jueves, 14 de mayo de 2009

ADORABLE STENDHAL

ADORABLE STENDHAL
Por José Joaquín Blanco

Totalmente inesperado, y sobre todo para un lector extranjero, resulta el reciente libro póstumo que ha armado su viuda con artículos y notas dispersas: Adorable Stendhal, de Leonardo Sciascia (1921-1989), el importante narrador italiano del que sobre todo se recuerdan, entre una veintena de títulos, El consejo de Egipto, Cándido o un sueño siciliano y El caso Moro.
Resulta que este escritor sobrio y ético, racional, riguroso; denunciante y desmitificador de las Brigadas Rojas, tenía una pasión literaria secreta: Stendhal... precisamente ¡el fundador del culto mundial por los antecesores de las mafias y los bandoleros sicilianos! en varios escritos, especialmente en las noveletas-historias Crónicas italianas.
Adorar lo diferente. El término “adorar” resultaría un tanto subido, pero es el propio Sciascia quien lo usa. Recuerda que entre las varias cosas que lo separaban de su distante pero entrañable amigo Pier Paolo Pasolini destacaba el uso frecuente que éste hacía de la palabra “adorable”, sobre todo en relación con los chamacos callejeros en cuyas terribles manos finalmente moriría asesinado. “Por mi lado, dice Sciascia, yo sentía que había una palabra que él amaba, una palabra clave en su vida: la palabra ‘adorable’. Puede ser que esta palabra yo la haya escrito alguna vez, y por cierto, más de una vez la haya pensado: pero para una sola mujer y para un solo escritor. Y el escritor, tal vez esté de más decirlo, es Stendhal”. De modo que el prologuista, Vincenzo Consolo, concluye que “este libro nos revela el Sciascia que hubiese querido y no pudo ser, el Sciascia stendhaliano”.
Ninguneado y prácticamente desconocido en vida -salvo por Balzac y Merimée- y aún varias décadas después de su muerte, Henri Beyle Stendhal se convirtió no sólo en un autor privilegiado sino en todo un culto rarísimo a lo largo del siglo XX. ¿Qué se admira en él? Dos o tres novelas, magistrales desde luego, pero no necesariamente muy superiores o diversas de las de otros autores protagónicos de su tiempo (Balzac, Gautier, Hugo, Dickens): Rojo y negro, La cartuja de Parma, cuyos bellísimos galanes jovenzuelos, después de unas cuantas aventuras más que descaradas o majaderas, alcanzan un fin trágico no inmerecido. Sciascia confiesa que ha terminado por encontrar que Julián Sorel y Fabrizio del Dongo (respectivamente, los chulapones de esas dos novelas) son unos “cretinos”.
¿El estilo? Ciertamente Stendhal resulta un antídoto contra el blablablismo y la ampulosidad narrativas (Rousseau, Chateaubriand y etcéteras), pero no es tan gran prosista, no más que Montesquieu o Voltaire, a quienes meramente prosigue; en todo caso, sólo conserva, en un momento romántico, los rasgos sentenciosos, objetivos, laicos, irónicos, de un Montesquieu o de un Voltaire. Stendhal es un ilustrado en tramas románticas, lleno de nostalgias por el buen siglo XVIII.
¿Las mujeres? Inventa unas mujeres apasionadas y enérgicas memorables (al igual que sus compañeros ya citados), ahí y en las Crónicas italianas. Se diría que sus cretinos efebos trágicos son meramente un pretexto para exaltarlas eróticamente, para encenderlas e idolizarlas, así como en otra parte Stendhal finge pedirle a Dios un falo y una potencia descomunales para poder encender fulminantemente a sus siempre esquivas adoradas.
Pero sobre todo fundamenta ese culto stendhaliano cierta difusa red de intuiciones sicológicas y artísticas que le han ganado verdaderos fanáticos desde los años de Nietszche, y una digamos extravagante manía en sus seguidores de investigarlo -sicoanalizarlo- a través de sus personajes: que si era gordo y feo, que si era inhibido, impotente o sifilítico, o meramente tímido, en sus amores continuamente desventurados; que si creía o no en Dios y en el Arte, que si sabía o no mucho de pintura o música en sus primeras obras de historia de esas artes en Italia... que han resultado casi plagios (es decir, meras divulgaciones para las que se sirvió con cuchara grande y a cucharazos literales de libros ajenos).
Stendhal es un culto casi esotérico entre archiliteratos. No sospechábamos en Sciascia precisamente ese culto -¡él, el autor un Candide!-, aunque sí en los italianos, pues hay toda una “Italia mental” en la obra de Stendhal, acaso más importante que sus registros de la Italia real en la que vivió muchos años, y a la que tanto homenajea como la verdadera Arcadia (brutal) contra el Cementerio francés (burgués). Parte de esa “Italia mental” es Sicilia, la patria de Sciascia, adonde Stendhal nunca estuvo, pero en la que fingió varias veces haber estado y escrito, como algunas muescas más de sus misterios ya casi esotéricos. Sciascia le discute minucia a minucia su celebérrima obra “siciliana”.
El gran crítico de los guerrilleros y de los brigadistas asesinos contemporáneos sigue en este libro de erudiciones y minucias a ratos más que peregrinas -al menos para los extraños a la iglesia stendhaliana- el rastro de los truculentos relatos de asesinatos, secuestros, amores criminales, intrigas perversas de la Italia renacentista y barroca de Stendhal: sus bandoleros, sus chamacos desaforados; sus cardenales, sus marqueses, sus damas y monjas terribles. Parricidios, envenenamientos, Inquisición, masacres, asaltos en despoblado, secuestros.
Y ese extraño resplandor que Stendhal otorga a lo que no corresponde a la razón ni a los sentimientos comunes, a la manifestación de la vida brutal y ciegamente entusiasta por la propia vida, por las apetencias y fervores y odios inmediatos, en estado de fiera naturaleza.
Sciascia declarara a Hemingway el autor paradigmáticamente stendhaliano, pero transfiere también a los personajes de Stendhal el disgusto de D. H. Lawrence al ver encarnar en personajes tan mediocres como Madame Bovary y su marido toda la riqueza mental de un Flaubert, que es lo que todo lector sensato piensa también de Fabrizio y la Sanseverina de La Cartuja de Parma.
Entre los ensayos de Adorable Stendhal se discute si éste fue o no el autor de las Memorias de Casanova (a quien se juzga demasiado iletrado como para escribirlas). No, no lo fue, sino su lector maniático. Se habla de los tres grados iniciáticos de los stendahlianos: quienes empiezan adorando, como adolescentes enloquecidos, Rojo y negro; a mediana edad cambian de gusto y se postran ante La Cartuja de Parma; y luego, ya viejos, achacosos y presuntamente sabios, sin abjurar de las anteriores, las posponen a Henri Brulard y a los misceláneos escritos autobiográficos, a los chismes, a los bibelots, a las pistas perdidizas, al Mito. Al Club Stendhal, esa masonería libresca.
Se rastrea la influencia de Stendhal en los principales autores italianos de los siglos XIX y XX (especialmente Lampedusa, en el Gattopardo, y Brancati, en El bello Antonio). Se considera signo de la decadencia de los tiempos modernos que los jóvenes no lean más (o no lo lean ni mitifiquen tanto) a Stendhal, de quien Valéry decía que era “un autor con el que jamás se acaba-de-acabar” (a propósito de Lucien Leuwen), y a quien Gide consideraba una lectura ejemplar en cuanto correctivo: enseñaba a podar, a restringir, a concentrar: servía para limar las uñas y los dientes del espíritu, la sensibilidad y la expresión.
Y el paradigma artístico de esa vida salvaje, violenta, ilegal, desaforada, viciosa, libertina... que tanto criticó Sciascia en la realidad de su tiempo. Alguien dijo de Stendhal un epigrama que Sciascia hace suyo, y que en parte cristaliza todo el culto stendhaliano: “Pretendía actuar según los dictámenes de la razón, pero estuvo permanentemente dominado por la fantasía e hizo todas las cosas por entusiasmo”.
Sciascia juega con el tiempo y las identidades: Stendhal nació a destiempo, antes o después, de ahí su misterio; aventura que de haber nacido un poco antes o después, Napoleón habría sido un escritor muy semejante a Stendhal.
Acaso algo insustancial para el lector de intereses generales, Adorable Stendhal resultará toda una fuente de iluminaciones y regocijos -un verdadero grimorio gremial- para los fanáticos de ambos autores: Stendhal y Sciascia. Libro raro, libro secreto, armado póstumamente por la viuda con los materiales que Sciascia no llegó a desarrollar y apenas dejó anotados, es un puñado de guiños y cifras cabalísticos, tanto sobre Stendhal como sobre Sciascia, todo un enigma de creación intelectual:
“El placer que Stendhal ofrece es imprevisible como la vida, como las horas de un día y como los días de una vida. Cuando y cuánto más creemos conocerlo, es precisamente cuando nos sorprendemos al descubrirlo en un párrafo, en una frase; o al subvertir, en sus libros, el orden de las preferencias, de los afectos. Comenzamos, de hecho, dándole la preferencia al Rojo y negro; pero en cierto momento, casi inadvertidamente, nos inclinamos a amar más La Cartuja de Parma; hasta que un día, de repente, nos damos cuenta que en el Henri Brulard nos encontramos como en la esencia misma de la obra stendhaliana, a la plena luz de las razones por las que lo amamos. Son los tres grados del stendhalismo...”

Leonardo Sciascia: ADORABLE STENDHAL (prólogo de Vincenzo Consolo, Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2005, 180pp.)