martes, 1 de septiembre de 2020

LA BÚSQUEDA



LA BUSQUEDA





Mercedes llegó a una esquina.  Un señor esperaba la señal del semáforo para cruzar la calle.
--Perdone, ¿conoce usted a Juvenal Mendoza?
--¿Que qué?
El señor alzó los hombros y cruzó la calle. Mercedes llegó a otra esquina, donde un muchacho hojeaba una revista en un puesto de periódicos.
--Perdone, ¿conoce usted a Juvenal Mendoza?
--¿A Juvenal Mendoza?
--Sí, a Juvenal Mendoza.
--Oye cuate, ¿conoces tú a Juvenal Mendoza?  Ya lo ve, señora: aquí no conocemos a ningún Juvenal Mendoza.
--Muchas gracias.
Mercedes pasó con su niño en brazos frente a una iglesia que inevitablemente le recordó la de su pueblo, aquella vez que entró con Juvenal.  La iglesia estaba vacía y por las ventanas caían chorros de luz que le daban un color como de sueño.  Se fueron a hincar al comulgatorio y él, fingiendo la voz gangosa del cura, preguntó:
--Señorita Mercedes Rodríguez, ¿acepta usted por esposo al señor Juvenal Mendoza?
--¿Qué digo tú?
--Pues lo que quieras.
Se puso roja roja y, aparentando firmeza, contestó:
--Pues yo sí quiero.
--Señor Juvenal Mendoza, ¿acepta usted por esposa a la señorita Mercedes Rodríguez? --se preguntó Juvenal a sí mismo y se contestó de inmediato--: Sí, padre. --Y la besó largamente como en un final de película.
--Perdone, ¿conoce usted a Juvenal Mendoza?
--¿A un muchacho moreno, de 1.65 de estatura, flaco y como de veintidós años?
--Sí, a ése.
--¿Tiene los ojos negros, chiquitos; la nariz aguileña y un lunar en la mejilla, al lado izquierdo de la boca?
--No, Juvenal lo tiene al lado derecho.
--Entonces no lo conozco.
--Muchas gracias de todas maneras.
Siguió caminando con su niño en los brazos, preguntando en peluquerías, misceláneas, supermercados, librerías de viejo, hasta llegar a una fonda donde una matrona enorme gritaba a cocineras y galopinas que se apuraran con las verdolagas para la mesa 5 y el pollo al hongo para la 2.
--Perdone, ¿conoce usted a Juvenal Mendoza?
--No, mujer. ¡Eh tú, Francisca, talla bien esa cuchara, luego los clientes me vienen con reclamaciones!
--La estoy lavando bien, señora.
--Más te vale: una queja más y te echo fuera.
--Está bien, señora.
La fonda tenía un evidente aire provinciano, hasta lucía adornos de papel de china de muchos colores, como los que había en la plaza del pueblo de Mercedes cuando el Baile de la Independencia.  Después de gritar ¡Viva México! hasta enronquecer, empezó la fiesta.  Toda la gente bailó y bebió durante horas. Como a las tres y media de la madrugada Mercedes aceptó irse a dormir con Juvenal, pero el hermano de Mercedes, que ya se traía una buena borrachera, se dio cuenta y les salió al paso:
--Oye cabrón, ¿a dónde te llevas a mi hermana?
--Ella quiere irse a mi casa, compadre.
--Tú te la llevas y yo te rompo el hocico, hijo de la chingada.
--Pues nos lo rompemos de una vez.
--Como quieras, cabrón.
Pero el hermano de Mercedes no alcanzó a dar ni tres pasos. Se tropezó con una silla, o alguien le metió el pie, y fue a dar al suelo de bruces, bañado en cerveza. La gente rió, Juvenal tomó a Mercedes y se la llevó a su casa muy abrazada de la cintura.
--¿A quién me dijiste que buscabas?
--A Juvenal Mendoza, señora.
--¿A Juvenal Mendoza?  Oye viejo, ¿conoces tú a Juvenal Mendoza?
--¿Juvenal Mendoza? No, no me suena.
--Bueno, así se llamaba. Pero ahora puede decir que su nombre es Javier Solís o Jorge Negrete.
--¿Y por qué vienes a buscarlo aquí?
--Porque él me dijo que se venía a trabajar a México.
--¡Mujer! ¿Cómo esperas hallarlo en una ciudad tan grande sin saber su dirección?
--Pues buscándolo.
--¡Qué tonta eres, muchacha! ¿Y para qué quieres verlo?
--Para decirle que ya no me ande con habladas de que soy mula, porque ya le di un hijo.
--¡Válgame Dios! ¿Y siquiera es tu esposo?
--Nos íbamos a casar, pero luego me dejó para venirse a la capital, que a trabajar de peón en una obra. Y no me quiso traer porque dijo que para qué quería una vieja que no le daba hijos, que era como quien dice nada más un adorno.
--Vaya, vaya... ¿Y piensas dar con él?
--Pues como dice el dicho: El que busca encuentra.
--¡Pero no entre millones de personas!
--Quién quita...
--¡Válgame Dios! ¿Ya comiste, mujer?
--Anoche me regalaron un taco.
--¿Ni siquiera traes dinero?
--Apenas si ajusté para el pasaje.
--Bueno: Paulina, sírvele un poco de sopa a esta muchacha. Y a ver si hay algo de leche para el niño.
--Lala, mira que te está cotorreando nomás para comer de gorra.
--Tú cállate, cabrón, que si no me hubiera fajado las enaguas desde un principio, me habrías hecho la misma gracia. Y apúrate con la cuenta de la 3, en lugar de estar metiéndote en lo que no te importa.
--Está bien, está bien, pero no te enojes, Lala.
Como acróbatas de circo, las meseras repartían platillos y recogían trastes rápidamente, saltando entre las mesas atiborradas de empleadas y obreros que comían de prisa, pero sin dejar de llevar con los pies el ritmo de una canción de Sonia López que tocaba la sinfonola.
--¿Y cómo lo conociste?
--Juvenal era amigo de mi hermano. Al principio quería casarse conmigo, pero me dejó cuando se vino a México, que porque yo era una mula...
--Pinches hombres: ¿ya está lista esa cuenta de la 3, con un demonio?
--Cuando sentí que le iba a dar un hijo, pensé en buscarlo para decirle que ya no me anduviera echando calumnias.
La matrona le ofreció empleo en la fonda, mientras se hacía de algunos ahorros para continuar la búsqueda, pero Mercedes no quería perder tiempo, y siguió caminando y preguntando todo ese día. A la noche se sentó en una banca de un parque y esperó a que pasara algún muchacho, para preguntarle si conocía a Juvenal Mendoza. Al muchacho elegido, de no malos bigotes, no le sonó el nombre, pero le preguntó a su vez si ella conocía a Felipe González.
--¿Felipe González?  Así como Felipe González no, a Jesús González sí, en mi pueblo...
--Pues estás teniendo el gusto de platicar ahorita mismo con el meritito Felipe González --dijo el muchacho.
A Mercedes le gustó mucho la risa de Felipe, y sus dientes de oro y sus patillas, y unas botas vaqueras un tanto raspadas, y se fue a dormir con él a su cuartito de azotea. Era alegre y hasta cantaba un poquito, y se dedicaba a vender en abonos. A la mañana siguiente Felipe la invitó a que se quedara a vivir con él, pero Mercedes no podía perder tiempo.
Así que siguió caminando durante muchas semanas, preguntando a todas las personas con quienes se topaba si por casualidad conocían a Juvenal Mendoza.  Nadie sabía de ningún Juvenal Mendoza, hasta que se encontró a un grupo de albañiles que estaban comiendo en torno a un comal improvisado en mitad de un camellón:
--Perdonen, ¿conocen ustedes a Juvenal Mendoza?
--¡Oye, Juvenal, aquí te anda buscando una señora!
Juvenal estaba orinando junto a una barda. Se apuró, se sacudió, y volteó todavía sin terminar de cerrarse la bragueta.
--¡Meche, qué milagro!
--Ningún milagro. Te busqué por toda la ciudad para decirte que ya no me andes con habladas de que soy mula, porque aquí te traigo a tu hijo.
--¿Y nomás a eso veniste?
--Sí, nada más a eso.
--Bueno, es que se me ocurrió que ahora que dices que tienes un mi hijo, me ibas a pedir que nos casáramos y toda la cosa.
--No. Eso pensaba antes. Cuando empecé a buscarte me dije: "Quién quita y cuando vea a su hijo va a querer que nos casemos". Pero ya me acostumbré a buscarte. Te busco y te busco por toda la ciudad, y cuando tengo hambre voy a una fonda y pregunto: "Perdone, ¿conoce usted a Juvenal Mendoza?".  Nadie te conoce pero no me falta un taco. Lo mismo cuando necesito ropa, o zapatos, o dónde dormir. Así que ya te demostré que no soy mula y voy a seguirte buscando.
Los miraba con mucha atención un niño vestido de vaquero, con pistolas plateadas, estrella de sheriff y todo. Mercedes le preguntó si conocía a Juvenal Mendoza. No, no lo conocía, pero el niño en cambio conocía Alberto Suárez, que era cerrajero.
Mercedes le prometió que si en la amplia ciudad encontraba alguna vez a alguien que anduviera buscando a Alberto Suárez, lo mandaría primero a informarse con un niño vestido de sheriff. El niño estuvo de acuerdo y Mercedes se alejó con su bebé en los brazos.
--¡Oye Juvenal, si serás bestia! ¡La dejaste ir, y estaba re buena! --le reclamaron los albañiles.
Pero Juvenal no los escuchó porque estaba pensando en conseguirse un niño de brazos, y pasarse la vida preguntando por la ciudad si alguien conocía a Mercedes Rodríguez.    


sábado, 1 de agosto de 2020

LA BONDAD DEL HOMBRE LOBO


LA BONDAD DEL HOMBRE LOBO




En la vida del ingeniero no pasaba nada, ni siquiera la ingeniería: era, aunque ejecutivo, un empleado más.

     Durante los primeros años de su matrimonio, al menos su mujer estaba llena de noticias a la hora de la cena: las novedades de la reciente ama de casa y de cómo iban creciendo los niños, pero a cierta edad los niños ya no quisieron compartir sus secretos, ni le quedaba a la señora nada doméstico por descubrir, de modo que al ingeniero y a su esposa empezó a no pasarles absolutamente nada a lo largo de cenas inumerables, diarias, idénticas, frente a la monotonía de la televisión.

     Le echaron al cansancio la culpa de su aburrimiento atroz; la recíproca compasión hacia sus falsas fatigas fue algo parecido a una novedad, que no duró mucho; sin necesidad de confesárselo tuvieron que renunciar casi simultáneamente al truco: cada cual sabía que ambos estaban mintiendo, y al tedio vino a añadirse cierta embarazosa certidumbre de hipocresía y ridículo.

     Dejaron de quejarse de sus "extenuantes" jornadas y trataron de asumir su tranquilidad modesta, su hogar dulce, sus muchachos sanos y enigmáticos, su amor domesticado.

     Pero se volvía ya tan difícil que cada cual creyera que realmente estaba vivo, que era capaz de atraer al otro, y escalar no sólo la pasión fingida de las noches de amor sino aun las horas que pasaban juntos para nada, que asaltaron a la señora jaquecas verdaderas y mil y un síntomas de enfermedades imaginarias.
     Eso sí fue novedad, y el ingeniero se avivó y sintió reverdecer su amor por su esposa; lo atormentó el remordimiento de darle una vida aburrida, de haberla arrastrado en su propia monotonía melancólica, y se esforzó por distraerla, por sacarla más frecuentemente al teatro, al cine, a restoranes, a bailar --pero no surtió efecto duradero: tampoco afuera pasaba nada, y uno bostezaba y la otra tragaba tranquilizantes cada vez más fuertes.

     Apenas tenían más de treinta años y ya se sentían viviendo horas extras.

     La desdicha es la madre de la imaginación, y para salvar a su esposa y reanimar su vida familiar, ocurrió que el ingeniero dio por contar mentiras: jamás llegar a casa sin una noticia emocionante, que alargara la sobremesa, le provocara a su mujer orgullo, odio, celos, inquietud, algún sabor de victoria o derrota, y la pusiera a cavilar de tal modo, para aconsejar a su marido, que se le olvidaran las jaquecas y la hipocondria; los días se le hicieran pequeños, y llegara a la noche animosa y estimulada, pronta a recompensar, proteger, castigar, consolar al intrépido ingeniero, que tantas batallas libraba en el mundo ingrato, exterior y peligroso.

     El caso es que esta idea no fue tanto del propio ingeniero (a quien nunca se le ha ocurrido nada) sino de este subalterno borrachín y truculento, para servir a ustedes.

     Pero no le voy a disputar méritos a mi entonces jefe, que es además mi leal y viejo amigo, de esas almas de Dios con principios sólidos --como la lealtad y la amistad--, al grado de emplearme aun o precisamente cuando el trago, algunas anomalías contables y mi jocosa y desordenada vida me tenían en bancarrota, después de seis ceses sucesivos en otras tantas compañías.

     Vagamente recuerdo la mañana que me presenté completamente borracho en la oficina (no para escandalizar, sino porque era día de quincena y andaba sin un peso). La maledicencia de los colegas y las mecanógrafas contra mis costumbres, mi pereza y ciertos gastos de representación amparados por comprobantes de cabarets exóticos, se alzaron en clamor contra mí, y me habrían linchado si el ingeniero (es decir, mi amigo el Tololote) no se hubiera interpuesto súbitamente, en un acto de decisión que me dejó perplejo y todavía más borracho.

     No podía creerlo: ¡él, fajándose los pantalones!

     El, que a los trece años, estrella del equipo de futbol americano, aún no sabía que "eso" tenía otros usos que el de hacer pipí, y abrió tamaña bocota y los ojotes como para echarse a llorar, cuando me digné explicárselo en un instantáneo curso audiovisual que arrancó las carcajadas de toda la flota.

     --¡Orden, señores, señoritas! ¡A sus lugares! ¡Y que no se vuelva a hablar así de nuestro mejor elemento! Quince minutos de un hombre de talento benefician más a la empresa que años de trabajo rutinario.

     Y miró a sus subalternos con cierta majestad, como si él no tuviera nada qué ver con los "años de trabajo rutinario".

     La majestad le sentaba bien: es un hombre grande, esbelto, duro y la edad le va confiriendo cierto perfil de cónsul romano.

     Me hizo servir un café mientras arreglaba que me subieran la nómina, para no extender el escándalo por pasillos y escaleras.

     No lo probé. Llevaba mi anforita de bolsillo.
     Esa mañana el mundo estaba más borracho que yo, pues el ingeniero, el Tololote (también conocido en la escuela como el Babas), me aceptó un trago que debió despellejarle la garganta: tomaba rara vez, muy poco y muy bueno.

     --¿Qué no puedes tomar otra cosa? --me dijo.

     Alcé la vista e hice un ademán resignado.  El era la hormiguita con puesto ejecutivo, patrimonio, ahorros, familia; yo, la cigarra endeudada: hecho un desastre, resignado desde hacía años a mi destino de perdedor. Además, cualquier cosa emborracha.

     Me tomó del brazo y me sacó amablemente del edificio, como si me hubiera dado un vahído o un infarto.  Ya en la calle:

     --Te invito a almorzar, ¿qué se te antoja?

     --Unos tragos.

     Y de pronto estábamos en una cantina tempranera.

     Me obsesionaba lo que el Tololote había dicho en la oficina: me hacía recordar algo de la prepa, cuando él salía de clase como atarantado de tanto tomar en serio a los maestros, con un caos de datos y charlatanería en la cabeza, y me preguntaba humildemente si yo sí había entendido tal o cual cosa.

     Yo siempre entendía las dos o tres cosas que los maestros, a fuerza de repetirlas como si estuviesen ante deficientes mentales (lo estaban), terminaban embrollando por completo.

     Le explicaba al Tololote expeditamente lo fundamental, y él se pasaba las tardes estudiando y haciendo nuestras tareas: como salían parecidas, algunas veces lo acusaron de copiarme, y aguantaba la tormenta como los buenos, hasta con la creencia de que merecía el regaño: al fin y al cabo el despejado del grupo era yo y ¡claro! ¡claro! El Tololote seguía siendo incapaz de inventar nada.

     Una vez el maestro de física quiso hacer un examen en el pizarron, no para calificar los resultados (casi todos los alumnos se equivocaban; sólo el Tololote acertaba por él y por mí), sino el proceso de cada operación, y ver dónde demonios estaba nuestra dificultad ante esos problemas que, según decía, en Japón los resolvían los niños desde primaria.

     Pasaron dos o tres alumnos: sencillamente no tenían la menor idea; pasó el Tololote, y lenta y pulcramente llegó al resultado correcto, sin saltarse ninguna de las etapas archididácticas que señalaba el libro; pasé yo, que no sabía nada: recordaba cosas dispares, y con todo aplomo fui armando un quimérico laberinto del que los imbéciles compañeros se reían más y más a cada cifra.

     El profesor veía en silencio, con extrañeza; se puso los lentes, cotejó su registro; me dejó terminar cuando ya el salón era un pandemonium y yo llegaba a una fórmula monstruosa, gigantesca.

     --¡Orden, muchachos, señoritas! ¡A sus lugares! ¡Y que no se vuelva a hablar así de nuestro mejor alumno! ¿Creen que quien ha sacado tan buenas calificaciones no puede resolver un problema tan sencillo? Se equivocan: trató de volar por sí mismo, de inventar y no sólo de remedar como mona o perico lo que dice el libro. Tengo que reprobarte por esta vez, muchacho: no se logra el éxito en el primer intento, pero debes estar más orgulloso de esta mala nota que de un diez por tareas rutinarias.  Quince minutos de un hombre de talento benefician más a la patria que años de trabajo rutinario.  Sólo usando sus propias facultades e inventando sus propias soluciones podrán llegar a algo en la vida, como los japoneses. ¿Quién sigue?

     Y todos se lo creyeron, hasta el Tololote: me miraba como si en mí resplandeciera un héroe.

     --Lo que dijiste en la oficina, eso de los quince minutos del hombre de talento...

     --Ya se te olvidó hasta sumar --me respondió--, tengo que volver a hacer todos los días todo tu trabajo. ¿Qué te pasa? Siempre fuiste el más brillante, el mejor. ¿Qué te pasa?  ¿Quieres deshacer tu...?

     Yo no quería deshacer nada: mi vida estaba casi deshecha desde que éramos chamacos.

     Me decían el Hombre Lobo (en realidad la Zorra, pero yo soy quien cuenta la historia): era ya tan feo como ahora, aunque seguramente más chistoso, con el hocico entreabierto y los dientes amontonados; grasoso, panzón y pelos de púas, que lucía con desaseo como si nada me importara en este mundo.

     Dicen que a esa edad se tienen ideales: yo ya sabía que no se tenía ninguno, como no fuera el de domesticarse y prepararse largos años para oficinista de mayor o menor rango.

     Para nadie estaban "todas las oportunidades abiertas", salvo las concedidas desde el nacimiento a quienes no las iban a perder por malas calificaciones.

     Me dediqué a irla pasando y al reventón. Lo bailado, ¿quién me lo quita?

     Claro que desde muy pronto el irla pasando se vuelve cada vez más difícil y el reventón más melancólico.

     A los diecisiete años me sentía, era un Don Juan; hace unos meses, en cambio, en una de tantas madrugadas en que se termina sin más dinero que para pagar a una prostituta vieja y patibularia, pero con la exaltación suficiente para amar como en película porno en la oscuridad de un hotel de paso, el espejo del luminoso baño nos reflejó cuando nos lavábamos, y solté mi carcajada  licantrópica (la misma con que asustaba en la primaria a las niñas que insistían en apodarme Zorra y no Hombre Lobo):

     --¡Mira! --le dije--, ésos somos y todavía estamos haciéndonos pendejos con que "¡ay, qué rico, ay, ay!"

     La mujer se abatió, se descompuso más, y soltó el gag de la película:

     --Trabajo por necesidad, no para que me insulten.

     Pero ahora se trataba de que al pobre Tololote no le pasaba nada en la vida, y que podía arruinar su hogar si no le empezaban a pasar cosas que lo volvieran interesante ante su mujer, y a ella ante él, y estaba por echar los mismos lagrimones de aquella tarde, también en la prepa, en que me confesó que había oído pelear a sus padres: se decían cosas como monigote, boba, bueno para nada, ya estoy hasta aquí de aburrida, ¿y tú crees que la paso muy bien contigo?, si no fuera por el pobre muchacho, etcétera. Se divorciaron, y poco después se reconciliaron: a cierta edad ya no hay cambios para bien.

     El Tololote, buen hombre, carecía de ambiciones y estaba dispuesto a sacrificarse. Su vida había sido un continuo miedo a equivocarse y una temprana sospecha de que ya había cometido un error irreparable. ¿Cuándo? ¿Por qué?
     Le habían dicho que estudiara y estudió, que jugara y jugó, que se portara bien y se quedó quietecito, que la ingeniería era una carrera próspera y se graduó, que esa muchacha simpática de tan buena familia y se casó; si le hubieran sugerido que qué lindo ser misionero en Africa, allá lo tendríamos destruyendo ídolos y repartiendo caramelos.

     No había modo de pervertirlo: quería a su esposa; la solución de otras mujeres, descartada, lo que era desde luego involuntariamente sabio: después de cuatro o cinco aventuras, todas son la misma ¡y cómo se añora la primera!

     Ah, Tololote, Tololote, ni modo de cambiarte y además ¿ya para qué?: igual que de chamaco, cuando te negabas con humildad y hasta con vergüenza a ir a las parrandas o a fumar mota, como si fueras (lo eras) demasiado bobo para ello; o cuando admirabas nuestras fanfarronadas marxistas o impías como una ciencia demasiado alta para ti, y tu papel de Tololote consistía en sacar el domingo a pasear al perro, ir con tus papás a misa y comer con los abuelitos.

     Vienes a descubrir hasta los treinta y tantos años que, salvo desastres, nada pasa en esta vida, como hasta los trece supiste que "eso" hacía otras cosas, además de pipí.

     Tanto mejor desengañarse temprano, aunque en cierta medida te convino enterarte tarde: la única diferencia es andar desabrido con dinero o sin él, pero es toda la diferencia.  De modo que ya hiciste mucho dinero y estás protegido, pensé, y no te quejes.

     Mientras yo pensaba estas cosas, él me miraba con ansiedad como si yo estuviera a punto de dar con la fórmula secreta, como aquella vez que inventé la física en el pizarrón.

     Fue entonces cuando se nos ocurrió fabricar noticias imaginarias para "reactivar" su hogar y a su mujer.

     Nada más fácil ni más divertido.  Como el Tololote era hombre serio y responsable, no quedaba otro ámbito que la oficina. ¿Por qué no asignarles a cada uno de mis malquerientes colegas de la oficina un papel adverso o favorable en una biografía imaginaria del Tololote?

     --Cierra la boca, Tololote, es muy sencillo...

     Lo era: podíamos imaginar que la mitad de ellos eran sus enemigos, que intrigaban para quitarle el puesto y hasta para mandarlo a la cárcel, alterando, destruyendo o falsificando documentos y cálculos, de modo que sobre él recayera la culpa de varios desastres que se cernían sobre la empresa.

     No sabía --según iba a relatarle a su mujer-- desde cuándo se venía desarrollando la conjura, pero había tenido que detener obras en proceso al descubrir, por casualidad, un presupuesto evidentemente ridículo, y que a varios pedidos sencillamente no se les había dado trámite.

     Convenía empezar por ahí, un gran misterio, para ir, día con día, sospechando de Alanís o de Cifuentes, de la señorita Vila o del ingeniero Márquez.

     Por lo pronto, debía llegar ahora sí "extenuado" a casa, después de haber supuestamente revisado y rectificado toda la documentación de los últimos meses.

     Sus superiores, desde luego, estaban furiosos, le contaría a su mujer: lo acusaban de negligencia criminal y hasta de fraude.
     --Pero ¿Alanís? ¿Cifuentes? --objetó--. ¡Si son excelentes personas...!  ¡Y la pobre señorita Vila!

     La pobre señorita Vila era una arpía más chaparra que yo e incluso a mí me duplicaba el peso: estaba enamorada de las tortas con chipotle del estanquillo de abajo, y devoraba diariamente media docena que se hacía traer, una a una, por el ujier esquelético y entrecano.

     Cierta venganza contra la apostura un tanto angelical del ingeniero, me inspiró para pegoteársela de aliada en nuestras intrigas imaginarias, lo que indudablemente provocaría suspicacia y hasta celos en su mujer.

     Yo sabía, desde luego, que el Tololote era el peor actor del mundo, y me reía para mis adentros de sus grotescas improvisaciones de la mentira  --él, que siempre decía la verdad--, pero al fin y al cabo sólo las representaría ante su ingenua esposa (eso fue condición fundamental), que era otra Tololota a quien le dijeron que estudiara y estudió, que jugara y jugó, que ese muchacho formal de tan buena familia, y se casó.

     --A grandes males, grandes remedios --le dije, y no entendió, pero como se trataba de un refrán lo acató (el Tololote nunca sabe qué responder a un refrán), y con gran éxito.

     Su esposa se angustió durante las siguientes semanas: se imaginó a Alanís y a Cifuentes como gángsters de televisión, y al ingeniero Márquez, tan cortés, como un verdadero hipócrita.

     Se ofreció a acompañar a su marido para ayudarlo en la revisión de documentos y para arrancarle los ojos a Alanís; le propuso que renunciara al empleo, y ya trabajaría en otra cosa: ella sabía hacer pasteles riquísimos, ¿por qué no ponían un restorán?  ¿Por qué no acudía de inmediato a la policía?  ¿Y de veras, estaba tan seguro el Tololote de que la señorita Vila era de confiar?, porque había agentes dobles, como la Mata Hari...

     La emoción, la intriga, el peligro efectivamente devolvieron la vida a ese hogar.  Todos los días el ingeniero me contaba su representación de la cena anterior y recibía su nuevo rol dramático para la cena siguiente.

     Me divertí muchísimo el día del aniversario de la empresa, en el gran banquete de los funcionarios y los principales empleados con sus esposas: la Tololota repartía miradas de odio, de agradecimiento, de suspicacia, de desconfianza entre los compañeros de trabajo de su marido, que desde luego la notaron un poco rara, como nerviosa, ahí todo el tiempo haciendo caras.

     --Tenemos que terminar ya con esto --me dijo el ingeniero días después--; no sé de dónde saca mi mujer que la señorita Vila es el cerebro de todo, para seducirme o por despecho amoroso... ¡la pobre señorita Vila!

     Yo ya sabía que las mujeres hermosas (la Tololota es bellísima, aunque una total timidez la obligue a vestirse todavía como colegiala, con vestidos claros y ligeros, muy holgados) atribuyen una diabólica inteligencia  a las feas, y quien hubiera visto y oído qué tan estrepitosamente la señorita Vila sorbía el consomé de res y el tuétano de un gran hueso que arrebató del plato de Cifuentes, podría imaginarse cómo la Tololota presintió que esa gorda pretendía sorberse a su marido.

     --Hemos estado calumniando a gente inocente y mi mujer se ha vuelto una fiera...
     Tuvimos que improvisar un fin un poco ortodoxo para una trama de misterio, y como malos novelistas policiacos, sacarnos de la manga un personaje de último capítulo que sirviera de chivo expiatorio: un agente de la empresa competidora había sobornado a los veladores, etcétera, etcétera.

     Solo y contra todos, el ingeniero había resuelto y reparado los problemas.

     La noche en que llegó a cenar a su casa, después de un supuesto juicio ante el Consejo de Administración, le dijo a su esposa: "Los vencí, los hice polvo"; bueno, es una noche que me debes, Tololote.

     Después del relativo éxito de mi farsa, ya no quedaba mucho qué hacer en la oficina y renuncié, porque al fin me había ganado un ideal: el de hacerme de dinero rápidamente, para seguir con mis vicios sin parecerle a nadie un sujeto desdichado.

     Omito el rubro de tal actividad, no por miedo a los soplones, que nunca leen, sino para evitar que a algún posible lector desempleado se le ocurra hacerme competencia.

     De modo que yo estaba muy quitado de la pena y sumido en un mundo semihamponesco, en el que pasan demasiadas cosas a cada minuto, cuando recibí, meses después de nuestro precipitado y chirle desenlace detectivesco, la visita del ingeniero.  Estaba furioso, fuera de sí, y tuve que dar gracias al cielo de que los ángeles no usaran pistolas. Prácticamente me asaltó y sus manotas me zarandearon por los hombros, como si estuvieran desarmando una silla (en la prepa el Tololote me llevaba 25 cm; cuando se graduó, 35).

     --¿Qué pinches ideas le has ido a meter en la cabeza a mi mujer?

     --¿Yo?

     Nuevos acontecimientos se habían precipitado sobre las tranquilas sobremesas nocturnas del hogar del ingeniero, tan aseado, ordenado, bien abastecido y modestamente confortable: una casa de muñecas de una chica bien comportada, pues.

     --No la he visto; no he sabido nada de ella desde el banquete de tu compañía.

     Me creyó: por esta vez acertó; me atareaban demasiadas preocupaciones como para perder el tiempo en el hastío de la vida de los Tololotes.

     Se dejó caer sobre el nuevo sillón de mi nuevo departamento y se llevó las manotas a la cara.

     --¡Se está vengando de mí!  Alguien se lo contó todo y me está pagando con la misma moneda.

     Se tardó dos o tres horas en aclarar sus propios pensamientos y en informarme mínimamente de lo ocurrido.

     Tuve que aceptar que a veces la torpe realidad imita a los genios, aunque con excesos de realismo y de parlamentos cursis o truculentos que una imaginación brillante jamás permitiría. ¡A la Tololota le estaban ocurriendo cosas, y se las contaba al marido en la cena!

     Se trataba de un vulgar y cotidiano robo: unos ladrones se habían introducido en plena mañana de día laboral al condominio de arriba, dijo, y habían escapado con gran botín en cosa de segundos.

     El vecino agraviado oyó ruidos cuando llegó a su casa y trató en vano de abrir la puerta, atrancada por dentro, continuó la Tololota. Cuando logró derribarla (exceso de realismo, digo yo: además de perder lo robado, tendrá que reponer o restaurar la puerta: ¿por qué no llamar tranquilamente por teléfono a un cerrajero? Ahorros son ahorros y de peso en peso etcétera), no se le ocurrió sino descolgar tamaño machete guatemalteco que adornaba su pacífica sala, y ¡bajar por las escaleras siete pisos, blandiendo el arma y profiriendo alaridos de apache!, en busca de los ágiles amantes de lo ajeno que ya andarían muy lejos, después de haberse descolgado hacia el edificio de junto, por la misma ventana que habían roto para entrar.

     Machete en mano, como personaje de película folkórica, el vecino despojado subió y bajó varias veces los siete pisos de escaleras, exigió revisar todos los departamentos y cuartos de servicio, interrogó a todos los vecinos y a sus sirvientas. Pero nadie había oído ni visto nada, ni siquiera el portero que seguía lavando coches frente a la entrada del edificio. La Tololota resplandecía al narrar el gran suceso.

     El botín primero consistió en una televisión con su videocasetera, pero conforme aumentaba el número de vecinos que lo escuchaban, la víctima acumulaba en su lista: equipos de sonido, computadoras personales, hornos de microondas, miles de dólares, docenas de centenarios, las joyas de su mujer, y hasta sus hermosos lentes Giorgio Armani y el álbum de fotos de la familia. ¡Todo se lo habían robado!

     Todas las vecinas se improvisaron de detectives y por supuesto cada cual desconfiaba de las demás, o se hacían alianzas de unas contra otras; la inspección de todos los departamentos había sacado a relucir escenografías íntimas que se prestaban a todo tipo de maquinaciones, como la colección absolutamente excesiva de cremas y perfumes de la viuda del E-402, que muchas veces llegaba con sobrinos diferentes, o el refinamiento de la recámara y las batas de seda del solterón del E-704, que todos los días andaba muy guapito y encremado, y en ropa sport, como si no trabajara en nada, ¿de dónde sacaba para destacar tanto? Ese era el sospechoso favorito de la matrona del E-901, decía la Tololota, cuyos ocho hijos eran los sospechosos que prefería ella misma. Pero ocurría que la de la voz, por su parte, creía ser objeto de miradas "inadmisibles" del vecino asaltado, que le había reclamado a gritos: "¡Cómo no va usted a oír nada! ¿Está sorda?", el cual a su vez, en lugar de apoyo recibió ultrajes policiacos: le exigieron facturas, sabiendo los policías muy bien, como desde luego lo sabían, que tales aparatos no podían ser sino de contrabando porque en esos años comprar derecho era cosa de pendejos.

     Cada noche el ingeniero recibía una nueva hipótesis sobre el posible ladrón que en hábito de vecino honorable convivía en el mismo edificio con ellos.  El Tololote, por lo demás, no se atrevía a investigar por su cuenta si el robo había ocurrido: corría el riesgo de exhibir a su mujer como mitómana o difamadora ante el vecindario.

     La Tololota casi desmanteló la casa para resguardar cuanto objeto pudiera representar algún valor en la casa de su hermana (donde se perdieron inmediatamente varios: los sobrinos suelen necesitar dinero).
     Como era natural, todos los vecinos podrían parecer culpables, por cínicos o por hipócritas, por modestos o dilapidadores.

     El ingeniero, que vivía atormentado por los remordimientos de haber difamado y mentido --tener remordimientos, ya es que te pase algo, ¿o no, Tololote?--, pensó en un principio que todo era idea mía, que incluso su esposa se habría confabulado con los vecinos para hacer como que sí había ocurrido todo aquello para beneficiar al monótono ingeniero con algunas noticias para la cena y "reactivar" la vida familiar.

     Nunca supe cómo terminó --si llegó a algún fin-- el Caso del Asalto A Través De La Ventana Rota, pero no se necesitaba sino imaginar lo rudimentario: primero, siempre en la versión de la narradora, los alterados vecinos formaron una hermandad instantánea contra cualquiera que fuera el malo; luego empezaron a recelar y a hablar mal unos de otros, a multiplicar cerrojos interiores, a organizar sistemas de alarma, a depositar sus valores en los bancos o en casas de familiares; finalmente, con el paso de las semanas, concluyeron en que el vecino despojado se merecía el castigo: ¿quién tiene tanto valor en su domicilio? ¿cómo sabían los ladrones que había que robar ese departamento y no otro?  Seguramente, en todo caso, las malas amistades: todo se paga en este mundo, y al que mal le va es que mal hizo, etcétera.

     De modo que, sin quererlo, asumiendo que al menos algo de ese caso hubiera ocurrido verdaderamente, la realidad y yo conspiramos para que algo pasara en la vida hogareña del ingeniero y de su mujer, o bien, si todo fue invención, desperté el ingenio de la señora Tololota.  En tanto sus muchachos crecían educados tal como lo habían sido sus padres y llegaban a la ocasión en que escucharían un altercado entre ellos, como le ocurrió al Tololote adolescente.

     Los Tololotes se separarán y reconciliarán; a cierta edad, ya lo dije, no hay cambio para bien, especialmente en aquellos que nunca han cambiado.

     Ultimamente he recibido frecuentes invitaciones del ingeniero para cenar en su apacible y muelle casa absolutamente doméstica, casi infantil; me las arreglo para llevar a las prostitutas más escandalosas, a fin de que por lo menos eso cause alguna animación en sus vidas.

     Veo con satisfacción la ansiedad, el deleite, la ávida curiosidad con que las almas puras buscan, aunque sea de lejos, algo del venenoso vértigo de los pecadores.

     De mí, ¿qué puedo decir, sino que siempre los atraigo, cada vez más feo, obeso y marcado por mis también rutinarios vicios?

     Seguramente les parezco una especie de ídolo exótico, un Buda mínimo que representa la total disolución.

     Tan soy un gran espectáculo para ellos que la Tololota es la única persona, y sólo últimamente, que me ha llamado Hombre Lobo y no Zorra; en agradecimiento, a la hora de los postres, lanzo en su honor una de mis carcajadas licantrópicas.

     La Tololota sí sabe, a diferencia de su cada vez más próspero marido, lo que significa "licantrópico": lo buscó en El Pequeño Diccionario del Hogar.





viernes, 1 de mayo de 2020

BREVE CONFESIONARIO PARA EL AÑO 2000


BREVE CONFESIONARIO PARA EL AÑO 2000





EL SÍMBOLO TERRIBLE

Las sociedades autoritarias y supersticiosas son ricas, innumerables en pecados. Nadie puede saber cuántos pecados cuenta en su nómina dilatada el catolicismo, y menos el mexicano, pues naturalmente también abunda en excepciones, en dispensas, en tratos preferenciales, en extraños agravantes, en vericuetos. No hay normas rígidas ni balanzas exactas: vgr. la pena de muerte no es asesinato, el dispositivo intrauterino sí.

         El problema del pecado, en comparación con el delito laico, está en que aquél desdeña la realidad, los episodios y las circunstancias, el daño comprobable que un delito realiza contra las personas; y en cambio extrema su calidad de metáfora y de símbolo: es una rebelión contra Dios y su creación.

         De ahí que aparte de las bagatelas de los pecados veniales (la gula de repetir postre), toda la Ley Católica se atiborre de puros pecados mortales condenados por igual con el infierno eterno. Usar condón, tomar la pastilla anticonceptiva, ver un video pornográfico; divorciarse, correrse una aventura amorosa o formar una unión libre, caen en el mismo rango mortal del secuestrador que asesina y mutila a sus víctimas.

         Y quizás, a fin de cuentas, aquellos episodios de la vida privada de las personas resulten más contundentes como pecados que un enorme fraude bancario o gubernamental, asuntos éstos de simple dinero —”Casi casi un problema de caja”, en la frase inmortal de Silva Herzog sobre la devaluación de 1982—, que suelen repararse con donaciones a los templos.

         No nos extrañe que los mayores narcotraficantes y los capos de la sanguinaria violencia organizada sean muy católicos, peregrinen a Roma y a Jerusalén, hagan bautizar y casar a sus hijos por prelados aparatosos, donen parte de sus horribles ganancias a obras de la propagación de la fe, acudan al Tepeyac de rodillas. No hicieron otra cosa los cruzados, los conquistadores y los encomenderos de la Nueva España.

         Un cacique matón, defraudador metódico de mucha gente, se considera en cambio un perfecto católico (con las bendiciones de algún obispo, su socio), y se encoleriza de que su hija se haya dejado manosear por el novio en el zaguán. “¿Qué hice yo para merecer esto?”, exclama con los ojos al cielo, como el santo Job.



MARÍA FÉLIX SÍ; MARYLIN MONROE NO

Salvo algunos episodios retóricos y más bien oportunistas (la reciente excomunión proclamada en la diócesis de Cuernavaca contra los secuestradores, de la que están curiosamente exentos los meros multiasesinos o los simples  multivioladores morelenses que no secuestran), los pecados que escandalizan a los Dueños de la Moral Pública, a los Dueños de la Tabla de los Pecados, son ciertos strippers masculinos en una obra de teatro para mujeres; algún anuncio panorámico de un brasier ciertamente generoso; los métodos sanitarios preventivos como el condón y la pastilla anticonceptiva; la exposición de un cuadro donde la Virgen María apareció con el bello rostro de Marilyn Monroe (como si no se hubiese hecho antes lo mismo, y en cine: Tizoc, con el rostro menos ingenuo de María Félix); la enseñanza escolar de la fisiología de la reproducción humana; las dudas sobre la existencia histórica del indio “Juan Diego” del siglo XVI, a quien nadie conoció en vida y del que no hay restos físicos ni testimonios históricos válidos en un análisis académico; los libros escolares oficiales que hablan de Hidalgo, de Juárez o de las Constituciones de 1957 y 1917; el cientificismo o el positivismo de ciertos intelectuales o funcionarios (Carpizo) que no aceptan como verdad plena las ocurrencias, los intereses, o las “certezas morales” de los prelados, y piden “pruebas” sobre el supuesto martirio del Cardenal Posadas por deliberada orden de los políticos salinistas, etcétera.

        

INFIERNO PARA TODOS

Todo es símbolo en el pecado. La contracepción, como idea, escandaliza mucho más que las masacres y los fraudes bancarios gigantescos. Y a diferencia de las legislaciones laicas, no hay gradaciones en los castigos: la pena de infierno eterno se distribuye muy barata: da lo mismo abofetear a Dios con un show de strippers que con una masacre.

         Dante inventó más sufrimientos para mayores pecados dentro del propio infierno (también en relación con el símbolo, no con el daño real), pero eso no es ortodoxia sino imaginería: no hay pecados menos ni más mortales que los otros. Todos los pecados mortales, que suman legión, son el mismo. No se está un poquito embarazadita, ni un poquito muertito, ni un poquito condenadito. Todo o nada.

         Y todos los pecados (incluso atentar contra la vida del propio papa) pueden perdonarse con facilidad, si el pecador se arrepiente de su profanación simbólica —haberse rebelado contra Dios—, aunque en nada repare el daño real. Que de eso se encargue la mera justicia civil.

         A pesar de su cariño por la emotividad católica, y de su desapego hacia la sequedad y los rigores del protestantismo, Chesterton se quejaba de este fundamentalismo que no diferencia entre lo atrozmente malo, lo muy malo, lo relativamente malo, y las nimiedades vulgares, supersticiosas, tontas o de mal gusto. Pecados mortales para todos.

         Es difícil concebir así un paisano del siglo veinte que no viva en perpetuo pecado mortal. ¿Cuántas personas han conocido el amor fuera del matrimonio, cuántas mujeres han acudido a la contracepción, cuántas personas han incorporado las escenas sexuales como cotidianeidad en espectáculos y otras formas de entretenimiento y cultura, cuántos católicos sencillamente no saben que buena parte de los episodios comunes de la vida moderna constituyen un “insulto a Dios”?



LA MULTIPLICACIÓN DE LOS PECADOS

En tales laberintos simbólicos, nadie sabe pues qué es un verdadero pecado, entre tantos como hay y cómo se bifurcan. Puede serlo todo o nada.

         Veo nóminas infinitas de pecados en los códigos sumerios, en los egipcios, en el hebreo (como comer camarones), en el protonazi que un sabio adulafrailes, Alva Ixtlixóchitl, le inventó al pobre poeta Nezahualcóyotl y nos deja la tenebrosa idea del floreciente reino de Texcoco como un vasto campo de concentración, donde se castigaría con la esclavitud o la muerte a un ocasional bebedor de pulque. (¿Entonces para qué querían tantos magueyes en el México prehispánico?)

         En los manuales de confesión católicos (recuerdo El joven cristiano, edición de 1960), se destinaba a su mera enumeración todo un grueso capítulo en letra pulguita: ¡Cuántos pecados gravísimos, de indispensable confesión urgente, podía cometer un mocoso de ocho a doce años en una escuela primaria de salesianos!

         Pero la multiplicación legislativa de los pecados redujo a la inexistencia práctica el pecado particular: entre millones de pecados posibles, ¿qué tanto cuenta uno, el modestamente mío? “¡Si yo sólo me he quebrado a doce fulanos, y la Virgen sabe que hay miles de preceptos que cumplo con devoción!”, diría nuestro matón religioso. “Nunca me olvido de la Virgen. A cada rato le compro sus flores, sus veladoras”.

         Un antropófago atentaría sólo contra una entre miles de las prohibiciones u obligaciones católicas (aunque no recuerdo que El joven cristiano, que enumeraba interminablemente todos los pecados concebibles para un niño, prohibiese hacia 1960 expresamente el canibalismo: ni de pensamiento, ni de palabra, ni de obra).



LA LIGUILLA: MOISÉS 10; CRISTO 1

El sabio Moisés redujo los mandamientos hebreos a diez (aunque en diversos títulos de la Biblia se siguieron acumulando varias toneladas de órdenes y tabúes perentorios). En sus Diez Mandamientos es pecado desear a la mujer del prójimo, la casada, pero no a todas las demás.

         Los escribas, entonces, tanto los hebreos como sus sucesores cristianos, le corrigieron la página a Moisés: dijeron que las Tablas no contenían leyes literales, sino dilatadas metáforas, y que el deseo de la mujer del prójimo equivalía a toda pulsión carnal, incluyendo los sueños húmedos de los adolescentes.

         Un escolar católico de los años cuarenta o sesenta, amanecía con la mancha en el calzón y corría desoladamente a confesarse. Naturalmente, en un colegio grande lleno de pubertos, había grandes colas en los confesionarios todos los días. No faltaba quien inventara que ya había sufrido la “eyección” la “emulsión” o el “pecado del sueño” (términos de la época): “¡Pendejo, serán meados! ¡Todavía ni se te para!”, le decían sus compañeros de la cola, haciéndose, ellos sí, los interesantísimos réprobos sexuales de doce años. ¡Puros Arturitos de Córdova!

         Cristo, más sabio y económico que Moisés, dijo que sólo existía un mandamiento: “Amarás a Dios con todas tus fuerzas, y al prójimo como a ti mismo”; pero además, en la práctica, si hemos de creerles a los Evangelios, Cristo no vio como pecadores perseguibles, sino como a pobre gente dejada de la mano divina, a quienes, por falta de inspiración celestial, carecían de la fe y del amor de Dios. Menos pecadores que pobre gente: la prostituta, la adúltera, incluso san Pedro El Mochaorejas.



LA PREFERENCIA POR EL PECADOR

El propio Cristo, corregido y aumentado por san Agustín, inventó que el lujo y el mérito del hombre residían ¡en su condición de pecador! Era precisamente el pecado, y entre más y peores pecados mejor, lo que engrandecía a la criatura a los ojos de Dios.

         El buen católico estaba riquísimo, enjoyadísimo de pecados. El buen católico era un Midas que todo lo convertía en el suntuoso oro del pecado. La leyenda dorada del casi santo (beato) Jacobo de la Vorágine se podría resumir, entero, en una “Fábula de Heliogábalo y el Buen Pastor”.

         La oveja perdida valía más que todo el rebaño virtuoso. Fue condición de santidad el haber pecado, y mucho, antes de arrepentirse y de convertirse al buen camino. Entre mayor pecador fuera el contrito, mayor bendición divina, mayor santidad: Santa María Egipciaca.

         En un solo momento se le podían perdonar a un “agraciado”, desaparecer por completo, millones de pecados atrocísimos, sangrientos (vgr. los santos caballeros de las cruzadas); pero había desgraciados que se condenaban por un solo pecado mortal, por una sola vez que hubiesen comido tacos de nenepil en cuaresma... o le hubiesen taqueado el nenepil a la comadre. O la pobre señora, tan devota, que a escondidas tenía su amigo o tomaba sus píldoras anticonceptivas: ningún criminal pecaba más que ella. Y no hablemos de las madres solteras, ni de las que abortaban.

         Quienes nunca pecaban, ¿qué chiste? No pecaban simplemente por falta de vigor y de imaginación. Virtuosos por culpa de la pereza, el adormilamiento de la carne y la estrechez mental. O como resultado de una desaforada soberbia demoniaca: ¡Se atrevían a ser buenos por sí mismos, a prescindir de Dios! “No hay mayor pecado que creer que uno puede salvarse por sí mismo, sin la gracia de Dios”, se predicaba. Nada de bienaventurados self-made.



LA LOTERÍA DE LA GRACIA

Por lo demás, el arrepentimiento de los pecados y la conversión a la virtud resultaban menos mérito de la persona que gracia, don o llamado divinos. El arrepentimiento y la conversión caían oportunamente del cielo y sólo para los elegidos. Maná para los consentidos del Altísimo.

         Era una especie de lotería celestial la cuestión de la Gracia, sin embargo un dogma fundamental del catolicismo. Quien estaba llamado al cielo, no se iba a tropezar con sus desaforados, inauditos pecados de gatillero a sueldo; a quien no recibía la Gracia, en cambio, de poco le serviría su voluntad laboriosamente humana de hacerse el santo.



EL PECADO CONTRA EL ESPÍRITU

Luego se inventó en la teología ese comodín vaticano, “el pecado contra el Espíritu”, “el único imperdonable”; el cual lo mismo se ha aplicado al sexo anal u oral, “contranatural”, que a la planeación familiar (coitus interruptus), que a la mera duda de la existencia de Dios, que a la soberbia intelectual de los ateos o agnósticos, que a la insubordinación contra el alto clero; que (los franciscanos radicales) a la falta de humanidad, de simpatía y respeto por el prójimo.

         Cada año proliferan homilías y aparecen arduos tomotes sobre ese enigmático “pecado contra el Espíritu”.

        

SAN KOWALSKI EL VIOLADOR

Creo que fue el dramaturgo Tennessee Williams, y no los teólogos universitarios, quien se atrevió a imaginar un pecado verdaderamente nuevo y moderno, también “el único imperdonable” en su opinión: en Un tranvía llamado deseo, la santa pecadora Blanche DuBois, un poco demente, exclama que todo se puede perdonar, menos “la crueldad deliberada”.

         La frase suena bonita, como exculpación de los pobres pecadores arrebatados por sus instintos o pasiones, esclavos de ellos, víctimas de ellos, pero ¿y la crueldad de un judicial ebrio y drogado que en, su delirio de supermán, ametralla a tres o cuatro chamacos desconocidos, que simplemente andaban por ahí, en mala hora? ¿Kowalski de veras cometió “crueldad deliberada” al violar a Blanche, o fue víctima de su ignorancia de mecánico entre camioneros, de su machismo proletario exaltado por el trago, de su excesivo primitivismo social? San Kowalski el Violador.



LAS SUBASTAS DEL PERDÓN

A los pensadores protestantes de la Reforma les pareció mal la manga ancha de Cristo y de san Agustín hacia los pecadores. La confesión y el perdón de los pecados (que en principio conformaban no sólo la liberación del infierno, sino aquí mismo sobre la tierra una Fuente de Vida Nueva, de consuelo nuevo: quedar limpios de todo por obra y gracia del arrepentimiento y de un sacramento) se volvieron un negocio vaticano multimillonario: la subasta del perdón, de las indulgencias.

         Todos los pecados, incluso los más crueles y sangrientos, podían comprar su redención con tamaña facilidad. “¡Todo se vende hoy en día!”, clamaba Góngora. La Reforma restringió esa fuerza redentora del cristianismo. Siguió predicando el arrepentimiento, pero sin garantizar ni prodigar el perdón. Los pobres protestantes han de cargar con todos sus pecados, y hacer muchos méritos, y esperar —temblando de incertidumbre— el juicio de Dios, que para ellos, como para los judíos, es bastante severo.



PECADOS CLÍNICOS

Tanto en los países católicos como en los protestantes, se operó una revolución en cuestión de pecados y perdones, todavía no muy aceptada en la teoría, pero generalizada en la práctica, a partir del auge positivista de la ciencia, a mediados del siglo XIX.

         Muchos pecados se volvieron clínicos, y muchas medicinas o terapias reemplazaron al sacramento del perdón. El médico, lo mismo Pasteur que Freud, como el supercura de los tiempos modernos. La cápsula, el jarabe o la inyección como nueva eucaristía positiva. El diván psicoanalítico, un confesionario clínico.

         No pecaba tanto quien fornicaba, sino sobre todo quien contraía la sífilis, hasta antes de la invención de la penicilina. Ahora peca quien fornica sin condón, o lo usa torpemente —puede ser suficiente usarlo mal, que se zafe o se rompa, una sola vez en toda la vida, para contraer el VIH y otras infecciones. Una cortina de látex divide la virtuosa de la pecaminosa lujuria.

         ¿Pero qué mecanógrafa impecable no ha cometido algún error de teclado durante diez años de oficina; qué conductor responsable no se ha equivocado alguna vez con la palanca, los pedales, las luces o el volante de su coche una sola vez en su vida? ¿Y los púberes inexpertos, los novatos del “echando a perder se aprende”?

         Una nueva “tecnología de la liberación” responde a toda enfermedad o malestar: se debe “insumir” con extremo rigor. Hay alimentos virtuosos (la Gracia), y alimentos pecaminosos (la Caída). La yema de huevo, el pellejo del pollo, nuevamente los camarones, el cigarro, el alcohol, las grasas animales, el azúcar, las fritangas, hasta (o sobre todo) el chocolate, advienen pecaminosísimos. (Vislumbro en mis sueños afiebrados un infierno de triglicéridos.) Quien los consume está atentando contra la vida, esta casi abortándose. Desde su consultorio del Eje Central un médico escandalizado enfrenta a su paciente de Iztapalapa: “¡Pero está usted loco! ¿Usted, mexicano, come... garnachas?” El infierno no son los otros, sino las garnachas.

         En los nuevos tiempos del cólera, un coctelito de ostiones crudos —y hervidos, ¿qué chiste?— en un puesto callejero de La Viga, a pesar del supersticioso pero acidito ritual del limón, representa la más expedita modernización del “pecado contra el Espíritu”. Para no hablar del tabaco.

         Los médicos, ya profetas, ya teólogos empíricos, no se resignan a su oficio de chocheros y punzatripas, que es para lo único que —¡oh Quevedo, oh Molière!— concretamente estudian: evangelizan, legislan, profetizan sobre la-vida-en-su-conjunto-y-en-toda-su-amplia-variedad: con cada una de sus recetas emiten todo un Proyecto de Vida Nueva, sus numerosas Tablas de la Ley de órdenes y prohibiciones. Rumian su minuciosa alfalfa los bienaventurados; los réprobos eructan, con algo de llamas infernales, puros tacos al pastor.

         La biometría hemática, las escalas de calorías, el perfil de lípidos y las radiografías como nuevos exámenes de conciencia. Mucho más voluminosos y elaborados que la guía para confesarse de El joven cristiano.

        

PECADOS VIRTUALES

Hay también una “tecnología de la liberación” en cuestión de finanzas. Gran robo el pickpocketing o el embolsarse un producto en el súper; ninguna falta en la especulación financiera, así se haga quebrar a la banca entera de un país, o devaluar su moneda. Esos son pecados virtuales. Nadie tiene la culpa de los huracanes. Nadie tiene la culpa de las catástrofes financieras mundiales ni regionales por internet.

         Otra “tecnología de la liberación” esplende en los medios de comunicación y en la política. Ahí no existe el pecado de la mentira. La democracia informativa se dedica —en el rating residen toda la Ley y los Profetas— precisamente a mentir, y con gritos amarillistas, para ejercer la democrática libertad de vociferación equívoca o calumniosa de las empresas de comunicación masiva.

         Todo lo que de veras suena (el rating es su garantía de bondad pública, como una especie de plebiscito), miente sin pecar en nuestra Transición Democrática; sólo peca usted cuando, tambaleando, le dice a su señora al regresar a casa en mitad de la madrugada: “¡Te juro, Gladys, que nomás me eché un pálido whisky!... Es que Pepe el Memorioso y Luis el Memorioso se soltaron en letanía todas las alineaciones del Atlante y del Necaxa desde su fundación hasta la fecha... Y como yo era él único que me sabía todas las vicisitudes del Pachuca...”



EL MAYOR PECADO DEL NUEVO SIGLO   

Hay otros nuevos pecados. La falta de éxito, sobre todo. Cristo ha sido rebasado (¡sufre, Renan!): los últimos de la tierra ya no son los primeros en su corazón sagrado.

         Olvidemos los populismos del Sermón de la Montaña: Los primeros siempre son los primeros. Punto. Fracasar o triunfar menos que el vecino, grandísimo pecado.

         Ahí sí que todos somos pecadores irredentos, salvo Bill Gates, el Supertriunfador, quien al parecer ya empieza a pecar: a perder batallas desde la cima de su gran Monte de la Revelación, Microsoft.        

         También advertimos una nueva postulación metafísica, obligatoria. No sólo la homogeneización y globalización de todos los países —ilusorias, o solecismos, en cuanto los países son cada vez más desiguales—; sino también la de todas las personas, por la misma razón.

         Constituye de igual modo un pecado imperdonable ser personalmente diferente, pensar y obrar de diferente modo al Modelo Universal, incluso en detalles. Se peca de soberbia contra el Espíritu, o contra la sociedad, o contra el Mundo. ¡Todos al mismo son, quien desentone pierde! Hay que “reconvertirse” en “políticamente correctos”.

         No creo imposible que tal uniformidad rasera, obligatoria, haya funcionado también como la piedra fundacional del fascismo.



LA DECADENCIA MÍSTICA DE LA MASTURBACIÓN

Desempolvo frente al nuevo milenio mi ineficiente devocionario de infancia: El joven cristiano. Ya no sirve para nada. Todo se ha vuelto al revés: vgr. la masturbación, que tanto condenaban los curas (y que fue el Espantajo Infernal que me persiguió desde mi Primera Comunión hasta que leí en la prepa ¿Por qué no soy cristiano? de Bertrand Russell), se ha erigido en suprema virtud (vuelven los cenobitas y la Tebaida flaubertianos, “con pecadora mano”), en cuanto “sexo seguro”.

         Mis curas profesores clamaban, arrebatados de ira, ante escuincles espantados de que pudiésemos ser tan criminales en la soledad del WC o de nuestras camitas, bajo cobijitas de Mickey Mouse: “¡La autoprofanación del propio cuerpo, Templo del Señor! ¡Así como el suicidio es peor que el asesinato, ‘el vicio solitario’ peca más que la fornicación, por su desesperación ególatra!”

         Freud se escandalizaba menos ante cualquier práctica sexual con otros, que ante el onanismo (¡La idolatría egoísta del propio falo! ¡La aberrante negación carnal de los otros! ¡El autismo de la libido!)

        

LA NUEVA SOBERBIA

Se denomina soberbia a la falta de “corrección política”; constituye una desobediencia contra las nuevas órdenes homogeneizadoras y globalificadoras del mundo.

         “Ser uno mismo”, “descubrirse a uno mismo” parecían las cumbres filosóficas y psicoanalíticas en los años sesenta (y desde Los alimentos terrestres de Gide), cuando tanto se valoraba la “independencia de criterio” y la “conciencia crítica”.

         Ahora constituyen una rebelión invercunda contra la norma de lo políticamente correcto, lo clínicamente correcto, lo financieramente correcto; lo social o moral o culturalmente correcto... “¡Cultiva tus diferencias!”, predicaba el bárbaro de Gide.



LA AUTOGESTIÓN DEL CORAZÓN

El otro día me enteré de que la Iglesia Católica se está desembarazando de los confesionarios. No dispone ya de tanto cura para escuchar a tanta gente, supongo. Uno se arrepiente “en su corazón” y sanseacabó. El resto del catolicismo, puros viajes del papa por televisión.

         Pero toda mi vida supe que era la obligación de todo católico confesarse al menos una vez al año, o inmediatamente después de cada pecado. Para los alumnos salesianos de primaria y secundaria constituía gran pecado el no confesarse al menos una vez por semana. O muchos grandes pecados (pues también atentaba contra la humildad: “¿Te crees tan santurrón que no necesitas confesarte este jueves, engreído? ¡Ni los arcángeles se atreven a considerarse tan limpios de pecado! Revisa, escuincle pecador, El joven cristiano, y verás tu pobre alma en toda su negritud”; y contra la liturgia, y contra la obediencia).

         No se podía comulgar en estado pecaminoso, así fuera por instantes lujuriosos de mero pensamiento (haber visto involuntariamente fotos de artistas en bikini —la era dorada de Fanny Cano y Jorge Rivero, de Isela Vega y Andrés García— desde la ventanilla del camión escolar anaranjado, “Instituto Don Bosco”, en un puesto de periódicos, durante un alto), que también eran pecadotes mortales, desde luego. Ya no lo son.

         ¡Tiembla, santo Domingo Savio (“Antes morir que pecar”): ya no resulta necesario confesarse! Se puede ir a comulgar directamente, con pase automático, con dispensa de trámites, con una “administración simplificada” de los sacramentos: sin confesión previa.

         ¿Entonces para qué la comunión? Seamos congruentes: del mismo modo, podríamos irnos al paraíso sin comunión previa. “Simplificación administrativa” para todos los ritos. Pienso que comulgo ¡y ya! Comulgo en mi corazón ¡y ya! Me caso en mi corazón ¡y ya! Cuánta autogestión del corazón en los nuevos tiempos. (Suena a López Velarde esto de “La autogestión del corazón”.)



¿Y LAS PENSIONES, O RENTAS, O RÉDITOS ESPIRITUALES?

Me las he dado de ateo desde los quince años. Lo que en los sesentas era bastante común entre muchachos que se pretendían cultos (o se pasaban de listos). Ahora me alarmo: ¿Ya no valen mis escapularios infantiles, mis muchas comuniones de los nueve viernes primeros, mis indulgencias parciales, acumulativas?

         Llevé una contabilidad de los millones de años de perdón para el purgatorio, que me había ganando con rosarios afanosos, beligerantes credos y enfáticas jaculatorias; con misas pacientísimas y magníficats conmovedores, o prescindiendo “en épica sordina” de dulces y rábanos, perones o tamarindos enchilados a la salida de la escuela.

         ¿Y las indulgencias plenarias, los jubileos, la intercesión de las mil advocaciones de la Virgen (cada cual más misericordiosa que la vecina) y de los santos? ¿Los “regalos de indulgencias” de los familiares devotos que nos ganaban años o siglos o milenios de perdón con sus oraciones y mortificaciones y limosnas (especialmente las mamás, las tías, las abuelas)...? ¿Y las carísimas bendiciones del papa, en pliegos con sellos de oro, que traían los turistas de Roma?

         En verdad, en verdad crecí con la siguiente prédica oficialísima, sancionada por todos los papas: “La Virgen del Carmen se interpondrá en las puertas mismas del infierno para salvar a quien llevare su escapulario... Aquel que comulgare nueve primeros viernes de mes...”

         ¿Tienen sentido retroactivo las modernizaciones católicas? ¡Qué abuso de la modernidad! ¿Nos desaparecen nuestros ahorritos espirituales, como un Seguro Social que quiebra y tranquilamente cuelga un letrero: “¡A partir de este momento se invalidan todas las pensiones!” espirituales? ¿Permitirá tal atropello la Virgen del Carmen?

         Ya no se debe portar, pues, el viejo catecismo, sino las tablas del colesterol, las grasas y calorías, y de los rendimientos bancarios; los manuales de cómo conseguir amparo judicial aun en casos de canibalismo y de cómo defraudar millones de dólares por internet sin que nada conste en actas. ¡Las proezas judiciales de El Divino!

         Se me antoja inextricable la metafísica del nuevo milenio. Pero ninguna nostalgia siento de las creencias de hace treinta o cuarenta años, que parecían modernísimas y aggiornadas por el Concilio Vaticano II, y ahora se verán tan “fundamentalistas” como los cilicios de los frailes franciscanos del siglo XVII: no hicieron feliz a nadie.



A MÍ, MIS TIMBRES

Aunque a mí, mis timbres: Que no me hagan perdidizos ni caducos mis pensiones, ahorros, rentas, réditos y salvoconductos espirituales de diez años con escapulario; ni mis docenas de nueve viernes primeros, ni mis millones indulgencias parciales o plenarias (afores para el cielo), que yo mismo gané en la infancia; ni las infinitamente más cuantiosas que me regalaron mis generosas, mortificadas y rezadoras tías...

         No hay mayor cosa que recobrar en las creencias antiguas, sin embargo. Eran la arena numerosa de un desierto de la moral. Y desde ellas hemos saltado a otro desierto, numerosamente árido, pedantesco y virtualoide.

         Mejor no hacer mucho caso. Como decían mis tías (las mismas que concienzudamente me ganaban millones de años de indulgencia a diario) cuando, en su vejez, los médicos les prohibían terminantemente las conchas rebosantes de nata fresca y los tacos de carnitas: “¡Al diablo la ciencia! ¡Me tomo mi tecito de nohagocaso y sanseacabó!”