miércoles, 16 de diciembre de 2009

EL PIPIÁN DEL ARZOBISPO

EL PIPIÁN DEL ARZOBISPO

Por José Joaquín Blanco

I
Promediaba el siglo XVIII y el arzobispo de la ciudad de México trinaba contra los mexicanos y las potencias celestiales. Todos ellos, naturales y siderales, se negaban a la Ilustración, al sentido común, a la razón, a la lógica y a la observancia mínima de la decencia y del decoro modernos, al respeto por lo sagrado, en los asuntos del culto.
En vano el padre Feijoo acercaba la ciencia a la religión, y la razón a la fe católica. Se aparecían más cristos, vírgenes y santos en Chalco, Chalma, Amecameca o Apan durante un solo mes, que en toda Europa durante un siglo. ¡Qué tenebrosa y anticuada resultaba esta parte occidental del imperio español! ¡Qué irreverente e irrespetuosa!
¡Y se aparecían por cualquier cosa! Para pedir la construcción de una ermita misérrima en la punta de un cerro pelón, tenía que ocurrir el milagro aparatoso: se abrían los cielos, desfilaban los ángeles con todas sus galas, y el propio Señor del Tormento se hacía entender por el más remoto de los indios, de ésos que todavía no se sabía ni siquiera qué lengua o dialecto hablaban. ¿De veras un templucho de pueblo ameritaba la intervención personal y a toda orquesta del Altísimo, con toda su Corte?
Entonces se desataban -era cosa de todos los días- las molestias para el arzobispo. Visitas, procesiones, cartas, cultos extrañísimos y bárbaros con el pretexto de un milagro católico; representaciones extravagantes de teatro supuestamente sacro y danzas delirantes y salvajes en homenaje a la Virgen Purísima.
La verdad de la fe se asfixiaba entre tanta maleza supersticiosa. Indudablemente supersticiones inocentes, pues salvo uno que otro jesuita, difícilmente se distinguía en la Nueva España a algún indiano con dos dedos de frente. No había malicia intelectual en estas tierras primitivas, concedía el prelado. Pero incluso a las puerilidades y a las supercherías ingenuas había que poner coto. “¡El respeto y la reverencia ante todo!” La religión se estaba volviendo en América un inconcebible teatro de bobos, para mayor escarnio por parte de los herejes y demás enemigos de Roma y de España: ¡Miren el cristianismo salvaje, caníbal, de los españoles!”
Eso en cuanto a los indios, pero las damas criollas más adineradas y altaneras no se quedaban atrás: al primer dolor de muelas recurrían a todos los santos. Lo peor es que los santos acudían ipso facto, las damas se aliviaban y proclamaban en todos los rincones de la ciudad el portento de la muela que les había dejado de doler en cuanto habían pronunciado la jaculatoria: “Sagrado Corazón de Jesús: en vos confío”. Instantáneamente.
Se trataba ya de un chismerío, de un choteo insoportable de la religión. El arzobispo europeo predicó, al igual que varios de sus antecesores, contra tan vulgar trasiego de lo sagrado. Los fieles debían recurrir a las potencias espirituales sólo para asuntos del Espíritu, con una actitud reverente y respetuosa; y dejar lo demás a los curanderos o al Protomedicato, a su propio esfuerzo y al sentido común.
Los mexicanos de todas las clases sociales no disimularon su disgusto: que allá, en la moderna Europa, se anduvieran con sus remilgos filosóficos; aquí los santos servían para todo y muy contentos. Ni a los mexicanos ni a las potencias celestiales les desagradaba tal familiaridad en el trato. Todo lo contrario. Para eso sobre todo servían los santos: para que los frijoles no se quemaran y los dulces de almendra con frutas confitadas quedaran en su punto. Sabrosísimos. Así había ocurrido desde la primera evangelización.
Sólo a los gachupines, y especialmente al arzobispo, les fastidiaba que los moles, los chiles rellenos, los tamales y el chocolate requirieran de la colaboración expresa y gustosa del empíreo, que por lo demás nunca se les negaba a las cocineras mexicanas. “Al envolver el tamal pibil con hojas de plátano debe decirse con devoción: ‘Jesús, María y José’, o se rompe la masa”, instruían los recetarios.
El arzobispo era malhumorado y violento. Y un buen día lanzó una bula de excomunión mayor contra todos aquellos que, sin distingo de su raza o condición social, tomaran a los santos, a Dios y la Virgen como sus juguetes, y con absoluta falta de veneración y respeto los molestaran para los más menudos y mezquinos episodios de la vulgaridad cotidiana.
Quedaban también excomulgados quienes inventaran o divulgaran que, por ejemplo, la Inmaculada había multiplicado las enchiladas, de modo que alcanzaran para ciertas inesperadas visitas de la señora Cisneros, devota de Nuestra Señora del Refugio y vecina de la calle de Cordobanes.
O que la Madre de Dios había soplado sobre el plato de una abuelita, consentida de la Virgen del Pilar y vecina de Arco de San Agustín, a fin de que el caldillo de chipotle de unas albóndigas, demasiado picante, no le fuera a irritar el estómago. Todos los platos, procedentes de la misma cazuela, picaban como el mismo infierno; sólo el de la abuelita no. “Un chipotle celestial. ¡Bendito sea Dios!”
Mustios y taimados, los mexicanos no protestaron de viva voz contra la intransigencia ilustrada de Su Ilustrísima, pero disminuyeron las limosnas en catedral y se alejaron del alto clero metropolitano. Iban a los templos a entenderse al tú por tú con las imágenes, sin respeto ni reverencia alguna hacia sus ministros mayores. El arzobispo no se dejó amilanar. “Es cuestión de mostrar mano fuerte durante un tiempo, ya aprenderán”, se dijo.
Por desgracia, el bajo clero nativo se rebeló, también subrepticiamente, mustio y taimado, contra su arzobispo, y a trasmano alentaba a los feligreses a continuar con sus rústicas costumbres tradicionales. Un fraile betlemita desaforado (al fin y al cabo era una orden guatemalteca) llegó a declararle a una beata, según le reportó un espía a Su Ilustrísima: “Los obispos pasan, los santos se quedan”. Los curas y las iglesias pobres incrementaron por arte de magia su público y sus ingresos.
Lo que no se esperaba el arzobispo era que también las potencias celestiales se le rebelaran. Creía tenerlas en un puño a ellas también: por algo era la cabeza de la iglesia mexicana y el representante del Papa.
Se trataba de un extremeño narigón y desgarbado, prepotente, de mala digestión y peor sueño, que rara vez alcanzaba a dormir dos horas seguidas.
Pues he aquí que una madrugada, cuando por fin había logrado su sueño más profundo en muchos meses, se le apareció la Virgen del Carmen. Nunca se le habían aparecido personalmente las potencias celestiales allá en Europa, a pesar de su larga y prestigiosa carrera eclesiástica. Ni en París ni en Zaragoza, ni en Florencia ni en Roma. ¡Pues en México sí! Y para decirle ¡qué cosas! Verdaderamente se trataba de un país incorregible.
Se despertó sobresaltado, angustioso, con la garganta seca. Todavía sentía impreso en sus miopes pupilas un paisaje suntuoso de nubes multicolores y agitadas, con ángeles y profetas, padres de la Iglesia, mártires y confesores, vírgenes y querubines. Una “gloria” o un “aquelarre a lo divino” de Tintoretto o de El Greco. Y la mismísima Virgen del Carmen que le hablaba: “¡Levántate y apréstate a socorrer a mi hija muy querida sor Magdalena del Amor de Dios, del convento de la Encarnación, porque se ha cagado!”

II
El arzobispo no conocía personalmente a las monjas mexicanas. Las evitaba; las detestaba. Eran latosas y pedigüeñas, cursis y ridículas. Todos los días le mandaban cartas y platillos, bordados y más cartas. Todo el tiempo se hacían las que Dios les hablaba para cualquiera de sus boberías. Se las había encomendado a los sacerdotes que lo auxiliaban, con la consigna de mantenerlas a raya, con severidad. Eran además histéricas y mitoteras. En las elecciones de abadesas solían aparecer hasta monjas descalabradas y asesinadas dentro de los mustios conventos novohispanos. “¡A otro con cuentos de monjas mexicanas ‘amiguísimas de la Virgen’! ¡Disciplina y mayor severidad!”
Se preguntó si existiría realmente alguna sor Magdalena del Amor de Dios en el convento de la Encarnación. Si no se trataría más bien de una burla del Maligno, quien así se infiltraba en sus raros momentos de sueño profundo para fastidiarlo y burlarse de él, con el vulgarísimo humor mexicano.
Se disponía a tirar del cordón de la campanilla que colgaba junto a su lecho, para enviar a algún sacerdote al convento a averiguar el misterio, cuando un extraño temor lo contuvo: ¿Y si la orden fuese cierta? ¿Desacataría la voluntad de la Virgen del Carmen?
Por otra parte, si tan sólo se trataba de una broma del diablo o de una mera pesadilla, producto de los “bizcochos mantecosos” que había cenado (obsequio de las “malditas monjas de Santa Clara”), corría el riesgo de volverse el hazmerreír de sus subordinados.
Se imaginaba ya a todas las beatas mexicanas, emperifolladas con sedas, brocados y joyerías, pelucas y rellenos, cuchicheando en misa. Chaparritas, muy bustonas y caderonas, pero con los pies embutidos en zapatitos de miniatura, porque calzar chiquito era elegante, y en eso destacaban las mexicanas sobre las españolas: en el precioso pie chiquito, seguramente ya contrahecho, con los dedos comprimidos y apelmazados... Las damas mexicanas nunca dejaban de platicar durante las ceremonias religiosas, ni de mascar chicle como castañuelas, ni de comer antojitos que portaban descaradamente en canastillas. Salsas, guacamole, frutas en almíbar: todo. Frente al altar, en plena misa. Rece y rece y come y come.
Había las que fumaban como chimeneas entre los dóminus y los vobiscum, dignas de una taberna. Y las más descaradas que encomendaban a sus criadas que les llevaran un jarro de chocolate espumoso y calientito precisamente a la mitad del sermón (“Porque de otra manera”, alegaban, “¿quién aguanta los interminables sermones de Su Ilustrísima?”), como si la Santa Misa fuese comedia o corrida de toros.
Las imaginaba risoteando bajo sus mantones, mantillas, tápalos y rebozos, dizque escondiéndose en el dale que dale de sus abanicos perfumados: “¿Ya te enteraste de lo que sueña Su Ilustrísima? ¡Esos sí que son sueños de obispo!”.
Se incorporó, se vistió de prisa y se hizo conducir por su alarmado cochero (medio borracho) al convento de la Encarnación. Efectivamente existía una sor Magdalena del Amor de Dios y efectivamente se había cagado.
La pobre mujer, según le refirió la abadesa, llevaba días con una “gran flojedad de estómago”, con unas “cámaras” de santo y señor mío.
Estaba ya tan debilitada que había quedado como desfallecida en su catre, y le había ocurrido el percance en mitad de su desfallecimiento, sin que lo advirtiera.
La celda apestaba a zahúrda. El arzobispo ordenó a las desmañanadas y azoradas monjas que la limpiaran de inmediato; la bendijo apresuradamente, le restregó su anillo episcopal (que se propuso hacer lavar de inmediato) en los labios, y regresó a su palacio. No pudo volver a dormir, ni siquiera a dormitar durante tres días.
Ahora quien desfallecía, pero de insomnio, era él. Y así, débil y apagado, recibió de pronto ¡cinco! canastas de dulces de almendra con frutas confitadas, elaborados por las monjas del convento de la Encarnación. Simulaban florecitas, estrellitas, angelitos, conchitas de mar.
¡Sor Magdalena del Amor de Dios había sanado! Su estómago se había repuesto de tal modo que había engullido, frente a toda la comunidad extasiada, tres platos de manchamanteles, platillo de prueba para los estómagos más duros, incluso entre mexicanos.
Todas las monjas del convento de la Encarnación cantaban en loor del primer milagro de Su Ilustrísima. No se hicieron esperar, por docenas, gestos de gratitud similares por parte de las monjas de los demás conventos de la ciudad. La catedral parecía dulcería.
Ese milagro del arzobispo desmentía los perversos rumores de que el prelado europeo malquería a los naturales de la tierra, y demostraba cómo en plena madrugada Su Ilustrísima se desvivía para proteger a sus “humildísimas hijas mexicanas”.

III
Vino el jueves de Corpus y su misa solemne, frente al virrey, aunque distante cosa de veinte metros.
El arzobispo predicó contra la conjura de jansenistas y luteranos europeos. Deshizo: desgarró, pulverizó todos sus maquiavélicos argumentos. Y se hallaba en lo más alto y arduo de su disertación, con san Agustín y el Crisóstomo, Vieyra y santo Tomás en la boca, todos anudados en un haz invencible contra la herejía, cuando el mismísimo arcángel Rafael se apersonó en las alturas de catedral; se abrió paso desde las bóvedas y le susurró al oído: “El virrey se acaba de tirar un pedo”.
El arzobispo se demudó. Perdió sus autoridades, sus citas latinas. Se le extraviaron Vieyra y el Crisóstomo, san Agustín y santo Tomás. Tartamudeó. La mente le quedó completamente en blanco. Nunca le había ocurrido semejante cosa en su larga y prestigiosa carrera de predicador europeo. Ni en Toledo ni en Valladolid, ni en Milán ni en Viena.
Lo más espigado de la sociedad española y criolla lo miraba expectante, como si hubiese sufrido un infarto. Un silencio funeral se abismó de pronto en catedral, siempre tan ruidosa como un mercado. Pero Su Ilustrísima no se dejó amilanar por el arcángel Rafael:
-Recemos todos por Su Excelencia el señor virrey, que sufre de una necesidad muy grave –dijo, y encabezó un paternóster sonorísimo, que todos los fieles acompañaron sobrecogidos.
Mal que bien concluyó la ceremonia. Entonces se le acercó el virrey, confuso, pues no sabía cómo interpretar el gesto del arzobispo, si a modo de reconvención o de auxilio:
-¡Pero qué sutil olfato posee Su Ilustrísima! –le susurró el virrey.
-Parece que en la Nueva España los ángeles lo huelen todo –repuso, críptico, el arzobispo.
Y se retiró parsimoniosamente a la sacristía, rodeado por toda su corte de diáconos y canónigos, entre humos de incensario y letanías polifónicas.
Ni así cedió el arzobispo. Ya era tiempo de acabar con las supersticiones irreverentes y las tonterías irrespetuosas de la Nueva España. Pero tampoco las potencias celestiales cejaron en su rebeldía contra el afán modernizador y reformador del arzobispo. San Pedro y san Pablo, Cosme y Damián, san Hermenegildo y santa Cecilia se le aparecían a cada rato, con encomiendas caprichosas. Ya no podía dormir ni un cuarto de hora, ni comer, ni rezar su breviario, ni celebrar ceremonias. A cada rato le ocurría una aparición celestial con su recomendación apremiante.
Debió avisar a las monjas de San Jerónimo que se les estaba llenando de ratones la alacena. De parte de san Cosme.
Al párroco de Loreto, que se cuidara mucho de su sillón favorito, porque la pata delantera izquierda se estaba zafando y podía darse un mal golpe. De parte de Ecce Homo.
A un barbero de la Calle de Puente Viejo, que revisara su bolsillo, porque le acababan de dar dos monedas falsas. De parte de san Sebastián.
Y a una solterona de la calle de Pila Seca, que no desesperara, porque un viudo de la calle del Relox, a quien encontraría ese viernes en la tertulia de la Chata Méndez, estaba considerando seriamente proponerle matrimonio. Claro: de parte de san Antonio.
El escapulario que se le había perdido a fray Tomé de Simancas estaba atorado en un limonero del convento de San Bernardo. De parte de san Bernardo.
La imagen de madera estofada y policromada de la Madre de Dios, venerada en la capilla del convento de Santa Isabel, a la cual se le habían roto dos dedos de la mano derecha cuando la sacudió una pobre monja distraída (quien ya se creía condenada al infierno y no había modo de consolarla), se había restaurado por sí misma. De parte de la Virgen de Monserrat.
Las grietas del locutorio de San José de Gracia se habían restañado igualmente por sí mismas. De parte del Niño Jesús.
Meses y meses de insomnio e indigestión, jaquecas y pálpitos. El tenaz reformador y modernizador eclesiástico finalmente sucumbió ante la voluntad de las potencias celestiales. Comprendió que deseaban seguir en México como siempre, con su religión al antiguo modo, irreverente e irrespetuosa, pueril y supersticiosa.
“¡Allá ellos!”, decidió. Y revocó su bula. Predicó entonces, con recuerdos de san Francisco de Asís, que Dios y los santos asisten a sus devotos incluso en sus nimios caprichos; y debió citar a la madre Teresa por aquello de que Dios también andaba entre los pucheros.
Totalmente vencido, le prometió a la local Virgen de Guadalupe (de la que había sido feroz enemigo, como casi todos los arzobispos coloniales) auxiliar a tres novicias sin dote del convento de la Concepción si le devolvía el sueño. El milagro, naturalmente, se le concedió de inmediato y pudo dormir placenteramente, pero a pierna suelta, todas las noches de los últimos tres años de su vida.
Lo que más le agradó fue no volver a recibir ningún mensaje del cielo. ¡Qué tranquilidad!
Pero cuando las potencias celestiales por fin lo habían dejado en paz en este mundo, decidieron llamarlo al otro. Durante décadas corrió la leyenda de que el antimilagrero arzobispo milagrero regresaba a los conventos de monjas de la ciudad de México todas las noches, como emisario de Dios, las vírgenes y los santos. De parte de san Pedro y san Pablo, de Cosme y de Damián, de san Hermenegildo y de santa Cecilia
En los archivos del Vaticano duermen gruesos legajos de peticiones de canonización suscritas por varias generaciones de monjas mexicanas, todas beneficiadas ante testigos por los innumerables portentos de aquel milagroso arzobispo antimilagrero.
Hay una variante capitalina del poblano pipián rojo, llamada el “pipián del arzobispo” (invención atribuida a la muy agradecida sor Magdalena del Amor de Dios, del convento de la Encarnación), que se aceda si no se rezan tres jaculatorias en el momento preciso en que empieza a soltar el hervor, en honor de Su Ilustrísima. O puede repetirse tres veces la misma jaculatoria: “Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío”.

3 comentarios:

frikosal dijo...

Extraordinario !

R Montañez dijo...

COMO SIEMPRE JJB, FABULOSO. PARA DELEITARSE.
SALUDOS

Mayra dijo...

me encantan sus cuentos,gracias