sábado, 25 de octubre de 2008

LECTORES DE MIL NOCHES Y UNA NOCHE

Retratos con paisaje
Lectores de mil noches y una noche
por José Joaquín Blanco

VOLLAND, BURTON, MARDRUS
Desde 1704, gracias a una versión francesa, versallesca, de Antoine Volland, cundió abiertamente por la cultura occidental la influencia de Las mil y una noches, aunque de una manera subrepticia había existido al menos desde el siglo IX y dejado huellas en todas las literaturas europeas, especialmente en la española, tan ligada por entonces a la árabe. Es probable que se trate del mejor libro del mundo, rango en que compite (dicen) con la Biblia, Homero, Platón, Ovidio, Plutarco... Yo prefiero a Sherezada, o Gerazada, como la llama mi traducción castellana de Blasco Ibáñez de la versión “alterna” de Mardrus: Las mil noches y una noche.
Como refundición y culminación de la imaginería y de la civilización medieval islámica -del Mediterráneo a Arabia y Persia; Siria, Turquía, Grecia; de la China a la India, Egipto, el Sahara y Etiopía-, ese libro de todos los libros incluía tradiciones orientales “populares” recientes de estas regiones e incluso otras, antiquísimas, preislámicas (algunos de sus genios o monstruos son claros residuos de las religiones asirias y babilónicas); así como varias griegas (Polifemo), judías y cristianas, y algunas evidentes aportaciones individuales de autores cultos o de juglares y cuenteros (esa especie de narradores orales, analfabetas, callejeros, que Paul Bowles todavía alcanzó a registrar con grabadora a mediados del siglo XX, y cuyas improvisaciones no se diferencian mucho de las de sus antecesores de hace mil años).
En infinidad de poemas, leyendas y cuentos europeos, medievales y renacentistas (las jarchas, Dante, Boccaccio, Ariosto), se trasluce esa inspiración, que a partir del siglo XVIII, gracias a Volland, retoma vigor y permea la cultura ilustrada de Montesquieu (Cartas persas) y Voltaire (Zadig, La princesa de Babilonia, Historia del buen Brahmín), del Doctor Johnson (Rasselas) y Swift (Los viajes de Gulliver), y toda la boga exótica del Oriente de aventureros y náufragos en mundos exóticos; los jeques, los serrallos y los califas -que, de cualquier modo, ya habían anticipado tanto Molière como Racine desde mediados del siglo XVII, para no hablar de los españoles del Siglo de Oro: Lope de Vega y Cervantes: Cide Hamete Benengeli, a quien Cervantes imagina como autor de su Quijote, es un narrador milyunanochesco.
La imaginación como cuerno de la abundancia: los genios en botellas y lámparas maravillosas; las aves gigantescas y los gigantes voladores; las alfombras y los anillos mágicos, los talismanes, la alquimia, la magia negra y los conjuros cabalísticos; los palacios de alabastro y los ríos y montañas de piedras preciosas; los baños y las fuentes de ensueño, los mundos submarinos, las galerías laberínticas dentro de las montañas y los desiertos y las ciudades como otros tantos laberintos, los jardines espléndidos; los eunucos y los visires luciferinos o ingeniosos; la opulenta civilización artesanal y comercial de sastres, carpinteros, herreros, granjeros, arquitectos, cocineros, joyeros, tapiceros, tejedores, boticarios de variedad y lujo casi modernos; los mercaderes que recorren medio mundo; las otras especies digamos humanoides que no descienden de Adán: hombres-ave, hombres-pez, hombres-serpiente, hombres-bestias, genios esclavizados por Salomón (muchas especies), diablos, monstruos, prodigios; los mendigos o vagos que se vuelven sultanes y los sultanes que devienen mendigos o monjes mendicantes, vagabundos, derviches; astrólogos, bufones, poetas, artesanos, brujas, hechiceros, comerciantes de zocos abigarrados; populosas cortes burocráticas; caravanas y flotas en perpetuos vuelcos de la fortuna; las metamorfosis de unas personas (o genios) en otras (o en fantasmas), en animales o en objetos; Aladino, Simbad, Alibabá, las huríes; las travesuras del hachís y otros enervantes...
Ese exotismo milyunanochesco está presente en el romanticismo y dará, con Stevenson, unas Nuevas mil y una noches, para mayor gloria del califa Harún Al-Rashid, cuya melancolía lo llevaba a disfrazarse por las noches de paisano y recorrer Bagdad entre la plebe, e infinidad de textos y obras musicales y plásticas en todo el orbe (Mozart, Delacroix, Rimsky-Korsakoff). En Las mil y una noches están todos los cuentos que se quiera: lo mismo La vida es sueño que Turandot, La Cenicienta, La Bella Durmiente y el caballo mágico, Clavileño, de Don Quijote; las fábulas y “ejemplos” del Conde Lucanor y de La Fontaine. La “revolución” literaria sexualista (Joyce, Miller, Genet) del siglo XX es pálida y desabrida, chambona, en comparación con el libérrimo regocijo literario en la sexualidad medieval de Las mil y una noches, a las que sólo las anteojeras del fanatismo académico podrían calificar de “machistas”. Ciertamente predomina el varón, sobre todo el varón rico y poderoso, pero en ese libro las mujeres -velos y serrallos y todo- tienen más presencia, poder, voz, espacio, inteligencia, energía y vida que en toda la literatura medieval europea junta. Y es, al menos retóricamente, un libro narrado por una mujer que celebra y defiende mucho a las mujeres.
Como sus compañeros aspirantes al rango del “mejor libro del mundo”, ya lo hemos leído aunque no lo hayamos abierto jamás: está en el folklore de todos los países, en todas las literaturas y, en nuestro tiempo, abrumadoramente, en el cine y la televisión. Parece que el tejido general -el sultán desengañado de las mujeres que se decide a decapitar a Sherezada, como a sus otras esposas y concubinas, al día siguiente de su noche de bodas, para no darle oportunidad de infidelidades, destino que ella sabiamente evita narrándole cada noche una serie de cuentos que lo fascinan e intrigan, hasta que en la noche 1001 (cifra que significa todas las noches, o el infinito) ya es demasiado tarde: entretanto el sultán se ha enamorado y ha procreado con ella tres hijos- se impuso desde los siglos VIII o IX. Se sabe que en diversas regiones del mundo islámico se fueron componiendo innumerables códices paralelos, con variantes significativas, aunque casi siempre conservaban las mismas cincuenta o cien historias culminantes, indispensables. De esos innumerables códices parece que sobrevive una docena azarosa.
En el siglo XIX diversos investigadores y escritores recobraron y divulgaron algunos de esos códices (especialmente la versión inglesa de 1885 de sir Richard Burton). Todos ellos empero, siguiendo la primera tendencia de Antoine Volland, europeizaron demasiado la obra árabe-persa-hindú-china-africana, expurgando las lubricidades, obscenidades o farsas que juzgaron indignas de tan alta obra imaginativa. En 1902, J. C. Mardrus publicó una versión francesa no expurgada con el título de Las mil noches y una noche, que causó escándalo precisamente por esas partes inoportunas o políticamente incorrectas. Jorge Luis Borges, jugando a las paradojas, prefería las refundiciones europeas -más puramente imaginativas y pulcras, más leales a la fama del libro como lectura infantil- al original, mientras que André Gide clamaba contra la falsificación de un Oriente al gusto prejuicioso de la Europa cristiana, cortesana y puritana. Vicente Blasco Ibáñez tradujo al castellano la versión francesa de Mardrus, que luego pudo conocerse en México en una magnífica edición en tres tomos verdes de Empresas Editoriales (1945), impresos, pese a su “pornografía”, en los Talleres Gráficos de la Nación. (Hubo otras ediciones mexicanas, incluso una monumental de Editorial Nueva España, en un solo tomote, sin fecha, que pudiera remontarse a los años veinte, también impresa en esos aguerridos Talleres Gráficos de la Nación.) Esta versión de Blasco Ibáñez prevaleció entre los lectores y escritores de Latinoamérica durante todo el siglo XX: de López Velarde al colombiano León de Greiff, por ejemplo, en quien se volvió obsesiva (Obras completas, Medellín, Editorial Aguirre, 1960).
Sin embargo, es comprensible el berrinche de Borges: Mardrus le estaba rompiendo su juguete favorito. Esa especie de inofensiva Antología de la literatura fantástica “árabe” -las versiones de Volland y Burton- se le volvía un corpus folklórico rebosante de todo. Qué nostalgia por la versión versallesca, donde los terribles orientales parecían principitos de la corte de Versalles y las huríes tenían rasgos de marquesas parisinas. Volland, por ejemplo, reducía metódicamente toda la vasta pastelería oriental a puras “tartas a la crema”, olvidándose de dátiles, almendras, especias y mieles de flores. Sin la claridosa extravagancia de Borges, quien también prefería leer el Quijote en la versión inglesa (dizque más depurada, más intelectual, mejor escrita), infinidad de autores, profesores, editores y padres de familia han optado beligerantemente por las antiguas, europeizadas versiones pudorosas, amañadas y expurgadas del libro, marginando la traducción de Mardrus, que ha quedado como un exótico título “pornográfico” para adultos licenciosos.
Lo que constituye una exageración. Las mil y una noches siempre es -además de regocijante y maravilloso- un libro terrible, libertino y cruel, como producto de su civilización medieval y tiránica. Me parece, sin embargo, más “perverso” cuando sólo sugiere intencionada y torvamente promiscuidades o tortuosidades eróticas y sádicas, como en las contrahechuras occidentales, que cuando las enuncia con una franqueza folklórica. Como cúmulo de miles de cuentos -cada cuento o episodio de cada noche contiene, como cajas chinas, muchos otros cuentos- da lugar a todo tipo de invenciones. Ya sabemos que preferiremos, como tantas otras generaciones, a Aladino, a Alibabá, a Simbad, a la alfombra mágica, al caballo de madera, etcétera... Pero la imaginación folklórica, popular, marginada por las versiones occidentales oficiales, nos habla de algo más franco o maravilloso: los cuentos que en que se entretienen los chicos vagos, en los mercados, en las mezquitas o en las caravanas. La mayor parte del libro son esos ensueños ingenuos, la vasta imaginación del pobre y del ocioso: si Alá, que lo puede todo, me enviara un genio que me concediera tres o docenas de deseos, ¿qué le pediría? Palacios, mujeres, viajes, joyas, aventuras, los otros mundos sobrenaturales, los secretos de la magia... Es el sustrato de toda imaginación folklórica.
Algunos cuentos develan, a primera vista, una factura refinada: invenciones de sabios, incluso invenciones escritas y corregidas acuciosamente, con una elegancia y una estrategia extremadas, geniales. Otros se solazan en la vulgaridad de las conversaciones masculinas cuando se estanca el ocio: en la versión de Mardrus, por ejemplo, proliferan los cuentos de pedos -hay un gigante volador, como elefante, que se hincha de aire para remontar el vuelo, y se va desinflando a pedos turpidísimos durante el trayecto-, que los versallescos o victorianos no reconocerían como buena literatura. Pero no es necesariamente licenciosa o libertina; no hay retorcimiento mental: es llana franqueza del habla popular, regodeo en expresiones obscenas con el único fin de botarse de risa, hasta “caerse de culo”, como no traduce Volland.

MIL Y UNA SIN SACAR
El lector escucha el rumor de todos esos vaguillos de todas las edades en su módico solaz de la conversación picaresca, así como en momentos especiales asiste a las imaginaciones letradas de los sabios y los poetas. Son reducidas, y poco explotadas en su sentido morboso, sino más bien en el cómico, fársico, picaresco, las escenas de homosexualidad, bestialismo, sadomasoquismo, truculencia... Pese a todo, se siente el gobierno de cierto puritanismo islámico, aun en las mayores libertades. No hay que olvidar, sin embargo, que lo realmente tremendo existe desde el principio, cuando se nos cuenta la poco edificante historia de un rey que tiene el derecho de degollar una tras otra a sus múltiples mujeres inmediatamente después de desvirgarlas.
Todo lo expurgado quedaba tan insinuado en la versión de Volland, que Diderot pudo componer un libro verdaderamente libertino y pornográfico, magníficamente libertino y pornográfico: Las joyas indiscretas (1748), que rivalizan en franqueza con el original árabe que no conoció. Qué tipazo ese Diderot. Su terrible travesura juega con el doble sentido de la palabra “joya” en francés, que se usaba también para la vagina; y gracias a un anillo maravilloso, milyunanochesco, convoca a monologar -bocas alternas- a todas las vaginas de la corte... incluso a las “joyas” de la tercera edad, que hablan con voz ronca, tosuda y tartajosa... ¡y lo cuentan todo!
Yo pondría a Gil Gamés por testigo, si algún genio de la botella decide regresarlo de sus vacaciones ya demasiado prolongadas en el Turquestán, sobre si hay retorcimiento moral letrado o mera travesura picaresca en los coitos de Las mil noches y una noche de Mardrus. En la noche 835 (versión Mardrus / Blasco Ibáñez) aparecen no unas modestas “tres sin sacar”, sino unas “mil y una sin sacar”:
“Y al punto ella vino a mí, y se echó sobre mí, y se restregó conmigo con un ardor asombroso. Y yo, ¡oh mi señor!, sentí que mi alma se albergaba por entero donde tú sabes, y di cima a la obra para que había sido requerido y a la tarea que se me pedía, y vencí lo que hasta entonces pertenecía al dominio de lo invencible, y abatí lo que había que abatir, y arrebaté lo que estaba por arrebatar, y tomé lo que pude, y di lo que era necesario, y me levanté, y me eché, y cargué, y descargué, y clavé, y forcé, y llené, y barrené, y reforcé, y excité, y apreté, y derribé, y avancé, y recomencé, y de tal manera, ¡oh mi señor sultán!, que aquella noche quien tú sabes fue el valiente a quien llaman el cordero, el herrero, el aplastante, el calamitoso, el largo, el férreo, el llorón, el abridor, el agujereador, el frotador, el irresistible báculo del derviche, la herramienta prodigiosa, el explorador, el tuerto acometedor, el alfanje del guerrero, el nadador infatigable, el ruiseñor canoro, el padre de cuello gordo, el padre de nervios gordos, el padre de huevos gordos, el padre del turbante, el padre de cabeza calva, el padre de los estremecimientos, el padre de las delicias, el padre de los terrores, el gallo sin cresta ni voz, el hijo de su padre, la herencia del pobre, el músculo caprichoso y el grueso nervio dulce. Y creo, ¡oh mi señor sultán!, que aquella noche cada remoquete fue acompañado de su explicación, cada cualidad de su prueba y cada atributo de su demostración. Y nos interrumpimos en nuestros trabajos sólo porque ya había transcurrido la noche y teníamos que levantarnos para la oración de la mañana”.
Y en la noche 849:
“Y durante tres días obraron de tal suerte, sin tregua ni descanso, haciendo girar la rueda por el agua, y rechinar sin interrupción el huso del jovenzuelo, y dar de mamar de su madre al cordero, y entrar el dedo en el anillo, y reposar el niño en su cuna, y abrazarse los dos gemelos, y meter el tornillo en la rosca, y alargar el cuello del camello, y picotear el gorrión a la gorriona, y piar en su nido caliente el hermoso pájaro, y atascarse de grano el pichón, y ramonear el gazapo, y rumiar el ternero, y triscar el cabrito, y pegarse piel con piel, hasta que el padre de los asaltos, que nunca quedaba mal, cesó por sí mismo de tocar la zampoña”.

LA EDIFICACIÓN Y EL ESPANTO
La jocundidad, la tolerancia y la alegría de esos cuentos deben ser recordadas en estos tiempos de etiquetamiento maniqueo de la cultura islámica por parte de la arrogante modernidad occidental, sin olvidar desde luego que, al igual que sus equivalentes occidentales, los personajes de Las mil noches y una noche tienen los prejuicios y las crueldades medievales de su civilización: empalamientos, mutilaciones, decapitaciones, descuartizamientos, torturas, masacres. El autoritarismo delirante de sus emires, sultanes y califas. El sometimiento postrado de las mujeres y los pobres. Pero algo hay de convivencia, de travesura, de alegría y hasta de humor incluso entre razas y religiones diversas (a las que de cualquier manera se maldice ritualmente): negros, judíos, cristianos y “descreídos” diversos, como marginados en ese orbe islámico, pero de cualquier manera vecinos, compadres y hasta amantes omnipresentes.
Tenemos pues dos versiones -o mejor dicho, dos corrientes de versiones, pues nuevos editores remiendan las de Volland y Burton con préstamos incidentales de Mardrus-: la meramente fantástica y exótica, incluso dizque apta para niños; y la no necesariamente pornográfica ni licenciosa sino meramente folklórica, con muchas páginas adicionales de conversación e imaginería humorísticas, picarescas y obscenonas. ¿Por qué elegir? Podemos quedarnos con las dos, con muchas. A final de cuentas no existe ningún original “canónico” de Las mil y una noches, sino muchos códices e infinidad de cuentos orientales del tipo de los conocidos; y entonces Volland y Burton tenían su derecho europeo de fabricar sus propios códices para sus pudibundos lectores occidentales. Mismo derecho que, para ser justos, asiste también a Mardrus, quien además recoge muchos hermosos poemas líricos intercalados, que a los editores más interesados en vender sólo las anécdotas fabulosas les parecen sobrantes.
Debe el lector, pues, estar a la defensiva frente a las ediciones populares castellanas: los pudibundos editores o pedagogos, extremando su protección al público infantil o bienpensante (al que se dirigen: es su negocio), censuran incluso a Volland y a Burton, muchas veces sin advertirlo al lector, en versiones meramente pueriles donde sólo conservan episodios de magia inocua. Para tal caso, mejor las películas de dibujos animados.
No conozco traducciones notables castellanas directas del árabe de ninguna versión de Las mil y una noches (no cuento la de Rafael Cansinos Assens en Aguilar, tan cuestionable como las otras “traducciones magnas” que publicó en la misma editorial), sino viejas traducciones recicladas de las versiones francesas e inglesas, entre las que la de Mardrus-Blasco Ibáñez destaca con mucho, tanto por su respeto al original como por su buen castellano.
Hay una edición reciente, ilustrada, popular, en ofertón de Gandhi (Edimat Libros, Madrid), que omite deliberadamente nombrar al traductor castellano y de dónde se traduce, pero el prologuista señala que la falsifica adrede con fines edificantes: “En fin, los ideales, los sueños de la humanidad toda, a través de los siglos, se hacen realidades. Y como los buenos cuentos son aquellos que enseñan algo bueno, en éstos se acaba siempre descubriendo las malas artes y con el triunfo de la virtud. Estos valores eternos, estas cualidades que sobreviven a las circunstancias históricas o a las tendencias literarias del momento, son las que pretendemos conservar y resaltar en esta edición, suprimiendo las escabrosidades y dando mayor amenidad y animación a cada relato”. Esta edición, aunque gorda, es cuatro veces más corta que Las mil noches y una noche: suprimió demasiado. ¡Y se atrevió a dar por sus pistolas “mayor amenidad y animación a cada relato”! ¡Que Shakespeare no caiga en sus manos! (En realidad, con grandes tijeretazos y pequeños cambios más bien pedantescos -diwán donde decía diván- es, en su mayor parte, un descarado plagio de la propia versión de Mardrus / Blasco Ibáñez, a quienes no se da crédito de traductores, pero se les insulta como “impostores y escabrosos” en el prólogo: cotejé tres de los principales cuentos: Simbad, Aladino y Alibabá)
Otro beneficio de la versión folklórica íntegra de Mardrus / Blasco Ibáñez, por encima de las contrahechuras puerilizadas o políticamente correctas de este libro, es la de revelarnos la manera medieval de pensar y de sentir, que no se diferencia mucho entre el islamismo y el cristianismo. La gran religiosidad, la inmediata presencia de lo sagrado, la observancia de valores generosos como la hospitalidad o la limosna, la espiritualización del erotismo, la extrema conciencia de los lazos familiares y vecinales se ve acompañada -como en las leyendas y los romances europeos- de una extrema crueldad cotidiana. Todo convive. Hay hijos que maltratan a sus madres, hermanos que mediomatan o matan sus hermanos, hermanas envidiosas que raptan al hijo recién nacido de la hermana más afortunada para sustituirlo por un animal muerto, de modo que el marido la repudie por haber parido a un monstruo. Los autores medievales no piensan con la congruencia moral que dirige a los modernos, de modo que dibujan al mismo tiempo personajes idílicos y monstruosos, luciferinos y angelicales, truculentos e idealizados. No se busca personajes morales de una sola pieza. Son todo a la vez y lo macabro cohabita con las ilusiones beatíficas... como en las leyendas, romances y vidas de los santos europeos.
Este aspecto terrorífico -pero no un terror separado de la dicha, como géneros diferentes, sino entremezclados- parecería un rasgo oriental si desconociésemos sus equivalentes en otras literaturas de esa época. ¿Pero no hay hasta romances y cuentos de hadas occidentales de padres que martirizan a sus hijas -el romance de Delgadina- y de ogros que se comen a los niños? ¿No existen tales historias en la propia Biblia? En este sentido, todos los candidatos a ser el mejor libro del mundo resultarían escandalosos y exigirían una falsificación piadosa para la lectura infantil, juvenil o decente. La Biblia se sustituye por la pueril Historia sagrada. Los editores, de ser congruentes, debieran proporcionar a sus lectores bienpensantes sólo pasajes selectos, inofensivos, de Homero, Platón, Plutarco u Ovidio... amenizados y animados por sus pistolas.
Como en todos estos, en Las mil noches y una noche la delicia, la edificación, la maravilla, el pasmo y el erotismo están indisolublemente soldados con el terror y la infamia. Los mejores libros siempre son los más peligrosos y hasta repugnantes, y se precisa una larga iniciación para, a cada edad, ir descubriendo sus capas desconcertantes. Nunca acabamos de leerlos ni de entenderlos. En ellos anida el enigma del hombre de su tiempo, hecho de fascinación y de espanto. Lo que, por lo demás, ha sido confirmado por todos los estudiosos del folklore y de los cuentos populares e infantiles. Acaso la llamada literatura infantil -ogros, embrujos, crímenes, transformaciones- sea lo menos propio para los niños. Acaso la llamada literatura popular resulte más compleja, enigmática y escandalosa que la culta. Están menos dirigidas por una congruencia moral planificadora; más próximas a los mitos y a las pulsiones inconscientes e involuntarias.
Por lo demás, es escasa la intención moralizante de los cuentos: sólo rara vez se premia la virtud y se castigan los vicios: la fortuna o la catástrofe ocurren porque estaban predestinados por Alá. Con frecuencia los personajes más afortunados son unos verdaderos pillastres e incluso criminales, y en cambio se tortura y masacra con lujo de violencia a mucha gente sin otras culpas que su destino de figurar como víctimas casi de utilería en las acciones y los prodigios enigmáticos, como todos los pobres comerciantes que siempre se ahogan en los naufragios donde siempre se salva Simbad. No hay meritocracia, sino una confusa vida proliferada de maravillas y terrores.
Si en Las mil noches y una noche nos encontramos una cabeza de negro conservada en salazón, ante la cual un marido engañado obliga a llorar continuamente a la esposa infiel, habremos de recordar cuentos, tragedias y epopeyas occidentales donde mujeres despechadas asesinan a sus hijos, los cocinan y se los dan a comer como manjares al marido odiado. Alguna se llama Medea.
Volver a los textos fundamentales, a los textos amados, a los textos de infancia y juventud, siempre conlleva una recreación de su primer embeleso y un estremecimiento de espanto. Sólo las lecturas pop son inocentes. Aunque desde luego los textos exigen un distanciamiento: son metáforas, fábulas, decires, con raíces de carne y de muerte, de horror y exaltación, de infamias y beatitudes. ¿Acaso tomamos literalmente, nos comemos con todo y plumas las películas de terror y de balazos?
Y aquellas obras en las que no sólo colabora una sociedad, sino varias sociedades a lo largo de varios siglos, entretejen asimismo todas sus pesadillas. Acaso esta sea, a fin de cuentas, la mejor aportación de la versión “maldita” de Mardrus de Las mil noches y una noche: no nos regatea el espanto, simplemente lo consigna como uno más de sus aspectos numerosos.
Finalmente, corre por todo el voluminoso conjunto de cuentos una enorme serenidad, también medieval y especialmente islámica: la creencia de que todo está escrito, de que el hombre no puede cambiar los destinos establecidos por Dios, y que entonces resulta absurdo aterrarse, sufrir o gozar demasiado. Todo cambia a cada momento sin responsabilidad humana. Hay un curioso cuento de un pobre hombre que, con ayuda de sus amigos, se empeña en mejorar su destino y sólo lo empeora en la misma medida en que se esfuerza, hasta que arbitrariamente le llega la fortuna, sin esperarla ni trabajarla, una fortuna que no ha de durar, y que debe gozarla sólo momentáneamente, agradeciéndola a Alá, como un parpadeo.
El mundo y los hombres “reales”, positivos, casi no existen en Las mil noches y una noche, y la realidad no se diferencia tanto de las ilusiones, los embrujos y la magia. Un sueño al mismo tiempo deleitoso y macabro, con veloces cambios de fortuna, que todos están soñando. Buenos creyentes, agradecen a Alá el minuto presente, sea como fuere. Lo que no se diferenciaba demasiado de la manera cristiana de vivir la Edad Media. Todo lo concreto es irreal; sólo lo sobrenatural, lo maravilloso o lo mágico cobran visos de verosimilitud en esta tierra. ¿De veras la literatura contemporánea postula otra cosa?
Al menos seis siglos de una civilización se asientan en ese libro que pretendemos tomar por meros fantasía y esparcimiento. En realidad, esos cuentos cifran mitos y códigos secretos que siguen encontrando resonancias actuales. De ahí su constante fascinación, más allá de las descripciones lujosas y sensuales, y de la utilería de tantos efectos especiales de un universo mágico. Es un libro que se deja soñar, más que leer, y suscita todas las aprensiones de los sueños. En otras épocas más optimistas diversos estudiosos aplicarían a su interpretación las categorías de Frazer, Freud, Jung, Campbell, Propp, Lévy-Bruhl, Lévy-Strauss. Los mitos, los arcanos, los arquetipos, el subconsciente colectivo, la mentalidad mágica, el pensamiento salvaje. En nuestra “posmodernidad” desengañada rescatamos la fascinación, el enigma y el espanto, que no son poca cosa. Y sobre todo la literatura. Miles y miles -no sólo mil y uno- de cuentos bien urdidos y bien contados.

3 comentarios:

frikosal dijo...

Estupendo texto !
Empezando por el título.

José Joaquín Blanco dijo...

Gracias, Frikosal. Un saludo...

Anónimo dijo...

Uno de los mejores libros, fué lo mejor que recuerdo de la época turbulenta en que lo leí.

Escribo esto ni que hace meses del texto, más hace del libro y se siguen abriendo blogs.

Un saludo