jueves, 13 de agosto de 2009

GIDE


GIDE:

EL ESTILO ES EL HOMBRE; EL MÉTODO, TAMBIÉN

Por José Joaquín Blanco

El método crítico de André Gide no ha sido muy popular en la segunda mitad del siglo XX: es un método para el cual el yo no sólo sí existe, sino que es fundamental, lo que se opone rotundamente a las modas interpretativas —la superstición formalista— de estas décadas, que han propugnando por la obra sin autor, la obra en cuanto estructura de signos sin contaminación extraliteraria alguna.
No se trata en Gide, desde luego, del reduccionismo de la literatura a un mensaje, contenido, moraleja, ni de la obra literaria como mera ilustración biográfica, ideológica o historicista; Gide es particularmente sensible a la importancia de las formas en literatura y a la independencia del arte. No en balde su punto de partida fue su maestro Mallarmé. Pero sí se trata de jamás considerar las letras como un absoluto: el absoluto es el hombre, es decir, el lector, y las obras literarias, aun las más importantes —o precisamente por ser las más importantes—, tienen validez sólo en cuanto iluminen la vida del lector, colaboren en su edificación moral y en su felicidad, en su liberación y nobleza personales.
El arte no es la meta de la vida, ni tiene por qué trascender ni transfigurar nada, ni lograr no sé qué enrarecidas purezas aisladas en su campana neumática de supersticiones académicas y reglamentos semiológicos. La única razón de la vida —a partir de Goethe, de Montaigne— es la vida misma, y el arte en su mayor manifestación no es sino una de tantas maneras de vivir. La única misión que la vida impone al hombre, es vivirla, diría Goethe.
No es de extrañar, entonces, que por enorme que sea —y lo es— la importancia que André Gide otorga en sus ensayos críticos a los aspectos estéticos —y aun formales, retóricos, estilísticos— de la literatura, siempre priven los éticos. Pero se trata de una ética en contradicción con la establecida, una ética de combate, de liberación, de espíritu de oposición, de aventura, propia precisamente del autor de un libro titulado El inmoralista (vertido al castellano por Julio Cortázar), a propósito de aquella frase de Gustave Flaubert, ese fanático del arte que, sin embargo, no se conformaba con las meras glorias retóricas del artista: su ideal, su vocación mayor en la vida, dijo, era la de inmoralizar: crear una literatura como una contramoral (¿Salambó es una reconstrucción de Cartago?; ¿Las tentaciones de san Antonio una devota incursión hagiográfica? No: la primera es un sueño "inmoral" o "contramoral" de un parisino del Segundo Imperio: la minuciosa creación de una sociedad no burguesa; la segunda novela, la invención de una intimidad no visitada por la decencia burguesa.)
El arte es la cultura de la liberación, la cultura de la curiosidad y el riesgo, el otro mundo al que se oponen las instituciones, religiones, partidos e ideologías establecidos.
Gide llega a más. Su burla de los formalismos profesoriles le hace jugar con las palabras: la literatura consiste no en un texto en sí, sino en lo que no está en el texto: en su magia, en que diga lo que no dice: que diga lo inefable.
Al demonio con el Texto, manía de escribas: "El autor romántico se queda siempre más acá de sus palabras; al autor clásico hay que buscarlo más allá de ellas." Viva, pues, el ¡fuera-del-texto! O bien: "La obra de arte cabal tiene algo milagroso, siempre nos presenta más significaciones de las que el autor imaginó, permite incesantes interpretaciones más ricas..."
Lo importante de una obra no es su perfección. La pusilánime perfección es, más que una virtud, una vulgaridad: una "inanidad sonora", como decía Mallarmé y luego quiso balbucir Dadá. Lo que importa del texto es su agresividad, que no sea impune ni banal, que no sea inútil ni quieto: Gide sigue a Cocteau en una sola cosa, en la opinión de que "el peor destino de una obra es que no se le reproche nada".
Los principales ensayos críticos de André Gide, en consecuencia, son estudios de la naturaleza humana a propósito de la literatura, y buscan respuestas más allá de la mera filología: Dostoyevski, Goethe, Montaigne, Baudelaire, Verlaine, Rimbaud, Mallarmé, Valéry, Proust, Conrad, Artaud, buena parte de los cuales ha sido recopilada en la edición mexicana de Al filo de la pluma, que ha publicado la Universidad Autónoma de Puebla en traducción de Nicole Vase.
El mejor libro de ensayos de André Gide —el mejor de todos sus libros— es desde luego su Diario, editado —pero no reeditado desde hace años— por Losada en Argentina, en una bonita edición impresa en papel fino, filos dorados, señalador y empastada en cuero rojo, lo que le da cierto parecido con la Biblia o con un breviario. ("Soy un chamaco que se divierte dentro de un pastor protestante que se aburre"). Pero muchos otros escritos de ocasión fueron fundamentales en el prestigio altísimo que Gide gozó en vida como guía literario —él encauzó estética y éticamente a toda la generación mexicana de Contemporáneos—, y al que los estructuralistas, positivistas, marxistas y formalistas de varios colores no lograron abollar después de su muerte. Estos escritos de ocasión —conferencias, prólogos, cartas a diarios, entrevistas, saludos y celebraciones periodísticas, homenajes, obituarios— dieron lugar a muchos volúmenes, como Dostoyevski, Wilde, Pretextos, Incidencias, Amintas, Hojas de otoño, Entrevistas imaginarias, Literatura comprometida, Las páginas inmortales de Montaigne, Descubramos a Henri Michaux, etcétera.
En cierta manera, los ensayos de André Gide recogidos en Al filo de la pluma resienten un poco el tono cortesano y diplomático de su origen, cierta afectación oratoria, pero nunca dejan de aportar buenas frases: se diría que son sobre todo ensayos aforísticos que ofrecen su sabiduría en dos o tres frases inolvidables, y sólo las envuelven, por cortesía, con unos cuantos párrafos convencionales de saludo y despedida. Sólo en los casos de Goethe, Dostoyevski, Montaigne y Wilde se despliega sólidamente el ensayo, a la manera tradicional; en los demás casos, se opta por el tono libre del comentario, y muchas veces no sólo suenan a Diario, sino que han sido extraídos directamente de él.
Los ensayos sobre Goethe y Montaigne explican sus más altas visiones de la misión de la literatura y del escritor, así como nunca se acercó tanto a la reflexión de los límites de la moral y la locura como en su estudio de Dostoyevski. Celebra en Montaigne el estilo y el pensamiento asistemático: "No hay pensamiento menos ordenado que el suyo; lo deja retozar y escaparse al filo de la aventura", la intención de descubrir —o más bien, inventar— la verdad propia, mediante un proceso de desenmascaramiento: escribe para quitar máscaras, y como buena parte de las máscaras que agobian, engañan y mistifican a las personas no son propias, sino de la época, la clase, la civilización, el país, desenmascararse —recobrar o crear la verdad personal— no puede lograrse, sino alzándose en pie de guerra contra toda la cultura social. Desconfiar de ella.
Gide admiraba dos verbos aprendidos de Paul Valéry: desconfiar de todo, sobre todo de lo que parece más santo y estable y cierto, y desalentar toda facilidad, todo impulso adquirido: su comodidad inerte los denuncia como erróneos, engañosos. Ciertamente hay una inocencia rousseauniana en esto de creer que, al fondo de los laberintos de máscaras de la personalidad, hay una purísima Verdad Interior, pero con el tiempo André Gide intuye que, si debajo de todas las máscaras no hay sino vacío, ese vacío será hermosamente ocupado por la Verdad Interior conquistada durante el trayecto. "Se hace el camino al andar", como diría Machado.
Es curioso y típico de Gide, cuya ética literaria conserva mucho del arduo puritanismo de su familia protestante, e insiste en frases y palabras de desconfianza, desestímulo, trabajo, crítica, perfeccionamiento, que súbitamente conduzca todo ello en la dirección opuesta: al principio del placer. "El oficio no debe ser más que un instrumento dominado", si la criada —el oficio— se vuelve patrona —el arte—, se acabó la literatura. Para Gide la literatura es placer o no es literatura. No tolera los textos hinchados de trabajo, erudición, trámites. La literatura debe resplandecer naturalidad, frescura, alegría.
El arduo trabajo no debe aparecer en su superficie: debe quedar fuera, antes del momento creativo; el esfuerzo artístico es el entrenamiento, no el objeto actual de la literatura: "Creo que el profundo placer que nos producen los Ensayos de Montaigne proviene del profundo placer que le procuró escribirlos y que sentimos, por así decirlo, en cada frase... Siento placer en observar aquí que las obras más logradas, más bellas, son también aquéllas cuya escritura procuró al autor más alegría y diversión, aquéllas en las que se siente menos la contención, el esfuerzo. En arte no existe lo serio; el placer es el más seguro de los guías". Doctrina que, en nuestro tiempo, encuentra sobre todo en Henri Michaux y, curiosamente, en Vuelo de noche de Antoine de Saint-Exupéry, ese relato de aviador que propone la idea de que la verdadera libertad es la entrega plena a un deber.
Para André Gide, la libertad se conquista en la entrega a la misión propia, la literatura es facilidad lograda mediante el cultivo esforzado de las dificultades, y el sentido de la vida consiste en crearle a la vida un sentido. Cuando los existencialistas que corrían tras Sartre y Camus eran todavía jóvenes, Gide los llamó al orden. No tenía ningún chiste decir que ya no se creía en "nada", que las utopías y las distintas doctrinas habían "caído", que el mundo era "absurdo" y que "nada tenía sentido". Esa ausencia de fe era el tedio y la muerte. Había que inventar la nueva fe, el nuevo sentido de la vida: "¡Pues bien! Quisiera decir a los jóvenes que la ausencia de fe desorienta: el que este mundo tenga un sentido depende de ustedes".
En el pensamiento de Gide, Montaigne esplende sobre todo como liberador. Libera a su lector. Predica libertades. "Nada repugna más a Montaigne que una personalidad (debería decir, una impersonalidad) obtenida con represión, de modo artificial y laborioso, según la moral, la decencia, la costumbre y lo que él asimila a los prejuicios". Sobre todo seculariza, se opone a la iglesia: "Sus declaraciones [religiosas] son por cierto muy poco cristianas. Cada vez que Montaigne habla del cristianismo, lo hace con la más extraña (a veces se podría decir, maliciosa) impertinencia. Mucho habla de religión, de Cristo jamás". También, en esa época de guerras monárquicas, Montaigne establece una crítica del patriotismo: una exaltación de la humanidad por encima de la patria particular.
Goethe desde luego es el gran autor gideano. "El que es más yo que yo mismo", como diría Paul Claudel. Goethe secularizo a Europa con la cultura clásica, la libró de la oscura iglesia: "Alzó, frente al Calvario, un Olimpo visitado por las musas... Entendí al leerlo que el hombre puede deshacerse de sus pañales [religiosos] sin resfriarse; que puede arrojar la credulidad de su infancia sin empobrecerse y que el escepticismo (entiendo: espíritu de búsqueda) puede y debe ser creativo".
En Goethe no hay diferencia entre yo y texto, textualidad, extratextualidad, arte y biografía: "No puedo decir con precisión si desde entonces, cuando pienso en Goethe, se trata de la obra o del hombre... Cualesquiera que sean las páginas que lea de Goethe, no puedo olvidar al hombre".
De Goethe toma su destino literario: la frase de Elena en el Segundo Fausto, cuando se propone ser muy admirada y muy ofendida. El arte debe aspirar a la perfección... sin olvidar agredir a lo que se le opone. No hay arte sin combate, sin enemigo. En Goethe encuentra, en fin, al hombre y el arte libres. No pide disculpas ni se toma muchos trabajos para ser feliz. Lo sabe ser naturalmente y a escala humana: "¡Qué impunidad! ¡Qué desahogo! Hacía mío ese tranquilo y armonioso florecer en la alegría" de las Elegías romanas, absolutamente subversiva para "alguien que, hasta ese día, se había topado por doquier con prohibiciones, interdicciones".
Y sobre todo encuentra en Goethe la posibilidad de Nietzsche. Esa razón es plena porque en ella ya están sonriendo el exceso y la locura: "Goethe fue necesario para permitir el encumbramiento de Nietzsche, no en contra de él sino por encima de él. Cuando releo a Goethe, ya veo su Nietszche en potencia". Esto es el pensamiento de André Gide en su mayor agilidad.
Digamos que responde al tipo de lógica que nos diría que lo que nos gusta en los Evangelios, es que ya vemos en ellos, en potencia, a Poe, a Baudelaire, a Wilde, a Rimbaud, a Nietszche, a Dostoyevski, a Marx, a Sade, a Quevedo, a Boccaccio, a Pasolini, a Henry Miller, a Anais Nin, a Jean Genet, a cuanto calibre "ofensivo" mayor ofrezcan todas las literaturas.
Ahora bien, decir esta "barbaridad" significa saber leer correctamente a estos autores y saber leer bien los Evangelios. Significa haber aprendido a pensar un poco como el Gide más temerario. Gide sobre todo enseña a pensar; después de leerlo se le ocurre a uno cada barbaridad... (Uno lee un libro de André Gide, se nota un poco más libre e inteligente que antes, pero no se alarma demasiado hasta que poco después, platicando al azar, ve que los parientes y los vecinos lo miran raro a uno, y que ya están rápidamente llamando al siquiatra, a la policía, a los bomberos...)
Las grandes virtudes de Gide como ensayista literario son las mismas de sus obras morales, políticas y novelísticas. Una irrefrenable disposición a la juventud y a la aventura, que le duraron toda la vida; Gide imitó a Goethe en no dejarse envejecer como actitud vital:
"Se ha dicho que corro tras mi juventud. Es cierto. Y no sólo tras la mía. Más que la belleza me atrae la juventud, con irresistible incentivo. Creo que en ella está la verdad, creo que siempre tiene razón contra nosotros. Creo que lejos de intentar instruirla, deberíamos, nosotros los mayores, buscar junto a ella la instrucción... Creo que cada generación llega portadora de un mensaje y que debe entregarlo; nuestro papel es ayudarla en esta entrega. Creo que lo que llamamos 'experiencia', la mayoría de las veces es sólo cansancio inconfesado, resignación, desengaño... Creo en la frase de Alfred de Vigny: 'Una vida lograda es un pensamiento de juventud realizado en la edad madura'... Muy pocos de mis contemporáneos han sabido permanecer fieles a su juventud. Casi todos han transigido. Es lo que ellos llaman 'dejarse instruir por la vida'. La verdad que estaba en ellos, la negaron".
En Baudelaire admira la vocación de la sinceridad: muchos poetas se cantaban a sí mismos, pero ninguno "con el tono moderado de confesionario y sin asumir actitudes inspiradas...” en vez de dar, como Corneille y Hugo, la más amplia sonoridad a su soplo, cuchichea (como Racine) a media voz, de modo que lo escuchamos por largo tiempo".
En Stendhal estudia el gran obstáculo al amor del novelista amatorio por excelencia: la impotencia de Armance: "Parece que Stendhal hubiera querido señalarnos que el amor más intenso es el que se incrusta contra el escollo más profundo; de todos los enamorados de Stendhal, he aquí [a Octavio, el impotente] al más ferviente... Octavio ama apasionadamente aunque sabe que no debería amar, a pesar de él mismo, del juramento que se hizo de no amar jamás, sabiendo perfectamente que no puede más que arder con llama totalmente mística y que, ¡oh vergüenza!, su carne permanecerá sorda y no responderá a la llamada; sabiendo que debe decepcionar al ser amado". Lo que lo lleva a jugar con la documentación literaria sobre la incongruencia frecuente entre el sexo y el amor, y las contradicciones entre los deseos del cuerpo y los movimientos del corazón.
En Mallarmé y Valéry exalta la dificultad de un arte ensoberbecido en su forma y en sus dificultades. Exalta el escepticismo y el espíritu de crítica, pero con cierta ironía, con franca distancia. Se diría que los méritos formalistas artesanales, por mucho que invoquen adjetivos como perfecto, no obtendrán misión equiparable a la de la "verdad interior" y a la de la "misión" de Goethe y de Montaigne. Hablar de la poesía de Mallarmé como "sacerdocio" y "santidad" en Gide no puede ser leído sin algún tono de ironía y desprecio; en ninguna otra parte de su obra Gide ha dado significados positivos a esas palabras clericales. "Sacerdocio", "santidad" en poesía...¡aghhh! Pero le conmueve la superstición artística, la de la Belleza como absoluto, la existencia de seres para quienes la vida pretende subordinarse a otro fin secular que se sacraliza —pero a lo laico— por esa pretensión: "Existía el riesgo de que precipitara a la literatura hacia regiones abstractas y heladas. Este desprecio del mundo exterior..."
El joven André Gide siguió a Mallarmé: "Poco tiempo después, me pareció importante restablecer un contacto directo y sensual entre la literatura y el mundo exterior y, como lo escribí en un tardío prólogo a Los alimentos terrestres, 'pisar de nuevo la tierra con pie desnudo'. Con lo cual me alejé ciertamente de Mallarmé, pero guardé de su enseñanza el sacrosanto horror a la facilidad, a la complacencia, a todo lo que alaba y seduce, tanto en la literatura como en la vida; un intransigente amor y una necesidad de sinceridad, de integridad, en relación a uno mismo y al hombre, de exigencia; la inmovible convicción de que, independientemente de lo que suceda, lo que hace el valor de un hombre, su honor y su dignidad, triunfa, debe triunfar sobre todo lo demás; merece que todo lo demás le sea subordinado y, en caso necesario, sacrificado".
Pero su amigo Paul Valéry, que sigue esta exigencia, le conmueve sobre todo como la fría vocación literaria inevitable. Y la encarnación total del pensamiento crítico. El hombre —y la obra— que se atrevió a decirle no al sentimentalismo, a las doctrinas, a las popularidades, sin por lo demás tomarse demasiado trabajo en combatirlos. Bastaba decir no. "Obstinadamente repetía no y queda como vivo testimonio de la insumisión del espíritu... Nadie hizo tanto como él, ni siquiera Voltaire, para emanciparnos y liberarnos de fe, cultos, credos..."