viernes, 27 de enero de 2023

INDITO DE OJOS AZULES

INDITO DE OJOS AZULES

Por José Joaquín Blanco

 

 

Mi madre era exigente en cuestión de sirvientas. Las iba a buscar ella misma a los ranchos, a los pueblos. Las prefería muy indígenas, lo más posible, porque le parecían más respetuosas y honradas; y madres solteras o viudas que tuvieran hijos de nuestra edad. Las citadinas no merecían su confianza: maleadas, altaneras, alebrestadas, que cualquier día se largaban con el lechero sin decir adiós ni gracias.

         Las indias se ponían felices de dejar sus pueblos, sus familias tiránicas, y venirse a la capital con techo y trabajo seguros, y con la oportunidad de cuidar mejor a sus hijos. Así mi hermano y yo nos criamos entre inditos en nuestro departamento de Polanco, no precisamente como hermanos, pero si como, digamos, primos políticos.

         Comíamos todos casi lo mismo y no se notaba demasiado la diferencia en la ropa ni en los juguetes. Mi madre se preciaba de no ser racista y de practicar el cristianismo con el prójimo. Pero sobre todo estaba tranquila y contenta, porque sabía que esas nanas-sirvientas eran muy agradecidas, y devolvían en favor de nuestra crianza cuanto mamá hiciera para beneficiar la de sus hijos.

         Los huevitos, la lechita y la ropita que les daba resultaban, pues, baratísimos, en comparación con los cuidados y atenciones que ellas nos prodigaban a mi hermano y a mí. En realidad nos criaron esas mujeres, más que nuestra propia madre, y las recordamos con un cariño enorme, profundo. De veras las necesitábamos: mamá había enviudado y casi nunca estaba en casa, dedicada todo el día a los negocios. Aquellos niños nos consideran todavía de la familia y hace poco nos invitaron a bautizar a sus primogénitos, que llevan nuestros nombres: José, Rubén.

         Tuvimos dos nanas: Carmen y Socorro. Carmen no llegó a aclimatarse en la capital, de modo que se regresó a los tres años, ya con sus niños muy crecidos y gordos, capaces de declamar todo el alfabeto. Todavía nos visita una o dos veces al año y nos trae canastas de verdura y guajolotes.

         A Socorro tuvimos que traspasársela a mi tía Lulú, después de seis o siete años de servir en nuestra casa. Por entonces mi hermano y yo estábamos en la secundaria, y mamá cambió de opinión en cuestión de sirvientas. No podía seguir vistiendo y alimentando a tanta gente, y ni modo de educar a los hijos de Socorro para intelectuales: todavía estaban a tiempo de recobrar su estado natural de campesinos.

         Por lo demás, ya no necesitábamos de tantos cuidados. Y no se veía bien que dos varones adolescentes estuvieran solos todo el día en casa con una criada joven. Decidió que ahora convenía una señora de edad, que nada más se encargara de lavar y planchar la ropa, y de darle una buena limpiada al departamento una vez por semana. ¿Pero dónde encontrar a esa respetable señora de edad?

         Socorro nos ofreció a su mamá, doña Dominga. Ya trabajaba de sirvienta en México, pero por horas. Era ambiciosa y tenía sus ideas, dijo Socorro. Quería su independencia y ganar el mayor dinero posible.

         Mi madre quedó complacida. Recobrábamos nuestra libertad. Así llegó doña Dominga como un ciclón. Se aparecía dos veces por semana muy temprano, y con una furia y un ruideral inusitados hacía en poco tiempo todo el trabajo. Se iba feliz con su dinero, hacia el medio día, a servir en otras casas.

         Qué eficiencia. Qué diligencia. “¿Pero no estará exagerando un poco?”, se preguntaba mi madre. “Ya tiene sesenta años y tanto trabajo puede hacerle daño”. No lo parecía. Era una mujer pequeñita y delgada pero fuerte, correosa. Nada de maquillaje ni perfumes. Medias de hilo. Zapatos simples sin tacón. Vestidos baratos y sencillos. Un solo suéter, azul marino. Aretes pequeños. La imagen más edificante posible de la mujer indígena: limpia, austera, sin otra vanidad que su larga trenza entrecana siempre perfecta.

         Mi hermano y yo nos quedamos un poco huérfanos en la casa súbitamente silenciosa. Resentimos el aire huraño de doña Dominga, quien no admitía nuestras travesuras ni nuestra conversación, y protestaba porque le quitábamos el tiempo. Sólo quería hacer su trabajo tan rápido con fuera posible e irse a la otra casa que le tocara ese día, a ganar su segundo salario.

         Por entonces se nos perdió de vista Socorro. Acostumbrada al trato familiar y cariñoso de nuestra casa no se adecuó al más expedito de la tía Lulú.

         —Esa ingrata se largó de la noche a la mañana, sin darme tiempo de buscar otra criada —protestó mi tía—. ¡Lo hizo adrede, nomás para ponerme a fregar platos!

         doña Dominga no sabía o no quiso decirnos qué había sido de Socorro. Hasta nos dio la impresión de que la desaprobaba y se avergonzaba un poco de su ingratitud.

         Entonces ocurrió el prodigio. Un día se apareció doña Dominga con un indito de ojos azules, más rubio que un vendedor de biblias. Pero todo su trato era de rancherito y hablaba en náhuatl con ella. Como de quince años.

         —Es mi hijo Antonio —anunció sin más.

         Lo sentaba en la cocina a leer monitos o le prendía la televisión, mientras ella revolvía y sacaba lustre a toda la casa. Se trataba de un mocetón como jugador de futbol, dos o tres años más grande que nosotros. Nos restregábamos los ojos para convencernos de que era indito, el hijo de doña Dominga, y no un gringo.

         —¿No se lo habrá robado, tú? —le comentó mi tía Lulú a mamá—. ¿De dónde Dominga iba a parir un hijo rubio y de ojos azules como Niño Jesús? Ya ves que la Soco era prieta renegrida.

         Pero el niñote le era tan devoto a doña Dominga y hablaba en su idioma; además, andaba de lo más cuidado y consentido, traía reloj y ropa tan buena o mejor que la nuestra. Ella lo complacía en todo. Lo llevaba al futbol los domingos, al cine, a fondas de antojitos.

         Nos explicó entre dientes que era hijo de su difunto marido; no el padre de Socorro, sino un güero. Y ya. Su marido le había dejado un hijastro güero de ojos azules, Antonio, y lo iba a poner a estudiar en alguna escuela de la capital. ¿En dónde? Misterio, y gestos ya de plano iracundos de doña Dominga. “Ladinos metiches, ¿qué les importa?”, murmuraría.

         Con los meses vimos el impacto de la capital en el carácter de Antonio. Perdió timidez, mejoró rápidamente su castellano, se volvió insolente. Se nos empezaron a desaparecer las cosas.

         El día que se le esfumó a mi madre, de su propia bolsa, una fajilla de billetes que acababa de cobrar en el banco, estuvo a punto de acudir a la policía y denunciar el extraño caso del indito de ojos azules. Se desistió por no causarle una pena a Socorro.

         Ni siquiera fue necesario despedir a doña Dominga, porque ella misma anunció que no iba a seguir trabajando donde se desconfiara de ella y de su hijo. Y que más valía que mi madre pusiera orden en sus cosas porque siempre lo andaba perdiendo todo. ¿Cuántos aretes y anillos no había encontrado doña Dominga, tirados por ahí entre la ropa sucia o debajo del tocador? En efecto: y cualquiera de esas joyas recuperadas valía más de los cinco mil pesos de la mentada fajilla.

         Doña Dominga siguió trabajando en edificios próximos. Y la veíamos ir y venir con su hijote perezoso, catrín, reluciente, doradísimo. Se había vuelto famosa por su ambición de dinero y por su indito de ojos azules.

         De pronto, el escándalo: Antonio la había abandonado, con dos buenas cachetadas, por el maricón de la farmacia. Lo vimos junto al boticario patilludo detrás del mostrador varios meses, leyendo monitos, cada vez mejor vestido, cada vez más guapo. Doña Dominga desapareció de la Colonia Polanco. Finalmente el boticario volvió a estar completamente solo, con una tristeza infinita en la cara, sin otro amor que sus grandes patillas relamidas y peinadísimas.

         Nos olvidamos varios años de doña Dominga. Pero una tarde se la encontró mi mamá en una casa de San José Insurgentes. Mi madre organiza ventas de productos domésticos en hogares particulares: convence a una señora de que preste su casa para una demostración, que invite a sus amigas; entre ambas les venden a crédito los productos y comparten las utilidades. Así ha recorrido todas las colonias de la ciudad.

         —¡Pero qué milagro, Dominga!, ¿qué es de tu vida?

         Doña Dominga refunfuñó y siguió limpiando alfombras como máquina supersónica.

         —¿Se conocen? Ah, es un primor esta Dominga, ¡y si viera usted la devoción que le tiene a su hijo!

         Doña Dominga empalideció. Pero siguió sacando vapor y polvo de todas partes. Mi madre acompañó a la cocina a la dueña de la casa para preparar los bocadillos, ¿y qué se encuentra? ¡A otro indito de ojos azules, más güero que un vendedor de biblias!

         No podía ser el mismo, porque éste no pasaba de quince años y aquél ya debería andar en los veintitantos. Éste era todavía más guapo. El vello rubio lo revestía de un resplandor dorado. Estaba todavía mejor vestido que el anterior, pero también leía monitos, y descansaba y mordisqueaba indolentemente papas fritas junto a su Coca Cola mientras doña Dominga se afanaba por su bienestar.

         —Esta Dominga es un ángel, quiere ponerlo a estudiar. Qué abnegadas son las madres mexicanas.

         —¿Pero cómo pudo tener Dominga semejante hijo, con su edad y con su color? —murmuró mi madre, haciéndose la inocente.

         —Un marido güero que se le murió, y le dejó la carga.

         La trenza de doña Dominga ya estaba completamente canosa.       

         Durante toda la demostración de sustancias para perfumar baños, bruñir platería, desmanchar sofás, limpiar madera fina, mi madre estuvo pensando si denunciar o no a doña Dominga con la policía. Volvió a optar por no causarle una pena a Socorro.

         Pero he aquí que finalmente Socorro se hizo la aparecida, con sus dos hijos chiquitos nuevos, perfectamente morenos, a quienes no conocíamos, y los dos niños blanquitos de su patrona. Sus hijos mayores (nuestros “primos”) ya andaban de ayudantes de traileros. Había finalmente conseguido otra casa generosa y cristiana donde cuidar a las crías de una patrona sin desatender las propias. El oficio de nana le sentaba. Estaba reluciente en el supermercado, con los dos hijos inditos y los dos niños blanquitos.

         —¿Oye, Socorro, y qué ha sido de tus hermanos de ojos azules?

         Socorro empalideció, luego enrojeció, quiso enojarse, finalmente soltó a llorar:

         —¡Ay, señora, ya lo sabe usted! ¡Qué vergüenza! ¡Qué vergüenza!

         No: desde luego no eran hermanos suyos, ni hijos de ningún güerísimo padrastro difunto. Pero tampoco habían sido robados. No del todo. Las mujeres de su familia eran indias, pero no gitanas. No robaban niños rubios de ojos azules.

         La desgracia que les había ocurrido era la chifladura de doña Dominga. Toda una vida tan virtuosa, tan correcta, ¡para envejecer de ese modo!

         Hacía quince años le había entrado el furor por los güeros. Se había vuelto a sentir mujer, ya entrecana, con ellos. Todo se lo gastaba en ellos. No pensaba en otra cosa. Ya ni siquiera le hablaba a Socorro, quien alguna vez se había atrevido a criticarla.

         —Mi mamá nunca fue enamorada ni descocada, sino hasta ya vieja, por culpa de los güeros.

         —¿Y de dónde los saca, por Dios, mujer?

         —De San Andrés Tayocapan, cerca de Chipilo.

         Eso queda en el Estado de Puebla. En Chipilo se fundó hace cien años una colonia italiana. Eran granjeros pobres que llegaron con una mano adelante y otra atrás, pero güeros y de ojos azules. Se reprodujeron en abundancia. Algunos prosperaron. Otros emigraron. Otros quedaron relegados en los pueblos vecinos, como San Andrés Tayocapan, integrados a la vida indígena y campesina. Inditos de ojos azules.

         Ahí andaban por la plaza, el día de mercado, con sus overoles, sus sombreros y sus huaraches, como puntos güeros o alubias en los frijoles. Allá los iba a buscar doña Dominga cuando el hijo en turno la abandonaba. Les platicaba de la capital, de la vida moderna, de qué bonito era México. Les prometía sacarlos del pueblo, traerlos acá, comprarles cosas. Siempre caían.

         —¡Pero qué desesperación! —dijo mi madre, compadecida, recordando la aventura del boticario patilludo—. Partirse así el lomo para mantenerlos, ¡y que luego la boten en un dos por tres!

         —Los güeros siempre son ingratos —sentenció Socorro.

         Color es destino, y aunque mi madre niega que exista el racismo en México, tuvo que aceptar que la piel dorada y los ojos azules siempre encontrarán gran demanda como novios, o de perdida como valet parkings.

         —¡Qué desesperación! —continuó diciendo mi madre—. ¡Tanto trabajar para ellos, a sabiendas de que en unos meses o en unas semanas la van a abandonar!

         —No se preocupe, señora —dijo Socorro—; en San Andrés Toyocapan conocen a mi madre. Ahí tiene güeritos de sobra esperándola, como quien dice: haciendo fila... ¿Y qué me cuenta del niño Pepe, del niño Rubén? —añadió maternalmente.

         —¡Ay Socorro —atronó mi madre—, qué mal me los educaste! ¡Están todo el tiempo echadotes, de huevones! Que dizque van a la universidad, pero nunca los ves estudiando. Todo el tiempo nomás oyendo música, jugando con la computadora. Uno se siente director de cine; el otro, redentor social. ¡Y todavía no aprenden ni a limpiarse los mocos! ¡Ojalá les dure yo mucho tiempo, para mantenerlos, porque ni un huevo revuelto se saben hacer!

         —No hay que perder la fe en Dios, señora.

         —No hay que perderla, Socorro.

        

 

 

lunes, 19 de diciembre de 2022

RECUERDO DE VERACRUZ

RECUERDO DE VERACRUZ

 

 

Por José Joaquín Blanco

 

 

                                               Para Aurora Tejeda y Alberto Román

Los turistas son gente rara, ya lo sabemos, pero ¿habría que tomárselos a mal? ¿Acaso no tienen derecho de serlo? No gastan su dinero sólo para viajar y pasear, tirarse de panza al sol, comer y beber de más; lanzar grandes exclamaciones ante la vegetación y las puestas de sol (aunque aquí, en Veracruz, no se exhiban los exagerados crepúsculos del Pacífico), sino también para convertirse durante unos días precisamente en esas criaturas extravagantes con camisetas de dibujos y letreros ridículos; trajes de baño, hot-pants y bóxers de colores chillones; gorras de papagayo, gafas oscuras, cámaras fotográficas o de video, caseteras portátiles a todo volumen, escuincles gritones y exigentes. Y ese como nerviosismo, como estado de trance, casi de magia (así sea una magia de circo), mediante el cual se hacen la ilusión de rescatar, por unos días, algo perdido de sí mismos, algo aventurero hasta un poco salvaje, o romántico.

         No se conforman con un mero desplazamiento geográfico, ni con cambiar drásticamente el ambiente encerrado y opaco de sus departamentos y oficinas por el sol, el mar y las escenografías pintorescas: quieren, además, una especie de glorificación de su personalidad, unas como vacaciones de su propia existencia cotidiana: ser otros (más trópico, más corazón) durante siquiera un parpadeo.

         Y claro que se transforman, ¡y en qué personajes! Cada cual su propio carnaval. Cada brujita octogenaria lleva toda la primavera encima, puesta, de plástico, portátil. Cada cuarentona compite con todas las modelos de pósters de bronceadores. Cada padre de familia, blancuzco pero con minúscula tanga detonante bajo la panza de huevo, ensaya ante las divas en bikini los piropos que, hace veinte años, gritaban los galanes en las películas. (Yo sé que no has pasado de moda, Mauricio Garcés.) Los escuinclitos, con una petulancia nueva, que no les sería soportada en la escuela ni en el hogar, cumplen con creces las más horribles pesadillas de Herodes.

         Cada cual es su propio carnaval, por docenas de miles, en plena temporada. Las playas, los restoranes y los hoteles llenos de cientos o miles de carnavales individuales simultáneos, todos sonando y brillando y chirriando a la vez; pero cada cual indiferente al contiguo; cada cual a todo color, a todo volumen, lleno de luz y sonido en su aislado performance.

         Digamos que todo el puerto se llena de súbitos escaparates vivos por doquier, como en concurso innumerable, sin un paseante que se detenga a mirarlos. ¿Para quién pues actúan, se atavían, posan, gesticulan los turistas? Bueno, pues será para los humildes y taimados lugareños, que ya ni siquiera nos reímos. Hemos visto tanto. Hacemos nuestro negocio, siempre con nuestra proverbial cortesía jarocha, y los despedimos también con grandes aspavientos: ¡Vuelvan pronto!

         A veces, en mi aburrimiento de cantinero universitario, je (dos años de economía, otros tantos en Ciencias y Técnicas de la Información, en Xalapa y el Distrito Federal, pero finalmente cantinero, en el local que heredé de mi padre), para estirar las piernas y ayudar a la digestión, me voy un rato a pasear, a turistear a los turistas, a someterlos a exámenes de sociología o sicología instantáneas, a matar el tiempo. ¿A lamentar el turista que no pude ser?

         Fue así cómo, la temporada pasada, descubrí a tres mariconazos (dicho sea sin ofender) en Los Portales. Como se sabe desde Sonora hasta Yucatán, en Veracruz los homosexuales no espantan a nadie. Nos hemos echado desde hace tiempo ese trompo a la uña. Tanto los extraños, que entonces nos favorecen con su turismo (y son menos ruidosos y más dadivosos que las familias llenas de escuincles, y con la abuela y el perico), como nuestros chamacos vagos o pobretones, que en las buenas temporadas se hacen ricos durante unas semanas mediante el viejo oficio del mayateo. Claro que a veces se dan los muertitos, los apuñaladitos, los robaditos, los extorsionaditos, pero a nadie le conviene hacer aspavientos, que sólo denigran nuestra turística hospitalidad, je.

         Estaban pues los mariconazos (sin ofender) con sus cervezas y sus tequilas a media tarde, después de la siesta, esperando que oscureciera y se presentara algo en qué divertirse. “El hastío es un pavorreal” etcétera. Hacía un calor espeso, y en la plaza se estancaba un silencio abochornado, que los escasos graznidos de los zanates no hacían sino apuntalar. Sudaban a mares, como sólo suda un turista.

         Seguro ya habían nadado en Mocambo, ya se habían asoleado, ya habían pretendido jugar volibol con otros turistas y algunos chicos de la playa; desde luego ya se habían paseado en lancha por la laguna de Mandinga y habían comido mariscos hasta reventar en Boca del Río, oyendo sones y huapangos. Hasta se habían echado una siesta. Y ahora trataban de despabilarse con los tequilitas y las cervecitas. Ya vendría la noche que “tiene la sombra de una mirada criolla”.

         Uno de ellos, Pancho, se creía aún de buen ver, esbelto y acinturado, mostrando sus pies finos de aparador de pedicurista en unos huaraches nuevos. Pero tenía esa belleza, esa juventud equívocas, tan como sostenidas por alfileres, que habría bastado con que alguien silenciosamente se le acercara por detrás y de repente le gritara: ¡buuu!, para que de inmediato se ajara en arrugas, en canas, en tics, en tedio.

         Pero los veracruzanos no espantamos a los turistas, todo lo contrario: “¡Mire usted, cómo la brisa y el sol de Veracruz lo han rejuvenecido! ¡La mera fuente de la juventud!” Pancho se dedicaba pues, con absoluta tranquilidad, a imaginarse a sí mismo, guapísimo, renovadísimo, en mitad de una escena pintoresca. “Tarde que se mece con vaivén de hamaca”.

         Eran tan obvios sus sueños que, en efecto, a pesar de que los tres —¡los tres!— cargaban sus cámaras aparatosas, un fotógrafo lugareño los advirtió, hizo el teatrito de medir la luz, de caminar dos pasos a la derecha (no, mejor regresarse uno, pero medio metro hacia atrás), esperó a que el bello Pancho ofreciese su mejor perfil, su indolencia más estudiada, ¡y clic! “Recuerdo de Veracruz”. Yo hubiera querido aplaudir.

         Aurelio era güerejo y más bien desvergonzado, algo miope. Traía unos pantalones arrugadísimos, echados en bola a la maleta. Miraba con reprobación tanta mosca como se cierne sobre las mesas de Los Portales (y que Agustín Lara omite en sus canciones), y a cada instante tenía que quitarse otra vez los lentes, que se le habían vuelto a empañar, y limpiarlos con un paliacate amarillo apeñuscado, lleno de manchas y costras sospechosas. Se abanicaba a ratos con una revista de monitos. (En las vacaciones el turista debe leer puros monitos, y tardarse toda una mañana en una sola historieta de superhéroes interplanetarios. Nada de librotes, que no somos gringos.)

         No confiaba tanto, para llamar la atención, en su belleza o su juventud, que las tenía al más o menos (aunque con el calor, el pelo largo y descuidado se le había insubordinado en una maraña indescriptible), sino en su colección de cadenas de oro con medallitas que le colgaban sobre el velloso pecho semidescubierto, en su buen reloj, en algunas pulseras. Tenía razón, y lo sabía. Le cogí antipatía inmediata: es el tipo de turista que revisa las cuentas durante una eternidad, discute con el mesero y hace llamar al encargado, y finalmente poquitea la propina, aunque sus amigos estén dispuestos a ser más distraídos y generosos. ¿Qué es eso de regatear “el cielo de tisú”?

         El tercero era Melchor. Cargaba librote (¡que además leía!), como gringo. Estaba ya hecho una ruina en plenos treinta y tantos años. Panzón, calvo, pecoso, rojísimo, jadeante. El tipo de maricones que digo yo que se equivocaron, que nacieron para ser señores-señores, no aventureros eternos; y que más les habría valido casarse con señoras gordas, llenarse de hijos, durar la vida entera en el mismo trabajo estable y olvidarse de problemas. Hacen miscast como putos, dirían los críticos cinematográficos que yo leía en mis tiempos de universitario. Como los chaparrines que se pasan las horas en el gimnasio para construirse cuerpos imponentes; y cuáles, siguen pareciendo fornidas hormiguitas. O ciertos orangutanes, con cuerpo de guarura, como creados para aterrar ciudades enteras, y tratan de hacerse los sensibles cuando salen de vacaciones: andan oliendo flores, admirando artesanías o jugando a los encantados con sus avergonzadísimos hijitos.

         Melchor era el más nervioso y sudoroso. Probablemente habría preferido quedarse a dormir y leer su librote; leer y dormir los seis días de vacaciones, sin salir de la cama jamás, a andar consecuentando moscas, vendedores, limosneros, chichifos, tocadores de arpa y marimba, zanates, y amigos reverdecidos por el infalible erotismo del Golfo de México. Él ya sabía que el mundo no tenía encantos. Que es aburrido vivir, pero más aburrido (quizás) estar muerto. Algo filósofo, probablemente, y sin “alma de pirata”.

         Traía gruesos calcetines de rombitos bajo los guaraches, a pesar del calor: con toda seguridad tenía ese tipo de sangre oficinescamente chilanga que atrae de un solo golpe a todos los mosquitos de Los Portales. Y luego hay que andar con los tobillos hinchadísimos y manchados de merthiolate.

 

2

Supuse que estarían lo suficientemente ebrios a las once de la noche, como para considerar aceptable y hasta divertido cualquier jacalón improvisado en “disco gay” (mi cantina no es “gay” ni propiamente una discotheque, más que cuando se llena de gays, es decir los domingos y lunes que no abren los antros famosos; o en buena temporada, cuando los turistas se emborrachan demasiado temprano en Los Portales y prefieren una modesta cantina céntrica, que las célebres discotheques de las afueras.) Apenas era sábado. Tuve la corazonada de que me tocaría atenderlos el lunes o el martes, al final de su tour por todos los lugares recomendados por sus revistas gay. Llegaron el domingo, pasadas las diez de la noche.

         De cualquier manera, como el jueves y el viernes, debieron asistir durante toda la tarde y parte de la noche, en medio del ruido infernal de veinte músicos simultáneos con canciones diferentes y otros tantos vendedores y mendigos, al desfile de los muchachos jarochos, a muchos de los cuales habían conocido ya en playas, bares y discotheques. Los saludaban con cautela. No querían comprometer toda la noche desde las seis de la tarde. Y qué aburrido para un turista pasarse la noche del sábado con el mismo nativo del viernes. ¡Ésas no son vacaciones!

         Displicentes y altivos esperaban la aparición de muchachos nuevos, de veras interesantes. Los lugareños, a su vez, dudaban entre asegurar su noche de una buena vez, o esperar con “serenidad y paciencia (sobre todo mucha paciencia)” nuevos turistas, de veras generosos, a lo mejor norteamericanos o canadienses. Delataban sus éxitos de la presente temporada por las camisas nuevas, floreadas; los pantalones también nuevos, de moda; hasta (algunos) botas de piel de víbora con punta de acero (bueno: también en Veracruz se dan los ranchos y los rancheros), los cigarrillos caros, el reloj, las cachuchas, los anillos, las pulseras.

         Esa tarde de sábado de plano se sentaron a su mesa dos chamacos, que habían jugado una especie de bote pateado con Pancho y Aurelio en la playa, y se quedaron callados. Nomás hola o buenas tardes, y callados. Eran capaces de quedarse callados por horas. Al rato se les añadió sin mayores presentaciones un tercero, larguirucho pero escuinclito, de no más de trece años, con la boca llena de dientes de oro, y unos ojazos verdes de amplias pestañas que iluminaban su tez morena, devastada ya por cicatrices de barros y espinillas.

         No les quedó a los turistas sino invitarles unas cocacolas o unas cervezas, y seguir platicando entre ellos, de manera entrecortada y sarcástica, a veces en clave o de plano en inglés, sobre los chicos lugareños: “¿Quieres irte con el mío esta noche, a ver si ahora sí se le para? ¡Pero antes báñalo con jabón y estropajo, apestaba a caballo!”, cuchichearían enigmáticamente Pancho y Aurelio.

         Oscurecía. El ruido en Los Portales era más atroz a cada instante. Tocaban al mismo tiempo los mariachis de terciopelo azul y la sinfonola norteña del bar cercano; gritaban los vendedores de collares, barquitos de madera, gorras, aretes y los mendigos, con caras sucias y lastimeras como si de veras se fueran a morir de hambre en dos minutos, si no se les daba dinero pero ya.

         Con cierta sorna Aurelio le extendió una quesadilla de la botana a un niño mendigo, qué éste rechazó con asco y casi con protesta moral. Si se va a hacer la caridad, que sea en efectivo, no con quesadillas. “Entonces vete”, le dijo Aurelio, y se la engulló frente al niño mendigo, que transformó velozmente su semblante patibulario en uno de asesino infantil, de veras guajiro, pero prefirió largarse con dignidad de prospecto de pandillero, ante la mirada de un mesero alerta.

         Los dos muchachos mayores se rieron del niño mendigo, solidarizándose con los turistas, como mostrándoles que ellos ya eran de otra clase social; el chiquillo de los dientes de oro siguió impávido, como si no hubiese visto nada. “¿Habían sido mendigos de niños, antes de crecer y mayatear turistas?”, preguntó medio en clave medio en inglés Melchor, siempre dado a las cavilaciones. “No, han de ser chicos de escuela y familia; chichifean por vagos, más que por necesidad”, contestó Pancho en el mismo lingo: Nabó, habán dabé saber chabícabos, etcétera. “Claro, los niños mendigos no se vuelven adolescentes guapos; se mueren antes”, intervino Aurelio. “¡Tampoco son tan guapos!”, protestó Pancho.

         Guapo, guapo, no habían conocido mayate ni chichifo alguno durante esa estancia en Veracruz. Jovencitos regulares y ya. Cachondones, desde luego: geografía es destino. Sólo la juventud, la piel morena, el meneadito jarocho como de “vibración de cocuyos que con su luz, bordan de lentejuelas la oscuridad”. Decidieron que necesitaban otros tequilas para emocionarse con los muchachos atractivos al más o menos que se exhibían por Los Portales.

         Siguieron los tres turistas con comentarios en clave o en inglés durante algún rato, sin que sus acompañantes se inmutaran. Los dos mayores sonreían y saludaban con señas a otros chichifos; se fijaban en la calidad de la ropa de los turistas, adivinaban por la edad, o el corte de pelo, o la gordura, o la calvice, cuál sería más generoso. El tercero los miraba en silencio, como queriéndolos entender, como aprendiendo. Ah, que cualquier aprendizaje siempre es lento y difícil.

         De pronto Aurelio desapareció con la conquista de Pancho del día anterior. A lot of soap! And scratch him to death!”, alcanzó a sugerirle Pancho. El otro de los mayores, cansado de que ni Melchor ni Pancho le concedieran la mínima atención durante horas, dijo caballerosamente “compermiso” y fue a sentarse a una mesa próxima, donde recibió cierta bienvenida de unos marineros gringos.

         Pero se quedó en la mesa el tercero, el chiquillo de los dientes de oro, ojazos verdes y tez devastada por las cicatrices de barros y espinillas, a quien no conocían para nada. Callado e inmune al fastidio; su cocacola siempre a la mitad.

         —¿Cómo dices que te llamas? —le preguntó Pancho.

         —Nicho.

         —¿De dónde eres?

         —De por aquí.

         —¿Qué haces, pues?

         —Nomás.

         Pancho alzó la mirada al firmamento, para que el cielo fuese testigo de que, de veras, de veras, con cierta gente nomás no se podía; y ya sin disimular con palabras en clave o en inglés, le dijo a Melchor:

         —Es absurdo venir a ligar aquí, en cualquier bar de México hay mejor material.

         Y se pusieron a añorar frente a Nicho, que ni los oía ni dejaba de oírlos, ni los miraba ni dejaba de mirarlos, siempre con una semisonrisa entre agradecida e inexistente, los mejores bares de la Ciudad de México.

         —¿Y tú no tienes nada qué hacer? —le preguntó Pancho a Nicho—. Ya se te hizo tarde. Tu mamá te ha de andar buscando. ¡Y te va a regañar! —esto último lo dijo cantando, en homenaje a la canción “La negra flor” de Radio Futura, que sonaba entonces por todas partes.

         Nicho no captó la ironía. Sólo sonrió con sus dientes de oro, y pareció más bebé que nunca, asombrado de que a los turistas se les ocurriera que su mamá lo iba a andar buscando. Pero Melchor creyó vislumbrar cierto rubor en su tez martirizada por tanta extracción de barros a pellizcos, y unas como lagrimotas contenidas en sus ojos verdes; también le temblaron los labios carnosos, demasiado bien formados. Acaso ese chiquillo entendía y sabía más de lo que aparentaba. Había en él algo diferente, distinguido. “Algo especial”, se dijo Melchor. La noche se suavizó un poco. “Noche que se desmaya sobre la arena, mientras canta la playa su inútil pena”, como dice el trovador.

         —Vámonos mejor al Diamante —propuso Pancho—, no puede estar más aburrido que este funeral.

         El funeral de Los Portales era una muchedumbre en su apogeo. Sonaba la clave, sonaba el bongó. Hasta había bailables folklóricos en algún tablado. Entre el martilleo de la música disco se ahogaban los gritos de Babalú. Pero Pancho se había desesperado de no encontrar por parte alguna al chico de su noche criolla. Había que ir a buscarlo al Diamante.

         —No, esta noche no la sigo —dijo Melchor como razonable señor maduro—; ya estoy cansado, al rato me voy al hotel.

         —Órale —se despidió Pancho.

         Y se quedaron en la mesa, silenciosos, el turista paternal y el aprendiz de chichifo, sin decir nada. Aburrido y sin perspectivas en su adolescencia miserable, el uno; aburrido y sin prospectos en su oficinesca edad más que mediana, el otro. Bueno: Dios los crea y ellos se juntan, digo yo.

         Ni siquiera necesito añadir que además de mal puto, Melchor era un mal bebedor. Que cuatro tequilas y dos cervezas resultaban demasiado para él. Que seguía sudando a chorros, como sólo un turista borracho puede sudar. Que lo atarantaban el tumulto, el ruido, la revoltura espesa de suciedad, mendicidad, música desafinada y estentórea, vendedores de baratijas, turistas aguacamayados, chamacos más bien tímidos y desnutridos que improvisaban mala cara y porte pirata para desfilar como padrotillos.

         “Son finalmente buenos chicos, todos”, pensaría paternalmente Melchor, empezando otro tequila. Le constaba, por los seis o siete que había conocido en esos días, que al menos eran del tipo pacífico y algo honrado. Qué diferencia con los chichifos de Acapulco. Los dos que se habían ido, por ejemplo, habían tenido oportunidades en la playa de robarles durante un descuido los zapatos o una camisa, y hasta las carteras o las cámaras fotográficas (que por lo demás nunca perdieron de vista) y no: todo había sido tranquilo y de buen modo. Daba gusto ir a Veracruz.

         Nicho aceptó una nueva cocacola.

         “Tres días de vacaciones, a nuestra edad, seguiría reflexionado Melchor, son demasiados”. ¡Y le faltaban tres! Recordó que pocos años antes, en otro viaje al puerto, había ensoñado la posibilidad de adoptar a alguno de estos chamacos (y miró el rostro, en ese momento más lindo, del chico de los dientes de oro: “¡Pero qué manera de destrozarse la cara a pellizcos!”, pensó); llevárselo a México, meterlo a la escuela, darle un oficio, tenerlo más o menos como novio-ahijadito, para aliviar durante algunos años la tristeza y el ahogo de pasarse la vida más solo que un culo; de puras borracheras los fines de semana en los bares.

         Porque a Melchor los ligues en los bares nunca le habían funcionado mucho, ni siquiera en su juventud. Los chicos capitalinos, sobre todo los guapos y los interesantes, querían divertirse el fin de semana y ya; luego volvía él a verlos en los mismos bares, y ni siquiera se saludaban, todos ya demasiado conocidos. Cada cual se dedicaba, nuevamente, a ligar al extraño. Y conforme envejecía, peor.

         “Uno viaja nomás para ver caras nuevas, pero siempre son las mismas”, reflexionaría Melchor con otro tequila, ya entre mareos, preguntándose qué carajos hacía así de solo y sin destino sobre el planeta. Quizás se vería a sí mismo viajando año con año a diferentes playas, con libros cada vez más gruesos que nunca terminaba de leer.

 

3

Lo siguiente fue un escándalo en medio Veracruz, digo, en el medio Veracruz del centro que atiende de noche a los turistas ebrios y a los maricones (sin ofender) y por donde desfilan los pequeños mayates y pícaros habituales. Se supo que, sumidos cada cual en misteriosas reflexiones, casi sin hablar, Melchor y Nicho duraron horas en Los Portales, hasta que todas las fondas y cantinas se despoblaron y los meseros se ocuparon en barrer, fregar y en trepar las sillas sobre las mesas. Bastante después de medianoche.

         Melchor se había puesto a pedir más tequilas y cervezas de las que podía consumir, de modo que se le acumuló una barrera de tarros y caballitos, lo cual permitió que el imberbe Nicho agarrara también, a trasmano, una mediana borrachera sin que la casa quebrantara la ley, pues se le habían servido los tragos al señor, ya más que mayor de edad. Nicho tenía su media cocacola propia, pero  de pronto tomaba un trago de alguno de los tarros o caballitos de Melchor.

         Algo debieron haberse dicho. Esas escuetas frases definitivas que se supone deciden la vida, cuando uno las dice o las escucha en el momento exacto. Pero nadie los oyó conversar (en parte, me explican, porque Melchor, que se cayó dos o tres veces de su silla, materialmente ya no podía articular palabra); ni se les vio echarse las miraditas tiernas, cogerse de la mano, ni los consabidos arrumacos a los que en este libérrimo puerto sí se atreven públicamente los gays con sus ligues lugareños.

         Nada, muy serios el señor y el niño, calladitos y completamente correctos. Y eso empezó a llamar la atención, porque entonces, ¿de qué se trataba? ¿Qué se traía ese par, que no lucía para nada como padre e hijo, sino como turista ebrio y calvo e infante semiharapiento, pero que tampoco parecían una comparsa prostibularia? Nicho se veía larguirucho, pero con tal carita de mocoso que resultaba absurdo o extravagante considerarlo mayate, aun precocísimo.

         Los meseros trataron de alertar a Melchor contra un posible ladronzuelo. Inútil; de hecho, al pedir la cuenta, fue Nicho quien tomó con toda familiaridad la cartera de Melchor y contó los billetes, después de tres o cuatro intentos fallidos de nuestro estimado visitante por distinguir los billetes verdes de diez pesos de los de doscientos. Y se retiraron juntos. El esmirriado pero correoso Nicho llevaba casi en vilo la rotunda figura veraniega del calvo Melchor.

         La siguiente etapa fue una gritería en el vestíbulo del Hotel Imperial, recientemente remozado. El “escuincle” no estaba registrado y el establecimiento “se reservaba el derecho de admisión, por la seguridad de los propios huéspedes”. (Definitivamente el Veracruz bohemio no existe: es una invención de Agustín Lara.) Hubo intercambio de insultos entre Melchor y los empleados y amenazas por ambas partes de llamar a la policía. Ni siquiera se le permitió a Melchor largarse con sus maletas, porque compartía el cuarto con Pancho y Aurelio, y “no se les fuera a perder alguna pertenencia a los otros huéspedes”. Debió partir en mitad de la “noche tibia y callada de Veracruz” en busca de uno de los hoteluchos de paso de los alrededores del mercado, menos estrictos en cuanto a “derecho de admisión”.

         Dos o tres horas después, en el mismo vestíbulo del Hotel Imperial, Pancho y Aurelio, que habían regresado ya de sus aventuras con una ebriedad más controlable, se arrancaban los pelos y se gritoneaban con los empleados ante la posibilidad de que, a esas horas, Melchor ya hubiese sido acuchillado por ese enigmático delincuente infantil. Pues de que había pequeños asesinos, los había. Y todo era tan raro. “¡Pero cómo lo dejaron ir! ¿Tiene idea de adónde fueron?”

         El dependiente, para entonces ya bastante divertido, les sugirió que llamaran a una patrulla y peinaran todos los hoteles baratos del puerto. Y listo. Y dos bostezos. La mención de la policía desagradó a los compungidos mariconazos (sin ofender) y prefieron tomar un taxi e investigar por su cuenta; regresaron poco antes del amanecer, sin éxito, lívidos, ceremoniosos. Casi viudas.

         Sólo hasta el mediodía localizaron a Melchor y a su misterioso acompañante, desayunando jarochas suculencias en plena Parroquia (la nueva, pues). Para entonces Nicho había sufrido una total transformación. Melchor lo había llevado de boutique en boutique para sustituir sus semiharapos con un brillante vestuario de niño turista.

         Le compró una camiseta con toda la familia Simpson estampada al frente, a colores; unos shorts kaki llenos de bolsillos; una cangurera azul que atiborró de cremas y lociones contra barros y espinillas; unos descomunales zapatos tenis Nike, que fueron la envidia de cuanto jarocho lo vio caminar, en la cumbre de su éxito, rumbo a la nueva Parroquia.

         Nicho también quedó decorado con un anillo de sospechosa plata (su signo zodiacal), una gruesa cadena y medalla de supuesto oro (La Milagrosa); un reloj de pulsera (un sonriente dinosaurio en la carátula) y un gorrito de marinero, blanco, de grumete, con la vistosa leyenda “Recuerdo de Veracruz”.

         Los meseros de la Parroquia y algunos parroquianos, en guayabera, que lograban concentrarse en su dominó a pesar de las marimbas, escucharon los improperios de Pancho (la ira transformaba sus modales de dandy en desplantes cinematográficos de cabaretera histérica) y Aurelio (el pelo güero enmarañado como coiffure de la señora Simpson y los lentes empañados) contra Melchor.

         Nicho siguió devorando, impasible y medio sonriente, muy seguro el cabroncito de su buena estrella, su gran fuente de enchiladas con pollo.

         Melchor fue llamado (en español, en inglés, en clave) a la razón, a la mesura, al sentido de las proporciones; hasta se le recordó que aun en el tolerante y alburero Estado de Veracruz se castigaba la seducción de menores.

         Acaso en otra entidad federativa de nuestra mojigata República los comensales se hubieran escandalizado. Aquí tomaron la política de que el turista siempre tiene la razón; y muertos de risa ante esa especie de nativo de escaparate (en miniatura), de monito decorado con atavíos y abalorios turísticos, que les resultaba el voraz Nicho, aplaudieron.

         ¿Quién le iba a creer a Melchor que ahora, pasada la mitad del camino de su vida, harto de soledad, desengañado del sexo mercenario de fin de semana, había decidido adoptar inocentemente, dizque sin lujuria alguna, un ahijadito que lo acompañara en la tediosa y deprimente senda de sus días? Pero en Veracruz estamos tan acostumbrados a oír cualquier cosa de los turistas que los jugadores de dominó de las mesas vecinas siguieron riendo, y aplaudieron de nuevo.

         —¡Es que de plano no te mides! —gritó Pancho, y emprendió dignamente la retirada con Aurelio—. ¡Nos vemos en el hotel!

         —Ahorita los alcanzamos —dijo Melchor, con toda entereza e inocencia, como un sensato padre de familia cuyo lema fuese: “Todo a su tiempo: los problemas, después de almorzar”.

         No resultó tan aquiescente la actitud de la tropa de mayatitos, hamponcillos, vendedores de cualquier cosa, movedores de ombligo, chulos y demás pícaros ante el encumbramiento de ese advenedizo infantil, a quien apenas conocían de vista.

         Se escandalizaron. Eso sí era inmoral. Nicho nomás se andaba haciendo el huerfanito para robarle todo, pero todo, al señor chilango medio raro. Y que no dijeran que no le ponían. De que le ponían en la cama, le ponían. ¡Y quién sabe cuántas cochinadas sí hacía y se dejaba hacer el Nicho, para recibir tan de golpe tantos regalos, especialmente los tenis Nike!

 

4

Con arrogancia Melchor cerró su cuenta en el Hotel Imperial y se hizo transportar con todo y Nicho y equipaje en un taxi al permisivo hotel que los había amparado.

         Hubo algún intercambio ríspido de despedidas, en sordina, entre Melchor y sus amigos, que se quedaron tumbados en los sillones del vestíbulo en medio de la mayor consternación. Aurelio limpiaba desoladoramente sus anteojos, otra vez empañados. Pancho intentaba consolarse con la contemplación de sus pies perfectos, sobre los que no habían pasado los años. El empeine era ideal.

         Los cultos lectores que leen cuentos como este en libros y revistas literarias acaso ignoren que en pueblos y rancherías premodernos, especialmente de tierra jareosa como las costas, los hombres de edad madura y hasta los ancianos de repente recurren, con la aprobación general, a esta ancestral fuente de la juventud y se hacen de amantes jovencitas, casi niñas. Fuera de los modernos centros de cultura suelen abundar las parturientas de trece años. Y esas parejas de edades tan dispares, esos injertos de padre (o abuelo)-amante y de esposa-hijita, dan lugar a chistes y sones, pero hallan su modo de acoplarse, a veces más florida y apaciblemente que los matrimonios normales. Los japoneses han escrito muchos jaikús al respecto.

         Pero los chamacos jarochos no quisieron pensar en ello. Los tenis Nike, la medalla y el extravagante sombrerito de grumete de Nicho los sacaban de quicio. Era algo loco, ridículo, hasta inmoral. A nadie le pasaban cosas así. Era como encontrarse tirado un billete de lotería, que resultase ganador del premio mayor. Un cuento como La Cenicienta entre putas de zanja; una telenovela gay a lo María Isabel.

         La envidia del bien ajeno es una pasión poderosa, y los chicos de las playas y Los Portales conspiraron. Conspiraron en Mocambo, en Mandinga, en Boca del Río, pues los chismes en Veracruz son veloces, para convencer a Aurelio y a Pancho de que el loco de su amigo corría un peligro atroz. Que Nicho, así de mosquita muerta con sus dientes de oro y todo, había robado y traicionado a todos los que confiaron en él; que había matado, pero con un puñalote de este tamaño, a sus propios padres: por eso andaba haciéndose el huerfanito; que había estado en un orfanatorio, en la cárcel de menores, y que la policía lo había liberado sólo para usarlo de gancho y soplón, y esto y lo otro; juraron, además, que en cuanto se fuera su colorado y pecoso protector, le iban a dar su merecido. O antes: que nomás les avisaran, si al Nicho se le ocurría pasarse de listo. Porque aquí en Veracruz no era de hombres hacer esas cosas. De buena fuente sabían que el tal Nicho ni siquiera era veracruzano, sino de la Sierra de Puebla.

         La noche del domingo tuve cantina llena, en parte por este chisme. Llegaron temprano Melchor y Nicho, siempre silenciosos, sin abrazarse ni cogerse de la mano, nomás transmitiéndose puras ternuras y pensamientos entrañables con los ojos; se corrió la voz y empezaron a juntarse los chamacos a la puerta, espiando a Nicho y comentándose cosas al oído. Algunos le hacían gestos amenazadores a espaldas de Melchor. Pensé que querían apedrear a la mujer adúltera, como dice el Evangelio.

         Luego aparecieron Pancho (toda su donosura descompuesta por la preocupación: un puñado de tics nerviosos) y Aurelio (que se enjugaba la frente con un paliacate amarillo sucio y apeñuscado), y se sentaron en mesa aparte, que pronto admitió a una palomilla de los pícaros de la calle. Ya fuera porque los rumores del peligro le hubiesen metido miedo, o porque considerara poco seguro mi humilde establecimiento, el caso es que para entonces Aurelio ya se había despojado, precavidamente, de todas sus joyas. Parecía más bien algo hippie, con la marañota de pelo y su fina ropa bastante arrugada.

         Algo de trabajo me costó mantener el orden: correr a los vagos que sólo querían molestar a los tórtolos sin consumir ni una cerveza (bueno, sin conseguir que se la invitaran, pues); renconvenir a los que de pronto chiflaban una burlesca marcha nupcial o hacían la pantomima de una novia coronada con una servilleta de papel en forma de barquito; y hasta sacar a empellones a algún grandulón que le puso una zancadilla a Nicho cuando iba al baño (lo hizo caer y mancharse sus shorts kaki llenos de bolsillos). Incluso, decentemente, llamé a la discreción al propio Aurelio, que un poco contagiado de la vulgaridad de la chusma (y tal vez envidioso de que alguien de su edad todavía se entregara a los sueños del “amor del bueno”) se había improvisado unos dientes de oro con la envoltura de sus cigarros. Y cantaba: “Una vez nada más se entrega el alma...”

         Melchor y Nicho lo soportaron todo: así de grande parecía su amor. Supe luego que habían ido a la cantina a despedirse de Veracruz, su última noche en el puerto; antes habían caminado plácidamente por la costera, hasta la estatua de Ruiz Cortines: se disponían a tomar al día siguiente el camión a México, rumbo a su nueva vida juntos, para siempre, en ese departamento amplio frente a un parque, en un séptimo piso, que Melchor le había descrito a Nicho como todo un reino de tranquilidad y vida dichosa: microondas, televisión, videocasetera, compact disc, nintendo, computadora. Tenía un perro afgano llamado Dick.

         A pesar de sus desavenencias, algo se dijeron los tres maricones capitalinos (sin ofender). Tuvieron un breve conciliábulo, secretísimo. Parecía que hubiese cuentas que arreglar o cosas por el estilo. Pancho hablaba y hablaba, Aurelio asentía; Melchor escuchaba serenamente, con paciencia, y finalmente les entregó sin resistir todas sus tarjetas de crédito. Pancho recobró en parte su juventud tan histéricamente interrumpida. Aurelio se aplacó levemente la melena con los dedos.

         Sea como fuere se dijeron demasiado. Melchor y Nicho se marcharon primero. Media hora después, Aurelio y Pancho. Y nadie en el puerto ha vuelto a ver a esos tres chilangos por acá. Eso pasa con algunos turistas, se hacen célebres entre nosotros durante dos días y no regresan sino, notablemente deteriorados, cinco o diez años después. Pero los jarochos, agradecidos y afectuosos con el turismo, nos acordamos a veces del vestido mamey de alguna güera, de la manera de reírse de algún barbón, de la tacañería o prodigalidad de tales o cuales. Todos hacen el oso y no se los tomamos a mal. Felices ellos, que pueden.

         A quien sí vi la noche siguiente fue a Nicho, con la camiseta de los Simpson desgarrada y un diente de oro menos. Andaba descalzo, sin los tenis Nike.

         Estuvo espiando horas frente a mi cantina, por si llegaba su tórtolo maduro y calvo. No lloraba. No puedo decirles si fue abandonado mientras dormía en el hotel, en plena madrugada; o si ya en la central de autobuses Melchor lo mandó a comprar cigarros, y desapareció.

         Nicho me pareció algo estúpido con la cara llena de diminutas curaciones blancuzcas sobre sus barros y sus espinillas. Y sus grandes ojos verdes, ojotes como de caricatura infantil, brillaban bajo su blanca gorrita de grumete, que a la luz de la luna dejaba leer desde mi mostrador toda la frase: “Recuerdo de Veracruz”.

 




domingo, 30 de octubre de 2022

LA SONRISA DEL VAQUERO

LA SONRISA DEL VAQUERO

 

Por José Joaquín Blanco

 

 

Imagino las memorias de un chamaco que pudo ser mi compañero de clase, Martín Rentería:

Tuve una infancia de cuento, pero de cuento de curas y monjas, como Marcelino, pan y vino. Mi familia y la ciudad entera de Zamora estaban saturadas de presencias, atmósferas, preocupaciones, rencores, esperanzas, rencillas, sensaciones religiosas. Hasta donde mi memoria alcanza, nuestra familia ha poblado con abundancia conventos y curatos, y no nos faltan primos o tíos misioneros en África y Tierra Santa.

En mi casa abundaban los adornos, regalos, objetos religiosos. Esa carpetita había sido tejida por la monja tal, estas artesanías o aquellos dulces provenían de conventos, cofradías y obras piadosas. No había mueble sin su santito, y acaso menos por beatería que por afán o vicio de coleccionista: se heredaban, se compraban, se regalaban entre nuestros familiares y amigos tantas velas, escapularios, rosarios, estampitas, cromos, estatuillas, crucifijos, vidas de santos.

Todo ha cambiado mucho en medio siglo, desde luego, pero por entonces una casa así no representaba extravagancia alguna en Zamora, todo lo contrario. Se vivía naturalmente entre angelitos, inmaculadas y sagrados corazones como en una aldea pesquera entre barcos, redes, instrumentos de navegación y pesca, peces disecados. Tuve pues una infancia feliz de deportes en los colegios de curas, primeras comuniones, bautizos, bodas, semanas santas, navidades; todo gozo de la vida, y hasta cada guiso y cada bizcocho, admitían su ángel o santo tutelar. Posadas con curas, kermesses con curas, paseos campestres con curas, competencias deportivas con curas, estudios con curas –todos ellos amigos o parientes de los parientes o amigos de mis padres--; coro para la iglesia, rondalla para las fiestas escolares. 

De modo que a todos nos pareció natural y magnífico, cuando terminé la primaria, que pasara un mes de mis vacaciones en un retiro espiritual. De una u otra manera, por otra parte, se venía sugiriendo desde hacía años que mis padres esperaban que uno o dos de sus siete hijos recibiera la vocación religiosa. Y a todos se les antojaba que yo, Martín Rentería, ya la llevaba algo adelantada por cierto carácter fácil y alegre, que me bienquistaba con medio mundo y me permitía cumplir sin mayor esfuerzo cuanto se me pedía. “Martinillo es un ángel, nació con las alas puestas”, llegó a bromear el señor obispo, mi tío y padrino.

         Los niños dóciles y felices quizás no son muy perspicaces, y yo me creía con toda tranquilidad cuanto se pretendía que creyera, entre otras cosas que la vida santa y alegre que llevaban las familias católicas de Zamora era la única vida que existía sobre el planeta, salvo algunos réprobos a quienes nunca conocí y por cuyo regreso al buen camino se me enseñó a rezar desde la Primera Comunión.

Fue así que sin temor alguno trepé con otros dos niños un poco mayores que yo, elegidos por las señas que mostrábamos de vocación religiosa, a un autobús que nos llevaría hasta Palisada, Tlaxcala, al seminario menor que los salesianos dejaban vacío en vacaciones y que se utilizaría como retiro infantil y juvenil durante todo el mes de diciembre. Algún diciembre de los años cincuenta del siglo veinte.

         En el autobús, durante mi primera salida no sólo de Zamora sino de casas y escuelas donde no estuviera dulce y estrictamente vigilado por la familia, las familias idénticas con quienes tratábamos, los curas y las monjas tutelares, me empezó a ganar la secreta inquietud de que existiera un mundo diferente, hasta peligroso.

Me cautivó el sabor de la aventura. Durante todo un mes conocería hasta a un centenar de niños y muchachos de todo el país, y jugaría, platicaría, rezaría y me divertiría con ellos esos treinta y un días totalmente libre de la custodia familiar y zamorana.

Nos habían mostrado, proyectadas sobre un muro blanco, transparencias –entonces llamadas filminas- del gran seminario menor de Palisada, Tlaxcala, que parecía un castillo. Dormitorios, capilla, salones de clase, biblioteca, salón de música, salón de actos, diez canchas en toda forma, reglamentarias, de básquetbol y dos de futbol; huerta, establo, ¡hasta dos laguitos! en mitad de un gran bosque.

En realidad, el modernista y funcional seminario de Palisada –puro concreto y cristal, colores básicos y alegres- se había construido sobre los restos de una vieja hacienda minera y conservaba mucho espacio boscoso, con esos dos criaderos de truchas que llamábamos lagos. Yo tenía doce años entonces y de alguna manera presentí que ese retiro dejaría una marca especial en mi vida. Algo así me sugirió mi tío obispo al despedirme. Por entonces se admitían seminaristas menores o “aspirantes” de mi edad, para que iniciaran los estudios de latín, griego y disciplinas religiosas junto con la secundaria: ¿regresaría a Zamora a decirle a mis padres la frase que esperaban: “Durante este mes lo he pensado mucho y he rezado con fervor para que el Señor me ilumine, y creo que quisiera ingresar al seminario”. Toda la familia y media Zamora llorarían de felicidad y se reafirmaría la vida que llevábamos. Quizás habría ya que empezar a mostrar, con una sotana de seminarista, las natales alas de ángel que me concedió el obispo.

Llegamos a Palisada a media tarde, y me pareció un castillo más vasto y hermoso que el que había imaginado a partir de las filminas. Pero desde el principio se impuso cierta brecha de desorden. Como los “retiristas” de muchas partes del país íbamos llegando a horas diferentes, algún cura nos recibía, nos indicaba que dejásemos las maletas amontonadas en un salón, nos llevaba enseguida al refectorio para comer y beber cualquier cosa, y nos mostraba el bosque, sus criaderos de truchas, sus huertos y establos. Casi nos imaginábamos en la selva.

Éramos chicos de edades variadas, entre los doce y los dieciocho años, y nos prometíamos todo un mes de boy-scouts. Porque se nos había advertido que parte del retiro consistía en dos o tres horas de trabajo manual, y todos deseábamos que nos correspondiera limpiar los lagos, podar árboles, abrir caminos en el bosque, cultivar hortalizas, ordeñar a las vacas, tanto como temíamos que la labor impuesta fuese la rutina de barrer y trapear salones, limpiar vidrios o fregar trastos.

Yo no me decidía: ¿Sería más agradable pasarme las horas metido en el agua sacando hojarasca y basura de los criaderos, o dedicarme a las seis portentosas vacas que visitamos en el establo –unos cobertizos y un derruido jacal de adobe, que apestaban a estiércol-, al fondo del bosque?

Ese jacal en ruinas, donde se amontonaba la alfalfa, era una de las escasas construcciones que sobrevivían de la antigua Hacienda Palisada. El seminario y la capilla se levantaban al otro extremo, frente a la carretera a Puebla, modernísimos, llenos de cristales coloridos y techos en formas de triángulos y curvas.

Habría yo de volver siete u ocho veces más, cada diciembre, a ese seminario en el bosque, hasta que ingresé en la universidad y me declaré disoluto y ateo, para desesperación de mi familia y escándalo de todo Zamora. Como la rutina fue siempre la misma se condensan a veces en mi recuerdo escenas de años diferentes como si todas hubieran ocurrido la primera vez. La sensación casi militar del dormitorio donde roncábamos cien chamacos. El campanazo para despertar y correr a ducharse con agua más fría que tibia en dos o tres minutos, a fin de no ser complacientes con la carne que iba madurando en nosotros, en diferentes etapas y como en secreto, bajo rostros y ademanes castos y casi indiferentes.

Las misas soñolientas y largas, largas, con canto gregoriano y terribles sermones contra todos los peligros y pecados que nos acechaban: la Carne, el Demonio y el Mundo. El desayuno de atole y bizcochos en absoluto silencio. Gimnasia. Futbol. Básquetbol. Conferencias de curas sobre todo lo que necesitaba conocer el joven cristiano. Ensayos de cantos religiosos. Meditación. Algo de charla en la comida, pero jamás “conversaciones particulares”: toda la mesa debía escuchar lo que cualquiera dijese. Labores: aseo del edificio, ayuda en la cocina o la lavandería, y el milagro del bosque, los lagos y las huertas que sólo era concedido a una tercera parte de los muchachos. Se asignaban al azar.

Durante esos siete u ocho retiros me tocó de todo: pulir el piso de mármol de la capilla y fregar trastos, limpiar de hierbajos y piedras las canchas de futbol, amasar y hornear bolillos, asear los baños. Pero la primera vez tuve suerte:

-Martín Rentería: a cortar hierba.

Se trataba de limpiar a machetazos la maleza y los arbustos que cundían salvajemente cerca del establo.

Era una zona amplia y tupida donde nos perdíamos de vista. No faltaba el holgazán que se escondiera para dormir la siesta entre los árboles.

Entre la gavilla de chamacos de doce a dieciocho años a quienes aquel año nos correspondió desyerbar los alrededores del establo recuerdo sobre todo a nuestro “jefe de grupo”, Cheo: un mulatillo de grandes ojos de vaca y pelo rizado. Era insoportablemente pedante, como sólo puede serlo un muchacho de dieciséis frente a un niño de doce.

Se sentía adulto, sabio, poderoso, perverso. Se atrevía a hablar de mujeres pechugonas incluso durante un retiro espiritual. Usaba una brillantina muy perfumada. Se distinguía en el futbol, pero lo criticaban por “podrido” o “personalista”. Se adueñaba del balón y por nada del mundo lo soltaba, aunque lo rodearan tres adversarios.

-¡Si no estás jugando solo, pinche Cheo! –le gritaban sus compañeros de equipo.

A Cheo no le gustaba platicar mucho conmigo. Se aburría con los “pinches niños meados” y no perdía oportunidad de juntarse con los curas y los muchachos mayores, para discutir de asuntos dizque elevados y misteriosos.

Me regañó varias veces, exasperado ante mi torpeza con el machete.

Había que cortar los tallos de los arbustos en diagonal, de golpe, en la base, con movimientos decididos –“¡Así, y así, y así!”: me mostraba-, y no sin ton ni son. Y cuidado con el machete y con las ramas:

-Nada más falta que te rebanes una pata o te saques un ojo, pendejo niño meado.

Yo seguía sus instrucciones con variada fortuna, sin accidentes, durante media hora, una hora. A veces distinguía a veinte o cincuenta metros otro machete, a otro chamaco. Pero la mayor parte del tiempo me sentía completamente solo entre la vegetación. De pronto sonaba un campanazo y había que recoger y amontonar la maleza y las ramas cortadas y correr a formarse en el patio principal del seminario. Lavarse. Merienda. Rosario. Alguna película sobre san Martín de Porres o san Felipe de Jesús. Cena en riguroso silencio. Siempre frijoles con el sabroso pan horneado esa misma tarde.

Más rezos. Hora de dormir. Era obligatorio dormirse en cuanto uno acabara de ponerse la piyama y se apagaran las luces directas. Permanecían prendidos, sin embargo, durante toda la noche, varios focos amarillentos que permitían a los dos o tres curas de guardia vigilar el sueño de los niños, caminando lenta y silenciosamente con su rosario, como ánimas en pena, entre las filas de camas. Uno se iba directamente al infierno si se atrevía a hablar con alguien que no fuera el cura de guardia en el dormitorio, o a levantarse en la noche sin causa justificada. Incluso levantarse a orinar era mal visto: había que orinar a tiempo, plenamente, antes de acostarse.

El aroma del pan horneado de la cena perdura en mi memoria como una de las sensaciones más gratas de toda mi vida, al igual que el denso y casi nupcial hedor a estiércol del establo, donde se amotinaban las moscas. Años más tarde, yo mismo aprendería a amasar y a hornear ese pan.

En el seminario de Palisada vivía con su esposa e hijos un ranchero alto, rubio y fornido que fungía de factótum de los curas, don Gilberto. Comandaba la panadería, la despensa y el establo; se encargaba de arreglos menores de plomería y albañilería y manejaba la camioneta de la que diariamente, a eso del mediodía, le ayudábamos a descargar costales y huacales de fruta y verdura, pollos pelados y grandes trozos de res, sangrientos, y otras provisiones. Con él aprendería a hacer el pan. Botas, camisa a cuadros, bigotes, sombrero texano. Lo apodábamos el Vaquero. Su esposa regía la lavandería y la cocina. Sus hijos apenas eran bebés.

Recuerdo mi primer retiro espiritual como una tarde eterna entre la maleza, practicando los golpes de machete en diagonal, con movimientos decididos a la base del arbusto o de las yerbas, apartando el cuerpo para no rebanarme una pata ni sacarme un ojo como “meado chamaquito pendejo”.

Recuerdo la insolencia, el desprecio de Cheo ante mis torpes doce años. Recuerdo su cara achocolatada, sus grandes ojos de vaca, el olor de su brillantina, sus subversivos comentarios sobre mujeres pechugonas.

Y que nunca le parecía bien mi trabajo con el machete, al grado de que, desalentado, empecé a aburrirme, a holgazanear, a esconderme entre la maleza para ver flotar las nubes de las cuatro o cinco de la tarde.

Me atreví a más: agachado, casi reptando, escapaba del área que me había asignado Cheo, y exploraba los alrededores del establo. Vi los cobertizos con seis vacas. Me acerqué en silencio al ruinoso jacal de adobe, con un muro agrietado, donde se amontonaba la alfalfa.

Y por la grieta descubrí cómo Cheo, tumbado sobre la alfalfa, era penetrado por don Gilberto. Cheo totalmente desnudo: las piernas sobre los hombros –camisa a cuadros- de don Gilberto.

Oí a don Gilberto bufar y sonreír con una mirada tremenda, luminosa, húmeda, al mismo tiempo violenta y enamorada. Los oí gemir, los vi lamerse y retozar sobre la alfalfa. Recuerdo el denso olor a estiércol y algunos mugidos plácidos, se diría cómplices.

Regresé, tembloroso y culpable, a mi sitio, a cortar arbustos con golpes decididos, diagonales, furibundos, a la base del tallo de los arbustos.

Sentí una enorme desolación, acaso la envidia del pecado y del placer que no conocería sino hasta cinco o seis años más tarde. Supongo que sentí celos de ambos. 

A nadie conté nada, ni en confesión. Me esforcé porque ni durante ese retiro espiritual, ni en los dos o tres siguientes en que coincidimos, Cheo sospechara mi secreto. Logré una indiferencia perfecta. Pero no he olvidado el olor de su brillantina. Ni el adusto y siempre atareado Vaquero entrevió jamás que yo le había espiado una sonrisa.

 




viernes, 30 de septiembre de 2022

EL MARQUÉS DE LAS VERDOLAGAS

EL MARQUÉS DE LAS VERDOLAGAS

 

Por José Joaquín Blanco

 

 

 

“Hay quien le echa la culpa al Duque Job, nuestro llorado e inolvidable Manuel Gutiérrez Nájera, de esta moda tan pueril como lupanaria y facciosa”, señalaba hacia 1897 en El Imparcial un crítico anónimo: “todo mundo ha dado por calzarse seudónimos de condes y marqueses de esto y lo otro. En el Café Passy he escuchado perorar a los barones Colipavo, Codorniz y Bacalao; a un abad Yerbabuena y a otros Rapé y Hatchís; a los caballeros Machete y De la Llorona; a varios duques Guayabo, Verdesmatas, Capirotada, Mátalas-callando, Ajonjolí y Ajenjo; a tres o cuatro marqueses Jericalla, Chirimoya y Benjuí.”

Nombres de pluma, si esta plebe de imitadores se atreviese a escribir y publicar sus murmuraciones. Pero pocos escriben y publican alguna vez, pues (según su queja envidiosa y emponzoñada) los diarios y las revistas están totalmente copados por ‘la tribu de los afrancesados, decadentes y degenerados modernistas’, quienes se encargan de cerrarle el paso por completo a cualquier ‘talento nacionalista y castizo, cien por ciento mexicano’.”

“Estos condes y marqueses ‘literarios’, es decir: falsarios, deben reducirse pues al periodismo oral en cantinas y cafés, donde unos a otros se atormentan con sus pútridos artículos de viva voz [...] Para lo único que ha servido la prohibición constitucional de usar títulos y blasones nobiliarios es para ¡que cualquier palurdo se haga llamar archiduque en una cantina! Sobra decir que existe, inevitablemente barbado, un tal Archiduque Las Campanas, con tan fácil y soez revanchismo contra el gentil difunto que ya no puede defenderse.”

Hasta aquí el cronista anónimo de El Imparcial.

Durante largos años he investigado en hemerotecas, bibliotecas, archivos públicos y epistolarios privados, y recurrido a la azarosa memoria de algunos de los descendientes de tan fantasmales personajes, esta curiosa y fugaz aparición de la clandestinidad literaria de 1897.

He aquí el resultado de mis arduas pesquisas:

Entre esa “plebe lupanaria e irremisiblemente oral” se recordó durante algún tiempo a un Marqués de las Verdesaguas (vilipendiado como el “Marqués de las Verdesnalgas” o el “Marqués de las Verdolagas” por sus propios contertulios), a propósito de su única y fallida hazaña: su empeño por cambiarle de nombre a la Calle de Puente de Alvarado por el de “Calle del Rencor Mexicano”.

          Se dice que el Marqués de las Verdolagas era bajito y esquelético, con una fisonomía totalmente indígena que parecía contradecir su pretendido abolengo castellano. Pero él se conocía bien su espejo, y estaba dispuesto a espetarle al primer maledicente toda una larga nómina de personajes virreinales con figura indígena que recibieron como merced, o que compraron gracias a alguna fortuna bien o mal habida con las mulas, las minas y el pulque, algún castizo título nobiliario.

¿Acaso no había condes (recientemente ascendidos a duques) de Moctezuma? ¿Por qué un nativo de Chalco no iba a calzarse, en memoria precisamente de su lago, el “Marqués de las Verdesaguas”?

         -Porque las aguas de Chalco son todo, menos verdes, ¡y apestan! –señaló algún bohemio, digamos el Abad Hatchís.

         El Marqués de las Verdolagas lo fustigó con algún parco insulto del tipo de “cretino” o “neófito”; y fingió estar más que dispuesto a retarlo a duelo con sables o pistolas, exactamente lo que esos contertulios jamás tenían (o se los retenían con tenacidad los prestamistas y las casas de empeño).

Sabía que el precio del saber era la incomprensión y la necedad del mundo. Su mundo estaba fatalmente constituido sobre todo por los abades Yerbabuena y Rapé; los barones Colipavo, Codorniz y Bacalao; los caballeros Machete y De la Llorona; los duques Guayabo, Verdesmatas, Mátalas-callando, Ajonjolí y Ajenjo; los marqueses Benjuí, Jericalla, Capirotada y Chirimoya.

         El Marqués de las Verdolagas no se dejaba ganar por los prestigios “recientemente precolombinos” de los “poetizadores de indios”, del tipo de Rodríguez Galván, Eligio Ancona o Heriberto Frías. Y detestaba la amanerada estatua de Cuauhtémoc en Reforma, debida a Miguel Noreña (maqueta) y a Jesús F. Contreras (fundición). ¡Parecía un sportman, un lagartijo de Plateros ataviado de azteca para una ópera folklórica!

-Si los aztecas alguna vez fueron ‘tan bellos y moirés como un idilio’, eso no lo ha podido constatar nadie en varias centurias de desnutrición, servilismo y pulque –señalaba-. La redención nacional está en la vena hispánica -argüía con una imperturbable convicción de que María Santísima llevaría al triunfo al cansado león español, por entonces acosado por los  “sajones pérfidos” en Cuba.

         No se hallaba solo el Marqués de las Verdolagas en este repentino hispanismo. Ahora que España se preparaba para enfrentarse a los Estados Unidos, los contertulios de aquellos cafés y cantinas olvidaban viejos agravios, y le devolvían el nombre de madre a la hasta hacía poco denominada madrastra.

         Desde su tribuna del Café Passy el Marqués de las Verdolagas exigía, en parrafadas de artículos de ajenjo, que se bautizara a las principales calles de la ciudad de México con los nombres de algunos de “sus mayores soberanos legítimos”, como Hernán Cortés, Carlos V, Felipe II y Carlos III, en lugar de encasquetarles tanto nombre de héroes liberaloides fanáticos y espurios, o al menos dudosos, como ya era epidemia nacional.

-¡En cualquier pueblucho hay una Calle Múzquiz!  

Escandalizaba.

-El día que se levante una estatua a Hernán Cortés, o se llame con su nombre a alguna calle, es que México está perdido sin remedio -comentaban sus antagonistas (pongamos el Marqués Benjuí y el Abad Yerbabuena), también en vivos artículos de pulque o ajenjo.

-¿Y por qué, si don Fernando es el verdadero Padre de la Patria? Quiten ustedes a Hidalgo, a Morelos o a Juárez, y queda México como si nada, y a lo mejor hasta sale ganando y se restaura; quiten a don Fernando Cortés, y sencillamente no hay México, sino pura “Temixtitan”.

         -Tampoco “Temixtitan”, pues él la llamó así con su grueso oído extremeño, sino Meshico-Tenoshtitlan” –le corrigió el pedante Duque Mátalas-callando, quien desde luego no había leído a Cortés, pero algo había escuchado en la cantina de sus dislates.

         -Ni México, con x, con g o con j, como gusten; ni idioma español –remató el Marqués de las Verdolagas a la manera de un jaque mate.

         -Pero es que Cortés fue un verdugo, un masacrador –murmuró otro, refugiándose en argumentos morales. Era el Barón Codorniz.

         -¿Y entonces por qué hablamos de Puente de Alvarado? ¿Acaso Alvarado no incurrió también en ‘la masacre’? No me digan ustedes que por simple tradición, pues entonces Cortés debería figurar en todas partes: ¡encabeza todas las tradiciones mexicanas! Ni por gusto anecdótico, pues también gana en el flanco costumbrista: ¿Por qué el falso Árbol de la Noche Triste, en Popotla, donde nunca lloró, y no en todo caso el “Árbol de Cortés”? ¡Imagínense ustedes al valeroso capitán chille y chille públicamente, desmoralizando con su moquera a su tropa y a la indiada tlaxcalteca!...

         Y es que, por una rara casualidad, el Marqués de las Verdolagas, quien nunca leía nada mexicano ni reciente (para evitar que en algo influyeran en su pensamiento “impoluto” las “venales frivolidades modernistas”), quien en realidad nunca leía nada, había infringido su código y recorrido en secreto un artículo de Luis González Obregón sobre la Calle de Puente de Alvarado. Eso había ocurrido con el barbero, en espera de que le arrancaran dos o tres muelas y dientes podridos.

         -¿Saben por qué sí tenemos calle para Alvarado y no para Cortés? ¡Por pura mala leche mexicana!, ¡por puro rencor mexicano!, ¡por puro odio matricida! ¡Para infamar a don Pedro, y de paso a la Madre Patria! Hay que llamar a las cosas por su nombre; y a esa calle, la del Rencor Mexicano.

         Una de las ventajas de los contertulios bohemios, ágrafos y antilibrescos, era su infinita capacidad de asombro. Como de nada se enteraban a través de escritos ni en sus escasos ratos sobrios, encontraban un aula llena de sorpresas eruditas en la cantina, en los artículos de ajenjo y viva voz de marqueses, condes, caballeros, abades y demás “nombres de pluma” de esos escritores “tan exigentes que... nunca escriben”, según burla de un tal Rip-Rip, seudónimo tras el que se sospechaba al “melifluo sacristán” Amado Nervo. (¡Como si alguien llamado así necesitara de seudónimos!)

         “Por pura mala leche.” Y el Marqués de las Verdolagas pasó al terreno positivista de los hechos comprobables. Salió con su séquito del Café Passy; se proveyeron de dos o tres botellas de aguardiente, y cruzaron la Alameda; dejaron atrás San Hipólito hasta llegar al tramo de la Calzada de Tlacopan llamado Puente de Alvarado, a la altura de la Calle del Eliseo, donde todavía hacía poco tiempo se había levantado un “establecimiento non-sancto” o Tívoli.

Ahí midieron varias veces con sus pasos la distancia que se atribuía al “salto de Alvarado”. ¡Imposible! Nadie podía saltar tanto, impulsado por su lanza encajada en el lodo y los pedruscos y escombros de la laguna.

-Es decir, por aquí venía la calzada sobre la laguna, y se cortaba tres veces, para obligar a la gente a usar los puentes practicables que dominaban los aztecas... Un soldado chismoso dijo que aquí, en la tercera cortadura, como los aztecas habían retirado el puente, y lo acosaban, ¡Alvarado había brincado! Pero traten ustedes: ese brinco es imposible.

Algunos contertulios ebrios tomaron vuelo, improvisaron sus bastones o paraguas como garrochas,  y saltaron... conservando en alto, como se supone Alvarado su botín de oro, las botellas de aguardiente. El más ágil (naturalmente, el Marqués Jericalla) logró apenas un brinco de dos metros.

-Tontos tontos, si ustedes quieren, pero no tanto: los aztecas se aseguraron de que ni los mayores atletas pudieran salvar con las simples piernas la cortadura de la calzada. De otro modo, ¡todo mundo las hubiera saltado desde los días del pobre Chimalpopoca, sin necesidad de puentes! –explicó el Marqués de las Verdolagas.

-¿Había ya Calzada de Tlacopan en los tiempos del pobre Chimalpopoca? –intrigó el Marqués Chirimoya. En aquellos años patrióticos, no se necesitaba mayor lectura para conocer las cuitas del tlatoani Chimalpopoca en su jaula de madera.

Pero tales escrúpulos de rata de biblioteca se vieron castigados con el silencio general.

Desde luego, el Marqués de las Verdolagas omitió (pues le parecía infatuada erudición o flagrante contradictio in adjecto llenar sus artículos orales con notas de pie de página) los créditos debidos: que el historiador Solís se había burlado de ese “salto” de Alvarado, el cual dejaría “más encarecida su ligereza [de don Pedro] que acreditado su valor”.

Calló que el historiador José Fernando Ramírez había considerado que ese chisme del “salto”, atribuido a la maledicencia de la tropa y documentado por Bernal Díaz del Castillo, constituía un “sangriento epigrama” contra el valor del capitán Alvarado.

(De hecho, lo del “sangriento epigrama” de la Calle de Puente de Alvarado corrió durante años como genial ocurrencia espontánea del Marqués de las Verdolagas en el Café Passy. Se indicaba a parroquianos y turistas: “¡En esta mesa el Marqués de las Verdesaguas inventó lo del ‘sangriento epigrama’ de Puente de Alvarado el 7 de octubre de 1897, a las once con treinta y dos minutos de la noche!)

Ni develó que todo lo había leído en un artículo de Luis González Obregón.

De regreso por la Alameda, San Francisco y Plateros, hasta el Café Passy –ya a punto de cerrar, en la noche densa apenas despuntada a trechos por los faroles-, el Marqués de las Verdolagas seguía ensoñando con un Bulevar de Felipe II:

-¡Pero en la época de Felipe II no se acostumbraban los bulevares! –objetó el Duque Guayabo.

-Licencia poética.

O Avenida Carlos V. O Paseo de Hernán Cortés.

Cinco lustros más tarde, según arguyen sus descendientes, el gobierno del Distrito Federal le hizo parcialmente caso, eludiendo con la más negra de las ingratitudes conferirle el justo crédito, al establecer –sin escándalo nacionalista alguno, acaso por respeto al religioso calificativo- la Calle de Isabel la Católica. ¿No que nada de reyes españoles en las calles mexicanas? Y medio siglo después, toda una Colonia Alfonso XIII... un rey destronado.

Dicen que el resto de la velada en el Café Passy, y luego en tugurios clandestinos próximos a Peralvillo, el Marqués de las Verdolagas, con otros abades, duques y condes de la pluma-sin-pluma, se gastó en discusiones sobre el asunto de la otra palabra del Puente de Alvarado. Lo del puente.

-¿Cuál puente, si se supone que saltó, precisamente porque no había puente, impulsado por su lanza como una garrocha? ¿El puente era la garrocha? ¡Calle del Puente de la Garrocha! (Entreveo el ingenio del Duque Ajonjolí.) O la “Calle del No-puente” (según el Caballero De la Llorona, algo vergonzantemente “modernista”, quien pretendía haber viajado a París y tratado a Mallarmé.)

-No –espetó el marqués-: Alvarado simplemente puso una viga y caminó sobre ella, paso a paso, equilibrándose como cirquero sobre una cuerda, pero sin red de protección.

-¿Y quién dejó olvidaba tan oportunamente una viga de seis a diez metros en ese lugar? –lo contradijo el malqueriente Barón Colipavo.

-Alvarado traía su viga, como puente portátil, cargada por caballos o indios.

-¿Entonces por qué los demás no se habilitaron con sus vigotas respectivas, o cruzaron por la misma, como cirqueros? –arremetió el Caballero Machete.

-Eso en una versión, escondida en viejos legajos... Otra versión dice que sencillamente un jinete que chapoteaba con su caballo por la laguna, en estos sitios superficial, trepó velozmente a Alvarado sobre las ancas.

La Calle de las Ancas de Alvarado! –propuso el mallarmeano caballero De la Llorona.

-Eso les pasó a los españoles por no saber nadar. Odiaban el agua. ¿Qué en España no había ríos, ni lagunas? –especuló el Abad Rapé-. Y dicen que quienes lo intentaban, se hundían, de tan cargados como iban de tejuelos de oro.

-Sea como fuere –concluyó el marqués, casi llorando por el alcohol y su profundo amor a la Madre Patria, en esos momentos de su guerra inminente contra los Estados Unidos-, sólo nos acordamos de los fundadores de México para infamarlos. Nada de Carlos III, ¡y sí del butifarra Carlos IV, o más bien de su “Caballito de Troya”! Por burla y mala leche.

-Fundadores mis huevos –clamó el Duque Guayabo.

-Las gallinas también llegaron de España –atajó el Marqués de las Verdolagas.

-Hablo de mis huevos de guajolote. ¿Quiere usted que se los muestre?

Dicen que ante tan aparatosa amenaza del Duque Guayabo, en lo sucesivo llamado el Duque Guajolote, concluyó la tertulia y se dispersó por esa ocasión la pequeña pero irrefragable República de las Letras del Café Passy, que ya andaba trastabillando por la Calle de la Doncella Remendada, posteriormente denominada Independencia.