jueves, 28 de mayo de 2009

LA SONRISA DEL VAQUERO

LA SONRISA DEL VAQUERO
Por José Joaquín Blanco

Imagino las memorias de un chamaco que pudo ser mi compañero de clase, Martín Rentería:
Tuve una infancia de cuento, pero de cuento de curas y monjas, como Marcelino, pan y vino. Mi familia y la ciudad entera de Zamora estaban saturadas de presencias, atmósferas, preocupaciones, rencores, esperanzas, rencillas, sensaciones religiosas. Hasta donde mi memoria alcanza, nuestra familia ha poblado con abundancia conventos y curatos, y no nos faltan primos o tíos misioneros en África y Tierra Santa.
En mi casa abundaban los adornos, regalos, objetos religiosos. Esa carpetita había sido tejida por la monja tal, estas artesanías o aquellos dulces provenían de conventos, cofradías y obras piadosas. No había mueble sin su santito, y acaso menos por beatería que por afán o vicio de coleccionista: se heredaban, se compraban, se regalaban entre nuestros familiares y amigos tantas velas, escapularios, rosarios, estampitas, cromos, estatuillas, crucifijos, vidas de santos.
Todo ha cambiado mucho en medio siglo, desde luego, pero por entonces una casa así no representaba extravagancia alguna en Zamora, todo lo contrario. Se vivía naturalmente entre angelitos, inmaculadas y sagrados corazones como en una aldea pesquera entre barcos, redes, instrumentos de navegación y pesca, peces disecados. Tuve pues una infancia feliz de deportes en los colegios de curas, primeras comuniones, bautizos, bodas, semanas santas, navidades; todo gozo de la vida, y hasta cada guiso y cada bizcocho, admitían su ángel o santo tutelar. Posadas con curas, kermesses con curas, paseos campestres con curas, competencias deportivas con curas, estudios con curas –todos ellos amigos o parientes de los parientes o amigos de mis padres--; coro para la iglesia, rondalla para las fiestas escolares.
De modo que a todos nos pareció natural y magnífico, cuando terminé la primaria, que pasara un mes de mis vacaciones en un retiro espiritual. De una u otra manera, por otra parte, se venía sugiriendo desde hacía años que mis padres esperaban que uno o dos de sus siete hijos recibiera la vocación religiosa. Y a todos se les antojaba que yo, Martín Rentería, ya la llevaba algo adelantada por cierto carácter fácil y alegre, que me bienquistaba con medio mundo y me permitía cumplir sin mayor esfuerzo cuanto se me pedía. “Martinillo es un ángel, nació con las alas puestas”, llegó a bromear el señor obispo, mi tío y padrino.
Los niños dóciles y felices quizás no son muy perspicaces, y yo me creía con toda tranquilidad cuanto se pretendía que creyera, entre otras cosas que la vida santa y alegre que llevaban las familias católicas de Zamora era la única vida que existía sobre el planeta, salvo algunos réprobos a quienes nunca conocí y por cuyo regreso al buen camino se me enseñó a rezar desde la Primera Comunión.
Fue así que sin temor alguno trepé con otros dos niños un poco mayores que yo, elegidos por las señas que mostrábamos de vocación religiosa, a un autobús que nos llevaría hasta Palisada, Tlaxcala, al seminario menor que los salesianos dejaban vacío en vacaciones y que se utilizaría como retiro infantil y juvenil durante todo el mes de diciembre. Algún diciembre de los años cincuenta del siglo veinte.
En el autobús, durante mi primera salida no sólo de Zamora sino de casas y escuelas donde no estuviera dulce y estrictamente vigilado por la familia, las familias idénticas con quienes tratábamos, los curas y las monjas tutelares, me empezó a ganar la secreta inquietud de que existiera un mundo diferente, hasta peligroso.
Me cautivó el sabor de la aventura. Durante todo un mes conocería hasta a un centenar de niños y muchachos de todo el país, y jugaría, platicaría, rezaría y me divertiría con ellos esos treinta y un días totalmente libre de la custodia familiar y zamorana.
Nos habían mostrado, proyectadas sobre un muro blanco, transparencias –entonces llamadas filminas- del gran seminario menor de Palisada, Tlaxcala, que parecía un castillo. Dormitorios, capilla, salones de clase, biblioteca, salón de música, salón de actos, diez canchas en toda forma, reglamentarias, de básquetbol y dos de futbol; huerta, establo, ¡hasta dos laguitos! en mitad de un gran bosque.
En realidad, el modernista y funcional seminario de Palisada –puro concreto y cristal, colores básicos y alegres- se había construido sobre los restos de una vieja hacienda minera y conservaba mucho espacio boscoso, con esos dos criaderos de truchas que llamábamos lagos. Yo tenía doce años entonces y de alguna manera presentí que ese retiro dejaría una marca especial en mi vida. Algo así me sugirió mi tío obispo al despedirme. Por entonces se admitían seminaristas menores o “aspirantes” de mi edad, para que iniciaran los estudios de latín, griego y disciplinas religiosas junto con la secundaria: ¿regresaría a Zamora a decirle a mis padres la frase que esperaban: “Durante este mes lo he pensado mucho y he rezado con fervor para que el Señor me ilumine, y creo que quisiera ingresar al seminario”. Toda la familia y media Zamora llorarían de felicidad y se reafirmaría la vida que llevábamos. Quizás habría ya que empezar a mostrar, con una sotana de seminarista, las natales alas de ángel que me concedió el obispo.
Llegamos a Palisada a media tarde, y me pareció un castillo más vasto y hermoso que el que había imaginado a partir de las filminas. Pero desde el principio se impuso cierta brecha de desorden. Como los “retiristas” de muchas partes del país íbamos llegando a horas diferentes, algún cura nos recibía, nos indicaba que dejásemos las maletas amontonadas en un salón, nos llevaba enseguida al refectorio para comer y beber cualquier cosa, y nos mostraba el bosque, sus criaderos de truchas, sus huertos y establos. Casi nos imaginábamos en la selva.
Éramos chicos de edades variadas, entre los doce y los dieciocho años, y nos prometíamos todo un mes de boy-scouts. Porque se nos había advertido que parte del retiro consistía en dos o tres horas de trabajo manual, y todos deseábamos que nos correspondiera limpiar los lagos, podar árboles, abrir caminos en el bosque, cultivar hortalizas, ordeñar a las vacas, tanto como temíamos que la labor impuesta fuese la rutina de barrer y trapear salones, limpiar vidrios o fregar trastos.
Yo no me decidía: ¿Sería más agradable pasarme las horas metido en el agua sacando hojarasca y basura de los criaderos, o dedicarme a las seis portentosas vacas que visitamos en el establo –unos cobertizos y un derruido jacal de adobe, que apestaban a estiércol-, al fondo del bosque?
Ese jacal en ruinas, donde se amontonaba la alfalfa, era una de las escasas construcciones que sobrevivían de la antigua Hacienda Palisada. El seminario y la capilla se levantaban al otro extremo, frente a la carretera a Puebla, modernísimos, llenos de cristales coloridos y techos en formas de triángulos y curvas.
Habría yo de volver siete u ocho veces más, cada diciembre, a ese seminario en el bosque, hasta que ingresé en la universidad y me declaré disoluto y ateo, para desesperación de mi familia y escándalo de todo Zamora. Como la rutina fue siempre la misma se condensan a veces en mi recuerdo escenas de años diferentes como si todas hubieran ocurrido la primera vez. La sensación casi militar del dormitorio donde roncábamos cien chamacos. El campanazo para despertar y correr a ducharse con agua más fría que tibia en dos o tres minutos, a fin de no ser complacientes con la carne que iba madurando en nosotros, en diferentes etapas y como en secreto, bajo rostros y ademanes castos y casi indiferentes.
Las misas soñolientas y largas, largas, con canto gregoriano y terribles sermones contra todos los peligros y pecados que nos acechaban: la Carne, el Demonio y el Mundo. El desayuno de atole y bizcochos en absoluto silencio. Gimnasia. Futbol. Básquetbol. Conferencias de curas sobre todo lo que necesitaba conocer el joven cristiano. Ensayos de cantos religiosos. Meditación. Algo de charla en la comida, pero jamás “conversaciones particulares”: toda la mesa debía escuchar lo que cualquiera dijese. Labores: aseo del edificio, ayuda en la cocina o la lavandería, y el milagro del bosque, los lagos y las huertas que sólo era concedido a una tercera parte de los muchachos. Se asignaban al azar.
Durante esos siete u ocho retiros me tocó de todo: pulir el piso de mármol de la capilla y fregar trastos, limpiar de hierbajos y piedras las canchas de futbol, amasar y hornear bolillos, asear los baños. Pero la primera vez tuve suerte:
-Martín Rentería: a cortar hierba.
Se trataba de limpiar a machetazos la maleza y los arbustos que cundían salvajemente cerca del establo.
Era una zona amplia y tupida donde nos perdíamos de vista. No faltaba el holgazán que se escondiera para dormir la siesta entre los árboles.
Entre la gavilla de chamacos de doce a dieciocho años a quienes aquel año nos correspondió desyerbar los alrededores del establo recuerdo sobre todo a nuestro “jefe de grupo”, Cheo: un mulatillo de grandes ojos de vaca y pelo rizado. Era insoportablemente pedante, como sólo puede serlo un muchacho de dieciséis frente a un niño de doce.
Se sentía adulto, sabio, poderoso, perverso. Se atrevía a hablar de mujeres pechugonas incluso durante un retiro espiritual. Usaba una brillantina muy perfumada. Se distinguía en el futbol, pero lo criticaban por “podrido” o “personalista”. Se adueñaba del balón y por nada del mundo lo soltaba, aunque lo rodearan tres adversarios.
-¡Si no estás jugando solo, pinche Cheo! –le gritaban sus compañeros de equipo.
A Cheo no le gustaba platicar mucho conmigo. Se aburría con los “pinches niños meados” y no perdía oportunidad de juntarse con los curas y los muchachos mayores, para discutir de asuntos dizque elevados y misteriosos.
Me regañó varias veces, exasperado ante mi torpeza con el machete.
Había que cortar los tallos de los arbustos en diagonal, de golpe, en la base, con movimientos decididos –“¡Así, y así, y así!”: me mostraba-, y no sin ton ni son. Y cuidado con el machete y con las ramas:
-Nada más falta que te rebanes una pata o te saques un ojo, pendejo niño meado.
Yo seguía sus instrucciones con variada fortuna, sin accidentes, durante media hora, una hora. A veces distinguía a veinte o cincuenta metros otro machete, a otro chamaco. Pero la mayor parte del tiempo me sentía completamente solo entre la vegetación. De pronto sonaba un campanazo y había que recoger y amontonar la maleza y las ramas cortadas y correr a formarse en el patio principal del seminario. Lavarse. Merienda. Rosario. Alguna película sobre san Martín de Porres o san Felipe de Jesús. Cena en riguroso silencio. Siempre frijoles con el sabroso pan horneado esa misma tarde.
Más rezos. Hora de dormir. Era obligatorio dormirse en cuanto uno acabara de ponerse la piyama y se apagaran las luces directas. Permanecían prendidos, sin embargo, durante toda la noche, varios focos amarillentos que permitían a los dos o tres curas de guardia vigilar el sueño de los niños, caminando lenta y silenciosamente con su rosario, como ánimas en pena, entre las filas de camas. Uno se iba directamente al infierno si se atrevía a hablar con alguien que no fuera el cura de guardia en el dormitorio, o a levantarse en la noche sin causa justificada. Incluso levantarse a orinar era mal visto: había que orinar a tiempo, plenamente, antes de acostarse.
El aroma del pan horneado de la cena perdura en mi memoria como una de las sensaciones más gratas de toda mi vida, al igual que el denso y casi nupcial hedor a estiércol del establo, donde se amotinaban las moscas. Años más tarde, yo mismo aprendería a amasar y a hornear ese pan.
En el seminario de Palisada vivía con su esposa e hijos un ranchero alto, rubio y fornido que fungía de factótum de los curas, don Gilberto. Comandaba la panadería, la despensa y el establo; se encargaba de arreglos menores de plomería y albañilería y manejaba la camioneta de la que diariamente, a eso del mediodía, le ayudábamos a descargar costales y huacales de fruta y verdura, pollos pelados y grandes trozos de res, sangrientos, y otras provisiones. Con él aprendería a hacer el pan. Botas, camisa a cuadros, bigotes, sombrero texano. Lo apodábamos el Vaquero. Su esposa regía la lavandería y la cocina. Sus hijos apenas eran bebés.
Recuerdo mi primer retiro espiritual como una tarde eterna entre la maleza, practicando los golpes de machete en diagonal, con movimientos decididos a la base del arbusto o de las yerbas, apartando el cuerpo para no rebanarme una pata ni sacarme un ojo como “meado chamaquito pendejo”.
Recuerdo la insolencia, el desprecio de Cheo ante mis torpes doce años. Recuerdo su cara achocolatada, sus grandes ojos de vaca, el olor de su brillantina, sus subversivos comentarios sobre mujeres pechugonas.
Y que nunca le parecía bien mi trabajo con el machete, al grado de que, desalentado, empecé a aburrirme, a holgazanear, a esconderme entre la maleza para ver flotar las nubes de las cuatro o cinco de la tarde.
Me atreví a más: agachado, casi reptando, escapaba del área que me había asignado Cheo, y exploraba los alrededores del establo. Vi los cobertizos con seis vacas. Me acerqué en silencio al ruinoso jacal de adobe, con un muro agrietado, donde se amontonaba la alfalfa.
Y por la grieta descubrí cómo Cheo, tumbado sobre la alfalfa, era penetrado por don Gilberto. Cheo totalmente desnudo: las piernas sobre los hombros –camisa a cuadros- de don Gilberto.
Oí a don Gilberto bufar y sonreír con una mirada tremenda, luminosa, húmeda, al mismo tiempo violenta y enamorada. Los oí gemir, los vi lamerse y retozar sobre la alfalfa. Recuerdo el denso olor a estiércol y algunos mugidos plácidos, se diría cómplices.
Regresé, tembloroso y culpable, a mi sitio, a cortar arbustos con golpes decididos, diagonales, furibundos, a la base del tallo de los arbustos.
Sentí una enorme desolación, acaso la envidia del pecado y del placer que no conocería sino hasta cinco o seis años más tarde. Supongo que sentí celos de ambos.
A nadie conté nada, ni en confesión. Me esforcé porque ni durante ese retiro espiritual, ni en los dos o tres siguientes en que coincidimos, Cheo sospechara mi secreto. Logré una indiferencia perfecta. Pero no he olvidado el olor de su brillantina. Ni el adusto y siempre atareado Vaquero entrevió jamás que yo le había espiado una sonrisa.

miércoles, 20 de mayo de 2009

MARTÍN LUIS GUZMÁN: EL ÚLTIMO DE LOS JACOBINOS

MARTÍN LUIS GUZMÁN: EL ÚLTIMO DE LOS JACOBINOS
por José Joaquín Blanco
En octubre de 1945 el escritor Martín Luis Guzmán descubrió que estaba cambiando en México el significado de la palabra “tolerancia”. Hasta entonces, por tolerancia se había entendido sobre todo una obligación del poderoso y de la autoridad con respecto a los débiles: que la religión mayoritaria tolerase otros cultos, y que el partido en el gobierno tolerase otras ideologías.
Ahora resultaba lo contrario: los librepensadores, los miembros de religiones minoritarias y los católicos civilizados y secularizados, debían “tolerar” el agresivo regreso del clero político por todos sus fueros, con pretexto del 50 aniversario de la coronación de la Virgen de Guadalupe. Protestar por los excesos del clero político era ser “intolerante”, así como exigir que se cumpliera la Constitución en materia de cultos (Salinas la reformó medio siglo después); había que “tolerar” que se la violara flagrantemente.
Los antecedentes venían preparando el retorno del clero a la escena política. La persecución callista a la Iglesia fue a largo plazo una tremenda derrota para las políticas seculares del Estado, pues las Leyes de Reforma quedaron caricaturizadas e infamadas por ella. Tocó a los presidentes Cárdenas y Ávila Camacho reconciliarse con el clero, haciendo concesiones “tolerantes”, es decir, por debajo de la mesa y fuera de la ley. Ahí empezó a modificarse el término “tolerancia”. Era lo ilegal, como muchos taxis, pero “tolerado”.
La Iglesia aceptó esas “tolerancias” durante unos años y luego decidió que le resultaban insuficientes; encontró, al final de la guerra, un gran argumento y una buena oportunidad. El gran argumento: la Iglesia Católica era una efectiva aliada contra el comunismo. La buena oportunidad: el 50º centenario de la coronación de la Virgen de Guadalupe. Todo ello exacerbado por los rencores que había dejado en ciertos sectores la política izquierdista del presidente Cárdenas.
El papa Pío XII mandó a tal celebración un enviado especial, un cardenal canadiense, quien fue escoltado desafiantemente desde la frontera con los Estados Unidos por miles de automóviles, como si fuera un líder político. La primera procesión pro-clerical motorizada. Llegaron arzobispos y obispos españoles y latinoamericanos, importando masivamente el franquismo como ariete contra la amenaza roja (y contra su “imitación local” de la Revolución Mexicana). El clero sacó a relucir sus hábitos; se hicieron actos no autorizados de culto externo; la corona de la Virgen de Guadalupe fue celebrada al són de la Marcha Real de la monarquía española (como no había rey en España, era la marcha de Franco).
Martín Luis Guzmán dio la voz de alarma en su habitualmente moderada revista Tiempo; recordó las razones y la historia de la Leyes de Reforma y por qué habían sido incorporadas a la Constitución de 1857 y refrendadas por la de 1917, y aprovechó para recordar a Voltaire a propósito de las ideas y la historia de la Iglesia. ¿Tendrán sólo interés arqueológico sus palabras? Algunos ejemplos:
* “Si alguien me preguntara por qué, después de todo, no hemos de aceptar el régimen de conciencia restringida, interpretada y administrada por la Iglesia Católica, le contestaría yo: porque en eso no hay ni un fulgor de la verdadera conciencia, la cual, para subsistir, no consiente ni la más pequeña enajenación. Y agregaría que, por la fuerza de sus propios estatutos, la Iglesia Católica no puede menos de mediatizar a cuanto hombre libre se le somete, mediatizarlo como sólo lo hacen los totalitarismos, puesto que totalitaria es, por definición, la Iglesia Católica”...
* “Usando y abusando de la ‘tolerancia’ —término que, de tiempo atrás, muchos de nuestros periódicos y hombres públicos no aplicaban ya a la disposición de la Iglesia Católica a permitir la práctica de diversas religiones, sino a la disposición de nuestras autoridades a consentir que la Iglesia Católica viole las leyes de México—, durante los días 7, 8, 9, 10, 11 y 12 de octubre de 1945 el clero católico se dedicó a consumar hechos que demostraran cómo, en gran parte al menos, eran ya un mero valor entendido los artículos 5º, 24º y 130º de la Constitución Política Mexicana y las leyes reglamentarias de esos artículos. La reacción clerical hizo más: se esmeró en dar pábulo a la idolatría fanática en que se anega el cristianismo mexicano, para que éste arropase y exaltase con supuestas explosiones de auténtica religiosidad cuanto se perpetrara en detrimento de las leyes relativas al culto. Con vista a tal fin se trajeron de toda América prelados que ejercieran aquí su ministerio; se invitó a un príncipe de la Iglesia [...], se tomaron providencias para tender caravanas hasta de diez mil automóviles, con cientos de banderas pontificias [...], se previó que los obispos y arzobispos extranjeros, despreciando la ley con toda la pompa de sus ropajes eclesiásticos, anduviesen por calles, plazas, restaurantes, vestíbulos y edificios, entre muchedumbres postradas de hinojos e inagotables en su ansia de recibir bendiciones y besar orlas moradas o de púrpura...”
* “Fuera del ámbito de la estricta religiosidad, Tiempo considera un peligro para la paz de la nación mexicana, en lo material y en lo espiritual, la acción de la Iglesia Católica cuando a ésta se la deja libre de todo freno por parte del poder civil; pues entonces, según la historia lo ha probado reiteradamente, el catolicismo se convierte en un instrumento de predominio político y social dotado de fuerza inconstrastable, ya que sólo la Iglesia Católica puede especular con la supuesta potestad de abrir, para quienes la obedecen, y de cerrar, para quienes se le rebelan o no la siguen, las puertas del Cielo”...
Entonces ardió Troya. La revista Tiempo recibió amenazas anónimas, la casa de Guzmán fue apedreada; la prensa y la radio del México entonces todavía “revolucionario” se revelaron casi unánimemente no sólo como clericales, sino como franquistamente clericales. La mayoría de los intelectuales y de los políticos prefirieron esconder la cabeza.
Fue tal la presión social, periodística y política —abierta o soterrada— contra Guzmán y su revista Tiempo, que el jacobino se sintió en la necesidad de ir a hablar con el presidente Ávila Camacho a Los Pinos. El presidente oyó con atención y cordialidad las consideraciones que había tenido el gran cronista y narrador de la Revolución Mexicana para desatar su campaña de alarma contra el clero político, y dijo sibilinamente:
—Si yo no fuera Presidente de la República, habría procedido como usted.
Pero, desde luego, Manuel Ávila Camacho sí era presidente, y procedió de muy otra manera. Guzmán insinúa que había invitación o tolerancia oficiales hacia estas movilizaciones políticas de la Iglesia.
Sin embargo, la súbita simpatía o tolerancia de la Revolución Mexicana al clericalismo de corte franquista escandalizó a muchos miles de lectores —el escrito jacobino de Guzmán, “Semana de idolatría”, silenciado por todos los periódicos importantes (El Universal, Excélsior, Novedades, La Prensa), se republicó espontáneamente como folleto a lo largo y ancho del país, por decenas de miles de ejemplares— y a varios cientos de personajes públicos, quienes se reunieron en el Restaurante Chapultepec en un acto de apoyo, en el cual se sintieron obligados a protestar contra la provocación y la beligerancia clericales hombres tan tolerantes y pacíficos como el poeta Enrique González Martínez y el músico Carlos Chávez.
El escritor Daniel Cosío Villegas tuvo ahí que entonar una palinodia: “Hace tiempo que coloco sobre todas [las virtudes] a la tolerancia. Y le concedo la calidad suprema en un grado tal, que nada mejor desearía yo para mi país y para el mundo. Por desgracia [...] hace ya años, por supuesto, que el católico mexicano ha dado a sus palabras y a sus actos un tono de agresividad tan manifiesto que poco sustento quedaba al tolerante...”
En esa cena de paga hubo mil concurrentes y veinte —¡veinte!— discursos en honor del autor de El águila y la serpiente. Pero las tres estrategias concretas del jacobino no fueron respaldadas:
1) Impedir que una prensa misteriosamente financiada se dedicara con sospechosa oportunidad a promover causas clericales y “antirrevolucionarias”, como poco antes lo había hecho con las nazis y fascistas; para ello Guzmán exigía que los diarios manifestaran abiertamente sus ingresos comprobables por ventas y publicidad, y que les estuviera prohibido todo tipo de financiamiento fantasma. Fracaso.
2) La formación de un nuevo partido, de veras juarista, como si el oficial PRM ya no lo fuera: el Partido Nacional Liberal Mexicano (PNLM); firmaron su acta constitutiva personajes como el propio Cosío Villegas y un joven catedrático de la Escuela Nacional de Jurisprudencia: Jesús Reyes Heroles, pero no llegó a mayores actividades.
3) Un proyecto de ley que prohibiera más minuciosa y concretamente las actividades políticas del clero. Desaire del Congreso. (Hubo años después una cuarta estrategia, solitaria: la insistencia en todos los números de la revista Tiempo sobre la necesidad de controlar la natalidad, si realmente se quería mejorar la educación y el nivel de vida de la población mexicana).
Es curiosa la actividad politico-religiosa de los años cuarenta, tan altisonante precisamente cuando Ávila Camacho ostentaba la tolerancia y la cordialidad como tono oficial de su trato con la Iglesia Católica y las minorías religiosas.
Acaso rencorosos por la derrota de Alemania y de Italia, o sin nada mejor qué vender, algunos periódicos (Últimas Noticias, por ejemplo) y periodistas, continuaban anacrónicamente, después de “la derrota mundial” del fascismo, sus campañas nazi-clericales contra los judíos y otros refugiados e inmigrantes, a quienes acusaban de explotar a la raza de bronce en sus comercios y talleres textiles, y de formar parte de una conjura internacional para acabar con el espíritu mexicano.
Esta campaña también alcanzaba a los protestantes: hubo denuncias y boycot clericales-periodísticos en noviembre de 1944 ¡contra la empresa “sajona” Colgate Palmolive!, a la que se acusó de dedicarse a socavar el catolicismo nacional con el fútil pretexto de fabricar jabones y dentífricos.

——
FUENTE: Martín Luis Guzmán: Necesidad de cumplir las Leyes de Reforma, en Obras Completas, México, FCE, 1985, t. II

martes, 19 de mayo de 2009

EL MARQUÉS DE LAS VERDOLAGAS

EL MARQUÉS DE LAS VERDOLAGAS
Por José Joaquín Blanco


“Hay quien le echa la culpa al Duque Job, nuestro llorado e inolvidable Manuel Gutiérrez Nájera, de esta moda tan pueril como lupanaria y facciosa”, señalaba hacia 1897 en El Imparcial un crítico anónimo: “todo mundo ha dado por calzarse seudónimos de condes y marqueses de esto y lo otro. En el Café Passy he escuchado perorar a los barones Colipavo, Codorniz y Bacalao; a un abad Yerbabuena y a otros Rapé y Hatchís; a los caballeros Machete y De la Llorona; a varios duques Guayabo, Verdesmatas, Capirotada, Mátalas-callando, Ajonjolí y Ajenjo; a tres o cuatro marqueses Jericalla, Chirimoya y Benjuí.”
“Nombres de pluma, si esta plebe de imitadores se atreviese a escribir y publicar sus murmuraciones. Pero pocos escriben y publican alguna vez, pues (según su queja envidiosa y emponzoñada) los diarios y las revistas están totalmente copados por ‘la tribu de los afrancesados, decadentes y degenerados modernistas’, quienes se encargan de cerrarle el paso por completo a cualquier ‘talento nacionalista y castizo, cien por ciento mexicano’.”
“Estos condes y marqueses ‘literarios’, es decir: falsarios, deben reducirse pues al periodismo oral en cantinas y cafés, donde unos a otros se atormentan con sus pútridos artículos de viva voz [...] Para lo único que ha servido la prohibición constitucional de usar títulos y blasones nobiliarios es para ¡que cualquier palurdo se haga llamar archiduque en una cantina! Sobra decir que existe, inevitablemente barbado, un tal Archiduque Las Campanas, con tan fácil y soez revanchismo contra el gentil difunto que ya no puede defenderse.”
Hasta aquí el cronista anónimo de El Imparcial.
Durante largos años he investigado en hemerotecas, bibliotecas, archivos públicos y epistolarios privados, y recurrido a la azarosa memoria de algunos de los descendientes de tan fantasmales personajes, esta curiosa y fugaz aparición de la clandestinidad literaria de 1897.
He aquí el resultado de mis arduas pesquisas:
Entre esa “plebe lupanaria e irremisiblemente oral” se recordó durante algún tiempo a un Marqués de las Verdesaguas (vilipendiado como el “Marqués de las Verdesnalgas” o el “Marqués de las Verdolagas” por sus propios contertulios), a propósito de su única y fallida hazaña: su empeño por cambiarle de nombre a la Calle de Puente de Alvarado por el de “Calle del Rencor Mexicano”.
Se dice que el Marqués de las Verdolagas era bajito y esquelético, con una fisonomía totalmente indígena que parecía contradecir su pretendido abolengo castellano. Pero él se conocía bien su espejo, y estaba dispuesto a espetarle al primer maledicente toda una larga nómina de personajes virreinales con figura indígena que recibieron como merced, o que compraron gracias a alguna fortuna bien o mal habida con las mulas, las minas y el pulque, algún castizo título nobiliario.
¿Acaso no había condes (recientemente ascendidos a duques) de Moctezuma? ¿Por qué un nativo de Chalco no iba a calzarse, en memoria precisamente de su lago, el “Marqués de las Verdesaguas”?
-Porque las aguas de Chalco son todo, menos verdes, ¡y apestan! –señaló algún bohemio, digamos el Abad Hatchís.
El Marqués de las Verdolagas lo fustigó con algún parco insulto del tipo de “cretino” o “neófito”; y fingió estar más que dispuesto a retarlo a duelo con sables o pistolas, exactamente lo que esos contertulios jamás tenían (o se los retenían con tenacidad los prestamistas y las casas de empeño).
Sabía que el precio del saber era la incomprensión y la necedad del mundo. Su mundo estaba fatalmente constituido sobre todo por los abades Yerbabuena y Rapé; los barones Colipavo, Codorniz y Bacalao; los caballeros Machete y De la Llorona; los duques Guayabo, Verdesmatas, Mátalas-callando, Ajonjolí y Ajenjo; los marqueses Benjuí, Jericalla, Capirotada y Chirimoya.
El Marqués de las Verdolagas no se dejaba ganar por los prestigios “recientemente precolombinos” de los “poetizadores de indios”, del tipo de Rodríguez Galván, Eligio Ancona o Heriberto Frías. Y detestaba la amanerada estatua de Cuauhtémoc en Reforma, debida a Miguel Noreña (maqueta) y a Jesús F. Contreras (fundición). ¡Parecía un sportman, un lagartijo de Plateros ataviado de azteca para una ópera folklórica!
-Si los aztecas alguna vez fueron ‘tan bellos y moirés como un idilio’, eso no lo ha podido constatar nadie en varias centurias de desnutrición, servilismo y pulque –señalaba-. La redención nacional está en la vena hispánica -argüía con una imperturbable convicción de que María Santísima llevaría al triunfo al cansado león español, por entonces acosado por los “sajones pérfidos” en Cuba.
No se hallaba solo el Marqués de las Verdolagas en este repentino hispanismo. Ahora que España se preparaba para enfrentarse a los Estados Unidos, los contertulios de aquellos cafés y cantinas olvidaban viejos agravios, y le devolvían el nombre de madre a la hasta hacía poco denominada madrastra.
Desde su tribuna del Café Passy el Marqués de las Verdolagas exigía, en parrafadas de artículos de ajenjo, que se bautizara a las principales calles de la ciudad de México con los nombres de algunos de “sus mayores soberanos legítimos”, como Hernán Cortés, Carlos V, Felipe II y Carlos III, en lugar de encasquetarles tanto nombre de héroes liberaloides fanáticos y espurios, o al menos dudosos, como ya era epidemia nacional.
-¡En cualquier pueblucho hay una Calle Múzquiz!
Escandalizaba.
-El día que se levante una estatua a Hernán Cortés, o se llame con su nombre a alguna calle, es que México está perdido sin remedio -comentaban sus antagonistas (pongamos el Marqués Benjuí y el Abad Yerbabuena), también en vivos artículos de pulque o ajenjo.
-¿Y por qué, si don Fernando es el verdadero Padre de la Patria? Quiten ustedes a Hidalgo, a Morelos o a Juárez, y queda México como si nada, y a lo mejor hasta sale ganando y se restaura; quiten a don Fernando Cortés, y sencillamente no hay México, sino pura “Temixtitan”.
-Tampoco “Temixtitan”, pues él la llamó así con su grueso oído extremeño, sino Meshico-Tenoshtitlan” –le corrigió el pedante Duque Mátalas-callando, quien desde luego no había leído a Cortés, pero algo había escuchado en la cantina de sus dislates.
-Ni México, con x, con g o con j, como gusten; ni idioma español –remató el Marqués de las Verdolagas a la manera de un jaque mate.
-Pero es que Cortés fue un verdugo, un masacrador –murmuró otro, refugiándose en argumentos morales. Era el Barón Codorniz.
-¿Y entonces por qué hablamos de Puente de Alvarado? ¿Acaso Alvarado no incurrió también en ‘la masacre’? No me digan ustedes que por simple tradición, pues entonces Cortés debería figurar en todas partes: ¡encabeza todas las tradiciones mexicanas! Ni por gusto anecdótico, pues también gana en el flanco costumbrista: ¿Por qué el falso Árbol de la Noche Triste, en Popotla, donde nunca lloró, y no en todo caso el “Árbol de Cortés”? ¡Imagínense ustedes al valeroso capitán chille y chille públicamente, desmoralizando con su moquera a su tropa y a la indiada tlaxcalteca!...
Y es que, por una rara casualidad, el Marqués de las Verdolagas, quien nunca leía nada mexicano ni reciente (para evitar que en algo influyeran en su pensamiento “impoluto” las “venales frivolidades modernistas”), quien en realidad nunca leía nada, había infringido su código y recorrido en secreto un artículo de Luis González Obregón sobre la Calle de Puente de Alvarado. Eso había ocurrido con el barbero, en espera de que le arrancaran dos o tres muelas y dientes podridos.
-¿Saben por qué sí tenemos calle para Alvarado y no para Cortés? ¡Por pura mala leche mexicana!, ¡por puro rencor mexicano!, ¡por puro odio matricida! ¡Para infamar a don Pedro, y de paso a la Madre Patria! Hay que llamar a las cosas por su nombre; y a esa calle, la del Rencor Mexicano.
Una de las ventajas de los contertulios bohemios, ágrafos y antilibrescos, era su infinita capacidad de asombro. Como de nada se enteraban a través de escritos ni en sus escasos ratos sobrios, encontraban un aula llena de sorpresas eruditas en la cantina, en los artículos de ajenjo y viva voz de marqueses, condes, caballeros, abades y demás “nombres de pluma” de esos escritores “tan exigentes que... nunca escriben”, según burla de un tal Rip-Rip, seudónimo tras el que se sospechaba al “melifluo sacristán” Amado Nervo. (¡Como si alguien llamado así necesitara de seudónimos!)
“Por pura mala leche.” Y el Marqués de las Verdolagas pasó al terreno positivista de los hechos comprobables. Salió con su séquito del Café Passy; se proveyeron de dos o tres botellas de aguardiente, y cruzaron la Alameda; dejaron atrás San Hipólito hasta llegar al tramo de la Calzada de Tlacopan llamado Puente de Alvarado, a la altura de la Calle del Eliseo, donde todavía hacía poco tiempo se había levantado un “establecimiento non-sancto” o Tívoli.
Ahí midieron varias veces con sus pasos la distancia que se atribuía al “salto de Alvarado”. ¡Imposible! Nadie podía saltar tanto, impulsado por su lanza encajada en el lodo y los pedruscos y escombros de la laguna.
-Es decir, por aquí venía la calzada sobre la laguna, y se cortaba tres veces, para obligar a la gente a usar los puentes practicables que dominaban los aztecas... Un soldado chismoso dijo que aquí, en la tercera cortadura, como los aztecas habían retirado el puente, y lo acosaban, ¡Alvarado había brincado! Pero traten ustedes: ese brinco es imposible.
Algunos contertulios ebrios tomaron vuelo, improvisaron sus bastones o paraguas como garrochas, y saltaron... conservando en alto, como se supone Alvarado su botín de oro, las botellas de aguardiente. El más ágil (naturalmente, el Marqués Jericalla) logró apenas un brinco de dos metros.
-Tontos tontos, si ustedes quieren, pero no tanto: los aztecas se aseguraron de que ni los mayores atletas pudieran salvar con las simples piernas la cortadura de la calzada. De otro modo, ¡todo mundo las hubiera saltado desde los días del pobre Chimalpopoca, sin necesidad de puentes! –explicó el Marqués de las Verdolagas.
-¿Había ya Calzada de Tlacopan en los tiempos del pobre Chimalpopoca? –intrigó el Marqués Chirimoya. En aquellos años patrióticos, no se necesitaba mayor lectura para conocer las cuitas del tlatoani Chimalpopoca en su jaula de madera.
Pero tales escrúpulos de rata de biblioteca se vieron castigados con el silencio general.
Desde luego, el Marqués de las Verdolagas omitió (pues le parecía infatuada erudición o flagrante contradictio in adjecto llenar sus artículos orales con notas de pie de página) los créditos debidos: que el historiador Solís se había burlado de ese “salto” de Alvarado, el cual dejaría “más encarecida su ligereza [de don Pedro] que acreditado su valor”.
Calló que el historiador José Fernando Ramírez había considerado que ese chisme del “salto”, atribuido a la maledicencia de la tropa y documentado por Bernal Díaz del Castillo, constituía un “sangriento epigrama” contra el valor del capitán Alvarado.
(De hecho, lo del “sangriento epigrama” de la Calle de Puente de Alvarado corrió durante años como genial ocurrencia espontánea del Marqués de las Verdolagas en el Café Passy. Se indicaba a parroquianos y turistas: “¡En esta mesa el Marqués de las Verdesaguas inventó lo del ‘sangriento epigrama’ de Puente de Alvarado el 7 de octubre de 1897, a las once con treinta y dos minutos de la noche!)
Ni develó que todo lo había leído en un artículo de Luis González Obregón.
De regreso por la Alameda, San Francisco y Plateros, hasta el Café Passy –ya a punto de cerrar, en la noche densa apenas despuntada a trechos por los faroles-, el Marqués de las Verdolagas seguía ensoñando con un Bulevar de Felipe II:
-¡Pero en la época de Felipe II no se acostumbraban los bulevares! –objetó el Duque Guayabo.
-Licencia poética.
O Avenida Carlos V. O Paseo de Hernán Cortés.
Cinco lustros más tarde, según arguyen sus descendientes, el gobierno del Distrito Federal le hizo parcialmente caso, eludiendo con la más negra de las ingratitudes conferirle el justo crédito, al establecer –sin escándalo nacionalista alguno, acaso por respeto al religioso calificativo- la Calle de Isabel la Católica. ¿No que nada de reyes españoles en las calles mexicanas? Y medio siglo después, toda una Colonia Alfonso XIII... un rey destronado.
Dicen que el resto de la velada en el Café Passy, y luego en tugurios clandestinos próximos a Peralvillo, el Marqués de las Verdolagas, con otros abades, duques y condes de la pluma-sin-pluma, se gastó en discusiones sobre el asunto de la otra palabra del Puente de Alvarado. Lo del puente.
-¿Cuál puente, si se supone que saltó, precisamente porque no había puente, impulsado por su lanza como una garrocha? ¿El puente era la garrocha? ¡Calle del Puente de la Garrocha! (Entreveo el ingenio del Duque Ajonjolí.) O la “Calle del No-puente” (según el Caballero De la Llorona, algo vergonzantemente “modernista”, quien pretendía haber viajado a París y tratado a Mallarmé.)
-No –espetó el marqués-: Alvarado simplemente puso una viga y caminó sobre ella, paso a paso, equilibrándose como cirquero sobre una cuerda, pero sin red de protección.
-¿Y quién dejó olvidaba tan oportunamente una viga de seis a diez metros en ese lugar? –lo contradijo el malqueriente Barón Colipavo.
-Alvarado traía su viga, como puente portátil, cargada por caballos o indios.
-¿Entonces por qué los demás no se habilitaron con sus vigotas respectivas, o cruzaron por la misma, como cirqueros? –arremetió el Caballero Machete.
-Eso en una versión, escondida en viejos legajos... Otra versión dice que sencillamente un jinete que chapoteaba con su caballo por la laguna, en estos sitios superficial, trepó velozmente a Alvarado sobre las ancas.
-¡La Calle de las Ancas de Alvarado! –propuso el mallarmeano caballero De la Llorona.
-Eso les pasó a los españoles por no saber nadar. Odiaban el agua. ¿Qué en España no había ríos, ni lagunas? –especuló el Abad Rapé-. Y dicen que quienes lo intentaban, se hundían, de tan cargados como iban de tejuelos de oro.
-Sea como fuere –concluyó el marqués, casi llorando por el alcohol y su profundo amor a la Madre Patria, en esos momentos de su guerra inminente contra los Estados Unidos-, sólo nos acordamos de los fundadores de México para infamarlos. Nada de Carlos III, ¡y sí del butifarra Carlos IV, o más bien de su “Caballito de Troya”! Por burla y mala leche.
-Fundadores mis huevos –clamó el Duque Guayabo.
-Las gallinas también llegaron de España –atajó el Marqués de las Verdolagas.
-Hablo de mis huevos de guajolote. ¿Quiere usted que se los muestre?
Dicen que ante tan aparatosa amenaza del Duque Guayabo, en lo sucesivo llamado el Duque Guajolote, concluyó la tertulia y se dispersó por esa ocasión la pequeña pero irrefragable República de las Letras del Café Passy, que ya andaba trastabillando por la Calle de la Doncella Remendada, posteriormente denominada Independencia.

lunes, 18 de mayo de 2009

MIRSKI

LA NOVEDAD DE LOS RUSOS
por José Joaquín Blanco
Hay que agradecer la diligencia con que Antonio Saborit y Rina Ortiz Peralta nos han traducido, en versiones de claro y buen castellano, algunos ensayos de Dimitri Sviatopolk-Mirski (1890-1939), el excelente autor ruso que todavía suena a novedad en París y en Nueva York, aunque desde los años veinte fuese muy estimado por autores como Maurice Baring y, posteriormente, Edmund Wilson.
Seguramente uno de los rasgos principales de la literatura mundial del nuevo siglo será el descubrimiento de la literatura rusa, tanto la escrita en el exilio como dentro de la antigua Unión Soviética.
Los lectores occidentales —y nosotros, mexicanos, como occidentales de segunda o tercera fila, reclicladores de apresuradas, descuidadas, viejísimas traducciones españolas o argentinas— nos hemos detenido en un una estampa pintoresca de la literatura rusa: las tormentas de Gógol y Dostoyevski, la monumentalidad polifónica de Tólstoi, la perfección en tono menor de Turguéniev y Chéjov; y los velos de propaganda o antipropaganda que han borroneado nuestra visión de Gorki o de Mándelstam; de Shólojov o Pásternak y Solzhenitsyn.
Cuando redescubramos —volvamos a traducir— a esos autores conocidos entre nosotros, y nos enteremos de la muchedumbre que nos sigue siendo oscura, algo cambiará en nuestro concepto de toda la literatura moderna.
La gran literatura rusa ha compartido una maldición con las hispánicas: sólo adquiere universalidad a través de interpretaciones y versiones inglesas, francesas o alemanas. Lo no traducido con alguna fortuna, lo no interpretado con cierta etiqueta feliz a la manera de esas metrópolis culturales, carece de relevancia y hasta de existencia para la cultura occidental.
Durante siglos se ha pedido a España exclusivamente cides, quijotes y calderones, como en este siglo hemos solicitado a Rusia puros dostoyevskis, tólstois y chéjovs; ni siquiera Pound, aunque se esforzara, llegó a sospechar el timbre de Quevedo y de Góngora, mucho menos el aspecto alegre e íntimo de Lope de Vega, tan llano. Resulta toda una curiosidad un autor europeo o norteamericano que de veras sepa algo de Galdós, Clarín, Martí o Rubén Darío.
Algún día los hispanoamericanos escribiremos un ensayo sobre nuestros grandes autores incomprendidos por el resto de las naciones, como el admirable de Mirski sobre Pushkin, en el que estudia su diferencia radical con respecto a los modelos internacionales. Un poeta romántico de la escuela de Pope y de Voltaire; un lírico sin metáforas; un apasionado bastante racionalista; un Lord Byron que remite, si no a las más profundas raíces del “alma rusa”, como tantas veces se ha dicho y Mirski desmiente, sí a la más concentrada atmósfera de la cultura rusa de la Ilustración, tan madura y fuerte (a pesar de su autoritaria y reciente occidentalización), que produjo su irrepetible Pushkin como la alemana dio a Goethe, la inglesa a Pope, o la francesa a Voltaire, y con sus propias contradicciones internas.
Una de las cuales, si no la mayor, fue el don absoluto de la lengua. Un ruso raigal, pero diferente del de cualquier otro autor de Rusia. Aunque cambien con los tiempos muchos aspectos de la sintaxis, el léxico, las ideas y valores de una lengua, su conjunto permanece vigoroso: pienso en la poesía más llana (y también en la más elaborada) de Lope de Vega, Quevedo y Góngora, igualmente difíciles de traducir y de ser comprendidas con justicia en otras lenguas.
Incluso dentro del propio contexto hispánico, resulta arduo a un no-mexicano compartir nuestra vasta admiración por Díaz Mirón, López Velarde y Carlos Pellicer. ¿Por qué Rulfo y Paz sí, y Vasconcelos, Guzmán o Villaurrutia no gozan de gran estimación extranjera?
Se diría que hay obras fatal y prodigiosamente plantadas en su tierra o cultura natales, y responden tan plenamente a ellas, que en otras latitudes parecen bajar la voz o desvanecer sus contornos. Hay que sumergirse en la lengua, en la historia y en la cultura del país para poder escucharla.
A los mexicanos también nos ocurre con la poesía gauchesca y con ciertos autores españoles, como Baroja: no les negamos admiración, pero distante e infrecuente; nos pasaría otro tanto con la literatura brasileña, si la conociéramos más allá de tal o cual autor de moda (de repente todo era Jorge Amado; ahora, Rubem Fonseca).
Es una lata esto de andarnos metiendo en el Lecho de Procusto —el Custo de Prolecho— de las definiciones metropolitanas. ¿Definiríamos a López Velarde como un Baudelaire de cofradía jerezana, un Laforgue con impresionismos belgas, un cancionero de cabaret con cosmos claudelianos y provincianismos de Francis Jammes, un Lugones con ternuras de Nervo y bromas mundanas de Tablada? ¿A Pellicer como un Neruda que también canta a carcajadas, y arroja formas y colores fauvistes, abraham-angelinos o tamayescos, en los panoramas clásicos de Velasco?
Mirski se toma el trabajo de definir en términos occidentales la antigua y la nueva literatura rusa, imparcialmente, tratando con rigor y curiosidad semejantes a los soviéticos y a los emigrados. Siempre “fracasa”. “Fracasa” brillantemente, considerando las anfractuosidades y picos de su tarea. Se enfrenta a radicales exigencias metafóricas y narrativas para comentar un libro, un autor, una corriente. Se le lee con asombro no sólo intelectual, sino verbal, poético, narrativo: valen también como verdaderos poemas y narraciones sus comentarios de libros y películas (Eisenstein).
¿Cómo definir a Esenin, a Bábel, a Mayakowski, a Pásternak y que lo entienda un inglés? (¿Cómo definir cualquier cosa no-británica y que la entienda un inglés?) Trata de darnos una idea de la poetisa Marina Tsvietáieva: “Una mezcla del verbo explosivo y vital de Rabelais con el ingenio verbal igualmente irrefrenable y claro de Pope, y la felicidad y variedad métrica de Browning al servicio de una mente que es en parte una estudiante con el culto al héroe, en parte una segura constructora de pináculos con la ligereza de la torre Eiffel”. ¿Será más fácil entender esto que aprender ruso?
Nos avanza, sin embargo, el camino: existe una fuente alterna, diversa, de literatura contemporánea de la que no tenemos ni idea. Supongo que un lector francés que se asome a los ensayos de Octavio Paz sobre Rubén Darío o López Velarde también, abrumado de contrastes y conjeturas, sentirá estar delirando.
Caemos en Pero Grullo: es necesario conocer mucha literatura rusa para entender, así sea en traducciones, algo verdadero de un autor ruso profundo; de otra manera comprenderemos sólo equivalencias desenfocadas con respecto a los autores metropolitanos canónicos: v. gr. Anna Karénina como una especie desaforada de Madame Bovary. Ello también ocurre, desde luego, con otras grandes literaturas del mundo, como las hispánicas, las eslavas, las árabes...
A diferencia de tantos críticos, Mirski no establece cánones, cartabones ni tablas sencillas de equivalencias: acentúa la multiplicidad de las literaturas, la riqueza variada y contrastante de la expresión rusa. No hay “globalidad” sino pluralidad en literatura.
Y mucho menos en la rusa, donde las viejas culturas autóctonas (como la eslava) siguen compitiendo con la todavía reciente (apenas desde el siglo XVIII, y un tanto forzada) cultura europeizada por decreto. San Petersburgo no deja de competir internamente con todo lo que no es San Petersburgo.
Dice Mirski de la misma poetisa: “Pero su poesía, sobre todo su obra más reciente es, claro, una confirmación más, y acaso la definitiva, de la revuelta del elemento ruso contra el occidental. Esto es particularmente cierto en relación con el lenguaje. Se trata del primer intento (inconsciente) verdaderamente exitoso por emancipar al lenguaje de la poesía rusa de la tiranía de la sintaxis griega, latina y francesa...”
Aunque de inmediato se contradice. Mirski está harto de la “excentricidad rusa”, del “alma rusa”. Exige para la cultura de su patria la misma universalidad que se arrogan las metrópolis. Ya basta del exotismo: ¿Qué diablos es el “alma rusa”, se pregunta a propósito de los personajes de Tólstoi, si no una mayor y más numerosa supervivencia de formas de vida precapitalistas? Los campesinos rusos simplemente conservan más pasado que los franceses o alemanes, tienen el pie más metido en siglos anteriores, pero su espíritu, su mentalidad y sus historias siguen siendo profundamente universales. Y su tan traída y llevada espiritualidad y hasta santidad: el pathos religioso, que tanto se admira en Dostoyevski o en Tólstoi, ¿de veras resulta tan exclusivo de Rusia, no hay místicos y “locos de Dios” en todas partes?
Mirski se hunde en una fresca —y para ojos occidentales, asombrosa— discusión a fondo sobre Dostoyevski, Chéjov, Bábel, Tólstoi. Una discusión desde las raíces, aunque con herramientas en su momento (sobre todo los años veinte) modernísimas, y ahora menos estimadas, como las perspectivas freudianas y marxistas. Que en él siguen funcionando. Las grandes virtudes o estorbos de la crítica no residen en los métodos, sino en el propio crítico: Mirski sale avante en el maridaje de Freud y Marx para explicarse la literatura, como en otro sentido Edmund Wilson, incluso décadas después de que esas teorías hayan perdido prestigio académico, de la misma manera que podemos leer las ideas poéticas de San Juan de la Cruz sin aceptar su teología, o las históricas y literarias de Sainte-Beuve, Renan, Taine, sin contraer necesariamente el positivismo.
Antonio Saborit recuerda que Maurice Baring presentó a Mirski con Cyril Connolly, a fines de los años veinte, como “el más crítico de los críticos”. También fue uno de los ensayistas más creativos, y de lectura más sólida, estimulante y placentera, de la primera mitad del siglo.
——
FUENTES:
Dimitri Sviatopolk-Mirski: Algunas observaciones sobre Tólstoi, Prólogo de Antonio Saborit, Tr. de A. S. y Rina Ortiz Peralta, México, Breve Fondo Editorial, 1998.

jueves, 14 de mayo de 2009

ADORABLE STENDHAL

ADORABLE STENDHAL
Por José Joaquín Blanco

Totalmente inesperado, y sobre todo para un lector extranjero, resulta el reciente libro póstumo que ha armado su viuda con artículos y notas dispersas: Adorable Stendhal, de Leonardo Sciascia (1921-1989), el importante narrador italiano del que sobre todo se recuerdan, entre una veintena de títulos, El consejo de Egipto, Cándido o un sueño siciliano y El caso Moro.
Resulta que este escritor sobrio y ético, racional, riguroso; denunciante y desmitificador de las Brigadas Rojas, tenía una pasión literaria secreta: Stendhal... precisamente ¡el fundador del culto mundial por los antecesores de las mafias y los bandoleros sicilianos! en varios escritos, especialmente en las noveletas-historias Crónicas italianas.
Adorar lo diferente. El término “adorar” resultaría un tanto subido, pero es el propio Sciascia quien lo usa. Recuerda que entre las varias cosas que lo separaban de su distante pero entrañable amigo Pier Paolo Pasolini destacaba el uso frecuente que éste hacía de la palabra “adorable”, sobre todo en relación con los chamacos callejeros en cuyas terribles manos finalmente moriría asesinado. “Por mi lado, dice Sciascia, yo sentía que había una palabra que él amaba, una palabra clave en su vida: la palabra ‘adorable’. Puede ser que esta palabra yo la haya escrito alguna vez, y por cierto, más de una vez la haya pensado: pero para una sola mujer y para un solo escritor. Y el escritor, tal vez esté de más decirlo, es Stendhal”. De modo que el prologuista, Vincenzo Consolo, concluye que “este libro nos revela el Sciascia que hubiese querido y no pudo ser, el Sciascia stendhaliano”.
Ninguneado y prácticamente desconocido en vida -salvo por Balzac y Merimée- y aún varias décadas después de su muerte, Henri Beyle Stendhal se convirtió no sólo en un autor privilegiado sino en todo un culto rarísimo a lo largo del siglo XX. ¿Qué se admira en él? Dos o tres novelas, magistrales desde luego, pero no necesariamente muy superiores o diversas de las de otros autores protagónicos de su tiempo (Balzac, Gautier, Hugo, Dickens): Rojo y negro, La cartuja de Parma, cuyos bellísimos galanes jovenzuelos, después de unas cuantas aventuras más que descaradas o majaderas, alcanzan un fin trágico no inmerecido. Sciascia confiesa que ha terminado por encontrar que Julián Sorel y Fabrizio del Dongo (respectivamente, los chulapones de esas dos novelas) son unos “cretinos”.
¿El estilo? Ciertamente Stendhal resulta un antídoto contra el blablablismo y la ampulosidad narrativas (Rousseau, Chateaubriand y etcéteras), pero no es tan gran prosista, no más que Montesquieu o Voltaire, a quienes meramente prosigue; en todo caso, sólo conserva, en un momento romántico, los rasgos sentenciosos, objetivos, laicos, irónicos, de un Montesquieu o de un Voltaire. Stendhal es un ilustrado en tramas románticas, lleno de nostalgias por el buen siglo XVIII.
¿Las mujeres? Inventa unas mujeres apasionadas y enérgicas memorables (al igual que sus compañeros ya citados), ahí y en las Crónicas italianas. Se diría que sus cretinos efebos trágicos son meramente un pretexto para exaltarlas eróticamente, para encenderlas e idolizarlas, así como en otra parte Stendhal finge pedirle a Dios un falo y una potencia descomunales para poder encender fulminantemente a sus siempre esquivas adoradas.
Pero sobre todo fundamenta ese culto stendhaliano cierta difusa red de intuiciones sicológicas y artísticas que le han ganado verdaderos fanáticos desde los años de Nietszche, y una digamos extravagante manía en sus seguidores de investigarlo -sicoanalizarlo- a través de sus personajes: que si era gordo y feo, que si era inhibido, impotente o sifilítico, o meramente tímido, en sus amores continuamente desventurados; que si creía o no en Dios y en el Arte, que si sabía o no mucho de pintura o música en sus primeras obras de historia de esas artes en Italia... que han resultado casi plagios (es decir, meras divulgaciones para las que se sirvió con cuchara grande y a cucharazos literales de libros ajenos).
Stendhal es un culto casi esotérico entre archiliteratos. No sospechábamos en Sciascia precisamente ese culto -¡él, el autor un Candide!-, aunque sí en los italianos, pues hay toda una “Italia mental” en la obra de Stendhal, acaso más importante que sus registros de la Italia real en la que vivió muchos años, y a la que tanto homenajea como la verdadera Arcadia (brutal) contra el Cementerio francés (burgués). Parte de esa “Italia mental” es Sicilia, la patria de Sciascia, adonde Stendhal nunca estuvo, pero en la que fingió varias veces haber estado y escrito, como algunas muescas más de sus misterios ya casi esotéricos. Sciascia le discute minucia a minucia su celebérrima obra “siciliana”.
El gran crítico de los guerrilleros y de los brigadistas asesinos contemporáneos sigue en este libro de erudiciones y minucias a ratos más que peregrinas -al menos para los extraños a la iglesia stendhaliana- el rastro de los truculentos relatos de asesinatos, secuestros, amores criminales, intrigas perversas de la Italia renacentista y barroca de Stendhal: sus bandoleros, sus chamacos desaforados; sus cardenales, sus marqueses, sus damas y monjas terribles. Parricidios, envenenamientos, Inquisición, masacres, asaltos en despoblado, secuestros.
Y ese extraño resplandor que Stendhal otorga a lo que no corresponde a la razón ni a los sentimientos comunes, a la manifestación de la vida brutal y ciegamente entusiasta por la propia vida, por las apetencias y fervores y odios inmediatos, en estado de fiera naturaleza.
Sciascia declarara a Hemingway el autor paradigmáticamente stendhaliano, pero transfiere también a los personajes de Stendhal el disgusto de D. H. Lawrence al ver encarnar en personajes tan mediocres como Madame Bovary y su marido toda la riqueza mental de un Flaubert, que es lo que todo lector sensato piensa también de Fabrizio y la Sanseverina de La Cartuja de Parma.
Entre los ensayos de Adorable Stendhal se discute si éste fue o no el autor de las Memorias de Casanova (a quien se juzga demasiado iletrado como para escribirlas). No, no lo fue, sino su lector maniático. Se habla de los tres grados iniciáticos de los stendahlianos: quienes empiezan adorando, como adolescentes enloquecidos, Rojo y negro; a mediana edad cambian de gusto y se postran ante La Cartuja de Parma; y luego, ya viejos, achacosos y presuntamente sabios, sin abjurar de las anteriores, las posponen a Henri Brulard y a los misceláneos escritos autobiográficos, a los chismes, a los bibelots, a las pistas perdidizas, al Mito. Al Club Stendhal, esa masonería libresca.
Se rastrea la influencia de Stendhal en los principales autores italianos de los siglos XIX y XX (especialmente Lampedusa, en el Gattopardo, y Brancati, en El bello Antonio). Se considera signo de la decadencia de los tiempos modernos que los jóvenes no lean más (o no lo lean ni mitifiquen tanto) a Stendhal, de quien Valéry decía que era “un autor con el que jamás se acaba-de-acabar” (a propósito de Lucien Leuwen), y a quien Gide consideraba una lectura ejemplar en cuanto correctivo: enseñaba a podar, a restringir, a concentrar: servía para limar las uñas y los dientes del espíritu, la sensibilidad y la expresión.
Y el paradigma artístico de esa vida salvaje, violenta, ilegal, desaforada, viciosa, libertina... que tanto criticó Sciascia en la realidad de su tiempo. Alguien dijo de Stendhal un epigrama que Sciascia hace suyo, y que en parte cristaliza todo el culto stendhaliano: “Pretendía actuar según los dictámenes de la razón, pero estuvo permanentemente dominado por la fantasía e hizo todas las cosas por entusiasmo”.
Sciascia juega con el tiempo y las identidades: Stendhal nació a destiempo, antes o después, de ahí su misterio; aventura que de haber nacido un poco antes o después, Napoleón habría sido un escritor muy semejante a Stendhal.
Acaso algo insustancial para el lector de intereses generales, Adorable Stendhal resultará toda una fuente de iluminaciones y regocijos -un verdadero grimorio gremial- para los fanáticos de ambos autores: Stendhal y Sciascia. Libro raro, libro secreto, armado póstumamente por la viuda con los materiales que Sciascia no llegó a desarrollar y apenas dejó anotados, es un puñado de guiños y cifras cabalísticos, tanto sobre Stendhal como sobre Sciascia, todo un enigma de creación intelectual:
“El placer que Stendhal ofrece es imprevisible como la vida, como las horas de un día y como los días de una vida. Cuando y cuánto más creemos conocerlo, es precisamente cuando nos sorprendemos al descubrirlo en un párrafo, en una frase; o al subvertir, en sus libros, el orden de las preferencias, de los afectos. Comenzamos, de hecho, dándole la preferencia al Rojo y negro; pero en cierto momento, casi inadvertidamente, nos inclinamos a amar más La Cartuja de Parma; hasta que un día, de repente, nos damos cuenta que en el Henri Brulard nos encontramos como en la esencia misma de la obra stendhaliana, a la plena luz de las razones por las que lo amamos. Son los tres grados del stendhalismo...”

Leonardo Sciascia: ADORABLE STENDHAL (prólogo de Vincenzo Consolo, Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2005, 180pp.)

martes, 5 de mayo de 2009

LA HIJA DE LEWIS

LA HIJA DE LEWIS
Por José Joaquín Blanco




Uno de los capítulos más provocadores y sugerentes sobre la expresión de la mujer en la cultura mexicana de Plotting Women. Gender and Representation in Mexico (Londres, Verso, 1989), de Jean Franco, es el que revisa la voz femenina en los célebres Los hijos de Sánchez de Oscar Lewis.

Como se sabe, el libro de Lewis es el resultado de una investigación de historia y sociología orales en los años cincuenta. El doctor norteamericano llegó a Tepito y dejó que los pobres se acercaran a él, y le explicaran --frente a la incómoda grabadora de rodillos-- cómo era que existía una "cultura de la pobreza", esto es: un sistema de reproducción de las actitudes fatalistas, de sometimiento, resignación y hasta conformismo ante la miseria.

Si los Estados Unidos son el caso paradigmático de la cultura del éxito y de la riqueza, donde todo mundo se mediomata por triunfar y hacer dinero, México parecería el prototipo tercermundista --y no por ello menos rencoroso y envidioso frente a su prepotente y afluentísimo vecino-- de la derrota, la marginación, la fatalidad.

Los mejores mexicanos, como los mejores de los Sánchez, resultaron para el "antropólogo de la pobreza" Oscar Lewislos que eran menos "sánchez" y menos --en este sentido--"mexicanos": los mexicanos agringaditos, redimiditos: los prófugos de la naquez y del desmadre, que a pesar de todo escalaban su cumbre --así fuera la casita precarista en una loma--, lograban su éxito y su dinerito, como el patriarca y, sobre todo, su hija Consuelo.

Para el autor de Los hijos de Sánchez, como desde luego para buena parte de la población mexicana, fuera y dentro del territorio, por más que sufran los héroes y la Guadalupana, los Estados Unidos y su modo de vida estaban lejos de ser considerados adversa o siquiera críticamente por el contrario, para la familia estudiada, dice Lewis, privaba "una imagen positiva de los Estados Unidos como país superior..."

Precisamente como representante de ese país "superior", los Sánchez --y principalmente los Buenos Sánchez-- miraban al doctor como "una figura de benévola autoridad", más que como al padre ogro del machismo-cultura-de-la-pobreza-tercermundismo-vivaméxico de sobra conocidos.

Lo que le importa sobre todo a Jean Franco en este estudio es el papel que juega el propio antropólogo-sociólogo-literato-reportero en este libro. Lewis y su carisma paternal de embajador populachero del País Superior como protagonista de Los hijos de Sánchez.

El principal mérito de Los hijos de Sánchez parecía ser su metodología. El estudioso o literato pequeñoburgués nunca, nunca lograba llegar a los pobres, y mucho menos conseguía encarnar o siquiera trasmitir su voz: ¿podría hacerlo el objetivista científico armado de grabadora? Sí, sí pudo: pero perdió buena parte de su supuesta objetividad --como se advierte al estudiar el resultado final, el libro, confrontado con los materiales orales y escritos muy vastos en que se basó-- y de su supuesta ciencia.

No sólo alteró la voz de los pobres: alteró a los pobres mismos: se volvió al menos para una de ellos, Consuelo, un redentor, un mesías, un caudillo espiritual del progreso, la superación, el salto a la otra clase, ¿al otro país?

La hija de Sánchez, Consuelo, deviene durante el proceso de investigación y escritura de esa obra, la hija de Lewis. El antropólogo se va volviendo su Padre Bueno, su Buena Nueva, su Ejemplo a Seguir. El antropólogo en sí mismo como el Hombre Superior. Consuelo no sólo se presta a responder todos los interrogatorios de Lewis, sino que llega a hacerlo por escrito, en una verdadera autobiografía de 170 páginas que la convierte en una destacada autora mexicana de su época, tan escasa de autobiografías femeninas, además de otros diversos ensayos sobre temas diversos sugeridos por el doctor.

La hija de Lewis no se resigna a ser materia prima de un estudio universitario. Lo toma como método de liberación. Sus cuestionarios son confesiones: confiesa sus delitos de "cultura de la pobreza" en búsqueda de absolución: sí fui así --dejada, cochina, irresponsable, boba, lo que sea--, pero cambiaré: la luz a llegado a mi interior, diría, como conquistada por un predicador o un dianético. Y cambió. Al final del proceso de lewización de la informante, Consuelo ya había subido de nivel, había conquistado la cultura-de-la-clase-media, era una "persona superior", ejemplo del supérate a ti mismo, triunfa, tú puedes, conquista tu propio Everest. De alguna manera, el modernísimo método de Oscar Lewis no hace sino repetir el barroco, del siglo XVII, de las biografías de monjas turbadas redactadas por sus confesores que a la vez son sus guías espirituales, sus mesías --género que Jean Franco estudia en otro capítulo de Plotting Women. Aquí el confesor Oscar Lewis cuenta la vida de la monja laica a la que ha modificado, Consuelo Sánchez.

Consuelo deja de ser pobre: "Eso me hizo súbitamente darme cuenta de la verdad sobre la pobreza, exponiendo su cruda fealdad abiertamente a los ojos del mundo. El muro de ladrillos de la vecindad servía de marco a un grupo de mendigos amontonados cerca del zahuán. Algunos estaban de pie, sus cabezas agachadas estaban cubiertas de cabello largo y enredado lleno de piojos y de mugre, que caía hasta enredarse con sus barbas espesas y abandonadas. Sus ojos redondos, enrojecidos, fijos y sus bocas abiertas tenían la expresión idiota de los alcohólicos".

No es necesario negar importancia a Los hijos de Sánchez; sí resulta interesante y revelador leerlos a través de esta coerción más que moral, existencial, casi religiosa, en sus informantes, protagonistas y, desde luego, en sus lectores. La cultura-de-la-pobreza como el pecado mortal de los mexicanos, del que pueden redimirse.

Jean Franco leyó inteligentemente no sólo el libro, sino los materiales que lo conformaron y que quedaron fuera, y llega a conclusiones como ésta: "Consuelo 'enfoca' la escena desde el punto de vista del mundo afluente para el cual la pobreza es el peor de los pecados. Uno podría decir que ella ha sido exitosamente convertida... Consuelo habla en términos casi religiosos del cambio que le ha ocurrido desde que conoció a los Lewises (el doctor y su esposa)... En su opinión, Lewis ha realizado con ella una especie de curación oral". Ser su informante, fue ser su penitente, su absuelta, su convertida.

Mucho tiene que ver en esto, por lo demás, el auge sicoanalista de los cincuentas, aun el del sicoanálisis enfocado a la sociología: la figura paterna, el reconocimiento público como nacer o salir-de-sí, la sustitución de la falible figurota paterna (por más que Papá Sánchez es un luchador, un Brown Gringo de Tepito, en los términos de la visión lewisiana) por la infalible del apóstol Oscar Lewis.

¿Quién habla en Los hijos de Sánchez? ¿Hablan realmente los pobres: ellos están realmente manifestando su discurso? O más bien, ¿hablan los pobres catequizados por la riqueza, los sánchez ya muy lewisiados? Es el problema de la China poblana: ¿en sus biografías, hablan ella o sus confesores? Esto nuca ha sido novedad: los indios que se confesaban a los frailes, no eran los feroces aztecas, sino los indios ya muy afranciscados, muy cristianizados, muy bautizaditos.

Dice Jean Franco: "La ironía de Consuelo, sin embargo, es que lo que ella ha llegado a pensar que es su ser, es realmente el otro discurso: el discurso de la modernización que habla a través de ella". Ella deja al Padre Pobre, a Papá Sánchez, por el Papá-del-Triunfo, Papá Lewis: "Ella encuentra una figura más poderosa: el etnógrafo. El único tropiezo es que para escapar del padre, ella debe convertirse en la voz de su amo".

Jean Franco estudia con similar lucidez otras expresiones de mujeres en México: Frida, Antonieta, los personajes de Rosario Castellanos, Jesusa Palancares (la de Hasta no verte Jesús Mío, de Elena Poniatowska); aspectos de sor Juana, Buñuel, María Félix...
Mujeres conjuradoras en busca de una expresión, que difícilmente puede decirse que ya hayan conquistado, son las que muestran su lucha abierta en Plotting Women. Gender and Representation in Mexico. (1990).