miércoles, 1 de abril de 2009

LUIS GONZÁLEZ Y GONZÁLEZ: NACIDOS PARA TRIUNFAR

LUIS GONZÁLEZ Y GONZÁLEZ: NACIDOS PARA TRIUNFAR
Por José Joaquín Blanco



Parecen referirse a nuestros días algunas de las observaciones que Luis González hace del México de finales del siglo XVIII y la primera mitad del XIX: "A periodos de fe en las riquezas efectivas y potenciales del país, en la aptitud física o intelectual de sus hombres y en su ejército, suceden etapas de melancolía, de una profunda sensación de inferioridad étnica y geográfica, sentir contra el que se reacciona enseguida para caer otra vez en actitudes de engreimiento y sobrestimación... Las etapas de nacionalismo ufano suelen darse en épocas de bonanza económica, innovaciones culturales y concordia social, y generalmente concluyen en sacudimientos contra cualquier dependencia, en luchas emancipadoras. Las etapas de depresión nacen en horas de crisis, esterilidad y desasosiego y pueden concluir en peligrosos entreguismos."

Recopilado, como otros ensayos dispersos, en el volumen Todo es historia (Cal y Arena), "El optimismo inspirador de la independencia" estudia un factor siempre pasado por alto en las investigaciones históricas, sobre todo en las dadas a la superstición cientificista: lo que se da en llamar factores difusos o subterráneos, "el espíritu del tiempo", la psicología de la historia, que en muchos casos resulta no sólo pertinente sino aun indispensable. Es necesario aceptar a veces que grandes o importantes hechos surgieron sin la finalidad que ulteriormente les han asignado las generaciones posteriores, y con otro tipo de matices y características.

La arrogancia criolla: he ahí, en gran medida, el origen de nuestra nacionalidad y de varios desastres, del 16 de septiembre y de la derrota ante los Estados Unidos, de muchas constituciones y de todavía más abundantes golpes de estado, hasta que vino la generación de la Reforma a desplazar a los criollos como Casta Elegida.

Aunque la arrogancia criolla se remonta al siglo XVI (las pretensiones franciscanas de lograr en las Indias una iglesia mejor que la europea, la infatuación criolla de la riqueza y de la fertilidad americanas) y produce en el siglo XVII, como lo documenta Francisco de la Maza en El guadalupanismo mexicano, algunos de los títulos más fanfarrones concebibles, entre los profetas criollos que ya ven a su patria desplazando a Roma y a Jerusalén como capital religiosa del mundo, y a España y demás países europeos como potencia imperial, es en el XVIII cuando expresa su energía más convencida y espontánea.

A esta sobrestimación nacionalista se deben, en parte, defensas encendidas admirables como la de Clavijero, o las bibliográficas de Eguiara y Eguren y Beristáin y Souza, pero también supersticiones como la de que México era un cuerno inagotable de abundancia --quizás complementarias del auge minero borbónico, pero no del panorama general del país-- que probablemente los vanagloriosos novohispanos contagiaron a Humboldt, y no al revés, como se había venido diciendo.

González nos documenta que nunca, como a fines del siglo XVIII, en vísperas de la independencia, se gritó más sonoramente el desplante de "¡Como México no hay dos!", y con resultados más catastróficos: los arrogantes criollos sacaron al país a la moderna palestra mundial, creyendo que todo sería un desfile y que ningún carro alegórico recibiría más vítores que el suyo, y lo hicieron enfrentarse a guerras internacionales, al comercio y a la tecnología adversos del capitalismo vigoroso, y a sus propios intereses y disenciones internos, que lo desgarraron con no menor violencia que las adversidades extranjeras.

Terrible consejera es la arrogancia, tanto la de la infatuación del dinero y del poder (hace apenas diez años, estábamos "administrando la abundancia" petrolera del San Jacinto lopezportillista), como la otra, no menor, de la ideología, el berrinche y la mística: el voluntarismo político que, cegado frente a la realidad, erigido en vanidoso mesías de tambores fanáticos, termina por funcionar como inmejorable aliado de sus propios enemigos.

Los padres de la independencia soñaban sueños de oro: "Sin embargo, no se quiere demostrar que el engreimiento haya sido el factor determinante de las guerras de independencia. La lectura de muchas páginas conduce simplemente a creer que la élite de la sociedad novohispana dieciochesca, sin su fe, caliente e ilusa, en las riquezas del subsuelo patrio, en la inteligencia y buena disposición de sus compatriotas, en las costumbres de su pueblo, en el vigor del brazo militar y en el auxilio manifiesto de la providencia divina, factores todos que aseguraban una próspera vida independiente..., la separación de España no habría sucedido ni del modo ni en el tiempo de todos conocidos".

Los ilustrados mexicanos consideraban a su patria:

"Admiración del universo",

"Primera potencia del mundo",

"El mejor país de todos cuantos circunda el sol",

"El más dilatado y fecundo de todos los países del globo",

"Perla de la corona española",

"Niña bonita de España",

"Blanco a quien dirigen sus tiros las naciones extranjeras",

"México, a sus frutos propios como la grana y la vainilla, reune las producciones de todo el mundo, hasta el te, idéntico al de China" (Fray Servando).

"Opulento reino, rico país",

"Ricos, dilatados y fértiles dominios",

"El país más opulento del mundo"

Podrían añadirse ejemplos de sor Juana ("Pues yo, señora, nací/ en la América abundante,/ compatriota del oro,/ paisana de los metales;/ adonde el común sustento/ se da casi tan de balde,/ que en ninguna parte más/ se ostenta la tierra madre"), de Sigüenza y de docenas de poetas novohispanos, resumidos todos en las tres más optimistas, compendiosas y emblemáticas líneas patrióticas --heráldica triunfal-- de nuestra literatura. Así resume México Bernardo de Balbuena:

Es todo un feliz parto de fortuna
y sus armas un águila engrifada
sobre las anchas hojas de una tuna.

En otro ensayo de Todo es historia, Luis González parece sugerir que un gran pecado de la historiografía mexicana ha sido el desdén de la dimensión de la pobreza mexicana, que es desde luego asunto de desigualdad e injusticia, pero también de pobreza real, de pobreza a secas. (En su opinión, Cosío Villegas fue el primero en demostrar en que el territorio no era, para nada, ningún cuerno de la abundancia.)

Y en efecto, buena parte de nuestros más emprendedores cálculos políticos, desde los ilustrados independentistas, cuentan en su contra el defecto común de haber supuesto que disponían de un capital material, humano y espiritual (religioso o ideológico) infinitamente superior al real, y con esos cálculos exorbitantes desde luego que no hay modo de evitar ninguna catástrofe.

Debe recordarse que a principios de la guerra con los Estados Unidos abundaban los criollos ilustrados y poderosos que festinaban la victoria mexicana como algo inmediato y facilísimo; así López Portillo iba a vencer a las usurarias finanzas internacionales: en un dos por tres.

La superstición mexicana en las riquezas totales (la plata, el petróleo), y en esas otras riquezas no menos volátiles e impresionantes: el apoyo total y personal de entidades celestiales (la Virgen de Guadalupe), del genio de los caudillos (sobre todo si son presidentes) o de la irrupción liberadora de las masas (de Monte de las Cruces a la manifestación de hoy), no son fibras menores en el tejido nervioso de nuestra historia.

Y estas arrogancias van unidas, desde luego, como Quetzalcóatl a Tezcatlipoca --y que diga Moctezuma cuál fue más funesto--, como Cosme a Damián --y hay que preguntarle lo mismo a Abad y Queipo--, a la furia autodenigratoria: al "Como México no hay dos... afortunadamente; nada tiene remedio; ¡qué país! ¡mexicano tenía que ser!; No somos nada; Pura mugre y corrupción; ¡Maximiliano, sálvanos! U.S. Army...; Pobre México: tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos; El lado erróneo de la frontera; Lo mejor de México es Veracruz, porque por ahí se sale" (atribuido nada menos que a Ignacio Ramírez).

Porque México conoce también los abismos vertiginosos del desprecio y del odio de sí mismo.

Nuestra tensión trágica: el tironeo neurótico de posturas tan extremadas.

Recordemos ahora las cuentas felices de los mexicanos antiguos, los criollos que se creían los reyes de todo el mundo: dice González: "Según la intelectualidad novohispana, México, 'la bolsa donde la Providencia derramó a manos llenas el oro, la plata, los ingenios, la fidelidad y la religión' ofrecía indicios de ser ahora la nación escogida (sobre todas las del mundo, para mandarlas y dirigirlas). Se veía claramente el favor de Dios en la imagen guadalupana, aparecida mediante milagro. En la Virgen de Guadalupe vio el criollo de la última centuria colonial la particular preferencia divina por México, el único país a donde se envió de embajadora a la madre de Jesucristo, el Dios-hombre".

La Virgen de Guadalupe compartió --comparte-- esta dualidad funesta, al cabo la guerrera Inmaculada del Apocalipsis: es la madre de quienes nada tienen y también de quienes tienen demasiado, o pretenden tenerlo.

Dijo el Cura Hidalgo: "Realizada la independencia, se desterrará la pobreza, se embarazará la extracción de dinero, se fomentarán las artes y la industria. Haremos uso libre de las riquísimas producciones de nuestro país, y a la vuelta de pocos años disfrutarán sus habitantes de todas las delicias de este vasto continente".

Cuando la euforia petrolera, Henry Kissinger exclamó: "Mexico is condemned to success!".

También estaba condenado al éxito, gracias a la Virgen, durante la independencia, según profecía de Morelos: México "espera, más que en sus propias fuerzas, en el poder de Dios e intercesión de su santísima madre, que en su prodigiosa imagen de Guadalupe, aparecida en las montañas del Tepeyac para nuestro consuelo y defensa, visiblemente nos protege".

También condenaron al éxito a nuestro país el progreso liberal, el libre mercado, el espíritu moderno laico, el orden republicano, el capitalismo de Estado, el Estado benefactor, el corporativismo postrevolucionario, el Tercer Mundo, el petróleo, la plata, el henequén, el turismo, la restauración capitalista mundial de los años ochenta... (1989).