domingo, 14 de diciembre de 2008

La novela mexicana 1978-2007. Comentario a la encuesta de Nexos.

LA NOVELA MEXICANA EN LAS DÉCADAS DEL ENTRETENIMIENTO PURO
por José Joaquín Blanco

A la memoria de Alejandro Meneses
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Los géneros artísticos y literarios suelen ser entidades supersticiosas, menos producto del arte o de la literatura que de la política, del mercado o de la academia; y hasta del mero desvarío: v. gr.: el “arte conceptual”, ¡como si existiera alguna expresión -incluso un mero chiflido- desprovisto de concepto!
Lo único que existe en literatura son textos (y hasta rollos meramente orales). Ése es el único género real: los textos. Que no tienen por qué ser más o menos inspirados, más o menos útiles, más o menos cultos o bellos, por expresarse en verso, prosa o diálogos; o por ocuparse de tales o cuáles asuntos, o con tales o cuáles estrategias. La literatura puede (o no) saltar por cualquier parte.
Rescato una anécdota de mis años escolares: En la hermosa y renovadora novela española El Jarama (1956), de Rafael Sánchez Ferlosio, fueron muy celebrados, incluso más que la obra misma, su arranque y su cierre enigmáticos: breves estampas de paisaje, entrecomilladas y anónimas. Se las consideró trucos o caprichos de autor. Eran citas (que nadie descubrió), y el autor tuvo azorada y honradamente que explicar en una “nota a la sexta edición” (Ediciones Destino), que se trataba de meras descripciones geográficas escritas por un científico de buena pluma un siglo atrás: el profesor Casiano de Prado en su Descripción física y geográfica de la Provincia de Madrid (1864).
En épocas no demasiado remotas la épica, la oda, la fábula y el apólogo, la parábola, el epitalamio y los sermones o discursos, los oratorios y las plegarias, los memoriales y las doctrinas (y hasta los laberintos, acrósticos, anagramas y palíndromos) eran más reputados que cualquier otro tipo de escritos.
O bien los ensayos o artículos “ilustrados” sobre asuntos útiles a la comunidad y dirigidos al Bien Común (v. gr.: Feijoo, Alzate, Bartolache, Lizardi, Larra, Mesonero, El Nigromante) constituían la Cumbre Literaria. Alguna vez la mejor literatura mundial se llamó Las vidas de los poetas, Cartas inglesas, Diccionario Filosófico, Enciclopedia, Teatro Crítico Universal; y entre nosotros: Revistas de Literatura, Mercurio Volante... Eran prosa miscelánea, artículos. (Sus sucesores ahora se ven despreciados como relleno periodístico, aunque no suelen ser peores que las petulantes fotos, gráficas o monitos que los acompañan, lo único que en realidad importa a los cibereditores actuales).
Los dos últimos siglos han parecido menospreciar y hasta olvidar esos antiguos géneros, tan estimulados antes por la Corte, la Iglesia; los salones, los colegios y las universidades, la prensa, los clubs, la milicia; y ensalzar otros que no eran, pero para nada, tan estimados: la poesía, el relato (especialmente la novela) y el teatro. Diderot escribía muy en serio los artículos (que por lo demás muchas veces ni siquiera firmaba, ya que constituían literatura muy peligrosa), y sólo como simples guasa, vituperio o didactismo filantrópico, las novelas y los melodramas. Este auge de la Poesía, la Novela, el Teatro coincide con el crecimiento de la prensa popular y de las clases medias. De hecho, Altamirano consideraba la novela como un mero género didáctico para el público ignorante, inmaduro e incapaz de lecturas arduas; conforme ese público se elevara, el medio vulgar de la novela se volvería innecesario... Algo semejante podrá decirse del teatro y de la poesía anteriores al Modernismo. No resultaban pues “descuidados y superficiales” por torpeza o ignorancia de sus autores: simplemente no parecía necesario (ni útil) trabajarlos tanto como los estudios, los ensayos e incluso los artículos y los discursos.

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La poesía, la novela y el teatro modernos tenían no sólo estilo y aspiraciones diversas, sino que la propia sustancia difería: el realismo, el sentimentalismo, la confesión (incluso mentirosa) personal. Y la decisión de no ser meros juegos jocunda y evidentemente artificiosos, artísticos (como si lo habían sido las comedias y los autos españoles de los Siglos de Oro y las obras de Molière y Racine), sino “la vida misma”, o incluso algo-más-grande-que-la-propia-vida: La comedia humana, Oliver Twist, Los miserables, La leyenda de los siglos, Hojas de hierba, La guerra y la paz, Los hermanos Karamazov, Los Rougon-Macquart, En busca del tiempo perdido...
De hecho, estos nuevos criterios de novela, teatro y poesía reprobaron modelos venerados durante siglos (como Ariosto, Tasso, Sannazaro; Rabelais, Jorge de Montemayor, Góngora, Lope) y reivindicaron obras censuradas o marginadas (sobre todo Cervantes y Shakespeare, frecuentemente mal entendidos, abanderaron esta nueva apreciación de las artes como calcas o magnificaciones de la Realidad, del Sentimiento, de la Confesión, de la Personalidad).
Desde finales del siglo XVIII un público creciente (en el que empezaba a preponderar la gente no demasiado rica, culta ni aristócrata -aunque tampoco tan pobre, tan ignorante ni tan desnombrada-; y entre ella, sobre todo las muchas mujeres recientemente semiempancipadas y semialfabetizadas, seguidoras de Madame de Stael y de George Sand), buscó en poemas, novelas y melodramas los alimentos espirituales y sensuales que antes se exigían a las doctrinas, las plegarias, los sermones, los memoriales, los epistolarios, los oratorios, la épica, las crónicas o historias, los ensayos y los tratados. El fenómeno añejo en todo el mundo, y sólo reciente en México, del boom de las mujeres como autoras exitosas, coincide con esta transformación de la cultura y del gusto digamos populares. (Nuestros encuestados, por cierto, no favorecieron ahora demasiado a las señoras.)
Un buen punto de flexión sería Voltaire (o Diderot, o Rousseau, o Goethe), en quienes advertimos todavía el culto privilegiado por los géneros añejos, a la vez que el inicio (a ratos receloso, guasón, indeciso) de los nuevos. Ahora pensamos en Voltaire sobre todo por sus cuentos, que son obra zumbona de vejez, y no tanto por su larga, valerosísima, inteligente, escritura de combate, “filosófica”, como se decía entonces (cuando la filosofía era más bien ideología o periodismo que arideces logarítmicas y logogríficas): lo seguimos leyendo sobre todo por sus ingeniosas diversiones narrativas, en las que ni siquiera nos importa ya tanto la sustancia teórica o la moraleja (como la crítica del optimismo de Leibniz en Cándido) cuanto su jocunda invención. Hay quien cree conocer bien todo Voltaire porque se rió bastante con Cándido... ¡que sin duda le resultó menos ingenioso e iconoclasta que Los Simpson!
Cuando le preguntaron a Adolfo Bioy Casares qué título libresco escogería, en el caso de que se le desterrara con sólo un autor a una isla desierta, respondió rápidamente: “Las Obras de Voltaire”. “¿Sólo Voltaire?” “Bueno, son 75 tomos”. Voltaire (o Goethe) como ejemplo señero de la copiosa literatura multiforme que se aboca a todos los géneros y no idolatra ninguno. A todas las escrituras. Textos.
A André Gide le pidieron que señalara “diez novelas francesas” para semejante exilio en la isla desierta, pero reportaron en la prensa que “los diez libros del mundo” que Gide se llevaría a la isla antológica serían esos. Protestó de inmediato: “Me pidieron sólo novelas francesas; en caso de escoger mis diez libros favoritos, ninguno sería novela... y sólo dos (Montaigne, Racine) serían franceses”.

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Estos tres nuevos géneros de impacto popular moderno: poesía, teatro, novela, desde un principio se encontraron en una situación conflictiva. O atendían a las ideas tradicionales del arte retórico y literario (para no hablar de imperativos estéticos), o atendían a su público “masivo” inevitablemente chirle. Algo así había ya ocurrido en el Renacimiento-Barroco (cuando Lope de Vega, por ejemplo, aconsejaba quebrantar todas las reglas del arte para agradar al “necio” e iracundo “español sentado” en un corral de comedias, cascando nueces).
Desde entonces encontramos la curiosa paradoja de novelistas, poetas y dramaturgos adrede, metódicamente, antiliterarios (quienes, sin embargo, también a ratos escribían “bien” para sí mismos, para los selectos -los happy few de Stendhal- o para la, je, posteridad), a fin de agradar y/o adoctrinar a su público.
Ya no un decálogo teórico, ya no paradigmas estéticos o filosóficos, sino una masa de lectores imponía la norma. Ya se insinuaba aquello de que “el cliente (o el lector, o el comprador de libros, o el editor, o el gerente de ventas) siempre tiene la razón”.
En estos tres géneros empezaron a competir las normas clásicas con la sensibilidad burguesa o popular; el conocimiento con el entretenimiento; el buen idioma con la amenidad episódica o el efectismo verbal. Empezó a ocurrir que los escritores más “eficaces” resultaban los peores en el sentido estético y aun retórico o académico. Flaubert atronaba contra la tontería de la “poesía” de Béranger... a la vez que fracasaba en sus intentonas de imitar a Alejandro Dumas hijo como dramaturgo popular: sus obras de teatro fracasaban en la escena.
En cada uno de esos tres géneros, sus autores más populares lanzaron sus gritos, a ratos destemplados, de radical independencia... a veces sumamente irónicos. Balzac y Hugo, autores tanto de la mejor como de la peor escritura de su tiempo, encontraban que la calidad de sus obras debía confrontarse con la prueba del público, y no siempre con las teorías ni con las retóricas. La novela, la poesía, el teatro no debían tanto ser Literatura -a final de cuentas la literatura es todo, absolutamente todo lo escrito-, sino principalmente eso: Novela, Poesía, Teatro efectivos.
Si había que insistir en efectos melodramáticos o truculentos, en sensiblería, en fatuidades y superfluidades, en chismes y boberas deliberadas; en trucos chuscos de mero entretenimiento bajo, en simplonerías y oportunismos, ¡pues bienvenido todo ello!: precisamente esos ingredientes hacían que la novela, la poesía y el teatro fueran eso: Novela, Poesía y Teatro reales, y no escritos ilegibles (e ileídos) para la mayor parte de la sociedad. El supuesto gusto del público.
Digo “supuesto” porque el público muchas veces ni idea tiene de lo que quiere: admite sólo lo que más se exhibe en el aparador, a falta de otra cosa: lo echa robóticamente a su carrito de súper y termina por tirarlo a la basura. Habría que revisar, en cualquier parte del mundo, el tenebroso destino, a muy pocos años y aun a meses de distancia, del 90 por ciento de los bestsellers y de las novelas laureadas, del hit-parade de las canciones; de las telenovelas y reality shows de gran rating; de los óscares, goyas y arieles... y de los candidatos electorales anodinos que de repente “llenan plazas”, je, en sus mítines y “avanzan” en las encuestas.
Desde entonces, y hasta la fecha, tales autores (y compositores, dramaturgos, cineastas) tienen una sola Crítica Fidedigna: su cuenta de banco. Aunque la vanidad, como la carne, siga siendo débil, y alguna vez asistimos al desfiguro de una autora sumamente exitosa, Laura Esquivel, que pretendió “poner en su sitio”, así: de literata a literato, en la revista Proceso, a un autor que, pobrecito, no vendía tanto: nada menos que Juan José Arreola. Las ganzúas del éxito comercial por lo visto no abren todas las puertas. Pobres ganzúas. Pero ni falta que les hace. Y al revés, el valor estético e intelectual incuestionable de los escritos de Arreola no impidió que su lanzamiento como Estrella-letrada-de-televisión resultara más bien patético.
Desde luego, siempre hubo pequeñas tribus inconformes que insistían en la pureza y el rigor de su arte. No siempre han logrado su ambicionada victoria póstuma. Sólo en muy contados casos el nuevo público ha abolido el gusto del viejo, y ha conferido a los Desdeñados una reivindicada popularidad extemporánea. La mayoría de los dandys exquisitos también resultaron muy malos escritores. Hasta peores (amaneramiento, pedantería, extravagancia, esoteria). La mera aspiración a la pureza, a la exquisitez, a la extravagancia y al no-éxito tampoco aporta garantía alguna. Lo más frecuente y saludable es olvidar tanto a los exitosos como a los desdeñados. Perduran poquitos y no siempre los mejores: también la posteridad será municipal y espesa. Ninguna generación soporta una Babel de antiguallas.

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Emancipadas, prepotentes, la Novela, la Poesía y el Teatro -para enmayuscularse- dieron por burlarse y odiar a la Literatura con mayúscula, que quedaba así como ociosidad de críticos y “retores” (término de Alfonso Reyes). Entre menos literato fuese, más ganaba un autor como Novelista, Poeta y Dramaturgo. Al diablo pues la Literatura. Borges le dijo a Bioy: “Las novelas son para entretener, pero sólo indirectamente vinculan a su autor con el resto de la literatura” (Bioy Casares: Borges, Buenos Aires, Ediciones Destino, 2006, p. 187).
La novela era pues mucho más que la mera literatura: era en ella misma una nueva realidad cultural, era La Novela. La Gran Novela. The Great American Novel. La Gran Novela de Singuilucan. Y lo mismo La Poesía (que acaso empezó a decaer sobre todo por la competencia de los diversos tipos de canción industrial o comercial de los cabarets, la radio, los discos) y el teatro (que dejó de ser arte efusivo de muchedumbres con la aparición del cine). ¿Cómo iba Lugones a competir con los letristas de tangos? ¿Cómo podría competir Pellicer con los letristas de boleros? ¿Qué poeta moderno podía aspirar -en cuanto gusto popular- a codearse con los Beatles, con los Rollings?
Seguimos en esta misma situación en buena parte del mundo, aunque se diría que todo el peso de esta nueva no-literatura ya no recae tanto en la poesía o el teatro -que han dejado de ser muy populares desde hace décadas-, sino exclusivamente en la Novela. ¡Oh, los bestsellers, los laureados, los (auto)publicitados! La novela sería así no sólo la principal no-literatura, sino un más-allá-de-la-noliteratura, la Doradísima Noliteratura; y en todo caso lo que el gran público sí lee (o al menos, sí compra; y de lo que sí se habla en la tele). Lo que sí llega al carrito del súper.
-¿Eres escritor (o literato) y no escribes novelas? ¡Qué sinsentido! -apuntó, insidioso, Macufleto.
Repuso Chinchomón:
-Soy escritor y literato precisamente porque abomino de los novelones.
Aunque nuestra literatura moderna ofrece algunas novelas interesantes, hasta un puñado de títulos memorables en más de un sentido, no podríamos decir que México sea un país que se haya distinguido precisamente por sus novelas, ni siquiera en el mero ámbito ibérico (donde hubo algún Eça de Queiroz, algún Machado de Assis, algún Pérez Galdós, algún Leopoldo Alas “Clarín”). Nunca.
Sudamérica ya tenía sus diez o quince novelas superiores (digamos Amalia, de José Mármol; las novelas-en-verso sobre los gauchos, de las que el Martín Fierro, de José Hernández, sólo es la culminación; una notable abundancia de brasileños; María (Isaacs), Don Segundo Sombra (Güiraldes), La vorágine (Rivera), Doña Bárbara (Gallegos), etc., cuando en México se seguían considerando pomposamente, como “novelas nacionales”, según el paso de las modas, El Periquillo Sarniento, El Zarco, Santa, La vida inútil de Pito Pérez...
En novela, nuestro primer gran grito de guerra fue Los de abajo (1915), de Mariano Azuela, que gustó primero en el extranjero mientras parecía repugnar a los lectores locales; y que dio lugar a un divertido malentendido: se la utilizó, cuando su fama internacional ya era inescapable, para exaltar la Virilidad Revolucionaria contra los dizque “proustianos” Contemporáneos... ¡Precisamente los Contemporáneos fueron quienes dieron la lucha por Los de abajo en este país y hasta la llevaron pioneramente a la escena!
Sin embargo, el segundo gran grito de guerra, también detestado originalmente aquí y que hubo que admitir por su peso internacional, El águila y la serpiente (1928) y La sombra del caudillo (1929), de Martín Luis Guzmán, fue vilipendiado por algún desastroso miembro de ese mismo grupo (Ortiz de Montellano) como acaso un mero oportunismo libresco de la violencia y la demagogia...
De cualquier modo, no hubo buena crítica literaria nacional sobre las novelas de Azuela y Guzmán durante casi medio siglo (¿la hay ahora?): sus mejores críticos fueron (¿son?) extranjeros. No sé de ningún ensayo importante de Reyes, de Contemporáneos ni de Paz sobre ellos...
Los propios novelistas no se ponían de acuerdo. El mayor de todos, tanto por las dimensiones de su obra como por algunos (muchos) aciertos particulares, Mariano Azuela, pretendía que sólo importaban las novelas reputadas como pésimas o como no-novelas: defendió a capa y espada, contra medio mundo, Los bandidos de Río Frío, de Payno, un jocundo y descarado folletín; y llamó a José Vasconcelos, quien en rigor era más bien un político, un ideólogo o mitólogo, un filósofo, un autobiógrafo, “nuestro mayor novelista” y a Ulises Criollo (1935) lo calificó como “nuestra mejor novela”. ¿Por qué a Proust le toleran los profes que novele su autobiografía y a Vasconcelos no?
A mediados del siglo XX, en la euforia y la demagogia del “nacionalismo revolucionario” (PRI), iniciada por el éxito internacional del muralismo, se pretendió que de la misma manera que había existido una “pintura de la revolución”, existía ya una “Novela de la Revolución Mexicana”. Se publicaron compilaciones de novelas “revolucionarias”; y hasta del cuento y del teatro “de la Revolución Mexicana”... Era un asunto obligatorio en la enseñanza de las letras en todas las escuelas del país desde, al menos, secundaria. Llegué a memorizar en la escuela “generaciones de narradores de la Revolución Mexicana” como genealogías bíblicas.
Al mismo tiempo, apareció un puñado de autores más estrictos en el sentido estético, que quisieron depurar de rusticidades un género de tal importancia política e introdujeron modernidades estilísticas europeas y norteamericanas; fueron acogidos con exaltación, por esta “sublimación estética”, modernizadora, del macabro género del relato de nuestras matanzas rancheras: Al filo del agua (1947) de Agustín Yáñez, Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo; y en menor medida, algunos títulos (injustamente postergados) de Mauricio Magdaleno y de José Revueltas.
Si una encuesta como la que ahora intenta NEXOS se hubiera hecho (algo se encontrará en las hemerotecas) en los años cincuenta o sesenta, sin duda las novelas de Yáñez y Rulfo habrían obtenido cifras contundentes; al canon de esas Dos Supernovelas Mexicanas acababan de sumarse La región más transparente (1958) y La muerte de Artemio Cruz (1962) de Carlos Fuentes. Épocas de relumbrón en que lucíamos todo un pókar de ases.

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Al parecer, el nuevo siglo es más escéptico y vario.
Falta, claro, el Gran Tema. Después del tema de la revolución, ¿hubo pintura mexicana? Después del tema de la revolución, ¿hay novela mexicana? (Hasta en la poesía se trató de uncir el asunto de la revolución, o al menos del patriotismo y del nacionalismo, a la obra de Ramón López Velarde.) Los estudiosos y los críticos dirán que sí la hay: que el arte siempre es otra cosa. El público dirá que no y que los críticos siempre rebuznan (cosa por lo demás frecuentemente comprobable). Temas supletorios como la modernidad y luego la “postmodernidad”; el urbanismo, el feminismo, la marginalidad, la crisis, el crack, el desierto, la frontera, la emigración a Estados Unidos, no han logrado aún mayor resonancia novelística. Ha corrido acaso con mejor suerte el regreso a épocas anteriores a la revolución: el imperio, el santannismo, el iturbidismo, el virreinato...
El estremecimiento nacional (que, siempre hay que recordarlo: en principio tuvo como principal credencial el éxito extranjero; los reconocimos aquí porque afuera ya eran muy reconocidos) de Rivera y de Orozco; o de Azuela, Guzmán y Rulfo, no parece encontrar sucesores. (Tal vez, para saber cuáles son nuestras mejores, je, novelas recientes ¡habría que encuestar a estudiosos y lectores extranjeros!) Que, por favor, nos pasen el tip.
Pero sin la peculiaridad, excentricidad o pintoresquismo revolucionarios, sin ese toque espeluznante, nuestras tramas pudieran resultar al gusto ajeno, demasiado parecidas a las de cualquier parte del mundo. Cuando decae la pólvora decae el mexicanismo internacional y nuestros meros episodios novelados “sin pólvora” son los que asimismo se encuentran, más o menos, en muchos otros países rezagadones. “Con pólvora” también: narcos, mafiosos, caciques, guerrillas. De modo que resulta quimérico esperar mucho de las simples tramas, los episodios, las alusiones a la “vida real” y el color local.
Es un hecho que varias novelas mexicanas que lograron en estos treinta años atención internacional (Gringo viejo, de Carlos Fuentes; Morir en el Golfo y La guerra de Galio de Héctor Aguilar Camín; Como agua para chocolate, de Laura Esquivel; Tinísima, de Elena Poniatowska; Arráncame la vida, de Ángeles Mastretta; diversos títulos “negros” de Paco Ignacio Taibo II; Guerra en el paraíso, de Carlos Montemayor, etcétera) de algún modo seguían aludiendo a la revolución o a sus secuelas y paralelos (cristeros, indigenismo, cacicazgos, facciones de crimen-política, guerrilleros, los saldos de la revolución-hecha-gobierno).
Nuestra fácil peculiaridad temática ya está muy vista. Y ciertos sucesores temáticos: guerrilleros, narcos, caciques o pandilleros matones, Neotiranos Banderas, etcétera, todavía la imitan demasiado. Incluso el color local, el folklore, las costumbres exóticas, son famosas en medio mundo desde la época de Azuela (y de Payno). A la larga, el mero expediente de “novelar” la página roja o los expedientes de procuraduría ha resultado casi siempre banal.
La nueva vida dizque occidental, desarrollada, urbanizada, pequeñoburguesa, no ha logrado entre nosotros mejores historias que en otros países pobres o semipobres. A ratos hasta se antoja irónica la modernidad supersónica (“literatura del mal”, Nouvelle vague, antinovela, experimentales erotismos parisinos en Coyoacán, la Zona Rosa o la Condesa, narrativa urbana) de ciertas novelas y películas clasemedieras -sus, je, “hipogeos secretos”- de los años sesenta y setenta... Who is afraid of Tajimara?
En buena hora. Conformamos un país más vario y complejo. No sería raro que la ausencia de títulos “icónicos” recientes refleje simplemente nuestros enormes desórdenes y confusiones actuales. Nuestro pasmo ante el presente. Nuestra propia incredulidad ante nuestros propios días. ¿De veras estamos viviendo nomás todo esto, nomás en estos ruinosos, estancados panoramas? Y se abusa de cierta nostalgia poco convincente -es notable el obsesivo reciclaje de añejos personajes pintorescos-históricos en la “novela” reciente-, como la tele sigue abusando todos los domingos de tantas películas de Pedro Infante de hace más de cincuenta años. ¿Alguien andará escribiendo una “desmitificadora” novela sobre la Corregidora y sus recetas de cocina?
Y así como la poesía decayó en el fervor popular desde la muerte de Amado Nervo (cuyos mejores herederos, sugirió alguna vez José Emilio Pacheco, fueron Agustín Lara y los letristas de boleros), otras actividades artísticas que entremezclan la cultura y el entretenimiento, el arte y el mercado, la belleza y la ramplonería se advierten en un equilibrio inestable. Ni gustan tanto al público ni a las (ahora muy conjeturales) “minorías ilustradas”. Con estos ojos que han de roer los gusanos he visto a tribus de seminalfabetas tratar de descifrar misterios egipcios y mayas, a Séneca, el Pentateuco, el Apocalipsis y hasta a Hermes Trimegisto, los “evangelios” de Magdalena y de Judas; mientras sínodos de supercubiculares semidoctores pitagorizan sobre el El Santo, Chespirito, Chabelo y El Huracán Ramírez... Que dizque “sabiduría profunda”; que dizque “cultura popular”...
¿Para qué entonces una semiliteratura de superentretenimiento en la época del cine, del video, de los multimedia? ¡Ya existe el Entretenimiento Puro, sin dizque artes, sin dizque letras! Entrémosle sin miedo al entretenimiento-sin-más, al entretenimiento ponchis-ponchis. ¡No lo toques más, que así es el ponchis!
Sin embargo, tampoco han aparecido en estos años un gran cine, una gran televisión o una gran radio de entretenimiento-puro exitosos. Puras manipulaciones del mercado, olvidables al día (o al segundo) siguiente, y hasta de inmediato y por anticipado. Vaya usted a las tiendas de DVDs o a los beneméritos puestitos de clones de video: prevalecen las películas de El Santo. ¡Ni siquiera hemos logrado mayor éxito en la pornografía: seguimos prefiriendo las xxxxx extranjeras!
No se puede entonces argüir poco fervor nacional por la novela (o la poesía, o el teatro) nacionales en virtud del fervor nacional por nuevos géneros ya integralmente industriales, ya Entretenimiento-puro-supertecnológico-y-globalizado. Hasta llegaríamos a la paradoja de que, por el contrario, Xavier Villaurritia y Juan Rulfo nos resultan contemporáneos de los crooners Jorge Negrete y José Alfredo Jiménez.
También en cuanto Superentretenimiento lo mejor está en el pasado, ya medio siglo atrás -cónstatelo usted mismo de inmediato entre las ventas de los puestitos de clones de video o de música-: ¿de veras hemos producido -en cualquier género, por cualquier medio- algo que nos entretenga o nos divierta más que Ahí está el detalle, El baisano Jalil, El rey del barrio, Los tres huastecos -desde luego, sobran títulos de Pardavé, Cantinflas, Tin Tan y Pedro Infante para escoger-, El esqueleto de la señora Morales, Las señoritas Vivanco? ¿Hemos compuesto mejores canciones industriales -directitas para la radio y los discos- que las dizque “rancheras” de José Alfredo? (Nada menos ranchero que una canción “ranchera”: El “caballo blanco” de su corrido era un ford: José Alfredo compuso el corrido de su fordcito blanco... ¡para las disqueras, el cine, la radio y la tele!) ¿Nuestros corridos de narcos se comparan con los de Heraclio Bernal y los revolucionarios? ¿Alguna radionovela reciente -si es que todavía se usan- alcanza el empuje de la de Chucho el Roto? ¿Se ha inventado durante los últimos cincuenta años algún albur que no hubiesen usado Palillo o Resortes? La decadencia es la decadencia es la decadencia es la de...

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Quizás no estaría de más recordar, para el público más joven, que en los años cincuenta del siglo XX se decretó “la muerte de la novela” y que esa teoría devino dogma universal durante al menos dos décadas: años de las “antinovelas”, cuando Barthes señalaba que había antinovelas del siglo XIX, como Paludes (Gide); y podríamos añadir: del XVIII: Tristam Shandy (Sterne), Jacques el fatalista (Diderot); sin mayor contradicción mundial que la excentricidad del boom latinomericano (una alucinación que, al parecer, sigue privando en los novelistas bisoños).
Si creemos en el mercado, la novela goza de cabal salud, mientras que muchos de sus enterradores (especialmente europeos) vanguardistas se han desleído un tanto. En cambio, si comparamos el efecto en el público de los más importantes novelistas recientes con el de sus antecesores (Balzac, Dumas, Hugo, Dickens, Flaubert, Tolstoi, Dostoyevski, Mann, Proust) la veremos como un medio notoriamente disminuido (hubo -Those were the days!- sus excepciones: Carpentier, Onetti, Rulfo, Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa.)
Lo que no necesariamente representa una tragedia. Ante la aparición de nuevos medios de entretenimiento, diversión, didactismo y propaganda, la Novela, otrora Reina de la Cultura-Entretenimiento (épocas del romanticismo y del realismo) se ha dirigido a otros rumbos. Sea como fuere, la novela -pese a sus clamores mercadotécnicos y publicitarios, sus premios y becas, sus congresos- ha regresado a la odiada esfera artística de simples minorías librescas. ¡Bienvenida! Los ámbitos pequeños, exigentes, apasionados son más reales que las enormidades abstractas, virtuales o mercadotécnicas. Desde luego: las élites también disparatan.
Tal es mi primera lectura de esta encuesta, en la que aparecen favorecidas obras muy estimables (y generalmente reconocidas como tales desde su aparición) dentro de un conjunto muy heterogéneo. Pese a todo, hay una minoría de lectores y opinadores que gusta de la buena escritura, de la inteligencia y del humor fino. Creo empero que se ha olvidado demasiado a algunos autores que ya han muerto (Augusto Monterroso, Sergio Galindo y Jorge Ibargüengoita están notoriamente subrepresentados), o han callado; que llevan años sin hacer ruido. En esta digamos cultura-del-ruideral-puro, quien no se autopromociona a gritos todo el tiempo, ni vende ni es recordado. Ya decía Oscar Wilde que el desmemoriado público sólo recordaba la “última obra” de un autor... y si esa “última obra” apareció o se representó hace varios años, pues ya ni siquiera ésa.
También pudiera ocurrir que los clamorosos éxitos tempranos de ciertos autores opacaran a sus títulos posteriores: sería el caso del silencio que ahora parece cernirse en torno a los dueños de la narrativa mexicana de ayer: Carlos Fuentes, Elena Poniatowska y José Agustín, quienes empero siguen vigentes en todas las librerías.
La buena novela mexicana (es decir, la que se estima, la que se recuerda, ¿la que se relee?), desde hace ya un buen rato ha empezado a aspirar a otras cosas que a entretener. Y pese a la tramoya industrial, vuelve a acomodarse -y cada vez más- en el ámbito del arte (y de la retórica, y de la crítica), por minoritario y débil que luzca, y menos en los aparadores de los consensos populares o publicitarios. Los novelones ponchis-ponchis configuran una mera ganga de supermercado y su competencia verdadera no debe buscarse en otros libros, sino en los reality shows y en las telenovelas.
Muchas de las novelas recordadas en esta encuesta (y no sólo las más favorecidas por los votantes) muestran, en efecto, admirables logros intelectuales, verbales y estéticos. Variedad temática extrema. Pluralidad de tonos, de gustos, de ambientes, de caprichos... Ya no hay uno ni dos Méxicos, como se afirmaba hasta hace pocas décadas, sino innumerables panoramas... En varias priva la buena escritura. Buenas intenciones no nos faltan, pues... de aquellas con que se dice están empedrados los caminos del infierno y de otros sitios inconvenientes, pero más acogedores. Tampoco están ausentes ciertos disparates, ciertos caprichos.
Advierto, sin embargo, con la “sonrisa depravada” de López Velarde, la ausencia o el pobreteo de muchas novelas tan artificialmente ensalzadas en su momento, cual candidatos electorales de paja, en tanto bestsellers o joyces y prousts y manns y kafkas locales durante estas tres décadas; blofeadas: premiadas, becadas, bestsellereadas, congreseadas, tesineadas. Y que en su propio delirante sobregiro ególatra encontraron el camino más expedito a la nada. ¿La indiferencia y el olvido sólo se consiguen con cientos o miles de páginas? Con el aforismo (y desde luego, con el silencio) se los alcanza primero.
Alarma un poco cierto escepticismo de los encuestados al dispersar tanto sus preferencias: ¿De veras hubo tantas buenas novelas mexicanas recientes que de plano haya que enlistar docenas? ¡Más barato por docena! ¿O por el contrario, faltaron las verdaderamente convincentes o, je, “icónicas”? ¿O más bien, quienes fallaron en su gusto y su discernimiento fueron los votantes? ¿O -alternativa mucho más probable- todavía no nos llega del extranjero el tip y el reconocimiento tan necesarios? Incluso: ¿No nos habremos acostumbrado tanto a la idolatría que nos sentimos en plena orfandad sin dos o tres íconos dorados irrecusables ante los cuales unánimemente postrarnos?
¿Habría que concluir con que “novela mexicana” es una forma menor, bastante menor, del oxímoron? Sea como fuere, algunos de los autores más favorecidos en esta encuesta ya habían logrado obra y reconocimiento importantes en 1977 e incluso mucho antes: las preferencias actuales refrendan su tenaz trayectoria. Esto no es novedad; dos ejemplos: en 1890 el diario La República y en 1938 el diario El Nacional lanzaron encuestas sobre el más popular o el mejor poeta mexicano: en ambos casos prevalecieron los autores de mayor edad y más largamente establecidos, aunque de ninguna manera malos: Guillermo Prieto le ganó a Salvador Díaz Mirón ¡como poeta! en 1890; y Enrique González Martínez ¡a todos los Contemporáneos! en 1938 (hay en El río. Novela de caballerías de Luis Cardoza y Aragón, alguna confidencia socarrona al respecto). Más que una instantánea de sus días, tales encuestas fueron una constancia de preferencias largamente sedimentadas.
Creo que durante estas tres décadas han estado ajetreando las prensas al menos unos doscientos novelistas mexicanos, algunos con tres o cuatro tabicones por década. En 1977 ya se reconocía bastante, por ejemplo, a Jorge Aguilar Mora, a Homero Aridjis, a René Avilés Fabila, a Arturo Azuela, a Emilio Carballido, a Manuel Echeverría, a Salvador Elizondo, a Sergio Fernández, a Carlos Fuentes, a Sergio Galindo, a Juan García Ponce, a Ricardo Garibay, a Elena Garro, a Luis González de Alba, a Luisa Josefina Hernández, a Hugo Hiriart, a Jorge Ibargüengoitia, a José Agustín, a Vicente Leñero, a Eduardo Lizalde, a Jorge López Páez, a Héctor Manjarrez, a José Emilio Pacheco, a Fernando del Paso, a Sergio Pitol, a Elena Poniatowska, a Gustavo Sáinz, a Juan Tovar y a Josefina Vicens, entre otros.

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Acaso algunos autores que sólo empezaron a publicar sus principales títulos después de 1977 les parecieron a los encuestados demasiado “jóvenes” -aunque ya pasen de los cuarenta o cincuenta años (o incluso hayan fallecido), y hayan escrito varias novelas- al lado de aquéllos. Me escandaliza un tanto la poca atención -o la escasa memoria- que han recibido en esta encuesta novelas como El Vampiro de la Colonia Roma y En jirones (Zapata), Violeta-Perú y Éste era un gato (Ramos), Pasaban en silencio nuestros dioses y La madita pintura (Manjarrez) y La luz oblicua y Agosto y fuga (Villegas).
Existe la edad prócer o gagá de los homenajes. Pero también las modas (“eternidades virtuales”, ¿pero dónde está el límite de lo virtual?) y sobre todo la empatía generacional, viva y polémica, de los lectores de hoy de, digamos, Héctor Aguilar Camín, Sealtiel Alatriste, Guillermo Arriaga, Rosa Beltrán, Carmen Boullosa, Roberto Bravo, Agustín Cadena, José Rafael Calva, Federico Campbell, Marco Antonio Campos, Mauricio Carrera, Gonzalo Celorio, Joaquín Armando Chacón, Luis Humberto Crosthwaite, Olivier Debroise, José Dimayuga, Álvaro Enrigue, Laura Esquivel, Guillermo Fadanelli, Jesús Gardea, Sergio González Rodríguez, Mario González Suárez, Margo Glantz, Mario Huacuja, Vicente Herrasti, Bárbara Jacobs, Ethel Krauze, Hernán Lara Zavala, Patricia Laurent, Guadalupe Loaeza, David Martín del Campo, Ángeles Mastretta, Dante Medina, Élmer Mendoza, Alejandro Meneses, Silvia Molina, Carlos Montemayor, Ignacio Padilla, Jaime del Palacio, Pedro Ángel Palou, Eduardo Antonio Parra, José María Pérez Gay, Aline Petterson, Francisco Prieto, María Luisa Puga, Armando Ramírez, Rafael Ramírez Heredia, Agustín Ramos, Luis Arturo Ramos, Francisco Rebolledo, Cristina Rivera Garza, Bernardo Ruiz, Iván Ruiz Gazcón, Alberto Ruy Sánchez, Daniel Sada, Severino Salazar, Sara Sefchovich, Enrique Serna, Javier Sicilia, Ignacio Solares, Pablo Soler Frost, Paco Ignacio Taibo II, Gerardo de la Torre, David Toscana, Álvaro Uribe, Xavier Velasco, Paloma Villegas, Juan Villoro, Jorge Volpi, Heriberto Yepes, Luis Zapata... entre los muchos nombres que el lector encontrará o echará de menos en la larga nómina que arroja esta encuesta de NEXOS.
¿Y por qué desdeñar la larga, diversa e interesantísima colección de cuentistas que ha recopilado la editorial Joaquín Mortiz en sus varios tomos de antologías anuales? ¡Cuántas novelas parecen simples cuentos engordados adrede, como gansos! ¿Y los poemas, dramas, comedias, canciones, fábulas, apólogos, aforismos, máximas, caracteres, collages, parodias, imitaciones, tradiciones, prosas de humo, apuntes, sketches, crónicas, cosas vistas, cartones, aguafuertes, esperpentos, greguerías, cuadros de costumbres, ensayos, letrillas, cartas, diarios, memorias, diálogos... y los infinitos tenaces de la “varia lección” y la “varia invención”?
Varias “novelas” -incluso entre las más mencionadas- utilizan las latosas convenciones de trama, je, episodios, personajes y suspenso como simples pretextos para muy diversos juegos verbales: para una verdadera ensalada de géneros. Alguna dizque con metro. Se diría que lo mejor de ellas es precisamente ese juego verbal o textual (Lo No-novelístico, je), e incluso sus disparaderos ensayísticos. Sólo la babelización del término permite denominarlas “novelas”.
-¡Viva la Novela-total! -exclamó Macufleto-, celebrando Noticias del Imperio y Crónica de la intervención. (Sabemos de buena fuente, sin embargo, que Macufleto jamás terminó de leer ninguna de las dos. ¿Las comenzó? ¿Disertará en consecuencia sobre el noticioso “imperio del arte” en Del Paso, y sobre la cronicada “intervención francesa” de García Ponce?)
-Me gusta que los autores de El desfile del amor y de Las batallas en el desierto cultiven varios géneros -reviró Chinchomón.
El lector pudiera, a su vez, jugar a su propia encuesta personal, olvidándose un tanto de géneros, prestigios, éxitos y mercados: ¿qué textos mexicanos recientes le han parecido más inteligentes y mejor escritos; cuáles le han provocado nuevas preguntas y valoraciones frente a la realidad y frente a sí mismo; cuáles lo han mejorado; cuáles quiere conservar y releer pronto?
-¿De veras prevalecerían los novelones? -sugiere, insidioso, Chinchomón-. ¿Tengo que votar sólo digamos por las novelas de Fadanelli y no también por sus ensayos y cuentos? ¿No hay relato en su prosa discursiva; sus personajes narrativos no discursean? ¿No se puede, de una vez, Todo Fadanelli, Todo Zapata, Todo Aguilar Camín, Todo Pacheco, Todo Poniatowska, Todo López Páez...?
-Ya serían seis votos totalizadores -ripostó Macufleto.
-¿Y si en lugar de títulos les exorno capítulos numerados a los relatos, crónicas y prosas misceláneas de Luis Miguel Aguilar, de Rafael Pérez Gay y de Héctor de Mauleón, y las llamo “novelas”, no se vale? ¿De veras algunas “novelas” encomiadas se atienen a una forma o a una estructura más estrictas?... Y si a un ensayote se le antepone, lo que en realidad está implícito, “Menganito pensaba que...”, ¿no es ya, en rigor, toda una novela? Más que tramas, infinidad de “novelas”, ¿no se limitan a registrar biografías, anécdotas, opiniones, ires y venires, decires y pensares; y hasta lo no hecho, lo no dicho y lo no pensado: la corriente caótica del subconsciente y los sueños locos...? Esto de los géneros, como se ve, es todo un manicomio o al menos la casa del jabonero -prosiguió inalterable Chinchomón-. Echo de menos “Las peripecias, decires, berrinches y trepidaciones de Gil Galmés”... ¿Y entonces qué hago con las comedias (existen las novelas dialogadas) de José Dimayuga o con los blogs de Bernardo Jáuregui? ¡Uh, qué cuadrados! ¡Ya los quisiera ver etiquetando como novela o no-novela Los nombres de Cristo, de fray Luis de León (novela o no, una de las tres o cuatro cumbres de la prosa castellana de todos los tiempos); o ciertos relatos de Lope, de Quevedo o de Gracián; o Los sirgueros de la Virgen (Bramón), Los infortunios de Alonso Ramírez (Sigüenza y Góngora) o La portentosa vida de la muerte (Bolaño) y hasta el Nican mopohua (apariciones guadalupanas) dizque de Antonio Valeriano o de Miguel Sánchez (a vuestro gusto: partidarios de O’Gorman o De la Maza), ¡que, además, son mexicanas!
-Lo breve, si breve, ¡dos veces breve! -trepidaría Bustos Domecq-, aludiendo a Las batallas en el desierto y a Elsinore.
-¡Pero, por piedad: no les cuenten las palabras! -aconsejó Macufleto, conciliador y benévolo-. Hay manuales que dividen los géneros con meros criterios aritméticos: las novelas debieran presentar al menos digamos 300 mil caracteres, digamos unas 150 cuartillas! Estipulan que las obras menos palabreras serían meras nouvelles, récits, contes, short stories... pero no romans, novels.
-Nimia cuestión de manuales.

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Sólo quisiera añadir que si, salvo tres o cuatro casos, a mi gusto, se advierte cierta decadencia tanto en la novela como en la poesía y en el teatro contemporáneos, no se puede deber a la mera culpa de sus autores (que la tienen). Hay también complicidad de los lectores, que han degradado el oficio del lector; abdicado del entusiasmo, del gusto, de las exigencias y los estándares superiores, indispensables. Y confundido en sus lecturas lo pésimo con lo mediocre, lo mediocre y/o farolón con lo excelente, y hasta declarado simpaticón y folklórico lo chusco y lo baboso. Para no hablar de la no-lectura entre clasemedieros dizque ilustrados: ¡la tenaz no-lectura de los “letrados”!
Y sobre todo complicidad de la crítica literaria de varias décadas, que se ha entregado a la mera grilla y a la propaganda; al chismorreo y al cotorreo, al tráfico de favores recíprocos; a las perezas mafiosas y académicas, a la inanidad sonora de evacuar tesis, ponencias y tratados exclusivamente para el currículum y los puntajes de escalafones y “méritos académicos”.
Si en algunos géneros pudiera hablarse de cierta decadencia, en la crítica literaria tendríamos que declarar el derrumbe y la pérdida totales, de las que no escapa desde luego este artículo. Curiosamente, la poca buena crítica de la novela mexicana reciente la han escrito por lo general ¡los propios novelistas! Y lo mismo podría señalarse de la crítica de la poesía y del teatro.