domingo, 19 de julio de 2009

La prima Trini

LA PRIMA TRINI
Por José Joaquín Blanco
Para Alejandro Meneses

1
Me había olvidado por completo de mi pueblo. Estoy tan integrado a la Ciudad de México que siento como si hubiera nacido aquí. Pero nací en las afueras deshilachadas de un pueblo seco y casi anónimo donde no pasaba nada: calles vacías, tiendas vacías, y estudié en su única aula para los veinte chamacos mugrientos que cursábamos los diversos grados de primaria.
Quedé huérfano antes de aprender a hablar, pero con mucha familia: sobre todo mujeres. Los hombres desaparecían rumbo a la capital o a los Estados Unidos. Quedaban muchas tías y primas, entre las que me fui criando, ahora en una casa, ahora en otra, haciéndola de mandadero o de cargador en el mercado, o prestándoles infinidad de menudos servicios a cambio de su amparo.
No es tan tormentoso ser huérfano como aparece en las telenovelas. El chico madura antes, se ve obligado a pensar y actuar por sí mismo, y goza de pequeñas libertades o ambiciones que no suelen conocer los hijos de familia: como la de largarse un buen día a trabajar y estudiar la secundaria a la Ciudad de México, con apenas el modesto apoyo inicial de una colecta entre las primas y las tías. No existían muchas raíces profundas que cortar.
Tuve suerte en la ciudad y me olvidé del pueblo. Al principio les escribía a menudo, y las visitaba una vez por año; luego sólo les enviaba tarjetas de navidad. Luego nada. Ellas también me fueron olvidando un poco: cada año les nacían más hijos, primos y sobrinos que atender.
Pero hace unas semanas me llamó la prima Trini. Larga distancia por cobrar, desde la farmacia del pueblo. Que el gobierno andaba construyendo una gran carretera que iba a pasar por encima de buena parte del panteón municipal. Estaban cambiando el panteón a otra parte, y cada quien debía ir a exhumar los restos de sus parientes más cercanos y mudarlos al nuevo, muy moderno, con jardines, fuentes y altos muros para minicriptas.
La prima Trini no podía encargarse de la populosa familia que teníamos en el panteón, sólo de algunos de los parientes más cercanos. Me pedía que fuera yo a recoger los restos de mis padres, y que en lo posible cooperara para el traslado de tantos tíos abuelos y bisabuelos de los que nadie se acordaba ya, más que de nombre, pero que se amontonaban en una docena de “perpetuidades” vecinas. No le parecía justo que fueran a dar a una fosa común, ellos, los más antiguos, los olvidados, que habían sido precisamente los compradores de las perpetuidades que disfrutó toda la enorme familia por cuatro o cinco generaciones. Casi un siglo. Pero todo se acaba, por lo visto, hasta lo “perpetuo”.
Hace cuarenta años escapé del pueblo en tren, con mi ropa en una caja de cartón. Era un trayecto directo a la Ciudad de México, aunque duraba horas y a cada rato parecía que iban a destartalarse los vagones oxidados. Mis ojos estaban llenos de esperanza, y miré por la ventanilla cómo, después de dos o tres horas, desaparecían los llanos monótonos de zacate, la terca aridez de las serranías, y aparecían las verdes granjas, los ranchos cercados, los poblados modernos, las fábricas, las ciudades.
Recuerdo las escenas de campo de ese viaje más que otra cosa en la vida. Ahora sencillamente tomé el avión a Zacatecas, y luego, en una conexión anacrónica, un autobús guajolotero, tan ruinoso y traqueteante como aquel tren, que iba subiendo y bajando campesinos de todo tipo en pueblos y rancherías.
Alcancé finalmente a ver los trabajos, los socavones, las montañas de arena, las grandes máquinas amarillas, de la nueva carretera que se iba acercando irremisiblemente al panteón de mis mayores. Llevaba en una maleta infinidad de chucherías para mujeres. No sabía a cuántas tías y primas habría de visitar.
El pueblo mostraba dispersas y borrosas señales de progreso. Al apearme del autobús vi un enmarañado, improvisado cableado eléctrico. Descubrí antenas de televisión en tienditas y pollerías, hasta en alguna casa. Las principales calles estaban enchapopotadas y sentí como que los pies se hundían y se pegaban un poco en esa especie de colchoneta negruzca y brillante, por la que circulaban puras carcachas.
Había varios esqueletos de automóvil estacionados por ahí, de los que a la buena de Dios se irían tomando partes para quién sabía qué usos. ¿Un espejo retrovisor se encontraría ahora instalado en un coqueto tocador de quinceañera? ¿Las llantas convertidas en columpios, los tapones en charolas? ¿Algunas partes de la carrocería se habrían vuelto remiendos en las chozas techadas con lámina?
Visité ante todo la iglesita espantosa (moderna, con “arreglos globales” —grupos de globos de colores, pues—, en lugar de florales, sobre el altar; y dibujos de El Buen Pastor, con su cayado y sus ovejas, y de El Ciervo Herido, o sea Bambi, completamente inspirados en Walt Disney.) El evangelio y los salmos en su insolente simplicidad de cartoons.
La placita tenía su media docena de árboles enfermos y sus columpios chirriantes, como siempre. Deglutí como pude alguno de los dulces de leche quemada, manjar de mi infancia, que vendían una especie de mendigos en la acera del Palacio Municipal.
Y entré a ver al munícipe, un compadre desconocido pero también, como lo descubrimos después de una media hora de genealogías, un poco pariente. Amable, huevón, cinicazo. Calcetines transparentes; chorros de loción vetiver. Le tuve envidia.
Se encontraba completamente feliz en su pueblo inútil; su exiguo salario municipal, más algunas igualmente módicas exacciones a trasmano, le permitían tener su casita en forma en el centro, y sus dos o tres casas chicas por ahí. Le gustaban el dominó, la televisión (que ocupaba el lugar de honor en su oficina) y las borracheras del domingo, después del partido. Se jugaba futbol en el llano de la escuela, que ya tenía dos aulas y dos maestros para los seis grados de primaria. “Más vale ser cabeza de ratón que cola de león”, como decía mi tía Maruca. Mi primo era toda una personalidad en el pueblo.
—¡Apenas llegas a tiempo, primo! ¡Los ingenieros tienen prisa! ¿Qué crees que me aconsejaron? Que no le avisara a nadie. ¿Para qué alborotar a la gente? Dejar que pasara la supercarretera sobre los muertos, como una especie de lápida general...
Pantalón entallado bajo la barriga incipiente. Dos tallas de menos. Ni siquiera así se le notaban las nalgas. Seguro ejercía de Adonis local. ¿Usaría tangas caladas? Los botas de supuesta piel de víbora, brillantísimas. Por lo pronto, varias cadenillas de oro con medallitas de santos y signos zodiacales.
—Y ojalá les hubiera hecho caso. No sabes el revuelo que se ha armado. ¡Hay tanta gente sin un peso en la bolsa pero con veinte esqueletos en su “perpetuidad”...!
Los retratos del gobernador y del presidente, detrás de su escritorio. Una bandera nacional, en su aparador vertical, en un rincón. Un vistoso díptico de fotos sobre el estante: su boda, sus bebés.
—Se están haciendo rebajas hasta del 50 por ciento en los gastos de reinhumación para la gente, digo los difuntitos, que tenían perpetuidades. Pero ni eso pueden pagar. O no quieren... Además, son reabusivos. Hay tumbas en las que se encontraron ¡treinta! esqueletos. No se acababa de pudrir un cadáver, cuando le estaban apiñando otro en el mismo agujero. ¡Hasta treinta!
Ademanes estudiadamente francos, norteños. Al presidente municipal la daba gusto hablar con personas ilustradas, de la capital; tanto mejor si resultaban parientes. Pronto nos veríamos en el Distrito Federal, cuando llegara a diputado.
—“Haga el hoyo más hondo”, nomás le decían al sepulturero. Como quien dice: rásquele más que todos caben... hasta el mero centro de la tierra.

2
Revisamos el registro de perpetuidades. Me alarmé. Mi diligente prima Trini había ido a avisar que su “primo de México” vendría al rescate de los difuntos familiares, ¡pero había palomeado como cincuenta! Chávez, Godínez, García, Bernal. Y aun con el cincuenta por ciento de descuento a los “perpetuos”, los costos de incineración, criptas, tumbas, exhumación y reinhumación resultaban los mismos en ese perdido pueblo de las serranías que en un cementerio de mediana categoría de la capital.
Me escandalizó lo que me parecía avaricia de la prima Trini. En mi infancia su madre figuraba como la parienta rica: poseía animales, puestos en el mercado, un camión de carga, una casa grande, en forma, con dos pisos, patio, huerta y corral. Yo era el huerfanito, el arrimadito. Pero, bueno, a final de cuentas la madre de Trini, la tía Maruca, se había erigido en mi principal benefactora durante mi orfandad; me había tenido viviendo con ella dos o tres años, me compraba ropa y juguetes. ¿Había llegado el momento de pagar? ¡Pero tanto de golpe! ¿Y de veras todo ese medio centenar de Bernales, Garcías, Godínez o Chávez eran parientes cercanos? Porque parientes más o menos distantes pues todos en el pueblo lo éramos.
Ordené de inmediato la mudanza de mis padres, de los abuelos y de dos tías cuyos nombres reconocí (¡incluso el de la tía Maruca!). Se trataba pues de una suma considerable.
—Ya veremos con la prima Trini a quiénes más salvamos —dije—. Me gustaría visitar la tumba de mis padres, antes de que la abran.
Recordaba una tumba sencilla. Simplemente una cruz de madera, una laminita cuadrada con sus nombres y fechas, y un jardín mínimo a manera de lápida, que las primas y las tías tenían siempre fresco. Eran devotas de los muertos, y solían irles rezando a todos, tumba por tumba, como en viacrucis. Desyerbaban las tumbas, sembraban plantas resistentes.
—Lo único es... que no se va a poder —dijo filosóficamente el munícipe—, porque ya preparamos esa zona desde hace dos meses. Los ingenieros tienen prisa. La supercarretera viene por La Consentida (un almacén de forraje a la entrada del pueblo), y nos amenazaron con que iban a echar pavimento sobre el terreno, con muertos o sin muertos. Pero ya tenemos a los difuntos bien clasificaditos.
El primo munícipe era cada vez más amable. Seguramente ya había calculado cuántos pesos podía exprimirme, o al menos conseguir que le invitara unas buenas horas de borrachera, con el pretexto de recordar seres y tiempos idos. ¡Y quién sabe! Podría necesitar ayuda cuando se instalara en la capital, como diputado.
—¡Quiero ver los restos! —exigí con brusquedad.
—¡Pues lo único es que... eso tampoco se va a poder, primo!, porque están encerraditos... y quién sabe dónde ande el cabrón de Cipriano.
Claro que me acordaba del cabrón de Cipriano. Un renco hosco y bigotón, siempre colorado de tanto solazo, de quien se decían cosas terribles: que enterraba a trasmano, sin conocimiento del Ministerio Público, a algunos asesinaditos; que extraía los dientes de oro, incluso de cadáveres recientes, y se los vendía a los joyeros de Zacatecas; con ese dinero compraba a casadas en apuros económicos y hasta a niñitos, y les hacía cochinadas en la propia capilla del panteón; que poseído por la mariguana y el aguardiente hablaba con el diablo, a gritos, por la noche, entre las tumbas. Nada más faltaba que recitase “El ánima de Sayula”.
Todas las generaciones de chiquillos, supongo, han tenido a dos o tres valientes que se escapan de casa en la madrugada para espiar al cabrón de Cipriano. Con quien había que quedar bien a cualquier costo, pues podía secretamente vengarse de tal o cual familia en la oscuridad de la noche, en los restos de los parientes difuntos. Toda la confianza del pueblo respecto a sus muertos estaba depositada en él.
Me imaginé al munícipe y al enterrador, coludidos, en su gran negocio de restos de tumbas: angelitos de yeso sin un ala; Inmaculadas de falso mármol, degolladas; pedazos de cruz, de columnitas, de guirnaldas, de jarrones y jardineras.
Seguramente algunos pueblos vecinos pronto lucirían en masa, remendados y remozados, los restos decorativos de nuestro panteón viejo.
El cabrón de Cipriano siempre se ha sabido de memoria qué tumbas cuentan todavía con deudos, y cuáles ya han sido abandonadas al polvo y al olvido. Probablemente desde muchos años atrás saqueaba y vaciaba las tumbas olvidadas. Por fortuna, primas como Trini velaban por la docena de nuestras perpetuidades.
—Pues lo único es que... hay que buscar al cabrón de Cipriano —le exigí, con sorna—; ahí, con cualquier chamaco. Total, en este pueblo nadie nunca anda muy lejos... —Y para suavizar la conversación—: Mientras nos echamos una cervecita.
Supe, al estar diciendo estas palabras, que en un minuto Cipriano podría ensamblar seis esqueletos, con cualquier tipo de huesos, y vendérmelos como los de mis papás, mis abuelos y mis tías. Intenté presionar al munícipe mediante la codicia:
—¿Y no sabrás de una casita, de un terrenito por aquí, que no sea muy caro? Ya estoy harto de la capital. Uno anda siempre aterrado con tanto delincuente, y la contaminación. Además en la capital nadie lo conoce a uno, se anda solo entre multitudes. Anda uno como sin raíces, al capricho del viento. A veces se me antoja volver al terruño, arraigarme en mis orígenes y vivir modestamente de mis ahorritos.
Con cierta envidia vi los gestos grandilocuentes con que paladeaba su cerveza Pacífico, como si no hubiera mejor gustador de cerveza en el mundo. La ostentosa virilidad con que se limpió la espuma que se le había pegado hasta en las narices. La mirada autocomplacida y fulgurante con que se dijo: “A este inocente lo desplumo de tantos o cuantos miles de pesos”.
—Uh Uh Uh... pues hay varias. Pero no vayas a comprar nada sin consultarme, primo. Muchas propiedades están intestadas o hechas un lío burocrático, o con hipotecas. Yo te consigo una muy buena, baratita, en orden.
—Desde luego te tocaría una buena comisión, primo.
—Desde luego, primo.
El chamaco regresó. Que el cabrón de Cipriano estaba en el panteón viejo, y que mejor lo fuéramos a buscar allá porque no iba a descuidar su trabajo por pendejadas.
—Poco respeto hacia la autoridad municipal, primo.
—Ya conoces a Cipriano. Además ya anda en las últimas. Casi sordo, casi ciego. Ojalá nos dure siquiera para acabar de desenterrar a todos los difuntitos, ¿porque dónde consigues otro sepulturero? Cipriano nomás porque nació en el propio panteón, a lo mejor ahí mismo lo concibieron, y aprendió el oficio de su padre. Y ahí a trasmano hace crecer sus hortalizas, bien abonadas...
Y efectivamente, el viejo panteón parecía un campo de batalla, lleno de agujeros como trincheras. Vi unas pilas de esqueletos al aire libre, bajo los pirules: los que acababa de desenterrar.
—¡Ánimo, ya te faltan pocos, Cipriano! —dijo el munícipe.
Apenas una cuarta parte del panteón permanecía intocada.
—¡Que va! ¡No se terminan nunca! Abres cada hoyo y te encuentras un titipuchal de finados, como en madriguera.
—Aquí el licenciado, mi primo, quiere ver los restos de unas tumbas de los García, los Godínez, los Bernal y los Chávez. Los de la señora Trini pues.
—¿Verlos? ¿Qué, desconfía de mi?
—Para nada, don Cipriano. Pero en fin, los padres de uno son los padres de uno. La sangre obliga.
—Pues será otro día porque ahorita tengo mucho trabajo.
Un poco de dinero y un gesto del munícipe decidieron al cabrón de Cipriano a meterse en la capilla del panteón, que tenía convertida en pudridero y osario. Me confortó un poco que se tardara más de media hora. Si se trataba de defraudarme con unos esqueletos al aventón habría necesitado apenas unos minutos. Pero se tomó su tiempo.
Regresó. Nos hizo entrar. La oscura capilla abandonada apestaba a albañal. Huesos mondos como de piedra, cartón o madera, junto a otros informes, con adherencias de tejidos como harapos, y algunos semipodridos que todavía no se acababan de secar. Y algunos costalitos nauseabundos con trozos ínfimos o polvo.
Advertí con cierto consuelo que muchos esqueletos (pero no todos) tenían amarrada una etiqueta en el fémur o en las costillas, pero también descubrí de reojo, en los rincones, montones de cráneos y pedacería varia. ¿De veras estaría yo afanándome por el eterno descanso de los huesos de los míos, o por un azaroso ensamblaje de vecinos enigmáticos? ¿Qué caso tenía entonces trasladarlos al panteón nuevo?
—¿Y qué van a ser con los finados que nadie reclame?
—¡Uta, son la mayoría! —respondió el edil—. El cura no quiere la incineración. Que por aquí sobra terreno baldío. Y que no es muy cristiano eso de andar quemando huesos con tanta facilidad y en masa, dice; y que, además, cualquier día puede llegar un deudo: ¿y qué le enseñamos? Ni modo: tendrán que apretarse en la fosa común. Eso sí, con su misa de tres ministros y todo.
—Por fortuna la señora Trini me avisó de estas tumbas. Así que les puse empeño especial —tartamudeó don Cipriano, algo diabólico y cadavérico él mismo, mimetizado con su material de trabajo, con sus ojos medio nublados bajo los párpados carnosos.
Estaba como encogido y contrahecho: apenas lo reconocí por el bigotón en escobeta de siempre, completamente cano, pero amarillento de tabaco, y el pie renco, con su zapatote ortopédico parecido a un adobe.
—Por ahora nada más estos seis —decidí finalmente—. Ya Trini les dirá luego qué otros.
—Pero no hay mucho tiempo: la supercarretera se nos viene encima.

3
Del panteón nuevo no vi sino un llano cercado de alambre de púas: una docena de tumbas muy recientes, sin lápida todavía; un muro como estante vacío, lleno de huecos para minicriptas. Y dibujos de cómo imaginaban que quedaría. Parecía algo babilónico.
Pagué con cheque. Tuve que entregar en efectivo una especie de multa al munícipe, pues no hay banco en el pueblo y tendría que mandarlo cobrar a la ciudad más cercana. Al cabrón de Cipriano también le dejé su buena propina, con la amenaza de que la prima Trini vigilaría su trabajo, y yo mismo, cuando regresara semanas más tarde.
Visitamos el munícipe y yo tres o cuatro casonas, de las mejorcitas, cuyos dueños estaban más que interesados en venderlas al instante y largarse a cualquier otro pueblo.
Una de ellas, parcelada, deformada, convertida en vecindad y carbonería, era aquella finca que me parecía lujosísima, donde yo había vivido dos o tres años al amparo de la tía Maruca y donde había jugado a los novios con la prima Trini.
—¿Pues no sabes lo que pasó a la muerte de doña Maruca? —me dijo el remoto primo al notar mi azoro—. Sus siete hijos se pelearon a balazos por la herencia. Murió uno de los muchachos; el otro estuvo en la cárcel de Zacatecas unos meses, y se escapó a los Estados Unidos...
Resplandecía su rostro al hablar de violencia. En ese pueblo muerto seguro las únicas fiestas verdaderas eran las de los balazos. Se emocionaba hasta la euforia al relatarme el drama:
—Todavía sigue el juicio de intestado, aunque algunos de los hermanos ya de plano se dividieron la finca a las malas. A ver quién les va a decir que no... Y ni siquiera con ésas se tranquilizan. A ratos vuelven a balacearse, pero ya no se tiran a matar, nomás a desfigurarse un poquito... Y ya tampoco presentan denuncias. Que son cosas de familia, dicen. Allá ellos. El municipio sólo cuenta con tres gendarmes, nomás para cuidar la plaza y el Palacio Municipal. ¿Así era en tus tiempos, primo?
El precoz munícipe rozaría los treinta años. Le respondí:
—Entonces nomás había dos, y siempre estaban borrachos.
No quise preguntarle por el destino de la prima Trini, a quien me disponía a visitar poco después. No quise que su vulgaridad, su obsceno arribismo, la tocara. Me acordaba de Trini cuando era mi novia, de ocho años. Decíamos que éramos “novios nomás de juguete”, porque resultábamos primos hermanos, y los primos hermanos no pueden casarse “sin una dispensa del papa”, decía la tía Maruca. “Pero así de juguete, de juguete, sí pueden ser novios”. A lo mejor la tía Maruca me amparó, me alimentó y me vistió para que yo fuera el compañerito, la mascota de la prima Trini. Me tenía embobado. Y así, la tía evitaba que su nena se juntara con escuincles desconocidos.
Hablábamos mucho de escribirle una carta al papa cuando fuéramos mayores. Trini era la única hija viva (dos más habían muerto pequeñitas) y la consentida de la tía Maruca. Parecía que más que criarla, jugaba con ella. La tenía siempre extravagantemente vestida de princesita o de muñeca, con ropa que confeccionaba ella misma como en un delirio de fantasías.
Trini hizo su primera comunión con un atuendo de angelito tan espectacular que provocó durante años el rencor popular. Se veía preciosa, delicada, finita. “¡Pero mira qué lindura, si es un dulce!”, exclamaban las comadres. Todas las otras niñas de primera comunión llegaron nomás bañadas y estropajeadas al ahí se va, con cualquier percudido vestidito blanco y ya.
Festejamos la primera comunión de la prima Trini con una gran tamalada, a la que sólo asistió una depurada antología de sus amiguitas. Nadie podía creer la decoración del pastel, lleno de conejitos de malvavisco. Mi tía Maruca no bajaba la voz al afirmar que Trini era la única niña fina del pueblo, y que la iba a mandar a estudiar en un internado de señoritas de la capital, para que se casara con un millonario.
Curiosa la debilidad de la tía Maruca, una matrona tan dura con todos sus hijos varones y con la gente en general: una viuda famosa como avara y agiotista, por su niña-muñeca. No podía dejar de adornarla, de besuquearla. Algunos desgraciados decían que la trataba menos como hija que como mascota, como perrito fino, pues: “de los que dicen french puddle”. Sólo faltaba que la expusiera en un nicho, como al Santo Niño de Atocha.
Me despedí del primo edil, quien a cada momento borbotaba grandes proyectos inmobiliarios para mí, y me encaminé a la dirección que me había dado la prima Trini. “Es una colonia nueva, del lado del río”, me había dicho.
No encontré río alguno, sino un cauce seco y pestilente; y “la colonia” se conformaba por una centena de barracas de madera. ¡El angelito con colorete, rizos entre listones y vestidito de satén y tul; con sus pies pequeñitos y perfectos en sandalias doradas, ahí! ¡Tanto que la envidié en la infancia, como hija legítima y además favorita, dueña de un gran futuro! La princesa de los cuentos de oro.
Trini me reconoció de lejos. No son muchos los capitalinos de traje, con maleta, que se aventuran por esa “colonia nueva” cundida de perros, cerdos, pollos y chorrientos nenes encuerados.
—¡Primo, primo! —clamaba como en remedo de un episodio infantil.
Vi a través del aire borroso, como líquido, una escena irreal. Respiré hondo y pensé que también yo había cambiado. Trini debió haberme visto canoso, arrugado y flaco. Una especie de avejentado agente viajero. Cuarenta años son cuarenta años. Yo vi, contra toda verosimilitud, a una mujer gorda, colorada por el sol, desgreñada, con un vestido sucio y roto. Le faltaban varios dientes.
Apartó a gritos a los chorrientos nenes, perros, cerdos y pollos que se interponían entre nosotros y me abrazó con un furor sofocante. Un aroma rancio, acedo. Me llenó el rostro de besos mojados, incluso demasiado cerca de la boca.
—¡Primo, primo, qué gusto volverte a ver!
La vida había sido dura para ella, dijo, pero no se quejaba. Tenía cinco hijos. El mayor ya hasta le llevaba dinero. (No le tocaba a ella saber cómo lo obtenía, supongo.) No, no del mismo marido: de varios. Se había casado más o menos bien con un fuereño ambicioso, técnico del gobierno, de la Comisión Hidráulica, pero “no nos comprendimos”, dijo con el gesto enigmático de la escena de telenovela.
Quedó desamparada y con dos chiquillos a la muerte de la tía Maruca. Sus hermanos no le hablaban: líos de la herencia: “¡Mamá siempre le dijo a todo mundo, y muchos han ido al juzgado a declarar, que la casa era para mí sola, para mí sola! ¡Y sus joyas, y sus muebles, y su dinero en el banco! ¡Mis hermanos no me dejaron ni siquiera un vestido!”. Lloró un poco sobre mi pecho.
Más tarde improvisó unas quesadillas en un brasero. Sacó de detrás de unas cajas una Coca-Cola tibia, intacta, que me tenía reservada. Y bueno: una mujer necesitada no estaba en posición de escoger quién la ayudara, ¿no? Y ¿de qué iba a vivir, si no sabía trabajar en nada, y peor con los dos primeros chiquillos?
Así fue intentando nuevos amores: con que la aceptaran con los dos niños ya era ganancia; y pariendo metódicamente hijos de otros hombres, que desaparecían, satisfechos, tras el parto. “Ninguno se ocupa de traerles ni un taco siquiera”. Pero pronto se acabaría su martirio, pues tres de sus cinco hijos eran varones, y entrarían a trabajar. El mayorcito...
Sólo las dos niñas estaban en casa: tan sucias y dejadas como la madre. Tenían las edades que le conocí a la bella Trini. Ocho, diez años. Las sacó a que se ocuparan de los perros, puercos y pollos, y pudiéramos platicar a gusto en la habitación única de la casa. Sentí como un tiempo estancado. No había nada para mañana. Sólo pasar el día de hoy como se pudiera, y sin hacerse ilusión de ningún tipo. Como animalitos, pues: comiendo lo que fuera, y echándose a dormir donde cayera. ¡Y pensar que todo en la niña Trini había sido lustre, ilusión, fantasía!
En mitad de la barraca había un enorme retrato de estudio, con marco dorado, de la tía Maruca; reconocí su grueso medallón guadalupano de oro macizo al cuello. Se decía que venía de Roma, bendito por el propio papa, y que con sólo tocarlo se ganaba indulgencia plenaria.
—Entonces pensé en ti. Ves que no estoy en posibilidades de pagar tanto en el panteón. Apenas la voy pasando con el lavado, con la costura.
Vestía niños dios y los domingos expendía carnitas al borde de la polvosa carretera vieja. Sus hijos la ayudaban.
Le dejé todos los obsequios que llevaba en la maleta. No me quedaban ganas de visitar más primas ni tías. Me despedí tan pronto como pude, con la garganta hecha un cacto, y escapé casi corriendo de mi pueblo, donde casi todos somos parientes.
Y mientras caminaba por la carretera vieja, rumbo a la parada; y en el estruendoso autobús guajolotero, sofocante en su miseria y en su atmósfera de tiempo enterrado; y durante el irreal trayecto en avión; y desde entonces hasta ahora mismo que lo escribo, no puedo concebir que esos camotes varicosos de la prima Trini fuesen las piernas del dorado angelito de primera comunión que concentra lo mejor de mi infancia.
La prima Trini era el lazo mayor con mi pueblo. La vejez me cerca y luego, los huesos. He dispuesto que me incineren, y convertirme rápidamente en polvo.
Por lo demás, también he decidido desentenderme del todo de mis muertos. “Dejad que los muertos se ocupen de los muertos”. Que no queden raíces ni simulacros de raíces.
Acabo de enviarle un giro a la prima Trini, para la salvación de más restos de nuestra populosa familia. Pero querría que se quedara con el dinero, que se comprara algunas pomadas para esas várices.
O al menos unos zapatos nuevos, porque me partió el alma ver sus pies lodosos y regordetes, hinchados, deformados, en unas chanclas que no eran sino viejos zapatos reventados, cuando me despedía en el cenagal de los cerdos que rodeaba su casa.
Por eso escucho con escepticismo cuando la gente habla de sus “raíces”. Las raíces tienen algo de enterrado, de sucio, de malsano, de podrido. ¡Tanto mejor las plantas aéreas! Me imagino que soy un huérfano entre el viento de la ciudad, sin otro origen ni mayor destino que el viento. He educado a mi hijo para que prescinda de mí. Mi ex-esposa no necesitó tal educación, y ha vuelto a casarse.
No quiero dejar tumbas ni recuerdos. Aunque a ratos sea difícil tratarme a mí mismo como brizna, como nada. Y me pregunto qué habría sido de mi vida si me hubiera quedado en el pueblo; si Trini y yo hubiéramos llegado juntos a la edad de escribirle una carta al papa, para pedirle esa “dispensa” tan mentada.

2 comentarios:

kokury dijo...

wooo!!!
Me encanto tu forma de escribir!!!!

Aluziner dijo...

Genial el relato, llegué aqui por medio del blog de Sergio Zurita, felicidades por el blog!, ya lo tengo agregado a mis favoritos.

Saludos!