sábado, 25 de octubre de 2008

MAURICIO CARRERA: EL CENTAURO Y EL TÚNEL

MAURICIO CARRERA: EL CENTAURO Y EL TÚNEL
Por José Joaquín Blanco

I
Mauricio Carrera ha querido revisar la obra de algunos escritores mexicanos que enfrentaron la crisis del último cuarto de siglo en novelas y crónicas. El centauro en el túnel. Ensayos sobre narrativa mexicana (Toluca, TunAstral-Conaculta, 2001) examina el pasado inmediato de nuestra historia y de nuestra literatura con la ambigüedad de quien remueve cenizas aún tibias. No son historia todavía, pero ya no representan el presente. Carrera ha sido testigo de esos tiempos y autor de textos que comparten no pocas de las atmósferas, ideas y asuntos de los autores estudiados, como Enrique Serna, J. J. Blanco y Taibo II.
Celebro la independencia de criterio de Carrera, su decisión de expresar sus propios juicios, y el valor de enfrentarse directamente a las obras, sin la coartada ni el lecho de Procusto de métodos académicos o ideológicos.
No sólo ejerce un conocimiento amplio y minucioso de sus asuntos, con el aval de estudios universitarios en México y el extranjero; sino que, en cuanto es también novelista (El club de los millonarios, Marilyn y otras historias familiares) y periodista, puede opinar con experiencia y habilidad de novelas y crónicas.
Para que la cuña apriete debe ser del mismo palo; para que la crítica literaria funcione, es necesario que el crítico sea también artista, o se convierte en divagaciones y teoremas en el vacío.
Los mejores ensayos literarios son los que narran la experiencia de la lectura. Un lector intrépido se decide a inmergirse en una formidable cantidad de textos, los producidos durante el túnel de la larga crisis mexicana de los años setenta a la fecha; y a narrar las impresiones, juicios, atmósferas que le provocan.
Se trata desde luego de un libro polémico, que habla de los gustos e ideas del autor, pero también de una época, de una sensibilidad y de un tejido ideológico todavía presentes y discutibles. Se puede no estar de acuerdo con algunos juicios de Carrera y, sin embargo, disfrutar de su aventura, de sus análisis y su reflexiones. En cierto sentido, está escribiendo otra novela: sus aventuras de lector entre los autores que él denominaría “tuneleros”.

II
Es posible que esos años negros en lo económico, en lo político y en lo social también hayan resultado algo oscuros en la producción literaria. Carrera trata de salvar el espíritu de crítica y de denuncia políticas, pero no encuentra muchos argumentos estéticos. Predominan en sus ensayos la descripción social y la controversia ideológica, que los autores estudiados parecen meramente ilustrar.
¿Aridez del material? Para sus lectores inmediatos, buena parte de los textos narrativos producidos en los años setenta y ochenta, parecieron renovadores, divertidos e intensos. Los nostálgicos de esa época –aun los tiempos negros producen nostalgia en quienes, por ejemplo, gastaron su juventud en ellos- acaso reprocharán a Carrera su perspectiva demasiado mental, ideológica, y su poca disposición a conmoverse y a reírse frente a tales textos. ¿Aridez de una óptica demasiado conceptual por parte del crítico?
Sin embargo, tengo la impresión de que a diferencia de otras épocas y de otras generaciones -en las que aparecieron tempranamente logros estéticos, que buena parte de su público celebró, como en los años veinte o cincuenta-, las últimas tres décadas ofrecieron más una ebullición y una inquietud crítica notables, a ratos demasiado ideológicas; incluso un gran arrojo para destruir mitos y burlarse de mentiras, tartufismos y quimeras, que obras reconocidas en su momento de modo generalizado por sus valores estrictamente literarios.
Es un hecho que algunos de los autores importantes de aquel tiempo fueron acusados de cierta anti o contra-literatura: lo mismo Se está haciendo tarde de José Agustín que El vampiro de la Colonia Roma, de Luis Zapata; Función de medianoche o Las púberes canéforas, de este servidor (cuya “predilección” por la miseria y “las ratas muertas en los callejones” alarmó a tan exquisitos vates como Carlo Coccioli y Luis González de Alba, en Excélsior y La Jornada, respectivamente), o El pobrecito señor X de Ricardo Castillo y Poemas al desconocido / Poemas a la desconocida de Silvia Tomasa Rivera...
Hubo gran remoción y polémica cultural. Abundaron los testimonios, las denuncias, las parodias y las farsas. Hay épocas de turbulencia cultural y épocas de logros artísticos consumados en todas las literaturas. De modo que resulta comprensible que el interés de Carrera se centre en esa turbulencia, de la que las obras estudiadas parecen a ratos meras alusiones parciales.
Sospecho, sin embargo, que el tiempo irá limando, desvaneciendo esa engañosa uniformidad, y revelando los valores particulares, individuales, de los mejores autores, cuyos nombres acaso no siempre coincidan con los que más se ponderan en este libro. La mejor obra literaria suele ser expresión o creación personales, y no mero documento ni huella del paso de su tiempo.
Uno de los libros estudiados en este volumen, Uno soñaba que era rey, de Enrique Serna, por otra parte, ofrece ostensiblemente una riqueza de imaginación, una estructura hábil y un poder personal de lenguaje que lo destacan entre la balumba testimonial o ideológica del panorama cronológico o generacional, del “espíritu del túnel”. Pero esa novela pasó casi desapercibida durante mucho tiempo, y todavía, a pesar de su nueva edición corregida, no ha alcanzado la respuesta que merece del público y de la crítica. Los éxitos de Serna fueron posteriores, a propósito de otros de sus libros.

III
La literatura mexicana ha conocido pocas épocas más agitadas que las décadas recientes. Todo fue puesto en duda. Habrá que buscar la razón de tal turbulencia colectiva que narra Carrera, desde luego, en las crisis económicas, políticas y sociales que ya se anunciaban desde los años sesenta. Pero también en la acelerada incorporación de México a la cultura internacional, especialmente norteamericana, que derribó tradiciones y muros de contención.
Se dio la paradoja de que a mayor empobrecimiento y desorden sociales internos, correspondió un mayor impacto de los medios de comunicación y de la presencia del modo de vida de los países industrializados. Costumbres, instituciones, lenguaje, mercancías, valores. Todo se transformaba sin sosiego y a la vez todo parecía desechable.
Todos los lujos del mundo industrializado llegaban de sopetón a México precisamente cuando el peso estaba más devaluado y el salario mínimo se contaba entre los más pobres del mundo. Muchos autores vivieron cierta experiencia de apocalipsis o al menos de un caos asombroso.
El lector se preguntará frente a El centauro en el túnel: ¿De veras ya pasó el borlote y se avecinan los tiempos sosegados, de producción pacífica y tranquila? ¿Valió la pena tanto borlote, tanto nerviosismo, tanta ira, tanta vociferación, tanta pólvora gastada en infiernitos durante un cuarto de siglo? Pero también: ¿De veras hubo tanto borlote, o Carrera privilegia su idea del túnel, la exagera, obsedido como está por su asunto, marginando u ocultando de paso obras menos ruidosas?
Buena parte de la escritura de aquellos años parece hoy sumamente desgastada entre otras razones porque ha durado y se ha repetido demasiado. Las burlas, las impertinencias, los sarcasmos, las salvajadas, los slogans que asombraban en 1975 exasperan en el año 2001, como aquellas manifestaciones que eran todo un paraíso libertario, por nuevecitas y frescas, en 1968, y ahora resultan un infierno de necedades, populismo extorsionador y congestionamiento de tráfico. Confróntese el movimiento estudiantil de 1968 con la lumpenización macabra del Consejo General de Huelga del año 2000.
La literatura de revuelta contra la tiranía, la crisis, la injusticia se ha vuelto eterna. Pero no hay revueltas eternas ni revoluciones permanentes. Se desgastan. Y pocas retóricas admiten menos la repetición y el estereotipo que la retórica de la revuelta. Esto se reveló de una manera extrema en la crónica, que devino de tanto repetirse y simplificarse una mera cacofonía de quejas y demagogia.
Aunque el túnel del que se habla en este libro ya ha sido demasiado largo, compromete a varias generaciones, y haya estado poblado de demasiados libros, Carrera logra extraer de los autores que ha elegido un buen muestrario de las inquietudes de su tiempo. El ánimo iconoclasta, la burla desaforada, la rebelión contra la autoridad, la urgencia de libertades, la protesta contra la miseria y la opresión, la irrisión de la cursilería y las pompas provincianas.

IV
Este espíritu “tunelero” o “tunelesco” resultará natural a muchos lectores, crecidos en ese tiempo, y les costará trabajo suponer que hubo una época en que la cultura mexicana se caracterizaba por todo lo contrario: era pudibunda, servil, taimada, solemnota, mustia, prejuiciosa.
Hay que recordar, por ejemplo, que todavía hacia 1966 se linchó, con la anuencia de todas las instituciones, la prensa y gran parte de la opinión pública, todo ello acordado desde Los Pinos, un libro como Los hijos de Sánchez con los cargos de antipatriótico y pornográfico, y no era más que un recuento antropológico de una familia mexicana pobre y conflictiva, como había millones. Que estaban prohibidos el rock, casi todo el cine europeo y muchas películas de Hollywood; que se perseguía a los protestantes y a los izquierdistas; que la policía arrestaba a muchachos que llevaran el pelo algo largo y a muchachas que usaran la falda un poco corta; que divertirse por la noche en un bar o cabaret, o simplemente andar de desvelado, arriesgaba a cualquier persona a sufrir las razzias, que eran cotidianas; que todos los medios de comunicación estaban amordazados, que... la lista sería interminable. En los años sesenta y setenta el estallido crítico resultaba pues indispensable.
Sin embargo, las conquistas culturales de ayer son los lugares comunes de hoy. Desde hace años advierto impaciencia e irritación juveniles hacia el espíritu de la cultura de los años que Carrera llama del túnel. Quizás el hecho de escribir un libro como éste manifieste que ha llegado, por fin, el momento de desprenderse de esa historia y de mirar sus obras con distancia. ¡Qué alivio!
Me pregunto si entonces, cuando sean miradas sin solidaridad ni benevolencia, las obras que parecían tan necesarias entonces resistirán la lectura, o desaparecerán con los escombros de su tiempo. Veinticinco o treinta años de túnel han sido demasiados años, tanto para la historia como para la literatura.
Si esa “literatura del túnel” se hubiera dado por bien servida y terminada a mediados de los años ochenta, y hubieran aparecido importantes formas e inspiraciones literarias nuevas en su reemplazo, seguramente sería ahora mejor estimada. La reiteración al infinito se vuelve cacofonía, manierismo.
En la década de los veinte entusiasmaba el tema literario de la Revolución Mexicana, que fastidiaba en los años cincuenta. El insólito surrealismo de 1914 se ha vuelto hoy un forraje demasiado mascado durante ocho generaciones de rumiantes echadotes.

V
Sin embargo, en este libro la literatura tunelera florecida durante los años setenta y ochenta resulta mucho más pobre de lo que fue en realidad. No sé por qué razón Carrera ha decidido escoger una fecha, 1955, a partir de la cual estalla la “inundación castálida” de los nuevos talentos narrativos que superan el túnel, y salen llenos de gracia como el ave maría. Enumera más de una docena de genios eclosionados durante los años noventa.
¿Por qué cerrar una lista precisamente en 1954 y abrir otra precisamente en 1955? ¿Por qué un novelista como Luis Zapata, de 1951, ha de pertenecer a otra generación que los nacidos apenas cuatro años después? Magia.
¿Y entonces, qué fechas habrán de marcar a la menesterosa generación anterior al año admirable de 1955? Digamos 1940 y 1954. Entre los narradores nacidos de 1940 a 1954 Carrera sólo destaca a un Taibo II -a quien el propio Carrera encuentra débil y discutible desde el punto de vista estrictamente literario-, y a un cronista.
Las crónicas pueden llegan a ser literatura verdadera, no lo niego, pero acoto: lo logran sólo rara vez, y su reconocimiento como arte, y no sólo como efímero periodismo, se lleva décadas... cuando esa rara vez efectivamente ocurre. De modo que la aparición de un cronista entre narradores resultará discutible para muchos lectores. Yo mismo encuentro demasiado fechadas, desgastadas, muchas de mis crónicas.
La vieja generación “tunelera” no está pues propiamente representada en El centauro en el túnel. Carrera podría haber revisado, así fuera someramente, a una veintena de narradores y ensayistas muy conocidos, que florecieron entre los años sesenta y noventa. Con otros representantes, esa vieja guardia no parecería tan menesterosa. José Agustín, Héctor Manjarrez y Héctor Aguilar Camín nacieron en los años cuarenta, por ejemplo. En gustos se rompen géneros. Cada quien sus gustos, pero nuestros gustos nos critican.
De entre los nacidos en los primeros años cincuenta, antes de la milagrosa cifra 1955, y que nos dimos a conocer ampliamente desde los años setenta, no se puede desestimar al narrador Luis Zapata, al compositor Jaime López (¿Por qué las crónicas sí entran de contrabando en la literatura mexicana y las canciones no? Las literaturas anglófonas aceptan en sus antologías poéticas a compositores como los Beatles, los Rolling Stones y Bob Dylan) ni al poeta Ricardo Castillo, quienes crearon un nuevo espíritu de contracultura y obras no sólo estimadas por el público, sino también por la crítica.

VI
De cualquier modo, Mauricio Carrera ve signos de renovación y originalidad en los escritores más jóvenes, nacidos de 1955 en adelante y que se han dado a conocer recientemente, a veces apenas antier. Se diría que representa un alivio, frente al recuento de turbulencias de su ensayo, la nota de optimismo que lo corona con cierto tono voluntarista, casi publicitario: ¡Por fin se ha superado el túnel! ¡Se inaugura la cornucopia! Que sea para bien. Buena suerte para todo mundo.
Mauricio Carrera muestra en El centauro en el túnel un entusiasmo, una libertad y una voracidad literarias e ideológicas; un gusto por la polémica y una apuesta por su propia forma de leer, poco frecuentes en nuestra crítica literaria, tan dada a las public relations y a los adjetivos y comparaciones pomposas.
Una literatura mexicana rejuvenecida deberá, por supuesto, contar con una nueva manera de hacer crítica. Porque si algo ha estado peor que la realidad y que la creación literaria mexicanas durante las últimas décadas ha sido la crítica. Ahí sí que todas las tinieblas se espesan y compactan. Mucho opinionismo mercadotécnico, gesticulante y farragoso; poco conocimiento, poca habilidad analítica, poco gusto literario. También hace falta salir de ese túnel “crítico”.
Habrá por ello que recordar que, en opinión de Edmund Wilson, la crítica literaria no debía ignorar los aspectos históricos, económicos, políticos, sociales, religiosos, incluso clínicos (el sicoanálisis) de las obras y las sociedades y personas que las producen; pero que “La primera, y a final de cuentas la decisiva labor del crítico, consiste en saber distinguir las obras de primera calidad, de las que no la tienen”.
Si no hay primera calidad literaria, las obras quedan como mero testimonio en la morgue de las bibliotecas y hemerotecas públicas, por honradas, brillantes y valientes que hayan sido o parecido en su momento.