miércoles, 5 de noviembre de 2008

DOS LIBROS DE JOSÉ MARIANO LEYVA

Retratos con paisaje
Una temporada con los espíritus
por José Joaquín Blanco

Si en 1975, año del nacimiento de José Mariano Leyva, se le hubiese ocurrido a algún historiador estudiar el espiritismo, probablemente habría sido calificado de frívolo o delirante en las universidades mexicanas. Sin embargo, siempre ha sido del conocimiento público la fuerza que tuvo ese tipo de pensamiento, filosofía o religión en vastos sectores de la sociedad mundial del siglo XIX y hasta la fecha (todos los días, a todas horas: en prensa, radio, tele, conversaciones), y que contó entre sus adeptos a no pocos intelectuales, políticos, militares y empresarios de importancia.
¿Por qué no estudiar al detalle esa mentalidad en México, sobre todo si se recuerda que aun en su propio momento escandalizaron tanto el notorio espiritismo de Teresa Urrea, la Santa de Cabora, ligada a la rebelión de Tomóchic -una de las mayores crisis del Porfiriato-, como de Francisco I. Madero, el revolucionario antirreleccionista? Los espíritus conjuraron contra Don Porfirio, y es posible, sospecha Leyva, que éste, en venganza, haya contribuido al ocaso de las sociedades y publicaciones espiritistas,
Nuestras ciencias son supersticiosas y suelen partir de aporías anticientíficas, como la de distinguir de antemano lo trascendente de lo banal. Hubo millones de estudios reiterativos sobre la tienda de raya y pocos, en realidad ninguno de importancia, sobre esta modernización del impulso y la necesidad de trascendencia personal, orden cósmico, significación de la existencia, que Leyva demuestra que admitió un culto abundante. Y que, en mi opinión, no es sino una etapa histórica de una misma tendencia, que se encuentra a partir del neoplatonismo, la astrología judiciaria, la alquimia y la cábala desde los primeros tiempos de la colonización española -para no hablar del pensamiento indígena-, y que alcanzó ciertos momentos chuscos en los años ochenta del siglo pasado cuando dizque se descubrió -en realidad, siempre se supo: ella misma lo cuenta- que Sor Juana era “ocultista” y leía a Athanasius Kircher, y que los soldados y clérigos novohispanos acudían a técnicas adivinatorias, con diversos manuales que se han descubierto entre los archivos inquisitoriales.
Una tendencia que vimos resurgir, con perfiles aún más cómicos en los años sesenta ante las “videncias” de los libros del Don Juan de Castaneda, que resultaron al menos parcialmente una impostura (pero después de haber engañado a muchos infatuados pensadores y a millones de lectores semiilustrados), y que habían sido precedidas por diversos “videntes” que apreciaban la mezcalina (Artaud, Huxley, Michaux), y en las recientes posiciones New age y postmodernas. Pienso por ejemplo en las aún frescas “cosmovisiones barrocas” que, dizque apoyadas en la teoría del Big Bang, nutren muchos escritos alegóricos de Severo Sarduy. Hoy en día ningún teólogo ni científico pueden oponerse tan categóricamente a la posibilidad de vida en otros puntos del universo, una de las más escandalosas proposiciones del espiritismo de Kardec y Flammarion.
Pero predominaban, y subsisten, las arrogancias aporísticas del pensamiento poderoso, tanto religioso como científico o académico, entre lo serio y lo banal, que nos llevan a dedicar arduos tomos a teóricos que casi nadie lee y escasa atención a las inquietudes espirituales de multitudes, de las que no siempre están exentos los sabios y los poderosos.

EL ESPIRITISMO ERA UN HUMANISMO
La primera parte de El ocaso de los espíritus. El espiritismo en México en el siglo XIX (Cal y Arena, 2005), de José Mariano Leyva, despliega con agradecibles amenidad y generosidad intelectual el desarrollo del espiritismo planteado por Allan Kardec, y nos revela, contra lo que pudiera esperarse, que consistía en todo menos en un oscurantismo: era un sensato producto necesario, se diría indispensable, del positivismo.
Respondía al avance científico y tecnológico de su tiempo, pero a la vez ofrecía lo que el cientificismo oficial denegaba: el lugar de la persona en el mundo y el cosmos, el sentido de la existencia, el orden de las cosas, la trama de los sentimientos y las ideas, la relación de la persona con sus vecinos, con sus muertos y con Dios, y una jerarquía y una fundamentación de valores para llevar la vida diaria.
Es notable su orden racional y su método de pensamiento, propio de un siglo científico, y más notable aún su énfasis en la ética que, como se sabe, suele preocupar más a los herejes y a los descreídos que a los meramente encauzados en una comodina religión establecida, que cuenta con las trampas de la gracia y las limosnas. En el fin del siglo XIX francés incluso ocurrió la divertida paradoja de que los grandes pecadores sadomasoquistas, “decadentes”, eran todos creyentes y hasta fanáticos de la Iglesia, mientras que los ateos profesionales parecían en su vida y sus costumbres unos beaturrones muy bien portados de tiempo completo...
El espiritismo era pues un humanismo, para jugar con la frase sartreana; constituía incluso un rescate de la religiosidad, en cuanto otorgaba argumentos modernos y fiables a creencias en lo sagrado que venían apoyándose en goznes ya apolillados y chirriantes. Y si de ese espiritismo quedan, en el recuerdo colectivo actual, sobre todo las caricaturas de las mesas parlantes o giratorias, de los imanes y la ouija, de los fantasmas o aparecidos, de los dictados o susurros de las ánimas, de los escalofríos eléctricos, de los toquidos o ruidos en misteriosa telegrafía, ¿de veras resultan más chocantes que las manifestaciones, métodos o procedimientos de la espiritualidad que aparecen en la Biblia, en los clásicos grecorromanos u orientales, en los Hechos de los apóstoles, en los gnósticos, en la cábala o la alquimia; o en los “infalibles” caminos del conocimiento como la dialéctica hegeliana? ¿La cadena tesis-antítesis-síntesis, que nos esclavizó durante décadas, es más racional que una cadena de invocantes en torno a la mesa de la médium? ¿El imperativo categórico kantiano es más real que los fantasmas? De hecho, la Santa de Cabora sólo añade decoración espiritista de época a la cuantiosa tradición de rebeliones indígenas mesiánicas de México.
La gente numerosa que acudió al espiritismo en las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX en México ni era ni se hacía tonta. Todo lo contrario. Y volcaba en esa doctrina su entusiasmo y su angustia con la misma dignidad y digamos la misma racionalidad con que en tiempos posteriores otras generaciones buscaron iluminaciones diversas. En realidad, la(s) religión(es) cristiana(s) había(n) dejado de iluminar desde mucho antes del siglo XIX. Autores tan serios como Nerval, Hugo, Balzac, Gautier o Henry James, para citar unos cuantos, se refugiaron en la coartada de la literatura fantástica para observar esos misterios.
Es curioso que la bella novela Espírita, de Théophile Gautier, que supuestamente (según afirma su hija Judith en sus memorias) era deliberadamente imaginaria, artificiosa y fantástica, haya sido considerada por el propio Allan Kardec como una videncia auténtica y literal, paradigmática, y en ese sentido la haya prologado. Trata de los amores de una muchacha muerta con un hombre vivo; de cómo le manifiesta su amor desde la otra orilla y lo va atrayendo a su lado. Además de su magnífica escritura, incluso el lector descreído no sabe qué apreciar más, si los rituales de la comunicación espiritista, tan convincentes y emotivos en el texto, o el hecho llano, banal y por ello absolutamente trágico, de que un pobre muchacho dandy se sintiese durante años desamado y absurdo sobre la tierra cuando muy cerca de él, llegando casi a tropezarse con ella en el teatro, en la calle, en reuniones, estaba la mujer de su vida, con la que finalmente irá a reunirse, jubiloso, en las sagradas bodas de la tumba.
Es probable que en Las bostonianas Henry James afrontase asimismo una perspectiva escéptica, pero también resulta evidente la eficacia, el patetismo, el multitudinario convencimiento popular que operaban las médiums, y que sigue operando en el lector actual de esa novela. Con los poemas y las novelas de Nerval -especialmente El Desdichado, Silvia, Aurelia- el terreno es más ambiguo: es posible que Nerval creyera más en sus ficciones que en la realidad, y más en los mundos alternos de las ánimas de Swedenborg que en los periódicos del día. Era todo un Iniciado.
El espiritismo salvaba a la sociedad del ateísmo. Después de la demolición voltaireana, la religión necesitaba el apoyo racional y científico para postular sus dogmas desbaratados. Nos sorprenden e ilustran los vasos comunicantes que José Mariano Leyva encuentra, por ejemplo, entre el espiritismo de Allan Kardec y el pensamiento analítico de Ernest Renan -ambos tratan de resucitar a Jesús ya no como Dios, pero sí como el mayor Guía de la humanidad: “al negarle divinidad, se la duplica”, protestó George Sand-, y de Darwin; así como cierta subrepticia reivindicación luterana en cuanto el espiritismo liberaba al feligrés de la absoluta mediación del clérigo con el más allá y le permitía intentos de ver, oír, sentir voces, auras, signos, flujos por sí mismo...
Hay que recordar que Juana de Arco y Santa Teresa tuvieron experiencias similares, y que ésta última las explica bien claritas en sus sabrosos libros canónicos, pues ya es toda una Doctora de la Iglesia. Juana de Arco, a quien los inquisidores quemaron por “oír voces”; fue canonizada cinco siglos después precisamente por “haberlas oído”.
Francisco de Aldana y Sor Juana escribieron bellos poemas sobre sus “sueños” del más allá. Fray Luis de León encontraba demasiadas conexiones plátónicas con el mundo de las ideas a través de la música de Salinas: se transportaba, viajaba, se confundía con los Arquetipos. La música era su médium. Victor Hugo sostenía importantes comunicaciones con protagonistas de la historia a través de los médiums. Y Madero y Vasconcelos, bueno: el primero necesitó de los espíritus para iniciar la Revolución Mexicana; el segundo, de muy curiosas inspiraciones indostanas para su modernísima revolución educativa.
He mencionado a Juana de Arco, a Santa Teresa, a Sor Juana y a algunas novelas de hombres sobre espíritus de mujeres: las de Nerval, Gautier y Henry James. Leyva nos explica que, entre los rasgos poco recordados pero desde luego fundamentales del espiritismo de Allan Kardec está su equidad de géneros y hasta se diría su privilegio de videncia hacia las mujeres, a quienes se les seguían cerrando todos los caminos de la religión, las ciencias, las humanidades y las artes. Ello se ve no sólo en la proliferación de mujeres entre los médiums, sino sobre todo en el público. Es rara la producción cultural triunfante en los siglos XIX y XX que no requiera mayoritariamente de un apoyo femenino. El público femenino determinó el éxito del espiritismo, como de las novelas de Balzac, de los poemas de Nervo y de Darío, del teatro de Ibsen, de Shaw, de Williams...
Ya Michelet hablaba en La bruja de que, excluidas de los conocimientos permitidos, las mujeres debían marginarse en la Edad Media hacia los conocimientos heréticos, hechiceriles o esotéricos. Toda la época barroca -sus dos siglos completos-, tanto en España como en América, prolifera en tragedias de “alumbradas” o “iluminadas” que de alguna manera debían pensar y explicarse su mundo y a sí mismas, y sólo lo lograban a través de tan perseguidas y loadas prácticas, en las que aleatoriamente resultaban santas o reas del Santo Oficio. El positivismo mocho y machorrón no les ofreció mayor puerta: ellas se abrieron paso por sí mismas en el siglo científico a través del romanticismo y del espiritismo, términos que a ratos me parecen equivalentes. Por ejemplo: siguiendo a Shelley, como lo señaló Luis Miguel Aguilar en La democracia de los muertos, varios de nuestros poetas, notablemente Rodríguez Galván y Amado Nervo, se erigieron en médiums e invocaron a los tlatoanis aztecas para recibir y difundir el mensaje de la Raza de Bronce.

“SERÁS PARA LA PATRIA UN FEDERICK”
Es al modo de una verdadera utopía cultural, una filantropía, como sus contemporáneos ven crecer, desarrollarse y extinguirse en breve tiempo, unos veinte años, la aventura de un prestigioso militar liberal, el general Refugio I. González y su hijo, desplegada sobre todo en la revista La Ilustración Espírita y en la Sociedad Espírita, entre 1872 y 1893.
José Mariano Leyva narra esta aventura modesta y precaria, muy diferente de los éxitos superfinanciados que suelen atribuirse a las obras-de-las-tinieblas y a las supercherías codiciosas, con ojos atentos, reconocidos y amistosos hacia la Ciudad de México que por entonces contaría con unos 330 mil habitantes y que cabía casi por completo en el actual Centro Histórico. Además, recupera al paso tres viñetas brillantes, con admirable garra narrativa: el célebre duelo entre el intelectual espírita Santiago Sierra e Irineo Paz; las aventuras y peripecias mentales de Pedro Castera, el exitoso novelista de Carmen; y la cristalización de espiritismo, antiporfirismo y rebelión indígena mesiánica de la Santa de Cabora.
No es la menor de las virtudes de El ocaso de los espíritus su voluntad de cronicar veraz y sabrosamente el pasado, con dotes de narrador y de cronista, y una agradecible contención de los materiales y herramientas teóricos y documentales que cuando se ostentan, como es moda en la academia contemporánea, apabullan y fastidian al lector con su especiosa pedantería. En el epílogo, Leyva confiesa algunas licencias narrativas para el entramado de su historia, que aplaudo, y que no son ajenas a las que atinadamente usó Michelet en su Historia de Francia y en su Historia de la Revolución Francesa.
José Mariano simplemente nos cuenta al detalle una pequeña historia espiritual y cultural de la sociedad mexicana de los años de Juárez, Lerdo y Díaz. No es gratuito que el espiritismo haya cundido entre militares, abogados y periodistas e incluso curas revoltosos, la clase ilustrada de entonces, ni que aparezca de repente, relativamente ligado al espiritismo, el nombre prestigioso en aquella época del general Sóstenes Rocha.
Por mi parte, recuerdo una “Improvisación” de Manuel José Othón dedicada a él, de historia curiosa, que el padre Joaquín Antonio Peñalosa recoge en las notas a su edición de su Poesía completa (Jus, 1974, pp. 444 y 494). Refiere Peñalosa: “Narra [Rafael] Díaz de León que en uno de sus viajes a México, Othón se encontraba en un café con un grupo de intelectuales y amigos entre los que estaban los generales Vicente Riva Palacio y Sóstenes Rocha. Éste último, famoso por sus hechos de armas, su energía militar, su ayuda generosa a la cultura y su amor al vino. El general le reclamó amigablemente a Othón que nunca le había dedicado una poesía. Othón se puso a trabajar en el acto. No faltó quien pidiera un tema obligado; la asamblea acordó que la musa sería una botella de cognac, que todas las palabras deberían terminar en la letra C y que se concedía al poeta un plazo de quince minutos para terminar el poema”. Esta es la aportación de Manuel José Othón a la memoria mexicana de Allan Kardec, que algo dice de los afanes civilizatorios y antietílicos del espiritismo:

IMPROVISACIÓN
Al Gral. Sóstenes Rocha, fraternalmente.

Si abandonas el uso del cognac
por aquello que dijo Allan Cardec,
y dejas de dar vueltas como airec
con mengua de tu espada y de tu frac;

si recuerdas por fin este vivac,
que hoy recorres pensando en Tuxtepec,
y te olvidas que fue Chapultepec
tu cuna de soldado, y no Mixcoac;

serás para la patria un Federick,
para la sociedad un hombre ad hoc,
y casi hasta un modelo de Van Dick.

Pero si no haces eso, voto en hoc,
a pesar de tu espada y de tu chic
serás un general de Paul de Kock.

(Paul de Kock fue un autor francés de noveletas relativamente libertinas entre grisetas y militares. Supongo que Othón pronunciaba Van Dyck a la española. Que Federick era el general prusiano que derrotó a Napoleón III. Que algunos mexicanos escribían Kardec con dos c. Que Chapultepec era el de los Niños Héroes y Mixcoac el paraíso de las cantinas. Que se llamaba vivac al cuartel, al campamento y, por extensión, a cualquier fiesta o reunión de militares. Sospecho que Tuxtepec tenía que ver con el éxito porfiriano del general Sóstenes Rocha. Que el airec era una especie de rehilete y que, finalmente, los espiritistas le encontraban muchas objeciones al trago.)

NOVEDADES DE LA LIBERTAD DE CULTOS
Resulta más que conmovedor asistir, en el relato de Leyva, al entusiasmo de la pequeña sociedad ilustrada mexicana, recién salida de tantos años de guerra, que se reúne en veladas que duran hasta la madrugada en el Liceo Hidalgo para discutir el espiritismo, la religión y la ciencia positiva. Predomina naturalmente el público femenino y se destacan los perfiles de José Martí, Ignacio Ramírez, Justo Sierra, Vigil, Pimentel, Barreda, Cosmes y de buena parte de la Nomenklatura de los letrados de la época.
José Mariano Leyva señala que el espiritismo y las iglesias protestantes fueron las primeras corrientes beneficiadas por la nueva ley de libertad de cultos, y las introductoras de la pluralidad de pensamiento. Llegaron para quedarse. Y si el espiritismo de Allan Kardec terminaría por perder su prestigio no fue porque sus conceptos filosóficos o éticos fallaran; con ese espiritismo sólo falló, como con por lo demás buena parte de las ciencias positivas y con las religiones, su entusiasmo por los recientes instrumentos y teorías científicas: imanes, aparatos eléctricos, fotografías, fonógrafos... que no se pudo demostrar que registraran a las ánimas. Como por lo demás tampoco están claros los instrumentos religiosos de sábanas santas, reliquias, ampollas con sangre de mártires y santos, cuadros pintados por los ángeles o la Virgen, etcétera. A quienes escandalizó “racionalmente” la ouija no parecieron escandalizarlos Lourdes ni Fátima... ¿Y que tan “racionales” resultan para el lector común, incluso para el lector común ilustrado, el DNA y el Big Bang?
A principios de los años setenta del siglo XIX empezó a haber pluralidad de creencias y de discusión en México, y tocó al espiritismo inaugurarla. José Mariano Leyva nos narra la fresca, entusiasta, a ratos ingenua, nos pocas veces áspera, iniciación de la cultura mexicana en la pluralidad y la diferencia. Y en los nuevos misterios y subversiones, toda vez que el espiritismo quedará ligado por siempre en la historia mexicana a las rebeliones de Tomóchic y a la de Francisco I. Madero. El espiritismo de Allan Kardec, así, fue uno de los protagonistas de la modernidad cultural mexicana.
*

IMBÉCILES ANÓNIMOS, DE JOSÉ MARIANO LEYVA

Por José Joaquín Blanco

Advierto en esta novela de Leyva, además de la intriga de crímenes con su entretejido de víctimas y verdugos y episodios terroríficos, una materia verbal hosca y ríspida para satirizar a una decena de personajes de tiempos recientes en México con sus desencantos, sus adicciones, sus pretensiones y sus fracasos.

Una diatriba ceremoniosa, formal, detallista, ácida, a menudo sentenciosa, que no sólo corre a cargo del autor de la novela, sino de otro autor-personaje dentro de la novela, curiosamente también llamado José Mariano Leyva, y de los demás personajes amargos y desencantados.

Un discurso colérico, pronto a las descalificaciones y a la caricatura, en la tradición moralizante de la sátira. Esta materia verbal hipercrítica no conforma sólo la voz o las voces de la novela, sino asimismo su espíritu, su pensamiento, su atmósfera y su emotividad exasperada.

Se perfila en cierto modo como un juicio sumario del “espíritu del tiempo” de años recientes entre personajes semi-ilustrados y semi-reventados a quienes alguna vez se definió como “posmodernos”, con sus lívidos banquetes de drogas, alcohol y sexo, no muy diferentes en realidad de los que se han registrado en otras épocas.

Ciertos desencantos, escepticismos y hastíos de los imponderables, o “imbéciles anónimos” de Leyva refractan a ratos guiños familiares de sus antecesores de hace más de medio siglo, como en La región más transparente, de Carlos Fuentes o Casi el paraíso, de Luis Spota, o en diversos relatos de Pitol y López Páez; o bien de hace más de un siglo, entre los “decadentes” porfirianos que el propio Leyva-autor estudia en otros textos, como historiador literario.

Sería insuficiente distinguir los personajes de esta novela del perfil de sus antecesores por un desencanto o un escepticismo ideológico. En realidad, no todo mundo era tan ideológico en los demonizados setentas, no todo mundo era intelectual, ni mucho menos.  Y ya desde entonces proliferaban el escepticismo y el desencanto.  Desde mucho antes.

Tal vez esta materia verbal, este discurso no sólo narrativo sino directamente emparentado con el ensayo, sea una contribución generacional de Leyva a los debates de los posmodernismos y generaciones equis o cero diversas que han fatigado el debate cultural durante lustros recientes.

Y en ese marco se traza el enconado hartazgo de lo que alguno de los dos autores Leyva y sus personajes consideran rasgos de la izquierda mexicana de hace veinte o cuarenta años, para no poco desconcierto de sus ya escasos y poco memoriosos sobrevivientes.

El pasado desde luego tiene mucho de imaginario, y sobre todo los pasados no tan remotos que todavía pueden ser sentidos con mucha parcialidad y caricaturizados con la cruda brutalidad con que se deturpa a un colega o a un vecino. A final de cuentas, la negación de las ideologías no es sino otra ideología más. La vida, como siempre, estaba sobre todo en otras cosas y en otras peripecias.

Envuelto en esta materia verbal y cultural, política y emotiva, se va desarrollando un curioso artefacto imaginativo. De una manera no distante de las de Pirandello o André Gide, quienes se complacían en inventar una historia en la que un autor participaba como uno más de los personajes que iba inventando sobre la marcha, José Mariano Leyva inventa un José Mariano Leyva que convoca a sus personajes a un fin de semana en una casa piranesiana en Cuernavaca, donde el terror golpea los desencantos, escepticismos e irrealidades de los personajes con un crimen tremendamente real que los involucra y marca a todos.

Pero que luego, en un retorcimiento narrativo admirable, se revierte contra el demiurgo-Leyva del autor-Leyva para revelarle, en venganza, terrores y crímenes aun más sólidamente reales y personales.

Parte de la eficacia de este libro admirable está en la conjunción del artefacto narrativo, de las peripecias de los crímenes, y de los crímenes dentro de los crímenes, y del discurso colérico y caricaturesco de la diatriba.

Con gran habilidad, Leyva segrega un justiciero discurso nihilista con el que convoca al lector a las polémicas políticas, culturales o conceptuales, mientras que sardónicamente teje, con ese mismo discurso, la telaraña del crimen en la que el personaje-Leyva atrapará a otros personajes quienes, a su vez -todos emitiendo aforismos sentenciosos posmodernos y generación equis-, con su música de mezclas electrónicas y su petulancia cibernética, sus drogas, sus tragos y sus narcisismos, van segregando una segunda tela de araña para castigar al zumbón demiurgo Leyva. Que se lo tenía bien merecido.

Encuentro en Imbéciles anónimos (Mondadori), de José Mariano Leyva, así, un artefacto terrorífico que esconde en el cogollo de su terror otro artefacto terrorífico, para delirio y pesadilla de recientes personajes desencontrados que esconden perfiles e historias de personajes de veinte o treinta años atrás. 

Así, el delirio se desdobla y se refleja, se refracta, se multiplica, en los laberínticos espejos deformantes de la vida y de la memoria. Una especie de fábula al cuadrado que sirve asimismo para anidar, en su urdimbre ceñida, la vida y la conciencia minuciosas de la media docena de personajes convocados a esta experiencia cruel de suspenso, crimen y reflexión sobre la vida al mismo tiempo vacua y violenta de los últimos tiempos.