miércoles, 20 de mayo de 2009

MARTÍN LUIS GUZMÁN: EL ÚLTIMO DE LOS JACOBINOS

MARTÍN LUIS GUZMÁN: EL ÚLTIMO DE LOS JACOBINOS
por José Joaquín Blanco
En octubre de 1945 el escritor Martín Luis Guzmán descubrió que estaba cambiando en México el significado de la palabra “tolerancia”. Hasta entonces, por tolerancia se había entendido sobre todo una obligación del poderoso y de la autoridad con respecto a los débiles: que la religión mayoritaria tolerase otros cultos, y que el partido en el gobierno tolerase otras ideologías.
Ahora resultaba lo contrario: los librepensadores, los miembros de religiones minoritarias y los católicos civilizados y secularizados, debían “tolerar” el agresivo regreso del clero político por todos sus fueros, con pretexto del 50 aniversario de la coronación de la Virgen de Guadalupe. Protestar por los excesos del clero político era ser “intolerante”, así como exigir que se cumpliera la Constitución en materia de cultos (Salinas la reformó medio siglo después); había que “tolerar” que se la violara flagrantemente.
Los antecedentes venían preparando el retorno del clero a la escena política. La persecución callista a la Iglesia fue a largo plazo una tremenda derrota para las políticas seculares del Estado, pues las Leyes de Reforma quedaron caricaturizadas e infamadas por ella. Tocó a los presidentes Cárdenas y Ávila Camacho reconciliarse con el clero, haciendo concesiones “tolerantes”, es decir, por debajo de la mesa y fuera de la ley. Ahí empezó a modificarse el término “tolerancia”. Era lo ilegal, como muchos taxis, pero “tolerado”.
La Iglesia aceptó esas “tolerancias” durante unos años y luego decidió que le resultaban insuficientes; encontró, al final de la guerra, un gran argumento y una buena oportunidad. El gran argumento: la Iglesia Católica era una efectiva aliada contra el comunismo. La buena oportunidad: el 50º centenario de la coronación de la Virgen de Guadalupe. Todo ello exacerbado por los rencores que había dejado en ciertos sectores la política izquierdista del presidente Cárdenas.
El papa Pío XII mandó a tal celebración un enviado especial, un cardenal canadiense, quien fue escoltado desafiantemente desde la frontera con los Estados Unidos por miles de automóviles, como si fuera un líder político. La primera procesión pro-clerical motorizada. Llegaron arzobispos y obispos españoles y latinoamericanos, importando masivamente el franquismo como ariete contra la amenaza roja (y contra su “imitación local” de la Revolución Mexicana). El clero sacó a relucir sus hábitos; se hicieron actos no autorizados de culto externo; la corona de la Virgen de Guadalupe fue celebrada al són de la Marcha Real de la monarquía española (como no había rey en España, era la marcha de Franco).
Martín Luis Guzmán dio la voz de alarma en su habitualmente moderada revista Tiempo; recordó las razones y la historia de la Leyes de Reforma y por qué habían sido incorporadas a la Constitución de 1857 y refrendadas por la de 1917, y aprovechó para recordar a Voltaire a propósito de las ideas y la historia de la Iglesia. ¿Tendrán sólo interés arqueológico sus palabras? Algunos ejemplos:
* “Si alguien me preguntara por qué, después de todo, no hemos de aceptar el régimen de conciencia restringida, interpretada y administrada por la Iglesia Católica, le contestaría yo: porque en eso no hay ni un fulgor de la verdadera conciencia, la cual, para subsistir, no consiente ni la más pequeña enajenación. Y agregaría que, por la fuerza de sus propios estatutos, la Iglesia Católica no puede menos de mediatizar a cuanto hombre libre se le somete, mediatizarlo como sólo lo hacen los totalitarismos, puesto que totalitaria es, por definición, la Iglesia Católica”...
* “Usando y abusando de la ‘tolerancia’ —término que, de tiempo atrás, muchos de nuestros periódicos y hombres públicos no aplicaban ya a la disposición de la Iglesia Católica a permitir la práctica de diversas religiones, sino a la disposición de nuestras autoridades a consentir que la Iglesia Católica viole las leyes de México—, durante los días 7, 8, 9, 10, 11 y 12 de octubre de 1945 el clero católico se dedicó a consumar hechos que demostraran cómo, en gran parte al menos, eran ya un mero valor entendido los artículos 5º, 24º y 130º de la Constitución Política Mexicana y las leyes reglamentarias de esos artículos. La reacción clerical hizo más: se esmeró en dar pábulo a la idolatría fanática en que se anega el cristianismo mexicano, para que éste arropase y exaltase con supuestas explosiones de auténtica religiosidad cuanto se perpetrara en detrimento de las leyes relativas al culto. Con vista a tal fin se trajeron de toda América prelados que ejercieran aquí su ministerio; se invitó a un príncipe de la Iglesia [...], se tomaron providencias para tender caravanas hasta de diez mil automóviles, con cientos de banderas pontificias [...], se previó que los obispos y arzobispos extranjeros, despreciando la ley con toda la pompa de sus ropajes eclesiásticos, anduviesen por calles, plazas, restaurantes, vestíbulos y edificios, entre muchedumbres postradas de hinojos e inagotables en su ansia de recibir bendiciones y besar orlas moradas o de púrpura...”
* “Fuera del ámbito de la estricta religiosidad, Tiempo considera un peligro para la paz de la nación mexicana, en lo material y en lo espiritual, la acción de la Iglesia Católica cuando a ésta se la deja libre de todo freno por parte del poder civil; pues entonces, según la historia lo ha probado reiteradamente, el catolicismo se convierte en un instrumento de predominio político y social dotado de fuerza inconstrastable, ya que sólo la Iglesia Católica puede especular con la supuesta potestad de abrir, para quienes la obedecen, y de cerrar, para quienes se le rebelan o no la siguen, las puertas del Cielo”...
Entonces ardió Troya. La revista Tiempo recibió amenazas anónimas, la casa de Guzmán fue apedreada; la prensa y la radio del México entonces todavía “revolucionario” se revelaron casi unánimemente no sólo como clericales, sino como franquistamente clericales. La mayoría de los intelectuales y de los políticos prefirieron esconder la cabeza.
Fue tal la presión social, periodística y política —abierta o soterrada— contra Guzmán y su revista Tiempo, que el jacobino se sintió en la necesidad de ir a hablar con el presidente Ávila Camacho a Los Pinos. El presidente oyó con atención y cordialidad las consideraciones que había tenido el gran cronista y narrador de la Revolución Mexicana para desatar su campaña de alarma contra el clero político, y dijo sibilinamente:
—Si yo no fuera Presidente de la República, habría procedido como usted.
Pero, desde luego, Manuel Ávila Camacho sí era presidente, y procedió de muy otra manera. Guzmán insinúa que había invitación o tolerancia oficiales hacia estas movilizaciones políticas de la Iglesia.
Sin embargo, la súbita simpatía o tolerancia de la Revolución Mexicana al clericalismo de corte franquista escandalizó a muchos miles de lectores —el escrito jacobino de Guzmán, “Semana de idolatría”, silenciado por todos los periódicos importantes (El Universal, Excélsior, Novedades, La Prensa), se republicó espontáneamente como folleto a lo largo y ancho del país, por decenas de miles de ejemplares— y a varios cientos de personajes públicos, quienes se reunieron en el Restaurante Chapultepec en un acto de apoyo, en el cual se sintieron obligados a protestar contra la provocación y la beligerancia clericales hombres tan tolerantes y pacíficos como el poeta Enrique González Martínez y el músico Carlos Chávez.
El escritor Daniel Cosío Villegas tuvo ahí que entonar una palinodia: “Hace tiempo que coloco sobre todas [las virtudes] a la tolerancia. Y le concedo la calidad suprema en un grado tal, que nada mejor desearía yo para mi país y para el mundo. Por desgracia [...] hace ya años, por supuesto, que el católico mexicano ha dado a sus palabras y a sus actos un tono de agresividad tan manifiesto que poco sustento quedaba al tolerante...”
En esa cena de paga hubo mil concurrentes y veinte —¡veinte!— discursos en honor del autor de El águila y la serpiente. Pero las tres estrategias concretas del jacobino no fueron respaldadas:
1) Impedir que una prensa misteriosamente financiada se dedicara con sospechosa oportunidad a promover causas clericales y “antirrevolucionarias”, como poco antes lo había hecho con las nazis y fascistas; para ello Guzmán exigía que los diarios manifestaran abiertamente sus ingresos comprobables por ventas y publicidad, y que les estuviera prohibido todo tipo de financiamiento fantasma. Fracaso.
2) La formación de un nuevo partido, de veras juarista, como si el oficial PRM ya no lo fuera: el Partido Nacional Liberal Mexicano (PNLM); firmaron su acta constitutiva personajes como el propio Cosío Villegas y un joven catedrático de la Escuela Nacional de Jurisprudencia: Jesús Reyes Heroles, pero no llegó a mayores actividades.
3) Un proyecto de ley que prohibiera más minuciosa y concretamente las actividades políticas del clero. Desaire del Congreso. (Hubo años después una cuarta estrategia, solitaria: la insistencia en todos los números de la revista Tiempo sobre la necesidad de controlar la natalidad, si realmente se quería mejorar la educación y el nivel de vida de la población mexicana).
Es curiosa la actividad politico-religiosa de los años cuarenta, tan altisonante precisamente cuando Ávila Camacho ostentaba la tolerancia y la cordialidad como tono oficial de su trato con la Iglesia Católica y las minorías religiosas.
Acaso rencorosos por la derrota de Alemania y de Italia, o sin nada mejor qué vender, algunos periódicos (Últimas Noticias, por ejemplo) y periodistas, continuaban anacrónicamente, después de “la derrota mundial” del fascismo, sus campañas nazi-clericales contra los judíos y otros refugiados e inmigrantes, a quienes acusaban de explotar a la raza de bronce en sus comercios y talleres textiles, y de formar parte de una conjura internacional para acabar con el espíritu mexicano.
Esta campaña también alcanzaba a los protestantes: hubo denuncias y boycot clericales-periodísticos en noviembre de 1944 ¡contra la empresa “sajona” Colgate Palmolive!, a la que se acusó de dedicarse a socavar el catolicismo nacional con el fútil pretexto de fabricar jabones y dentífricos.

——
FUENTE: Martín Luis Guzmán: Necesidad de cumplir las Leyes de Reforma, en Obras Completas, México, FCE, 1985, t. II