sábado, 1 de junio de 2013

Porfirio Barba Jacob




PORFIRIO BARBA JACOB: “EL HOMBRE QUE SE SUICIDÓ TRES VECES”

 

Por José Joaquín Blanco

 

                                               Sólo el rumor de un vago viento vano

                                               volando en los velámenes expira...

                                                                       PORFIRIO BARBA JACOB

I

El poeta colombiano postmodernista Miguel Ángel Osorio Benítez (1883-1942), mejor conocido a través de sus seudónimos Ricardo Arenales y Porfirio Barba Jacob, gozó en vida y hasta la fecha de una terrible fama de “poeta maldito” (marginado, vicioso, paupérrimo, enfermo, loco, degenerado, amargado, vagabundo, transa, vendido, mitómano), que la emotiva y muy documentada (pero farragosa) biografía de Fernando Vallejo: Barba Jacob, el mensajero (2a. ed., Bogotá, Planeta Colombiana Editorial, 1997) corrige y hasta contradice en parte.

            Fue en realidad un escritor de intensa vida social, muy admirado y estimado en todos los países latinoamericanos donde residió; capaz de acumular fortunas, que dilapidaba, y de montar empresas que él mismo se encargaba de hacer quebrar.

            Corre innumerable la lista documentable de presidentes, ministros, gobernadores, generales, embajadores, empresarios, banqueros, diputados, directores de periódicos, editores, poetas, escritores y hasta simples dueños o empleados de hoteles, cantinas y fondas, que lo protegieron y ayudaron a lo largo de su vida, en media docena de países.

            Nunca vivió “marginado” entre puros homosexuales, delincuentes, teporochos y drogadictos (aunque los frecuentara cotidianamente), como corre la fama: vivió —brillando— en el centro de la vida burguesa, literaria y política de su tiempo; desayunando, brindando y bromeando, siempre que quería (antes de sus años terminales de tuberculosis, ¡y aun entonces!) con millonarios y políticos, burgueses y escritores de toda tendencia.

            Se le respetaba y admiraba en México, Cuba, Guatemala, El Salvador, Honduras, Costa Rica, Nicaragua, Colombia, Perú... Especialmente en México, donde se encontró mejor que en parte alguna. (¿Nuestro desordenado país toleraba mejor su desorden? Fue un inmigrante atípico: no parecen haberlo seducido la arqueología, la etnología ni la revolución, menos aún nuestros parnasos ni las joyas coloniales: ¿De dónde tanto amor por México? ¿Qué le dimos que no encontró en Bogotá, en Lima, ni en La Habana? ¿El semitolerante desorden moral cotidiano en las barriadas y los chamacos callejeros —boleros, voceadores, peones— en abundancia: “los rapaces de sueltas cabelleras”?)

            Al parecer, la primera mitad de este siglo mexicano era menos pudibunda, al menos entre periodistas, escritores y políticos, de lo que ingenuamente creemos. Personajes tan profesionalmente “edificantes” como Enrique González Martínez, José Vasconcelos, Alfonso Reyes, Manuel Gómez Morín, Jaime Torres Bodet y Rosario Sansores jamás se espantaron de la homosexualidad de Barba Jacob (aunque fuese promiscua, semi-lumpen y exhibicionista) ni de su culto a las drogas. Lo elogiaron y apoyaron económica y públicamente en vida y después de su muerte.

            Sólo se sabe de un prócer que, escandalizado, haya hecho detener un taxi, para apearse y no seguir escuchando sus “mariconerías”: Renato Leduc, quien de cualquier manera se tomó el trabajo de editarle a costa propia el mejor de los escasos libros que Osorio, Arenales o Barba Jacob (Maín Ximénez fue otro de sus seudónimos) publicara en vida.

            Fernando Vallejo cuenta que algún día José Vasconcelos, entonces Secretario de Educación, fue a buscarlo a su hotel —eran los años de los hoteles de lujo—, y Barba Jacob (a la sazón el fulgurante Ricardo Arenales) se permitió el desplante de recibirlo en su cuarto, con un chamacón completamente desnudo en la cama deshecha; el ministro Vasconcelos no se alarmó por ello ni dejó de considerarlo uno de los mayores poetas de lengua castellana. Lo elogió incluso años después, en La Antorcha.

            Dos décadas más tarde, Miguel Ordorica, el puritano directivo de Excélsior, montando en cólera, lanzó toda una investigación para expulsar de inmediato al malviviente que saturaba los excusados y pasillos de su periódico con humo de mariguana: cuando supo que se trataba de Barba Jacob, apaciguó su cólera y olvidó sus represalias. Sólo le preguntó: “¿Y de veras no le hace daño?” Supuestamente Barba Jacob le respondió al laborioso periodista: “Menos que a usted sus dieciocho horas diarias de trabajo”.

            Y las veces que se extralimitaba solía correr con suerte, como aquélla, en Guadalajara, cuando era director de una biblioteca importante, e inventó puestos inútiles de bibliotecarios para media docena de sus jóvenes novios: fue despedido por su amigo el gobernador con la mayor discreción.

            Quince años después, otro gobernador, el de Guerrero, tuvo que cesarlo de un puesto de profesor de literatura, creado exprofeso para él, también con atenciones y la mayor discreción, cuando se descubrió que cultivaba mariguana, en abundancia, en los propios jardines de las instalaciones educativas oficiales de Chilpancingo.

 

II

En realidad, Porfirio Barba Jacob, acaso por inclinación de carácter y, desde luego, para forjarse un mito “saturniano” de poeta proscrito, se inventó buena parte de sus andanzas, agonías y supuestas derrotas. Las inventó, gozó y padeció de bulto, en la realidad cotidiana, y las propagandizó, como su fealdad física, retratada por el cuentista guatemalteco Rafael Arévalo Martínez en Un hombre que parecía un caballo.

            A veces meramente las fantaseaba, al grado de que la prensa y el medio periodístico-cultural, repitiendo el cuento de “¡Ahí viene el lobo!”, dejaron de creer en la gravedad de sus males y de su situación económica en sus últimos años. Se habían hecho ya demasiadas colectas entre los intelectuales, políticos y periodistas para “salvarlo” de las garras de la muerte inminente: el dinero había ido a parar a las cantinas.

            Su credo en pocos versos:

 

            Los que no habéis llevado en el corazón el túmulo de Dios,

            ni en las manos la sangre de un homicidio;

            los que no comprendéis el horror de la conciencia ante el Universo;

            los que no sentís el gusano de una cobardía

            que os roe sin cesar las raíces del ser;

            los que no merecéis ni un honor supremo

            ni una suprema ignominia:

 

            Los que gozáis las cosas sin ímpetus ni vuelcos,

            sin radiaciones íntimas, igual y cotidianamente fáciles;

            los que no devanáis la ilusión del Espacio y el Tiempo,

            y pensáis que la vida es esto que miramos,

            y una ley, un amor, un ósculo y un niño;

            los que tomáis el trigo del surco rencoroso

            y lo coméis con manos limpias y modos apacibles;

            los que decís: “Está amaneciendo”

            y no lloráis el milagro del lirio del alba...

           

            Siguieron la misma ruta docenas de poetas modernistas y postmodernistas “bohemios” en España y América. Rubén Darío, quien genialmente trasladó las riquezas verbales e imaginativas de Verlaine al castellano, no fue ajeno a la imitación de la vida extremosa del poeta francés. Barba Jacob hizo otro tanto, pero exageró su versión a grados extravagantes y públicos, para exhibir como joya intelectual sus “vicios” y tropiezos.

            Algo aprendió también, aunque con menor fortuna desde luego que Darío —pero mucha fortuna en fin—, de la música y las imágenes pavorosas del autor de Fiestas galantes. Fue sobre todo un poeta melódico capaz de escribir versos como (la feliz aliteración quíntuple en v; un ritmo fiel a la imagen, a la manera de Les sanglots longs/ Des violons/ De l’automne):

 

            Sólo el rumor de un vago viento vano

            volando en los velámenes expira...

 

            Por lo demás, queda claro en este estudio que nunca se vio mayor problema público, social, político o literario en la disipación personal de Porfirio Barba Jacob. El problema (además de su enfermedad terminal y de su actitud imposible frente al dinero), y gravísimo, fue otro: su absoluta inmoralidad ideológica y económica. Transó a medio mundo (la biografía ofrece quinientas altas y cerradas páginas, unas mil cuartillas, de pruebas), por gusto, ufanándose de ello: incluso a sus mayores protectores y amigos.

            Fue un escritor esencialmente venal, pero no a la casi inocente manera antigua, del poeta pobretón que escribe elogios inofensivos y marmóreos al tirano, para ganarse una dádiva parca, sino a la manera moderna: la pluma estentórea, venenosísima y desaforada, en subasta al mejor postor, generalmente escondida en anónimos y seudónimos —y en seudónimos de seudónimos—, capaz de vituperar o adular, según la oportunidad y la paga, a Díaz (su ídolo: de ahí el Porfirio, sugiere el biógrafo); Madero, Huerta, Zapata, Villa, Carranza, Obregón, Calles (quien de plano lo corrió del país), Cárdenas, entre los personajes mexicanos. Al mismo poderoso que el día anterior había llamado “chacal”, lo llamaba al siguiente “apóstol”. Y lo aceptaba cínicamente:

            Muy señor mío —le dijo Barba Jacob a [René] Avilés—, no puedo morirme de hambre. En Cuba serví al antimachadismo y nada me dieron a cambio. Aquí en México he querido servir a la revolución y no he conseguido nada. ¿Que la reacción mexicana me paga espléndidamente? Pues a servirla, a escribir para ella. Después de todo no está de más combatir a tanto sinvergüenza como medra al amparo de la revolución”.

            “Y más concisamente, a Jorge Regueros Peralta le contestó: ‘Tuve que venderme a las derechas porque las izquierdas no quisieron comprarme’”.

            Su pluma corría rápida, eficiente y venenosa. Pudo erigirse en best-seller (lo fue, con folletos sensacionalistas sobre la revolución mexicana y sobre un terremoto centroamericano).

            Se trata de un escritor de vocabulario copioso y atinado, de frases contundentes, de imágenes e insultos inesperados, memorables y sonoros. Fernando Vallejo llega a decir que se erige en el mayor periodista en lengua castellana. Exagera.

            Por un lado, su afirmación jamás podrá ser debidamente comprobada, pues la mayor parte del periodismo de Miguel Ángel Osorio Benítez apareció en forma anónima o con una gran variedad de seudónimos (y hay además plagios rotundos), en periódicos que muchas veces se han perdido por completo; por la otra, en los párrafos que el biógrafo reconoce, rescata y cita, advertimos apenas a un retórico del insulto, poderoso y memorable si se quiere, pero un mero retórico. ¡Así, hasta Chocano! El biógrafo no proporciona un solo ejemplo de prosa comparable en calidad literaria a sus poemas. Por lo demás, los textos claramente suyos no asoman la menor relevancia política ni literaria. Periodismo eficaz y punto. Nada tiene qué hacer, por ejemplo, frente al periodismo de Salvador Novo o José Alvarado.

            No hay pensamiento elaborado o profundo, ni ideas personales que valgan la pena. Barba Jacob fue un hombre enterado de las modas culturales latinoamericanas de finales del siglo XIX y principios del XX, pero no culto. Ni un lector verdadero que se tomara el trabajo de estudiar importantes fuentes originales (leer de veras a Marx, a Baudelaire, a Dostoyevski, a Nietzsche, a Lenin, a Gide, a Proust, a Unamuno): se alimentaba de puras lecturas de periódicos y, para sus poemas, de los pocos autores “saturnianos” que lo obsedían (no los leía en otros idiomas: sólo en malas traducciones).

            Como lector llegaba, con hartos trabajos, a ramplonas versiones castellanas de Stefan Zweig. Su amigo Raúl Roa, luego canciller castrista, habla, derritiéndose, de su mutua devoción al Juan Cristóbal, de Romain Rolland. Sus opiniones culturales suelen ser iconoclastas —excepto cuando compara a su amigo y protector González Martínez con Goethe—, pero también banales.

 

III

Aunque su mayor aspiración estética apuntó hacia la música verbal de los nocturnos de José Asunción Silva, casi todos sus poemas parten ostensiblemente de pautas de Rubén Darío (incluso la fibra de Verlaine, que es difícil haya conocido directa y plenariamente en francés): La “Balada de la loca alegría”, por ejemplo, es parcialmente un refrito obvio —métrico, léxico, conceptual— de Prosas profanas:

 

            De Hispania fructuosa, de Galia deleitable,

            de Numidia ardorosa, y de toda la rosa

            de los vientos que beben las águilas romanas,

            venid, puras doncellas y ávidas cortesanas.

            Danzad en deleitosos, lúbricos episodios,

            con los esclavos nubios, con los marinos rodios.

            Flaminio, de cabellos de amaranto,

            busca para Heliogábalo en las termas

            varones de placer... Alzad el canto,

            reíd, danzad en báquica alegría,

            y haced brotar la sangre que embriaga el corazón.

            La Muerte viene, todo será polvo:

            ¡polvo de Augusto, polvo de Lucrecio,

            polvo de Numa, polvo de Nerón!

 

            A “El són del viento” no se le podrá calificar de calca, pero sí de minuciosa respuesta ostensible, a las famosas cuartetas iniciales de los Cantos de vida y esperanza: “Yo soy aquel que ayer nomás decía”):

 

            Mis pies se hincaban en el suelo

            cual pezuña de Lucifer,

            y algo en mí tendía el vuelo

            por la niebla, hacia el rosicler...

           

            No hay trabajo ni pasión intelectuales en su prosa. En sus artículos repele un oportunista descarado de tiempo completo. Sus argumentos o “ideales” periodísticos no son otros que los más comunes —y simplificados, degradados— de la prensa de su tiempo: el antiyanquismo automático, el iberoamericanismo expedito, el “azur” del arte, la redención del indio por medio de escritores y poetas “bohemios”, la adulación “homérica” del poderoso en turno y la carnicería “profética” de los caídos.

            Un apresurado sábelotodo de mesa de redacción... de principios de siglo. Sus lugares comunes ya resultaban caducos, para sus colegas jóvenes, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, aunque el ingenio maligno y la fuerza expresiva le siguieran atrayendo muchos lectores del común: era, de cualquier modo, con la de Novo, la pluma estelar del importante vespertino ultraderechista Últimas Noticias a finales de los años treinta.

            Lo salvan otras cosas: un oído musical de primera calidad, una gran habilidad con el lenguaje, y todas las imágenes violentas (angustiosa lubricidad; nupcias con la enfermedad, el sobajamiento y la muerte), “saturnianas”, de Verlaine, que todavía estaban de moda por acá en las primeras décadas del siglo, pero que ya decaían poco después.

            Fue muy controvertida su abundante inclusión como “gran” poeta en la Antología Laurel (1941), del riguroso Xavier Villaurrutia. Se pensó que, al destacarlo así, Villaurrutia atendía más a la piedad por el hombre que agonizaba, que al estricto criterio estético. No del todo: Barba Jacob (digo, Ricardo Arenales) protagonizó, de cualquier manera, la década de los veintes en la poesía hispanoamericana. Lo recordamos en México ahora, sobre todo, por esa antología, por Villaurrutia. Como a Emilio Ballagas. Y por la anterior antología de Jorge Cuesta, donde se le elogia e incluye como poeta mexicano.

            El biógrafo no consigna que, entre los buenos vanguardistas, sólo lo defendió Villaurrutia: en Barba Jacob “la angustia de un drama personal se resuelve, en última instancia, en música, en canto y apasionada sensualidad”, dijo. Aunque Salvador Novo no daba un tostón por su poesía. Tampoco impresionó a López Velarde.  Pero sí, y mucho, a González Martínez, a Vasconcelos, a Reyes, a Torres Bodet, a Rafael López, a Rafael Heliodoro Valle y a Elías Nandino. Quizás, en un principio, también a Pellicer.

            Inventó un término: “Acuarimántima” —de acuario y marítima, sospecho—, como ciudad ideal y quintaesencia poética en una obra “absoluta” que no llegó a concluir. Coló en todos los álbumes del declamador su célebre caballo de espadas: “Canción de la vida profunda”:

           

            Hay días en que somos tan móviles, tan móviles

            como las leves briznas al viento y al azar.

            Tal vez bajo otro cielo la Gloria nos sonríe.

            La vida es clara, undívaga y abierta como el mar.

 

            Y hay días que somos tan fértiles, tan fértiles,

            como en Abril el campo, que tiembla de pasión:

            bajo el influjo próvido de espirituales lluvias,

            el alma está brotando florestas de ilusión.

 

            Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos

            como la entraña oscura de oscuro pedernal:

            la noche nos sorprende, con sus profusas lámparas,

            en rútilas monedas tasando el Bien y el Mal.

 

            Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos

            (¡niñez en el crepúsculo! ¡lagunas de zafir!)

            que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza,

            y hasta las propias penas —nos hacen sonreír.

 

            Y hay días que somos tan lúbricos, tan lúbricos,

            que nos depara en vano su carne la mujer:

            tras de ceñir un talle y acariciar un seno,

            la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer.

 

            Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres,

            como en las noches lúgubres el llanto del pinar.

            El alma gime entonces bajo el dolor del mundo,

            y acaso ni Dios mismo nos pueda consolar.

 

            Mas hay también ¡oh Tierra! un día... un día... un día

            en que levamos anclas para jamás volver...

            Un día en que discurren vientos ineluctables.

            ¡Un día en que ya nadie nos puede retener!

           

            Con modas o sin modas, se trata de un poema notable.

            Introdujo —todo un pionero y valeroso delincuente en el Parnaso— atrevimientos homosexuales: “Y fuéme el día gárrulo mancebo, de íntima albura y ojiazul y tibio”; ¡Dame tu miel, oh niño de boca perfumada!”; “Y mozuelos de Cuba, lánguidos, sensuales,/ ardorosos, baldíos,/ cual fantasmas que cruzan por unos sueños míos;/ mozuelos de la grata Cuscatlán —¡oh ambrosía!—/ y mozuelos de Honduras,/ donde hay alondras ciegas por las selvas oscuras...”; “Si fue con los mancebos el goce y la ufanía,/ ¡qué importa que no duren sus rastros en la arena!”; “Pensando estoy... Yo, ¡cómo ceñiría/ la cabeza encrespada y voluptuosa/ de un joven, en la playa deleitosa,/ cual besa el mar con sus lenguas el día!”; “Tomé posesión de la tierra,/ mía en el sueño y el lino y el pan;/ y, moviendo a las normas guerra,/ fui Eva y fui Adán”.

            Dedicó incontables páginas al alcohol y a la mariguana, a veces deturpándolos, a veces endiosándolos; escogió este estribillo:

 

            Mi vaso lleno —el vino del Anáhuac—

            mi esfuerzo vano —estéril mi pasión—

            soy un perdido —soy un marihuano—

            a beber —a danzar al són de mi canción.

 

Y menos desaforadamente, sobre la mariguana o la Dama de los Cabellos Ardientes:

           

            La Dama de los Cabellos Encendidos

            trasmutó para mí todas las cosas,

            y amé la soledad, los prohibidos

            huertos y las hazañas vergonzosas.

 

 

 

IV

Su obsesión por la fama, pero más por la instantánea y social que por la póstuma y artística, lo llevaba a escandalizar por sistema, cotidianamente (“el orgullo de ser ¡oh América!/ el Ashaverus de tu poesía”). No fue tan culpable la sociedad, sino él, con deliberación fastidiosa, de sus escándalos.

            Alguna vez, en un recital provinciano, en Colombia, al que asistieron, pagando su boleto, las damas semi-cultas de la localidad, se le pidió que mostrara su virtuosismo lírico improvisando un poema. Dizque improvisó esto, frente al terror de las bien intencionadas damas que pagaron su boleto para cultivarse con su deslumbrante poeta internacional: “Jesucristo nació en un pesebre. ¡Ah, carajo! Donde menos se lo piensa, salta la liebre”. La irreverencia tiene su chiste, ¡pero qué alevosía, ir con eso a escandalizar a las damas semi-cultas de provincias!

            Extrema la adjetivación, como Lugones (“Su adolescencia láctea, melíflua y floreal”), pero a ratos se acerca a Agustín Lara: “Bien sé que alucinándome con besos sin ternura/ me embriagarán un punto la juventud y Abril;/ y que hay en las orgías un grito de pavura,/ tras la sensualidad del goce juvenil”).

            Dejó como testamento esta estrofa:

 

            Y supo cosas lúgubres, tan hondas y letales,

            que nunca humana lira jamás esclareció,

            y nadie ha comprendido su trágico lamento...

            Era una llama al viento, y el viento la apagó.

 

            Pasó la mayor parte de su vida adulta y literaria en México. Es pues tan mexicano como colombiano. Colaboró en nuestras revistas y periódicos. Se le aborreció por su agria columna “Perifonemas” (escrita a seis manos con su enemigo Salvador Novo y con Aldo Baroni) en Últimas Noticias de Excélsior. Se arraiga como personaje conspicuo de nuestra literatura en la primera mitad del siglo. Publicaron su principal libro de poemas, Canciones y elegías (1932), Edmundo O’Gorman y Renato Leduc.

            De cualquier manera, no estamos ante un caso de desastre —salvo la enfermedad (primero sífilis y luego tuberculosis, que lo devastaron sobre todo en su última década), y la muerte, que a pesar de sus tempranas y obsesivas solicitaciones le llegó hacia los 58 años, poco antes de que se popularizaran los antibióticos redentores: supera con mucho la edad promedio en que morían los poetas, viciosos o no, proscritos o no, de su tiempo—, sino de triunfo. Barba Jacob es, a su manera, tal como quiso pero decía no-querer, un triunfador.

            Huérfano (en realidad, “abandonado” o “regalado”, como él mismo decía), campesino humildísimo, descalzo, de una escondida región de Colombia, se hizo maestro rural. De ahí se lanzó a conquistar las ciudades colombianas, y luego, las hispanoamericanas. Fue saludado en plena juventud —hacia los treinta y tantos años— como uno de los tres o cuatro probables sucesores de Darío, y desde entonces se publicaban sus textos en toda Latinoamérica.

            Es recordado como uno de los mayores poetas continentales de los años veinte. Sigue luchando, con algunas probabilidades de éxito, para que dos o tres poemas suyos (¿“Canción de la vida profunda”, “El són del viento”, “Balada de la loca alegría”, “Elegía del marino ilusorio”, “El rastro en la arena”, “Los desposados de la muerte”?) persistan en las antologías de la poesía castellana del siglo.

            Fernando Vallejo destaca su “Elegía de Sayula” —ciudad, de cualquier manera, menos famosa por este poema que por otro, anónimo, dedicado a cierta “ánima” alarmante, que resuena en la Picardía mexicana de A. Jiménez—; un poema opuesto a la tónica general de su poesía, acaso un virtuoso  proyecto de futuro que nunca prosperó; un resabor de Manuel José Othón, una geórgica coloquial, una aspiración a la sana vida agrícola, alejada de los hoscos vientos de Saturno:

 

            Sayula está de fiesta

            porque llovió; la luna sublima los magueyes,

            me dan vino, y... ¡México es tierra de elección!

            —Mi padre, dice un joven, tiene cinco yuntas de bueyes.

            Cruzan la honda noche ráfagas de maizales,

            y un júbilo de júbilos nos llena el corazón.

 

            ¿Vagabundo, sin-hogar? Más bien un dandy o anti-dandy internacional, hombre capaz de elegir en qué país quería hacer fortuna y ejercer su dominio literario: Colombia, México, el Caribe, Centroamérica. ¿Vicioso? Hombre dueño de realizar sus pasiones y caprichos... casi todos ellos, ahora (y quizás también entonces, pero vergonzantemente), de lo más común en nuestra sociedad. ¿Marginado? ¡Si fue un virtuoso de las “relaciones públicas” y de la publicidad; patrón y director de muchas empresas, fundador de diarios famosos (como El Porvenir de Monterrey), dedo meñique de hartos influyentes, y encabezó todas las publicaciones de periodismo y poesía! ¿Paupérrimo? Por temporadas y por gusto: sus hazañas de manirroto y de empleado imposible o de empresario delirante aparecen en esta biografía. ¿Solitario? ¡Pero si no hay modo de contar a todos sus amantes y amigos fidelísmos, que no supo ni quiso conservar!

            Está, claro, el melancólico “signo de Saturno”:

 

            Y errar, errar a solas,

            la luz de Saturno en mi sien,

            roto mástil sobre las olas

            en vaivén.

 

            Pero ésa fue su mayor joya: la vocación de Verlaine que decidió encabezar sin moderación alguna, y a la que se deben sus poemas, que siguen en el recuerdo hispanoamericano popular —nuestros cuistres “cultos” le hacen fuchi (Enrique Anderson Imbert se pone guantes desechables para tirarlo a la basura en su Historia de la literatura hispanoamericana)— medio siglo después de su muerte.

 

V

No se trata, pues, de un éxito parco. Toda la “bohemia” postmodernista adoleció de la amoralidad, el alcoholismo, las drogas, la sífilis, la tuberculosis, la miseria del “vagabundo” que no se sometía al trabajo “burgués” de tendero, empleado o profesor opacos; pocos, como Barba Jacob, entre ese grupo epigonal, resonaron con éxito las viejas cuerdas modernistas. Resulta harto superior, por ejemplo, a nuestro Rafael López.

            Se le ha llamado también “El hombre que se suicidó tres veces”. Muy joven asesinó su nombre de pila, Miguel Ángel Osorio, por el afortunado seudónimo de Ricardo Arenales. Éste fue el nombre de su juventud emprendedora, belicosa, relativamente saludable, inspirada y llena de éxitos periodísticos, económicos y líricos.

            Asesinó veinte años después, en Centroamérica, al brillante Ricardo Arenales, en busca de un Porfirio Barba Jacob maduro y sereno que no consiguió: su salud se quebró en los años treinta, y anduvo como Verlaine entre cárceles, tabernas, cuchitriles y hospitales.

            A partir de 1940, encamado, la enfermedad lo suicidaba todos los días. Se aseveró en la prensa que esa enfermedad era el castigo de su disipación, como ahora se dice del sida. Pero en esta biografía hay el testimonio de un médico suyo que afirma: Su sífilis ya estaba curada (“a la manera antigua, con neosalvarsán, arsénico o bismuto”), según los análisis que se le practicaron en sus últimos años. Murió de tuberculosis, independientemente de cualquier teoría moral, cuando no era fácil ni barato curarla en México, los años treinta, en su etapa avanzada.

            El “relámpago” de una enfermedad fatal y de la muerte: sólo ese ramalazo, sin castigos de los verdugos de Dios. Aunque, claro, Barba Jacob siguó fumando mientras pudo sostener entre los dedos un toque o un cigarrillo, y a la menor apariencia de mejoría volvía a todas sus andadas. Era a final de cuentas el trovador que en mejores días había recomendado:

           

            Goza tu instante, goza tu locura:

            todo se ciñe al ritmo del amor,

            y son sólo fantasmas de la vida

            el bien y el mal, la sombra y el fulgor.

 

            Fía tu corazón al viento loco;

            álzalo a las manzanas del jardín,

            dáselo al mar, llévalo al monte puro

            y vive intensamente, porque... en fin...

 

Y ahora exígía:

 

            ¡Oh viento desmelenado

            que rompiste la arboleda:

            ya que nada, si viví,

            he fundado ni ha durado,

            llévate aún lo que me queda:

            llévate a mí!

 

            Murió en la madrugada del 14 de enero de 1942, en un departamento con escasos muebles de la céntrica calle de López (82, segundo piso, arriba de una pescadería), que sus amigos le alquilaron por dos meses para que agonizara con mayor dignidad y tranquilidad que en cuarto de hotel (los hospitales públicos relativamente decentes no recibían enfermos terminales, a quienes se destinaba al moridero sórdido del hospital de desahuciados).

            Se arrepintió de sus pecados y demonios y, gracias al escritor Alfonso Junco, consiguió un cura (el académico Gabriel Méndez Plancarte) que lo absolviera. Asesinó a Porfirio Barba Jacob y retomó su nombre de pila, al confesarse. Cerca de la Alameda, de Avenida Juárez y de San Juan de Letrán, escenarios de sus batallas, Ashaverus rezó finalmente el rosario.

            Al mismo tiempo que declinaba su salud (un hombre bastante alto que pesaba unos cuarenta y tantos kilos, desencarnado, desencajado, cenizo, desbalagado, de grandes manos sarmentosas) se encendió en México el linchamiento moral contra él, encabezado por los periódicos cardenistas El Nacional y El Popular.

            No intento disculpar las conocidas miserias mexicanas, pero celebro que el biógrafo trace la historia en su justa proporción: no se trataba principalmente de “homofobia” o antimariconería y de puritanismo (tampoco los excluía). Ocurre que quienes peor escribían contra su vida privada, como Héctor Pérez Martínez o Andrés Henestrosa, habían sido sus grandes amigos, sin que los resfriaran entonces sus costumbres; o de cualquier manera admiraban su poesía y requerían su trato, y temían su periodismo brutal, como Vicente Lombardo Toledano. Por lo demás, con semejante saña hipócrita se clamó también contra otros “malvivientes”, pero sólo cuando se entrometía el ardor político: Vasconcelos, Antonieta Rivas Mercado, el Doctor Atl, Nahui Ollin, Diego Rivera, Frida Kahlo, Rodríguez Lozano, Cuesta, Novo.

            En fin: ocurrió sobre todo una concisa gresca política. Desde Últimas Noticias de Excélsior, Porfirio Barba Jacob atacaba anónimamente, a través de afiladas columnas como “Perifonemas”, a la izquierda local e internacional con una furia semejante a la que contra él ejercieron, en represalia, sus adversarios políticos. Se erigió en defensor de Franco y del fascismo, y en terrible denostador de los izquierdistas locales: de ahí la causa del triste clima de linchamiento moral que lo acompañó en sus últimos años. Él los llamaba “ladrones, corruptos, imbéciles, hipócritas y tartufos”; ellos lo tildaban de de “maricón, drogadicto y vendido”. Tal vez todos tenían algo de razón.

            Atronaron guerras de lodo y bilis en las que Barba Jacob no podía clamarse inocente ni desarmado. Y que, acaso, no lo preocupaban mucho. Su enorme dolor en vísperas de su muerte fue que estaba pasando de moda como poeta: que sus poemas rubendarianos resultaban cursis o anticuados para la nueva generación vanguardista (de hecho, su mejor obra lírica es juvenil, de los años diez y veinte: Ricardo Arenales escribió un buen manojo de  exitosos poemas; Porfirio Barba Jacob, ¿cuántos? Urge una pulcra cronología crítica de sus poemas).

            Sostuvo —y así se tituló su recopilación póstuma de poesías— que sus textos no pertenecían a un gusto abolido —”bohemio”, epigonal del modernismo—, sino que se trataba de Poemas intemporales. No se le hizo caso. Desde los propios años treinta se le dejó en México de tomar en serio como poeta; sus joyas líricas se volvieron chistes en los mentideros y corrillos literarios: ¿“Acuarimántima”? Ja ja ja. ¿“Undívaga y abierta como el mar”? Ja ja ja.

            Sus poemas habrán de defenderse solos, acaso con mayor fortuna de la que sus enemigos sospecharon: tiene versos que ahora, en el recodo de siglo, siguen sonando bien, e imágenes de sensualidad y angustia que no se han borrado.

            Su vida, perdida en la leyenda de los mentideros del periodismo mexicano, recobra su perfil auténtico, sin maniqueísmos ni hipocresías, y sin aspavientos de fáciles  apedreadores de la mujer adúltera, en la voluminosa biografía del novelista Fernando Vallejo.

 

VI

Asistamos, por último, a uno de los días malos  —de los antológicos y esenciales, también—, no del glorioso Ricardo Arenales, sino los del vampírico y agónico Porfirio Barba Jacob, roído por la sífilis y la tuberculosis (ya en los puros huesos); cuando la enfermedad le impedía hacer más dinero que el de sus columnas fascistas del ultraderechista Excélsior, no tan “espléndidamente pagadas” como presumía; y que de cualquier manera no le permitían rentar un departamento decente ni sostener un bienestar de clase media, sino puros saltos mortales del mejor coñac infrecuente al pulque, al aguardiente y al alcohol farmacéutico cotidianos; y de las farras pírricas de una sola noche a los meses patibularios en hoteles de quinta y hasta en yermos cuartuchos de vecindad en Tepito. Narra Vallejo:

            “...Ricardo Toraya conoció a Barba Jacob en 1934. Toraya era un muchacho de dieciséis años que acababa de entrar a El Universal. Años después, una noche, en una cantina del centro, Toraya se da cuenta de que en una mesa vecina está Barba Jacob: tomando tequila con un joven oficial del ejército por el que brinda repetidamente como si éste fuera Marte, el dios de la guerra.

            Horas más tarde, en El Universal, Toraya se entera de una llamada telefónica hecha desde una comisaría: llaman de parte de Barba Jacob, quien está detenido y busca a su amigo Santiago de la Vega. En su ausencia, del periódico envían a otro de sus amigos, a Julio Barrios, el hermano de Roberto, el poeta. Cuando Julio llega a la comisaría se encuentra con que Barba Jacob, detenido, por ningún motivo se deja requisar alegando que ‘es pederasta pero honrado’, con esa voz suya de trueno que se impone a todo el mundo.

            A Julio Barrios, Barba Jacob le cuenta entonces que cruzando la Alameda, o una callejuela vecina, no ha podido contenerse ante la belleza del dios de la guerra y le ha hecho alguna propuesta a la que el miserable, considerándola indecorosa, ha respondido con un escándalo. Y ahí lo tienen en la delegación.

            Lo anterior, según Toraya, ocurre cuando Barba Jacob acababa de salir de un hospital. Y lo confirma una circunstancia de su relato: la de que cruzaban la Alameda o alguna callejuela vecina, circunstancia que adquiere su pleno significado asociada al hecho de que Barba Jacob viviera en el Hotel Jardín, que está muy cerca de la Alameda: hacia él se dirigían. De que Barba Jacob estuvo detenido en una delegación Rafael Delgado [no, desde luego, el escritor veracruzano; sino un muchacho nicaragüense protegido del poeta] dice no saber nada.

            Pero Alicia A. de Moya recuerda haber oído contar que lo llevaron a una delegación por borracho, piadoso eufemismo de las malas lenguas: lo metieron a la cárcel del Carmen, según Servín, por homosexualismo, ‘y allí lo encueraron, lo bañaron y se lo cogieron’, pero estuvo muy feliz según él mismo contaba, anotando de pasada que los presos al verlo comentaban: ‘¡Ahí viene Drácula!’

            Un artículo o ensayo que dejó Barba Jacob entre sus papeles a su muerte, consagrado al sistema carcelario y a la criminalidad en México, ‘La fimbria del caos’ (que pudo ir a manos del periodista Armando Araujo), le hace pensar a Ayala Tejeda que Barba Jacob se hubiera hecho encerrar en la cárcel del Carmen deliberadamente para escribir sobre el tema.

            La confirmación escrita de que estuviera en esta cárcel, a la que debió de haber sido remitido de la delegación, se encuentra en la revista Futuro, de la prensa cardenista, que en enero de 1939 lo llamaba ‘el editorialista invertido de Últimas Noticias’, y en febrero acusaba a este periódico de reclutar a sus redactores y editorialistas en los garitos, en las tabernas, en las cantinas, ‘y hasta en la galera de homosexuales de la cárcel del Carmen’”.