martes, 6 de octubre de 2009

WALTER BENJAMIN


BENJAMIN: CHARLAS PARA NIÑOS

Por José Joaquín Blanco

Con el aburrido y algo tonto título de El Berlín demónico se ha publicado en español (Icaria) una recopilación de las charlas radiofonicas para niños que escribió y dijo Walter Benjamin entre 1929 y 1932; en alemán llevaba un título mejor: explicaciones o charlas para niños.
No se proponía Benjamin revolucionar la radio, sino ganar un poco de dinero en años difíciles. Al parecer, algunas de estas charlas, total o parcialmente, ni siquiera fueron "escritas" por él, sino rápidamente dictadas a una mecanógrafa; varias de ellas, sin embargo, manifiestan un cuidadoso trabajo de preparación: investigación, revisión, reflexión, estrategia.
Walter Benjamin (1892-1940) no es un pedagogo moderno. No se propone ejemplificar ni facilitar la cultura para el público infantil. Se dirige a niños como él lo había sido: vestidos de adultos, forzados a estudiar duro, presionados constantemente en su preparación intelectual. Esto permite que los textos "infantiles" de Benjamin sean plenamente disfrutables por el lector adulto de hoy, y poco asimilables por los niñotes cabezadetabla de las escuelas "activas" que no saben dónde está Roma ni operaciones aritméticas de cierta complejidad.
El verdadero aspecto infantil de estos textos de radio está en la libertad con que se mueve Benjamin frente a ese público. Se advierte que le gusta dar conferencias para niños, con quienes puede bromear o seguir caminos curiosos y obsesivos, mejor que con los universitarios. (Por lo demás, a Benjamin se le negó repetidamente la oportunidad de dar clases en las universidades.)
Su estilo se vuelve en ocasiones un tanto más jovial, travieso y ocurrente que en el periodismo escrito que le conocemos. La infancia como libertad cultural siempre le atrajo; tiene un libro sobre la infancia en Berlín a principios de siglo, y son múltiples las referencias a esa especie de seriedad bienhumorada en la travesura y la obsesión que él veía en la mente de los niños.
Buena parte de su vida tuvo una obsesión: un libro que nunca escribió, pero sobre el que dejó abundantes fragmentos: un estudio de los pasajes comerciales de París en el siglo XIX y, a partir de ellos, de la cultura y la vida moderna en las ciudades.
Benjamin soñaba en esos paisajes en los que quiso situar a Baudelaire: esas ciudades casi subterráneas, almacenes de múltiples ofertas, con sus aparadores inagotables, sus trucos de hierro, cristal y mampostería que permitían ilusiones urbanas inéditas, etcétera.
Este sueño tuvo un reflejo también en los programas radiofónicos sobre las grandes jugueterías de Berlín: esa gula, esa codicia, ese sueño de Midas de los niños: el inventario, la revisión de todos los juguetes posibles, sus modas, sus inovaciones y diferencias, narrados con una conmovida nostalgia de su propia voracidad infantil, pero ¡voracidad de conocimiento! Los juguetes como fuente de asombro y de información, como ideas lustrosas y mágicas. Dice:
"Y ahora dejad de escuchar por un momento; lo que voy a decir ahora no es para niños. La próxima vez os acabaré de contar este paseo. Pero mucho me temo que entre tanto lluevan cartas diciendo más o menos esto: '¿Qué, se ha vuelto usted loco?'. Piense que los niños ya dan bastante lata de la mañana a la noche, todo el santo día, sin necesidad de que usted les meta en la cabeza esas cosas y les hable de cientos de juguetes de los que hasta ahora, gracias a Dios, no sabían nada, y que ahora querrán tener, y encima incluso de cosas que ni siquiera existen'. ¿Qué puedo responder a esto? No me costaría nada ponerme las cosas fáciles y pediros que no digáis ni una palabra de este asunto, que nadie note nada, y así podemos seguir tranquilamente dentro de una semana. Pero esto sería una bajeza. Así que no me queda otro remedio que decir sin más lo que realmente pienso: cuanto más entienda alguien de una cosa, cuanto más al corriente esté de la cantidad de cosas hermosas que hay de una determinada categoría --sean flores, libros, prendas de vestir o juguetes--, tanto más podrá complacerse en el conocimiento y la observación de esas cosas, y tanto menos se empeñará en poseerlas o hacérselas regalar. Aquellos de vosotros que, aunque no debíais, me habéis escuchado hasta el final, tenéis que explicarles esto a vuestros padres".
La imagen que en este párrafo da Benjamin de la infancia --seria, ceremoniosa, leal, más razonable e inteligente que la edad adulta, capaz de este tipo elegante de humor-- campea en todos los programas de radio. Se atreve a hablar con los niños de cualquier cosa, aun de los personajes altamente peligrosos de Hoffmann --pues resulta que sí existen, y nada más hay que salir a la calle con los ojos bien abiertos--, del contrabando del alcohol en los Estados Unidos, del terremoto de Lisboa, de Cagliostro y Caspar Hauser, de los bandoleros de la vieja Alemania (que desde luego eran muy simpáticos), de los fraudes en la filatelia, de la inquietante, subversiva manera desordenadísima de vivir de los napolitanos (hecha de otro modo, como otro laberinto, Nápoles se vuelve una ciudad de las Mil y una noches), de ese emocionante edificio llamado la Bastilla (precisamente como prisión), de un ideal de la infancia sujeto a persecución por todas las naciones adultas, los gitanos; de las casas de vecindad, de la vida de los niños en Berlín, del teatro de marionetas, y de la vida y la destrucción de Herculano y Pompeya.
No sólo instruyó Walter Benjamin a los niños con estas charlas; los ayudó también a crearse sus sueños. A final de cuentas, ¿no son acaso los propios libros otros tantos juguetes que ayudan al conocimiento y a la observación de las cosas? Así los hace imaginarse Nápoles. "Bueno, pues os he explicado unas cuantas cosas acerca de la vida cotidiana y de los días festivos en Nápoles, y lo más curioso es que ambas cosas se dan ahí la mano, que en los días de cada día las calles tienen siempre algo de festivo, llenas como están de músicos callejeros y gente ociosa sobre los cuales ondean como banderolas las coladas puestas a secar; y que los domingos tienen también algo de día laborable, pues todos los pequeños tenderos pueden tener sus tiendas abiertas hasta la noche. Para conocer a fondo la ciudad, seguramente haría falta convertirse por un año en cartero napolitano. Así conocería uno los cuchitriles, buhardillas, patios traseros y escondrijos que en muchas otras ciudades juntas. Pero ni siquiera un cartero podría llegar a conocer del todo Nápoles. Viven allí muchos miles de personas que no reciben ni una sola carta en un año y que, por no tener, no tienen ni casa. Es grande la miseria en la ciudad y en sus alrededores. De allí proceden la mayoría de los inmigrantes italianos. Millares de ellos pasajeros de cubierta en algún vapor de los que van a las Américas, han echado ya la última mirada a su ciudad natal, que en la despedida se les muestra una vez más tan bella como sus escalinatas inacabables, sus patios encadenados, las iglesias que desaparecen en el mar de casas. Con esta visión abandonaremos también nosotros la ciudad".
Ahora bien: en vida siempre se le reprochó a Walter Benjamin que no hiciera "obra" --el tratado sistemático y académico, la Novela, los grandes ensayos y reportajes fundamentales, los poemas, la siempre deseada traducción de Proust, los artículos peinaditos y uniformados--: que se desperdiciara en tanta pedacería. Quizás, agobiado por la desdicha, por la desazón, Benjamin llegó a pensar lo mismo. Y por el contrario, estaba realizando una de las obras más formidables del siglo, precisamente a partir de géneros laterales y métodos insospechados: los fragmentos, los apuntes, los ensayos libérrimos, las mezclas intrépidas de sociología y artes; ahora lo vemos también narrando inmejorablemente, cuando parecía meramente chambear frente a una mala mecanógrafa para ir sobreviviendo a la crisis.
Al parecer, existen todavía más programas de radio de este tipo escritos por Benjamin, que no alcanzaron a integrar la edición alemana en que se basa la española. El autor de "Una infancia berlinesa hacia 1900" (Berliner Kindkeit um Neunzenhundert) vio en los niños unos lectores-granuja, serios y traviesos, capaces de asumir todo tipo de información y de no dejarse intimidar por los eruditos asnales que lo echan todo a perder, como aquéllos teólogos, que de puro cansados de sus propios conocimientos teológicos, se pusieron a quemar a las brujas.
Esto es del Walter Benjamin más inspirado: "El disparate y el absurdo ya son bastante malos por sí mismos, pero cuando se los quiere aplicar con rigor y consecuencia resultan realmente peligrosos. Así sucedió con la creencia en las brujas, y por ello la intransigencia de los sabios fue causa de males mucho mayores que la superstición. De los científicos y de los filósofos ya hemos hablado. Y ahora les toca a los peores: a los juristas", etcétera.