porque, a final de cuentas, dejaban a cada hombre su propia salida del mundo.

Como quien dice: la libertad de levantarnos de la mesa de juego, decir: "No voy más", y salir a darse un tiro. Eso me estaba diciendo, me digo.

Pero ah, los días anteriores --¿días, meses, años?--, ¿cuándo realmente empezaste a sospechar que eras tú, María, la que tan duramente enjuiciaba la realidad, quien estaba mal o al menos quien resultaba más débil, y no los demás: no los que te rodeaban, que mal que bien parecían seguir su camino ajeno sin problemas?

Reproduce, María, la sensación de caer, la experiencia del fracaso. No supiste a ciencia cierta si se trataba sólo de una caída o del desastre, hasta que ya fue demasiado tarde y te encontraste diciéndote a ti misma: "Se chingó todo".

Antes de que alguien te gritara golfa o puta la primera vez, María, ¿cómo ibas a suponer que ya lo estabas siendo? Era tan sólida la certidumbre en tu juventud de haber nacido para ser fuerte y querida en una realidad que solía amoldarse a las exigencias que le ibas imponiendo.

Te es difícil, te es imposible, María, decir que ya no existe, que ya no eres esa chica de aire fresco, ideas naturales, cuerpo seguro. Segura de agradar y de gustar. La vida estaba ahí, dorada, y había que cogerla ya, estaba bruñida en su pleno instante, entre el follaje jugoso y verde.

Reproduce, María, reproduce: de pronto estás ya en el fondo del pozo, ya no hay muchas salidas hacia arriba. Y de cualquier forma, ya no tienes fuerzas para salir. Entonces lo sabes: tú no eres de las que triunfan, ni de las que se salvan, ni de las que salen, María.

Eso ya es casi una tranquilidad; hasta encuentras fácil hacer como si te desvanecieras, ponerte en blanco: no existes más. Se acabaron los tiempos en que todo vociferaba sobre ti: Dios y la monja y los médicos y tu hermana y los vecinos y el clarinetista que te gritaba:

--¡Con un carajo, pinche histérica, cállate de una vez!

De repente, todo mundo puede hacerle mal a una tan fácilmente, constatabas; que si los otros lo hubieran sabido, hasta con un soplo entonces pudieron haberte derribado, María; cualquier cosa te dañaba; constatabas, María, que ya no podías --no era elección, era simplemente poderlo hacer o no, como poder seguir corriendo o pararse, cuando ya no se respira--, que ya no podías materialmente vivir una hora más, ni media hora, ni siquiera cinco minutos más, ni un minuto.

Habías alcanzado al fin tu propio límite, ¡y escapabas!

Pero aquí estaban las voces. No quise abrir los ojos, no. No: Otra Monja. Otra Monja, no. Cerrar los ojos, huír antes de que te dejaran nuevamente, María, como en el hospital, con la Otra Monja.

--La bella durmiente --bromea Melba, enmudeciendo la televisión.

¿Será posible, putavieja? ¿Te está vendiendo: está vendiendo tu cadáver, María? No, que va: un conecte de mota, o cartas, o una limpia, o anda comprando-vendiendo cualquier aparato. Qué no haces, Melba.

Melba, Melba, vieja sórdida, hubieras querido gritarle: qué tanto le ves a la vida, por qué andas todo el tiempo en chinga para vivir más y más, y dinero y más, y el trago y la droga y más, y los vestidos y más, a tu edad: ¿Qué haces en secreto? ¿Alquilas hombres? ¿Tienes un padrote? ¿Con qué sórdida trampa te atrapó la vida y te tiene viviendo a toda velocidad? ¿No será que en el fondo eres una madre secreta, una madre abnegada, y los domingos te disfrazas y llevas el dinero sucio a un orfanatorio, donde está tu hija, a una güerita que es un primor de Dios?

¿Para qué tanta gula de vivir, bruja? ¿Para tu eunuco gato Endimión?

Mejor dormir, María, me dije. No vas a abrir los párpados por nada del mundo. No vas a dejar de fingir la respiración acompasada.

Junté mis escasas fuerzas y me ordené: ¡Duerme!

--Por poco se nos va viva --dice Melba--; fue una suerte que la vecina sospechara: como se repetía el mismo disco... Estaba re peda.

--¿Es alcohólica? --otra voz. Desconocida. Atractiva: juvenil. Pero algo ronca. Con una especie de suavidad apagada. No, no era C. El cuerazo de C.: el Caballo de Espadas, el feroz Caballo de Espadas, el salvador Caballo de Espadas. Con sus ojos tristísimos en ese rostro de ángel duro, de mandíbulas duras y facciones bien dibujadas, casi de niño, si no hubiera tanta dureza, tanta tristeza. Tu feroz Varón de Dolores. Él te salvó del hospital. ¡Si fuera C., que sólo se queda junto a ti las horas, callado, con un te o una cerveza, pero las horas, mirándote como al vacío! ¡Si fuera mi Caballo de Espadas!, me dije.

Pinche Melba: te exhibe como monstruo de circo, María, me dije. ¡La suicida! ¿Cuánto por manosear a la insepulta? ¿Cuánto por cogerse a la resurrecta? ¿Qué verguenza, qué ira: no abrirás los párpados.

--Borracha nada más, en los últimos meses. Con la depresión... Pero eso la ayudó --sabia, doctoral, la Melba.

--¿Cómo que eso la ayudó? --Por nada del mundo vas a abrir los párpados.

La voz suena arrogante y joven, espesa, atractiva, odiosa: imaginas tu rostro como máscara de cera, un semblante patibulario, apenas fantasmagórico en la semipenumbra azulada de la televisión: ¿se verán así los rostros convocados por los mediums?; el arrogante jovencito te cree vieja y acabada, y te examina con lástima o misericordia o con curiosidad morbosa o una cortesía embarazosa...

--Estaba tan peda que vomitó buena parte de las pastillas: se había tragado toda una farmacia.

--Debió ser guapa...

--Si todavía no ha muerto, tú...

Defiende su mercancía, la Melba.

No: no estás alucinando; adviertes que con el pretexto de cubrirte con una manta, el extraño te está tocando demasiado. Prepárate para las humillaciones, te dices, María. Dios, la Monja, la Otra Monja, el Clarinetista.

Pero Melba no lo va a permitir. Melba estará de tu lado mientras estés caída. Puedes confiar en ella: es lo que te queda. Y además, María, recuerda, cálmate: ahora sabes que ya nadie puede tocarte. Ya te tocaste a ti misma. Te violaste tú misma. Cruzaste la línea de sombra. Todas las fronteras. No hay vejación que no conozcas. Ya no hay nada que perder. Que digan lo que quieran. Tú estás lejos. Estás al otro lado. En la otra orilla. Estás lejos, estás lejos. Estás. Este no es tu cuerpo. No están hablando de ti.

--¿Cómo serán sus ojos?

--Déjala en paz. ¿No ves que está convaleciendo?

--Se ve tan pura, tan misteriosa, ¿Cómo serán sus ojos?

--Que la dejes en paz. ¿No ves que está convaleciendo?

--Se ve tan pura, tan misteriosa, tan...

--Ya bájale, pinche Toño --dijo Melba--, ¿cómo quieres que se vea? Se ve como una convaleciente --y lo sacó de la habitación.

Gracias, Melba, pensé.

Poco después me quedé dormida.

(De El Castigador, ERA, 1995)

lunes, 15 de diciembre de 2008

Para leer a Guillermo Prieto


PARA LEER A GUILLERMO PRIETO

Prólogo a la antología de Guillermo Prieto publicada en la serie Los Imprescindibles, de Cal y Arena, 2008.

A la memoria de Ilya de Gortari y Olivier Debroise

1
En el centenario de su muerte, Guillermo Prieto (1818-1897), uno de los mayores escritores y héroes cívicos mexicanos de todos los tiempos, recibió un temible homenaje: la recopilación de sus Obras completas (ed. Boris Rosen Jélomer, Conaculta) en ¡32 tomos!, algunos muy gruesos.
Semejantes homenajes exterminan a los lectores, aunque en este caso tal Babel hemero-bibliográfica resultaba necesaria, e incluso muy tardía, pues Prieto compromete no sólo el gusto literario, sino todo el siglo XIX como uno de sus mayores protagonistas (5 veces ministro, 18 veces diputado, incesante colaborador de innumerables diarios, revistas, libros, academias) en cuanto político, escritor-de-combate, maestro, testigo, cronista, poeta (el poeta mexicano más prestigioso de su siglo, según encuesta de 1890 del diario La República, que lo ubicó en el gusto de sus lectores muy encima de Díaz Mirón, Peza y Gutiérrez Nájera). El menor detalle de Prieto es historia patria. Y claro: el supercompadre de todo mundo.
Acaso más que cualquiera de los otros 29 próceres de la Reforma (según censo de “los 30 licenciados y militares de don Benito”, que propusiera Luis González), sus compañeros y amigos, fue además una figura ejemplar y edificante por su honradez, su modestia, su simpatía, su folklore individual y colectivo.
Advierto mucho folklore nacional en ese prototipo mítico del Mexicano-con-mayúsculas (tan buen-muchacho incluso de viejito, tan llano, tan sin pretensiones, tan burlón de sí mismo), pero sospecho también no poco folklore personal inventado, construido, acuñado con prestigios de articulistas españoles y novelistas franceses. Debe destacarse su sentido del humor y su gran generosidad para la conversación, para el castellano coloquial del México callejero de su tiempo, que se ahínca como la parte sustancial de su obra.
Es posible incluso que su castellano coloquial ya no lo fuese tanto en el momento de la primera publicación de sus prosas: está más cargado de arcaísmos y pintoresquismos que sus contemporáneos; pudo ocurrir que, desde joven, haya incorporado palabras y expresiones ya en desuso, fabla de abuelos, como rasgo de estilo. Que también haya sido memorioso de los tiempos de sus mayores. Del mismo modo, exagera los giros campesinos y populares, saboreando las incorrecciones como verdaderas golosinas: la fabla ranchera o la fabla del pelado. (En realidad, Prieto siempre fue capitalino, de origen algo cómodo aunque con épocas de miseria, y con una personalidad precozmente intelectual.) Sus prosas juguetonas suelen ser más barrocas, pintorescas, plebes y arcaizantes que las serias, lo que hace sospechar que sus barroquismos, arcaísmos, plebismos y pintoresquismos fuesen desde el principio los colores elegidos para su paleta lúdica. Pero no debe pasar desapercibida la música del prosista, el refinamiento estético incluso en sus aventuras de deslenguaje: fue en cualquiera de sus formas, y sobre todo cuando escribe en laberintos, uno de los mayores artistas del castellano en México.
Ahora lo conocemos sobre todo por un libro-summa que no leyeron sus contemporáneos: Memorias de mis tiempos (póstumo, ed. Nicolás León, 1906), aunque en él se compendian tanto sus conversaciones como los trazos periodísticos que lo hicieron tan célebre (y tan querido) desde muy joven. Es probable que haya intuido en sus últimos años que legaba a la posteridad un caos hemerográfico y se haya propuesto condensarlo en un tomo de tomos, para lectores futuros. Su fortuna con la posteridad reside sobre todo en este libro, fundamental para todo conocimiento del siglo XIX mexicano.
Difícilmente, sin embargo, como en el caso de su gran amigo Ignacio Ramírez El Nigromante, podremos reconstruir cabalmente la voz que se oyó en su tiempo. Los lectores y el pueblo semilustrado sobre todo conocieron y amaron al poeta Prieto y al orador Ramírez. El gusto del siglo XXI (e incluso el del XX) se aparta de esa poesía y de esa oratoria marcadas por un patriotismo romántico dirigido a un público elemental y ardoroso, con poca o ninguna ilustración, que había surgido a la vida nacional independiente en un deplorable estado de miseria y de incuria casi silvestres; y que no estaba acostumbrado a leer -pero en absoluto- sino a oír y a declamar: escuchaba en corrillos, fogones y festejos: sermones, discursos, canciones y poemas que circulaban en la tradición oral y asimismo en la prensa, como ornamento de almanaques, calendarios, hojas volantes y variados fascículos misceláneos de principal intención política, comercial o devota.
Esa escasa o nula ilustración no era siempre, desde luego, equivalente de incultura: su cultura era otra, de tipo oral y tradicional, más atento de la conversación y de la lectura en voz alta que del texto silencioso; muy dado a ritos y ceremonias, bailes, posadas, desfiles, misas; tertulias, cafés, tabernas y mentideros; hábil para memorizar y recordar, incluso para recitar e inventar; entusiasta de fervores cívicos, militares y religiosos, y jubiloso de que sus escritores cultos lo pintaran incesantemente en la prensa periódica, en las ceremonias y en el teatro incluso con todos los ácidos de la caricatura.
Esa cultura escasamente alfabetizada era profusamente trabajada en la iglesia, la escuela y los eventos cívicos, pero sobre todo en la casa (casas colectivas, vecindades). Aun en casas humildes la recitación, el canto e incluso la improvisación de todo tipo de letrillas formaba parte del entretenimiento cotidiano (casi no había otras diversiones, más que el trago y la baraja o, rara vez, los toros y los gallos), así como la representación por los miembros de la familia y los vecinos, especialmente los viejos, las mujeres y los niños, de todo tipo de comedietas de origen más o menos sacro. Muchas plegarias así como muchas lecciones escolares, incluso de ciencias y técnicas, se difundían en verso, por el apoyo y el gusto que la métrica y la rima daban a la memoria.
Hay que advertir que los no-lectores arcaicos muchas veces apreciaban y atesoraban más el texto que los lectores alfabetizados modernos: desde principios del siglo XVII hubo memorillas capaces de aprenderse de pe a pa, de una sola oída, toda una comedia de Lope. Esos memorillas eran poco letrados. Pero incluso el público común y corriente recordaba durante mucho tiempo fragmentos y escenas completas que había visto apenas una vez, y que se volvían parte de la conversación cotidiana y de la vida social. El público salía de los teatros recitando, glosando y parodiando; se corregían y comentaban los unos a los otros, armaban competencias; representaban las escenas para quienes no habían tenido la suerte de verlas con los actores.
Esto seguía ocurriendo en México en los años de los nuevos dramaturgos Fernando Calderón e Ignacio Rodríguez Galván. Asimismo, el público de Lizardi, Bustamante o Prieto podía recordar e incluso memorizar fragmentos de textos, en prosa o verso, pero sobre todo poemas, que leía o escuchaba leer pocas veces. Algo parecido ocurría con la música: la ciudad de México por entero se impregnaba de ciertas arias de ópera, opereta y zarzuela que acababan de ser representadas apenas dos o cinco veces en sitios sólo accesibles a unos cuantos, y que sin embargo al poco tiempo andaban en las gargantas y en las guitarras (previsiblemente destempladas y desentonadas) de todos los vecinos. El propio Prieto nos cuenta que, como Don Quijote, se encuentra por los caminos a gente sencilla que ya anda recitando las letrillas que apenas acaba de componer, como la célebre “Marcha de los cangrejos”. En muchas otras ocasiones, Prieto glosa y parodia poemas y canciones ajenos que ya conocía el público. Era gente extremadamente receptiva y plástica para los textos orales, y practicaba en vivo todos los ejercicios que ahora se llaman “intertextuales”. Prieto da razón de varios pasmosos improvisadores en verso que no publicaban nada, ni siquiera pensaban en ello. Por entonces la poesía no se hacía para publicarse; se publicaba sólo por accidente, lujo o golpe de suerte, y no importaban tanto unos escasos compradores de libros frente a inagotables escuchas. La mayoría de los poemarios eran tardíos o póstumos.
A ese público se dirigían el poeta y el orador populares. En cuanto a su abundante, casi asfixiante color local, no puede olvidarse que este folklorismo de Prieto era exclusivamente para consumo interno, y de ahí las enormes libertades que se toma son su gente: no había turismo, ni lectores extranjeros para los vates locales. El folklore de exportación y lucimiento ante el mundo empieza después de la revolución, con el éxito de la pintura mural y la escuela mexicana de pintura y artes plásticas. Prieto, por el contrario, ofrece un furibundo folklorismo de combate a la manera de Ramón de Valle Inclán. Cita mucho a Goya.
Nada más remoto pues del nacionalismo complaciente que suele agobiar a México, que el nacionalismo esperpéntico de Prieto, no por ello menos enamorado de sus poblanas de enagua roja, tan tías de la duquesa que Job amó; de sus rotos y currutacos, de sus curas mitoteros y militarotes de opereta sanguinaria, de sus pelados, carniceros, cargadores, trajineros, monjas, beatas, tragones, atildados ridículos, viejos raboverdes; leperitas prendadas de rotos, pelados que se quejan de los desdenes y regateos de las léperas y de las vendedoras de chía; raterazos consuetudinarios y escuincles atorrantísimos; fauna de teatros, plazas de toros, mascaradas, fondas, cafés.
Se diría que el elenco de esta farsa tricolor no está conformado sólo por tipos (aunque abundan los cuadros de gran riqueza y precisión costumbristas), sino también por excéntricos incurables, casi seres imaginarios: los tipifica un sistemático delirio de excentricidad a toda orquesta con una irrefragable vitalidad que asombra a cada instante.
Todo su clima es comedia, de ahí que con frecuencia pasen a segundo término sus programas y matices ideológicos y prevalezca el espectáculo risible. No es en absoluto necesario compartir sus opiniones para disfrutar su mundo, de modo que conviene preferir en una antología los textos donde mejor luce su materia verbal, y no tanto su ideología, que de cualquier modo impregna toda su escritura, ni su minuciosa trayectoria de prócer.

2
Con frecuencia se reprocha a Prieto y a Ramírez que no hubiesen sido más refinados (“esos máistros y no maestros”, bromeaban Reyes y Novo): no les tocaba serlo, sino fundar la patria, su literatura y su política, su prensa y sus instituciones. La eficacia, el fragor de los poemas de uno y de los discursos de otro se resiste empero, una y otra vez, a la imaginación del lector “posmoderno”, descontentadizo y como decepcionado o harto de la cultura. En Prieto, en cambio, todo es entusiasmo y furia de vivir, incluso entre las pesadillas sin despertar, que no sólo recupera, sino exagera y alebresta, para multiplicar la diversión multitudinaria. Una como jocundidad rabelaiseana anima tal rusticidad-algo-teatrera.
Por fortuna, como asimismo es el caso de su otro gran amigo, el novelista Manuel Payno, Prieto nos ofrece su voz personal en conversación desatada, no pocas veces sobreactuada, redundante y desaforada; y adrede poco vigilada, o desvigilada -deliberada y hasta jocosamente azarosa- con delirios de risa o charla locas, algo reminiscentes, para mi gusto, de los discípulos ilustrados de Cervantes y de Quevedo, que encontraron en la literatura popular (charlas, letrillas, sátiras, fábulas, artículos de costumbres) una salida de la sofocante y tiesa cultura levítica que monopolizaba toda la civilización hispánica.
En ese sentido, charlar, echar relajo y disparatar era secularizar: escaparse del claustro (clerical o académico) rumbo a las utopías de la aventura montaraz o callejera. Casi toda la prosa ilustrada española rebuscaba la frescura de la conversación, del periodismo o del discurso laico, del teatro y sobre todo del género chico, el sketch. Ya estaba en fray Servando, por ejemplo, y en Lizardi y Carlos María de Bustamante. Abundaba también este estilo entre los escritos confiscados por la Inquisición por irreverentes, subversivos, supersticiosos o heréticos, desde el último tercio del siglo XVIII.
Sin duda existió para Prieto y para Payno cierto romanticismo folklórico y nacionalista en tal privilegio del habla vecinal y de fogón -un vecinal fogón barroquísimo- sobre la escritura atildada, de “buen gusto”, pero también una prodigiosa intuición de que en la conversación más libre y pintoresca detonaban todas las galas y pliegues de su estilo, de su personalidad y de su arte personalísimos. A ellos les tocaba escribir así. Destino es estilo. Podemos acaso, a falta de otro, recurrir al ambiguo término de “crónica” para abordar a semejantes Inclasificables, a estos prosistas-de-todas-las-prosas. Él hablaba asimismo de “tradiciones”, “charlas”, “actualidades”, “escenas”, “cuadros”, “apuntes”...
Las memorias bastante novelescas de Prieto, las novelas bastante memoriosas de Payno (Los bandidos de Río Frío) habrían perdido mucho si se las hubiese querido recortar y traducir demasiado rigurosamente a los amanerados modelos de la escritura literaria al gusto europeo stendhaliano, flaubertiano, barbey-d’aurevillesco, como por ejemplo le ocurrió muchas veces a otro gran liberal-romántico: Ignacio Manuel Altamirano, en cuyas novelas esforzadas se echa de menos a ratos el vuelo de sus crónicas rápidas. Incluso Vicente Riva Palacio a veces sufre demasiado ante las convenciones del aparatoso folletón histórico-sentimental, aunque desde luego siempre con pasajes dignos de sus cuentos y de las crónicas jocosas, y con trozos de bravura caricaturesca y pintoresca por encima del entramado artificioso.
El ideal literario de muchos de ellos, curiosamente, no fue tanto la pureza o la concentración, sino la grandiosa, dispendiosa, disparatada aventura nacional: Payno y Prieto tuvieron un modelo folletinesco imposible que todas sus obras delatan: Los misterios de París, de Eugène Sue -no remoto, desde luego, del perseguido por las novelas de Dumas, Balzac, Hugo, Dickens. Escribieron los misterios de la ciudad de México y de las guerras civiles e internacionales; Prieto se aventuró a otras zonas del país: Querétaro, Puebla, Morelos, Zacatecas, Veracruz, Sinaloa, la frontera norte e incluso llegó más allá que sus compañeros e interrogó larga y tenazmente los secretos de los Estados Unidos.
Estamos pues en la era bronca de los gigantes “rústicos”, que comenzaron la patria y la cultura nacional prácticamente de nada (los prestigios prehispánicos y coloniales habían desaparecido por completo de la cultura -y de la memoria- en vísperas de la Independencia, como se ve en las obras de Lizardi o Carlos María de Bustamante, e incluso en las de Alamán y Mora; y de hecho no se recobrarían sino hasta el siglo XX, cuando Amado Nervo lanza como manifiesto la vuelta a su Juana de Asbaje, y luego Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña, los padres Ángel María Garibay y Alfonso Méndez Plancarte, los doctores Silvio Zavala y Edmundo O’Gorman, entre otros muchos estudiosos, recuperan la literatura culta novohispana.
La Colonia estaba completamente olvidada -nadie la destruyó, se pudrió solita-: toda, por completo (y esto desde décadas antes de la Independencia); quedaba apenas un destartalado clericalismo ranchero y vecinal. Los beaterios se habían vuelto beateríos. En la época del virrey Calleja se convirtió en cuartel, cárcel y establos el Colegio de San Ildefonso, y se echó a la calle, como desechos, por montones, el acervo de su biblioteca que hacía medio siglo nadie consultaba. La joya del virreinato alcanzaba de este modo su destino de muladar de la nueva soldadesca virreinal, y el papel de los escritos añosos sólo servía para fabricar cartuchos, como lo documentó Genaro Estrada.
El propio Prieto nos recupera el perfil de los curas esperpénticos de hacia 1830, de los que fue muy cómplice y compadre. Su primera publicación, muy temprana, consistió precisamente en una letra sacra que se pegó en las puertas de algunas iglesias céntricas; treinta años después lució otra publicación inolvidable: se pegaron en esas mismas puertas los edictos de desamortización de los bienes del clero expedidos por el presidente de la Reforma, Benito Juárez, y su ministro de Hacienda: Guillermo Prieto.
Sin embargo, si alguien siempre recordaba algo de la cultura virreinal, mucho más que cualquier clérigo decimonónico, era él. Nuevamente excepcional, Prieto se diferencia de sus contemporáneos porque intuye -ayudado un tanto por Vigil y Orozco y Berra- la riqueza secreta de sor Juana (conocía sobre todo sus “Liras”, que imitó) y de la cultura indígena; cita con frecuencia a Clavijero y a Alzate; sabía algo incluso de Sigüenza y Góngora. El desamortizador de los bienes del clero regresaba a menudo a las fuentes no sólo populares, sino letradas, de la amortizada cultura colonial.
Asimismo se empeñó tempranamente en todo tipo de textos en resguardar la memoria de las costumbres coloniales (que con frecuencia continuaron vigentes a lo largo del siglo), incluso en detalles de los ritos de semana santa, de la vidas de las monjas y de conventos, o de la historia de la capital, para no hablar de las costumbres populares, de las comidas y las fiestas, de los episodios cotidianos, instituyéndose así como uno de los principales patriarcas de los colonialistas y en maestro de Luis González Obregón. Hay un gran Prieto colonialista.

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Prieto también difiere de otros juaristas y porfiristas en otros dos aspectos fundamentales: no estuvo de acuerdo con el marginamiento o el combate de esos liberales triunfadores o triunfones a los indios-que-insistían-en-seguir-siendo-indios, que no se modernizaban, que no se volvían ciudadanos liberales y prósperos empresarios capitalistas, al gusto del código liberal: hay en muchas de sus páginas una encendida sensibilidad indigenista, casi de fraile misionero; y tampoco estuvo de acuerdo con la manipulación autoritaria de la democracia: cuando el Benemérito se perpetuó a la mala en el poder (1866), renunció a su ministerio con un panfleto más que claridoso, salió del país y se opuso a la tiranía de los últimos años juaristas, sin perder por ello la admiración por su gran héroe-Benito.
Tampoco admitió el exilio más o menos dorado con que don Porfirio se deshacía con bastante facilidad de sus viejos camaradas; prefirió una especie de exilio interno en el Porfiriato: siguió hasta su muerte como pobre profesor de escuela (muchas escuelas) y periodista modestísmo, sin otro pedestal que el amor, ese sí abrumador, de sus alumnos y lectores: el casi harapiento, cochinón, sentimental y jocoso viejito Prieto de fines del siglo XIX.
Ese exilio interno era algo forzado: no fue meramente por obsesión memoriosa que el viejo Prieto se dedicó durante sus largos y marginados años porfiristas a reciclar sus memorias, sus romances y crónicas antiguas: no se le permitía ocuparse de otras cosas.
Se antojan escasas y apagadas sus críticas al porfirismo a lo largo de esos veinte años, y Prieto en otro tiempo había armado tremendas trifulcas periodísticas a la menor ocasión. En más de un sentido don Porfirio lo desterró, por nueva orden suprema, a las memorias de sus tiempos. ¿Hay cierta palinodia socarrona, cierto reproche indirecto al triunfo liberal, a ese club de triunfones, cuando Prieto lo zahiere por petulante y ridículo, y en cambia ensalza a otros liberales, los sencillotes y menesterosos, los previos al Gran Triunfo? No debe desdeñarse la lección viva para las nuevas generaciones de un Prohombre de la Reforma ni enriquecido, ni exiliado ni marmóreo, sino callejero y profesoril, sencillote, abuelito instantáneo de medio mundo. ¿Se propuso ser un reproche vivo, con su sola presencia, a los triunfones?
Prieto y Payno: Una literatura a pelo y sobre la marcha, admitiendo con feliz humorismo la ironía de plumas que se solazan en su circunstancia y su naturaleza dizque payas, semi (anti)letradas, simplonas, callejeras, peladonas y leperuzcas, fascinados por la jocosa “patria espeluznante” que diría López Velarde.
Durante la vejez de Guillermo Prieto (y de hecho, desde la fundación de la revista El Renacimiento de Altamirano, al triunfo de Juárez sobre todas las guerras de Reforma, intervención francesa e imperio de Maximiliano) ya se ajetrea una generación de autores y lectores con una nueva sensibilidad, que todavía no saben que se les llamará (muy impropiamente) “modernistas” y que ahora vemos encabezada por Manuel Gutiérrez Nájera, a quien sus contemporáneos, como Justo Sierra, por el contrario, no vieron sino como una culminación y depuración del romanticismo liberal de todos ellos: Prieto, Ramírez, Payno, Riva Palacio, Altamirano; e incluso de los maestros de éstos: fray Servando, Navarrete, Quintana Roo, Lizardi, Carlos María de Bustamante, Alamán, Heredia, Fernando Calderón, Ignacio Rodríguez Galván, Flores, Acuña...
Cierto canon poético pretende entronizar a Martí, a Gutiérrez Nájera, a Díaz Mirón, a Othón sólo como fundadores del modernismo: sabemos que varios de ellos alcanzaron a denostar con todas sus letras el gusto modernista, y que todos se sentían más cerca de sus maestros romanticotes que de sus atildados discípulos decadentes o satanistas. Se consideraban más bien románticos plenos, vigorosos, culminadores y no meros precursores de una crepuscular, conjetural escuela futurista: byronianos, victorhuguescos, balzacianos, suenescos, dumasianos; más que baudelairanos, verlaineanos, mallarmeanos o rimbaudianos. Hay mucho legado de Prieto en los románticos más jóvenes y en los primeros modernistas.
Me gusta imaginarme a Prieto como amigo literario de Michelet y de Renan (fue tenaz divulgador de Seignobos); a Fidel como compadre de Fígaro (Larra); sus escenas parianescas como escenas matritenses (Mesonero Romanos). Y si Gutiérrez Nájera, Díaz Mirón o Luis González Obregón alcanzan desde luego cierto parentesco con la gran revolución verbal e imaginativa de Rubén Darío, con mayor razón encarnan cierta culminación, cierto perfeccionamiento de los ideales de la literatura romántica de sus maestros.
La poblana de enagua roja siempre quiso ser una Duquesa Job; la Duquesa Job seguía siendo una poblanaza de enagua roja en cuanto dejaba de desfilar por la calle de Plateros. O desfilaba por la calle de Plateros como una Duquesa Job que también era una poblana de enagua roja.
Hay por otra parte una gran sensatez ranchera, extremadamente antiextremista, supersónicamente antimoderna en Prieto: liberal puro y duro, sigue siendo religioso (su poesía mariana, por ejemplo, es abundante); mira con más que ironía las novedades industriales, eróticas, comerciales y teosóficas; busca el fresco nacionalismo de los tipos-antitipos y las carnavalescas sensaciones concretas (los términos máscara y carnaval son básicos en sus escritos), a la vista, palpables en todos sus desfiguros. No asombra entonces que gran cantidad de las sátiras del modernizador y civilizador Prieto se dirijan precisamente contra los preciosos ridículos que se andaban modernizando y civilizando demasiado y al dos por tres.
No ama solamente una patria ideal, límpida y eficiente proyectada al futuro, sino su astrosa patria real de todos los días. Si el modernismo comienza en los hijos literarios de Prieto, vuelve nuevamente a él para terminar, con su gran nieto López Velarde: la novedad de su patria es precisamente la vuelta a la narrada por Prieto. Fuensanta era una Duquesa Job que recobraba el gusto por ser poblana (o jerezana) de enagua roja. Desde el tremendo examen de conciencia de la cultura mexicana moderna que ejerce López Velarde durante las desdichas de la Revolución, se ha vuelto cíclico el regreso de nuestras modernidades fallidas a ciertas arcadias de rusticidad bravía; a cada cierto tiempo, vuelve la nostalgia por Astucia (Luis G. Inclán), por Los bandidos de Río Frío, por las Memorias de mis tiempos...

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Leemos en el siglo XXI la refundación de la literatura (y aun de los registros del habla) modernos de México que ocurrió desde los albores del XIX. En el valiente código bronco, de cronista conversador y romántico, antiparnasiano y antiacadémico, a caballo entre el nuevo periodismo hispánico de Mesonero Romanos y Larra y las novelas folletinescas de Sue (¡y hasta Paul de Kock!), Dumas, Balzac, sin perder del todo los resabios “polkos” -el patriota Prieto tuvo su perejilito de polko- de un país sacristanesco y militarote, ranchero e iletrado, añorando la conversión del púlpito virreinal en la tribuna constituyente (a la manera de Lizardi o Ramírez) y de las letrillas devotas o chismosas de la lírica dieciochesca en la poesía folklórica.
Prieto buscó el alma popular en romanceros a la manera del tradicional español, pero también en letrillas de opereta cómica y en sonetos o cuartetas didácticas y fabulescas herederas de la literatura ilustrada hispánica, abundante en la prensa periódica, devota y comercial del siglo XVIII. Una cultura moderna de autodidactas con escasa y menesterosa escolaridad (alguna clase en sacristías y colegios particulares, algunas becas nimias en San Juan de Letrán o Minería, muchas discusiones engoladas en academias y liceos, muchos poemas memorizados en calendarios y almanaques devotos): así se formaron los estupendos ministros de Hacienda, de Gobierno y de Justicia; los legisladores intrépidos, los novelistas renovadores, los pedagogos de nuevo cuño y los poetas modernizadores.
Ramírez, Prieto y Payno sabían, desde luego, que en Europa y los Estados Unidos prevalecía una literatura más refinada, que conocían y admiraban (hay bastante crítica literaria contemporánea en los 32 tomotes); admitieron que su misión y su estilo consistían, por el contrario, en recuperar las musas callejeras, las escenas del México astroso y convulso, los cromos un tanto naïves (desde el punto de vista actual) de una cultura cívica que todavía conservaba resabios y sonoridades de la sacristanesca. Reconoció el magisterio fundador de Lizardi y de Bustamante (a quien defiende contra los denuestos de Alamán en alguno de los prólogos a sus romanceros) y siempre conservó cercanía con los perfiles, que recupera tan minuciosamente, de Quintana Roo, Calderón y Rodríguez Galván.
En cierto sentido, con Guillermo Prieto empieza nuestra tradición cultural moderna de manera conciente y deliberada: reconoce y recupera como maestros a sus antecesores, lo que éstos no pudieron hacer: Lizardi, Bustamante, Quintana Roo, Alamán, Mora, Carpio, Pesado, “el gran Heredia”, Calderón, Rodríguez Galván no contaron con grandes mentores; conforma una ecléctica pandilla más o menos romántica y liberal que no excomulgaba del todo a los conservadores ni a los bucólicos, pandilla que retomará Altamirano en El Renacimiento; y decide permanecer en el país, a pesar de las órdenes supremas de don Porfirio, como maestro y abuelo extravagante de dos o tres generaciones nuevas y muy latosas: Revista azul, Revista moderna...
En Prieto tenemos pues: habla, conversación, paisaje, sensaciones, imaginación, juego, panorama social, entusiasmo y regusto en la-vida-de-todos-los-diablos-del-peor-de-todos-los-siglos, en el que se habían volcado, como chaparrón en destartalada vecindad, todas las calamidades: derrumbes del orden español, de la cultura clerical, de la paz social; continuas guerras civiles e internacionales; corrupción interna laberíntica y explosiva, extrema precariedad en todos los órdenes precisamente cuando se trataba de treparse por asalto, y sobre la marcha, al ferrocarril de la modernidad industrial.
Tenemos también un temple recio, de quien sabe mascar rieles y veranear en tempestades, con toda la risa (sobre todo las bromas a costa de uno mismo), y un formidable talento para apreciar con todo entusiasmo los detalles y nimiedades de la vida cotidiana, como si fuesen paraísos que compensan del largo apocalipsis menesteroso: los chiles rellenos, los chismes, los garabatos de la caricatura, los pulques, las anécdotas, el humor negro transformado en no sé qué de sonrisilla casi infantil, con una especie de inocencia salvaje, de anticipación fauviste que se quiere ranchera y campirana, con cierto regusto beato y mocho (ya sabemos que nuestros matacuras fueron supercuras laicos). Prieto no pocas veces al charlar jocosamente, también predica, y se muere de risa ante el esperpento de su propia predicación. Sospecho que cuando se burla de cierto aire clerical de que había quedado impregnado su tenorio amigo Payno desde la infancia, está también guiñándose socarronamente al espejo. A ratos, en su crítica de las “malas costumbres”, el liberal Prieto resulta, como Lizardi, más estrecho y espantado que los viejos curas, lo que termina conformándolo como un esperpéntico autor regañón digno de su extravagante reparto.
No nos asombre que en Prieto y Payno (como en ciertas páginas de Altamirano y Riva Palacio) se haya logrado lo que las generaciones más cultas y desahogadas del siglo XX simplemente no consiguieron: la recuperación literaria del habla, del panorama social, de las costumbres y de la vida cotidiana de su tiempo, del elenco nacional multitudinario -toda una comedia trigarante- y de su propio perfil autobiográfico. Ese estilo prevalecerá. Está en Azuela, en Vasconcelos, en López Velarde; incluso a mediados del siglo XX, Juan José Arreola buscará ese tono en muchas de sus recuperaciones pueblerinas, como La feria.
Narradores de finales del siglo XX pedirán inspiración a la musa callejera y coloquial: Elena Poniatowska (Hasta no verte, Jesús mío), José Agustín (Se está haciendo tarde. Final en laguna), Luis Zapata (El vampiro de la colonia Roma). La inspiración de la desordenada prosa coloquial de Prieto (más afortunada que la de sus poemas, y que la oratoria de El Nigromante) goza de cabal y saludable actualidad casi dos siglos después.

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Las Memorias de mis tiempos se instituyen como duradero paradigma de la recuperación del habla, del espíritu-del-tiempo y del paisaje social mexicanos, y como inalcanzable prodigio de la reinvención de uno mismo a través de la autobiografía: sólo encuentro en el Vasconcelos de Ulises criollo un ímpetu de construcción de un yo literario semejante (aunque éste ya algo menos libre, ya uncido por un Mito-de-Superhombre).
Su continuación (una continuación previa: ¡medio sigo anterior!, siguiendo los jocosos oximorones de Prieto, pues la publicó desde 1857), Viajes de orden suprema -el relato del viaje que debió realizar, sobre todo en los pliegues del mapa de Querétaro, exiliado por Santa Anna a causa de sus artículos periodísticos, representa un gran aliento del cronista de viajes que asimismo dejó testimonios valiosos de otras regiones del país y de sus visitas a los Estados Unidos. En algún momento la farsa se materializa, y el villano mayor de toda la comedia, el tirano Santa Anna, quiere apalear ahí mismo al escritor que lo fustiga.
Estos dos gruesos tomos reúnen la más eficaz expresión de Prieto para el gusto contemporáneo y han recibido considerable atención del público en las últimas décadas. Se diría que entrambos -Memorias de mis tiempos, Viajes de orden suprema- conjuntan la mayor parte de su obra perdurable (son títulos señeros de toda la literatura nacional). Esta antología, que sigue la edición de las Obras completas de Boris Rosen Jélomer, ha procurado ofrecer una selección abundante de ellos.
Hay que enfatizar la belleza de la noveleta Memorias de Zapatilla (en las “Charlas domingueras” del 12 de septiembre al 10 de octubre de 1875), en la que con todas esas armas guasonas, naïves, fauvistes y coloquialismos incluso en laberintos verbales, narra episodios de la toma de la ciudad de México por el ejército norteamericano.
Importa recalcar que la notable revaloración que Prieto, Payno, Riva Palacio y Altamirano han recibido en las últimas décadas coincide con un saldo atrozmente deficitario para sus relucientes sucesores del siglo XX, que pretendían haberlos enterrado por obsoletos y anacrónicos: la mayoría de los llamados narradores, poetas e ideólogos de la (post)revolución, por ejemplo, o los autores de cosmopolitismos urbanos y decadentes de temporada (temporada Milagro Mexicano, temporada Auge Petrolero, temporada Ya-llegamos-al-Primer-Mundo, temporada Pura-Crisis). Los patriarcas rústicos resultaron más ricos y durables de lo que nadie suponía. Se apolillaron antes los pretensiosos, los resabidos y los redichos, los demasiado precipitada y extremosamente modernizados. Al parecer, al menos en prosa, los primitivos románticos también le han ganado la batalla incluso a muchos sus estilizados sucesores modernistas. Sólo la prosa de Gutiérrez Nájera y de Amado Nervo ha alcanzado una recuperación semejante.
¿Qué debe revisarse del resto de la enorme acumulación hemero-bibliográfica? La mitad de esos 32 tomos está conformada por textos especializados de economía, política, discursos, cartas, manuales de divulgación o pedagogía, siempre limpios e interesantes, siempre algo improvisados, que seducen poco al lector de intereses literarios y se ofrecen más bien como archivo al estudioso de su tiempo y de Prieto en cuanto personaje público. Por lo demás, con frecuencia Prieto pierde la mitad de su energía en escritos poco lúdicos; casi ni se le reconoce en sus textos de autor-serio, cuyas ideas nunca difieren de las expuestas en sus crónicas. Hizo bien en resistirse al almidón, la depuración, la etiqueta y el tono sofisticado: lo habría perdido todo. Sabemos que tal era su consejo a Payno: -¡No te me perfecciones, hermano; sigue dando lata tal y como incorregiblemente eres!
Otros seis tomos recopilan sus mil y un poemas, muchos bastante largos, como sus numerosos “romances históricos” que se propusieron, un tanto abusivamente, relatar con una versificación algo fácil, programática, de receta, a veces más bien mecánica, los episodios de la historia patria, de la “historia de bronce”. Esa historia patria romanceada de Prieto no está necesariamente mal, pero abruma por su sobreabundancia y su sobrefacilidad; se trata del mismo material de sus Lecciones de historia patria (escritas para los cadetes del Colegio Militar), que ya había reelaborado industrialmente en todo tipo de géneros y ocasiones, pero ahora versificado con velocidad de improvisador que se transforma en monotonía.
Fue empero una pedagogía exitosa: los romances históricos se usaron muchísimo en las aulas, se reprodujeron en libros de texto -incluso en los textos gratuitos de la segunda mitad del siglo XX- y millones de niños los declamaron, y fueron importantísimos para la cristalización de la “historia de bronce” que se consolidó en el Porfiriato y reciclaron los gobiernos del PRI. Es todavía la historia patria que vivimos, toda vez que los revisionismos históricos recientes han mostrado escasa aptitud artística y se han resignado a meros espacios políticos, mediáticos y académicos. Comparte no pocos vicios y virtudes con la otra gran empresa de divulgación política de la historia nacional: el muralismo.
Pero no engañaba a nadie: no aspiraba a reediciónes. Prieto se repite mucho porque escribe para la publicación (o recitación) inmediata y olvidable, casi sin memoria de lo que ya ha escrito y publicado antes: muchos versos e incluso títulos se reiteran una y otra vez como si los textos semejantes anteriores jamás hubieran existido. En cierta manera no existían. Se escribía y publicaba para el día presente. Casi se pedía al lector o al escucha que, por favor, no recordara nada: que todo ocurriera de nuevo por primera vez. No es otra la actitud de los soneros que improvisan coplas -siempre más o menos las mismas: de eso precisamente trata el són- a cada rato. Prieto codiciaba en cada poema al lector fresco.
Cualquiera de esos romances históricos se deja leer bien solo, varios abruman, el santoral completo irrita y, por otra parte, se enfrentan no al público devoto de las gestas heroicas de su tiempo, optimista y esperanzado, sino a una sociedad ahora extremadamente fatigada de la propaganda política. Nada señala, desde luego, que no puedan regresar, destino frecuente de los poemas de tema heroico en todo el mundo. El trovador siempre canta bien y cuando desafina es porque le gusta desafinar, le parece insulsa tanta servidumbre al solfeo.

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Hay una voluntariosa vocación juglaresca en Prieto y en Payno. En cierta manera era otro bohemio, no hacia las drogas, prostituciones, decadencias, exotismos y preciosismos de “sus muchachos” modernistas (todo mundo fue alumno de Prieto), sino hacia la rusticidad y la precariedad de sus viejos tiempos: en 1890 añoraba, cultivaba, las rusticidades, despropósitos, barbaridades e incurias de 1830, cuando todavía no se habían inventado ni los fósforos y todos los fumadores debían tener su braserito prendido a la mano todo el día; o de 1855, cuando ya había perdido la fe religiosa...
Era a su modo otro lion incroyable en su desaliñada, pero rebuscada, rusticidad y en su acrisolada virtud a pesar de sus innumerables bromas. Los modernistas, que dizque no se escandalizaban ya con vampiros ni con misas negras, sí se escandalizaban, y mucho, con la facha y el beligerante anacronismo de Prieto, casi frailecito astrosísimo al final, él, ¡el único monumento vivo y presente de toda la historia de broncel! ¡Cómo le gustaba lucirse como pobretón, perdedor, mero aficionado, algo disparatado, basurita! Si tal era el final del mayor de los ídolos, ¿qué les esperaba a los principiantes? Se chismeaba que Prieto más bien chocheaba o se hacía el loco. Que sufría el snobismo del autopobreteo y del autoninguneo... Fue deporte nacional de los modernistas burlarse de su tan querido viejito: Valle-Arizpe seguía muerto de risa cuando describía tal figura hacia 1940.
La poesía de Guillermo Prieto sin embargo sigue estando en debate, pues todavía no se ha decidido que su musa romancesca, callejera, sentimental o satírica, que para el canon romántico era perfectamente legítima -como lo sanciona el elogio supremo de Marcelino Menéndez y Pelayo-, deba ser desterrada para siempre en obediencia a los códigos poéticos posteriores más restrictivos, del simbolismo o la poesía pura, que a su vez naufragaron ya hace mucho tiempo...
Sigue habiendo habla y canto, humor y panorama en ella; incluso ofrece no escasos puntos de contacto con la poesía vanguardista de Valle Inclán, Alberti, García Lorca, Neruda, Huerta o Sabines y del neorromanticismo coloquial de buena parte de la poesía en lengua castellana de la segunda mitad del siglo XX, que como el propio Prieto, recobran los moldes del romancero y de la poesía de tipo popular para elaborar su nueva expresión culta y personal. Así, por ejemplo, León Felipe y los poetas cancioneros o chansonniers (a la manera de Prévert) de 1950... ó 1970 ó 1990 recordaban a Guillermo Prieto.
También ha dejado de imperar el criterio algo escolar y parnasiano de que los poemas satíricos, las canciones, las coplas, los epigramas, los juguetes verbales o cualquier especie de corridos o cuentos en verso sean necesariamente poesía menor o no-poesía: mera prosa-en-versitos: Ahora todo es (puede ser) poesía, como en la juventud de Prieto. Sospecho que siempre el mejor poeta Prieto es el que sobre todo se divierte, y que su mejor poesía está en las letrillas juguetonas... pero bastante decentes. El terrible Prieto siempre era un buen-muchacho: ahí residía su espanto particular, en que nunca tomaba el partido del diablo. Resultaba siempre incombatible y terminaba seduciendo a los mismos enemigos y víctimas de su pluma. Este supremo comecuras es poeta imprescindible en cualquier poemario guadalupano, por ejemplo. En su caso, como en el de Ramírez, la biografía también importa para el disfrute de la obra, pues la dota de una poderosa credibilidad que es consustancial con su acento.
Quedarían como “problema” para el antólogo, pues, unos ¡ocho poderosos tomos! de prensa miscelánea, generalmente periodística, de ensayos y crónicas, cuadros de costumbres o apuntes de viaje, de calidad e interés bastante parejos, entre los que es difícil elegir. Casi todo ese abundante material podría ser antologado y resulta algo azaroso, en consecuencia, el criterio de selección. Siempre habrá lectores que echen de menos tales o cuales artículos o crónicas específicos, o que, por el contrario, aleguen que tal texto ya demasiado establecido se parece muchísimo a otros diez, entre los cuales alguno parecería más fresco o variado que el consagrado.
Ciertos autores han considerado que el Viaje a los Estados Unidos, “Los San Lunes de Fidel” (supuestamente los ocios alegres del vago, pues en lunes ni las gallinas ponen, pero asimismo un guiño a la columna literaria más importante del mundo: los Lundis de Sainte-Beuve) o las “Charlas domingueras” conforman parte del mejor Prieto, conjuntos tan compactos y apreciables como las Memorias de mis tiempos o de los Viajes de orden suprema, mientras que otros prefieren no privilegiarlos sobre el resto abundante de su escritura periodística, y rebuscar la frescura de los textos azarosamente olvidados o dispersos. Su estudioso norteamericano Malcolm D. McLean estimaba especialmente el Viaje a los Estados Unidos... un pequeño viaje ¡de dos tomazos!
En cierta manera, fuera de aquellos dos grandes títulos unánimemente acatados, la antología de la prosa miscelánea de Guillermo Prieto sigue en construcción y en debate, no porque tenga debilidades sino, al contrario, por la abundancia de sus textos rescatables, de los que puede seguirse enriqueciendo la narrativa y el periodismo actuales. Opino que siempre deben combinarse con las dos obras maestras que fueron compuestas deliberadamente como libros mayores y centrales, y que estructuran ulteriormente todos sus demás escritos.
Lejos de quedar superada la discusión en torno a Prieto, que Alfonso Reyes quiso concluir hace más de medio siglo con la fórmula diplomática, que también se aplicaría a otros liberales-románticos como El Nigromante (el menos afortunado actualmente en la recuperación estética, que no política ni ética, de todo el grupo), de personajes con gran importancia histórica y obras de escasa importancia literaria -verdaderos próceres y no verdaderos artistas-, nos encontramos con que su escritura, en apariencia frágil, callejera y momentánea, resiste al tiempo y se impone a los cambios de modas, ideas y gustos. Todos los cronistas socarrones han encontrado sus relucientes novedades precisamente en el baúl del tatarabuelo: lo mismo González Obregón que Artemio de Valle-Arizpe y Salvador Novo, hasta los actuales, y no pocos bloggeros.
Buena parte de ese material disperso era prácticamente inaccesible antes de la edición de las Obras completas, cuando los lectores sólo podían recurrir a unas cuantas antologías breves, casi todas muy semejantes entre sí y provenientes de la fundadora de Luis González Obregón: Prosas y versos (Cultura, 1917), al grado de que parecían calcadas unas de otras. Durante su vida no se recopilaron en forma de libro muchas obras lúdicas o periodísticas en prosa de Guillermo Prieto -aunque los artículos sin embargo se reeditaban generosamente en las más diversas publicaciones periódicas-, sino sólo poemarios y títulos técnicos, políticos o pedagógicos. Viajes de orden suprema alcanzó a publicarse pero no circuló, pues casi todo el tiraje se destruyó en un incendio en la propia imprenta. Durante un siglo, Prieto sobrevivió felizmente parapetado en las Memorias de mis tiempos.

JOSÉ JOAQUÍN BLANCO,
DIRECCIÓN DE ESTUDIOS HISTÓRICOS, INAH.