domingo, 11 de octubre de 2009

LEWIS CARROLL



CÓMO SALVAR A ALICIA

por José Joaquín Blanco
Buena parte de la literatura escrita en inglés del último siglo y medio trata de ingleses que quieren parecer norteamericanos y de yanquis que intentan britanizarse, para el supuesto escándalo de ambas sociedades. Poe soñaba con castillos escoceses, Henry James y T. S. Eliot se instalaron en Londres; Stevenson quiso sacudirse todo su Museo Británico y ser tan aventurero y natural como un californiano, innumerables románticos de Londres imitaron a Whitman; Huxley, Auden e Isherwood se instalaron en Los Ángeles y Nueva York. Los Estados Unidos parecían simbolizar el universalismo, el cosmopolitismo, lo natural, lo nuevo; Inglaterra lo insular, el peso de las tradiciones, el conservadurismo programático.
A W. H. Auden se le ocurre oponer Alicia en el país de las maravillas a Huckleberry Finn y Las aventuras de Tom Sawyer, esas obras maestras de “literatura infantil”, que también son gran literatura para adultos, como expresiones antagónicas de los sueños de ambas sociedades. En la obra de Lewis Carroll, la hermosa Alicia es una pequeña dama que busca el orden y protesta contra el caos del mundo, se indigna porque la realidad se sale de las normas supercivilizadas; en las de Mark Twain, los barbajanes escuincles se molestan con las normas de la civilización y juegan a ser pequeños salvajes, llenos de inocencia natural y de travesuras anarquistas. Claro que Alicia se divierte con el caos del mundo. Claro con Tom Sawyer se divierte con la tiesa sociedad de los adultos. En otra clásica obra de Mark Twain, también exitosa “literatura infantil”, El príncipe y el mendigo, nada menos que el niño rey inglés juega a ser un “niño de la calle”, una especie de Alicia en el mundo bárbaro fuera de la corte, mientras que el chamaco callejero se instala en el mismísimo trono, como un Tom Sawyer en Inglaterra. Ambos tienen mucho qué corregir en los inesperados mundos en que los instala su trueque de papeles, gracias a su parecido físico. Twain llega incluso a proponer —en esta confrontación de civilizaciones—, lo que le pasaría a Un yanqui en la corte del rey Arturo. A W. H. Auden se le ocurre imaginar cómo los norteamericanos leerían Alicia en el país de las maravillas.
La “surrealista” obra de Lewis Carroll es un viaje civilizado por el mundo del caos. Fue inspirada, como La divina comedia, por una chiquilla de apenas diez años. Carroll adoraba a las niñitas bien educadas, las llevaba a pasear, inventaba cuentos para ellas; era la época pre-freudiana en que un solterón podía pedirle a sus amigos casados que le prestaran por un día a sus hijitas, pero solas, porque todo el encanto de las pequeñas damas se manifestaba sólo cuando estaban bien lejos de sus mamás, papás, tías y chaperonas. Se le ha buscado un erotismo avieso a Carroll, como si para anticipar la pedofilia de Lolita, hubiese necesitado urdir libros tan complicados como Alicia en el país de las maravillas y A través del espejo. Los padres de sus amiguitas jamás encontraron ni sospecharon malas intenciones en Carroll.
A final de cuentas, la infancia a veces sí es encantadora, y contarles cuentos precisamente a niños ha sido desde los tiempos más remotos el placer más exquisito y difícil de los narradores: los niños —y especialmente las niñas serias e inteligentes como Alicia— toman los cuentos muy en serio, exigen más, son más difíciles de sorprender. Aunque sin el talento extraordinario de Carroll, infinidad de escritores se han propuesto esa difícil meta: de Grimm y Andersen a Peter Pan, El Mago de Oz y las sagas de Tolkien.
Auden quiso recopilar poemas carrollianos (The Oxford Book of Light Verse) y aun escribirlos, pero no en el sentido absurdista de Edward Lear, sino en el de perfeccionar la vocación de juego de la literatura. Pero juego en serio: “Lo que Alicia encuentra tan extraordinario entre la gente y los episodios de esos mundos es la anarquía, que ella siempre está queriendo volver sensata y ordenada. Toda la estructura de A través del espejo está basada en el ajedrez, y el pasatiempo favorito de la Reina de Corazones es el cróquet —juegos ambos que Alicia sabe jugar bien. Para jugar un juego es necesario que los jugadores conozcan y obedezcan las reglas, y que sean lo suficientemente hábiles como para hacer las cosas correctas o razonables al menos durante la mitad de tiempo. La anarquía y la incompetencia son incompatibles con el juego. El cróquet jugado con erizos, flamingos y soldados en lugar de las pelotas, mazos y aros es concebible siempre y cuando aquéllos estén decididos a imitar el comportamiento de estos objetos inanimados, pero en el País de las Maravillas se comportan a su antojo, y el juego ya es imposible de jugar. En el mundo de A través del espejo, el problema es diferente. No es como en el País de las Maravillas un sitio de anarquía completa, donde cada quien hace y dice todo lo que se le viene a la cabeza, sino un mundo completamente determinado sin posibilidad de elegir...” (Forewords and Afterwords).
Los libros de Carroll, como toda obra maestra que ha superado la prueba del gusto de una docena de generaciones en todos los países, admiten múltiples lecturas, y muchas explicaciones de su éxito. Entre ellas, la mala lectura: hay quien admira su “surrealista” mundo-al-revés, como una épica del absurdo. Auden subraya que debe admirárseles precisamente por lo opuesto. Lo maravilloso es la mente de Alicia, no la galería de barajas y conejos; es una épica de la sensatez, enfrentada a la prueba del caos, y no la glorificación del absurdo. Por algo Carroll era lógico y matemático, y encontraba más pensamiento serio y hábil en las tres chiquillas Liddell —Lorina Charlotte, Alicia y Edith—, que en sus colegas a Oxford, con los que siempre estaba de la greña.
A su modo, aunque en un sentido más ético que lógico, la glorificación de la infancia en Mark Twain es otra vuelta a la seriedad. Más que sus escapadas y sus travesuras, lo admirable del mundo de Tom Sawyer es su seriedad ética. Los chamacos toman en serio su mundo, y a sí mismos, como ya no lo harán después, cuando aprendan a negociar con la realidad y con su propia conciencia. Una edad de oro de la moral, que habrán de seguir soñando Scott-Fitzgerald, Hemingway y Faulkner, los detectives de la “novela negra”, Salinger, los beatniks. Tom Sawyer, acaso, formaría filas con el conejo y con la Reina de Corazones contra la marisabidilla y fresota de Alicia, quien a su vez protestaría contra el escuincle que quiere saltarse todas las reglas, o inventar las propias, cuando todo mundo sabe que lo más cuerdo es dominar las ya establecidas largamente por la sociedad.
“El héroe-niño norteamericano —¿existen niñas-heroínas norteamericanas?—, dice Auden, es un Buen Salvaje, un anarquista, y aun cuando piensa, lo hace sobre todo en lo que tiene qué ver con el movimiento y con la acción. Puede hacerlo casi todo menos quedarse quieto y sentado. Su virtud heroica —esto es su superioridad sobre los adultos— radica en su libertad de los modos convencionales de pensar y de actuar: todos los hábitos, de las costumbres a la creencias, son considerados como falsos o hipócritas, o ambas cosas. Ya están desnudos todos los emperadores. Alicia, seguramente, ha de ser vista por el norteamericano promedio como un shock.”
Pero los recursos de los Estados Unidos son infinitos: Walt Disney impuso, sobre los libros, su propia Alicia en dibujos animados: toda una anticipada invitación al “viaje”. Años después, la “ola inglesa” de los sesentas, pobló el mundo con Tom Sawyers veinteañeros, los hippies, quienes fumaban, como la oruga, una pipa de hashish, y lograban sus sueños de Alicia en el país de las maravillas y A través del espejo con ayuda del LSD. ¿Ambos extremos se reconciliaron finalmente en El Sargento Pimienta? ¿O fue en De camino, de Kerouac, o en Almuerzo desnudo, de Bourroughs? ¿O con los Rolling Stones?

1 comentario:

Pablo dijo...

"Los padres de sus amiguitas jamás encontraron ni sospecharon malas intenciones en Carroll". Estás totalmente equivocado.

En marzo de 1863, Carroll había fotografiado ya a 107 niñas. Brassaï colige que el autor quería con ello «conservar el espíritu de la infancia». Pero Isabel Monzón lo corrige con una pregunta: «¿Hace falta desnudar cuerpos infantiles y fotografiarlos para conservar el espíritu de la infancia?».
La argentina relata la historia de Carroll con Alicia Liddell, a quien conoció en 1862. Al parecer, en 1865 los padres de la pequeña le prohibieron que se acercara a ella y a sus hermanas, y rompieron todas las cartas que Dodgson le había escrito. Ante las afirmaciones de sus biógrafos de que Carroll nunca haya sido un abusador de niñas, Monzón es rotunda: «Como ellos se dedican a la literatura, sus reflexiones tendrían que ceñirse a su especialidad».

Es curioso que cites también a Samuel Clemens:
Tras una vida azarosa, en la que trabajó en numerosos oficios, Twain formó en sus últimos años un club personal para niñas, llamado Angel Fish Girls. Esta creación se ha documentado en la correspondencia de Samuel Clemens –verdadero nombre de Twain- (1905-1910), editada por John Cooley (Universidad de Georgia, Estados Unidos 1991). También se habla de este hecho en la obra de John Cooley titulada The Mississippi Quarterly, donde uno de sus capítulos lleva el significativo título de ¿Inocencia en casa? al hablar sobre el club Angel Fish. En Mark Twain and sexuality, de M. Jones, publicado en 1956, también hay una discusión sobre el amor platónico del escritor hacia las niñas.
El secretario personal de Twain también llegó a escribir que, cuando el autor de Las aventuras de Huckleberry Finn se mudaba a un nuevo lugar (los traslados de domicilio en su vida fueron una constante) «buscaba nuevas niñas pequeñas. Se emocionaba cuando veía aparecer un par de pequeñas piernecitas y si la niña vestía lazos con forma de mariposa en la parte de atrás de su cabeza, entonces su delirio era completo».
El americano escribió también sobre sus recurrentes sueños acerca de ninfas vírgenes, y en una colaboración para un periódico llegó a pedir que se aboliera la edad de consentimiento (una petición que sigue siendo habitual en los pedófilos de hoy en día, como veremos luego). Hay autores que consideran que esta atracción pedófila de Twain fue consecuencia de una posible demencia senil. Pero sus coetáneos contaban que a los 72 años se veía aún bastante vigoroso al escritor, que nadaba como un jovencito a esa provecta edad. En una estancia vacacional en Bermuda, en 1908, dos años antes de su fallecimiento, Twain escribía que en su primer desayuno lo primero que se encontró fue a una niña pequeña sentada a una mesa para dos y entabló conversación con ella. Con pequeños trucos, como si estuviera ligando con ella, consiguió saber cómo se llamaba y que tenía 12 años y un mes. «Fuimos íntimos amigos, inseparables de hecho, durante ocho días. Cada jornada dábamos paseos», apunta el fundador del Angel Fish".