domingo, 12 de octubre de 2008

LUIS ZAPATA: LOS POSTULADOS DEL BUEN GOLPISTA, LA HISTORIA DE SIEMPRE, 30 AÑOS DEL VAMPIRO

ZAPATA: LOS POSTULADOS DEL BUEN GOLPISTA, LA HISTORIA DE SIEMPRE , 30 AÑOS DEL VAMPIRO


La mayor parte de esta novela, Los postulados del buen golpista, de Luis Zapata, ocurre en los años sesenta y setenta; en esa época se daba un regreso o una renovación cultural, que represtigiaba las vanguardias artísticas y la experimentación en las artes. Eso ocurría en otros lugares, aunque no tanto en México --salvo algunas ostentaciones snobs, adjetivo muy de la época.
Así se me presenta, en principio, esta novela: una experimentación, y ahora tenemos la oportunidad de constatarlo. Es una novela con personaje y vida reales --su protagonista real, la Billy, está presente entre nosotros--, pero muy inventados (y no sólo por el novelista, porque la heroína también tiene lo suyo, en cuanto a los reinos de la fábula); y descritos por un novelista que también hoy da aquí la cara. [Este texto fue leído el 6 de septiembre de este año, durante su presentación en el Bar Milán.]
¿Pero esto es un reportaje, un relato de "non-fiction novel", o una conjura de dos tipos de cuidado para contar una historia extraordinaria? Pregúntenles ustedes a la Billy (o la Billie) y a Luis Zapata y sólo se enredarán más, porque como he dicho son dos tipos de cuidado. La más erudita crítica literaria sólo puede decir que se trata de un género especial, llamado "Dos tipos de cuidado", de dos conjurados divertidísimos en no sospechamos cuántas travesuras, públicas y privadas, bajo la coartada de la novela.
Y yo creo que la capacidad del novelista Luis Zapata de buscarle tres pies al gato de la novela sigue prosperando. De plano no se me ocurre qué nueva novela podrá inventar. Cuántos pies más le encontrará a ese gato de la novela, al que ya tiene más patudo que a una araña. Cada nueva novela de Zapata es una invención formal y temática inesperada. Y sin embargo, sigue fiel a mundo cotidiano, y a la comedia secreta de nuestros poco celebrables tiempos más o menos recientes. Puras novelas cábulas y perfeccionistas de tipos de cuidado.
El relato es muy aventurero, alegre y divertido. Lo recorren algo más que la alegría, la vocación de aventura y la muy supuesta --muy improbable, digo yo-- atmósfera de emoción y de alegría de aquella época. La Billy cuenta sus aventuras de jovencita tremenda --realmente tremenda-- en un mundo lleno de extravagantes oportunidades de regocijo y contento. Yo, por el contrario, recuerdo esos años como grises, grises, aunque todavía no tan negros como los que hemos conocido desde los años ochenta. No es, en mi opinión, una crónica de una época, sino una decisión vital de un personaje y una decisión narrativa de un novelista. Sospecho que nos están cabuleando con un cuento de hadas más que albureras. Yo creo que sin faltar a la verdad, hay una conjura para contarnos una historia llena de gracia, con nostalgias de Sin aliento de Godard y de Rayuela de Cortázar, de la Pantera Rosa y de Charlie Brown, aunque sin desconocer ni torcer algunos hechos verídicos. Nada más por divertirse, ¿no nos habrán echado un guiño a lo Juan Orol?
La Billy aparece como supercazadora en el centeno: la Ciudad de México no la aterra, sino le ofrece múltiples aventuras cotidianas de una picaresca contracultural. No niego la veracidad de los hechos, que algunos de los asistentes a este acto pueden atestiguar: hablo de un tono, de una atmósfera frescas, optimistas, traviesas, inocentes, en una Ciudad de México anterior a las devaluaciones. ¿Era así la realidad? Yo me acuerdo de una ciudad horrible y temible, aun en esos años. Una ciudad provinciana, aburrida, llena de Díaz Ordaz, del Charro Avitia y de Mauricio Garcés.
Pero Billy la habitaba de otro modo, sus días transcurrían entre grandes tiendas emocionantes, café cantantes, cine clubs y chavos que buscaban alivianarse. Todo eso existía, pero como rareza denunciada en los diarios --se linchaba, literalmente, a los hippies y a los rockeros--, y pocos sobrevivientes de aquella generación viven para contarlo con el regocijo, la fiesta y la celebración de Billy.
Luis Zapata tiene la manía de los personajes optimistas. El vampiro de la Colonia Roma cuenta, como Billy, una vida que no conoce muchos remordimientos ni quejas; que pasa como sobre ascuas por los momentos de depresión o dolor, y también por los pasionales y románticos, y se solaza en los divertidos, en la brillante superficie de días sin muchas altas ni bajas. Yo encuentro complicidades anímicas, afinidades electivas, entre la golpista y el vampiro. Yo me imagino que Luis tiene esa utopía, y que a los personajes que quiere de a de veras, les da esa vida alegre y alivianada, ese voluntarista optimismo del ánimo. Pero bueno: la Billy también es así, en carne y hueso, salvo cuando uno le discute ciertas películas o le insinúa --sálvenos Dios entonces-- que está subiendo de peso.
Cuando, en esta novela, la Billy decide vivir su vida de modo independiente, solidario, divertido y aventurero, apenas se empezaba a hablar de feminismo en la sociedad mexicana, y ese feminismo concebido como alguna variedad del lesbianismo, la prostitución o el libertinaje de las divorciadas. Pero ella no andaba esperando ideologías. Le buscaba a cada día urbano sus aventuras, sus golpes a los almacenes, sus películas de cine club, sus modas, sus amantes alivianados, sus compadres gays --todos los gays son maravillosos para ella: uta: padrísmos, de plano sin igual--; su rock, sus viajes íntimos o al extranjero.
Y de todo ello recupera ahora una historia feliz, un paraíso que no ha terminado, lleno de gracia picaresca; un paraíso antirromántico, sin azotes ni exaltaciones. Es casi un relato unidimensional: todos los múltiples beneficios que la vida ofreció a quien se los quiso arrebatar sin rollos y sin temores.
Hay un talento cómico innegable, una complicidad de comedia, entre narración y personaje. Huyendo del melodrama, se diría que hacen literatura de puros tipos de cuidado, imitando en literatura la linealidad y el temperamento del cómic, para escapar de los azotados bolerazos de antaño. Como en la Pantera Rosa, la protagonista va de aventura en aventura sin romperse las costillas; tiene sus abollones, claro, pero se levanta, y viaja, y se mete en puros líos. Se diría que su vocación es no pasar día sin lío, sin atolladero, sin desmadre. Y no se queja ni una vez. Vamos: no recuerdo que ni una sola vez salga con un curita. ¿Ha sido su vida así de fácil? Claro que no: así de alegre y de alivianada ha escogido contarla. Es la vida que ha querido contar, a través de todos los trucos de un novelista experto. La vida que ha escogido la ficción que le sienta bien, la ficción con que quiere regalar y alegrar al lector.
Por debajo del magistral relato cómico, lleno de una gracia conversacional exquisita, asoman sin embargo virtudes líricas: su apuesta por la amistad, por la cultura, por la risa. Le busca y le encuentra, dentro de nuestros apocalipsis urbanos, sus módicos paraísos a la ciudad: cines, calles, tiendas, gimnasios... pero sobre todo amigos.
Porque bien mirado, debajo de esta regocijante historia de alegría, hay una continuidad: el mundo de Los postulados del buen golpista parece tan bello no por el mundo en sí, ni por la antigua Ciudad de México --que, desde luego, ya era en esa época bastante espantosita--, ni por los cafés cantantes ni por los modelitos que una audaz se pudiera robar en El Puerto de Liverpool. Parece tan bello porque a una chava intrépida se le ocurrió vivir su vida como si el mundo y México y su tiempo de veras fueran bellos, en un acto voluntarioso, artístico, absurdo. Dedicó su vida a vivirlos como si de veras valieran la pena. Vivir hoy, aquí y ahora como si el mundo fuera de veras divertido. Que desde luego no lo es. Pero la Billy no le hace caso a la realidad. Ella impone la realidad que se le da la gana.
A veces no sé muy bien de quien hablo: de la real o de la protagonista. Cuando le llamó por teléfono, no sé si me contesta un personaje de Luis Zapata. No sé si yo, al hablarle, soy otro de los personajes de Los postulados del buen golpista. No me imagino qué episodio de una novela de Zapata estamos viviendo en estos precisos minutos. Para no hablar de la sonrisa de un tipo de cuidado con que Luis Zapata nos está volviendo personajes de su mundo novelístico, ahorita, en estos mismos momentos.
*

LUIS ZAPATA Y LA HISTORIA DE SIEMPRE

Hace unos veintiocho años, por esa misma época, julio o agosto, un domingo a mediodía, se presentó en la Sala Ponce de Bellas Artes El vampiro de la Colonia Roma (1979), de Luis Zapata, que no era su primera novela, pues años atrás había publicado Hasta en las mejores familias. Más de tres décadas de su narrativa, desplegada en numerosos y exitosos títulos, nos recrea (y ése ha sido su aspecto más popularizado) las comedias, tragedias, melodramas, laberintos y postulados de la vida gay mexicana.
Nuestra crítica y nuestra prensa, poco perceptivas y demasiado facilonas, se han conformado con eso. Hay lectores que conocen más: Zapata es también un supremo artífice de la lengua y de la narración, un experimentador y un aventurero constante, un humorista, un ironista endiabladamente inteligente, un lúdico; y su mundo narrativo conoce muchos registros: de la depresión más negra a la risa loca, de la cotidianeidad a los delirios y los sueños, de la meditación a la farsa.
Como podrá apreciar el lector de esta reciente novela, La historia de siempre (México, Thélema, 2007), en Zapata la literatura no es sólo su variado y rico mundo, sino también y sobre todo su expresión verbal y su juego maestro con tramas, episodios y personajes. Un artista verbal y narrativo que sabe embrujar con sus historias, sus laberintos, sus ironías, sus caleidoscopios de minucias cotidianas.
En La historia de siempre ocurren un espectáculo y una reflexión de la vida amorosa y cotidiana, hiladas finamente, con un verismo minucioso iluminado por su humor y su inteligencia. Los mundos y los caos de los individuos y las parejas, de la realidad diaria y de esas fragilísimas realidades que casi nos parecen evanescentes, irreales, en cuanto comprometen también el recuerdo, el deseo, el anhelo, las reflexiones.
Experimentador incorregible, Luis Zapata jamás escribe dos textos semejantes. Sus historias de siempre son inevitablemente historias novedosas, entre cuyas principales riquezas está la creación de una nueva manera de contar, de inventar y de disfrutar un texto. Difícilmente encontraremos en estas décadas un narrador al mismo tiempo tan correcto y tan explosivo, tan arriesgado y tan riguroso, tan lúdico y tan exigente, y sobre todo tan disfrutable.
Siempre hay una fiesta del lenguaje y de la inteligencia en una página de Luis Zapata. En La historia de siempre asistimos a una novela que trata de ir contando o inventando con el lector (y correctores, capturistas y anexas), juguetonamente, una novela. La novela dentro y fuera de la novela: todo en Zapata es literatura. Es creación, es lenguaje, más allá de la anécdota, de modo que sus lectores disfrutan al mismo tiempo la historia, el entramado, el lenguaje y las divertidas travesuras de contar la vida verídica, rodeada de escolios, apostillas y notas de su discurso amoroso. Cierto terapeuta fantasmal planea sobre sus líneas de vez en cuando.
Armando y Bernardo, nuestros protagonistas (y algunos otros personajes, como Éric, Fabio, Gabriel, Humberto, David, Darío, el taxista) adquieren una presencia entrañable, una complicidad con el lector, al tiempo que van desplegando con él, junto a él, entre “guiños familiares”, su historia. En un momento dice: “La fórmula no admite variantes; o sí, pero sólo circunstanciales: se puede hacer una comedia romántica gay, o lesbiana, o interracial, o de extraterrestres, de isabelinos, de egipcios, de codependientes, pero siempre será la misma historia.”
Quisiera detenerme en esta cita, pues suele subrayarse la diferencia de género en los relatos de asunto gay y no la obviedad de que se trata siempre, inevitablemente, de historias de amor o desamor muy semejantes a cualesquiera otras. Importa que sean buenas, francas, honestas, apasionadas historias de amor; pues el fin y al cabo, el encuentro apasionado de dos personas -gays, extraterrestres, heterosexuales, faraónicos o isabelinos- no es sino el gajo esencial de toda condición humana. Podemos imaginar vampiras de la Colonia Roma, y vampiras de Marte y de Egipto y de la época isabelina -ahora recuerdo algunas, desde luego magníficas, de Théophile Gautier, por ejemplo.
Luis Zapata no sólo es el autor de muchas de las mejores historias del amor gay en castellano; es sobre todo el autor de muchas historias de amor a secas, en pureza, entre personas y hasta entre “entes” (creaturas teóricas, imaginarias, soñadas o entresoñadas), en el enredijo intemporal de seres diferentes que aspiran a la unidad, a sabiendas de que todo conspira para que las diferencias individuales pongan constantemente en jaque las utopías de la pasión, del amor, de la pareja.
No sé si fue Tostoi quien dijo primero que el mayor drama del mundo siempre es el drama de alcoba; sé que ésa ha sido siempre la mayor historia de la humanidad, la más misteriosa y dolorosa y extática, y quizás la mayor aventura del hombre sobre la tierra, el rato de la “condensación” de los diferentes en la utópica -y a la vez concretísima e indispensable- unidad de la alcoba, en esa eternidad instantánea que los franceses que recuerda Zapata llamaban la durée, palabra que efectivamente no ha encontrado traducción castellana exitosa, pues “la durada” que propuso Alfonso Reyes casi sonaba a una mentada.
He tenido la fortuna de estar cerca muchas veces, durante estas tres décadas, del atelier narrativo de Zapata. Mi continua admiración por su escritura no ha impuesto una distancia, sino una familiaridad, que al menos en cuatro o cinco de sus títulos más famosos fue compartida por muchos lectores, quienes encontraron en sus personajes no sólo alteregos, sino sorprendentes cristalizaciones de sí mismos.
Su gran aventura de hacer arte de la vida más cotidiana, coloquial y hasta banal como sus constantes referencias al cine y a las canciones mexicanos; a los modos efímeros -otra durée u otra “durada”- de hablar o de pensar de ciertos grupos de la sociedad mexicana. Qué curiosa esta literatura que equidista del diario íntimo y el gran guiñol, del melodrama del cine mexicano y las inspiraciones orientalistas y psicoanalíticas, de la novela picaresca y las novelas de caballería.
Nunca hay tema ínfimo en Zapata: puede escribir hermosas historias de sirvientas y chichifos, de detectives y amas de casa, de clasemedieros medioparranderos, de profesionistas y pícaros, de estrellas de cine... y de la masa popular que las sigue como a mitos sagrados. Nunca me he encontrado más en casa, en mi país y en mí mismo que al releer algún libro de Zapata. No soy el único que ha seguido sus lecciones, aunque no muchos lo confiesan: pero yo encuentro mucho de este zapatismo en la narrativa mexicana de las últimas décadas, feminista o futbolera, egipcia o extraterrestre. Aunque pocas veces con su gracia y su riqueza. Habría que ver algún día cómo la invasión del lenguaje coloquial en la narrativa que abanderó Zapata (precedido en esto en algunos aspectos por Poniatowska y José Agustín), cubrió toda la narrativa mexicana, independientemente de temas y géneros, y cómo, al conquistar en solitario, a mandobles temerarios, muchas libertades, nos liberó a todos.
En La historia de siempre resuenan ciertos registros románticos y melancólicos que no sorprenderán a quien haya leído varios libros de Zapata, aunque acaso desconcierten a quien recuerde demasiado exclusivamente El vampiro de la Colonia Roma (donde, por lo demás, también aparecen). Acaso menos desgarrados que En Jirones, Melodrama, La hermana secreta de Angélica María, La más fuerte pasión, Siete noches junto al mar, etcétera...
Sobresale el guiño familiar sobre las peripecias del Uno y el (los) Otro(s), sus avatares y conflictos, cierta acogedora ironía con que se van tolerando, al tejerse la historia de siempre, las filosas aristas del pasado y del presente, del cuerpo y del deseo. Como en aquellos libros, en éste ocurre también la tremenda paradoja o el culatazo de que la pasión amorosa y la búsqueda de la unidad suele exacerbar la conciencia atormentada de la propia soledad, y hasta alimentar con leña verde los autocastigos del examen de conciencia. Soñar en el (los) Otro(s) tropieza muchas veces con el naufragio de la autoestima del Uno. Una historia de siempre, lo mismo entre faraónicos que entre extraterrestres. El periplo de los amorosos nunca elude las tormentas y naufragios de los solitarios; hasta se diría que la pasión amorosa, por contraste y casi en desquite, saca a flote los yodos y yerbajos amargos de la propia soledad inevitable.
Como fuese, este paseo por el más reciente discurso amoroso de Luis Zapata, la pareja dispareja, el deseo y el anhelo, la memoria y el tiempo, además de contarnos la historia terrestre de siempre -bien mirado, la única historia-, nos envuelve en cierta exaltación espiritual de la introspección franca, la inteligencia, la ironía y el lenguaje. La aventura siempre jubilosa de una magnífica escritura ajena a pretensiones y atavismos: fresca, alegre, brava, verídica, inteligente.
Una escritura opuesta a las supersticiones y faroleos de la burocracia académica y a los puntilleos parvulescos de los talleres literarios; una escritura verista e irónica que apuesta por la vida y por la introspección, así como también sus personajes, carnales, demasiado carnales y “fuertes”: “los más fuertes”, y no por ello menos propensos a los evanescentes disparaderos mentales (y hasta neuróticos), se aferran al placer sin hipocresías ni mitificaciones: a su porción de placer corporal, resuelto en su residencia terrenal, en sus días precisos, que es a final de cuentas la historia de siempre, la de luchar por sentirnos vivos cada nuevo día.
Esa voz asentada en la bravía autenticidad de la vida personal y en el desparpajo para reconocerse y tratar de amarse y conllevarse con sus placeres, embrollos y náuseas. Veintiocho años después, el mundo del Vampiro, profundiza su apuesta por la vida, por el cuerpo; y gana no sé qué tranquila naturalidad, qué amistoso regocijo con sus episodios y cuerpos, con sus anhelos y tropiezos de esa historia que siempre es la misma y a cada párrafo, sin embargo, traza una estría diversa: una renovada condensación en la largas y profundas búsqueda y expresión vitales de la narrativa de Luis Zapata.
30 AÑOS DE EL VAMPIRO DE LA COLONIA ROMA
Por José Joaquín Blanco

Hace 30 años apareció El vampiro de la colonia Roma, en medio de un escándalo tan hipócrita como estúpido. Hipócrita con respecto al tema, que ya había dejado de ser tabú en Occidente y sólo en países provincianos y mochos seguía espantando a burócratas, curas, empresarios y periodistas de la Liga de la Decencia.
No en español, pero sí en todas las otras lenguas principales del mundo, había no sólo bastantes novelas del “asunto”, sino novelas que se habían vuelto clásicas y recibían el reconocimiento general, incluso premios como el Nobel: basta señalar a Proust, a Gide, a Genet, a Forster, a Isherwood, a Rechy, a Baldwin, a Vidal, a Mishima, a Pasolini…
El local escándalo amarillista sólo respondía a la mochería que prevalecía en el gobierno, en la prensa, en algunas empresas, en la academia, y por fortuna no encontró eco… Una década antes, el tema de la pobreza y de la promiscuidad de las familias pobres de México en Los hijos de Sánchez, sí había logrado movilizar a muchas momias del México represivo.
Pero también se trató de un escándalo estúpido, pues generalmente se atacó el libro por lo que obviamente no era, y estoy seguro de que algunos nombres ilustres que lo hicieron ni siquiera la habían leído, como Juan Rulfo o Sergio Magaña, cuyas alarmas revelaban que sólo habían escuchado en algún mentidero que se trataba meramente de las memorias verbales de un prostituto vaciadas directamente en una grabadora.
Por fortuna, el éxito de ventas pero sobre todo de lectura de las primeras ediciones del Vampiro, dejó en claro que se trataba de una obra plena literariamente, no sólo escrita sino admirablemente escrita, con una asombrosa modernidad tanto en el manejo del castellano oral mexicano como en las más diversas tradiciones literarias, como la de la novela picaresca y otras formas cómicas de narraciones desde los tiempos de Boccaccio, Rabelais, y Quevedo; así como agudamente vanguardista en las nuevas formas de narrar que en México se llamaba “la Onda”, pero en la Francia de Queneau se llamaba el français parlé y que también se acordaba con algunos recursos del novelista argentino Manuel Puig.
El estruendo del escándalo no tuvo éxito, aunque se refugió en otras formas más agrias de represión y censura, el escándalo vergonzante, calladito, que todavía prevalece en ciertos estratos académicos, burocráticos o parnasianos, y que pretenden aún considerar el asunto homosexual y la forma coloquial y cómica de su escritura, como propios de una subliteratura, de un subgénero: la “literatura gay”.
Uno de los aspectos que más ultrajaron la moral convencional de los años setenta en México fue lo que llamaban el regodeo, el descaro, la insolencia tanto de asuntos como de expresiones que tenían que ver no sólo con la homosexualidad, sino llanamente con el sexo y con la vida cotidiana.
En efecto, si escandalizaban ciertas obras literarias o cinematográficas referentes a la homosexualidad, al menos se esperaba que se mantuvieran en el nivel del albur, de la caricatura, de la nota roja o del melodrama. Si los putos se atrevían a salir del clóset que por lo menos sufrieran harto e hicieran desfiguros de circo, como en aquella película La escalera, en la que Rex Harrison y Richard Burton hacían piruetas de autoescarnio y autoflagelación de locas senectas.
Lo inadmisible, y también una de las principales razones, creo, de su éxito continuo durante 30 años, es que se tratara de una historia afirmativa, divertida, digna, casi insolente. “¡Qué desacato, qué impunidad!”, clamaba la mochería apolillada. La verdad es que la alegría y la jocundidad del Vampiro, la vitalidad y la frescura de su lenguaje, su liberado, alivianado modo de vivir sus propios días a su gusto y a sus anchas, lograron uno de los textos más modernos y felices de la literatura en castellano de esos años.
No se debe soslayar la importancia de que el asunto gay, hasta entonces tratado en México de modo, cuando mucho, lateral y anecdótico; o crípticamente, o a escondidas; o bien con subterfugios alegóricos, de un solo golpe estableciera un nuevo canon, una obra maestra y un estímulo para muchos otros autores que empezaron a escribir diversas obras, no necesariamente “a la manera de Zapata”, pues no todo mundo tenía sus dones intelectuales y literarios, pero sí a partir de ese nuevo estadio aireado, moderno, laico, relajiento.
Sin embargo, hay que recordar que el estilo, el castellano literario de elasticidad coloquial, el talante un tanto pop y otro tanto irónico, el sentido del humor, la maestría filológica, el amplio conocimiento de varias literaturas y de muchísimo cine, influyeron a autores que ni eran gays ni trataban asuntos gay.
Así, el Vampiro influyó en muchos autores, hombres y mujeres, de muy diversa temática. Muchos personajes de todo tipo de relatos empezaron a hablar y a vivir como el Vampiro otro tipo de aventuras. Tocará a sus autores reconocer el estímulo, como el propio Zapata ha reconocido en la Onda mexicana, en Puig y en ciertas vanguardias francesas y anglosajonas (pienso en Queneau, Isherwood, Williams, Capote, Baldwin) miradas familiares.
Así, otro libro de Zapata, no necesariamente menos “ultrajante” que el Vampiro, tuvo un enorme éxito de estima entre las mujeres, que por entonces estaban empezando a dar su golpe de estado en la literatura mexicana: me refiero a los jocosos diálogos de Tacha y Adela en De pétalos perennes, que se ha llevado varias veces al teatro, dio lugar a una radionovela y a una película, y hasta se volvió libro texto de castellano en algunas escuelas mexicanas y en algún método de castellano para franceses… No es menor la influencia de Zapata en la llamada literatura femenina que se ha querido también coloquial, divertida, aventurera en cuestiones sexuales y alivianada… Ni en narradores hombres cuyas aventuras heterosexuales, también sobre-el-camino y también en las ciudades-de-la-noche, muestran ecos de la frescura vital y expresiva de Adonis García.
Muchas tesis, desde luego más extranjeras que mexicanas, han explorado desde muchos puntos de vista los dones de El vampiro de la colonia Roma. Sólo quisiera añadir uno más: de la desastrosa generación, o haz de generaciones, a la que le tocó vivir el último cuarto del siglo XX en México, pocas cosas funcionaron de manera plausible, demostrable.
Generación o generaciones ambiciosas y codiciosas de no sé qué portentos y absolutos, en realidad pocas de sus obras han logrado sostenerse por sí mismas y por el favor de los lectores y de la crítica, y más bien han tenido que resignarse a esa especie de reconocimiento artificial de las mafias y los favores mutuos a través de burocracias parnasianas, académicas o mercadotécnicas.
El Vampiro, en cambio, no ha dejado de funcionar un solo día en estos 30 años: leído, releído, chismeado, recordado, discutido, exaltado, vituperado: es un logro cultural duro, evidente, irrebatible. Una verdadera aportación concreta, sólida, a la cultura y a la sociedad mexicanas contemporáneas.