lunes, 2 de febrero de 2009

PANORÁMICA DEL LIBRO EN MÉXICO

PANORÁMICA DEL LIBRO EN MÉXICO

(aparecido en El patrimonio cultural de México, ed. Enrique Florescano, México, FCE, 1997; 2ª. Ed. 2004; antes se había publicado en la revista Etcétera dirigida por entonces por Raúl Trejo Delarbre)

por José Joaquín Blanco

1.- LIBROS DE PIEDRA, DE CERÁMICA, DE RITOS, DE PINTURAS
De la invención de la imprenta, a mediados del siglo XV, a la aparición de múltiples sistemas electrónicos contemporáneos de registro y transmisión de la información, el libro tipográfico gozó de un monopolio indiscutido. Probablemente durante mucho tiempo más la humanidad siga considerando la escritura alfabética y el libro tipográfico como las más hermosas y útiles invenciones de la historia, pero su monopolio ya es combatido y competido.
Curiosamente, ha sido precisamente en estas últimas décadas de libros nuevos, de nuevos conceptos de registro y transmisión, como los discos compactos y la lectura electrónica, cuando se han revaluado y descifrado los antiguos sistemas indígenas de lectura y escritura: sus viejos libros de piedra en estelas, relieves, estatuas, pirámides; sus pinturas y códices, así como aquellos libros vivos del ceremonial y la transmisión oral.
Los novohispanos y los liberales del siglo XIX despreciaban a las culturas indígenas especialmente por no ser librescas, por contar apenas con remedos del libro, de la escritura alfabética y de la tipografía; los estudiosos contemporáneos, que con frecuencia han echado mano de los sistemas más modernos de computación para descifrar milenarios signos de piedra, no comparten ese desprecio. Y revalúan la máquina de significados de las esculturas y tallados en piedra y de los códices, de los signos pintados en murales y cerámica, de los rituales en que incluso los astros escribían sus mensajes.
Si nos hacemos a la idea de que un disco compacto o un haz de señales electrónicas son un libro, ¿por qué negar que también sean libro una estela, una pirámide, una pintura mural cuajada de signos? Si hay libros sonoros, ¿por qué negarse a los libros coreográficos, o prácticas rituales, en las que los movimientos litúrgicos del celebrante conforman un texto sagrado en vivo? Escapado a la anterior definición tipográfica, el libro electrónico —cable o rayo de símbolos— se emparienta con el libro de piedra —árbol de símbolos.
Al parecer, los libros de piedra, de ritual, de pinturas, de los indios prehispánicos, disfrutaron de algunas de las ventajas del libro tipográfico, y añadieron algunas otras de carácter mágico. A su manera, las viejas civilizaciones sin alfabeto ni tipografía construyeron ingeniosos sistemas de escritura y lectura, a los que se creyó casi mudos durante varios siglos, y que ahora hablan. Antes y después de las prensas y de la tipografía hubo y habrá aparatos de lectura y escritura, "libros" a su modo.
Si por libro consideramos todo objeto inteligente ("redactado", "legible": cifrado, descifrable), todo premeditado sistema de signos susceptible de lectura, cristalizado en algún objeto, podemos ahora remontarnos incluso a los olmecas, mil años antes de Cristo. Algunos de sus libros de piedra eran más estorbosos que los peores tomotes: medían metros y pesaban toneladas, pero han resistido mucho mejor que muchos papeles y pinturas, y todavía están a la vista: algunos, empiezan ahora a no ser solamente vistos, sino leídos. No son solamente esculturas, sino escrituras, con signos (jaguares, serpientes, el maíz); con mayor fragilidad, sobreviven también algunas pinturas en las escondidas páginas de algunas cuevas. El libro visual, colectivo, ceremonial, perdurará ampliamente aun después de la introducción española del alfabeto y de la prensa, en las iglesias católicas saturadas de símbolos, e incluso en los edificios públicos de nuestro siglo, donde floreció la pintura mural.
Quinientos años antes de Cristo, en Monte Albán, los libros de piedra aparecen ya muy evolucionados, con muestras de ser producciones profesionales de un grupo dedicado a la expresión y transmisión de sus mensajes, que eran los de sus grupos reinantes. Ahí ocurre una de las páginas más tremendas de toda nuestra expresión, gráfica o escrita: las imágenes esculpidas de muchos prisioneros capturados en la guerra, castigados con brutalidad —sacrificados—, y convertidos en signos de poder: más de 300 estelas como una "galería del terror" de los enemigos de los reyes de Monte Albán. Aquí se despliega escritura jeroglífica propiamente dicha, aunque todavía escueta.
Durante siglos, la estela de piedra fue el gran libro mesoamericano. La estela es un árbol de símbolos, de imágenes y escrituras. Pronto, como en Teotihuacán, los enormes edificios, las pirámides, asumieron también esa función de monumentales árboles de símbolos, que combinaban la arquitectura, la escultura, la pintura, la escritura, la astronomía y los rituales.
Un libro del tamaño de una ciudad, Teotihuacán aun está indescifrado: pero ya se lee en él algo de divinidades del agua que encabezaban un vasto imperio comercial y acaso militar. Algunas de sus esculturas y pinturas, como el mural llamado Tlalocan o Paraíso de Tláloc y la serpiente emplumada del templo de Quetzalcóatl, se erigen como los textos más felices y plenos de cualquier tiempo en Mesoamérica.
Frente a los libros-ciudades, como Teotihuacán, apareció por esa misma época, una grácil anticipación veracruzana del libro de bolsillo: pequeñas figuras de cerámica, unas "caritas sonrientes", a las que se puede relacionar con el culto a la fertilidad y a los ritos agrícolas, pero que ya evidencian —símbolos ellas mismas, todas ellas culminación de algún éxtasis erótico, religioso o alucinógeno— una cerrada relación entre la plástica y la escritura: están llenas de símbolos en su ropa, en sus joyas y tocados. Son "caritas sonrientes", también caritas llenas de texto.
No hay ediciones de piedra más espectaculares que las estelas y las pirámides mayas, unos trescientos años antes de Cristo. Ahí florece una de las mayores funciones del libro mesoamericano (que ya había asomado en Monte Albán): el calendario, en estelas con inscripciones calendáricas; y en sus signos, el soplo del lenguaje hablado: sílabas pronunciables. Durante mucho tiempo, hasta hace apenas un lustro, se pensaba que la selva de estelas, de esos árboles de piedra cuajados de signos, que proliferan en las ciudades mayas, se dedicaban pacífica y celestialmente a la veneración y al examen de los astros y los dioses. Recientes estudios las han leído por primera vez desde la caída de la civilización maya: son libros políticos, historias de dinastías, guerras, victorias, ascensos al trono, rituales de poder, hechas para legitimar a los reyes ante todos sus súbditos, sus obligados lectores.
Los libros de piedra contenían a veces letras vivas: en los templos, el ritual era una escritura: al hacer ciertos movimientos prestablecidos, el rey representaba un discurso vivo para reforzar el orden cósmico, que sin esos movimientos, sin esa escritura en vivo, podría estar en peligro; y que involucraba la salida y la puesta del sol, la aparición de Venus como estrella de la mañana y de la tarde, así como los "árboles" que sostenían el cosmos. El ceremonial era una especie de sagrada recitación silenciosa, coreográfica, litúrgica, a cargo del Gran Descifrador y Escritor, el propio rey, como ocurría en la pirámide de Cerros. Los ritos, las ceremonias, las fiestas trasmitían y actualizaban conocimientos; eran, incluso, los propios conocimientos, los propios hechos. Los danzantes trazan una escritura vital, instantánea, ante sí mismos y sus espectadores. Como en una página aérea, los cuatro voladores (en el Tajín) buscan los cuatro rumbos del universo, y descienden del cielo a la tierra. Otro tanto ocurría —al precio de la vida— con los jugadores del juego de pelota.
En los libros de piedra también escribían los dioses. Así, en Palenque, la disposición arquitectónica de la pirámide con arreglo a conocimientos astronómicos, permitía que el sol se hiciera palpable y se inscribiera una sola vez al año sobre el Templo de la Cruz, durante el solsticio de invierno, "y durante breves minutos iluminaba como un reflector los bellos relieves donde se representaba la sucesión del rey Pacal por su hijo Chan Bahlum" (Florescano). En Chichén Itzá, todo el pueblo se reunía una vez al año en la gran plaza que rodea al edifico de Kukulkán, para ver cómo en las escaleras de la pirámide aparecía el sol, a manera de una serpiente que iba bajando por ellas.
Eran libros palpablemente ratificados y subrayados por los dioses. Múltiples edificios prehispánicos estaban orientados astronómicamente, como páginas sobre las que el sol debía escribir precisamente tales signos y no otros, precisamente en tales fechas y no en otras (salidas y puestas del sol en los solsticios y equinoccios, y durante su paso por el zenit), como confirmación del orden social y cósmico establecido, de los reyes y las dinastías, ante los ojos reverentes de toda la sociedad, que leía pasmada estos decretos solares sobre libros de piedra grandes como montes.
Herederos de tal tradición mesoamericana, tocó a los aztecas dejar deslumbrantes libros de piedra concentrados, como la Piedra del Sol, Coatlicue, Coyolxauqui: libros-monolitos que escaparon a la destrucción en la que desapareció su ciudad y tantas otras formas de cultura. El calendario azteca o Piedra de Sol no choca a la moderna idea de libro, que comparte con el disco compacto la nueva ciencia de la informática. Las computadoras ayudan a leer los libros prehispánicos. Libro de libros, el calendario inspira toda expresión, toda información: en templos, esculturas, pinturas, códices. Y da lugar a un libro hermético, más allá de la realidad y del tiempo, el calendario-de-calendarios, el calendario del futuro que está enclavado en el pasado (era posible para los mesoamericanos predecir el futuro, porque todo futuro reproducía para ellos puntualmente el pasado): el tonalpohualli o calendario adivinatorio leía el futuro en la exacta reiteración del pasado.
Hubo libros mesoamericanos de viento: la literatura oral, que produjo relatos, como el Popol Vuh o los Chilam Balam, y muchos cantos mexicanos, que circularon por siglos y resultaron más duraderos que el papel y las propias ciudades, hasta que fueron recogidos en alguna transcripción en lenguas indígenas pero con trasliteración alfabética.
Arrogantes por la reciente invención europea de la imprenta, los españoles renacentistas (y sus sucesores barrocos, ilustrados, liberales) despreciaron la literatura oral, que el siglo XX de la radio, el disco, las grabaciones en cassette (y el auge de la literatura etnográfica como consecuencia de la invención de la grabadora portátil), ha revaluado, y que en ocasiones ha llegado a estimar aun más que a la rutinaria y prefabricada literatura escrita.
El Popol Vuh es un libro que ya se contaban los mayas en Izapa, de una manera reconocible en la versión que poseemos, desde el año 1500 antes de Cristo, como las grandes rapsodias y épicas fundadoras de Europa, Ilíada, Odisea, y Asia, Ramayana, Mahabarata (M. Coe). El Popol Vuh, de hecho, es un libro de libros, que aparece en todas partes, y bajo todo tipo de formas: es oral y escrito, está figurado en piedra y en cerámica (vasos y objetos funerarios), y sus alusiones saturan el mundo maya.
Desde tiempos remotos el escultor, el pintor y el escriba se convirtieron en profesionales, ligados a los reyes, a cuyo estricto servicio trabajaban, y que les concedían un alto rango en su sociedad. La elevada posición del "autor" es ya evidente entre los mayas (en Copán, un escriba tuvo su propio palacio; otro fue enterrado con su códice, en una suntuosa tumba); es probable que tan alto oficio fuera privilegio de ciertas familias, y se heredara de padres a hijos. Esos textos de piedra, de pinturas, de signos glíficos eran labor tan sagrada como política: sostenían a los dioses, al cosmos y a los linajes gobernantes.
Los códices eran códigos políticos y libros sagrados. Entre los mayas, el dios mono guía a los escribas, en la delicada caligrafía con que pintan sus libros, grandes tiras de papel amate o de maguey, o de piel de venado como el códice Borgia, que se doblan a manera de biombo o acordeón, y se protegen con pastas finas, a veces de piel de jaguar. Los instrumentos del escriba son el pincel y las conchas donde guarda sus pinturas.
Entre los aztecas se llamaba tlacuilo al escriba, que es al mismo tiempo un gran sabio y un gran funcionario del reino. (No hay tlacuilos independientes: todos trabajan para el rey, a sus órdenes, y dentro de su propio palacio; no hay tlacuilos individuales: todos son voz de la colectividad, es decir, de la cabeza de la colectividad: el tlatoani.) Sus conocimientos ya no provenían sólo de la tradición familiar, sino de una escuela profesional, el calmécac, escuela de sacerdotes.
Los conocimientos y el oficio era dobles: expresión escrita y oral. Como su escritura no era alfabética, sino un sistema de símbolos pictográficos, dependía de una cadena paralela de transmisión de los conocimientos: la mnemotécnica y oral. Ambos, códice y recitación, se unían en el acto de la lectura, y resultan incompletos aisladamente.
Así como los tlacuilos eran escasos y altos funcionarios públicos, sus lectores resultaban igualmente minoritarios y de alta posición social; el resto del pueblo, la muchedumbre de macehuales, disponía de una especie de cultura popular hecha de ritos, leyendas, monumentos y cantares memorizados, que carecían de los conocimientos especializados de la élite letrada-militar-sacerdotal. Era tan pequeña esa élite, que se calcula que fue prácticamente exterminada —como buena parte de sus conocimientos— en unas cuantas acciones de la conquista, como las matanzas de Cholula y el Templo Mayor.
De hecho, el verdadero tlacuilo, el único, era el gobernante. Hay un ejemplo escandaloso: el rey Itzcóatl (1427-1440), ayudado de su cihuacóatl Tlacaélel, mandó quemar todos los papeles que hablaban de la historia náhoa, para sustituirlos por unos nuevos, donde fuera rehecha toda ella, desde la primera creación del cosmos, de un modo favorable a la nueva hegemonía azteca. Otro ejemplo escandaloso del tlacuilo como falsificador de libros: la invención de Aztlán y la peregrinación de los aztecas a la tierra prometida, con el fin de transformar la poco halagüeña historia de un mediocre y advenedizo pueblo guerrero, nómada, iletrado (el azteca), que llegaba a una zona dominada durante siglos por pueblos cultos como el teotihuacano, en todo un destino manifiesto de "el" pueblo del sol, el único mesiánico, el único divino, el único poderoso, llamado desde un principio a tal vocación. Ya Alva Ixtlixóchitl se burlaba de tal pretensión, desde el punto de vista texcocano.
Misteriosos, bellos, discutidos, menos afortunados en su supervivencia que los libros de piedra, apenas sobrepasan la veintena los códices anteriores a la conquista, y el medio centenar los posteriores: en ellos se apoyan muchos conocimientos de México precolombino. Padecen de nombres extraños: de los coleccionistas y los museos que los poseen o poseyeron. Entre los códices prehispánicos se hallan la Tira de la peregrinación (la partida desde Aztlán de los aztecas), la Matrícula de tributos, el Borbónico (con datos históricos y ceremoniales), el Borgia (especialmente hermoso como pictografía, y muestra del saber sacerdotal), el Vaticano (con un calendario adivinatorio), el Aubin, que perteneció a Boturini; el Bodleiano, que traza una genealogía de reyes mixtecos desde el siglo VII hasta 1521; y el códice de Dresde, con astronomía maya.
Los códices post-cortesianos deben su origen a una orden de las autoridades religiosas o civiles españolas, o bien a reclamaciones indígenas ante éstas por asuntos de tierras o malos tratos. Suelen mostrar influencia pictográfica española cuando aparecen objetos ajenos al mundo prehispánico, como españoles, caballos, cañones, barcos o santos.

2.- LIBROS DE FUEGO, DE PLATA, DE POLVO
Desde un principio se destacó la importancia de los barcos, los caballos, las espadas y otras armas de acero, los cañones y otras armas de pólvora en la conquista de México. El libro no tuvo un valor inferior. Los conquistadores, en su mayoría analfabetas, traían la cabeza llena de libros de aventuras y portentos medievales, de islas de tesoros, de ciudades de oro y fuentes de la juventud: era un mundo inventado que los atraía a América, y que quisieron implantar aquí, con grandes esperanzas de fama, felicidad y fortuna, sin las cuales no se explicaría su arrojo. Tenochtitlan les pareció digna de las maravillas que se contaban en los libros del Amadís de Gaula, y no son escasas las referencias librescas en los cronistas soldados.
Traían libros de leyes y de teología que los autorizaba a apoderarse de nuevos reinos, traían bulas; traían los evangelios y la milagrerías de los santos, las oraciones, el credo. Traían el orgullo del Libro, que les permitía sentirse superiores a las culturas no librescas: un peón castellano analfabeta se sentía redondamente superior a un tlacuilo o sacerdote indígena, gracias al Libro. Leían ante los indios, de sus libros españoles, requerimientos jurídicos para justificar sus batallas. Aplicaban legislaciones españolas para fundar ayuntamientos, establecer o desconocer alianzas. Varios de ellos resultaron escritores, como Hernán Cortés y Bernal Díaz del Castillo. Asimismo, la ausencia del libro tipográfico entre los indios fue un argumento de quienes les negaban racionalidad. Los cristianos y civilizados tenían libros; los diabólicos y bárbaros, sólo ídolos.
Si la conquista se hizo al principio con matanzas y batallas tremendas, pronto dio lugar a otra estrategia a largo plazo, harto más efectiva: la conquista espiritual. Eran frailes armados de libros y no meramente de libros religiosos: pronto, para mejor conquistar y conservar lo conquistado, se dedicaron a una asombrosa y con frecuencia excelente labor autoral y editorial: escribieron gramáticas y diccionarios de las lenguas indígenas, catecismos, sermonarios, devocionarios, confesionarios y otros instrumentos librescos para auxiliarse como misioneros. Escribieron obras de política y teología, crónica e historia tanto para legitimar, discutir, reformar la presencia española en las nuevas tierras, como para estudiar y documentar las antiguas civilizaciones indígenas y la situación de los indios conquistados.
Los autores misioneros suman legión: baste recordar a fray Andrés de Olmos (impulsor y autor de obras filológicas, históricas y teatrales de misionero, y el primero en destacar, como género de literatura ética, los consejos de los viejos náhoas, o pláticas de viejos: huehuetlatolli: género ya mestizo y sincrético, pues suena más propio de dóciles y aterrados indios evangelizados, que de los feroces guerreros de Moctezuma); Las Casas, Motolinía, fray Alonso de Molina (Vocabulario), y el magnífico fray Bernardino de Sahagún, autor con la ayuda de algunos informantes indios de la Historia general de las cosas de la Nueva España, la gran obra etnográfica de su siglo en todo el mundo.
Los misioneros estaban inspirados por ideas apocalípticas y mesiánicas de Joaquín de Fiore, buscaban restaurar la iglesia primitiva, se oponían al dominio material de los encomenderos y burócratas, entraron en conflicto con el clero secular y terminaron, apenas medio siglo después del desembarco de los primeros doce franciscanos, derrotados y encerrados en sus conventos. La crónica del fracaso misionero fue escrita por fray Jerónimo de Mendieta en Historia eclesiástica indiana.
Estos escritores de libros eran quemadores de libros. Fray Diego de Landa, en Yucatán, y fray Juan de Zumárraga, en la Nueva España, la emprendieron contra los escritos de los indios, con grandes hogueras. A veces quemaban sus propias obras de frailes misioneros: Motolinía mandaba quemar escritos de Las Casas. Más frecuentemente intrigaban entre sí para contener la fuerza desordenada del libro: especialmente después del terremoto editorial de los tratados de Las Casas, se intentó poner límite, orden y censura a los escritos de frailes.
La Corona terminó prohibiendo —hacia 1570, y durante todo el período colonial expidió decretos en tal sentido— que se escribieran libros sobre indios o sobre la política de la colonia. Los obispos y provinciales confiscaban las obras ya escritas. Buena parte (y muchas veces la mejor) de los escritos de frailes quedó inédita, desconocida para los novohispanos y los españoles, bien guardada en los archivos peninsulares, y sólo salió a la luz en los siglos XIX y XX.
La Inquisición llegó a México en 1572 y provocó desde el principio problemas a los autores: el poeta Pedro de Trejo fue procesado por ciertas irreverencias personales y confusiones místicas en sus versos, y Hernán González de Eslava, autor de canciones y pequeñas obras de teatro religioso, se vio en riesgo. Un libro de salmos traducidos por Sahagún fue quemado: Psalmodia cristiana. La Inquisición no encontró —aunque buscó con afán obsesivo— herejías entre los escritos novohispanos, pero sí disparates, irreverencia y frivolidad intelectual y artística, que llevó a proceso; a finales de la época colonial incrementó su censo de escritos lascivos, burlones o irreverentes. Como la Nueva España no era una sociedad de lectores, sino de analfabetas (y nueve de cada diez hablantes ignoraban el español como lengua corriente, más allá de las fórmulas necesarias para el trato con la religión y el gobierno), fueron pocos los conflictos con la Inquisición por causa de los libros, a pesar de que no se cumplían leyes en vigor desde 1531, cuando se prohibió la importación de libros de historia y de literatura (sobre todo poemas populares o romances, y novelas de caballería): "Que de aquí adelante no consintais ni deis lugar a persona alguna pasar a Yndias libros ningunos de historia o cosas profanas, salvo tocante a la religión cristiana o de virtud".
Casi al mismo tiempo que se establecía en México la Inquisición, se instauraba en España el cargo de Cronista y Cosmógrafo Mayor de Indias (1571), que ya no se trataba de un simple cronista superior (a la manera del Cronista de las Indias establecido décadas atrás), sino del único permitido, con el fin de impedir la proliferación de crónicas dispares y críticas a la dominación española.
Hacia 1570 todas las otras crónicas fueron declaradas no-oficiales: es decir, o eran perseguidas, o confiscadas y archivadas en el mayor secreto, o en todo caso desautorizadas y marginadas (se escribía para que nadie leyera: los escritos se archivaban en cementerios de papeles, locales y metropolitanos, como el Archivo de Indias, que tenía dos o tres millones de documentos y papeles novohispanos rigurosamente secuestrados.) Sin embargo, en 1615 la orden franciscana logró hacer publicar una gran crónica de historia mexicana que de alguna manera compendiaba a todas las crónicas de los misioneros: la Monarquía indiana de fray Juan de Torquemada (pero los elementos naturales conjuraron contra ella: casi toda la edición se perdió en un naufragio), que fue reeditada hacia 1725. Fue la obra de Torquemada la más influyente en la opinión de los novohispanos sobre su propia historia hasta la aparición de la historia de Clavijero.
Los españoles que llegaban a México, a excepción de algunos frailes y curas, eran analfabetas o semi-analfabetas. Pero el prestigio del libro lucía a tal grado que instalaron imprentas en la capital (Juan Pablos, de 1539 a 1561; después Pedro Balli, Pedro Ocharte y varios más), en Puebla, y posteriormente en Oaxaca y Guadalajara; hubo universidad (fundada en 1551, inaugurada en 1553) y tres docenas de colegios, entre las que sobresalía la docena jesuita (15 colegios en total, en el momento de su expulsión).
Sabemos que los primeros libros castellanos escritos en México fueron las cartas de Hernán Cortés —quien imprimió un libro de fuego y oro: escribió unos versos altivos para Carlos V en una especie de cañón de oro que mandó forjar, de 20 mil ducados, en 1534. Un tanto mitológicamente, se habla de una edición de 1528, impresa en Amberes, de la Doctrina cristiana en lengua mexicana de fray Pedro de Gante, de la que se conoce la edición de 1547: es en esta edición donde, en opinión de Genaro Estrada, aparece "el primer grabado propio y característicamente mexicano... un niño con traje indígena y una inscripción en lengua tarasca. Este mismo grabado se publicó en otros libros de la época". La influencia de las ilustraciones de los libros cundió, agigantándose, en la pintura religiosa: los misioneros hacían que los indios copiaran estampas en los murales de los conventos, de modo que algunas veces vemos, como grandes murales de colonización, grabados en madera magnificados en los muros. Se sospecha tal origen sobre todo en los tempranos murales en blanco y negro, como los de Huejotzingo y Acolman, pero se especula que los modelos de pintura religiosa del siglo XVI fueron en gran medida, por simple facilidad de transporte, grabados o estampas coloreadas en libros.
No es seguro que la primera obra impresa en México sea la Escala espiritual de san Juan Clímaco, traducida por fray Juan de la Magdalena en 1537; sí podría serlo la Breve y más compendiosa doctrina cristiana en lengua mexicana y castellana, anónima, que publicó Juan Pablos en 1539, aunque pudo haber hojas o cuadernillos impresos anteriormente. En 1548 apareció el primer libro criollo: Manual de adultos para bautizar, de Pedro de Logroño.
Vemos con asombro, en obras tempranas de la literatura colonial, que se celebraba a la ciudad de México como una polis letrada y libresca, que desde luego no lo era, salvo en los recintos conventuales; en el siglo XVI, sin embargo, ocurrió una breve ilustración laica, resabio renacentista, de caballeros de armas y letras, como el propio hijo de Cortés, Gutierre de Cetina y Francisco de Terrazas, el primer poeta criollo; pero al siglo siguiente, sólo encontramos un gran autor laico: Luis de Sandoval Zapata —en lo sucesivo, todas las letras fueron de iglesia. De esa breve época de caballeros poetas quedó una recopilación lírica colectiva: Flores de baria poesía, señal de ese México cortesano, caballeresco y laico que no pudo ser.
Una de las razones de tal atavismo, era el prestigio civilizatorio del libro, mucho más importante aquí que en la propia Europa, como identidad "civilizada" frente al indio "bárbaro" (pronto apareció, en el Colegio de Tlatelolco, una docena de indios latinistas —entre los que destacan Antonio Valeriano y los indios Juan Badiano y Martín de la Cruz, que trabajaron en una famosa herbolaria indígena en latín, el códice Badiano—, autores y traductores de libros); otra, la composición marcadamente clerical de buena parte de la sociedad blanca. Los conventos requieren de libros, no tanto como estudio, sino como práctica cotidiana.
Se dio a lo largo de toda la colonia un curioso deporte libresco entre los clérigos y frailes que llegó al refinamiento barroco: llenaban sus vidas escribiendo sermones, poemas, vidas de santos, con todo tipo de alambicamiento profesional de letrados, aunque rara vez sus ejercicios salían de los muros conventuales. Despojados de sus misiones y poderes primeros, víctimas de la acedía frailuna, se dedicaron a la filología con encarnizamiento melancólico. Se dio el caso de estupendos nahuatlatos, sobre todo entre los jesuitas, cuyo dominio del idioma indígena no tenía mayor cosa qué ver con la predicación ni con misiones, ni con el idioma real que hablaban de hecho los indios, sino con la sofisticación de un ejercicio conventual prestigioso: convirtieron el náhuatl en lujosa lengua muerta, de la que se proponían ser los nuevos horacios, cicerones y san-agustines. Crearon un náhuatl artificial, fino, barroco, laberíntico, conventual, para su propio entretenimiento y recreo, como si se tratase del latín, que no abandonaron, y del griego, en el que rara vez destacaron. Los colegios y conventos famosos (con sus bibliotecas) fueron el de Tlatelolco (hacia 1536), San Pablo (1533), San Pedro y San Pablo (1573), San Ildefonso (1583), Tepozotlán (1585); a lo largo del virreinato destacaron las bibliotecas de los conventos capitalinos de San Francisco, San Diego, San Fernando, Santo Domingo, y finalmente las de la universidad y la de la catedral, cuyos acervos iban de los 5 mil a los 20 mil volúmenes.
Las bibliotecas particulares famosas correspondieron a Juan de Palafox, sor Juana y Carlos de Sigüenza y Góngora; un curioso albañil llamado Melchor Pérez padeció la manía de la bibliofilia (al parecer, sin la manía de la lectura), que le causó persecución inquisitorial: se le encontró una colección de 1,500 libros, un fondo mayor que el de las mayores librerías coloniales, como las de las familias Calderón y Jáuregui, que no solían pasar de mil. Escribir libros era riesgoso, pero más aun coleccionarlos: Lorenzo Boturini, español de Italia, se enamoró del culto guadalupano y de los escritos y antigüedades mexicanas: fue a dar a la cárcel en 1742, se le confiscaron sus escritos y objetos históricos, salió expulsado en un barco que cayó en poder de piratas, tuvo que litigar en la corte española para que lo libraran de cargos y le devolvieran sus códices, manuscritos y objetos de historia mexicana, y terminó condecorado con un cargo de Cronista de Indias, cuyo sueldo jamás percibió. No se le devolvió ninguno de sus papeles ni objetos, que estuvieron presos un tiempo en el propio palacio virreinal, y luego se dispersaron hasta lograr salvarse un siglo después, algunos de ellos, gracias al tráfico clandestino de obras históricas: fueron propiedad de coleccionistas europeos, y luego de las grandes bibliotecas del mundo.
Las bibliotecas conventuales de la Nueva España eran adornos. Servían para la siesta de los canónigos y el pasto de polillas y ratones. Enormes libreros decoraban como retablos las paredes. Nadie leía los libros, nadie se los robaba. Genaro Estrada cuenta que en 1767, al ser expulsados los jesuitas de su gran escuela de San Ildefonso, el edificio se volvió cuartel militar; los libros estorbaban y fueron echados a la calle: "parte de la colección quedó en plena calle, a manos de quien la quisiera. Otros fueron hacinados en una húmeda bodega durante cuatro años, por lo cual muchos ejemplares se destruyeron totalmente o en parte." No fueron pues los liberales de la Reforma quienes destruyeron tanto librón inútil (quedan hoy en día decenas de miles de libros novohispanos en la Biblioteca Nacional, en la Palafoxiana de Puebla, en otros sitios, que nadie lee ni por asomo: son tan ilegibles e inútiles como se les consideró en su tiempo), sino los propios novohispanos que ni los leían, ni se dolieron de su destrucción.
No eran libros para ser leídos: eran objetos de la vasta parafernalia conventual, como los candelabros (han seguido tal tradición las costosas bibliotecas de nuestros políticos y nuevos ricos). No hay pruebas de que las bibliotecas fueran muy consultadas: la gran biblioteca de la universidad, por ejemplo, tenía un solo empleado por turno, y eso en la época de su mayor grandeza, a fines del siglo XVIII. Los escasos lectores y autores inteligentes leían en otro lado y libros muy diferentes de los que llenaban las bibliotecas suntuosas. En cualquier parte podía leerse en la Nueva España, menos en sus lujosas bibliotecas de fina madera labrada. Se usaban como salones de siesta o de conversación de prelados. Los volúmenes de la gran biblioteca del Convento de San Diego de la ciudad de México, llevaban esta nota manuscrita: "Es de la librería de Sn. Diego y ai Excomunión Reservada de Su Santidad para el que lo sacare o usurpare"; uno podría añadir: "o leyere". No existen testimonios novohispanos de utilidad personal o pública de las bibliotecas, ni tenemos razones para suponerla (más allá, desde luego, de los consabidos libros de estudio obligado de los colegiales y seminaristas, "libros para hacer la tarea", que se guardaban aparte en inferiores y gastados muebles); pero sí abundan los testimonios de la magnificencia de las bibliotecas de grandes conventos y catedrales. No son los jacobinos quienes documentan el horror de la gente novohispana “de razón” hacia sus bibliotecas, sino los jesuitas críticos, discípulos del padre Campoy, como el propio Clavijero: era mejor no leer ninguna filosofía que la que atiborraba los libreros conventuales; el padre Gamarra ratifica tal sentencia.
Pero ahí estaban, temibles y polvosos como cascajo de la Torre de Babel, los enormes libreros, llenos de "tantas cuestiones inútiles, con que se atormenta el ingenio de los jóvenes, haciéndoles cobrar horror a las letras" (Gamarra). La biblioteca que Palafox donó a Puebla (de cerca de 8 mil volúmenes) tuvo tanta fama —buena: monumental; y mala: ilegible— como las de los colegios jesuitas. (Había bibliotecas secretas: sabemos, por ejemplo, que los franciscanos y dominicos, vencidos por la Corona y el clero secular, conservaban clandestinamente, con suma prudencia, originales y copias manuscritas de crónicas de frailes, contra las disposiciones en vigor.)
Los libros no-escolares no eran leídos, pero sí atesorados entre el polvo: los títulos más comunes en las bibliotecas eran muy ortodoxos, indigestos e inofensivos sermonarios de predicadores poco memorables, más los clásicos de la teología católica, y de la jurisprudencia y la literatura españolas. No faltaban los clásicos latinos de rigor (Virgilio, Cicerón). Abundaban las prohibidas novelas de caballería. Eran raros los títulos modernos en cualquier lengua diferente al latín o al español. Los escritos mexicanos de la época muestran poca avidez de lectura por parte de sus autores, y mucha codicia de erudición barroca y de "autoridades" como juegos de ingenio. Desde luego: algo del pensamiento universal contemporáneo se abría paso en quien lo deseara, como en los casos de la admiración y el conocimiento que sor Juana y Sigüenza tenían de Góngora y de Kircher. Y en el siglo siguiente, Feijoo. No deja de advertirse con claridad cuando un libro se colaba en verdad a la mente de los novohispanos. Pero pocos libros tuvieron realmente importancia y en muy pocos lectores.
El libro así fue emblema de raza y de clase. El gachupín podía permitirse ser analfabeta y palurdo, pero el religioso criollo se esmeraba en ser un letrado de plata en su convento de plata. Se llegaban a publicar ediciones como joyas —aunque, por lo general, en la tipografía la Nueva España no alcanzó la distinción que logró en otras artes barrocas—, para celebrar la muerte de un rey de España, la llegada de un virrey, o la consagración de una iglesia o convento, en las que participaban los literatos locales, "más abundantes que el estiércol", según Eslava. No hay pruebas de que los criollos se enorgullecieran del éxito español y francés de su compatriota Juan Ruiz de Alarcón, ni de que lo leyeran e imitaran, mucho menos de que lo representaran, pero sí admiraron al español acriollado Bernardo de Balbuena, probablemente el mayor poeta en lengua española que vivió en el México del siglo XVI. La sociedad mexicana criolla, y especialmente la letrado-clerical, sí supo en el siglo siguiente que sor Juana Inés de la Cruz, Carlos de Sigüenza y Góngora y Francisco de Castro estaban produciendo obras importantes; eran más admirados como adornos nacionales que leídos.
Muchos mestizos buscaron ascenso y reconocimiento social precisamente a través de la labor libresca, como Chimalpahin, Alvarado Tezozomoc, Alva Ixtlixóchitl. Predominó de cualquier manera el libro manuscrito, toda vez que la imprenta (carísima) se dedicó casi exclusivamente, después de sus tempranas tareas de filología misionera, a las obras más útiles para el servicio religioso de los laicos y al encumbramiento de los prelados y frailes más importantes (los cuadernillos y las hojas volantes de las imprentas resultaron muchas veces de mayor calidad que las suntuarias ediciones de libros abstrusos: tal es el caso de las publicaciones de villancicos, entre las que se espiga lo mejor de la poesía novohispana). De cualquier manera se sabe de 179 títulos mexicanos en el siglo XVI, de 1,228 del siglo XVII, y 3,481 del XVIII. La imprenta fue muy cara y recelosa a lo largo de los tres siglos, aunque al final del virreinato bajó sus costos y amplió su catálogo de autores e intereses.
Los españoles convirtieron a los indios en escritores, especialmente durante las primeras décadas de la colonización. Las propias autoridades españolas, tanto civiles como eclesiásticas, mandaron a diversos grupos de indios que hicieran escrituras de todo tipo: geográficas, tributarias, históricas, etc., dando lugar a los códices post-cortesianos, en los que aparece ya una mezcla indio-española de sentido, imaginación, cultura y expresión gráfica: estos códices conservan mucho de la antigua manera indígena de ver y representar el mundo, pero las nuevas cosas, especialmente los caballos, los cañones, los españoles, las espadas, los barcos, están pintados a la española. En algunos, junto a las imágenes aparecen las voces indígenas, en alfabeto latino, y la traducción castellana.
Pero la escritura y el libro manuscrito tuvieron también un valor legal. Buena parte de los escritos de los españoles sobre indios o la conquista eran alegatos, tanto por parte de los frailes como de los laicos: memoriales de servicios, reclamaciones, protestas, impugnaciones. Los primeros historiadores mestizos, como Alva Ixtlixóchitl, escribían y falsificaban sus informes para ganar favores burocráticos. Pronto los propios indios aprendieron la lección, y crearon una abundante corriente de libros manuscritos asombrosos, titulados Títulos primordiales, que comenzaron a circular a finales del siglo XVII, con el fin de defender las tierras de las comunidades. Tales o cuales comunidades defendían su derecho a la tierra con planos y testimonios, señalaban límites, exponían genealogías, rastreaban derechos jurídicos hasta el principio de la dominación española y más atrás, en la época de los tlatoanis. Están compuestos por textos, mapas y dibujos que buscan adecuarse a la forma legal castellana, y que testimonian no sólo el sincretismo cultural, sino un sistema de supervivencia indígena en la situación de la colonia, que llega al caso de la consciente o inconsciente "falsificación" de documentos legales, a fin de proveerse de armas para la lucha en los tribunales novohispanos. Estos libros constituyeron un arma y un tesoro preciadísimo por esos pueblos; los guardaban y trasmitían con celo de generación en generación; los ocultaban celosamente de los españoles; han llegado incluso a nuestros días, como títulos de derecho a la tierra.
A mediados del siglo XVII surgen dos tipos de libros: los que documentan, explican y discuten el mito guadalupano: en 1648 aparece, de Miguel Sánchez, la Imagen de la Virgen María Madre de Dios Guadalupe..." (no se ha fechado aún el supuesto original náhuatl, atribuido por Sigüenza a Antonio Valeriano: el Nican Mopohua, ni se ha demostrado tal autoría); y los que de una manera deliberada loan, estudian, divulgan con pasión nacionalista criolla, la historia y la cultura mexicana, entre los que sobresaldrán sor Juana Inés de la Cruz, que se preciaba de escribir en México para exportar a España, y los tratados indigestos de Sigüenza y Góngora —quien sin embargo, inaugura el reportaje mexicano moderno (existe un precursor reportaje del siglo XVI, del escribano Juan Rodríguez sobre el gran terremoto de Guatemala, en 1541), con sus relatos del motín de 1692 y de las aventuras mundiales del portorriqueño Alonso Ramírez, devoto de la guadalupana—, ambos son talentos ya completa y voluntariamente criollos. Estas dos corrientes marcarán los principales cauces de la escritura letrada y de la prensa durante el siglo siguiente: Guadalupe y la patria, con frecuencia entremezclados en uno solo, y darán lugar a las grandes obras de Francisco Xavier Clavijero (Historia antigua de México) y fray Servando Teresa de Mier.
A mediados del siglo XVIII en Europa se hizo moda despreciar filosóficamente a América como continente físicamente imperfecto y poco capaz de civilización, y a los americanos como sub-hombres incapaces de cultura. Tres mexicanos se distinguieron en la defensa de la cultura novohispana: el historiador Clavijero, y dos bibliógrafos, que hicieron relaciones de la producción libresca novohispana en sendas "bibliotecas": Juan José de Eguiara y Eguren y José Mariano Beristáin y Souza.
En la época de las reformas borbónicas se hizo habitual lo que antes había sido raro escándalo: la crítica. Los jesuitas habían intentado una renovación y modernización de la filosofía en sus colegios, que fue abortada por su expulsión. Tocó a los clérigos y a los laicos asumir la vocación crítica que ya triunfaba en España con Feijoo (Teatro crítico universal): no se trataba de cometer ninguna heterodoxia religiosa ni irreverencia alguna contra el rey, pero sí de discutir sobre temas humanos, materiales e históricos con cierta libertad, y con algunas ambiciones de utilidad social ("bien común"). El tema guadalupano, que por entonces sufría el embate de los incrédulos locales y españoles, y del rigor del Vaticano, fue uno de los más discutidos, ya no sólo desde el punto de vista religioso, sino a partir de datos históricos, químicos, físicos, pictóricos, filológicos, etcétera.
Paralelamente, aparecieron intentos de prensa cultural crítica, dedicada a discutir de máquinas, agricultura, medicinas, geografía, física, "artes útiles", por autores que admiraban la ciencia y la técnica modernas, y que hasta hacían sus ensayos de inventores de sus propios aparatos: José Ignacio Bartolache publicó en 1772 y 1773 el Mercurio Volante (revista miscelánea que tuvo 16 números) y José Antonio de Alzate y Ramírez se afanó en diversas publicaciones periódicas, incluso arrostrando las iras científicas de dos virreyes muy ilustrados, pero incapaces de soportar que un vasallo sostuviese opiniones diferentes a las suyas sobre temas ilustrados; entre otras, las Gacetas de literatura (1788-1795) —por literatura no se entendía un arte, las "bellas letras", sino simplemente las letras humanas, las no religiosas, especialmente los artículos históricos, científicos y técnicos. Si sor Juana tuvo un lector terrible en el arzobispo, Alzate sufrió como lectores terribles a los propios virreyes ilustrados De Croix y Revilla Gigedo, que desde luego apoyaban la ilustración, pero odiaban a los vasallos ilustrados. Alzate pudo algo más que sor Juana, en este enfrentamiento del poder y la pluma: se rebeló contra el virrey Revilla Gigedo, le respondió claridosamente, y hasta le puso juicio legal. Algo del orgullo voltaireano del hombre de letras hay en el belicoso Alzate, nuestro philosophe criollo.
Finalmente, la Colonia cierra su ciclo dejando establecido, pero sin imaginar la importancia que habría de conquistar, el libro-de-todos, el libro volante: el periódico. Siempre hubo periodismo en la Nueva España, pero no regular. Había edictos, pregones (el primer pregonero, en 1524, se llamó Francisco González y arremetió contra los naipes y los dados, los portadores de armas de fuego, y contra los españoles que se atrevían a criar puercos en el centro de la propia ciudad de México) y hojas volantes, siempre que se requería; a mediados del siglo XVII aparecieron las gacetas, todavía sin periodicidad, que referían asuntos de milagros, temblores, bandidos, piratas, crímenes, fiestas, rebeliones de indios, volcanes, exequias, cometas, sucesos de reyes, martirios, misiones, endemoniados, monstruos ("un niño nacido en un hombro"), autos de fe, arcos triunfales, armadas, canonizaciones, flotas, ejecuciones y diversos fenómenos naturales y políticos, ilustrados con grabados en madera. Había gacetas generales de tal año o especiales de tal hecho: Genaro Estrada enumera treinta para el siglo XVII. Pero en 1722 dieron lugar a un periódico profesional: Gaceta de México y Noticias de la Nueva España, fundado por el editor de sor Juana y futuro obispo de Yucatán, Juan de Castorena y Ursúa. Era mensual, tenía ocho páginas, aspiraba a contar con todos los curas y alcaldes como corresponsales, y sólo duró seis números. Pero tuvo continuadores, fue retomada por Juan Francisco Sahagún de Arévalo entre 1728 y 1742, y por Manuel Antonio Valdés, entre 1784 y 1809. Llegará hasta el México independiente el Diario de México (1805-1817)
Por entonces todo el mundo se hacía lenguas de México, porque había aparecido en París (1808-1811) un libro grueso, en tomos, que defendía y enaltecía su naturaleza y su cultura, y era un estudio ilustrado y moderno del país, en el que sobre todo habían colaborado muchos mexicanos, en lo particular y como instituciones: lo mismo sabios y gente del pueblo, curas y rancheros, profesores del Colegio de Minas y de la Universidad, que prelados y altos burócratas: el Ensayo político sobre el reino de la Nueva España del barón Alejandro de Humboldt.
El libro tuvo un enorme prestigio y una función precaria en la sociedad novohispana, que era mayoritariamente plurilingüística: de los 6 millones de habitantes con que llegó al siglo XVIII acaso menos de 300 mil hablaban con fluidez el español; y analfabeta: probablemente no hubiera 30 mil novohispanos que pudieran leer de corrido un escrito (de las mujeres, casi ninguna, como reclama con furia sor Juana; cien años después de la muerte de la autora de la Respuesta a sor Filotea de la Cruz, la situación seguía inalterable: en 1815 se informa que "varios padres no consienten que sus hijas sepan leer ni escribir por asentada disculpa de que no las seduzcan con papeles amatorios").
La cultura novohispana encontraba, como las prehispánicas, otras formas de expresión, creación y transmisión de sus pensamientos, emociones y costumbres: una enorme literatura oral con una riqueza desbordante de corridos, canciones, refranes, versos, letrillas, leyendas y mitos (el sermón en el púlpito fue el verdadero medio de comunicación de la época, con el pregón); un gran conjunto de ceremonias religiosas, danzas, fiestas, representaciones religioso-teatrales. Tenían los criollos, además, como los "bárbaros e iletrados" olmecas, zapotecas, mayas y náhoas (y como buena parte de los europeos) libros-de-piedra: los enormes textos de las portadas y retablos barrocos de sus templos; textos gráficos, como los emblemas de sus relieves y esculturas, pinturas y objetos de los materiales más diversos. La civilización de Tonanzintla y de la Catedral Metropolitana, está más cerca de Bonampak y Teotihuacán, que de Gutemberg y la Enciclopedia. Pero el libro, reducido a objeto decorativo de clérigos y burócratas, se fue volviendo arma y utopía de los sabios reformadores. A finales del siglo XVIII, fray Servando Teresa de Mier dijo un discurso guadalupano que le causó las mayores desventuras que la cultura produjo a criollo alguno, y dio como consecuencia su vital y encendida obra panfletaria de heterodoxo guadalupano y apologista de la Independencia. Primero sermón, luego escritos, las letras perdieron en él toda inocencia.
Los signos sobre papel se popularizaron por el grabado en madera, especialmente las imágenes marianas, y muy especialmente la Virgen de Guadalupe (a finales del siglo XVIII, existían aun en los hogares más modestos), a la que fray Servando llamó "códice" o texto de historia mexicana, más que simple imagen. Con sus entrañables y vagas promesas y esperanzas, con su reivindicación del origen indígena y su pretendida garantía de protección privilegiada al mexicano, la estampa de Guadalupe circulaba como un libro más riesgoso que los de los enciclopedistas franceses, a quienes leía con entusiasmo Miguel Hidalgo. Este libro mesiánico de una sola hoja —la mera estampa guadalupana— hizo la revolución de Independencia. Ninguna trascendencia tuvo, en cambio, el último esfuerzo oficial de las letras novohispanas: a propósito de la inauguración del Caballito, el bibliógrafo Beristáin juntó a los poetas del reino en una espantable antología de lo anacrónico —refritos de la poesía gongorina con facilidades rococó— en Cantos de las musas mexicanas en la solemne colocación de la estatua ecuestre de bronce de Carlos IV en la plaza de México, con la que dio el golpe final a su pesada Biblioteca Hispanoamericana Septentrional.

3.- UN LIBRO CAÓTICO COMO NIDO DE URRACA Y TRICOLOR COMO CHILES EN NOGADA
Al igual que tres siglos atrás los misioneros, los caudillos y directores del movimiento independiente eran intelectuales (también quienes los combatían y excomulgaban solían serlo, como Abad y Queipo). Por un lado corrían las masas, llenas de esperanzas y reivindicaciones de tipo mesiánico, como las que no habían dejado de aflorar durante la dominación española: masas iletradas, religiosas, con una mescolanza de supervivencias ancestrales e innovaciones europeas y cristianas, y por la otra los criollos librescos, inspirados por tradiciones libertarias españolas —la soberanía popular, la autonomía municipal— y por las novedades democráticas de Europa (la Revolución Francesa, las cortes de Cádiz) y de los Estados Unidos. Se encontraban en los terrenos del mito (la Virgen de Guadalupe) y en los azares del tiempo revuelto (de repente no hay rey de España, de pronto "no nos queda más remedio que salir a coger gachupines"), y tal encuentro se dio en escenas sangrientas y azarosas como la toma de Guanajuato y el Monte de las Cruces.
Hidalgo mismo era un hombre de libros; Morelos, más modesto personalmente, no los admiraba menos y se reunió de hombres de libros, que radicalizaron sus posiciones ideológicas. Desde el extranjero trabajaba por la independencia el literato fray Servando. Como se ve, los libros ya no eran una mera ruina prestigiosa. De hecho, Bustamante y fray Servando crearían con sus obras una novedad libresca: una visión de la independencia nacional diferente a como fue en los hechos: más cargada de ideología y de proyecto histórico. Según esta visión, el México criollo y mestizo —y no sólo el indio, que seguía tan subordinado a los criollos como lo había estado a los españoles— regresaba a su libertad, que había disfrutado en la época azteca. Según ellos, había ya "nación mexicana" diferente a la española, con identidad, cultura, propósitos y destinos nuevos. Esta corriente no se apoyaba en la realidad, pero sí en el deseo de los criollos, tal como aparece en muchos de sus libros desde el siglo XVII.
Estos dos autores impulsivos y desorbitados, polémicos, improvisados, marcan el principio casi desde cero de una cultura que prefiere olvidar las ruinas de la novohispana y empezar una trayectoria moderna, sin preparación ni armas modernas. Su arrojo es admirable: son polígrafos, casi periodistas, con pocos escrúpulos de autores o sabios profesionales, que trabajan en tiempos difíciles, con prisas y sobresaltos. Atacan, inventan, acomodan la realidad a su capricho. De Bustamante dijo Guillermo Prieto: "sus obras son un nido de urraca donde yacen mezclados y confundidos el oro, el cobre, las perlas y la basura, la verdad y la mentira, lo sublime y lo ridículo". Debe añadirse que el Cuadro histórico de la revolución de la América Mexicana, de Bustamante, y las diversas obras de fray Servando, especialmente las Cartas de un americano y su Historia de la revolución de la Nueva España, firmada ésta con el seudónimo de José Guerra, tienen el poder, la pólvora, las ilusiones y las esperanzas de una fundación, y vuelcan la actividad intelectual del país hacia el nuevo siglo. Tienen caos, tienen hervidero: qué diferencia con los canónigos novohispanos.
A diferencia de estos dos acelerados o ultras, Lucas Alamán y el doctor Mora intentaron un análisis más serio y documentado de la situación nacional, desde posiciones opuestas entre sí: ambos resultaron asimismo desbordados por un país y un tiempo que ellos mismos consideraban delirantes. La Historia de México de Alamán es acaso más inteligente, y desde luego mejor escrita que las de sus antecesores, pero no menos prejuiciada: llega a ser tan ridículo en la idealización del dominio español y de la oligarquía criolla como Bustamante en su furor por la insurgencia; el doctor Mora fustigó a las corporaciones militar y clerical, como enemigas del progreso de México, y quiso un país democrático y decente de propietarios letrados —precisamente lo que no eran los habitantes de México. ¿Pero cómo lograr ciudadanos modernos, democráticos, progresistas y prósperos, entre vasallos arcaicos, analfabetas, carentes de los nuevos impulsos del libre mercado, la industria y la política democrática? Mediante la educación: el libro.
Bustamante fundó en 1805 el Diario de México, con Jacobo de Villaurrutia, que empezó con atisbos de poesía neoclásica y se entregó a la pasión política, hasta 1817. Por la misma época otro "nido de urraca", fundador, que se equivoca en mucho porque se lanza a caminos nuevos con armas que va inventado sobre la marcha, construye otra obra novedosa dominada por la musa periodística: José Joaquín Fernández de Lizardi, El Pensador Mexicano —nótese que lo de pensador no es jactancia filosófica: Lizardi no se cree un meditador nacionalista, sino que humildemente imita en México a un periódico español llamado El Pensador. A diferencia de la pasión política de Bustamante y Mier, Lizardi se deja ganar por la pasión moral: lector de los enciclopedistas —disfruta la pausa de relativa libertad de la Constitución de Cádiz—, quiere transformar y modernizar su sociedad a través de la educación moderna, según la promovían los periódicos liberales de España y Francia (en realidad, es mucho menos rousseauneano de lo que debiera, y guarda mucho de ilustración castellana ortodoxa a la Feijoo y Jovellanos). Estos tres autores caben en un título teatral de Lizardi: Todos contra el payo y el payo contra todos o la visita del payo en el hospital de locos: así se veía la cultura moderna de repente en el México independiente, que no había sido preparado ni para la independencia ni para la modernidad. Salir al mundo moderno, ¡qué manicomio!
Del lado realista y del lado insurgente, la imprenta libró duras batallas a lo largo de una década de luchas; sólo hasta este momento puede decirse que la sociedad mexicana, y no sólo unos obispos, contaban con la imprenta. Los insurgentes acarreaban por las sierras sus prensas, improvisaban sus tipos. Los realistas recurrieron a todos los trucos publicitarios, del insulto a la intimidación. A la postre, la prensa insurgente (El Despertador Americano, El Semanario Patriótico Americano, Correo Americano del Sur, etcétera, en los que participaron Cos, Quintana Roo y López Rayón, entre otros) resultaría superior porque no se limitó a la propaganda del bando propio y a la denigración del contrario, sino a difundir el nuevo texto, el nuevo libro de México: la Ley.
Existe la leyenda, maniqueamente dirigida sólo a los bandos de "izquierda" (insurgentes, yorkinos, liberales, juaristas), de que con furor bárbaro destruían la cultura novohispana: de que convertían los templos en cuarteles, y las bibliotecas en barricadas y material de incendio. No hay tal: los templos barrocos eran convertidos en cuarteles desde la época del virrey Croix, cuando no se sabía en qué ocuparlos —había más conventos qué estercoleros, y escaseaban los cuarteles y toda construcción civil—, y al menos desde tal época se usaban los librotes polvosos que nadie leía para cualquier cosa más redituable que la lectura y la escritura; sobre todo eran estimados como material para armas de fuego y hasta para cohetes de feria. El papel era caro: todo papel tenía que ser importado de España; a finales del siglo XVII la "resma" —500 hojas— costaba 30 pesos; a finales del siglo XVIII, de 4 a 5 pesos; sólo hasta 1845 México empezó a producir su propio papel, y durante varias décadas lo produjo caro y de mala calidad. El uso más productivo del papel era el cartucho. Y para eso lo utilizaban preferentemente todos los bandos, hasta fines del siglo XIX: "Félix María Calleja ordenó en 1814 que en los lugares donde escaseara el papel se utilizaran los papeles que se juzgasen inútiles de los archivos, para que se elaborasen cartuchos de pólvora para fusiles", cuenta Genaro Estrada. Hay pruebas, en el Bajío y en Michoacán, de que tal destino siguieron los archivos y bibliotecas virreinales. No se sabe de móviles ideológicos, sino del práctico y comercial, de este uso bélico y festivo del libro y del documento —eran políticamente inofensivos los tomotes de teología en latín—, y de cualquier manera, los liberales, nuevos fanáticos del nuevo culto del libro, habrían sido los menos proclives a destruir la letra impresa. De hecho, al expropiar las bibliotecas virreinales, las salvaron: queda lo que salvaron ellos.
Quienes sí odiaban los libros, los libros modernos, eran los obispos —que no dejaban de imprimir bulas de libros prohibidos: todos los libros modernos lo estaban— y los presbíteros conservadores, como el célebre director del Instituto Literario y Científico de Toluca, Mariano Dávila, quien en 1860, creyendo que la Reforma estaba vencida y que los buenos tiempos clericales habían vuelto para siempre jamás, mandó quemar 300 libros caros que Lorenzo de Zavala había importado para la biblioteca del instituto cuarenta años atrás, en su época de gobernador del estado. Los libros quemados en 1860 fueron, entre otros, las obras de Bacon, Montesquieu, Diderot, D'Alambert, Bentham, Rousseau y Voltaire. Hubo muchas quemazones de libros modernos y liberales; esta es memorable porque ocurrió en uno de los mayores institutos del país, y de los más prestigiosos —precisamente el colegio donde el alumno Altamirano había conocido al maestro Ramírez.
Los mexicanos de la Independencia y de las primeras décadas de la República confiaban en que México tendría un destino exitoso por su enorme riqueza (se creía que el país contaba con mayor riqueza natural que China), por la protección garantizada de la Virgen de Guadalupe y por las propias virtudes de los criollos. Sólo faltaba educación: alfabetización, libros. Lucas Alamán intentó crear pequeñas bibliotecas o gabinetes de lectura. Tanto esperaban del libro, que José María Lafragua, ministro de Instrucción pública, escribió en la memoria del poco alentador año de 1847: la educación primaria era indispensable pues "es de todo punto imposible la conservación y completo desarrollo de los principios democráticos, porque cuando los artesanos, los jornaleros y los demás individuos que pertenecen a la clase pobre no saben leer ni escribir, es imposible que conozcan los derechos que la sociedad les declara, ni las obligaciones que les impone". Junto a la escuela, la biblioteca: se debían "establecer pequeños gabinetes de lectura para los artesanos y demás personas poco acomodadas, y que formados de obras de artes, de educación política y religiosa y de los principales periódicos, servirían para despertar en unos, y fomentar en otros el gusto de la lectura, derramando poco a poco los conocimientos útiles en toda la sociedad... El día que nuestros artesanos al salir de sus talleres, se dirijan a un gabinete de lectura en vez de tomar el camino a la taberna, la sociedad puede descansar tranquila".
Durante todo el siglo XIX, varias generaciones de intelectuales y políticos tratarán de trasladar hacia la ley el antiguo respeto popular a la religión, y hacia las instituciones del Estado la antigua veneración popular a las instituciones de la Iglesia. Esta es la nueva función del libro en el México independiente: secularizar a la sociedad, encontrar sustitutos a la Biblia, a la Iglesia, a los santos, incluso a Dios (a quien de plano niega El Nigromante). El nuevo culto a la ley tendrá su santo en Benito Juárez. Soñando en un poder mesiánico del libro, dos generaciones de autores liberales trataron sobre todo de civilizar al país de acuerdo con las normas de los países modernos: Ramírez, Prieto y Altamirano encabezaron esta cruzada, que seguiría viva a principios del siglo siguiente, con Justo Sierra, y que coincidía con el proyecto político de Juárez y de Porfirio Díaz.
Desde los programas, decretos y códigos de Hidalgo y Morelos hasta la Constitución de 1857 y las Leyes de Reforma crece un impulso más que legislativo, se diría que se pretende mesiánico, demiúrgico. Crear leyes era crear la sociedad: entre más modernas y justas fueran las leyes, más lo sería la sociedad. La ley fue así un evangelio, no un código pragmático: un ideal, un espejo de justicia (México estaba preparado para ver tan providencialmente la ley, después de tantos siglos de ser gobernado por la Iglesia y por un rey casi divino). Durante todo el siglo, pero especialmente desde la consumación de la Independencia hasta la restauración de la República, México busca su libro, su identidad. Los periódicos y los partidos (todo mundo es intelectual y masón, hasta los conservadores) no se quitan la jurisprudencia de la boca. Todos los hombres importantes en la política, las letras, el ejército (y hasta médicos e ingenieros), pasan por el congreso en busca de la ley. Los púlpitos palidecen frente al estrado del congreso. Francisco Zarco escribe la historia del Congreso Constituyente.
La secularización corre al mismo tiempo otros caminos. Se buscan héroes cívicos que sustituyan a los antiguos santos, y se les encuentra especialmente entre los militares: cunde una adoración intelectual del ejército, precisamente cuanto más lo padece el pueblo: la guerra de Independencia, la invasión norteamericana, las guerras con Francia, la guerra de Reforma, la guerra contra Maximiliano proveen de un panteón laico y militar a la sociedad recién escapada, a medias, de la tiranía de los templos. Las virtudes reales o supuestas del militar son aceptadas como código de moral y de honor —incluso las del anti-militar, el bandolero, que se vuelve asimismo figura heroica y tipo predilecto de los lectores de Astucia de Inclán y Los bandidos de Río Frío de Payno. Al mismo tiempo, aparecen las obras más diversas para prestigiar y alimentar la nueva institución moderna: la familia. Se educa para ser padre y madre de familia, surgen diarios para el hogar (El Diario del Hogar, de Filomeno Mata), y un poeta sobre las virtudes de la célula familiar: Juan de Dios Peza.
Este acarreo de lo sagrado a lo secular y de lo clerical a lo civil se evidencia incluso en el uso de las palabras: los héroes y la patria se vuelven divinidades, las amadas se convierten en diosas, vírgenes y ángeles (incluso las prostitutas); los militares, los políticos y los maestros se ven llamados ángeles, misioneros, profetas, sacerdotes, redentores; todo libro es una biblia, toda doctrina se asume como evangelio, todo ideal de progreso como tierra prometida. Hacia 1860, cuando —¡por fin!— queda abolido el catecismo católico como texto obligatorio en las escuelas, se impone a los alumnos una gran cantidad de nuevos catecismos (sic) sobre historia, geografía, ciencias, civismo, historia, siguiendo el mismo método de preguntas y respuestas a memorizar. El memorioso de la invasión norteamericana, José María Roa Bárcena, publicó en 1861 su Catecismo elemental de geografía universal.
Desde el principio, el México independiente cree en el mesianismo del libro. La modernización será producto de la alfabetización, de la cultura. Gómez Farías intenta reformas educativas. La cultura se pone de moda, y la manera más franca en que llega al público semi-letrado o iletrado es a través de la recitación. La poesía medida y rimada, con su facilidad para la memorización y sus dramáticos énfasis declamatorios, sirve para difundir el culto a la ley, a las armas, a los códigos de hombría, al culto a la patria, y al culto del corazón. Porque había llegado de Francia un rival bastante competitivo del pathos religioso: el amor romántico. Buen ejemplo de todo ello es el Himno nacional de Bocanegra y Nunó (1854-1855), y las obras de los mayores poetas del siglo: Rodríguez Galván, Prieto, Altamirano, Acuña, Flores, Gutiérrez Nájera, Othón, Salvador Díaz Mirón. Y llegan las canciones españolas, y la zarzuela.
Las prensas eran infatigables. Pocos sabían leer, pero muchos podían escuchar y memorizar versos y frases. Junto con las canciones amorosas, patrióticas y militares, crece un poderoso libro verbal, herencia colonial que ahora se vuelve colosal y sensacionalista: el corrido, que canta al hombre bravo que no se deja de nadie y se juega la vida a cada instante, con harto arrojo y honor del bueno. En esa época se populariza, como identidad nacional, el tipo del charro, que antes existía como una desahogada y más pacífica identidad de unos cuantos hacendados.
El escritor más sensible del siglo ante las necesidades y pasiones del público, Guillermo Prieto, intenta aprovechar esta pasión por la literatura oral, busca inspiración en la tradición castellana y escribe su Romancero nacional. Advirtió también otra pasión: el México liberado quería disfrutar su libertad: reírse, burlarse, mofarse. La risa, tantos siglos prohibida, se volvió no sólo posible, sino exuberante, tras la aparición de la litografía, gracias a Linati (1826). Corridos, romances, canciones, caricaturas litográficas para un pueblo analfabeta. En muchos periódicos Prieto ejerció su labor burlesca, y narra este temperamento de su época en el libro más representativo de su siglo: Memorias de mis tiempos, al que siguen las crónicas de sus exilios en provincia —entonces se desterraba a los intelectuales en el fondo del país— causados por el dictador Santa Anna: Viajes de orden suprema.
Con enormes esfuerzos se imprimían e importaban algunos libros. Pero la sociedad tenía prisa y poco dinero: se privilegió el periódico. Al año siguiente de la consumación de la Independencia aparece, gracias a Lucas Alamán, El Sol; un año después, El Águila. Tendrán presencia fundamental en la vida nacional El Siglo XIX y El Monitor Republicano; aparecerán periódicos de literatura: El Renacimiento de Altamirano, la Revista Azul de Gutiérrez Nájera, la Revista Moderna de los modernistas; y de ciencias, la Revista Positiva, entre cientos de publicaciones. En periódicos, cuadernillos y hojas sueltas, especialmente las publicadas por Vanegas Arroyo, José Guadalupe Posada dio una relevancia inusitada a la ilustración y la caricatura: calaveras, aparecidos, crímenes. Sólo don Porfirio, en la cumbre de su poder, disciplinará tal exuberancia de la prensa con el férreo e insulso El Imparcial (1896-1914), un mero boletín informativo sin burlas ni críticas, sin diversión ni pasión: la antítesis del periodismo de su siglo, pero muy barato, muy subsidiado, muy moderno y de gran tiraje (llegó a imprimir 125 mil ejemplares hacia 1907). Al cerrar el siglo XIX surge tímidamente un género que hará furor en el XX: la historieta de monitos (introducida por el catalán Planas: "La historia de una mujer", que originalmente apareció como publicidad de los cigarros de la fábrica El Buen Tono.)
Es curioso cómo en una sociedad analfabeta se lucha tanto contra la censura, que sólo Santa Anna logra aplicar descaradamente por breves momentos, y a gran costo (este dictador se vuelve el tema no sólo de los caricaturistas en litografía, sino también de los caricaturistas en prosa, como Prieto y Juan Bautista Morales, "El Gallo Pitagórico"). Ya el inefable Lucas Alamán clamaba contra la libertad de prensa, porque cualquier palurdo la usaba para insultar al clero y a la gente decente: quería democracia, libertad, propiedad y progreso... para el Club de las 300 Personas Decentes de México, S. A. de C. V. (ya el libérrimo fray Servando se oponía a que los mexicanos tuvieran la libertad de leer a Voltaire). Pero la libertad de prensa era amada aun por la muchedumbre de iletrados, que seguían a los pregoneros de los diarios satíricos como colmena, y se hacían leer encabezados, fragmentos, artículos, por compañeros que iban robándole lenta y difícilmente al alfabeto un gajo, como diría López Velarde. Era un derecho y una promesa: cuando aprenda yo a leer, cuando mis hijos aprendan a leer, cuando mi raza... Suman legión las publicaciones periódicas, que aparecen incluso en ciudades medianas. Lo político es preponderante pero hay prensa para todos los temas y todos los gustos; hasta la Iglesia aprende la lección y promueve mucha prensa religiosa y religioso-política de gran fortuna.
Hacia 1850 hay más de trescientas imprentas en el país; 200 en la capital, las otras en Puebla (43), Guadalajara (32), Oaxaca (15), Guanajuato, Mérida, Veracruz. Los folletos y los periódicos constituyen la mayor producción, pero los libros se abren paso, a pesar de la queja continua de los editores: no obstante la producción nacional de papel, y la importación de maquinaria más efectiva y rápida, imprimir en México es cuatro veces más costoso que en París, "fenómeno que puede explicarse por la razón de que el número de ejemplares consumido es mucho menor que en Francia" (dictamen de una comisión de impresores a la Junta General de Instrucción Pública, en 1845.)
Después de cuatro décadas de esfuerzos, menos institucionales que personales, y más debidos al voluntarismo y a la improvisación que al método, ha crecido la cantidad de semi-letrados en México. Los sabios y aristócratas vociferan contra la nueva chusma, brote primero de la clase media: es vulgar, fanática, majadera, burlona: más le valiera ninguna letra que esas semi-letras. Los apóstoles del libro, por el contrario, la defienden. Una primera política, es escribir "buena literatura" (moral, pudibunda, pacata) para las muchas mujeres que ya andan leyendo "cualquier papel que les cae en las manos" (Payno); otra, escribir para el pueblo. No bastan los artículos, es necesario literatura de esparcimiento. Gutiérrez Nájera enloquecerá a esa gente con sus crónicas de espectáculos y vida cotidiana; Altamirano sueña con novelas para las masas: "La novela es el libro de las masas. Los demás estudios desnudos del atavío de la imaginación, y mejores por eso, sin disputa, están reservados a un círculo más inteligente y más dichoso, porque no tienen necesidad de fábulas y de poesía... la novela está llamada a abrir el camino a las clases pobres, para que lleguen a la altura de este círculo privilegiado y se confundan con él. Quizás la novela no es más que la iniciación del pueblo en los misterios de la civilización moderna, y la instrucción gradual que se le da para el sacerdocio del porvenir... la novela, como la canción popular, como el periodismo, como la tribuna, será un vínculo de unión con ellos, y tal vez más fuerte" (1871). Y en efecto, muchísimos novelistas escriben de guerras, costumbres, amores, tiempos antiguos (la Colonia), aventuras, bandoleros, la vida de aldea, la magia de las prostitutas y los criminales, la maldad de los caciques y tiranos, las rebeliones indígenas. Son tantas las novelas —muchas de ellas aparecen en folletín, en los periódicos— del siglo XIX, especialmente de la segunda mitad, que México llega a lucir, especialmente en las clases medias de sus ciudades, como un país moderno, alfabetizado, a punto de imitar plenamente a la sociedad francesa o norteamericana.
Con enormes esfuerzos, concurren también publicaciones de historia, de medicina, de ingeniería y ciencias. Las hay de entretenimiento y conocimientos útiles, como el Calendario de las señoritas mexicanas y los varios Presentes amistosos (antologías de literatura para damas), y el célebre y longevo calendario El más antiguo Galván (su editor, Mariano Galván Rivera, publicó obras importantes en los años veinte y treinta de ese siglo, como la Biblia —cuya lectura estaba y siguió estando durante varias décadas prohibida a los laicos—, El Quijote y algunos periódicos del doctor Mora).
Diversas obras colectivas revelan la pasión por el nacionalismo y la cultura: México a través de los siglos, Los mexicanos pintados por sí mismos, a la vez que en muy diversas áreas surgen profesionales respetables, incluso en la filosofía, las matemáticas, la biología y las ciencias ocultas. Hay editoriales privadas (Galván, Lara, Cumplido, García Torres, White, Escalante, Bouret, Díaz de León) y públicas (Ministerio de Fomento, Museo Nacional). Se crean institutos y sociedades de artes y letras. Se funda la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística. Y la cultura (redacción, ortografía, aritmética, algo de leyes, normas de moral y buenas maneras) se vuelve requisito indispensable para el empleado, el profesionista y el comerciante urbano: tiendas, oficinas privadas y burocráticas, despachos de leyes, talleres y fábricas. Es la cultura —alfabetización, libro, lenguaje, maneras y modas europeas— la que define al nuevo sector de México: la clase media. Sólo los muy pobres o los muy ricos pueden seguir de rancherotes y analfabetas. El libro es contraseña de ascenso social.
Entre el caos político se pierden muchos documentos, a pesar del intento de crear archivos (Lucas Alamán funda el Archivo General de la Nación, en 1823). El gobierno establece dos docenas de bibliotecas bastante inútiles, pues sus fondos están constituidos sobre todo por los viejos libros virreinales de religión, que nadie quiere leer, y no hay dinero para importar o producir todos los libros modernos necesarios. En total, hacia 1875 había veinte bibliotecas en el país, con un total de 236 mil volúmenes: 3 en la Ciudad de México, 2 en Oaxaca, 2 en San Luis Potosí, y una en Aguascalientes, Campeche, Chiapas, Durango, Guanajuato, Jalisco, Estado de México, Michoacán, Puebla, Querétaro, Veracruz, Yucatán y Zacatecas.
La Biblioteca Nacional se instala en el templo de San Agustín en 1879 (reinaugración formal en 1884) con 116,631 volúmenes, de los cuales el gobierno aportó sólo 2,835 por compra y 1,982 de las bibliotecas de sus propios ministerios, más 360 recogidos por la policía y 60 de donativos; los 111,394 restantes fueron requisados de los principales conventos e iglesias de la capital (también se fundó una biblioteca popular en la antigua iglesia de los betlemitas, pero se desconoce su destino, así como el de los 10 mil volúmenes que la Nacional le prestó para que empezara a funcionar). Esto quedaba de las bibliotecas del virreinato en 1879, según los acervos que tuvieron que ceder a la Biblioteca Nacional:

Convento de San Francisco 16 417 volúmenes
Convento de Santo Domingo 6 511
Convento de San Agustín 6 744
Convento de San Diego 8 273
Convento de San Fernando 9 500
Convento de la Merced 3 071
Los cuatro conventos
del Carmen 18 978
Todos los jesuitas 11 695
Catedral 10 210
Universidad 10 652
La Profesa 5 020
San Pablo 1 702
Porta Coeli 1 431
Capilla de Aranzazú 1 190
TOTAL 111 394

Pero a falta de bibliotecas adecuadas, se fundan bibliotecas orales, llamadas academias: eran conversaderos, y ocasiones de recitales, intrigas y elogios mutuos: en la Academia de Letrán (1836-1850) estuvo la primera generación de autores liberales (Prieto, Ramírez, Rodríguez Galván, Calderón, Heredia); en el Liceo Hidalgo (1850-1870) estuvieron Zarco y Altamirano. Múltiples capillas de escritores, conjuradores, poetas y divertidos malvivientes imitaron estas dos sociedades prestigiosas en diversos barrios de la capital, y en diversas ciudades del país.
Dos tipos de mexicano aparecen en este siglo: el poeta y el periodista, ambos bohemios, idealistas, paupérrimos, soñadores de lo absoluto ("lo absoluto" son las señoritas ricas y las grandes residencias), dados al ajenjo y a alguna droga, que entre el tabaco y el hambre llenan cuartillas interminables para el público voraz. Cuenta Victoriano Salado Alvarez que Rafael Reyes Spíndola, el director de El Imparcial, consideraba al periodista como gente desechable: los reporteros tenían una duración promedio de tres años, siete los editorialistas y cuatro los cronistas. Uno podía ver en su facha y en el cansancio que denotaban sus artículos, cuánto tiempo les quedaba de vida. Discípulo del philosophe ilustrado, que hablaba de todos los temas (como Feijoo, o Alzate), el periodista es un conocedor universal, un sábelotodo. Dice Gutiérrez Nájera: "Ayer fue economista, hoy es teólogo, mañana será hebraísta o molinero. Tiene que saber cómo se hace el buen pan y cuáles son las leyes de la evolución; no hay ciencia que no tenga la obligación de conocer ni arte con cuyos secretos no deba estar familiarizado. La misma pluma con que anoche bosquejó la relación de un baile o de una función, le servirá mañana para escribir un artículo sobre ferrocarriles o bancos. Y todo esto sin tiempo para abrir un libro o consultar un diccionario".
Lentamente, a gran costo de vidas y pérdidas económicas, el belicoso siglo XIX mexicano se asentaba y transformaba. Sus transformaciones fueron: el ejército, la ley, las guerras, los burócratas, los abogados, los maestros, las escuelas, los ferrocarriles, el papel moneda, las fábricas, los extranjeros (todo ello escaso durante la Colonia), más el definitivo descenso del poder eclesiástico. México seguía siendo muy católico, pero la Iglesia ya no lo ocupaba absolutamente todo. Ya se leía en México, pero según el censo de 1895 sólo era alfabeta el 14 % de la población total, y casi la mitad de los alfabetas estaban en la capital. Y ese 14 % no da cifra de lectores, sino de empleados de algún oficio o servicio que exigía la práctica del alfabeto. La "masa" de lectores era de cualquier modo un club muy escaso. Un sector muy reducido había recibido los beneficios del mesianismo libresco. El censo de 1910 habla de un 20 % de alfabetas en todo el país.
Hacia 1867, con la apertura de la Escuela Nacional Preparatoria, y el estímulo a las escuelas de derecho, medicina e ingeniería, se rompe el monopolio de las humanidades en la cultura mexicana, y empieza a imperar el ejercicio de la administración, de las ciencias y de las técnicas. Gabino Barreda ordena a los profesores de la preparatoria (1881) que redacten ellos mismos sus libros de texto, para evitar los costos de importarlos y para estimular la actividad nacional en las disciplinas técnicas y científicas. Los catálogos de librerías se pueblan de autores de libros no-humanísticos, por primera vez en la historia, aunque suelen ser digestos o casi-plagios de títulos extranjeros (costumbre que sobrevive durante todo el siglo XX), pero al fin muchas disciplinas se vuelven accesibles para los estudiantes y el público amplio —con la ventaja además del idioma, pues hasta ese momento había que leer inglés, francés o alemán para aprender cualquier cosa, hasta las nuevas técnicas de riego o de sacar muelas. Mal que bien el letrado se vuelve científico, y "los Científicos", el grupo modernizador (industriales, financieros, burócratas, comerciantes), son los amos del nuevo modo de vida: libre mercado, inversiones, finanzas, comercio, contabilidad, administración.
Si uno sigue los principales periódicos del siglo en busca de los decretos y leyes, se encontrará un gran desorden desde el Diario de México y El Sol, hasta El Siglo XIX y El Monitor Republicano; pero de pronto se hace y se mantiene el orden: todo ocurre en sus fechas determinadas, y se expresa con precisión y pulcritud en el Diario de los Debates, el Diario Oficial y las memorias puntuales de cada oficina de gobierno. Se lee ahora algo más que crónicas, artículos, poemas y relatos: aparecen los atlas, las estadísticas, los mapas, como el Atlas geográfico, estadístico e histórico de la república mexicana. Hay cambios en el uso de la imagen: irrumpe el libro óptico: fotógrafos como White y Kahlo toman el rostro del país; y a principios de siglo XX la cámara cinematográfica lo dota de movimiento.
Para celebrar el centenario de la Independencia, el gobierno de la República ofrece una antología de la nueva cultura laica y moderna: la Antología del Centenario. Justo Sierra, cacique cultural de la nueva era, no sólo ha vuelto libro el pasado, el presente y el futuro de México, sino que lo ha convertido en método científico, sociológico: México: su evolución social, mediante el cual las lacras de atraso, diferencias raciales, fanatismo y violencia, se redimirán mediante el mestizaje, el alfabeto, la educación, el orden y el trabajo disciplinado.
Pero había nuevamente, por debajo del triunfalismo ilustrado oficial, periódicos, libros y autores inconformes, como Flores Magón (El hijo del Ahuizote, Regeneración), Molina Henríquez (Los grandes problemas nacionales) y Madero (La sucesión presidencial).

4.- LA DECADENCIA DEL LIBRO EN LA ERA TECNOLÓGICA
Coincidió con la revolución un movimiento cultural de jóvenes: el Ateneo de la Juventud, que reaccionaba contra los excesos pragmatistas y anti-intelectualistas del positivismo, buscaba una cultura con ideales, y una reivindicación de las artes y del espíritu. Entre los ateneístas se hallaban Alfonso Reyes y José Vasconcelos, quien tuvo la gran oportunidad cultural del siglo: amigo del general Obregón, alcanzó la rectoría de la Universidad, primero, y luego la Secretaría de Educación (1921-1923). Impulsó una poderosa campaña de alfabetización, higiene, extensión de la escuela elemental y de la educación a los indígenas, así como de la difusión del libro y de las artes (especialmente la pintura mural). Convirtió a la Secretaría de Educación en un editor masivo (25 mil ejemplares por título, gran tiraje para la época) de libros clásicos, fundó la revista El Maestro y trató de abrir una pequeña biblioteca donde hubiera una escuela o un centro educativo. A partir de Vasconcelos, el Estado asumió un papel mayor que el antiguo mecenazgo: el del promotor fundamental de la alfabetización, la instrucción, la cultura y las artes en el país.
Es difícil evaluar el desarrollo de la alfabetización, la lectura y la cultura mexicanas. Si vemos las estadísticas, hablaríamos en general de ascensos impresionantes: cantidad de alfabetizados, de escuelas, de bibliotecas, de universidades, de publicaciones. Aun desconfiando de sus cifras (por ejemplo, buena parte de las publicaciones son propaganda gubernamental, y buena parte de los tirajes gubernamentales y universitarios nunca salen de bodegas; buena parte de las bibliotecas —al menos, hasta la creación del Sistema Nacional de Bibliotecas de 1982— eran simples salones cerrados de oficinas gubernamentales), el avance cuantitativo es impresionante. Sin embargo, los soñadores de un futuro guiado por el libro y la letra impresa, verían con ojos críticos el panorama de nuestro siglo:
* Se acabó la mística del alfabeto. La alfabetización no garantiza mucho bienestar (hay muchísimos pobres con su secundaria bien terminada, muchísimos universitarios desempleados) ni mayor conciencia cultural o política: el silabario es simplemente un instrumento útil, indispensable, pero que no retribuye las grandes esperanzas puestas en él. Por el contrario, en nuestro siglo se ha revaluado la cultura no letrada (culturas tradicionales, étnicas, campesinas, orales) y se ha criticado la semi-culturización de grandes masas urbanas alfabetizadas, pero que en la realidad actúan como analfabetas funcionales. Se puede ser alfabetizado, y hasta doctor, y no necesitar para nada los libros.
* El siglo XX introdujo en la vida cotidiana muchas otras formas de cultura, más funcionales en la realidad que el libro para grandes sectores humanos: el radio, el cine, la televisión, los videos, las computadoras. El libro dejó de ser meta, decayó en auxiliar de medios más poderosos. No deja de existir la letra impresa, pero se ubica en un lugar subalterno: la televisión por encima de los periódicos y de los libros.
* No se formó un mercado importante para el libro. A pesar de dos siglos de promover las ediciones y los lectores, México tiene un mercado y una industria editoriales débiles. Han aparecido, desde luego, meritorios esfuerzos editoriales privados, especialmente sobre temas humanísticos y sociales (los temas científicos y técnicos, pese a ensayos intermitentes, siguen siendo asunto de libros importados): Porrúa (1904), Cultura, México Moderno, Botas, Fondo de Cultura Económica (1934), Jus, Patria, Grijalbo, Diana, Novaro, Joaquín Mortiz, Era, Siglo XXI, Vuelta, Cal y Arena, etcétera. Pero el libro mexicano sigue requiriendo de grandes subsidios gubernamentales: las universidades estatales, las secretarías de Estado, Conaculta, Conacyt, etcétera. De especial importancia son los libros de texto gratuitos para primaria, que vienen imprimiéndose por millones desde 1964.
* La sociedad de masas no se aviene con el culto al libro, que es herencia de una sociedad de minorías. El libro de hoy es un vehículo como cualquier otro de la cultura, no la cultura misma, y no garantiza mesianismos, redenciones ni privilegios especiales, aunque sí sigue ofreciendo mayor funcionalidad que otros medios, incluso los de computación, que se popularizaron en México desde los años ochenta.
* El concepto de lectura cambió. No se lee para formarse, para construirse una identidad, para lograr no sé qué paraíso culturalista (como se soñaba en el siglo pasado), sino para documentarse en aspectos útiles o para entretenerse. Las librerías, que siguen siendo escasas (unas 500 en todo el territorio nacional, de las cuales sólo unas 20 son parecidas —semejanza remota— a las buenas librerías norteamericanas), ofrecen cada vez menos libros humanísticos o de interés general, y más textos de consulta o de conocimientos prácticos. Ningún autor en nuestra época goza del "ministerio moral" que tuvieron en el pasado Prieto, Altamirano, Sierra, Nervo, Vasconcelos...
* Sin duda la gente de letras puede ver la decadencia del prestigio y de la fuerza emotiva y moral del libro, con pena; muchas otras personas no lo ven así. La cultura es casa de múltiples puertas, de múltiples medios, y las ofertas de nuestro tiempo, especialmente las electrónicas, son más variadas y, hay que reconocerlo, eficaces. Los locutores de televisión tienen más impacto que los escritores de periódicos, los cantantes de rock emocionan más que los poetas, las telenovelas gustan más que las novelas sin tele, las películas son más discutidas que los tratados.
* A mediados de siglo, se puso de moda el método norteamericano de "lectura veloz": se trataba de ejercitar la vista para recorrer en diagonal la página y atrapar los puntos básicos de un texto, lo que permitía "leer" un libro grueso, que antes se llevaba días, en media hora. El amante de los libros pensó: Sic transit... Las pedagogías de vanguardia siguen un método similar desde los años sesenta: no se enseña al niño a leer, ni mucho menos a retener ni —horror— a memorizar textos, sino a "consultar", a distinguir dónde se encuentra la información para buscarla en el momento que la requiera, que uno puede suponer que es nunca. La computación vino a acelerar ese camino. Así la lectura a la antigua, como la habilidad para la aritmética, la caligrafía, la ortografía, la redacción, la lectura en voz alta, acompañan al libro en su descenso a la modestia.
* Tal vez no haya mucho qué lamentar en este fin del sueño libresco. De cualquier manera, quienes quieran (tal vez menos de 100 mil mexicanos en la actualidad) conservar el antiguo placer, o pasión, o necesidad, de la lectura verdadera y los libros verdaderos, siempre podrán satisfacerla. La nueva sociedad claramente prefiere otros medios de información y cultura. Total: ¿para qué tanto leer? El viejo culto al libro respondía: para lograr una vida moderna, una dignidad civil democrática, una práctica de los derechos civiles, un mayor conocimiento de la realidad —pero, ¿de veras daban esto los libros? ¿lo daban siempre? ¿lo daban garantizadamente? No: el libro no es un sueño, es un objeto, precioso si se quiere, pero un objeto. La cultura puede ser grande con piedras labradas o películas, discos o computadoras, códices o leyendas orales. La calidad de una cultura no depende totalmente de sus vehículos (aunque un gran vehículo la facilita).
* Algo ha fallado en México, cuando después de alfabetizar a la gran mayoría de la población, los alfabetizados prefieren cómics, películas, televisión, radio, cine, videos, computadoras. Tal vez tienen una idea errónea del libro, o demagógica, o vaga, o... demasiado clara. No es cierto que una buena película o un buen cómic sean necesariamente inferiores a un libro mediocre. Y hay veces que los libros están más atrasados con respecto a la realidad que la televisión, la radio, los cómics, o los discos; y la gente, que tiene prisa por vivir, prefiere los medios y los mensajes que le responden mejor.
* El libro seguirá siendo indispensable para sabios, letrados, profesionistas. Como cultura general, deberá convencer al público de que realmente funciona. Las respuestas que se han ensayado en México recientemente —bajar el nivel de calidad del libro, tocar temas banales y oportunistas, usar un lenguaje muy limitado y muy coloquial, para evitarle esfuerzos al lector, etcétera— no han funcionado gran cosa.
* Tal vez la gente, aun analfabeta —o precisamente por ser analfabeta— creía antes en los libros con mayor fuerza, porque el libro parecía contener grandes mensajes —ideológicos, románticos, políticos, religiosos—; mensajes que no existían en ninguna otra parte fuera del libro. Para un melodrama cualquiera, lo mismo da novela que telenovela. Salvador Novo se burlaba de las pomposas campañas de alfabetización de Jaime Torres Bodet:

"Exclamó la comunidat
al escuchar la novedat:
¿Dejar de ser analfabet
para leer a Torres Bodet?
¡Qué atrocidat!"

¡Y en efecto, en efecto! Cuando veo en las tiendas de autoservicio tanto best-seller simplón, tanto libro gubernamental redactado y publicado por mera rutina (para que se diga que se "apoya" la cultura), tanta monografía pedantesca de las universidades, tanta... entiendo que muchos alfabetizados pero no lobotomizados digan "¡qué atrocidad!", y busquen otros caminos para su cultura cotidiana. La cultura, ya se dijo, tiene múltiples puertas; el libro es sólo una de ellas, indispensable, pero no monopólica.

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1 comentario:

Francisco dijo...

Corolario a una expresión célebre de Gabriel Zaid, en lo tocante al mundo de la "academia" en México: las editoriales editan, las universidades imprimen. Por otra parte, seguirán los libros, de papel y hueso, menguarán los lectores. Ya no existe el autor: Internet "democratizó" el crédito.

Sale.

Francisco