viernes, 1 de mayo de 2015

ASPECTOS DE LA HISTORIA LITERARIA

ASPECTOS DE LA HISTORIA LITERARIA
Por José Joaquín Blanco
Coloquio de Historia Contemporánea/DEH-INAH, 14 de abril de 2015

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Uno de los aspectos en que más se relaciona la literatura con la historiografía es en la necesidad de contar una historia, relato, narrativa, discurso, ensayo, disertación a partir de los materiales, los estudios y las reflexiones del historiador. De alguna manera, toda historiografía termina aspirando a ser literatura, si no siempre en la pluma del investigador sí en las de sus divulgadores, epígonos o recreadores. Pero lo deseable, lo tradicional, la norma de los clásicos, es que sea el propio historiador no sólo el que busque, contraste, estudie, analice sus materiales, sino que los vierta en una expresión textual dirigida por él mismo. Contar la historia no significa solamente volcar conocimientos particulares, sino hacerse preguntas e hipótesis, imaginar escenarios, encontrar contrastes y disparidades, ordenar y dirigir los aportes de la tradición y de la ciencia.
De tal modo, la historia es también el arte de contar la historia y no solamente el de descubrir, estudiar, contrastar y debatir sus materiales. Y si bien los historiadores suelen apartarse de los rumbos imaginativos, ficticios o claramente subjetivos que privan en ciertos géneros literarios –no en todos, y no de cualquier manera-, también han reconocido en todas las épocas el auxilio de la literatura como maestra del discurso, del relato o de la disertación, tanto más cuanto que en muchísimos casos las fuentes que privan son asimismo textos, y con frecuencia la historiografía dedica mucho esfuerzo a escribir un texto que estudia y comenta otros textos. No pocos textos historiográficos han sido igualmente textos literarios: testimonios, relatos, discursos, fábulas, apólogos, tragedias, himnos, odas, oraciones fúnebres, cartas: literatura.
No debe olvidarse que durante muchos siglos, acaso milenios, historia y literatura eran la misma cosa, y lo que difería eran los textos particulares, y que no fue sino hasta el positivismo cuando el afán cientificista de los historiadores universitarios trató de deslindarse de la literatura en su afán de crear un discurso textual propio: un estricto código académico de disertación, tratado, memoria, anales, catálogos o listados de sus fuentes y estudios.
Desde un principio en América, con los cronistas de Indias, se dio esta mescolanza de géneros que sólo resulta heterogénea desde el punto de vista positivista, pues en un principio resultó absolutamente natural que en el mismo discurso o relato se amalgamaran diversas disciplinas humanísticas como la historia, la filosofía, la teología, la historia natural, el testimonio, el catálogo de conocimientos y referencias de todo tipo, como podemos ver en fray Bartolomé de las Casas, en Motolinía, en Acosta.
De hecho, ambos predicadores (Las Casas, Motolinía) dieron un paso más y con frecuencia recurren a géneros más propios de la ficción, de la subjetividad y de la religión para expresar historias o disertaciones rigurosamente históricas, como por ejemplo, en Motolinía, la fábula de las plagas que los aztecas debieron sufrir en castigo por su idolatría a la manera de las bíblicas plagas de los egipcios, que no es sino un sucinto catálogo de las terribles calamidades que cayeron sobre los aztecas de la época de la conquista.  Y en Las Casas diversos informes de la historia, los rituales y las costumbres de los indios se ven confrontados con todo tipo de textos grecolatinos, incluyendo fábulas mitológicas o relatos imaginativos de los escritores clásicos.
En las crónicas de los soldados con frecuencia la manera de contar no es menos importante que los hechos narrados. En Cortés se desarrolla la épica de la conquista desde la inteligencia estratégica del capitán, mientras que Bernal entreteje el relato bajo de la tropa. Por su parte, buena parte de la literatura de los antiguos mexicanos que sobrevive, como el Popol Vuh, el Rabinal Achí, los libros del Chilam Balam, los Cantares mexicanos y muchos poemas y discursos aztecas comparten esta escritura bifronte: relato que documenta, documento que imagina, que incluso sublima la tradición y el conocimiento rumbo a los estadios del rito y del mito.
Los frailes multiplican la diversidad de perspectivas del relato historiográfico-literario, desde la reconstrucción de testimonios individuales sobre el pasado indígena hasta una verdadera amalgama o mosaico, en Sahagún, de muchos informantes, una especie de enciclopedia o de coro de testimonios y respuestas. Posteriormente, los cronistas mestizos refunden tanto los informes o relatos que han venido sobreviviendo y modificándose a lo largo de las generaciones por tradición oral, como su personal interpretación o glosa de escrituras y monumentos que alcanzaron a conocer por sí mismos.
Un aspecto asombroso se vino a revelar con el estudio de los llamados Títulos Primordiales, o escritos con pinturas que diversos pueblos y comunidades elaboraron para fundamentar su derecho a las tierras comunales, con orígenes tanto prehispánicos como  españoles, por el reconocimiento o donación que diversas autoridades españolas les habrían concedido. Muchos de esos títulos han resultado falsificaciones, falsificaciones muy antiguas de las que tal vez no se percataron los propios pueblos, o que acaso algunos de sus miembros urdieron como estrategia consciente de sobrevivencia. Auténticos o falsificados, narran la pequeña historia de la fundación de un pueblo o de una comunidad desde sus orígenes diversos, prehispánicos y coloniales, y los episodios de su trato con la administración colonial y con los pueblos vecinos, y resaltan algunas individualidades fundadoras o preeminentes. Mezclan historia y literatura, realidad e invención, legitimidad y falsificación.
Hay otros relatos, en los que con frecuencia es difícil deslindar lo verídico de lo fantasioso, y los aspectos sobrenaturales o religiosos asumidos como ciertos en su momento de otros que ya manifiestan cierta deliberada vocación hagiográfica; tales son las muchas historias de las órdenes religiosas, de la fundación de templos y conventos, y de las vidas de los religiosos notables o con perfil de santos. En un caso al mismo tiempo puntual como historiografía que delirante como imaginación y desesperación apocalíptica, fray Jerónimo de Mendieta narra no sólo ha historia de la evangelización sino los delirios de la lucha contra el Anticristo, la refundación de la Iglesia primitiva y la espera de la Segunda Venida de Cristo. A ratos, sus estampas de los famosos misioneros se leen como vidas imaginarias.
Como vemos, no sólo se buscaba la fuente, el dato y el monumento, sino la construcción de un relato. En diversos casos, especialmente en el siglo XVII con autores como Ixtlixóchitl y Sigüenza encontramos ejercicios deliberados no sólo de historia comparada, sino de literatura comparada. Así, estos historiadores-narradores tratan de conciliar algunos relatos o códices indígenas con los relatos bíblicos del diluvio o de la Torre de Babel. Es decir, retomar no sólo la doctrina judeocristiana sino los episodios, los mitos, los portentos y los milagros del relato bíblico.
Un paso adelante dio un siglo después Clavijero, al retomar como modelo de relato, narrativa, estructura o discurso las historias clásicas de los griegos y los romanos, y narrar la historia de los aztecas según el modelo de los pueblos paganos clásicos. Itzcóatl y Tlacaélel tendrían su Tácito, su Suetonio, su Tito Livio, su Plutarco…
En todos estos casos vemos la búsqueda de los historiadores de una manera de narrar su materia, de volverla no solo coherente, sino además de dotarla de un sentido y de una trayectoria, hasta de un destino. Desde el intento de leer los fragmentos de la memoria indígena como episodios semejantes a los bíblicos, hasta la pretensión de Boturini, inspirado por Vico, de descubrir un desarrollo en el tiempo que vendría de un tiempo y una historia de Dioses, que daría lugar a un posterior tiempo y una historia de Héroes, para llegar finalmente a un tiempo y a una historia de Hombres.
La historiografía es la escritura de la historia, y ahí reside su irrenunciable esencia literaria. La escritura: la imaginación y composición de un texto. Hay cientos de maneras de imaginar, componer y escribir los textos, tanto en la literatura como en la historia y en otras humanidades.
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No sólo quisieron aprender los historiadores mexicanos la manera de narrar de las fuentes sagradas o clásicas, sino también la manera de callar, de olvidar. Una narración es también lo que se calla, se oculta, se proscribe o se margina. Desde la conquista misma hubo una lucha entre expresión y silencio. Muchas cosas no debían de ser dichas, decían algunos. Otros opinaban que había que conocerlas todas para poder tratar y convertir a los indios. Hubo quema de códices y destrucción de imágenes.
Y de una manera tan habilidosa que cuesta trabajo pensar que fuera del todo involuntaria, hubo invención cristiana de la historia idólatra, en la exaltación, por ejemplo, de los aspectos “buenos”, casi cristianos, casi occidentales, casi franciscanos, de Quetzalcóatl, que con frecuencia asombran a los arqueólogos al no encontrar después de tantas décadas de excavaciones sustento a determinados perfiles del mito “bueno”, y sí muchos que insisten en familiarizarlo con otros perfiles del panteón prehispánico. Se han encontrado varias imágenes de Quetzalcóatl, o de quienes lo encarnaban, oficiando sacrificios humanos; y resulta que a partir de Teotihuacán las viejas divinidades del Viento y de la Serpiente Emplumada (en su origen un mito meramente agrícola) se convirtieron en un Quetzalcóatl feroz, enseña de de la casta de los guerreros más temibles. Claro que se sigue y se seguirá discutiendo a mares sobre Quetzalcóatl, pero en parte por esas misteriosas, poco fundamentadas, enseñas benéficas, pacíficas, sacerdotales, frailunas que aparecen en las crónicas franciscanas. Quetzalcóatl es un magnífico ejemplo de los miles de relatos vagos y divergentes que pueden narrarse a partir de un puñado de datos duros.
            Para no pocos españoles, incluyendo a muchos frailes, era mejor olvidar el pasado pecaminoso de la idolatría y los sacrificios humanos,  y devolver a los indios, como a todo cristiano, a su universal historia sacra de la Creación y la Redención divinas. Olvidar la época del demonio y apenas rescatar de ella estampas y perfiles inocentes, pintorescos, saludables, decorativos. Pese a la inquietud etnográfica de algunos frailes y estudiosos, la Nueva España empezaba con la primera misa en Veracruz, y se unía a la historia universal de la Creación, la Redención y el regreso apocalíptico de Cristo.
            Es importante acentuar esta necesidad de olvido del pasado prehispánico por parte de España y los novohispanos, para entender la furibunda reacción contraria, liberal, encabezada por fray Servando y Carlos María de Bustamante, de negar y silenciar la “usurpación” y la ocupación españolas y de pretender devolver a la historia nacional al punto donde la muerte de Cuauhtémoc  la había “interrumpido”. Casi toda la historia liberal mexicana del siglo XIX quiso olvidar o borrar lo más posible de la memoria colonial, como los españoles y los criollos, a su vez, lo habían hecho con la memoria prehispánica, y como nuestros tecnócratas pretenden hacerlo con el villismo y el zapatismo.
            Pero no se trató meramente de una excentricidad ideológica o de un delirio fanático local, como quería pensar Lucas Alamán. Inventar un silencio es también contar una historia. También se cuenta por omisión, por marginación, por olvido; también se cuenta una historia borrando. Para no ir más lejos, tenemos el propio ejemplo español, que durante varios siglos, y hasta la fecha, trata en la mayoría de los casos de borrar, olvidar, marginar o trivializar sus muchos siglos de historia mora y judía. Quieren una Hispania exclusivamente grecorromana, goda, cristiana, europea.
En el fondo, los terribles fray Servando y Bustamante, al querer reducir a lo mínimo la “usurpación” española de la historia de México y devolverla a la matriz  azteca (como si no hubieran existido sino aztecas entre todos los indios mexicanos), no estaban sino repitiendo el ejemplo de los historiadores, clérigos, políticos y literatos españoles con relación a la historia mora y judía. Y no sólo la mora y la judía: los aspectos bereberes, celtas, fenicios, iberos, cartagineses de la historia española suelen borrarse o trivializarse, para enfatizar su historia cristiana y, en menor medida, su historia grecorromana. Contar una historia es escoger los materiales y distribuir los papeles protagónicos, acentuar y borrar, olvidar y mitificar.
            Sospecho que esto ha ocurrido siempre en todos los pueblos del mundo. El bando o la tribu triunfadores eligen a sus predecesores y apartan los perfiles que no desean, que incluso llegan a odiar, como por ejemplo la época del cristianismo arriano en España que quedó reducida, de una época larga y vigorosa, a un odiado paréntesis herético. Y por lo demás, los aztecas eran buenos en esto del borrado y de la modificación y expropiación de lo que les incomodaba: se sabe que Tlacaélel mandó borrar y rehacer la historia antigua mesoamericana para convertirla en la historia exclusiva de la grandeza azteca.  Parece que muchos faraones hicieron otro tanto en Egipto, borrando, mutilando, agregando, modificando las fuentes y sobre todo el tejido narrativo de la memoria a partir de esas fuentes, pero ya arregladas, casi trucadas, para el nuevo uso. Narrar la historia, a pesar de los datos duros y los monumentos comprobables, puede tener mucho de rejuego imaginativo y de manipulación política.
            Pero en México ocurrió la desgracia, en prácticamente todo el siglo XIX, de la confrontación de dos silencios. Quienes querían borrar la memoria indígena y quienes querían borrar la historia colonial para narrar una historia que justificara, prestigiara y habilitara el tiempo presente. Lucas Alamán, el gran denostador de los negadores de la historia colonial, fue un gran negador de la historia indígena, que por supuesto no podía desconocer, y al detalle, al menos en las obras ya publicadas para entonces de los cronistas e historiadores. Fue un sabio de muchas lecturas. Para él, México debía comenzar con Cortés, el evangelio y los frailes, y con la cultura occidental imponiéndose contundentemente en el mapa. Para él, como para sus discípulos Carlos Pereyra y el último Vasconcelos, la historia de México que debía de ser contada era la hazaña de la civilización española y cristiana en estas tierras.
            Salvo, desde luego, casos aislados de grandes historiadores independientes, como José Fernando Ramírez, Del Paso y Troncoso, García Icazbalceta, Orozco y Berra, buena parte de la muy mala historiografía mexicana de la mayor parte del siglo XIX arranca de este vicio de negar tamaños trozos de siglos o milenios de historia humana en nuestro mapa, a fin de favorecer la historia ideológica, política, religiosa o sentimental que deseaba contarse para crearse un presente a su gusto.
Y no había salida posible. O se negaba un trozo, o se negaba el otro; en casos fabulosos, como el del Nigromante, se negaban de plano los dos, y había que empezar otra vez desde cero, con el Progreso y la Ley, con Hidalgo como nuevo Adán y la Corregidora como nueva Eva. Es curioso leer el bilioso anti indigenismo del indio puro Ignacio Ramírez; como era curioso leer el anti españolismo bilioso del muy hispano, cristiano,  fraile dominico Servando. Portentos que ocurren en tiempos borrascosos.
            Y de repente, no sabemos cómo, se rompe el nudo gordiano, ya con don Porfirio, y por fin tenemos Historia Patria, y no tanto por las fuentes sino por la manera de contar la historia, de buscarle su principio, su camino, su destino. Casi inventarla a partir de muchos datos y monumentos, pero con gran voluntarismo.
Lo hace de repente Vicente Riva Palacio en México a través de los siglos y lo confirma luego Justo Sierra en la Evolución política del pueblo mexicano. No existe testimonio alguno sobre cómo nació y se consumó el prodigio. Lo único que sabemos es que después de la primera presidencia de Díaz, el presidente González no sabía qué hacer con el militar-político-periodista-artista-novelista-superprócer Riva Palacio. Lo veía (y supongo que también don Porfirio, quien terminó por desterrarlo con un gran puesto diplomático en España) como peligro y gran estorbo. Entonces se le ocurrió encargarle que escribiera una historia, pero iba a ser la historia partidaria de las guerras de Reforma, la Intervención y el Imperio. Que se encerrara a estudiar el amenazante prócer y no quisiera disputarle la presidencia. Se trataba pues de una obra de encargo oficial, con el fin de mantener ocupado a un rival temible.
Pero poco después, ya con don Porfirio de regreso en la presidencia, nos encontramos con el portento de que ya teníamos Historia Patria. Aquel encargo oficial y partidista sobre el triunfo liberal se había convertido misteriosamente en una historia totalizadora de México, financiada súbitamente por un editor privado, Ballescá. Finanzas algo sospechosas pues se trató de una inversión  muy cuantiosa, que convocó a infinidad de historiadores, investigadores, ayudantes, dibujantes, escritores. Casi un ministerio de cultura o de propaganda. Se convocó a aportar datos a toda la burocracia nacional y a muchos curas y particulares.
            El título del libro compendia su programa y la mayor revolución historiográfica jamás vista en nuestro mapa: México a través de los siglos. Ese programa y esa revolución historiográfica consistieron en una coartada totalizante que desterraba los silencios, las épocas omitidas, prohibidas y borradas. Su historia prometía hablar de todo lo que hubiese ocurrido en el mapa a lo largo de los siglos, simplemente por haber ocurrido en el mapa durante todos los tiempos del tiempo. Era tramposa, enfática y demagógica la frase, desde luego, además de genialmente afortunada: No podía haber México antes de México, y por México se pensaba desde luego en el país independiente, que ulteriormente irradiaba su nombre hasta la prehistoria. Los mamuts no eran todavía México, pero había que nacionalizarlos.
            Aunque se aprecia en la dirección del libro, cuya composición fue encargada a varios especialistas, la nueva política de amplia reconciliación entre las facciones antaño enemigas, evidentemente priva la versión liberal, juarista e insurgente. Pero todo cabe. Este absoluto de inclusión explica por qué sigue siendo nuestra mayor obra historiográfica, por más que evidentemente esté superada en múltiples aspectos. Todo era Historia Patria. Nada estaría fuera: todo lo que hubiese ocurrido en el mapa alguna vez.
            Y había otro truco, elemental, casi infantil, fruto de la doctrina liberal del progreso. ¿Cómo dirimir los antagonismos, las contradicciones tan marcadas? La palabra mágica, el “ábrete sésamo” era el “a través de los siglos”, como metáfora de todo el tiempo en enjundioso crescendo. Aquí también había maña. Se postulaba un México en marcha, en progreso, que avanzaba, avanzaba siempre en ascenso… En consecuencia, no venían tanto al caso los pleitos entre épocas y civilizaciones: el nuevo dogma del Progreso a través del tiempo, ora sí que “a través de los siglos”, creaba un orden pacífico, una jerarquía que terminaba coronándose, por supuesto, con la época presente del auge porfiriano, y don Porfirio era el zenit del ascenso de México a través de tanta centuria.
            Los aztecas no serían inferiores en raza, cultura ni religión a los españoles, serían inferiores sólo en progreso, únicamente porque les había tocado vivir antes; y los teotihuacanos serían inferiores a los aztecas simplemente por haberlos precedido. A los españoles y criollos los favoreció el tiempo, a pesar del Santo Oficio, y tuvieron un estadio más avanzado. Pero los insurgentes y liberales tendrían la fortuna de ser posteriores, más modernos…
            La historia que nos cuenta Riva Palacio se tambalea un poco en la época independiente, pues aparte de las gestas de los héroes, llenas de pathos romántico, no fue para nada un tiempo más rico, próspero, pacífico ni saludable que los anteriores. La vida material estaba en bancarrota y las desgracias políticas y militares proliferaron: ahí, con truco literario, el aliento romántico, el culto al héroe, a la patria y a las promesas del futuro, oculta un tanto el paisaje desolador de la primera mitad del siglo XIX. De cualquier manera, según la teoría del progreso, supera a la colonial, pero será inferior a la de la Reforma, cuando se crean las instituciones y las leyes, la Constitución, el Estado, el progreso capitalista que, sin embargo, sólo vendría a florecer con don Porfirio.
            Sea como fuere, el gran libro de Riva Palacio acabó con las facciones enconadas, convocó a la unidad (llena de polémicas y rencillas laterales, pero ya no de exclusiones por principio), y creó un marco general que siguió siendo muy útil, así se reformaran muchos de sus asertos particulares, durante todo el siglo XX. Para Edmundo O’Gorman México a través de los siglos era la mayor hazaña de toda la historiografía mexicana por esta abolición de las exclusiones y por esta creación de un marco general, objetable, tramposo, si se quiere, pero útil y habitable. Adiós a la historiografía fratricida, excomulgadora.
            Pocos historiadores del siglo XX (salvo el excéntrico Vasconcelos) se negaron a esa convocatoria y pretendieron volver a una historia fundamentalmente facciosa, hispanista y cristiana en su caso. Sin embargo, el dogma del progreso resulta endeble, y podría ocurrir, por ejemplo, que Teotihuacan y las ciudades mayas en realidad hubiesen sido más progresistas que Tenochtitlan, a pesar de caer un poco atrás en la escala cronológica, y que el siglo XVIII hubiese sido más próspero y floreciente, en su mayor parte, que el siglo XIX.
              
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A partir sobre todo de los años sesenta del siglo XX, apareció en las mayores instituciones mexicanas dedicadas a la historia un revisionismo de la Historia Oficial, primero más o menos discreto o irónico, y posteriormente más enconado. O’Gorman, Cosío Villegas, Luis González. La Historia Patria de los liberales de la Reforma había devenido, en los años del auge del PRI, en una mera Historia Oficial concretada especialmente en los libros de texto de primaria, que coordinaba nada menos que el superescritor de la Revolución Mexicana: Martín Luis Guzmán. Para decirlo brutalmente, se había pasado de México a través de los siglos a “México a través de los sexenios”.
            Esta pugna revisionista de la historia oficial es más que una simple corrección positivista de datos, y que los revanchismos ya seculares entre las facciones políticas que, según los vuelcos de la fortuna electoral, quieren derribar a Hidalgo para reponer a Iturbide, o a Juárez para venerar a Maximiliano, o a Cuauhtémoc para sahumar a Cortés y así con todo el santoral. En realidad, se trata sobre todo de cambiar el relato un tanto provinciano, aislacionista, excéntrico para el gusto de algunos, y uniformar la historia mexicana con la historia global. Una historia nacional más occidentalizada, más cosmopolita, más acorde con la historia de otros países, especialmente de las grandes potencias occidentales.
            Este vuelco contra las historias nacionales particularistas parece prevalecer en todo el mundo. Y no tiene mucho caso jalarse los pelos sobre qué tanto se inventó o se aumentó en asuntos como el Pípila o los Niños Héroes. Todas las historias del mundo, incluyendo la norteamericana y las europeas, y las recientes de las guerras mundiales, tienen sus pípilas y sus niños héroes controvertibles. Juárez no resulta menos polémico que Lincoln, y buena parte de la discusión sobre Cortés también cabe para Julio César o Napoleón.
Lo que realmente ocurre es que el mexicano moderno, y esto ya desde hace muchas décadas, habita la aldea global, o el mundo globalizado, o ese populoso relato cotidiano de excesiva información sobre todas las partes del mundo. Tanto la vieja Historia Patria como la también caduca Historia Oficial ceden el paso a la Historia Global Instantánea, presente, momentánea, de los medios de información, las nuevas tecnologías y la forma estandarizada de vida mundial, aunque con desiguales niveles de bienestar y desarrollo.
            Y eso se nota en los relatos historiográficos de las últimas décadas, el intento de abandonar el particularismo regional, aislacionista, y sincronizarse con los noticieros mundiales de televisión o internet. Esta manera de globalizar la historia y la conciencia local es en realidad lo que priva en muchos de los relatos recientes que recuentan y reformulan la historia de México, más que una revisión cientificista de fuentes y argumentaciones.
            A mediados del siglo XIX se quejaba Altamirano de que a pesar de las hazañas insurgentes y liberales, la mayoría de los mexicanos, incluso los medianamente ilustrados, sabían mucho más de los detalles de la Virgen y los santos que de los héroes nacionales. A mediados del siglo XX, la prensa mexicana documentó que los estudiantes mexicanos de enseñanza media e incluso superior sabían más del Pato Donald o de los Beatles que de Juárez o de Zapata.
Lo mismo ocurre ahora con las figuras populares del entretenimiento y de la información globalizados. Y siento que ante esta fatalidad del presente mediático y tecnológico devorador, contundente, arrasador, se va reformulando la historiografía tradicional, hasta adecuarla a la pauta global. Se trata pues de contar una única historia mundial, con apenas aspectos decorativos y triviales en asuntos de tradición y memoria local.