jueves, 6 de noviembre de 2008

ENRIQUE FLORESCANO: LA NOVEDAD DEL PASADO

FLORESCANO: LA NOVEDAD DEL PASADO
Por José Joaquín Blanco

Ante esta nueva edición, considerablemente aumentada y revisada, de Memoria mexicana (Joaquín Mortiz, 1987; Fondo de Cultura Económica, 1994), la primera idea que asalta al lector es lo mucho que ha cambiado recientemente el pasado de México, y cómo el propio autor, Enrique Florescano, lo hace cambiar.
Cronista de las transformaciones de la historia y de la historiografía, y transformador él mismo del estudio y de la idea del pasado de México, nos ofrece ahora, para decirlo con el título de otro de sus libros, un "nuevo pasado mexicano": el prehispánico, el colonial, el insurgente, muy diferente al que conocíamos hasta hace poco.
Este libro desarrolla un esfuerzo historiográfico formidable, exhaustivo, para conocer, analizar, divulgar y asimilar los muchos conocimientos novedosos que diversos historiadores de varios países han conseguido en tiempos recientes: nuevas fuentes, nuevos datos, nuevas interpretaciones, nuevas teorías sobre la mitad de la historia mexicana, desde los olmecas a la Independencia. Con gran generosidad, y un dón verbal claro y ameno, que devuelve a la historia su misión de relatar y las virtudes del discurso literario, Florescano nos ofrece un libro de libros, que permite al lector mexicano introducirse por un camino metódico, con información plena, documentada y comentada, al cúmulo de novedades que han aportado historiadores de varias lenguas y países. Florescano concentra y explica esa especializada y dispersa Biblioteca de Babel en este ensayo.
Pienso, por ejemplo, en los nuevos hallazgos y búsquedas ocurridas en los campos de las culturas teotihuacana, maya y náhoa y de la mentalidad apocalíptica de los misioneros; en los diversos recursos con que los indios sobrevivieron a la dominación española y que, en situación de conquistados y oprimidos, les permitió elaborar formas de cultura y de resistencia: por ejemplo, sus diversos mitos mesiánicos y las varias formas sincréticas de historia y de defensa histórica, legal y cultural de sus tierras y derechos, como los Títulos primordiales. Y en los elementos que conformaron el patriotismo criollo.
Florescano facilita e introduce al lector mexicano a esta "nueva historia antigua" de México, de modo que ya no tendremos que esperar, como tantas veces ocurre, lustros o décadas, para que las monografías especializadas y escritas en otras lenguas se vayan aclimatando en la cultura mexicana. Este tipo de trabajo, que tanto entusiasmaba a Alfonso Reyes, y tan rara vez ejercido entre nosotros, ayuda al mismo tiempo a los especialistas y a los lectores, los aproxima, apresura y enriquece su encuentro.
Al mismo tiempo que divulga y comenta a sus colegas, en la mejor tradición humanista, y nos da una información al día sobre un campo tan diverso y difícil, Florescano escribe en Memoria mexicana uno de sus libros más apasionados, personales y creativos, sobre sus propias aventuras y sus propias obsesiones, sobre sus propias búsquedas y sus propios hallazgos. Es un libro de creación histórica --en el sentido moderno de creación de conocimientos y en el clásico de la historia como arte--, con aportaciones originales y sorprendentes. Para mencionar sólo algunas:
* Las diferentes formas de escribir o "registrar" la historia en las sociedades no-alfabéticas y no-librescas del México precortesiano, y la manera de "leerlas" --en los temas prehispánicos del libro, el lector encontrará una demostración práctica de la lectura e interpretación de tales monumentos: no nos explica sólo lo que dicen, sino paso a paso cómo leerlos (por ejemplo, su relato de los rituales en la Pirámide de Cerros, o de los trazos del sol sobre las representaciones de Pacal, su esposa y su heredero en Palenque).
* Las pesquisas en torno a El mito de Quetzalcóatl --como llamó a ese otro libro suyo que nació y creció de éste--, y que llevaron al detective Florescano a identificar a la célebre Serpiente Emplumada con Hun Nal Ye, el primigenio dios del maíz.
* Los procesos de formación, sucesión, registro y propaganda del poder político entre los mayas, que comprometen la arquitectura, la astronomía y de hecho la cultura y la historia toda de esos pueblos. También, a veces, la falsificación histórica producida por los propios poderosos o pueblos triunfantes, sobre sus adversarios: la justificación de cierta dudosa transmisión dinástica, la legitimación del mando de un pueblo sobre otros.
* Los esfuerzos de interpretación del pensamiento mítico, que desde la perspectiva del pensamiento racional moderno parecería proferir solamente fábulas oscuras y mensajes contradictorios o impenetrables; Florescano rastrea esas mitologías y descubre y aclara varias de sus aplicaciones, como en los pasajes del Popol vuh y en los episodios dinásticos de la familia de Pacal.
* La probable falsificación de la historia azteca por los aztecas mismos, en su prefabricado mito de la peregrinación desde Chicomostoc y Aztlán hasta el islote de Tenochtitlan, a fin de hacer desaparecer de la memoria histórica a sus rivales y antecesores del Valle de México, y suplantarlos con un mito que los erige como predestinados al poder total y a la misión absoluta, tanto en el sentido terreno como en el cósmico.
* La cultura viva de los indios que sí sobrevivieron y que sí pudieron defenderse, con recursos místicos, sincréticos, mesiánicos, durante la dominación española y que se manifestaron en las guerras de Independencia.
Hace ya más de una década, en su ensayo para la serie La clase obrera en la historia de México, Florescano se apartaba de la tradición mexicana de subir por los cielos a los indios prehispánicos y de marginar al limbo más silencioso a los indios novohispanos; ahí abogaba por la cultura de los indios post-cortesianos, y su hazaña de sobrevivir primero en un apocalipsis o "tiempo loco", y luego en el adverso mundo de los conquistadores. En Memoria mexicana encontramos una visión muy crítica, desmitificadora en muchas instancias, de los indios precortesianos: se nos habla, por ejemplo, de su universo sagrado cíclico, cerrado, lleno, y fijo; del abrumador, sofocante poder de sus dirigentes, y de cómo muchas de sus estelas, piedras, pirámides y códices que tanto admiramos, en realidad contienen mensajes escandalosos de opresión política y social, que acaso admiraríamos menos si comprendiéramos mejor sus significados terrenos. Suponemos mucha poesía, muchos astros, mucha belleza límpida y etérea en sus monumentos de poder y opresión políticos.
Al mismo tiempo, Florescano nos ofrece una revaloración cultural de los indios post-cortesianos, como la formación de una poderosa imaginación mítica, mesiánica, de la que la Virgen de Guadalupe constituye sólo la más formidable de sus múltiples manifestaciones; y de las diversas luchas por apropiarse en su defensa de la religión, la legalidad, la escritura, las imágenes y demás formas de la cultura dominadora.
Estas luchas culturales de los indios en situación de conquistados, por sobrevivir y defender sus derechos colectivos, poco apreciadas apenas hace unos lustros, se definen y enriquecen cada vez más, y se van perfilando como algunos de los hechos principales --más importantes aun que muchos aspectos de la tan rutinariamente celebrada suntuosidad decorativa criolla-- de la cultura colonial. Cómo conservan su modo de vida, cómo crean recursos, cómo se adaptan a situaciones hostiles, según vemos en los Títulos primordiales, esos curiosos alegatos-escrituras que se proponen satisfacer los requerimientos legales españoles, e incluso los históricos y religiosos, a fin de defender las tierras y los derechos de algunos pueblos indígenas, y que a su vez constituyen una visión histórica y mítica de esos mismos pueblos, y una forma sincrética de imaginar y expresar presente y pasado, mito e historia. Hasta hace poco eran vistos como papeles ingenuos, "falsos" (en el sentido de que su estricta legalidad española podía cuestionarse), ignorantes o ridículos.
En Memoria mexicana todo puede ser documento histórico legible: lo mismo las esculturas y las pirámides, que los cantos, los mitos, el calendario, las utopías, los alegatos, los utensilios, los rituales, los juegos y danzas. Todo habla: todo puede ser escuchado. Y muchas veces los objetos y voces más diversos siguen una secuencia clara, como se rastrea, por ejemplo, en estelas y piezas de cerámica, los capítulos conocidos y los perdidos del Popol Vuh. O toda la teogonía del Dios del Maíz que persigue Florescano desde Hun Nal Ye hasta Quetzalcóatl.
Algunas voces modestas adquieren grandes significados, como ciertos mitos de santos redentores en perdidos y remotos pueblitos de la Nueva España, que se consideraban meras curiosidades de santería de indios, y ahora resultan una tradición cultural y política poderosa. Y al contrario, algunos discursos egregios que se tenían por sublimes e impecables en todo sentido --la arquitectura y la escultura mayas, por ejemplo-- revelan bastante terrenales y terroríficas imposiciones de poder de ciertos grupos o pueblos sobre otros.
Así, por ejemplo, una pieza escultórica olmeca que se tenía por un altar inofensivo, y que parecía una mesa bajo la que se sentaba plácidamente una figura, el Altar 4 de La Venta, resulta en realidad la más exorbitante apoteosis de un superhombre --aquí el superhombre además es rey, y un rey de ascendencia divina, solar-- que conozca cualquier cultura: "El sentido de esta escultura, dice Florescano, es que el personaje está en contacto con las fuerzas tremendas del inframundo, tiene la protección de los ancestros y es un manipulador de las potencias que mantienen el equilibrio del cosmos". Ese rey era todo y todos. La conmemoración y escarmiento que los reyes zapotecas, en una galería de Monte Albán, mandaron hacer en más de 300 estelas de los cautivos sacrificados, es digna de la más estricta antología del terror político. En el mismo sentido, se descifran los monumentos mayas de Palenque (Pacal y Chan-Bahlum) y de Chichén Itzá.
Florescano dijo alguna vez que le gustaría leer el cielo como un sacerdote prehispánico; en Memoria mexicana se ve tal fascinación, pero también cierto terror ante esa cultura tan sofocantemente ordenada, fija, regida por ciclos y leyes inmutables, totalmente dispuesta para el ejercicio del poder de los grupos gobernantes.
Memoria mexicana es en muchos sentidos un canto al pasado de México, pero también en diversos momentos resuena en estas páginas el estremeciento de su historia tremenda; es asombroso, casi inverosímil, el afán mesiánico de los misioneros, por ejemplo, pero también aterrador y trágico su proyecto de catequización apocalíptica, de crear una Iglesia mexicana en todo el mapa y con todos los indios, sólo para alcanzar el fin del mundo. La armonía de Huejotzingo nos habla también de un delirio aterrador.
Tal vez, en el panorama que pinta Florescano del México criollo, destaque con especial vehemencia Francisco Xavier Clavijero: "su Historia, dice, vino a ser la primera integración sistemática y moderna del pasado mexicano en un solo libro: la primera imagen luminosa de un pasado borroso y hasta entonces inaprensible. En segundo lugar, porque al emprender la defensa de ese pasado demonizado, Clavijero dio el paso más difícil en el complejo proceso que por más de dos siglos perturbó a los criollos para fundar su identidad: asumió ese pasado como propio, como raíz y parte sustancial de su patria. A partir de esa conversión de lo hasta entonces extraño en propio, Clavijero pudo ofrecer su reconstrucción del pasado indígena como una herencia orgullosa de los criollos, sin conectarlo con la situación degradada de los supervivientes indígenas".
Enrique Florescano sigue en Memoria mexicana el camino que admira en Clavijero. Es un libro de luz, de razón, de análisis, de acumulación y revisión de datos y teorías: hace la luz sobre el pasado y sobre el estudio del pasado, sobre los mitos y sus relaciones con la realidad, sobre historia y sobre historiografía, con un afán de "integración sistemática" de lo "borroso y hasta entonces inaprensible".
Es también un libro de amor y de recuperación de una herencia histórica, pero ya no a partir de la necesidad criolla de expropiar el pasado indígena, sino de la necesidad del historiador y del ciudadano moderno de México de pasar por una criba feroz tantos mitos, especialmente los que ha hecho nuestra cultura ilustrada y liberal. Y atrevernos a descubrir, descifrar y acercarnos al pasado con el mayor rigor científico y analítico, aun cuando ocurra --y aquí ocurre-- que la reconstrucción nueva del pasado mexicano abandone leyendas idealistas o esteticistas, y nos entregue mensajes de una feroz cultura sagrada y de una concentración abrumadora del poder político, como se dio en las culturas prehispánicas; o bien una contradictoria corriente de liberación indígena con frecuencia empapada de sangre y azotada por una violencia suicida de autosacrificio, a través de los más variados y oscuros caminos míticos, como la que subyace y nutre al movimiento insurgente, que nos hemos acostumbrado a ver sobre todo como una épica criolla modernizante, a la manera de la Revolución Francesa o de la Independencia de los Estados Unidos, y que aquí descubrimos imbuida de la callada cultura de redentores e iluminados, de esperanzas apocalípticas y mitos de autosacrificio y redención, propia de los indios de la Nueva España, que conformaban la muchedumbre de Hidalgo, y alcanzaron la mente de los líderes e historiadores de la insurgencia. Es decir, la lucha de Clavijero por la verdad contra los mitos, aunque me temo que al buen Clavijero no le gustaría del todo la desmitificación que Florescano hace de sus amadísimos aztecas.
Recuperación del pasado, sistematización, difusión y crítica de la nueva historiografía; reconstrucción (en algunos casos contra-reconstrucción) de los momentos esenciales de la historia mexicana, y afán de crítica y de luz intelectual, definen este libro ameno y emocionante que, además, le devuelve a la historia los privilegios de la pasión y del arte literario.
Es mucha la nueva historia que descubre o crea, más la falsa historia que nos ayuda a desaprender: todo ello en un discurso vital, tan inteligente como enérgico y entusiasta.

*

Etnia, Estado y nación contiene tales implicaciones importantes en los terrenos de la historia y de la polémica ideológica y política contemporáneas, que se creería poco oportuno gastar el tiempo de un comentario en elogios al autor. Pero deben destacarse la productividad, la calidad y la fuerza de las obras de Florescano en la últimos años: El nuevo pasado mexicano, El mito de Quetzalcóatl, Memoria mexicana, La historia y el historiador, el que hoy nos ocupa, y el que ya está por salir sobre los símbolos patrios, entre otros. Ha tenido, como autor, una década magnífica.
En Etnia, Estado y nación, escrito al fragor del conflicto chiapaneco, Florescano recorre la historia de México desde los más antiguos documentos prehispánicos hasta el porfiriato, a partir de una novedosa línea conductora de gran actualidad: cómo esos tres conceptos, que debieran ser complementarios, se han dado en nuestro país como enemigos beligerantes, y han causado enormes tragedias sangrientas.
Frente a un pasado prehispánico que creíamos organizado y domesticado en el sistema ideológico liberal y priísta que se observa, por ejemplo, tanto en los libros de texto como en nuestros museos, Florescano descubre y enfatiza una pluralidad beligerante y sangrienta. Subvierte nuestra buena conciencia de herederos o usufructurarios de cierta idílica historia precolombina al destruir algunas bienpensantes ideologías, como el mito de las “teocracias” y de las civilizaciones pacíficas, poéticas, dedicadas al puro culto de los astros y al encomio de la naturaleza, como se pensaba que habían sido las ciudades mayas y Teotihuacán.
Descubre un pasado indígena prehispánico intolerante, de etnias en guerras despiadadas, sacrificios humanos incluso donde se les había negado; y culturas encaminadas a la glorificación del poder, de los grupos gobernantes y de la guerra. También, y ése es otro de los asombros de su libro, señala los mitos y las tradiciones colectivas indígenas verdaderamente profundas, que advierte sobrevivientes en el período colonial e incluso en el México moderno. Mucho más sobrevivientes de lo que pensábamos.
Este libro cambia también nuestra visión del pasado colonial en relación con el trato con los indios. No resta importancia a la destrucción por guerras, explotación cruel y epidemias que operaron la conquista y la colonización entre la población indígena. Pero nos revela una Nueva España donde los indios sobrevivientes eran más importantes en la política y en la vida social de lo que estábamos acostumbrados a reconocer. Encuentra, sobre todo en ciertos cacicazgos y en las Repúblicas de Indios, en algunas comunidades tenaces, a un protagonista político de importancia, que peleaba con eficacia y constancia por sus derechos, y en muchas ocasiones lograba victorias legales y prácticas. Hubo en la Nueva España mayor reconocimiento a las identidades y derechos indígenas de lo que estábamos preparados para admitir, al grado de que algunos historiadores revisionistas sienten nostalgia por el orden colonial (al menos, antes de los Borbones), en el trato a los indios, sobre todo cuando lo confrontan con el orden más intolerante del México Independiente y liberal.
Para el mexicano contemporáneo, occidentalizado, secularizado, liberalizado, que ha crecido en la admiración al liberalismo y a la Constitución, resulta particularmente dolorosa la impugnación, siempre austera y despojada de comentarios personales, atenida al discurso histórico más riguroso, que hace Florescano de nuestra cultura liberal en relación con los indios. Siempre se rumoró que los liberales no querían mucho a los indios, incluso cuando eran indios ellos mismos, o mestizos muy cercanos a la raíz indígena, como Juárez, Ramírez, Altamirano y Díaz. Pero era una página prohibida tanto en la historia oficial como en la historia de izquierda; se consideraba casi reaccionaria.
La exclusión que el proyecto liberal hizo del indígena, el despojo de sus tierras, tradiciones y formas de gobierno en aras de una utopía democrática modernizadora; su conversión en “ceros sociales” y políticos frente al proyecto homogeneizador de un Estado que se pretendía con vocación europea y norteamericana, se tradujo en políticas y guerras de exterminio inconcebibles, no menos crueles que las de un Cortés o un Alvarado.
La crónica minuciosa y documentada de esta tragedia nacional cae como un balde de agua fría, sobre todo en estos años, en los que pretendíamos sumarnos a la globalización internacional al intentar ponernos al día en las cuestiones de democracia, legalidad, institucionalidad, tal como las concibe el liberalismo. Pero nuestra democracia está chueca, desde el principio; los fundamentos mismos de nuestro Estado moderno, de nuestras leyes e instituciones, parten del error sangriento de excluir, con una intolerancia intemperante, todo hecho y toda vida indígena. Hay un error y un crimen de principio. No se trata sólo de la violación y de la mala aplicación de nuestras leyes; se trata también de nuestras leyes mismas.
Se ha dicho que las buenas intenciones pavimentan los caminos al infierno. El cristianismo coadyuvó al genocidio indígena. Ahora nos descubre Florescano que el liberalismo —nuestro amado liberalismo, la fundación del México moderno— también. Hubo desde luego mala fe e intenciones aviesas, como en el presuroso despojo de las tierras comunales, en virtud de que eran “tierras baldías o de manos muertas”, por parte de liberales y conservadores sin escrúpulos. Pero también esta tragedia fue producto de una ignorante “buena fe”, de unas utopías políticas y sociales que se pretendían sinceras y generosas.
Con pulso firme, omitiendo —sospecho que con gran esfuerzo— sus opiniones personales; siguiendo el ideal ático de un historiador comprometido con la verdad y no con sus propias reacciones emotivas, subjetivas o ideológicas, Florescano narra cómo, por ejemplo, nuestra cultura moderna se apoya con frecuencia en graves mentiras, a veces infames, como la invención de “las guerras de castas”.
La cultura mestiza y criolla del siglo XIX inventó un ogro que no existía: una conspiración indígena para expulsar o exterminar a todos los no-indígenas del país, y devolverlo a la barbarie. Ocurrió precisamente lo contrario: una embestida furibunda de los mexicanos modernos, tanto conservadores como liberales, contra la propiedad, la identidad, las instituciones y las personas mismas de los indios.
Florescano estudia exhaustivamente las fuentes históricas. Quisiera recordar aquí una fuente literaria, que me resultó particularmente inverosímil y dolorosa cuando la leí por primera vez. Un libro de Guillermo Prieto: Viajes de orden suprema, donde relata el exilio en Querétaro a que lo condenó Santa Anna.
Guillermo Prieto es uno de mis mayores héroes culturales. Jamás he dudado de su honradez, de su buena fe, de su patriotismo, de su humanismo; abundan incluso los testimonios sobre su natural bondad personal. Sin embargo, en ese libro hay demasiadas páginas de vituperio contra los indígenas: precisamente por no ser modernos, liberales, ciudadanos, republicanos, democráticos, propietarios individuales, a la manera que soñaba la generación de la Reforma. Son mucho más violentas a ratos que aquéllas del europeo Paw que encolerizaron a Clavijero.
La sociedad mexicana no ha sido injusta con los indios sólo por codicia y rapiña. También por ignorancia y por intolerancias cristianas y liberales. Con frecuencia, bajo la bandera de alguna utopía política e ideológica que parecía impecable y sagrada, los ha expoliado más.
No podía ser más oportuno el libro de Florescano, ni más sorprendentes y dolorosas sus reflexiones para nuestra modernidad y nuestros conceptos de la ley, la democracia, el Estado, las instituciones, la soberanía nacional, la identidad nacional. Pero quiero celebrar, finalmente, sobre todo la oportunidad de su estilo ático, despojado de declamación y de ruido, de prédica y de explosiones de indignación o de profecía. Tampoco propone soluciones mesiánicas.
Miles, millones de voces de todos los colores y de garabatos ideológicos a cual más inverosímil, hemos sufrido en la prensa, en el debate político, en las conversaciones, a partir de la rebelión chiapaneca. Florescano habla con una voz documentada y pausada, clavijeriana, racional, que nos enseña a reflexionar con el pensamiento sereno; una audaz persecución paciente y documentada de la verdad, que arroja claridad y datos duros, razonamientos impecables, sobre este tema tan emborronado en nuestros días por las pasiones y rencores políticos, y por los fantasmas tan equívocos de las ideologías.

ENRIQUE FLORESCANO Y LA FUNCIÓN SOCIAL DE LA HISTORIA

Por José Joaquín Blanco

En La función social de la historia (Breviarios del FCE, 2012), Enrique Florescano  reúne un conjunto de reflexiones sobre el quehacer histórico, a la vez que nos cuenta la historia de los múltiples sujetos, objetos y funciones que los historiadores de diversas épocas han creído ver o han creado para su trabajo y para la visión general de la cultura.  En una visión de conjunto, asombra tanto la pluralidad de utilidades, virtudes, objetivos o aplicaciones que se han atribuido a la investigación, el estudio, la enseñanza y la interpretación de la historia, como la gran fragilidad que uno tras otro vienen finalmente a evidenciar, una vez que su tiempo ha trascurrido. 

En esa fragilidad caben los episodios de negación radical, como aquel de Paul Valéry poco antes de la Segunda Guerra Mundial, cuando afirmó que la historia no servía para nada, que su estudio no evitaba que los errores del pasado se repitieran; y que hasta podía ser nocivo, pues se transformaba en una nueva superstición al alimentar fanatismos nacionalistas, militaristas, racistas o ideológicos.

Otros autores han pensado que finalmente, por mucha ciencia y técnica que se involucre, todo relato histórico termina por ser un relato de ficción o nunca deja de serlo. Y que de hecho, por muy documentada que se pretenda, toda imagen del pasado es muy obra de quien se la imagina y, con ello, la está inventado en buena parte. La propia sobrevivencia de unas fuentes y no de otras, así como los episodios de su rescate, catalogación y estudio, ya es obra plena de creación, es decir: imaginario, ficción, tanto como de estudio. Con una agradecible ironía, Florescano cita frecuentemente a los novelistas en esta obra.

El sujeto de la historia no ha sido sólo plural, sino indeciso y hasta metafísico. Durante muchos siglos, por ejemplo, el sujeto de la historia era la redención divina, y su función la mera celebración de Dios, mucho más que la escasa e ineficiente colaboración de los hombres en ese vasto programa que arrancaba con la caída y culminaba con la final victoria del Creador.

Borges celebró alguna vez como uno de los títulos más impresionantes de obra alguna, cierta crónica medieval llamada Gesta Dei per francos. Las hazañas de Dios a través de los francos.  Buena parte de nuestra historiografía colonial podría llamarse “Las hazañas de Dios a través de los españoles”, o de los frailes, y todavía seguimos encontrando en obras actuales resabios de tal perspectiva. Y sus derivados: las hazañas de México a través de los siglos, las hazañas del Progreso a través de las naciones, las hazañas del Pueblo a través de las revoluciones; las hazañas del Capital, del Proletariado, de la Justicia; las hazañas del Espíritu a través de los pobres mortales…

En otras épocas encontramos como sujeto de la historia los grupos étnicos, las identidades colectivas, las castas de poder, los grupos o partidos políticos, las clases sociales e incluso ciertas fuerzas tan abstractas como aquel Dios que operaba a través de los francos, como el capital, la ciencia, la ilustración, el progreso, la justicia social, la verdad científica…

Una de las grandes virtudes de este libro es la liberalidad y amplitud de criterio del autor frente a toda esta variedad contradictoria de sujetos, objetos y funciones. En su momento muchos de ellos fueron reales, verídicos, sólidos y deben ser apreciados y disfrutados como tales, y no solamente a través de las limitaciones y fragilidades que muestren desde una perspectiva criticista o revisionista ulterior.

En cierto sentido, se podría señalar que no hay tal función social de la historia, sino múltiples funciones, y que la pertinencia y la riqueza de cada una de ellas provino del imaginario de sus sociedades. Es decir: una función social… imaginaria  

Buena parte del libro reconoce ese imaginario, la importancia de los mitos, las creencias, las emociones que no resultan menos duros ni vigorosos que esos otros entes a los que el cientificismo y el pragmatismo modernos dotaban de una pretendida solidez absoluta, como lo fueron en su momento los hechos y programas económicos, sociales o políticos, y que a su vez se han revelado asimismo como otros tantos elementos de imaginarios colectivos.

Ni la historia ni la historiografía poseen la solidez ni los absolutos que en momentos particulares pudieran habérseles atribuido, sino que se hacen y se deshacen continuamente. La historia nunca termina y nunca termina la historiografía, y lo que se creyó hecho y tejido, se deshace y se desvanece, y hay que volverlo a actualizar y a retejer. Como la vida misma. Nada es para siempre. Ni los más duros y preclaros conocimientos.

Esta apertura de criterio para las muy temporales, frágiles, efímeras concepciones de la historia, le permite al autor profundizar en aspectos de otro modo brumosos como las memorias de los pueblos prehispánicos, e incluso relativizar asimismo no sólo el sujeto, el objeto y el fin de la historia, sino sus fuentes, sus materiales y sus medios de transmisión.  No todo ha de ser la piedrota, ni la fuente escrita, ni el dato material analizable en laboratorio; también juegan su papel la expresión oral, las imágenes, incluso las danzas y toda suerte de ritos. Esto también es memoria histórica, y también son estudio, actualización, enseñanza y difusión de la historia.

La “verdad” del hecho así como de su narrativa y su interpretación es meramente temporal. En su momento sí llega a adquirir solidez y resplandor absolutos. Y poco después se convierte en un eslabón más de la historia de las historias de la historia de la historia. El autor nos recuerda cómo frecuentemente las grandes verdades monolíticas se resquebrajan o desvanecen, y suelen renacer las versiones marginadas, disminuidas, derrotadas o descartadas.

Aunque Florescano nos relata y analiza épocas fulgurantes del quehacer historiográfico, como los tiempos de Grecia, de Roma, del Renacimiento, de la Ilustración, del siglo XIX o de mediados del XX, con toda la riqueza documental rescatada, acumulada, estudiada mil veces, y frecuentemente madurada en obras felices como las de Tácito, Gibbon o Michelet, nunca olvida esta modestia de raíz del quehacer histórico, que se renueva a cada momento conforme cambian los tiempos y las preguntas de los hombres nuevos que interrogan los monumentos, las obras y las interpretaciones.

Nos dice que una de las mayores funciones sociales de la historia es hacerle nuevas preguntas a la historia recibida, y con ese solo hecho, ponerla nuevamente en discusión y reiniciar nuevamente el proceso inacabable.

La historia deja de ser sencilla. Es múltiple y embrollada. Sólo en los resúmenes queda unívoca y clara. “Todo es historia”, escribió alguna vez Luis González. Todo puede ser fuente. Incluso los (digamos en oxímoron) “monumentos inmateriales” del mito, del rito, de la leyenda, de la tradición, de los imaginarios y las sensibilidades. Podríamos decir más: las dudas, las sospechas, los rencores, las arrogancias, las supersticiones.

La propia obra de Florescano, que abarca una gran riqueza de enfoques y de campos a lo largo de medio siglo, lo demuestra. Con frecuencia él mismo desteje de un título a otro la misma historia que se ha vuelto diferente al paso de algunos años, con la aparición de nuevas fuentes, de nuevos conocimientos y sobre todo de nuevas preguntas, a veces planteadas principalmente por él mismo. Esta historia y esta historiografía fugitivas se manifiestan sobre todo en sus diversos títulos de historia indígena, de olmecas, teotihuacanos, mayas, aztecas.

Las preguntas actuales, de la gente nueva en épocas nuevas, sacuden el edificio del conocimiento adquirido. Por eso, para Enrique Florescano, la escritura, la narrativa, la interpretación, la difusión y la enseñanza de la historia se vuelven tan importantes como la investigación, la clasificación y la conservación de lo descubierto o postulado por diversas generaciones. La historia se actualiza continuamente, y de la manera amplia y rigurosa en que se atienda esa actualización depende que el flujo del conocimiento siga con vida. De ahí los capítulos muy críticos del autor sobre ciertas rutinas gremialistas internacionales que en décadas recientes han dado como mayor o única función a la historia la de alimentar los intereses de la industria universitaria, por encima del interés general de los lectores y ciudadanos comunes.

Sólo cabría añadir que lo mismo ha ocurrido, por desgracia, con casi todas las disciplinas tanto humanísticas como científicas. En la literatura y en las artes plásticas se ha llegado incluso a mayores abusos de la industria universitaria y del mercado cultural que en la historia. Estos pioneros textos subversivos de Florescano sobre el gremialismo historiográfico, y que podríamos extender a todo el gremialismo universitario, han dado por resultado el abandono del público, y en algunos casos hasta la ruina o al menos la anemia de muchas instituciones, al perder por completo el interés de la sociedad. Y el auge del charlatanismo de los medios de entretenimiento o de comunicación, que se erigen en academia eficiente o popular. Mientras los sabios se vuelven avaros y se encierran a atesorar sus cuentas de vidrio, los bufones predican en todos los medios.

Por lo demás, los vicios del gremialismo no constituyen mayor novedad. En muchas épocas se ha tratado de congelar el conocimiento adquirido o inventado y resguardarlo en una especie de santuario intocable. La función de los historiadores entonces, se pretendía, era exclusivamente la de impedir el cambio de ese discurso y asegurar su perdurabilidad con un detallismo casi ritual. Así parece haber ocurrido con los escribas de muchos pueblos antiguos y con los escribas de no pocas academias modernas. Anatole France escribió muchos textos irónicos sobre todo ello hace más de un siglo.

Pero la visión al mismo tiempo erudita y analítica de Enrique Florescano sobre la historiografía mundial de los últimos tiempos, nos desmuestra, por el contrario, que en el mundo moderno tanto la imagen del pasado como los discursos y los imaginarios que irradia, dependen tanto de las fuentes y discursos heredados, como de su actualización presente, casi instantánea, casi on line: de las nuevas preguntas y de las nuevas necesidades de sus nuevos estudiantes, que no dejan de transformarla.

La historia “escrita” o “plasmada” muchas veces se vuelve, así, sobre todo obra literaria, artística y cultural, en la que se nos habla no sólo de su asunto sino también de la época y de las personas que lo trataron, pero no impide que la rueda vuelva a iniciar sus nuevas vueltas. Y eso también es historia. Los revisionistas y criticistas podrán poner cuantas objeciones quieran al “lirismo populista” de Jules Michelet, por ejemplo: él sobrevive como literatura, y sus libros dizque superados son los que realmente se siguen leyendo… Y Gibbon, y Plutarco, y Tácito…

La función social de la historia de Florescano de esta manera ofrece dos vertientes: por una parte, el estudio y la reflexión sobre los supuestos teóricos de la historia, del historiador, de sus fuentes y herramientas, de sus planes y objetivos; y también la narrativa animada de una historia de los propios historiadores y de una historia de las ideas y de la práctica de la propia historia.

 

(Texto leído durante la presentación de este libro en el Seminario de Historia Contemporánea de la Dirección de Estudios Históricos del INAH, 5 de marzo de 2013.)