viernes, 1 de mayo de 2020

BREVE CONFESIONARIO PARA EL AÑO 2000


BREVE CONFESIONARIO PARA EL AÑO 2000





EL SÍMBOLO TERRIBLE

Las sociedades autoritarias y supersticiosas son ricas, innumerables en pecados. Nadie puede saber cuántos pecados cuenta en su nómina dilatada el catolicismo, y menos el mexicano, pues naturalmente también abunda en excepciones, en dispensas, en tratos preferenciales, en extraños agravantes, en vericuetos. No hay normas rígidas ni balanzas exactas: vgr. la pena de muerte no es asesinato, el dispositivo intrauterino sí.

         El problema del pecado, en comparación con el delito laico, está en que aquél desdeña la realidad, los episodios y las circunstancias, el daño comprobable que un delito realiza contra las personas; y en cambio extrema su calidad de metáfora y de símbolo: es una rebelión contra Dios y su creación.

         De ahí que aparte de las bagatelas de los pecados veniales (la gula de repetir postre), toda la Ley Católica se atiborre de puros pecados mortales condenados por igual con el infierno eterno. Usar condón, tomar la pastilla anticonceptiva, ver un video pornográfico; divorciarse, correrse una aventura amorosa o formar una unión libre, caen en el mismo rango mortal del secuestrador que asesina y mutila a sus víctimas.

         Y quizás, a fin de cuentas, aquellos episodios de la vida privada de las personas resulten más contundentes como pecados que un enorme fraude bancario o gubernamental, asuntos éstos de simple dinero —”Casi casi un problema de caja”, en la frase inmortal de Silva Herzog sobre la devaluación de 1982—, que suelen repararse con donaciones a los templos.

         No nos extrañe que los mayores narcotraficantes y los capos de la sanguinaria violencia organizada sean muy católicos, peregrinen a Roma y a Jerusalén, hagan bautizar y casar a sus hijos por prelados aparatosos, donen parte de sus horribles ganancias a obras de la propagación de la fe, acudan al Tepeyac de rodillas. No hicieron otra cosa los cruzados, los conquistadores y los encomenderos de la Nueva España.

         Un cacique matón, defraudador metódico de mucha gente, se considera en cambio un perfecto católico (con las bendiciones de algún obispo, su socio), y se encoleriza de que su hija se haya dejado manosear por el novio en el zaguán. “¿Qué hice yo para merecer esto?”, exclama con los ojos al cielo, como el santo Job.



MARÍA FÉLIX SÍ; MARYLIN MONROE NO

Salvo algunos episodios retóricos y más bien oportunistas (la reciente excomunión proclamada en la diócesis de Cuernavaca contra los secuestradores, de la que están curiosamente exentos los meros multiasesinos o los simples  multivioladores morelenses que no secuestran), los pecados que escandalizan a los Dueños de la Moral Pública, a los Dueños de la Tabla de los Pecados, son ciertos strippers masculinos en una obra de teatro para mujeres; algún anuncio panorámico de un brasier ciertamente generoso; los métodos sanitarios preventivos como el condón y la pastilla anticonceptiva; la exposición de un cuadro donde la Virgen María apareció con el bello rostro de Marilyn Monroe (como si no se hubiese hecho antes lo mismo, y en cine: Tizoc, con el rostro menos ingenuo de María Félix); la enseñanza escolar de la fisiología de la reproducción humana; las dudas sobre la existencia histórica del indio “Juan Diego” del siglo XVI, a quien nadie conoció en vida y del que no hay restos físicos ni testimonios históricos válidos en un análisis académico; los libros escolares oficiales que hablan de Hidalgo, de Juárez o de las Constituciones de 1957 y 1917; el cientificismo o el positivismo de ciertos intelectuales o funcionarios (Carpizo) que no aceptan como verdad plena las ocurrencias, los intereses, o las “certezas morales” de los prelados, y piden “pruebas” sobre el supuesto martirio del Cardenal Posadas por deliberada orden de los políticos salinistas, etcétera.

        

INFIERNO PARA TODOS

Todo es símbolo en el pecado. La contracepción, como idea, escandaliza mucho más que las masacres y los fraudes bancarios gigantescos. Y a diferencia de las legislaciones laicas, no hay gradaciones en los castigos: la pena de infierno eterno se distribuye muy barata: da lo mismo abofetear a Dios con un show de strippers que con una masacre.

         Dante inventó más sufrimientos para mayores pecados dentro del propio infierno (también en relación con el símbolo, no con el daño real), pero eso no es ortodoxia sino imaginería: no hay pecados menos ni más mortales que los otros. Todos los pecados mortales, que suman legión, son el mismo. No se está un poquito embarazadita, ni un poquito muertito, ni un poquito condenadito. Todo o nada.

         Y todos los pecados (incluso atentar contra la vida del propio papa) pueden perdonarse con facilidad, si el pecador se arrepiente de su profanación simbólica —haberse rebelado contra Dios—, aunque en nada repare el daño real. Que de eso se encargue la mera justicia civil.

         A pesar de su cariño por la emotividad católica, y de su desapego hacia la sequedad y los rigores del protestantismo, Chesterton se quejaba de este fundamentalismo que no diferencia entre lo atrozmente malo, lo muy malo, lo relativamente malo, y las nimiedades vulgares, supersticiosas, tontas o de mal gusto. Pecados mortales para todos.

         Es difícil concebir así un paisano del siglo veinte que no viva en perpetuo pecado mortal. ¿Cuántas personas han conocido el amor fuera del matrimonio, cuántas mujeres han acudido a la contracepción, cuántas personas han incorporado las escenas sexuales como cotidianeidad en espectáculos y otras formas de entretenimiento y cultura, cuántos católicos sencillamente no saben que buena parte de los episodios comunes de la vida moderna constituyen un “insulto a Dios”?



LA MULTIPLICACIÓN DE LOS PECADOS

En tales laberintos simbólicos, nadie sabe pues qué es un verdadero pecado, entre tantos como hay y cómo se bifurcan. Puede serlo todo o nada.

         Veo nóminas infinitas de pecados en los códigos sumerios, en los egipcios, en el hebreo (como comer camarones), en el protonazi que un sabio adulafrailes, Alva Ixtlixóchitl, le inventó al pobre poeta Nezahualcóyotl y nos deja la tenebrosa idea del floreciente reino de Texcoco como un vasto campo de concentración, donde se castigaría con la esclavitud o la muerte a un ocasional bebedor de pulque. (¿Entonces para qué querían tantos magueyes en el México prehispánico?)

         En los manuales de confesión católicos (recuerdo El joven cristiano, edición de 1960), se destinaba a su mera enumeración todo un grueso capítulo en letra pulguita: ¡Cuántos pecados gravísimos, de indispensable confesión urgente, podía cometer un mocoso de ocho a doce años en una escuela primaria de salesianos!

         Pero la multiplicación legislativa de los pecados redujo a la inexistencia práctica el pecado particular: entre millones de pecados posibles, ¿qué tanto cuenta uno, el modestamente mío? “¡Si yo sólo me he quebrado a doce fulanos, y la Virgen sabe que hay miles de preceptos que cumplo con devoción!”, diría nuestro matón religioso. “Nunca me olvido de la Virgen. A cada rato le compro sus flores, sus veladoras”.

         Un antropófago atentaría sólo contra una entre miles de las prohibiciones u obligaciones católicas (aunque no recuerdo que El joven cristiano, que enumeraba interminablemente todos los pecados concebibles para un niño, prohibiese hacia 1960 expresamente el canibalismo: ni de pensamiento, ni de palabra, ni de obra).



LA LIGUILLA: MOISÉS 10; CRISTO 1

El sabio Moisés redujo los mandamientos hebreos a diez (aunque en diversos títulos de la Biblia se siguieron acumulando varias toneladas de órdenes y tabúes perentorios). En sus Diez Mandamientos es pecado desear a la mujer del prójimo, la casada, pero no a todas las demás.

         Los escribas, entonces, tanto los hebreos como sus sucesores cristianos, le corrigieron la página a Moisés: dijeron que las Tablas no contenían leyes literales, sino dilatadas metáforas, y que el deseo de la mujer del prójimo equivalía a toda pulsión carnal, incluyendo los sueños húmedos de los adolescentes.

         Un escolar católico de los años cuarenta o sesenta, amanecía con la mancha en el calzón y corría desoladamente a confesarse. Naturalmente, en un colegio grande lleno de pubertos, había grandes colas en los confesionarios todos los días. No faltaba quien inventara que ya había sufrido la “eyección” la “emulsión” o el “pecado del sueño” (términos de la época): “¡Pendejo, serán meados! ¡Todavía ni se te para!”, le decían sus compañeros de la cola, haciéndose, ellos sí, los interesantísimos réprobos sexuales de doce años. ¡Puros Arturitos de Córdova!

         Cristo, más sabio y económico que Moisés, dijo que sólo existía un mandamiento: “Amarás a Dios con todas tus fuerzas, y al prójimo como a ti mismo”; pero además, en la práctica, si hemos de creerles a los Evangelios, Cristo no vio como pecadores perseguibles, sino como a pobre gente dejada de la mano divina, a quienes, por falta de inspiración celestial, carecían de la fe y del amor de Dios. Menos pecadores que pobre gente: la prostituta, la adúltera, incluso san Pedro El Mochaorejas.



LA PREFERENCIA POR EL PECADOR

El propio Cristo, corregido y aumentado por san Agustín, inventó que el lujo y el mérito del hombre residían ¡en su condición de pecador! Era precisamente el pecado, y entre más y peores pecados mejor, lo que engrandecía a la criatura a los ojos de Dios.

         El buen católico estaba riquísimo, enjoyadísimo de pecados. El buen católico era un Midas que todo lo convertía en el suntuoso oro del pecado. La leyenda dorada del casi santo (beato) Jacobo de la Vorágine se podría resumir, entero, en una “Fábula de Heliogábalo y el Buen Pastor”.

         La oveja perdida valía más que todo el rebaño virtuoso. Fue condición de santidad el haber pecado, y mucho, antes de arrepentirse y de convertirse al buen camino. Entre mayor pecador fuera el contrito, mayor bendición divina, mayor santidad: Santa María Egipciaca.

         En un solo momento se le podían perdonar a un “agraciado”, desaparecer por completo, millones de pecados atrocísimos, sangrientos (vgr. los santos caballeros de las cruzadas); pero había desgraciados que se condenaban por un solo pecado mortal, por una sola vez que hubiesen comido tacos de nenepil en cuaresma... o le hubiesen taqueado el nenepil a la comadre. O la pobre señora, tan devota, que a escondidas tenía su amigo o tomaba sus píldoras anticonceptivas: ningún criminal pecaba más que ella. Y no hablemos de las madres solteras, ni de las que abortaban.

         Quienes nunca pecaban, ¿qué chiste? No pecaban simplemente por falta de vigor y de imaginación. Virtuosos por culpa de la pereza, el adormilamiento de la carne y la estrechez mental. O como resultado de una desaforada soberbia demoniaca: ¡Se atrevían a ser buenos por sí mismos, a prescindir de Dios! “No hay mayor pecado que creer que uno puede salvarse por sí mismo, sin la gracia de Dios”, se predicaba. Nada de bienaventurados self-made.



LA LOTERÍA DE LA GRACIA

Por lo demás, el arrepentimiento de los pecados y la conversión a la virtud resultaban menos mérito de la persona que gracia, don o llamado divinos. El arrepentimiento y la conversión caían oportunamente del cielo y sólo para los elegidos. Maná para los consentidos del Altísimo.

         Era una especie de lotería celestial la cuestión de la Gracia, sin embargo un dogma fundamental del catolicismo. Quien estaba llamado al cielo, no se iba a tropezar con sus desaforados, inauditos pecados de gatillero a sueldo; a quien no recibía la Gracia, en cambio, de poco le serviría su voluntad laboriosamente humana de hacerse el santo.



EL PECADO CONTRA EL ESPÍRITU

Luego se inventó en la teología ese comodín vaticano, “el pecado contra el Espíritu”, “el único imperdonable”; el cual lo mismo se ha aplicado al sexo anal u oral, “contranatural”, que a la planeación familiar (coitus interruptus), que a la mera duda de la existencia de Dios, que a la soberbia intelectual de los ateos o agnósticos, que a la insubordinación contra el alto clero; que (los franciscanos radicales) a la falta de humanidad, de simpatía y respeto por el prójimo.

         Cada año proliferan homilías y aparecen arduos tomotes sobre ese enigmático “pecado contra el Espíritu”.

        

SAN KOWALSKI EL VIOLADOR

Creo que fue el dramaturgo Tennessee Williams, y no los teólogos universitarios, quien se atrevió a imaginar un pecado verdaderamente nuevo y moderno, también “el único imperdonable” en su opinión: en Un tranvía llamado deseo, la santa pecadora Blanche DuBois, un poco demente, exclama que todo se puede perdonar, menos “la crueldad deliberada”.

         La frase suena bonita, como exculpación de los pobres pecadores arrebatados por sus instintos o pasiones, esclavos de ellos, víctimas de ellos, pero ¿y la crueldad de un judicial ebrio y drogado que en, su delirio de supermán, ametralla a tres o cuatro chamacos desconocidos, que simplemente andaban por ahí, en mala hora? ¿Kowalski de veras cometió “crueldad deliberada” al violar a Blanche, o fue víctima de su ignorancia de mecánico entre camioneros, de su machismo proletario exaltado por el trago, de su excesivo primitivismo social? San Kowalski el Violador.



LAS SUBASTAS DEL PERDÓN

A los pensadores protestantes de la Reforma les pareció mal la manga ancha de Cristo y de san Agustín hacia los pecadores. La confesión y el perdón de los pecados (que en principio conformaban no sólo la liberación del infierno, sino aquí mismo sobre la tierra una Fuente de Vida Nueva, de consuelo nuevo: quedar limpios de todo por obra y gracia del arrepentimiento y de un sacramento) se volvieron un negocio vaticano multimillonario: la subasta del perdón, de las indulgencias.

         Todos los pecados, incluso los más crueles y sangrientos, podían comprar su redención con tamaña facilidad. “¡Todo se vende hoy en día!”, clamaba Góngora. La Reforma restringió esa fuerza redentora del cristianismo. Siguió predicando el arrepentimiento, pero sin garantizar ni prodigar el perdón. Los pobres protestantes han de cargar con todos sus pecados, y hacer muchos méritos, y esperar —temblando de incertidumbre— el juicio de Dios, que para ellos, como para los judíos, es bastante severo.



PECADOS CLÍNICOS

Tanto en los países católicos como en los protestantes, se operó una revolución en cuestión de pecados y perdones, todavía no muy aceptada en la teoría, pero generalizada en la práctica, a partir del auge positivista de la ciencia, a mediados del siglo XIX.

         Muchos pecados se volvieron clínicos, y muchas medicinas o terapias reemplazaron al sacramento del perdón. El médico, lo mismo Pasteur que Freud, como el supercura de los tiempos modernos. La cápsula, el jarabe o la inyección como nueva eucaristía positiva. El diván psicoanalítico, un confesionario clínico.

         No pecaba tanto quien fornicaba, sino sobre todo quien contraía la sífilis, hasta antes de la invención de la penicilina. Ahora peca quien fornica sin condón, o lo usa torpemente —puede ser suficiente usarlo mal, que se zafe o se rompa, una sola vez en toda la vida, para contraer el VIH y otras infecciones. Una cortina de látex divide la virtuosa de la pecaminosa lujuria.

         ¿Pero qué mecanógrafa impecable no ha cometido algún error de teclado durante diez años de oficina; qué conductor responsable no se ha equivocado alguna vez con la palanca, los pedales, las luces o el volante de su coche una sola vez en su vida? ¿Y los púberes inexpertos, los novatos del “echando a perder se aprende”?

         Una nueva “tecnología de la liberación” responde a toda enfermedad o malestar: se debe “insumir” con extremo rigor. Hay alimentos virtuosos (la Gracia), y alimentos pecaminosos (la Caída). La yema de huevo, el pellejo del pollo, nuevamente los camarones, el cigarro, el alcohol, las grasas animales, el azúcar, las fritangas, hasta (o sobre todo) el chocolate, advienen pecaminosísimos. (Vislumbro en mis sueños afiebrados un infierno de triglicéridos.) Quien los consume está atentando contra la vida, esta casi abortándose. Desde su consultorio del Eje Central un médico escandalizado enfrenta a su paciente de Iztapalapa: “¡Pero está usted loco! ¿Usted, mexicano, come... garnachas?” El infierno no son los otros, sino las garnachas.

         En los nuevos tiempos del cólera, un coctelito de ostiones crudos —y hervidos, ¿qué chiste?— en un puesto callejero de La Viga, a pesar del supersticioso pero acidito ritual del limón, representa la más expedita modernización del “pecado contra el Espíritu”. Para no hablar del tabaco.

         Los médicos, ya profetas, ya teólogos empíricos, no se resignan a su oficio de chocheros y punzatripas, que es para lo único que —¡oh Quevedo, oh Molière!— concretamente estudian: evangelizan, legislan, profetizan sobre la-vida-en-su-conjunto-y-en-toda-su-amplia-variedad: con cada una de sus recetas emiten todo un Proyecto de Vida Nueva, sus numerosas Tablas de la Ley de órdenes y prohibiciones. Rumian su minuciosa alfalfa los bienaventurados; los réprobos eructan, con algo de llamas infernales, puros tacos al pastor.

         La biometría hemática, las escalas de calorías, el perfil de lípidos y las radiografías como nuevos exámenes de conciencia. Mucho más voluminosos y elaborados que la guía para confesarse de El joven cristiano.

        

PECADOS VIRTUALES

Hay también una “tecnología de la liberación” en cuestión de finanzas. Gran robo el pickpocketing o el embolsarse un producto en el súper; ninguna falta en la especulación financiera, así se haga quebrar a la banca entera de un país, o devaluar su moneda. Esos son pecados virtuales. Nadie tiene la culpa de los huracanes. Nadie tiene la culpa de las catástrofes financieras mundiales ni regionales por internet.

         Otra “tecnología de la liberación” esplende en los medios de comunicación y en la política. Ahí no existe el pecado de la mentira. La democracia informativa se dedica —en el rating residen toda la Ley y los Profetas— precisamente a mentir, y con gritos amarillistas, para ejercer la democrática libertad de vociferación equívoca o calumniosa de las empresas de comunicación masiva.

         Todo lo que de veras suena (el rating es su garantía de bondad pública, como una especie de plebiscito), miente sin pecar en nuestra Transición Democrática; sólo peca usted cuando, tambaleando, le dice a su señora al regresar a casa en mitad de la madrugada: “¡Te juro, Gladys, que nomás me eché un pálido whisky!... Es que Pepe el Memorioso y Luis el Memorioso se soltaron en letanía todas las alineaciones del Atlante y del Necaxa desde su fundación hasta la fecha... Y como yo era él único que me sabía todas las vicisitudes del Pachuca...”



EL MAYOR PECADO DEL NUEVO SIGLO   

Hay otros nuevos pecados. La falta de éxito, sobre todo. Cristo ha sido rebasado (¡sufre, Renan!): los últimos de la tierra ya no son los primeros en su corazón sagrado.

         Olvidemos los populismos del Sermón de la Montaña: Los primeros siempre son los primeros. Punto. Fracasar o triunfar menos que el vecino, grandísimo pecado.

         Ahí sí que todos somos pecadores irredentos, salvo Bill Gates, el Supertriunfador, quien al parecer ya empieza a pecar: a perder batallas desde la cima de su gran Monte de la Revelación, Microsoft.        

         También advertimos una nueva postulación metafísica, obligatoria. No sólo la homogeneización y globalización de todos los países —ilusorias, o solecismos, en cuanto los países son cada vez más desiguales—; sino también la de todas las personas, por la misma razón.

         Constituye de igual modo un pecado imperdonable ser personalmente diferente, pensar y obrar de diferente modo al Modelo Universal, incluso en detalles. Se peca de soberbia contra el Espíritu, o contra la sociedad, o contra el Mundo. ¡Todos al mismo son, quien desentone pierde! Hay que “reconvertirse” en “políticamente correctos”.

         No creo imposible que tal uniformidad rasera, obligatoria, haya funcionado también como la piedra fundacional del fascismo.



LA DECADENCIA MÍSTICA DE LA MASTURBACIÓN

Desempolvo frente al nuevo milenio mi ineficiente devocionario de infancia: El joven cristiano. Ya no sirve para nada. Todo se ha vuelto al revés: vgr. la masturbación, que tanto condenaban los curas (y que fue el Espantajo Infernal que me persiguió desde mi Primera Comunión hasta que leí en la prepa ¿Por qué no soy cristiano? de Bertrand Russell), se ha erigido en suprema virtud (vuelven los cenobitas y la Tebaida flaubertianos, “con pecadora mano”), en cuanto “sexo seguro”.

         Mis curas profesores clamaban, arrebatados de ira, ante escuincles espantados de que pudiésemos ser tan criminales en la soledad del WC o de nuestras camitas, bajo cobijitas de Mickey Mouse: “¡La autoprofanación del propio cuerpo, Templo del Señor! ¡Así como el suicidio es peor que el asesinato, ‘el vicio solitario’ peca más que la fornicación, por su desesperación ególatra!”

         Freud se escandalizaba menos ante cualquier práctica sexual con otros, que ante el onanismo (¡La idolatría egoísta del propio falo! ¡La aberrante negación carnal de los otros! ¡El autismo de la libido!)

        

LA NUEVA SOBERBIA

Se denomina soberbia a la falta de “corrección política”; constituye una desobediencia contra las nuevas órdenes homogeneizadoras y globalificadoras del mundo.

         “Ser uno mismo”, “descubrirse a uno mismo” parecían las cumbres filosóficas y psicoanalíticas en los años sesenta (y desde Los alimentos terrestres de Gide), cuando tanto se valoraba la “independencia de criterio” y la “conciencia crítica”.

         Ahora constituyen una rebelión invercunda contra la norma de lo políticamente correcto, lo clínicamente correcto, lo financieramente correcto; lo social o moral o culturalmente correcto... “¡Cultiva tus diferencias!”, predicaba el bárbaro de Gide.



LA AUTOGESTIÓN DEL CORAZÓN

El otro día me enteré de que la Iglesia Católica se está desembarazando de los confesionarios. No dispone ya de tanto cura para escuchar a tanta gente, supongo. Uno se arrepiente “en su corazón” y sanseacabó. El resto del catolicismo, puros viajes del papa por televisión.

         Pero toda mi vida supe que era la obligación de todo católico confesarse al menos una vez al año, o inmediatamente después de cada pecado. Para los alumnos salesianos de primaria y secundaria constituía gran pecado el no confesarse al menos una vez por semana. O muchos grandes pecados (pues también atentaba contra la humildad: “¿Te crees tan santurrón que no necesitas confesarte este jueves, engreído? ¡Ni los arcángeles se atreven a considerarse tan limpios de pecado! Revisa, escuincle pecador, El joven cristiano, y verás tu pobre alma en toda su negritud”; y contra la liturgia, y contra la obediencia).

         No se podía comulgar en estado pecaminoso, así fuera por instantes lujuriosos de mero pensamiento (haber visto involuntariamente fotos de artistas en bikini —la era dorada de Fanny Cano y Jorge Rivero, de Isela Vega y Andrés García— desde la ventanilla del camión escolar anaranjado, “Instituto Don Bosco”, en un puesto de periódicos, durante un alto), que también eran pecadotes mortales, desde luego. Ya no lo son.

         ¡Tiembla, santo Domingo Savio (“Antes morir que pecar”): ya no resulta necesario confesarse! Se puede ir a comulgar directamente, con pase automático, con dispensa de trámites, con una “administración simplificada” de los sacramentos: sin confesión previa.

         ¿Entonces para qué la comunión? Seamos congruentes: del mismo modo, podríamos irnos al paraíso sin comunión previa. “Simplificación administrativa” para todos los ritos. Pienso que comulgo ¡y ya! Comulgo en mi corazón ¡y ya! Me caso en mi corazón ¡y ya! Cuánta autogestión del corazón en los nuevos tiempos. (Suena a López Velarde esto de “La autogestión del corazón”.)



¿Y LAS PENSIONES, O RENTAS, O RÉDITOS ESPIRITUALES?

Me las he dado de ateo desde los quince años. Lo que en los sesentas era bastante común entre muchachos que se pretendían cultos (o se pasaban de listos). Ahora me alarmo: ¿Ya no valen mis escapularios infantiles, mis muchas comuniones de los nueve viernes primeros, mis indulgencias parciales, acumulativas?

         Llevé una contabilidad de los millones de años de perdón para el purgatorio, que me había ganando con rosarios afanosos, beligerantes credos y enfáticas jaculatorias; con misas pacientísimas y magníficats conmovedores, o prescindiendo “en épica sordina” de dulces y rábanos, perones o tamarindos enchilados a la salida de la escuela.

         ¿Y las indulgencias plenarias, los jubileos, la intercesión de las mil advocaciones de la Virgen (cada cual más misericordiosa que la vecina) y de los santos? ¿Los “regalos de indulgencias” de los familiares devotos que nos ganaban años o siglos o milenios de perdón con sus oraciones y mortificaciones y limosnas (especialmente las mamás, las tías, las abuelas)...? ¿Y las carísimas bendiciones del papa, en pliegos con sellos de oro, que traían los turistas de Roma?

         En verdad, en verdad crecí con la siguiente prédica oficialísima, sancionada por todos los papas: “La Virgen del Carmen se interpondrá en las puertas mismas del infierno para salvar a quien llevare su escapulario... Aquel que comulgare nueve primeros viernes de mes...”

         ¿Tienen sentido retroactivo las modernizaciones católicas? ¡Qué abuso de la modernidad! ¿Nos desaparecen nuestros ahorritos espirituales, como un Seguro Social que quiebra y tranquilamente cuelga un letrero: “¡A partir de este momento se invalidan todas las pensiones!” espirituales? ¿Permitirá tal atropello la Virgen del Carmen?

         Ya no se debe portar, pues, el viejo catecismo, sino las tablas del colesterol, las grasas y calorías, y de los rendimientos bancarios; los manuales de cómo conseguir amparo judicial aun en casos de canibalismo y de cómo defraudar millones de dólares por internet sin que nada conste en actas. ¡Las proezas judiciales de El Divino!

         Se me antoja inextricable la metafísica del nuevo milenio. Pero ninguna nostalgia siento de las creencias de hace treinta o cuarenta años, que parecían modernísimas y aggiornadas por el Concilio Vaticano II, y ahora se verán tan “fundamentalistas” como los cilicios de los frailes franciscanos del siglo XVII: no hicieron feliz a nadie.



A MÍ, MIS TIMBRES

Aunque a mí, mis timbres: Que no me hagan perdidizos ni caducos mis pensiones, ahorros, rentas, réditos y salvoconductos espirituales de diez años con escapulario; ni mis docenas de nueve viernes primeros, ni mis millones indulgencias parciales o plenarias (afores para el cielo), que yo mismo gané en la infancia; ni las infinitamente más cuantiosas que me regalaron mis generosas, mortificadas y rezadoras tías...

         No hay mayor cosa que recobrar en las creencias antiguas, sin embargo. Eran la arena numerosa de un desierto de la moral. Y desde ellas hemos saltado a otro desierto, numerosamente árido, pedantesco y virtualoide.

         Mejor no hacer mucho caso. Como decían mis tías (las mismas que concienzudamente me ganaban millones de años de indulgencia a diario) cuando, en su vejez, los médicos les prohibían terminantemente las conchas rebosantes de nata fresca y los tacos de carnitas: “¡Al diablo la ciencia! ¡Me tomo mi tecito de nohagocaso y sanseacabó!”



miércoles, 1 de abril de 2020

CRONISTA DEL PSUM


CRONISTA DEL PSUM



A finales de 1981 me llamó Manuel Becerra Acosta, el director de Unomásuno, para encargarme una misión exótica: escribir día a día, durante meses, viajando por todo el país, la crónica de la campaña presidencial del recién formado Partido Socialista Unificado de México, el PSUM.

         Todavía no aparecían los supuestos 8 mil cronistas fabulosos de la Sociedad Civil (melodramáticos, filantropiquillos, ignorantazos, llorones), y el género mismo de crónica —que ni siquiera se llamaba así en los periódicos, sino “nota de color”, como equivalente de relleno pintoresco— resultaba borroso y marginal.

         No se me enviaba como reportero, con la responsabilidad de la información, sino como cronista. Me vi todo el tiempo como el único extravagante “cronista”, es decir, el único no-reportero, del grupo de prensa del PSUM. Me sentía el único no-matemático en un congreso de matemáticas: Un buen reportero es la cosa más Humphrey-bogartiana del mundo, mientras que el cronista nomás se dedica a chismear y a colorear.

         Pocas veces he sentido un desprecio más gélido que el de un reportero hacia un cronista. Para moderarlo, les recordaba que yo iba sin plaza, sueldo ni sindicato de reporteros. Iba de loco. Mi status era de simple colaborador del periódico y cobraba cada texto como mera “colaboración”, con las cifras módicas y todo el lío administrativo que le sigue siendo (irracionalmente) propio. Entonces se conmovían y lastimeramente casi me aconsejaban que mejor me dedicara a otra cosa.

         “¿Qué diablos es la nota de color?”, le pregunté a Becerra. “Pues escribe tus barbaridades”, me dijo.

         Traté de negarme, asustado. Pero siempre me ha sido difícil decirles un no a personas o proyectos que estimo, o con los que me unen lazos de esperanza o gratitud. Unomásuno era el periódico de todas mis ilusiones, y le estaba particularmente agradecido a Becerra Acosta por no sólo permitirme, sino hasta solicitarme todo tipo de “barbaridades”, impublicables entonces en otros medios (recopiladas parcialmente en Función de medianoche, 1981). Ninguna le parecía suficientemente atroz, escandalosa o inconveniente; me incitaba a ir cada día más allá, en asuntos, en lenguaje, en perspectiva crítica, en inconveniencias y sarcasmos

         Nunca lograba epatarlo con mis crónicas “escandalosas” de la vida cotidiana o subterránea de la ciudad de México. Cuando ya me sentía todo un enfant terrible del periodismo, y tenía disgustado y escandalizado a medio mundo, al grado de construirme una pequeña fama de “amargado y disoluto”, por esos relatos urbanos que adrede cargaban la tinta en los rincones sórdidos, trágicos o depresivos de la sociedad capitalina, para Becerra Acosta todavía ni siquiera empezaba yo a mirar “con verdaderos ojos dostoyevskianos” la realidad mexicana. Algunas de las más ruidosas o tenebrosas de esas páginas fueron escritas en plan de reto, para ver si por fin me pasaba de la raya, lo escandalizaba, y se veía obligado a rechazarlas o a censurarlas; no lo conseguí.

         Nunca me propuse ser “cronista”: la chispa brotó de casualidad, y la atizó Becerra Acosta. Insatisfecho, cansado y decepcionado de varios proyectos literarios que me habían corroído los nervios durante un lustro (libros de crítica literaria como Crónica de la poesía mexicana, La crítica cultural de la generación de Contemporáneos y Se llamaba Vasconcelos, todos de 1977; muchos poemas dizque villaurrutianos, audenianos, zaidianos o gerardo-dieguinos; dos o tres novelas fracasadas), en agosto de 1978 intenté colgar los tenis del literato y calzar los supuestamente más cómodos del periodista, y solicité espacio en Unomasuno como articulista político. Escribir algunos artículos políticos, a partir de ideas generales, es la cosa más fácil del mundo; escribir muchos, regularmente, sin repetirse como mimeógrafo ni hartar al lector, la más difícil. Para mí, imposible.

         Un día no tuve “artículo político” que escribir para mi columna semanal, ni tema ni idea ni nada. Eché desesperadamente mano de un viejo truco que me había dado buen resultado en mis inicios como periodista, en 1970, en la Revista de América de don Gregorio Ortega, el célebre “Orteguita” de los años veinte: ocuparme de asuntos mínimos, cotidianos o callejeros, como si se tratara de grandes temas, a la manera de los periodistas del siglo pasado, o de algunos del presente, como el enorme poeta y prosista argentino Ezequiel Martínez Estrada (autor de libros de oro, como La cabeza de Goliat, en favor o en contra de Buenos Aires, Radiografía de la pampa, y de varios poemas que impresionaron a Borges). Los borrachos, los mercados, los solitarios, el panorama de las calles, las anti-epopeyas de los empleados y las amas de casa. Un amigo definió esos textos anfibios con una frase que no dejo de agradecer veinte años después: “églogas viaductales”.

         “Esto es lo tuyo”, me dijo Becerra: “deja los artículos políticos”. Me emborraché con él madrugadas enteras, oyéndolo hablar interminablemente de Dostoyevski.

         ¿No que lo político me resultaba ajeno? ¿Por qué me mandaba ahora a una campaña política, y me alejaba de los relatos de borrachos o crudos de Vip’s, que “eran lo mío”? Salí de su oficina sin saber cómo había finalmente aceptado.

         El demonio de la ambición literaria muy pronto me susurró al oído: “Los autores norteamericanos más importantes, de Mencken a Mailer, Thompson y Vidal, han escrito páginas memorables sobre las convenciones y campañas políticas de su país”. ¿Era eso lo que me pedía Becerra? New Journalism?   

         Por unas horas revolotearon sobre mi cabeza recuerdos de los magníficos libros de Norman Mailer: Los ejércitos de la noche, Miami y el sitio de Chicago; por fortuna aterricé pronto y adopté modelos nativos, igualmente inalcanzables, pero modestos y familiares: las crónicas políticas y las notas de viaje de Guillermo Prieto, Ignacio Manuel Altamirano y Manuel Gutiérrez Nájera.

         Años después supe que Becerra quería otra cosa. Pero tuvo la elegancia de no decírmela, de no tirarme línea. Ocurría que la mayor parte de los reporteros, articulistas, fotógrafos, caricaturistas y redactores del periódico apoyaba vociferantemente al PSUM; y en cambio yo había escrito un artículo, “La súbita unificación” (agosto de 1981), en el que me burlaba de la demagogia y del pragmatismo de la izquierda política. Tal vez esperaba que mis “notas de color” introdujeran cierta crítica, alguna distancia irónica, que matizaron un poco el casi incondicional apoyo generalizado del periódico al PSUM.

         Le fallé: el sarampión izquierdista me prendió en serio, y durante los tres meses que aguanté como cronista diario —tuve que retirarme por una amibiasis aguda, contraída en campaña—, a través de diez estados de la república, fue menor la distancia crítica o irónica que la simpatía frente a la primera gran campaña presidencial, formal y abierta, de la izquierda mexicana.  Una simpatía difícil. Se trataba de una izquierda dura de tragar; apunté el 7 de noviembre de 1981:

         “En su segundo día de Asamblea Nacional de Unificación, la nueva izquierda mexicana dedicó casi seis horas a exasperar a este cronista con más de tres docenas de los peores discursos que recuerdo en mi vida. Se trataba de analizar el informe (que más que informe fue clase de sociología), que ayer presentó Martínez Verdugo, así como los proyectos de programa y de estatutos del nuevo partido.

         “Pocos analizaron algo, menos aún fueron los que discutieron, y todas las intervenciones, en cambio, se impusieron competir en un tétrico certamen de oratoria que rara vez se alzaba del nivel CCH. Los lugares comunes del marxismo-leninismo más elemental, todas las denuncias contra la burguesía, que desde hace décadas se reiteran en todos los mítines; todas las amenazas contra todos los enemigos del proletariado...

         “Al echar este maquinazo con lo que me resta de cerebro, después de tal mareo, no recuerdo si efectivamente fue Andy Warhol o quién, el que propuso a la sociedad de consumo con medios masivos que diese a cada ciudadano, una vez en la vida, sus quince minutos de celebridad internacional. Los partidos socialistas nomás les dan diez en alguna de las asambleas. Y entonces el delegado se enciende, y no deja santón del marxismo sin invocar, culpa del capitalismo sin execrar, distinción epistemológica sin trazar, índice analítico sin recorrer. Sus compañeros le aplauden cuando dice huelga, masas, burguesía corrupta, gobierno corrupto, solidaridad internacional, Cuba y Zapata. Y luego se retira a su pueblo o a su barrio, con la alegría de haber tenido ya sus diez minutos de brillantez, cuando la asamblea lo escuchó y aclamó”.

         Algunos dirigentes pesumistas, quienes llegarían a ser mis amigos y a invitarme formalmente a ingresar a su partido (invitación que decliné, por aquello de que un escritor debía mantenerse siempre independiente), me gruñían. Casi me tomaron por agente del gobierno cuando narré que la manifestación del Monumento a la Revolución a la Plaza de Santo Domingo, con la que arrancó la campaña de Arnoldo Martínez Verdugo, se vio escasa, casi desairada. El propio candidato lo reconoció en su discurso, asiéndose de una frase de Alejandro Gómez Arias que postulaba la superioridad moral de cien partidarios “conscientes y libres” del PSUM sobre los “miles de apáticos acarreados” del PRI.

         La izquierda que asaltaba democráticamente el poder estaba conformada por “esos cuantos miles que apenas tardaron media hora en detener el tráfico frente a la Lotería, y que parecían, desde las ventanas de los rascacielos donde se asomaban los mirones, perderse un tanto en la ciudad gigantesca y multitudinaria. Somos un chingo y seremos más, decía uno de los muchos slogans y porras que con voces roncas, en el frío y entre el polvoso viento de Avenida Juárez, coreaban los contingentes. Bueno, tanto como un chingo, todavía no”.

         Esta frasecita: “Bueno, tanto como un chingo, todavía no” les molestó a tal grado que la recordaron durante meses, y me la echaron bromistamente en cara (ya para entonces todos éramos cuates) cuando, el 20 de junio de 1982, lograron llenar el zócalo en su cierre de campaña.

         “¿No que no somos un chingo, eh? ¿No que no?”.

         El problema estaba en cuánto sumaba un chingo, cifra azarosa. Porque también las matemáticas resultaban rama de la ideología. Si el PRI llenaba el zócalo, se trataba simplemente “de unos cuantos miles de apáticos acarreados”; si lo llenaba el PSUM, eran cientos de miles y ¡hasta un millón! de “partidarios conscientes y libres”. Se boletinaban y publicaban oficialmente tales cifras.

         ¿Qué tanto era un chingo?  Esa discusión duró años, hasta que los directivos del Unomásuno convocaron a un notario y a una especie de agrimensores para que calcularan científicamente cuánta gente llenaba el zócalo. No eran millones ni cientos de miles: bastaban unas 60 ó 70 mil personas. ¿Eso ya era tanto como un chingo, o todavía no?

         El PSUM obtuvo resultados muy modestos en las urnas, que sorprendieron a los periodistas y militantes que habíamos visto muchos mítines con plaza llena. Quienes votan son los ciudadanos, no las ilusiones ópticas de los mítines.

         A partir de entonces todo mundo ha llenado el zócalo para cualquier cosa. El esperanzador Zócalo rojo (como se titularía la excelente crónica de crónicas del PSUM que habrían de publicar mis compañeros Rogelio Hernández, de Excélsior, y Roberto Rock, de El Universal) se volvió el actual rutinario zócalo atiborrado todo el tiempo para y por lo que sea.

         Dos días después del modesto mítin de Santo Domingo me trepé al camión de prensa, El Machete I (en el Machete II iban los próceres y caciques del PSUM), para viajar tres meses con la izquierda, como cronista de su campaña: Guerrero, Oaxaca, Chiapas, Tabasco, Quintana Roo, Yucatán, Guanajuato, San Luis Potosí, Zacatecas y Aguascalientes. Yo iba leyendo un libro raro, cuya intención particular en esa campaña sólo Roberto Rock descifró: se trataba de Innocents abroad, de Mark Twain.

         De ahí, claro, al hospital, ahora sí que en propulsión a chorro, un chorro que ya ningún antidiarreico moderaba. A casi todo el equipo de prensa le pasó lo mismo: muchas veces comíamos, por los pueblos misérrimos y escondidos entre las montañas, lo que la generosidad de los militantes locales del PSUM nos convidara, en las precarias  condiciones de higiene características de nuestra pobreza rural.

         Supe también, enarbolado en la utopía, de exaltados meses de esperanza y optimismo. Todo se podía cambiar, resolver, redimir en nuestra patria. Entre las idas y vueltas al atascado WC del Machete I, haciendo cola entre puros periodistas con retortijones, quienes apretaban los esfínteres hasta con los párpados, conocí lo más cercano que recuerdo a una visión esperanzada y optimista de la nación. El país se podía arreglar pronto, y a nuestra generación le tocaba de inmediato, pero ya —¡cuántas décadas, cuántos siglos se habían perdido!— esa oportunidad.

         De veras, de veras: podíamos arreglarlo. Lo ibamos a arreglar. Lo estábamos haciendo con nuestro trabajo. ¡Y con el PSUM!


LA CAMPAÑA SOCIALISTA EN GUERRERO



Muy cercanos todavía los episodios guerrilleros de Genaro Vázquez y de Lucio Cabañas, el PSUM decidió iniciar la gira de su candidato presidencial en el Estado de Guerrero, y a partir de un pueblito de mixtecos que sobrevivían, en durísimas condiciones, gracias a un poco de agricultura y al tejido de sombreros: Alcozauca (8 de diciembre de 1981).

         Tenía la particularidad de ser el único municipio comunista de México. El recién legalizado Partido Comunista (antecesor del PSUM) había ganado poco tiempo atrás las elecciones locales. “¿Cómo ahí, tan lejos de CU y de la ritual Facultad de Economía, había prendido el comunismo?”, nos preguntábamos los periodistas, un poco escandalizados. Los propios ex comunistas, ahora pesumistas, decían chistes macabros: Alcozauca estaba tan perdido en los abismos de la sierra —la Montaña Roja, como se llamaba bravíamente a esta zona de Guerrero— que a los priístas les había dado flojera bajar hasta el fondo del mundo a contar unos escasos votos de gente muy pobre. 

         Se hacían en El Machete I cinco o seis horas, por una pésima “carretera” bárbara —una brecha llena de zanjas, deslaves, derrumbes, boquetes—, primero, de Chilpancingo a Tlapa; y de ahí tres o cuatro más por otra mucho peor, encrespada, corroída y rota, que todo el tiempo bordeaba en espiral el abismo, circundando los montes.

         Había que cerrar los ojos y confiar en algún comunista ángel protector que impidiera que los camiones y coches de nuestra comitiva se desbarrancaran en cada curva, y aparecía una a cada cincuenta metros. Sólo se podía viajar decentemente en avioneta —las Coca-colas, carísimas, llegaban en avioneta—, pero un viaje redondo por aire entre Tlapa y Alcozauca le costaría a un indio mixteco 120 sombreros de 5 pesos.  Cuando los campesinos de Alcozauca tenían que ir a Tlapa se trepaban como ganado, en destartalados camiones de redilas, y confiaban en no desbarrancarse en ciertas curvas ya derruidas hasta en una tercera parte, junto al abismo. Alguna de las llantas de esos camiones con frecuencia rodaba, prodigiosamente, sobre el aire.

         Estábamos en pleno evangelio. “Los últimos serán los primeros”, y el olvidado pueblo de Alcozauca se alistaba el primero, voluntarioso e inaugural, en la construcción del nuevo México socialista.

         Todo resultaba asombrosamente conmovedor: desde el poblado de Alpuyecancingo, anterior a Alcozauca, vimos a los campesinos serios y dignos, en plena ceremonia cívica: perfiles severos, ropa limpia, adornos de carrizos y papel, guirnaldas de flores, niños de escuela con unos silbatos de plástico. Una fe en la política y un respeto por el civismo como jamás había yo visto en parte alguna.

         Además, por primera vez en décadas o siglos se tomaba en serio a Alcozauca como noticia nacional. Finalmente iba a existir ese ninguneado municipio para el resto del país, a propósito del acontecimiento de la campaña del PSUM. Ningún candidato del PRI ni del PAN se había asomado nunca por ahí, ni se solía mentar a Alcozauca más allá de Tlapa. Los periódicos, la radio y la tele ahora proclamarían su existencia de frontera a frontera y de costa a costa. Y los lugareños estaban muy interesados en mostrarse más mexicanos que cualquiera, aun en la arruga más perdida de las montañas.

         La bandera nacional escoltada por banderas rojas, a manera de aguerrida guardia de honor; el himno nacional en castellano y en mixteco; su escuela Amado Nervo —”Era llena de gracia como el ave maría”, etcétera—, añorante de la educación socialista-indigenista del presidente Cárdenas; su kiosko y su plaza limpísimos, llenos de gente expectante; sus modestas calles recién barridas, en una de las cuales existía un ¡monumento nacional!, casi un proyecto de museo: una placa. Porque debía el país reconocer, de una vez por todas, que la mexicanidad de Alcozauca no sólo era antigua en la memoria indígena, sino incluso desde el punto de vista de la historia de los criollos y ladinos, de la liberal y trigarante “historia de bronce”: en un muro de una casa se leía: “Aquí se hospedó el general Vicente Guerrero de paso a Xonacatlán”.

         Hubo el mitin de rigor. Las denuncias de las tropelías, tonterías y olvidos del PRI. La dolida protesta ante la patria ladina que los marginaba por hablar mixteco, y los insultaba como apátridas por seguir el extranjero escudo comunista (como si la cruz cristiana y el concepto de Constitución fuesen muy Made in México).

         Y el muy raro espectáculo de una pobreza extrema, pero (al menos ante los ojos de la prensa en ese momento) sin degradación ni suciedad: una miseria digna, casi elegante. “Hermano indio: sólo luchando cambiarás tu vida: PSUM”. Recordé la legendaria miseria decente, organizada y hasta edificante de los “hospitales” de Vasco de Quiroga, en México, o de los indios del Paraguay, que Leopoldo Lugones evoca en El imperio jesuítico; y el deber de los letrados y poderosos de buena fe (en el libro de Lugones los jesuitas), de organizar y paliar la miseria del pueblo. ¿La herencia de Tata Vasco retomada por la izquierda actual? ¿Los frailes engendraron a los liberales, quienes engendraron a los comunistas, en el proyecto, fracasado durante cinco siglos, de respetar la vida indígena?

         El misterio del comunismo de este remoto municipio tenía una explicación sucinta: un caudillo político y cultural regional, perteneciente a una vasta familia de maestros y filántropos que habían luchado durante décadas por la supervivencia y la dignidad de Alcozauca. No precisamente un jesuita colonial, sino su equivalente contemporáneo: un maestro republicano, comunista, de escuela pública. Se trataba del antiguo líder magisterial Othón Salazar, protagonista y precursor de tantas luchas políticas nacionales. Anoté:

         “Es la tierra de Othón Salazar, y verlo y oírlo ahí es advertir la naturalidad y profundidad de su liderazgo que, como en el siglo pasado, conjuga en el líder al político y al sacerdote. Aquí se leen pancartas de peticiones, dirigidas precisamente a la hoz y al martillo, como: ‘Instrumentos, templo y agua para regar la tierra. San José Lagunas’”.

         La iglesia se les había venido abajo en un temblor, y a los comunistas tocaba reedificarla. El pueblo lo exigía: ¡A erigir pues templos católicos, señores comunistas! ¡Y a comprar una banda de música, antes que los tractores! La música era importante: resonaba como la primera y más enfática de las peticiones.

         Así, con iglesia y música aportadas por las autoridades comunistas, acaso se podría hasta cantar La Internacional en misa, en el nuevo templo, con los nuevos instrumentos musicales, para la mayor honra de Dios y de la hoz y el martillo (Ad majorem Dei et PC gloriam). Y todos contentos. En Alcozauca hasta el Niño Jesús resultaba comunista y seguidor de Othón Salazar. Y Othón Salazar parecía un comunista del Niño Jesús —el “comunismo del Niño Jesús” es frase de Carlos Pellicer— y del ideal vasconceliano del maestro rural. (Aunque los comunistas solían regatearle méritos educativos al “reaccionario” autor de Ulises criollo, y endosárselos todos al rojo Narciso Bassols.)

         Por cierto, José Vasconcelos tuvo un sobresalto en su vejez, y la valentía de confesarlo (en una entrevista, creo, con E. Carballo). Este famoso denostador de los liberales de la Reforma aceptó prologar una novela de Ignacio Manuel Altamirano, que desconocía: La navidad en las montañas, pensando sin duda en una buena oportunidad para aporrear de nueva cuenta a los liberales. Y quedó no sólo encantado, sino edificado con la novela. “¿Cómo, esto lo había escrito el comecuras, el incendiario de 1861? ¡Pero si es una historia bonita, edificante, casi propia de un santo!”

         Bueno: además de ciertos ribetes de comecuras y de incendiarios, los liberales de la Reforma eran curas laicos, profesores cívicos, y aspiraban precisamente (como algunos frailes antiguos y Othón Salazar) a ese pueblo pobre pero no miserable, católico pero no fanático, lleno de trabajo, de salud y de amor, que deseó, como un poema, Altamirano. Yo vi reverberar un poco este sueño de La navidad en las montañas en el fondo de la Montaña Roja, en Alcozauca, entre cuyos próceres y autoridades predominaba, desde luego, el apellido Salazar. (Años después, una conjura de biólogos, comandada por Julia Carabias y Carlos Toledo, trató de mejorar los cultivos de esa gente mediante procedimientos científicos.)

         Pero este idilio cívico no se extendía a otros pueblos. Todo estaba salpicado de sangre reciente, de agravios actuales. “Somos gente de Ahuatepec, golpeada por la judicial y la cárcel, pero estamos con Martínez Verdugo”. Aquí se ignoraba insolentemente la Reforma Política nacional: en un solo día los caciques priístas y sus pistoleros habían encarcelado por razones partidarias a los 57 campesinos de ese ejido. Había nueve presos políticos y muchos desaparecidos. Un cacique priísta se había ufanado: “A un comunista lo pueden matar como a un perro en la carretera, y nadie reclama”.

         La lista de agravios del PRI a los indígenas era interminable. A veces la imaginación priísta del gobierno del estado desbordaba el surrealismo: no contenta con expulsar de sus empleos a los maestros comunistas, con ningunear a sus nuevas autoridades comunistas y condicionar todo servicio público a la militancia al PRI; de cobrar cuotas abusivas e ilegales, de intimidar a los indios con los pistoleros y luego insultarlos como “adoradores de ídolos”; no contenta con todo ello, me decían, la imaginación del PRI estatal se permitía tenebrosas bromas ingenieriles, como construir finalmente el puente que habría de unir dos pueblitos gemelos separados por un río... pero construirlo ¡a seis kilómetros de distancia!, para que ambas poblaciones rojas, Igualita y Alpoyecantzingo, sudaran la gota gorda si querían aprovecharlo, y reconsideraran su oposición al PRI. Se siguió cruzando el río a pie, entre las aguas. El inútil puente nuevecito, inusado, a lo lejos, como un aleccionador castigo político.

         La gente me rodeaba, pero en bola, confirmando y añadiendo información, para contarme todas estas cosas de modo que aparecieran en Unomásuno, y produjeran algún resultado milagroso. Esos campesinos mostraban tal fe en la decencia y la utilidad del periodismo que me sentí abrumado y casi apenado por representar ante ellos ese oficio, al que yo bien sabía harto distante de tales expectativas, incluso el periodismo mejor intencionado.

         Me ocurriría lo mismo en varias poblaciones indígenas a lo largo de la campaña del PSUM, como en Juchitán, Oaxaca, y en Simojovel, Chiapas. Sentí vergüenza de andarle haciendo al cronista, como un payaso de la pluma dedicado a defraudar a la gente más seria, sencilla y golpeada.

         De hecho, en ocasiones fui deliberadamente un farsante. Como los quejosos no me dejaban en paz ni un momento durante las muchas horas de cada mitin, y fiscalizaban estrictamente que anotara en mi libreta de taquigrafía cuanto me denunciaban, me dedicaba con la mano adolorida a llenar páginas y páginas, a sabiendas de que no iba a publicar ni la décima parte de lo anotado, pues el espacio que me asignaba el periódico no debía superar las tres cuartillas.

         No quiero ni pensar en la desilusión ni en la ira de todas esas personas que al día siguiente leyeron o se hicieron leer el periódico, y no encontraron en él sus denuncias, propuestas, comentarios. Poco cabía en mis tres cuartillas, buena parte de las cuales, por otra parte, debía describir y “colorear” los hechos de la campaña, más que relatar los dichos de quienes se me acercaban voluntariamente. Seguramente pensaron que yo los ninguneaba o censuraba.

         En el mitin Arnoldo Martínez Verdugo propuso medidas ideales, que llenaron a todo mundo de entusiasmo, incluyendo a los periodistas, para que los indios asumieran el control de la producción, comercialización y administración de sus mercancías básicas. No vimos, no quisimos ver que el panorama mismo de Tlapa, por ejemplo, contradecía esos sueños de un indigenismo anterior a la Segunda Guerra Mundial, cuando el país estaba bastante  cerrado al exterior, y podía imaginar a sus anchas soluciones políticas sui generis, contrarias al empuje de la civilización occidental moderna (hermosas en la teoría, casi siempre desastrosas o inútiles en la práctica). El horrible mundo exterior contemporáneo, tirano y arrollador, el industrial y financiero, y la modernidad del consumo y de los nuevos hábitos, ya estaban enraizados ahí. Narré:

         “Varios cientos de campesinos se manifestaron, festivos, con muchos niños, por las calles de Tlapa. Al frente, algunas niñas vestidas con típicos trajes mixtecos que combinan bastante bien con los tenis de suela de tanque, las chanclas de plástico, y hasta, debajo de los faldones típicos, los jeans de tubo.  A su lado, perros, cerdos y guajolotes se unían democráticamente a la bulla. La gente gritaba: ‘¡Viva la Montaña Roja!’”

         “Y el panorama de todas las pequeñas ciudades de México: sobre el conjunto de tradicionales casas de adobe y teja, se va imponiendo la miseria industrial de llantas abandonadas, envases industrializados, cables, antenas de tele; varillas, block, losetas, láminas, asbesto, tinacos, etcétera —obras siempre inconclusas, se diría nacidas para lucir como ruinas permanentes—, que más que solucionar la pobreza, parecen añadirse a ella, en una confusión de tiempos, cuya única uniformidad es la de ser, todos ellos, tiempos de absoluta joda.”

         Pero no queríamos ver ni reportear esa contradicción. Queríamos creer, con un gran desprecio por la tiranía de la realidad moderna —”capitalista”, “burguesa”—, y aplaudiendo a rabiar, en “una sociedad rural y campesina democrática y socialista”, tal como la cantaba Martínez Verdugo. Se la alabó en castellano, en náhuatl, en mixteco y (según me dijeron) en tlapaneco (!).

         Copié una pancarta: “Nt’ina sabi na kuta’ a nti xa’ ataa Arnoldo Martínez Verdugo ña ku ra taa chiño ñoo yo ña PSUM” —varias erratas debieron colarse en la transmisión telefónica que hice al periódico—; alguien me la tradujo: “Todos los mixtecos se juntaron para apoyar a Arnoldo Martínez Verdugo para que sea el que mande en México.”

        

        

TRAS LAS HUELLAS DE LUCIO CABAÑAS



Visitamos una docena de poblados en la Montaña Roja, donde se reprodujeron con pequeñas variantes las escenas de Alcozauca y Tlapa. En mi recuerdo se unen, sobre un fondo insistente de la música de Rigo Tovar, las imágenes de la extrema pobreza campesina e indígena con las de una extrema civilidad. Buena organización, mítines concurridos e interesantes, denuncias y protestas civilizada, casi respetuosamente expresadas.

         Todo lo contrario de lo que veríamos en las ciudades importantes de Guerrero —Acapulco, Iguala, Chilpancingo, Ciudad Altamirano, Taxco—, donde a muy poca gente le interesaba el PSUM o simplemente se utilizaba su campaña para presiones particulares, como las de ciertos grupos gremiales y de colonos. Y para quejarse con alaridos de las transas de Banrural (el banco gubernamental que “ayudaba” a los campesinos).

         Ocurría una curiosa contradicción. En las ciudades la gente se mostraba completamente decepcionada de la política, a la que, en cambio, los pueblitos de la Montaña Roja acababan de descubrir y veneraban. En ellos se veía siempre la mano de los maestros rurales.

         Los pueblos, escarmentados de la sangrienta década de los setentas en Guerrero, el cual estuvo prácticamente durante todo ese tiempo bajo control militar —retenes de soldados revisaban, ilegalmente, como aduanas interiores en un estado de sitio, incluso a los turistas que viajaban en coche o autobús por la autopista a Acapulco—, lo apostaban todo a la opción democrática.

         Las ciudades, resignadas y hasta cínicas, se sabían presas permanentes del PRI, que llevaba ya muchos años de lograr en el estado de Guerrero los ejemplos más espectaculares  —una lúgubre espectacularidad hasta mundial— de barbarie y corrupción caciquil, como lo fueron los gobiernos de Nogueda Otero y de Rubén Figueroa (el padre). Éste superó incluso en la televisión internacional, gracias a un documental francés titulado El señor gobernador, al ugandés Idi Amín, como prototipo del tirano antropófago del Tercer Mundo.

         Ahora que reviso mis crónicas, escritas precipitadamente sobre las rodillas para dictarlas de inmediato por teléfono, o improvisadas directamente sobre la bocina telefónica, encuentro un dato curioso que no recuerdo haber advertido en su momento: jamás se habló públicamente en la Montaña Roja de los guerrilleros (pero también, desde luego, maestros) Genaro Vázquez y Lucio Cabañas, quienes se volverían obsesión en los mítines de la Costa Chica y de Tierra Caliente. Tampoco asomaron las disputas entre los diversos grupos ultras de la Universidad Autónoma de Guerrero.

         En la Montaña Roja se realizó una campaña moderada, cívica, casi escolar, totalmente popular y enraizada en los problemas de la tierra, del agua, de las administraciones municipales, del transporte, de los créditos y precios agrícolas; los elementos comunistas se desvanecían ante viejas demandas básicas, a veces centenarias, de la vida diaria de indígenas y campesinos.

         Othón Salazar, ese profesor duro y dulce, pausado y claridoso, se indignaba ante la ineficacia o la mala fe de los cuadros comunistas o pesumistas de las ciudades y de las poblaciones de la Costa Chica y Tierra Caliente. O bien, encerrados en sus obsesiones de ghettos ideológicos, se negaban a atender al pueblo, de modo que en el momento de exhibir sus “masas” apenas si lograban reunir unas docenas de curiosos indolentes en los mítines; o bien despreciaban y hasta boicoteaban la opción política, democrática, del socialismo mexicano, conservando en secreto sus obsesiones por la “violencia revolucionaria”.

         Así, cuando llegamos nada menos que a Atoyac de Álvarez, la cuna de Lucio Cabañas, el preciso corazón de la guerrilla de los años setenta, resultó que casi nadie quería escuchar al candidato del PSUM. (Lo mismo le había ocurrido a Rosario Ibarra, candidata del trotskista PRT, Partido Revolucionario de los Trabajadores). Anoté: “Poca, muy poca gente esperaba a Martínez Verdugo en esta plaza. Tan poca gente que, al presentarlo, Othón Salazar se sintió obligado a recordar aquella ocasión en Sonora o en Sinaloa, en que Francisco I. Madero no pudo decir su discurso porque nadie había concurrido al mitin”.

         Se logró finalmente reunir, con súplicas de última hora por altavoces, a un desairado grupo de casuales transeúntes. Esa plaza con unos cuantos mangos frondosos había sido la tribuna desde donde Lucio Cabañas arengaba al pueblo a mediados de los años sesenta. Ahí ocurrió una matanza (siete muertos) el 18 de mayo de 1967, cuando profesores y pueblerinos protestaban simplemente contra una directora autoritaria de la escuela Modesto Alarcón. De tal matanza surgió la guerrilla.

         El panorama de esta región de la Costa Chica, y especialmente de Atoyac de Álvarez, era confuso, inverosímil: una especie de pesadilla de la miseria y la represión entreveradas con el desarrollo y las obras públicas, resultado de las extravagancias conjuntas de los  guerrilleros Genaro Vázquez y Lucio Cabañas y de los presidentes Echeverría y López Portillo.

         La inmutable pobreza campesina, en este caso de cafetaleros y copreros (la agroindustria de los cocos), corrompida, desgajada, por una descomunal y precipitada inyección de dinero gubernamental, invertida a tontas y a locas para recuperar el control de la zona y borrar la memoria de los guerrilleros.

         Carreteras recién construidas, relucientes y desiertas, donde sólo transitaban vehículos del ejército o de corporaciones oficiales como el Instituto Mexicano del Café; a su vera, beneficiados por el súbito repreciamiento del terreno, horrendos edificios públicos y particulares, a medio construir, que ostentaban un lujo y una modernidad insultantes y falsas, de bisutería industrial, en medio de la abrumadora desolación y la miseria campesinas.

         Esto se observaba en la propia plaza de Atoyac de Álvarez. Para borrar la memoria de los guerrilleros recientes, se la había llenado de espantosas estatuas de... ¡guerrilleros antiguos! Una placita con más estatuas que árboles: abotagados monigotes estereotipados, de ésos producidos en serie para fastidiar las plazas y jardines de todo el país: Hidalgo, Morelos, Guerrero, Juan Álvarez,  Juárez, Zapata. ¡Todos juntos, al mayoreo, en ofertón!  ¿De veras todos estos héroes antiguos no seguían predicando, a su manera, la teoría de la guerrilla? ¿Alguno de ellos no fue guerrillero?

         También predicaban el horror de la escultura heroica  mexicana: monstruos o bestias de cemento o metal que liquidan de antemano cualquier aspiración cívica, producidos en serie con moldes burdos, frente a los cuales los peores momentos de la escultura política stalinista parecen egregias obras de arte.

         Había dinero para las estatuas, las carreteras  estratégicas que necesitaba el ejército a fin de que no se le escondieran tan fácilmente los guerrilleros; los edificios públicos y los servicios que requería la tropa y la burocracia recientemente importadas, pero no para saldar las deudas del gobierno (el cual “compraba” como filatrópico monopolista las cosechas, pero se volvía moroso y usurero al pagarlas) con los campesinos cafetaleros y copreros, a veces vencidas dos años atrás.

         Describí: “El centro de Atoyac es una especie de charco de dinero”. Cantinas, burdeles, restoranes, chocomilerías (los guerrerenses son buenos para los neologismos: en Iguala comí una torta de iguana, una iguanaburger). Los poblanos los emulan: en Acaxochitlán (¿o fue Huauchinango?) me estremeció la sonoridad aliterada del nombre de una fonda: Burgervargas. No me habría extrañado que algún viejo recitador de Barba Jacob, en Chilpancingo, llamase Acuarimántima a su marisquería.

         “En las calles chuecas, incómodas, sin trazo alguno, lomas con caños abiertos y azarosos y múltiples boquetes, entre cerdos y perros, empiezan a levantarse los castillos de varilla, las primeras líneas de tabicón y de ladrillos, las balaustradas y celosías; las ventanas y puertas prefabricadas con sus metálicos marcos dorados y plateados, el asbesto y la lámina”, a imitación de las nuevas zonas residenciales del Distrito Federal. Manifestaban la prosperidad de los burócratas, militares y caciques beneficiados con la inyección antiguerrillera de dinero gubernamental.

         “Cunden las vulcanizadoras y los talleres mecánicos entre los jacales; en un patio de tierra, junto al lavadero rústico, sobre cuatro palos torcidos se tiende el cobertizo para que no se asolee la combi.”

         “Claro que a unas cuadras del centro se Atoyac de Álvarez acaba todo el progreso. Se achaparran y desaparecen las construcciones, las obras de drenaje y agua potable, los coches; las calles regresan a su eterna condición de brechas y senderos retorcidos y sucios, hasta perderse rumbo a los palmares y campos cafetaleros. Y más allá, no tan clandestinamente, los plantíos de mariguana”.

         La vigilancia militar acentuaba por todas partes este caos disfrazado de prosperidad: soldados con boinas rojas, “muecas ácidas y burlonas por encima de sus rifles automáticos”.

         El presidente municipal priísta no estaba de acuerdo, desde luego, con mi descripción; ofrecía otras explicaciones: el auge y el peligro del narcotráfico en la región. Esto desde el 11 de diciembre de 1981.

                                               *

        

Días más tarde pasamos por Ciudad Altamirano. Este pueblo campesino, tradicionalmente dedicado al tejido de sombreros y al cultivo del ajonjolí, había sido bombardeado tres veces por el progreso.

         La primera: Se le robó su ancestral nombre verdadero de Pungarabato; se lo despungarabateó (y quien lo repungarabate será —buen beisbolista— un todo un pungarabateador; o a la norteña: ¡Despungáralo, bato!), para asestarle el nombre del civilizador ilustre, quien desde luego no nació ahí, sino en Tixtla, y que de cualquier modo sonaba como ácida ironía en ese bárbaro  lodazal mercantil, esas innumerables bodegas —enormes jacales amontonados— improvisadas al margen de toda higiene, orden o cualquier tipo de servicios urbanos, en calles sin pavimientar, donde proliferaban el hambre, las enfermedades y la mierda.

         La segunda: Se lo convirtió en un miserable pero gigantesco almacén donde se acumulaban los productos agrícolas de la región; y se vendía a los campesinos, en proliferado tianguis, infinidad de carísimas baratijas industriales, todo al son de calientes cumbias remecidas por el zumbar de espesas nubes de moscas y mosquitos. Infierno campesino y paraíso de caciques, funcionarios de Banrural y Cordemex, acaparadores e “intermediarios”. Jacales y harapos sobresaltados por tráilers y camiones de carga, coches de lujo, porte ostentoso y fatuo de caciques, burócratas y pistoleros.

         La tercera: El prepotente puritanismo del vecino, limítrofe gobernador michoacano, Cuauhtémoc Cárdenas. ¡Cómo se le mentaba la madre en Guerrero, pero mil veces por minuto, a ese oportunista y beato adlátere de Echeverría y de López Portillo! El codicioso Cuauhtémoc, para crearse fama de moralizador público, y como si no tuviera mejor cosa qué hacer con sus sobrados ímpetus de redentor, se había permitido prohibir y expulsar terminantemente de “su” estado, por decreto —a la manera de un convento o del propio Reino de los Cielos—, la prostitución, el alcohol, el juego, los bares y salones de baile, y toda “malvivencia” en general, ¡sólo para exportarlos, pero de un solo golpe y a lo bruto, a la fronteriza ciudad guerrerense! Ciudad Altamirano se convirtió en la concentrada y desbordada zona roja del neopuritano y neomustio estado de Michoacán. 

         Con alivio escapamos de esa Babilonia de Tierra Caliente. La maldije:

         “Ciudad Altamirano es una enorme ciudad de basura, lodo, barracas y trago, donde el poder y el dinero no necesitan disimulo ni formulismos. Una sola calle pavimentada (la principal), y a sus lados vastos campamentos de miseria, con casi una cantina por esquina y en cada cantina un burdel, entristecidos por clientes y prostitutas igualmente misérrimos y patibularios... Entre la basura y el polvo se levantan muchos bancos, oficinas del gobierno, bodegas, centros comerciales y más tianguis... esta especie de estómago e intestinos revueltos de Tierra Caliente”.

                                      *

        

Volvimos a pueblear. La civilidad y la política encontraban poco eco en las ciudades, y mucho entusiasmo en los pueblitos. Llegamos al muy pobre de Acatempan, el del abrazo célebre, sólo recordado por un viejo y modestísimo monumento de yeso, tricolor, que sobrevivía al margen del gobierno, gracias al puro empeño de los vecinos, quienes solicitaron, en primer lugar, “un monumento digno a Vicente Guerrero”; y sólo después el drenaje y una escuela secundaria “para que los niños no tengan que bajar todos los días hasta Teloloapan”. Acatempan —calles empedradas, casas viejas— todavía conservaba cierta estampa de arcaico pueblito colonial fuera del tiempo.

         Seco, árido y pedregoso fue el sitio donde Iturbide y Guerrero decidieron (con escasa suerte, como se sabe) apostarle a la política y no a la violencia, como manera de resolver los problemas de México. No sé si desde entonces se le haya ocurrido al gobierno mejorar el modestísimo monumento de yeso. Ojalá no. Ojalá no haya reproducido ahí el bestiario escultórico de próceres con que tuvo a bien atiborrar la belicosa plaza de Lucio Cabañas en Atoyac de Álvarez.



                                               *

Quisiera omitir nuestro paso por Taxco, blanca mexican curios en forma de caracol. Yo no creo que Taxco exista: es una charra tarjeta postal. Y cuando el turista se enfrenta a la fachada de Santa Prisca se empalaga e indigesta al primer vistazo, y de inmediato vomita merengue colonial. Pero ahí, impresionado por el movimiento sindicalista católico de Polonia y la ascendente estrella del papa Juan Pablo II, Martínez Verdugo trató de reconciliar el marxismo con la Iglesia Católica, echando mano de no sé qué cita de Engels sobre las catacumbas.

         ¿Tolerancia u oportunismo? Un Engels procatólico en las orejas y una Santa Prisca aderezada con banderas comunistas frente a los ojos, en mezcla novedosa y explosiva. Vaya guiso. Como para correr de inmediato al WC. (Sospecho que no se debe culpar solamente a las amibas, sino también a ciertas bacterias oratorias, de la epidemia de diarrea y disentería que se abatió sobre buena parte de los periodistas de la campaña del PSUM.)

         Nostálgico del asfalto y del smog, hinchado de ideología, escandalizado de la miseria y la brutalidad del campo, harto de las diarias docenas de discursos redentoristas, con la diarrea taponada con puñados de pastillas de Enterobioformo, trepé precipitadamente al Machete I sin pensar en otra cosa que en regresar por fin a la ciudad de México, ponerme una buena borrachera —pero hasta el fondo— en una discotheque gay, Le Baron; y lograr así un nirvana reparador, donde no se escuchara ni se tuviera que meditar en otra cosa que en la música disco de Barry Manilow: Her name was Lola,/ she was a showgirl,/  with yellow feathers in her head... She danced merengue, / and did the cha-cha.../ At he Cooopa,/ Copacabana, / the hottest spot north of Havana;/ music and passion were always the fashion at the Cooopa...”

         Así fue, pocas horas más tarde, en mitad de la madrugada. La primera etapa de la campaña del PSUM había terminado.


LA CAMPAÑA SOCIALISTA EN OAXACA.



                                      A la memoria de Lola Álvarez Bravo

LA IZQUIERDA DE ENTONCES Y LA DE AHORA

La segunda etapa de la campaña del PSUM, en enero de 1982, recorrió Oaxaca, Chiapas, Tabasco, Quintana Roo y Yucatán. Lo primero que hicimos los periodistas, ya experimentados en la ineficacia y la desorganización de ese partido, fue denunciarlo a coro desde Magdalena Ocotlán, Oaxaca.

         En aquellos años no había faxes ni teléfonos celulares, de modo que los veinte o más periodistas debíamos dictar nuestros reportajes o crónicas por teléfonos domésticos o de farmacias, palabra por palabra, a algún exasperado mecanógrafo de la redacción de nuestros periódicos.

         Eso se llevaba al menos veinte minutos por periodista. Y con demasiada frecuencia resultaba que no había teléfonos públicos disponibles en los pueblitos por los que pasábamos —acaso táctica priísta a veces, pero de cualquier manera previsible—; y que a los organizadores del partido sólo a última hora se les ocurría conseguir dos o tres líneas particulares, lo cual nos obligaba a hacer varias exasperantes horas de cola frente a esos aparatos, después del cansancio del autobús, las marchas, los mítines y la redacción del texto.

         Naturalmente algunos textos ya llegaban demasiado tarde a los periódicos, que los resumían y enterraban en páginas interiores, o de plano los omitían. ¿Qué era eso de empezar a dictar las notas a las diez u once de la noche?

         “¿Para qué nos traen, si no van a aprovecharnos?”, protestábamos. ¿Para qué tanto Machete I atiborrado de periodistas que sólo con muchas dificultades podríamos enviar la información, y con todos los defectos y problemas de una transmisión improvisada y precipitada? Nunca supe si tal barbaridad se debió a la avaricia, a la holgazanería o a la dejadez de los encargados. Parecían boicotear su propia campaña. Nos amotinamos frente al propio candidato Martínez Verdugo.

         Los dirigentes del PSUM nos ofrecieron disculpas, pero su capacidad organizativa no alcanzaba siquiera a reservar  media docena de teléfonos en las localidades que visitábamos.  Les interesaban la marcha o manifestación, el mitin, el show, los discursos larguísimos, los hurras y los aplausos, los puños en alto, esa La Internacional que nadie se sabía; pero no trámites tan sencillos como la facilidad teléfonica para ocupar un espacio que la prensa les brindaba en abundancia, menos por simpatías políticas que por la novedad del socialismo legal y de la Reforma Política. Luego, tranquilamente les echaban la culpa al “PRI-gobierno” y a los burgueses de que su campaña no recibiera mayor difusión. Me consta que la izquierda se ha merecido algunos de sus fracasos.

         A ello se añadía, tal vez no tan involuntariamente, la impuntualidad y el desorden de los actos y discursos. Nunca se realizaban los actos de acuerdo con los horarios programados. Los periodistas, imposibilitados así para planear nuestras actividades, bajábamos muy retardados del camión del PSUM; asistíamos a sus actos, conversábamos con sus simpatizantes, y jamás nos quedaba tiempo para confrontar con las autoridades municipales, los miembros de otros partidos o la gente del común, los datos que oficialmente nos proporcionaba el partido o lo que nos contaban sus militantes.

         El Machete I era una especie de ghetto motorizado. Jamás había tiempo, ni oportunidad, ni sitio donde los periodistas trataran a gente ajena al PSUM. Más que cronista o reportero se volvía uno, en tales condiciones, una especie de perico reproductor del discurso pesumista. Por esas circunstancias, y a pesar de que protestáramos y lo aclarásemos en nuestros artículos, faltábamos con frecuencia a la elemental norma periodística de comprobar la información y buscar los puntos de vista diferentes.

         De tal modo, supe pronto que mi “crónica de la campaña” no sería tal, sino meros apuntes sesgados, filtrados, dominados por el propio discurso del partido. Más propaganda que crónica. De hecho, nunca los recopilé en libro; ahora, a 17 años de distancia, recuerdo sumariamente esa campaña, y más las atmósferas que viví que las denuncias que no pude comprobar.

         En cuanto se terminaba un acto había que transmitir la información y treparse al Machete I, rumbo a otro pueblo, con otros problemas. Tuvimos que confiar demasiado en los informes oficiales del PSUM y en las conversaciones de sus adeptos locales. ¿De veras siempre fueron fidedignos? Lo dudo. Apenas intentábamos salvarnos, como un gesto de pudor profesional, con frases del tipo de: “según dicen los lugareños”, “según denunciaron unos campesinos de tal pueblo en el mitin”, “a partir de la información proporcionada por el PSUM”, “según afirmaron tales o cuales líderes”, etcétera.

         Desde luego, siempre existía la coartada de que todo el mal del país residía en “el gobierno y los ricos”, y de que “los pobres y oprimidos” poseían una identidad angélica que los impulsaba a decir invariablemente la verdad.

         Esta superstición, ya grave en el Unomásuno y el Proceso de 1982 (y en varios reporteros y colaboradores de otros diarios y revistas), se volvió calamidad rutinaria, deliberada, en La Jornada perredista, ahora que el PRD se ha convertido en un negociazo y en un incontinente atracón a los fondos públicos. No sólo los intereses del gobierno y del capital, sino también las maniobras de la izquierda política o del populismo venal pueden contradecir la vocación periodística.

         En cierto sentido no hubo un “nuevo periodismo” en México a partir de la Reforma Política de Jesús Reyes Heroles, sino una nueva (y pobre) propaganda. Tampoco un auge de la crónica política, sino su decadencia. No aparecieron muchos Alejandro Gómez Arias o José Alvarado; y sí demasiados charlatanes propagandísticos que, con el pretexto de que ya se valía la expresión coloquial al “ahí se va” en la prensa, echaban expeditamente un pujido y su maquinazo, antes de acudir al papel higiénico. ¿O era ese papel usado lo que hacían imprimir?

         En otras épocas también los izquierdistas estaban obligados a escribir con alguna corrección: por ejemplo, el periodismo de José Revueltas. Los mayores gurús de la nueva ola de periodistas, Elena Poniatowska y Carlos Monsiváis, ya habían consolidado su estilo y escrito algunos de sus mejores textos desde los años sesenta.

         Es triste admitirlo, pero la prensa izquierdista de los años ochenta ya pecaba, aunque no en la medida de la actual, de denuncias e informes no comprobados, que automáticamente otorgaban en todo credibilidad a “los buenos”, por ser o parecer débiles. Esto banalizó el acto mismo de las denuncias. Muchos lobos se disfrazaron de ovejas para ser creídos, y se les creyó (v. gr. dirigentes de “colonos”, o sea invasores de terrenos, o de vendedores ambulantes, que resultaron verdaderos gángsters).

         Y muchos pobres y oprimidos han exagerado sus cargos, para causar mayor efecto y llamar la atención (y de paso, para conseguirles sueldazo y presupuesto abundante a sus líderes). La prensa populista se ha vuelto sospechosa, desconfiable, y con frecuencia se dirige, como en La Jornada, más a fanáticos semialfabetas que a lectores racionales.

         Buena parte de sus neo-articulistas y neo-cronistas son llanamente los propios políticos del PRD, quienes simplemente defienden o atrapan, con las armas de “la libertad de expresión” y “el periodismo democrático”, su tajadota del erario público.

         Hay muchos asegunes y categorías en la eterna frase “Prensa Vendida”. El comercio periodístico domina toda la geometría, y también existen las ventas por la izquierda.

        

EL MUSEO DEL DESPOJO

Pero algo se podía ver, más allá de la propaganda y de los mítines y pancartas reiterados. Recuerdo un museo insólito. Soñé escribir sobre él un relato a la manera de La invención de Morel, de Bioy Casares. Aún no se sospechaba el Internet, pero ya existía, en el paupérrimo pueblo (producía artesanías de barro y de palma) de Teotongo, en la Alta Mixteca, un museo informático casi virtual, una página rural de Internet en la cual navegar y perderse. Una existencia “mediática”, aunque sólo se tratara de medios impresos.

         La propia comunidad sostenía ese museo mediático en una pequeña casa humilde de adobe y teja, de un solo cuarto. Resultaba que desde un decreto virreinal de 1719 Teotongo había sido formalmente dotado de tierras comunales, pero que en 1940 una disposición gubernamental las cedió al pueblo vecino, su rival y su enemigo, Tamazulapa.

         De entonces a 1982, los campesinos de Teotongo habían visitado todas las oficinas gubernamentales del país; se habían entrevistado con todos los políticos; habían firmado todo tipo de peticiones; habían realizado cualquier cantidad de trámites, contratrámites, protestas y marchas, y nada: dos resoluciones presidenciales en favor, otra vez, de Tamazulapa, contra las que apelaron.

         Sus legajos, nunca estudiados, se empolvaban y se trasladaban con todo y polvo de oficina en oficina, hasta ir a parar extrañamente a ciertos abandonados plúteos (“¡Dije plúteos!”: Salvador Novo) de ¡Tuxtla Gutiérrez, en Chiapas! Me vino también a la memoria la lastimera y varias veces centenaria letanía de súplicas de campesinos en La feria, de Juan José Arreola.

         En ese cuarto hicieron el museo vivo de su despojo, su archivo mural. Pegados a los muros, saturándolos, se exponían recortes amarillentos de periódicos y revistas de 42 años: denuncias, declaraciones, entrevistas, noticias, cartas a las redacciones, mapas, fotos, fotocopias de documentos, cartas abiertas, nuevas denuncias. Ahí estaba toda su injusticia, su ira, su corazón. Ese museo o casa-libro, o estelas indígenas en papel y tipografía, o una mastaba egipcia desbordande de escenas y jeroglifos, eran su verdadera historia; la realidad, una ficción atroz. Frente a tal casa se realizaban los actos públicos más importantes del pueblo.

         Y el visitante podía leer en grandes letras, en mantas y en rótulos, citas tremendamente belicosas de Benito Juárez (“Benito Pablo Juárez”, señala la Enciclopedia Británica, aunque se gaste más saliva) contra los franceses... ¡que la gente de Teotongo aplicaba aguerridamente a sus propios enemigos invasores: los vecinos-parientes de Tamazulapa!



NUESTRA SEÑORA DE LOS GLOBITOS

Magdalena Ocotlán (unos mil habitantes) mostraba la armonía de sus muros de adobe, techos de teja, cercas y bardas de nopales, órganos y carrizo.  Por las calles, todas sin pavimentar, de una tierra finísima, caía un polvo brillante de resolana; pasaban bandas de chivos arreadas por pandillas de chicos prietos y ruidosos.

         La gente con sus sombreros maltratados y viejos, los rebozos negros, la ropa raída y las piernas y los pies llenos del polvo total y permanente. En el panorama árido, los gestos dolidos de las mujeres armonizaban en silencio con los pedregales, los cerros pelones, el zacate requemado, los restos de la milpa en surcos resecos y pedregosos: se parecían a los velorios de Rodríguez Lozano.

         En Magdalena Ocotlán no había palacio municipal, y el sitio del poder político era una especie de corredor con tejas junto la cancha de básket de la escuela primaria. Boicoteado por las autoridades federales y estatales, el municipio socialista —ganado con muchos empujones, en segunda instancia— recurría a “los usos y costumbres” indígenas para empezar a construirlo, mediante el tequio, o trabajo comunal obligatorio.

         Los curas habían corrido con mejor suerte, y mientras se hablaba de la carestía de la gasolina y el transporte, de la fatalidad de los muchachos de emigrar en busca de empleo; de la granja avícola comunal, a la que pronto le apareció un prepotente propietario individual; de los nueve pozos construidos por la Secretaría de Recursos Hidráulicos, de los cuales jamás llegó a funcionar ninguno, avizoré una iglesita pintoresca.

         Vieja, desmantelada, en plena ruina. Una torre rota; en el patio, colgaba de un palo la verdusca campana de bronce totalmente rajada, y ya sin badajo (se la hacía repicar a madrazos, con cualquier fierro). En un temblor se había caído todo el remate de la torre, y como no hubo modo de subirlo y repararlo, se le instituyó en monumento o capilla sorprendente, a mitad del atrio.

         El interior era menesteroso. Fragmentos de retablos dorados, restos de una decoración mayor, o misteriosa importación de maltrechos retazos de otro templo. Algo de borrosa decoración mural. Muros llanos de los que alguna vez colgaron óleos o contra los que se apoyaron estatuas: quedaban algunas huellas como lampos.

         Esta iglesia no tenía cura. La atendía una enjuta señora enrebozada, agria y arisca (salida de un velorio de Manuel Rodríguez Lozano), quien había encontrado en su tierra seca un sustituto de las flores: unos globos. El altar estaba adornando con un “adorno global”, como puesto de feria. Globitos azules y blancos: los colores de la Virgen. Con aspecto de globero, aparecía una nueva advocación mariana: Nuestra Señora de los Globitos.

         Me intrigó la historia de este templo ruinoso; busqué en sus muros una fecha, 1835, cuando se terminó de pintar; encontré las de 1870 y 1880, de un temblor y una reconstrucción.

         Un beato con machetón suspendió mi visita y me arrojó de la iglesia. Seguramente el sector clerical del pueblo  opinaba que el fin del socialismo, actuara dentro de la ley o en contra de ella, consistía en robarse los globos y el santito mocho, de yeso, de su retablo.

         El hombre paupérrimo, desaliñado, delirante y furioso me gritaba cosas en mixteco, agitando en la mano un gran machete. Salí por piernas con mi libreta de taquigrafía, y la enrebozada mujer colérica, temblando, me gritó en castellano:

         —Sí, anote todo: viene usted a robar...



¡YMCA NUESTRO, QUE ESTÁS EN LOS CIELOS!

Desde los primeros tiempos de la conquista, los dominicos se metieron a la Mixteca, adonde otros misioneros no se atrevían; y como muestra de su empuje, de su fuerza y de su brutalidad, quedaba el famosísimo templo-convento de Santo Domingo. La grandiosidad y la rudeza, la elegancia y la brutalidad configuraban el panorama de Oaxaca, ciertamente una de las ciudades más hermosas e impresionantes de la República.

         Esos templos exagerados, mitad fortaleza y mitad adoratorio, como los santos de óleos virreinales que dirigían al cielo la turbia y quejumbrosa mirada mística sin dejar de empuñar la sanguinaria espada. Templos duros, de muros cerrados y gruesos, y de sublimes enloquecimientos estatuarios y arquitectónicos.

         La insolencia del poder, más que corrientes artísticas o rezadurías teológicas, determinó cada cúpula y cada torre que destacaban en esa ciudad de uno o dos pisos, todavía muy porfiriana en su zona céntrica: casas de fines del siglo XIX (o que las rememoraban), con sus altas y estrechas ventanas verticales, protegidas por balcones y enrejados de hierro; sus portones de dos hojas, tras los que se insinuaban el patio con pozo, los umbrosos pórticos con macetas y alguna enredadera.

         Un dominio novohispano que no admitió límites, que triunfó palmariamente, que impuso su triunfo construyendo joyas afiligranadas pero del tamaño de montañas, como la iglesia-convento de Santo Domingo que, pese a las reformas y a las revoluciones, sigue todavía marcando la cultura del poder; la diferencia de razas, la supremacía del blanco (así el “blanco” priísta de hoy fuese un mestizo, o incluso un indígena de origen, como Juárez) sobre los indios.

         Que otros se extasíen con los derroches religiosos novohispanos. A mí me dan grima. Me parecen insultantes. Ojalá la Nueva España hubiese proliferado menos templos de oro, e invertido esa riqueza en ingeniería civil: caminos, puentes, norias, molinos, graneros; en escuelas, talleres, hospitales. Esto también existió, pero con escasez. Me conmueven más los empeños de un Enrico Martínez y de un Sigüenza y Góngora para evitar las inundaciones capitalinas, que los delirios de los templos novohispanos, los cuales habrían resultado escándalos de derroche aun en las ciudades más prósperas de Europa. Hay que agradecerle más a España la introducción del arado, de los burros y mulitas, de las gallinas, del trigo, que las alucinaciones de Churriguera.

         Esta posición no es meramente jacobina. En la propia Nueva España surgieron, desde los tiempos de Motolinía hasta los de Abad y Queipo, quejas contra las extravagancias del lujo religioso en mitad de la miseria, la cual lo mismo escandalizaba en el siglo XVI que a principios del XIX. Pienso otro tanto, por lo demás, de los lujos porfirianos y de las obras faraónicas, de mayor lucimiento político que necesidad pública, del PRI. Edmund Wilson señaló alguna vez que la invención norteamericana del water closet equivalía a un Versalles; lo supera, digo yo.

         Ver esos templos y sentir lo catastróficamente abrumadores que debieron haber resultado, que resultaban todavía para los indios que los visitaban: pesados, inexpugnables, excesivos, llenos de oro, bellísimos, talentosísimamente construidos, como la cruel presencia divina.

         De modo que uno alzaba la cabeza al techo de la nave, las bóvedas y las cúpulas, y encontraba ahí el fuego y el oro, sublimados por el enloquecimiento geométrico, conformando todas las terribles, infinitas, tiránicas cámaras del paraíso como lujoso resort de los dominicos.

         Santo Domingo: un paraíso de cascos militares y mitras episcopales. A excepción de las pinturas recientes de la Virgen (de nuestro siglo), que copiaban pésimamente las ya algo bobas de Murillo, uno descubría en las decoraciones de Santo Domingo la exaltación de la exclusividad masculina, un bar gay a lo divino.

         Los capitanes, los frailes, los obispos y los papas, todos rejuvenecidos, prácticamente efebos. Y tan torneada y agraciadamente esculpidos sus rostros (a veces también sus cuerpos), que más que decoración eclesiástica —el techo del coro, por ejemplo, llamado el Árbol de los Guzmanes— parecía, en su abundancia real de ninfetos, una erótica alberca dorada del YMCA (Young Men Christian Association: famosa durante buena parte del siglo por sus albercas exclusivas para varones jóvenes). O la alta hora nocturna de un bar gay donde todos los santos efebos lucieran oriflamas de neón, en la corriente cósmica de los efectos de discotheque. El cetro, la cruz, el cayado pastoral y la espada triunfadora, encontraban su exaltación fija y eterna.

         Más que templo a Dios o a la Virgen era un templo absoluto al poder de la Orden de Predicadores, la del Santo Oficio. Cristo y María se perdían, minúsculos e insignificantes, entre el interminable y brillante proliferar de los gloriosos dominicos, cacicones militares y eclesiásticos en esa zona, Antequera, de la Nueva España, quienes no dejaban espacio que no consagrara ni reforzara su poder sobre los indios. 

         Ellos eran el “¡Goza, goza el color, la luz, el oro!” (que diría Góngora); y los indios, en cambio, venían a postrarse pasmados en mitad de este incendio arquitectónico, a convencerse una vez más de que el poder de los blancos no sólo resultaba absoluto y divino, permanente y brutal, sino también concentrado, inamovible y bellísimo, como las filigranas de oro del tamaño de una montaña. ¡Ah, que en las mayores iglesias coloniales, el Dios del Sermón de la Montaña fue precisamente, como Midas, el dios del oro! Recordé a Brecht: “¿En cuál de los palacios de la dorada Lima vivían los albañiles que los construyeron?” En los cielos de oro de Santo Domingo, saturados de dominicos, ¿donde quedaba el paraíso de los indios que lo edificaron?

         Pero en las capillas laterales había algunas consolaciones, recientes, para los pobres actuales que no venían a adorar a pontífices medievales, ni a obispos y capitanes ya anónimos de la familia de Santo Domingo de Guzmán —los Rockefeller de otras edades—, sino a San Martín de Porres, esa coartada izquierdista y Black Power de los dominicos; a las llagas y contorsiones del Crucificado (pobrecito, siempre más jodido y llagado que cualquier indio, siempre como salido de una cámara clandestina de torturas policiacas o paramilitares).

         Olvidaban el oro de los Guzmanes, y veneraban las corrientonas estampas marianas posteriores. Venían a adorar a las Santas Vírgenes preñadas o recién paridas. Todo ese culto a la maternidad desamparada, encarnada en la explosión demográfica de los angelitos nalgones (casi cupidos o puttoni) como nenes de meses. Lindos y en pañales y a punto de volar de los brazos de las Vírgenes a los de las arrodilladas indias devotas, algo churriguerescas a su maternal y menesteroso modo, llenas de hijitos prietos y mocosos que les jalaban las faldas, el rebozo, los cabellos, los pies, como una proliferada imagen de angelitos indios en torno a una Inmaculada. Y a punto éstos, a su vez, de volar a los brazos blanquísimos, “más blancos que el cristal luciente”, de esa otra Madre Soltera (aunque regularizada) que viene a ser la Virgen María.

         Hay que señalar otra razón en la adoración mexicana de los angelitos bebés: hasta hace medio siglo, solía morírseles a muy tremprana edad la mitad de sus muchos hijos a las mujeres pobres y no tan pobres; los cementerios y los corazones de las madres estaban llenos de “angelitos”, niños muertos. Revoloteaban en su ánimo, como alrededor de Nuestra Señora de los Ángeles.

         Y otra vez, para los humillados: Un Jesucristo mutilado, enfermo, amoratado, coronado de espinas, alanceado, gimiente, indio él mismo, torturado y vencido más que cualquier indio; ahí en su cadáver sanguinolento y roto, entre el impetuoso incendio de poder y de joyas monumentales de los dominicos triunfantes.

         Me puse lírico en Santo Domingo, después de apechugar una opaca, elíptica y formulista entrevista colectiva —que conseguimos a escondidas del PSUM— con el gobernador del Estado, Vázquez Colmenares, quien afirmó entonces no conocer “ni un caso” de caciquismo en su Oaxaca:

         —Considero yo que ese caciquismo... no tenemos la suficiente información ni los instrumentos para localizar a los caciques; el caciquismo es un fenómeno que existe en el estado, indiscutiblemente, aunque no podemos conocer un caso en este momento determinado...

         Bueno, de eso se trataba el gobierno del PRI: de jamás contar con esa “información suficiente” ni con esos “instrumentos” para detectar a los caciques ni las demás formas de extorsión y explotación de los indios. Otros dominicos, otros Guzmanes.

         Ese día todos los periodistas del Machete I nos olvidamos del PSUM y vapuleamos, en pleno jolgorio, el cantinflismo del gobernador Vázquez Colmenares.

         Mi amiga Lola Álvarez Bravo (una de los mayores fotógrafos del siglo) aún vívía, con buena salud y trabajando mucho, en la época de mi viaje a Oaxaca. Quiero recordarla ahora, porque era una enamorada de todo lo oaxaqueño, y me había prevenido: “Fíjate en eso, pon atención en aquello, no te vayas a perder tal cosa; luego me cuentas”. Escribí esas crónicas un poco para platicar con ella a través del periódico. Reconstruyo ésta en homenje a su memoria.

         Aunque nadie como la propia Lola para hablar de la Oaxaca que conoció desde los años veinte. La extasiaban la naturaleza y las artes populares oaxaqueñas, tanto como la aterraban la miseria, la violencia y las epidemias.

         Me contó lo siguiente —ella platicaba, whisky en mano, en la mejor prosa, amena y bien dibujada, casi instantáneamente lista para la imprenta—, que transcribí para su libro Recuento fotográfico, Editorial Penélope, 1982:

         “Desde las orillas de Oaxaca, donde hacen la fiesta del lunes del cerro, se veían unos atardeceres preciosos, con la ciudad rosa o verde, un verde jade muy suave; y pesada, chaparra la ciudad, con un ambiente y una temperatura extraordinariamente agradables. Y la naturaleza la volvía tierra de promisión, con una abundancia enorme de frutos y de flores; llovía rotundamente, pero para todos lados al mismo tiempo: el agua venía del norte, del sur, del este, del oeste; arriba, con el aire, se arremolinaba y llovía al mismo tiempo en todas direcciones, con un movimiento rotativo que no he vuelto a ver en ningún otro lado, entre tormentas y rayos extraordinarios. Como las calles están en declive, a la media hora de los tormentones la ciudad ya se había lavado, el agua se había escurrido y bajado hacia las afueras, y Oaxaca quedaba brillante, con una atmósfera muy limpia, como si la hubieran lavado con escobeta. Y ya uno podía irse feliz a sentarse al zócalo a oír la música”.

         Pero también contaba:

         “En Oaxaca empecé a tratar a la gente verdaderamente popular, de una dulzura encantadora, pero que a la mala es brava a morir. Una vez, en la fiesta del tule, por poco me regresan desmayada, porque en mitad de la vendimia y de las borracheras espantosas, de repente yo ya lo único que veía eran machetazos por todos lados, escurrir de sangre y tajadas de cuajo. Los oaxaqueños son terribles en pleito: como todos se sienten en la obligación de ser Juárez... A la entrada de Oaxaca hay una estatua muy fea dizque de Juárez, con la mano estirada y el dedo de punta; y yo les preguntaba a las primeras personas que conocimos allá: ‘Bueno, ¿y ese Juárez qué está señalando?’. Me contestaban: ‘Dice: Ya entraste. Ya no saldrás. Ya te fregaste’; y yo ya no volteaba a ver a ese Juárez porque no quería quedarme ahí para siempre...”

         Tampoco yo quise mirar esa estatua de don Benito Pablo.



Ay, Tehuana: flor de VIEJO billete de diez pesos

Los renacentistas y los ilustrados se desesperaban ante las ruinas romanas. ¿Eso era todo lo que quedaba de la gran Roma? Ahora dirían frente a Tehuantepec (y no se les eche la culpa entera a a Moritz ni a Quevedo):

         —Buscas a Tehuantepec en Tehuantepec, viajero, y en Tehuantepec mismo a Tehuantepec no encuentras; murió lo que era vernáculo y esencial y solamente la fatal miseria permanece y dura.

         En la carretera que venía de Oaxaca, de pronto cambiaba el uniforme panorama de cerros secos y casi pelones bajo un sol que quemaba por rutina y sin sentido, que nomás quemaba por chingar. Empezaron a aparecer riachuelos y pequeños grupos de palmeras. Un poco más adelante, cruzando un espantoso puente de fierro —la pura estructura oxidada y herrumbrosa de vigas, alambres y tornillos—, se llegaba a Tehuantepec. 

         Se dice que aquí, en 1921, cuando lo visitó como parte de la comitiva del Secretario de Educación Pública, José Vasconcelos, en gira por el Sur, Diego Rivera marcó el rumbo de la vertiente digamos idílica (como existen la épica y la sarcástica) de la plástica nacional en la primera mitad del siglo: la Escuela Mexicana de Pintura.

         Y que en estos parajes descubrió el colorido, la desnudez y la frescura de los “indios” de Gauguin; y pintó esos lindos indígenas tropicales en bailes y baños de río —todos ellos pura vegetación, indios florales—, como si se tratara de los propios Mares del Sur, para arrojárselos en un lance de dados a Picasso, a Bracque y a Matisse. Siqueiros, en uno de sus arrebatos, casi o sin el casi acusó a Rivera de contrarrevolucionario y de plagiar a Gauguin, al celebrar la belleza natural, indígena o mítica de nuestros trópicos. ¿El Istmo de Gogantepec?

         Ahora, 9 de enero de 1982, advertimos que sesenta años es mucho tiempo, desde luego; y el viajero no encontró sino una sucia ciudad tropical parecida a Cuautla o a Jojutla, a los barrios feos de Acapulco, y de hecho a los barrios feos de cualquier ciudad de México.

         La provincia mexicana desapareció hace décadas —si alguna vez existió como idilio fuera del tiempo—, y sólo se encontraba, pueblo tras pueblo, pero principalmente en lugares como éste, adonde el viajero llegó queriendo visitar las célebres esencias y tradiciones, la gran imposición del urbanismo moderno, que forzadamente quería aparecer en todas partes y sólo en muy escasas zonas residenciales alcanzaba a prosperar.

         Tehuantepec no quiso o no pudo seguir sosteniendo su bella estampa del paraíso vernáculo y colorido de las leyendas, el Tahití mexicano: quería, y no podía, alcanzar el bienestar moderno de, digamos, una unidad habitacional capitalina; el cemento, la varilla, la loseta, el agua entubada, el drenaje, las antenas de televisión, el tabique, el plástico, los alimentos industriales, las normas higiénicas, las chanclas de hule, el coche y la motocicleta, los tenis y los discos, las calles pavimentadas, las vasijas de plástico de los topergüer, los tanques de gas.

         Tehuantepec no mostraba la identidad que lo hizo famoso (con cierta ayuda de Agustín Lara y de la bella tehuana que lució en los billetes de diez pesos casi medio siglo, desde los años treinta), sino la identidad que le faltaba. Le faltaba ser Lindavista, como a todos los pueblos y colonias del país. Se ponía a competir con Lindavista, o de perdida con Narvarte; utilizaba los elementos de construcción del modernismo industrial, tuvieran o no que ver con su clima, y se dedicaba a construir pequeños y pesados neo-jacales con tabicón, asbesto y loseta, siguiendo el modelo de la casa urbana, la cual por supuesto no diseñaba ningún espacio para los cochinos, la gallina clueca, los perros y los niños encuerados del vecindario. 

         Decidió transportarse en automóviles, aunque por sus calles, retorcidas y estrechas, no pudieran caber, y muchas de ellas en cualquier hora resultaran tan difíciles de transitar como el periférico en horas tope.

         A la forma comunal de habitación indígena, a las casas abiertas de amplias familias en comunidad, sucedieron las pequeñas casas individuales, divididas y limitadas entre sí, y enfiladas en las calles. Pero esta gente carecía del  temperamento para vivir encerrada cada familia en su celda, como en las unidades habitacionales del Distrito Federal. Por el contrario, todas las casas dejaban sus puertas abiertas, y las calles se convertían en grandes patios con niños, perros y marranos, charcos y gallinas, y todas las mujeres se asomaban a las ventanas, suspicaces y medio díscolas, cuando un intruso las recorría.

         ¿Quién podía resistir la modernización industrial, defenderse o escapar? La promovían el gobierno, las empresas, los productos, los medios de comunicación. El bienestar industrial sonreía indiscriminadamente para todos, y más para aquellos a quienes excluía, desde los carnosos labios del anuncio de la güerita que mordía una rebanada de pan Sunbeam. (Andy Warhol sustituiría en nuestros templos todas las caras de angelitos, por la reiteración infinita de la nena golosa de Sunbeam, llevándose a la boca su eucaristía industrializada). Y cualquier otro modo de vida se volvía imposible. Entraban por millones las cervezas Tecate, y luego, ¿cómo deshacerse de los botes? Se amontonaban sobre la arena fina a la orilla del río, y formaban un muladar de incesantes resplandores metálicos.

         Había que subir agua potable por calles que eran cerro y partes de cerro que eran calles, entre montaraces y urbanas, a través de tuberías descubiertas (a ratos francas mangueras de plástico): ahí iba el largo tubo suelto, y sobre él tropezaban los vehículos y frecuentemente lo rompían.

         Los tehuanos habían inventado un curioso sistema de transporte para sus calles curvas, empinadas, estrechas y sinuosas: unos “motocarros”, o sea una especie de camiones de redilas, pero casi en miniatura, tirados por una motocicleta, en no tan vaga semejanza con los carros y cuadrigas romanos. (Digo cuadrigas suponiendo que las motos tengan, como en Ben Hur, cuatro “caballos de fuerza”.)

         Las tehuanas de largos y amplios vestidos ligeros se trepaban al remolque de redilas, y viajaban de pie, a la Ben Hur, dignas como matronas romanas, el vestido ondeando y resaltando sus gruesas piernas y sus senos inverosímiles (“Tetas vastas como frutos del más pródigo papayo”, etcétera: Díaz Mirón), mientras el gañán —auriga— del manubrio trepaba a toda velocidad y evitaba como podía, cuando podía, chocar con otros motocarros, atropellar cerdos, gallinas y niños, o tropezar con las tuberías o mangueras descubiertas. ¿Realismo mágico? ¿Miserabilismo folklórico?

         Muchas mujeres seguían usando los largos vestidos tehuanos y sus abultadas blusas llenas de flores y de colores muy vivos, pero ya no se trataba de las pesadas y pudorosas telas bordadas de antes, sino de rasos y muselinas untuosos y estampados, como las más volátiles banderas.

         Se habían pavimentado algunas calles, pero se quedaron sin mantenimiento durante décadas y, cundidas de baches, resultaban a veces peores que las brechas antiguas. Se acumulaba una tierra fina, arenosa, que no se aplacaba, y cuando de repente soplaba uno de esos vientos zapotecos del Istmo, quedaban banalizadas las tolvaneras capitalinas de Ciudad Nezahualcóyotl e Iztacalco: ahora conformaban verdaderas paletadas de tierra en la cara (casi como las que describen Bioy Casares y Silvina Ocampo en Los que aman, odian).

         Claro que los lugareños ya sabían y se volteaban y protegían por instinto, de modo que sólo el reportero despistado se quedaba tosiendo y escupiendo tierra. Y de repente salté del motocarro, aterrado, con una agilidad que jamás me habría sospechado (o simplemente fui expelido), pues por estar cuidando que, cegado por la polvareda, el zapoteco auriga no chocase contra otros motocarros cargados de ondulantes amazonas tehuanas, no advertí un taxi formal, en sentido contrario, que se nos dejaba venir como todo un destroyer, sin emitir siquiera un claxonazo. El motocarro casi se trepó a un muro y yo anduve rengueando dos o tres días.

         Todavía había casas viejas, de adobe y teja, pero eran muchísimas más las que se levantaban con materiales de construcción recientes y siguiendo de cerca y ciegamente la idea moderna y urbana de lo que “debe ser” una casa, de modo que cada vez sumaban más los trechos de las calles de Tehuantepec que resultaban idénticos a Ciudad Nezahualcóyotl, a la que imitaban casi lastimeramente.

         En todos lados se veían casas a medio construir, en parte porque, efectivamente, se habían quedado a medias, con puntas de varillas que emergían de cada ángulo del techo, protegiéndose con botellas de los rayos. Los muros sin encalar: las filas de tabicones y ladrillos al descubierto. El piso de cemento burdo. Las ventanas y puertas con la herrería sin pintar y hasta con las manchas y huellas de soldadura y del empotrado en los muros.

         En parte porque la casa, como encarnación máxima del bienestar urbano, no podía nunca terminar de construirse —era una Scherezada de la albañilería—, y en consecuencia siempre se estaba esperando levantar otro cuartito, alzar otro piso, extender esto, aumentar aquello, cambiar esta ventana tan simplona por un balconcito de los que dicen “provenzales”.

         Pero también, se me ocurrió, porque costaba tanto trabajo y tanto dinero llegar siquiera a los primeros tabiques, a los primeros tubos, a los primeros postes, a los primeros cables, a los primeros herrajes del bienestar, que estos elementos de la construcción moderna se volvían  bonitos en sí mismos.

         ¿Para qué ocultar con pinche yeso estos tabiques, estas tuberías tan caras? ¡Mejor que se vieran desnudos, para presumir que eran nuevecitos, y no cascajo! ¡Hasta ganas daban de exhibir las facturas en las ventanas! Nada de recubrirlos ni de pintarlos. Que se quedaran así, en gloriosa exhibición. Y que la ciudad entera constatara que esta casa no había sido construida como casa de indios, sino a la moderna, casa de blancos, con puertas metálicas de garage aunque por ahí no entraran muchos carros, y persistieran las carretas, los burros y las mulitas.

         Así como en ciertas residencias “artísticas” de la capital se dejaba al descubierto las maderas finas, la cantera, la piedra volcánica, el ladrillo perfecto, el tezontle, como elementos decorativos, estas tehuanas casas pobretonas dejaban al descubierto sus blocks, sus tabiques, sus varillas, sus cables, sus tuberías, sus herrajes, sus láminas de metal o de asbesto.

         El edificio del mercado no recordaba a Gauguin ni a las clásicas imágenes de la Escuela Mexicana de Pintura. Era un mercado moderno, feo, tiznado, sin pintar, insalubre, apestoso: una bodega de cemento y lámina. Pero, como en otros tiempos, se acumulaban ahí vistosas pirámides de frutos muy variados, con los más vivos y frescos colores. ¡Viva Gogantepec!

         —¡Preparan otro bodegón de Olga Costa para la mesa 5! —exclamaría un guía de turistas.

         Y que los ojos supieran prescindir de las narices, porque el cuerno tropical de la abundancia de frutos se exponía sobre un drenaje azolvado desde hacía años. Las doradas piñas escurrían sus mieles entre toda una compilación exhaustiva de los olores del desagüe. No faltaba ningún hedor.

         Cada coladera era un borbotante charco de inmundicias. Por lo demás, si hubiese traído cámara para fotografiar a color las pirámides de fruta, habría tenido que auxiliarme, a manera de flash, de un buen bote de insecticida para espantar unos instantes los enjambres de moscas y mosquitos.

         Las gordas tehuanas estaban reconciliadas con ellos. Se abanicaban indolentemente por no dejar, y sólo cuando aparecía un turista se dedicaban a arrojar, a abanicazos e insultos en zapoteco, a todas sus propias moscas y mosquitos hacia los puestos de las vecinas. Pirámides de frutas del paraíso bajo pirámides sonorísimas de mosquitos y moscas.

         Diego Rivera, Olga Costa y demás pintores de exuberancias mexicanas omitieron, censuraron, en sus cuadros a los insectos. En cambio Lola Álvarez Bravo, quien fotografió, en blanco y negro, la magia oaxaqueña de Yalalag y algunas suculencias istmeñas, no olvidó al horrible niño ciego por oncocercosis. Decía:

         “Lo que más me aterraba, lo que me hacía querer correr de Oaxaca eran los enfermos de oncocercosis, que había mucho. Es un mosco que les picaba en el ojo sobre todo a los campesinos y a la gente muy pobre de los pueblos cercanos, y entonces les va saliendo una como nube que se vuelve algo gelatinoso, como si tuvieran un ostión en el ojo; medio podrido medio viviente; medio que escurre medio seco; y se les van secando los ojos...”

         ¿Molestaban en Oaxaca los moscos a las estatuas de don Benito Pablo? ¿Se atrevían? Desde luego, atestaban el mercado de Tehuantepec y las marchantas sólo pretendían molestarse cuando aparecía algún fuereño. Sus ejemplares de la revista Kalimán admitían también ese uso, de matamoscas y abanicos tipográficos o de ahuyentadores de bichos, cuando se acercaba un turista quisquilloso. Las tehuanas entonces blandían sus kalimanes, súbitamente iracundas, contra la densidad de los zumbidos. Pero ni a kalimanazos (“Serenidad y paciencia; sobre todo mucha paciencia”) se podía contra moscas y mosquitos. (“¡Finalmente has sido derrotado, Kalimán!”)

         Por ahí leí (supongamos, es un decir, en Petronio) que había en Roma un dios benéfico que jamás imaginó otra cultura: Muscarius, “el dios que alejaba las moscas de los altares”. Ciertamente no está en la teogonía zapoteca... ni en los libros istmeños, algo zumbones, de Andrés Henestrosa. No recuerdo que Novo se ocupara mucho de Oaxaca, a pesar de su ensayo “Sobre el placer infinito de matar muchas moscas”.

         Las marchantas vendían en bolsas de plástico pétalos de flores, violetas o rojos. Y algún tirano municipal las obligó a proteger, también en bolsas de plástico, los mangos pelados y rociados de chile piquín, los elotes hervidos y enmayonesados, y demás comestibles y fritangas innumerables.

         A un lado, frente a cubetas rebosantes de acamayas y camarones, esplendía en toda su grandeza una peluda y ¡cruda! (casi viva) cabeza de cerdo, que artísticamente se erigía en el centro de una fuentecilla de carnitas, sobre una canasta plana. ¡No fueran los turistas a pensar que en Tehuantepec se vendían maciza, cueritos, chicharrones y tripitas de soya! La cabezota del cerdo, que naturalmente antologaba a las moscas: las más bravas y voraces, testimoniaba su origen.

         Sería excesivo, sin embargo, pretender que en los años veinte de Diego Rivera —y por su conducto, de Einsestein—, Tehuantepec era de veras nuestro Tahití. En cualquier época la desnutrición, las infecciones, las epidemias, la miseria, la ignorancia, el fanatismo, la violencia y la explotación lo mantuvieron necesariamente lejos de tal paraíso. Por lo demás, hay relatos de viajeros del siglo XIX que hablan del Istmo en los términos más insalubres y antipáticos.

         Pero no cabía duda de que la modernidad lo había dañado más profunda y rápidamente que otras invasiones. Sencillamente porque se les imponía a los tehuanos una civilización urbana que no podían costearse (salvo la docena de ganaderos riquísimos), ni disfrutar, a cambio de la pérdida final de su añeja independencia local y su economía precaria de autoconsumo.

         Se les acabó toda autonomía, con cuadros goganianos de Diego Rivera y demás. Fue la conversión de la provincia ancestral en la lumpenización urbana. No había que ir a Tehuantepec para ver Tehuantepec: bastaba cualquier amontonadero semiputrefacto de productos agrícolas o animales en La Merced o en la Central de Abasto del Distrito Federal. Ahí también asomaba Tehuantepec.

         ¿Pero no que estábamos hablando de la izquierda y del PSUM?  Bueno: nada de eso les importaba a los tehuanos. Los rojillos de Tehuantepec se reservaban para armar bulla al día siguiente, en la vecina Juchitán. No me quedó más recurso que hacer una crónica de las moscas.

         Ese día el único indigenismo —indigenistmo— era bancario. Nunca antes había visto yo a Bancomer (estamos en enero de 1982) anunciarse en los muros en lengua indígena alguna, ahora en zapoteco, para ofrecer créditos y financiamiento: Cadi Coochaui, tu Spidxi chitu Udxitu Sanda Choo tu Cuanani. La Guapani ihra, Banco de Comercio (Bancomer) Baco Stinu Tiora Iñique tu Stale Bidxichila Banco Sutiñe Taatu mas para Sitó Tractor o Yoo. O algo así.

         Y en la plaza, a un lado del quiosco, se levantaba un pequeño pedestal con mosaicos para alzar un busto de yeso dorado de Máximo Ramos Ortiz, “el genial compositor de la inmortal Zandunga”.

         Debo reconocer que visité Tehuantepec de pinta. Me escapé tempranito de un hotel solitario a la vera de la carretera, en un oportuno taxi —al que zarandeaban, como a una palmera, los vientos brutales—, para ahorrarme no sé que conferencia de prensa (con la emética logorrea de Pablo Gómez), en vísperas del mitin de Juchitán, el único importante de la campaña oaxaqueña del PSUM. Ahí asistiríamos a la peculiar alianza de zapotecos y comunistas, que había vuelto célebre, incluso fuera del país, el apoyo del pintor Francisco Toledo.



LA BELICOSA JUCHITÁN

Juchitán ha sufrido mala suerte con los gobiernos estatales y nacionales, peor que la de otros pueblos oaxaqueños, desde tiempos remotos. Tuvo como feroz enemigo nada menos que a Juárez, quien ahí no es ningún héroe. (Que yo sepa, de toda la República, sólo Juchitán se atreve a sacarle la lengua, y tamaña lenguota, a don Benito Pablo Juárez.) Hay que contarles lo de la Enciclopedia Británica a los juchitecos: entrometerle el Pablo a don Benito, es como descomponerle, desmitificarle un tanto lo Juárez. ¿Nos atreveríamos a hablar de María de los Ángeles Félix? ¿De Dolores Asúnsolo López Negrete ex de Martínez del Río?

         Acaso un regionalismo más beligerante que el de otras zonas, y su codiciada riqueza agrícola y ganadera, le habían provocado casi una declaración de guerra por parte de varios gobernadores oaxaqueños recientes, lo que dio como resultado la organización regional más contestataria y célebre del país en los años setenta y parte de los ochenta: la Coalición de Obreros, Campesinos y Estudiantes del Istmo, la COCEI; la cual logró finalmente, en alianza con el entonces Partido Comunista, el triunfo en las elecciones municipales. Era la mayor plaza nacional del PSUM y se esperaba un mitin apoteósico.

         El añejo descuido gubernamental no podía ser más escandaloso. De pueblo tropical, Juchitán se volvió una insalubre ciudad de 150 mil habitantes, sin agua potable, sin drenaje, sin pavimentación, sin otros servicios como recolección de basura, escuelas, centros de salud. La mezcla más ostentosa de la miseria y la riqueza, el abandono rural y el hacinamiento urbano; la modernidad, la mendicidad y la mierda.

         Su único mercado —era domingo, el 10 de enero de 1982, día de plaza— se desbordaba y extendía por varias calles. Los vendedores de pescado, verduras, carne, flores (muchas flores), frutas, ropa y baratijas metálicas, acomodaban su mercancía sobre el suelo o en puestos de madera desde muy temprano, confundiéndose con la gente de la COCEI que colgaba adornos rojos de papel picado para recibir al candidato del PSUM, y sobre todo para manifestar masivamente su apoyo al presidente municipal Leopoldo de Gyves, PSUM-COCEI, quien sufría embates cotidianos de los gobiernos estatal y federal, e incluso del ejército.

         Cerca del mercado, frente a la plaza o jardín, se levantaba un Palacio Municipal en ruinas, abandonado durante décadas, y que apenas ahora se empezaba a restaurar mediante el trabajo comunal, pues el gobierno de Oaxaca alegaba falta de fondos. Tenía al frente su reloj señorial, parado desde nadie recordaba qué época en un veinte para las seis.

         La ciudad rebosaba de politización. Pintas en muchos muros y taches en muchas pintas. Volantes que combatían o tapaban a otros volantes. Al mismo tiempo una ciudad grande y paupérrima, donde el gran dinero abrumaba con su presencia caótica y conflictiva; entre los jacales y las zanjas, donde pastaban los bueyes y gruñían las piaras, aparecían contrastes agresivos: los modernos edificios y los símbolos de los bancos, y hasta grandes almacenes, como Sears, cuyos plúteos (“¡Dije plúteos!”) organizaban la última moda en aparatos eléctricos.

         En la mañana de domingo también destacaba una presencia religiosa fuerte, con las ricas matronas juchitecas de largas faldas brillantes, vistosísimas y floreadas, algunas con orlas de encaje. Pechos prominentes y barrigas orondas bajo blusas bordadas. Vastas caderas y trenzas negras y lustrosas, adornadas con cintas de colores. Sobre los hombros, amplios velos de encaje dorados o negros, traslúcidos. Iban feliz y ruidosamente a misa, como a una fiesta, platicando en zapoteco a voz en cuello y balanceándose, entre el retintín de sus joyas (a veces collares, aretes y pulseras de monedas de oro), pesada y altivamente, con un porte apacible y majestuoso. La política no tenía por qué arruinarles su misa.

         Junto a la iglesia, la famosa Casa de la Cultura apadrinada por Francisco Toledo; y entre sus exposiciones de arte moderno, fotografía, arqueología, gráfica local, las chiquillas en rueda tomaban clases de baile, y los niños muy pequeños se iniciaban en la pintura, coloreando (en lugar de los escarabajos o reptiles eróticos que uno esperaría de la tierra de Toledo) unos rotundos, televisivos platillos voladores. ¿Los ovnis “que dispersó la danza”?

         Se trataba de una bonita casa tradicional, con arbolado patio al centro. Muros de adobe, y bajo techos de teja se exhibían cuadros de internacionales pintores  contemporáneos que envidiarían los museos de Nueva York. Todo un muro lucía fotos de boda, tamaño postal, desde finales del siglo pasado: los hombres con trajes de catrín, y las mujeres con lujosos vestidos regionales, pero todos casi siempre descalzos, luciendo sus trabajados pies de campesinos. En esa ciudad no se necesitaban, pero para nada, sino hasta hace muy poco, los zapatos.

         Eran casi las once.  Empezaron a aparecer los contingentes de las secciones de la COCEI. Se recibían los unos a los otros con aplausos, con flautas y tambores. Se agarraban, se abrazaban, se hacían bromas. La gente de Juchitán se estaba siempre agarrando: hombres con hombres y mujeres con mujeres. Todo era lenguaje físico y retozaban como chamacos hasta los campesinos ancianos.

         Por contraste, los adolescentes, igualmente vaciladores, mostraban a ratos una seriedad adulta: a lo mejor, los bárbaros, ya estaban hasta casados. (Para las viejas culturas indígena y campesina, a los trece o catorce años ya se puede; y cuando se puede, se puede; aunque rujan los modernos enemigos de la sexualidad “infantil”).  Si usted les tomaba una foto, por otra parte, creería adivinar en ella ciertos gestos de sabiduría indígena, como en un perfil arqueológico.

         Pero aquí el folklore no se andaba con intolerancias. En total concordia convivían los sombreros de palma con las cachuchas de beisbolista, de ésas de plástico que se acababan de poner de moda en el Distrito Federal, caladas y ajustables. Con excepción de los obreros de la Corona, uniformados de azul, todos los demás hombres se vestían sencillamente: huaraches, pantalón y camisa claros, a diferencia de sus mujeres, que siempre andaban a la Frida Kahlo.

         De repente los cientos se habían vuelto miles. Se llegó a calcular en 10 mil los asistentes al mitin. Las mantas: “La cárcel y las balas jamás detienen la lucha de un pueblo consciente”. Los gritos: “¡Gobierno asesino, que matas campesinos!” “¡Viva campesino, Viva obrero, Viva estudiante juchiteco, Viva mujer juchiteca!”.

         Las mujeres tenían una participación principal. Lo andaban alborotando todo, bravas, alegres, entronas, solemnes, floridas, panzonas y algo mugrientas, con el durísimo viento del Istmo agitando, embarrándoles sus faldas largas. Les gustaba ser flores. Las ropas como suculentos pétalos, aunque se tratara de señoras viejas y chimuelas. (Por lo demás, proliferaban los dientes de oro.)

         Les gustaba también abundar en carnes. En ningún otro lugar como en éste se confirma la veracidad del apotegma de Novo: “Los mexicanos las prefieren gordas”. Desde chamaquitas se veían muy redondas, y ahí andaban tocándose, pellizcándose, abrazándose en irrefragables grupos de cuatro o de cinco.

         Eran más aguerridas que los hombres en el galano arte de mentarle, a gritos, la madre al mal gobierno, sin dejar de rociarse confeti rojo como si el mitin político tuviera algo de kermesse o de posada. Lo tenía, a ratos.

         Curiosa la división de los sexos, como en las viejas escuelas. Grupos estrictamente separados de hombres y de mujeres, cada cual con su relajo, durante la marcha por buena parte de las calles —de algún modo habría que llamarlas— de esta ciudad sin servicio urbano alguno.

         La política juchiteca tampoco era intolerante con el trago. Nada de ley seca. Juchitán se mostraba orgullosamente cervecera. La civilización del calor. Muchos manifestantes visitaban sobre la marcha —una manifestación interminable, eterna— los cientos de cervecerías, hasta que otros, también algo achispados, iban y los sacaban entre carcajadas y, supongo, albures en zapoteco, para reincorporarlos a la ceremonia cívica. Y nuevas visitas a más cervecerías. Y más ceremonia cívica. Cerveza en ristre la política sabe mejor.

         Una clara alegría. Un retozar en la masa y entre la masa. Y lo insólito, aunque legendario (siempre se habla de ello a propósito de Juchitán, pero otra cosa es verlo de bulto): algunos “amujerados”, pero de veras locas de atar, con pantalones entallados, blusas de mujer (hartos olanes), uñas pintadas, flores en el pelo oxigenado y un poco de maquillaje, tranquilamente desfilaban en los contingentes, con contoneos de pasarela, también abrazados en grupos de cuatro o cinco. Lanzaban guiños y besos a los machines. Y ni quien estornudara.

         Un gozo de muchedumbre, de estar en familia los miles con los miles se manifestaba también en una relación casi corporal de la gente con sus líderes, como si todos conformaran un mismo cuerpo. Las señas, los gestos, casi imperceptibles para el extraño, organizaban en instantes a la gente. Imponían el silencio, o permitían volver a los gritos, las corretizas, la algarabía.

         Y de pronto la seriedad. Una seriedad profunda y casi funeral. A las primeras frases en zapoteco de un discurso se empezó a formar una sensación colectiva, dura, valiente, incluso violenta. Una como electricidad nerviosa que varias veces me humedeció los ojos y entrecerró la garganta —casi adiviné el zapoteco en los rostros y actitudes de la gente, pues nuestro pesumista-coceiano traductor nos resumía mil palabras en una sola frase—, cuando todo ese pueblo, completo, apretándose en las calles y en la plaza, recordó sus ocho años de muertos y lucha desigual con pistoleros y policías, con los caciques, el gobierno del estado y el nacional.

         Esa altivez, esa seriedad raigal, ese arrojo también me provocaron cierto escalofrío, cierto miedo. Gritos aleccionadores de 10 mil bocas. Mujeres airadas agitando sus banderas, aventando pétalos, gritando mueras, aplaudiendo discursos que subían y subían de tono. Casi eché de menos los balazos.

         Es prudente temerle a Juárez, pero más a quienes no le tienen miedo a Juárez, pensé conmovido y alarmado.

         Gente brava, pero que afortunadamente no se dejaba obsesionar por su bravura.  Había anochecido. Se disolvió el mitin para repoblar jubilosamente las cervecerías, los únicos pero innumerables puntos luminosos en esa ciudad sin alumbrado público. Los juchitecos festejaban por todos lados, con música y risas, su gran acto de reto político al PRI, al gobierno federal y estatal. Su falta de miedo a Benito Pablo Juárez.

         Por desgracia, los veinte o treinta periodistas no pudimos sumarnos a la borrachera general: formábamos cola frente al único teléfono que el PSUM-COCEI había tenido a bien ofrecernos. Transmitíamos nuestras crónicas y reportajes, otra vez, a las diez, once, ¡doce! de la noche.

         En la madrugada abordamos El Machete I rumbo a Chiapas. Yo iba pensando en las locas de Juchitán; con la oportunidad de la populosa y larga borrachera, seguramente ese día habían hecho su agosto.