jueves, 10 de septiembre de 2009

FRAY CIPRIANO EN LA HOGUERA

FRAY CIPRIANO EN LA HOGUERA

Por José Joaquín Blanco

Aun antes de que el Santo Oficio de la Inquisición se estableciera formalmente en la Nueva España, con el gran inquisidor don Pedro Moya de Contreras a la cabeza (1571), ocurrieron ciertos procesos inquisitoriales tan informales como escandalosos contra judaizantes, herejes, blasfemos, bígamos, hechiceros, nigromantes, malvivientes, malhablados y demás miserables que incurrieron en la ira de repentinos jueces intemperantes.
Novecientos ajusticiados en todo un siglo, el XVI, parecen pocos –aunque el diccionario no establece una cifra precisa a las palabras matanza y masacre- a quien olvida que la población española de ese tiempo en la Nueva España era harto reducida, y más escasa aún la de religiosos y letrados laicos capaces de incurrir en los delitos aristocráticos, intelectuales, que el Santo Oficio perseguía.
Los indios, salvo las primeras décadas en que anduvo muy barata la quemazón de caciques renuentes a convertirse al cristianismo o reincidentes en sus antiguas tradiciones, cultos y creencias idólatras, quedaron oficialmente fuera del poder de los eruditos inquisidores, pues se les consideró almas de escasa, débil o reciente razón, incapaces de pecados espirituales.
Los españoles pobretones e ignorantes tampoco solían caer en el círculo de fuego del Santo Oficio, y sus pecados, tan múltiples y naturales como los de cualquier plebe de Europa, como la lujuria, la embriaguez, el robo, la violencia, la superstición, la maledicencia y hasta su impaciencia rayana en la franca rebeldía contra frailes y obispos prepotentes, podían ser administrados por confesores y fiscales del crimen, con severidad no siempre menor que la de los inquisidores.
A ningún arriero o carretonero se le quemaba vivo por tener amores con mil mujeres, sino al bachiller facineroso y torvo que se atreviera a casarse con varias, atentando así, con soberbia ostentosa, contra el sacramento del Matrimonio.
Las víctimas del Santo Oficio se recolectaban generalmente entre familias adineradas (si no había gran botín, ¿para qué tomarse todo el trabajo del proceso?), especialmente de origen portugués, como la Carvajal, a quienes se les atribuía profesar en secreto el judaísmo y profanar imágenes cristianas: que tal latigaba en su cuarto un crucifijo o una imagen de yeso o madera estofada del Niño Jesús; que otro había ido a comulgar y, aprovechando la distracción de los religiosos y los feligreses en el tumulto de una misa de Jueves de Corpus, en lugar de tragarla se había sacado con los dedos, embozadamente, la hostia de la boca; la había escondido en las páginas de su devocionario, la había luego martirizado con navajas y alfileres, y finalmente la había enterrado en el dintel de su comercio, de modo que todos los parroquianos la pisotearan al entrar y salir de él...
Que ciertos frailes traducían sin permiso pasajes lúbricos o misteriosos del Antiguo Testamento, como la Psalmodia christiana de fray Bernardino de Sahagún, o componían letrillas irreverentes o burlescas contra la Trinidad, la Encarnación, la Inmaculada Concepción, como (al parecer) Pedro de Trejo...
Que otros, aburridos y pedantes en sus conventos, se atrevían a lecturas prohibidas de autores erasmistas o luteranos; o a desempolvar las querellas bizantinas de Orígenes y Hegesipo, Atenágoras y Policarpo, Arriano y Tertuliano; Irineo y Clemente de Alejandría, Eusebio y Basilides, Montano y Nestorio; Eutiquio y el siempre pontifical y untuoso Evodio, obispo de Antioquía (sospecho un galimatías de valientes terminajos gnósticos, precursor de Plotino); Valentino y Marción, como crucigramas heréticos que seducían a sus mentes soberbias, a la manera de ciertos viciosos jugadores de ajedrez que vuelven y revuelven a partidas disputadas y resueltas mil años antes.
Tal parece haber sido la desgracia de fray Cipriano de Valdés, viejo franciscano cuyo proceso fue misteriosamente sustraído de los legajos del archivo de la Inquisición, y que nos vemos en la necesidad de reconstruir con dispersas y a veces veladas alusiones de manuscritos prolijos y obras olvidadas y peregrinas.
No sorprende que, hacia 1569, el fulminante licenciado Bibero, inquisidor anticipado, haya sentenciado contra él una fórmula semejante a la aplicada contra el judaizante Luis de Carvajal:
“Atento a la culpa que resulta contra el dicho fray Cipriano de Valdés, fallo que lo debo condenar y condeno a que sea llevado por las calles públicas de esta ciudad, caballero en una bestia de alabarda y con voz de pregonero que manifieste su delito, sea llevado al tianguis de S. Hipólito, y en parte y lugar que para esto esté señalado, sea quemado vivo y en vivas llamas de fuego, hasta que se convierta en ceniza, y de él no haya ni quede memoria...”
Quizás el lector moderno no encuentre en fray Cipriano de Valdés mayor delito que una inmoderada admiración por Plutarco y Séneca, y acaso Epictecto y Marco Aurelio, cuyas obras –o más bien, citas y referencias atribuidas, leídas o escuchadas en los tiempos que vivía en España (era natural de Salsipuedes, Murcia), pues no se le encontraron esos volúmenes en su costal de tiliches- le habían sorbido el poco seso que le quedaba a su edad de ochenta años.
El caso es que fray Cipriano de Valdés, después de una juventud valiente y misionera, devota y edificante, cuyos méritos no olvidaron sus hermanos de congregación en algunos “menologios”, decayó en su salud hacia la edad de cincuenta años, hacia 1529.
Por entonces, agobiado ahora por el mal de piedra, ahora por cólicos, vómitos e hinchazones; ahora por jaquecas y mareos, fiebres y alucinaciones, se dispuso a bien morir, ejercicio en el que había ocupado buena parte de su vida religiosa.
Varias veces recibió los últimos sacramentos.
Pero nunca moría. Y nunca sanaba.
Se dice que en alguna ocasión ya apenas le quedaba un hilito de vida. Casi ni resollaba. Los miembros hinchados y amoratados. Las facciones contraídas en un gesto permanente de congestión y angustia.
Todos los frailes de su convento se congregaron en misas, oraciones y cánticos para preparar su ingreso al cielo. Se le administraron los santos óleos. Se le perdonaron todos los pecados que ya ni siquiera podía confesar, porque apenas si murmuraba monosílabos incomprensibles: “La cruz ma-zor-ca”. Se le remitió al Creador con preces solemnes.
Pero no murió. Se recompuso un poco. Volvió a andar cojeando por el convento, entre toses y apagados gemidos. Se orinaba y cagaba por todas partes, en los momentos menos oportunos.
Cuando pretendía decir algo, de pronto emitía inopinadamente un esputo en plena faz del hermano, del prior o del confesor.
Roía su mendrugo de pan, que a ratos vomitaba; sorbía sus jarros de agua y (en sus mejores momentos, vino), que frecuentemente escupía, como si le quemaran las entrañas.
Pero seguía viviendo. Se convirtió en una calamidad para su convento. Ya ni siquiera lo aceptaban en los hospitales: “¿Para qué nos lo traen?, si ése no se muere”. Uno no iba a los santos hospitales novohispanos a sanar, sino a morirse. Y rapidito, que la cola era larga.
Varias veces se escapó del convento, como si hubiese perdido la memoria y la conciencia de que era fraile, y anduvo de indigente por las calles, de donde había que recogerlo para que no se creyera que la Orden Seráfica lo había lanzado sin misericordia a pudrirse en el arroyo.
Siempre caminaba mal, dormía mal, comía mal, bebía mal, orinaba mal, cagaba mal, hablaba tartajosamente de cosas incomprensibles: “La cruz ma-zor-ca, la cruz ma-zor-ca”. Y así durante una agonía de cuarenta años, hasta que cumplió los ochenta.
Entonces, sorpresivamente, en la pocilga de trebejos y trapos pestilentes de la celda en que se le había abandonado, y que ya nadie visitaba (más que celda, era una oscura bodeguilla en la parte más retirada y oculta del Convento de San Francisco), aparecieron sus “manuscritos”.
De alguna manera había que llamar a esos papeles con pedazos de frases, dibujos, letras o signos garabateados.
Resultó que, a lo largo de esos cuarenta años de agonía (1529-1569), fray Cipriano de Valdés recibía extrañas, súbitas iluminaciones de su conciencia, que ocupaba en pergeñar anotaciones y garabatos en pedazos de papel o de trapo, que refundía en el costal de sus pertenencias o basura.
Doctores en teología y filosofía fueron convocados para descifrarlos, y el resultado indignó sobremanera al licenciado Bibero.
Proliferaba en esos manuscritos un signo que parecía una rúbrica o letra mal dibujaba y que finalmente quedó descifrada como un signo esotérico: la Horca.
Se descubrió que el fraile llevaba al cuello, como escapulario, un pringoso mecate amarrado. Así desde hacía cuarenta años.
Que tenía sobre su catre un crucifijo, pero suspendido de un clavo con otro mecate, ¡como ahorcándolo! Cruz + Horca: “La Cruz Mazorca”
Se reconstruyó una cita de Séneca: Ubique mors est; optime hoc cavit deus. Eripere vitam nemo non homini potest; at nemo mortem; mille ad hanc aditus patent… “Por doquiera está la muerte, según lo ha previsto Dios con magnificencia. No hay quien no pueda quitarle la vida al hombre, pero nadie podrá despojarlo de la muerte, a la que lo llevan mil caminos” (Tebaida).
Se interpretaron sus balbuceos:
“Si quiero quemar mi saya, la quemo; si quiero quemar mi vida, la quemo”.
“Mi muerte es mi puerta y yo tengo la llave”. Abajo, a manera de rúbrica, un dibujo en forma de horca.
“Mi prisión tiene mil salidas”. Toda la página con signos de la horca.
“Moriré cuando yo quiera”.
“Cuando yo muera se acaba el mundo”. (El mundo suspendido de una horca, como una manzana ajusticiada).
“No desfallezcas: eres dueño de tu muerte”.
El licenciado Bibero halló que fray Cipriano de Valdés era nada menos que un cripto-creyente de la Puerta Dorada del Suicidio, abominación estoica.
Que a lo largo de sus cuarenta años de padecimientos no se sostuvo en la fe en Cristo, en la esperanza del paraíso, en las enseñanzas de la Iglesia, sino en la diabólica triquiñuela grecorromana de que podía ahorcarse en su propia celda cuando sus males de veras se volvieran insoportables. La eutanasia, que todavía aterra a nuestros jueces, clérigos, locutores y legisladores.
Pero como a veces las enfermedades le robaban toda energía y toda conciencia, no recordaba que podía ahorcarse, ni tenía fuerza para ello; y cuando las recobraba, aunque fuese parcialmente, pensaba, henchido de soberbia: “Todavía puedo regalarme a mí mismo una hora o unos minutos más de vida, ¡ya me ahorcaré al rato!”. Ese rato nunca llegaba.
Hubo frailes que atestiguaron extrañas alusiones de fray Cipriano al “misterio de Judas”. El apóstol de la horca.
Convicto, pues, de la herejía de pretender abandonar el mundo por propia mano, fray Cipriano de Valdés fue condenado al quemadero de San Hipólito.
A ciertos liberales jacobinos escandaliza semejante crueldad de los inquisidores contra un pobre fraile octogenario tullido, incontinente, llagado, escrofuloso, delirante.
No falta algún afrancesado historiador revisionista de El Colegio de México, enemigo de la “leyenda negra” de la Colonia, que sostenga lo contrario: a esas alturas, dice, el pobre fray Cipriano ya había perdido la llave de su puerta, ya no tenía suficiente razón ni energía para colgarse por sí mismo, discretamente, en su celda. La Inquisición, en consecuencia, lo ayudó generosamente a salir del mundo, donde había vivido ya demasiados años, por una vía más pública, calurosa y alumbrada: el quemadero.
Y se aprovechó su ejemplo para refrendar la censura cristiana a la desesperación y al orgullo de los suicidas, así fuese en potencia. Pues, razonaban los jueces y el licenciado Bibero: “El pensamiento de un crimen (y sobre todo la premeditación de la liberación de la enfermedad a través del suicidio a lo largo de cuarenta años) es tan grave como el crimen mismo”.
Encuentro sin embargo que este razonamiento de los inquisidores podría, a su vez, haber sido causa de un juicio inquisitorial, aunque un siglo más tarde, por jansenista.