lunes, 18 de octubre de 2021

MEMORIA DE ENRIQUE GUZMAN

 

MEMORIA DE ENRIQUE GUZMÁN

 

de José Joaquín Blanco

 

 

De un tiempo a esta parte se ha revalorado al pintor Enrique Guzmán (Guadalajara, 1952-Aguascalientes, 1986), aunque muchas veces más para regañarlo por “drogo” y por freak, que para ver objetivamente sus cuadros.

         El libro de Carlos Blas Galindo, Enrique Guzmán. Transformador y víctima de su tiempo (ERA/Conaculta, 1992), más bien parece escrito por un histérico confesor de monjas, del tipo del perseguidor de sor Juana, que por un serio crítico de arte. ¿Para qué tanto sermonearlo por su vida y su “psique”, que además no conoció? ¿No le bastan los cuadros?

         Como botón de muestra de la mentalidad del criticastro de marras, transcribo unos cuantos “sones de mariachi”:

         “Mientras que, por una parte, es usual que las personas sin información suficiente consideren a todos los artistas como seres que al menos padecen alguna psicopatía, por la otra resulta abrumadora la evidencia del paulatino deterioro del estado mental que padeció Guzmán y que resultó intensificado hacia el final de su existencia. Ahora bien, ante esta situación es necesario aclarar que si es verídico que han existido afamados autores que han presentado padecimientos mentales en diversos grados, la locura no sólo no es garantía de productividad artística eficaz, sino que quienes llegan a padecer daños en sus funciones intelectuales simultáneamente ven menguadas sus capacidades expresivas. En el caso presente es preciso agregar, asimismo, que si bien es cierto que los artistas son propensos a padecer neurosis en grados mayores a los considerados como normales, también lo es que existe un número amplísimo de productores visuales que no presentan trastornos psíquicos manifiestos” (p. 5, apenas el segundo párrafo de las “Consideraciones preliminares”).

         Señor Charlatán: Si usted no es médico, y si no dispone de la auténtica, completa y certificada historia clínica del “paciente” sobre el que supuestamente está escribiendo “un libro de arte”, mejor cierre la boca. Entre pintores, entre obreros, entre banqueros, entre desempleados, entre “críticos de arte”, entre quienes quiera, hay gente que de repente enferma, se deprime —eso le pasó a Enrique: una depresión terca, terca; y honda, honda— y se mata.

         Y eso no autoriza a legos sin sintaxis ni vergüenza a ponerse a inventarles alegremente cuanta idiotez les venga en gana, como si fueran sabihondos directores de un manicomio. ¿De qué investigación clínica seria dispone usted? De puros chismes. La enfermedad, la depresión y el suicidio de un ser humano exigen respeto, carajo; y más si las padeció un gran artista que, para colmo de males, ahora padece el ser monografiado precisamente por un tarambana. Qué fácil es enmierdar a un muerto. Otro són de mariachi:

         “Otro de los prejuicios que entorpecen una aproximación desprejuiciada (¡sic!) a la actividad productiva de los trabajadores de la cultura —y, en el caso presente, a la de Enrique Guzmán— es la vinculación que algunas personas insisten en establecer entre el consumo voluntario de alcohol o de drogas y el trabajo artístico. Ante esta opinión cabe insistir en que, a pesar de que no es posible contar con datos estadísticos al respecto, resulta erróneo suponer que todos o la mayoría de los artistas son usuarios de las sustancias mencionadas y cabe subrayar que, aunque se sabe que Guzmán fue, durante una etapa de su vida, consumidor de drogas, es preciso abordar su caso sin las connotaciones negativas e hipócritas con las que es habitual que sea calificado el empleo de este tipo de sustancias, connotaciones que, en parte, provienen de la interpretación amañada y unilateral del término ‘paraísos artificiales’ que Aldous Huxley empleó para aludir a las experiencias con drogas; interpretación que, empero, tiende a ser definitivamente anulada, ya que cada vez se extiende más la consideración de que quienes emplean de manera controlada tales sustancias lo hacen con la finalidad de enfrentar la realidad tangible, antes que con la de eludirla”. (pp. 5-6).

         Pedantísimo Señor Analfabeta: Un siglo antes de Huxley, fue precisamente Baudelaire —y no le cito aquí a De Quincey, por pura compasión hacia la ostensible miseria intelectual de Vuestra Merced— quien habló de “paraísos artificiales”, de modo que a nadie impresiona usted con sus novatones pies de página. Pero jamás, en la historia de la idiotez de los críticos de arte, que Dios sabe que es vasta, me había yo encontrado con la siguiente perla: No contento con inventarse como médico y con pergeñarle todo un imaginario diagnóstico siquiátrico a Guzmán, ahora se improvisa usted como policía y recurre ¡a “una aproximación criminológica”! (sic) de los tragos, los toques o las pastas de los que le han chismeado que frecuentaba Enrique “durante una etapa de su vida”.

         Fue usted a dar, no se cómo, pero seguramente en un basurero, con La drogadicción de la juventud de México, de un tal Luis Rodríguez Manzanera, México, Editorial Botas, 1974, ¡con prólogo de Alfonso Quiroz Cuarón! ¡Para hablar de la pintura de Enrique Guzmán!  ¿Quiere comparar los cuadros sobre los que usted está, más que escribiendo, evacuando boberas, con los crímenes del Goyo Cárdenas? ¿Por qué entonces no recurre usted a Pro-vida para hablar de los amores y acostones de Guzmán?

         Usted no tiene pruebas médicas ni “criminológicas” de la vida íntima de su “asunto”. Sólo chismes —y de tercera mano— y sus personales e ilegibles rollos carentes no sólo de apoyo científico, sino de cualquier rastro de lógica y buen sentido. ¡Y este es el texto oficial y a todo lujo que el Estado mexicano, a través de Conaculta, ha dedicado a la obra y a la memoria del pintor Enrique Guzmán! Es como para que se volviera a ahorcar. Entiendo también que Enrique haya intentado tasajear algunos de sus cuadros, para que ciertos “eruditos” no se los fueran a “estudiar”. Me cae que tenía razón.

         Quienes sí conocimos a Enrique Guzmán, sí fuimos sus amigos, sí nos reventamos con él más de una vez y sí comprábamos sus cuadros, sabemos que no era ni más ni menos “drogo” o freak de lo que solía el resto de su generación (mucho más inocente en esos renglones que la actual). Enrique era un muchacho sano, muy fuerte (un tanto bravucón, a ratos), tímido, bien trabajador, que tenía sus vicios y sus amores tan bien o mal controlados como la mayoría de sus contemporáneos... hasta que le sobrevino la depresión.

         Algún día cualquier barbudo encontrará algún expediente clínico —seguro Guzmán fue a consultar a varios médicos; es un mito el que estuviera tantos años tan sometido a cierto sicólogo “maldito”— que nos explique científicamente su fin tan dramático, que no tiene por qué definir necesariamente toda su vida ni su obra anterior.

         Pensé mucho en Enrique (y en mí, y en varios) cuando leí el best-seller de William Styron sobre la depresión: Darkness Visible: “La oscuridad visible”. Porque algo sí supe, de primera mano, de Guzmán: su tratamiento formal de fármacos contra el insomnio, y contra estados de nerviosismo y angustia durante el día, que le impedían concentrarse y rendir todo lo que se exigía —y siempre, como pintor, veinticuatro horas diarias, se lo exigía todo—; en fin, lo mismo que cuenta Styron, y que mucha gente —me incluyo— sufrió en esa década en que se desconocía el efecto “rebote” de tales tratamientos sistemáticos, metódicos, perfectamente clínicos, durante años.

         En todo caso, Enrique recurrió a ese tratamiento para poder trabajar mejor, no para ser más freak ni para aventarse hartos “viajes”. Odiaba la demagogia estetizante, odiaba a los ultras y a los improvisados del arte. Era un perfeccionista. (Pero esto es apenas una sombra de sospecha, una sombra de teoría; Guzmán siempre hablaba poco, y menos de sí mismo. Fue mi amigo más silencioso, y vaya que he tenido grandes amigos “mudos”.)

         Conocí su afecto, su ambición, su soledad tan arrogante como lastimada, sus iras contra el Establishment Cultural que lo había lanzado como sputnik en un principio sólo para después ningunearlo metódicamente; no le supe de accesos de misticismo, ni de drogadicción desaforada (muchos ejemplares santones de la Intelligentsia le ganan con mucho en esta asignatura, y más ahora, que la coca está más difundida), ni de neurastenia fatal. 

         A mediados de los años setenta, cuando pasamos algunas tardes consumiendo “las sustancias mencionadas” (unos tequilas, unas bachitas; alguna benzedrina, algún valium), en su cuarto de los altos de la galería Pintura Joven (Río Marne, a una cuadra de Reforma), en su departamento de la calle Antonio Caso (a dos o tres cuadras de Insurgentes) —desde cuya ventana pintaba hartas azoteas con tuberías y tinacos—, en mi departamento de la horrísona calle Lombardo Toledano (nunca supe si era oficialmente Florida, San Ángel o Chimalistac), yo le auguraba larga vida y muchos éxitos.

         Los “exhaustivos” críticos y estudiosos de Guzmán (como Olivier Debroise) han omitido en sus curiosas bibliografías un texto mío, breve y modesto, que se publicó en vida del pintor (“Primeras letras para Guzmán”, Siempre!, suplemento 836, 1 de marzo de 1978, p. VI). Les paso el dato, para que no se molesten en ir a la hemeroteca. Es al menos anterior a tanta estupidez calumniosa que ha llovido sobre él.

         Enrique lo leyó, no comentó mayor cosa, pero me llevó misteriosamente a una discreta cena sorpresa para tres, preparada con algún lujo (vinos, quesos) por un cierto escondido padrino suyo, francés, dibujante “surrealista” (se me escapa el nombre, que Debroise conoce: hemos platicado de él: dibujos a tinta de andróginos con atavíos enloquecidos), quien vivía cerca de Villalongín, y que luego me enteré que murió en las peores condiciones en la Cruz Roja de Polanco. ¿Se llamaba Paul? ¿Paul qué? Llevaba muchos años en México y estaba dentro de los círculos del IFAL. Un clochard chic. Sus dibujos se vendían a ratos en las galerías turísticas de la Zona Rosa. Siempre estaban en los escaparates. Rostros perfectísmos de efebos con senos platónicos, rodeados de fálicas gorgonas. Se ganaba la vida dándole clases de pintura a Evangelina Elizondo.

         Escribí ese texto a petición del propio Enrique dos o tres años antes, para acompañar la invitación de una de sus exposiciones en la galería Pintura Joven. Pero no se lo entregué. Creo recordar que enfrentó problemas con la galería y esa exposición se aplazó, o no se llevó a cabo. Además, tuvimos por entonces ciertas desavenencias y malentendidos —algo altisonantes, pero nada “criminológicos”— que se disiparon hasta principios de 1978, cuando nos topamos de pronto en Paseo de la Reforma; nos reconciliamos, nos fuimos a disfrutar un rato de “este tipo de sustancias” (otros tequilas, otras bachitas; algún kaptagón para prolongar la borrachera) y decidí publicarlo. Apareció en una de las primeras entregas de la sección miscelánea llamada “Cal y Arena”, que Luis Miguel Aguilar, Rafael Pérez Gay, Roberto Diego Ortega, Alberto Román, Antonio Saborit y otros entonces púberes conjuradores andaban urdiendo en esa revista.

         Lo reproduzco ahora como una manera de recordar a ese hombre valiente e innovador, a quien sus amigos no veíamos como freak ni como “drogo” ni como “víctima” de nada —salvo de los burócratas del INBA, de ciertos dealers de arte y de algunos “críticos de arte”—, sino con profunda admiración, hace veinte años.

         Sus espléndidos cuadros, desde luego, se defienden solos, tanto de los sones del mariachi, como de la nostalgia de los amigos.

         El cuadro que le compré —no a él, quien era una especie de peón acasillado, que siempre le debía a su dealer o galería más cuadros que los que podía pintar en muchos meses— sino a su galería, me ha acompañado veintidós años. Siempre quise que fuera la portada de mi mejor libro: me lancé finalmente al albur, ya viejo al lado suyo —él murió a los 34 años; pintó sus obras antológicas desde los 18—, con Crónica literaria (Cal y Arena)... un libro que él no habría soportado leer: “¡Cuánto pinche rollo, cabrón! ¿De veras tienes tanto qué decir?” ¡Cuántos pinches colores, cuántas pinches figuras, cabrón! ¿De veras tienes tanto qué pintar! (Y otros tequilas, y alguna broca, y lo demás.)

         Enrique vivía como monje: cabello corto, bigotito del Bajío, pantalón de mezclilla, camisa a cuadros y siempre la misma chamarra; su cuarto —lo mismo su departamento—: un colchón, un restirador, el montón de botes de pintura seca, el caballete, y las telas vírgenes o “medio vírgenes” (evoco aquí su risa, casi de medio hipo) de las que ya no era dueño; de las que siempre, de algún modo, alguien se había apropiado antes. Antes de que las hubiera imaginado. Siempre había que pagar, pagar con cuadros (Enrique de plano no conocía el dinero). Siempre había un “listo” para el que había que pintar. Los cabrones se quedaban siempre con los cuadros. Ah, pero ¡la Pintura!...

 

PRIMERAS LETRAS PARA GUZMÁN

         1) En muchos cuadros de Enrique Guzmán la limpieza juega un papel básico: los excusados siempre son blanquísimos, las vísceras están pulcras y pulidas como si fueran de plástico: material didáctico para una clase de anatomía. Las navajas de afeitar hieren limpiamente las manos, como si cortaran manzanas; los cielos son mediterráneos.

         2) Los rostros de niños, jóvenes, el Sagrado Corazón, quieren ser vistos en momentos de equilibrio clásico. La serenidad de los cuadros parece ocultar señales furtivas de desequilibrio: unos ojos dementes, por ejemplo, en una niña feliz que felizmente se columpia en un feliz paisaje.

         El desastre es algo tímido: le da pena presentarse entre tanta limpieza solariega, en un mundo tan sereno. Pero ahí está, como malos pensamientos en un sonriente cuadro de familia. Los detalles furtivos contradicen el conjunto abierto. La crítica de la limpieza.

         3) Pronto las habitaciones limpísimas, geometriquísimas, absolutamente vacías, suplantan a los seres vivos. Ya ni poniendo cara limpia, ni destapándose el cerebro para enseñar un pulcrísimo conjunto de claros sesos; ni vistiéndose con ropas inocentes, ni empeñándose en un semblante pacífico, el cuadro tolera su presencia. Para ser absolutamente limpio, para que haya orden y tranquilidad perfectos, es necesario que los seres vivos se salgan del cuarto. Y del cuadro.

         4) A veces, los cuadros de Guzmán aparentan un mundo sin riesgos. El mundo “visto por un niño”; es decir, tal como los adultos convencionales creen que un niño seguro, sobreprotegido, inocente, debe ver el mundo: reiterar, por ejemplo, las estampas de los libros infantiles: una realidad solariega, pulcra, sonriente, con caritas chapeadas, nubecitas, zapatos bien calzados, ropa recién estrenada y bien puesta, etc. Pero en los cuadros clarísimos priva un terror inhibido. Por ahí está escondido, en una minuciosa señal apenas insinuada. Como cuando algo duele mucho y uno se esfuerza para que no se le note.

         5) Un barco se hunde. Se ve un pie de náufrago: el zapato bien boleado, el pie tan bonito y decorativo, que no se piensa en el naufragio. Se va a ahogar, pero sin gritos, sin hacer el menor ruido, casi sin menear el agua.

         6) Pero aun los cuadros de habitaciones solitarias no agotan su soledad. No logran la limpidez, ni aun corriendo a los seres vivos. Pronto quedan desplazados por azoteas y escaleras. Y aparecen fetos y cuerpos que manchan la limpia, geométrica disposición del orden inanimado. Pero las manchas también se esfuerzan por estar limpias, presentables: un feto sin gelatinas, ni coágulos.

         7) La imposibilidad de la pureza, la inexistente infancia. La pérdida de la niñez que nunca estuvo para nadie, pero que a todos fue prometida: el escenario falso que no representó la alegría de las estampas de los libros infantiles. La pintura de Guzmán no se consolará de que el escenario sea falso; lo construye una y otra vez, y deja las señales furtivas que lo desmienten.

         Un rostro que fuera agua: no llega a ser tan cristalino. Una herida perfecta que fuese rebanadura de manzana: la carne no llega a ser tan limpia, ni tan sólida. Y esos objetos, como barcos o aviones, que tanto añoran parecerse a los juguetes baratos de los mercados populares...

         8) Cada cuadro de Guzmán parece estar antes o después del desastre. Quizás la niña que se columpia felizmente con ojos dementes se caiga un momento después. Quizá algo terrible ocurrió antes de que el cuarto quedara vacío. ¿Y por qué ese feo cuerpo mancha la feliz geometría de una azotea, de unas escaleras?

         9) Lo terrible ocurre detrás y no se atreve a decir su nombre. La limpidez es lo que aterra.  Quizás a lo que se tiene miedo es a la enloquecida claridad de Norma con que la vida se disfraza.

         10) Una visita distraída pensaría que Enrique Guzmán pinta paraísos. Todo lo opuesto. Su pintura es principalmente crítica. Pero para ser más verdadera, más entrañable, escoge el camino difícil: la crítica de la limpieza desde la limpieza, de la claridad desde la claridad, de la pintura desde cuadros espléndidamente compuestos, dibujados y coloreados. Frente a la plaga surrealista que convirtió en mero elemento decorativo la reiteración de bajas pasiones, monstruos, alucinaciones, etc., la pintura de Guzmán representa, entre la joven pintura mexicana, un replanteamiento de la realidad. 

         Su ironía destaca mejor en escenarios de inocencia infantil, y la complejidad pasional se revela furtivamente en cuadros que quisieran ser tan simples y solariegos como estampas de libros escolares, o infantiles, o tarjetas postales.

 

viernes, 1 de octubre de 2021

LUCAS ALAMÁN

EL BELICOSO DEVENIR DE LUCAS ALAMÁN


Lucas Alamán (1792-1853) no podía prever, como tampoco lo esperaban ellos mismos, el enorme éxito que tendrían los liberales a partir del Plan de Ayutla, las guerras de Reforma y la Intervención Francesa. Al igual que su rival historiográfico Carlos María de Bustamante (Cuadro histórico de la revolución de la América mexicana), murió desconsolado por la autodestrucción que en sólo un cuarto de siglo padeció el México Independiente y que alcanzó una perspectiva apocalíptica durante la derrota frente a los Estados Unidos.
         Tuvo la suerte de morir antes de ver que sus mayores terrores de conservador radical se entronizaran con la generación de Juárez. ¡Ese puñado de jacobinos abogados facinerosos (su odiado Melchor Ocampo) y de intemperantes militares improvisados (los “leprosos” o “pintos” de Juan Álvarez que pronto tomarían el poder)! Aunque... ¡quién sabe! En el fondo del discurso de Lucas Alamán se descubre la aspiración a un cierto equivalente de Juárez y a un cierto equivalente de Porfirio Díaz: el imperio del Orden y de las instituciones ante todo; la creación de un Estado fuerte capaz de gobernar y de controlar a la soldadesca, a los caciques, a los diputados y a todo tipo de rufianes políticos.
         Más que defensas a ultranza —que las hay— del pasado colonial, de los grandes propietarios y de los fueros del clero, predomina en sus obras un grito desesperado contra el desorden absoluto en la política y en la vida pública. Hombre pragmático, capaz de contemporizar y de colaborar con su siempre inevitable general Santa Anna, ¿no habría estado dispuesto a aceptar, o a resignarse ante ciertas modificaciones modernas, secularizadoras, en la política, que por lo demás ocurrían en medio planeta, a cambio del Orden, la paz pública, la seguridad y el fomento de la economía que instauraron los liberales? ¿A cambio de un país viable? Los juaristas y porfirianos hicieron realidad muchos sueños y proyectos políticos y económicos de Alamán: un Estado nacional centralizado, autoritario, institucional, organizado, eficiente, por ejemplo. Fueron sus continuadores, más que sus enemigos, salvo perfiles menos prácticos que oratorios en el rubro clerical y en el de las mitologías indigenistas e insurgentes.
         Más discutido, odiado o venerado que leído, Lucas Alamán se enfrenta a varias imposturas de la posteridad. La primera es la de considerarlo un adalid del partido conservador y hasta un nostálgico de la Colonia, cosas que desde luego era, y no tanto un crítico del caos y el desastre del México Independiente. La verdad es que se ubica más cerca del doctor Mora, de Guillermo Prieto y de Juárez de lo que se supone, y al revés.
         Su gran tema es que el país se estaba haciendo añicos, y más por culpa de sus nuevas clases política y militar que por la codicia extranjera. Ese desgarramiento civil, fratricida, caníbal, es lo que se lee en su Historia de México, que en realidad trata sólo de lo ocurrido “desde los primeros movimientos que prepararon su independencia en el año de 1808 hasta la época presente” (1849); sus ensoñaciones novohispanas habrá que buscarlas más bien en sus Disertaciones (1844), misceláneo y hasta caótico conjunto de historia universal, reflexiones sobre historia local y documentos diversos.
         De ahí que haya sobrevivido en el favor de la academia, aunque no en el de los políticos y del lector común. Es sobre todo un crítico de la vida mexicana entre 1810 y 1853, tiempos de los que fue testigo y protagonista político, y no tanto un convocador de fantasmas novohispanos, clericales y plutocráticos (aunque de todo abunde en su “nido de urraca”). De hecho, lo que más admira del antiguo régimen, es el orden, la paz y la seguridad públicos, que exagera muchísimo, al grado de afirmar que cada hogar novohispano era un pequeño y riguroso convento: ultradecente, tranquilo, satisfecho. No lo era. (A ratos se contradice, cuando elogia las medidas de castigo extremo que se tomaban contra la proliferación de bandidos, o cuando se escandaliza con la venalidad del virrey Iturrigaray, por ejemplo: lo que algo muestra de las imperfecciones de aquel Orden y de aquella dorada paz pública coloniales.) Ahora sabemos que, medio siglo antes de Hidalgo, los propios monarcas borbónicos sembraron el caos del que la Independencia surgió como desenlace inevitable. Alamán los encuentra, sin embargo, dignos de admiración, a pesar incluso de abusos tales como la expulsión de los jesuitas, y las confiscaciones e impuestos extraordinarios al clero y a los propietarios.
         Los conservadores, los clericales y posteriormente los historiadores revisionistas usaron a Alamán como un antídoto clandestino y un arma de desprestigio contra la versión oficial, porfirista o priísta —“patriotera”, “populachera”, “demagógica”—, de la Independencia y de la nación liberal. Casi todos los perfiles crueles o burlescos que se recuerdan de los héroes insurgentes anidan en la Historia de México: su poderosa venganza personal contra insurgentes y liberales.
         Su lectura atenta, sin embargo, apunta también hacia el otro sentido: subraya la pertinencia del proyecto político de Juárez y de don Porfirio; incluso los exalta y defiende de antemano, a su pesar, cuando muestra con tan grandes argumentos y tintas tan acentuadas el caos que tuvieron que domar. Alamán se desesperaba de que no apareciese un mesías-caudillo (se pasó la vida buscándolo, contra toda esperanza y toda racionalidad, en Santa Anna), capaz de redimir al país sumido en una orgía caníbal de autodestrucción: esos mesías-caudillos capaces de imponer un orden y una ley ya se andaban ajetreando en el partido opuesto.
         Existe otra impostura en el prestigio intelectual y literario de Alamán, urdida involuntariamente por Arturo Arnáiz y Freg en 1939, cuando publicó una antología de sus Semblanzas e ideario en la Biblioteca del Estudiante Universitario de la UNAM. Arnáiz y Freg seleccionó y reacomodó, con fines pedagógicos, algunos de los mejores pasajes de la extensa obra de Alamán con un criterio de claridad y de limpieza prosísticas y conceptuales que no aparecen en ella. Nos proporciona algunos retratos concisos de hombres importantes (fray Servando, Hidalgo, Morelos, Calleja, Iturbide, Santa Anna, Zavala) y muchas ideas breves, a veces de un solo renglón, entresacados de sus libros boscosos y aborrascados: v. gr.: “En la República Mexicana se ha pasado de unas ideas excesivas de riqueza y poder, a un abatimiento igualmente infundado, y porque antes se esperó demasiado, parece que ahora no queda nada que esperar (1852)”; “El imperio de don Agustín de Iturbide, por su corta duración, más bien puede llamarse sueño o representación teatral que imperio”; “México es una nación en que todo está por hacer, por haberse destruido todo lo que existía”, etcétera.
         El lector de esa estupenda antología cree, entonces, que Alamán era un escritor limpio, un estilista, un aforista, un pensador claro y riguroso, un narrador metódico y concentrado. No lo era. ¡Todo lo contrario! Sus libros son el equivalente preciso de los igualmente revueltos, confusos, apelmazados, de sus adversarios fray Servando (Cartas de un americano, Historia de la revolución de la Nueva España), Lizardi, Carlos María de Bustamante, Lorenzo de Zavala (Ensayo histórico sobre las revoluciones de México) o el doctor Mora. Ciertamente Alamán es un escritor más culto y racional que sus oponentes, pero de su obra también podría decirse, como dijo Guillermo Prieto de la de Bustamante, que se trata de “un nido de urraca donde yacen mezclados y confundidos el oro, el cobre, las perlas y la basura, la verdad y la mentira, lo sublime y lo ridículo”.
                                               *
Los libros de Alaman conforman también un álbum de prejuicios, invectivas, libelos y apologías acalorados, vociferados. Los saqueos y ejecuciones de Hidalgo fueron terribles pero los de Calleja no. La plebe de indios del Bajío ofrecía un panorama detestable, pero la de los mulatos de Tierra Caliente resultaba vigorosa y guapa (es curiosa la antipatía racial de Alamán contra indios y criollos, y su simpatía por españoles y negros). Se exponen como ridículas las ambiciones de poder de Hidalgo, Allende, Morelos, Guerrero y Guadalupe Victoria, pero hay mucho que disculpar en las de Calleja, Iturbide, Santa Anna y Anastasio Bustamante. Los guerrilleros cundían como diabólica destrucción, excepto si eran españoles y apuestos como Mina. Valentín Gómez Farías igualaba en ruindad a Robespierre, pero Su Alteza Serenísima Santa Anna era un dictador disculpable porque, finalmente, le había hecho caso al propio Lucas Alamán (quien, de paso, confiesa que siempre tuvo buen cuidado en sus escritos publicados de que “en nada pudiese darse por ofendido el general Santa Anna”).
         El periodismo y la oratoria parlamentaria envenenaban la república, excepto el violentísimo que promovían él y su partido; atacaba por su nombre, sin piedad, a los muertos, pero se cuidaba mucho de mencionar y de aludir a los vivos: de ahí lo tardío que resultaron sus libros —hacia los sesenta años de su edad y al borde de la tumba—, y parte de la confusión y la vaguedad sobre los hechos posteriores a la Independencia, de los que todavía quedaban protagonistas capaces de desmentirlo (o sus hijos, como ocurrió con José García Conde).
         Adoraba a Inglaterra, mucho más en realidad que a la propia España, pero un solo mexicano era lo suficientemente apto y talentoso como para soportar tanta civilización: él mismo; para los demás nativos, nada de derechos civiles, nada de libertad de prensa, nada de parlamento: pura Nueva España feudal eternizada. El protestantismo y la masonería “yorkina” norteamericanos se le antojan odiosos, pero el protestantismo y la masonería “escocesa” ingleses le merecen benevolencia.
         Como ministro, en septiembre de 1830, hizo un brindis oficial en Palacio Nacional en loor de los “varones esclarecidos” que “clamaron” por la Independencia: Hidalgo, Allende, Aldama, a quienes como autor años más tarde llamó “causa de la desolación del país”. Debía temerse la voracidad de los Estados Unidos (Poinsett), pero sólo esperar buenas intenciones y auxilio desinteresado de las monarquías francesa e inglesa. (De haber vivido tres lustros más, ¿habría terminado sus días como ministro del “liberal” emperador Maximiliano?)
         Se arroga el derecho de refundir a su gusto las historia escritas antes que la suya: fray Servando, Bustamante, Zavala. Niega rotundamente, por ejemplo, la existencia de El Pípila que atribuye exclusivamente a las deliberadas fantasías propagandísticas de Bustamante, sólo porque él no lo vio en Guanajuato. Ciertamente el joven Alamán residía en esa ciudad cuando la tomó Hidalgo, ¡pero estaba bien escondido en su cuarto, debajo de su colchón!, de modo que difícilmente podía atestiguar con el rigor debido lo que ocurría en la batalla. Sólo fue testigo de su propio terror debajo de su colchón, y no de la toma de la Alhóndiga de Granaditas.
         Aun en sus páginas más celebradas, estas de Hidalgo en Guanajuato, hay que considerarlo menos un narrador de su propia experiencia de las batallas, que fue nula, que de la tradición oral de su clase y su partido sobre ellas, desde luego opuesta a lo que recordaban o imaginaban otras clases y otros partidos. Y un conmocionado memorioso de ese terror debajo de su colchón.
         Incluso si fuese puramente legendario, no es probable que El Pípila naciese con tan afortunado perfil mítico de una deliberada ocurrencia individual ulterior, tan exitosa, de Bustamante (a quien define como poco menos que tarado); algo en todo caso debió rumorarse entre el pueblo, que Alamán no supo escuchar. No se destrozan los mitos con un simple: —No existió porque yo no lo vi desde debajo de mi colchón.
         Fuera de su colchón en la toma de Guanajuato, Alamán no presenció episodios insurgentes. La campaña de Morelos le fue tan remota como si hubiese ocurrido en otro país: apenas los rumores que llegaban al Colegio de Minería. Y de 1814 a 1823 (salvo algunos meses de 1820) Alamán vivió en Europa. Regresó a México, con un raro “acento parisién” (Beruete), hasta después de la caída de Iturbide.  Escribe entonces una crónica de oídas, a diferencia de la Bustamante, a quien la mala fama de “fabulador” no le puede quitar, sin embargo, la menos reconocida de protagonista real de todo el movimiento independentista, quien trató cotidianamente a los insurgentes todo el tiempo. (“Bustamante no era capaz de nada”, fanfarronea Alamán, suponiéndose descollante en todo.)
         Escribe para corregir punto por punto a Bustamante, pero sólo hasta que éste muere (1848), y ya no puede defenderse. ¿Por qué no se atrevió a decirle en vida: —Señor Bustamante, usted es un embustero y su Pípila nunca existió? Tuvo un redondo cuarto de siglo para hacerlo en los periódicos. No lo hizo.
         Aunque aprovecha las historias escritas previamente y muchos documentos de archivo, que estudia con detenimiento —es insuperable sobre todo en el manejo de cifras—, don Lucas suele privilegiar las fuentes indirectas, sobre todo de conversaciones ulteriores, con personajes distinguidos de la aristocracia (“las personas respetables” rara vez participaron en los hechos) y del bando realista y conservador, y descalificar por principio, sistemáticamente, como mera fábula y propaganda, las fuentes directas de los insurgentes y testigos verdaderos, sencillamente porque sus escritos, dichos y tradiciones no le merecen confianza, ya que provienen de la “plebe” (¿pero no es la “plebe” la protagonista de las rebeliones populares?) ni abonan en su propio interés de partido.
         Sigue invariablemente Alamán un principio esnobista de autoridad social: los dichos de la élite (“la gente de juicio”, “la gente sensata de México”), obviamente parciales contra los insurgentes y liberales, valen más por provenir de “personas notables” y deben prevalecer; los populares (“vulgo”, plebe”, “chusma”), así como los de los frailes, los letrados y los soldados involucrados (“aspirantes”, “codiciosos, “ambiciosos”), han de descalificarse siempre que sea posible, pues provienen de gente “inferior” y parcial a esa causa.
         Usa asimismo confesiones obtenidas bajo tortura como pruebas irrecusables en contra de los jefes insurgentes, como si sólo ante el verdugo y la muerte Hidalgo y Morelos hubiesen dicho toda la verdad. Los testimonios de un Calleja o de un Iturbide son citados con respeto y hasta con un tonillo adulón (adulaba en sus fantasmas a su partido, y a los mitos que pretendía erigir a partir de ellos); los de sus oponentes, se omiten o bien se enuncian con recelo y sarcasmo.
         No elude la difamación póstuma, aunque haya que esperar largos años para que esos enemigos aborrecidos se vayan muriendo, y poder infamarlos con impunidad. Se solaza en minimizar a los héroes: “No he presentado colosos, porque no he encontrado más que gente ordinaria”. Desdeñosamente el historiador mira a sus historiados desde las alturas de su alta opinión de sí mismo. Pero Arnáiz y Freg, irónico, nos recuerda que físicamente Alamán era bastante chaparrillo; observación oportuna, pues Alamán usaba el prejuicio de valorar y definir a los personajes históricos por su apariencia física (v. gr. un Morelos cruel por feúcho, barrigón y mulato; Calleja e Iturbide, ellos sí “colosos”, lo demostraban con su linda figura).

                                               *       
No existe pues en Alamán el supuesto historiador imparcial, objetivo, con mayores información y experiencia viva que sus adversarios, pero sí una mente práctica, moderna, que reacciona ante la ingobernabilidad y el saqueo del país por los cientos de nuevos aspirantes a dirigirlo y a enriquecerse expeditamente con sus cada vez más exiguos recursos.
         Acaso la mejor explicación del conservadurismo de Alamán sea esa: quiso una clase dirigente pequeña, legítima, tradicional, bien acotada, eficiente, ordenada, protegida con todo tipo de privilegios (incluso los más autoritarios), y no la inesperada y populosa clase dirigente improvisada de libérrimos recién llegados a la política y al ejército, que convertían el congreso, la burocracia y la milicia precisamente en los mayores obstáculos para la paz, la estabilidad y la actividad económica de la nación.
         Llegado el momento de definir quiénes habrían de ser considerados, además de mexicanos por fatalidad o nacimiento, mexicanos de primera, “ciudadanos” con derechos políticos, explicó que sólo quería a los grandes propietarios. Muchos liberales opinaban lo mismo, pero añadían: “y personas con ilustración”. Alamán no. Detestaba a los letrados sin propiedades considerables: dijo que se volvían fatalmente diputados y militares venales, promotores del desorden y de la corrupción. Sólo los grandes propietarios, educados en el depurado amor de sus bienes, eran capaces de amar y defender a su país.
         Les regatea ilustración a todos los escritores conocidos —Lizardi queda reducido al papel de un chusco inoportuno; los demás, como Talamantes, a cotorras que vocean equívocos estribillos sansculottes de la Revolución francesa—, pero la exalta invariablemente en los oscuros prelados y los hombres de fortuna que trataba en sus negocios particulares. La cultura era cosa de “cuna”.
         Alamán se describe como uno de estos propietarios virtuosos; bueno, no lo fue. Acaso (si hubiera que creerle) no usó los puestos públicos para enriquecerse a sí mismo, pero sí a otros, a sus clientes y patrones: es un hecho que el impecable Alamán sobornaba al presidente Santa Anna para resolver favorablemente los asuntos de sus clientes particulares, los herederos de Hernán Cortés. Confiesa que simplemente no se podía de otro modo.
         Algo venal fue también como escritor; de hecho, admite que escribe para favorecer materialmente a un patrón: encomia a Hernán Cortés en sus Disertaciones para apoyar los intereses del heredero del conquistador: “La conveniencia de todo para usted es evidente, pues esto [sus elogios de Cortés] ha hecho desaparecer la animosidad con que se veía su nombre y sus bienes, asegurando a usted la posesión de ellos”. Así de claro.
         Tampoco la sangre —él, el más furibundo denostador de las matanzas de la Independencia y de sus desórdenes posteriores— estuvo lejos de sus manos. Fue acusado formalmente de planear y financiar el asesinato de Vicente Guerrero. Ciertamente no se le probó el cargo. (Tampoco se les probaron legalmente infinidad de delitos a Santa Anna ni a los otros poderosos de su tiempo.) Las bastante fundadas sospechas sangrientas quedan, sin embargo, como decoración del perfil autobiográfico que pretendía edificante. Se trató de un crimen de Estado fabricado por el gobierno de Anastasio Bustamante, del que Alamán era superministro, al grado de que el doctor Mora calificó ese período como “la administración Alamán”.
         ¿Y cómo exigirle a don Lucas que fuese tan diferente de la vida política de su tiempo, a él, que la encabezó más que cualquier otro civil? Por supuesto que Alamán también desempeñó su papel como un conjurador, un amotinado, un golpista o antigolpista de marca, según los vaivenes de la época de Santa Anna. No existe tal pulcro professeur Alamán, como quieren vendérnoslo algunos historiadores revisionistas.

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El asunto de la nueva “destrucción de las Indias” por su incapacidad de autogobernarse no aparece tan diverso en Alamán de lo que plantearon el doctor Mora y los liberales. Tampoco, en su momento, el superior rango político con que se quería dotar a los grandes propietarios y al clero. El problema estaba en la explosiva novedad de ciertos grupos, que a falta de denominación mejor llamaríamos clases medias en la escena política (él los prefiere “aspirantes”, “ambiciosos” o “codiciosos”, como antónimo de “propietarios”, pero alguna vez usa el término “clases medias”). Segundones, tercerones y hasta expeones y macehuales se atrevían a disputarle el control y el poder a la élite tradicional, a través de recursos escandalosos: el congreso, el ejército, la prensa, el bajo clero y la “economía informal” de la corrupción, el contrabando e infinidad de malos oficios recientes.
         Esos pocos cientos de ambiciosos, aunque con frecuencia cambiaran de logia o de partido según las vicisitudes de la política y la guerra, eran sus mayores enemigos. A todos los consideraba “liberales” (sólo podían llamarse “conservadores” quienes ya tenían algo importante que conservar): aspirantes a amos sin ser grandes propietarios; o aspirantes a mandones de la política y del ejército para convertirse expeditamente en esos grandes propietarios que pretendían odiar.
         Esos cientos de expobretones ambiciosos convocaban a miles de desarrapados y se alzaban con el poder y el erario. Ellos lo estaban destruyendo todo con su codicia incontinente y apresurada, su inmoralidad plebeya, su estupidez nata. ¡Ah, las cuentas que hace, de cómo una colonia superavitaria, que hasta financiaba las guerras de España, en tres décadas estaba hundida en exorbitantes deudas externa e interior, acumuladas por codicia y estupidez inverosímiles! (Desde luego, exculpa arbitrariamente de tal desastre a los grandes propietarios y comerciantes, al alto clero y a los militares y políticos que los servían, como si sólo los insurgentes, los liberales y la “plebe” hubiesen tenido alguna ingerencia en el poder, la economía y la guerra entre 1810 y 1853).
         ¡Qué nostalgia de los españoles, súbitamente redescubiertos como dorada clase dirigente! (Los novohispanos nunca tuvieron tan buena idea del gobierno español como nuestro historiador.) Alamán espeta el chiste de que, como castigo por deshacerse de los españoles, se debió importar otra clase dirigente extranjera: ingleses, franceses o norteamericanos... pues los nativos no habían logrado sustituir a los españoles como amos y gobernantes. Bueno: Alamán también colaboró eficazmente a tan oportuna importación de una élite extranjera.

                                               *
Hay dos aspectos sumamente polémicos en la concepción de Alamán, aquí sí particularísimos, diversos al pensamiento ilustrado de su tiempo, al menos tal como lo conocemos en las obras de sus adversarios. El primero es la desmitificación de la guerra de Independencia, en la que ve puras hordas criminales, totalmente opuestas a lo que desde fray Servando y Carlos María de Bustamante —escribe sobre todo contra ellos— hemos considerado como “historia de bronce” (categoría establecida por Luis González y González).
         Seguramente los apologistas de la insurgencia la  mitificaron y exaltaron con demasía (¿Pero Homero y el autor de El Cid no hicieron otro tanto? Más que el de historiadores, fray Servando y Bustamante cumplieron el necesario papel, a ratos, de “cantores de gesta”. ¿Por qué México no ha de tener su propia “historia de bronce”? ¿Han demolido los franceses, acaso, Los Inválidos; se han deshecho los españoles de El Escorial; ha renunciado el Vaticano a su santoral de las cruzadas?). Sin embargo, también Alamán exagera truculentamente en sus denuestos, y privilegia hasta la extravagancia al bando realista y conservador.
         En el México paupérrimo descrito por Abad y Queipo, ¿cabría esperar rebeliones populares como bailes de salón? Lo cual, desde luego, no le quita razón a su escándalo, a su terror ni a su protesta; ni verosimilitud a sus escenas, que por lo demás habrán de resurgir con perfiles y episodios semejantes a lo largo del siglo XIX, e incluso en nuestros días. (Desde luego, Alamán no se aterra frente a los conquistadores españoles, que en él aparecen más respetables que en los escritos del propio Cortés y Bernal Díaz. No fue “hombre de verdad”, a la manera de Clavijero, sino “hombre de partido”, como su época lo exigió a todo mundo.)
         El otro aspecto particularísimo de Alamán es la crítica a la idea (que me imagino menos espontánea que producto neto de fray Servando Teresa de Mier, propagandizado por Bustamante) de que la Independencia mexicana no era un desorden y una novedad, sino una restauración y la reparación de una injusticia. No se reformaba la nación novohispana ni surgía una nación nueva; simplemente, la “antigua nación mexicana” recobraba la libertad que los españoles le habían “usurpado” desde los tiempos de Hernán Cortés.
         Esta idea cundió en el pueblo y aun entre los sectores dirigentes, campea en las historias de fray Servando y de Bustamante, en el periodismo y la oratoria de la época, y se establece formalmente en la misma Acta de Independencia. Alamán se burla —era menos un historiador objetivo y verídico que un chistosillo voltaireano, un interlocutor de fray Servando y de Carlos María de Bustamante, “sus semejantes, sus hermanos”—: ¡las personas que firmaron tal despropósito, clama, no advirtieron que lo estaban escribiendo en castellano, con firmas castellanas, y no en náhuatl! 
         Señala que la nación azteca había desaparecido para no resucitar jamás hacía tres siglos, y que lo que sí existía era una sociedad producto precisamente de la conquista y de la colonización españolas. Resultaba una tontería atroz, entonces, decir que México “recobraba” su libertad y su soberanía; un mero juego de palabras, porque el México-Tenochtitlán de 1519 ya no era el México de 1810.
         ¿De veras se trataba de un despropósito tal, de una tontería tan extravagante? Ciertamente no fueron los aztecas quienes se independizaron de España, con su tlatoani Iturbide, pero tampoco una sociedad totalmente producida por la conquista y la Colonia.
         Un 80 por ciento de la población seguía siendo indígena y viviendo como tal, salvo modificaciones de diversa profundidad (en ocasiones, de escasa profundidad) en su religión y en algunas costumbres e instituciones. Mucho quedaba, y no sólo el color de la piel, del mundo indígena ancestral (la “matriz civilizatoria” o “raigal” de que hablaba fray Guillermo de Bonfil en México profundo), que la Colonia no alcanzó a transformar cualitativamente. Algo queda incluso hoy.
         Buena parte pues de ese México prehispánico, de esa “antigua nación mexicana”, salía inevitablemente a flote con la Independencia, aunque fuese como mera identidad simbólica de los propios criollos y mestizos, quienes desde el siglo XVII se habían inventado el “despropósito”, la “tontería”, de una añoranza prehispánica, y cierta descendencia de la Tonantzin (Guadalupe), Quetzalcóatl (santo Tomás) e incluso Huitzilopochtli (el propio Cristo, para sor Juana). No me sorprende esta exageración indigenista en la Independencia; todo lo contrario, me asombra que una nación todavía tan indígena en 1810 no hubiese logrado sino sólo ese mínimo reconocimiento verbal, simbólico, en su Acta de Independencia.
         La invención criolla de una simbólica identidad precortesiana, que tanto trasegó fray Servando, era mucho más que un despropósito o una tontería antigachupinos. Era el deseo de no empezar una nación desde la nada, ni desde la conquista y el orden coloniales, sino desde los orígenes más remotos de los pueblos indígenas que seguían habitando el territorio, y predominando en su sociedad hasta en un 80 por ciento. Aunque no firmaran el Acta de Independencia en sus idiomas nativos, que seguían hablando, los indios continuaban ahí. Se debía reconocer su presencia, así fuera en el mero orden simbólico.
         La Colonia no produjo una verdadera nación castellanizada, completamente criolla, sino un desbarajuste (los atildados revisionistas dirían “pluralidad” o “mosaico”) étnico, que debía manifestarse de alguna manera. El mismo derecho que sentía Alamán para fechar su personal origen de la mexicanidad en 1521, tenían otros para ubicarlo en Xólotl o Huitzilopochtli.
         ¿Por qué empezar sólo desde la conquista? ¿Acaso la propia España no reivindicaba sus orígenes de oronda provincia romana, mucho más lejanos en la historia que Moctezuma y Cuauhtémoc? ¡Cada nación sus mitos! Los mitos no son tonterías ni despropósitos, sino símbolos beligerantes. Por eso sigue en pie, pese a los pedantescos revisionistas, la historia insurgente que cantaron con harto brío fray Servando y Bustamante, y no la rencorosa sátira de Alamán. Aplique don Lucas su lógica superficial a los fundamentos de sus propios dogmas (los derechos absolutos de la propiedad, los fueros eclesiásticos), y no le quedará idea en pie. ¿Por qué alguien sí puede ser heredero de Hernán Cortés y otros no de Moctezuma?  También los derechos del rey y del papa ostentan orígenes míticos sobre los cuales hacer muchos chistes, si de jugar al Voltaire o al Antivoltaire local se tratara.
         Había tanta extravagancia (y profundidad simbólica) en fray Servando al soñarse neo-azteca como en Alamán al considerarse neo-cortesiano. (El primero no cobraba por ello, y nuestro historiador se burla de sus miserias.) A final de cuentas, el Cortés de unos y el Moctezuma de otros fueron contemporáneos. Ellos los creían antagónicos, en esa época agria de discordia intelectual; más sonrientes, los criollos del siglo XVII, como ese Sigüenza y Góngora que por igual amaba a los tlatoanis que a Hernán Cortés, en cambio, los soñaban complementarios, aunque en un barroco retablo siempre alegórico.



miércoles, 1 de septiembre de 2021

LOS NUEVOS BUSCADORES DEL PLACER

 

 

LOS NUEVOS BUSCADORES DEL PLACER

 

 

 

 

                   “¡Divina Psiquis, dulce mariposa invisible,

                   que desde los abismos has venido a ser todo

                   lo que en mi ser nervioso y en mi cuerpo sensible

                   forma la chispa sacra de la estatua de lodo!”

                                                                            RUBÉN DARÍO

         “El amor es una cosa mental”, decía Leonardo. Los más hermosos cuerpos se aburren sin esa fuerza mental: díganlo los vestidores de bailarinas(es), modelos o atletas. Los Apolos y las Afroditas vivos, amontonados, se miran con fastidio y hartazgo. ¡En cambio, ah, el estudiantillo esquelético y barroso que persigue a la ninfeta pechugona a la salida del pan!

         Los placeres son asimismo una cosa mental. En la juventud de mi generación (años sesenta y setenta), el cigarrillo, el alcohol, los ligues callejeros, las ficheras y, escasamente, la mariguana —y claro: los discos, las películas y sobre todo los libros: la “era Cortázar”— nos seducían sobre todo por su fuerza utópica, por su carga de símbolo de paraísos o mundos extraños, nebulosos pero seductores. El lector no quería simplemente pasar un rato emocionante con un libro: se proponía en serio convertirse en un cronopio.

         Nos decían nuestros mayores: “¡Cómo le encuentras gusto a quemar papel, a embrutecerte con ese brebaje! ¡Cómo andas besuqueando a esas momias pintarrajeadas, como muñecas de cartón, cuando rebullen cientos de cándidas chamacas de prepa!” Bueno: había esa cosa mental. Lo mismo con la música: no era lo mismo bailar una rola de los Doors (“Come on, baby, light my fire!”) en una fiesta torpemente bacanalesca en un remoto departamento destartalado que, luego, obedeciendo los pasos del atildado instructor, en una aséptica sesión de aeróbics.

         El placer sexual fue todo un edén sobre la tierra, capaz de arriesgar por él hasta la terrible sífilis, desde el siglo XVIII, por esa cosa mental: el combate contra las prohibiciones puritanas y la búsqueda de las utopías románticas. Ninguna pornografía moderna alcanzará las exaltaciones sensuales de las novelas de Stendhal: la gran esposa semi o mal amada descubría su Adonis en un efebo pobretón, y éste se introducía a los goces de la gran burguesía o de la aristocracia a través de los edredones de la dama. Ahí está también medio Balzac. Las libertades y permisividades sexuales del siglo XX perdieron muchas veces, entre el fragor de sus conquistas “democráticas”, esa carga mental.

         La vida es una mentira que uno se inventa, y la goza al inventársela, hasta que descubre (y más le vale que ello ocurra en la alta vejez) que todo era un cuento incontrolable, escasamente voluntario, que se iba contando a sí mismo; o que su tiempo le iba contando sobre la marcha, permitiéndole sentirse un pequeño protagonista azorado.

         Esta fuerza utópica, este delirio de andarle buscando islas del tesoro a la vida urbana o suburbana; esta obsesión de vivir cada día como episodio de una gran batalla personal con grandes triunfos y conquistas en lontananza; marcan —con su ausencia brutal— el actual desencanto industrializado de las poblaciones modernas de fines del siglo XX. Unas chiches de video o de internet. Una Escala de Jacob para llegar a subgerente de relaciones públicas.

         Pero el mundo resulta menos deliberado de lo que suponemos.  Tal es nuestra victoria. No tenemos ni idea de qué ocurrencias locas, bobas, irracionales, peregrinas, inventen sin querer, estén ya inventando ahorita los chamacos, para iluminar su mundo. Y a lo mejor les funcionan.

         Es difícil imaginar algo más aburrido que las señoronas de las novelas de Henry James, con sus vestidotes como telones de ópera y sus sombrerotes, ataviadas como “edificios públicos” (según Wilde), chismeando sin la gracia de sus degeneradas abuelas del Antiguo Régimen (todas las marquesas aforísticas y epigramáticas de Las relaciones peligrosas). Existían todavía durante la Primera Guerra Mundial. Cocteau alcanzó a cronicarlas. Y en seguida, ¡la revolución femenina!

         No me refiero al odioso feminismo letrado, que siempre suena a puras páginas de Julio Jiménez Rueda o de Jaime Torres Bodet, sino al día glorioso del siglo XX, en los años veinte, cuando las chamacas tiran los corsés, miriñaques y crinolinas, y se untan vestiditos ligeros, casi peplos à la grecque, enseñando sus piernas en medias de colores, y coronando todo ello con una radical visita al peluquero, que les recortaba toda la cabellera a la Bob: quedaban bobbed, con un casquetito, listas para empuñar una raqueta de tenis o asaltar uno de los primeros Fords y chocarlo a toda la velocidad contra el primer árbol que se les enfrentara: El gran Gatsby.

         Se inventaron esa gran cosa mental: las flappers. Todos los “estudios de género”, tan tipo Julio Jiménez Rueda y Jaime Torres Bodet, que opacan y abisman nuestras universidades, no representan sino la triste decadencia de ese gran título de Scott Fitzgerald: Flappers y filósofos.

         El deporte fue otra gran explosión mental, devenida embutidero en estadios, a lo largo del siglo. Ángel Zárraga alcanzó a pintar, todavía en pleno edén, a los primeros (¡y a las primeras!) futbolistas. Las drogas, antes reservadas a los bohemios y carcelarios, ofrecían también (desde entonces) sus paraísos artificiales a la clase media. ¡Y la velocidad! El globo, el auto, el zepelín, el avión... estar en todas partes al mismo tiempo.

         Podría verse el siglo XX como el gran tramo apocalíptico de la historia: las guerras y las bombas, la contaminación, las epidemias, las hambrunas, los pogroms y los campos de concentración, las dictaduras burocráticas, etcétera. Pero se podría asimismo escribir un libro igual de gordo sobre todas las cosas mentales que se inventaron los habitantes de este siglo para hallarle placer a esta monótona naturaleza humana que lleva milenios con puro más de lo mismo.

         Lograron que no todo siempre fuera más de lo mismo. Una escena fílmica de Marlene Dietrich en los años treinta ya no era más de lo mismo, ni las primeras películas de vaqueros, ni los primeros chamacos de barrio, bien rebeldes con su chamarra roja (James Dean) o de cuero (Marlon Brando) en autos deportivos o en motos. O la pelvis de Elvis.

         En una película desoladísima de arrabales ruinosos y chamacos patibularios, en blanco y negro, La ley de la calle, esa cosa mental sobresalta como un pez súbitamente colorido. Todo el tesoro de la negra vida era ese pez a colores.

         Ahora se difama a la “contracultura”, religión laica inventada por puros filósofos como Aldous Huxley, Gerald Heard, Christopher Isherwood, Paul Goodman y Jean Paul Sartre. Se reduce el término a su acepción literal (con la proverbial tontera que acomete al buen narrador José Agustín cuando se mete a “ensayista”): contra-la-cultura, es decir, vandalismo snob en favor del analfabetismo soez y arrogante, de destruir ventanas ajenas, o de enmierdar y atronar vecindarios también ajenos, nomás por chingar y porque el odio (o el rencor social) contra todo y a lo pendejo suena bien chido...

         La contracultura (en su floración norteamericana y europea) fue muy otra cosa: la búsqueda de ese tesoro mental, de esa inspiración mágica, que volvía súbitamente diferente lo que siempre era más de lo mismo. Cuando Huxley, Heard e Isherwood, por ejemplo, importaron (años cuarenta) a las muy bonitas quintas de Santa Mónica, en el sur de California, la sabiduría budista, querían menos un escándalo o una excentricidad snobs que una vuelta a lo sagrado del mundo, de la persona, del amor, del alimento, de los episodios cotidianos. Lo mismo con el “eros polimorfo”, el peyote, el hachís y la mezcalina.

         El cristianismo se había deshilachado en sus desastres coloniales y de la Segunda Guerra Mundial. El hombre era basura. El yo era basura. ¿Cómo amar, disfrutar, descansar, anhelar desde un yo-basura a unos otros-basura (“El infierno son los otros”: Sartre); a unos coitos basura, a una música basura, a un arte basura, a unas letras basura?

         Podremos hacer todos los chistes concebibles contra la pedantería desabrida de los existencialistas (aunque jamás se haya cantado algo mejor que Les feuilles mortes, letra de Prévert, en la voz de Juliette Greco), o contra los oms de los hippies, pero esas ocurrencias le ayudaron durante veinte o treinta años a mucha gente a vivir una realidad inhabitable como si fuera otra cosa. Strawberryfields forever!

         Yo creo que esa cosa mental que vuelve placentero el monótono mundo —utopías, delirios, sueños, obsesiones; “Imagine”, diría de plano John Lennon— no suele resolverse en ideas geniales ni muy deliberadas. Simplemente ocurren, y prenden. El surrealismo fue una babosada (Cf. Borges), y prendió durante mucho tiempo.

         El hombre tiene (a veces) esa arma secreta: reinventar a partir de cualquier cosa, a ratos hasta de verdaderas baratijas, el tedio municipal y opaco, el muro que se interpone a cada paso, el desaliento que amarga desde antes de su concepción cualquier proyecto de aventura o de ilusión.

         Hay un libro de título terrorífico que me gusta mucho: Literatura comprometida, de André Gide: son sus últimos artículos de vejez. Ahí les da unas buenas nalgadas a sus queridos discípulos Albert Camus y Jean Paul Sartre. Ya dejen de hablar del suicidio como de “el único tema que importa”, les dice. Ya dejen de insistir en que todo es “absurdo”. Ya dejen de entonar minuciosas odas al asco, a la fealdad y al sinsentido del mundo. El mundo puede tener sentido, y placer, y florecimiento, si ustedes se lo inventan. Algo parecido había escrito Gide unos setenta años atrás en otra crisis finisecular: Los alimentos terrestres. (No conozco mayor antídoto contra la acedía que ése.)

         Uno se cuenta el cuento de su vida. Lo quiera o no. Y cuando corre con suerte, encuentra la cosa mental que lo vuelve placentero, y hasta trascendente. Salvo épocas total y largamente apocalípticas (el largo fascismo, el largo estalinismo), la gente no puede evitar enriquecer un poco o un mucho su existencia. Volverla placentera. (Hasta en la tremenda miseria de la Nueva España, según la novela El Canillitas de Valle-Arizpe). No sé qué travesuras anden urdiendo los muchachos que por estas semanas estrenan sus vidas.

         Yo soy un hombre de los sesentas y los setentas, para quien la cosa mental de aquellos años sigue reluciendo como entonces, aunque pocas veces la encuentre ya fuera de mi casa. (Gide: “Repaso una a una las ideas de mi juventud”). Pero algo, que seguramente no voy a entender ni me va a gustar, anda ajetreándose en los alrededores: el nuevo bullicio de quienes no se dejan amedrentar por los datos atrozmente documentados de la realidad, y apostarán sus vidas, al igual que tantas otras generaciones, como si cada minuto, cada ser, cada episodio de veras valieran la pena.

         El placer y la importancia del mundo les son absolutamente reales. Tratarán de que esa realidad codiciable y brillante (inventada, iluminada por ellos mismos) dure décadas. Hasta llegar al momento, entre más tardío mejor, en que, como tantas otras generaciones, recuerden a Leonardo (o a Rubén Darío) y sepan que la mariposa de la vida, su fulgor tornasol, su trascendencia irisada, era tan solo esa “cosa mental”, que nos ayuda a inventarnos la espesa y municipal vida de siempre como si de veras fuese nueva, y de veras fuese otra cosa.


 


domingo, 1 de agosto de 2021

INFORME RESERVADO SOBRE CARLOS MARÍA DE BUSTAMANTE


INFORME RESERVADO SOBRE CARLOS MARÍA DE BUSTAMANTE

Junio 22 de 1839
Al Ministro del Interior, don José Antonio Romero:
Informe de Dominó sobre don Carlos María de Bustamante

...Después de haber investigado al susodicho por espacio de tres meses, así como a su esposa y a algunas de las personas de su trato más cercano, nuestros Agentes Especiales se encuentran en el mayor estupor, pues parece que el “auditor de las guerras de Independencia” y “el historiador de Nuestros Tiempos”, don Carlos María de Bustamante, no sólo carece de cualquier tipo de documentos capaces de comprometer a personaje alguno, sino que tiene la cabeza embrollada de tal modo que no atina a distinguir sus verdaderos recuerdos de sus fantasías, en las que sólo él cree, y a ratos, pues cambia de versión de una plática a otra y de un folleto o libro a otro.
Hemos penetrado hasta su escritorio, menos humilde en realidad de lo que proclama en sus periódicos, y no hemos encontrado sino un nido de urraca con papeles revueltos, algunos polvorientos y maltratados por los ratones.
Sus apuntes resultan del todo ilegibles, al igual que los que se le han confiscado formalmente, de modo que don Carlos no tiene pensado sino continuar difundiendo fábulas según los dictados de su humor, que varía de la truculencia trágica a las farsas más chuscas; o con todo esto construye un maquiavélico entramado de jesuita para ocultar una verdadera conspiración, lo que nadie cree.
“Es un tipo falto de seso”, dijo don Lucas Alamán. “Ha vivido muchas aventuras, pero siempre con la cabeza a pájaros, de modo que ni siquiera se enteraba de lo que estaba viviendo.” Don Lorenzo de Zavala se expresaba de los escritos y habladas de don Carlos en términos que no sería decente reproducir.
Otros personajes han hablado al mismo tiempo de lo mudable de su carácter, pues ahora deturpa a quien ayer adulara, y viceversa, a veces sin razón alguna, o con puras razones de su magín.
Es incomprensible su odio tenaz a Iturbide, su ídolo de otros tiempos, como el actual contra Valentín Gómez Farías, a quien el público imaginaría de su propio bando. Sobre el Señor Presidente se le han encontrado pocas frases, habladas o escritas, todas inexpugnables. Hemos de recordar que en otros tiempos se ufanó de ser el secretario (que según sus gestos y guiños intencionados quería significar el verdadero cerebro) del general don Antonio López de Santa Anna.
Es abogado. Se dice que en épocas del virrey Iturrigaray tuvo algún cargo de juez, que abandonó para no firmar una sentencia de muerte contra un desdichado a quien ni siquiera conocía. Luego, con el virrey Venegas, debió huir de la ciudad de México por sus abusos de la libertad de prensa con su periódico El Juguetillo, en los tiempos de vigencia de la Constitución de 1812, que sumaron exactamente noventa días. Su corazón al parecer tan tierno no le impidió mezclarse con los asesinos excomulgados de la turba de Morelos y de Rayón.
Habla y escribe pestes de la opresión del régimen español, principalmente de la que, según su dicho, sufrió sin culpa alguna su benefactor el licenciado Verdad; y de las que padecieron su esposa y él mismo (parece que más ella que él), por el motivo de los escritos rebeldes o insolentes antes mencionados.
La señora se llama doña Manuela García Villaseñor, y no falta voz que le atribuya todos los líos de don Carlos, quien atenido a su propia imaginación acaso nunca habría salido de las imprentas y bibliotecas; esta señora es de armas tomar y debiera estar más rigurosamente vigilada que su marido. Es ella, por lo demás, la que cuenta con influencias entre personas de peso. Y a través de quien corren más alto las intrigas y los chismes.
Pero el lector que quiera encontrar verdaderas andanadas contra el ejército realista saldrá sin duda defraudado en la conversación y en los estrafalarios escritos de don Carlos, tales como Cuadro histórico de la Revolución de la América Mexicana, Hay tiempos de hablar y tiempos de callar, Mañanas de la Alameda de México, etcétera.
Sus iras se abocan, tupidas y constantes, contra el ejército insurgente, debido, según dicen, a que no se le respetó el alto cargo legal y militar (Brigadier, Inspector General de Caballería, etcétera) que el general Morelos, de creerle, le habría conferido, de modo que a la muerte de Morelos anduvo a salto de mata de bandolero insurgente a bandolero insurgente durante unos siete años, víctima de privaciones y de humillaciones sin número. Parece que tuvo que fungir como secretario de algún matón de Tierra Caliente, donde conoció mayor despotismo que en tiranía gubernamental alguna. Ha estado en varias cárceles, bajo todo tipo de bandos, por todo tipo de motivos.
De modo que habrá en sus dichos y escritos material más numeroso contra los viejos alzados insurgentes que en su favor, si bien es proclive a dar por cierta toda leyenda portentosa, toda escena fantasiosa para satisfacer la inocencia del populacho. Chisme que en mala hora inventa y es celebrado por los léperos de la Plaza Mayor, chisme que ingresa como muy serio dato histórico a sus anales. Se hace llamar “Historiador del Pueblo”.
Cada cosa la cuenta cincuenta veces, incluso a la misma persona, y siempre de modo diferente; y así la escribe cien, de modo que sus incontables escritos se anulan a sí mismos en un laberinto inabordable.
         Es uno de los publicistas o periodistas de los viejos tiempos, como El Pensador Mexicano o el padre Mier, con más palabras que sesos. Resulta pues tan inofensivo como El Pensador, mero juguete de la muchedumbre ociosa en las pulquerías de la Plaza Mayor. El Juguetillo, ya lo dijimos, fue uno de sus viejos periódicos, y en efecto, en efecto...
Más que Comadronas o Parteras de la Libertad, como quisieran ser considerados, El Pensador y don Carlos fueron sus tías enfadosas; aquél no se cansaba de los sermones morales, los coscorrones y los jalones de orejas a los vecinos por cualquier nimiedad; éste, sentimental, gritón, llorón, que clama por el fin del mundo cada vez que zumba una mosca, y saca a relucir a los merovingios cuando un aguador tose, no conoce el fin para sus lamentos. Otros figurarán como el azote de nuestra política; con seguridad, éstos lo son de nuestras letras.
Es de dudarse que los lancasterianos obren bien, enseñando a leer a tanto niño con su varita y su cajita de arena, si los pupilos van a terminar leyendo a don Carlos o al Pensador, según temen nuestros árcades. “Si ambos hubiesen optado para curas, habrían predicado sermones más chabacanos que los del padre Sartorio”, se le ha escuchado decir a Lacunza. Sartorio fue tan azote de los pobres devotos en el púlpito, como don Carlos de los diputados en la cámara. Sartorio vaciaba involuntariamente los templos con mayor rapidez que los sofismas rabiosos de un Voltaire; don Carlos consigue evacuar la cámara de diputados mejor que un temblor de tierra.
Tuvo sin embargo, se nos informa, tres momentos de verdadero riesgo público: el uso de la prensa con fines de alborotador, durante los noventa días de la vigencia de la Constitución de Cádiz; su infatuación como alter ego y hasta, en su megalomanía, como el cerebro del general Morelos; y finalmente, pues los locos se juntan, su manera de quemarse, pues de otra manera no podría decirse, con las quimeras del padre Mier.
Siguiendo las ocurrencias arqueológicas del padre Mier, anduvo un tiempo tratando de volver a la Edad de los Aztecas, y realizó sinnúmero de viajes y pesquisas para encontrar un descendiente de Moctezuma o de Cuauhtémoc (y al no hallarlos, rastreó hasta los de Xicoténcatl, Calzontzin y Cacama) a quien colocar la corona que perdió el llorado Emperador Agustín I. Dicen que el general Guadalupe Victoria lo secundaba en estos desvaríos, trasegando archivos y reuniendo a ancianos indígenas en pos de los descendientes de Nezahualcóyotl y hasta de doña Marina, que en caso de haber encontrado los de ésta última provendrían también, con toda seguridad, de la varia tropa conquistadora y no de don Fernando Cortés, pues con éste sólo tuvo un entenado que se perdió en el mar.
Es un hecho que don Carlos publicó el mismo año que Iturbide consumaba la Independencia una más que intencionada Galería de antiguos príncipes mexicanos, que le publicó ¡la propia oficina del Gobierno Imperial!
Don Carlos está medio calvo, medio encorvado y medio acabado, pero con suma vivacidad, especialmente cuando habla de “sus” guerras de Independencia, y más aún cuando las escribe.
El papel lo soporta todo, hasta los escritos de don Carlos. Y no habría fábrica de papel que se diera abasto para que don Carlos llenara resmas con todas sus cuitas.
No goza de prestigio alguno entre los sabios, ni entre los políticos, ni entre el clero, ni entre el ejército. Lo detestan y lo embroman por igual los españoles y los mexicanos de toda casta y condición. De cotorra no lo bajan.
En consecuencia, opino humildemente que nada se pierde dejándolo parlotear y garabatear cuanto quiera. Hasta se le podría estimular un poco con alguna medalla, alguna subvención. Entre más escriba, menos dirá. Casi no ha habido legislatura en México donde no figure como diputado, y goza en la cámara de gran popularidad, pues cuando se levanta a declamar alguno de sus interminables discursos, es señal para que todos los demás legisladores, como impulsados por el mismo resorte, salgan a fumar a los pasillos y salones. Eso no lo arredra: sigue perorando solo.
Y hay quien afirma que hay algo peor que don Carlos de Bustamante escribiendo, y es don Carlos de Bustamante escupiendo discursos con una voz tan chillona que a la repugnancia mental de sus escuchas añade una repugnancia física indomeñable. Cuando los diputados de su facción quieren “tronar” la sesión, lo hacen subir al estrado: pronto la sala queda vacía. Cuando se pretende que la asamblea prospere le atiborran de inmediato los carrillos de trapos y papeles; y don Carlos sufre tal ahogo con resignación heroica, como uno más de los innumerables sacrificios que la Patria diariamente le exige.
Hemos escuchado en las cantinas las carcajadas más soeces precisamente cuando se leen en voz alta sus tiradas trágicas, como de la Biblia o de alguna ópera, sobre el destino, para él infausto, de la República; en cambio, cuando se acriolla, y platica con idioma vulgar y guasón, hasta los peones y paleros, los léperos, zaragates y huauchinangos de la Plaza Mayor, le corrigen el estilo y le echan en cara que ponga como chiquero nuestra hermosa y cristiana lengua.
Nada tiene qué perder, en nuestra humilde opinión, la paz pública, con semejante guasón revestido a ratos de bíblica plañidera. Es simplemente un tipo pintoresco de épocas idas y de las que poca gente quiere acordarse, salvo por sus aspectos chuscos, que don Carlos sirve en abundancia.
         Pero no se podría fiar de él para asunto serio alguno, que lo volvería feria y escándalo de pulquería.
         Éste es el sentir que hemos reunido entre las personas que lo tratan, conocen o han leído. Y así lo informamos puntualmente a Su Excelencia.     
         El Agente Dominó.