jueves, 1 de noviembre de 2018

EL NIGROMANTE

DESTELLOS DEL NIGROMANTE

Nervo, Reyes y Novo maldijeron a los máistros liberales de la Reforma, a quienes consideraron, con cierta fatuidad, menos cultos, cosmopolitas y refinados que ellos mismos. ¿De veras? Haciendo a un lado la fatal obviedad de que la cultura de 1850 ha de diferir de la de 1890 o de la 1950, los liberales de la Reforma no resultan ante los ojos del siglo XXI tan astrosos: simplemente un poco fechados, al igual que van envejeciendo sus infatuados y maledicentes sucesores.
El atildamiento estético del modernismo, por ejemplo, no tenía por qué prevalecer desde 1840-1880, cuando arrasaban las pasiones y las catástrofes políticas: estaba precisamente esperando a Nervo -ya en la paz porfiriana-, quien por cierto lo recibió en gran parte de Gutiérrez Nájera, discípulo de Altamirano, casi hijo de Ramírez, El Nigromante (1818-1879), a quien Prieto veneraba. De tal modo, la genealogía literaria de Nervo también pasa por (o comienza en) Ramírez. Reyes admitió, a su vez, el magisterio de Nervo. Y Novo volvió a las libertades y gracias de las viejas crónicas de Guillermo Prieto. ¿Para qué tanto escupir hacia arriba?
         Los liberales creían en otra retórica, que murió con su siglo: la oratoria de gran formato (v gr.: se nos recrea la creación del mundo, con estallidos de lava y todo, a propósito del Grito de Dolores) y la poesía musical. Es difícil reproducir la fuerza que en su tiempo detonaron los discursos de Ramírez, que ahora pueden sonarnos ampulosos o episcopales: el Dios Pueblo, los Infames Traidores, Clericales, Invasores o Monárquicos; la Diosa Patria, la Diosa Ley, la Diosa Libertad; hasta la Diosa Beneficencia (“que el poder público no sea otra cosa que la beneficencia organizada”, Obras completas, Ed. David Maciel y Boris Rosen Jélomer, México,  Centro de Investigación Científica Jorge L. Tamayo,  3 t., 1984-1985; t. III, p. 9. Cf. Maciel, David E.: Ignacio Ramírez, ideólogo del liberalismo social en México, UNAM, 1980).
Buena parte del periodismo de Ramírez constituye simplemente un espinoso comentario a la Constitución de 1857, a las leyes de Reforma y a las administraciones de Santa Anna, Juárez, Lerdo y Díaz, fatalmente encerradas en debates fechados. Ofrece muchos esquemas pedagógicos del positivismo de Comte y del novedoso Libre Mercado. O discusiones políticas y legalistas, elementales y pragmáticas, algunas incluso borrosas pues se han perdido los referentes de sus denuncias y bromas. En cierto momento Ramírez se compara, por dizque cerril y principiante, y por agotar (y agotarse en) sus agitados días laicos y locales, con otro escritor callejero, cotidiano y “vulgar”: Lizardi (OC, III, 88-93). Ambos se ocuparon alegremente de todo tipo de asuntos y disciplinas: era una época incipiente de la cultura nacional en que unos cuantos debían improvisarlo todo. Los especialistas llegarían, cuando llegaron, mucho después.
Así, otra parte de su prosa conforma una larga, generosa y paciente divulgación –Ramírez fue sobre todo un maestro la mayor parte de su vida- de conocimientos de cultura y ciencia clásicas y contemporáneas. Fue iniciador en tales caminos, inaugurador de cátedras. Existen los testimonios de sus discípulos. Y no falta, finalmente, desde luego, un buen sazonado racimo de explosivas expresiones anticlericales y antirreligiosas de jabobino al rojo vivo, con toda la barba, que Voltaire habría inudablemente aprobado; a las que por cierto ningún otro mexicano se atrevió de manera tan franca y frontal, para intentar sacudirse un poco el atarantamiento levítico de siglos.
Por lo demás, los liberales tenían otra información histórica y científica: la ideología de la ciencia y del capitalismo salvaje, pero lleno de telégrafos, barcos, bancos, fábricas y ferrocarriles. Parecían divinidades novedosas y pródigas, casi cuernos de la abundancia. (“El ferrocarril es el ensueño de todos los partidos, cuando dejan dormir sus divergencias en la política”, OC, III, p. 49).
Esos artículos y discursos, a ratos, admiten mejor una lectura metafórica que literal o ideológica: por ejemplo, El Nigromante trata de crear una Patria Nueva desde cero, nacida de un parto de fuego –como mural de Orozco-: las bodas de Hidalgo con la plebe airada (“la vil muchedumbre”, “las turbas envilecidas”) para engendrar el Ciudadano, la Libertad, la Ley, la Dignidad y el Progreso, que si bien no se sostiene mucho como historia ni como ideología, cabe en la tradición hispánica de los autos sacramentales (OC, III, pp. 10-26; 53-61).
Anticura supercura, laico predicador, santo luciferino, Ramírez expropia el mito católico de que una humanidad  a la que perdió una meretriz (Eva, a propósito de la serpiente) había sido redimida gracias a una Virgen María sin mácula; los mexicanos, así, a quienes perdiera la Malinche, “barragana de Cortés”, se vieron rescatados por la impoluta y peinadísima Corregidora (OC, III, pp. 19-20). Llega a comparar a la revolución (de la Reforma) con el amor sagrado a una mujer, y lo quiere como un buen matrimonio: honradísimo, robusto, prolífico.
Tales figuras enfáticas, contratastadas, duras –con su belicosa oposición innegociable de héroes y villanos; paraísos y cataclismos-  resultaban oportunas para una sociedad criada entre púlpitos y retablos; de ahí su extraordinaria eficacia: hasta hace unas pocas décadas, casi toda la oratoria oficial y escolar se inspiraba en dos o tres discursos de Ramírez.
Al paso del tiempo el loco azar antologa los textos. Ahora preferimos las crónicas pintorescas de Prieto a sus poemas populares y patrióticos, muy estimados en su tiempo; y de Ramírez, además del legendario perfil sobre sus audacias ateas, su generosidad hacia “la vil muchedumbre”, los oprimidos y los vencidos (así se tratase de Maximiliano, cuya ejecución condenó), y su justiciera, irrefragable y colérica honradez...; ahora que ya no podemos digerir debidamente sus discursos, ¿qué preferir de Ramírez?
Fue un escritor muy admirado por su prosa dura, que casi se ha descarapelado, y se le recuerda más por su poesía. Involuntariamente, como jugando a imitar a Voltaire en la saga del viejo raboverde tras jóvenes ninfas, ha dejado en muchas antologías dos poemas tardíos que no eran probablemente la herencia que él prefería.
La vejez rococó del fauno en “Al amor”:

         ¿Por qué, amor, cuando expiro desarmado,
         De mí te burlas? Llévate esa hermosa
         Doncella tan ardiente y tan graciosa
         Que por mi oscuro asilo has asomado.

         En tiempo más feliz, yo supe, osado,
         Extender mi palabra artificiosa
         Como una red, y en ella, temblorosa,
         Más de una de tus aves he cazado.

         Hoy, de mí, mis rivales hacen juego,
         Cobardes, atacándome en gavilla,
         Y, libre yo, mi presa al aire entrego;

         ¡Al inerme león el asno humilla!
         Vuélveme, Amor, mi juventud, y luego
         Tú mismo a mis rivales acaudilla.

Y una galantería cuyo éxito proviene de su desaforada exageración en el álbum de la ninfa Rosario de la Peña:

         Ara es este álbum: esparcid, cantores,
         A los pies de la diosa, incienso y flores. 
        
         El Nigromante fue, en sus mejores momentos, un supremo retórico: un manipulador pasmoso de efectos; así logró la “declaración de odio” más fragorosa de nuestra lírica que, bien mirada, sólo es una hábil acumulación de efectos verbales extremos: “Venganza de los mártires de Tacubaya”

         Guerra sin tregua ni descanso, guerra
         A nuestros enemigos hasta el día
         En que su raza detestable, impía,
         No halle ni tumba en la indignada tierra.

         Lanza sobre ellos, nebulosa sierra,
         Tus fieras y torrentes, tu armonía
         Niégales, ave de la selva umbría;
         Y de sus ojos, sol, tu luz destierra.

         Y si impasible y ciega la natura
         Sobre todos extiende un mismo velo
         Y a todos nos prodiga su hermosura;

         Anden la flor y el fruto por el suelo,
         No les dejemos ni una fuente pura,
         Si es posible ni estrellas en el cielo.

         En otro lado, cierra una cadena de tercetos fúnebres con cierta altivez estoica, casi un epitafio romano, del hombre que ha elegido el desnudo escepticismo como rumbo de su vida:

         Madre naturaleza, ya no hay flores
         Por do mi paso vacilante avanza.
         Nací sin esperanzas ni temores,
         Vuelvo a ti sin temores ni esperanza.

LECCIONES DE MATUSALÉN
Buena parte de los escritores de finales del siglo XIX y de todo el siglo XX padecieron la obsesión de enterrar o desterrar a los liberales románticos como a mastodontes, que  recuerda la de éstos al ignorar a los coloniales y a los prehispánicos. A Ramírez le fastidiaban tanto las antiguallas virreinales  como las ruinas prehispánicas que andaba ajetreando Orozco y Berra: por ahí dice algunas torpezas sobre la literatura náhuatl y sobre sor Juana. Por lo demás, tampoco le gustaba mucho el romanticismo, al que calificaba de mera histeria y sentimentalismo: se asumía tal vez como un estoico griego o romano, anacrónico y perdido en el Anáhuac.     
En los discursos y artículos periodísticos del mastodonte Ramírez admiro sobre todo su vocación de brusquedad satírica. No quiso ser dandy, moderado, diplomático y gentil. Todo era tropel de búfalos.
 Se ha perdido aquel célebre ensayo juvenil (hacia 1837) que presentó a la Academia de Letrán, y cuyo escándalo no ha cesado, al grado de que en 1947 una horda de terroristas católicos irrumpió en una sala del Hotel del Prado para mutilar el mural “Sueño de una tarde de domingo en la Alameda central”, donde Diego Rivera recordaba al Nigromante y su frase “Dios no existe”, y que fue obligado a modificar poco antes de su muerte, en 1956, bajo amenaza de nuevos atentados (a pesar de la disposición militante de asociaciones, uniones o sindicatos de pintores izquierdistas, de restaurarlo cuantas veces fuera preciso) con una mera alusión a las Leyes de Reforma. (Cf. Novo, Salvador: La vida en México durante el periodo presidencial de Miguel Alemán, La vida en México durante el periódo presidencial de Adolfo Ruiz Cortines, México, CNCA, 1994 y 1996; y México, Barcelona, Ediciones Destino, 1968).
Guillermo Prieto e Hilarión Frías y Soto recuerdan que ese ensayo comenzaba con: “No hay Dios; los seres de la Naturaleza se sostienen por sí mismos”. Sin embargo, al discutirse en lo general la Constitución en la sesión del 7 de julio de 1856, se permitió una impertinencia –para la sociedad semilevítica de entonces- igualmente memorable:
         “El proyecto de Constitución que hoy se encuentra sometido a vuestra soberanía... se funda en una ficción: ‘En el nombre de Dios... los representantes de los diferentes estados que componen la República de México... cumplen con su alto encargo...’ La Comisión, por medio de estas palabras, nos eleva hasta el sacerdocio; y colocándonos en el santuario, ya fijemos los derechos del ciudadano, ya organicemos el ejercicio de los poderes públicos, nos obliga a caminar de inspiración en inspiración, hasta convertir una ley orgánica en un verdadero dogma... Yo bien sé lo que hay de ficticio, de simbólico y de poético en las legislaciones conocidas; nada ha faltado a algunas para alejarse de la realidad, ni aun el metro; pero juzgo que es más peligroso que ridículo suponernos intérpretes de la Divinidad y parodiar, sin careta, a Acampich[tli], a Mahoma, a Moisés, a las Sibilas... Señores, yo por mi parte, lo declaro, yo no he venido a este lugar, preparado por éxtasis ni por revelaciones; la única misión que desempeño, no como místico, sino como profano, está en mi credencial [de diputado constituyente], vosotros la habéis visto, ella no ha sido escrita como las tablas de la ley, sobre las cumbres del Sinaí entre relámpagos y truenos. Es muy respetable el encargo de formar una constitución para que yo comience mintiendo” (OC, t. III, pp. 3 y ss.)
Este Padre de la Patria mestizo pero con todos los rasgos físicos indígenas detestaba furibundamente a los aztecas, en quienes sobre todo encontraba esclavitud, fanatismo religioso y barbarie militar. Sólo quería indios modernos: ciudadanos, jornaleros sanos con agricultura e industria, salarios dignos, alfabetizados y totalmente independizados del curato.
Insulta a Juárez como a “un bárbaro de la Mixteca” (OC, II, 97). Así de rudo se llevaban los indios con los aindiados, si bien en otro lado generaliza: “En la República Mexicana todo mundo es tapatío... no hay quien deteste cordialmente a un jalisciense como otro jalisciense”.
Los historiadores del siglo XXI podrán corregir los datos históricos sobre los aztecas que Ramírez expuso en un artículo de 1871, pero ¿cómo no asombrarse de su brusco anti-indigenismo cultural, cuando ya algunos poetas románticos cantaban la vuelta gentil y florida al folklorismo de Moctezuma?  Seguramente Ramírez no conocía la frase que acababa de escribir Rimbaud: “Es necesario ser absolutamente modernos”, pero tal inspiración mueve su definición satírica de las pirámides aztecas como “parodias de los cerros”, y este latigazo al prehispanismo folkórico-sentimental:
         “El primer emperador mexicano se comió a su esposa en la noche de sus bodas, y ante el sol del siguiente día la convirtió en diosa; todos los actos de la vida se sujetaban a ceremonias político-religiosas; el terror adormecía el cuerpo social; se inventaron hechiceros, y los bufones fueron los consejeros de los reyes; todo en este sistema, nos descubre el tipo a que desean acercarse los modernos admiradores de la teocracia y del cesarismo...” “Las pirámides, que tanto cautivan la atención, ya por su altura, ya por sus adornos, sepulcros, aras o fortalezas, no fueron construidas para el servicio de los particulares sino para satisfacer la pública magnificencia... el lujo era privilegio de la autoridad, mientras que los particulares sólo recibían de mano de la arquitectura, chozas de tal suerte deleznables, que la tierra ha desdeñado conservar sus cimientos: cuantos escombros existen, están marcados con el sello del poder; la multitud no nos ha dejado sino algunos utensilios domésticos” (OC, t. II, p. 23), etcétera. Ya vendría Brecht a preguntarnos “en cuál de los palacios de la dorada Lima vivían los albañiles que los construyeron”.
         A los españoles no les fue mejor. En su respuesta a Emilio Castelar, quien se quejaba de la ingratitud hispanoamericana hacia la Madre Patria, escribió sin desperdicio:
         “Renegamos los mexicanos de la patria de usted, señor Castelar, del mismo modo y por las mismas razones que usted reniega de ella... ¿Imitaremos la España actual, donde usted, admirable escritor, es visto como un paria? No; usted no canoniza el robo de guano, ni los asesinatos de Santo Domingo, ni la esclavitud de Cuba: llamándose usted demócrata, ha dicho sobre la España de hoy: ¡anatema! ¿Imitaremos la España que Carlos II El Hechizado, una especie de Maximiliano por derecho hereditario, abandonó como un cadáver a los buitres de Austria y Francia?... La España que usted ama no existe, ni ha existido jamás; el talento de usted la engendra en su alma aristocrática; la ve usted en el porvenir; la dota usted con las prendas de su propio carácter... Una sola gota de sangre española, cuando ha hervido en las venas de un americano, ha producido los Almontes y los Santa Annas, ha engendrado los traidores; y no es extraño este fenómeno, porque para darnos su sangre no han venido a América los Quintanas ni los Castelares, sino los frailes que ustedes han asesinado y los galeotes que ustedes cargan de cadenas... Los españoles no han hecho en nuestros puertos sino una cosa buena: salir por ellos... ¡Que ruin sería la América a los ojos de nuestro ilustre antagonista si no aspirara sino a remedar a España!... En España no es Castelar sino el bastardo de la opinión pública, aquí en México es, desde hace tiempo, uno de nuestros hermanos” (OC, II, 382 y ss).
Como se sabe, el triunfo de la Reforma logró no reemplazar sino digamos apenas ampliar la antigua aristocracia ranchero-militar, con una nueva clase político-militar liberal, generalmente de orígenes modestos y recientes, pero que rápidamente se asentó en el poder y en los negocios y se asumió como una casta profesionalmente patriótica que debería monopolizar el gobierno para siempre: la dictadura de Juárez-Lerdo-Díaz (1857-1910).
Como ocurriría durante la Revolución de 1910 y las décadas del PRI, el joven arriero liberal, pasando por soldado y funcionario menor, trepó a un buen cargo (que además le permitía sucios pero jugosos negocios particulares con los bienes del clero, de los pueblos indígenas, de los conservadores o “traidores” y del erario), y devino por arte de magia un prudentísimo marqués que empezó a hablar de los peligros del populismo, de la anarquía y de los cambios en la vida pública. El partido de los políticos debía gobernar invariablemente para y por los políticos –en ese momento juaristas-lerdistas- y desconfiaba de la inmadurez o la barbarie del pueblo, que podía arruinarle el negocio.
“Mi amigo el lerdista me saludó, preguntándome con melosa voz:
-¿Dónde vive ese pueblo soberano cuyo triunfo pretende usted asegurar en las elecciones?
Comprendí su atroz ironía, le contesté:
-Vive en las casas de vecindad, donde usted pasó sus primeros años, llevando ya un jarro de atole, ya un jarro de pulque a su familia; vive en los modestos jacales, único abrigo de mi cuna; vive en las cárceles, donde usted y yo hemos completado nuestros estudios políticos; vive en los talleres y en los campos de donde brota el alimento de ocho millones de habitantes; en ese pueblo se contaron nuestros padres, en ese pueblo se verán nuestros hijos. A ese pueblo debe usted su inesperada y dudosa riqueza” (OC, II, p. 51).
Ministro (breve) tanto de Juárez como de Díaz, Ramírez fue un crítico brutal de ambos; combatió asimismo la corrupción liberal (“Don Benito permite hacer negocios a sus altos empleados en Hacienda, para que no roben...” OC., II, 46)
         Para Ramírez, Juárez es el Gran Dictador, el Asesino, el Protector de la Rapiña, el Intrigante, el Despreciable, el Claudicador que se reconcilia con el Arzobispo. Ese gran ideólogo del Plan de Ayutla y ministro del primer juarismo dice de Juárez en 1871:
         “El sistema de subvenciones, corrompiéndolo todo, ha venido a centralizarlo todo. Hoy, don Benito, en las horas de lucha electoral, puede, desde su silla, merced al telégrafo, derramar sobre las urnas hasta hacerlas rebosar, torrentes de oro con una mano y con la otra torrentes de sangre” (OC, II, 68).
¿Para qué conservar la Constitución en papel si ya contábamos como dictador con el “Hombre Necesario”?: “Si ya tenemos al Hombre-Constitución don Benito ¿para qué disputar por un cuaderno de papel?” (OC, II, 87). “¿Qué cosa puede saber Juárez que no sepan mil, diez mil, cien mil, en la nación? En Guerra, tiene un ejército costoso y turbulento; en Hacienda, despilfarra los dineros y embrolla las cuentas; en Fomento, se deja engañar por extranjeros que prometiéndole capitales ingleses, se llevan más allá del Atlántico los de la nación; en Justicia, no sabe sino matar sin figura de juicio; en Gobernación, ensaya el centralismo; en relaciones extranjeras compromete con igual facilidad los recursos del erario y vastas regiones de nuestro territorio.”
Y más adelante lo acusa de usufructuar méritos ajenos:
“Abolió Juárez los fueros. Los fueros estaban abolidos en la segunda época de la federación [Gómez Farías]. Santa Anna los reestableció. El Plan de Ayutla declaró nulos todos los actos de Santa Anna. Juárez no tenía libertad para deliberar; dio una ley que hubiera expedido hasta el más refinado conservador si hubiera admitido el ministerio. Dio las leyes de Reforma. Éstas habían sido iniciadas por la Constitución y por Comonfort; la revolución las hizo inevitables. Juárez resistió el expedirlas, se le anticiparon en Zacatecas; entonces, para no caer, se improvisó en reformista. Se fue al Paso del Norte [Ciudad Juárez] cuando la invasión francesa. ¡Sí! Comenzó por tratar con los enemigos; puso a Zaragoza en lucha con los franceses y con las órdenes suspicaces de Doblado; no mandó un buen ejército de observación sobre Forey; abandonó la capital antes de tiempo; disolvió catorce mil hombres en Querétaro; desorganizó otras fuerzas; introdujo la guerra civil en muchos estados; se aseguró de no despreciables cantidades, y aprovechó el triunfo ajeno para darnos la convocatoria. ¡Otros fueron los que lucharon!”  (1871, OC, II, pp 96-97).
Alcanzó a decepcionarse de Díaz, pero no a escribir mucho contra él, como lo había hecho contra Juárez, pues murió pronto (1879), a excepción de esta carta privada al ya presidente don Porfirio, cuando se enteró de que había ordenado destituir a todos los maestros que no se hubieran adherido al Plan de Tuxtepec: “Usted es casi omnipotente como lo son en México todos los triunfadores. Puede quitar sus grados a todos los generales y dárselos a otros sujetos que no hayan peleado nunca; puede abolir la Federación; unir la Iglesia y el Estado, nombrar diputados a los sujetos que le plazca, restituir los fueros, imponer el sistema monocamarista o bicamarista y hasta acabar con las cámaras. Pero hay cosas que no están en su mano y que yo deploro no estén, porque me duele que sea limitado el poder de los generales triunfadores; por ejemplo, hacer que dos y dos sean nueve, cambiar el curso de las estaciones e improvisar sabios, aunque sean tan modestos como los que tenemos” (OC, III, pp. 188-189: al parecer, esta carta no existe en los archivos de Díaz; azarosamente se publicó en Excélsior el 27 de mayo de 1927).
         Ramírez subvierte la superstición centenaria de la “sólida” historia de bronce de las gestas liberales. Ese Panteón Liberal, que para él no es sino una arribista, oportunista “tribu de héroes” (OC, t. I, p. 13), no desconoció en el Nigromante la más arisca autocrítica. Lo que no es pequeña lección para ninguna literatura.
Como las “lascas” que dijera Díaz Mirón, los destellos de la obra que -demasiado humilde o altivo para promoverse como autor-, se negó a recoger en libros durante su vida, y que son mera recopilación de lo que buenamente reunió Altamirano en una edición póstuma, o sobrevive en las hemerotecas, recuerdan su verdadera labor: encabezar la lucha colectiva por una cultura liberal, de la que, sin embargo, empezó a desengañarse desde el momento de su triunfo sobre Maximiliano.
O desde el momento mismo de discutir la Constitución, cuando dice “pero en el siglo de los desengaños, nuestra humilde misión es descubrir la verdad y aplicar a nuestros males los más mundanos remedios” (OC, III, p. 9), a falta de los divinos, que él supo admitir muy temprano que no existían.
Nacido tres años antes de la consumación de la Independencia, toda la vida de Ramírez transcurrió entre experimentos políticos, guerras y discordias civiles. Acaso desde niño se hizo la pregunta que pronunció en otro discurso de 1856: “¿Qué debemos hacer para rehabilitarnos ante nuestros mismos ojos?” (OC, III, p. 13). Acaso la recordó a sus sesenta años, al acercarse “sin temores ni esperanza” a la muerte, que por cierto le fue suave: se fue extinguiendo como en “un sueño agradable”, según lo vio Altamirano.


2 comentarios:

Ignacio Esteban Hernández García dijo...

Gracias, una vez más.

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