sábado, 11 de julio de 2009

CHESTERTON: NOSTALGIAS DEL PADRE BROWN




CHESTERTON: NOSTALGIAS DEL PADRE BROWN
Por José Joaquín Blanco



Después de Poe y de Stevenson, nadie supo crear mejor un cuento que Gilbert Keith Chesterton (1874-1936), especialmente en sus 49 aventuras del cura de Norfolk, el Padre Brown. Un cuento: no un relato, no una fantasía, no una confesión o una conversación, no novelas en miniatura. Un cuento, a la manera de los de Las mil y una noches, de Boccaccio, Chaucer y Cervantes, de Voltaire y Diderot: una trama artificiosa, autosuficiente y asombrosa, que para nada invoca al realismo, sino en todo caso a la fábula, y en tiempos modernos, a los mecanismos de relojería.
Un aparato verbal tan preciso y artificioso como un soneto, como un mito. Algo que en sí mismo resultaría increíble —aunque no se trate de literatura fantástica—, y que se gana la credibilidad por sus méritos propios de ingenio preciso, de imaginación limpiamente urdida y ejecutada, y de una verdad llevada, por sí decirlo, a la segunda potencia: su historia es artificiosa, pero encarna una forma que sí responde puntualmente a la verdad real. Doctor Jekyll y Mr. Hyde (de Stevenson), por ejemplo, es un cuento artificioso sobre el terror a la ciencia (la droga producida por la ciencia) y a los sótanos de la conducta en el siglo XIX; también una fábula precisa de los riesgos reales de todo hombre concreto: cada uno puede ser otro, cualquiera de los otros, incluso los más terribles. Todos sabemos que podemos ser Mr. Hyde: ésa es la gran tragedia de la inasible conducta humana. Hay veces que nos preguntamos en qué estadio del camino rumbo a Jekyll o rumbo a Hyde nos encontramos.
Para estos autores un cuento siempre es una historia extraordinaria y no un espejo de la vida. La vida real, espesa y caótica, resulta inverosímil. Uno sólo puede creer los cuentos. Especialmente los de la dinastía Poe-Stevenson-Chesterton (que en Hispanoamérica continuaron Borges y Cortázar).
Las aventuras del Padre Brown suelen ser extravagantes; abundan en disfraces, en bigotes y patillas postizos, en guardarropía; usan escenarios vistosos y complicados, con puertas, ventanas, pasajes y calles laberínticas de tramoya; sus personajes son un tanto teatrales, hasta operáticos o caricaturescos, y en sus tramas no faltan la farsa ni el sainete. Proliferan las identidades trocadas y los cadáveres degollados. Los diálogos prefieren el alto ingenio, las adivinanzas, las paradojas, los aforismos. Crecen y se multiplican los crímenes al anochecer y los personajes con perfiles de pájaro. Casi todos los personajes son enigmáticos y extravagantes, elaborados, rebuscados, se diría que sólo el Padre Brown es un hombre simple. Son cuentos de pura fábula, es decir: apuntan siempre hacia la ilustración detectivesca de algún enunciado de lógica (a veces, de plano, de matemáticas) o de sentido común, generalmente aplicado a la ética, a la crítica de las costumbres de su sociedad —finales del siglo pasado y principios de éste, en Inglaterra.
Si Esopo, si los fabulistas hindúes o árabes, si La Fontaine recurrieron al reino animal para ilustrar principios éticos, Chesterton hizo otro tanto con respecto al reino criminal. Todo el caudal psicológico que otros han encontrado en las infinitas aventuras del cuervo y la zorra, de Aquiles y la tortuga, del lobo y los corderos, se da en Chesterton entre el criminal, su víctima y los testigos. Y el minoritario Padre Brown: teólogo tomista en la época de Darwin y Marx, católico en Inglaterra, cura en un mundo secularizado; soltero, célibe, gordito, rucón, pacífico, amistoso y racional en el planeta erótico del siglo XX.
No es Chesterton un admirador romántico del crimen y del terror, como Poe o Borges, simplemente encuentra en el mundo criminal metáforas naturales de la cotidiana especie humana, tipos decantados y enfáticos. Los detectives, los ladrones y asesinos, los testigos, víctimas y cómplices de los casos que atarean al Padre Brown son meras imágenes del género humano en su devenir cotidiano, resaltadas por anécdotas y situaciones extravagantes, en tramas que tienen la limpidez matemática de los silogismos —o la sensata precisión de los buenos refranes. No ofrecen moralejas particulares, sino siempre una llamada al buen sentido, a la razón clara, a cierta sana y bienhumorada sensatez encarnada en el chaparro y gordito cura de lentes de búho, que trota por el mundo con su abultado y corto paraguas, su sombrerito de hongo y su sotana redonda.
Nadie se explica, después de conocer el medio millar de criminales, clowns, actores, abogados, saltimbanquis, vagos, maniáticos, excéntricos, hipnotizadores, comunistas, masones, científicos, millonarios, predicadores, periodistas, anticuarios, dandies, marineros, policías y demás picaresca o bohemia que constituyen el mundo del Padre Brown en sus 49 embrollos, cuándo tuvo tiempo ese buen cura de Norfolk para tratar a las beatas, mustios y peces agrios que suelen constituir la feligresía de las pardas parroquias católicas. Tal vez en su pasado. El hecho es que el Padre Brown huyó de su pasado y de sus buenos rebaños para hacerse cura de ovejas negras y extravagantes, entre las que se desenvuelve con gran agilidad y pocas veces con disgusto, como un san Francisco especializado en confraternizar con el hampa. Bueno: los hampones muestran mentes interesantes y hacen cosas complicadas, y los parroquianos no: llevan (o fingen llevar) vidas correctas y aburridas. Siempre se ha acusado al catolicismo de interesarse más en el pecado que en la virtud; hasta en Dante, los pecadores tienen mayores espesor y profundidad, más vida, que los pardos o los mustios.
Pero hay una raíz filosófica, teológica, ortodoxamente católica, enraizada en el más puro catolicismo medieval (el de los grandes pecadores de La leyenda dorada de Jacobo de la Vorágine, o fábulas santas como la de santa María Egipciaca), que inspira al Padre Brown a acostumbrarse a los criminales: la posibilidad de todo hombre, especialmente de los mejores, de los santos, de volverse criminales. Cosa de un parpadeo. La virtud para Chesterton no es ese bien raíz estable y perdurable de que se ufanan los puritanos protestantes: es casi un azar, como el propio vicio.

EL SECRETO DEL PADRE BROWN

En "El secreto del Padre Brown" el ensotanado detective cuenta su método: para descubrir al criminal, descubre primero en sí mismo la posibilidad de un yo-criminal en tal situación precisa (que es el sistema de Poe, en “Los crímenes de la Calle Morgue” —“...el analista penetra en el espíritu de su oponente, se identifica con él y con frecuencia alcanza a ver de una sola ojeada el único método (a veces absurdamente sencillo)”, etcétera— pero con sotana. Todos los hombres nos parecemos más de lo que se pretende: todo hombre puede ser cualquier otro en tal circunstancia especial. La tentación, la necesidad y el deseo del crimen se dan en todos por igual; difiere entre el criminal y el probo sólo la decisión del albedrío, la negación voluntariosa a hacer el mal, que por supuesto puede quebrarse en circunstancias difíciles. El Padre Brown es el detective que podría haber realizado cada uno de sus crímenes. No solía ser muy diferente la actitud medieval de los santos confesores que sabían que entre el escucha y absolutor del pecado, y el pecador mismo, no corrían sino pequeñas diferencias de fortuna, del libre albedrío y de la azarosa gracia divina (don arbitrario de Dios) —las tres de ellas, situaciones mudables. Muchos santos eran pecadores arrepentidos y conversos; muchos criminales, santos caídos.
Los cuentos del Padre Brown también podrían leerse como una llamada a la modestia racional o intelectual, como una crítica de la vanidosa inteligencia moderna, tan autosatisfecha con su supuesto sentido común (en realidad, el sistema de los prejuicios modernos), de su supuesta cultura científica. Varios de los casos del Padre Brown son meros errores intelectuales de otros testigos o detectives, que el sacerdote detectivesco corrige con dosis de modestia intelectual y buen sentido (aquí, el sistema intelectual de la meditación, del examen de conciencia). Dos ejemplos:
En "El escándalo del Padre Brown" aparece una célebre muchacha de sociedad, esposa de un millonario, que al parecer —según los chismes de las revistas de moda— está a punto de ser seducida por un famoso y byroniano poeta moderno. ¡Un hogar célebre que se derrumba! ¡Uno de los pilares de la clase dirigente que cae en añicos, por culpa de la disipación y la perversión de los tiempos modernos! Todo ello ocurre en un hotelito campestre de los Estados Unidos, en la frontera con México. Aparece un pretencioso espécimen de la modernidad y de la ciencia, un periodista norteamericano, Mr. Agar P. Rock, para proteger a ese matrimonio importantísimo en los Estados Unidos, a punto de romperse y dar otro funesto ejemplo mundial del divorcio.
Este hombre está lleno de presunciones o prejuicios modernos: desconfía de los empleados mexicanos del hotel, del cura católico, de los tiempos del divorcio y del amor libre, de la poesía moderna, de la fragilidad de las damas hermosas. Y todo conspira para desolarlo. Ve que en torno al hotel ronda un guapísimo galán a la moda, como preparando un asalto; que dentro del hotel, un hombre maduro, entrecano, paga muchos dólares a los empleados para que cierren todas las ventanas y las puertas; que la dama se aburre con el hombre maduro, y ve con ensoñación y amor hacia afuera, donde ronda el galán romántico; finalmente, que el cura católico ayuda a la desvergonzada a saltar por un balcón para alcanzar al galán satánico. Telefonea a todos los periódicos anunciando el escándalo de un esbirro de Roma que favorece el adulterio. Todos los enemigos de la puritana Norteamérica —la poesía moderna, la juventud, el amor libre, el paisaje y los empleados mexicanos, y hasta el Vaticano— unidos en una gran conjura.
Pero el cura era el Padre Brown, quien después del embrollo explica al escandalizado puritano y moderno Mr. Rock que no hubo más error que sus prejuicios modernos. 1.- ¿De dónde sacaba que el famoso poeta satánico era el guapísimo muchacho a la moda? Cuando los poetas satánicos alcanzan la fama, ya no se ven —si es que lo fueron alguna vez— ni tan guapos, ni tan jóvenes, ni visten tan a la moda. El poeta maldito era el hombre poco atractivo de mediana edad, gastado por los años y la escritura. 2.- ¿De dónde sacaba que el hombre entrecano era el respetable capitalista, marido burlado, a pesar de sus millones? Hay millonarios jóvenes bastante guapos que visten a la moda, juegan al tenis y pasan muy buenos ratos con las muchachas. Sólo su desconocimiento de los clubs y resorts de los jóvenes millonarios, y su visión moralizante del empresario, le hacía deserotizar a los ricos. Aquí el galán sexy era el marido millonario, no el poético seductor. 3.- ¿Por qué habría de escapar hacia el mal, por el balcón, la guapa mujer? Escapaba hacia el bien, y para ayudarla estaba ahí el Padre Brown: si en un principio la joven esposa se había entusiasmado con los tremendos poemas byronianos del autor famoso, al rato se había aburrido del sedentario hombre de letras de mediana edad —satánicos o no, los hombres de letras son todos sedentarios, con una vida cotidiana bastante aburrida para todas las muchachas hiperactivas—, y escapó de regreso a su marido, él sí lleno de romanticismos y de tenis, ilusionado y vigoroso como ella ante las cosas y sentimientos que atraen a los jóvenes, y con quien además tenía ella en común cosas importantes como la fortuna y la clase social. La ceguera del Hombre Moderno, el americanísimo Mr. Rock, su manía de hacer caber la realidad en sus roles prejuiciados, lo había enrevesado todo; se había inventado a la medida de sus prejuicios, y no de la realidad, las formas que debían llenar el Marido Respetable y el Poeta Disoluto, y había creído que sólo para brincar al pecado sirven las ventanas: bueno, las ventanas sirven para todo.
Más sorprendente en esta crítica de los prejuicios y los roles es su cuento, el último de los 49, "El vampiro de la villa". Aquí el teatro, la visión maniquea, los prejuicios fijados como roles teatrales, se apodera de todo un pueblo, que sufre la desgracia de un viejo y respetable pastor protestante, cuyo hijo está a punto de sucumbir ante una extraña dama de cascos ligeros, casi una vampiresa. El Padre Brown se tomará el trabajo de descubrir que la vampiresa es una actriz honrada, novia de tiempo atrás del muchacho que no es hijo, sino víctima del verdadero vampiro: un falso pastor que lo chantajea, y quien fue el verdadero autor del crimen que ha echado sobre la conciencia del joven, para extorsionarlo y someterlo. Un sacerdote demasiado sacerdotal, una vampiresa demasiado vampiresa hicieron desconfiar al Padre Brown —tal perfección de roles sólo ocurre en las mentes prejuiciadas y en el teatro—, y el verdadero vampiro del pueblo estaba entronizado donde menos se lo esperaba: en el rol del pastor santo, desempeñado con grandilocuente solemnidad por el asesino, quien por lo demás llevaba años de representar papeles de sacerdote modelo en el teatro de la legua.

10 KM. EN 6 HORAS: DE VICTORIA A HAMPSTEAD

Sorprende, diría el Padre Brown, lo mal y lo poco que conocemos la vida real. Estamos llenos de roles, de prejuicios, de rutinas mentales y morales. No vemos directamente la vida: dejamos que la vean por nosotros las comedias y melodramas que hemos visto u oído, las normas y preceptos morales que se nos han destilado por las orejas durante años, los prejuicios de las épocas, las modas, las supersticiones sociales.
De ahí que especular sobre un crimen, sobre una ruptura en el orden, tenga el carácter religioso de la especulación sobre un asunto teológico. Nos permite meditar en la vida profunda, por debajo del conocimiento superficial del mundo en que desperdiciamos el tiempo de nuestras vidas. El análisis detectivesco como forma de desmontaje de las rutinas y prejuicios de la vida social.
Innumerables veces declaró Borges que Chesterton era su narrador favorito, y que se preciaba a sí mismo, como narrador, especialmente en cuanto continuador de Chesterton. La declaración es escandalosa en múltiples sentidos, pero especialmente porque Borges sí tuvo —aunque la haya negado en algún ensayo— la supersticiosa ética de la obra perfecta, esencial, sucinta. Por el contrario, Chesterton fue sobre todo un polígrafo, enraizado en el periodismo, la polémica —cerca de Wells, de Shaw, de Belloc, de Mencken, de Unamuno, en cuanto a la estética de la escritura—: su obra dispersa es incalculable y sus libros sumaron más de medio centenar, que abarcaban todo tipo de asuntos y de géneros.
Escribía rápido y para publicar de inmediato, alejado de las a veces un tanto enrarecidas perfecciones borgianas (siempre hay justicia en este mundo: el éxito de Borges, en su vejez, provocó la exhumación de múltiple obra dispersa que se sumó a su decantada bibliografía de madurez, de modo que terminó siendo un autor involuntariamente prolífico y misceláneo; resultó hasta especialista en Manuel Maples Arce y tratadista del budismo, por ejemplo).
Versos (hay un poema suyo ineludible en las antologías, "Lepanto"), biografías (San Francisco de Asís), crítica literaria (espléndida: sobre Shaw, Browning, Chaucer, Dickens, Blake, Carlyle); historia, religión (Santo Tomás de Aquino), ciencia, política, novelas (La cruz y la esfera y esa "pesadilla", envidia de los surrealistas, titulada El hombre que fue jueves); cuentos, memorias, ensayos (Herejes, Ortodoxia), abarcan la tumultuosa obra de G. K. Chesterton. Además de los cinco tomos del Padre Brown (aparecidos entre 1911 y 1935), su narrativa detectivesca incluye títulos como El hombre que sabía demasiado y El club de los oficios raros. Se dio el lujo de tener su propio semanario, al que bautizó con sus propias iniciales: The G.K.CH's Weekly
Fue un cronista incansable de Londres: caminaba con su imponente gordura por su ruta favorita, de Kensington a la catedral de San Pablo. Se dice que era tan gordo y tan caballeroso, que alguna vez cedió en el tranvía su asiento para que lo ocupasen tres señoritas. Incursionó en la profecía y en la ciencia ficción: así, en 1904, se anticipó con mucho a Orwell en la narración de lo que sería Inglaterra precisamente en el año de 1984: El Napoleón de Notting Hill. Y en su defensa recordó Kingsley Amis que a los compositores, aun a los más decantados, se les permite no sólo tal o cual concierto o sinfonía esenciales, sino todo tipo de obras —marchas, oratorios, óperas, canciones, villancicos, variaciones—, ¿por qué al poeta y al narrador no se les ha de permitir escribir libros por docenas, tocando docenas de asuntos? ¿A qué compositor se le prohibe el corno o el oboe, nomás porque su "género" es el piano? ¿Alguien le reprocha a Benjamin Britten componer óperas con el argumento de que "su campo" era exclusivamente los oratorios para coros de monaguillos?
Chesterton creyó en la variedad y en la abundancia, en la creación constante. Y en la perfección, claro, pero en la perfección no buscada, sino encontrada alguna rara vez dentro del tráfago de las miles de cuartillas inmediatistas... y si la perfección no aparecía, no importaba: se trata de uno solo de los dones de la escritura, quizás el menos simpático. Era un hombre capaz de escribir un libro sobre temas como El hombre perdurable, Los crímenes de Inglaterra y ¿Qué es lo que está mal en el mundo?
La involuntaria perfección se le dio con frecuencia, con su maravilla espigada de milagro silvestre. Ah, los escritores chestertonianos: siempre sobre la página, llenos de insatisfacción, de prisa, de inquietud, de múltiples curiosidades e intereses. Ah, los buenos lectores chestertonianos que saben de algo más que de endecasílabos pulidos: saben del genio de la verbosidad, de la gimnasia de la improvisación, del amplio campo de las mentes tumultuosas, de la final modestia que representa el lanzarse, ávido, al todo literario. El escritor perdido en el mundo busca en selvas; los profesores o dandies del esteticismo se quedan en su perfeccionamiento de palíndromas, endecasílabos y acrósticos tan "perfectos" como un zapato boleado diez veces... en el que no se va a ningún lado. Los cojitos con botines de charol.
Chesterton tuvo sus defectos: quien en todo se mete en mucho se equivoca —¿Y cuál es el problema de equivocarse? Hay autores que cometen la peor equivocación, la de eludir equivocarse: crean obras de pura finta, que no se comprometen en nada esencial. Los errores de hecho y de juicio no escasean en sus libros: son libros, no catecismos ni manuales escolares.
Le da, como a Edmund Wilson y a André Gide, por ponerse a pintar paisajes en los momentos y lugares más impertinentes: todas las plantitas, todos los crepúsculos, cuando uno se está mordiendo las uñas para descubrir al asesino. Hay en sus libros material para llenar de paisajes a la acuarela todas las galerías más o menos convencionales del mundo (el glotón de Chesterton no sólo quiso comerse toda la literatura: intentó también pintarla). Kingsley Amis encontró un cuento ("La cruz azul") donde las variaciones de la luz van desde el gran sol de la mañana, pasando por el despacioso crepúsculo, hasta el reino planetario de todas las estrellas, en un solo trayecto en tranvía de caballos de Victoria a Hampstead, que apenas se extiende unos diez kilómetros: Chesterton hizo sufrir a sus personajes cinco horas más de viaje de lo debido, sólo para darse gusto pintando paisajes.
Asimismo, uno encontrará que la caracterización de los personajes es totalmente exterior, más inspirada en la apariencia física —estilizada hasta lo caricaturesco—, a la manera de Dickens, que de acuerdo a sus vidas internas, como los rusos enseñaron a toda la literatura contemporánea. Es igualmente un goloso descriptor de objetos. Sus libros pueden llenar asimismo muchos bazares con los objetos más minuciosos —ahora, a más de medio siglo de su muerte, todos se recubren de pátina: sus historias son un poco, en su proliferación de cosas de principios de siglo, tiendas dickensianas de antigüedades. Este último es un encanto no buscado, producto neto de la lectura ulterior: el Padre Brown como museo del Londres victoriano.
A veces su detective olvida que es cura y se convierte en jocoso mago de feria, de modo que resuelve sus crímenes sacando conejitos de un sombrero, para escándalo de los solemnotes y rígidos aficionados a la más rigurosa literatura de detectives, que claman por el regreso impecable de Sherlock Holmes (en "El actor y la coartada", por ejemplo, se nos dice que todos los posibles criminales, los actores, estaban en escena frente al público cuando ocurrió un elaborado asesinato abajo del foro, y resulta que una, la asesina, sólo parecía estar en escena). A Chesterton y al Padre Brown les gustaban esos conejitos, y también al lector que no admira tanto la ortodoxia del género policiaco, como el humor, el ingenio, la escritura. No me resfría el que alguna de sus historias abandone la ortodoxia policiaca y se vuelva metafísica o comedia de capa y espada, si es buena metafísica y buena comedia de capa y espada: muchas veces lo son. Y también abundan los cuentos igualmente espléndidos como amplia literatura y como modelos del género policiaco: "La desaparición de Vaudrey". (Auden señala que el verdadero género policíaco debe ser literatura de consumo: un vicio o una adicción desechables, y además superar esta prueba: no se puede leer dos veces la misma novela policíaca; si el lector siente deseos de reelerla, es que ya pertenece más a la literatura en sí que al mero género policíaco, como ocurre como Chesterton, Hammett y, en cierta medida, con Raymond Chandler, cuyo interés por dotar de un moderno "color local" al hampa urbana, a veces lo acerca más al realismo crítico que a Sherlock Holmes).
En sus ensayos, donde siempre tuvo opiniones sólidas qué defender, vemos ulteriormente como inocencias o prejuicios los puntos donde se equivocó: quien contra todos arremete, recibe buenos golpes: no siempre ganó en su cruzada personal contra la modernidad, ni contra la ciencia, ni contra las ideologías democráticas y socialistas, ni contra el psicoanálisis y las libertades modernas, ni en su reivindicación de su paraíso popular y religioso de la Edad Media; hay combates con golpes bien repartidos en su literatura bullente. Uno lo ve terminar sus faenas con sus moretones, con sus huesos rotos. Sus textos son acción, no trofeos prefabricados. Y una perfección más allá de toda perfección: es entrañable. De él también se podrá decir, como se ha afirmado de Wilde, que convoca el afecto del lector, por encima de los gremiales logros literarios.
Quizás sea el Padre Brown el último racionalista optimista de la literatura europea. Poco después, a partir sobre todo de la Segunda Guerra Mundial, el adelanto tecnológico fue tan acelerado, que la razón sola ya no podía tener optimismo alguno, debía doblegarse y someterse a las tecnologías, y ya ni los detectives descubrían nada ni los criminales obraban por sí mismos.

EL CRIMINAL IDEOLOGIZADO

Como reflejo del mundo tecnificado y superburocratizado, hubo en la realidad y en las mitologías policiacas un aparato contra el crimen (incluso internacional, del tipo cinematográfico de CIPOL o de los amos del Agente 007) y grandes aparatos, también trasnacionales (el comunismo, el Opus Dei, los cárteles del narcotráfico, los fundamentalistas musulmanes), para delinquir. La época de la CIA y la KGB: ya no había seres humanos, sino peones de uno u otro partido. Miles de historias detectivescas se dieron entre los agentes de uno y otro bando (o los similares: la CIA contra los “antiamericanos”, los negros, los terroristas; la policía prancesa contra los independentistas árabes). El crimen se politizó al grado de que toda cuchillada era presentada como crimen de Estado, desde un diplomático homosexual que aparece ahogado en los canales de Amsterdam hasta las más diversas hipótesis de la muerte de Marilyn Monroe.
Pienso, por ejemplo, en La segunda muerte de Ramón Mercader, de Jorge Semprún, y en toda la literatura europea de la postguerra, y hasta en la incursiones policiacas de Jean-Paul Sartre: en La puta respetuosa la inocente se asume como culpable, sencillamente porque el racismo interiorizado en la negra habla por ella —la ley ya no es una mera maquinaria técnica, sino todo un sistema autoritario, con sus propios principios, muy alejados de la ley natural, la razón, el sentido común o la justicia "objetiva", y el negro siempre resulta culpable (nadie necesita de la casuística de los detectives, sino del Departamento de Policía de un condado del Ku Kux Klan--); en Nekrassov se acaba toda la sabiduría individual en las aras de los aparatos institucionales —el Comunismo o la Democracia deciden por uno—: "Ya no entiendo nada de nada, dice Georges; solía tener mi pequeña filosofía propia. Me ayudaba a vivir. Lo he perdido todo, hasta mis principios. ¡Ah! Nunca me debí haber metido en política". El Padre Brown habría perdido su pequeña filosofía desde el ascenso de nazismo. El mundo criminal se complicó. Valéry se indignaba de la facilidad racionalista con que Voltaire reducía a simples truísmos —verdades simples y sólidas de sentido común— la teología, para ridiculizarla, y acusó al autor del Diccionario filosófico de ser "un caos de ideas claras". Los lectores del Padre Brown de los años treinta —y mucho más los posteriores a la Segunda Guerra Mundial— podrían achacarle la misma frase. En el último medio siglo el crimen ha sido ideologizado, aun en términos clínicos: un violador no es un delincuente individual, sino un esbirro del machismo, por ejemplo (hay uno de estos violadores metafísicos en El hombre sin atributos, de Musil).
Tal vez desde los propios años veinte el individualismo estaba en crisis, pero su desastre se confirmó con la burocratización de Europa que se encaminaba a la Segunda Guerra Mundial. No es novedad alguna señalar que El proceso de Kafka marca esta situación: ni crimen, ni culpables, ni inocentes, ni detectives: solo el aparato inexorable de la burocracia judicial. De modo que el cuento detectivesco debe situarse siempre en esa era decimonónica anterior a las grandes burocracias mundiales o nacionales, a las ideologías políticas, en un liberalismo político idealizado y sencillo, comprensible a simple vista, en el cual se supone hay juego limpio, sentido común, pruebas, cargos, descargos, pistas, un criminal racional y un detective racional que se persiguen en un tablero de ajedrez (probablemente ni en los barrios más civilizados de Inglaterra existió eso nunca: se trataba de una idealización literaria que la posteridad asume por romanticismo nostálgico). La literatura policiaca es un bucolismo.
Los individuos quedaron fuera de las principales historias policiacas, detectivescas o de espías: llegó el monopolio de los sistemas. Antes importaba Scotland Yard por sus agentes; a partir de ahí, por su aparato, por su burocracia y su tecnología impersonales, sin estrellas policiacas. Hasta Cortázar fracasó al querer retomar este viejo tipo de narración policiaca individualista, en "Alguien que anda por ahí": su saboteador anticastrista no era un individuo, sino una pieza del aparato contrarrevolucionario, combatiendo contra las piezas del aparato de Fidel. Tuvo mayor fortuna Gore Vidal, con su seudónimo Edgar Box (Muerte en la quinta posición, A la muerte le gusta caliente, Muerte en la tarde), aunque estas eficaces novelas son menos una contribución que una regocijada parodia del género policiaco, y a pesar de que en ellas parecen aparatos como el FBI y el Comité de Actividades Antinorteamericanas, reinciden en el relato policiaco clásico, padre-brownesco, como un enigma individual que se descifra individualmente (en el caso de Vidal, un pretexto para satirizar los gremios de los políticos, bailarines y potentados norteamericanos).
Sea como fuere, el mito del detective como aventurero individualista es sumamente nostálgico, emblema del romanticismo, propio de sus orígenes del siglo XIX en Poe o Wilkie Collins (La piedra lunar). De hecho, como lo señala Auden en The Dyer's Hand, ya en un principio el detective, en cuanto personaje, es un héroe desmesurado, un rebelde como Prometeo, con mucho de anarquista o de superhombre, toda vez que se enfrenta al orden establecido y comete el pecado de hybris de negar que la policía y la burocracia judicial descubran el crimen. Se arroga el derecho de llegar individualmente a la verdad. Desconfía de las instituciones y se establece como caballero andante de la justicia (aun cuando forme parte del aparato jurídico, que no es el caso del Padre Brown, será más un individuo independiente, desmesurado, extravagante, que un oficial ortodoxo).
Asimismo, la invasión de la psicología moderna, encabezada por los novelistas rusos y Freud, volvió ingenuos, mecánicos, los antiguos móviles claros y racionales de los delincuentes: todo crimen se volvió pedante, resultó caso clínico y paradigma ideológico del Mal: el asesino, el violador, el ladrón, el violento son encarnaciones de ideologías perversas, y no hombres desdichados a quienes les ocurre cometer un crimen, o pecar. Un ladrón es un anarquista contra la propiedad, un violador es un terrorista contra el feminismo, un asesino es un maquiavélico destructor de la civilización, los derechos humanos, la democracia. Hay un juicio político moderno en cualquier caso meramente criminal. El público no se horroriza ya tanto por el crimen, sino por la subversión política que cada crimen hace del estado de cosas. Ya nadie cree en casos moralmente sencillos.
El Padre Brown habría ciertamente sospechado a un delincuente anarquista en el Lafcadio de Las cuevas del Vaticano, pero no habría podido explicar convincentemente su asesinato. Pudo haber sospechado asimismo a los criminales de Dashiell Hammett (y los menos afortunados de Raymond Chandler), pero no habría conseguido explicar sus crímenes como producto de un mundo socialmente sórdido e irredimible, donde nadie está del lado bueno de nada, ni siquiera el propio detective. De hecho, el Padre Brown desconfiaba de todas las cosas profundas —psicología profunda, ciencia sofisticada, religión laberíntica— y creía en las verdades planas y sencillas: en las cosas vistas en sus dimensiones habituales y las palabras asumidas literalmente a las que llamaba "truísmos"; y desconfiaba de las complicaciones.
Había que retomar el sentido común, el 2 + 2 son 4, que se estaba olvidando. Chesterton diría que las verdades simples, los truísmos, son lo más difícil que existe para las mentes distraídas o rellenas de modas y supercherías. En cierto sentido, Chesterton continúa a su odiado Voltaire en la crítica de la falsa profundidad: así como Voltaire demostró que la teología escolástica era mucha complicación para dorar unas cuantas tonterías evidentes, Chesterton arremete contra la ciencia popular de moda, propia de la sociedad postvictoriana secularizada y llena de terminajos académicos y clínicos. Voltaire contra los jesuitas; Chesterton contra los krishnas, los frenólogos, los mesmeristas, los comunistas, los ateos, los francmasones, los astrólogos, la Christian Science norteamericana, etcétera. Ambos vuelven al sentido común, a la carcajada, a la reducción al absurdo de las filosofías como tormentas en vasos de agua. Cándido es un cuento amigo de los del Padre Brown.
Por su parte, el chevalier C. Auguste Dupin decía, con respecto a la investigación criminal, que no había que complicarla demasiado: los policías fallaban por “un exceso de profundidad, y la verdad no siempre está dentro de un pozo. Por el contrario, creo que, en lo que se refiere al conocimiento más importante, es invariablemente superficial” (Poe: “Los crímenes de la Calle Morgue”).

LAS ANTORCHAS DE FLAMBEAU

En "El secreto de Flambeau", el Padre Brown habla de cómo descubrió los casos del rubí de Meru, del collar de esmeraldas o del pez de oro: "La dificultad en esos casos es que tienes que empequeñecer tu mente. Los embaucadores altos y poderosos, que se mueven entre grandes ideas, no hacen tales cosas obvias... Para ello tienes que tener una mente pequeña. Es terriblemente difícil conseguirlo; como enfocar un objetivo cada vez más pequeño y agudo con una cámara en movimiento". Y en efecto, si como dice en otra parte el Padre Brown, matar a alguien no es tan difícil como escapar sin dejar rastros, buena parte de la tarea del criminal consiste embrollar a los testigos y detectives, distraerlos con toda una parafernalia de pistas falsas, y la del detective en desembrollar la confusión prefabricada. De ahí la importancia de los truísmos, de los pequeños datos de verdad sólida, de análisis sensato, en mitad del fárrago, la pesadilla o la fantasmagoría. Leer al Padre Brown es una gran clase de lógica: se aprende a pensar; y de estética: se aprende a reír.
Toda la técnica mental del Padre Brown se compendia en 1) el detective se piensa como criminal, y 2) ese pensamiento se basa en puros truísmos, sin dejarse confundir por supuestas complejidades científicas, religiosas, lógicas, ideológicas, psicológicas. Dedica un cuento completo, "El oráculo del perro", a los truísmos: todo el asunto está en saber interpretar sensatamente el ladrido de un perro.
En su opinión, sólo los creyentes en Dios ven las cosas materiales como son, y pueden sumar el 2 + 2; los ateos y librepensadores modernos, al carecer de tal principio divino ordenador, se proveen de profundidades de pesadilla: las ideologías modernas proliferan nuevos fantasmas, trasgos, duendes y genios del mal, como los antiguos politeísmos. Donde falla Chesterton es en pretender que hay muchos creyentes católicos tan sensatos como su Padre Brown, quien se simboliza más la excepción que la regla del catolicismo: una religión con sobrados rasgos delirantes, y no exenta de las aberraciones que se quieren presentar como monopolio del espiritismo o de las ideologías y modas intelectuales no-religiosas de la modernidad. Dice el Padre Brown que el Dios católico ama la razón, de modo que donde hay algo irracional —las minucias desordenadas o raras que le sirven de pistas— puede empezarse a buscar el camino del crimen. Bueno: toda la historia de la Iglesia Católica está llena de las pistas irracionales, de hechos raros, extravagantes o aberrantes: nadie, en la historia de la Iglesia, se parece al Dios Sensato, Humorista, Benévolo, Rechoncho, Metódico, Disciplinado y Minuciosamente Justo del que habla el Padre Brown. Pero Chesterton, como tantos hombres modernos —y a diferencia de los antiguos, que eran quemados por ello—, puede inventarse su Dios cristiano a su gusto, a su manera, como una utopía personal —como un superego literario. (Curiosamente, no pocos aspectos del Papa Juan XXIII —lanzado al más profundo olvido por su sucesor Juan Pablo II— coinciden con la figura del Padre Brown).
A principios de siglo, el cura sensato era verosímil todavía —aunque ya un tanto fuera de moda (el Padre Brown es contemporáneo de Dadá, de Marinetti, de Picasso; de hecho, vocifera contra el cubismo en "El peor crimen del mundo")—; el hombre simple con la cabeza en su lugar, que por medios meramente humanos llegaba al conocimiento profundo de los asuntos más intrincados. Pero a mediados de siglo, todas las soluciones estaban en los microscopios, los divanes de los psicoanalistas, las computadoras, los laboratorios (ahora, el DNA), de modo que las armas y secretos del Padre Brown resultaron tan artesanales e inverosímiles como los viejos sabios o expedicionarios del siglo XIX, que ingenuamente trataban de conocerlo todo por sí mismos en sus guaridas o vehículos anticuados e insuficientes.
De hecho, en algunos cuentos como "El hombre invisible", Chesterton arremete humorísticamente contra los aparatos —carros, elevadores, robots— de la modernidad, a la manera de la América de Kafka; pero en Chesterton no vemos alegorías del apocalipsis, sino criaturas risibles —rascacielos babélicos o egipcios, que resultan a su vez modernos sarcófagos de cemento, mayordomos mecánicos que no se emborrachan, recamareras automáticas que no echan novio, veloces automóviles y elevadores que nomás fastidian— finalmente ineficientes. Para un conservador radical como Chesterton, los rugidos de la modernidad eran tigres de papel: las bases sólidas, masivas, de la civilización medieval se imponían a unas cuantas locuras, arrogancias, vanidades científicas. Fue, con Unamuno, uno de los últimos grandes despreciadores de la ciencia y de la técnica modernas.
Su Padre Brown necesita la gimnasia mental de la escolástica, no lupas, laboratorios, robots ni aparatos de ningún tipo; prescinde en sus pesquisas de toda burocracia, de toda informática. En tal sentido, el Padre Brown se recubre de un halo romántico de héroe individualista abandonado por la historia, como los viejos alquimistas de la Edad Media, los astrónomos del Renacimiento, los inventores ermitaños de máquinas barrocas, como la sumadora de Pascal; los viajeros por su cuenta como Humboldt o Darwin, héroes pretecnológicos. Y lo vemos también con cierto halo de extravagancia y locura, como a los héroes individualistas de Julio Verne: ¿a quién se le ocurre lanzarse por sí mismo a la luna? Borges y Bioy Casares (H. Bustos Domecq) radicalizaron al Padre Brown: le restaron incluso el movimiento y el conocimiento por sus propios ojos de los crímenes, con resultados admirables: los seis "problemas" que se le presentan al encerrado Isidro Parodi.
Los mayores criminales del Padre Brown también participan de esta dorada sencillez individualista, preideológica, pretecnológica, preinstitucional, preburocrática: son dandies caballerosos, como el gran Flambeau, el mayor delincuente del mundo —definido como "un artista y un deportista", que se dedica al robo con el encarnizamiento y la perfección de un orfebre, y luego lo abandonará como el gran aventurero que se retira a su finca, a su jardín y a su familia, con el halo de un legendario pecador convertido, o de un campeón de tenis que ya obtuvo todo lo que las canchas podían ofrecerle a un mortal. Sigue enviciado con el crimen, pero ya sólo se permite acercarse a él como detective amateur. Imagino a un gran lujurioso que deja a las mujeres, se hace cura, y sigue enviciado con el amor carnal, pero a través de los pecados de otros, que conoce detectivescamente en el confesionario: el Padre Juan, confesor y ya no burlador de Sevilla.
Hay algo de guiñol, de cómic, de película de Charles Chaplin en las aventuras del Padre Brown. A diferencia de algún fanático, de algún codicioso, con los que Chesterton profundiza un poco su tratamiento psicológico, el gran Flambeau tiene todos los dones del mundo, menos el que lo destruiría: no ha leído Crimen y castigo, no es un "endemoniado", no conoce la sordidez ni la desesperación del hampa moderna; anda por el mundo como un prodigioso Vautrin sin pasiones, como un Fantomas aun más elegante y literario; se mueve por un París de ópera, que nada sabe de las zahurdas de Zola ni de los hoteles y callejuelas sórdidas Proust, y por un Londres dickensiano que no sospecha las pesadillas de la vida urbana, tal como Dublín en esa época las ponía a hervir en el Ulises de Joyce. No ha visitado las ciudades de Bertolt Brecht. Ni siquiera hay vicios (como el opio, en Stevenson y Wilkie Collins) o pulsiones sexuales baudelaireanas; cuando se acerca a la homosexualidad, y a pesar de prometedoras menciones a David y Jonatán y al In memoriam de Tennyson, nos sale con un plano amor archiplatónico ("El principal doliente de Marne"). Sus personajes tampoco han leído a Flaubert ni a Swinburne. Hay degollados de todos tipos en sus cuentos: no recuerdo un beso en la boca, mucho menos una caricia en los senos o en las caderas entre sus mil personajes. Mucho Falstaff, poco Hamlet. Por lo demás, rara vez se encontrará en el Padre Brown un personaje femenino que no sea totalmente decorativo (chiquillas casaderas bonitillas y tímidas, secretarias, damas aristocráticas, tenderas); sus hombres padecen manías y obsesiones de todo tipo, menos la sexual; hay algo de asexuado universo boy scout en sus cuentos, como historietas para adolescentes varones —el Club de Tobi— que no admiten niñas —así eran las historietas y libros juveniles de las primeras décadas del siglo. Son sus varones un poco niñotes crecidos —niñotes que nunca crecieron, que se quedaron con la visión del mundo como cómic de Popeye o un partido de futbol como encarnación del coraje y la justicia de teenagers—, anteriores a su trato con el amor y el sexo, llenos de gimnasia y bromas prácticas de la hora del recreo, lo que además era una moda en la literatura victoriana: clubes de solterones castos, ricos, dandies, escrupulosos en sus ritualismos británicos, dados a manías y extravagancias ingeniosas. Pandillas de eternos adolescentes oxfordianos aun en la edad madura, aun en la vejez (como los fans deportivos y las colegiatas de canónigos: los escuincles de Tom Sawyer, Pelé y Santo Domingo Savio). Así describe Chesterton a Flambeau, paradigma boy scout, en "La cruz azul":
"Hace ya varios años que este coloso del crimen de repente dejó de tener al mundo en ascuas; y cuando cesó, como dicen que ocurrió después de la muerte de Rolando, hubo gran tranquilidad sobre el planeta. Pero en sus mejores días (quiero decir, desde luego, en los peores), Flambeau era un personaje tan estatuario e internacional como el Káiser. Casi todas las mañanas el periódico anunciaba que se había escapado de las consecuencias de un crimen extraordinario, cometiendo otro. Era un gascón de estatura gigantesca y de apariencia imponente, y los relatos más salvajes sobre él tenían qué ver con su humor atlético: cómo había volteado de cabeza a un juez, y lo había mantenido así para "aclararle la mente"; cómo había corrido por toda la Rue de Rivoli con un policía bajo cada brazo. Hay que hacerle justicia y decir que su fantástica fuerza física se empleaba generalmente en semejantes escenas tan incruentas como poco dignas; sus crímenes reales eran principalmente los del robo ingenioso y sano..." (Traduzco de prisa; hay una espléndida versión castellana de Alfonso Reyes, que por ahí presté y no me han devuelto, en El candor del Padre Brown —"candor" fue traducido pertinentemente por Reyes del inglés "innocence").

LOS CREATIVOS Y LOS CRÍTICOS

El hampa del Padre Brown está formada las más de las veces por criminales de juego de niños, son Tom Sawyer y Alicia en el país de los atracos maravillosos, de los robos como grandes partidas de ajedrez. A veces, más que literatura policiaca parecería una nostalgia de la literatura infantil: una aguda inteligencia puesta al servicio del juego de las escondidillas y de extrañas variaciones de la prestidigitación de salón. Chesterton a veces parece un gran tío incorregible, divirtiendo a sus sobrinos crecidos con aquellos juegos de antes, ahora elaborados con materiales de adultos, como la historia, la arqueología o la metafísica. En vez de conejos y pañuelos, de naipes y esferitas, hace magias con millonarios, dandies, arzobispos, banqueros, almirantes, generales, aristócratas, poetas que se entrerroban y entreasesinan. Lástima que los pastiches y homenajes, la "literatura potencial", hayan pasado de moda: sería divertido un caso que conjuntara como detectives a Alicia, el Padre Brown y Pinocho.
En "La maldición de la cruz de oro", por ejemplo, todo un caso de arqueología —los años veintes estaban locos por la arqueología, después del descubrimiento de la momia y el tesoro de Tutankamen, cuya maldición se llevó a la tumba o produjo desgracias a sus descubridores—, se resuelve en una curiosa tomadura de pelo: hay una tumba gótica subterránea, un catafalco pesadísimo de piedra cuya tapa ha sido levantada por los arqueólogos aficionados con unos frágiles soportes de madera; dentro, un pontífice momificado luce una valiosa cruz que nadie debe tocar bajo maldición de muerte: alguien toca la cruz y queda aplastado por la tapa de piedra que se derrumba... porque la cruz resplandeciente en la oscuridad de la cripta no era tal joya, sino la cruz de un largo rosario enredado como cordel en los soportes: al jalar el rosario, etcétera. Y la seca y verduzca momia no era pontífice gótico alguno, sino un fresco cadáver maquillado. ¿Y el asesino? Nada por aquí, nada por allá: a la una, a las dos, y a las... ¡tres!
Es una literatura de misterio que debe todo a la fábula y aun, explícitamente, a los cuentos ingleses de hadas: unas Mil y una noches londinenses, como ya las había gozado Stevenson. Sus policías, como Aristide Valentin, el jefe de la policía de París —intelectual, ateo y elegante—, son lords o condes del país de los acertijos. Y Chesterton es lo suficientemente irónico para referirse a su literatura policiaca como una rama de su crítica literaria: enjuicia un crimen como una novela o un poema. Dice de Aristide Valentin: "Consideraba que su cerebro detectivesco era tan bueno como el del criminal [Flambeau], lo que era verdad. Pero se daba completamente cuenta de su desventaja: 'El criminal es el artista creativo; el detective, sólo el crítico'". Esto explica el particular atractivo literario de los cuentos de Chesterton: carecen de las verbosas exaltaciones, de los romances e idilios de los "creativos", y abundan en la gimnasia intelectual, el análisis, el sentido del humor y la meditación de los críticos.

EL CRIMEN DEL FANÁTICO

Aristide Valentin se diferenciaba de los críticos literarios, así como de los demás detectives y policías del mundo, en que no se ensañaba con sus criminales, una vez presos: "Despiadado al perseguir a los criminales, era muy suave con respecto a su castigo... su gran influencia fue honorablemente usada para mitigar las sentencias y para purificar las prisiones. Era uno de los grandes librepensadores humanitarios de Francia". El lector se sorprende: ¿será capaz Chesterton de conceder buena fe y sentimientos nobles a los librepensadores? ¿No los considerará a todos tan tremendos y peligrosos como Ibsen o George Bernard Shaw?
Tenemos así en Chesterton esta curiosa trinidad detectivesca: un enorme criminal (Flambeau) que no hiere a nadie, un alto policía (Valentin) que se dedica al humanitarismo y a suavizar las penas de los presos, y un miope e insignificante detective (Brown) que busca al criminal como ejercicio teológico, además de muchos ladrones que se merecen el botín —por su ingenio, por su carácter— y algunos propietarios respecto a quienes se diría que lo más justo es que fueran asaltados. Todo ello en un mundo cristiano y santo que sería muy aburrido sin crímenes, delincuentes y detectives: los hampones como nuevos juglares que entretienen a Dios, a la Virgen y al Padre Brown.
Hay una atmósfera de humanismo cordial, que casi nos parece un paraíso de civilización intelectual y de honorable tolerancia reciproca de ideas y pasiones diferentes, aun entre cristianos y musulmanes o judíos (tuvo Chesterton alguna vez su pizca de antisemitismo); entre europeos y "caníbales" de los continentes bárbaros (fue furiosamente eurocentrista); entre ateos y creyentes, entre liberales y socialistas. Así cuando el ateo detective francés y el clerical detective inglés unen esfuerzos, como en "El jardín secreto", vemos una escena idílica de esos cuentos: un súbito cadáver decapitado y sus investigadores: "Entretanto, el buen sacerdote y el buen ateo permanecieron parados a la cabeza y a los pies del inmóvil muerto a la luz de la luna, como estatuas simbólicas de sus dos filosofías de la muerte". Demasiado idilio: con asombro el Padre Brown descubrió que el elegante e intelectual detective francés, el "crítico" del crimen, se volvió "creativo", arrebatado por su pasión abrumadora: el ateísmo anticlerical, e intentó el crimen perfecto para impedir a un dilapidador millonario yanqui financiar con un diluvio de dólares a sus abominados curas: "Valentin es un hombre honesto, si enloquecer por una causa discutible es honestidad. ¿No vieron ustedes alguna vez en esa su mirada fría y gris que estaba loco? Haría cualquier cosa, cualquiera, para quebrar lo que el llamaba la superstición de la Cruz. Ha peleado por ello, se ha muerto de hambre por ello, y ahora ha asesinado por ello".
El Padre Brown otorga una muerte clásica a su amigo, el criminal jacobino: cuando supo que sería descubierto, se encerró en su estudio y tomó unas pastillas: "Valentin estaba muerto en su silla, y sobre el rostro ciego del suicida había más que el orgullo de Catón". Uno podría pensar, ante tal generosidad del Padre Brown, que quizás conoció o sospechó una aventura que no se encuentra en sus 49: la del sacerdote fanático, ideologizado, enloquecido por la defensa de su fe, capaz de asesinar en defensa de la cruz a algún librepensador peligroso, como Valentin lo hizo en el trance de su locura ideológica.
Al fin y al cabo, un medievalista como Chesterton no pudo desconocer que el crimen ha andado muy barato y copioso entre las sotanas, en más de una época. Echamos de menos al Padre Brown en la época cristera, en el asesinato de Obregón (capaz que desenmascara a Toral como compadre de Luis N. Morones, según se rumoró tanto, y a la Madre Conchita como falsa monja al servicio de la CROM, y por encima de todos, claro, el masón Calles). Por lo demás, el Padre Brown conoció entre sus 49 aventuras, la de ser misionero en un extraño pueblo hispanoamericano (una simpática escenografía africana con perfiles aztecas, indios inmóviles, curas heroicos, demagogos que mezclan la masonería, el anticlericalismo y el vudú en sus discursos patrióticos y tiranos mestizos llenos de medallas marciales, a lo Lawrence y Graham Greene), donde tuvo que investigar su propio asesinato —que debía resolverse en una resurrección de gran santo latinoamericano—, urdido por las fuerzas vivas locales para atraer la publicidad (tanto religiosa como atea, pues se podría alegar una muerte y una resurrección fraudulentas), las inversiones, los negocios y el turismo, en "La resurrección del Padre Brown".
Pero el Padre Brown tiene esprit d'corps y en el plan de denunciar a clérigos criminales, sólo encuentra clérigos falsos. Por lo demás, un lector ateo y librepensador puede perfectamente simpatizar con el clerical detective de Chesterton, porque lo considera un ser imaginario, como el hipogrifo o la Gorgona. Uno sabe que los curas no son así, del mismo modo que no todas las chamacas son Julieta, ni todos los galanes Tristán, ni todos los tiras Sherlock Holmes. Pienso que Chesterton imaginó una quimera: el cura simpático, honrado, inteligente y divertido, del mismo modo que Cervantes imaginó un soldadón entrañable de caballería en Don Quijote, completamente diverso a toda la gente armada de este mundo. Los curas no son así, los caballeros no son así: sólo el Padre Brown o Don Quijote llenan su mito. Sorprende mucho encontrar en un cura —el paradigma de lo ocioso, de lo impráctico— tal talento detectivesco; sorprende más encontrar en él una persona saludable y simpática. Es casi un cura inconcebible, aunque menos escandaloso que San Miguel Bueno, el párroco ateo de Unamuno.

EL CRIMEN DEL CODICIOSO

Pocas veces en cualquier época literaria, y especialmente en la contemporánea —tan crítica o tan quejumbrosa, como se quiera— se encontrará una literatura tan optimista como la de Chesterton. El mundo del Padre Brown es esencialmente un mundo bien hecho por Dios, que ni siquiera los criminales logran arruinar. En realidad, la mayoría de los crímenes que investiga el Padre Brown son narrados en tono ligero, irreal, un tanto de vaudeville o de guiñol. Pocas veces en ellos ocurre la crueldad deliberada; pocas veces el lector siente o cree que de veras haya algún muerto —sería como pretender, en los cuentos de hadas, que de veras tal ogro se coma a tantos niñitos—, y no un mero pretexto cómico para una narrativa bienhumorada, llena de excelente conversación humorística.
Ni siquiera los sacrilegios aterran al cura detective, que muestra una infinita capacidad de gozar a cualquier tipo de hombres y de locuras humanas: no hay muchos pecados, manías, obsesiones, defectos, presunciones que no vea por el benévolo lado del humor. Es tolerante hasta con los chulos, los pedantes, los arribistas, los mentirosos, las marisabidillas y los malos poetas. Sin embargo, además de la crueldad deliberada, lo indignan dos tipos de personajes: el capitalista brutal y el farsante espiritual (espiritistas, demagogos "científicos", predicadores de religiones fraudulentas, como algunas sectas norteamericanas).
Contra la demagogia espiritual —médiums, redentores de religiones modernas, resucitadores de cultos exóticos— el Padre Brown reivindica lo que él llama la religiosidad sana, la medieval, que cree tan firmemente en el milagro y lo maravilloso, que no se deja impresionar por seudomilagros o maravillas de bisutería. Se diría, siguiendo sus paradojas, que sólo quienes creen en Dios y el espíritu son realmente materialistas: saben que además de lo etéreo está la vida de bulto, y dónde y cuándo cabe cada cosa; mientras que quienes se dicen materialistas andan espiritualizándolo todo con médiums, átomos, halos, telepatías, energías cósmicas, psicología profunda, leyes sociológicas, teorías de la evolución, proyectos del futuro universal.
El mundo está lleno del azar y de lo prodigioso como para atiborrarlo de portentos prefabricados, afirma el Padre Brown, bien asido a su paraguas. Sus casos más divertidos implican situaciones a primera vista maravillosas que resultan fraudes elementales. Se diría que la mente más científica es menos perspicaz, y la más moderna está más expuesta a la charlatanería. Y que el padre Brown, partiendo de que la magia negra, los milagros, los casos inexplicables, los hechos prodigiosos y el mismo demonio realmente existen, somete toda situación rara a un examen de perito en prodigios, como un joyero distingue los diamantes verdaderos de los hechizos.
Las técnicas e ideas modernas han aumentado la habilidad de falsificar lo sobrenatural, especialmente para confundir a los detectives y proteger a los criminales. Esto es suficientemente grave para el Padre Brown. Pero la modernidad también aumentó las técnicas y subterfugios de la codicia y del gran dinero, del gran apetito por el gran dinero, por los grandes negocios. Ahí el terreno es más pantanoso: ¿en dónde comienza en robo y dónde termina el negocio lícito? Las grandes ganancias eran consideradas el peor de los robos en la Edad Media, la usura que indignaba a Pound. Así como odia a las brujas, el padre Brown odia a Schylock.
En uno de sus cuentos, "El hombre con dos barbas", Chesterton reivindica al más terrible ladrón —ladrón sin asesinatos— de su tiempo: lo canoniza como a un santo ladrón de la cohorte celestial de los Robin Hood, y en cambio denuncia a un espécimen de la vileza, el inescrupuloso hombre de negocios: "Mi amigo, dice el Padre Brown, no hay tipos sociales ni negocios buenos o malos. Cualquiera puede ser un asesino como el pobre John; cualquiera, incluso el propio John, podría ser un santo como el pobre Michael. Pero si hay algún tipo que tiende en ocasiones a carecer más extremadamente de Dios que otro, es esa brutal especie de hombre de negocios. No tiene un ideal social, para no hablar de religión; no cuenta ni con las tradiciones del caballero ni con la lealtad del sindicalista. Todas sus petulancias acerca de buenos negocios eran prácticamente petulancias de haber defraudado a la gente..."
Y señala en otro cuento, "La flecha del cielo": "Es de temerse que cerca de un ciento de cuentos detectivescos hayan empezado con el descubrimiento de que un millonario norteamericano ha sido asesinado, lo que por alguna razón es tratado como una especie de calamidad. Me encanta decir que este cuento habrá de empezar con un millonario asesinado; en cierto sentido, en realidad, habrá de empezar con tres millonarios asesinados, lo que algunos podrán considerar como un embarras de richesse".
Lo que lleva a la obvia conclusión, una vez disipados los barroquismos de la esoteria y la criminalística: detrás del asesinato de un millonario hay otro millonario, lo que reduce considerablemente el número de sospechosos. Y enfoca con gran precisión el núcleo de donde salen los grandes criminales. Rara vez aparece en Chesterton un criminal "malo" —porque los hay buenos, los que roban por deporte, como Flambeau—, un criminal violento, codicioso, fanático, que no provenga del mismo templo de Mammón en que comete su crimen. Son los propios hijos, esposas o demás familiares cercanos, los abogados de la víctima codiciosa o delirantemente enriquecida, o bien sus prestigiados colegas. Los crímenes y desaguisados de las clases medias y pobres ocurren de maneras menos destacadas y especiosas que las requeridas por el relato policiaco. En cierto sentido, del mismo modo que la tragedia como género literario implicaba a personajes necesariamante aristócratas, el relato detectivesco —los grandes crímenes— convocan principalmente a los magnates, potentados o celebridades en ambos lados del delito... los crímenes medianos van a dar al melodrama, y los crímenes de los pobres a la picaresca.
El conservador Chesterton no luchaba tanto contra Darwin y Marx, como contra Mammón y las furias del dinero, pero no en cuanto clase: los ricos "respetables", especialmente si son un poco locos y algo conservan de la tradición aristocrática, pueden gustarle, pero no los herederos, especuladores, defraudadores y abogados inescrupulosos. Finalmente, si hubiese que catalogar su posición ética, la encontraríamos cercana a la que para sí definió Borges: anarquista spenceriano: "La mayor libertad posible para la individuo, la menor para el Estado", pero ambos están obligados a guardar una decencia fundamental, un código de honor: el establecido en todas las civilizaciones avanzadas como ley natural —no condena las trangresiones a las leyes del Estado, sino a la ley natural. Digamos que en cuestión de moral al padre Brown le basta el código boy scout.
De tal modo, aunque se acusara a Chesterton de antimoderno, anticomunista, antipatriótico (combatió el imperialismo victoriano), tenía muchos lectores entre sus opositores. En los años treinta, a final de su vida, debió depurar —por razones de urgencia y estrategia políticas— su especioso conservadurismo decimonónico y encabezar el combate contra el nazismo en Inglaterra.

SOLO PARA ADULTOS

Alfonso Reyes, Borges, Kingsley Amis, Wystan Hugh Auden se han quejado de la escasa admiración que los jóvenes de varias generaciones han sentido por el Padre Brown, en contraste con el entusiasmo que sucita a los lectores de mediana edad de todas las generaciones. Y es curioso, porque Chesterton, como Kipling y Twain, anticiparon en literatura las aventuras de historieta, donde ni los golpes, ni los muertos, ni las armas realmente son en serio, sino asuntos de juego finalmente inofensivos, como los golpazos de Punch and Judy, o los de Pantalón, Arlequín, Scaramouche, Pierrot y Colombina en la commedia de l'arte; o como las comedias españolas de capa y espada del siglo de oro, donde hay tantos espadazos porque a final de cuentas ninguno hiere verdaderamente: es arte feliz de serlo, no exige una supersticiosa aplicación realista a la vida misma. Cuando a alguien le cortan la cabeza el lector se llena de júbilo, porque sabe que las cabezas cortadas estarán en su sitio en la próxima obra, o hasta en la próxima escena... para ser cortadas de nuevo, en mitad de la fiesta y el aplauso.
Qué diferencia con los disparos, puñales y venenos intolerablemente verdaderos de Dostoyevski. Qué se le va a hacer: en la juventud se prefiere los relatos de la Vida, de la Verdad, del Ahora y del Aquí, el Compromiso, lo Urgente, lo Inexorable: de la desesperación, la violencia y el ruido. Gustar del Padre Brown acaso tiene algo en común con los redescubrimientos adultos de Lope de Vega y de las óperas cómicas de Mozart y de Rossini; desdeñarlo a veces identifica a quienes recorren el camino de la admiración por Dostoyevski, Kafka y los mareos del surrealismo y el realismo crítico.
Pero esos personajes y episodios de un solo plano, con sus maravillas de titiritero y de prestidigitador, no perdieron vigencia a lo largo del siglo: los encontramos en relatos de Borges, de Calvino, de Bradbury. Son los que en este siglo de elaboradas innovaciones técnicas conservaron para la narración su legendaria sonrisa de cuento arcaico, de fábula o de tablado de feria. Me imagino al Conde Lucanor como ávido lector de buena parte de los cuentos del Padre Brown. Oigo su risa de cuentista veterano, el que no le pide a la narración un reflejo de la vida, sino cuentos que parezcan cuentos: que conserven ese asombro, la magia ancestral del contador oral de historias: ese fascinador ilusionista de la realidad, que también puede incluirse entre los más tremendos, eficaces e imaginativos criminales que encontró el Padre Brown sobre su mundo, capaz de hacerlo estremecer meses después, cuando veía un perchero, como nos lo cuenta en "La daga con alas".