sábado, 25 de octubre de 2008

MAESTROS EN PENUMBRA

Retratos con paisaje
Maestros en penumbra
por José Joaquín Blanco

ÉMILE ZOLA
Un siglo de rencor tenaz de aristócratas, burgueses y académicos dizque demócratas, religiosos, líricos, parnasianos o simbolistas, no ha hecho mella en esta prodigiosa novela de Zola: Germinal (nueva versión, de Mauro Armiño, en Obras selectas, Austral Summa, Madrid, 2002). Una especie de Ilíada, Las Troyanas o Las Bacantes de la clase obrera: los mineros del carbón hacia 1865. Su fuerza épica, su clamor trágico siguen frescos y aterradores. Los estetas y los profesores les hacen asco a sus novelas, como los burgueses de su tiempo llamaban “zolás” a sus bacinicas.
De nada sirve fastidiar con que el estilo de Zola no es muy pulido que digamos, pues precisamente se trata de escribir sobre analfabetos y miserables, al menos en Germinal (1885) y en La taberna; tampoco funciona reprocharle sus tesis naturalistas, que estrechas y caducas se pudren en sus ensayos o en otros de sus relatos, no en éste.
Los cuadros de la atroz miseria de Germinal alcanzan dimensiones de cataclismo, sin exageración alguna: simplemente son el retrato de la naturaleza humana en momentos de extrema desdicha, furor o miseria. Sus fealdades son verdaderas. Sus bestias humanas, verosímiles. Todo Revueltas ya está en Germinal, con túneles mojados y estrechos en la tierra, por donde alguien se arrastra en el fango, y sobre su espalda y su cabeza cruzan tropeles de ratas (Los errores), con rebaños humanos en apocalipsis (El luto humano). (Creí releer minuciosamente Germinal al ver en la tele las escenas del reciente desastre minero en Coahuila, con las explosiones de gas grisú en los túneles y los obreros sepultados en vida, mientras sus familias aúllan y se desgarran a las afueras de la mina. En 1885 Zola narró explosiones mineras ocurridas en Francia en 1865, que se repiten literalmente en México en el 2006.)
Los amores y odios ciegos y furibundos de los horrendos, de los deformados, de los muertos de hambre se revelan con toda claridad. Y entrañable y espeluznante patetismo. A diferencia de los rusos, no hay mucho misticismo, ni Dios ni lo sagrado, ni Cristos ni demonios, aunque sí algunos curas e iglesias superficiales, en estas masas de bestias humanas que no están conformadas por santos o perversos, sino por personas llevadas a tal degradación, odio, fealdad o desdicha por circunstancias meramente terrenas, objetivas.
Auque ya habla de La Internacional, y se asoman Marx y Bakunin, es muy anterior a la Revolución Soviética, de modo que escapa del endiosamiento de la ideología comunista. Simplemente a tales niveles de degradación, horror y desdicha corresponden tales explosiones sociales, personales. Un horror laico -un horror fascinado, como ante las matanzas de la Ilíada- ante las bestias humanas... que en su tiempo sin duda constituían más de la mitad de la población de los países ricos, y más del 80 ó 90 por ciento de los pobres.
A Émile Zola (1860-1902) le debemos obras mexicanas de Gamboa, Azuela y Revueltas, cuando menos... Los norteamericanos (Dreiser, Norris, incluso John Reed) le deben toda su literatura de crítica social de la primera mitad del siglo XX.
Pocas novelas tan poderosas como Germinal en la historia de la literatura de todos los tiempos. ¡A cuánto fue capaz de atreverse!

PAUL MORAND
Su desafortunada apuesta por el nazismo y por el gobierno de Vichy, del que fue embajador, hundió durante décadas la reputación de uno de los autores franceses más exitosos del siglo XX, Paul Morand (1888-1976), el gran cronista de la modernidad, el deporte, la energía y los viajes alrededor del mundo (incluyendo México), siempre con una elegancia de dandy letrado y cosmopolita, erudito y gourmet, mundano y estetizante.
Lanzado por Marcel Proust, quien prologó uno de sus primeros libros (Tendre stocks, 1921), este autor tan elegante como ultramoderno, realizó paralelamente brillantes carreras literarias, diplomáticas y periodísticas antes de la Segunda Guerra Mundial. Después de la guerra tuvo que exiliarse en Suiza; luego regresó a Francia, donde sobrevivió en una especie de prestigiosa oscuridad: perdonado pero marginado; finalmente (a los 80 años) ingresó en medio de cierto escándalo a la Academie Française en 1968. Nunca se le negó sin embargo beligerancia artística.
A su primera época corresponden textos que dieron la vuelta al mundo: La europa galante, Buda vivo, Magia negra, Campeones del mundo, París-Tombuctú, Journal d’un attaché d’ambassade, Ouvert la nuit, Fermé la nuit, Rococó, Los extravagantes, así como infinidad de crónicas de viaje. Durante su purgatorio de posguerra escribió textos más imaginativos y pulidos: Le dernier jour de l’Inquisition, Le flagelant de Séville, Hécate et ses chiens... Es autor de más de cien obras.
Ahora lo recuerdo con las tres novelas preciosas, extravagantes, bizarras, casi se diría propias de una “historia universal de la infamia”: Les écarts amoureux (Gallimard, 1974). Son reconstrucciones históricas de hechos tan pasmosos como crueles. La primera: “Un amateur de supplices” se solaza, con cierto sadismo espiritual, en uno de los episodios más tenebrosos de la ética de la humanidad: el autor de libros morales más estimado y famoso de todos los tiempos, Séneca, fue precisamente el preceptor de Nerón durante muchos años. Para quienes creen que la educación sirve para algo...
A partir sobre todo de los recuerdos de Tito Livio, Morand recrea el personaje frívolo-en-la-crueldad de Nerón, pues lo que lo particulariza en la historia y ha escandalizado a la posteridad no es tanto su crueldad, común a otros emperadores romanos, sino que se sintiera un artista de la crueldad, un imaginativo de los suplicios y las torturas, un dandy del sadismo, cuya obra maestra sería no sólo ordenar la muerte de Séneca, su mentor, a quien obliga a suicidarse, sino además impedir y prohibir el suicidio de la viuda desconsolada. Quiere que sobreviva contra su voluntad al marido, para que siga sufriendo: “¡La condeno a vivir!”. Tito Livio anota que “ningún asesinato le fue más agradable a Nerón que el de Séneca”.
Las extravagancias y bufonerías de Nerón lo humanizan, casi lo vuelven pintoresco: un anticipo de los personajes de Sade. Se le celebra tanto su bizarrería que infinidad de gente le pone su nombre a sus perros. El haber sido mentor de tal monstruo -“por sus obras los conoceréis”- pareciera abolir la ética estoica de Séneca, quien quedaría así desmentido por su discípulo, por su “obra viva”. Advierto, sin embargo, cierta maligna tendencia cristiana a fastidiar a Séneca no sólo por su discípulo Nerón, sino por el torvo odio religioso, fanático, contra una ética atea (o al menos laica y pagana), el estoicismo, que así quedaría reducida a una mera retórica elegante y presuntuosa... que sólo produce nerones. ¿Pero el cristianismo no produjo las cruzadas?
Morand se burla a su gusto de Séneca. Nadie, sin embargo, puede olvidar que Montaigne y Quevedo, en cambio, entre un centenar de clásicos europeos, encontraron en él mayor inspiración moral que en la propia Biblia. Hoy en día las cartas y los tratados morales de Séneca siguen siendo los libros éticos más leídos en el mundo entero, a pesar de curas y nerones. Sospecho cierto estremecimiento autobiográfico en la burla que hace Morand del viejo profesor de ética, anciano y acabado, aterrado y avergonzado de su discípulo, de cuyo favor ha caído, y de quien no puede escapar: ¡Ah, el destino de los Intelectuales, de las Grandes Ideas!...
“Les Compagnons de la Femme” narra la vejez de tres seguidores franceses del saintsimonismo: un hombre paralítico y dos mujeres que sobreviven como hospederas y maestras de declamación, solfeo y buenas maneras en El Cairo, adonde habían llegado tres décadas atrás (la historia se narra hacia 1865) en busca de la Utopía, del hombre, la mujer y el amor libres; del Nuevo Oriente, la Diosa Madre y el Hombre Nuevo... Los ideales en sus ruinas.
“Le Château aventureux” traza la historia de dos enanas nacidas en la misma familia aristocrática italiana, con tres siglos de diferencia, y las diferentes maneras que encuentran los normales para aceptar a los “monstruos”. Para los enanos, un hombre de 1.80 ha de ser sacrificado con cierto ritual caníbal, pues “es un monstruo”. Con lujos de erudito y de anticuario, Morand dibuja una minuciosa, suntuosa, deslumbrante corte grotesca de enanos del siglo XVIII, con pinturas, poemas y leyendas que sólo hablan de enanos, y que postulan una especie de sacralidad del enanismo; un juego de humor de masacre.
Esta pesimista, decadente etapa final de Paul Morand acaso logre, incluso mejor que en sus relucientes, vigorosas, triunfantes obras de juventud y madurez, una prosa tan perfecta como armoniosa, tan clásica como elástica, elegante e imaginativa; tan hermosa y conmovedora como sadomasoquista. Sus propios suplicios intelectuales y artísticos de perdedor-de-conciencia.

GEORGES DUHAMEL
No hay novela en Confesión de medianoche (1920; Sociedad Mexicana de Ediciones, 1945) del novelista “humanista” Georges Duhamel (1884-1966): un mero monólogo desesperado de un hombre mediocre o vacío a quien no le pasa mayor cosa, salvo que se desprecia y odia a sí mismo exageradamente. Un escribiente que pierde su empleo por una tontería que ni él ni su autor logran explicar, pero que tampoco se queda en la total miseria, ni hace gran daño a los demás. Mera mediocridad oscura, pasiva, rencorosa, que se odia a sí misma con excesivas severidad y solemnidad. No hay anécdota, sino una caprichosa introspección altisonante.
El tema ya existía en Melville y Dostoyevski, incuso en Balzac, y se corona en Kafka, Sartre y los existencialistas, de modo que es natural que ya se recuerde poco a Duhamel, a pesar de su obra caudalosa: “...si tengo el aire de un misántropo es porque amo demasiado a la humanidad”. No, que va: es por meras ociosidad, vanidad, falta de imaginación: ni estás sufriendo mucho ni te está pasando mayor cosa, podríamos decirle a Salavin, el protagonista; no te perdonas no ser Rastignac ni Rockefeller, y te concedes demasiada importancia con un monólogo pretencioso y sin peripecias de ciento cincuenta cuartillas. No te adornes con tanta flagelación inmerecida.
“Cortos son los años, pero los minutos son largos, y mi vida para mí sólo se compone con minutos”. Pues disfruta los minutos, hombre; o duérmete; qué manía de regañarte como si fueses criminal por el mero hecho de ser un escribiente mezquino y rencoroso de nada; no te está pasando mayor cosa...
Hay cierta crueldad gratuita de Duhamel al escribir con tanta amargura sobre casi nada: debió inventarse algún crimen, alguna farra, algún chiste, alguna aventurilla, para justificar el libro. La introspección desnuda exigiría mayor talento psicológico o prosístico. Duhamel no piensa ni escribe mal, pero la invención y la expresión parecen demasiado inferiores al tono de grandeur apocalíptica que pretende, y a final de cuentas se trata apenas de una variante de la “novela de la pobreza”, menos atroz sin duda que la campesina, la obrera, la de la crápula y el vagabundeo, pero que hiere más espiritualmente a sus víctimas porque se consideran, en cuanto letrados, dignos de mejor situación.
Buena parte del éxito que gozó en su tiempo puede deberse a la denuncia sentimental, melodramática casi, del infortunio de los ilustrados pobres, hombres con su bachillerato en humanidades, ciertas lecturas, acaso algún diploma universitario, que no encuentran otro destino que la miseria y la humillación del desempleo o del empleo ínfimo e inseguro como escribientes (ahora serían mecanógrafos o capturistas), oficinistas. Reconocían en Confesión de medianoche su desdicha. Pero entonces todavía no se conocía a Kafka, cuyo estilo seco, alegórico, antisentimental es aun más desolador. A ratos (capítulo XIII) Duhamel anticipa a Kafka: la agencia de escribientes de fajillas (etiquetas, membretes)...
Es de la generación de Romains, Larbaud, Chardonne, Ghéhenno, La Rochelle, Maurois, Morand, Mauriac, Bernanos, Cocteau, Giraudoux, Benoit, Cendrars, Jouhandeau, Paulhan y Martin du Gard: la primera postguerra (sus muertos: Apollinaire, Alain Fournier, Charles-Louis Philippe)... Toda esa generación de narradores -los poetas se cuecen aparte: Saint-John Perse, los surrealistas- aplastada por Proust, que apenas llega reponerse con Céline a través de una subversión total del género narrativo; luego Malraux, Leiris, Sartre. Camus, Yourcenar, Duras...
Me desagrada el humanismo o superhumanismo del Salavin de Duhamel, por suicida: un pobre hombre bastante decente, sano, joven y listo, pero opaco y mediocre, se exige la genialidad, el poder, la riqueza: ganas de desesperarse hasta darse un tiro, nomás por un capricho de vanidad de Superhombre:
“Un día, cuando yo acababa [de tocar en la flauta] un trozo que, a falta de talento, había ejecutado con muy buena voluntad y afición, Margarita levantó hacia mí sus ojos llenos de lágrimas. Me sentí trastornado ante los bellos ojos amortiguados de Margarita, a los cuales las lágrimas daban un brillo conmovedor y como infantil.
“Un hombre razonable hubiera pensado: 'He aquí el efecto de la música en un alma sentimental y delicada'. Yo me lo atribuí a mí mismo.
“Tomé mi sombrero y me fui a la calle. Sentía un indecible orgullo. No dudaba que me fuesen devueltos nuevos poderes. Experimentaba ese reflejo de mi alma en otra alma como señal cierta de predestinación. Murmuraba apretando entre dientes: '¡Soy alguien, alguien!’ Acabaríase por comprender que no soy un hombre como los demás'” (XVI).

JULIEN GREEN
Silenciosa y misteriosamente, Julien Green (1900-1998) se ha deslizado de la más alta estima crítica y de los sitios de best-seller mundial a una tenaz opacidad contemporánea. Todavía recuerdo, en los años sesenta, las versiones castellanas de varios de sus libros en los sitios de honor de los aparadores de las librerías mexicanas, que por entonces eran muchas y dignas, aunque pequeñas (no superbodegas de saldos y ofertones, ni banales estanterías de tiendas de autoservicio). Pequeñas y suficientes librerías en forma, donde nunca faltaban: Mont Cinère, Adrienne Mesurat (1927), Leviathan (1929), Moïra (1950), El malhechor (1959), Cada hombre en su noche (1960)... Los numerosos tomos (veinte o más) de su moroso Diario se conseguían en Livre de Poche (en ellos aprendí buena parte de mi francés).
Adolfo Bioy Casares lo consideraba el mejor de los escritores franceses en la época de Malraux, Céline, Sartre, Camus... Jorge Luis Borges situó Le voyageur sur la terre como una de las dos o tres tramas verdaderamente geniales del siglo veinte, al lado de las de Kafka...
Desde su explosiva aparición en los años veinte se distinguía como el escritor más original e intenso de la corriente de la nueva narrativa católica, que tanto escándalo hizo a mitades del siglo pasado. Más estimado que Mauriac o Bernanos. Sus personajes vivían la desesperanza de un mundo sin Dios con pesadillas acaso esquizoides o paranoicas que también parecían excelentes tramas fantásticas. El vacío de Dios, la culpa de la carne, el desierto de la existencia humana en un mundo laico y absurdo, sufridor.
Parte de su secreto provenía de su ascendencia escocesa, que intensificaba los estremecimientos calvinistas de la Culpa, y de su conocimiento de primera mano -era bilingüe- de los grandes narradores norteamericanos del siglo XIX: Hawthorne, Melville, Poe. El hombre como un exiliado en el mundo moderno, huérfano de Dios. Misticismo, desesperanza, intensidad casi macabra. Personajes presos de su propia fe religiosa en la que se encuentran tan incómodos y tan maltratados, siempre caminando a la condenación fatal en esta tierra y en el más allá. El infierno emocional de algunos de sus personajes tenía como clave no tan oculta la conciencia de sus tendencias homosexuales, pero adscritas a un Mal metafísico, absoluto. Su estilo reunía, en una mezcla feliz, el lirismo trascendente de la tradición francesa con la riqueza y la exactitud sajonas en el dibujo de tramas y personajes. Buena parte del sofoco macabro de sus relatos es el silencio que se imponen los personajes, su necesidad de callar sus pulsiones y sólo refractar enigmáticamente su angustia.
En El otro sueño (Buenos Aires, Tirso) encontramos sus familias pequeñoburguesas negadas a la vida, aterradas de existir, que buscan asideros en las costumbres y ritos mediocres y rutinarios de una decencia añeja y hueca. Decentes parientes que se odian entredientes todo el santo día. Todo es Mal para ellos: el placer, el pensamiento, la aventura, la imaginación. Departamentos parisinos y casas campestres como cárceles.
Esas familias producen chicos y muchachas frágiles, irreales, quebradizos, fatalmente atraídos por seres y escenas sólidas, reales, rudas, hasta salvajes y criminales. No hay puertas a la dicha ni a la libertad.
Podrá estudiarse el mundo de Julien Green desde las perspectivas de la decadencia de la pequeñoburguesía francesa, del catolicismo, de la moral católica de principios del siglo XX, de la pobreza y del hartazgo del mundo que produjo la Primera Guerra Mundial. Pero esos personajes tan frágiles y quebradizos como alucinados, desesperados y deseosos de experiencias fatales, también parecen atribulados fantasmas en un mundo hoscamente real. De modo que no estaban desencaminados Borges y Bioy Casares al ver el mundo de las novelas de Julien Green (que otros llaman “sicótico”, “reprimido”, “decadente”, “enfermo”) como una variedad, particularmente hipersensible, delirada, de las fábulas de fantasmas y seres imaginarios:
“Por singular ley de mi espíritu, ciertas realidades sólo me parecen verdaderas si lo fantástico las exagera. Así, en este extraño decorado, los personajes con que poblaba mi soledad adquirían un tamaño desusado, como si afirmaran con mayor fuerza la verdad de su existencia. El recuerdo de mis padres me los hizo ver, de pronto, y en alguna parte, en las profundidades de la noche, sentados a la mesa de no sé qué fúnebre banquete, mi padre con un agujero en la sien, mi madre, los ojos cerrados como una sonámbula. Sus manos simulaban llevar alimentos a la boca y vi que mi padre alcanzaba la sal a mi madre con interminable ademán. Tanta solemnidad en sus semblantes los hubiera hecho tomar por dioses, de no haber sabido que ese espectáculo era la prueba e ilustración de su muerte”.

RAYMOND QUENEAU
Zazie dans le métro (1959), de Raymond Queneau (1903-1976): prodigiosamente divertida y fresca después de medio siglo.
Es desde luego intraducible -por sus juegos de palabras y su coloquialismo parisino “años cincuenta”-, pero resulta curioso cómo sobrevive en buena medida a pesar de las chusquísimas traducciones españolas (tengo dos: Plaza y Janés y Alfaguara), en las que académicos asnales se hacen los regionalistas, los parlanchines y los ingeniosos automáticos. A ratos es más difícil entender el “español” de sus traductores que el français parlé de Queneau.
Cortázar en la médula, y Cabrera Infante (los “ejercicios de estilo”) y José Agustín superficialmente (sobre todo en De perfil y algunos cuentos tempranos), sólo se explican “a partir de Zazie”.
Las bufonerías de filólogo, la chacota del lenguaje (principalmente la ridiculización de frases hechas, de adjetivaciones manidas, de términos solemnes), libran toda la batalla, pues ni la anécdota ni los personajes ofrecen consistencia ni interés particulares, sobre todo en el último tramo -a partir de la aparición del policía como asaltante nocturno de la mujer de Gabriel, cuando ya queda claro que todo es un mero sainete de disfraces y travestismos y que la historia importa un cuerno: que sólo se trata de una comedia de pastelazos. Una manera muy erudita de imitar los cómics a través de la literatura de vanguardia.
Muy fechada e inocentona, en el fondo, pero todavía divertida, al menos para quienes todavía podemos imaginarnos a un París (o a un DF, en José Agustín) de los años cincuenta o sesenta del siglo XX, con toda su parafernalia elemental y prehistórica (disfraces, sifonazos, parroquianos inocentonamente hilarantes con loro a cuestas, pubertas que se hacen impunemente las terribles -no hay sexo ni droga todavía: pubertas pueriles-; zapateros remendones callejeros, policías en bici y con silbato, gigantones que puedan causar sensación con solo vestirse de manolas o con tutú).
El mejor equivalente castellano es el juego verbal de Cortázar o Cabrera Infante; sospecho que las traducciones son inabordables de tan regionalistas, castellanizadoras y chistosillas; resulta chusco que personajes netamente parisinos hablen como baturros folklóricos, con gilipollas, moros y sapristis para todo.
En la traducción de Alfaguara, el lector ve “buat” y lleva tiempo sospechar que el traductor se refiere simplemente a una boîte; “bainait” es mera vida nocturna o by night. Cuando un parisino insulta a otro, supuestamente le dice: “búscate un moro que te la meta”.
Desde luego, un latinoamericano habría caído en lo mismo al traducir el coloquialismo parisino a su regionalismo particular, pero la arrogancia verbal de los españoles es más abundante, chusca y fallida que la de cualquier marciano. Habría sido necesario buscar coloquialismos menos particulares y coloridos -si se toma uno el trabajo los encuentra: existe el castellano internacional, con autoridades clásicas, dirían Reyes y Borges- y que se apliquen pertinentemente a un personaje francés, no sólo al tocino ibérico.
Le echan a perder las tres cuartas partes de sus chistes a Queneau -sobre todo porque resultan ininteligibles: de aquí a que uno descifra al chusco traductor...-, pero una cuarta parte sobrevive a la facundia y estupidez de sus castizos traductores.
Y lo mismo podría decirse de las traducciones españolas corrientes de la Ilíada... Hasta Pallas Atenea suena a chulapona de zarzuela.

3 comentarios:

Nayar Rivera dijo...

De aquí es de donde vienen los resurgimientos y las regurgitaciones generacionales, supongo, pero hasta que no vine, vi y leí, no lo entendí...

José Joaquín Blanco dijo...

Algo así... Hay algunas obras que resisten al paso de la "actualidad", je... Un abrazo...

Manuel Torcuato dijo...

Pues estoy leyendo las "Confesiones a medianoche" de Duhamel y me parece un gran texto sobre la neurosis, de los mejores que he leído. A la altura de "Araceli" de Elsa Morante en cuanto a la calidad descriptiva de esa desgraciada condición, pero mucho más ameno.
Creo que, efectivamente, aquel que haya tenido la suerte de estar libre de la neurosis, todo este autoflagelamiento le parezca absurdo. Y sin duda lo es, y también pegajoso, real, omnipresente. Una relato psicológico lleno de verdad, en un género que se presta tanto a la fantasía y a inventarse locuras que no existen.
Nada, solo quería que se oyera una opinión que disiente de la suya.
Un saludo.