lunes, 18 de mayo de 2009

MIRSKI

LA NOVEDAD DE LOS RUSOS
por José Joaquín Blanco
Hay que agradecer la diligencia con que Antonio Saborit y Rina Ortiz Peralta nos han traducido, en versiones de claro y buen castellano, algunos ensayos de Dimitri Sviatopolk-Mirski (1890-1939), el excelente autor ruso que todavía suena a novedad en París y en Nueva York, aunque desde los años veinte fuese muy estimado por autores como Maurice Baring y, posteriormente, Edmund Wilson.
Seguramente uno de los rasgos principales de la literatura mundial del nuevo siglo será el descubrimiento de la literatura rusa, tanto la escrita en el exilio como dentro de la antigua Unión Soviética.
Los lectores occidentales —y nosotros, mexicanos, como occidentales de segunda o tercera fila, reclicladores de apresuradas, descuidadas, viejísimas traducciones españolas o argentinas— nos hemos detenido en un una estampa pintoresca de la literatura rusa: las tormentas de Gógol y Dostoyevski, la monumentalidad polifónica de Tólstoi, la perfección en tono menor de Turguéniev y Chéjov; y los velos de propaganda o antipropaganda que han borroneado nuestra visión de Gorki o de Mándelstam; de Shólojov o Pásternak y Solzhenitsyn.
Cuando redescubramos —volvamos a traducir— a esos autores conocidos entre nosotros, y nos enteremos de la muchedumbre que nos sigue siendo oscura, algo cambiará en nuestro concepto de toda la literatura moderna.
La gran literatura rusa ha compartido una maldición con las hispánicas: sólo adquiere universalidad a través de interpretaciones y versiones inglesas, francesas o alemanas. Lo no traducido con alguna fortuna, lo no interpretado con cierta etiqueta feliz a la manera de esas metrópolis culturales, carece de relevancia y hasta de existencia para la cultura occidental.
Durante siglos se ha pedido a España exclusivamente cides, quijotes y calderones, como en este siglo hemos solicitado a Rusia puros dostoyevskis, tólstois y chéjovs; ni siquiera Pound, aunque se esforzara, llegó a sospechar el timbre de Quevedo y de Góngora, mucho menos el aspecto alegre e íntimo de Lope de Vega, tan llano. Resulta toda una curiosidad un autor europeo o norteamericano que de veras sepa algo de Galdós, Clarín, Martí o Rubén Darío.
Algún día los hispanoamericanos escribiremos un ensayo sobre nuestros grandes autores incomprendidos por el resto de las naciones, como el admirable de Mirski sobre Pushkin, en el que estudia su diferencia radical con respecto a los modelos internacionales. Un poeta romántico de la escuela de Pope y de Voltaire; un lírico sin metáforas; un apasionado bastante racionalista; un Lord Byron que remite, si no a las más profundas raíces del “alma rusa”, como tantas veces se ha dicho y Mirski desmiente, sí a la más concentrada atmósfera de la cultura rusa de la Ilustración, tan madura y fuerte (a pesar de su autoritaria y reciente occidentalización), que produjo su irrepetible Pushkin como la alemana dio a Goethe, la inglesa a Pope, o la francesa a Voltaire, y con sus propias contradicciones internas.
Una de las cuales, si no la mayor, fue el don absoluto de la lengua. Un ruso raigal, pero diferente del de cualquier otro autor de Rusia. Aunque cambien con los tiempos muchos aspectos de la sintaxis, el léxico, las ideas y valores de una lengua, su conjunto permanece vigoroso: pienso en la poesía más llana (y también en la más elaborada) de Lope de Vega, Quevedo y Góngora, igualmente difíciles de traducir y de ser comprendidas con justicia en otras lenguas.
Incluso dentro del propio contexto hispánico, resulta arduo a un no-mexicano compartir nuestra vasta admiración por Díaz Mirón, López Velarde y Carlos Pellicer. ¿Por qué Rulfo y Paz sí, y Vasconcelos, Guzmán o Villaurrutia no gozan de gran estimación extranjera?
Se diría que hay obras fatal y prodigiosamente plantadas en su tierra o cultura natales, y responden tan plenamente a ellas, que en otras latitudes parecen bajar la voz o desvanecer sus contornos. Hay que sumergirse en la lengua, en la historia y en la cultura del país para poder escucharla.
A los mexicanos también nos ocurre con la poesía gauchesca y con ciertos autores españoles, como Baroja: no les negamos admiración, pero distante e infrecuente; nos pasaría otro tanto con la literatura brasileña, si la conociéramos más allá de tal o cual autor de moda (de repente todo era Jorge Amado; ahora, Rubem Fonseca).
Es una lata esto de andarnos metiendo en el Lecho de Procusto —el Custo de Prolecho— de las definiciones metropolitanas. ¿Definiríamos a López Velarde como un Baudelaire de cofradía jerezana, un Laforgue con impresionismos belgas, un cancionero de cabaret con cosmos claudelianos y provincianismos de Francis Jammes, un Lugones con ternuras de Nervo y bromas mundanas de Tablada? ¿A Pellicer como un Neruda que también canta a carcajadas, y arroja formas y colores fauvistes, abraham-angelinos o tamayescos, en los panoramas clásicos de Velasco?
Mirski se toma el trabajo de definir en términos occidentales la antigua y la nueva literatura rusa, imparcialmente, tratando con rigor y curiosidad semejantes a los soviéticos y a los emigrados. Siempre “fracasa”. “Fracasa” brillantemente, considerando las anfractuosidades y picos de su tarea. Se enfrenta a radicales exigencias metafóricas y narrativas para comentar un libro, un autor, una corriente. Se le lee con asombro no sólo intelectual, sino verbal, poético, narrativo: valen también como verdaderos poemas y narraciones sus comentarios de libros y películas (Eisenstein).
¿Cómo definir a Esenin, a Bábel, a Mayakowski, a Pásternak y que lo entienda un inglés? (¿Cómo definir cualquier cosa no-británica y que la entienda un inglés?) Trata de darnos una idea de la poetisa Marina Tsvietáieva: “Una mezcla del verbo explosivo y vital de Rabelais con el ingenio verbal igualmente irrefrenable y claro de Pope, y la felicidad y variedad métrica de Browning al servicio de una mente que es en parte una estudiante con el culto al héroe, en parte una segura constructora de pináculos con la ligereza de la torre Eiffel”. ¿Será más fácil entender esto que aprender ruso?
Nos avanza, sin embargo, el camino: existe una fuente alterna, diversa, de literatura contemporánea de la que no tenemos ni idea. Supongo que un lector francés que se asome a los ensayos de Octavio Paz sobre Rubén Darío o López Velarde también, abrumado de contrastes y conjeturas, sentirá estar delirando.
Caemos en Pero Grullo: es necesario conocer mucha literatura rusa para entender, así sea en traducciones, algo verdadero de un autor ruso profundo; de otra manera comprenderemos sólo equivalencias desenfocadas con respecto a los autores metropolitanos canónicos: v. gr. Anna Karénina como una especie desaforada de Madame Bovary. Ello también ocurre, desde luego, con otras grandes literaturas del mundo, como las hispánicas, las eslavas, las árabes...
A diferencia de tantos críticos, Mirski no establece cánones, cartabones ni tablas sencillas de equivalencias: acentúa la multiplicidad de las literaturas, la riqueza variada y contrastante de la expresión rusa. No hay “globalidad” sino pluralidad en literatura.
Y mucho menos en la rusa, donde las viejas culturas autóctonas (como la eslava) siguen compitiendo con la todavía reciente (apenas desde el siglo XVIII, y un tanto forzada) cultura europeizada por decreto. San Petersburgo no deja de competir internamente con todo lo que no es San Petersburgo.
Dice Mirski de la misma poetisa: “Pero su poesía, sobre todo su obra más reciente es, claro, una confirmación más, y acaso la definitiva, de la revuelta del elemento ruso contra el occidental. Esto es particularmente cierto en relación con el lenguaje. Se trata del primer intento (inconsciente) verdaderamente exitoso por emancipar al lenguaje de la poesía rusa de la tiranía de la sintaxis griega, latina y francesa...”
Aunque de inmediato se contradice. Mirski está harto de la “excentricidad rusa”, del “alma rusa”. Exige para la cultura de su patria la misma universalidad que se arrogan las metrópolis. Ya basta del exotismo: ¿Qué diablos es el “alma rusa”, se pregunta a propósito de los personajes de Tólstoi, si no una mayor y más numerosa supervivencia de formas de vida precapitalistas? Los campesinos rusos simplemente conservan más pasado que los franceses o alemanes, tienen el pie más metido en siglos anteriores, pero su espíritu, su mentalidad y sus historias siguen siendo profundamente universales. Y su tan traída y llevada espiritualidad y hasta santidad: el pathos religioso, que tanto se admira en Dostoyevski o en Tólstoi, ¿de veras resulta tan exclusivo de Rusia, no hay místicos y “locos de Dios” en todas partes?
Mirski se hunde en una fresca —y para ojos occidentales, asombrosa— discusión a fondo sobre Dostoyevski, Chéjov, Bábel, Tólstoi. Una discusión desde las raíces, aunque con herramientas en su momento (sobre todo los años veinte) modernísimas, y ahora menos estimadas, como las perspectivas freudianas y marxistas. Que en él siguen funcionando. Las grandes virtudes o estorbos de la crítica no residen en los métodos, sino en el propio crítico: Mirski sale avante en el maridaje de Freud y Marx para explicarse la literatura, como en otro sentido Edmund Wilson, incluso décadas después de que esas teorías hayan perdido prestigio académico, de la misma manera que podemos leer las ideas poéticas de San Juan de la Cruz sin aceptar su teología, o las históricas y literarias de Sainte-Beuve, Renan, Taine, sin contraer necesariamente el positivismo.
Antonio Saborit recuerda que Maurice Baring presentó a Mirski con Cyril Connolly, a fines de los años veinte, como “el más crítico de los críticos”. También fue uno de los ensayistas más creativos, y de lectura más sólida, estimulante y placentera, de la primera mitad del siglo.
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FUENTES:
Dimitri Sviatopolk-Mirski: Algunas observaciones sobre Tólstoi, Prólogo de Antonio Saborit, Tr. de A. S. y Rina Ortiz Peralta, México, Breve Fondo Editorial, 1998.