sábado, 6 de junio de 2009

RECUERDO DE VERACRUZ

RECUERDO DE VERACRUZ
Por José Joaquín Blanco

Para Aurora Tejeda y Alberto Román
Los turistas son gente rara, ya lo sabemos, pero ¿habría que tomárselos a mal? ¿Acaso no tienen derecho de serlo? No gastan su dinero sólo para viajar y pasear, tirarse de panza al sol, comer y beber de más; lanzar grandes exclamaciones ante la vegetación y las puestas de sol (aunque aquí, en Veracruz, no se exhiban los exagerados crepúsculos del Pacífico), sino también para convertirse durante unos días precisamente en esas criaturas extravagantes con camisetas de dibujos y letreros ridículos; trajes de baño, hot-pants y bóxers de colores chillones; gorras de papagayo, gafas oscuras, cámaras fotográficas o de video, caseteras portátiles a todo volumen, escuincles gritones y exigentes. Y ese como nerviosismo, como estado de trance, casi de magia (así sea una magia de circo), mediante el cual se hacen la ilusión de rescatar, por unos días, algo perdido de sí mismos, algo aventurero hasta un poco salvaje, o romántico.
No se conforman con un mero desplazamiento geográfico, ni con cambiar drásticamente el ambiente encerrado y opaco de sus departamentos y oficinas por el sol, el mar y las escenografías pintorescas: quieren, además, una especie de glorificación de su personalidad, unas como vacaciones de su propia existencia cotidiana: ser otros (más trópico, más corazón) durante siquiera un parpadeo.
Y claro que se transforman, ¡y en qué personajes! Cada cual su propio carnaval. Cada brujita octogenaria lleva toda la primavera encima, puesta, de plástico, portátil. Cada cuarentona compite con todas las modelos de pósters de bronceadores. Cada padre de familia, blancuzco pero con minúscula tanga detonante bajo la panza de huevo, ensaya ante las divas en bikini los piropos que, hace veinte años, gritaban los galanes en las películas. (Yo sé que no has pasado de moda, Mauricio Garcés.) Los escuinclitos, con una petulancia nueva, que no les sería soportada en la escuela ni en el hogar, cumplen con creces las más horribles pesadillas de Herodes.
Cada cual es su propio carnaval, por docenas de miles, en plena temporada. Las playas, los restoranes y los hoteles llenos de cientos o miles de carnavales individuales simultáneos, todos sonando y brillando y chirriando a la vez; pero cada cual indiferente al contiguo; cada cual a todo color, a todo volumen, lleno de luz y sonido en su aislado performance.
Digamos que todo el puerto se llena de súbitos escaparates vivos por doquier, como en concurso innumerable, sin un paseante que se detenga a mirarlos. ¿Para quién pues actúan, se atavían, posan, gesticulan los turistas? Bueno, pues será para los humildes y taimados lugareños, que ya ni siquiera nos reímos. Hemos visto tanto. Hacemos nuestro negocio, siempre con nuestra proverbial cortesía jarocha, y los despedimos también con grandes aspavientos: ¡Vuelvan pronto!
A veces, en mi aburrimiento de cantinero universitario, je (dos años de economía, otros tantos en Ciencias y Técnicas de la Información, en Xalapa y el Distrito Federal, pero finalmente cantinero, en el local que heredé de mi padre), para estirar las piernas y ayudar a la digestión, me voy un rato a pasear, a turistear a los turistas, a someterlos a exámenes de sociología o sicología instantáneas, a matar el tiempo. ¿A lamentar el turista que no pude ser?
Fue así cómo, la temporada pasada, descubrí a tres mariconazos (dicho sea sin ofender) en Los Portales. Como se sabe desde Sonora hasta Yucatán, en Veracruz los homosexuales no espantan a nadie. Nos hemos echado desde hace tiempo ese trompo a la uña. Tanto los extraños, que entonces nos favorecen con su turismo (y son menos ruidosos y más dadivosos que las familias llenas de escuincles, y con la abuela y el perico), como nuestros chamacos vagos o pobretones, que en las buenas temporadas se hacen ricos durante unas semanas mediante el viejo oficio del mayateo. Claro que a veces se dan los muertitos, los apuñaladitos, los robaditos, los extorsionaditos, pero a nadie le conviene hacer aspavientos, que sólo denigran nuestra turística hospitalidad, je.
Estaban pues los mariconazos (sin ofender) con sus cervezas y sus tequilas a media tarde, después de la siesta, esperando que oscureciera y se presentara algo en qué divertirse. “El hastío es un pavorreal” etcétera. Hacía un calor espeso, y en la plaza se estancaba un silencio abochornado, que los escasos graznidos de los zanates no hacían sino apuntalar. Sudaban a mares, como sólo suda un turista.
Seguro ya habían nadado en Mocambo, ya se habían asoleado, ya habían pretendido jugar volibol con otros turistas y algunos chicos de la playa; desde luego ya se habían paseado en lancha por la laguna de Mandinga y habían comido mariscos hasta reventar en Boca del Río, oyendo sones y huapangos. Hasta se habían echado una siesta. Y ahora trataban de despabilarse con los tequilitas y las cervecitas. Ya vendría la noche que “tiene la sombra de una mirada criolla”.
Uno de ellos, Pancho, se creía aún de buen ver, esbelto y acinturado, mostrando sus pies finos de aparador de pedicurista en unos huaraches nuevos. Pero tenía esa belleza, esa juventud equívocas, tan como sostenidas por alfileres, que habría bastado con que alguien silenciosamente se le acercara por detrás y de repente le gritara: ¡buuu!, para que de inmediato se ajara en arrugas, en canas, en tics, en tedio.
Pero los veracruzanos no espantamos a los turistas, todo lo contrario: “¡Mire usted, cómo la brisa y el sol de Veracruz lo han rejuvenecido! ¡La mera fuente de la juventud!” Pancho se dedicaba pues, con absoluta tranquilidad, a imaginarse a sí mismo, guapísimo, renovadísimo, en mitad de una escena pintoresca. “Tarde que se mece con vaivén de hamaca”.
Eran tan obvios sus sueños que, en efecto, a pesar de que los tres —¡los tres!— cargaban sus cámaras aparatosas, un fotógrafo lugareño los advirtió, hizo el teatrito de medir la luz, de caminar dos pasos a la derecha (no, mejor regresarse uno, pero medio metro hacia atrás), esperó a que el bello Pancho ofreciese su mejor perfil, su indolencia más estudiada, ¡y clic! “Recuerdo de Veracruz”. Yo hubiera querido aplaudir.
Aurelio era güerejo y más bien desvergonzado, algo miope. Traía unos pantalones arrugadísimos, echados en bola a la maleta. Miraba con reprobación tanta mosca como se cierne sobre las mesas de Los Portales (y que Agustín Lara omite en sus canciones), y a cada instante tenía que quitarse otra vez los lentes, que se le habían vuelto a empañar, y limpiarlos con un paliacate amarillo apeñuscado, lleno de manchas y costras sospechosas. Se abanicaba a ratos con una revista de monitos. (En las vacaciones el turista debe leer puros monitos, y tardarse toda una mañana en una sola historieta de superhéroes interplanetarios. Nada de librotes, que no somos gringos.)
No confiaba tanto, para llamar la atención, en su belleza o su juventud, que las tenía al más o menos (aunque con el calor, el pelo largo y descuidado se le había insubordinado en una maraña indescriptible), sino en su colección de cadenas de oro con medallitas que le colgaban sobre el velloso pecho semidescubierto, en su buen reloj, en algunas pulseras. Tenía razón, y lo sabía. Le cogí antipatía inmediata: es el tipo de turista que revisa las cuentas durante una eternidad, discute con el mesero y hace llamar al encargado, y finalmente poquitea la propina, aunque sus amigos estén dispuestos a ser más distraídos y generosos. ¿Qué es eso de regatear “el cielo de tisú”?
El tercero era Melchor. Cargaba librote (¡que además leía!), como gringo. Estaba ya hecho una ruina en plenos treinta y tantos años. Panzón, calvo, pecoso, rojísimo, jadeante. El tipo de maricones que digo yo que se equivocaron, que nacieron para ser señores-señores, no aventureros eternos; y que más les habría valido casarse con señoras gordas, llenarse de hijos, durar la vida entera en el mismo trabajo estable y olvidarse de problemas. Hacen miscast como putos, dirían los críticos cinematográficos que yo leía en mis tiempos de universitario. Como los chaparrines que se pasan las horas en el gimnasio para construirse cuerpos imponentes; y cuáles, siguen pareciendo fornidas hormiguitas. O ciertos orangutanes, con cuerpo de guarura, como creados para aterrar ciudades enteras, y tratan de hacerse los sensibles cuando salen de vacaciones: andan oliendo flores, admirando artesanías o jugando a los encantados con sus avergonzadísimos hijitos.
Melchor era el más nervioso y sudoroso. Probablemente habría preferido quedarse a dormir y leer su librote; leer y dormir los seis días de vacaciones, sin salir de la cama jamás, a andar consecuentando moscas, vendedores, limosneros, chichifos, tocadores de arpa y marimba, zanates, y amigos reverdecidos por el infalible erotismo del Golfo de México. Él ya sabía que el mundo no tenía encantos. Que es aburrido vivir, pero más aburrido (quizás) estar muerto. Algo filósofo, probablemente, y sin “alma de pirata”.
Traía gruesos calcetines de rombitos bajo los guaraches, a pesar del calor: con toda seguridad tenía ese tipo de sangre oficinescamente chilanga que atrae de un solo golpe a todos los mosquitos de Los Portales. Y luego hay que andar con los tobillos hinchadísimos y manchados de merthiolate.

2
Supuse que estarían lo suficientemente ebrios a las once de la noche, como para considerar aceptable y hasta divertido cualquier jacalón improvisado en “disco gay” (mi cantina no es “gay” ni propiamente una discotheque, más que cuando se llena de gays, es decir los domingos y lunes que no abren los antros famosos; o en buena temporada, cuando los turistas se emborrachan demasiado temprano en Los Portales y prefieren una modesta cantina céntrica, que las célebres discotheques de las afueras.) Apenas era sábado. Tuve la corazonada de que me tocaría atenderlos el lunes o el martes, al final de su tour por todos los lugares recomendados por sus revistas gay. Llegaron el domingo, pasadas las diez de la noche.
De cualquier manera, como el jueves y el viernes, debieron asistir durante toda la tarde y parte de la noche, en medio del ruido infernal de veinte músicos simultáneos con canciones diferentes y otros tantos vendedores y mendigos, al desfile de los muchachos jarochos, a muchos de los cuales habían conocido ya en playas, bares y discotheques. Los saludaban con cautela. No querían comprometer toda la noche desde las seis de la tarde. Y qué aburrido para un turista pasarse la noche del sábado con el mismo nativo del viernes. ¡Ésas no son vacaciones!
Displicentes y altivos esperaban la aparición de muchachos nuevos, de veras interesantes. Los lugareños, a su vez, dudaban entre asegurar su noche de una buena vez, o esperar con “serenidad y paciencia (sobre todo mucha paciencia)” nuevos turistas, de veras generosos, a lo mejor norteamericanos o canadienses. Delataban sus éxitos de la presente temporada por las camisas nuevas, floreadas; los pantalones también nuevos, de moda; hasta (algunos) botas de piel de víbora con punta de acero (bueno: también en Veracruz se dan los ranchos y los rancheros), los cigarrillos caros, el reloj, las cachuchas, los anillos, las pulseras.
Esa tarde de sábado de plano se sentaron a su mesa dos chamacos, que habían jugado una especie de bote pateado con Pancho y Aurelio en la playa, y se quedaron callados. Nomás hola o buenas tardes, y callados. Eran capaces de quedarse callados por horas. Al rato se les añadió sin mayores presentaciones un tercero, larguirucho pero escuinclito, de no más de trece años, con la boca llena de dientes de oro, y unos ojazos verdes de amplias pestañas que iluminaban su tez morena, devastada ya por cicatrices de barros y espinillas.
No les quedó a los turistas sino invitarles unas cocacolas o unas cervezas, y seguir platicando entre ellos, de manera entrecortada y sarcástica, a veces en clave o de plano en inglés, sobre los chicos lugareños: “¿Quieres irte con el mío esta noche, a ver si ahora sí se le para? ¡Pero antes báñalo con jabón y estropajo, apestaba a caballo!”, cuchichearían enigmáticamente Pancho y Aurelio.
Oscurecía. El ruido en Los Portales era más atroz a cada instante. Tocaban al mismo tiempo los mariachis de terciopelo azul y la sinfonola norteña del bar cercano; gritaban los vendedores de collares, barquitos de madera, gorras, aretes y los mendigos, con caras sucias y lastimeras como si de veras se fueran a morir de hambre en dos minutos, si no se les daba dinero pero ya.
Con cierta sorna Aurelio le extendió una quesadilla de la botana a un niño mendigo, qué éste rechazó con asco y casi con protesta moral. Si se va a hacer la caridad, que sea en efectivo, no con quesadillas. “Entonces vete”, le dijo Aurelio, y se la engulló frente al niño mendigo, que transformó velozmente su semblante patibulario en uno de asesino infantil, de veras guajiro, pero prefirió largarse con dignidad de prospecto de pandillero, ante la mirada de un mesero alerta.
Los dos muchachos mayores se rieron del niño mendigo, solidarizándose con los turistas, como mostrándoles que ellos ya eran de otra clase social; el chiquillo de los dientes de oro siguió impávido, como si no hubiese visto nada. “¿Habían sido mendigos de niños, antes de crecer y mayatear turistas?”, preguntó medio en clave medio en inglés Melchor, siempre dado a las cavilaciones. “No, han de ser chicos de escuela y familia; chichifean por vagos, más que por necesidad”, contestó Pancho en el mismo lingo: Nabó, habán dabé saber chabícabos, etcétera. “Claro, los niños mendigos no se vuelven adolescentes guapos; se mueren antes”, intervino Aurelio. “¡Tampoco son tan guapos!”, protestó Pancho.
Guapo, guapo, no habían conocido mayate ni chichifo alguno durante esa estancia en Veracruz. Jovencitos regulares y ya. Cachondones, desde luego: geografía es destino. Sólo la juventud, la piel morena, el meneadito jarocho como de “vibración de cocuyos que con su luz, bordan de lentejuelas la oscuridad”. Decidieron que necesitaban otros tequilas para emocionarse con los muchachos atractivos al más o menos que se exhibían por Los Portales.
Siguieron los tres turistas con comentarios en clave o en inglés durante algún rato, sin que sus acompañantes se inmutaran. Los dos mayores sonreían y saludaban con señas a otros chichifos; se fijaban en la calidad de la ropa de los turistas, adivinaban por la edad, o el corte de pelo, o la gordura, o la calvice, cuál sería más generoso. El tercero los miraba en silencio, como queriéndolos entender, como aprendiendo. Ah, que cualquier aprendizaje siempre es lento y difícil.
De pronto Aurelio desapareció con la conquista de Pancho del día anterior. “A lot of soap! And scratch him to death!”, alcanzó a sugerirle Pancho. El otro de los mayores, cansado de que ni Melchor ni Pancho le concedieran la mínima atención durante horas, dijo caballerosamente “compermiso” y fue a sentarse a una mesa próxima, donde recibió cierta bienvenida de unos marineros gringos.
Pero se quedó en la mesa el tercero, el chiquillo de los dientes de oro, ojazos verdes y tez devastada por las cicatrices de barros y espinillas, a quien no conocían para nada. Callado e inmune al fastidio; su cocacola siempre a la mitad.
—¿Cómo dices que te llamas? —le preguntó Pancho.
—Nicho.
—¿De dónde eres?
—De por aquí.
—¿Qué haces, pues?
—Nomás.
Pancho alzó la mirada al firmamento, para que el cielo fuese testigo de que, de veras, de veras, con cierta gente nomás no se podía; y ya sin disimular con palabras en clave o en inglés, le dijo a Melchor:
—Es absurdo venir a ligar aquí, en cualquier bar de México hay mejor material.
Y se pusieron a añorar frente a Nicho, que ni los oía ni dejaba de oírlos, ni los miraba ni dejaba de mirarlos, siempre con una semisonrisa entre agradecida e inexistente, los mejores bares de la Ciudad de México.
—¿Y tú no tienes nada qué hacer? —le preguntó Pancho a Nicho—. Ya se te hizo tarde. Tu mamá te ha de andar buscando. ¡Y te va a regañar! —esto último lo dijo cantando, en homenaje a la canción “La negra flor” de Radio Futura, que sonaba entonces por todas partes.
Nicho no captó la ironía. Sólo sonrió con sus dientes de oro, y pareció más bebé que nunca, asombrado de que a los turistas se les ocurriera que su mamá lo iba a andar buscando. Pero Melchor creyó vislumbrar cierto rubor en su tez martirizada por tanta extracción de barros a pellizcos, y unas como lagrimotas contenidas en sus ojos verdes; también le temblaron los labios carnosos, demasiado bien formados. Acaso ese chiquillo entendía y sabía más de lo que aparentaba. Había en él algo diferente, distinguido. “Algo especial”, se dijo Melchor. La noche se suavizó un poco. “Noche que se desmaya sobre la arena, mientras canta la playa su inútil pena”, como dice el trovador.
—Vámonos mejor al Diamante —propuso Pancho—, no puede estar más aburrido que este funeral.
El funeral de Los Portales era una muchedumbre en su apogeo. Sonaba la clave, sonaba el bongó. Hasta había bailables folklóricos en algún tablado. Entre el martilleo de la música disco se ahogaban los gritos de Babalú. Pero Pancho se había desesperado de no encontrar por parte alguna al chico de su noche criolla. Había que ir a buscarlo al Diamante.
—No, esta noche no la sigo —dijo Melchor como razonable señor maduro—; ya estoy cansado, al rato me voy al hotel.
—Órale —se despidió Pancho.
Y se quedaron en la mesa, silenciosos, el turista paternal y el aprendiz de chichifo, sin decir nada. Aburrido y sin perspectivas en su adolescencia miserable, el uno; aburrido y sin prospectos en su oficinesca edad más que mediana, el otro. Bueno: Dios los crea y ellos se juntan, digo yo.
Ni siquiera necesito añadir que además de mal puto, Melchor era un mal bebedor. Que cuatro tequilas y dos cervezas resultaban demasiado para él. Que seguía sudando a chorros, como sólo un turista borracho puede sudar. Que lo atarantaban el tumulto, el ruido, la revoltura espesa de suciedad, mendicidad, música desafinada y estentórea, vendedores de baratijas, turistas aguacamayados, chamacos más bien tímidos y desnutridos que improvisaban mala cara y porte pirata para desfilar como padrotillos.
“Son finalmente buenos chicos, todos”, pensaría paternalmente Melchor, empezando otro tequila. Le constaba, por los seis o siete que había conocido en esos días, que al menos eran del tipo pacífico y algo honrado. Qué diferencia con los chichifos de Acapulco. Los dos que se habían ido, por ejemplo, habían tenido oportunidades en la playa de robarles durante un descuido los zapatos o una camisa, y hasta las carteras o las cámaras fotográficas (que por lo demás nunca perdieron de vista) y no: todo había sido tranquilo y de buen modo. Daba gusto ir a Veracruz.
Nicho aceptó una nueva cocacola.
“Tres días de vacaciones, a nuestra edad, seguiría reflexionado Melchor, son demasiados”. ¡Y le faltaban tres! Recordó que pocos años antes, en otro viaje al puerto, había ensoñado la posibilidad de adoptar a alguno de estos chamacos (y miró el rostro, en ese momento más lindo, del chico de los dientes de oro: “¡Pero qué manera de destrozarse la cara a pellizcos!”, pensó); llevárselo a México, meterlo a la escuela, darle un oficio, tenerlo más o menos como novio-ahijadito, para aliviar durante algunos años la tristeza y el ahogo de pasarse la vida más solo que un culo; de puras borracheras los fines de semana en los bares.
Porque a Melchor los ligues en los bares nunca le habían funcionado mucho, ni siquiera en su juventud. Los chicos capitalinos, sobre todo los guapos y los interesantes, querían divertirse el fin de semana y ya; luego volvía él a verlos en los mismos bares, y ni siquiera se saludaban, todos ya demasiado conocidos. Cada cual se dedicaba, nuevamente, a ligar al extraño. Y conforme envejecía, peor.
“Uno viaja nomás para ver caras nuevas, pero siempre son las mismas”, reflexionaría Melchor con otro tequila, ya entre mareos, preguntándose qué carajos hacía así de solo y sin destino sobre el planeta. Quizás se vería a sí mismo viajando año con año a diferentes playas, con libros cada vez más gruesos que nunca terminaba de leer.

3
Lo siguiente fue un escándalo en medio Veracruz, digo, en el medio Veracruz del centro que atiende de noche a los turistas ebrios y a los maricones (sin ofender) y por donde desfilan los pequeños mayates y pícaros habituales. Se supo que, sumidos cada cual en misteriosas reflexiones, casi sin hablar, Melchor y Nicho duraron horas en Los Portales, hasta que todas las fondas y cantinas se despoblaron y los meseros se ocuparon en barrer, fregar y en trepar las sillas sobre las mesas. Bastante después de medianoche.
Melchor se había puesto a pedir más tequilas y cervezas de las que podía consumir, de modo que se le acumuló una barrera de tarros y caballitos, lo cual permitió que el imberbe Nicho agarrara también, a trasmano, una mediana borrachera sin que la casa quebrantara la ley, pues se le habían servido los tragos al señor, ya más que mayor de edad. Nicho tenía su media cocacola propia, pero de pronto tomaba un trago de alguno de los tarros o caballitos de Melchor.
Algo debieron haberse dicho. Esas escuetas frases definitivas que se supone deciden la vida, cuando uno las dice o las escucha en el momento exacto. Pero nadie los oyó conversar (en parte, me explican, porque Melchor, que se cayó dos o tres veces de su silla, materialmente ya no podía articular palabra); ni se les vio echarse las miraditas tiernas, cogerse de la mano, ni los consabidos arrumacos a los que en este libérrimo puerto sí se atreven públicamente los gays con sus ligues lugareños.
Nada, muy serios el señor y el niño, calladitos y completamente correctos. Y eso empezó a llamar la atención, porque entonces, ¿de qué se trataba? ¿Qué se traía ese par, que no lucía para nada como padre e hijo, sino como turista ebrio y calvo e infante semiharapiento, pero que tampoco parecían una comparsa prostibularia? Nicho se veía larguirucho, pero con tal carita de mocoso que resultaba absurdo o extravagante considerarlo mayate, aun precocísimo.
Los meseros trataron de alertar a Melchor contra un posible ladronzuelo. Inútil; de hecho, al pedir la cuenta, fue Nicho quien tomó con toda familiaridad la cartera de Melchor y contó los billetes, después de tres o cuatro intentos fallidos de nuestro estimado visitante por distinguir los billetes verdes de diez pesos de los de doscientos. Y se retiraron juntos. El esmirriado pero correoso Nicho llevaba casi en vilo la rotunda figura veraniega del calvo Melchor.
La siguiente etapa fue una gritería en el vestíbulo del Hotel Imperial, recientemente remozado. El “escuincle” no estaba registrado y el establecimiento “se reservaba el derecho de admisión, por la seguridad de los propios huéspedes”. (Definitivamente el Veracruz bohemio no existe: es una invención de Agustín Lara.) Hubo intercambio de insultos entre Melchor y los empleados y amenazas por ambas partes de llamar a la policía. Ni siquiera se le permitió a Melchor largarse con sus maletas, porque compartía el cuarto con Pancho y Aurelio, y “no se les fuera a perder alguna pertenencia a los otros huéspedes”. Debió partir en mitad de la “noche tibia y callada de Veracruz” en busca de uno de los hoteluchos de paso de los alrededores del mercado, menos estrictos en cuanto a “derecho de admisión”.
Dos o tres horas después, en el mismo vestíbulo del Hotel Imperial, Pancho y Aurelio, que habían regresado ya de sus aventuras con una ebriedad más controlable, se arrancaban los pelos y se gritoneaban con los empleados ante la posibilidad de que, a esas horas, Melchor ya hubiese sido acuchillado por ese enigmático delincuente infantil. Pues de que había pequeños asesinos, los había. Y todo era tan raro. “¡Pero cómo lo dejaron ir! ¿Tiene idea de adónde fueron?”
El dependiente, para entonces ya bastante divertido, les sugirió que llamaran a una patrulla y peinaran todos los hoteles baratos del puerto. Y listo. Y dos bostezos. La mención de la policía desagradó a los compungidos mariconazos (sin ofender) y prefieron tomar un taxi e investigar por su cuenta; regresaron poco antes del amanecer, sin éxito, lívidos, ceremoniosos. Casi viudas.
Sólo hasta el mediodía localizaron a Melchor y a su misterioso acompañante, desayunando jarochas suculencias en plena Parroquia (la nueva, pues). Para entonces Nicho había sufrido una total transformación. Melchor lo había llevado de boutique en boutique para sustituir sus semiharapos con un brillante vestuario de niño turista.
Le compró una camiseta con toda la familia Simpson estampada al frente, a colores; unos shorts kaki llenos de bolsillos; una cangurera azul que atiborró de cremas y lociones contra barros y espinillas; unos descomunales zapatos tenis Nike, que fueron la envidia de cuanto jarocho lo vio caminar, en la cumbre de su éxito, rumbo a la nueva Parroquia.
Nicho también quedó decorado con un anillo de sospechosa plata (su signo zodiacal), una gruesa cadena y medalla de supuesto oro (La Milagrosa); un reloj de pulsera (un sonriente dinosaurio en la carátula) y un gorrito de marinero, blanco, de grumete, con la vistosa leyenda “Recuerdo de Veracruz”.
Los meseros de la Parroquia y algunos parroquianos, en guayabera, que lograban concentrarse en su dominó a pesar de las marimbas, escucharon los improperios de Pancho (la ira transformaba sus modales de dandy en desplantes cinematográficos de cabaretera histérica) y Aurelio (el pelo güero enmarañado como coiffure de la señora Simpson y los lentes empañados) contra Melchor.
Nicho siguió devorando, impasible y medio sonriente, muy seguro el cabroncito de su buena estrella, su gran fuente de enchiladas con pollo.
Melchor fue llamado (en español, en inglés, en clave) a la razón, a la mesura, al sentido de las proporciones; hasta se le recordó que aun en el tolerante y alburero Estado de Veracruz se castigaba la seducción de menores.
Acaso en otra entidad federativa de nuestra mojigata República los comensales se hubieran escandalizado. Aquí tomaron la política de que el turista siempre tiene la razón; y muertos de risa ante esa especie de nativo de escaparate (en miniatura), de monito decorado con atavíos y abalorios turísticos, que les resultaba el voraz Nicho, aplaudieron.
¿Quién le iba a creer a Melchor que ahora, pasada la mitad del camino de su vida, harto de soledad, desengañado del sexo mercenario de fin de semana, había decidido adoptar inocentemente, dizque sin lujuria alguna, un ahijadito que lo acompañara en la tediosa y deprimente senda de sus días? Pero en Veracruz estamos tan acostumbrados a oír cualquier cosa de los turistas que los jugadores de dominó de las mesas vecinas siguieron riendo, y aplaudieron de nuevo.
—¡Es que de plano no te mides! —gritó Pancho, y emprendió dignamente la retirada con Aurelio—. ¡Nos vemos en el hotel!
—Ahorita los alcanzamos —dijo Melchor, con toda entereza e inocencia, como un sensato padre de familia cuyo lema fuese: “Todo a su tiempo: los problemas, después de almorzar”.
No resultó tan aquiescente la actitud de la tropa de mayatitos, hamponcillos, vendedores de cualquier cosa, movedores de ombligo, chulos y demás pícaros ante el encumbramiento de ese advenedizo infantil, a quien apenas conocían de vista.
Se escandalizaron. Eso sí era inmoral. Nicho nomás se andaba haciendo el huerfanito para robarle todo, pero todo, al señor chilango medio raro. Y que no dijeran que no le ponían. De que le ponían en la cama, le ponían. ¡Y quién sabe cuántas cochinadas sí hacía y se dejaba hacer el Nicho, para recibir tan de golpe tantos regalos, especialmente los tenis Nike!

4
Con arrogancia Melchor cerró su cuenta en el Hotel Imperial y se hizo transportar con todo y Nicho y equipaje en un taxi al permisivo hotel que los había amparado.
Hubo algún intercambio ríspido de despedidas, en sordina, entre Melchor y sus amigos, que se quedaron tumbados en los sillones del vestíbulo en medio de la mayor consternación. Aurelio limpiaba desoladoramente sus anteojos, otra vez empañados. Pancho intentaba consolarse con la contemplación de sus pies perfectos, sobre los que no habían pasado los años. El empeine era ideal.
Los cultos lectores que leen cuentos como este en libros y revistas literarias acaso ignoren que en pueblos y rancherías premodernos, especialmente de tierra jareosa como las costas, los hombres de edad madura y hasta los ancianos de repente recurren, con la aprobación general, a esta ancestral fuente de la juventud y se hacen de amantes jovencitas, casi niñas. Fuera de los modernos centros de cultura suelen abundar las parturientas de trece años. Y esas parejas de edades tan dispares, esos injertos de padre (o abuelo)-amante y de esposa-hijita, dan lugar a chistes y sones, pero hallan su modo de acoplarse, a veces más florida y apaciblemente que los matrimonios normales. Los japoneses han escrito muchos jaikús al respecto.
Pero los chamacos jarochos no quisieron pensar en ello. Los tenis Nike, la medalla y el extravagante sombrerito de grumete de Nicho los sacaban de quicio. Era algo loco, ridículo, hasta inmoral. A nadie le pasaban cosas así. Era como encontrarse tirado un billete de lotería, que resultase ganador del premio mayor. Un cuento como La Cenicienta entre putas de zanja; una telenovela gay a lo María Isabel.
La envidia del bien ajeno es una pasión poderosa, y los chicos de las playas y Los Portales conspiraron. Conspiraron en Mocambo, en Mandinga, en Boca del Río, pues los chismes en Veracruz son veloces, para convencer a Aurelio y a Pancho de que el loco de su amigo corría un peligro atroz. Que Nicho, así de mosquita muerta con sus dientes de oro y todo, había robado y traicionado a todos los que confiaron en él; que había matado, pero con un puñalote de este tamaño, a sus propios padres: por eso andaba haciéndose el huerfanito; que había estado en un orfanatorio, en la cárcel de menores, y que la policía lo había liberado sólo para usarlo de gancho y soplón, y esto y lo otro; juraron, además, que en cuanto se fuera su colorado y pecoso protector, le iban a dar su merecido. O antes: que nomás les avisaran, si al Nicho se le ocurría pasarse de listo. Porque aquí en Veracruz no era de hombres hacer esas cosas. De buena fuente sabían que el tal Nicho ni siquiera era veracruzano, sino de la Sierra de Puebla.
La noche del domingo tuve cantina llena, en parte por este chisme. Llegaron temprano Melchor y Nicho, siempre silenciosos, sin abrazarse ni cogerse de la mano, nomás transmitiéndose puras ternuras y pensamientos entrañables con los ojos; se corrió la voz y empezaron a juntarse los chamacos a la puerta, espiando a Nicho y comentándose cosas al oído. Algunos le hacían gestos amenazadores a espaldas de Melchor. Pensé que querían apedrear a la mujer adúltera, como dice el Evangelio.
Luego aparecieron Pancho (toda su donosura descompuesta por la preocupación: un puñado de tics nerviosos) y Aurelio (que se enjugaba la frente con un paliacate amarillo sucio y apeñuscado), y se sentaron en mesa aparte, que pronto admitió a una palomilla de los pícaros de la calle. Ya fuera porque los rumores del peligro le hubiesen metido miedo, o porque considerara poco seguro mi humilde establecimiento, el caso es que para entonces Aurelio ya se había despojado, precavidamente, de todas sus joyas. Parecía más bien algo hippie, con la marañota de pelo y su fina ropa bastante arrugada.
Algo de trabajo me costó mantener el orden: correr a los vagos que sólo querían molestar a los tórtolos sin consumir ni una cerveza (bueno, sin conseguir que se la invitaran, pues); renconvenir a los que de pronto chiflaban una burlesca marcha nupcial o hacían la pantomima de una novia coronada con una servilleta de papel en forma de barquito; y hasta sacar a empellones a algún grandulón que le puso una zancadilla a Nicho cuando iba al baño (lo hizo caer y mancharse sus shorts kaki llenos de bolsillos). Incluso, decentemente, llamé a la discreción al propio Aurelio, que un poco contagiado de la vulgaridad de la chusma (y tal vez envidioso de que alguien de su edad todavía se entregara a los sueños del “amor del bueno”) se había improvisado unos dientes de oro con la envoltura de sus cigarros. Y cantaba: “Una vez nada más se entrega el alma...”
Melchor y Nicho lo soportaron todo: así de grande parecía su amor. Supe luego que habían ido a la cantina a despedirse de Veracruz, su última noche en el puerto; antes habían caminado plácidamente por la costera, hasta la estatua de Ruiz Cortines: se disponían a tomar al día siguiente el camión a México, rumbo a su nueva vida juntos, para siempre, en ese departamento amplio frente a un parque, en un séptimo piso, que Melchor le había descrito a Nicho como todo un reino de tranquilidad y vida dichosa: microondas, televisión, videocasetera, compact disc, nintendo, computadora. Tenía un perro afgano llamado Dick.
A pesar de sus desavenencias, algo se dijeron los tres maricones capitalinos (sin ofender). Tuvieron un breve conciliábulo, secretísimo. Parecía que hubiese cuentas que arreglar o cosas por el estilo. Pancho hablaba y hablaba, Aurelio asentía; Melchor escuchaba serenamente, con paciencia, y finalmente les entregó sin resistir todas sus tarjetas de crédito. Pancho recobró en parte su juventud tan histéricamente interrumpida. Aurelio se aplacó levemente la melena con los dedos.
Sea como fuere se dijeron demasiado. Melchor y Nicho se marcharon primero. Media hora después, Aurelio y Pancho. Y nadie en el puerto ha vuelto a ver a esos tres chilangos por acá. Eso pasa con algunos turistas, se hacen célebres entre nosotros durante dos días y no regresan sino, notablemente deteriorados, cinco o diez años después. Pero los jarochos, agradecidos y afectuosos con el turismo, nos acordamos a veces del vestido mamey de alguna güera, de la manera de reírse de algún barbón, de la tacañería o prodigalidad de tales o cuales. Todos hacen el oso y no se los tomamos a mal. Felices ellos, que pueden.
A quien sí vi la noche siguiente fue a Nicho, con la camiseta de los Simpson desgarrada y un diente de oro menos. Andaba descalzo, sin los tenis Nike.
Estuvo espiando horas frente a mi cantina, por si llegaba su tórtolo maduro y calvo. No lloraba. No puedo decirles si fue abandonado mientras dormía en el hotel, en plena madrugada; o si ya en la central de autobuses Melchor lo mandó a comprar cigarros, y desapareció.
Nicho me pareció algo estúpido con la cara llena de diminutas curaciones blancuzcas sobre sus barros y sus espinillas. Y sus grandes ojos verdes, ojotes como de caricatura infantil, brillaban bajo su blanca gorrita de grumete, que a la luz de la luna dejaba leer desde mi mostrador toda la frase: “Recuerdo de Veracruz”.