lunes, 3 de agosto de 2009

El juramentado

EL JURAMENTADO
Por José Joaquín Blanco

A Delia Juárez y Rafael Pérez Gay
1
Todo el lóbrego peso de la edad madura cayó sobre mi cabeza, que ya evidenciaba los primeros estragos de la calvicie, la tarde aquella de un sábado que, en el restorán español El Peque, cerca de la Plaza México, Alex me anunció que había dejado el alcohol para siempre; se había convertido en algo más severo aún que los Alcohólicos Anónimos. Ya era un “juramentado”.
Había asistido a una ceremonia religiosa en la iglesia de San José de los Naturales, en el centro, y le había prometido a la Virgen dejar el trago. Lo había escrito con su propia mano en una carta que depositó en una urna al pie de su estatua. Y recibió una especie de escapulario. Una estampita enmicada, que al reverso de la imagen de la Virgen de Guadalupe lucía un texto ceremonioso: los juramentados se comprometían ante ella a dejar el vicio por seis meses, hasta tal día, en el cual debían refrendar su promesa; o, valientemente, para siempre. A cambio no sólo recibían la protección guadalupana, sino su ayuda. Porque para dejar el alcohol de veras, se necesita a la Virgen de Guadalupe.
El Peque era un restorán maravilloso, perdido en el tiempo, un pequeño paraíso en la tierra. Fundado por un republicano español a finales de los años cuarenta, en el estilo de la época, poco había cambiado durante las décadas siguientes. Se conservaban el largo mostrador, las pinturas murales de un barco y de escenas de toros; las fotos de personajes relativamente ilustres que asistieron a El Peque en sus primeros, célebres años.
El dueño parecía no querer prosperar ni transformarse. Atendía con gusto y generosidad a la numerosa clientela, que se tenía ganada por sus precios bajos, sus platillos sabrosos y la abundancia en las porciones. Los tragos se servían en la mesa directamente de la botella: la cantidad que quisiera el cliente. Y claro que nosotros, cuando descubrimos (hacia 1967) el restorán y lo volvimos nuestra guarida de los sábados, nos hacíamos servir bien cargadas las cubas, para tomarnos dos al precio de una. El viejo español recibía con sonrisas entre cómplices (oh, la juventud perdida) y paternales nuestro abuso, y con frecuencia nos regalaba alguna ronda, o se olvidaba de cargarnos algunos tragos en la cuenta. Y siempre nos obsequiaba con alguna botana de cortesía.
Nos sentíamos bohemios hacia los dieciocho años. A la vez que estudiábamos afanosamente para convertirnos en oficinistas perpetuos, dedicábamos los sábados a hablar de novias y de putas; de cine, de toros (subía el astro de Manolo Martínez), de poetas y filósofos (pero jamás de tele ni de futbol, que nos parecían despreciables, salvo en campeonatos mundiales). La vida se nos presentaba divertida y emocionante. Claro, el efecto de la juventud y de las cubas.
Éramos bastantes. A veces juntábamos hasta cuatro mesas. Una vez llegamos a ser quince compadres y nos quedamos hasta que cerraron el restorán. El español nos regaló dos botellas, que nos bebimos en plena calle: así, simplemente estacionamos dos coches en cualquier calle, con el radio a todo volumen (eran los años del twist), y que se chingaran los vecinos y la policía. Seguimos nuestra fiesta callejera hasta las tres de la madrugada, sin contratiempo alguno. Luego nos fuimos a insultar putas. Como no podíamos pagarlas, nada más nos acercábamos a ellas y las hacíamos rabiar. Éramos chamacos terribles, como de la nouvelle vague del cine francés.
Desde luego, aquel grupo de valientes amigos se dispersó pronto. Sólo nos seguimos tratando los desordenados y los borrachos. Pasaban los años y de repente alguno llamaba por teléfono: que cómo estás, que cómo andas, que qué onda, ¿cuándo nos vemos? Ya eran borracheras más tristes y menos humildes, en bares de hoteles, con variedad (¡el órgano melódico de Juan Torres!); y luego en los cabaretuchos. Todo ello, claro, mucho antes del table dance. Pero no olvidábamos, cada dos o tres meses, pasar algún sábado por El Peque, incluso cuando el buen español murió y su hijo criollo convirtió esa maravilla en un pinche “bistro” pretencioso y caro, de tragos exiguos y suflés indigestos, rebautizado Le Rendez-vous.
Alex era el más borracho y el más desordenado de todos. Duraba poco con las mujeres, y a todas las añoraba hasta las lágrimas. Se hacía de asombrosas amistades, también fugaces, con las que a ratos salía retratado en los periódicos: Manolo Martínez, Enrique Guzmán, Manolo Muñoz, Johnny Laboriel, Alejandro Jodorowsky, Mike Laure, José Agustín. Luego nos contaba de las orgías y encerronas de los famosos. “¿Ves esta esclava? Se la gané en el póker al mismísimo Loco Valdés”. Hasta salió de extra, en traje de baño, luciendo musculatura, en una película de pescadores asesinos de Hugo Stiglitz, y lo vimos en la enorme pantalla cinematográfica someter a puñetazos a una candente y feroz Isela Vega.
Le pasaban todo tipo de calamidades, de las que solía salir bastante bien librado, y las revivía una a una, con sufrimientos acrecentados, frente a una botella. Pero la vida era amable con él. Prosperaba y se conservaba más o menos ligador, a pesar de los grandes pleitos (hubo varios de navajazos y algún tiro), en que recaía cada dos o tres meses. Hasta que cerca de los cincuenta años (1995) decidió cambiar de vida.
La causa fue una mujer, la tercera con la que se casó. Era jovencita, guapísima y de buena familia. Desde luego también muy fresa y exigente. Le puso condiciones, bajo amenaza de botarlo de inmediato, que Alex le vio todas las intenciones de cumplir.
Se apareció una tarde de sábado en El Peque (bueno, ya era Le Rendez-vous. Bistro), que a pesar de los treinta años transcurridos seguíamos frecuentando los tres o cuatro sobrevivientes de la bohemia juvenil. Pero ya no nos ocupábamos de hablar tanto de toros, novias, películas y poemas, sino de burlarnos de los desertores, que andaban de cursis y bien portados con sus esposas, sus hijitos y sus oficinas, y se habían vuelto bien reaccionarios, hasta a misa iban; y se permitían predicar como curas contra las putas y los borrachos. Algunos de plano se habían hecho rotarios y miembros del Movimiento Familiar Cristiano. Se les veía el aburrimiento hasta en la punta de sus escasos pelos. Y el miedo de morir: cuidando el colesterol, la panza. También el terror a dejar de ser queridos. Hacían deporte y se cuidaban la figura para no desagradar a sus exigentes esposas. Posaban como personajes de sermón para que los admiraran sus exigentes escuincles.
¡Ah, cómo cambian los tiempos, cómo nos traicionan! Nosotros nos habíamos prometido la vida divertida y emocionante de los bohemios, ¡y en qué habíamos parado! Con gran nostalgia hablábamos de la generación de nuestros padres, cuando no había tanto feminismo ni mocherías de la salud y la vida correcta; y el hombre echaba panza con entera soberanía, ponía casas chicas con fundador ímpetu de patriarca, se emborrachaba y divertía como bestia jocunda hasta avanzada edad, y las esposas no se les rebelaban ni los acusaban con aullidos histéricos de machismo.
¡Qué hombres aquellos! Cuando el macho lo era naturalmente, y no un pedantesco perrito faldero: ¿qué otra gracia quieren que les haga, universitarias damas de la sociología, para no parecer “machista”: les enseño la panza o les presto la patita? ¡Tengan su buena cuarta de patita! Simplemente así era la vida de los hombres, desordenada; y las mujeres y los hijos debían acatar, y hasta nos parecía que lo acataban con bastante naturalidad, el pesado rol del varón en este mundo.
Tendría yo que aceptar, desde luego, que algo de esta decadencia contemporánea del hombre maduro también nos había corroído a los fieles, a los malvivientes. Algunos mentíamos. Nos las dábamos de más libres y reventados con los amigos de lo que realmente éramos, y les permitíamos a las esposas o amantes ciertos regaños y berrinches mucho más ásperos de los que en nuestra rebelde juventud les habíamos tolerado a las mamás. Y eso que entonces una madre enseñaba a sus hijos varones a que fueran lo más machos, no lo menos posible, je.
Pero teníamos al menos la vergüenza de ocultarlo. Llegábamos a El Peque, o a las cantinas y antros, como si en nada hubiéramos cambiado. Como si siguiéramos siendo tan bohemios, lacras, irresponsables y jóvenes como siempre. La vida emocionante y divertida ante todo, sin miedo a la muerte, a la ruina, al abandono, al desamor, a la soledad, al fracaso. Vivir cada día como si fuera el único. No dejarse afeminar, domesticar, castrar, amustiar por los miedos de la edad madura, por la trampa de la vida decente y la jaula de oro del impecable padre de familia.
Nos gastamos hasta la camisa para asistir a aquella encerrona de Manolo Martínez con seis toros —él solito, toro tas toro—, en Monterrey (1973), y para celebrarla seis días seguidos, sin que luego pudieramos recordar claramente en casas de quiénes estuvimos ni con qué taurófilas, meseras o coristas dormimos todo ese tiempo, hasta llegar cadavéricos pero triunfantes al hospital, a que nos pusieran algo de suero. El propio Manolo Martínez nos pagó esa cuenta de hospital.
Habría que confesar también otra hipocresía. Los sobrevivientes de nuestra bohemia éramos más o menos prósperos, lo que en sí denunciaba cierta buena conducta. Fuera de las mesas con las cubas (que se habían transformado desde hacía años en whiskies), todos nos preocupábamos como cualquier mustio licenciadito meado por los negocios y el trabajo en la oficina. Hasta éramos más o menos ejecutivos.
Cuando ocurría que nos topábamos con los compañeros de juventud que habían resultado perdedores, los que sí se daban al trago y a la aventura sin consideración, habíamos quedado más que desilusionados: aterrados. Aunque nos burláramos del pinche éxito, de vender la vida por las treinta monedas del éxito, nos repugnaba casi con una sensación física, como ante la vista o el olor de una inmundicia, la derrota del pobretón que ni siquiera tenía para pagar su cuba y que había terminado por dedicar todo su ingenio a cómo transarle los tragos a otro, y a cómo lamentarse de sus infortunios para conseguir un pequeño préstamo.
Sabíamos que nuestra bohemia (“bohemia senil”, dice brutalmente mi mujer) era puro teatro. La vivíamos un poco como teatro. Todos habíamos reflexionado más de una vez en que la traída y llevada “vida divertida y emocionante” no estaba en realidad en ninguna parte. Que nos la inventábamos, ya retóricamente, ya con alguna fatiga, frente a los whiskies, o en los toros, en los espectáculos de treinta bailarinas en plumas y bikini, en torno a Malú Reyes, Zulma Faiad o Thelma Tixou. Pero no pretendíamos, por mucho que quisiéramos nuestros hogares y a nuestras mujeres e hijos, y por mucho que nos interesara el trabajo en la oficina, que existiera “vida verdadera” en otra parte. Tampoco estaba en misa (aunque, claro, había que cumplir de vez en cuando, por eso de los hijos); ni en nuestros departamentos, coches, aparatos.
Algo presumíamos de que ninguna vida estaba realmente en ninguna parte. Que era tan irreal, pero inevitable, el éxito en los negocios, la vida marital, el cuidado de los hijos, como las hazañas del toreo, los enamoramientos de media noche frente a una vedette o con una prostituta al lado, los mutuos lucimientos verbales de las secretariazas y edecanazas que cada quien se llevaba a la cama, si hubiera que creerle, cada tercer día. Todo resultaba, a final de cuentas, tan ilusorio como un bolero. ¡Ah, pero los boleros!
Alex era diferente, o al menos eso creíamos. Parecía, él sí, ser un sobreviviente auténtico, un bohemio natural. Tal vez porque siempre se veía un poco inerme y tristón, y hablaba mucho más de sus calamidades y fracasos que de sus éxitos atronadores con una vedette de un antro de Insurgentes o con la secretaria de la oficina del séptimo piso. También porque siempre había sido bastante (quizás demasiado) atractivo, y le habíamos visto dejar caer, así, como quien deja caer un cigarro de la mano, cada mujerona de aquéllas, de las reales, no de las disfrazadas en una noche de juerga, sino bellezotas naturales, inteligentes, con dinero, hasta alguna actriz de la tele, por las que todos hubiéramos derrapado sin esperanza; ellas le rogaban, le lloraban, le insistían, y él las dejaba ir con indolencia, para luego llorarlas infinitamente con palabras y gestos que nos llegaban hasta el alma.
2
Les decía, queridos amigos, que todos debíamos ya saber a esta edad, y probablemente lo sospechamos desde muy jóvenes, que esto del trago, la bohemia, los toros, los antros, los amigos del alma copa en mano, era pura ilusión. Puro bolero. Años de José Alfredo Jiménez cuento yo. Sabíamos que la vida emocionante y divertida no estaba en ninguna parte, pero nos esforzábamos por vivir nuestros fines de semana como si en ellos sí estuviera. Así brillaban en nuestras manos los tragos. Así sonreían las chamacas en nuestros brazos. Con tal entusiasmo salíamos de los toros rumbo a los antros.
Y con cierta maña de expertos pretendíamos controlar la borrachera, los ligues, la gastritis, la cartera, hasta la información misma que soltábamos cuando, sobreactuando la ebriedad, fingíamos hablar con el alma en la mano, toda el alma, como dizque sólo los niños y los borrachos hablan. Pero no nos lo confesábamos.
Cada cual se sentía a su modo un comediante de su bohemia, y sospechaba (estaba seguro, más bien) de la comedia del amigo. De hecho ya nos aburríamos unos a otros hasta la muerte. Ya no nos creíamos ni el bendito. Hacíamos como si nos creyéramos, nos asombráramos, nos entusiasmáramos, o nos indignáramos en nuestras pláticas. “Viejo bribón, nomás te estás haciendo el interesante, ¿a quién crees que engañas?”, pensábamos.
Pero a Alex sí le creíamos. Y en cierto sentido, todo el honor y la gloria del equipo, je, estaban en su camiseta, porque a él sí le ocurrían los amores trágicos, los desastres absurdos que parecían como buscados y hasta fabricados por su sed de emociones y romanticismo.
Él sí abandonó a las guapas y ricas por alguna suripanta cascada que lo saqueó y hasta lo metió en líos con la policía. ¿Por qué? “No sé, por pendejo”, decía; pero nosotros pensábamos: No, por apasionado. La pasión no conoce de belleza ni de razonamientos, es ciega y tortuosa, es imperativa; acontece como un tropezón del destino, para quien no sufre la mediocridad de pasarse la vida huyendo de los tropezones del destino.
Él si puso en riesgo, y perdió, importantes posiciones en el trabajo con argumentos ridículos, por cierta incapacidad de simular. Él sí se negó a titularse, porque el titulito de abogado era una farsa insoportable, y ¿con qué cara un hombre de honor iba andar con el pegote de licenciado?
Él sí rompió muy joven con la familia, y con buena parte del apoyo y de la herencia de una familia muy rica e influyente, porque su papá se creía muy salsa y quería andarlo mangoneando y humillando todo el tiempo, ¿y cómo lo iba a aguantar?
Él sí se había creído genio más de una vez, y no sólo con cubas frente a los cuates, sino en la realidad, y se había endrogado para ganarles a los pinches capitalistas en la Bolsa de Valores, y claro, perdió todo (1987); o aquella vez que se creyó un genio de la computación, y contrató a precio de oro la representación de una empresa internacional de software que iba a dominar el mercado, y de la que nunca hemos vuelto a oír (1989).
Un personaje de película, si quieren que lo resuma de una buena vez. Pero todo un personaje. Era guapo desde chiquillo. Hasta se llegó a decir que era maricón, porque no tenía novia en la escuela (luego supimos que gastó toda su juventud —sabio siempre el Alex— con puras mujeres mayores, de preferencia casadas); o que era padrotón, cuando lo descubrimos de galán de señoronas interesantes, y narcisista. Pero era también una belleza viril, algo ruda y áspera, de pocas palabras, que fue mejorando con la edad, conforme se le arrugó un poco la cara y se puso entrecano. En el momento en que “juramentó” parecía un galán otoñal de película francesa.
No se resignaba el Alex, pensábamos. Le exigía al amor y a la vida toda la pasión y la aventura de las que hablábamos en nuestra bohemia juvenil. Se enfrentaba al destino sin reflexionar, sin trampas, sin cálculo; no se doblaba, como dicen que hacen los bambús, ante la dirección del viento; y no se apartaba, prudente, de los conflictos y calamidades. Le teníamos admiración, nosotros, los aburguesados que pretendíamos no serlo en la animación ya retórica de nuestras cada vez menos frecuentes reuniones de disipación y trago.
Entonces nos cayó el cubetazo de agua fría. Llega una tarde de sábado a El Peque y nos dice, así como si nada: “Voy a dejar el trago y la mala vida. Para siempre. Soy un juramentado”. ¡Un juramentado!
Nos causó tanto escándalo como si un famoso descreído, de esos ateos de hueso colorado, nos llega con el cuento de que la Virgen se le apareció y ahora se va a dedicar a beato. Los curas dicen que eso les pasa a todos los descreídos. Mi terrible mujer vocifera que los bohemios somos puro pan comido, que nos emborrachamos y nos las damos de aventureros por pura vergüenza de ser tan mensos. Les aconseja a las chicas que se casen con un parrandero, que se deja mangonear mejor. Que los hombres ordenados, en cambio, sí son el calvario de una mujer. Yo la dejo hablar cuanto quiera. Las mujeres todo lo gastan de más, empezando por la saliva.
La causa era esa chica de la que les cuento. Jovencita al grado de poder ser su hija. Dizque bellísima. Lista. Y con esa arrogancia, esa infernal soberbia de las niñas ricas y listas y preciosísimas que han sido criadas como reinas del universo, y en todo saben mandar y siempre se salen con la suya. Esas rigurosas damas sin piedad, inalcanzables.
¡Pero si alguien siempre había tenido mujeres hermosas, de todos los colores, edades y sabores, había sido él! Grandes diosas habían llorado por su abandono, como diría el poeta. ¡Y ahora esa chiquilla, por más fresca y altanera y bellísima que fuese, le decía de plano: sí, pero sin trago; sí, pero sin otras mujeres; sí, pero sin faltar ni llegar tarde a casa; sí, con gimnasio, y jogging, y comida sana; sí, pero sin amigotes, ni acto alguno de tu vida en el que yo no participe como tu centro y tu razón de vivir; sí, pero trabajando duro, porque las necesidades del hogar y de los hijos; sí, pero...!
Nos indignamos. Tratamos de disuadirlo. Eso constituía no sólo una capitulación completa (y ya les dije que Alex llevaba en su camiseta la honra y la gloria del equipo entero), sino un indigno contrato de esclavitud.
Se pasó con un pinche cafecito las dos o tres horas que estuvo con nosotros. Nos dejaba protestar, recriminarlo, incluso insultarlo, con una sonrisa entre indolente e irónica, como si no escuchara nada; o como si todo lo que escuchaba fuera caer el agua, las mismas aguas que había oído caer toda su vida y ya lo tenían aburrido.
Padecía la obsesión de la muchacha. Esa obsesión se le había vuelto delirio: sin ella su vida ya nunca tendría sentido; perderla sería su fin completo, el fin del mundo. Todo el lóbrego peso de la edad madura cayó sobre nuestras cabezas, que ya evidenciaban los primeros estragos de la calvicie, cuando lo vimos alejarse por la puerta de El Peque, digo “Le Rendez-vous. Bistro”.
Asistimos a su boda. Estuvimos de acuerdo en que la mujercita no era tan gran cosa: una chiquilla con demasiados huesos y todavía bastante parecida a nuestras propias hijas. La familia de la novia ni siquiera era distinguida, realmente distinguida, de esas que han vivido en la afluencia y el poder por varias generaciones y han adquirido cierta naturalidad aristocrática; para nada, nuevos ricos de lo más vulgares.
Cuando nos presentó como sus “amigos de toda la vida” sentimos que más que recomendarnos, se estaba despidiendo de nosotros con un gesto elegante. “¡Adiós muchachos, compañeros de la vida!” Sólo Alex se veía espléndido, más atractivo que nunca, con esa distinción otoñal que la generación de nuestros padres vio, por ejemplo, en los mejores momentos de un Arturo de Córdova.
No volvimos a verlo en muchos meses. En realidad, nos vimos poco nosotros mismos. La capitulación de Alex parecía la capitulación de todos. Sólo mi mujer se rió. Mi mujer es malévola. Tiene sus ideas. Dice que me prefiere borrachín, disipadón y taurófilo a tenerme de bulto en casa todo el tiempo, estorbándole su quehacer (¿cuál, digo yo, si le pago criada?) y fastidiándola con mis teorías.
Concedo que mi insigne cónyuge conserva algo de la sabiduría de las matronas de otros tiempos: no me toma mucho en serio, maneja la casa como quiere, y me ve a ratos como a un incorregible adolescente al que, no hay remedio, se sobrelleva con el mejor humor posible. Ella tiene mucho humor. Se ríe de mí todo el tiempo.
Debo confesar que, gracias a su risa, más que a mi talento, he podido andar mi doble camino de mediocre, pero no desastroso, padre de familia; y de nostálgico, pero no perdedor, bohemio a destiempo. Ella debería confesar que gracias a los toros, al trago y a ciertas escapadas non-sanctas a ciertos antros, sobrellevo pacientemente sus achaques. Y sus guisos, porque —dicho aquí en confianza— cada vez cocina peor. Siempre que me siento a la mesa exijo no sólo la sal y la pimienta, sino el bicarbonato.
3
Luego supimos lo previsible. Una vez conocidas las fiebres o las mieles del lecho (como diría Balzac, cuya Fisiología del matrimonio, ilustrada con espléndidas láminas pornográficas de la época, ha sido uno de los libros más importantes de mi vida, aunque más por su indecencia y su cinismo deliciosos que por mis poco rigurosas aficiones literarias); una vez conocidas las fiebres o mieles del lecho, digo, la muchacha se transformó. Se volvió ávida, disipada, temeraria. Eso dice Balzac, que no hay que darle mucha azúcar a la mujer en la luna de miel, porque se envicia, y ya siempre verá a los hombres con turbios ojos de opiómana.
Acaso no hubo mala fe: ella creía, antes de casarse, que quería corregir a Alex, pero dentro de ella, incluso sin sospecharlo, estaba enamorada del muchacho que Alex había sido y ya no era. No soportaba al viejo bohemio, al madurón libertino, porque los chamacos ven ridículos o vulgares los vicios que, según ellos, ignorantes y prejuiciosos, sólo en la juventud esplenden. Le fascinaba el viejo fuego vivo que adivinaba en el rescoldo transformado y juramentado de su galán otoñal.
Tuvo aventuras con muchachos despreocupados que se parecían a aquel joven Alex que reinaba entre mujeres casadas; conoció con ellos el alcohol y las drogas, hasta llegué a verla en los toros. Y Alex, cada vez más un Arturo de Córdova, pasaba madrugadas atroces, corroído por el despecho y por los celos, esperando en vano a la esposa joven que en esas mismas horas andaba corriendo a toda velocidad en motos y coches de los James Dean del barrio.
Alguna enfermiza necesidad de purgatorio lo llevaba a expiar así, vergonzosamente, su juventud disipada; comerciar con Dios, la Virgen y los ángeles las penalidades actuales para limpiar su nutrida página de pecados pasados. ¿O acaso ya era insensible al amor natural (como si existiese tal cosa: “el amor natural”), al romanticismo y al erotismo simples, y necesitara pincharse el ijar para volver a encabritarse y relinchar como en los viejos tiempos? ¿El cansado erotómano requería del afrodisiaco de emergencia de una corona de espinas, de algunos lanzazos en el costado y el corazón?
Sé que la edad madura tiene vicios que los chamacos desconocen. Que su erotismo y su romanticismo son más acezantes. Que es infinitamente más difícil desprenderse de una pasión para un tendero barrigón y canoso, aparentemente ya más allá de todo, que para un desesperado e inexperto galancillo de veinte años.
Imagino a Alex espiando olores en las medias y la lencería de su mujer, al regreso de sus aventuras; lo imagino planeando asesinarla, o suicidarse; creo que al final de esas diabólicas madrugadas sin ella, sudoroso y con la garganta seca, después de ríspidos y llorosos coloquios con las potencias celestiales, la terminaba adorando más, como Agustín Lara; y que en su posición de víctima crecían su propia necesidad de ella y sus placeres con ella.
Seguía siendo un poco ebrio, ebrio sin alcohol, lo que los Alcóholicos Anónimos pero no los juramentados conocen como la “ebriedad seca”. Se lleva ya el vino en la sangre, y sin copa alguna uno siente y se comporta como si hubiera vaciado dos botellas de coñac. Un ebrio de Dios. Hay torcidos placeres en la edad madura que los chamacos desconocen.
Pero la mujercilla, que nunca fue gran cosa, perdió para todos (menos para Alex) su altanería de virgen exigente y codiciable. Se acorrientó. Sus ojos ya no miraban con desprecio de todo, sino con codicia de demasiadas cosas. Ya no la virgen inmutable sino la casada ansiosa de emociones. Se pintaba y se vestía con demasiada urgencia de agradar. Celebraba con aspavientos cualquier tontería. Su Arturo de Córdova (a quien el sufrimiento ennoblecía, ahora con destellos místicos) la observaba con gestos secos de quien ha aprendido a soportar (se diría que a disfrutar) los grandes tormentos sin emitir una queja.
Hay secretos de cama que nadie conoce. Por alguna razón siguen viviendo juntos, digo yo. Podría ya haber ocurrido una tragedia. Pudieron haberse separado. ¿Por qué no regresar al vicio?, le hubiera dicho yo a Alex. ¡Más vale vicioso contento que mustio amargado, y cornudo! Pero no solicitó mis consejos. Y a la esposita pudo haberle convenido, para mayor libertad de sus aventuras, poner casa de mujer soltera. Algo elaborado y tortuoso ha de funcionar entre ellos cuando insisten, con los roles volteados, en esa mescolanza de matrimonio y aventura, de la virtud y el vicio.
Mi extrema curiosidad no llega al grado de hacerme presente en su casa, para espiarlos. Los espío de otro modo. Una mañana de cruda atroz, domingo, me presenté en el templo de San José de los Naturales, en el centro. Estaba llena de ex-borrachos y de borrachos vergonzantes o arrepentidos que buscaban en la Virgen la solución de sus vidas. Lloraban como poseídos. Prometían mil sacrificios, como condenados a muerte. Sentí su ansiedad, a su modo bohemia, de llevar una vida moralmente “emocionante”, de darse a sí mismos la dignidad de cierto heroísmo, de luchadores de una utopía. Las borracheras secas, las borracheras de Dios.
Escuché cómo el cura exaltaba las aventuras del infierno y del paraíso, los combates contra la tentación, los poderosos enemigos del hombre que conducen a través de mil mañas a la débil oveja hacia la perdición de las cubas. Salían transfigurados, con apetito de virtud, como si fueran a jugar póker o a ponerse una borrachera hasta el amanecer con las vedettes de senos más grandes de toda la capital. Los vi firmar sus compromisos de no tomar un trago más, reformar sus vidas por completo, vivir la emocionante aventura de sentirse un poco ángeles. Y recibir sus estampitas enmicadas, con su compromiso en el reverso, para colgárselas a manera de escapularios.
No sé qué pasión mayor o más absurda descubrió Alex en esta vía del sacrificio y la negación. Quizás los nervios de un blasé ya no se conmuevan sino con placeres metafísicos, con los enredos morbosos de sentir ángeles o demonios inmiscuidos en cada instante de nuestras mediocres vidas meramente humanas. Algunos placeres secretos han de desgarrar pasionalmente las fibras del sufridor. En su escena más famosa, Arturo de Córdova reza en un reclinatorio entre los pasos resonantes de unas hermosas piernas de mujer. San Alex y su diablesa.
¿O se trata simplemente de la capitulación de la edad? ¿De la conocida vulgaridad de que en la edad madura resulta más difícil, incluso insoportable, aceptar que la vida no tiene ningún sentido, y uno se lo busca en los laberintos menos razonables, y por ello los que menos lo pueden desencantar? ¿Esos sufrimientos hacen sentir algo al cincuentón de nervios estragados, incluso algo... erótico?
Mis amigos dicen, en las raras ocasiones en que nos vemos últimamente, que en realidad Alex era un fraude. Que siempre lo fue. Que tomamos, ingenuos, como vocación de vida intensa y aventurera una mera debilidad de carácter. Que Alex era una veleta movida a cada rato por un carácter más fuerte. Ahora dio el chochazo y se encontró la horma de su zapato.
Mi mujer se ríe y opina malévolamente que, a pesar de los cuernos, Alex debe estar recibiendo de su mujer algo más de lo que acostumbraba. Tal vez su vida anterior de borrachín no le daba tanto: pura alharaca y a la hora de la hora, nada.
“¡Verdaderamente esa mujer debe tener su gracia!”, dice mi esposa con un tono más libertino que el de todas las suripantas que he conocido en mi vida. Y Dios sabe que suman legión.
No le hice pues caso y, como estábamos en los toros, me concentré en la faena. Toreaba Ponce. Ella va a los toros, como de repente me acompaña a algún cabaret, para constatar que esos terribles placeres masculinos son puras bobadas de hombres que se niegan a crecer: que se envician con un triciclo, con unos trenecitos.
Resentí la facilidad con que una matrona (porque es voluminosa mi señora: no se podrá decir que la he matado de hambre), que se sentía en el paraíso entre sus pudines y sus plantitas, despreciaba nuestras irrefrenables nostalgias de garañones juveniles; y con una lascivia sobreactuada me le quedé mirando descaradamente a una amazona suculentísima que vociferaba a unos metros, en el tendido de sol. Mi mujer se rió más:
—¡Anda, pero háblale, no te le quedes nomás mirando! ¡Eso quisiera ver! ¡Que de veras esa chamaca pelara a un borrachín cascado como tú! ¡A lo mejor te hace recordar lo mucho que has olvidado! ¡Desde hace años! ¿Quieres que te ayude, que la llame? ¡Señoritaaa!
—Bah, no seas celosa, mujer.

2 comentarios:

JOEL dijo...

Tu puta madre ¡¡¡ No me has hecho llorar puesto que soy muy hombre para hacerlo pero acaso es que has husmeado en mi futuro ¿¿??

Por tus relatos me doy cuenta que no debes ser mucho mas joven que mi padre, probablemente hasta se conocen de algún tugurio o antro de esos que ya cada vez hay menos.

Gracias por estas letras que me han puesto a reflexionar sobre un par de cosas, entre ellas mis amistades, mis vicios.
Y por supuesto me has hecho recordar historias de gente sabia.

Álvaro Itzamá DR dijo...

Me ha hecho reír mucho señor Joaquín, la desgracia de los sobrios es terrible, ya no digamos insoportable, insuperable y otros ins- que no se me ocurren por el momento. Cómo muy bien apunta, asuzando a los daimones, el compañero JOEL: "acaso es que has husmeado en mi futuro ¿¿??"