domingo, 1 de mayo de 2022

EL REPORTERO DEL DIABLO

El reportero del diablo 
Por José Joaquín Blanco  
Deambulaba por los bares y fondas de la Calle Michoacán, en la colonia Condesa, un fantasmal reportero de policiales a quien todo mundo despreciaba. Su delito era que detestaba el cine, y no existe al parecer mayor crimen en el siglo veinte que odiar las películas. Equivale a un criollo novohispano que aborreciera las misas. Ahí se pasaba sus ratos libres, entibiando sus whiskies en el Bar Nuevo León, hasta que aparecían sus amigos (amigos es un decir: ¿cómo hacer amistad con quien nunca va al cine? ¿entonces de qué diablos se platica?), después de haber asistido a alguno de sus cotidianos portentos cinematográficos. Y sin más trámite se sentaban a su mesa a comentar en sus narices, minuciosamente, todas las joyas de la pantalla.  

    El fantasmal reportero los escuchaba con la paciencia de un reacio al futbol que asistiera a la enumeración de todas las bíblicas alineaciones del Atlante a través de los siglos. Un martes de noviembre del 2000 (todavía era el siglo veinte), el sabihondo cinéfilo Godínez, de la fuente de economía, se quejó con una mueca de asco digna de Robert de Niro, de la incapacidad mexicana para las tramas policiacas: 
    -No hay ningún thriller mexicano. ¡Sencillamente tampoco servimos para eso! 
    -Por ahí hablan de Distinto amanecer, de Julio Bracho, protagonizada por Pedro Armendáriz, Andrea Palma, Alberto Galán y el niño Narciso Busquets; argumento de Max Aub con diálogos de Xavier Villaurrutia –arguyó lenta, parsimoniosamente el reportero de policiales, nomás para fastidiar.
    -No mames –increpó El Chiquilín Martínez, de la fuente de Presidencia, famoso por la diminuta cabeza con que exornaba sus flacos dos metros de estatura-; eso no es cine, sino literatura filmada. Los diálogos suenan estiradísimos, in-ve-ro-sí-mi-les. La fotografia de Figueroa, peor. 
    El reportero fantasmal se había quedado varado en la sección de policiales de un periódico desde hacía tres años. Sus primeros colegas ya habían ascendido a las direcciones de Comunicación Social de diversas dependencias burocráticas. Pero él seguía ahí, fiel al lado del crimen, para no traicionar su vocación de poeta abstracto. Soñaba con un libro de poemas “antilogocentristas, molecularizados y átonos”. Por eso se negaba a colaborar en la sección y en el suplemento culturales, porque ahí “se contamina uno de literatura”. Y quería despojar sus versos de todo lastre literario a fin de lograr “el accidente grafístico puro, el grafismo esencial, como una muesca en acrílico o una arruga de trapo de los abstraccionistas catalanes”. 
    “Detrás de todo poeta abstraccionista declarado, hay un vergonzante recitador de ‘El Brindis del Bohemio’”, solía apotegmatizar el odiado crítico Andueza, en el suplemento dominical del mismo periódico. Se trataba de la historia de un rencor: Andueza había sido compañero de preparatoria del periodista fantasmal, y en aquellos años habían competido en un concurso de declamación, en el cual había triunfado el futuro reportero de policiales con “El brindis del Bohemio”, mientras que al futuro crítico literario se le había olvidado “La raza de bronce” a las primeras estrofas, y tuvo que abandonar el estrado todo confuso y en medio del abucheo estudiantil. En efecto, antes de odiar la literatura (ya para entonces evitaba el cine), el futuro “poeta abstraccionista” había tenido sus barruntes de erudición policiaca. Y salió a relucir esa tarde: -Si quieres un thriller, ahí esta El privado del virrey... 
    -¿Que qué? –exclamó Godínez, amenazante como Jack Nicholson. 
    -No es una película, sino una obra de teatro de Rodríguez Galván, pero también se lee; digo, porque los cinéfilos monolingües mexicanos van a leer las películas. Puros subtítulos y subtítulos. Y los “espectadores” hechos la mocha: lee y lee subtítulos. Para ese caso, que mejor lean los guiones en su casa... debidamente traducidos. 
    -¿Vaaaas al teaaaatro? –insistió Godínez, escandalizado como Sylvester Stallone ante un ballet clásico. 
    -Te digo que la leí en la prepa. Me tocó hacer una monografía sobre la Calle de Don Juan Manuel...         Para los ignorantes: estoy hablando de la actual Calle de República del Uruguay, el tramo entre 5 de Febrero y Pino Suárez. Antes del thriller se llamaba simplemente Calle Nueva. El fantasmal reportero de policiales consignó que Ignacio Rodríguez Galván había escrito El privado del virrey hacía más de siglo y medio; y que ya para entonces se consideraba viejísimo el argumento, de mediados del siglo diecisiete... Y que lo habían retomado como veinte autores: el Conde de la Cortina, Manuel Payno, Irineo Paz, Vicente Riva Palacio, Juan de Dios Peza, Luis González Obregón, Artemio de Valle Arizpe; que incluso había aparecido en historietas y radionovelas sobre “tradiciones y leyendas de la Colonia” durante los años sesenta. 
    El odiado crítico Andueza permaneció impasible frente a tal sabiduría; durante esa semana sólo se dignaba conocer de autores sudafricanos. El reportero de policiales contó la historia de un gachupín acaudalado, originario de Burguos, que se hizo íntimo del virrey Marqués de Cadereyta. Lo nombraban Don Juan Manuel de Solórzano. En México le llovieron favores oficiales, incluso puestos en la Real Hacienda y gestiones sobre los productos que llegaban de España en las flotas, así como la cerrada envidia pública, promovida especialmente por parte de la Audiencia y de los mayores comerciantes de la ciudad. Resultó breve su privanza (1636) y largas las intrigas de los malquerientes, hasta que fue a dar a la cárcel (1640), acusado de malversación y fraude con el dinero del gobierno. 
    -¿Y a eso lo llamas un thriller? –reclamó Godínez, impasible como Michael Douglas. 
    -Bueno, es que Don Juan Manuel conocía muy bien a su bella esposa: Doña Mariana de Laguna, más rica incluso que él, heredera de minas en Zacatecas. Don Juan Manuel sabía que doña Mariana no podía estar muchas horas sin hombre... 
    -Mejora la trama... -Sobornó entonces a las autoridades, para que le permitieran visitas conyugales, que desde luego no eran toleradas en esos tiempos. Pero sólo le concedieron una vez por semana, y doña Mariana era mujer de programa triple todos los días... 
    -Tres sin sacar –intervino misteriosa y embozadamente Gil Gamés. 
    -Además se notaba tan sosegada en sus parcas y rápidas visitas semanales que a don Juan Manuel empezaron a rondarlo unos celos feroces. Alguien andaba tranquilizando a su esposa. Sospechaba sobre todo de las mismas autoridades que lo tenían en la cárcel, especialmente del Alcalde del Crimen... 
    -Ya, al grano –exigió Godínez, esgrimiendo su cuba como un revólver. No era tan fácil, explicó el reportero de policiales: las versiones variaban. Había quien afirmaba que don Juan Manuel sobornó al carcelero para que lo dejara salir, como murciélago en la oscuridad nocturna, a espiar el balcón de su propia casa. Pero no sonaba lógico: lo mismo habría podido pagarle al cancerbero para que le permitiera cumplir por triplicado con su esposa todas las noches... Según otros autores le había vendido su alma al diablo, a cambio de escaparse a medianoche y espiar su balcón desde el zaguán de enfrente. Aunque la objeción sería la misma: igual pudo habérsela vendido para disfrutar cómoda y triplemente a doña Mariana, y hasta cenar a gusto en casa, evitándose los fríos callejeros... Total, resumía el reportero de policiales: don Juan Manuel pintaba con carbón una especie de puerta en el muro de su celda, la abría con una llave que también dibujaba, y ya estaba afuera. 
    -No mames: eso es La mulata de Córdoba. ¡La acabo de ver en la tele! –gritó El Chiquilín Martínez, con una vocecita aflautada desde la exornada y módica cumbre de su roperote huesudo.
     -La mulata pintaba un barco... -O Bugs Bunny –intervino, muy camp, Andueza, olvidándose por un momento de su exclusividad semanal con los autores sudafricanos. 
    -Al grano, maestro –apremió Godínez expeliendo la cavernosa voz de Marlon Brando en El Padrino.     Había pasado lo de siempre, señaló el reportero de policiales con desprecio profesional ante la nota roja de cada día: don Juan Manuel llegó a su calle, miró su balcón y descubrió las sombras de doña Mariana y un galán, agasajándose. 
    -¡Y se equivocó de ventana, y nos estás hablando de un rocanrol de Johnny Laboriel!: “¡Oh qué confusión, el número equivoquéeee. Siluetas, siluetas, siluetas soooon!” –cantó el aborrecido crítico Andueza, ya sin idea (en caso de haberla tenido alguna vez) de dónde quedaba Sudáfrica. 
    -No se equivocó de ventana. Esperó a que saliera el galán y lo apuñaló. El galán venía embozado en su capa, como si la densa oscuridad de la noche no lo cubriera bastante. Hay que recordar que no existía entonces ningún tipo de alumbrado público en la ciudad: ni fogatas, ni lámparas, ni faroles. Entonces don Juan Manuel le preguntó a bocajarro: “Perdone su merced, ¿qué horas son?”. El embozado contestó sin descubrirse: “Las once”. (Seguramente acababa de echarle un vistazo al reloj en casa de doña Mariana.) “¡Dichoso su merced, dijo don Juan Manuel, pues sabe la hora en que muere!” 
    -¿Y dónde está el thriller? –increpó Godínez, retomando su mejor perfil de Michael Douglas. 
    -En que don Juan Manuel regresó a la noche siguiente, prosiguió cansinamente el reportero de policiales; y vio y preguntó y escuchó y exclamó lo mismo, y volvió a matar al galán. Así todas las noches durante muchos meses. Todas las madrugadas la ronda levantaba un asesinadito en la Calle Nueva. 
    Don Juan Manuel nunca supo si siempre mataba al mismo o a galanes diferentes. Si realmente salía todas las noches o nomás lo soñaba. Finalmente la justicia, el soborno o el diablo lo pusieron en libertad. Entonces apuñaló expedita, antidramáticamente a doña Mariana.
    -¿Y por qué no la mató desde antes? –preguntó Godínez, práctico como Harrison Ford. 
    -A lo mejor creía que iba a tener que estarla asesinando todos los días... –rió a chillidos El Chiquilín Martínez. El caso era, según el reportero de policiales, que ya en libertad, don Juan Manuel comprobó que no se había tratado de alucinación alguna, ni de una trampa del diablo. Averiguó los nombres de docenas de galanes que habían sido misteriosamente asesinados, noche tras noche, frente a su puerta, a pesar de la estricta vigilancia de guardias y alguaciles. Entre ellos figuraban nada menos que el propio Alcalde del Crimen, un tal Vélez de Pereyra; un escribano, dos oidores, varios frailes y canónigos, y hasta el pariente más querido de don Juan Manuel, su sobrino y heredero, pues no tenía hijos. Arrojó el cadáver de su esposa por la ventana, dispuesto a todo, y se sentó a esperar al alguacil... quien nunca llegó. La ronda se había acostumbrado al cadáver diario, aunque ahora se tratara de una mujer. Ya desde entonces las costumbres andaban a ratos al revés. Y don Juan Manuel tenía la coartada de haber estado preso todos los meses en que habían ocurrido los otros asesinatos. 
    -¿Y entonces? –preguntó El Chiquilín Martínez, desde la cabeza de alfiler que exornaba sus dos metros de estatura. 
    -Ahí tienen su thriller: resuélvanlo. -Pues don Juan Manuel se quedó sentadito, close up y créditos finales –especuló Andueza, decidido a dejarse de tonterías y retirarse a redactar otra enjundiosa reseña de media cuartilla sobre todos los autores sudafricanos a la vez. 
    -Claro que no. Es drama de época. Corrió a confesarse con el cura. ¡Había matado a docenas de hombres!, aunque no estuviera seguro si soñaba o de veras lo hacía; si salía de la cárcel con su puerta y su llave de carbón o se alucinaba de celos dentro de ella... 
    -Eso ya es Arturo de Córdova... –apuntó, erudito, Godínez, como si dijera: “No tiene la menor importaaancia”. 
    El cura, según el reportero de policiales, no supo resolver el thriller. ¿El multiasesino había sido don Juan Manuel o un fantasma urdido por el diablo? ¿A quién condenar? Tuvo que invocar a los detectives celestiales, que como es sabido se toman su tiempo. Mientras tanto mandó a don Juan Manuel que rezara tres noches seguidas el rosario a la medianoche, al pie de la horca. La primera ocasión escuchó, con el rosario en la mano, una voz de ultratumba: “¡Rezad un padrenuestro por el alma de don Juan Manuel!”; la segunda: “¡Rezad un avemaría por el alma de don Juan Manuel!”... -¡No mames: eso es la Llorona! –protestó, maullando, El Chiquilín Martínez, ofendido en sus más entrañables tradiciones. -Y al tercer día amaneció colgado en la horca. 
    Volvieron a variar las versiones, en opinión del reportero de policiales. La leyenda popular rumoraba que los propios ángeles, escandalizados, bajaron del cielo y lo colgaron. O las docenas de difuntos galanes rencorosos, capaces también de vender su alma al diablo, incluso en el cielo, con tal de bajar un rato y vengarse. O la insaciable doña Mariana. 
    -El caso es que alguna vez hubo thrillers en México y amén –cerró el fantasmal reportero de policiales, y se puso a mascar un hielo. 
    -Qué bueno que en policiales se limitan a transcribir puros chismes. Como reportero no tienes nada qué hacer –le espetó sumariamente Godínez, y se retiró del Bar Nuevo León con un reposado andar stanislavskiano, digno de Al Pacino. 
    Pero gracias a la leyenda de don Juan Manuel, o al miedo de que “el reportero del diablo” -como se le empezó a llamar con sarcasmo por la Calle Michoacán de la Colonia Condesa- volviera a contarles algo semejante, sus amigos (amigos es un decir: ¿cómo hacer amistad con quien nunca va al cine? ¿entonces de qué rayos se platica?) dejaron de hablar tanto de películas en su presencia. 
    Se le puede ver dos o tres tardes por semana, entibiando sus whiskies, con la mirada perdida, ensoñando con esa poesía “antilogocentrista, molecularizada y atonal” que ni vendiéndole el alma al diablo le asoma por la mente. El odiado crítico Andueza (esta semana especializado en los aforistas de Tahití) murmura que “el reportero del diablo” no anhela tanto una poesía que exprese el “accidente grafístico puro, o el grafismo esencial, subrepticiamente rizomático, como una muesca en acrílico o una arruga de trapo de los abstraccionistas catalanes”, sino esos “vulgares premios y becas gubernamentales” que, sin tanto andarse por las ramas, el eficaz y aborrecido crítico Andueza recibe varias veces al año por sus reseñas semanales de media cuartilla. 
    Lo que yo puedo contarles es que cuando ingresé como redactor emergente al suplemento cultural no tenía la menor idea de todo este asunto. Y una noche se me ocurrió hablar en el Bar Nuevo León, taqueando chistorra con setas al ajillo, de cierta película de Billy Wilder. Entonces el “reportero del diablo” se me quedó mirando con una sonrisa torva y oscura como callejón del crimen, y me preguntó: -Oye, hueso –en esto del generoso y solidario oficio del periodismo nos llaman “huesos” a los novatos, y nos ocupan sobre todo para mandarnos por tortas y refrescos a la esquina-; oye, hueso, ¿sabes qué horas son?

jueves, 21 de abril de 2022

CRONISTA DEL PSUM





CRONISTA DEL PSUM

A finales de 1981 me llamó Manuel Becerra Acosta, el director de Unomásuno, para encargarme una misión exótica: escribir día a día, durante meses, viajando por todo el país, la crónica de la campaña presidencial del recién formado Partido Socialista Unificado de México, el PSUM.
         Todavía no aparecían los supuestos 8 mil cronistas fabulosos de la Sociedad Civil (melodramáticos, filantropiquillos, ignorantazos, llorones), y el género mismo de crónica —que ni siquiera se llamaba así en los periódicos, sino “nota de color”, como equivalente de relleno pintoresco— resultaba borroso y marginal.
         No se me enviaba como reportero, con la responsabilidad de la información, sino como cronista. Me vi todo el tiempo como el único extravagante “cronista”, es decir, el único no-reportero, del grupo de prensa del PSUM. Me sentía el único no-matemático en un congreso de matemáticas: Un buen reportero es la cosa más Humphrey-bogartiana del mundo, mientras que el cronista nomás se dedica a chismear y a colorear.
         Pocas veces he sentido un desprecio más gélido que el de un reportero hacia un cronista. Para moderarlo, les recordaba que yo iba sin plaza, sueldo ni sindicato de reporteros. Iba de loco. Mi status era de simple colaborador del periódico y cobraba cada texto como mera “colaboración”, con las cifras módicas y todo el lío administrativo que le sigue siendo (irracionalmente) propio. Entonces se conmovían y lastimeramente casi me aconsejaban que mejor me dedicara a otra cosa.
         “¿Qué diablos es la nota de color?”, le pregunté a Becerra. “Pues escribe tus barbaridades”, me dijo.
         Traté de negarme, asustado. Pero siempre me ha sido difícil decirles un no a personas o proyectos que estimo, o con los que me unen lazos de esperanza o gratitud. Unomásuno era el periódico de todas mis ilusiones, y le estaba particularmente agradecido a Becerra Acosta por no sólo permitirme, sino hasta solicitarme todo tipo de “barbaridades”, impublicables entonces en otros medios (recopiladas parcialmente en Función de medianoche, 1981). Ninguna le parecía suficientemente atroz, escandalosa o inconveniente; me incitaba a ir cada día más allá, en asuntos, en lenguaje, en perspectiva crítica, en inconveniencias y sarcasmos
         Nunca lograba epatarlo con mis crónicas “escandalosas” de la vida cotidiana o subterránea de la ciudad de México. Cuando ya me sentía todo un enfant terrible del periodismo, y tenía disgustado y escandalizado a medio mundo, al grado de construirme una pequeña fama de “amargado y disoluto”, por esos relatos urbanos que adrede cargaban la tinta en los rincones sórdidos, trágicos o depresivos de la sociedad capitalina, para Becerra Acosta todavía ni siquiera empezaba yo a mirar “con verdaderos ojos dostoyevskianos” la realidad mexicana. Algunas de las más ruidosas o tenebrosas de esas páginas fueron escritas en plan de reto, para ver si por fin me pasaba de la raya, lo escandalizaba, y se veía obligado a rechazarlas o a censurarlas; no lo conseguí.
         Nunca me propuse ser “cronista”: la chispa brotó de casualidad, y la atizó Becerra Acosta. Insatisfecho, cansado y decepcionado de varios proyectos literarios que me habían corroído los nervios durante un lustro (libros de crítica literaria como Crónica de la poesía mexicana, La crítica cultural de la generación de Contemporáneos y Se llamaba Vasconcelos, todos de 1977; muchos poemas dizque villaurrutianos, audenianos, zaidianos o gerardo-dieguinos; dos o tres novelas fracasadas), en agosto de 1978 intenté colgar los tenis del literato y calzar los supuestamente más cómodos del periodista, y solicité espacio en Unomasuno como articulista político. Escribir algunos artículos políticos, a partir de ideas generales, es la cosa más fácil del mundo; escribir muchos, regularmente, sin repetirse como mimeógrafo ni hartar al lector, la más difícil. Para mí, imposible.
         Un día no tuve “artículo político” que escribir para mi columna semanal, ni tema ni idea ni nada. Eché desesperadamente mano de un viejo truco que me había dado buen resultado en mis inicios como periodista, en 1970, en la Revista de América de don Gregorio Ortega, el célebre “Orteguita” de los años veinte: ocuparme de asuntos mínimos, cotidianos o callejeros, como si se tratara de grandes temas, a la manera de los periodistas del siglo pasado, o de algunos del presente, como el enorme poeta y prosista argentino Ezequiel Martínez Estrada (autor de libros de oro, como La cabeza de Goliat, en favor o en contra de Buenos Aires, Radiografía de la pampa, y de varios poemas que impresionaron a Borges). Los borrachos, los mercados, los solitarios, el panorama de las calles, las anti-epopeyas de los empleados y las amas de casa. Un amigo definió esos textos anfibios con una frase que no dejo de agradecer veinte años después: “églogas viaductales”.
         “Esto es lo tuyo”, me dijo Becerra: “deja los artículos políticos”. Me emborraché con él madrugadas enteras, oyéndolo hablar interminablemente de Dostoyevski.
         ¿No que lo político me resultaba ajeno? ¿Por qué me mandaba ahora a una campaña política, y me alejaba de los relatos de borrachos o crudos de Vip’s, que “eran lo mío”? Salí de su oficina sin saber cómo había finalmente aceptado.
         El demonio de la ambición literaria muy pronto me susurró al oído: “Los autores norteamericanos más importantes, de Mencken a Mailer, Thompson y Vidal, han escrito páginas memorables sobre las convenciones y campañas políticas de su país”. ¿Era eso lo que me pedía Becerra? New Journalism?
         Por unas horas revolotearon sobre mi cabeza recuerdos de los magníficos libros de Norman Mailer: Los ejércitos de la noche, Miami y el sitio de Chicago; por fortuna aterricé pronto y adopté modelos nativos, igualmente inalcanzables, pero modestos y familiares: las crónicas políticas y las notas de viaje de Guillermo Prieto, Ignacio Manuel Altamirano y Manuel Gutiérrez Nájera.
         Años después supe que Becerra quería otra cosa. Pero tuvo la elegancia de no decírmela, de no tirarme línea. Ocurría que la mayor parte de los reporteros, articulistas, fotógrafos, caricaturistas y redactores del periódico apoyaba vociferantemente al PSUM; y en cambio yo había escrito un artículo, “La súbita unificación” (agosto de 1981), en el que me burlaba de la demagogia y del pragmatismo de la izquierda política. Tal vez esperaba que mis “notas de color” introdujeran cierta crítica, alguna distancia irónica, que matizaron un poco el casi incondicional apoyo generalizado del periódico al PSUM.
         Le fallé: el sarampión izquierdista me prendió en serio, y durante los tres meses que aguanté como cronista diario —tuve que retirarme por una amibiasis aguda, contraída en campaña—, a través de diez estados de la república, fue menor la distancia crítica o irónica que la simpatía frente a la primera gran campaña presidencial, formal y abierta, de la izquierda mexicana.  Una simpatía difícil. Se trataba de una izquierda dura de tragar; apunté el 7 de noviembre de 1981:
         “En su segundo día de Asamblea Nacional de Unificación, la nueva izquierda mexicana dedicó casi seis horas a exasperar a este cronista con más de tres docenas de los peores discursos que recuerdo en mi vida. Se trataba de analizar el informe (que más que informe fue clase de sociología), que ayer presentó Martínez Verdugo, así como los proyectos de programa y de estatutos del nuevo partido.
         “Pocos analizaron algo, menos aún fueron los que discutieron, y todas las intervenciones, en cambio, se impusieron competir en un tétrico certamen de oratoria que rara vez se alzaba del nivel CCH. Los lugares comunes del marxismo-leninismo más elemental, todas las denuncias contra la burguesía, que desde hace décadas se reiteran en todos los mítines; todas las amenazas contra todos los enemigos del proletariado...
         “Al echar este maquinazo con lo que me resta de cerebro, después de tal mareo, no recuerdo si efectivamente fue Andy Warhol o quién, el que propuso a la sociedad de consumo con medios masivos que diese a cada ciudadano, una vez en la vida, sus quince minutos de celebridad internacional. Los partidos socialistas nomás les dan diez en alguna de las asambleas. Y entonces el delegado se enciende, y no deja santón del marxismo sin invocar, culpa del capitalismo sin execrar, distinción epistemológica sin trazar, índice analítico sin recorrer. Sus compañeros le aplauden cuando dice huelga, masas, burguesía corrupta, gobierno corrupto, solidaridad internacional, Cuba y Zapata. Y luego se retira a su pueblo o a su barrio, con la alegría de haber tenido ya sus diez minutos de brillantez, cuando la asamblea lo escuchó y aclamó”.
         Algunos dirigentes pesumistas, quienes llegarían a ser mis amigos y a invitarme formalmente a ingresar a su partido (invitación que decliné, por aquello de que un escritor debía mantenerse siempre independiente), me gruñían. Casi me tomaron por agente del gobierno cuando narré que la manifestación del Monumento a la Revolución a la Plaza de Santo Domingo, con la que arrancó la campaña de Arnoldo Martínez Verdugo, se vio escasa, casi desairada. El propio candidato lo reconoció en su discurso, asiéndose de una frase de Alejandro Gómez Arias que postulaba la superioridad moral de cien partidarios “conscientes y libres” del PSUM sobre los “miles de apáticos acarreados” del PRI.
         La izquierda que asaltaba democráticamente el poder estaba conformada por “esos cuantos miles que apenas tardaron media hora en detener el tráfico frente a la Lotería, y que parecían, desde las ventanas de los rascacielos donde se asomaban los mirones, perderse un tanto en la ciudad gigantesca y multitudinaria. Somos un chingo y seremos más, decía uno de los muchos slogans y porras que con voces roncas, en el frío y entre el polvoso viento de Avenida Juárez, coreaban los contingentes. Bueno, tanto como un chingo, todavía no”.
         Esta frasecita: “Bueno, tanto como un chingo, todavía no” les molestó a tal grado que la recordaron durante meses, y me la echaron bromistamente en cara (ya para entonces todos éramos cuates) cuando, el 20 de junio de 1982, lograron llenar el zócalo en su cierre de campaña.
         “¿No que no somos un chingo, eh? ¿No que no?”.
         El problema estaba en cuánto sumaba un chingo, cifra azarosa. Porque también las matemáticas resultaban rama de la ideología. Si el PRI llenaba el zócalo, se trataba simplemente “de unos cuantos miles de apáticos acarreados”; si lo llenaba el PSUM, eran cientos de miles y ¡hasta un millón! de “partidarios conscientes y libres”. Se boletinaban y publicaban oficialmente tales cifras.
         ¿Qué tanto era un chingo?  Esa discusión duró años, hasta que los directivos del Unomásuno convocaron a un notario y a una especie de agrimensores para que calcularan científicamente cuánta gente llenaba el zócalo. No eran millones ni cientos de miles: bastaban unas 60 ó 70 mil personas. ¿Eso ya era tanto como un chingo, o todavía no?
         El PSUM obtuvo resultados muy modestos en las urnas, que sorprendieron a los periodistas y militantes que habíamos visto muchos mítines con plaza llena. Quienes votan son los ciudadanos, no las ilusiones ópticas de los mítines.
         A partir de entonces todo mundo ha llenado el zócalo para cualquier cosa. El esperanzador Zócalo rojo (como se titularía la excelente crónica de crónicas del PSUM que habrían de publicar mis compañeros Rogelio Hernández, de Excélsior, y Roberto Rock, de El Universal) se volvió el actual rutinario zócalo atiborrado todo el tiempo para y por lo que sea.
         Dos días después del modesto mítin de Santo Domingo me trepé al camión de prensa, El Machete I (en el Machete II iban los próceres y caciques del PSUM), para viajar tres meses con la izquierda, como cronista de su campaña: Guerrero, Oaxaca, Chiapas, Tabasco, Quintana Roo, Yucatán, Guanajuato, San Luis Potosí, Zacatecas y Aguascalientes. Yo iba leyendo un libro raro, cuya intención particular en esa campaña sólo Roberto Rock descifró: se trataba de Innocents abroad, de Mark Twain.
         De ahí, claro, al hospital, ahora sí que en propulsión a chorro, un chorro que ya ningún antidiarreico moderaba. A casi todo el equipo de prensa le pasó lo mismo: muchas veces comíamos, por los pueblos misérrimos y escondidos entre las montañas, lo que la generosidad de los militantes locales del PSUM nos convidara, en las precarias  condiciones de higiene características de nuestra pobreza rural.
         Supe también, enarbolado en la utopía, de exaltados meses de esperanza y optimismo. Todo se podía cambiar, resolver, redimir en nuestra patria. Entre las idas y vueltas al atascado WC del Machete I, haciendo cola entre puros periodistas con retortijones, quienes apretaban los esfínteres hasta con los párpados, conocí lo más cercano que recuerdo a una visión esperanzada y optimista de la nación. El país se podía arreglar pronto, y a nuestra generación le tocaba de inmediato, pero ya —¡cuántas décadas, cuántos siglos se habían perdido!— esa oportunidad.
         De veras, de veras: podíamos arreglarlo. Lo ibamos a arreglar. Lo estábamos haciendo con nuestro trabajo. ¡Y con el PSUM!


LA CAMPAÑA SOCIALISTA EN GUERRERO

Muy cercanos todavía los episodios guerrilleros de Genaro Vázquez y de Lucio Cabañas, el PSUM decidió iniciar la gira de su candidato presidencial en el Estado de Guerrero, y a partir de un pueblito de mixtecos que sobrevivían, en durísimas condiciones, gracias a un poco de agricultura y al tejido de sombreros: Alcozauca (8 de diciembre de 1981).
         Tenía la particularidad de ser el único municipio comunista de México. El recién legalizado Partido Comunista (antecesor del PSUM) había ganado poco tiempo atrás las elecciones locales. “¿Cómo ahí, tan lejos de CU y de la ritual Facultad de Economía, había prendido el comunismo?”, nos preguntábamos los periodistas, un poco escandalizados. Los propios ex comunistas, ahora pesumistas, decían chistes macabros: Alcozauca estaba tan perdido en los abismos de la sierra —la Montaña Roja, como se llamaba bravíamente a esta zona de Guerrero— que a los priístas les había dado flojera bajar hasta el fondo del mundo a contar unos escasos votos de gente muy pobre. 
         Se hacían en El Machete I cinco o seis horas, por una pésima “carretera” bárbara —una brecha llena de zanjas, deslaves, derrumbes, boquetes—, primero, de Chilpancingo a Tlapa; y de ahí tres o cuatro más por otra mucho peor, encrespada, corroída y rota, que todo el tiempo bordeaba en espiral el abismo, circundando los montes.
         Había que cerrar los ojos y confiar en algún comunista ángel protector que impidiera que los camiones y coches de nuestra comitiva se desbarrancaran en cada curva, y aparecía una a cada cincuenta metros. Sólo se podía viajar decentemente en avioneta —las Coca-colas, carísimas, llegaban en avioneta—, pero un viaje redondo por aire entre Tlapa y Alcozauca le costaría a un indio mixteco 120 sombreros de 5 pesos.  Cuando los campesinos de Alcozauca tenían que ir a Tlapa se trepaban como ganado, en destartalados camiones de redilas, y confiaban en no desbarrancarse en ciertas curvas ya derruidas hasta en una tercera parte, junto al abismo. Alguna de las llantas de esos camiones con frecuencia rodaba, prodigiosamente, sobre el aire.
         Estábamos en pleno evangelio. “Los últimos serán los primeros”, y el olvidado pueblo de Alcozauca se alistaba el primero, voluntarioso e inaugural, en la construcción del nuevo México socialista.
         Todo resultaba asombrosamente conmovedor: desde el poblado de Alpuyecancingo, anterior a Alcozauca, vimos a los campesinos serios y dignos, en plena ceremonia cívica: perfiles severos, ropa limpia, adornos de carrizos y papel, guirnaldas de flores, niños de escuela con unos silbatos de plástico. Una fe en la política y un respeto por el civismo como jamás había yo visto en parte alguna.
         Además, por primera vez en décadas o siglos se tomaba en serio a Alcozauca como noticia nacional. Finalmente iba a existir ese ninguneado municipio para el resto del país, a propósito del acontecimiento de la campaña del PSUM. Ningún candidato del PRI ni del PAN se había asomado nunca por ahí, ni se solía mentar a Alcozauca más allá de Tlapa. Los periódicos, la radio y la tele ahora proclamarían su existencia de frontera a frontera y de costa a costa. Y los lugareños estaban muy interesados en mostrarse más mexicanos que cualquiera, aun en la arruga más perdida de las montañas.
         La bandera nacional escoltada por banderas rojas, a manera de aguerrida guardia de honor; el himno nacional en castellano y en mixteco; su escuela Amado Nervo —”Era llena de gracia como el ave maría”, etcétera—, añorante de la educación socialista-indigenista del presidente Cárdenas; su kiosko y su plaza limpísimos, llenos de gente expectante; sus modestas calles recién barridas, en una de las cuales existía un ¡monumento nacional!, casi un proyecto de museo: una placa. Porque debía el país reconocer, de una vez por todas, que la mexicanidad de Alcozauca no sólo era antigua en la memoria indígena, sino incluso desde el punto de vista de la historia de los criollos y ladinos, de la liberal y trigarante “historia de bronce”: en un muro de una casa se leía: “Aquí se hospedó el general Vicente Guerrero de paso a Xonacatlán”.
         Hubo el mitin de rigor. Las denuncias de las tropelías, tonterías y olvidos del PRI. La dolida protesta ante la patria ladina que los marginaba por hablar mixteco, y los insultaba como apátridas por seguir el extranjero escudo comunista (como si la cruz cristiana y el concepto de Constitución fuesen muy Made in México).
         Y el muy raro espectáculo de una pobreza extrema, pero (al menos ante los ojos de la prensa en ese momento) sin degradación ni suciedad: una miseria digna, casi elegante. “Hermano indio: sólo luchando cambiarás tu vida: PSUM”. Recordé la legendaria miseria decente, organizada y hasta edificante de los “hospitales” de Vasco de Quiroga, en México, o de los indios del Paraguay, que Leopoldo Lugones evoca en El imperio jesuítico; y el deber de los letrados y poderosos de buena fe (en el libro de Lugones los jesuitas), de organizar y paliar la miseria del pueblo. ¿La herencia de Tata Vasco retomada por la izquierda actual? ¿Los frailes engendraron a los liberales, quienes engendraron a los comunistas, en el proyecto, fracasado durante cinco siglos, de respetar la vida indígena?
         El misterio del comunismo de este remoto municipio tenía una explicación sucinta: un caudillo político y cultural regional, perteneciente a una vasta familia de maestros y filántropos que habían luchado durante décadas por la supervivencia y la dignidad de Alcozauca. No precisamente un jesuita colonial, sino su equivalente contemporáneo: un maestro republicano, comunista, de escuela pública. Se trataba del antiguo líder magisterial Othón Salazar, protagonista y precursor de tantas luchas políticas nacionales. Anoté:
         “Es la tierra de Othón Salazar, y verlo y oírlo ahí es advertir la naturalidad y profundidad de su liderazgo que, como en el siglo pasado, conjuga en el líder al político y al sacerdote. Aquí se leen pancartas de peticiones, dirigidas precisamente a la hoz y al martillo, como: ‘Instrumentos, templo y agua para regar la tierra. San José Lagunas’”.
         La iglesia se les había venido abajo en un temblor, y a los comunistas tocaba reedificarla. El pueblo lo exigía: ¡A erigir pues templos católicos, señores comunistas! ¡Y a comprar una banda de música, antes que los tractores! La música era importante: resonaba como la primera y más enfática de las peticiones.
         Así, con iglesia y música aportadas por las autoridades comunistas, acaso se podría hasta cantar La Internacional en misa, en el nuevo templo, con los nuevos instrumentos musicales, para la mayor honra de Dios y de la hoz y el martillo (Ad majorem Dei et PC gloriam). Y todos contentos. En Alcozauca hasta el Niño Jesús resultaba comunista y seguidor de Othón Salazar. Y Othón Salazar parecía un comunista del Niño Jesús —el “comunismo del Niño Jesús” es frase de Carlos Pellicer— y del ideal vasconceliano del maestro rural. (Aunque los comunistas solían regatearle méritos educativos al “reaccionario” autor de Ulises criollo, y endosárselos todos al rojo Narciso Bassols.)
         Por cierto, José Vasconcelos tuvo un sobresalto en su vejez, y la valentía de confesarlo (en una entrevista, creo, con E. Carballo). Este famoso denostador de los liberales de la Reforma aceptó prologar una novela de Ignacio Manuel Altamirano, que desconocía: La navidad en las montañas, pensando sin duda en una buena oportunidad para aporrear de nueva cuenta a los liberales. Y quedó no sólo encantado, sino edificado con la novela. “¿Cómo, esto lo había escrito el comecuras, el incendiario de 1861? ¡Pero si es una historia bonita, edificante, casi propia de un santo!”
         Bueno: además de ciertos ribetes de comecuras y de incendiarios, los liberales de la Reforma eran curas laicos, profesores cívicos, y aspiraban precisamente (como algunos frailes antiguos y Othón Salazar) a ese pueblo pobre pero no miserable, católico pero no fanático, lleno de trabajo, de salud y de amor, que deseó, como un poema, Altamirano. Yo vi reverberar un poco este sueño de La navidad en las montañas en el fondo de la Montaña Roja, en Alcozauca, entre cuyos próceres y autoridades predominaba, desde luego, el apellido Salazar. (Años después, una conjura de biólogos, comandada por Julia Carabias y Carlos Toledo, trató de mejorar los cultivos de esa gente mediante procedimientos científicos.)
         Pero este idilio cívico no se extendía a otros pueblos. Todo estaba salpicado de sangre reciente, de agravios actuales. “Somos gente de Ahuatepec, golpeada por la judicial y la cárcel, pero estamos con Martínez Verdugo”. Aquí se ignoraba insolentemente la Reforma Política nacional: en un solo día los caciques priístas y sus pistoleros habían encarcelado por razones partidarias a los 57 campesinos de ese ejido. Había nueve presos políticos y muchos desaparecidos. Un cacique priísta se había ufanado: “A un comunista lo pueden matar como a un perro en la carretera, y nadie reclama”.
         La lista de agravios del PRI a los indígenas era interminable. A veces la imaginación priísta del gobierno del estado desbordaba el surrealismo: no contenta con expulsar de sus empleos a los maestros comunistas, con ningunear a sus nuevas autoridades comunistas y condicionar todo servicio público a la militancia al PRI; de cobrar cuotas abusivas e ilegales, de intimidar a los indios con los pistoleros y luego insultarlos como “adoradores de ídolos”; no contenta con todo ello, me decían, la imaginación del PRI estatal se permitía tenebrosas bromas ingenieriles, como construir finalmente el puente que habría de unir dos pueblitos gemelos separados por un río... pero construirlo ¡a seis kilómetros de distancia!, para que ambas poblaciones rojas, Igualita y Alpoyecantzingo, sudaran la gota gorda si querían aprovecharlo, y reconsideraran su oposición al PRI. Se siguió cruzando el río a pie, entre las aguas. El inútil puente nuevecito, inusado, a lo lejos, como un aleccionador castigo político.
         La gente me rodeaba, pero en bola, confirmando y añadiendo información, para contarme todas estas cosas de modo que aparecieran en Unomásuno, y produjeran algún resultado milagroso. Esos campesinos mostraban tal fe en la decencia y la utilidad del periodismo que me sentí abrumado y casi apenado por representar ante ellos ese oficio, al que yo bien sabía harto distante de tales expectativas, incluso el periodismo mejor intencionado.
         Me ocurriría lo mismo en varias poblaciones indígenas a lo largo de la campaña del PSUM, como en Juchitán, Oaxaca, y en Simojovel, Chiapas. Sentí vergüenza de andarle haciendo al cronista, como un payaso de la pluma dedicado a defraudar a la gente más seria, sencilla y golpeada.
         De hecho, en ocasiones fui deliberadamente un farsante. Como los quejosos no me dejaban en paz ni un momento durante las muchas horas de cada mitin, y fiscalizaban estrictamente que anotara en mi libreta de taquigrafía cuanto me denunciaban, me dedicaba con la mano adolorida a llenar páginas y páginas, a sabiendas de que no iba a publicar ni la décima parte de lo anotado, pues el espacio que me asignaba el periódico no debía superar las tres cuartillas.
         No quiero ni pensar en la desilusión ni en la ira de todas esas personas que al día siguiente leyeron o se hicieron leer el periódico, y no encontraron en él sus denuncias, propuestas, comentarios. Poco cabía en mis tres cuartillas, buena parte de las cuales, por otra parte, debía describir y “colorear” los hechos de la campaña, más que relatar los dichos de quienes se me acercaban voluntariamente. Seguramente pensaron que yo los ninguneaba o censuraba.
         En el mitin Arnoldo Martínez Verdugo propuso medidas ideales, que llenaron a todo mundo de entusiasmo, incluyendo a los periodistas, para que los indios asumieran el control de la producción, comercialización y administración de sus mercancías básicas. No vimos, no quisimos ver que el panorama mismo de Tlapa, por ejemplo, contradecía esos sueños de un indigenismo anterior a la Segunda Guerra Mundial, cuando el país estaba bastante  cerrado al exterior, y podía imaginar a sus anchas soluciones políticas sui generis, contrarias al empuje de la civilización occidental moderna (hermosas en la teoría, casi siempre desastrosas o inútiles en la práctica). El horrible mundo exterior contemporáneo, tirano y arrollador, el industrial y financiero, y la modernidad del consumo y de los nuevos hábitos, ya estaban enraizados ahí. Narré:
         “Varios cientos de campesinos se manifestaron, festivos, con muchos niños, por las calles de Tlapa. Al frente, algunas niñas vestidas con típicos trajes mixtecos que combinan bastante bien con los tenis de suela de tanque, las chanclas de plástico, y hasta, debajo de los faldones típicos, los jeans de tubo.  A su lado, perros, cerdos y guajolotes se unían democráticamente a la bulla. La gente gritaba: ‘¡Viva la Montaña Roja!’”
         “Y el panorama de todas las pequeñas ciudades de México: sobre el conjunto de tradicionales casas de adobe y teja, se va imponiendo la miseria industrial de llantas abandonadas, envases industrializados, cables, antenas de tele; varillas, block, losetas, láminas, asbesto, tinacos, etcétera —obras siempre inconclusas, se diría nacidas para lucir como ruinas permanentes—, que más que solucionar la pobreza, parecen añadirse a ella, en una confusión de tiempos, cuya única uniformidad es la de ser, todos ellos, tiempos de absoluta joda.”
         Pero no queríamos ver ni reportear esa contradicción. Queríamos creer, con un gran desprecio por la tiranía de la realidad moderna —”capitalista”, “burguesa”—, y aplaudiendo a rabiar, en “una sociedad rural y campesina democrática y socialista”, tal como la cantaba Martínez Verdugo. Se la alabó en castellano, en náhuatl, en mixteco y (según me dijeron) en tlapaneco (!).
         Copié una pancarta: “Nt’ina sabi na kuta’ a nti xa’ ataa Arnoldo Martínez Verdugo ña ku ra taa chiño ñoo yo ña PSUM” —varias erratas debieron colarse en la transmisión telefónica que hice al periódico—; alguien me la tradujo: “Todos los mixtecos se juntaron para apoyar a Arnoldo Martínez Verdugo para que sea el que mande en México.”
        
        
TRAS LAS HUELLAS DE LUCIO CABAÑAS

Visitamos una docena de poblados en la Montaña Roja, donde se reprodujeron con pequeñas variantes las escenas de Alcozauca y Tlapa. En mi recuerdo se unen, sobre un fondo insistente de la música de Rigo Tovar, las imágenes de la extrema pobreza campesina e indígena con las de una extrema civilidad. Buena organización, mítines concurridos e interesantes, denuncias y protestas civilizada, casi respetuosamente expresadas.
         Todo lo contrario de lo que veríamos en las ciudades importantes de Guerrero —Acapulco, Iguala, Chilpancingo, Ciudad Altamirano, Taxco—, donde a muy poca gente le interesaba el PSUM o simplemente se utilizaba su campaña para presiones particulares, como las de ciertos grupos gremiales y de colonos. Y para quejarse con alaridos de las transas de Banrural (el banco gubernamental que “ayudaba” a los campesinos).
         Ocurría una curiosa contradicción. En las ciudades la gente se mostraba completamente decepcionada de la política, a la que, en cambio, los pueblitos de la Montaña Roja acababan de descubrir y veneraban. En ellos se veía siempre la mano de los maestros rurales.
         Los pueblos, escarmentados de la sangrienta década de los setentas en Guerrero, el cual estuvo prácticamente durante todo ese tiempo bajo control militar —retenes de soldados revisaban, ilegalmente, como aduanas interiores en un estado de sitio, incluso a los turistas que viajaban en coche o autobús por la autopista a Acapulco—, lo apostaban todo a la opción democrática.
         Las ciudades, resignadas y hasta cínicas, se sabían presas permanentes del PRI, que llevaba ya muchos años de lograr en el estado de Guerrero los ejemplos más espectaculares  —una lúgubre espectacularidad hasta mundial— de barbarie y corrupción caciquil, como lo fueron los gobiernos de Nogueda Otero y de Rubén Figueroa (el padre). Éste superó incluso en la televisión internacional, gracias a un documental francés titulado El señor gobernador, al ugandés Idi Amín, como prototipo del tirano antropófago del Tercer Mundo.
         Ahora que reviso mis crónicas, escritas precipitadamente sobre las rodillas para dictarlas de inmediato por teléfono, o improvisadas directamente sobre la bocina telefónica, encuentro un dato curioso que no recuerdo haber advertido en su momento: jamás se habló públicamente en la Montaña Roja de los guerrilleros (pero también, desde luego, maestros) Genaro Vázquez y Lucio Cabañas, quienes se volverían obsesión en los mítines de la Costa Chica y de Tierra Caliente. Tampoco asomaron las disputas entre los diversos grupos ultras de la Universidad Autónoma de Guerrero.
         En la Montaña Roja se realizó una campaña moderada, cívica, casi escolar, totalmente popular y enraizada en los problemas de la tierra, del agua, de las administraciones municipales, del transporte, de los créditos y precios agrícolas; los elementos comunistas se desvanecían ante viejas demandas básicas, a veces centenarias, de la vida diaria de indígenas y campesinos.
         Othón Salazar, ese profesor duro y dulce, pausado y claridoso, se indignaba ante la ineficacia o la mala fe de los cuadros comunistas o pesumistas de las ciudades y de las poblaciones de la Costa Chica y Tierra Caliente. O bien, encerrados en sus obsesiones de ghettos ideológicos, se negaban a atender al pueblo, de modo que en el momento de exhibir sus “masas” apenas si lograban reunir unas docenas de curiosos indolentes en los mítines; o bien despreciaban y hasta boicoteaban la opción política, democrática, del socialismo mexicano, conservando en secreto sus obsesiones por la “violencia revolucionaria”.
         Así, cuando llegamos nada menos que a Atoyac de Álvarez, la cuna de Lucio Cabañas, el preciso corazón de la guerrilla de los años setenta, resultó que casi nadie quería escuchar al candidato del PSUM. (Lo mismo le había ocurrido a Rosario Ibarra, candidata del trotskista PRT, Partido Revolucionario de los Trabajadores). Anoté: “Poca, muy poca gente esperaba a Martínez Verdugo en esta plaza. Tan poca gente que, al presentarlo, Othón Salazar se sintió obligado a recordar aquella ocasión en Sonora o en Sinaloa, en que Francisco I. Madero no pudo decir su discurso porque nadie había concurrido al mitin”.
         Se logró finalmente reunir, con súplicas de última hora por altavoces, a un desairado grupo de casuales transeúntes. Esa plaza con unos cuantos mangos frondosos había sido la tribuna desde donde Lucio Cabañas arengaba al pueblo a mediados de los años sesenta. Ahí ocurrió una matanza (siete muertos) el 18 de mayo de 1967, cuando profesores y pueblerinos protestaban simplemente contra una directora autoritaria de la escuela Modesto Alarcón. De tal matanza surgió la guerrilla.
         El panorama de esta región de la Costa Chica, y especialmente de Atoyac de Álvarez, era confuso, inverosímil: una especie de pesadilla de la miseria y la represión entreveradas con el desarrollo y las obras públicas, resultado de las extravagancias conjuntas de los  guerrilleros Genaro Vázquez y Lucio Cabañas y de los presidentes Echeverría y López Portillo.
         La inmutable pobreza campesina, en este caso de cafetaleros y copreros (la agroindustria de los cocos), corrompida, desgajada, por una descomunal y precipitada inyección de dinero gubernamental, invertida a tontas y a locas para recuperar el control de la zona y borrar la memoria de los guerrilleros.
         Carreteras recién construidas, relucientes y desiertas, donde sólo transitaban vehículos del ejército o de corporaciones oficiales como el Instituto Mexicano del Café; a su vera, beneficiados por el súbito repreciamiento del terreno, horrendos edificios públicos y particulares, a medio construir, que ostentaban un lujo y una modernidad insultantes y falsas, de bisutería industrial, en medio de la abrumadora desolación y la miseria campesinas.
         Esto se observaba en la propia plaza de Atoyac de Álvarez. Para borrar la memoria de los guerrilleros recientes, se la había llenado de espantosas estatuas de... ¡guerrilleros antiguos! Una placita con más estatuas que árboles: abotagados monigotes estereotipados, de ésos producidos en serie para fastidiar las plazas y jardines de todo el país: Hidalgo, Morelos, Guerrero, Juan Álvarez,  Juárez, Zapata. ¡Todos juntos, al mayoreo, en ofertón!  ¿De veras todos estos héroes antiguos no seguían predicando, a su manera, la teoría de la guerrilla? ¿Alguno de ellos no fue guerrillero?
         También predicaban el horror de la escultura heroica  mexicana: monstruos o bestias de cemento o metal que liquidan de antemano cualquier aspiración cívica, producidos en serie con moldes burdos, frente a los cuales los peores momentos de la escultura política stalinista parecen egregias obras de arte.
         Había dinero para las estatuas, las carreteras  estratégicas que necesitaba el ejército a fin de que no se le escondieran tan fácilmente los guerrilleros; los edificios públicos y los servicios que requería la tropa y la burocracia recientemente importadas, pero no para saldar las deudas del gobierno (el cual “compraba” como filatrópico monopolista las cosechas, pero se volvía moroso y usurero al pagarlas) con los campesinos cafetaleros y copreros, a veces vencidas dos años atrás.
         Describí: “El centro de Atoyac es una especie de charco de dinero”. Cantinas, burdeles, restoranes, chocomilerías (los guerrerenses son buenos para los neologismos: en Iguala comí una torta de iguana, una iguanaburger). Los poblanos los emulan: en Acaxochitlán (¿o fue Huauchinango?) me estremeció la sonoridad aliterada del nombre de una fonda: Burgervargas. No me habría extrañado que algún viejo recitador de Barba Jacob, en Chilpancingo, llamase Acuarimántima a su marisquería.
         “En las calles chuecas, incómodas, sin trazo alguno, lomas con caños abiertos y azarosos y múltiples boquetes, entre cerdos y perros, empiezan a levantarse los castillos de varilla, las primeras líneas de tabicón y de ladrillos, las balaustradas y celosías; las ventanas y puertas prefabricadas con sus metálicos marcos dorados y plateados, el asbesto y la lámina”, a imitación de las nuevas zonas residenciales del Distrito Federal. Manifestaban la prosperidad de los burócratas, militares y caciques beneficiados con la inyección antiguerrillera de dinero gubernamental.
         “Cunden las vulcanizadoras y los talleres mecánicos entre los jacales; en un patio de tierra, junto al lavadero rústico, sobre cuatro palos torcidos se tiende el cobertizo para que no se asolee la combi.”
         “Claro que a unas cuadras del centro se Atoyac de Álvarez acaba todo el progreso. Se achaparran y desaparecen las construcciones, las obras de drenaje y agua potable, los coches; las calles regresan a su eterna condición de brechas y senderos retorcidos y sucios, hasta perderse rumbo a los palmares y campos cafetaleros. Y más allá, no tan clandestinamente, los plantíos de mariguana”.
         La vigilancia militar acentuaba por todas partes este caos disfrazado de prosperidad: soldados con boinas rojas, “muecas ácidas y burlonas por encima de sus rifles automáticos”.
         El presidente municipal priísta no estaba de acuerdo, desde luego, con mi descripción; ofrecía otras explicaciones: el auge y el peligro del narcotráfico en la región. Esto desde el 11 de diciembre de 1981.
                                               *
        
Días más tarde pasamos por Ciudad Altamirano. Este pueblo campesino, tradicionalmente dedicado al tejido de sombreros y al cultivo del ajonjolí, había sido bombardeado tres veces por el progreso.
         La primera: Se le robó su ancestral nombre verdadero de Pungarabato; se lo despungarabateó (y quien lo repungarabate será —buen beisbolista— un todo un pungarabateador; o a la norteña: ¡Despungáralo, bato!), para asestarle el nombre del civilizador ilustre, quien desde luego no nació ahí, sino en Tixtla, y que de cualquier modo sonaba como ácida ironía en ese bárbaro  lodazal mercantil, esas innumerables bodegas —enormes jacales amontonados— improvisadas al margen de toda higiene, orden o cualquier tipo de servicios urbanos, en calles sin pavimientar, donde proliferaban el hambre, las enfermedades y la mierda.
         La segunda: Se lo convirtió en un miserable pero gigantesco almacén donde se acumulaban los productos agrícolas de la región; y se vendía a los campesinos, en proliferado tianguis, infinidad de carísimas baratijas industriales, todo al son de calientes cumbias remecidas por el zumbar de espesas nubes de moscas y mosquitos. Infierno campesino y paraíso de caciques, funcionarios de Banrural y Cordemex, acaparadores e “intermediarios”. Jacales y harapos sobresaltados por tráilers y camiones de carga, coches de lujo, porte ostentoso y fatuo de caciques, burócratas y pistoleros.
         La tercera: El prepotente puritanismo del vecino, limítrofe gobernador michoacano, Cuauhtémoc Cárdenas. ¡Cómo se le mentaba la madre en Guerrero, pero mil veces por minuto, a ese oportunista y beato adlátere de Echeverría y de López Portillo! El codicioso Cuauhtémoc, para crearse fama de moralizador público, y como si no tuviera mejor cosa qué hacer con sus sobrados ímpetus de redentor, se había permitido prohibir y expulsar terminantemente de “su” estado, por decreto —a la manera de un convento o del propio Reino de los Cielos—, la prostitución, el alcohol, el juego, los bares y salones de baile, y toda “malvivencia” en general, ¡sólo para exportarlos, pero de un solo golpe y a lo bruto, a la fronteriza ciudad guerrerense! Ciudad Altamirano se convirtió en la concentrada y desbordada zona roja del neopuritano y neomustio estado de Michoacán. 
         Con alivio escapamos de esa Babilonia de Tierra Caliente. La maldije:
         “Ciudad Altamirano es una enorme ciudad de basura, lodo, barracas y trago, donde el poder y el dinero no necesitan disimulo ni formulismos. Una sola calle pavimentada (la principal), y a sus lados vastos campamentos de miseria, con casi una cantina por esquina y en cada cantina un burdel, entristecidos por clientes y prostitutas igualmente misérrimos y patibularios... Entre la basura y el polvo se levantan muchos bancos, oficinas del gobierno, bodegas, centros comerciales y más tianguis... esta especie de estómago e intestinos revueltos de Tierra Caliente”.
                                      *
        
Volvimos a pueblear. La civilidad y la política encontraban poco eco en las ciudades, y mucho entusiasmo en los pueblitos. Llegamos al muy pobre de Acatempan, el del abrazo célebre, sólo recordado por un viejo y modestísimo monumento de yeso, tricolor, que sobrevivía al margen del gobierno, gracias al puro empeño de los vecinos, quienes solicitaron, en primer lugar, “un monumento digno a Vicente Guerrero”; y sólo después el drenaje y una escuela secundaria “para que los niños no tengan que bajar todos los días hasta Teloloapan”. Acatempan —calles empedradas, casas viejas— todavía conservaba cierta estampa de arcaico pueblito colonial fuera del tiempo.
         Seco, árido y pedregoso fue el sitio donde Iturbide y Guerrero decidieron (con escasa suerte, como se sabe) apostarle a la política y no a la violencia, como manera de resolver los problemas de México. No sé si desde entonces se le haya ocurrido al gobierno mejorar el modestísimo monumento de yeso. Ojalá no. Ojalá no haya reproducido ahí el bestiario escultórico de próceres con que tuvo a bien atiborrar la belicosa plaza de Lucio Cabañas en Atoyac de Álvarez.

                                               *
Quisiera omitir nuestro paso por Taxco, blanca mexican curios en forma de caracol. Yo no creo que Taxco exista: es una charra tarjeta postal. Y cuando el turista se enfrenta a la fachada de Santa Prisca se empalaga e indigesta al primer vistazo, y de inmediato vomita merengue colonial. Pero ahí, impresionado por el movimiento sindicalista católico de Polonia y la ascendente estrella del papa Juan Pablo II, Martínez Verdugo trató de reconciliar el marxismo con la Iglesia Católica, echando mano de no sé qué cita de Engels sobre las catacumbas.
         ¿Tolerancia u oportunismo? Un Engels procatólico en las orejas y una Santa Prisca aderezada con banderas comunistas frente a los ojos, en mezcla novedosa y explosiva. Vaya guiso. Como para correr de inmediato al WC. (Sospecho que no se debe culpar solamente a las amibas, sino también a ciertas bacterias oratorias, de la epidemia de diarrea y disentería que se abatió sobre buena parte de los periodistas de la campaña del PSUM.)
         Nostálgico del asfalto y del smog, hinchado de ideología, escandalizado de la miseria y la brutalidad del campo, harto de las diarias docenas de discursos redentoristas, con la diarrea taponada con puñados de pastillas de Enterobioformo, trepé precipitadamente al Machete I sin pensar en otra cosa que en regresar por fin a la ciudad de México, ponerme una buena borrachera —pero hasta el fondo— en una discotheque gay, Le Baron; y lograr así un nirvana reparador, donde no se escuchara ni se tuviera que meditar en otra cosa que en la música disco de Barry Manilow: Her name was Lola,/ she was a showgirl,/  with yellow feathers in her head... She danced merengue, / and did the cha-cha.../ At he Cooopa,/ Copacabana, / the hottest spot north of Havana;/ music and passion were always the fashion at the Cooopa...”
         Así fue, pocas horas más tarde, en mitad de la madrugada. La primera etapa de la campaña del PSUM había terminado.


LA CAMPAÑA SOCIALISTA EN OAXACA.

                                      A la memoria de Lola Álvarez Bravo
LA IZQUIERDA DE ENTONCES Y LA DE AHORA
La segunda etapa de la campaña del PSUM, en enero de 1982, recorrió Oaxaca, Chiapas, Tabasco, Quintana Roo y Yucatán. Lo primero que hicimos los periodistas, ya experimentados en la ineficacia y la desorganización de ese partido, fue denunciarlo a coro desde Magdalena Ocotlán, Oaxaca.
         En aquellos años no había faxes ni teléfonos celulares, de modo que los veinte o más periodistas debíamos dictar nuestros reportajes o crónicas por teléfonos domésticos o de farmacias, palabra por palabra, a algún exasperado mecanógrafo de la redacción de nuestros periódicos.
         Eso se llevaba al menos veinte minutos por periodista. Y con demasiada frecuencia resultaba que no había teléfonos públicos disponibles en los pueblitos por los que pasábamos —acaso táctica priísta a veces, pero de cualquier manera previsible—; y que a los organizadores del partido sólo a última hora se les ocurría conseguir dos o tres líneas particulares, lo cual nos obligaba a hacer varias exasperantes horas de cola frente a esos aparatos, después del cansancio del autobús, las marchas, los mítines y la redacción del texto.
         Naturalmente algunos textos ya llegaban demasiado tarde a los periódicos, que los resumían y enterraban en páginas interiores, o de plano los omitían. ¿Qué era eso de empezar a dictar las notas a las diez u once de la noche?
         “¿Para qué nos traen, si no van a aprovecharnos?”, protestábamos. ¿Para qué tanto Machete I atiborrado de periodistas que sólo con muchas dificultades podríamos enviar la información, y con todos los defectos y problemas de una transmisión improvisada y precipitada? Nunca supe si tal barbaridad se debió a la avaricia, a la holgazanería o a la dejadez de los encargados. Parecían boicotear su propia campaña. Nos amotinamos frente al propio candidato Martínez Verdugo.
         Los dirigentes del PSUM nos ofrecieron disculpas, pero su capacidad organizativa no alcanzaba siquiera a reservar  media docena de teléfonos en las localidades que visitábamos.  Les interesaban la marcha o manifestación, el mitin, el show, los discursos larguísimos, los hurras y los aplausos, los puños en alto, esa La Internacional que nadie se sabía; pero no trámites tan sencillos como la facilidad teléfonica para ocupar un espacio que la prensa les brindaba en abundancia, menos por simpatías políticas que por la novedad del socialismo legal y de la Reforma Política. Luego, tranquilamente les echaban la culpa al “PRI-gobierno” y a los burgueses de que su campaña no recibiera mayor difusión. Me consta que la izquierda se ha merecido algunos de sus fracasos.
         A ello se añadía, tal vez no tan involuntariamente, la impuntualidad y el desorden de los actos y discursos. Nunca se realizaban los actos de acuerdo con los horarios programados. Los periodistas, imposibilitados así para planear nuestras actividades, bajábamos muy retardados del camión del PSUM; asistíamos a sus actos, conversábamos con sus simpatizantes, y jamás nos quedaba tiempo para confrontar con las autoridades municipales, los miembros de otros partidos o la gente del común, los datos que oficialmente nos proporcionaba el partido o lo que nos contaban sus militantes.
         El Machete I era una especie de ghetto motorizado. Jamás había tiempo, ni oportunidad, ni sitio donde los periodistas trataran a gente ajena al PSUM. Más que cronista o reportero se volvía uno, en tales condiciones, una especie de perico reproductor del discurso pesumista. Por esas circunstancias, y a pesar de que protestáramos y lo aclarásemos en nuestros artículos, faltábamos con frecuencia a la elemental norma periodística de comprobar la información y buscar los puntos de vista diferentes.
         De tal modo, supe pronto que mi “crónica de la campaña” no sería tal, sino meros apuntes sesgados, filtrados, dominados por el propio discurso del partido. Más propaganda que crónica. De hecho, nunca los recopilé en libro; ahora, a 17 años de distancia, recuerdo sumariamente esa campaña, y más las atmósferas que viví que las denuncias que no pude comprobar.
         En cuanto se terminaba un acto había que transmitir la información y treparse al Machete I, rumbo a otro pueblo, con otros problemas. Tuvimos que confiar demasiado en los informes oficiales del PSUM y en las conversaciones de sus adeptos locales. ¿De veras siempre fueron fidedignos? Lo dudo. Apenas intentábamos salvarnos, como un gesto de pudor profesional, con frases del tipo de: “según dicen los lugareños”, “según denunciaron unos campesinos de tal pueblo en el mitin”, “a partir de la información proporcionada por el PSUM”, “según afirmaron tales o cuales líderes”, etcétera.
         Desde luego, siempre existía la coartada de que todo el mal del país residía en “el gobierno y los ricos”, y de que “los pobres y oprimidos” poseían una identidad angélica que los impulsaba a decir invariablemente la verdad.
         Esta superstición, ya grave en el Unomásuno y el Proceso de 1982 (y en varios reporteros y colaboradores de otros diarios y revistas), se volvió calamidad rutinaria, deliberada, en La Jornada perredista, ahora que el PRD se ha convertido en un negociazo y en un incontinente atracón a los fondos públicos. No sólo los intereses del gobierno y del capital, sino también las maniobras de la izquierda política o del populismo venal pueden contradecir la vocación periodística.
         En cierto sentido no hubo un “nuevo periodismo” en México a partir de la Reforma Política de Jesús Reyes Heroles, sino una nueva (y pobre) propaganda. Tampoco un auge de la crónica política, sino su decadencia. No aparecieron muchos Alejandro Gómez Arias o José Alvarado; y sí demasiados charlatanes propagandísticos que, con el pretexto de que ya se valía la expresión coloquial al “ahí se va” en la prensa, echaban expeditamente un pujido y su maquinazo, antes de acudir al papel higiénico. ¿O era ese papel usado lo que hacían imprimir?
         En otras épocas también los izquierdistas estaban obligados a escribir con alguna corrección: por ejemplo, el periodismo de José Revueltas. Los mayores gurús de la nueva ola de periodistas, Elena Poniatowska y Carlos Monsiváis, ya habían consolidado su estilo y escrito algunos de sus mejores textos desde los años sesenta.
         Es triste admitirlo, pero la prensa izquierdista de los años ochenta ya pecaba, aunque no en la medida de la actual, de denuncias e informes no comprobados, que automáticamente otorgaban en todo credibilidad a “los buenos”, por ser o parecer débiles. Esto banalizó el acto mismo de las denuncias. Muchos lobos se disfrazaron de ovejas para ser creídos, y se les creyó (v. gr. dirigentes de “colonos”, o sea invasores de terrenos, o de vendedores ambulantes, que resultaron verdaderos gángsters).
         Y muchos pobres y oprimidos han exagerado sus cargos, para causar mayor efecto y llamar la atención (y de paso, para conseguirles sueldazo y presupuesto abundante a sus líderes). La prensa populista se ha vuelto sospechosa, desconfiable, y con frecuencia se dirige, como en La Jornada, más a fanáticos semialfabetas que a lectores racionales.
         Buena parte de sus neo-articulistas y neo-cronistas son llanamente los propios políticos del PRD, quienes simplemente defienden o atrapan, con las armas de “la libertad de expresión” y “el periodismo democrático”, su tajadota del erario público.
         Hay muchos asegunes y categorías en la eterna frase “Prensa Vendida”. El comercio periodístico domina toda la geometría, y también existen las ventas por la izquierda.
        
EL MUSEO DEL DESPOJO
Pero algo se podía ver, más allá de la propaganda y de los mítines y pancartas reiterados. Recuerdo un museo insólito. Soñé escribir sobre él un relato a la manera de La invención de Morel, de Bioy Casares. Aún no se sospechaba el Internet, pero ya existía, en el paupérrimo pueblo (producía artesanías de barro y de palma) de Teotongo, en la Alta Mixteca, un museo informático casi virtual, una página rural de Internet en la cual navegar y perderse. Una existencia “mediática”, aunque sólo se tratara de medios impresos.
         La propia comunidad sostenía ese museo mediático en una pequeña casa humilde de adobe y teja, de un solo cuarto. Resultaba que desde un decreto virreinal de 1719 Teotongo había sido formalmente dotado de tierras comunales, pero que en 1940 una disposición gubernamental las cedió al pueblo vecino, su rival y su enemigo, Tamazulapa.
         De entonces a 1982, los campesinos de Teotongo habían visitado todas las oficinas gubernamentales del país; se habían entrevistado con todos los políticos; habían firmado todo tipo de peticiones; habían realizado cualquier cantidad de trámites, contratrámites, protestas y marchas, y nada: dos resoluciones presidenciales en favor, otra vez, de Tamazulapa, contra las que apelaron.
         Sus legajos, nunca estudiados, se empolvaban y se trasladaban con todo y polvo de oficina en oficina, hasta ir a parar extrañamente a ciertos abandonados plúteos (“¡Dije plúteos!”: Salvador Novo) de ¡Tuxtla Gutiérrez, en Chiapas! Me vino también a la memoria la lastimera y varias veces centenaria letanía de súplicas de campesinos en La feria, de Juan José Arreola.
         En ese cuarto hicieron el museo vivo de su despojo, su archivo mural. Pegados a los muros, saturándolos, se exponían recortes amarillentos de periódicos y revistas de 42 años: denuncias, declaraciones, entrevistas, noticias, cartas a las redacciones, mapas, fotos, fotocopias de documentos, cartas abiertas, nuevas denuncias. Ahí estaba toda su injusticia, su ira, su corazón. Ese museo o casa-libro, o estelas indígenas en papel y tipografía, o una mastaba egipcia desbordande de escenas y jeroglifos, eran su verdadera historia; la realidad, una ficción atroz. Frente a tal casa se realizaban los actos públicos más importantes del pueblo.
         Y el visitante podía leer en grandes letras, en mantas y en rótulos, citas tremendamente belicosas de Benito Juárez (“Benito Pablo Juárez”, señala la Enciclopedia Británica, aunque se gaste más saliva) contra los franceses... ¡que la gente de Teotongo aplicaba aguerridamente a sus propios enemigos invasores: los vecinos-parientes de Tamazulapa!

NUESTRA SEÑORA DE LOS GLOBITOS
Magdalena Ocotlán (unos mil habitantes) mostraba la armonía de sus muros de adobe, techos de teja, cercas y bardas de nopales, órganos y carrizo.  Por las calles, todas sin pavimentar, de una tierra finísima, caía un polvo brillante de resolana; pasaban bandas de chivos arreadas por pandillas de chicos prietos y ruidosos.
         La gente con sus sombreros maltratados y viejos, los rebozos negros, la ropa raída y las piernas y los pies llenos del polvo total y permanente. En el panorama árido, los gestos dolidos de las mujeres armonizaban en silencio con los pedregales, los cerros pelones, el zacate requemado, los restos de la milpa en surcos resecos y pedregosos: se parecían a los velorios de Rodríguez Lozano.
         En Magdalena Ocotlán no había palacio municipal, y el sitio del poder político era una especie de corredor con tejas junto la cancha de básket de la escuela primaria. Boicoteado por las autoridades federales y estatales, el municipio socialista —ganado con muchos empujones, en segunda instancia— recurría a “los usos y costumbres” indígenas para empezar a construirlo, mediante el tequio, o trabajo comunal obligatorio.
         Los curas habían corrido con mejor suerte, y mientras se hablaba de la carestía de la gasolina y el transporte, de la fatalidad de los muchachos de emigrar en busca de empleo; de la granja avícola comunal, a la que pronto le apareció un prepotente propietario individual; de los nueve pozos construidos por la Secretaría de Recursos Hidráulicos, de los cuales jamás llegó a funcionar ninguno, avizoré una iglesita pintoresca.
         Vieja, desmantelada, en plena ruina. Una torre rota; en el patio, colgaba de un palo la verdusca campana de bronce totalmente rajada, y ya sin badajo (se la hacía repicar a madrazos, con cualquier fierro). En un temblor se había caído todo el remate de la torre, y como no hubo modo de subirlo y repararlo, se le instituyó en monumento o capilla sorprendente, a mitad del atrio.
         El interior era menesteroso. Fragmentos de retablos dorados, restos de una decoración mayor, o misteriosa importación de maltrechos retazos de otro templo. Algo de borrosa decoración mural. Muros llanos de los que alguna vez colgaron óleos o contra los que se apoyaron estatuas: quedaban algunas huellas como lampos.
         Esta iglesia no tenía cura. La atendía una enjuta señora enrebozada, agria y arisca (salida de un velorio de Manuel Rodríguez Lozano), quien había encontrado en su tierra seca un sustituto de las flores: unos globos. El altar estaba adornando con un “adorno global”, como puesto de feria. Globitos azules y blancos: los colores de la Virgen. Con aspecto de globero, aparecía una nueva advocación mariana: Nuestra Señora de los Globitos.
         Me intrigó la historia de este templo ruinoso; busqué en sus muros una fecha, 1835, cuando se terminó de pintar; encontré las de 1870 y 1880, de un temblor y una reconstrucción.
         Un beato con machetón suspendió mi visita y me arrojó de la iglesia. Seguramente el sector clerical del pueblo  opinaba que el fin del socialismo, actuara dentro de la ley o en contra de ella, consistía en robarse los globos y el santito mocho, de yeso, de su retablo.
         El hombre paupérrimo, desaliñado, delirante y furioso me gritaba cosas en mixteco, agitando en la mano un gran machete. Salí por piernas con mi libreta de taquigrafía, y la enrebozada mujer colérica, temblando, me gritó en castellano:
         —Sí, anote todo: viene usted a robar...

¡YMCA NUESTRO, QUE ESTÁS EN LOS CIELOS!
Desde los primeros tiempos de la conquista, los dominicos se metieron a la Mixteca, adonde otros misioneros no se atrevían; y como muestra de su empuje, de su fuerza y de su brutalidad, quedaba el famosísimo templo-convento de Santo Domingo. La grandiosidad y la rudeza, la elegancia y la brutalidad configuraban el panorama de Oaxaca, ciertamente una de las ciudades más hermosas e impresionantes de la República.
         Esos templos exagerados, mitad fortaleza y mitad adoratorio, como los santos de óleos virreinales que dirigían al cielo la turbia y quejumbrosa mirada mística sin dejar de empuñar la sanguinaria espada. Templos duros, de muros cerrados y gruesos, y de sublimes enloquecimientos estatuarios y arquitectónicos.
         La insolencia del poder, más que corrientes artísticas o rezadurías teológicas, determinó cada cúpula y cada torre que destacaban en esa ciudad de uno o dos pisos, todavía muy porfiriana en su zona céntrica: casas de fines del siglo XIX (o que las rememoraban), con sus altas y estrechas ventanas verticales, protegidas por balcones y enrejados de hierro; sus portones de dos hojas, tras los que se insinuaban el patio con pozo, los umbrosos pórticos con macetas y alguna enredadera.
         Un dominio novohispano que no admitió límites, que triunfó palmariamente, que impuso su triunfo construyendo joyas afiligranadas pero del tamaño de montañas, como la iglesia-convento de Santo Domingo que, pese a las reformas y a las revoluciones, sigue todavía marcando la cultura del poder; la diferencia de razas, la supremacía del blanco (así el “blanco” priísta de hoy fuese un mestizo, o incluso un indígena de origen, como Juárez) sobre los indios.
         Que otros se extasíen con los derroches religiosos novohispanos. A mí me dan grima. Me parecen insultantes. Ojalá la Nueva España hubiese proliferado menos templos de oro, e invertido esa riqueza en ingeniería civil: caminos, puentes, norias, molinos, graneros; en escuelas, talleres, hospitales. Esto también existió, pero con escasez. Me conmueven más los empeños de un Enrico Martínez y de un Sigüenza y Góngora para evitar las inundaciones capitalinas, que los delirios de los templos novohispanos, los cuales habrían resultado escándalos de derroche aun en las ciudades más prósperas de Europa. Hay que agradecerle más a España la introducción del arado, de los burros y mulitas, de las gallinas, del trigo, que las alucinaciones de Churriguera.
         Esta posición no es meramente jacobina. En la propia Nueva España surgieron, desde los tiempos de Motolinía hasta los de Abad y Queipo, quejas contra las extravagancias del lujo religioso en mitad de la miseria, la cual lo mismo escandalizaba en el siglo XVI que a principios del XIX. Pienso otro tanto, por lo demás, de los lujos porfirianos y de las obras faraónicas, de mayor lucimiento político que necesidad pública, del PRI. Edmund Wilson señaló alguna vez que la invención norteamericana del water closet equivalía a un Versalles; lo supera, digo yo.
         Ver esos templos y sentir lo catastróficamente abrumadores que debieron haber resultado, que resultaban todavía para los indios que los visitaban: pesados, inexpugnables, excesivos, llenos de oro, bellísimos, talentosísimamente construidos, como la cruel presencia divina.
         De modo que uno alzaba la cabeza al techo de la nave, las bóvedas y las cúpulas, y encontraba ahí el fuego y el oro, sublimados por el enloquecimiento geométrico, conformando todas las terribles, infinitas, tiránicas cámaras del paraíso como lujoso resort de los dominicos.
         Santo Domingo: un paraíso de cascos militares y mitras episcopales. A excepción de las pinturas recientes de la Virgen (de nuestro siglo), que copiaban pésimamente las ya algo bobas de Murillo, uno descubría en las decoraciones de Santo Domingo la exaltación de la exclusividad masculina, un bar gay a lo divino.
         Los capitanes, los frailes, los obispos y los papas, todos rejuvenecidos, prácticamente efebos. Y tan torneada y agraciadamente esculpidos sus rostros (a veces también sus cuerpos), que más que decoración eclesiástica —el techo del coro, por ejemplo, llamado el Árbol de los Guzmanes— parecía, en su abundancia real de ninfetos, una erótica alberca dorada del YMCA (Young Men Christian Association: famosa durante buena parte del siglo por sus albercas exclusivas para varones jóvenes). O la alta hora nocturna de un bar gay donde todos los santos efebos lucieran oriflamas de neón, en la corriente cósmica de los efectos de discotheque. El cetro, la cruz, el cayado pastoral y la espada triunfadora, encontraban su exaltación fija y eterna.
         Más que templo a Dios o a la Virgen era un templo absoluto al poder de la Orden de Predicadores, la del Santo Oficio. Cristo y María se perdían, minúsculos e insignificantes, entre el interminable y brillante proliferar de los gloriosos dominicos, cacicones militares y eclesiásticos en esa zona, Antequera, de la Nueva España, quienes no dejaban espacio que no consagrara ni reforzara su poder sobre los indios. 
         Ellos eran el “¡Goza, goza el color, la luz, el oro!” (que diría Góngora); y los indios, en cambio, venían a postrarse pasmados en mitad de este incendio arquitectónico, a convencerse una vez más de que el poder de los blancos no sólo resultaba absoluto y divino, permanente y brutal, sino también concentrado, inamovible y bellísimo, como las filigranas de oro del tamaño de una montaña. ¡Ah, que en las mayores iglesias coloniales, el Dios del Sermón de la Montaña fue precisamente, como Midas, el dios del oro! Recordé a Brecht: “¿En cuál de los palacios de la dorada Lima vivían los albañiles que los construyeron?” En los cielos de oro de Santo Domingo, saturados de dominicos, ¿donde quedaba el paraíso de los indios que lo edificaron?
         Pero en las capillas laterales había algunas consolaciones, recientes, para los pobres actuales que no venían a adorar a pontífices medievales, ni a obispos y capitanes ya anónimos de la familia de Santo Domingo de Guzmán —los Rockefeller de otras edades—, sino a San Martín de Porres, esa coartada izquierdista y Black Power de los dominicos; a las llagas y contorsiones del Crucificado (pobrecito, siempre más jodido y llagado que cualquier indio, siempre como salido de una cámara clandestina de torturas policiacas o paramilitares).
         Olvidaban el oro de los Guzmanes, y veneraban las corrientonas estampas marianas posteriores. Venían a adorar a las Santas Vírgenes preñadas o recién paridas. Todo ese culto a la maternidad desamparada, encarnada en la explosión demográfica de los angelitos nalgones (casi cupidos o puttoni) como nenes de meses. Lindos y en pañales y a punto de volar de los brazos de las Vírgenes a los de las arrodilladas indias devotas, algo churriguerescas a su maternal y menesteroso modo, llenas de hijitos prietos y mocosos que les jalaban las faldas, el rebozo, los cabellos, los pies, como una proliferada imagen de angelitos indios en torno a una Inmaculada. Y a punto éstos, a su vez, de volar a los brazos blanquísimos, “más blancos que el cristal luciente”, de esa otra Madre Soltera (aunque regularizada) que viene a ser la Virgen María.
         Hay que señalar otra razón en la adoración mexicana de los angelitos bebés: hasta hace medio siglo, solía morírseles a muy tremprana edad la mitad de sus muchos hijos a las mujeres pobres y no tan pobres; los cementerios y los corazones de las madres estaban llenos de “angelitos”, niños muertos. Revoloteaban en su ánimo, como alrededor de Nuestra Señora de los Ángeles.
         Y otra vez, para los humillados: Un Jesucristo mutilado, enfermo, amoratado, coronado de espinas, alanceado, gimiente, indio él mismo, torturado y vencido más que cualquier indio; ahí en su cadáver sanguinolento y roto, entre el impetuoso incendio de poder y de joyas monumentales de los dominicos triunfantes.
         Me puse lírico en Santo Domingo, después de apechugar una opaca, elíptica y formulista entrevista colectiva —que conseguimos a escondidas del PSUM— con el gobernador del Estado, Vázquez Colmenares, quien afirmó entonces no conocer “ni un caso” de caciquismo en su Oaxaca:
         —Considero yo que ese caciquismo... no tenemos la suficiente información ni los instrumentos para localizar a los caciques; el caciquismo es un fenómeno que existe en el estado, indiscutiblemente, aunque no podemos conocer un caso en este momento determinado...
         Bueno, de eso se trataba el gobierno del PRI: de jamás contar con esa “información suficiente” ni con esos “instrumentos” para detectar a los caciques ni las demás formas de extorsión y explotación de los indios. Otros dominicos, otros Guzmanes.
         Ese día todos los periodistas del Machete I nos olvidamos del PSUM y vapuleamos, en pleno jolgorio, el cantinflismo del gobernador Vázquez Colmenares.
         Mi amiga Lola Álvarez Bravo (una de los mayores fotógrafos del siglo) aún vívía, con buena salud y trabajando mucho, en la época de mi viaje a Oaxaca. Quiero recordarla ahora, porque era una enamorada de todo lo oaxaqueño, y me había prevenido: “Fíjate en eso, pon atención en aquello, no te vayas a perder tal cosa; luego me cuentas”. Escribí esas crónicas un poco para platicar con ella a través del periódico. Reconstruyo ésta en homenje a su memoria.
         Aunque nadie como la propia Lola para hablar de la Oaxaca que conoció desde los años veinte. La extasiaban la naturaleza y las artes populares oaxaqueñas, tanto como la aterraban la miseria, la violencia y las epidemias.
         Me contó lo siguiente —ella platicaba, whisky en mano, en la mejor prosa, amena y bien dibujada, casi instantáneamente lista para la imprenta—, que transcribí para su libro Recuento fotográfico, Editorial Penélope, 1982:
         “Desde las orillas de Oaxaca, donde hacen la fiesta del lunes del cerro, se veían unos atardeceres preciosos, con la ciudad rosa o verde, un verde jade muy suave; y pesada, chaparra la ciudad, con un ambiente y una temperatura extraordinariamente agradables. Y la naturaleza la volvía tierra de promisión, con una abundancia enorme de frutos y de flores; llovía rotundamente, pero para todos lados al mismo tiempo: el agua venía del norte, del sur, del este, del oeste; arriba, con el aire, se arremolinaba y llovía al mismo tiempo en todas direcciones, con un movimiento rotativo que no he vuelto a ver en ningún otro lado, entre tormentas y rayos extraordinarios. Como las calles están en declive, a la media hora de los tormentones la ciudad ya se había lavado, el agua se había escurrido y bajado hacia las afueras, y Oaxaca quedaba brillante, con una atmósfera muy limpia, como si la hubieran lavado con escobeta. Y ya uno podía irse feliz a sentarse al zócalo a oír la música”.
         Pero también contaba:
         “En Oaxaca empecé a tratar a la gente verdaderamente popular, de una dulzura encantadora, pero que a la mala es brava a morir. Una vez, en la fiesta del tule, por poco me regresan desmayada, porque en mitad de la vendimia y de las borracheras espantosas, de repente yo ya lo único que veía eran machetazos por todos lados, escurrir de sangre y tajadas de cuajo. Los oaxaqueños son terribles en pleito: como todos se sienten en la obligación de ser Juárez... A la entrada de Oaxaca hay una estatua muy fea dizque de Juárez, con la mano estirada y el dedo de punta; y yo les preguntaba a las primeras personas que conocimos allá: ‘Bueno, ¿y ese Juárez qué está señalando?’. Me contestaban: ‘Dice: Ya entraste. Ya no saldrás. Ya te fregaste’; y yo ya no volteaba a ver a ese Juárez porque no quería quedarme ahí para siempre...”
         Tampoco yo quise mirar esa estatua de don Benito Pablo.

AY, TEHUANA: FLOR DE VIEJO BILLETE DE DIEZ PESOS
Los renacentistas y los ilustrados se desesperaban ante las ruinas romanas. ¿Eso era todo lo que quedaba de la gran Roma? Ahora dirían frente a Tehuantepec (y no se les eche la culpa entera a a Moritz ni a Quevedo):
         —Buscas a Tehuantepec en Tehuantepec, viajero, y en Tehuantepec mismo a Tehuantepec no encuentras; murió lo que era vernáculo y esencial y solamente la fatal miseria permanece y dura.
         En la carretera que venía de Oaxaca, de pronto cambiaba el uniforme panorama de cerros secos y casi pelones bajo un sol que quemaba por rutina y sin sentido, que nomás quemaba por chingar. Empezaron a aparecer riachuelos y pequeños grupos de palmeras. Un poco más adelante, cruzando un espantoso puente de fierro —la pura estructura oxidada y herrumbrosa de vigas, alambres y tornillos—, se llegaba a Tehuantepec. 
         Se dice que aquí, en 1921, cuando lo visitó como parte de la comitiva del Secretario de Educación Pública, José Vasconcelos, en gira por el Sur, Diego Rivera marcó el rumbo de la vertiente digamos idílica (como existen la épica y la sarcástica) de la plástica nacional en la primera mitad del siglo: la Escuela Mexicana de Pintura.
         Y que en estos parajes descubrió el colorido, la desnudez y la frescura de los “indios” de Gauguin; y pintó esos lindos indígenas tropicales en bailes y baños de río —todos ellos pura vegetación, indios florales—, como si se tratara de los propios Mares del Sur, para arrojárselos en un lance de dados a Picasso, a Bracque y a Matisse. Siqueiros, en uno de sus arrebatos, casi o sin el casi acusó a Rivera de contrarrevolucionario y de plagiar a Gauguin, al celebrar la belleza natural, indígena o mítica de nuestros trópicos. ¿El Istmo de Gogantepec?
         Ahora, 9 de enero de 1982, advertimos que sesenta años es mucho tiempo, desde luego; y el viajero no encontró sino una sucia ciudad tropical parecida a Cuautla o a Jojutla, a los barrios feos de Acapulco, y de hecho a los barrios feos de cualquier ciudad de México.
         La provincia mexicana desapareció hace décadas —si alguna vez existió como idilio fuera del tiempo—, y sólo se encontraba, pueblo tras pueblo, pero principalmente en lugares como éste, adonde el viajero llegó queriendo visitar las célebres esencias y tradiciones, la gran imposición del urbanismo moderno, que forzadamente quería aparecer en todas partes y sólo en muy escasas zonas residenciales alcanzaba a prosperar.
         Tehuantepec no quiso o no pudo seguir sosteniendo su bella estampa del paraíso vernáculo y colorido de las leyendas, el Tahití mexicano: quería, y no podía, alcanzar el bienestar moderno de, digamos, una unidad habitacional capitalina; el cemento, la varilla, la loseta, el agua entubada, el drenaje, las antenas de televisión, el tabique, el plástico, los alimentos industriales, las normas higiénicas, las chanclas de hule, el coche y la motocicleta, los tenis y los discos, las calles pavimentadas, las vasijas de plástico de los topergüer, los tanques de gas.
         Tehuantepec no mostraba la identidad que lo hizo famoso (con cierta ayuda de Agustín Lara y de la bella tehuana que lució en los billetes de diez pesos casi medio siglo, desde los años treinta), sino la identidad que le faltaba. Le faltaba ser Lindavista, como a todos los pueblos y colonias del país. Se ponía a competir con Lindavista, o de perdida con Narvarte; utilizaba los elementos de construcción del modernismo industrial, tuvieran o no que ver con su clima, y se dedicaba a construir pequeños y pesados neo-jacales con tabicón, asbesto y loseta, siguiendo el modelo de la casa urbana, la cual por supuesto no diseñaba ningún espacio para los cochinos, la gallina clueca, los perros y los niños encuerados del vecindario. 
         Decidió transportarse en automóviles, aunque por sus calles, retorcidas y estrechas, no pudieran caber, y muchas de ellas en cualquier hora resultaran tan difíciles de transitar como el periférico en horas tope.
         A la forma comunal de habitación indígena, a las casas abiertas de amplias familias en comunidad, sucedieron las pequeñas casas individuales, divididas y limitadas entre sí, y enfiladas en las calles. Pero esta gente carecía del  temperamento para vivir encerrada cada familia en su celda, como en las unidades habitacionales del Distrito Federal. Por el contrario, todas las casas dejaban sus puertas abiertas, y las calles se convertían en grandes patios con niños, perros y marranos, charcos y gallinas, y todas las mujeres se asomaban a las ventanas, suspicaces y medio díscolas, cuando un intruso las recorría.
         ¿Quién podía resistir la modernización industrial, defenderse o escapar? La promovían el gobierno, las empresas, los productos, los medios de comunicación. El bienestar industrial sonreía indiscriminadamente para todos, y más para aquellos a quienes excluía, desde los carnosos labios del anuncio de la güerita que mordía una rebanada de pan Sunbeam. (Andy Warhol sustituiría en nuestros templos todas las caras de angelitos, por la reiteración infinita de la nena golosa de Sunbeam, llevándose a la boca su eucaristía industrializada). Y cualquier otro modo de vida se volvía imposible. Entraban por millones las cervezas Tecate, y luego, ¿cómo deshacerse de los botes? Se amontonaban sobre la arena fina a la orilla del río, y formaban un muladar de incesantes resplandores metálicos.
         Había que subir agua potable por calles que eran cerro y partes de cerro que eran calles, entre montaraces y urbanas, a través de tuberías descubiertas (a ratos francas mangueras de plástico): ahí iba el largo tubo suelto, y sobre él tropezaban los vehículos y frecuentemente lo rompían.
         Los tehuanos habían inventado un curioso sistema de transporte para sus calles curvas, empinadas, estrechas y sinuosas: unos “motocarros”, o sea una especie de camiones de redilas, pero casi en miniatura, tirados por una motocicleta, en no tan vaga semejanza con los carros y cuadrigas romanos. (Digo cuadrigas suponiendo que las motos tengan, como en Ben Hur, cuatro “caballos de fuerza”.)
         Las tehuanas de largos y amplios vestidos ligeros se trepaban al remolque de redilas, y viajaban de pie, a la Ben Hur, dignas como matronas romanas, el vestido ondeando y resaltando sus gruesas piernas y sus senos inverosímiles (“Tetas vastas como frutos del más pródigo papayo”, etcétera: Díaz Mirón), mientras el gañán —auriga— del manubrio trepaba a toda velocidad y evitaba como podía, cuando podía, chocar con otros motocarros, atropellar cerdos, gallinas y niños, o tropezar con las tuberías o mangueras descubiertas. ¿Realismo mágico? ¿Miserabilismo folklórico?
         Muchas mujeres seguían usando los largos vestidos tehuanos y sus abultadas blusas llenas de flores y de colores muy vivos, pero ya no se trataba de las pesadas y pudorosas telas bordadas de antes, sino de rasos y muselinas untuosos y estampados, como las más volátiles banderas.
         Se habían pavimentado algunas calles, pero se quedaron sin mantenimiento durante décadas y, cundidas de baches, resultaban a veces peores que las brechas antiguas. Se acumulaba una tierra fina, arenosa, que no se aplacaba, y cuando de repente soplaba uno de esos vientos zapotecos del Istmo, quedaban banalizadas las tolvaneras capitalinas de Ciudad Nezahualcóyotl e Iztacalco: ahora conformaban verdaderas paletadas de tierra en la cara (casi como las que describen Bioy Casares y Silvina Ocampo en Los que aman, odian).
         Claro que los lugareños ya sabían y se volteaban y protegían por instinto, de modo que sólo el reportero despistado se quedaba tosiendo y escupiendo tierra. Y de repente salté del motocarro, aterrado, con una agilidad que jamás me habría sospechado (o simplemente fui expelido), pues por estar cuidando que, cegado por la polvareda, el zapoteco auriga no chocase contra otros motocarros cargados de ondulantes amazonas tehuanas, no advertí un taxi formal, en sentido contrario, que se nos dejaba venir como todo un destroyer, sin emitir siquiera un claxonazo. El motocarro casi se trepó a un muro y yo anduve rengueando dos o tres días.
         Todavía había casas viejas, de adobe y teja, pero eran muchísimas más las que se levantaban con materiales de construcción recientes y siguiendo de cerca y ciegamente la idea moderna y urbana de lo que “debe ser” una casa, de modo que cada vez sumaban más los trechos de las calles de Tehuantepec que resultaban idénticos a Ciudad Nezahualcóyotl, a la que imitaban casi lastimeramente.
         En todos lados se veían casas a medio construir, en parte porque, efectivamente, se habían quedado a medias, con puntas de varillas que emergían de cada ángulo del techo, protegiéndose con botellas de los rayos. Los muros sin encalar: las filas de tabicones y ladrillos al descubierto. El piso de cemento burdo. Las ventanas y puertas con la herrería sin pintar y hasta con las manchas y huellas de soldadura y del empotrado en los muros.
         En parte porque la casa, como encarnación máxima del bienestar urbano, no podía nunca terminar de construirse —era una Scherezada de la albañilería—, y en consecuencia siempre se estaba esperando levantar otro cuartito, alzar otro piso, extender esto, aumentar aquello, cambiar esta ventana tan simplona por un balconcito de los que dicen “provenzales”.
         Pero también, se me ocurrió, porque costaba tanto trabajo y tanto dinero llegar siquiera a los primeros tabiques, a los primeros tubos, a los primeros postes, a los primeros cables, a los primeros herrajes del bienestar, que estos elementos de la construcción moderna se volvían  bonitos en sí mismos.
         ¿Para qué ocultar con pinche yeso estos tabiques, estas tuberías tan caras? ¡Mejor que se vieran desnudos, para presumir que eran nuevecitos, y no cascajo! ¡Hasta ganas daban de exhibir las facturas en las ventanas! Nada de recubrirlos ni de pintarlos. Que se quedaran así, en gloriosa exhibición. Y que la ciudad entera constatara que esta casa no había sido construida como casa de indios, sino a la moderna, casa de blancos, con puertas metálicas de garage aunque por ahí no entraran muchos carros, y persistieran las carretas, los burros y las mulitas.
         Así como en ciertas residencias “artísticas” de la capital se dejaba al descubierto las maderas finas, la cantera, la piedra volcánica, el ladrillo perfecto, el tezontle, como elementos decorativos, estas tehuanas casas pobretonas dejaban al descubierto sus blocks, sus tabiques, sus varillas, sus cables, sus tuberías, sus herrajes, sus láminas de metal o de asbesto.
         El edificio del mercado no recordaba a Gauguin ni a las clásicas imágenes de la Escuela Mexicana de Pintura. Era un mercado moderno, feo, tiznado, sin pintar, insalubre, apestoso: una bodega de cemento y lámina. Pero, como en otros tiempos, se acumulaban ahí vistosas pirámides de frutos muy variados, con los más vivos y frescos colores. ¡Viva Gogantepec!
         —¡Preparan otro bodegón de Olga Costa para la mesa 5! —exclamaría un guía de turistas.
         Y que los ojos supieran prescindir de las narices, porque el cuerno tropical de la abundancia de frutos se exponía sobre un drenaje azolvado desde hacía años. Las doradas piñas escurrían sus mieles entre toda una compilación exhaustiva de los olores del desagüe. No faltaba ningún hedor.
         Cada coladera era un borbotante charco de inmundicias. Por lo demás, si hubiese traído cámara para fotografiar a color las pirámides de fruta, habría tenido que auxiliarme, a manera de flash, de un buen bote de insecticida para espantar unos instantes los enjambres de moscas y mosquitos.
         Las gordas tehuanas estaban reconciliadas con ellos. Se abanicaban indolentemente por no dejar, y sólo cuando aparecía un turista se dedicaban a arrojar, a abanicazos e insultos en zapoteco, a todas sus propias moscas y mosquitos hacia los puestos de las vecinas. Pirámides de frutas del paraíso bajo pirámides sonorísimas de mosquitos y moscas.
         Diego Rivera, Olga Costa y demás pintores de exuberancias mexicanas omitieron, censuraron, en sus cuadros a los insectos. En cambio Lola Álvarez Bravo, quien fotografió, en blanco y negro, la magia oaxaqueña de Yalalag y algunas suculencias istmeñas, no olvidó al horrible niño ciego por oncocercosis. Decía:
         “Lo que más me aterraba, lo que me hacía querer correr de Oaxaca eran los enfermos de oncocercosis, que había mucho. Es un mosco que les picaba en el ojo sobre todo a los campesinos y a la gente muy pobre de los pueblos cercanos, y entonces les va saliendo una como nube que se vuelve algo gelatinoso, como si tuvieran un ostión en el ojo; medio podrido medio viviente; medio que escurre medio seco; y se les van secando los ojos...”
         ¿Molestaban en Oaxaca los moscos a las estatuas de don Benito Pablo? ¿Se atrevían? Desde luego, atestaban el mercado de Tehuantepec y las marchantas sólo pretendían molestarse cuando aparecía algún fuereño. Sus ejemplares de la revista Kalimán admitían también ese uso, de matamoscas y abanicos tipográficos o de ahuyentadores de bichos, cuando se acercaba un turista quisquilloso. Las tehuanas entonces blandían sus kalimanes, súbitamente iracundas, contra la densidad de los zumbidos. Pero ni a kalimanazos (“Serenidad y paciencia; sobre todo mucha paciencia”) se podía contra moscas y mosquitos. (“¡Finalmente has sido derrotado, Kalimán!”)
         Por ahí leí (supongamos, es un decir, en Petronio) que había en Roma un dios benéfico que jamás imaginó otra cultura: Muscarius, “el dios que alejaba las moscas de los altares”. Ciertamente no está en la teogonía zapoteca... ni en los libros istmeños, algo zumbones, de Andrés Henestrosa. No recuerdo que Novo se ocupara mucho de Oaxaca, a pesar de su ensayo “Sobre el placer infinito de matar muchas moscas”.
         Las marchantas vendían en bolsas de plástico pétalos de flores, violetas o rojos. Y algún tirano municipal las obligó a proteger, también en bolsas de plástico, los mangos pelados y rociados de chile piquín, los elotes hervidos y enmayonesados, y demás comestibles y fritangas innumerables.
         A un lado, frente a cubetas rebosantes de acamayas y camarones, esplendía en toda su grandeza una peluda y ¡cruda! (casi viva) cabeza de cerdo, que artísticamente se erigía en el centro de una fuentecilla de carnitas, sobre una canasta plana. ¡No fueran los turistas a pensar que en Tehuantepec se vendían maciza, cueritos, chicharrones y tripitas de soya! La cabezota del cerdo, que naturalmente antologaba a las moscas: las más bravas y voraces, testimoniaba su origen.
         Sería excesivo, sin embargo, pretender que en los años veinte de Diego Rivera —y por su conducto, de Einsestein—, Tehuantepec era de veras nuestro Tahití. En cualquier época la desnutrición, las infecciones, las epidemias, la miseria, la ignorancia, el fanatismo, la violencia y la explotación lo mantuvieron necesariamente lejos de tal paraíso. Por lo demás, hay relatos de viajeros del siglo XIX que hablan del Istmo en los términos más insalubres y antipáticos.
         Pero no cabía duda de que la modernidad lo había dañado más profunda y rápidamente que otras invasiones. Sencillamente porque se les imponía a los tehuanos una civilización urbana que no podían costearse (salvo la docena de ganaderos riquísimos), ni disfrutar, a cambio de la pérdida final de su añeja independencia local y su economía precaria de autoconsumo.
         Se les acabó toda autonomía, con cuadros goganianos de Diego Rivera y demás. Fue la conversión de la provincia ancestral en la lumpenización urbana. No había que ir a Tehuantepec para ver Tehuantepec: bastaba cualquier amontonadero semiputrefacto de productos agrícolas o animales en La Merced o en la Central de Abasto del Distrito Federal. Ahí también asomaba Tehuantepec.
         ¿Pero no que estábamos hablando de la izquierda y del PSUM?  Bueno: nada de eso les importaba a los tehuanos. Los rojillos de Tehuantepec se reservaban para armar bulla al día siguiente, en la vecina Juchitán. No me quedó más recurso que hacer una crónica de las moscas.
         Ese día el único indigenismo —indigenistmo— era bancario. Nunca antes había visto yo a Bancomer (estamos en enero de 1982) anunciarse en los muros en lengua indígena alguna, ahora en zapoteco, para ofrecer créditos y financiamiento: Cadi Coochaui, tu Spidxi chitu Udxitu Sanda Choo tu Cuanani. La Guapani ihra, Banco de Comercio (Bancomer) Baco Stinu Tiora Iñique tu Stale Bidxichila Banco Sutiñe Taatu mas para Sitó Tractor o Yoo. O algo así.
         Y en la plaza, a un lado del quiosco, se levantaba un pequeño pedestal con mosaicos para alzar un busto de yeso dorado de Máximo Ramos Ortiz, “el genial compositor de la inmortal Zandunga”.
         Debo reconocer que visité Tehuantepec de pinta. Me escapé tempranito de un hotel solitario a la vera de la carretera, en un oportuno taxi —al que zarandeaban, como a una palmera, los vientos brutales—, para ahorrarme no sé que conferencia de prensa (con la emética logorrea de Pablo Gómez), en vísperas del mitin de Juchitán, el único importante de la campaña oaxaqueña del PSUM. Ahí asistiríamos a la peculiar alianza de zapotecos y comunistas, que había vuelto célebre, incluso fuera del país, el apoyo del pintor Francisco Toledo.

LA BELICOSA JUCHITÁN
Juchitán ha sufrido mala suerte con los gobiernos estatales y nacionales, peor que la de otros pueblos oaxaqueños, desde tiempos remotos. Tuvo como feroz enemigo nada menos que a Juárez, quien ahí no es ningún héroe. (Que yo sepa, de toda la República, sólo Juchitán se atreve a sacarle la lengua, y tamaña lenguota, a don Benito Pablo Juárez.) Hay que contarles lo de la Enciclopedia Británica a los juchitecos: entrometerle el Pablo a don Benito, es como descomponerle, desmitificarle un tanto lo Juárez. ¿Nos atreveríamos a hablar de María de los Ángeles Félix? ¿De Dolores Asúnsolo López Negrete ex de Martínez del Río?
         Acaso un regionalismo más beligerante que el de otras zonas, y su codiciada riqueza agrícola y ganadera, le habían provocado casi una declaración de guerra por parte de varios gobernadores oaxaqueños recientes, lo que dio como resultado la organización regional más contestataria y célebre del país en los años setenta y parte de los ochenta: la Coalición de Obreros, Campesinos y Estudiantes del Istmo, la COCEI; la cual logró finalmente, en alianza con el entonces Partido Comunista, el triunfo en las elecciones municipales. Era la mayor plaza nacional del PSUM y se esperaba un mitin apoteósico.
         El añejo descuido gubernamental no podía ser más escandaloso. De pueblo tropical, Juchitán se volvió una insalubre ciudad de 150 mil habitantes, sin agua potable, sin drenaje, sin pavimentación, sin otros servicios como recolección de basura, escuelas, centros de salud. La mezcla más ostentosa de la miseria y la riqueza, el abandono rural y el hacinamiento urbano; la modernidad, la mendicidad y la mierda.
         Su único mercado —era domingo, el 10 de enero de 1982, día de plaza— se desbordaba y extendía por varias calles. Los vendedores de pescado, verduras, carne, flores (muchas flores), frutas, ropa y baratijas metálicas, acomodaban su mercancía sobre el suelo o en puestos de madera desde muy temprano, confundiéndose con la gente de la COCEI que colgaba adornos rojos de papel picado para recibir al candidato del PSUM, y sobre todo para manifestar masivamente su apoyo al presidente municipal Leopoldo de Gyves, PSUM-COCEI, quien sufría embates cotidianos de los gobiernos estatal y federal, e incluso del ejército.
         Cerca del mercado, frente a la plaza o jardín, se levantaba un Palacio Municipal en ruinas, abandonado durante décadas, y que apenas ahora se empezaba a restaurar mediante el trabajo comunal, pues el gobierno de Oaxaca alegaba falta de fondos. Tenía al frente su reloj señorial, parado desde nadie recordaba qué época en un veinte para las seis.
         La ciudad rebosaba de politización. Pintas en muchos muros y taches en muchas pintas. Volantes que combatían o tapaban a otros volantes. Al mismo tiempo una ciudad grande y paupérrima, donde el gran dinero abrumaba con su presencia caótica y conflictiva; entre los jacales y las zanjas, donde pastaban los bueyes y gruñían las piaras, aparecían contrastes agresivos: los modernos edificios y los símbolos de los bancos, y hasta grandes almacenes, como Sears, cuyos plúteos (“¡Dije plúteos!”) organizaban la última moda en aparatos eléctricos.
         En la mañana de domingo también destacaba una presencia religiosa fuerte, con las ricas matronas juchitecas de largas faldas brillantes, vistosísimas y floreadas, algunas con orlas de encaje. Pechos prominentes y barrigas orondas bajo blusas bordadas. Vastas caderas y trenzas negras y lustrosas, adornadas con cintas de colores. Sobre los hombros, amplios velos de encaje dorados o negros, traslúcidos. Iban feliz y ruidosamente a misa, como a una fiesta, platicando en zapoteco a voz en cuello y balanceándose, entre el retintín de sus joyas (a veces collares, aretes y pulseras de monedas de oro), pesada y altivamente, con un porte apacible y majestuoso. La política no tenía por qué arruinarles su misa.
         Junto a la iglesia, la famosa Casa de la Cultura apadrinada por Francisco Toledo; y entre sus exposiciones de arte moderno, fotografía, arqueología, gráfica local, las chiquillas en rueda tomaban clases de baile, y los niños muy pequeños se iniciaban en la pintura, coloreando (en lugar de los escarabajos o reptiles eróticos que uno esperaría de la tierra de Toledo) unos rotundos, televisivos platillos voladores. ¿Los ovnis “que dispersó la danza”?
         Se trataba de una bonita casa tradicional, con arbolado patio al centro. Muros de adobe, y bajo techos de teja se exhibían cuadros de internacionales pintores  contemporáneos que envidiarían los museos de Nueva York. Todo un muro lucía fotos de boda, tamaño postal, desde finales del siglo pasado: los hombres con trajes de catrín, y las mujeres con lujosos vestidos regionales, pero todos casi siempre descalzos, luciendo sus trabajados pies de campesinos. En esa ciudad no se necesitaban, pero para nada, sino hasta hace muy poco, los zapatos.
         Eran casi las once.  Empezaron a aparecer los contingentes de las secciones de la COCEI. Se recibían los unos a los otros con aplausos, con flautas y tambores. Se agarraban, se abrazaban, se hacían bromas. La gente de Juchitán se estaba siempre agarrando: hombres con hombres y mujeres con mujeres. Todo era lenguaje físico y retozaban como chamacos hasta los campesinos ancianos.
         Por contraste, los adolescentes, igualmente vaciladores, mostraban a ratos una seriedad adulta: a lo mejor, los bárbaros, ya estaban hasta casados. (Para las viejas culturas indígena y campesina, a los trece o catorce años ya se puede; y cuando se puede, se puede; aunque rujan los modernos enemigos de la sexualidad “infantil”).  Si usted les tomaba una foto, por otra parte, creería adivinar en ella ciertos gestos de sabiduría indígena, como en un perfil arqueológico.
         Pero aquí el folklore no se andaba con intolerancias. En total concordia convivían los sombreros de palma con las cachuchas de beisbolista, de ésas de plástico que se acababan de poner de moda en el Distrito Federal, caladas y ajustables. Con excepción de los obreros de la Corona, uniformados de azul, todos los demás hombres se vestían sencillamente: huaraches, pantalón y camisa claros, a diferencia de sus mujeres, que siempre andaban a la Frida Kahlo.
         De repente los cientos se habían vuelto miles. Se llegó a calcular en 10 mil los asistentes al mitin. Las mantas: “La cárcel y las balas jamás detienen la lucha de un pueblo consciente”. Los gritos: “¡Gobierno asesino, que matas campesinos!” “¡Viva campesino, Viva obrero, Viva estudiante juchiteco, Viva mujer juchiteca!”.
         Las mujeres tenían una participación principal. Lo andaban alborotando todo, bravas, alegres, entronas, solemnes, floridas, panzonas y algo mugrientas, con el durísimo viento del Istmo agitando, embarrándoles sus faldas largas. Les gustaba ser flores. Las ropas como suculentos pétalos, aunque se tratara de señoras viejas y chimuelas. (Por lo demás, proliferaban los dientes de oro.)
         Les gustaba también abundar en carnes. En ningún otro lugar como en éste se confirma la veracidad del apotegma de Novo: “Los mexicanos las prefieren gordas”. Desde chamaquitas se veían muy redondas, y ahí andaban tocándose, pellizcándose, abrazándose en irrefragables grupos de cuatro o de cinco.
         Eran más aguerridas que los hombres en el galano arte de mentarle, a gritos, la madre al mal gobierno, sin dejar de rociarse confeti rojo como si el mitin político tuviera algo de kermesse o de posada. Lo tenía, a ratos.
         Curiosa la división de los sexos, como en las viejas escuelas. Grupos estrictamente separados de hombres y de mujeres, cada cual con su relajo, durante la marcha por buena parte de las calles —de algún modo habría que llamarlas— de esta ciudad sin servicio urbano alguno.
         La política juchiteca tampoco era intolerante con el trago. Nada de ley seca. Juchitán se mostraba orgullosamente cervecera. La civilización del calor. Muchos manifestantes visitaban sobre la marcha —una manifestación interminable, eterna— los cientos de cervecerías, hasta que otros, también algo achispados, iban y los sacaban entre carcajadas y, supongo, albures en zapoteco, para reincorporarlos a la ceremonia cívica. Y nuevas visitas a más cervecerías. Y más ceremonia cívica. Cerveza en ristre la política sabe mejor.
         Una clara alegría. Un retozar en la masa y entre la masa. Y lo insólito, aunque legendario (siempre se habla de ello a propósito de Juchitán, pero otra cosa es verlo de bulto): algunos “amujerados”, pero de veras locas de atar, con pantalones entallados, blusas de mujer (hartos olanes), uñas pintadas, flores en el pelo oxigenado y un poco de maquillaje, tranquilamente desfilaban en los contingentes, con contoneos de pasarela, también abrazados en grupos de cuatro o cinco. Lanzaban guiños y besos a los machines. Y ni quien estornudara.
         Un gozo de muchedumbre, de estar en familia los miles con los miles se manifestaba también en una relación casi corporal de la gente con sus líderes, como si todos conformaran un mismo cuerpo. Las señas, los gestos, casi imperceptibles para el extraño, organizaban en instantes a la gente. Imponían el silencio, o permitían volver a los gritos, las corretizas, la algarabía.
         Y de pronto la seriedad. Una seriedad profunda y casi funeral. A las primeras frases en zapoteco de un discurso se empezó a formar una sensación colectiva, dura, valiente, incluso violenta. Una como electricidad nerviosa que varias veces me humedeció los ojos y entrecerró la garganta —casi adiviné el zapoteco en los rostros y actitudes de la gente, pues nuestro pesumista-coceiano traductor nos resumía mil palabras en una sola frase—, cuando todo ese pueblo, completo, apretándose en las calles y en la plaza, recordó sus ocho años de muertos y lucha desigual con pistoleros y policías, con los caciques, el gobierno del estado y el nacional.
         Esa altivez, esa seriedad raigal, ese arrojo también me provocaron cierto escalofrío, cierto miedo. Gritos aleccionadores de 10 mil bocas. Mujeres airadas agitando sus banderas, aventando pétalos, gritando mueras, aplaudiendo discursos que subían y subían de tono. Casi eché de menos los balazos.
         Es prudente temerle a Juárez, pero más a quienes no le tienen miedo a Juárez, pensé conmovido y alarmado.
         Gente brava, pero que afortunadamente no se dejaba obsesionar por su bravura.  Había anochecido. Se disolvió el mitin para repoblar jubilosamente las cervecerías, los únicos pero innumerables puntos luminosos en esa ciudad sin alumbrado público. Los juchitecos festejaban por todos lados, con música y risas, su gran acto de reto político al PRI, al gobierno federal y estatal. Su falta de miedo a Benito Pablo Juárez.
         Por desgracia, los veinte o treinta periodistas no pudimos sumarnos a la borrachera general: formábamos cola frente al único teléfono que el PSUM-COCEI había tenido a bien ofrecernos. Transmitíamos nuestras crónicas y reportajes, otra vez, a las diez, once, ¡doce! de la noche.
         En la madrugada abordamos El Machete I rumbo a Chiapas. Yo iba pensando en las locas de Juchitán; con la oportunidad de la populosa y larga borrachera, seguramente ese día habían hecho su agosto.