miércoles, 1 de septiembre de 2021

LOS NUEVOS BUSCADORES DEL PLACER

 

 

LOS NUEVOS BUSCADORES DEL PLACER

 

 

 

 

                   “¡Divina Psiquis, dulce mariposa invisible,

                   que desde los abismos has venido a ser todo

                   lo que en mi ser nervioso y en mi cuerpo sensible

                   forma la chispa sacra de la estatua de lodo!”

                                                                            RUBÉN DARÍO

         “El amor es una cosa mental”, decía Leonardo. Los más hermosos cuerpos se aburren sin esa fuerza mental: díganlo los vestidores de bailarinas(es), modelos o atletas. Los Apolos y las Afroditas vivos, amontonados, se miran con fastidio y hartazgo. ¡En cambio, ah, el estudiantillo esquelético y barroso que persigue a la ninfeta pechugona a la salida del pan!

         Los placeres son asimismo una cosa mental. En la juventud de mi generación (años sesenta y setenta), el cigarrillo, el alcohol, los ligues callejeros, las ficheras y, escasamente, la mariguana —y claro: los discos, las películas y sobre todo los libros: la “era Cortázar”— nos seducían sobre todo por su fuerza utópica, por su carga de símbolo de paraísos o mundos extraños, nebulosos pero seductores. El lector no quería simplemente pasar un rato emocionante con un libro: se proponía en serio convertirse en un cronopio.

         Nos decían nuestros mayores: “¡Cómo le encuentras gusto a quemar papel, a embrutecerte con ese brebaje! ¡Cómo andas besuqueando a esas momias pintarrajeadas, como muñecas de cartón, cuando rebullen cientos de cándidas chamacas de prepa!” Bueno: había esa cosa mental. Lo mismo con la música: no era lo mismo bailar una rola de los Doors (“Come on, baby, light my fire!”) en una fiesta torpemente bacanalesca en un remoto departamento destartalado que, luego, obedeciendo los pasos del atildado instructor, en una aséptica sesión de aeróbics.

         El placer sexual fue todo un edén sobre la tierra, capaz de arriesgar por él hasta la terrible sífilis, desde el siglo XVIII, por esa cosa mental: el combate contra las prohibiciones puritanas y la búsqueda de las utopías románticas. Ninguna pornografía moderna alcanzará las exaltaciones sensuales de las novelas de Stendhal: la gran esposa semi o mal amada descubría su Adonis en un efebo pobretón, y éste se introducía a los goces de la gran burguesía o de la aristocracia a través de los edredones de la dama. Ahí está también medio Balzac. Las libertades y permisividades sexuales del siglo XX perdieron muchas veces, entre el fragor de sus conquistas “democráticas”, esa carga mental.

         La vida es una mentira que uno se inventa, y la goza al inventársela, hasta que descubre (y más le vale que ello ocurra en la alta vejez) que todo era un cuento incontrolable, escasamente voluntario, que se iba contando a sí mismo; o que su tiempo le iba contando sobre la marcha, permitiéndole sentirse un pequeño protagonista azorado.

         Esta fuerza utópica, este delirio de andarle buscando islas del tesoro a la vida urbana o suburbana; esta obsesión de vivir cada día como episodio de una gran batalla personal con grandes triunfos y conquistas en lontananza; marcan —con su ausencia brutal— el actual desencanto industrializado de las poblaciones modernas de fines del siglo XX. Unas chiches de video o de internet. Una Escala de Jacob para llegar a subgerente de relaciones públicas.

         Pero el mundo resulta menos deliberado de lo que suponemos.  Tal es nuestra victoria. No tenemos ni idea de qué ocurrencias locas, bobas, irracionales, peregrinas, inventen sin querer, estén ya inventando ahorita los chamacos, para iluminar su mundo. Y a lo mejor les funcionan.

         Es difícil imaginar algo más aburrido que las señoronas de las novelas de Henry James, con sus vestidotes como telones de ópera y sus sombrerotes, ataviadas como “edificios públicos” (según Wilde), chismeando sin la gracia de sus degeneradas abuelas del Antiguo Régimen (todas las marquesas aforísticas y epigramáticas de Las relaciones peligrosas). Existían todavía durante la Primera Guerra Mundial. Cocteau alcanzó a cronicarlas. Y en seguida, ¡la revolución femenina!

         No me refiero al odioso feminismo letrado, que siempre suena a puras páginas de Julio Jiménez Rueda o de Jaime Torres Bodet, sino al día glorioso del siglo XX, en los años veinte, cuando las chamacas tiran los corsés, miriñaques y crinolinas, y se untan vestiditos ligeros, casi peplos à la grecque, enseñando sus piernas en medias de colores, y coronando todo ello con una radical visita al peluquero, que les recortaba toda la cabellera a la Bob: quedaban bobbed, con un casquetito, listas para empuñar una raqueta de tenis o asaltar uno de los primeros Fords y chocarlo a toda la velocidad contra el primer árbol que se les enfrentara: El gran Gatsby.

         Se inventaron esa gran cosa mental: las flappers. Todos los “estudios de género”, tan tipo Julio Jiménez Rueda y Jaime Torres Bodet, que opacan y abisman nuestras universidades, no representan sino la triste decadencia de ese gran título de Scott Fitzgerald: Flappers y filósofos.

         El deporte fue otra gran explosión mental, devenida embutidero en estadios, a lo largo del siglo. Ángel Zárraga alcanzó a pintar, todavía en pleno edén, a los primeros (¡y a las primeras!) futbolistas. Las drogas, antes reservadas a los bohemios y carcelarios, ofrecían también (desde entonces) sus paraísos artificiales a la clase media. ¡Y la velocidad! El globo, el auto, el zepelín, el avión... estar en todas partes al mismo tiempo.

         Podría verse el siglo XX como el gran tramo apocalíptico de la historia: las guerras y las bombas, la contaminación, las epidemias, las hambrunas, los pogroms y los campos de concentración, las dictaduras burocráticas, etcétera. Pero se podría asimismo escribir un libro igual de gordo sobre todas las cosas mentales que se inventaron los habitantes de este siglo para hallarle placer a esta monótona naturaleza humana que lleva milenios con puro más de lo mismo.

         Lograron que no todo siempre fuera más de lo mismo. Una escena fílmica de Marlene Dietrich en los años treinta ya no era más de lo mismo, ni las primeras películas de vaqueros, ni los primeros chamacos de barrio, bien rebeldes con su chamarra roja (James Dean) o de cuero (Marlon Brando) en autos deportivos o en motos. O la pelvis de Elvis.

         En una película desoladísima de arrabales ruinosos y chamacos patibularios, en blanco y negro, La ley de la calle, esa cosa mental sobresalta como un pez súbitamente colorido. Todo el tesoro de la negra vida era ese pez a colores.

         Ahora se difama a la “contracultura”, religión laica inventada por puros filósofos como Aldous Huxley, Gerald Heard, Christopher Isherwood, Paul Goodman y Jean Paul Sartre. Se reduce el término a su acepción literal (con la proverbial tontera que acomete al buen narrador José Agustín cuando se mete a “ensayista”): contra-la-cultura, es decir, vandalismo snob en favor del analfabetismo soez y arrogante, de destruir ventanas ajenas, o de enmierdar y atronar vecindarios también ajenos, nomás por chingar y porque el odio (o el rencor social) contra todo y a lo pendejo suena bien chido...

         La contracultura (en su floración norteamericana y europea) fue muy otra cosa: la búsqueda de ese tesoro mental, de esa inspiración mágica, que volvía súbitamente diferente lo que siempre era más de lo mismo. Cuando Huxley, Heard e Isherwood, por ejemplo, importaron (años cuarenta) a las muy bonitas quintas de Santa Mónica, en el sur de California, la sabiduría budista, querían menos un escándalo o una excentricidad snobs que una vuelta a lo sagrado del mundo, de la persona, del amor, del alimento, de los episodios cotidianos. Lo mismo con el “eros polimorfo”, el peyote, el hachís y la mezcalina.

         El cristianismo se había deshilachado en sus desastres coloniales y de la Segunda Guerra Mundial. El hombre era basura. El yo era basura. ¿Cómo amar, disfrutar, descansar, anhelar desde un yo-basura a unos otros-basura (“El infierno son los otros”: Sartre); a unos coitos basura, a una música basura, a un arte basura, a unas letras basura?

         Podremos hacer todos los chistes concebibles contra la pedantería desabrida de los existencialistas (aunque jamás se haya cantado algo mejor que Les feuilles mortes, letra de Prévert, en la voz de Juliette Greco), o contra los oms de los hippies, pero esas ocurrencias le ayudaron durante veinte o treinta años a mucha gente a vivir una realidad inhabitable como si fuera otra cosa. Strawberryfields forever!

         Yo creo que esa cosa mental que vuelve placentero el monótono mundo —utopías, delirios, sueños, obsesiones; “Imagine”, diría de plano John Lennon— no suele resolverse en ideas geniales ni muy deliberadas. Simplemente ocurren, y prenden. El surrealismo fue una babosada (Cf. Borges), y prendió durante mucho tiempo.

         El hombre tiene (a veces) esa arma secreta: reinventar a partir de cualquier cosa, a ratos hasta de verdaderas baratijas, el tedio municipal y opaco, el muro que se interpone a cada paso, el desaliento que amarga desde antes de su concepción cualquier proyecto de aventura o de ilusión.

         Hay un libro de título terrorífico que me gusta mucho: Literatura comprometida, de André Gide: son sus últimos artículos de vejez. Ahí les da unas buenas nalgadas a sus queridos discípulos Albert Camus y Jean Paul Sartre. Ya dejen de hablar del suicidio como de “el único tema que importa”, les dice. Ya dejen de insistir en que todo es “absurdo”. Ya dejen de entonar minuciosas odas al asco, a la fealdad y al sinsentido del mundo. El mundo puede tener sentido, y placer, y florecimiento, si ustedes se lo inventan. Algo parecido había escrito Gide unos setenta años atrás en otra crisis finisecular: Los alimentos terrestres. (No conozco mayor antídoto contra la acedía que ése.)

         Uno se cuenta el cuento de su vida. Lo quiera o no. Y cuando corre con suerte, encuentra la cosa mental que lo vuelve placentero, y hasta trascendente. Salvo épocas total y largamente apocalípticas (el largo fascismo, el largo estalinismo), la gente no puede evitar enriquecer un poco o un mucho su existencia. Volverla placentera. (Hasta en la tremenda miseria de la Nueva España, según la novela El Canillitas de Valle-Arizpe). No sé qué travesuras anden urdiendo los muchachos que por estas semanas estrenan sus vidas.

         Yo soy un hombre de los sesentas y los setentas, para quien la cosa mental de aquellos años sigue reluciendo como entonces, aunque pocas veces la encuentre ya fuera de mi casa. (Gide: “Repaso una a una las ideas de mi juventud”). Pero algo, que seguramente no voy a entender ni me va a gustar, anda ajetreándose en los alrededores: el nuevo bullicio de quienes no se dejan amedrentar por los datos atrozmente documentados de la realidad, y apostarán sus vidas, al igual que tantas otras generaciones, como si cada minuto, cada ser, cada episodio de veras valieran la pena.

         El placer y la importancia del mundo les son absolutamente reales. Tratarán de que esa realidad codiciable y brillante (inventada, iluminada por ellos mismos) dure décadas. Hasta llegar al momento, entre más tardío mejor, en que, como tantas otras generaciones, recuerden a Leonardo (o a Rubén Darío) y sepan que la mariposa de la vida, su fulgor tornasol, su trascendencia irisada, era tan solo esa “cosa mental”, que nos ayuda a inventarnos la espesa y municipal vida de siempre como si de veras fuese nueva, y de veras fuese otra cosa.


 


domingo, 1 de agosto de 2021

INFORME RESERVADO SOBRE CARLOS MARÍA DE BUSTAMANTE


INFORME RESERVADO SOBRE CARLOS MARÍA DE BUSTAMANTE

Junio 22 de 1839
Al Ministro del Interior, don José Antonio Romero:
Informe de Dominó sobre don Carlos María de Bustamante

...Después de haber investigado al susodicho por espacio de tres meses, así como a su esposa y a algunas de las personas de su trato más cercano, nuestros Agentes Especiales se encuentran en el mayor estupor, pues parece que el “auditor de las guerras de Independencia” y “el historiador de Nuestros Tiempos”, don Carlos María de Bustamante, no sólo carece de cualquier tipo de documentos capaces de comprometer a personaje alguno, sino que tiene la cabeza embrollada de tal modo que no atina a distinguir sus verdaderos recuerdos de sus fantasías, en las que sólo él cree, y a ratos, pues cambia de versión de una plática a otra y de un folleto o libro a otro.
Hemos penetrado hasta su escritorio, menos humilde en realidad de lo que proclama en sus periódicos, y no hemos encontrado sino un nido de urraca con papeles revueltos, algunos polvorientos y maltratados por los ratones.
Sus apuntes resultan del todo ilegibles, al igual que los que se le han confiscado formalmente, de modo que don Carlos no tiene pensado sino continuar difundiendo fábulas según los dictados de su humor, que varía de la truculencia trágica a las farsas más chuscas; o con todo esto construye un maquiavélico entramado de jesuita para ocultar una verdadera conspiración, lo que nadie cree.
“Es un tipo falto de seso”, dijo don Lucas Alamán. “Ha vivido muchas aventuras, pero siempre con la cabeza a pájaros, de modo que ni siquiera se enteraba de lo que estaba viviendo.” Don Lorenzo de Zavala se expresaba de los escritos y habladas de don Carlos en términos que no sería decente reproducir.
Otros personajes han hablado al mismo tiempo de lo mudable de su carácter, pues ahora deturpa a quien ayer adulara, y viceversa, a veces sin razón alguna, o con puras razones de su magín.
Es incomprensible su odio tenaz a Iturbide, su ídolo de otros tiempos, como el actual contra Valentín Gómez Farías, a quien el público imaginaría de su propio bando. Sobre el Señor Presidente se le han encontrado pocas frases, habladas o escritas, todas inexpugnables. Hemos de recordar que en otros tiempos se ufanó de ser el secretario (que según sus gestos y guiños intencionados quería significar el verdadero cerebro) del general don Antonio López de Santa Anna.
Es abogado. Se dice que en épocas del virrey Iturrigaray tuvo algún cargo de juez, que abandonó para no firmar una sentencia de muerte contra un desdichado a quien ni siquiera conocía. Luego, con el virrey Venegas, debió huir de la ciudad de México por sus abusos de la libertad de prensa con su periódico El Juguetillo, en los tiempos de vigencia de la Constitución de 1812, que sumaron exactamente noventa días. Su corazón al parecer tan tierno no le impidió mezclarse con los asesinos excomulgados de la turba de Morelos y de Rayón.
Habla y escribe pestes de la opresión del régimen español, principalmente de la que, según su dicho, sufrió sin culpa alguna su benefactor el licenciado Verdad; y de las que padecieron su esposa y él mismo (parece que más ella que él), por el motivo de los escritos rebeldes o insolentes antes mencionados.
La señora se llama doña Manuela García Villaseñor, y no falta voz que le atribuya todos los líos de don Carlos, quien atenido a su propia imaginación acaso nunca habría salido de las imprentas y bibliotecas; esta señora es de armas tomar y debiera estar más rigurosamente vigilada que su marido. Es ella, por lo demás, la que cuenta con influencias entre personas de peso. Y a través de quien corren más alto las intrigas y los chismes.
Pero el lector que quiera encontrar verdaderas andanadas contra el ejército realista saldrá sin duda defraudado en la conversación y en los estrafalarios escritos de don Carlos, tales como Cuadro histórico de la Revolución de la América Mexicana, Hay tiempos de hablar y tiempos de callar, Mañanas de la Alameda de México, etcétera.
Sus iras se abocan, tupidas y constantes, contra el ejército insurgente, debido, según dicen, a que no se le respetó el alto cargo legal y militar (Brigadier, Inspector General de Caballería, etcétera) que el general Morelos, de creerle, le habría conferido, de modo que a la muerte de Morelos anduvo a salto de mata de bandolero insurgente a bandolero insurgente durante unos siete años, víctima de privaciones y de humillaciones sin número. Parece que tuvo que fungir como secretario de algún matón de Tierra Caliente, donde conoció mayor despotismo que en tiranía gubernamental alguna. Ha estado en varias cárceles, bajo todo tipo de bandos, por todo tipo de motivos.
De modo que habrá en sus dichos y escritos material más numeroso contra los viejos alzados insurgentes que en su favor, si bien es proclive a dar por cierta toda leyenda portentosa, toda escena fantasiosa para satisfacer la inocencia del populacho. Chisme que en mala hora inventa y es celebrado por los léperos de la Plaza Mayor, chisme que ingresa como muy serio dato histórico a sus anales. Se hace llamar “Historiador del Pueblo”.
Cada cosa la cuenta cincuenta veces, incluso a la misma persona, y siempre de modo diferente; y así la escribe cien, de modo que sus incontables escritos se anulan a sí mismos en un laberinto inabordable.
         Es uno de los publicistas o periodistas de los viejos tiempos, como El Pensador Mexicano o el padre Mier, con más palabras que sesos. Resulta pues tan inofensivo como El Pensador, mero juguete de la muchedumbre ociosa en las pulquerías de la Plaza Mayor. El Juguetillo, ya lo dijimos, fue uno de sus viejos periódicos, y en efecto, en efecto...
Más que Comadronas o Parteras de la Libertad, como quisieran ser considerados, El Pensador y don Carlos fueron sus tías enfadosas; aquél no se cansaba de los sermones morales, los coscorrones y los jalones de orejas a los vecinos por cualquier nimiedad; éste, sentimental, gritón, llorón, que clama por el fin del mundo cada vez que zumba una mosca, y saca a relucir a los merovingios cuando un aguador tose, no conoce el fin para sus lamentos. Otros figurarán como el azote de nuestra política; con seguridad, éstos lo son de nuestras letras.
Es de dudarse que los lancasterianos obren bien, enseñando a leer a tanto niño con su varita y su cajita de arena, si los pupilos van a terminar leyendo a don Carlos o al Pensador, según temen nuestros árcades. “Si ambos hubiesen optado para curas, habrían predicado sermones más chabacanos que los del padre Sartorio”, se le ha escuchado decir a Lacunza. Sartorio fue tan azote de los pobres devotos en el púlpito, como don Carlos de los diputados en la cámara. Sartorio vaciaba involuntariamente los templos con mayor rapidez que los sofismas rabiosos de un Voltaire; don Carlos consigue evacuar la cámara de diputados mejor que un temblor de tierra.
Tuvo sin embargo, se nos informa, tres momentos de verdadero riesgo público: el uso de la prensa con fines de alborotador, durante los noventa días de la vigencia de la Constitución de Cádiz; su infatuación como alter ego y hasta, en su megalomanía, como el cerebro del general Morelos; y finalmente, pues los locos se juntan, su manera de quemarse, pues de otra manera no podría decirse, con las quimeras del padre Mier.
Siguiendo las ocurrencias arqueológicas del padre Mier, anduvo un tiempo tratando de volver a la Edad de los Aztecas, y realizó sinnúmero de viajes y pesquisas para encontrar un descendiente de Moctezuma o de Cuauhtémoc (y al no hallarlos, rastreó hasta los de Xicoténcatl, Calzontzin y Cacama) a quien colocar la corona que perdió el llorado Emperador Agustín I. Dicen que el general Guadalupe Victoria lo secundaba en estos desvaríos, trasegando archivos y reuniendo a ancianos indígenas en pos de los descendientes de Nezahualcóyotl y hasta de doña Marina, que en caso de haber encontrado los de ésta última provendrían también, con toda seguridad, de la varia tropa conquistadora y no de don Fernando Cortés, pues con éste sólo tuvo un entenado que se perdió en el mar.
Es un hecho que don Carlos publicó el mismo año que Iturbide consumaba la Independencia una más que intencionada Galería de antiguos príncipes mexicanos, que le publicó ¡la propia oficina del Gobierno Imperial!
Don Carlos está medio calvo, medio encorvado y medio acabado, pero con suma vivacidad, especialmente cuando habla de “sus” guerras de Independencia, y más aún cuando las escribe.
El papel lo soporta todo, hasta los escritos de don Carlos. Y no habría fábrica de papel que se diera abasto para que don Carlos llenara resmas con todas sus cuitas.
No goza de prestigio alguno entre los sabios, ni entre los políticos, ni entre el clero, ni entre el ejército. Lo detestan y lo embroman por igual los españoles y los mexicanos de toda casta y condición. De cotorra no lo bajan.
En consecuencia, opino humildemente que nada se pierde dejándolo parlotear y garabatear cuanto quiera. Hasta se le podría estimular un poco con alguna medalla, alguna subvención. Entre más escriba, menos dirá. Casi no ha habido legislatura en México donde no figure como diputado, y goza en la cámara de gran popularidad, pues cuando se levanta a declamar alguno de sus interminables discursos, es señal para que todos los demás legisladores, como impulsados por el mismo resorte, salgan a fumar a los pasillos y salones. Eso no lo arredra: sigue perorando solo.
Y hay quien afirma que hay algo peor que don Carlos de Bustamante escribiendo, y es don Carlos de Bustamante escupiendo discursos con una voz tan chillona que a la repugnancia mental de sus escuchas añade una repugnancia física indomeñable. Cuando los diputados de su facción quieren “tronar” la sesión, lo hacen subir al estrado: pronto la sala queda vacía. Cuando se pretende que la asamblea prospere le atiborran de inmediato los carrillos de trapos y papeles; y don Carlos sufre tal ahogo con resignación heroica, como uno más de los innumerables sacrificios que la Patria diariamente le exige.
Hemos escuchado en las cantinas las carcajadas más soeces precisamente cuando se leen en voz alta sus tiradas trágicas, como de la Biblia o de alguna ópera, sobre el destino, para él infausto, de la República; en cambio, cuando se acriolla, y platica con idioma vulgar y guasón, hasta los peones y paleros, los léperos, zaragates y huauchinangos de la Plaza Mayor, le corrigen el estilo y le echan en cara que ponga como chiquero nuestra hermosa y cristiana lengua.
Nada tiene qué perder, en nuestra humilde opinión, la paz pública, con semejante guasón revestido a ratos de bíblica plañidera. Es simplemente un tipo pintoresco de épocas idas y de las que poca gente quiere acordarse, salvo por sus aspectos chuscos, que don Carlos sirve en abundancia.
         Pero no se podría fiar de él para asunto serio alguno, que lo volvería feria y escándalo de pulquería.
         Éste es el sentir que hemos reunido entre las personas que lo tratan, conocen o han leído. Y así lo informamos puntualmente a Su Excelencia.     
         El Agente Dominó.




jueves, 1 de julio de 2021

MÁS RAZONES DA EL PULQUE


MÁS RAZONES DA EL PULQUE

Quien quiera creerle a Fernando de Alva Ixtlixóchitl -cosa poco recomendable, pues la venalidad y las mentiras intencionadas de este historiador, son más que evidentes- pensará que entre los antiguos mexicanos no había peor crimen que la borrachera, que podía incluso ser penada con la muerte.  El código de Nezahualcóyotl le pareció a Clavijero (Historia antigua de México) uno de los más sanguinarios del mundo.
         Todos los frailes cronistas hablan de una edad de oro del antialcoholismo, antes de la llegada de los conquistadores, en la que a nadie se le pasaban los pulques; es más, en la que sólo se consumía el pulque en cantidades microscópicas y en celebraciones muy especiales, salvo como medicina o reconstituyente para los ancianos. ¿Tanto escándalo entonces por la invención del pulque, una bebida que no se bebía?
         Bueno: no toda la historia antigua de México es azteca, nación que con sus aliadas se sometió a tal disciplina guerrera que, en efecto, parece congruente que se penaran con severidad los vicios impropios del guerrero. Los cronistas soldados de las guerras de conquista no vieron muchas borracheras entre los indios combatientes, antes de su derrota. 
         El caso es que se dice que no había embriaguez antes de la conquista, y que después de ella todo fue una continua borrachera de los indios: bebían para soportar la explotación, para morirse, para matar, para...
         Motolinía pone la voz de alarma (Memoriales).  Vencidos con relativa facilidad Huitzilopochtli, Tláloc, Tezcatlipoca y Quetzalcóatl, un antiguo dios menor se convertía en el ídolo indígena insumiso, Ometochtli, el dios del pulque.
         Se apareció en Tlaxcala, en la persona de uno de sus sacerdotes, que se atrevió a predicar y a hacer ritos en pleno tianguis, y a amenazar de muerte a los niños indios cristianizados, por haber abandonado a sus propios dioses y rendir culto traidor a la extranjera santa María.
         Los niños indios cristianizados -que habían sido secuestrados por la fuerza, y recluidos en monasterios donde se les aleccionaba y formaba como futuros caciques o gobernadores de indios- se indignaron y, llenos de antialcohólico cristianismo (una religión del vino, desde luego), lo mataron a pedradas entre todos:
         Uno de ellos “tirole con la piedra, y luego acudieron todos los otros; y aunque a el principio el demonio hacía rostro, como cargaron tantos muchachos comenzó a huir, y los niños con gran grita iban tras él tirándole piedras, y íbaseles por los pies; mas permitiéndolo Dios y mereciéndolo sus pecados, estropezó y cayó, y no hubo caído cuando le tenían muerto y cubierto de piedras, y ellos muy regocijados decían: ‘matamos al diablo que nos quería matar. Ahora verán los macehuales (que es la gente común) como éste no era dios sino mentiroso, y Dios y santa María muy buenos’” (Motolinía).
         Los frailes hubieran querido exterminar el pulque, pero ¿qué otra cosa les hubiera quedado a los indios? ¿Sin pulque, con qué habrían alimentado a los peones de las minas, los campos de cultivo, las construcciones de casonas y conventos?  Y por lo demás, era buen negocio y dejaba muchos impuestos. El pulque fue creador de oligarquías criollas hasta bien entrado nuestro siglo, y el ramo más generoso de los ingresos del Estado. Sólo se le prohibía (apenas unas semanas) en períodos de suma agitación. Es el triste antecedente de nuestra “ley seca” en los días de informe o desfile.
         Así, en junio de 1692, cuando a causa de la pésima administración virreinal y de malas cosechas, el precio del trigo y del maíz se fue a las nubes, y el pueblo llano de todas las razas y castas se amotinó en la plaza mayor, Carlos de Sigüenza y Góngora (Motín y alboroto de México en 1692) lanzó su teoría de que las revoluciones populares mexicanas no tenían otro origen que el pulque.  ¿La rebelión, cosa de pobres, de humillados, de explotados, de ofendidos?  No: pura cosa del pulque.
         Dice que el grito de los amotinados era “¡Mueran los españoles! ¡Viva el pulque!”  Los peligros del pulque consistían no sólo en a] calentar el odio de los indios y el pueblo llano contra los españoles, ni en b] insolentarlos, sino además en c] agruparlos y conjurarlos en torno a la borrachera popular, como gran escuela de conjuradores, y sobre todo en d] afirmarlos en tal desprecio por la propia vida que, tambaleantes, enseñaban las barrigas a los soldados del virrey y los retaban a que dispararan. Tales eran las cuatro razones del pulque:
         “¿Quién podrá decir con toda la verdad los discursos en que gastarían los indios toda la noche?  Creo que instigándolos las indias y calentándoles el pulque, sería el primero quitarle la vida, luego al día siguiente, al virrey; quemarle el palacio sería el segundo; hacerse señores de la ciudad y robarlo todo, y quizá otras peores iniquidades, los consiguientes, y esto, sin tener otras armas para conseguir tan disparatada y monstruosa empresa, sino las del desprecio de su propia vida, que les da el pulque... Como nunca (entrando el tiempo de su gentilidad) llegó la borrachera de los indios a mayor exceso y disolución que en aquestos tiempos en que, con pretexto de lo que contribuyen al rey nuestro señor los que lo conducen, abunda más el pulque en México, en un solo día, que en un año entero cuando lo gobernaban idólatras. Al respecto  de su abundancia, no había rincón, muy mal he dicho, no había calles ni plaza pública en toda ella, donde, con descaro y con desvergüenza, no se le sacrificasen al demonio más almas con este vicio, que cuerpos se le ofrecieron en sus templos gentílicos en los pasados tiempos... Desde el instante mismo que se principió el tumulto, inspirados quizá del Cielo, levantaron todos el grito: ‘¡Éste es el pulque!’...” 
         Semejantes descripciones encontramos en las crónicas y relatos de la Revolución Mexicana. José Juan Tablada cantó a nuestro patriotismo, con una novedosa y pulquera explicación de los colores nacionales:

         “Creo que se me han subido los colores
         de mole verde, de tlachique y vino.
         ¡Viva la patria! ¡Mueran los traidores!
         ¡Qué vacilón, compadre Ceferino!”

         Todos los moralistas novohispanos vociferan contra el pulque. Pero desde los primeros frailes hasta los científicos borbónicos hablan con asombro y devoción de la maravilla de los pobres, el maguey. Planta que crece en la esterilidad a bajo costo y con poca industria, y sirve como alimento, licor, ropa, leña, tejas y medicina. 
         El sabio dieciochesco José Ignacio Bartolache (“Historia del pulque”) encuentra grandes beneficios de todo tipo, y sólo critica la adulteración y el descuido en su comercio urbano --en los ranchos se bebía pulque limpio--, que lo vuelve insalubre, y su mal olor (sólo hasta nuestro siglo encontramos en el pulque el caldo de cultivo de amibas y demás demonios gastrointestinales: así, Ometochtli no fue vencido por Cristo ni por el rey de España, sino por las campañas de la Secretaría de Salud, el Instituto Mexicano del Seguro Social, el Instituto Nacional de Nutrición, la cerveza Corona, el ron Bacardí, el brandy Presidente y gran variedad de marcas de tequila...)
         Uno de los mayores poetas novohispanos, Francisco de Castro, dedicó sus versos más sentidos de La octava maravilla al maguey, la planta de la Virgen de Guadalupe, pues del maguey surgió la tela de su imagen. El maguey es indomable al mal clima: “dura al sol, dura al agua, dura al hielo”; defiende su dulce corazón con pencas más afiladas que lanzas: “Su corazón lo diga alado a pencas/ de agudas arcas más que las flamencas.” Y ofrece mil y un beneficios: tres licores o potables: aguamiel, pulque y mezcal; materia para papel y tela, para leña, etcétera:

         “Tres potables le brinda: uno, es el vino
         que -cuando la alquitara le resuelve-
         sabe correr por aguardiente fino;
         su castigada hoja, en hebras vuelve
         hilo, si no de asiento, de camino;
         de afán y frío en el hogar absuelve:
         y al fin, sobre otros mil usos, al dueño
         sirve de vino, agua, dulce y leño.”

         Algo extraño debe haber entre el maguey y la Virgen, una relación tan querida para los indios como sospechosa para los teólogos. ¿No estaremos frente a una Virgen del Pulque?  Sahagún denunció que los indios ocultaban sus ídolos tras nombres y figuras españolas: detrás de san Juan guiñaba a los indios Tezcatlipoca, y detrás de Guadalupe los consolaba la Tonantzin.  ¿Sólo la Tonantzin? ¿No concurría también una personificación femenina de Ometochtli?
         Uno de los más peligrosos enemigos de la tradición guadalupana, quien con el aparente fin de defenderla minó los argumentos devotos con que se la entronizaba, Bartolache, encuentra en la Virgen del Tepeyac a una deidad del pulque (1772). Analiza la imagen de la Virgen de Guadalupe:
         “Es el caso que notando con atención la figura que hacen las pencas del maguey, advertí luego, con no poca sorpresa y admiración, ser muy semejante a la de aquel campo, nube o nicho, en que rematan los rayos dorados del sol que rodea a la divina imagen guadalupana. De suerte que quien quisiere figurarse los contornos de dicho campo, no tiene más que suponer una penca truncada una parte por la espina e invertida punta abajo como si se suspendiese de donde nace el tallo. Y no dudo que pudiera colocarse el dibujo de esta santa imagen materialmente dentro de una gran penca, apresándola para que se redujese a un plano: y entonces los contornos del lienzo quedarían semejantísimos a los originales”. 
         Nuestra Señora del Aguamiel, sonriendo a sus devotos desde el tierno corazón de los magueyes. En las crónicas de Clavijero y Veytia de las festividades guadalupanas, sabemos que ya en el siglo XVIII, por lo menos, la muchedumbre que iba al santuario el 12 de diciembre celebraba el santo de la Virgen con abundante pulquiza.




martes, 1 de junio de 2021

UN TIPÓGRAFO DE LUCAS ALAMÁN


UN TIPÓGRAFO DE LUCAS ALAMÁN


La Fortuna, así como la Fatalidad, llamada a veces Ananké por los poetas arcádicos de El Diario de México —mucho más cultos y profundos para el viejo tipógrafo Marcelino Pomar que los nuevos romanticones a quienes todo se les iba en cantar (a menudo venalmente) a los generalillos y tiranos del nuevo México independiente—, debían en efecto constituir algo más que figuras retóricas o poéticas, que emblemas o metáforas. Debían ser diosas de total existencia y poderes absolutos.
         Ahí estaba la muestra. La Fortuna había sonreído a don Lucas Alamán desde la cuna: familia cariñosa y responsable, estudios privilegiados en el Real Colegio de Minas y en Europa, relaciones inmejorables con la aristocracia local y con sus patrones o socios europeos, los descendientes de Hernán Cortés; los grandes puestos gubernamentales, o los negocios privados, cuando caían los regímenes que hacían posibles aquéllos.
         Cierto que se decía que don Lucas y su familia estuvieron a punto de ser masacrados por la plebe insurgente de Hidalgo en Guanajuato; que se quiso linchar al poderoso conservador en algunas asonadas liberales, que se le llevó a juicio como autor intelectual del asesinato de Vicente Guerrero. Pero aun en caso de que no resultaran exageradas o hasta inventadas algunas de sus peripecias, don Lucas era (ante los ojos de Marcelino) el ejemplo del más amado discípulo de la Fortuna.
         Toda la cornucopia intelectual, política, económica, social se había derramado en sus ojos claros y en ese acentillo francés, que él, Alamán, tan insolentemente erigido en el campeón de la “verdadera mexicanidad”, la española, había traído de sus juveniles viajes por la vieja Europa.
         También la Fortuna parecía haberle sonreído con los favores de la virtud, pues se hablaba de su conducta intachable como individuo y padre de familia. (Su único pecado: “untar” la mano de Santa Anna y sus ministros para favorecer los negocios de sus patrones, los herederos de Cortés, murmuraba Marcelino.)
         Ahora la Fortuna coronaba a su dilecto: le permitía llevar a feliz culminación su versión de la historia del México independiente; a su gusto, con sus datos, su inteligencia y su escritura, mucho más atildados, rigurosos y brillantes que los de sus antecesores y contrincantes. Se iba a comer solito todo un medio siglo de su país.
         En 1849 había entregado a la imprenta de la calle de Palma el primer tomo de la Historia de México desde los primeros movimientos que prepararon su independencia en el año de 1808 hasta la época presente. ¡Y le había tocado, en el colmo de sus infortunios, tipografiarla a él, al poeta y orador incomprendido, caído en el olvido y la miseria a su dura vejez: Marcelino Pomar!
         La Fatalidad o la Ananké también debía existir con plenitud terrorífica, y Dios sabía por qué caprichos de las esferas —los “globos”, poetizaría Carpio— o los olimpos se había encarnizado con Marcelino. Nadie recordaba sus versos ni sus discursos, que conocieron momentos de digamos aplausos y hurras callejeros veinte años atrás: sus excelentes ortografía y caligrafía le ganaban puestos de ganapán editorial: tipógrafo, secretario, corrector de estilo.
         Como la Imprenta de J. M. Lara quería quedar muy bien con Alamán llamó al más confiable de los tipógrafos, al más responsable, al de mejor ortografía, para dar lustre a la obra monumental: Marcelino, odiador de don Lucas desde sus juventudes.
         Nunca se habían tratado. Para don Lucas representaría en todo caso, si llegara por milagro a recordar algunas de sus participaciones en el Congreso, un mestizo aindiado, un pedante afrancesado que no sabía pronunciar pasablemente una sola palabra francesa, un mistificador a la manera de Carlos María de Bustamante, de esos empeñados en reducir la historia patria a cuentos de hadas, o a cuentos para niños, o a cuentos para borrachos en fechas cívicas. Los historiadores de los Pípilas.
         Marcelino acató el rol que le imponían las divinidades. Colaborar en el monumento de su enemigo. Tampoco contaba con otras ofertas de empleo. Añadió su particular concepción de la honradez y el decoro. A lo largo de varios años, la obra en cinco volúmenes quedó impresa mucho mejor de lo que podía esperarse de una mera edición mexicana (grafías como “Lúcas Alaman” [sic] no importaban por aquellos años), y don Marcelino hasta recibió humildemente algunas botellas de excelente vino español con que don Lucas le agradeció soberanamente, por medio de un criado, su puntilloso trabajo.
         Nunca sospechó el europeizado historiador, para quien la mejor mexicanidad consistía precisamente en lograr los bienes, las luces y el modo de vida social europeos, el retenido odio, el autosacrificio silencioso de su tipógrafo al trasladar a móviles tipos de plomo sus furiosas andanadas manuscritas contra indios, indiadas, cuasindiadas y las barbaries que, según él, los acompañan.
         Marcelino escribía sus reflexiones en cuadernos que no conocieron la imprenta.  En su juventud los habría leído en cafés, mercados, estanquillos, cantinas. Ahora era un viejo viudo que sabía que sus antiguos escritos no tenían valor alguno —¡Ananké, Ananké!—, y que los nuevos probablemente no eran mejores. Pero escribía a falta de amigos con quienes conjurar. En la vejez se tienen pocos amigos, y nada importa a cada viejo sino sus propias dolencias.
         Uno de los momentos que más indignaron a Marcelino Pomar fue la diatriba diabólica, la voltaireana —verdades contrahechas con estilo elegante y engañoso— refutación de don Lucas del Acta de Independencia. En ésta, por obra de un antiguo y fuerte espíritu de simpatía entre todas las clases hacia los aztecas (salvo los españoles y unos poquitos criollos engreídos, como Alamán), se advertía una reivindicación, hasta una restauración pomposa del aztequismo.
         Sor Juana, Sigüenza, Clavijero, para no ir más lejos, habían comparado a los aztecas (que era una manera de nombrar a casi todos los indios mexicanos) con los héroes, dioses y mitos de Grecia y de Roma. No fue, pues, sino natural, que insurgentes de todos los bandos (radicales, moderados, conservadores) firmaran el concepto de que España había “usurpado” a la nación azteca el trono del Anáhuac, que ahora volvía a los legítimos herederos de los tlatoanis y del pueblo mexica.
         Pues no, afirmaba sardónicamente Alamán: sois unos imbéciles —lo escribió en estilo más elegante—: los aztecas ya no existen, ya se perdieron en el fondo de la historia; sino un pueblo nuevo surgido de la matriz española. ¿No os dais cuenta de que vuestros apellidos no son indios, ni el idioma en que habéis redactado y firmado tal acta restitutoria de la legitimidad azteca? El México independiente había comenzado, pues, con una farsa de idiotas.
         No estaba de acuerdo Marcelino Pomar con tal chiste, pero para nada; y algo de ello apuntó en sus cuadernillos. Primero anotó la contradictio in adjecto de Alamán, al dar por un lado por abolidos a los aztecas, y al afirmar en muchos otros que toda la barbarie, suciedad, vagancia, hipocresía, ebriedad, ignorancia e intemperancia de los aztecas continuaban a la luz del día, para no mencionar su brutalidad de guerreros inmisericordes manifestada en las revueltas insurgentes y posteriores. ¿No que ya no había aztecas, don Lucas? ¿Entonces quiénes lo espantaron en Guanajuato? ¿Una plebe no-étnica?
         Luego otra contradictio in adjecto. El guapo y güerito Alamán no pensaba abolida la “hispanidad medieval”, ni siquiera la romana. Se veía al espejo (Marcelino sospechaba  que don Lucas, aun anciano, se veía siempre al espejo) y se descubría como todo un godo y hasta como todo un cónsul romano. Hispania inmortal. Sostenía que España existió desde mucho antes de Séneca y continuaba tan campante. En cambio, todos los aztecas se murieron enseguidita.
         Bueno: los espejos reflejaban muchas cosas. Marcelino recurría poco a él, pero descubría en sus facciones de tipógrafo moreno un consumado tipo azteca, del tipo que ya se estaba divulgado en cuadros y litografías arqueológicas o pintorescas. La fisonomía perduraba, tenaz. Casi todos los mexicanos de 1849 se veían igualitos a las imágenes de Juan Diego. ¡Cualquiera servía para representar a Juan Diego en una pastolera o “comedia sacra”! ¡Cualquiera para bailar empenachado en la Villa!
         A mayor abundamiento: si se salía a las calles, se encontraban los mismos rostros, los mismos cuerpos, las mismas miradas de 1519 en la Plaza Mayor y en las milpas de 1849. Las había también en el ejército, entre los políticos e intelectuales; hasta en los sacerdotes, hacendados y comerciantes. Nada pues había sido abolido. Y ya andaban dando lata por ahí algunos aztequísimos: El Nigromante, Altamirano, Juárez.
         ¿La lengua, el vestido, las costumbres? Sabemos, decía Marcelino, que en un principio los aztecas eran bárbaros del norte, chichimecas, y que no hablaban náhuatl; que lo aprendieron por veneración y recuperación de la milenaria civilización mesoamericana. Los españoles alguna vez hablaron latín, fenicio, ibero, celta, vaya usted a saber cuántas lenguas más.
         Todas las razas cambiaban de manera de vestir a través de los siglos, sin perder nada con ello. Carlos III se vestía muy diferente que Séneca. ¿Por qué había de usar plumas y taparrabos un azteca capitalino del siglo XIX, de lengua española? ¿Acaso los españoles del siglo XIX se seguían vistiendo como romanos o moros, y hablando sus lenguajes antiguos?
         Se podía muy bien, en consecuencia, seguir siendo azteca hasta sin náhuatl, sin penachos ni sacrificios humanos. Ahí estaban los aztecas, de bulto, en calles, templos, chinampas, cuarteles y mercados.
         Pudo haber demagogia, concluía Marcelino, en el Acta de Independencia, pero no despropósitos. El pueblo azteca ahí andaba, con bastante más náhuatl oral que español, por cierto; y con calzones españoles de manta que en nada contradecían la fidelidad a las tortillas y al pulque.
         O de una manera más clara: indios, igualitos en figura y en muchas ideas y costumbres a sus antecesores aztecas, chalcas, texcocanos, otomíes, totonacas, zapotecos, mayas. Por resumen se consideraba a todos los indios mesoamericanos “aztecas”, pues el propio Carlos V creyó que todo México era “un imperio azteca” de Moctezuma. Así seguimos generalizando con los millones de personas de China, del Islam o de la India: todos “chinos, árabes o hindús”, aunque provengan de Siam, Marruecos, Manchuria o Corea. Así denominamos en bola como “españoles” a una docena de pueblos llamados vascos, asturianos, gallegos, aragoneses, catalanes, canarios, castellanos...
         ¿Y ese “nuevo pueblo” surgido de matriz española, cristianísimo, moderno, que tanto idealizaba don Lucas Alamán, no era en todo caso una invención política o una quimera, tanto como esa indianidad o aztequidad permanentes, supervivientes a cataclismos y cambios, en la mayoría de la población?
         Las ideas de don Lucas siempre fueron combatidas en los periódicos liberales. Su mayor refutador, su mayor conocedor, se conservó mudo y anónimo. Le pareció tan natural el tejido de falacias de don Lucas que esperó que se revelara por sí mismo en la Historia de México desde los primeros movimientos que prepararon su independencia en el año de 1808 hasta nuestros días. En su opinión, proclamaba su refutación en su propio texto.
         Por lo demás, Marcelino estaba marcado por la Ananké, y sus intentos, en consecuencia, condenados desde el principio al fracaso. Habría tarde o temprano algún lector de don Lucas a quien también sonriera la Fortuna, y a éste tocaría denunciarlo todo. ¡Que don Lucas regurgitara el medio siglo de historia mexicana que se había tragado solito!
         En parte, Marcelino dedicó su paciencia de tipógrafo y corrector a producir un texto (casi) perfecto, pensando a ratos menos en don Lucas que en ese futuro vengador, con quien todas las noches soñaba.
         Don Marcelino asistió al suntuoso sepelio de don Lucas. Su cara de macehual viejo, su levita pringosa y sus pantalones y zapatos remendados, su bastón de palo, desentonaban entre los dolientes encopetados, casi monárquicos.
         Una dama razonó: “Debe tratarse de un beneficiario de don Lucas. Tenía la mala costumbre de dar limosnas a todo mundo. Por lo menos uno de sus limosneros le salió agradecido. Porque la gratitud nunca fue virtud de los aztecas, ni de los antiguos caníbales ni de los nuevos palurdos”.




sábado, 1 de mayo de 2021

EL DÍA SIGUIENTE


EL DÍA SIGUIENTE

Todas las madrugadas son terribles, especialmente las que se erizan con los vidrios rotos de la gran noche anterior. Al amanecer reaparece, arisca y estragada, la tribu de los soñadores de la noche: ¿De dónde salieron ese moretón, esa cuchillada? ¿Dónde quedaron el coche, la novia, los grandes amigos, la tarjeta de crédito, el celular? ¿Qué fue de ese mundo resplandeciente -luz y sonido, músculos dorados, sonrisas prometedoras, calurosas miradas-, y aquella súbita generosidad de un mundo donde “sí se puede”, “todo se puede”, alzada por un surtidor de proyectos ambiciosos; por la codicia prócer de pedirle más, y más, y más vida a esa hosca realidad gris que, todavía al anochecer, era un pesado muro que todo lo prohibía, una alambrada que lo negaba todo, un espeso tejido del No, del Nunca, del Nada, del Ni-lo-pienses?
         El fulgor de los paraísos artificiales proviene menos de los estimulantes, de los cocteles y los elíxires en las rocas, de los humos, vapores, esencias, polvos y pastillas que invitan a atreverse a soñar más vida u otra vida, que de la rebelde vocación de esa desvelada tribu por negar el páramo urbano y asaltar una realidad que valga la pena. El sueño ha estado ahí todo el día, todas las semanas y meses y años anteriores, agitándose, golpeando contra las sienes, borboteando en los pálidos ensueños, colándose entre los resquicios de un trámite, del tedio de un atascadero del tráfico, del vago interés por un programa de tele.
Si esa mujer, si ese muchacho, si ese negocio, si ese cuerpo desgarbado y aceitunado se dieran la oportunidad de exigirle a la vida, de una buena vez y al portador, todo lo que les ha venido negando... Cuando la realidad municipal y espesa se encierra en sus hogares, brillan los anuncios de neón, se concentran en los antros o en las fiestas los nerviosos cofrades del asomo a lo imposible.
Nadie parece engañarse, sin embargo, cuando se encamina al reventón. Cuestión de soltar vapor un rato y ya, de darle gusto al cuerpo, de tomar en serio las fantasías, de extenuar al animal de rutinas del cuerpo, para que quede molido y no de lata por unos días. Pero nadie deja de soñar que entre todas las noches pudiera estar a punto de asomar la única, la deseada, la que abre las puertas y conduce a la otra orilla, al Amor o a la Aventura, o a la Experiencia Diferente, o la Amistad-de-la-buena, o a la oportunidad de dar con los salvoconductos o guías que permitan, ahora sí, “hacerla”, pero hacerla en grande: la transa o la chamba o el negocio o... O la aventura, o de perdida el desmadre. No puede ser cierta la pesadilla solar del no hay, no alcanza, hasta luego, vuelva usted mañana, ¿y a mí que me importa?, con la que la ciudad trata de sol a sol a sus ajetreados y tensos transeúntes.
La noche como rifa prodigiosa. Al menos había que participar, que asirse, jaibol en mano, a un boleto. Y todo era risas y modernidad y gente guapa, interesantísima, con amplias sonrisas de dentífrico, carcajadas emocionantes y opiniones decididas en discusiones frenéticas. De noche, en el reventón, las personas parecían diferentes, transfiguradas o monstruosas, hasta sicalípticas, pero indudablemente más reales que el desfile de magullados fantasmas resudados en el metro.

LA LEY DEL CRUDO
Eso recuerdas: ahí estás en un VIPS a las cinco de la madrugada, frente a unos tacos o un caldo picosísimos, con tu atuendo de utilería y los restos de la quincena, preguntándote: ¿Dónde quedaron el coche, la novia, los grandes amigos, la tarjeta de crédito, el celular? ¿De dónde salieron este moretón, esta cuchillada?
O en un hotel de paso, junto a un cuerpo desconocido, inoportuno, casi repugnante.
O haciendo cola en el Ministerio Público, entre la tupida turba de quejosos derribados, ajados náufragos de la noche, para presentar formal denuncia de la desaparición o de los daños de ese coche, esa novia, esos grandes amigos, esa tarjeta de crédito, ese celular.
O en tu cama hogareña, con jaqueca y los nervios de punta, sepultando la cabeza en un acceso de ansiedad en la almohada, mientras tu mujer, o tu madre, o los niños, o la sirvienta y los vecinos hacen un estrépito infernal, vulgarísimo, para vivir un maldito día rutinario y opaco más, frente al muro infranqueable que todo lo prohíbe, la espesa alambrada que lo niega todo, el denso tejido del No, del Nunca, del Nada, del Ni-lo-pienses.
Lo primero que debe hacer el crudo (o el ebrio que levemente enjuaga sus delirios en el amarillento amanecer polvoso, achocolatado) es perdonarse la vida. En la Gran Noche al menos pudo existir la travesura, la locura, el exceso. El compadre que dirige la orquesta con una botella o con un zapato. El subgerente de ventas que se atrevió o treparse a la pista, con un desdeñoso olvido de su panza, su torpeza, sus cachetotes y sus canas, y a zarandearse como comparsa dorado de una teibolera, en cuya liga o en cuya tanga dejó un flamante billete de doscientos pesos que cómo le duele ahora, al escudriñar los bolsillos para completar con morralla el importe de un consomé especial con higaditos, o de una birria callejera en pleno camellón de Insurgentes.
         Hay los crudos que caminan sin rumbo, largamente, por las calles derruidas y llenas de escombros y basura, como en un amplio final de película ecocida: disolverse en el horizonte y ya, irse viendo cada vez más pequeño, luego un grumo, luego un punto, luego casi nada, finalmente nada.
En algunos parques y avenidas arboladas coinciden con las rectas personas que no se equivocan, que no confunden la vida con espejismos ni candilejas, y empiezan su día enérgicamente con carreras y jogging, sudando la camiseta, para estar perfectamente sanos y en condiciones de dar lo mejor de sí frente al block de facturas o la clientela de deudores diversos.
El crudo y el atleta se cruzan sin verse, y acaso sin confesarse –sería demasiado cruel- la consabida historia del atleta que mañana andará como crudo o del crudo que mañana, tras una feroz bronca de conciencia consigo mismo, tratará de redimirse de una vez por todas y de reincorporarse a la vida aguada –no hay otra- al menos con cierta energía, con gimnasia, jogging y camiseta resudada, según recomiendan los manuales de autoayuda.
         El crudo sabe –él sabe- que le espera una larga cuesta, física y anímica. La ansiedad, la temblorina, las náuseas, la taquicardia; la depresión, la tristeza, el sentirse en el colmo de lo-absurdo-de-lo-absurdo. El demonio de los crudos es implacable. Pero al menos tiene la ventaja de ser gratuito, elegido, autoimpuesto. Ese golpe al menos no lo propinó la Rutina Idiota, sino las ganas de sacarle la vuelta, de encontrarle salida a los callejones que no la tienen y resplandores de erotismo y amooor a la Colonia Narvarte.
En consecuencia, lo segundo que debe hacer todo crudo es evitar a todo mundo, pero sobre todo a cualquier otro crudo, porque entonces sus demonios implacables se confabularían; uno se vería en el otro, multiplicado, y en aquél adivinaría, con obscena evidencia, todo lo que se oculta a sí mismo, su traje ajado, manchado, estropeado, acaso roto; el rostro envejecido, aguzado en un perfil biliar; el armatoste del cuerpo torpe, desguansado, con ganas de arrojarlo a la basura como un paraguas que nomás por ahí se reventó.
         El crudo intenta entonces mimarse, hacerse chistes, y Dios sabe que no hay peor momento para el humor que una buena cruda. La voz cascada, la tos gargajienta, los escalofríos, las náuseas, los pedos. Como papá tolerante y benévolo de sí mismo se da sus cachetaditas, sus palmaditas en la espalda: “¡No manches, güey, ahora sí te portaste verdaderamente mal!”  Felicidades.
Es todo un alivio ser (o hacerse el) perversón de vez en cuando, como para dejar constancia ante la Gris Realidad de que aún no lo ha atrapado del todo, de que él sigue insistiendo en arrancarle al mundo chatarra de la ciudad algún jirón maravilloso. Vivir, siquiera alguna vez, o de vez en cuando, algo que contar. Algo que valga la pena y te diga: “¡Hombre, realmente le estás sacando buen partido a tu juego!” Y a propósito de todo esto: ¿De dónde salieron ese moretón, ese rasguño, ese diente flojo, esa cuchillada, ese intenso dolor en la rodilla; cuándo demonios te llenaste de mierda los zapatos? ¿Dónde quedaron el coche, la novia, los grandes amigos, la tarjeta de crédito, el celular? 

RECUENTO DE DAÑOS
Recuerdas mujeres monumentales, desnudas, de un bronceado efectivamente metálico. Traes en los bolsillos tarjetas y papelillos con algunos teléfonos bajo nombres suntuosos: Dhara, Belinda, Tiaré. Tropiezas, junto al pañuelo, con un voucher de suma faraónica. “¿Pero y dónde diablos están la tarjeta de crédito, el coche, el celular?” Seguro los dejaste en el carro de Delgadillo. Claro: tu propio coche -¡qué alivio!-, quedó en casa de Delgadillo –“¿Pero entonces dónde carajo dejé las llaves?”-, cuando ustedes dos, y Ayala y ¿cómo se llamaba el otro, que te ofreció una recomendación para Obras Públicas, “seguro, mañana mismo, infalible: cuenta con ella, hermano”?, algo así como Mendoza, y algún otro más, partieron rumbo al Ecbatana en el coche de Ayala.
Ya te enterarás que eso no fue así. Antes del Ecbatana pasaron por el Soho, el Pigalle y el Sans-Souci. Dhara, Belinda y Tiaré no se conocen, ni bailan en el mismo sitio. Fuiste coleccionándolas poco a poco. Te lo dirá Delgadillo cuando te entregue tu tarjeta de crédito –“Pendejo, la andabas tirando por todas partes, cuando abrías la cartera para enseñarles las fotos de tus hijitos a las teiboleras. Te salvé la vida una vez más, mano”.
Los milagros ocurren: El celular reaparece en el coche. Todo empieza a recobrarse, el mundo vuelve a tener sentido; esta noche no naufragaste del todo.

EL RETORNO DEL GUERRERO
Ni mencionar quieres ese moretón en la mejilla, ese rasguño en el brazo, ese diente flojo, esa como cuchillada en la mano, ese intenso dolor en la rodilla. Pero has ido a recobrar lo que aparezca de la armada invencible con que te lanzaste a conquistar la noche. Infracción al segundo mandamiento de los crudos. La esposa de Delgadillo puso una cara de asesina cuando te abrió la puerta. Él no sabía si morirse de risa o pedir a gritos una aspirina, en su ridículo piyama japonés de buen marido.
Ahora están frente a unas cervezas, para el desempance, en una cantina tempranera. Unos meseros ruquísimos los compadecen y aplauden: “¡Juventud, divino tesoro1”.  Pasarán revista a todas sus victorias y conquistas.
No recuerdas a esa Lizbeth por la que, según Delgadillo, estabas casi dispuesto a lanzarte de promotor de bailarinas, conmovido hasta las lágrimas por el relato de cómo había sufrido entre chulos y gángsters durante su heroica peregrinación por una letanía suntuosa de letreros de neón a lo largo de toda la república: Copacabana, Riviera, Asteroide, Taj-Majal, Spoon River. Pero no hay que creerle a Delgadillo.
A la tercera cerveza te enterarás de que tuviste una discusión ideológica con un mesero a propósito de la liga turca de futbol, ¿o era la yugoslava? “Ya no hay Yugoslavia, pendejo”, te recrimina Delgadillo. Tú le gritaste racista e hijo de puta al mesero engreído o sabihondo, o él te lo gritó a ti.
Un crudo jamás debe creerle nada a otro crudo. Todos los crudos son mañosos y se cobran las cuentas de viejos agravios, envidias y desaires de la manera más alevosa. Todo lo exageran o inventan con gélido maquiavelismo para hacerte sentir peor. A lo mejor discutieron de películas, de punchis-punchis o de líneas aéreas.
A lo mejor no te enfrentaste a un simple mesero entrometido, sino a toda una mesa de gandayas envidiosos, que a tus espaldas les hacían guiños y les enviaban besos a Lizbeth, a Dhara, a Belinda y a Tiaré. ¿Cuál era cuál?
A lo mejor el rival y el envidioso fue el propio Delgadillo. O Mendoza -¿se llamaba Mendoza?- o Ayala.
“Vamos a hablarle a Ayala”, sugieres, con una estrategia tentativa. “Mejor ni le hables”, sugiere Delgadillo, haciéndose el memorioso, el dueño de la situación, el que sí se acuerda de todo lo que ocurrió esa noche y manipula la numerosa, especiosa información como un magnate.
Te enterarás de que tú mandaste al diablo a Ayala, o de que él te mandó al diablo a ti, o algo pasó que de repente te saliste encabronado del Ecbatana -¿o habrá sido del Taj-Majal?-, y al parecer nada tuvieron que ver en la contienda las aterradas Lizbeth, Dhara, Belinda y Tiaré, trepadas en las sillas y pidiendo auxilio a los meseros –aunque no se conocen, supones, y nunca estuvieron juntas ni en el mismo sitio-, sino la vieja cantilena de Ayala contra ti: que te sientes mucho y te pasas; o tu vieja cantinela contra Ayala: porque se siente mucho y se pasa.
Sea como fuere, ya en tu coche, con tu celular y tu tarjeta de crédito, sin más que lamentar que la suma faraónica del voucher y esa rodilla que a cada momento duele más, y cierta incomodidad en las costillas, y el rasguño y el moretón, te encaminas a tu hogar.
Ya prevés la trompa de furia de tu mujer y dos días de malos modos y monosílabos. Hacia el miércoles todo se arreglará. Y ya llegará el nuevo viernes. El sol del mediodía te fríe en vida frente a un semáforo.
Preparas tu entrada al hogar como un triunfador. La noche es una especie de deporte extremo, y después de escalar acantilados o de arrojarse en paracaídas no falta quien cojee un poco, quien tenga que llevar vendado el tobillo dos o tres días. Algo le arrancaste al mundo hostil, te convences.
“¡No manches, güey!”, te dices. Por el momento, considérate un campeón. Has librado una batalla más. Has vivido.






jueves, 1 de abril de 2021

EL JOVEN ESCRITORIO


EL JOVEN ESCRITORIO



A principios de los años sesenta, creo que en el estado de Tlaxcala existía un municipio llamado Villa de Xiconténcatl o llanamente, como lo denominaron los constructores del ferrocarril, Panzacola. A unos quince kilómetros de la Ciudad de Puebla.

         Ahí se estableció un internado religioso, salesiano, para niños de sexto de primaria y de secundaria. (De cien alumnos acaso alguno llegase a cura.) Yo fui uno de los fundadores del primer día, junto con el reciente Premio Nacional de Ciencias, Eusebio Juaristi, químico, un año mayor que yo. (El narrador tlaxcalteca Alejadro Menenes jugó básket y futbol sobre las canchas que Juaristi y yo ayudamos, con manos ampolladas, a construir).

         El chamaco Eusebio Juaristi era un genio: se ganaba siempre todas las medallas —había medalla para el mejor alumno de cada asignatura—, pero ése no era su mayor prodigio, sino su diplomacia: se trataba de un chico muy crítico, inquieto y travieso que no alarmaba demasiado a los curas. Se las arreglaba para aterrizar más o menos bien.

         Un grado abajo, yo lo imitaba acumulando las mismas medallas, pero sin diplomacia: quedaban en evidencia mi pereza, mi desorden, mi rebeldía ante los deportes y ante ciertos caprichos de las autoridades.

         Yo figuraba como chico aplicado, pero problema; Juaristi era aplicado, y algo emblema. Como nos tratábamos con amistad franca, solíamos reírnos a escondidas de las clasificaciones de los curas.

         Creo que desertamos al mismo tiempo: él tras un destino científico, que había de coronar con el Premio Nacional de Ciencias: yo tras un destino literario, o lo que por literatura pudieran considerarse mis lecturas favoritas de 1965: Amado Nervo, Rubén Darío, Hugo Wast, Rubén Marín, Juan Ramón Jiménez, Alfonso Junco, los narradores cristeros, el padre español Iraolagoita, quien hacía sermones chistosos y saturados del Concilio Vaticano II (Cristianerías; Evangelio sí, evangelio no); y dos novelas sobre las que derramé el entusiasmo que hubieran merecido Balzac o Stendhal: Una se llamaba Dios hablará esta noche, sobre la pasión religiosa en la adolescencia, por un tal Jean-Marie de Buck; otra, de un cistercense padre Raymond, quien noveló la saga del Císter en Tres monjes rebeldes.

         Tuve entre los muchos profesores alguno que me alentó a escribir: el clérigo, pero todavía no cura, Manuel Quintanar. Para agradarle escribí innumerables poemas y relatos, que solían admitir su generosa aprobación... como primeros intentos. “Ahí la llevas”, me decía.

         Del clero al PRI: tercero de secundaria, en la escuela oficial número 3, “Héroes de Chapultepec”. Ahí andaba Ramón Sosamontes –ahora, creo, delegado en Venustiano Carranza, sosamente predicando el perredismo: se distingue como contabilizador de prostitutas en la Merced.

         Empecé a enviciarme con la costumbre de esperar que al menos alguno de la docena de maestros me admitiera como cómplice de alguna conjura literaria. La guapa maestra Leticia Herrera Cerecer se impresionó poco con mis poemas y con mis cuentos, pero algo más con mis monografías sobre el Cid, el Arcipreste de Hita o El Quijote. Me prestó libros de Rosario Castellanos, Luisa Josefina Hernández, Leñero, Spota, Fuentes, Sergio Fernández... y me lanzó a un concurso juvenil de oratoria, patrocinado de modo tripartita por el PRI, la SEP y el diario El Universal (1966).

         Se trataba de eliminatorias por escuelas, luego por distritos, hasta llegar a la gran final de “toda la estudiosa juventud capitalina” en la Escuela Normal de Rivera de San Cosme. Gané con cierta facilidad en este auditorio con dos discursos, uno de tema libre, preparado —memorizado—, sobre los Niños Héroes; y otro súbito, propuesto por el jurado: “La responsabilidad de la juventud mexicana”.

         Nunca he escuchado ni me he creído tanto los aplausos como ese día. Salí loco, lleno de gloria. Recibí mi primer diploma extraescolar, como orador; mi primer cheque (mil pesos cuando el dólar costaba 12.50), un libro de “Sepan Cuantos” dedicado por la mismísima directora de la Secundaria 3 (Mitología griega del Padre Garibay); y pude lucir mi vera foto, de orador inspirado y enfático, en las páginas interiores de El Universal del mes de octubre de 1966. (Ya no existe el ejemplar real del periódico en los archivos del Universal, sino una borrosa fotocopia que acentúa mis incipientes bigotes).

         Lo grandioso fue que, a partir de entonces, a los quince años, me sentí escritor; y que mi madre dejó de atribularse ante el futuro de miseria de los poetas: Yo podría lograr algo con las letras, dijo; y conté enseguida y hasta su muerte con todo su apoyo.

         Sobra decir que para tal concurso fui concienzudamente entrenado, aconsejado, envuelto en el cariño y la autoridad de la profesora Leticia Herrera Cerecer, ahora (según he visto), autora de muy difundidos libros de texto modernos, novedosos, sobre la enseñanza del español y la literatura.

         Luego, con cierta pedantería, me inscribí en la Preparatoria 1, la histórica: la exigente: San Ildefonso. Harta fue mi consternación, al conocer los resultados del examen del admisión, ante el hecho de que se me admitía con promedio 7.5; ¡yo jamás había bajado en mis escuelas del 9.5!

         En cierta medida el examen estaba mal hecho: recuerdo de que uno de mis “errores” fue clasificar en las pruebas de opción múltiple, a Lizardi como “autor colonial” y no como decían que se debería: “cronista de la Independencia”. Yo había leído El Periquillo Sarniento, de 1813, y no le encontré Grito de Dolores ni Trigarancia alguna. Pura crítica del orden virreinal. El Periquillo era de 1813. ¿Debía ser considerado “independiente” porque Hidalgo “gritó” en 1810? ¿Acaso la realidad de la Independencia no ocurrió hasta 1821, apenas seis años antes de su muerte (1827); seis entre los cincuenta y uno de la vida de El Pensador Mexicano?  Algún día introduciremos a Lizardi, como a fray Servando, en la parte colonial que les corresponde, y no en la demagógica “independiente” de nuestra literatura. ¡Fuera los criterios patrioteros!

         Pero en fin... luego supe que también eran “buenas calificaciones”, con derecho a inscripción, el 6, el 5, el 3.7... Recibí felicitaciones por ese 7.5 que en la secundaria me habría dado terror. Jamás supe el nombre del envidiable prócer que ingresó a San Ildefonso con un 8 perfecto en 1967.

         Nunca me he sentido tan cerca del rigor académico como en la Preparatoria 1, San Ildefonso. Me encontré al menos tres maestros importantes, autores, periodistas, hombres de gran cultura, que consideraban parte fundamental de su magisterio pescar por lo menos un alumno literato. Se llamaban Joaquín Conde, Luis Noyola Vázquez y Arturo Sotomayor.

         Joaquín Conde, filósofo republicano español, quien hizo publicar los textos que yo le llevaba en la revista Estilos, donde salían además traducidos al inglés, pues se trataba de una publicación bilingüe. Era un atinado bromista. A él le debo mi afición, un tanto irónica, por ciertos filósofos asistemáticos, como Unamuno. Detestaba a Ortega y Gasset.

         Algunas tareas —sobre Sor Juana Inés de la Cruz, por ejemplo— me fueron celebradas por el gran lopezvelardista Luis Noyola Vázquez, quien me las hizo publicar, así como mis primeros cuentos, en Letras potosinas (1969), una revista en la que él colaboraba frecuentemente desde su fundación.

         Jamás encontré estímulos semejantes en la Facultad de Filosofía y Letras, salvo mis cursos con la maestra, ahora doctora, Eugenia Revueltas. Y luego el mayor, y el más radical y conflictivo: don Arturo Sotomayor.

         Don Arturo era un viejo muy guapo (unos 55 años, pero ya cano), esbelto, de elegantes trajes. Fumaba en salón sus buenos puros. Era algo teatral y su principal escena consistía en demostrar cómo los adolescentes de 1967 no sabíamos nada de nada, a diferencia de los quinceañeros de su época (los treintas), que escribían poesía y tenían una posición política firme aun imberbes.

         Se trataba de un hombre odiado y admirado. Muchos preparatorianos evitaban sus cursos. Otros los perseguíamos. Él perseguía a quienes lo perseguíamos. Formamos una banda de estudiosos radicales. Queríamos saberlo todo, cambiarlo todo, guiados por él. Era un total utopista: descreía del comunismo, pero confiaba en volver a “las raíces generosas” de la Revolución Mexicana.

         El día que la preparatoria de San Ildefonso fue tomada, en 1968, por el ejército, don Arturo estuvo varias horas muy cerca de las tropas que la rodeaban, alejando del peligro a los desprevenidos estudiantes. Durante los muchos meses de suspensión de clases, nos dio lección en cafés o en su propia casa. Nos decía: “¡No se alboroten, no se expongan, no se crean todos sus sueños: los estudiantes vasconcelistas pagaron muy caro confundir la realidad con los sueños!”

         Un año atrás. El segundo día de clases de 1967, a eso de las ocho de la mañana, yo estaba resplandeciente en un pasillo del segundo piso del primer patio. A través de mi nueva amiga Iris Santacruz, había logrado que el escritor René Avilés Fabila, su hermano, leyera algunos cuentos míos, me los devolviera llenos de correciones ortográficas y gramaticales, y los acompañara generosamente con un ejemplar de su nuevo libro, Los juegos (donde se burlaba de la Mafia de Benítez, Monsiváis, Piazza, Fuentes, Cuevas, etcétera), con una dedicatoria personal muy estimulante.

         Arrimado a un balcón, frente al aula de Sotomayor, esperaba la clase de Historia, hojeando el primer libro que me había sido dedicado por su autor. El maestro llegó, partiendo plaza, con su peinado impecable, su bigotes impecables, su traje inglés, y con un gesto autoritario me mandó mostrarle el libro “que tanto me interesaba” antes de entrar a clase.

         Montó en cólera contra Avilés Fabila, por no se qué partidarismos que hacían de don Arturo un solidario de René Avilés padre, y un inquisidor de René Avilés hijo. Me hizo ponerme en pie en mitad de la clase, y me interrogó, a cañonazos, sobre Cervantes, Esquilo, el Padre Garibay, Eulalia Guzmán, Ignacio Romerovargas Yturbide, el calpulli en el Anáhuac y la aventura de los batanes del Ingenioso Hidalgo.

         Me defendí como pude. Pude poco. Montado en ira jupiterina, Sotomayor maldijo a los jovenzuelos que leían “basura” actual sin conocer a los clásicos. Me retó: si realmente me sentía con vocación de escritor y no andaba luciendo una mera pose, a disertar próximamente en su clase —¡que era sólo de Historia de México!— sobre algunos aspectos de Cervantes, Esquilo, Bernal, Romerovargas Yturbide y Eulalia Guzmán.

         Mi orgullo lastimado me arrojó días enteros a la entonces apacible y fácil Biblioteca Nacional, en  el extemplo de San Agustín de Isabel la Católica. Y mal que bien cumplí sus retos. Escribí largotas tareas; diserté decentemente sobre lo que el maestro quiso.

         Recibí un enorme premio. La decisión de don Arturo de vigilar personalmente, ya más que mis estudios de preparatoriano, mi formación de escritor. Empecé a tomar café con él tres o cuatro veces por semana; a cenar, con él y otros de sus alumnos elegidos de otros grupos, una vez cada quince días en su casa, después de que cada cual leyera sus engendros, y fuesen criticados mordazmente por todos.

         Trató en vano de enseñarme a distinguir con un traguito los buenos vinos. Se preocupó luego por ayudarme a ganar dinero en editoriales y diarios, o en servicios como cuidarle su casa la semana que se iba con su familia a Veracruz. Me impuso la lectura completa de Artemio de Valle-Arizpe. Redacté para él una versión infantil de la novela Astucia, de Luis G. Inclán, que alguno de los Porrúa, quien me la pagó, no llegó a publicar. (Por mucho que me quisiera pasar de listo, se notaban mis 16 años.)

         Clandestinamente, encerrado en casa de don Arturo una semana, para “cuidársela en vacaciones”, leí sus libros: sus poemas del Ángel de los goces, plenos de un modernismo a la manera de Barba Jacob; sus libros de historia de la ciudad de México, que son varios (En especial: México, donde nací; otros ensayos de derecho, historia y especialmente de crónica de la Ciudad de México.)

         A partir de Sotomayor quise cronicar esta ciudad. Le gustaron mis primeras tentativas. Un viernes de septiembre (creo) de 1968, súbitamente, renunció a su conferencia semanal sobre la historia de la ciudad en el Museo de la Ciudad de México, y me hizo ocupar su lugar, en el patio, frente a unas doscientas personas: bajo su protección (“Mi dilecto discípulo JJB”). Leí mis primeras torpezas de cronista. Mi rollote heroico sobre la Gran Tenochtitlán se publicó en mimeógrafo, dentro del tomo de su curso. Luego he fatigado, durante más de dos décadas, la “crónica urbana”. Se trata, en buena medida, de una mera prolongación de la exaltación de cronista de aquel día...

         Sospecho que mi larga (y ya concluida definitivamente) tarea de cronista capitalino, fue una manera de agradecer su inspiración y su ayuda. Ganas de agradar a don Arturo. Le gustaban un poco mis cosas: “Pero no es eso lo que espero de ti”.

         Sin embargo, también me daba por la poesía. Había asistido unos meses a los irregulares “talleres” de Juan José Arreola en la Casa del Lago (los jueves —algunos: Arreola faltaba mucho— a las 5 de la tarde, 1967). Arreola me hizo leer a Borges, a Renan, a Papini, a Kafka, a no sé cuántos autores más. Me indujo por dos años la superstición del texto brevísimo y extravagante, de perfecta filología, que no superara las dos cuartillas. De modo que tuve de pronto un manojo de “prosas poéticas”,  dócilmente escritas para el taller de Arreola, que el buen René Avilés Fabila acogió en su serie “Cuadernos de la Juventud” (INJM): mi primer libro... que desde luego dediqué a don Arturo. Lo llamé Otra vez la playa (1970). “Está bonito, pero no es lo que espero de ti”.

         Entonces todo empezó a quebrarse. Don Arturo era un hombre de ideas duras y apasionadas, e intolerante ante los “vicios” que había combatido toda su vida. Uno de ellos era, desde luego, la homosexualidad. Algo me sospechó al respecto. Excediéndose en su papel de padre moral, trató con todas sus artimañas de librarme de ese abismo en el que yo todavía no caía “del todo”, ¡pero me moría por caer!

         Caí. Me enamoré. Formé pareja homosexual. Me interesé por lo que me ayudara a vivir entre libros de autores homosexuales. Descubrí y veneré a Gide. Tuve que poner distancias entre ese maestro querido, pero erigido en juez inconmovible, y mi joven vida de dieciocho años que, ni modo, se encaminaba por las sendas que don Arturo detestaba... Me le hice el escurridizo. Sin duda le causé alguna desilusión, alguna pena. Mi sufrimiento de perder a don Arturo fue mayor. Lo imperativo era crear, a mi modo, mi propia vida.

         Entré a la Facultad de Letras de la UNAM. La escuela más inútil de mi vida. Por desgracia no encontré quien me apoyara en mi deseo de desertar de la academia. “Por mucho que la odies termina la carrera, es necesaria”, me decían mis amigos. Obtuve una licenciatura que aprecio menos que mi bachillerato.

         Don Arturo Sotomayor tenía dos hijos chiquitos. Uno, Arturo-Adrián, a quien recuerdo de unos siete años con uniforme de karateca, me puso un mote, al verme tan seguido en la casa y el estudio del maestro: Don Arturo me proclamaba “el joven escritor”; el niño mejoró el mote: “el joven escritorio”.

         Volví a ver a Arturo-Adrián, fugazmente, cuando ya era todo un adolescente encantador, durante un homenaje en que algo leí en honor de don Arturo en la Biblioteca Cervantes (¿1978?). No pude adivinar que ese Arturo-Adrián fuese a escribir, quince años después, La vela de la luna loca, importante obra de teatro que armó gran alboroto gay e indigenista.

         Me entero de que ha muerto de sida hace pocos meses (1998). Su madre, también escritora, celebró su valentía personal y su amor por el teatro en la esquela fúnebre. Quise a ese niño hacia 1968 y, a mi modo, guardo mi duelo y mi recuerdo; no conocí al dramaturgo adulto.

         Todos mis maestros, de alguna manera, se concentran en Don Arturo. Sigo obedeciéndolo, treinta años después de dejar sus aulas. He continuado al cronista independiente de la Ciudad, siguen importándome sus lecciones, sus ideales, sus parámetros. En tal sentido he redactado manuales y antologías de literatura novohispana —desde su punto de vista jacobino, pero también nacionalista: hay que celebrar todos esos templos tan feos: son, por desgracia, nuestro patrimonio­­­­­­—; y he querido reivindicar, a su manera, a nuestros liberales-románticos, sus héroes, contra el desdén de los modernistas-currutacos, los míos.

         A veces escribo coléricas columnas periodísticas contra los desastres del Estado, que se parecen (o debieran parecerse) a su longeva columna “La Ciudad y Usted” en el Diario de la tarde.

         Mi homenaje de perpetuo discípulo es continuar sus lecciones. Entreveo su sonrisa desprobatoria, a ratos, sobre algún trabajo mío: “No, Joaquín, no se trataba de eso: pero al menos, aunque te equivocas, hiciste cosas interesantes. No es bueno, pero tiene sus hallazgos. Sigue por ahí... Hay que leer diez clásicos para permitirse la frivolidad de leer un moderno”.

         Recibo una novela póstuma de don Arturo Sotomayor: Ustedes (Gobierno del Estado de Puebla, 1998, prologada por su amigo Renato Oropeza Martínez). Este abogado-maestro-periodista siempre, hasta en la dimensión póstuma, persiguió a las musas.

         Que me cuenten de virtuosos, perfectos, y monstruos de la literatura: yo siempre he seguido, a mi modo (don Arturo era demasiado mandón), la fresca obsesión literaria que él me enseñó. Modestia, pero modestia encarnizada: artículos, crónicas, clases, conversaciones.  Sigo siendo, tan vez más en la medida que envejezco, su viejo y querido discípulo... insuficiente.

         No poseo una foto con él. Debe haberla en algún lado. ¡Nos tomaron tantas! Pero la llevo siempre, imaginariamente, como emblema de todas mis ambiciones de cronista, historiador, literato... formado por él.

         Luego me he negado a ser discípulo de otras gentes: ya tenía maestro de sobra. Ya ningún falso prócer me apantallaba.

         Que don Arturo Sotomayor de Zaldo (1913-1995) y su hijo Arturo-Adrián, dramaturgo locazo y valiente, descansen en paz. Han de durar entrañablemente en mi recuerdo. Mi literatura quisiera estar, sobre todo, cerca de ellos.

         Cuando traté de ser escritor en serio, a principios de los años setenta, escribí un nombre en mi primera libreta firme de trabajo: Sotomayor. Jamás he escrito algo sobre la ciudad o la historia de México sin pensar en él, sin desilusionarme ante la evidencia de que: “Está bien, pero no era eso lo que esperaba de ti”.

         Mi natural rebelde lo increpa: ¿Y lo que yo, maestro, espero de mí, no cuenta?

         Con unas copas encima, converso mucho, y acaloradamente, con su fantasma. Trato de sobreponerme a sus regaños paternales. Algunas veces fracaso.