miércoles, 17 de junio de 2009

EL CORRIDO DE JUAN MURRIETA

El corrido de Juan Murrieta
Por José Joaquín Blanco


“Pues sí, señores,
pues sí, será:
que aquí se mueren los hombres
con mucha facilidad.”
Corrido de José Roberto y Simón
I
Mi tío Juan Murrieta fue un hombre de honra y pro, como se decía antes; un hombre a carta cabal, de los que debieran ser inmortalizados en bronce, de traje y con libro, como don Benito Juárez o san Juan Bosco.
No brilló en la política ni en los negocios, aunque consolidó la prosperidad de toda la familia, y nuestra familia es muy grande; ni realizó milagros. Ni siquiera iba mucho a misa, aunque tampoco faltaba demasiado. No se preocupaba mucho por la política, por las elecciones, si bien invariablemente votaba por el PRI, pues decía que ya era difícil soportar a un partido de bribones como para, además, soportar a los varios partidos de los mismos bribones pero también en la oposición.
Creía en la razón, en el sentido común, en la familia, en las leyes, en la moral cristiana. Desde chico, ya ve cómo somos de cábulas aquí en la Huasteca, la gente, incluso o sobre todos las mujeres, lo acusaban en broma de relamido, de creído, de cobarde, de mustio, de cura, de afeminado, de mandilón. Pero a él todo eso le hacía lo que el viento a Juárez.
Vivía exclusivamente para su trabajo y para su familia, y se juntaba con muy pocos amigos, tan pacíficos y decentes como él. Apostaban a la baraja fichas de plástico, sin dinero. Pero se veía algo raro. Yo creo que vivió antes de tiempo. Ahora, con el feminismo, sería un ideal del marido antimacho, del padre antimacho. O después de época: parecía imagen del bonachón padre modelo de la prehistoria, a veces representado en el cine por Carlos Orellana y por Joaquín Pardavé.
¿Creerán que a mi tía Casilda, que todavía está sana y fuerte, y a quien le hizo ocho hijos, la llamaba siempre “mamá” y le hablaba de usted? Llegaba a mediodía a la casa, se sentaba en la cabecera de la mesa, dirigía las oraciones de toda su enorme familia, y le preguntaba: “¿Y ahora qué nos va a dar usted de comer, mamá?”.
La tía Casilda lo tomaba un poco a broma, porque el ustedeo y el mamaseo la hacían sentirse más vieja de lo que era, pero también le hablaba de usted y de “papá”, como en las películas ambientadas en tiempos de don Porfirio. Y lo bendecía, con muchas oraciones y cruces de dedos, y beso en la frente, siempre que salía de casa, así fuera nada más a su tienda, que quedaba en la esquina.
Mucho se debieron de haber divertido, cuando tuvieron tantos hijos, pero a nosotros, los primos, más modernos, nos daba risa tanta ceremonia, tanta cursilería, hasta infantilismo. Se consentían uno a otro como bebés. “Ahora le preparé, papá, el chayotextle al axiote que tanto le gusta”. “¡Es usted una santa, mamá, que Dios se lo tenga en cuenta!”.
A veces el tío Juan fingía ya no tener apetito, y ¿creerán ustedes que entonces tía Casilda le partía el alimento, y le acercaba el tenedor o la cuchara a la boca, como a niño chiquito?: “A ver, papá, no sea melindroso: dos pedacitos más de carne y ya; pero abra bien la bocota, papá, que le voy a chorrear la corbata”.
Los primos conteníamos la risa, la reservábamos para el momento de ir con el chisme a nuestros papás, que adoraban al tío Juan Murrieta pero no dejaban de burlarse de él: “¡Qué visionudo!”, “¡Qué payasos, los dos!”; “Casilda era la más tremenda de todas las hermanas, ¡si hubieran visto lo noviera y traviesa que fue!; y mírala ahora, de santita”.
“Y de abusona”, porque todos sabíamos que el pobre tío Juan Murrieta regresaba del trabajo a ayudarla en la cocina, sobre todo cuando se trataba de postres y pasteles, que la tía cocinaba al mayoreo, para repartirlos entre familiares y vecinos, o moles, o bacalao. No era raro encontrar al tío Juan Murrieta con mandil y la nariz enharinada, o descabezando maíz para el pozole, o limpiando verdolagas y huauzontles.
Era hombre de su trabajo y de su casa. Comerciante. Nos tuvo como empleados a varios sus primos y sobrinos, o esposos de las primas y sobrinas, cuando éramos chamacos, y luego nos ayudó a poner nuestras tiendas propias. Porque era un genio estableciendo negocitos. Tenía olfato para eso. “Si sigues conmigo siempre vas estar atenido a un sueldo, Genarito, me dijo: búscate un local y yo te ayudo a poner tu changarro”. Un patriarca discreto, pues.
Invariablemente del trabajo al hogar, a jugar a la casita con la tía Casilda hasta cuando tuvo nietos. También jugaba mucho con sus hijas, quienes lo adoraban pero a ratos se desesperaban de que las tuviera como monjitas: nada de salir a la calle más que en compañía de adultos de confianza (siempre parientes), ni de poner discos o el radio a todo volumen, ni de vestirse “como pizpiretas de la televisión: ¡Calmadas, mis niñas, pórtense como niñas!, ¿qué no les da gusto ser niñas?”
Claro que no: querían jugar a vampiresitas, como sus compañeras de escuela. Pero hacían pocos berrinches: el tío Juan Murrieta les cumplía todos los gustos pacíficos y decentes, las mimaba hasta con ceremonia y cortesía, como a señoritas. Damitas desde chiquitas. Tenían sus cuartos llenos de muñecas y animales de peluche, y una colosal casa de muñecas perfectamente amueblada, que ocupaba medio corral. Y cuando jugaban a las costureras el tío se prestaba a servirles de maniquí, incluso a que lo enredaran entre los rasos, los tules y los terciopelos, los encajes y la bisutería de un pretendido vestido de gala de princesa.
Con los hijos varones el trato era más hosco. Se diría que el tío Juan Murrieta les tenía un poco de miedo, sobre todo a partir de la adolescencia, cuando dejaron de bastarles la pelota, los carritos, los robots de pilas y los modelos para armar.
Los chamacos se escapaban todo el tiempo para formar bandas con los pelandrujos de los barrios bajos, que sólo quedaban a cinco cuadras de la vieja casa de la familia Murrieta. El tío insistía, sin mucha convicción, en decirles que ser hombres no significaba ser majaderos, ni violentos, ni destructores, ni atropellar a los débiles, ni llenarse la boca con majaderías de arriero, ni andarse retando a lo bobo a puñetazos y mordidas como animales.
Les imponía, hasta que se rebelaron por completo a los quince o dieciséis años, las ocho de la noche como hora máxima para estar de vuelta en casa. Porque había que revisar las tareas y sería una “ingratitud imperdonable” con Mamá Casilda dejarle la cena servida, u obligarla a recalentarla. “¡Tengan consideración con su madre santa, todo el tiempo en un hito por ustedes!”
Nos burlábamos de nuestros primos: “Ya córranle de regreso a su museo!”, les decíamos; “¡Los Murrieta ya vuelven a su tumba!”, proclamábamos; y terminábamos a moquetazo limpio. “¡Que los cuelguen en su ropero todo el día, no se vayan a arrugar!” “¡Desayunen píldoras de naftalina, para que no se apolillen!” “¡De seguro todavía maman chichi y se mean en la cama!”
Por fortuna, los chicos Murrieta salieron bravos y se imponían a la tropa. “¡Nos tienes envidia!”, le dijo una vez Jacinto Murrieta al más peleonero de la banda, un tal Felipe Casasús, tan libre que podía jugar bote pateado a medianoche en la calle, con muchachos grandes, y hasta se había escapado dos o tres veces, arrimado con los traileros, a San Luis Potosí: “¡Tú nunca quieres estar en tu casa porque tu papá te agarra a correazos! ¡Siempre está borracho y siempre te agarra a correazos!” Ese pleito fue feroz. Le arrancamos de encima a Felipe Casasús, quien estaba en plan no sólo de golpearlo y patearlo, sino hasta de destriparlo.
Niñerías de hace veintitantos años que me vienen a la memoria porque el tío Murrieta acaba de morir, de una muerte terrible que no merecía: más de dos años en cama; operación tras operación; tanques de oxígeno, sondas, enfermeras, olor a medicinas y desinfectante. Una muerte demasiado pavorosa para quien siempre buscó el orden y la paz.
La tía Casilda parecía haber agonizado con él: así había quedado de chupada, de desencajada con su agonía. Luego, por fortuna, se recuperó bastante. También sus hijos, a quienes en la edad adulta dejó de parecerles tan extravagante el hogareñismo del tío Murrieta. Ahora siempre presumen de haber contado todo el tiempo, durante toda la vida, con su padre; y no nada más a ratos infrecuentes, tensos y monosilábicos, como el resto de la gente en Valles.

II
En las espesas horas del velorio, al que asistió la mitad de Valles, íbamos y veníamos por los pasillos, salones, escaleras y jardines de la funeraria hablando de las cuitas de ese hombre célebre en la comarca por mandilón y persinado, pero también por bondadoso y alegre. Había sido un santo, un hombre de Dios, ¡y con qué agonía tan tremenda se había visto recompensado! Alguien dijo: “Me cae que paga más ser rufián o abigeo: uno se muere sin tanto martirio, en el acto: ¡un balazo y ya!”
Al sonido de la palabra “abigeo” susurró mi madre —ya todos éramos adultos y casados—, hermana mayor de Casilda: “¿Pero qué no lo sabían? El papá de su tío Juan fue un bandolero terrible. Mató a mucha gente. Quemó ranchos. Anduvo de prisión en prisión por todo el Norte hasta que otros presos lo mataron a clavazos, aquí en Valles. Como no encontraron un puñal en la cárcel, lo destriparon con unos palos con clavos. Eso ocurrió por 1942”.
Entonces supe que todo Valles, o por lo menos la mucha gente que tratábamos en Valles, quería de veras, a la buena, al mustio tío Murrieta, porque de tantas cosas que se decían sobre él, pues hasta de catrín, hipócrita, chulo, petimetre, afeminado, avaro y usurero lo chismeaban, nunca llegó a nuestros oídos su verdadera vergüenza.
“Lo crió su abuelo”, siguió diciendo mi madre. “Por eso sacó todas esas visiones, todos esos tics del año de Maricastaña. El abuelo materno lo recogió, cuando el padre estaba preso y la madre se había escapado a los Estados Unidos, para evitar la infamia y la venganza de las víctimas.”
Lo crió, más que como niño, como abuelito. Abuelito desde pequeño. De trajecito de casimir y siempre impecable. Corbatita. Cortés, servicial, con lenguaje de domingo. Tímido. Almidonado. Para todo el “mande usted”, y el “por favor”, y el “porfavorcito”, y el “quisiera si no es molestia”... Lo mandó al colegio de monjas Motolinía, adonde iba menos peladaje y corría menor riesgo de encontrarse con hijitos de rancheros o camioneros que supieran las correrías del papá.
El abuelo era profesor de secundaria y el nieto parecía también un profesorcito. Andaba siempre con un libro: Biografías de hombres ilustres, Momentos estelares de la humanidad, Cápsulas filosóficas del Reader’s Digest. Jugaba con el abuelo (pues le permitían poco salir a la calle) a los experimentos de química y a las construcciones del mecano, un juego (entonces muy en boga que hasta tenía su revista mensual, Mecánica infantil), de barritas de metal, verdes y rojas, con múltiples orificios; poleas, rondanas y tornillos, con el que se formaban grúas, edificios y barcos.
Todos sus parientes, que lo evitaban como a la oveja negra del rebaño, como a la manzana podrida del frutero, pensaban que se iba a dedicar a cura. Era monaguillo y consentido del párroco. A lo mejor también eso creía él. Pero su abuelo se murió pronto, cuando el tío Murrieta contaría apenas catorce o quince años. Y tuvo que dedicarse al comercio en el mercado, de ayudante.
La gente del mercado recordaba bien a Juan Murrieta padre, “el Malo”; algunos con admiración, otros con odio o con asco. Tal vez entonces el tío Murrieta trató de hacerse invisible, inofensivo. Ahí perfeccionó su estrategia de pasar por mosquita muerta, para evitar roces con todos. “Buenos días”, “Buenas noches”, “compermisito” y sanseacabó.
Imagino que corrían chismes y bromas, que a ratos resonaba un insulto; sobre todo cuando se encontraba con alguien bebido o con ganas de juerga o de riña. Es un hecho que el tío Juan Murrieta escapaba como de la peste de esas reuniones de hombres solos, donde a la menor provocación, o sin provocación, resurgía (supongo) la memoria de aquellas andanzas, las escenas de balazos; hasta algún corrido debió circular sobre el famoso abigeo Juan Murrieta.
Prefería la compañía de los ancianos y de las señoras. Les cargaba las canastas del mercado. Les cedía la acera. Se ofrecía a todo tipo de mandados y servicios. Andaba de faldero cuando ya medía su buen metro con setenta, con ochenta centímetros. Y bastante huesudo y fortachón. Eso molestaba a los demás hombres. Parecía caricatura de escuincle, o retrasado mental, o maricón.
De ahí al pequeño almacén de granos, correas, monturas, forraje, que iría agrandándose con el tiempo, mi madre dio un gran salto en su historia. Suspendía su relato con el chico Juan Murrieta (el chico grandulón), siempre modesta pero impecablemente vestido, humilde y servicial, sin familia ni amigos, casi sin memoria, haciendo el trabajo de dos por la mitad de un salario, a fin de granjearse la protección de sus patrones. Y sólo lo retomaba unos quince años después, con el tío Murrieta, dueño ya de la tiendita bien abastecida, con traje menos modesto pero igualmente impecable, a pesar de los calores, cuando hacía la ronda en la calle de Casilda.
Fueron varios años de noviazgo. Mis abuelos no querían emparentar con el hijo del sanguinario Juan Murrieta. Esa vocación para el delito, el crimen, la crápula, se llevaba en la sangre, decían. Tarde o temprano saldría a la superficie, por mucho que se la quisiera esconder.
Finalmente, a fuerza de constancia, el tío prevaleció. Tampoco había muchos partidos prósperos y convenientes en Valles para las muchas hijas de mis abuelos, a las que iban casando con extrema dificultad. Alguna, la pobre tía Rebeca, a pesar de las pesquisas infinitas y de las minuciosas precauciones de sus padres, se vio de repente abandonada sin causa, sin decir agua va, por un “buen muchacho” que resultó sencillamente un irresponsable sin corazón, quien se le largó a los Estados Unidos a casarse de nuevo, en franca bigamia, ahora con una gringa.
Los años fueron borrando, por fortuna, la fama del bandolero Juan Murrieta. Se incrementó la delincuencia en toda la región. Se modernizó y perfeccionó. Los nuevos rufianes y los nuevos crímenes opacaron los antiguos, casi aldeanos en comparación, del atroz abigeo de los años treinta.
He encontrado poco qué añadir al relato de mi madre, salvo dos circunstancias. La primera, sobre el origen de su fortuna, todavía circulaba en el mercado. Hay varias versiones. La más común es que un día, cuando fue mayor, supo del escondite donde Juan Murrieta “el Malo” había atesorado el botín de sus andanzas; fue a desenterrarlo y puso su tienda. Así, automáticamente. Esto no se decía con mala voluntad, sino con envidia: encontrar un tesoro siempre es bueno, y lo es heredar la fortuna del padre. ¡Cuantos hijos y viudas simplemente acuden al banco a la muerte del señor, y reciben un cheque limpísimo; y vayan ustedes a saber cómo se juntó ese dinero!
Otra versión, notoriamente infudiosa, pretende que tras su fachada de comerciante honrado y de honorable padre de familia, el tío Murrieta prosiguió los malos negocios de su padre, con la ayuda de los antiguos socios del abigeo. De ahí su exageración, rayana en la caricatura, de la moral, la bondad y las buenas costumbres: necesitaba una fama impecable. Que les limpiaba el dinero, o fungía como intermediario, y tal vez como autor intelectual de tales o cuales asaltos a ranchos o a traileros.
Pero nunca se le levantó un solo cargo; ni durante su vida, que se supiera, hubo quien lo acusara abiertamente de malos negocios. Todo lo contrario: su fama de usurero se debía, y abundan los testimonios al respecto, a la generosidad de fiar o vender a crédito, sin muchos papeles, a clientes que lo preferían a un banco, o que carecían de la posibilidad de tratos con los bancos. Nadie ha dicho abiertamente: “¡Yo fui extorsionado por Juan Murrieta!” Asistieron, llorosos, al velorio infinidad de sus clientes. (La tía Casilda ha ido encontrado perdidos entre cajones y carpetas, o entre las páginas de algunos libros, como separadores, pagarés olvidados como adrede, incobrables, vencidos cinco, quince años atrás...)
Hay otra versión, algo picante: Se dice que en su primera juventud, el tío Murrieta, que era grandote y sanote como buen ranchero, pero que evitaba tanto las juergas como a las muchachas, quienes siempre traen broncas a esa edad (a cualquier edad), y vivía célibe y guapote en una recámara alquilada, como monje, impresionó a una viuda más o menos acaudalada.
Que acaso aquello de llamarle “mamá” a la tía Casilda, vino de sus tratos con la tal viuda, que tendría en esa época la misma edad de su madre ausente. Que fueron años de amores tranquilos y secretos dentro de una casona sin testigos. Que, a su muerte, la lloró como mujer y como madre.
Resultaría obvio —una especie de moraleja de talk-show televisivo sobre los desajustes matrimoniales— deducir que de su padre salteador, preso y salvajemente asesinado por los reos; de su madre desnaturalizada y fugitiva; de su abuelo que retomó el arte de la paternidad al borde de la tumba; de su experiencia de un chico con nervios frágiles a quien cualquier paisano podía quebrar con una sola palabra; del miedo íntimo de ver surgir en sí, contra su voluntad y sus más entrañables oraciones, el carácter del atroz abigeo Juan Murrieta; resultaría obvio deducir de todo aquello, digo, que nuestro tío eligió lo extremo: formar una familia exageradamente apacible, civilizada, dulzona.
Sabemos que fue feliz así. Fue feliz con la virtud, con la sensatez y la prudencia, con su vida siempre arropada entre su mujer y sus hijos. Su trabajo honorable y cortés hasta el prurito, casi hasta la parodia. He dicho ya que todos lloraron la muerte de mi tío Juan Murrieta “el Bueno” a lágrima viva. Y yo entre los primeros.
La otra circunstancia, terrible, la conoció todo Valles. Hace apenas diez años. A pesar de todas sus estrategias y de todos sus cuidados, uno de sus ocho hijos le salió indomable. Nadie dijo, porque no lo sabíamos, pero podemos decirlo ahora, que en Jacinto Murrieta resurgió la bestia del antiguo abigeo atroz. Cosa de cervezas, de bailes en la zona roja entre putas, rancheros y traileros, de ocasionales amigos malvivientes. Hubo una balacera, dos cadáveres inexplicables, y Jacinto Murrieta apareció en la cárcel, enmudecido frente al Ministerio Público, cargado con todos los delitos.
Me imagino al tío en su visita a la cárcel, un poco irreal, sin saber a ciencia cierta si visitaba a su hijo o a su padre. A un Murrieta, en todo caso. (Se había negado a imponerle el Juan a alguno de sus hijos: ¡que ya no hubiera nunca otro Juan Murrieta!; pero el exorcismo, al parecer, no surtió efecto. Quedaban la sangre y el apellido.)
La vieja cárcel de Valles era un jacalón nauseabundo, sin muebles. Se amontonaban los reos, casi todos paupérrimos, entre harapos e inmundicias. Se bañarían a cubetazos, cuando mucho, una vez al mes. Casi no se les daba de comer, confiando en que sus familiares les llevaran algún alimento todos los días, que les entregaban a través de las rejas. La acera de la cárcel siempre estaba llena de mujeres patibularias, enrebozadas, en fila, con sus envoltorios de tortillas y sus ollitas de sopa aguada con famélicas patitas de pollo y frijoles.
Los presos se las ingeniaban, de cualquier manera, para conseguir aguardiente todo el tiempo, y al ir a visitar a alguno, el familiar se encontraba a una turba de ebrios, crudos o dormidos, todos piojosos y cosidos de cicatrices, entre los que finalmente aparecía el indicado, a quien los demás llamaban a gritos, entre albures y zalamerías, con la esperanza de compartir los obsequios o el dinero que dejara la visita.
Acaso alguna vez, muy niño, quizá en brazos maternos, el tío Murrieta fue a visitar a su padre. Tal vez fue así como conoció la cárcel antes de aprender a hablar. Así, idéntica, la encontró al visitar a su hijo.
Sabemos que logró liberar a Jacinto Murrieta. Debió costarle una fortuna. Se arreglaron los papeles de tal modo que los cargos se desvanecieron; y no hubo indicios, pruebas, testigos ni acusaciones de nada. Aquí en la Huasteca se puede hacer con la ley muchos prodigios.
Jacinto salió de la cárcel en la oscuridad de la noche. Se habrá encerrado con su padre toda la madrugada en la vieja casona del abuelo, del profesor. Habrán recordado al terrible abigeo Juan Murrieta, de quien acaso Jacinto no tenía, como tampoco la teníamos nosotros, noticia alguna. Habrán concluido que llevaban el lobo en la sangre.
Jacinto estuvo encerrado en su casa unos días y, también en la oscuridad de la noche, partió a los Estados Unidos. Muchos años después lo visité de pasada en un pueblito de Texas. Era trailero. Se había convertido a no sé qué secta evangélica, y estaba casado con una gringa gorda, rubia y pecosa que le había dado cuatro niños chulísimos: ninguno se llamaba Juan, ni tenía nombre en castellano, sino Dick, John, Marvin y Louis. Se veía feliz y escarmentado. Presumía de bíblico, de vegetariano y de antialcohólico.
Pero la sangre llama, lo reconozco ahora. Jacinto no pudo asistir al velorio de su padre porque hubo otra inesperada noche de cervezas, de baile en algún night club entre putas, peones y traileros, de cadáveres inexplicables; y amaneció en una cárcel de Texas, enmudecido frente a los sheriffs, cargado con todos los delitos. Ahí espera para junio de este año, por fin, la pena de muerte que, para su mayor tormento, diversas asociaciones humanitarias han pospuesto una y otra vez.
El resto de los hijos de Juan Murrieta “el Bueno” viven felices y sin novedad en Valles. Lo mismo el montón de primos, sobrinos y parientes políticos: los Chávez, los Ayala, los Herrera, los Meneses, etcétera. Olvidaba decir que el día que Jacinto partió a los Estados Unidos, el tío Murrieta hizo un pequeño cambio de decoración en la sala de su casa.
Antes, presidía el muro principal la gran foto de bodas de Juan y Casilda, rodeada por las caritas sonrientes de todos los hijos, cuando eran bebés, a manera de guirnalda: todas producidas en el estudio de “Job, el fotógrafo de los niños”, de la Calle Independencia. El tío incorporó dos nuevas fotografías, grandes. La de Jacinto, a quien no volvería a ver, sonriente, galanazo, con sombrero norteño y camisa a cuadros, como vaquero, tomada en algún palenque.
Y la ampliación de otra, melancólica, sepia, escondida durante medio siglo, del sanguinario abigeo Juan Murrieta, también de sombrero norteño pero con camisa parda, casi militar, fumando un puro, con ojos vidriosos; menos galán que retador: hasta parece la foto de un villista, como las que vemos con asombro en los libros de Historia Patria.
Aquellos villistas que miraban fijo a la cámara, sin parpadear, sin que se les rompiera la larga ceniza del puro, cuando esperaban la orden del pelotón de fusilamiento. Esos villistas padecían una muerte más misericordiosa que la brutal y eterna agonía del hombre de honra y pro, como se decía en otros tiempos: del excelente ciudadano, padre y marido, del hombre a carta cabal que fue mi tío Juan Murrieta, a quien Dios tenga en su gloria.
A la tía Casilda no le gusta hablar, ni siquiera con parientes, de la desventura de su hijo Jacinto. Pero habla mucho de él a solas, es decir: con Dios, en el altar lleno de veladoras que tiene en su recámara.
Sobre una mesita se acumulan estampas de la Virgen y de los santos, en portarretratos de plata. Asimismo enmarcada en plata, se puede distinguir una foto postal de su marido, ya anciano, de traje y con libro, pero recio y bondadoso, como un héroe civil y de bronce. O un pequeño santo familiar, doméstico, de aquellos que los declamadores y los oradores llamaban penates.
Cada hogar con sus penates; que no petates, como desvaría en las emisiones radiofónicas de “Poemas del corazón” el laureado “Declamador de Valles”, durante sus inevitables recitaciones dominicales dizque de Díaz Mirón —digo dizque porque a cada rato descubre “nuevos”, “inéditos”, “desconocidos” poemas de Díaz Mirón, que luego resultan los más populares de Nervo, de Chocano y hasta de Barba Jacob— con que lleva décadas fastidiándonos. Es toda una calamidad regional. ¡Eviten, si pueden, la radio de Valles los domingos en la noche! ¿Qué es eso de que “El príncipe Enéas huyó de la flamígera Troya a fundar la marmórea Roma, cargando sobre la espalda sus más íntimos petates”? ¿Creen ustedes que Díaz Mirón se haya atrevido a escribir semejante cosa?
También, como los santos y las vírgenes, el tío Murrieta disfruta de una veladora en el altar de tía Casilda. Otro intercesor, o el mejor intercesor, ante los tribunales del Eterno. Pues Dios sabrá en su Providencia por qué castiga a algunas de sus criaturas con esa levantisca sangre de lobo, siempre tan desdichada y más en la Huasteca.
Y como dicen en Tampico, cuando cantan (así se llama, de veras, no exagero: encontrarán el título tal cual en el libro de don Vicente T. Mendoza) el Corrido de la Catástrofe Ciclónica:
“Esta historia he terminado,
me despido con afán;
si en algo estuviera errado,
las faltas perdonarán”.