lunes, 1 de julio de 2019

ENTREVISTA TRUCADA


ENTREVISTA TRUCADa

Nous tromper dans nos entreprises

C’est à quoi nous sommes sujets.

Le matin, je fais des projets

Et le long du jour des sotisses.

                                                         VOLTAIRE

1.- sobre poemas y elegías

GABRIEL JIMÉNEZ: —Acaba de publicarse, en la Editorial Cal y Arena, tu libro Poemas y elegías; parece una edición de tus poemas completos...

JJB: —En cierta manera, lo es: un centenar de textos. He excluido, sin embargo, unos doscientos poemas publicados en revistas y suplementos. Deseché todos los que me disgustaban claramente y desde hace tiempo, pero incluí aquellos sobre los que todavía tengo dudas o esperanzas, que son muchos. Les di (les dio la editorial) otra oportunidad... Uno no es siempre el mejor crítico de los escritos propios, pero me atrevería a destacar, tal vez, las elegías quinta, sexta, séptima y novena; dos poemas homoeróticos, “Muchacho mar” y “Oleaje de muchachos”; las canciones sobre Auden, Gide, Pound y Pavese; y tres juegos humorísticos: las “Liras” son un ejercicio gongorino sobre el mambo; “La siesta en el parque” ofrece una pequeña rabieta ecológica; y el “Rimado matutino” habla de escenas mañaneras capitalinas: una “égloga viaductal”, como dijo algún poeta...

Además de una especie de pórtico, donde su alude a W. H. Auden, hay dos secciones orgánicas, “Elegías” y “Garañón de la luna”; y otra más bien miscelánea, “La siesta en el parque”...

—Son mis principales libros de poemas, algo revisados, pero fundamentalmente fieles a sus primeras versiones. Creo en la corrección (de algunos errores parciales, de ciertas torpezas específicas), pero no tanto en la reescritura general de textos viejos. Sospecho que hay más riesgo de terminarlos de arruinar, por un prurito de corrección, que oportunidad de mejorarlos. Garañón de la luna fue un librito sobre la luna, sólo eso, de mediados de los años noventa. Tal vez se considere el más ortodoxamente literario. Por esos años revisé la poesía surrealista francesa, la de la Generación del 27, la de los Contemporáneos... Viñetas de sueño, algo eróticas, algo pesadillescas...

—Hay diez “elegías”...

—Escribí la primera en 1977 ó 1978, cuando vivía por San Ángel, aunque ciertos antecedentes, como “Nocturno constante” o “El juez pretende disuadir a los divorciantes” son de 1970 ó 1971, cuando vivía por Iztacalco. Por entonces pensaba que la sensibilidad homosexual no se expresaba propiamente en la poesía mexicana contemporánea: se abundaba en el feísmo melodramático, o en la autocomplacencia pornográfica. Algo de ello dije, por la misma época, en Ojos que da pánico soñar. Nadie recuerda ya a esos autoproclamados “poetas gay” de los setentas: autores y textos presuntuosos, estridentes... Yo sentía cierta nostalgia por los temas homosexuales tan espléndidamente tratados en “nocturnos” o “elegías” por Villaurrutia, Novo, Pellicer, Cernuda, Ballagas, Auden, Jaime Gil de Biedma... incluso Barba Jacob.

—¿De qué se lamentan las “Elegías?

—No existía el sida por entonces, o no lo sabíamos, claro. Lo que había por esos años que lamentar en las “Elegías” era más bien lo tradicional, lo de siempre: el aislamiento social y sentimental del gay; la ciudad enemiga, la policía brutal; la propia experiencia del gay como cazador solitario de erotismos y sentimientos en la selva de una sociedad hostil, donde brillaban, clandestinos, sus ojos acechantes... Y sobre todo su extrema dificultad para satisfacer tanto los anhelos eróticos como los sentimentales, que en esa soltería radical del gay suelen ir separados, hasta opuestos... Pensé en escribir cada año, especialmente por diciembre, una elegía, a la manera del Novo que se ocupaba en escribir un soneto cada fin de año... Pero no me tardé diez años, sino quince en componer la serie de las diez elegías... La décima es una alusión a Paul Goodman, el entrañable gurú de Growing Up Absurd. Traté de imitar en algo el estilo de algunos pasajes líricos de su novela Empire City... En fin: Sentí que era un gran proyecto, que las “Elegías” serían “mi” libro; que todo lo demás resultaría a su lado un mero ejercicio profesional, chamba crítica o periodística. Parece que no fue así. Incluso a mis amigos más cercanos les gustan más otros de mis libros. Pero sin las “Elegías” no habría esos otros libros. Las “Elegías” fueron el mayor anzuelo. Caí en la escritura por el anzuelo de la poesía; y en la poesía, especialmente por el anzuelo de las “Elegías”...

—Acaso suenen demasiado depresivas, lamentables...

—Durante los años que las escribí yo era relativamente feliz. Lo tenía casi todo: juventud, salud, libertad, autosuficiencia económica, éxito y entusiasmo profesionales, y hasta algunos logros sentimentales y eróticos. Y muchos amigos... En realidad, desde una consideración autobiográfica, acepto que, de plano, me quejé demasiado... Que era bastante feliz y no me daba cuenta, fascinado por los prestigios culturales y políticos de las Tinieblas del Alma. Parecía casi vulgar ser feliz en aquellos tiempos: uno deseaba andar bien atormentado... Curiosamente, después, en épocas más grises, he escrito textos menos melancólicos. Escritura y vida no siempre se corresponden con exactitud... Pero, en fin: se trataba de los inconformistas, iracundos, irreconciliables años setenta: “el espíritu del tiempo”. Y la crónica de las noches sentimentales del D. F. te conducía sin misericordia a ese estilo desvelado, lamentable. Me hubiera gustado escribir esos poemas con mayor humor, con alguna alegría. No pude (y no voy a trucarlos ahora con ulteriores contrapuntos deliberados). Auden y Pellicer lo hicieron asombrosamente. Prevaleció en mí, sin embargo, la tradición elegíaca de Barba Jacob, Villaurrutia, Novo, Cernuda, Ballagas... Desde luego, no aspiro a compararme con ellos, pero sí a continuar su tradición. Pellicer aprobaba mi manera de hacer versos, a final de cuentas muy cercana a Contemporáneos; pero no que fueran “tan delgados, tan tristones... ‘¡Hágame usted el favor de dejar en paz a Xavier!’”, me exigió alguna vez, a propósito de los “Poemas del agua”, en su casa de Las Lomas.

—¿Y “La siesta en el parque”?

—Son los poemas más antiguos, de los primeros años setenta. Algunos me siguen divirtiendo. Los escribí como reacción al excesivo simbolismo o surrealismo que predominaba en la poesía mexicana: más de lo mismo después de tantas décadas. No me gustaba ser vidente. No me gustaban las odas a la Sibila. No me gustaba “manar toda la noche profecías”... Encontré que algunos poetas hacían “poesía ligera” (el término “ligera” no se refiere a los cigarros con escasa nicotina ni a la Coca Cola sin calorías, como se ha creído muchos años después: simplemente aludió, en mi librito Poesía ligera, de 1976, a una antología de Auden: The Oxford Book of Light Verse: limericks, crónicas, chismes, canciones, farsas...) Me gustaban los poetas que jugaban y echaban relajo en los poemas: Tablada, Huidobro, Gerardo Diego, Drummond de Andrade, Vinicius de Moraes, Alberti, Lorca, Pellicer, Novo, Brecht, nuevamente Auden; Nicolás Guillén, Ernesto Cardenal, Efraín Huerta, Gil de Biedma, Zaid, Pacheco... Por aquellos años casi me sabía de memoria Práctica mortal, de Zaid, No me preguntes cómo pasa el tiempo, de Pacheco, y sobre todo Las personas del verbo, de Jaime Gil de Biedma.

—¿Qué recepción has tenido como poeta?

—Fuera del Premio Diana Moreno Toscano 1972 (discernido en mi favor en 1973, con cierta rabieta de Octavio Paz, a quien no le quedó mayor remedio que sumarse al dictamen propuesto por la familia que daba el premio, y de la que soy muy amigo), y de algunos premios y menciones en la revista universitaria Punto de Partida, recuerdo haber disfrutado de variada música de viento... Esos poemas lograron molestar en sus buenos años: “¡Esto no es poesía!”, exclamaban indignados ciertos “poetas”, quienes por cierto desconocían y/o despreciaban a aquellos autores, pero se creían dueños del concepto esencial, la visión única o la intuición plena de toda la poesía... Y suponían que todo poema debía tener un tono engolado, un lenguaje de joyería, un aparador de metáforas apantallantes, y sobre todo un idealismo “visionario”: El servilismo a la tradición de Paz... Suponían que la obligación del poeta, ahora sin metro ni rima, consistía exclusivamente en crear imágenes estetizantes, dizque rarísimas, a la manera de Montes de Oca, Segovia o Aridjis... que entonces eran dogma y arquetipo y ahora son, bueno: simplemente Montes de Oca, Segovia y Aridjis. O refreír y refreír tumultuariamente —”¡Fuenteovejuna: todos a una!”— a Paz, a Lezama Lima, a Saint-John Perse, a algunos beatniks o a los posteriores “poetas de Nueva York”. Bueno: se puede hacer poesía de todo. Todo puede ser poesía... Claro que de ahí a lograr esa auténtica ligereza en poesía, esa cotidianeidad, ese humor, esas viñetas epigramáticas, como las que aparecen en los autores citados, o en Cavafis; o bien esas fábulas o escenas cotidianas, blancas, desnudas o moderadas en su retórica (como ciertos textos de Pacheco), hay un buen trecho... Uno hace sólo lo que puede, y no todo lo que ambiciona. Por lo demás, en la juventud se ambicionan demasiadas cosas, que luego se revelan del todo imposibles, como imitar a Villaurrutia, a Pellicer o a Auden. O volver a medir y a rimar, aventura en la que de plano no obtuve mayores resultados... Sin embargo, logré publicar muchísimos poemas en suplementos y revistas importantes: Punto de Partida, Revista de la Universidad, Nexos, los suplementos de Siempre!, Unomásuno, La Jornada, El Nacional, La Crónica de Hoy, en Etcétera (incluso en el Plural de Paz). Eugenia Revueltas, Elena Jordana, Huberto Batis, Ilya de Gortari y Bernardo Ruiz publicaron varios de mis poemarios en las colecciones que editaban; otros los financié yo mismo o en coperacha con los amigos. Algunos de mis poemas se han colado en dos o tres antologías, incluyendo (para mi sorpresa) la de Evodio Escalante. De modo que, a pesar de todo, no me ha ido tan mal.

—¿Les fue mejor a tus contemporáneos?

—Tal vez sólo dos o tres de quienes ya publicábamos poesía en 1970 hayan logrado a la larga mayor (o mejor) atención. En la canibalesca poesía mexicana lograr algún brillo en algún momento es casi anuncio de muerte literaria inmediata, y hasta de linchamiento publicitario por parte del gremio, que suele hacer efímeros “consensos” de montoneros en favor o en contra... A Jaime Reyes, a Ricardo Castillo, a Silvia Tomasa Rivera, por ejemplo, se les hizo pagar hasta con insultos inconcebibles ciertos tempraneros  veranillos de la fama. Sus envidiosos los degradaron, varias veces, a “los peores poetas de México”, para no recordar insidias más innobles y personalizadas... David Huerta se ha defendido mejor: como nadie entiende su Incurable, exige mucha imaginación atacarlo; y las puyas no van más allá de señalar que lo verdaderamente “incurable” no era su poesía, sino sus crudas, allá en los buenos años del vino, que me tocó compartir. O se dice que es buen poeta... ¡a pesar! de Incurable... También Alberto Blanco les pone difíciles las cosas a los malquerientes: algunos de sus poemas son todo un reto criptográfico: misticismo, ADN, I Ching, sabidurías aleatorias... Evodio comparte conmigo la maldición de ser al mismo tiempo crítico y poeta, de modo que queda mal al mismo tiempo con los poetas y con los críticos; por lo demás, sus furias y boutades derridianas le ayudan poco... Eduardo Hurtado, quien me dedicó su primer libro de poemas allá por 1970, ha ingresado recientemente a las filas de la crítica, y con esa nueva profesión proporciona armas adicionales a quienes no lo aceptan de buen grado como poeta... Isabel Quiñones, Kyra Galván, Luis Miguel Aguilar y Roberto Diego Ortega se dedican a escribir su poesía con total indiferencia de los chismes y cabildeos del medio. Esa independencia es el mejor camino... Coral Bracho también, creo, protege con una buena distancia con respecto a la Culturiux, la musicalidad tan delicada  (“molecularizada”, “textural”, “antilogocentrista”: Evodio dixit) de sus textos... En fin: recuerdo a unos cuantos poetas que empezamos a publicar por la misma época: primer lustro de los setentas. Luego vino otra generación más codiciosa de la aceptación del gremio —premios, recitales, congresos—, y parece que en ellos se va repitiendo la misma historia: algún enigmático y tempranero veranillo en reseñas de suplementos, algún premio, generalmente circunscritos a su primer libro; y luego rara vez se les toma en serio individualmente, sino como muchedumbre o asamblea... Ni lectores, ni venta, ni crítica: puro censo. Los dos mil poetas “jóvenes” (“jóvenes” de hasta 50 años) de México en febrero del año 2000, son:  ¡y se lanza la listota alarmante, como padrón electoral, en orden alfabético!... Jaime López llama a esa censomanía “el pluralismo diluyente”: se inventan 2000 poetas, o 2000 compositores de canciones, para diluir la importancia de los tres o cuatro que de veras valen la pena... ¿Cuántas veces has escuchado comentar, con conocimiento, la poesía personal de Jorge Aguilar Mora, de Héctor Manjarrez, de Paloma Villegas...?  A Efraín Bartolomé y a José Luis Rivas nunca les quitan el sambenito del regionalismo, de los edenes naturales, como a mí lo de gay y lo “cronista”; van y vienen calideces y enfriamientos con respecto a Jorge Esquinca, a Benjamín Rocha, a Francisco Hinojosa, a Rafael Torres Sánchez, a Fabio Morábito, a Arturo Trejo, a Vicente Quirarte... Y sin embargo estamos hablando de poetas que ya tienen una obra considerable, veintitantos años de labor.

—¿A qué responde tal situación?

—Se ve misterioso, hasta histérico, el encarnecimiento de envidias y ninguneos entre poetas, mucho mayor que en otros géneros artísticos; acaso se deba a que tanto los poetas de mi generación como los más jóvenes, le hemos importado poco al público: las ventas resultan escasísimas, cuando no nulas. (La mayoría de las ediciones gubernamentales o universitarias de poesía jamás salen de la bodega.) De modo que no hay más público para nuestros poemas que los propios colegas: lectores terribles, competidores a sol y a sombra, a quienes parece que el mérito ajeno, así sea modesto, es un pedazo de pan que se les arranca de la boca. A ratos se refugian en comités de elogios mutuos. Pero esos comités apapachadores duran poco y dan lugar a nidos de alacranes caníbales. No hay peor enemigo de un poeta que un examigo poeta, que otro exmiembro de la misma Banda de Elogios Mutuos. Acaso lo mejor para un poeta de hoy en día es que el gremio lo ignore por completo, que no se dedique a fastidiarlo... Hace algunos años quisieron fastidiar hasta a José Emilio Pacheco. ¡Que dizque no sabía hacer versos! Puede gustar menos o más su visión del mundo, pero nadie con un mínimo sentido del ridículo puede acusar a Pacheco, el versificador vivo más hábil del país, ¡de no saber hacer versos!  Si él “no sabe” componer poemas, ¿qué decir de todo el vasto resto de bardos mexicanos? Pura canalla de poetas. Puro ocio de cotilleos, de mentideros... Se requiere, en fin, de considerable modestia y de buenos nervios para escribir poemas durante toda la vida, independientemente de la calidad de cada cual: sólo te enfrentas, una y otra vez, en lugar de lectores, a la rebatinga patibularia de prestigios en la grilla gremial. “Puros calvos que se pelean por un peine”, diría Borges. El impasse de nuestra poesía actual es este enrarecido alejamiento del público, esta banalidad de quedar completamente a merced de los humores y las pasiones de los propios compañeros de oficio, siempre díscolos. No ha muerto la nueva poesía mexicana, pero anda como embodegada en censos multitudinarios. Y cada cual sueña ganar póstumamente sus batallas líricas dentro de cien años... No es buen negocio apostarle a la poesía en estos tiempos.

—Se te acusa de hacer prosa en tu poesía...

—Y poesía en mi prosa... Efectivamente: es el riesgo del verso libre y de la prosa con pretensiones artísticas. Se liman los límites... Pero también encuentro cierta intolerancia de los poetas visionudos hacia la razón. Sólo saben leer y escribir poemas irracionales, o “arracionales”, “antilogocentristas”, como dirían esos bárbaros... Imágenes e imágenes, producidas en forma automática, sonámbula, apenas unidas entre sí como con el hilo de un collar. La metáfora por la metáfora misma, en el mejor de los casos; en los más, puros grafismos... Yo pretendo que el poema aspire a cierta unidad integral, racional (¡”el logocentrismo”!): sí, como prosa. No me ofende que se considere a mis poemas como artículos en renglones más cortos que los de mi prosa. Me gustan incluso los poemas con argumento, y hasta con un cuento, una trama: su principio, su desarrollo, su fin... Mi práctica podrá ser deficiente, pero es sana la teoría: por ejemplo, la poesía racional, discursiva, incluso narrativa de Borges. Todas las “locuras” de Prévert hacen sentido. Y las de Gil de Biedma.

—¿Crónicas en verso?

—Poemas dramáticos, con personaje: monólogos, diálogos, episodios, viñetas con mayor intimidad que la que suele permitirte la crónica en prosa. Más “románticos”, si se quiere... Hablo un poco del desengaño de las generaciones que querían “cambiar el mundo, transformar la vida” en la  “Canción de W. H. Auden”. De la desolación erótica durante ciertas noches capitalinas, en “Elegía de San Ángel”. De algún desastre sentimental, en la elegía quinta. De algunas exaltaciones oníricas, eróticas o sentimentales en “Besar la luna”, “Sebastián”, “Garañón de la luna”, “Ciega luna”, “Cristal de luna”, “Arde un ángel”. De ciertos terrores nerviosos y hasta, je, algo metafísicos, en “Verano del 91”, “Catedrales sumergidas”, “Ojos como gajos”, “Fogata en verde”.

—Insisto: ¿La poesía como otra manera de la crónica?

—No llego muchas veces a ser tan radical. Me habría gustado intentar más la poesía de circunstancias. Todavía hay tiempo: no tengo idea de qué poemas vaya a escribir en los próximos años. Voltaire y Goethe decían que todo poema era “poesía de circunstancias”. Pero se necesitan muchos recursos difíciles, ahora que no hay la coartada del metro y la rima, para rescatar en un texto breve, con renglones o versos meramente cortos, sin mayor música, situaciones o episodios más o menos banales... Lo que nunca me he creído es el idealismo, la videncia, el soy-pero-no-soy, el muero-porque-no-muero, el veo-lo-invisible. Eso es pura esoteria, charlatanería de intérpretes del tarot. Nada de Melusina en mis poemas: “Sibilas, absténganse”. Poesía al nivel de la banqueta, del bar, del condominio, de la charla o, cuando mucho, de los sueños... aunque también en estos sitios algo resuene de los misterios mentales y carnales... Ni el idealismo ni la videncia son actitudes que me guste asumir cuando escribo; tampoco me gustan demasiado en los autores que leo. No todos los poetas “visionarios” logran verdaderas visiones, nomás hacen puras visiones: hay como dos mil poetas visionudos en México.

—¿Puede un crítico escribir poesía?

—Puede. Por lo demás todo mundo es crítico. Hay quienes publican sus opiniones, y quienes, más astutos, se limitan a telefonearlas... Ésa es toda la diferencia. A lo que nunca debe aspirar un crítico público es a la simpatía ni a la benevolencia de los colegas a quienes ha expuesto públicamente como ramplones o farsantes. Los colegas te devuelven los mismos cargos, acaso con la misma justicia (o injusticia)... Folklore literario.

—¿Qué importancia le atribuyes a tu poesía?

—Escasa: cuenta con pocos lectores. Sin embargo, por ella ando en este camino de las letras. Sin poesía no me imagino dedicándome a la escritura, para nada. Sin un juego de palabras, sin un regodeo verbal, no me creo ni siquiera uno de mis textos políticos. Y un juego de palabras, un regodeo verbal, ya es poesía... Pero si al lector le interesa más alguno de mis relatos, de mis artículos o de mis crónicas, pues ¡santo y muy bueno! También se agradece. Y mucho. Ya es algo tocar la “otra orilla” del lector con cualquier texto... Si es que se llega de veras a esa “otra orilla”, cosa que no les ocurre a todos los autores, ni a lo largo de tanto tiempo continuo: treinta años, como el período que cubren Poemas y elegías, y que es el de toda mi vida adulta; el de todos mis otros libros... Sucede que algunos de los no-poetas o anti-poetas de entonces hemos perseverado, pero la gran mayoría de los visionarios preciosistas, los visionudos, en cambio, simplemente se han mudado —enmudecidos— a los medianos puestos burocráticos. Desde ahí hacen abundante crítica oficial u oficiosa, pero telefónica (ahora celular), y poca poesía visionuda, que se les va agotando con la edad. Ya es un exceso dárselas de vidente o de “pararrayos celeste” a los veinte años, ¡pero a los cincuenta...!

—¿Quieres añadir algo?

—Sí: no vayas a decirles a tus lectores que Poemas y elegías son una variante en verso libre de Función de medianoche, ¡se lo pueden creer!



2.- SOBRE LAS ROSAS ERAN DE OTRO MODO

Has publicado un libro cuentos.  Seguramente el lector común no se esperaba un libro de cuentos tuyos: se te ve más como ensayista o cronista...

—Ese es un prejuicio de los periodistas y los académicos. Yo escribo de todo. La gran mayoría, por encima del 80 por ciento de los escritores mexicanos modernos han cultivado varios o todos los géneros. Y los europeos también. Creo que es un prejuicio norteamericano el autor “especializado” en un solo género. Rulfo escribió artículos, poemas, guiones de cine, cuentos, novelas. Gorostiza escribió ensayos de crítica literaria y de teatro. Voltaire, Hugo, Gide escribieron de todo. Lo mismo Reyes, Borges, Cortázar, Paz... Los géneros literarios no existen: son membretes, convenciones que se usan para clasificar las obras. Existe la escritura. Cuando yo asistía al taller literario de Juan José Arreola en la Casa del Lago, a mediados de los años sesenta, se hablaba de “textos”, no de poemas, ensayos, dramas, comedias, artículos, notas, libretos, etcétera. Sólo textos.

¿Y en qué tipo de textos te sientes más cómodo?

—En los artículos, desde luego.  Para eso se inventaron. Son el género más fácil. Hago crónicas como enchiladas: en una hora, hora y media, ya está una crónica de tres o cuatro cuartillas. En cambio, un ensayito sobre Paul Valéry, por breve y didáctico que sea, me puede llevar semanas. Los cuentos y poemas pueden concebirse en unos cuantos días, o en unas cuantas horas: pero a veces exigen meses o años de composición y reescritura. Las novelas y los ensayos largos a veces exigen lustros.

¿Qué es lo más difícil de un cuento?

—El tono, que a veces coincide con el punto de vista. No tanto la anécdota. Ya se sabe que no hay más de 36 situaciones dramáticas en toda la literatura universal. Pondrían enlistarse miles de cuentos sobre adulterios o asesinatos o amores imposibles. El tono: la atmósfera emotiva e intelectual. Y quién narra, o desde quién se narra esa anécdota. Por eso muy pocos escritores pueden escribir muchos cuentos buenos (salvo Maupassant o Chejov). Aunque no es difícil concebir varios cientos de anécdotas, resulta imposible dotar a cada una de ellas de un tono y una perspectiva peculiares. Si los escribes todos con el mismo tono y el mismo punto de vista estás repitiendo siempre el mismo cuento, aunque varíes mucho las anécdotas. Yo siento que tengo un cuento cuando tengo con claridad en la mente la voz que narra (en “Las rosas eran de otro modo” la viejita irónica y un tanto cascarrabias, por ejemplo) y el tono (en ese mismo cuento: sentencioso, irónico, algo deprimido pero no sentimental, no melodramático: la sabiduría de una vejez bien llevada, digamos).

Pero no has escrito muchos cuentos...

—He publicado unos treinta. Algunos de mis primeros textos adolescentes fueron cuentos y tuvieron la suerte de que los corrigiera Arreola en su taller, como “Metamorfosis” y “La búsqueda”, que ganaron varios premios en los años sesenta, y casi todos los textos narrativo-poéticos, de “varia invención”, de mi primer libro: Otra vez la playa. Pero en efecto, dejé de escribir cuentos muchos años. En parte por falta de estímulo: nadie los publicaba. Como en los periódicos y revistas rechazaban los cuentos, había que publicarlos sólo en libro: no escribir un cuento, sino una suite de cuentos con cierta unidad de tema y estilo, para un volumen unitario. Y eso ya casi era una novela. Me puse a escribir muchas novelas, de las que logré terminar y publicar cinco. Pero publiqué muchos cuentos en revistas estudiantiles, sobre todo de la UNAM; y cinco cuentos acompañan mi noveleta El castigador (ERA, 1995). En todos mis libros de crónicas, por otro lado, he incluido cuentos: relatos imaginarios. Los contrabandeo como crónicas para facilitar su publicación y su lectura. Tanto los editores como los lectores desprecian los cuentos y aprecian excesivamente las crónicas. Si el mismo texto, digamos “El estanquillo” o “La bondad del Hombre Lobo”, lo presentas como cuento, nadie lo lee ni lo quiere publicar; si lo presentas como crónica, hasta te lo aplauden. Eso me ha ocurrido muchas veces.

“El juramentado” parece un ajuste de cuentas con la generación que te precedió...

—Sí, la tomo un poco en broma; pero traslado a una generación inmediatamente anterior un futuro que veo próximo para la mía. Ese cuento trata de unos muchachos bohemios que llegan a los sesenta años de edad; lo escribí cuando cumplí cincuenta. Hay sobre todo una especie de sátira contra toda juventud, contra sus locas esperanzas y fatuidades, y claro, una cierta melancolía de que nos haya abandonado.

“Recuerdo de Veracruz” es un retrato un tanto cruel de los homosexuales...

—En casi todo lo que hago priva la vena satírica. No necesariamente la escogí, aunque me agrada: siempre he sido así. No me veo escribiendo relatos líricos o sentimentales de los gays. Cuando apareció mi novela Mátame y verás me acusaron de homofóbico, como si un homosexual tuviese prohibido hacer bromas de los homosexuales y debiese concentrar sus sarcasmos contra los heterosexuales. Pero eso es una superstición. Hay que ver cómo hablamos los gays unos de otros en los bares, o por teléfono. Aristófanes sirve para todo, especialmente para la burla de lo más cercano: del propio gremio, del propio grupo, del propio ghetto. También se me acusó de ver muy cruelmente el amor homosexual en Las púberes canéforas... Decididamente no seré yo quien escriba unas églogas gays, aunque lo he intentado en poesía. Quiero recordarte, sin embargo, que Verlaine, Wilde, Proust, Gide, Novo escribieron también “textos crueles” sobre el carácter gay. La función de un escritor, por lo demás, no consiste necesariamente en hacerles propaganda azucarada a las propias simpatías y afinidades. Por lo demás, quise hablar sobre todo de la soledad espantosa de muchos gays urbanos de mediana edad. Eso es un hecho. Las películas y los relatos bonitos suelen centrarse en los amores adolescentes, cuando todo es Romeo y Julieta; pero como dijo Bette Davies, “old age isn’t good for sissies”.

Buena parte de los cuentos de Las rosas eran de otro modo ocurren en provincia...

—La literatura mexicana suele olvidar la provincia. Fuera de México todo es Cuautitlán. Pero yo me crié en Hidalgo, en Puebla, en Tlaxcala, y he viajado por todo el centro y el sur del país. Incluso partes del norte: Tijuana, La Paz, Mexicali, Monterrey, Culiacán... En cuestión de provincia, sin embargo, me quedo con el centro: Estado de México, Puebla, Veracruz... Recuerdo una provincia atroz, productora de emigrantes, donde conseguir el empleo más modesto y peor remunerado es casi una hazaña, donde la prepotencia de caciques, curas y potentados no conoce límites... Una provincia abandonada, insegura, inculta, en ruinas. Escribí muchas crónicas sobre provincia cuando fui reportero digamos honorario (es decir, muy dizque estimado pero muy mal pagado) del Unomásuno a principios de los años ochenta. Y he visto entre gente próxima, incluso en mi propia familia, esa caída atroz de la vaga clase media en la miseria o la indigencia implacables, especialmente en el caso de las mujeres, cuando quedan huérfanas o viudas, o son abandonadas, como “La prima Trini”. Pero también hay algo de bromas y de juego literario. “El corrido de Juan Murrieta” es una nota roja potosina, pero también una variación de los cuentos de matones de Borges, de alguna de sus milongas. En “Las tripas del padre Panchito” trato de reconstruir el habla y la mentalidad de varias de mis tías ancianas de Tulancingo, entre las que me crié, y me burlo un poco de ellas. Si hay otra vida y me las encuentro, me van a agarrar a pescozones. Las perras en celo de Cuetzalan, aunque yo llamo al pueblo de otro modo para no incomodar a algunos amigos que viven ahí, aluden a un cuento poco conocido de Maupassant: durante unas vacaciones que pasé ahí con Pepe Morante, cuya casa está muy cerca de la iglesia, sufrimos toda la madrugada y todo el día el tormento de los campanazos y de los rezones y sermones a todo volumen por altavoz; me daba vueltas y vueltas en la cama, tratando de dormir entre tanto estrépito, y soñando venganzas contra el cura. Recordé el cuento de Maupassant. Pero el mío lo escribí quince años después de mi última visita a Cuetzalan. Los güeritos indígenas de los alrededores de Chipilo existen y surten el mercado de la prostitución masculina en la ciudad de México desde hace décadas. Los chichifos de ojos azules cobran más caro. Me pareció divertido endosarle el güerito de ojos azules a una sirvienta casi anciana en recuerdo de una criada que efectivamente trabajó en mi casa, con mi mamá, y que trabajaba como loca para mantener a un marido güevón veinte años más joven que ella, aunque ni siquiera tenía los ojos azules. Le regalé a mi vieja sirvienta abnegada un amante de ojos azules, casi de importación.

“La historia clínica de Pepe García” y “Las tribulaciones de una mexicanista” acaso desentonen con el estilo sucinto, realista, de los otros...

—Acaso. La sátira es más abierta. El lío de Pepe García me ocurrió, terroríficamente: un amante de repente desapareció y dejó un recado vago, equívoco, en una clínica a la que estaba abonado. Como tenía un nombre muy común me encontré a seis o siete de sus homónimos durante las cinco o seis horas que lo anduve buscando por los hospitales de la Ciudad de México. No quise revivir mi terror, sino jugar con ese recuerdo terrorífico y llevarlo al absurdo, al kafkianismo autóctono de nuestra burocracia y de nuestra sociedad entera. Quizás me ganó un poco el juego literario, y me importó más divertirme que trazar una historia verosímil. Preferí la diversión de la proliferación de absurdos. En “Las tribulaciones de una mexicanista” reúno las quejas que he escuchado entre los estudiosos extranjeros y nacionales sobre la idolatría nacionalista de nuestra historiografía, de nuestra museografía. Concuerdo y simpatizo con no pocas de las opiniones de mi protagonista, la Julie, así como con las de doña Emma Velasco, la periodista de “Las rosas eran de otro modo”.

¿Piensas seguir escribiendo cuentos?

—Sí, claro; de hecho, varias de las “crónicas imaginarias” de mi nuevo libro, Álbum de pesadillas mexicanas, son eso: cuentos, pero con temas o ambientes históricos.

Suerte, Joaquín.

—Gracias, Gabriel.



3.- SOBRE LAS CRÓNICAS: FUNCIÓN DE MEDIANOCHE, CUANDO TODAS LAS CHAMACAS SE PUSIERON MEDIAS NYLON, LOS MEXICANOS SE PINTAN SOLOS, UN CHAVO BIEN HELADO, SE VISTEN NOVIAS Y ÁLBUM DE PESADILLAS MEXICANAS.

-Álbum de pesadillas mexicanas lleva como subtítulo: “crónicas reales e imaginarias”...

-Hay más juego de fantasía, de invención en este libro de crónicas que en los anteriores. Hay cuentos totalmente imaginarios, como “El pipián del arzobispo”, “Fray Cipriano en la hoguera” y “Aspectos siniestros del Nican mopohua”, aunque creo que corresponden plenamente a su momento y a su atmósfera históricos. Hay cuentos totalmente reales, incluso textuales, ofrecidos por los documentos de archivo, como “El affaire Mier y Terán”, o por los libros: “El soldado Botello” parte del libro de Bernal Díaz del Castillo y “Más razones da el pulque” de las varias obras históricas citadas. Y hay cuentos anfibios, en los que respeto los hechos históricos pero introduzco un personaje imaginario, como el soldado Jáuregui de “El oro de los trasgos”, el visitador Beaumont de “La increíble historia de la China Poblana”, el “tipógrafo de Alamán” o el espía del “Informe reservado sobre Carlos María de Bustamante”. La crónica se permite estos juegos de literatura e historia, e incluso son tradicionales en América Latina: tenemos a Riva Palacio, Ricardo Palma, González Obregón, Genaro Estrada, Artemio de Valle-Arizpe... La tercera y más abundante sección del libro está conformada por estos juegos, que casi siempre aparecieron originalmente en mi columna “La Historia por Vecina”, de la Crónica Dominical que dirigía Rafael Pérez Gay...

-Se ha calificado a las otras dos secciones de una crítica feroz del príismo...

-Todas mis crónicas son sátiras, desde las que escribía a principios de los años setenta. La sátira te permite enfatizar y colorear, demostrar la monstruosidad de ciertas situaciones políticas mediante el esperpento, el carnaval y la reducción al absurdo. Y realmente tuve que escoger muy pocas de las crónicas que escribí a fines de siglo, porque el público ya estaba cansado de las crisis y los crímenes y las catástrofes que agobiaron al país en esa época, y que además recibieron un trato abusivo por parte de los medios de comunicación. Ya nadie quería saber más de Colosio o de Salinas. Me quedé con unas quinientas páginas en el cajón. Destaqué las críticas a los episodios y personajes del PRI porque fueron más importantes que los de los otros partidos, aunque éstos no cantaron mal las rancheras. Pero la gazmoñería de ciertos políticos panistas como Fox, cuando gobernador, o Castillo Peraza, como candidato a jefe del gobierno de la ciudad, o de los perredistas Cuauhtémoc Cárdenas y Muñoz Ledo no lograron en mi pluma, por desgracia, páginas más divertidas que las dedicadas al PRI. Mi crítica a la izquierda fue muy dura porque la corrupción, el oportunismo, la necedad, la ignorancia, el pragmatismo y demás vicios que reveló nuestra golden left en cuanto estuvo cerca del poder, me dolieron más que los vicios ya conocidos y previstos del PRI y la derecha. Sin embargo, escribí libelos desaforados y seriezotes. No creí que funcionaran literariamente como sátiras en este libro. Y ahora duermen en el cajón.

-¿Qué diferencias encuentras entre el Álbum de pesadillas mexicanas, tu último libro de crónicas, y Función de medianoche, el primero?

-No he releído Función. Detesto releerme y sobre todo en crónicas y periodismo, géneros rápidos, a veces espontáneos, que te permiten exhibir demasiado crudamente tus esperanzas, emociones, ideas, prejuicios. Al paso del tiempo se vuelven casi indecorosos, tanto cuando la historia te dio la razón (yo no exageraba en ese libro: nos estaba llevando la chingada desde entonces), como cuando te contradice: las esperanzas socialistas, socialdemócratas y hasta del mero Estado Benefactor, con sus módicas dosis de justicia social, se derrumbaron en todo el mundo. Pero creo que Función es el libro de un muchacho que se pretendía escéptico y desesperado, pero que en realidad albergaba secretas esperanzas en la contracultura y el socialismo, y creía que “el progreso” nos conduciría casi por su propia inercia a un futuro mejor: ¿acaso Europa y los Estados Unidos no estaban “progresando” en niveles de bienestar, de libertad política, de tolerancia social y cultural? Función de medianoche, con todas sus lobregueces, es un librito juvenil secretamente optimista. Los posteriores ya no. Álbum es un libro de un cincuentón desengañado que trata de al menos soportar el mundo idiota con la sonrisa de Voltaire. Cuando lo escribí leí mucho a Voltaire, a Flaubert, a Ricardo Palma y a González Obregón, a Novo (siempre releo a Novo), a Borges y a Bioy Casares.

-Tu segundo libro, de 1987, fue Cuando todas las chamacas se pusieron medias nylon...

-Pero contiene textos antiguos, anteriores a 1983. Hubo problemas con la edición de ese libro, pasó por varias editoriales: tardó en publicarse. Trataba de narrar el carnaval de la modernización loca y abusiva de México durante la segunda mitad del siglo, una industrialización y una urbanización supersticiosas, ineficientes, apocalípticas, que causaron mayores miseria y desorden que los que pretendían remediar. En realidad el modernismo del PRI no trataba de remediar nada, sino de hacer buenos negocios para los modernizadores. Por eso todo se hizo a lo loco, con los resultados conocidos de monstruos urbanos miserables, grotescos, catastróficos y todo el carnaval de la economía del consumo en una sociedad lumpenizada. Es un librito muy cercano a Función de medianoche, aunque más politizado. Creo que todavía esconde cierto optimismo, cierta sonrisa dentro de su travesura de cantar a lo Juvenal o Jeremías la destrucción modernizadora de la sociedad mexicana.

-En Un chavo bien helado todo es negro...

-Así fueron esos años. Crisis económicas y políticas sin precedentes, miserabilización acelerada de la sociedad, resquebrajamiento de las instituciones políticas, cinismo y voracidad de las clases políticas y adineradas, revanchismo clerical; a esto se aúnan catástrofes inesperadas: el sida, los temblores de 1985, otros desastres naturales y muchos desastres modernos, industriales, como la explosión de instalaciones petroquímicas por corrupción, estupidez y falta de mantenimiento. En 1985 la ciudad de México parecía vivir la víspera o al día siguiente del fin del mundo. La ciudad derrumbada y la gente desolada, sin esperanzas, sin esperanzas de llegar a tener esperanzas. Creí que eso ya era el fondo del túnel, pero apenas comenzaba. Fue muy criticado su tono lóbrego y miserabilista, pero resultó menos atroz que la realidad del futuro inmediato. Yo creía exagerar, jugaba a exagerar, y no me acercaba ni con mucho a los desastres que se avecinaban.

-Quedarían un poco de lado Los mexicanos se pintan solos y Se visten novias...

-Son libros más literarios. Luché para no obsesionarme con la lobreguez que veía en el país y su futuro. Por encontrarles o inventarles aspectos simpáticos a los días negros. Me gustan esas crónicas porque en ellas hay más literatura que sociología o reportaje. Constituyeron una especie de barricada personal contra la desolación, el pesimismo, el vicio de la tristeza. A pesar de todo, “hay que intentar vivir”, como diría Paul Valéry. Pero la verdad es que por esos años le perdí gusto a la crónica y al periodismo. Ese trabajo me había dejado de entusiasmar, me deprimía, me extenuaba. Y dediqué mis esfuerzos a otras cosas: novelas, cuentos y ensayos literarios. A partir de Un chavo bien helado me encerré a leer clásicos: a leer literatura lo más posible, y a escribir y pensar sobre el México real lo menos posible. Instinto último, casi terminal, de supervivencia.  Jugué a ciertas farsas, como El Castigador (1993) y Mátame y verás (1994), escribí cuentos y sobre todo muchos ensayos sobre escritores antiguos; traduje a Goethe, a Rilke, a Auden, a Isherwood, a Maupassant...

-De tus novelas hablaremos mañana.



4.- SOBRE LAS NOVELAS: LA VIDA ES LARGA Y ADEMÁS NO IMPORTA, LAS PÚBERES CANÉFORAS, CALLES COMO INCENDIOS, EL CASTIGADOR Y MÁTAME Y VERÁS...

-La vida es larga y además no importa (1979) parte de un pensamiento de Pascal, sobre la vanidad del arte. Pascal censuraba a la pintura que nos hiciera admirar cuadros que imitan seres o cosas que no admiramos.

-Valéry censura mucho ese pensamiento. Encuentra en él el jansenismo histérico de Pascal, su odio tanto a la vida como al arte. A mí me pareció ciertamente ingenioso, por su juego de paradojas. Y en efecto, las novelas, especialmente las novelas realistas, tratan de gente a la que no nos gustaría mucho conocer en  persona. ¡Qué tedio convivir con la Bovary, la Karenina o la Regenta! Pero sobre todo era una burla contra mí mismo. Después de intentar unos diez años diversas novelas vanguardistas, extravagantes, que imitaban a Gide, a Genet, a Mishima, a Cortázar, a Lezama, a Faulkner, a Vargas Llosa, a Fuentes, me decidí a terminar al menos una con la estética más simple y llana posible, casi un reportaje. Mi primer obstáculo narrativo, un muro que no pude franquear durante diez años, fue la moda de la narrativa vanguardista del surrealismo, del realismo mágico y del “boom”. Un tanto irónicamente, me resigné a escribir una novelita simple. Pero quería que la presidieran tanto un título como un epígrafe irónicos, que se notara que me estaba burlando de mi propio asunto y de mi propia estética. En realidad, tuve que simplificar todo lo que había querido narrar antes, reducirlo; de hecho, esta novelita es apenas la primera parte, la que no trata mucho de homosexualidad, de un díptico sobre los mismos personajes: un escritor bisexual, una dama prefemininista y un chichifón. La segunda parte, ya menos sencillita, y más enfocada en el relato de atmósferas gay, fue Las púberes canéforas (1983).

-En Las púberes canéforas ya aparece la ciudad nocturna terrible de Función de medianoche (1981).

-Y de mis Elegías (1977-1991). Por aquellos años yo vivía mucho de noche y en la calle. No había otros espacios para los homosexuales. Se ligaba en las calles, de noche, y en algunos bares clandestinos. La ciudad ya daba mucho miedo, pero menos por la delincuencia que por la policía. Eran los años de López Portillo y su célebre jefe de policía, el general Durazo. No había sida. El mayor y más frecuente terror de los homosexuales era caer en manos de los esbirros del orden.

-En Calles como incendios (1985) cambias de rumbo...

-Volví a mis queridos vanguardismos, y no gustó al público. A mí me encantó escribirla. Me entusiasmó más que muchos otros de mis libros. Las crisis económicas y sociales de la época pintaban a la ciudad de México con colores y perfiles apocalípticos, ¿por qué no jugar a un Apocalipsis de feria? Imité un poco a Gore Vidal, en Messiah, y narré un fin del mundo lumpenísimo, en  una ciudad de menesterosos, con un redentor-boxeador y una doctrina que parodiaba el estoicismo. Una locura. Me pareció tan desmesurada que jugué a un punto de vista loco: que el narrador fuera loco, un demente que se imagina reencarnación de Lope de Vega y que ve el fin del mundo como una comedia de capa y de espada. Gustó mucho a mis amigos, a quienes por cierto no les había entusiasmado Las púberes canéforas, pero el público prefirió ignorar el libro.

-Hay un gran lapso entre Calles como incendios y tu siguiente libro, El Castigador (1992).

-Se me fueron esos años escribiendo guiones para cine con Paul Leduc, los artículos y crónicas de Un chavo bien helado y Los mexicanos se pintan solos, y sobre todo la voluminosa investigación de mis libros sobre la literatura novohispana.

-El Castigador es un libro alburero...

-Una novelita picaresca cuya principal característica es el juego con el lenguaje procaz y los albures. El Castigador es el hombre más indigno concebible, el peladito que se prostituye con una mujer; no un gigoló ni un chulo, sino una especie de puto heterosexual, objeto pasivo del deseo de la Geles, quien se permite incluso timarlo, pagarle con puro viento: falsas promesas de chamba, y mientras tanto tenerlo moviéndose en la cama. Él se venga de esa mujer en la cárcel, pintándola lo más burlesca y obscenamente que puede. Lo mejor que me pasó con esa novela fue que le gustó a Jaime López y que decidió producir una obra teatro basada en sus primeros episodios, tuvimos más de treinta representaciones; calculo que, en total, ya sea en el teatro o en un bar donde la presentamos como variedad, nos vieron más de 600 personas. Cuando terminó la temporada me quedé engolosinado con esa vena satírica, y escribí con mucha rapidez Mátame y verás...

-¿Es homofóbica?

-Eso dizque lo inventó Monsiváis: categoría digna de su discernimiento, y convocó a algunas loquitas embutidas en el medio periodístico para atacarla. Es una burla desde adentro de los asuntos homosexuales, una farsa mucho menos feroz que las de Genet, por ejemplo. Imagino un heterosexual obligado a convivir con homosexuales y que narre su antipatía hacia ellos. Estaba yo harto de la cursilería de las odas de chauvinismo gay y del gayismo políticamente correcto de los “estudios de género”. También le disgustó a González de Alba. Curiosamente, en varias revistas porno, gays, de muchachos con los genitales en exhibición, aparecieron reseñas muy favorables. Los lectores gay de las revistas porno fueron menos pudibundos que los mentecatos intelectuales gay políticamente correctos. Cuando la terminé, en 1994, supe que era mi última novela. Ya era mi tercer fracaso de librería consecutivo en el género novelístico, y decidí no seguir invirtiendo tanto tiempo, paciencia y desgaste emotivo en novelas que la gente no quería leer. Si de todas maneras me iban a leer pocos, que fueran cuentos. Uno puede dedicarse dos o tres meses a un cuento y abandonarlo. La novela a veces se lleva años.

-Queda pendiente tu crítica literaria.

-La vida es larga..., Gabriel.


miércoles, 1 de mayo de 2019

GUILLÉN DE LAMPART

LOS MISTERIOS DE DON GUILLÉN DE LAMPART


La Columna de la Independencia resguarda un mausoleo interior para los héroes; en su vestíbulo se yergue la enigmática estatua de don Guillén de Lampart, pretendido “precursor principal de la independencia de México”.
Este extravagante desatino fue en vano combatido en 1908 por Luis González Obregón: don Guillén de Lampart (1615-1659) no era ni mexicano ni español, sino irlandés, con apariencia de hidalgo pero sin antecedentes verificables; tampoco mostró capital, profesión, méritos ni obras, antes de ser encarcelado por el Santo Oficio. Su confuso pensamiento sólo aparece en el proceso inquisitorial, que ha de ser leído con múltiples reservas: documentos que escribió bajo desesperación o tortura en la cárcel y testimonios parciales e interesados de los delatores y de los propios inquisidores.  Fue totalmente ignorado por la sociedad novohispana donde estaba por nacer sor Juana. Sus pretendidos planes para erigirse en rey de México nunca emprendieron indicio alguno de ponerse en práctica, ni fueron conocidos sino por escasos y peregrinos confidentes, que pudieron mentir. Incluso buena parte del personaje que revela el proceso inquisitorial se antoja caluminiosa o delirante, y se carece de otras referencias.
Brumosamente trasladado de Irlanda a España –vía Inglaterra, Francia, Flandes- y más oscuramente desembarcado en Veracruz en 1640 (en la misma flota que el nuevo virrey, pero sin formar parte de su corte), Lampart o Lombardo (como castellanizaba su apellido) se avecindó en la ciudad de México, por el rumbo de la Merced, donde sólo vivió dos años en libertad, sin mayor provecho y sin dejar rastro alguno en la sociedad novohispana, pasando miserias, arrimado a la familia de un pequeño comerciante a cuyos hijos impartía clases de latín.
En 1642, acusado de brujería, tratos con el demonio, infidencia al rey, desacato al Santo Oficio, herejía y de abundantes injurias contra los inquisidores, entre los innumerables cargos que solían acumularse sobre los desdichados, quedó preso durante diecisiete años en las cárceles de la Inquisición, de donde sin embargo logró escaparse durante dos días en 1650. Fue reatrapado, rencarcelado, reprocesado y quemado vivo en el quemadero de la iglesia de San Hipólito (ahora transferida a San Judas Tadeo), cerca de la Alameda, en el auto de fe del 19 de noviembre de 1659. Detrás del convento de San Diego –digamos, por el cruce de Reforma  y Avenida Hidalgo- corría una acequia adonde se arrojaban las cenizas de los ajusticiados.
         Casi ningún novohispano, salvo su media docena de acusadores o testigos astrosos, los inquisidores y algunos burócratas, se enteraron de la vida y del pensamiento de Guillén de Lampart, aunque sí (v. gr: Guijo: Diario de sucesos notables) de que cierto hereje se había fugado –lo que era no sólo escandaloso, sino casi inverosímil- de las inexpugnables cárceles del Santo Oficio, y que además había pegado en la madrugada algunos escritos injuriosos y blasfemos en tres o cuatro edificios céntricos. La sociedad novohispana de 1650 lo supo porque se predicó en todas las parroquias –medio centenar- que quien supiera de él debería denunciarlo de inmediato, bajo amenazas de excomunión mayor y líos inquisitoriales, así como entregar aquellos papeles al Santo Oficio. Fue en realidad un asunto pasajero y menor, soterrado durante dos siglos, pero que después de la Reforma -cuando Vicente Riva Palacio tomó prestados muchos volúmenes de los archivos de la Inquisición y se los llevó varios años a su casa en la calle de Donceles-, se convirtió en un escándalo histórico y en una ejemplarizante figura cívica.

OTRO CUENTO DEL GENERAL
Riva Palacio hizo dos cosas a propósito de don Guillén de Lampart: novelizar su vida, a partir del voluminoso proceso inquisitorial, en el folletón titulado Memorias de un impostor. Don Guillén de Lampart, rey de México (1872), que gozó de poca fortuna (una sola edición en más medio siglo –ahora se consigue cómodamente en Porrúa-); y sobre todo perfilar con demasiado entusiasmo ideológico sólo algunos de sus muy contradictorios rasgos en México a través de los siglos, de donde los constructores de la Columna tomaron la idea de convertirlo en “precursor principal de la Independencia”, pues alguna vez dijo, en efecto, que el papa no tenía derecho de conceder ningún territorio al rey de España ni éste de gobernar estas tierras... lo que por cierto habían afirmado muchos frailes y soldados españoles desde del siglo XVI en México, y lo que sostuvo toda la Europa no católica durante siglos. Y buena parte de la católica: en Francia e Italia.
         El general Vicente Riva Palacio, como sabemos, fue uno de nuestros mayores escritores del siglo XIX (Martín Garatuza, Los cuentos del general, Los ceros; Monja y casada, virgen y mártir; El libro rojo, la sección “El Virreinato” de México a través de los siglos, además de la coordinación de esta obra monumental que ha regido la visión oficial y social de nuestra historia antigua, hasta la fecha) y el que más se apasionó por la historia de la Inquisición en muchos de sus escritos. En su novela Memorias de un impostor, sin embargo, acaso falló por exceso. Como si el enorme expediente inquisitorial no le bastase, le inventó a Guillén de Lampart una trama absurda y algo cansada de folletón o comedia de enredos, en la que aparece como un asombroso Don Juan perseguido por las adversidades eróticas.
Más de la primera mitad de la novela trata de una bendición o maldición erótica, “el dedo del diablo”, que lo había ungido fatalmente en la frente: todas las mujeres distinguidas y hermosas de la Nueva España se enamoraban perdidamente de él. Riva Palacio nos los muestra guapo, bien vestido y ataviado; rico, galante, seductor, caballeroso, generoso: todo un galán donjuanesco con libre acceso a los salones palaciegos. Sabemos, por el contrario, que este aventurero no tuvo la menor suerte durante sus dos años de libertad mexicana, pues apenas si malvestía y malcomía, y de arrimado entre gente modesta.
De pronto, en Memorias de un impostor, como a todo Don Juan, se le juntan, coléricas, cinco enamoradas. Una se suicida, otra se va de monja, otra lo denuncia por brujo o diabólico a la Inquisición, etcétera. Eso no aparece en su proceso, donde resulta meramente denunciado por un tal amigo Felipe, a quien finalmente alarmaron sus estrambóticas habladas. También Riva Palacio lo inventa como miembro de una exótica masonería pro-independentista de la que tampoco hay fuentes y que suena a un episodio más bien anacrónico, del tipo de “los guadalupes”, que sólo ocurriría hasta principios del siglo XIX, con ribetes románticos.
         Por el contrario, resulta que don Guillén de Lampart era una suma barroquísima de misterios y de contradicciones. No se sabe por qué salió de Irlanda ni cómo fue a dar a Londres, donde estudió latines y teologías a la edad de doce años, cuando tuvo que escapar de las iras del rey de Inglaterra –dice- porque, a tan precoz edad, compuso un poema en latín contra las herejías de la monarquía inglesa. La megalomanía, la mitomanía, la imaginación delirante, a ratos lúcida y a ratos totalmente extraviada, según va dejando huella en los interrogatorios inquisitoriales, lo entremezclan todo en un ilimitado aventurero en los laberintos de su propia imaginación.
Dice que luego cayó en poder de piratas y se volvió prodigiosamente su jefe, pues algo brillaba en él que los sedujo. Pocos meses después, todavía adolescente, abandonó a sus fieles piratas y se destacó como caballero, militar y sabio en la corte francesa y luego en la española, donde el rey de España y el valido Conde-duque de Olivares, entre muchos otros poderosos, lo premiaron con múltiples favores, como becas para un colegio de nobles en Santiago e incluso para El Escorial, además de bienes materiales que no quiso aceptar: se embarcó, sin dinero ni recomendaciones, como uno más de la plebe en una flota a intentar no sé qué aventura mexicana.
        
LA REVISIÓN CRÍTICA DE GONZÁLEZ OBREGÓN
Luis González Obregón escribió una rigurosa biografía histórica de Don Guillén de Lampart, la Inquisición  y la Independencia en México en el siglo XVII (1908), con la intención de disuadir a quienes deseaban inventarlo como “precursor principal de la Independencia” y erigirle una estatua en el mausoleo de la Columna. Ahí lo reduce a su justa dimensión. Había, sin embargo, acepta González Obregón, algo de verdad en sus asombrosos dichos, pues en efecto se manifiesta en su proceso como un hombre extraordinariamente inteligente, culto, habilidoso e imaginativo; hablaba varios idiomas europeos y escribía en latín con excelencia. Durante su prisión, compuso cientos de salmos latinos en letra diminuta en su sábana, con tinta improvisada (cenizas mezcladas con alguna bebida como chocolate o atole) y plumas obtenidas de astillas y huesos de comida: el Regio Salterio, que tradujo y estudió parcialmente el padre Gabriel Méndez Plancarte (1948) -el hermano olvidado del celebradísimo Alfonso, el sorjuanista. Era asimismo un hombre increíblemente valeroso y resistente al dolor físico, según lo reconoce el propio expediente, pues mantuvo su rebeldía contra los inquisidores durante los diecisiete años, a pesar de las torturas y de los castigos carcelarios que acostumbraba el Santo Oficio, que además parece haberse ensañado muy especialmente contra él.
Aunque en ocasiones se dijo –no se sabe si en momentos de locura, sagacidad, necedad o broma- descendiente de aristócratas y hasta hijo bastardo del anterior rey de España y hermanastro de Felipe IV, y por ello merecedor del trono de México, se demostró que era llanamente hijo de humildes artesanos y granjeros irlandeses, según declaró un hermano suyo, fraile, ¡también enigmático residente irlandés en la Nueva España!, pero dedicado a modestos deberes religiosos en provincia.
Algo le debió ocurrir en Europa para dotarlo de una cultura vasta, precisa, elegante, que pasmó al Santo Oficio y que siguen elogiando los estudiosos modernos. Por lo demás, durante los siglos XVI y XVII abundaron las leyendas o rumores de hijos bastardos de los reyes de España, enviados o aparecidos misteriosamente en México, como algunas monjas fundadoras de conventos, o privilegiadísimas habitantes de ellos, y el “venerable” Gregorio López, igualmente enigmático: muy sabio y algo santo, o al menos asceta, apocalíptico y ermitaño.
         Fuesen bravuconadas, delirios o estratagemas, Guillén de Lampart confió a los humildes parroquianos con quienes trataba en la Merced que estaba destinado a convertirse en rey o virrey del país, según lo veía en los astros, o se lo hubiesen prometido sus poderosos parientes y amigos españoles, o el peyote y el demonio. Lo curioso es que tal megalomanía, que al principio esa gente humilde tomó simplemente por chifladura, empezó a cobrar visos de realidad al ocurrir un hecho inusitado: en 1642 había acontecido un insólito golpe de estado, mediante el cual el obispo Palafox destituyó en cinco minutos al virrey Villena (se le acusaba de complicidad con los portugueses, por entonces enemigos de España, aunque luego fue exonerado de todos los cargos y nombrado virrey de Sicilia).
Si era tan fácil derribar instantáneamente a un virrey con unos papeles secretos que de repente había esgrimido el obispo Palafox, podría serlo tirar a otro con otros papeles, incluso falsos. Y Guillén de Lampart presumía de sostener nutrida correspondencia con todas las cortes europeas y con los reyes de Portugal, Inglaterra y Francia. No se le encontraron cartas recibidas de Europa; sólo proyectos o dichos de las propias cartas que él escribía o pensaba escribir a los más encumbrados personajes del orbe. Y dijo, efectivamente, que puesto que ni el papa ni el rey de España tenían derechos legítimos sobre estas tierras, cualquiera que liberase de ellos a los mexicanos y fuese aceptado por éstos –él, por ejemplo-, podía constituirse legítimamente en su rey, y a ratos se imaginaba y firmaba como “rey de México”.  Sólo lo dijo en sordina a tres o cuatro personas en merenderos, vecindades y tabernas de la Merced y lo escribió luego en sus papeles carcelarios. Parece que también imaginaba ganarse el apoyo popular aboliendo la esclavitud de los negros y los onerosos impuestos a todas las castas, lo que indudablemente fascinó a los liberales de la Reforma.
         Hasta aquí, la acción legal contra Guillén de Lampart debió haber sido meramente política y secular; asunto para la Sala del Crimen de Palacio y para ser remitido en cadenas a España por probables intenciones de infidencia o rebelión. O a un manicomio. Sin embargo, el Santo Oficio se apoderó del caso porque los delatores y testigos hablaban de peyote, de astros y de diablos. Es entonces cuando se despliega la más trágica y aleccionadora historia de Guillén de Lampart, esta sí totalmente documentable: la del enemigo acérrimo de la Inquisición desde sus propias cárceles.
Se defiende con sabiduría y furia de los inquisidores; los insulta, los amenaza y en secreto escribe terribles denuncias contra ellos por su corrupción (apresaban ricos –especialmente de origen portugués, pues por entonces Portugal se había separado de España y convertido en enemigo de la Corona española- para robarles sus bienes; les inventaban cargos, los circuncidaban por la fuerza en la propia cárcel para hacerlos pasar por judíos, falsificaban los procesos, etcétera). Al fugarse, pegó estas denuncias –con un engrudo a base de pan y agua- en ciertos muros principales, en la madrugada, donde permanecieron escasas tres o cuatro oscurísimas y desiertas horas; y se atrevió a apersonarse, apenas fugado, en pleno Palacio para entregarle al virrey, por medio de un mozo, con el pretexto de que se trataba de un correo extraordinario de La Habana, un relato abundante y sazonado de los vicios inquisitoriales. De tal modo se convirtió en un adalid de los liberales juaristas que, con los archivos de la Inquisición en el cómodo estudio de Riva Palacio de su casa de Donceles, podían airear un aspecto macabro de la dominación española.
         Aunque en secreto, tales cargos contra el Santo Oficio mexicano no fueron tomados a la ligera por la Corona española, que interrogó a sus representantes virreinales sobre ellos durante mucho tiempo, y ordenó investigaciones que corroboraron plenamente, al menos en los aspectos materiales de corrupción y arbitrariedad, las denuncias de Guillén de Lampart. Sobre todo le dolió mucho al rey enterarse de que los inquisidores mexicanos apresaban a presuntos judíos de origen portugués muy ricos, ¡y en seguida los volvían pobres en su contabilidad!, para no entregar nada de esa riqueza confiscada al tesoro real. A algunos inquisidores se les demostró que vendían en tales o cuales comercios céntricos las joyas sustraídas a los “herejes” procesados.
        
LOS HÉROES IMAGINARIOS
Se pudo encontrar cientos de “precursores de la independencia” con mayores méritos que Guillén de Lampart, desde el propio Hernán Cortés y su hijo, así como sus partidarios, hasta muchos indios caciques, chamanes o macehuales insumisos, negros cimarrones y frailes mesiánicos. La pretendida “siesta virreinal” proliferó en rebeliones, motines y conjuras. Fue el énfasis de Riva Palacio en el perfil rebelde, exótico, novelesco, de Guillén de Lampart, y más en México a través de los siglos que en la novela, lo que le valió la curiosa estatua en la Columna de la Independencia, por lo demás tan poblada de próceres cuestionables.
         Lo que más me conmueve de don Guillén  de Lampart, sin embargo, no es el atareado y mágico donjuanismo que le confiere Riva Palacio; ni los tratos demoniacos, prácticas brujeriles y frecuentaciones del peyote que narran sus delatores. Tampoco sus terribles tormentos, tan regiamente narrados por Riva Palacio en la última parte de la novela, la de la cárcel -que es sufrimiento puro-, que de cualquier modo comparte con todos los presos no sólo de la Inquisición, sino también de El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas... quien a ratos me parece que inspira más a Riva Palacio que todos los numerosos y voluminosos documentos inquisitoriales. En Memorias de un impostor, la fuga de Guillén de Lampart es toda una aventura de Montecristo.
Lo verdaderamente conmovedor es la fe absurda de don Guillén de Lampart en la escritura. Muy poca gente sabía leer a mediados del siglo XVII en México. No había desde luego prensa periódica, ni mucho menos política. Sólo podía ambicionar escribir cuatro o cinco papeles con letra menuda y pegarlos con engrudo de pan en muros de casas e iglesias, a ver si alguien azarosamente los leía en la oscura y vacía madrugada; y si ése los entendía, y si los relataba fielmente a otra persona... Además de llevarle un abundante texto al virrey a su propio palacio. En esto logró un gran éxito ulterior: sus fragilísimos textos sobrevivieron, cuando ya se han olvidado muchas aparatosas obras eclesiásticas o burocráticas.
Lo conocemos sobre todo por esas denuncias desaforadas, que los inquisidores preservaron rencorosamente en sus archivos, adonde las pudieron encontrar Riva Palacio y, treinta años después, González Obregón. Acaso nadie haya tenido tanta fe en una denuncia civil, escrita, exhibida ante la entonces inexistente “opinión pública” como Guillén de Lampart, anónimo en su siglo y ahora azarosamente encumbrado en el vestíbulo de la columna de la Independencia, gracias al prestigio  y a la pluma de Riva Palacio.
En su prólogo a la edición de Porrúa de Memorias de un impostor, Antonio Castro Leal acusó a González Obregón de ser injusto con Riva Palacio, pues no lo menciona por su nombre en su biografía de Guillén de Lampart, aunque se refiera a México a través de los siglos. Casi sugiere plagio. El reproche es ridículo: ambos estudiaron el mismo expediente inquisitorial. Y quien haya leído otras obras de González Obregón recordará que cita con frecuente reverencia a Riva Palacio.  Simplemente Luis González Obregón eludió en esta biografía rigurosamenete histórica, por cortesía, desmentir los añadidos imaginarios, folletinescos, de la novela; tampoco quiso polemizar abiertamente con su querido maestro y antecesor, ya muerto, en quien pretendían apoyarse los partidarios de erigir la estatua de Guillén de Lampart como “el mayor precursor de la Independencia”.
A los delirios o temeridades del aventurero, se sumaron el mito literario-ideológico de Riva Palacio y la peregrina imaginación de un escultor italiano, pues desde luego no existía iconografía alguna del pesonaje: sólo se sabe que era de mediana estatura, facciones regulares y algo pelirrojo. Edad mediana, y claro: moda de mediados del siglo XVII. Ha sido pues el destino de Guillén de Lampart ir añadiendo, aun siglos después de muerto, más ficciones azarosas a su perfil de “impostor” trágico.
        



viernes, 1 de marzo de 2019

FERNÁNDEZ DE LIZARDI

LIZARDI O EL FILÓSOFO DE BANQUETA

Si se practicara una encuesta entre los mexicanos letrados, incluso presuntamente muy letrados, sobre sus conocimientos acerca de José Joaquín Fernández de Lizardi, nos toparíamos con media decena de lugares comunes: que tenía el sobrenombre de El Pensador Mexicano; que fue un autor independentista; que escribió la primera novela mexicana: El Periquillo Sarniento; que se dedicó a moralizar o a educar al pueblo. Todo ello lo convierte en un héroe de cultura nacional a quien no suena correcto tildar de ramplón o de aburrido.
         Más que cualquier otro autor célebre, Lizardi ha resultado, para la enorme mayoría de los lectores que lo han sufrido como lectura escolar en la secundaria o en la preparatoria, un sermoneador opaco con algunos chistes poco inspirados. Es un autor que los mexicanos letrados conocen a través de borrosos recuerdos de tedios escolares.
         Para descubrir en él otra cosa: a un rebelde de las costumbres, a un soñador de la sociedad moderna, a un combatiente de las ideas, al primer y más decidido defensor (creador) de la libertad de prensa, es preciso, primero, desmitificarlo un tanto como el héroe domesticado de los libros de texto (el simple enemigo de la pereza y la coquetería, por ejemplo); y luego leerlo ampliamente, más allá de la fábula del Periquillo, en la gran cantidad de ensayos, versos, teatro y periodismo recopilados en sus Obras (UNAM, 1963-1997). Pero suman 15 tomotes, que abruman al lector de intereses generales, quien no espera grandes deslumbramientos en Lizardi sino, otra vez, el prestigio épico del “autor independentista” y del “primer novelista mexicano”.
         Por fortuna, María Rosa Palazón y sus colegas han publicado una abundante antología temática, con un prólogo importante (si bien demasiado apologético para mi gusto), en la serie “Los imprescindibles” de Editorial Cal y Arena. (La selección también resulta ambiciosa e imparcial: aparecen textos donde Lizardi no queda muy bien parado, pero que es justo que el lector también conozca, como sus insultos a las tropas de Hidalgo y Morelos; la melancólica conversación —que George Bernard Shaw habría envidiado— entre Hidalgo e Iturbide en los infiernos; y sus finales escritos “ultras”, donde su jacobinismo ya resulta menos polémico y jocoso que agriamente intolerante y persecutorio.)

LA MODESTIA DEL PENSADOR
Otros de nuestros autores se distinguen por sus conocimientos o su inspiración, su riqueza expresiva o su inteligencia. Lizardi (como en cierta medida su contemporáneo Carlos María de Bustamante) se destaca por su modestia, en los dos sentidos del término: su falta de presunción y su falta de brillantez artísticas e intelectuales.
         Si no queremos decepcionarnos con su lectura es preciso dejar de exigirle la hondura intelectual, la prosa rica e inteligente, los conocimientos prolijos que no tiene. Hay que leerlo como él quería que se le leyera: como periodista. (Pudo asimismo llamarse, como lo haría Mariano José de Larra en España, El pobrecito hablador: el periodista moderno que no se exige credenciales de teólogo ni de erudito, sino la cultura general, el sentido común y la expresión coloquial.)
         Sus defectos de escritura y su falta de conocimientos económicos, históricos, legales, religiosos, fueron señalados en sus propios días por los poetas del Diario de México, los “árcades”, y por los expertos gubernamentales (a quienes parecían ridículas algunas de sus proposiciones concretas de reformas sociales o políticas: sencillamente sus cuentas no salían; o que sus “arbitrios” o soluciones provocaban más problemas de los que intentaban resolver, como su defensa de las “rosarieras” o vendedoras ambulantes de sus tiempos). Lucas Alamán lo recuerda con desdén en su Historia de México.
         Como sus contemporáneos fray Servando y Bustamante, fue acusado de disparatado, farragoso y vulgar, cuando no de ridículo, falso y “mamarrachero”. Ciertamente todos sus escritos, salvo acaso el esperpéntico soldadón Don Catrín de la Fachenda, parecen escritos al vapor, casi sin revisión alguna, con inmediatez periodística, y ciertos alardes de comicidad coloquialista no siempre logrados. Su audaz águila periodística tiene mucho de perico.
         Además, a diferencia de fray Servando, quien era un hombre de ideas y expresiones brillantísimas (aunque extravagantes); y de Bustamante, testigo y trovador (a ratos disparatado) de las hazañas insurgentes, Lizardi parecía hablar de todo al mismo tiempo y no tener nada concreto qué decir. En eso funda una tradición verbosa que constatamos entre los columnistas del día de hoy.
         Hay que estar dispuestos, en la obra de Lizardi, a encontrar, a veces hasta en el mismo párrafo, conceptos tan modestos como la utilidad de que los cuartos estén bien ventilados, de que las mujeres sean virtuosas y los hombres laboriosos, de que los niños no usen zapatos muy estrechos, y lucubraciones tan atrevidas como la forma de competir localmente (la Independencia contrajo el lío del “libre comercio”) con Inglaterra en la industria textil hacia 1825: ¿Cómo? ¡Pues nomás trabajando duro y bien! Los telares casi medievales novohispanos podrían producir telas tan buenas y baratas como las de las fábricas inglesas gracias ¡a un simple esfuerzo moral! Con moral o sin moral, todos los arcaicos telares del mundo quebraron ante la Revolución Industrial inglesa.
         Fracasa como estratega al proponer la recuperación del fuerte de Ulúa a cañonazos, desde la plaza de Veracruz: no conocía el alcance de los cañones ni la distancia entre la plaza y el fuerte. Su banalidad y su beatería moralizantes irritan especialmente en las novelas y en las fábulas: sus regaños a las quinceañeras coquetas, por ejemplo. ¿Qué daño le hacía que las mujeres gustaran de la moda? ¿De veras quería que toda casadera o casada fuese una monja? ¿Por qué un escritor ha de tener derecho a la libertad de prensa, y una chamaca no a la libertad de la moda? (La Güera Rodríguez debió haber atronado, desde su alcoba todopoderosa, contra los anticuados y paniaguados escritos de Lizardi sobre las mujeres que, por lo menos al vestirse, se sentían modernas.)
         En sus Conversaciones del Payo y del Sacristán arroja a la torera toda una constitución formal para el México independiente. Total, dice pisando de lleno el país de las barbaridades: Si Platón se atrevió a soñar su República, ¿yo por qué no? Si Tomás Moro...
         Bueno: porque eran sabios, en el sentido en que lo fueron sus antecesores Alzate y Bartolache, o su detractor Alamán; en el sentido en que nuestro Pensador nunca lo fue. Lizardi rara vez expone un pensamiento profundo y metódico, ni ofrece datos concretos, situaciones materiales, análisis históricos o económicos sustentados: es, como suele ocurrir en el periodismo, un hombre de ideas generales. Ciertamente generosas: busca el Bien Común, la justicia, la paz, la libertad, la prosperidad, el orden público, la dignidad de su patria, pero carece de otro tipo de argumentos que los morales.
         A ratos miente: sabía perfectamente y por experiencia propia, por ejemplo, que los francmasones, a quienes defendió, profesaban una especie de ateísmo llamado “deísmo” (la creencia en un abstracto y geométrico Ser Supremo, y no en los evangelios); pero los hace aparecer como santos filántropos absolutamente ortodoxos dentro de la doctrina católica. Engañaba a ratos pues, “con buena intención”, a sus lectores.
         En su caso, el moralismo es también deficiencia de otro tipo de inspiración. Asombran su ignorancia y su desinterés tanto por la historia como por la realidad de los indios; tampoco sabe mucha cultura novohispana, aunque elogia de paso, y no por sus mejores textos, a Sor Juana. Lo mismo patea que encomia a Hernán Cortés y a Hidalgo, según el talante o la oportunidad.
         Alzate le habría colocado orejas de burro en terrenos como la estadística, la geografía, la economía, el derecho, las ciencias, la agricultura... disciplinas que resultan indispensables en un autor moderno que, como él, trate precisamente de esos temas. ¿Pero qué periodista todólogo no se ha visto en esa posición?  Reúnase buena parte de los artículos del mejor periodista contemporáneo y sufrirá muchas deficiencias lizardianas. Recuerdo mucho a Mencken, el gran Mencken, ahora que repaso al Pensador para este artículo.
         Su democrática idea política del ciudadano, por ejemplo, consiste exclusivamente en el hombre casado, ¡porque en los solteros y viudos no se puede confiar! Suelen verse tan libertinos... ¿Cuál sería la credencial óptima de elector? Pues el acta de matrimonio certificada por el cura. Eso no le impidió, en el momento de solicitar un príncipe Borbón para que fundara una monarquía mexicana, exigir como condición esencial que fuese soltero... para que posteriormente lo mexicanizara una esposa criolla. ¡Cuanta fe ciega en la embrollada institución del matrimonio! Puso la misma condición a los ingleses que quisieran invertir en el país.

EL CURA LAICO       
Aparece como una especie de cura laico, ese paradigma de los intelectuales mexicanos del siglo XIX. A pesar de sus recursos coloquiales y cómicos, escribe sermones, no estudios.
         Con frecuencia resulta ingenuo (sus proyectos para alfabetizar inmediatamente a todo mundo por decreto: que cada cura se ocupara de alfabetizar su parroquia, mediante el baratísimo método lancasteriano de las cajitas de arena con un palito, a manera de pizarrón y gis, auxiliado de unos cuantos ayudantes, ¡y santo remedio!); despótico (su ocurrencia de Big Brother, a la manera de la pesadilla de Orwell: vigilar la ciudad con un policía en cada manzana para que nadie se dedicara, bajo pena de cárcel, “a la vagancia”); chusco (apoya la pena de muerte, ¡porque de otra manera, en México, en una semana se fugaban o se hacían liberar mediante sobornos todos los presos muy peligrosos! Lo que bien mirado...); o un resumidero de lugares comunes cristianos e ilustrados sobre la educación, la religión, el Estado, la salud, las mujeres, los juniors, etcétera.
         ¿Por qué entonces fue tan importante Lizardi en su tiempo, y tan odiado aun décadas después, como lo vemos en las expresiones de Lucas Alamán? Por su inspiración moral. Los propios censores que lo encarcelaban lo admitieron por escrito: Lizardi no pecaba abiertamente contra la religión ni contra las leyes, pero alborotaba demasiado al lector.
         Cauto, se conservaba, en lo conceptual, cuantas veces podía, dentro de lo permitido (su idea de la libertad de prensa excluía, por ejemplo, a quienes trataran temas religiosos; discutieran el derecho a la Independencia —esto, después de 1821— o expusieran vicios privados, aunque fuesen ciertos, de personas concretas.)
         Pero nadie se chupaba el dedo: el tono de Lizardi, si no siempre sus ideas, resultaba furibundamente subversivo. Y que no pretendiera que eran sus personajes imaginarios, Anita la Tamalera, Doña Tecla, Chamorro y Dominiquín, etcétera, quienes lanzaban tales bombas verbales: se le reconocía sobradamente, así se hubiese escondido en el anonimato, y no sólo en seudónimos, nombres de pluma y discusiones de personajes de fábula. Se trataba de un insolentazo.
         Estaba enloquecido por la moral: era política y socialmente posible en México, así, por meros actos de sentido común y buena voluntad, elegir el Bien sobre el Mal; y todo consistía en crear un orden social que eligiera el Bien. Su Bien era el cristianismo reformado por la Ilustración: toda la Iglesia y sus santos padres, pero sin Inquisición, fueros, exacciones económicas desaforadas a los feligreses, privilegios, supersticiones ni corrupción clericales. Algo (no mucho) de letras. Un oficio útil. Y el sentido común de un laborioso padre de familia. Esta convicción priva también, como sustento moral, en la asombrosa novela Astucia (1865) de Luis G. Inclán, que Salvador Novo admiró.
         Sin embargo, tales expresiones modestas, bienintencionadas, nada radicales (salvo a ratos en sus finales años “ultras”, de republicanismo masónico, anticlerical y antigachupín), casi propias de un sermón dominical en cualquier parroquia, resultaron dinamita pura entre 1811 y 1827.
         Se prohibían sus folletos y libros. Su mejor título, que sigue siendo ignorado en nuestros tiempos, Don Catrín de la Fachenda, al parecer concluido y aprobado por la censura desde 1820, se publicó póstumamente hasta 1832. Partes del Periquillo y de la Quijotita también se editaron póstumamente. Se cree que se han perdido muchos de sus escritos. Buena porción de su obra fue totalmente desconocida por la cultura mexicana hasta la edición, reciente, de sus Obras por la UNAM. (Felipe Reyes Palacios se encargó de la edición, prólogo y notas de El Periquillo Sarniento.) Su pasión de escritor o Pensador le atrajo persecuciones y cárceles.
         Debe aceptarse, sin embargo, que algunas de sus cárceles no se debieron sólo a la inquina de sus enemigos, sino a su tono efectivamente alborotador, y a sus propios errores de cálculo: no previó que la Constitución de Cádiz llegase a ser derogada, ni la Inquisición restablecida; o a desafortunados malentendidos, como la vez que se le apresó creyéndolo colaborador de las tropas de Hidalgo, cuando en realidad se había propuesto combatirlas.
         Otras de sus cárceles se antojan cruelmente irónicas. Sabemos que Lizardi no fue muy congruente que digamos: mudó de ideas según los rápidos cambios de su tiempo, aunque casi siempre del lado más liberal posible en su situación de hombre público en plena ciudad de México: así, quien en 1822 sería el anticlerical excomulgado, el enemigo de todo fuero y privilegio del clero, se vio encarcelado durante siete meses en 1812 por el virrey Venegas ¡precisamente a causa de haber defendido el fuero eclesiástico en asuntos criminales!, cuando exigió respeto de los militares realistas hacia la investidura eclesiástica de los curas insurgentes. ¡Aunque diabólicos, rebeldes, saqueadores y asesinos, seguían siendo clérigos y disfrutando del sagrado  fuero!
         A este perseguido, por lo demás, no le faltaron ribetes de perseguidor, sobre todo en su última época, cuando exigió a las autoridades republicanas y masónicas que se prohibiese predicar y confesar a ciertos curas fanáticos y progachupines. Libertad de prensa, sí; ¿libertad de púlpito, no?
         Ejercía como una especie de profeta de banqueta: se le acusó de “no tener otro Parnaso que las banquetas de la Plaza Mayor” (por el árcade “Batilo o Canazul”, es decir: Juan María Lacunza), y sus denuncias irritaban y encolerizaban a medio mundo. Denuncias a veces sencillas, modestas: la injusticia de tal impuesto (“la licencia” para poder andar a caballo, por ejemplo), la arbitrariedad de tal cura o capitán, los excesos inquisitoriales en materia de censura (los censores se tardaban eternidades en leer los manuscritos, de modo que cuando finalmente los aprobaban su publicación resultaba anacrónica; y nunca explicaban sus reprobaciones: se permitían hasta el capricho de prohibir en México catecismos ampliamente recomendados por el Papa y el rey español Carlos III).
         Denuncias por otra parte un tanto engreídas y altisonantes. Aceptémoslo: Lizardi también fundó algunas de las intemperancias del periodismo mexicano. Hay grilla, hay subversión, hay ganas de armar mitote en sus escritos. No se trata de una víctima del todo inocente. Ebrio de la novedad de la libertad de prensa, se permitía no sólo atacar las ideas, sino, lo que siempre ha sido mucho más peligroso, la propia vanidad de los poderosos: virreyes, eclesiásticos, militares, políticos. Retarlos con un ego periodístico exacerbado. Lo que constituía y constituye todo un riesgo en cualquier país del mundo.
         ¿Pero cuántos periodistas se salvan de esta arrogancia gremial, de tales desplantes no sólo contra los poderosos sino contra sus rivales (los curas eran los rivales personales de Lizardi como educador), en cuanto se les facilita un poco la libertad de prensa? ¡Baste una ojeada al periodismo nacional de estos años noventa! ¿Qué columnista o locutor de radio actuales, por insignificantes que sean, se privan del placer de mentarles sabrosamente la madre dos o tres veces por semana al presidente y a todos sus secretarios? No discuto sus razones. Señalo simplemente la intemperancia fatal del periodismo engreído en épocas en que se considera impune; y sus naturales desgracias cuando, con los cambios históricos, la impunidad se amortigua o cesa. Décadas más tarde, el ego periodístico se enfrentaría no sólo al riesgo de la cárcel, sino al de los duelos a balazos: se combatía por las ideas, pero también por vanidades heridas.
         Recuerdo que el rey de Prusia, Federico el Grande, consideraba a Diderot “un tirano de la escritura”. Los alardes no conforman un monopolio del poder político; otros espacios demasiado humanos, como el periodismo, los comparten. El lector advierte con frecuencia cierta bravuconería en los escritos de Lizardi. Gajes del oficio, compartidos por Voltaire y los enciclopedistas. Incluso por Alzate. (Otros antecedentes locales de plumas encendidas, temerarias, retadoras: fray Bartolomé en sus Tratados, Mendieta en su Historia eclesiástica indiana, Sigüenza en su polémica con el Padre Kino a propósito de los cometas, y sor Juana en su Carta Athenagórica y su Respuesta a sor Filotea.)
        
LITERATURA POPULAR
El Pensador Mexicano quería ser popular, escribir para el pueblo. Aquí hay dos puntos discutibles: lo de pensador y su popularismo. No resultaba tan popular, como él mismo lo confiesa, pues casi siempre quedaba endrogado por la falta de demanda de sus escritos. Se diría que entre más escribía, más se empobrecía. Si el éxito popular se mide, como ocurría en Europa y los Estados Unidos, por las ventas de un escritor, por su mercado, Lizardi parece un metafísico. La pobreza, a ratos extrema, lo persiguió siempre.
         Estaba escribiendo, impopularmente, para los escasos curas, burócratas, diputados o comerciantes que sabían leer, y se tomaban el trabajo de comprar sus impresos y leerlos. ¿Escribía principalmente para sus enemigos, los únicos que podían o querían adquirir sus impresos?
         Sospecho mucho mito en esa leyenda escolar de que la gente analfabeta se agrupaba en alguna esquina para que alguien le leyese en voz alta los escritos de Lizardi (con frecuencia farragosos y larguísimos: docenas de cuartillas), aunque pudo ocurrir tal prodigio en dos o tres ocasiones de excepcional animación política en la ciudad.
         Cuando alguno de sus folletos se agotaba y se reeditaba, lo proclamaba a voz en cuello: “¡Corran a comprar mi obrita exitosa que se expende en tantos como tres —sic: 3— puestitos de madera de la Plaza Mayor, incluyendo el del Cieguito y el del fiel Sánchez! Su precio justo es tres reales y medio, pero si nomás quieren pagar dos y medio, como imprudentemente lo prometí, llévensela así...”
         Sospecho que no le faltaron ganas de regalar sus obras, y hasta de pagar porque lo leyeran. Con harto trabajo desplazaba, cuando corría con suerte, trescientos ejemplares de sus periódicos. Había en la gran ciudad sólo tres o cuatro imprentas; y tres o cuatro expendios —puro “cajón” o  puesto de madera en la Plaza Mayor— de impresos. Se prohibió, precisamente a partir de las leyes de libertad de prensa, el oficio de voceador, dizque porque sus gritos incomodaban a los vecinos... Lizardi, desde luego, se erigió en el gran defensor de los voceadores.
         Siempre asombrará, y causará envidia en cualquier escritor, el desplante lizardiano de fundar muchos periódicos personales, en los que sólo escribía él mismo. (Prosigue y magnifica en esto a Alzate y a Bartolache.) G. K. Chesterton no supo que lo imitaba al editar el G. K. Ch. Weekly.
         Se trataba pues de un populachero entre la minúscula minoría ilustrada. Populachero por gusto, más que por los hechos; quien eligió escribir como Cervantes y Quevedo (un Quevedo simplificadísimo) y no como Meléndez Valdés; y jugar al Voltaire o al Rousseau locales (un Voltaire y un Rousseau reducidos a esbozos) en una sociedad analfabeta y arcaica. Quiso ser congruente con su público (pobre, ignorante, escaso, y tal vez imaginario). No el Parnaso: la banqueta.
         Tampoco, como sugeriría el mote, “pensaba” mucho El Pensador. Sus pensamientos carecen de profundidad: suelen permanecer adrede en su nivel de banqueta, como queriendo conversar con sus paisanos poco esclarecidos. La mayoría de las veces parlotea más de lo que piensa. Sus “sueños” políticos, por ejemplo, se antojan más que indigestos. A veces el escritor programáticamente “popular” resulta tan pedante como los teólogos. Citas en latín y todo. En el propio terreno religioso, cuando critica jocosamente el Catecismo de Ripalda, por ejemplo, muestra una ramplonería intelectual algo vergonzosa si lo comparamos con el conocimiento teológico y la eficacia polémica de Sor Juana, tanto en la Carta Athenagórica como en la Respuesta a sor Filotea de la Cruz.
         El malentendido de Lizardi como todo-un-filósofo surgió azarosamente: en España había un periódico, copia del Spectator de Addison, que se llamó El Pensador y luego El Pensador Matritense [madrileño]. Lizardi aplicó el título a su primer periódico (1812), con el adjetivo local. Pronto se le empezó a llamar con el título de su periódico. Y los árcades, canónigos (Beristáin) e ilustrados se reían: ¡El pobre Lizardi, tan elemental, tan poco letrado, dirían, se cree “El”, como si fuese el único o el prototípico, “Pensador Mexicano”. (Hasta santo Tomás habría sonado presuntuoso si se hubiese autodenominado El Pensador Europeo.) Ojalá hubiese preferido, como mote, otros títulos de sus periódicos, como El conductor eléctrico o El hermano del perico.

LA INSPIRACIÓN MORAL
En Lizardi (1776-1827) vemos a un autodidacta (no concluyó el bachillerato) poco precoz. Su obra importante ocupa solamente los últimos quince de sus cincuenta y un años. No pudo haber sido de otra manera. Su gran estímulo de escritor ocurre durante la relativa libertad de prensa que se impone en México en 1812 gracias a la Constitución de Cádiz.
         Es sobre todo un lector de periódicos liberales, más que de libros; y españoles, más que franceses e ingleses, que en pocos lapsos de su vida pudo conseguir fácilmente en México (a ratos se permitía algo; a ratos se perseguía todo). Se advierte en él una formación liberal azarosa, fragmentaria. Pero se sabía su Cervantes, su Quevedo, su Feijoo, su Cadalso, su Iriarte (sin lujuria), su Samaniego. Buscó organizar el caótico país de su tiempo a través de un tramado simplista del Bien y del Mal con tres cuatro recetas o refranes, como un abuelo práctico o un confesor expedito.
         Salvo sus últimos años, a ratos muy acalorados, Lizardi piensa con templanza y cierta prudencia, ajeno a los radicalismos. Combatió a los primeros insurgentes, por sus matanzas y saqueos, y condenó la xenofobia antigachupina o anti-inglesa con el argumento de que hombres malos los había en todas las razas y nacionalidades, incluso entre “nuestros beneméritos inditos”: ¿Por qué entonces el odio personal basado en argumentos de nacionalidad?
         Sus novelas buscan la edificación moral, lo que está permitido en la novela picaresca. Como se sabe, las novelas picarescas narran la vida de un pillo que cuenta muy sabrosamente sus sinvergüenzadas para, al final, dizque convencer al lector de que no caiga en tales errores. El Lazarillo de Tormes, El diablo cojuelo o El Buscón de Quevedo resaltan sobre todo la prolija apología del pillo misérrimo y se resignan brevemente a la final moraleja sermoneadora; Lizardi hace lo contrario: se divierte poco y sermonea demasiado.
         Su Periquillo (1816), más que un pícaro jocundo, es un lastimoso extraviado del Bien, un hombre que perdió su vida por no seguir el camino de la virtud y del sentido común. Pero acaso esta crítica resulte demasiado letrada y ulterior: el público de su época, acostumbrado al púlpito, era más adicto a los sermones moralizantes que a las aventuras novelescas. Su público le pedía tales sermones. Existió una semonmanía durante toda la época novohispana. Prevalece en él la tradición local de los sermonarios, sobre la enciclopedista de los ensayos.
         Aunque no aparezca mucha filosofía profunda o novedosa en Lizardi, ni haya sido realmente un educador del pueblo (su deseo no se hizo realidad: tuvo pocos lectores), proporciona al lector contemporáneo algunas experiencias invaluables.
         La mayor: la polémica moral en el México de finales de la Colonia. Aunque caricaturizando a veces al extremo, ofreciendo como historia local verídica una prefabricada suma de vicios universales, incluso librescos, en ocasiones de franca ascendencia literaria romana (Juvenal, Cicerón, Séneca) o francesa, pinta el panorama de una sociedad novohispana desmoralizada no sólo políticamente, sino en su intimidad y en los detalles cotidianos: la vida de familia, los oficios, la educación, la calle, el trato de los vecinos, etcétera. (Sus contemporános, chismosos, sabían que nuestro civilizador era un poco incivil en su vida privada: Se negaba a pagar la renta, y de paso insultaba a la casera.)
         Nos encontramos exactamente en las antípodas de la visión que nos proporciona Lucas Alamán de la sociedad arcádica novohispana (“cualquier hogar era un convento”), donde, pretende, reinaban plenamente la honradez, la eficiencia y el orden, antes de los pésimos virreyes finales y de los desmanes de la plebe insurgente.
         Lizardi se vio odiado por los árcades, los canónigos y los conservadores no sólo a causa de sus defectos prosísticos e intelectuales, sino también porque se instituyó, incluso antes de abrazar la causa independentista con Iturbide, en el fundador de la leyenda negra novohispana.
         Es una horrible Nueva España la que nos cuenta en sus novelas y folletos. La peor sociedad concebible, el infierno más extremoso. En este sentido conforma, con Bustamante, el monstruo bifronte que enloquecía de rabia a Lucas Alamán: Lizardi, el denigrador de la Colonia y del alto clero (funda y encabeza el ácido jacobinismo mexicano, que durará al menos siglo y medio); Bustamante, el mitificador de las guerras de independencia.
         Sobre su anticlericalismo: No basta enterarse de dos o tres de sus andanadas contra el clero, sino de varios de los escritos donde expone el enorme poder de los curas. Los atacó con tal obsesión porque lo aterraban. Por ahí dice, con sorna, que el rey de España podría recobrar fácilmente  sus colonias si en lugar de enviar expediciones de soldados, mandase una armada de canónigos. Cada cura impresionaba, dominaba y aterraba a la población más que varios batallones. (Hay más verdad de la que pareciera en este chiste: en nuestras tierras, desde un principio, los misioneros conquistaron mucho más, y con mayores profundidad y alcances, que los soldados.)
         Sugiere, al parecer sin gran fundamento histórico, que después de su victoria en Monte de las Cruces, el cura Hidalgo se negó a tomar la ciudad de México, totalmente  desprovista de una defensa militar, porque supo que el clero capitalino intentaba alzar contra los insurgentes, desde los púlpitos, a la muchedumbre capitalina. Y una muchedumbre fanatizada resultaba más temible que el propio ejército virreinal, ya vencido: hubiera sido preciso masacrarla. Curiosa batalla imaginaria ésta, sin militares: el apocalipsis de dos muchedumbres de harapientos dirigidas cada cual por puros curas tremebundos armados con sendos estandartes de la Virgen.
         Luis González y González ha señalado, siguiendo a Alamán, como una de las causas de la independencia, el excesivo, delirante optimismo criollo: los novohispanos se creían riquísimos, ilustradísimos, poderosísimos y privilegiados por la Virgen de Guadalupe. Les parecía fácil lograr su independencia y convertirse de inmediato en la más gloriosa y rica nación de la tierra.
         Lizardi por el contrario habla, desde el pesimismo más concentrado, de un país desolado, con pobres harapientos y ricachones salvajes, a cual más imbécil, incapaces unos y otros de vida civilizada. Lo que también constituía una exageración: pocos años antes, el Barón de Humboldt había encontrado bastantes cosas qué elogiar en la Nueva España.
         Pero la nación fue de mal en peor, vinieron los incesantes cuartelazos, el inconcebible y realísimo Santa Anna, las invasiones norteamericana y francesa. Los mexicanos aprendieron en Lizardi a mirar con pesimismo, incluso con brutalidad, todas sus miserias. Lizardi se erigió para siempre en el enemigo de la autocomplacencia nacionalista. Somos ignorantes, pobres, desorganizados, viciosos, haraganes, fracasadones, transas: tal es nuestro espejo, predicó desde 1812. No nos asombren las calamidades que lógicamente nos sobrevengan. No hay tal “paraíso indiano”: todo lo contrario.
         Poco documentado en leyes, en economía, en historia, en política, Lizardi siguió los rumbos del espíritu de su tiempo. Buena parte de su obra (anterior a Iturbide) habría recibido, moralmente, la aprobación de ilustrados ortodoxos como Feijoo o Alzate. No sostuvo ideas ni posiciones originales importantes. Abrazó la causa insurgente sólo cuando triunfó Iturbide (resulta, pues, un pobre autor “independentista”); antes de ello, denostaba a los guerrilleros insurgentes a la vez que se preocupaba, sobre todo, por ejercer los derechos liberales de la Constitución  de Cádiz, con lealtad al imperio español. Después, se dieron en mata los oportunistas anticlericales y antigachupines.
         Pero tal deficiencia, su falta de conocimientos concretos o de solidez ideológica, se supera con mucho gracias a su firme, esencial, obsesión moral. Y a su insubordinado tono de pensador individual, libérrimo (así se conservase ideológicamente a ratos dentro de límites prudentes) hasta la insolencia.
         Lizardi permanece casi siempre por encima de los partidos y de las ideologías en que naufragaron muchos de sus contemporáneos y sucesores. No le interesa tanto que México se independice o no, sino que mejore su vida social; le tiene sin cuidado que se convierta en imperio o en república, siempre y cuando se constituya un Estado decente. Hay repúblicas tiránicas y monarquías benéficas, sugiere, cuando alaba el entronizamiento del emperador Agustín I. En sus últimos años, cuando abrazó la causa más escandalosa de todas: la libertad de cultos, dijo que quería para su patria una tolerancia a las diversas religiones tal como la que existía... ¡en Roma! (Lo que era verdad: en la cosmopolita ciudad del papa se toleraba a protestantes, masones y judíos.)
         Por eso pudo también criticar ácidamente los vicios de la sociedad mexicana durante el Imperio y el primer lustro republicano. No se le acuse de parcialidad: denigró a la Nueva España y al alto clero, pero también al México independiente del Imperio (aporreó a Iturbide) y la República. A curas y a militarotes y diputados. A gachupines y a criollos. A periquillos, quijotitas y catrines. Execró del centralismo y las tiranías y desórdenes de la nación independiente. Fue un escritor (masón al final) libre de partidos. Sus errores podrán ser personales, de escritor locamente enamorado de la libertad de prensa; nunca partidarios. Ambicionó ser crítico, nunca político.
         De este escritor modesto puede hacerse un elogio elemental, raigal: da siempre la impresión de buscar sinceramente la verdad en tiempos caóticos. Verdades fáciles, practicables por gente simple y analfabeta (la abrumadora mayoría de la población mexicana de su tiempo), en tiempos muy difíciles y pedantes (tantas leyes, tantas doctrinas, tanto nuevo conocimiento a través de la prensa europea.)
         Su franqueza, su fresca ambición de conocimiento y reforma moral apabullan. Se quemaba por entero en busca de la verdad y del Bien Común. Simpatiza. Conmueve. Un gran tipo.

VIGENCIA DE LIZARDI     
Al final de su vida no canta triunfo alguno: los vicios nacionales han permanecido, incluso se han incrementado, a pesar de la Independencia, del Imperio, de la República, de la Constitución de 1824. Los hechos políticos no mejoraron la condición moral de su sociedad.
         Por ello asume, un tanto irónicamente, el ideal del escritor popular, del periodista, como redentor social mediante la crítica burlesca de acontecimientos, ideas, instituciones, leyes  y costumbres. Un ideal fatal, pues ese escritor popular no tiene mucho pueblo: “son muy pocos los que leen”. Sus folletos se acumulan en las bodegas, y crecen sus deudas con los impresores.
         Este idealismo lo dota de un perfil trágico, casi anticipadamente romántico: el de un profeta de banqueta invariablemente perseguido por los poderosos, sean del partido que fueren; y de una vocación heroica: había que escribir incansablemente para beneficiar a la sociedad, aunque pocos lo leyeran, y los escasos que lo hiciesen lo malinterpretaran todo. El resultado real de sus escritos casi siempre fue la persecución o el ninguneo cultural y político. (Arremete contra el ruin lector que le encuentra barbarismos o errores de redacción: el buen lector debe atribuirlos a un descuido o a una interpolación del tipógrafo... Treta de la que echamos mano, hasta la fecha, todos los escritores.)
         Así, aunque no se erija necesariamente en nuestro primer novelista (Sigüenza escribió siglo y medio antes su brillante novela Los infortunios de Alonso Ramírez), podemos considerarlo nuestro primer escritor moderno (siguiendo a Alzate, más inteligente y culto, pero menos libre de abordar temas religiosos o políticos: recluido a su pesar en la esfera científica), en el sentido de que para él la literatura (o la literatura en folletos, la literatura de banqueta) fue un Absoluto, por encima de la política, la religión y el bienestar personal; un absoluto ilustrado: el Bien Común, la reforma de la sociedad decadente, la búsqueda de la comunidad feliz. 
         Su modestia entonces apareció frente a sus contemporáneos como una desmesura: “¡Este escritor incorrecto y pobretón, ignorantillo y jocoso, intenta reformarlo todo en el país a su modo, según sus puras ocurrencias! ¡De veras que es de manicomio la manía de escribir de este Pensador Mexicano!”, pensarían tanto los inquisidores como los políticos coloniales y del México Independiente, los canónigos de Catedral, los quisquillosos y estériles árcades de el Diario de México y los flamantes y tontos diputados constituyentes de 1824.
         Su atrevido manicomio funda nuestra prensa moderna. Su pasión de reformador laico, de moralista de banqueta, de crítico de los poderosos, perdura en el mejor espíritu moderno de México. Su precursor corazón flamígero anima nuestra mejor literatura.