jueves, 12 de febrero de 2009

ESTEVA: EL BOHEMIO DESCONOCIDO

ESTEVA: EL BOHEMIO DESCONOCIDO

Ningún poema mexicano es más célebre que El brindis del bohemio, de Guillermo Aguirre y Fierro (1887-1949), que ha tenido mayor éxito en las últimas cuatro o cinco décadas que sus cercanos competidores "Hombres necios que acusáis", "Nocturno a Rosario", "Cobardía"...
Es un poema del siglo veinte que mitifica la bohemia del fin del siglo XIX —es en realidad un bolero declamado—, y gran parte de su atractivo consiste en su nostalgia, en su búsqueda de la bohemia perdida, a la que por lo demás no entiende. (Los bohemios de fin del siglo XIX no se explican sin el hastío y el desengaño en que concluyó la exaltación del artista dandy disipado del decadentismo. Para Aguirre y Fierro, en cambio, la aventura y el fracaso artísticos o intelectuales no existen y no le importa otra explicación que el moralismo: los viciosos sufren.)
Queda mucho por estudiar del fin del siglo XIX en México y los placeres "malditos" y las "tragedias" engoladas; pero se sabe de cierto que los románticos modernistas decimonónicos no compartían la cursilería moralizante y la tontería sensiblera casi radiofónica, XEW, de "El brindis del bohemio", y que por el contrario, buenos humoristas, se habrían muerto de risa, con nosotros, ante la exclamación: "¡Por mi madre, bohemios!".
No me propongo denostar al valiente Aguirre y Fierro, del mismo modo que jamás enderezaría las endebles armas de la crítica contra un trío como Los Panchos, ni contra las Hermanitas Aguila ni contra los "tenores" José Mojica y Nicolás Urcelay entonando con harto sentimiento a María Grever; sólo quiero recordar, de bohemios a bohemios, al verdadero, al legítimo, que sí es del siglo XIX, que sí es finisecular y que sí es "maldito". Se trata de "El brindis del bardo", un poema de Adalberto A. Esteva (1863-1914) —autor de El libro del amor y El libro azul, prologados por Gutiérrez Nájera y Díaz Mirón—, que ya aparece en El Parnaso mexicano (Maucci Hnos., 1905). Por lo demás, Adalberto Esteva fue un político y jurisconsulto importante, de modo que los méritos como poeta a los que la patria no le hizo justicia, fueron con creces recompensados con curules y veneras burocráticas.
No acusemos, sin embargo, de plagio al inevitable Aguirre y Fierro: es obvio que se plagió —y descaradamente, y a boca jarro— a Esteva, pero también a cuantos otros versos o novelas sentimentales puedan existir. Todo es plagio en "El brindis del bohemio": no hay frase, tono, giro original ni particular alguno; en parte su éxito se debe a su logrado compendio del sentimentalismo radiofónico mexicano. ¿Qué más da que se haya llevado a Adalberto A. Esteva entre las patas? Si nuestra mirada recae en Esteva se debe al éxito de su sucesor y plagiario, y no a aquel poema, que habría permanecido ignorado, como el resto de su poesía. Digamos incluso que la vulgaridad, la ignorancia, la inocencia, la baratez de Aguirre y Fierro trabajaron en favor de su versión sensiblera, mientras que las relativas dotes culturales y estéticas de Esteva se resolvieron en una creación más refinada y púdica, menos próxima de los poemas para llorar a moco tendido en la Arena Coliseo, en las declamaciones románticas que podrían proponerse entre los episodios de lucha libre.
No era incluso mal poeta Adalberto Esteva; pero le tocó la época de los grandes y los prolíficos, de modo que los poetas menores, la segunda fila de los modernistas, no lograron colar casi nada en las antologías, que se desbordan de tanta composición atinada de los Díaz Mirón, Gutiérrez Nájera, Othón, Nervo, Tablada, Rebolledo... En otra generación, habría contado entre los primeros. Pero hubo tantos "primeros" modernistas, que no hay cupo para ninguna segunda fila.
Nadie, y mucho menos en poesía, sabe para quién trabaja; hay autores que sólo nacen para ser plagiados, y atrabiliariamente; pero recordemos —acaso para olvidarlo de inmediato— al verdadero bohemio que ya no lo es; al legítimo, que su usurpador ha convertido en falso bohemio; al otro, pues, al bohemio que brinda sin que nadie lo escuche...
EL BRINDIS DEL BARDO
por Adalberto A. Esteva
(A Juan de Dios Peza)

"¡Que brinde el trovador! —dijeron todos—
¡Que cante la caída de las bellas!"
Y apagaron sus gritos de beodos
Al rumor de los vasos y botellas.
¡Y el poeta brindó! Con débil mano
Alzó una copa, pálido y erguido,
Y su voz como cántico lejano
Sonó lúgubremente en el oído.
"Gusto os daré, exclamó. Si es un espectro
De otra edad la figura de Julieta,
Debe el poeta transformar su plectro
Como el histrión que cambia de careta.
"Si avara cubre a la postrer María
La tierra de la pampa americana,
Brindemos por las flores de la orgía
Que marchita el fulgor de la mañana.
"¡Amar...! ¿Y para qué? Muere la idea
Y triunfa y vive la terrena forma;
Los tiempos son de Aspasia y de Frinea,
No son los tiempos de Lucrecia y Norma.
"Si todo es fango, vanidad, mentira,
Si todo es nada en el mundano suelo,
¿Por qué pedir purezas a la lira,
Amor a la mujer y Dios al cielo?
"Tenéis razón. El desengaño crece
Y no hay descanso en la batalla ruda:
El ángel de la fe desaparece,
Sólo queda el demonio de la duda.
"Brindo porque nos halle la mañana
Cuando asistamos a nocturna cita,
¡Oyendo, como Fausto, en la ventana,
Serenatas del Diablo a Margarita!"
Y el poeta calló. Mientras sonaba
El frenético aplauso de la gente,
Una visión blanquísima cruzaba
El negro Tiberíades de su mente.
¡Y al recordar la insólita ventura
De su primer amor, dulce y sencilla,
Una lágrima llena de ternura
Resbaló por su pálida mejilla!

Ni caso tiene ponderar la superioridad literaria y la sinceridad sentimental de Esteva. La exageración inocente de Aguirre y Fierro le ganó la partida.
Y aunque Aguirre no se propuso sino un melodrama banal, una borrachera de cursis buenos chicos, tontones y arrepentidos, algo del modelo superior de Esteva se coló en su bohemio célebre: algo del escepticismo, del tedio, del desgano vital, del hartazgo intelectual del pálido y silencioso bardo finisecular, que se ha quedado sin Dios y sin hambre de mundo, sin amor y sin arte, casi sin placer, decora las sienes artificiales y sobremaquilladas de su descendiente radiofónico que declama con impostada voz de locutor. Algo pues de Baudelaire y de Verlaine se coló en la Hora de los Poetas de la XEW.
Para el lector letrado, el que no sólo lee para pasar el tiempo o conmoverse hasta las lágrimas y el estruendoso sorberse los mocos durante cinco minutos, sin embargo, sabrá recuperar del bardo de Adalberto Esteva un fiel, estupendo retrato del fracaso vital de nuestros artistas modernistas, los primeros que se preguntaron "¿para qué?" todo: Dios, la patria, la mujer, el arte, el placer, ellos mismos, y se atrevieron a quedarse sin respuesta. Los artistas anteriores sí tenían causas: Dios, la patria, la familia. Los posteriores hablarían de arte puro, democracia, pueblo, socialismo. Los modernistas, al filo de siglo, brindaban como el bardo de Adalberto A. Esteva y luego se suicidaban o morían de sífilis. Claro que eso se lee mejor en Salvador Díaz Mirón y en Rubén Darío: pero el poema de Esteva ha asimilado evidentemente a estos dos supremos maestros.
Pero el lector de ocasión, por otra parte, verá de cualquier modo con cierta simpatía familiar al padre de su bohemio querido —ese ruco tan raro que usa palabrotas de abuelito como plectro, Frinea, Tiberíades, ¿de qué Norma se trata?, ¿quién es la tal Aspasia?, ¿qué tanto dice de una María y las pampas...? palabrería catrina de abuelito—, y aun reconociendo el plagio dirá decididamente:
—El bohemio que brinda al último, sabe llorar mejor. Y efectivamente (1985).