jueves, 30 de julio de 2009

VERLAINE: EL TAÑIDO DEL OLIFANTE


VERLAINE:
EL TAÑIDO DEL OLIFANTE
Por José Joaquín Blanco


La gran revolución simbolista de la poesía francesa, comenzada por Baudelaire, contó con tres caudillos en la segunda mitad del siglo XIX: Verlaine, Rimbaud y Mallarmé. Ninguno de ellos fue muy estimado en su momento; el lector común seguía prefiriendo a Víctor Hugo, y luego a los parnasianos, pero no ignoraba a Verlaine (1844-1896): la perfección del verso y de la composición puesta al servicio de los “placeres malditos” —uno de los cuales era la ensoñación de los rincones o episodios prohibidos de la historia antigua (recuerdos de Ecbatana y de los Borgia; “suntuosidad persa y papal”); y el otro, la exaltación de la lujuria al sitio del Ideal (“la pasión loca va tañendo el olifante”. “Olifant”: “marfil; nombre del cuerno que llevaba Rolando, y en general un tipo de cuerno pequeño que llevaban los caballeros”: Le petit Littré). Exaltación tanto más irónica cuanto que casi siempre ocurría en lupanares, entre bohemios sin un céntimo que sufrían graves remordimientos religiosos.
El siglo XX le dio las espaldas a Paul Verlaine, quien cometió muchos pecados que abominaba el nuevo siglo: poesía musical (“La música antes que nada... que tu verso sea la cosa en vuelo... y todo lo demás es literatura”); perfección, sutileza (“¡No queremos el color, sólo el matiz!”); lujo, fracaso económico y social, esteticismo (“¡Vivimos en un dandismo, prendados solamente de las Rimas!”); hiperestesia mórbida, misantropía, anarquismo (participó en la Comuna); autoflagelación, sentimentalismo.
Enemigo de la civilización industrial, vociferaba cantos de odio contra las ciudades modernas; a los nuevos poetas “El mundo, turbado por su palabra profunda,/ los exilia. ¡A su vez ellos exilian al mundo!”. Efraín Huerta retomó esos cantos de odio urbano y esa misión del poeta (“Responso por un poeta descuartizado”).
Aunque fue el gran promotor del concepto y del racimo de Los poetas malditos (1884), nuestro siglo lo hizo víctima de un curioso maniqueísmo en cuestión de malditos. Se ensalzó (incluso por parte de los católicos y de los surrealistas) a Rimbaud, como una especie de santo al revés —quien de plano, como en viaje místico, se fue a pasar Una temporada en el infierno—; pero se excomulgó al “decadente”, “frívolo”, “vicioso” ensoñador de perfumes, joyas, cuerpos, historias y músicas equívocas, que iba y venía botella en mano de la sacristía a la cárcel, y del hospital al burdel.
Además Verlaine era feo, “tenía mal vino”, y en sus raptos de cólera solían estar cerca esa maldita pistola contra Rimbaud, ese maldito sable contra su madre. Pontificó Anatole France: “El autor es indigno, y los versos son los peores que he visto”. En su célebre no-diatriba contra Anatole France en la Academia Francesa, Paul Valéry no sólo vengó a Mallarmé, sino también al saturniano.
Verlaine —no mártir como Rimbaud, no asceta como Mallarmé—, hizo un reino negro para los proscritos: “Id, pues, vagabundos, sin tregua,/ errad, funestos y malditos,/ a lo largo de los abismos y las playas/ bajo el ojo cerrado de los paraísos.” O bien: “Y nosotros, que la derrota nos ha hecho, ay, sobrevivir,/ los pies magullados, los ojos turbios, la cabeza pesada,/ sangrantes, flojos, deshonrados, cansados,/ vamos, penosamente ahogando un lamento sordo...”
A lo largo de nuestro siglo se ha revalorado a Baudelaire, a Rimbaud, a Mallarmé. No a Verlaine, a quien en español conocemos principalmente a través del rodeo por Rubén Darío y de “Birds in the night” de Luis Cernuda. No había poeta con mejor música que Verlaine (“Les sanglots longs/ Des violons/ De l’automne...”) Valéry no desconoció su primacía. Darío lo escuchaba con tal pasión, que quien haya leído Prosas profanas conoce mucho a Verlaine, aunque jamás haya recurrido al poeta de Las fiestas galantes (1869).
Como sus tres compañeros ilustres, Verlaine es sobre todo un poeta de hallazgos verbales, y no tanto ideológicos o filosóficos; pierde casi todo en las traducciones: su música, su suntuosidad, su perfecta versificación, su ironía en la combinación de vocablos, sus calembours. Incluso en francés, se ve lleno de manierismos Segundo Imperio, de decadentismos fin-de-siglo, cuya novedad enloqueció a sus contemporáneos, y que ahora parecen pintoresquismo de época: asfódelos y nenúfares carnales del Museo d’Orsay.
A diferencia de sus compañeros, careció de mística (y de teoría, como no sean el dandismo y la “maldición saturniana”), lo que para muchos equivale a decir que careció de seriedad, de profundidad. Fue un fanático de la forma, pero con un fanatismo meramente sensual, sin las pretensiones filológico-filosóficas de un Mallarmé. Fue un revolucionario de las costumbres, pero sin la deliberación del joven Rimbaud: a cada momento se arrepentía y a gritos pedía perdón a los párrocos. También en eso recuerda a Baudelaire. Quiso meterse a monje.
Curiosamente, este idólatra de la Forma creía sobre todo en el Gran Contenido; el fin de la poesía era la expresión, casi la confesión —así, con solemnidad sacramental— del alma del poeta: “El Arte, hijos míos, es ser absolutamente uno mismo”. No el estar absolutamente ebrio, que pedía Baudelaire; no el ser absolutamente moderno, que exigía Rimbaud; no el ser absolutamente el Texto, que estatuyó Mallarmé. (Ningún otro poeta de la forma tuvo tan paradójica mala suerte: quedó en la fama pública, de tanto ser “él mismo” en sus poemas, como un exquisito biógrafo de la disipación y la crápula).
Y ese “uno mismo”, por lo demás, era una maldición astral, la de nacer bajo el siglo de Saturno: “Ahora bien, aquéllos nacidos bajo el signo de Saturno,/ fiero planeta, caro a los nigrománticos,/ entre todos tienen, según los viejos grimorios,/ buena parte de desdicha y de cólera...” (Grimoire: manual de brujería); “Lo que necesitamos nosotros, supremos poetas/ que veneramos a los dioses, y en los cuales no creemos,/ nosotros a quienes ningún rayo de luz aureola la cabeza,/ a quienes ninguna Beatriz nos ha dirigido los pasos”... Su primer libro, de 1866, se llama precisamente Poemas saturnianos. Porfirio Barba-Jacob trató de imitarlo no sólo en el verso. Susan Sontag ha escrito un ensayo Bajo el signo de Saturno (México, Laser Press, 1981).
¿Fue absolutamente “él mismo” en su poesía? Sólo de una manera indirecta. Fue sus sueños, fue sus pesadillas. Fue Sardanápalo y Heliogábalo, Felipe II, Caspar Hauser y Luis de Baviera, Pierrot y Colombina, Wagner y Calderón, las mitologías indostanas y las leyendas de la Edad Media —lo que, bien mirado, no es un mundo poético tan estrecho ni tan despojado de “contenido”. Ascendentes en la luna, la lluvia, el otoño y el atardecer en jardines ruinosos y en alcobas acojinadas, olorosas a almizcle y a benjui.
Amó como el más delicado y suntuoso de los voyeurs los abrazos lesbianos de las amigas adolescentes (“Las amigas”, esas seis acuarelas de lujo, protagonistas de toda literatura erótica). El lector ha tener libre su mejor mano al leer la “Primavera”:

Tierna, la muchacha pelirroja,
A la que tanta inocencia enardece,
Dice a su amiguita rubia
Estas palabras, en voz dulce y queda:

“Savia que asciende y flor que brota,
Tu infancia es una glorieta:
Deja en su musgo errar mis dedos,
Ahí donde brilla el botón de rosa;

“Déjame, entre la hierba clara,
Beber las gotas de rocío,
Ahí donde la tierna flor está rociada;

“Para que el placer, amada mía,
Ilumine tu frente cándida
Como, al alba, el azul tímido.”

Habrá que señalar entonces la feliz coincidencia del perfeccionismo estético (virtuosismo de sugerencias y matices, más que el trato directo) con el afán de conquistar el tema sexual para la poesía en esta época; y añadir la tensión moral del remordimiento de esos libertinos que querían ser devotos. De ahí la irrepetible delicadeza y la particular intensidad emotiva —en sonetos de filigrana— de sus traviesas “muchachas en flor”, que relatará Proust.
En sus últimos años, sin embargo, Verlaine quiso cultivar una poesía deliberadamente letrinesca (“No metaforicemos, ¡a coger! A pelotear bien los huevos”, etc. Ne métaphorons pas, foutons, / Pelotons-nous bien les roustons...), bajo los títulos de Parallèlement y Hombres: veintitantos textos que por lo general se publicaron sólo hasta este siglo, en ediciones privadas; no están desprovistos de gracia (auto)satírica. (Los poemas de Hombres, aparecen en Oeuvres livres, París, Cercle du Livre Précieux, 1961, y en A Lover’s Cock and other gay poems, Ed. bilingüe, San Francisco, Gay Sunshine Press, 1979.) Debe señalarse, asimismo, que a diferencia de la expresión dichosa que encontró en Verlaine el amor lesbiano, los amores entre Hombres sólo fueron realmente celebrados de una manera satírica y letrinesca. El mismo camino siguió Proust: ofrece delicadas acuarelas de sus perversillas “muchachas en flor” y espantables aguafuertes de Monsieur de Charlus. Dice Edmund Wilson en El castillo de Axel: “Proust no trata de vendernos la homosexualidad haciéndola aparecer atractiva y respetable, como por ejemplo André Gide... [En las novelas de Proust] desde luego se nos hace sentir la atracción femenina de Albertine y de Odette, mientras que, por el otro lado, ninguno de sus homosexuales masculinos aparece jamás sino en formas horribles o cómicas...” Igual en Verlaine.
Como en Poe y en Darío, su vida de miseria produjo poemas llenos de joyas y de oro (Víctor Hugo, que era rico, cantaba a la vida sencilla); su mala fortuna moral —cantinas, cárceles, hospitales— lo condujo a llorosas loas a la Iglesia y a la virtud (Víctor Hugo, quien carecía de la “maldición de Saturno”, no necesitaba los consuelos de la Iglesia, sino la compañía de los héroes y dioses paganos, sus compadres).
Verlaine logró joyas verbales. No se pueden traducir cumplidamente, pero los milagros ocurren: en Rubén Darío hay más Verlaine que en cualquier versión española de Verlaine. Y también logró a ratos ese raro don de algunos poetas, que Borges reconoce: el afecto del lector, su complicidad, que más allá de los juicios literarios se niega a olvidar ciertos versos: “¿Qué has hecho, tú que estás/ llorando sin cesar,/ di qué has hecho tú, que ahí estás,/ de tu juventud?” (Qu’as-tu fait, ô toi que voilà/ Pleurant sans cesse,/ Dis, qu’as-tu fait, toi que voilà,/ De ta jeunesse?).
Sus andanzas desesperadas, sus sueños de paraísos de lujo y maldad (“Bajo techos de oro,/ entre los perfumes, al son de la música,/ harenes sin fin, paraísos físicos”), sobresaltados por pesadillas de postración, dolor, humillación (“Los negros inviernos de mis hastíos, de mis ascos, de mis angustias”... “Mi alma apareja hacia naufragios horribles”), entretejen una especie de tragedia moral alucinante.
Más que ningún otro, este emblemático “poeta maldito” habla de las “inmundas” ciudades modernas, donde un soñador menesteroso, enfermo, a poca distancia del desastre y del crimen, se roba de la historia antigua leyendas de lujo sensual; y de los cuerpos que pasan, hiperestésicas lucubraciones de alcoba. Es inevitable que en tales poemas abunden la confesión a Dios o a la amada, la autocompasión, los tremendos berrinches a cachetadas del poeta consigo mismo, los escupitajos.
Quizás Verlaine fue el más escéptico de todos ante la Poesía, esta putilla de los bohemios:

Pon tu frente sobre mi frente y tu mano en mi mano,
Y hazme los juramentos que romperás mañana,
Y lloremos hasta que amanezca, mi pequeña fogosa.

¡Pero eso ya era algo! Era cantar concretamente la tristeza, la monotonía, el vacío (“el aire átono”), la grisura de la realidad. Todo un arsenal de museos, bibliotecas y catedrales, de guardarropas y galerías del horror, de perfumes y colores, para decir: no, nunca, nada, nadie... Decir solamente: “Llueve en mi corazón/ como llueve sobre la ciudad” (Il pleure dans mon coeur/ Comme il pleut sur la ville).
Y ensoñar entonces, a sabiendas que se delira, sueños musicales, perfumados, minuciosamente tallados con perfección de diamante, conscientes de su inutilidad, de su inexistencia. Rubén Darío (Cantos de vida y esperanza) escribió uno de esos delirios suntuosos para su tumba:
Que púberes canéforas te ofrenden el acanto;
que sobre tu sepulcro no se derrame el llanto,
sino rocío, vino, miel;
que el pámpano allí brote, las flores de Citeres,
¡y que se escuchen vagos suspiros de mujeres
bajo un simbólico laurel!