miércoles, 8 de octubre de 2008

INCIDENCIAS DEL DISCURSO BARTHESIANO

Incidencias del discurso barthesiano
por José Joaquín Blanco

En 1970, en pleno alboroto por su estudio sobre la dama/castrado del cuento Sarrasine de Balzac, S/Z (varios libros de Barthes han sido publicados en castellano por Siglo Veintiuno), cuya insolente enunciación de lo literario como una ecuación o una fórmula cristalizaba el auge de la neocientificista escuela estructuralista, semiológica y/o psicoanalítica llamada “nueva crítica”, L’Express le preguntó a Roland Barthes: “¿Qué es la crítica según usted?”. Respondió: “Para mí es una actividad del desciframiento del texto, y aquí pienso sobre todo en ‘la nueva crítica’, como se la llama ahora. Porque la antigua, en el fondo, no descifraba, ni siquiera planteaba el problema del desciframiento... Buscar aprehender el sentido verdadero de un texto para descubrir su estructura, su secreto, su esencia”.
Aunque ya había dicho otras cosas, como que ¡el texto importaba poco! y mucho las especulaciones sobre el texto: “la escritura no podía ser, en última instancia, ‘objetiva’, porque la objetividad no es más que un imaginario entre otros. En lo que concierne al metalenguaje crítico, no se puede ‘darle vuelta’ más que a condición de instituir una especie de isomorfismo entre la lengua de la literatura y el discurso de la literatura. La ciencia de la literatura es la literatura.” (Entrevista con Les Lettres Françaises, 1967) ¡La ciencia de la literatura!

EL DESCIFRADOR
Endiosado durante los años setenta del siglo XX como acaso ningún otro crítico literario en el mundo moderno, lo menos que tenía la obra de Roland Barthes (1915-1980) era precisamente “crítica literaria”, concebida como análisis y comentarios suficientes y coherentes de las obras estudiadas. Barthes despreciaba la mera divulgación o el didactismo, incluso cualquier disertación (había que “superar la monodia de la disertación por una composición polifónica”). Pretendía pues algo más o algo aparte: ciertas semiología, filosofía, sociología, psicoanálisis o antropología de nuevo tipo con algunos términos que se han vuelto calamidad en todas las lenguas: una nueva “lectura” de la realidad; los textos, las imágenes y los objetos; la realidad como un “discurso”; el arte, el mundo y la vida como “códigos a descifrar”, etcétera. Una especie de “parateórico” universal y no pocas veces un audaz psicoanalista improvisado.
Cabeza literaria de la escuela estructuralista que pretendía devenir del Curso de lingüística general de Saussure (1906-1911) -y de otros nombres aparatosos como Martinet, Jakobson, Bajtín, Propp, Hjelsmslev, Greimas, Benveniste, Bachelard, Lacan, Chomsky, Foucault, Derrida, Deleuze- y de los estudios antropológicos de Claude Lévi-Strauss, y que oponía a la visión evolutiva o historicista, biografista o didáctica de las letras el concepto de una Estructura verbal pura y autosuficiente de relaciones internas, sin lazos con lo externo; autor incluso de unos Elementos de semiología (1964), fue desmentido categóricamente más de tres veces:
1) Desde el campo de la lingüística y la semiología por André Martinet (1970), entre otros, en quien quería apoyarse: ¡Eso no era Semiología, eso no era Ciencia!...
2) Claude Lévi-Strauss desautorizó reiteradamente que los libros Mitologías o el Sistema de la moda de Barthes, por ejemplo, fuesen antropología o etnografía; eran disparatadas ocurrencias de literato con imprecisas terminologías usurpadas de esas ciencias.
Y 3) asimismo una de las mayores autoridades en la crítica y la erudición sobre autores clásicos franceses, Raymond Picard, el racineano de la Sorbona y La Pléiade, combatió en 1965 algunas extravagancias o arbitrariedades psicoanalíticas o estructuralistas de Barthes sobre Racine, con un ensayo titulado nada menos que “¿Nueva crítica o nueva impostura?”, al que Barthes contestó con escasa fortuna digamos filológica, pero con un rico y auténtico tono personal, en un curioso folleto de reminiscencias goethianas: Crítica y verdad (1966), donde defendía el derecho al conocimiento desde fuera de la academia establecida.

EL PLACER DE LA CRÍTICA
Como suele ocurrir en muchos embrollos polémicos, buena parte del lío pro-anti-barthesiano residía en cierto abuso del lenguaje. Cada participante atribuía extensiones y significados diversos a los mismos términos. Así, por ejemplo, Barthes -quien no era profesional en ninguna de esas materias- amplió el campo científico de la lingüística, la filología, la etnología, la sociología o la semiología a lo que le vino en gana, lo que provocó la ira de quienes estudiaban esas disciplinas con tradicional rigor científico o académico.
Barthes de tal modo hacía poesía, autobiografía o “impresionismo”, happenings o aventuras personalísimos, bajo las banderas del análisis estructural, científico, del lenguaje o del texto. Se engolosinaba con palabrejas tecnocráticas -que en ocasiones inventaba él mismo, excavando diccionarios- como con juguetes nuevos. Erizó sus grandes libros de espantable jerigonza con neologismos, criptografías o términos más o menos conocidos o al menos registrados en diccionarios pero que usa en sentidos insólitos: “la matesis, la semiosis, la artrología, lo alético, el código proairético, lo endoxal, las lexias, el paragramatismo, el intertextismo, la ergografía, la imago, los logotetas, las escripciones, las escribancias, los escriptores, la venustidad...”.
Pero, como en ciertas sectas secretas, esta misma esoteria azuzó su popularidad: causó adicción, y sus lectores coleccionaron como joyas sus logogrifos. No usarlos a diestra y siniestra pareció “la doxa”, que en realidad no quería decir sino la mentalidad conservadora-estúpida-pequeñoburguesa-despreciable... de quien opinara diferente, que fue esgrimida especialmente por la “nueva crítica” estructuralista contra los especialistas universitarios tradicionales, con notoria injusticia, pues han sido éstos lo que además de instaurar claves interpretativas sólidas de muchas obras, han incluso hallado, fijado y editado materialmente muchos textos, desde la Edad Media. Pero en serio, ¿toda la crítica antigua francesa -incluso la no-universitaria: Sainte-Beuve, Taine, Gourmont, Gide, Valéry, Suarès, Fernández, Du Bos, Rivière, Paulhan, Sartre, Blanchot, Bataille- era tan desdeñable? Sin los “doxistas”, por ejemplo, no habrían tenido los excéntricos innovadores de ya hace casi medio siglo textos, ni mucho menos referentes u oponentes, sobre los cuales “parateorizar”...
Por otra parte, al rebelarse contra ciertas tiesura, reiteración y parsimonia en el estudio universitario de los grandes clásicos (Racine, Michelet, Balzac) y oponer nuevos puntos de vista, con frecuencia Barthes imponía abusivamente su laboriosa subjetividad sin datos duros ni pruebas de hecho: sólo neologismos, teorías novedosas, enrevesamientos provocadores y atractivos. Ello provocó que, a medio siglo de la “nueva crítica”, leamos a los clásicos franceses sobre todo en ediciones preparadas y comentadas... por los tradicionales profesores universitarios “doxistas”, que ofrecen trabajo sólido y no meras especulaciones. Barthes y sus amigos quedan como una mera oposición brillante pero lateral.
En cuanto al terreno de las letras contemporáneas, tanto Camus como Robbe-Grillet, a quienes Barthes pretendió interpretar mejor de lo que habían hecho ellos mismos en sus propias obras de “grado cero” -“escritura blanca”, “descripción pura, objetivismo”-, le salieron al paso agresivamente. Que los dejara en paz y él mismo escribiera su propia escritura de “grado cero”: no necesitaban crítico ni intérprete, ellos a su vez eran”sincrónicos” y “sistemas semiológicos autosuficientes”.
Acaso todos tenían algo de razón, y Barthes no fue sino un amateur de la lingüística, la semiología, la sociología, la psiquiatría, la etnología y el estructuralismo, que utilizó a su capricho términos y perspectivas que en su pluma dejaban de ser científicos y hasta llanamente académicos; acaso también extrapoló sus impresiones individuales de los clásicos, pero presentándolas con terminología objetiva, canónica.
Muchos de los barbudos que intervinieron en esas memorables grescas salieron de ellas con sus importantes obras y aportaciones intactas: sus diferencias eran más bien de sentido, de extensión, de perspectiva. Y quedó claro que este “crítico” que se presentaba como seriesote profesor tecnológico era un verdadero poeta de sus lecturas y comentarios, bastante anárquico y caprichoso, por lo demás, bromista incluso, que ofrecía no tanto un sistema o un procedimiento científicos o académicos, sino sus riquezas individuales irrepetibles e improseguibles: inevitablemente sus imitadores resbalaron al seguir dócilmente su camino.
Casi ninguno de sus maestros, colegas o discípulos, incluyendo los grupos de Oulipo y Tel Quel o de la Nouveau Roman (con excepción acaso de su discípula Kristeva a quien llamaba su maestra), dejó de distanciarse de las pretensiones de ciencia o filología serias de Barthes y las miraban más bien como ocurrencias extravagantes y divertidas, que no se explicaban cómo de pronto corrían con tanto éxito entre los estudiantes y “los jóvenes del 68”. Bueno: además de su carisma, Barthes introducía de cualquier modo, así fuera precipitada e inexpertamente, muchas nociones modernas a las que la academia permanecía poco receptiva: psicoanálisis, estructuralismo, novedades antropológicas y etnográficas, y cierto anarquismo hedonista que se conllevaba con la contracultura. A ratos, después de revolver y reinventar no pocas ciencias con una terminología de tropezones, sale con que su método interpretativo filológico podría ser de pronto ¡el budismo zen! ¿Y por qué no el rosario?
Habría que recordar algunos datos duros del currículum de este tótem universitario. El mayor grado académico de Barthes fue el mero bachillerato. Por temperamento y difíciles condiciones de salud, pobreza y tiempos de guerra, se formó una cultura caprichosamente autodidacta (sabía casi todo, con abundantes chismes, de Michelet; casi nada de Montesquieu, Voltaire o Rousseau). Nunca logró regularizarse como profesor formal en las instituciones de enseñanza universitaria o normal (de hecho, sólo podía dictar seminarios y cursos libres en centros periféricos, sin diploma ni validez oficial), salvo cuando, a instancias de Foucault -y ya que había tomado por asalto la crítica literaria “informal” de Europa-, se le inventó una cátedra ex profeso en el Collège de France, una institución monumental igualmente “libre” que tampoco expide títulos ni diplomas. Una cátedra de bathesianismo. Con Foucault, por lo demás, también abundaban las desavenencias. Al parecer, con Phillipe Sollers, François Wahl y Severo Sarduy logró una camaradería más entrañable y apacible, pero eran otros tantos tipos de cuidado.

C/C: CRITICO/CREADOR
Títulos como El grado cero de la escritura (1953): Michelet por sí mismo (1954, versión castellana del FCE) -en su opinión su libro principal-; Mitologías (1957), Ensayos críticos (1964, versión castellana de Seix Barral), Sistema de la moda (1967), El imperio de los signos (sobre sus imágenes de un viaje al Japón, 1970, versión castellana de Mondadori); S/Z (1970), Sade, Fourier, Loyola (1971), El placer del texto y Nuevos ensayos críticos (1973); Roland Barthes por Roland Barthes (1975, versión castellana de Editorial Kairos, Barcelona); Fragmentos de un discurso amoroso (1977) -una curiosa nostalgia por el amor-pasión romántico, a la manera del Werther de Goethe y de los lieder de Schubert y Schumann, en la sociedad postindustrial de consumo que lo había fácilmente reemplazado por el mero sexo crudo y desechable-; La cámara lúcida (sobre la fotografía, 1980), y los póstumos Écrits sur le théâtre (2002), Cómo vivir juntos, Lo neutro, La preparación de la novela, entre otros, resultan, al paso del tiempo, más logros de la imaginación y de la sensibilidad que de la ciencia, la erudición o la tradición académica del conocimiento.
Hasta se diría, un poco jugando con los términos, que el crítico Barthes en realidad fue un archicreador que no encontró género literario alguno a su medida, y mezcló, improvisó e inventó géneros nuevos: los fragmentos, los rompecabezas, los modelos para armar; los móviles, pastiches, montajes, collages, retruécanos, sin olvidar la tradición clásica francesa del aforismo y de la escritura autobiográfica. Acaso por ello se le siga leyendo, ya sin la veneración antigua, pero con interés sostenido (reediciones continuas en varios idiomas): es su propio “discurso” literario; su monólogo interminable, solipsista, bastante infatuado a ratos, tan lírico como tecnofílico, no tanto sobre los textos comentados en ellos mismos, como estructuras autosuficientes y sólidas, “sincrónicas”; sino de la imagen que buenamente refractaron en la inteligencia y la sensibilidad de un excéntrico lector llamado Roland Barthes, que se distinguía por su enigmático perfil de saurio, siempre encendiendo un cigarrillo. Y en la cual los autores vivos de esas obras a ratos no se reconocían para nada; y a la que los estudiosos de los autores muertos encontraban discrepante y caprichosa con respecto al conocimiento universitario establecido. (Por otra parte, choca un poco el provincianismo imperial de Barthes: de todos los autores franceses famosos del siglo XX es el menos interesado en lo que ocurre fuera de su clique estructuralista del Barrio Latino: ante este Supremo Lector la literatura mundial prácticamente no existe, sino sólo la de su pequeña aunque brillante pandilla.)
Así, en las Mitologías y en el Sistema de la moda, Barthes saquea desaforada y súbitamente el aparato etnográfico y antropológico de diversos científicos, de Frazer a Lévi-Strauss, con respecto a las mentalidades primitivas de pueblos indígenas, cuando por ejemplo descifraban ritos, mitos, amuletos, tatuajes, tótems... ¡para aplicarlo a las medias, las faldas, los zapatos, los coches, los aparatos eléctricos, el bistec con papas fritas, los espectáculos deportivos, a fin de denunciar al Monstruo de la pequeñoburguesía francesa! ¡Etnografiaba toda la Francia postindustrial con automatismo Nescafé! Un enorme hallazgo de humorista, narrador o cronista, desde luego, ¿pero semiología estructural, antropología literaria, ciencia? Se le propuso hasta “etnografiar” de tal modo a los coches Renault y a Brigitte Bardot.
El teórico neocanónico de Racine y de Brecht confiesa despreocupadamente que sencillamente ¡no soportaba el teatro! El crítico literario dice que no le gusta mucho leer; que apenas lee a ratos -bueno: hojea, saltándose párrafos y páginas- unos cuantos libros clásicos, raros o curiosos, y que, en todo caso, prefiere pintar una especie de paisajes caligráficos. El Legislador del Discurso de la Escritura, bueno, ¡pues detestaba escribir!, al menos largo y tendido, digamos más de una cuartilla: ¡sólo le gustaban las fichas!; narra -el enemigo de las biografía de escritores se dedicó una autobiografía a lo grande, como a todo un clásico en vida: Roland Barthes por Roland Barthes - que desde sus largos años juveniles de enclaustramiento hospitalario (tuberculosis, un tanto al modo de La montaña mágica) contrajo la adicción a confeccionar incesantemente pequeñas papeletas y a su barajeo, como tarot, solitario o lance de dados, de modo que su Discurso Crítico enhebra las fichas con algo de “cadáver exquisito” surrealista, collage, patchwork o de partida de naipes, más allá de cualquier sistema deliberado y mucho menos “académico” y “científico”. Y pensar que fue estudiado literalmente, y devotamente memorizado, en las universidades del Tercer Mundo. Finalmente, el imperialista francés de la lingüística -esa nueva ciencia o cultura o lenguaje universal al que todo debía someterse y codificarse- se desinteresaba en absoluto por todas las demás lenguas (apenas podía leer, y con dificultad, textos simples en inglés), y podríamos decir lo mismo de las otras literaturas: cuando cita a autores extranjeros: Loyola, Marx, Nietzsche, es que ya formaban parte protagónica de la salsa parisina.
En ocasiones recurrió a símiles de la pintura o de la música para describir sus prosas: grafismos, caligramas, o instantáneas piezas de piano a la manera de Schubert, Schumann, Chopin, Debussy o Satie: impromptus, estudios, preludios, scherzos, imágenes, nubes, mariposas, gimnopedias o piezas en formas de pera... Sabemos que tocaba algo de piano, pero no conseguía domesticar la máquina de escribir: se tardaba siglos pasando en limpio sus manuscritos con dos dedos.

ESCRIBIR LA LECTURA
Una de las ventajas de Barthes -bajo condición de perder todo respeto por sus pretensiones científicas, sistemáticas o canónicas- es que se le puede empezar a leer por cualquier obra y hasta por cualquier párrafo de cualquiera de sus libros: es fundamentalmente un autor de fragmentos muy caprichosamente hilvanados, pero sorpresivos, inteligentes y bromistas. Por el contrario, exigirle ilación y congruencia de libro a libro es abrir las puertas del caos. Conserva del surrealismo más de lo que hubiese querido confesar y acaso el libro total que no pudo o no quiso escribir fue un Diario de longitud abrumadora, como los de Gide o Léautaud: un infinito Diario de Lecturas, pero de sus lecturas, donde pronto se olvidaba jocunda y jocosamente del texto leído -el estructural, je, el “sincrónico”- para alucinarse con lo que al texto le ocurría en su personal imaginación de lector: el arbitrario y azaroso “otro texto” que él mismo reformulaba.
Es un hecho que Barthes siempre aportaba “un poco demasiado” a los textos leídos; que en todos ellos habla más del propio Barthes que del texto analizado. Cualquier cosa que lee se le vuelve una rolandología del barthema: sus “estilemas” son “autobiografemas”; su crítica es la novela de sus experiencias y travesuras de lector y de reinventor de sus lecturas. Lo que, desde luego, no significó hazaña pequeña. Con mayor pudor y sensatez, otros críticos del tipo de Alfonso Reyes, Edmund Wilson, Walter Benjamin y Pier Paolo Pasolini no hicieron otra cosa. La crónica de una lectura personal se vuelve, por derecho propio, literatura de primer nivel. Y la forma de leer y comentar los textos puede extenderse a cualquier tipo de experiencia. Y hacer este “nuevo tipo” de crítica literaria (o semiología, o antropología, filosofía, sociología) sobre cualquier cosa. Ya Paul Valéry habría dedicado muchas páginas a descifrar o decodificar (magistralmente) el discurso de la forma de un caracol encontrado en la playa...
En 1981 apareció una compilación de sus entrevistas, El grano de la voz, que en 2005 publicó en castellano Siglo Veintuno de Argentina: esa es otra puerta a su curioso y entretenido laberinto, a ratos menos pedregosa que sus disertaciones tecnofílicas, incluso traviesamente posada para revistas del tipo de Playboy; así como los numerosos estudios barthesianos, entre ellos la biografía digamos “no autorizada” Roland Barthes. La desaparición del cuerpo en la escritura de Louis-Jean Calvet (1990; edición española de Gedhisa, Barcelona, 1992).
Resulta oportuno recordar, sin embargo, que las raíces del pensamiento barthesiano están -él mismo lo confiesa-, mucho más que en los científicos Saussure, Jakobson, Martinet o Lévi-Strauss, en sus admiradísimos -aunque poco elogiados: Barthes pudorosamente oculta adrede a sus dioses- grafómanos Gide y Sartre, al menos tal como él los había leído entre 1930 y 1965. Así, el origen del dizque desideologizado sistema y “estilema” del El grado cero de la escritura y de El placer del texto es precisamente el ultraideologizado ¿Qué es la literatura? y otros ensayos tempranos de Jean-Paul Sartre, por monstruoso que pareciera; o dicho de otro modo: la consecuencia natural del militante ¿Qué es la literatura? y de otros ensayos tempranos de Sartre fue el ¡estructuralismo marcel-duchampiano de Barthes y sus El grado cero de la escritura, Mitologías, Ensayos críticos, El placer del texto S/Z...!
Sartre asimismo descalificó a la escritura barthesiana por antihistórica y formalista, pero casi en sordina. Estos dos ensayistas pontificales, que llegaron a ser los polos antagónicos de la teoría literaria de su tiempo, siempre se mantuvieron una especie de afecto y respeto recíprocos, silenciosos e irónicos. Se diría que eran cómplices que jugaban a abanderar ejércitos contrarios en un combate de títeres de las letras, clandestinamente confabulados y muertos de risa. Sus obras enlazan “guiños familiares” con etiquetas diversas: Sartre ama el estruendo; Barthes (en parte, por su vitalicio pudor de eterno-señorito ante su mamá), el recato y la seña oblicua. Los dos son exhibicionistas: uno dizque ruidoso y majadero, otro dizque coquetón y reservado, como se vio durante los motines juveniles de París en 1968. Uno “político”, otro “científico” -para horror tanto de la política como de la ciencia. Pero ambos eran de izquierda, a ratos radical (Barthes simpatizó con el marxismo, el trotskismo, la contracultura, cierto maoísmo Quartier Latin), y ambos eran sobre todo animales librescos (Sartre veneró más la escritura y el texto que cualquier ideología, con esa veneración encarnizada que lo llevó a pretender dizque ensañarse con Flaubert, Baudelaire, Mallarmé, sus maestros verídicos). Qué curioso que a tales dióscuros se les considerase en sus días como antípodas. Son perfectamente compatibles y barajables, a la manera de las fichitas de Barthes. Y Sartre terminó escribiendo un texto barthesiano, Las palabras -ya les había recorrido anticipadamente camino a los estructuralistas con Lo imaginario-, mientras que el mayor ídolo de Barthes era un buen paradigma del escritor sartreano: Jules Michelet, el historiador de la nación francesa y sobre todo de la Revolución Francesa. ¿Dónde quedó la bolita?

NUEVA PROSA
Extinguido pues su pontificado sobre la crítica universitaria -o nueva crítica, o crítica de vanguardia-, Roland Barthes no pierde sus lectores. Se diría, a un cuarto de siglo de su absurda muerte, propia de una de sus mitologías de “etnografía postindustrial” (atropellado una tarde en una calle del centro de París por una camioneta de lavandería, poco después de conversar con Mitterand en casa de éste), que por el contrario se asienta como un clásico de la prosa de su siglo fuera de cátedras y escuelas, como un innovador de la prosa y de los géneros.
Algunas de sus propuestas, ya entrevistas por otros autores importantes pero no desarrolladas a tal grado -por ejemplo, las posibilidades de las citas o fichas casi desnudas como “discurso” en sí mismas, de los fragmentos y del juego de texto e imagen; y el asedio un tanto idólatra y un tanto burlón al lenguaje cientificista o tecnocrático, que aparece a ratos en, por ejemplo, Walter Benjamin-, engrosan ese lado marginal -un margen enorme- de los géneros discontinuos y a contrapelo del comercio, la cátedra o el discurso literarios.
Se diría entonces que más que críticas o postulaciones semióticas, lingüísticas, sociológicas, filosóficas o filológicas, Barthes ofrece prosas nuevas, propias de su tiempo, acordes con él (sus resonancias tecnológicas, científicas, políticas eran tan propias de su tiempo como las religiosas en Bossuet: “biografemas”), y que encuentran un público interesado en nuevas formas de escritura y de lectura.
La ortodoxia, la corrección o el decoro de su filología, su lingüística o su antropología, filosofía o sociología, pasan a ser irrelevantes ante una especie de nueva prosa pura, de una escritura inspirada, inteligente y fragmentaria sobre múltiples focos lo mismo eruditos que callejeros, del presente o del pasado, anímicos o exteriores, especialmente en libros como Mitologías, Roland Barthes por Roland Barthes y Fragmentos de un discurso amoroso (éste último puede incluso considerarse un best-seller de non-fiction) Es inevitable el eco de estos libros en gran parte de los ensayistas occidentales de las últimas décadas, e incluso términos como “lectura”, “decodificar” o “discurso” en sentido barthesiano se han colado, vía los locutores de radio y tele, hasta en el lenguaje iletrado. “La lectura de mi proyecto musical es un discurso ecléctico”, escuché afirmar, en una entrevista, a cierta cantante pop. Se refería a su mezcla (por lo demás redituable) de canciones de protesta del tipo trova cubana con los éxitos siempre seguros de Lara y Manzanero. Otras cantantes pop, lacanianas (o bachelardianas) sin saberlo, dicen que “cristalizan su imaginario” en las baladas... Digamos que la influencia vasta de Roland Barthes no fue pues integral ni congruente -una teoría, una escuela, una doctrina-, sino resulta, como su prosa, discontinua y dispersa: barthemas, guiños, gestos, actitudes que sobreviven. Incluso sus logogrifos.
Hay rumores de que Roland Barthes intentó o ensoñó alguna vez el relato, la novela, el poema, el teatro, y que su adicción por las fichas y por la prosa (anti)discursiva, llena de tecnicismos y neologismos pedantes, lo redujo a ensayos críticos relativamente serios de semiología, literatura, autobiografía. Se diría que es casi una suerte que no haya logrado éxito en los géneros comunes. Sentimos como un germen de géneros nuevos de prosa, de formas apenas entrevistas de escritura en sus compilaciones de prosas-de-fichas. Algunos logros literarios vienen de fracasos, y de los fragmentos de esos fracasos: v. gr. Pascal, algunos aforistas.
A pesar de su tinte tan 1950-1980, los libros de Barthes parecen desplazar su tiempo y nimbarse de cierta originalidad, excentricidad incluso, algo fuera del tiempo. Las connotaciones de su época y de su situación forman parte de ya su comedia y su tramoya personales y viven en ellas nueva vida, aun cuando las teorías y las modas hayan caducado en las aulas y la prensa.
Y no es de asombrar, finalmente, que los textos más relevantes hayan resultado los menos pretenciosamente estructuralistas, cientificistas o neologísticos: en El placer del texto recobra el hedonismo de la escritura y la lectura, por sobre sus misiones utilitarias (nació de una mera protesta contra el abuso ideológico de las artes durante la postguerra); en los Fragmentos de un discurso amoroso casi prescinde de su lingo y de sus teorizaciones tan pedregosas para presentar, en una prosa más sencilla y lírica, discontinua y a ratos emparentada con la narrativa, toda la baraja emocional y mental del amor-pasión, y resultó en ese sentido más exitosa que cualesquiera poemas o novelas formales de tema amoroso de sus contemporáneos; Roland Barthes por Roland Barthes, además de un automonumento no exento de insolencia, es la recuperación de una infancia y una juventud perdidas, algo proustianas a su modo; y su Michelet, en fin, cristaliza, en un solo autor, todas las pasiones literarias de la juventud de Barthes, de modo que no sólo interpreta al gran historiador, sino que narra una larga pasión de lector, germen y resumen de su obra entera.

2 comentarios:

diana dijo...

te agradezco muchisímo tu artículo. Super documentado y entretenido, ubique las causas de mi no formulado malestar con Barthes en relación a La Cámara Lúcida. Yo había llegado a la conclusión de que era un filósofo escibiendo sobre fotografía y que su texto tenía valor poético. Y me da lata que se lo cite tan reverentemente como un referente fundamental en una especie de teorización agobiante sibre la fotografía (que no termina)
Bueno, genial, enviare tu texto a mis amigos y conservare tu dirección. Diana

Anónimo dijo...

Ojalá se diera este post como parte de la bibliografía del curso de Teoría Literaria en la universidad de tercer mundo a la que pertenezco -entiéndase BUAP- antes de aprenderlo, exponerlo y torturarme seis meses con este hombre. Lo único que no comprendí bien, si acaso, es porqué meter el nombre de Bajtin, cuando éste intentó por todos los medios no involucrarse con ningún "ismo". Saludos desde Puebla