lunes, 1 de febrero de 2016

BORGES: HISTORIA DE LA ETERNIDAD

BORGES: DEL MANUAL DE LA ETERNIDAD A LA ENCICLOPEDIA DE PULGARCITO

Por José Joaquín Blanco

Ya más que cruzada la mitad del camino de su vida, algún sufrido lector se atreve a releer el libro más arduo de Borges: Historia de la eternidad (1936).
         De sus anteriores, juveniles lecturas de este libro, el sufrido lector sólo recuerda que todo estaba en chino: matemáticas supersónicas (números “transfinitos”), filosofía de Plotino, traducciones del árabe y del islandés, etcétera. Ahora repara en algunas bromas y chistes.
         1) La Historia de la eternidad es un oxímoron arrebatado, pues lo que no tiene principio ni fin, aquello por lo que ni siquiera pasa el tiempo, o que es todo el tiempo a cada instante, carece de historia. Recuerda otro oxímoron de Borges: El manual del gigante. Para un ser humano de estatura normal, ese “manual” representará un volumen parcamente... gigantesco. Invita a imitarlo: “La eternidad del miércoles 23 de febrero de 2000 se manifestó hacia las 3.45 de la tarde, cuando Gloria Trevi...”
         2) Su descontento con la lengua castellana. El viejo Borges aprendió a gustar del Quijote; el joven no sabía: seguía las supersticiosa ética literaria de Leopoldo Lugones y de Paul Groussac, quienes —pomposamente modernistas, buscadores de la mot juste e incluso de la mot rare, y de la alambicada sintaxis de los concertistas de cámara— reprochaban al Quijote su tono oral y desmañado, su abundancia de refranes y catorrazos, sus parrafotes azarosos.
         En la vejez, aunque su primer cuento ya era extremadamente coloquial (“Hombre de la esquina rosada”), Borges supo al fin que emular el tono de la conversación era tan legítimo en literatura como seguir la retórica de Horacio: Casi todos sus cuentos de cuchilleros, orilleros y barbajanes son coloquiales, es decir: algo cervantinos; especialmente en El informe de Brodie.
         Aun así, declaraba que prefería el Quijote en inglés, porque la buena versión inglesa presentaba una prosa menos atrabiliaria que la mera cháchara coloquial de la original castellana.
         En cambio, admiraba a Quevedo: su prosa y su poesía mentales, intencionadas, artísticas. Con todo, de Quevedos a Quevedos, prefería al Quevedo ¡en latín!: el relatinizado Marco Bruto, escrito en un español tan lacónico y sentencioso como la prosa latina clásica. La Historia de la eternidad debe su título a un desaforado escrito latino de Quevedo: Historia infinita temporis atque aeternitatis... Es una frase más loca aún que la de Borges: “Historia infinita del tiempo y de la eternidad”.
         3) Borges aporrea a Nietzsche por su invención del Eterno Retorno. Le demuestra que tal teoría de la repetición infinita de todos los seres, las cosas, los episodios, los instantes, ya estaba en muchos griegos, en los presocráticos, en Platón, en filosofías orientales: en todas partes.
         Lo desmiente: Nietzsche cree que el universo está compuesto por partículas de materia, innumerables pero no infinitas; el tiempo, en cambio, es infinito. A lo largo de un tiempo infinito las combinaciones de lo innumerable pero finito tendrán que repetirse una y otra vez. Dentro de unos cuantos miles de miles de billones o de trillones de años, por supuesto cálculo de probabilidades, este redactor tendrá la oportunidad de reescribir esta misma reseña que usted, improbable lector (ni modo: no habrá escape), volverá a leer junto a la misma taza de café, con un trozo de pastel Tres Leches.
         Pero a) ahora resulta que esas partículas minúsculas de materia son tan etéreas (energía) como las del tiempo. El universo a final de cuentas es platónico y berkeleyiano: al desintegrar los átomos, las partículas se vuelven prácticamente espíritu, combinaciones de energía: en consecuencia, la materia es esencialmente tan infinita como el tiempo. Así que no habrá repeticiones ni retornos.
         b) En todo caso, repetir esta reseña dentro de varios miles de miles de millones o de trillones de años resultaría una hipótesis insignificante, de tan billonésima o trillonésimamente remota... Se perdería, desde la perspectiva meramente humana, en una escala tan galáctica.
         c) Las partículas de materia existen en la realidad; el tiempo (la sucesión de unidades imaginarias llamadas minutos o siglos) no, representa un concepto humano, bastante moderno por lo demás. Nietzsche, pues, disparata.
         OK, Borges. Sólo que ha sido precisamente usted, Borges, el escritor que nos habla todo el tiempo de que volveremos a hacer lo que hemos hecho; y a ser lo que hemos sido; y que ya soñamos lo que estamos soñando: y que Borges son los otros y los otros Borges, etcétera. Se está pues burlando de sí mismo con el pretexto de aporrear a Nietzsche.
         4) Borges aporrea a André Gide a propósito de los asuntos sexuales en la literatura. Ya sabemos que, al menos como escritor, Borges era un eminente victoriano.
         Como es bien sabido, a finales del siglo XIX Gide se llamó a escándalo, y escandalizó a medio mundo, cuando descubrió que todas las versiones occidentales de Las mil y una noches censuraban las partes eróticas originales de ese gran libro, franca e incluso abusivamente sexuales, que sumaban legión. El doctor Madrus lo tradujo sin censura al francés con un título nuevo: Las mil noches y una noche, que Gide aplaude. Y que han devorado millones de adeptos a la pornografía.
         Borges asimismo celebra a este traductor, pero también a los anteriores, alguno de los cuales (Galland) había logrado una fundadora versión francesa muy siglo XVIII, llena de volteaireano Buen Gusto; y otros (Lane, Burton) unas versiones inglesas muy cientificistas, filológicas y enciclopédicas, propias del positivista siglo XIX. Los tres primeros, uno para salvar el Buen Gusto, dos para no atentar contra el pudor de los imperiales caballeros británicos (“No sex: we’re British!”), suprimieron los escabrosos pasajes eróticos.
         Ya en la época de Freud y las liberaciones sexuales, el doctor Madrus los exhibe completos, reiterativos, virtualmente aburridos. Borges casi aprueba la censura anterior de esos “licenciosos” ripios pornográficos, pues a final de cuentas, dice, se trataba de un libro de imaginación fantástica y no pornográfica.
         Pero no vayamos tan de prisa. Es natural que André Gide, moralista o inmoralista de las costumbres sensuales, autor del Corydon y de Si la semilla no muere, se interese en los episodios eróticos del Oriente y proteste porque se las censure en su libro más famoso: Las mil y una noches.
         Es también natural que el autor Ficciones y El Aleph se interese en los episodios fantásticos y se impaciente ante la reiteración de “las muy poco variadas variaciones del amor físico”.
         OK, Borges. ¿Pero acaso no ha sido precisamente usted, Borges, quien ha hablado de que toda la literatura, y especialmente la fantástica, no es otra cosa que fatigar tres o cuatro trucos retóricos, tres o cuatro episodios míticos existentes desde Gilgamesh? ¿Que todo el arte del escritor consiste en combinar unas cuantas monedas al vuelo?  “Quizás la historia universal es la historia de la diversa entonación de algunas metáforas”.
         Así las cosas, ¿de veras un Manual de zoología fantástica o una Antología de la literatura fantástica resultarían necesariamente más variados y populosos que los kamasutras; los tigres y los laberintos que los frotamientos y los coitos?
         ¿No ha dicho usted, Borges, que tanto en la realidad como en la fantasía privan unos cuantos arquetipos: el crepúsculo, el coraje frente a la muerte, el amor desdichado, la fuga hacia el mar, el hombre que sueña que lo están soñando, etcétera?
         Las “muy poco variadas variaciones del amor físico” se verían tan escasas y monótonas, y sin embargo también innumerables o infinitas, como todo lo demás que hiciera el hombre, incluyendo las narraciones fantásticas de “La Biblioteca de Babel”.
         Al fin y al cabo nuestras lenguas parten de alfabetos de sólo veintitantas letras, y se combinan en multitud de palabras. La numeración, que llega al probable infinito, parte de una tríada: el 1, el 2, el 0... Del mismo modo, el erotismo podría aspirar a la infinitud mediante el método de “la historia de la diversa entonación” de esas “muy poco variadas variaciones del amor físico”. 
         Borges pudo desvelarse ochenta años tras la falacia o la paradoja de la competencia entre Aquiles y la Tortuga (Aquiles nunca correrá más rápido que la Tortuga porque para llegar de A a B, hay que pasar por C, y antes por D, y así hasta el infinito: total, nunca se mueve); Gide pudo desvelarse otros ochenta años tras las semejanzas y diferencias entre diversas sociedades —¡y hasta entre animales y plantas, el desaforado!— en asuntos sexuales. Cada cual su tema, y su destino literarios.
         5) Y que no nos regañe Borges en su “Arte de injuriar”, exclama finalmente el sufrido lector, con el apotegma de que toda injuria es un mero alarde retórico: un énfasis equívoco, un juego de palabras.
         Viva la retórica. Toda declaración de amor, todo principio religioso o filosófico también pueden denominarse “juegos de palabras”: todo es metáfora.
         Por lo demás, usted, Borges, ha sido uno de los más afortunados injuriadores en la historia de la crítica literaria: por ejemplo, en “Las alarmas del doctor Américo Castro”.
         Dijo usted, Borges, en otra parte (Siete noches: “La poesía”) de los profesores: “Hay personas que sienten escasamente la poesía; generalmente se dedican a enseñarla”. Y de los teóricos literarios: “Hablar abstractamente de poesía es una forma del tedio o de la haraganería”. ¿Simples énfasis y juegos de palabras? ¡Qué va!
         ¿Qué estudio nos resultará más laborioso, el de El manual del gigante, o el de La enciclopedia de Pulgarcito? En cierto modo, el Aleph —del que creo recordar que se trataba de una esfera de unos dos centímetros de diámetro, y donde cabía todo el orbe, que a su vez se concentraba en otro Aleph donde cabía todo el orbe, que...— sería esa babélica enciclopedia de Pulgarcito.
         Ya entrados en gastos en las matemáticas eleáticas de Borges, rebatamos de paso a los Weight-Watchers: Nadie puede engordar en este mundo, porque para subir un kilo habrá que subir antes medio kilo, y un cuarto, y 5.7 gramos, y 0.0009 gramos, y así hasta en infinito.
         De modo que el lector puede desdeñar las apariencias de la realidad y zamparse, con el café, su trozote de pastel Tres Leches: no subirá ni una caloría, porque antes tendría que subir media, y un 0.00009 de caloría, y así hasta en el infinito... a pesar de lo que en contrario afirmen, vulgarmente, extraviados en su positivista sentido común, ciertos obesos tomotes de “dietología”, que más engordan su volumen entre más numerosas recetas proporcionan para enflacar a la gente.



viernes, 1 de enero de 2016

EL PELUSO CHÁVEZ

EL PELUSO CHÁVEZ
Por José Joaquín Blanco



1
Tremenda consternación ha conflagrado el mundillo de la farándula mexicana. A escasas horas del suntuoso funeral nacional, con honras en el Palacio de las Bellas Artes (que encabezó el Presidente de la República y al que no evitó acudir ninguna celebridad de la política, los espectáculos y los medios de comunicación, además de la gente común, que por millares desfiló frente al ataúd desde la tarde del miércoles hasta el mediodía del jueves, en colas interminables, cuando fue finalmente inhumado en el Panteón Francés), el escándalo, el misterio, la inquina e incluso episodios de violencia física, abrumaron la memoria del difunto Rafael Chávez, alias El Peluso, amado astro y divo del cine nacional.
Al parecer, heredó sus cuantiosos bienes, fruto de medio siglo de esplendor en las tablas mexicanas, a un chamaco malviviente que ni siquiera constituía parte formal de su personal de servicio; un mocillo eventual que lo frecuentaba durante los últimos meses de su vida. Se habla de brujería, bajas pasiones, demencia senil, e incluso de abuso, amenazas y tortura (tanto física como sicológica) contra el anciano divo, a fin de obligarlo a firmar tal testamento, por parte de Filemón Carmona, pretendido taquero de carnitas, o ayudante de taqueros, pues nunca estableció puesto propio, sino que al parecer ha peregrinado de puesto en puesto sin lograr permanecer ni siquiera medio año en ninguno, por su carácter montaraz y dado a la vagancia. Habría contado para ello con la complicidad del abogado y del médico personales del difunto, así como del notario público. Una atroz conjura en las tinieblas.
Los familiares, los colegas, los amigos, los compañeros del espectáculo, así como diversas instituciones religiosas, humanitarias y culturales, de las que el divo Peluso –así motejado por la tupida pelambre que exhibía en el pecho, y que le asomaba por el cuello- fue mecenas eximio, han puesto el grito en el cielo y amenazado con impugnar el testamento. Rubén M. Hernández, su chofer durante el último lustro, alcanzó a golpear con un paraguas al presunto heredero durante la propia ceremonia fúnebre, que como todo mundo recuerda se desarrolló bajo un fortísimo aguacero, pero fue contenido por “guaruras” de seguridad privada, antes de que lograra lesionarlo de gravedad.
Un abogado de apellido Andrade, auxiliado por media docena de agentes de seguridad privada, se posesionó de la residencia del divo apenas se conoció la noticia del fatal desenlace (acaecido en el Hospital Metropolitano de esta ciudad), antes incluso de los funerales, en nombre del heredero; y han impedido la entrada a los antiguos sirvientes, así como a familiares y a amigos del occiso. Existen ya denuncias de hechos ante el Ministerio Público. El abogado Andrade se dice albacea. Seguiremos informando.

2
Rubén M. Hernández, el chofer, ingresó al servicio del Peluso hace cosa de seis años, con recomendación de Sebastián Figueras, el famoso Trovador del Trópico. Afirma que nadie conoció con mayor cercanía que él al divo Peluso, a quien incluso llegó a servirle como confidente y enfermero, durante ese tiempo; y que supo que las intenciones del difunto eran de repartir sus bienes entre todo el personal formal de su servicio y entre algunas instituciones de beneficencia, como un asilo para curas ancianos de Tlalpan.
Se muestra extrañadísimo del supuesto testamento a favor de Filemón Carmona, un chamaco vago que no sabe bien cómo se introdujo a la casa del Peluso, pero a quien por lo general no se le ocupaba más que en sacar a pasear a los perros del patrón y en mandados menudos; pero que poco a poco fue invadiendo las funciones de los demás empleados durante las noches, fines de semana o momentos en que, por cualquier eventualidad, no se hallaban cerca del anciano.
Según su dicho, Filemón era un abusivo, un tragón insaciable. Asaltaba todo el tiempo la despensa. Devoraba hasta las preciadas latas de caviar que atesoraba el divo más que cualquiera otra de sus pertenencias. Se echaba en los sillones de la sala estilo imperio, con los zapatos sucios encima de los brocados y las sedas; y consumía frente a los más vulgares programas de televisión los vinos húngaros y las botellas de champaña que el divo conservaba bajo llave. Seguramente despojaba de la llave al anciano cuando dormía. Lo tenía como dominado. El patrón no hacía caso de las denuncias de los otros sirvientes contra Filemón. Nomás se quedaba callado, adormilado, atontado: “Ya déjense de chismes y pónganse a trabajar; díganle a Filemón que me traiga mis perros”. Le toleraba todas sus majaderías. El chofer cree que lo tenían drogado o embrujado.
También se encuentra sorprendido de que tanto el testamento como el inventario de las posesiones del Peluso resulten relativamente exiguos. Tres inmuebles (dos de ellos bajo hipoteca) y puros aparatosos trastos viejos, maltratados. Se sabe que durante sus últimos años, en los que frecuentemente se encontraba indispuesto por los achaques de sus enfermedades o por temporadas de extrema depresión, el divo malbarató diversas joyas, obras artísticas y antigüedades. Pero se antoja extraño que hasta sus famosos anillos (con los que fue enterrado) hayan resultado todos falsos, de bisutería (imitados tal vez de los originales auténticos de sus mejores años), y que en sus cuentas corrientes de banco a su nombre, en territorio nacional, apenas aparezcan unos cuantos miles de pesos, que sólo habrían alcanzado a cubrir dos o tres meses de su gasto habitual.
Se habla de que el divo pudo ir transfiriendo su capital a cuentas en el extranjero, o a cuentas ajenas o a inversiones diversas a nombre de sus presuntos estafadores; a casas de bolsa o a cajas de seguridad. De cualquier manera, los inmuebles, si bien deteriorados y que exigirían fuertes inversiones para su reparación y mantenimiento, representan un capital nada desdeñable, por hallarse ubicados en las zonas más distinguidas del Distrito Federal y de Cuernavaca.
Por el contrario, el abogado Andrade ha declarado que no hay nada de qué asombrarse ni en el monto ni en el destino de los bienes del Peluso. “Llevaba muchos años sin percibir ingresos significativos, expresó. Pero acaso cierta extravagancia frecuente en los ancianos enfermos lo inducía a gastos desproporcionados, a los que se refería incluso de modo irónico, pues no se le escapaba el declive de sus finanzas. Especialmente sus donativos dispendiosos al asilo de ancianos sacerdotes de Tlalpan, pues decía que ellos también habían resultado 'a su modo, grandes actores del Teatro del Absurdo, y también habían resultado timados. ¡Dios se ha burlado de todos nosotros!'”.
Los comentarios del abogado Andrade parecen confirmarse con los del doctor Salaya: “Incluso me quedó a deber varios meses de honorarios y tuve que obsequiarle muchas medicinas, de las muestras que me envían los laboratorios, pues llegó a negarse a seguir tratamientos caros. '¡Con el precio que actualmente han llegado a alcanzar las medicinas, doctor, mejor me quedo con todas mis enfermedades! Total: ya viví todo lo que me correspondía, sobrevivo absurda, póstumamente; me gustaría haberme muerto hace mucho, en plena posesión de mi cuerpo y de mi ánimo, y no esta lentísima, interminable decadencia'. Sin embargo, nunca en modo alguno me sugirió, como se han atrevido a declarar ciertos difamadores irresponsables, ansiosos de notoriedad, que lo asistiera a anticipar su desenlace. A lo que desde luego jamás podría acceder ningún médico honorable. El Peluso murió a su modo como buen creyente cristiano. ¡Tantos jovencitos que morían en la flor de su edad en las calles, en las guerras, en los hospitales; y en cambio él ahí, decía, olvidado de Dios, aguardando su llamado desde hacía tantos años! Un buen anciano, una magnífica persona, pero un pésimo paciente. Y sospecho, por otra parte, que veía en Filemón al hijo o al nieto que no tuvo; o mejor aún, al chamaco alegre y vivaracho que él nunca se permitió ser, que nunca fue, pues desde la infancia se dejó avasallar por la ambición del arte y de la gloria en las tablas, y se pasaba las horas en ejercicios, estudios y ensayos extenuantes. 'Desperdicié toda mi vida en las tablas y las pantallas del modo más necio, doctor; si volviera vivir, me gustaría ser taquero, desordenado y feliz, parrandero, sin pensar jamás en el mañana. Ser feliz el día presente en las condiciones reales, sin sueños de humo, sin espejismos ridículos'. He de señalar, concluyó el facultativo, que al menos un gran servicio se le debe a Filemón: el de administrarle debidamente sus medicinas, pues el viejo divo dejaba de tomarlas, por simple capricho o mal humor; o se olvidaba de que las acaba de tomar y duplicaba las dosis, o tomaba unas por otras. Había ciertas cápsulas o tabletas que le repugnaban solamente por su color o su forma, e inventaba que le dejaban un sabor espantoso durante horas, lo cual era desde luego inexacto. Se le veía bastante dócil, en cambio, frente a Filemón: '¡Ya no seas payaso, abuelito, tómate de una vez la medicina, pareces niño chiquito!' Por otra parte, su resistencia física era asombrosa. Desde hace tiempo se le complicaban muchos padecimientos juntos. Estaba enfermo de todo”. Seguiremos informando.

3
Custodiado todo el tiempo por “su” abogado, quien no dejó un instante de inducirle sus respuestas, ya con miradas o gestos, ya con interrupciones desconsideradas (“¡No respondas a eso!”, “Lo que mi cliente quiere decir es...”), el joven Filemón Carmona accedió finalmente a dar una conferencia de prensa en el despacho del licenciado Andrade. A nadie se le ha vuelto a permitir la entrada a las propiedades del Peluso.
Lo único que, por el momento, Carmona desea es desmentir supuestas revelaciones de sus relaciones impropias con el divo. “Era un viejito y estaba bastante enfermo; no pensaba en cochinadas; nunca hubo nada indecente en nuestro trato; platicaba muchas cosas, hacía chistes, le gustaba que me desvelara en su cuarto con él viendo películas viejas, porque a veces no podía dormir y se angustiaba. Le gustaba leerme escenas de obras de teatro, cuando no tenía mucha tos ni se sentía mareado. Leía muy bonito. Yo no entendía mucho lo que me leía, a veces incluso me leía cosas en francés o en inglés, con muchos ademanes y aspavientos. Eran las obras que lamentaba no haber representado, porque siempre le ofrecían puros churros y tarugadas, decía; que se había visto obligado a aceptar porque se tenía que ganar la vida. Era un viejito. Un viejito muy decente y simpático. Se sentía cómodo y seguro cuando yo estaba a su lado; nos caíamos bien, eso era todo. Yo le decía que estaba súper orate, que con la edad se había vuelto súper orate. Y él se reía mucho. Me respondía que antes había sido peor de orate que ahora, que ya se había moderado un poquito; pero que yo era más orate que él a mi edad, de modo que yo también 'prometía' destacar en las marquesinas de cualquier manicomio.
“A mí me parece natural que los viejos sean medio zafados. Mi abuelita también estaba algo chiflada y así vivió muchos años. Yo me crié con ella, y ya estaba re chiflada. Ella también pensaba que el chiflado era yo, y se preocupaba: ‘¿Qué va a ser de ti cuando me muera, mijito, con lo loco que eres?’ Mi única locura era reírme mucho con ella, seguirle la onda; me divertía el resto con sus puntadas; prefería seguir platicando con ella que salir a aburrirme con chamacos de mi edad. Siempre me sorprendía. Los viejitos hablan muy raro. Como que inventan todas las palabras y tienen todas las ideas al revés, lo que me parecía muy chistoso. Mi abuelita decía muchos disparates y se le ocurrían muchas historias sin pies ni cabeza, pero así son los viejitos. Lo mismo don Rafael. Yo le contaba que quería estudiar para ingeniero en computación, y él me decía que no fuera tonto, que siguiera de taquero. Que los tacos no cambiaban mucho y la técnica sí. Que los tacos eran una gran cosa; que cuando él reencarnara se iba a graduar de taquero”.
El muchacho Carmona acepta desconocer casi por completo la gloriosa trayectoria histriónica de su patrón y heredador. “Nunca veíamos sus películas. Las detestaba. Aunque las pasaran por la televisión. No las soportaba. '¡Otra vez esa mierda!' Cambiaba de canal. Le habían regalado una colección de sus películas en video, pero las tenía arrumbadas. Cuando no podía dormir ponía películas extranjeras, viejas, comedias musicales con mucho baile. Siete novios para siete hermanas o Cantando bajo la lluvia. O cómicas: de Tin Tan y de Cantinflas, cuando eran jóvenes. Un tipo al que llamaba Buster Keaton, con cara de cadáver; el Gordo y el Flaco, Charles Chaplin. Le gustaban los tangos, pero sólo con Gardel; y algunos boleros viejísimos de Lecuona o de Lara, pero sólo con cantantes de la prehistoria, como Toña la Negra y una tal Imperio Argentina, creo. Otras noches veíamos, por cable, documentales sobre las pirámides de Egipto y la historia de los faraones, o Discovery Channel: se pasaba las horas nomás viendo puros changos y elefantes.
“Una vez le pregunté si era, como se decía por ahí, medio marica. '¡Lo fui en mis buenos años, y no medio, sino muchos maricas al mismo tiempo, y de los más desatados! ¡Fui tremendo! No me explico cómo no me metieron a la cárcel. A lo mejor ya no tenían cupo para tanto marica en sus cárceles. Pero se deja de ser maricón como se deja de ser bailarín desde antes de los cuarenta años, nomás te jubilas. Aunque puedas costearte tipos chulísimos, ¿de qué te sirve si sabes que no te quieren, que no te desean, que hasta les das asco, que lo único que les interesa es tu cartera?'”.
Filemón afirma que no tiene “ningún tipo” de prejuicios contra los homosexuales, pero que eso no es “para nada” su estilo; que cuenta con novia formal “y todo”, y que se va a casar muy pronto. “Uno ve en la calle de maricas a maricas. Los hay seriecitos, que no molestan a nadie. Los hay descarados, cínicos, amujerados, pero allá ellos. Cada quien su vida”, concluyó, con cierto porte teatral de sensatez, desdén y sabiduría, sin duda heredado también del Peluso.
Presionado por este reportero, el joven Carmona no consiguió, sin embargo, aclarar satisfactoriamente su relación con el divo. “¡Cómo lo iba yo a ver como a mi padre, si era marica, por favor! Y yo nunca tuve papá ni maldita falta que me hizo: tuve a mi abuelita. Don Rafael era como un abuelito o el tío marica de alguien más, no el mío, para nada, pero que estaba muy solo. Un cuate nomás. A lo mejor por eso le caía yo bien, porque no se sentía obligado a nada conmigo. Cuando se cansaba o se aburría nomás me pagaba mi día y me echaba. No es cierto que me pagara mucho ni que me hiciera regalos; me pagaba 'honorarios de enfermero', como decía, que de cualquier modo eran más de lo que me ganaba a veces en las taquerías. Era algo codo. Estaba siempre alerta de que alguien se quisiera pasar de lanza con él, como el chofer y la cocinera. Ellos se gastaban fortunas en el supermercado y el pobre viejo nomás quería cenar un caldito de pollo con arroz. Me odian porque les retiró el gasto de la despensa, y yo le iba a comprar tortas o caldos a una fonda, que desde luego estaban más sabrosos.
“De modo que me tenía harta confianza; y en cambio creo que les tenía mucho miedo a sus sobrinos, porque nunca quería ni recibirlos ni contestarles el teléfono. No quería recibir, ni hablar por teléfono con nadie. '¡Díganles que ya me morí, que me busquen en la Rotonda de los Hombres Ilustres, o de los Maricas Ilustres, o lo que sea!'.
“Tampoco trataba a mucha gente de su edad. Que todos estaban amargados y que nomás querían hacerse perdonar toda su vida de maldades con puros rezos y chillidos, o inventarse ‘gloriosas trayectorias que nunca existieron’. Ni siquiera a otros famosos del espectáculo. 'Ahora ya todos sabemos que todos fuimos puros payasos, que nunca valimos ni un centavo; que las musas se burlaron de nosotros, que nunca pasamos de farsantes de rancho'. Claro que a veces sostenía largas llamadas misteriosas por celular, pero entonces se encerraba.
“A ratos se ponía sentimental y lloriqueaba un poco recordando las obras de teatro que no había representado. Nunca le dejaron hacer Orfeo, ni Edipo, ni ¿cómo se llamaba esa otra, que se sabía de memoria? Una que decía griega, que consideraba la mejor del mundo: Filoctetes o algo así. Lloraba por las obras que no había podido representar en este 'ranchito chilapastroso'; que Cinna, que Britannicus, que El cardenal de España, que Fausto...
“Contaba que sí había puesto el Tartufo alguna vez, en un teatro del Seguro Social; pero que sólo acudieron a verla chamaquitos de secundaria, que no ponían atención; todo el tiempo estaban echando relajo entre ellos y nunca se reían de los chistes de la obra; y en cambio se reían de su propio relajo todo el tiempo, cuando no había mayor cosa de qué reírse sobre la escena.
“De sus películas sólo recordaba las escenas que le habían cortado, que le parecían siempre las mejores, las únicas que le interesaban. 'Por ahí deben andar lo negativos en alguna parte, si no se han echado a perder. Si aparecen algún día, a lo mejor sí resulta que al menos en dos o tres de esas escenas cortadas, que nadie vio, que ni siquiera vi yo mismo, fui un actor decoroso’”. Seguiremos informando.

4
Sebastián Figueras, el Trovador del Trópico, se niega a hablar con los medios de comunicación: “No tengo nada que comentar, salvo que descanse en paz”.
Se sabe, sin embargo, que en su juventud fue protegé del divo, gracias a cuya recomendación obtuvo algunos de sus primeros contratos discográficos. “¡Eran uña y mugre!”, cuenta la Tortolita, también conocida como la Emperatriz de la Cumbia. “Se lo trajo de Cuba y lo ayudó a regularizar su situación migratoria, a nacionalizarse. En aquellos tiempos nadie se atrevía a desacatar una recomendación del divo. Y luego, cuando el Trovador colocó los éxitos que conocemos, que seguimos escuchando con gran placer, cuando se alzó como la espuma, siguieron muy amigos. Hacían unos reventones de rompe y rasga en Cuernavaca, en Acapulco, en Valle de Bravo. Contrataban docenas de atletas y bailarines chulísimos para amenizar sus fiestas y agasajar a sus invitados. No lo creías de tanta gente cuerísima como te encontrabas ahí, en traje de baño, en parrilladas junto a la alberca. Pero todo muy decente, muy bohemio; se cantaba junto a una fogata, se bailaba, se platicaba muy a gusto. Todo México iba a sus fiestas. Yo conocí ahí muy buenos amigos, que sigo tratando, y grandes oportunidades de trabajo entre la gente tan importante que iba a esas fiestas. Luego se distanciaron por motivos religiosos, creo. El Trovador se convirtió a no sé que secta cristiana, muy fanática y muy proselitista, y el divo lo mandó a paseo. '¡No mames!, dicen que le gritó; ¡tú sabes muy bien quién eres, quién has sido, y que todo eso del Hombre-Nuevo-en-Cristo es pura pendejada! ¡Te cagas de miedo ante la vejez, te cagas de miedo ante la muerte, y con tanta anticipación; ni que estuvieras agonizando, carajo! Deberías cagarte más bien de vergüenza ante el ridículo que estás haciendo ante ti mismo. Un poco de decoro y de amor propio no te vendrían nada mal, aunque fuera de vez en cuando'. Por aquel entonces el Trovador se conservaba aún algo joven. Pero no le perdonó al divo sus sarcasmos en asuntos religiosos; estaba sinceramente convertido a algo, como emborrachado por sus nuevas virtudes, je. Pero fueron uña y mugre. Creo que últimamente ya ni siquiera se llamaban por teléfono. Pero tampoco se atacaban. Jugaban nomás a ignorarse: yo a ti ni te conozco. Ambos personas magníficas, grandes artistas que quiero mucho”. Seguiremos informando.

5
“¡El Peluso Chávez no pasará a la historia!” Tal ha sido la condena terminante, implacable, que ha proferido un grupo de intelectuales petulantes, en la mesa redonda con que la UAM-Xochimilco coronó la “Retrospectiva de Rafael Chávez, El Peluso”. Sólo se exhibieron siete de las cuarenta y tantas películas que protagonizó. Las funciones de cine estuvieron muy concurridas; no así la mesa redonda, en la que se diría que hubo menos público que dómines y dóminas comentaristas. Se comprende tal desinterés, tal fastidio de los estudiantes.
De un tiempo a esta parte, desde que algunos académicos ociosos inventaron la “film culture” y la “cultura popular”, los sesudos profesores pretenden estudiar las películas como si fueran tratados de Aristóteles: su “discurso”, su “ideología”, sus “subtextos”, sus “guiños intrafílmicos”, “el cine dentro del cine”, “lo meta- o paracinematográfico”, los “grafismos cinemáticos”; y claro, las películas nunca son Aristóteles, sino películas. Alguna profesorcita con cara deslavada y miope de microbióloga, denunció el machismo amplificado y autocomplaciente del Peluso en dos o tres cintas sobre narcotraficantes y sobre “jaurías de machos sobrexcitados, extraviados entre la jungla en tangas diminutas, tras cualquier diablesa salvaje, tras cualquier Rarotonga”. ¿Y cómo esperaba que se representase a los gángsters del narcotráfico?
Un profesorcito teleque e incomprensible, seguramente poeta, pareció condenar al Peluso por el reciclamiento paródico del chulo del antiguo cine “clásico” de cabareteras en sus cintas sobre ficheras de los años setenta. ¿Y cómo pretende que se deba representar a un chulo o a un padrote, como a san Martín de Porres?
Una abominable doctora en huipil, con larga cabellera entrecana que ya debería tuzarse o al menos teñirse color zanahoria -¿no le da vergüenza seguir en tales panchos, a su edad?- disertó sobre la “tenaz monotonía” con que se reiteran “y se rizan” al infinito los clichés sexistas en toda la filmografía del Peluso: que la Madre Abnegada, que la Jovencita Corrompida, que la Puta Cínica, que el Macho Bestial, que el Joto Jocoso, que el Galán Mesiánico “con aceitados músculos de gimnasio, igualitos a los de cualquier anuncio de productos de dieta”, etcétera.
¿Y los malos médicos, los devotos falsos, los valentones cobardes, los cornudos, las celestinas, las chamaconas de cascos ligeros, los reyes parricidas, las damas bobas del llamado “teatro clásico” no, a su vez, también ellos, con “tenaz monotonía”, insistieron en esos roles que les pedía el público, y “rizaron su rizo”? Por favor: que la academia regrese a escandir endecasílabos y alejandrinos y deje el cine nacional en las (igualmente enciclopédicas, je) manos de los cronistas de espectáculos, quienes al menos sabemos que el cine -sea o no cultura; sea o no arte- al menos es eso: películas.
En consecuencia, aplaudo la sensata participación justiciera de doña Jimena de Albornoz (primerísima actriz ya retirada), partenaire del Peluso en algunos de sus éxitos, especialmente teatrales: “El Peluso tenía una gracia y un carisma excepcionales. Ustedes dicen que hacía lo mismo que todos, ¿por qué entonces sólo el Peluso abarrotaba los teatros, los cines? El público no se equivocaba. Lo quería a él, precisamente en esos papeles. Cuando intentó digamos refinarse en algunas películas raras, experimentales o 'artísticas', el público se decepcionó y las salas quedaron vacías. Esas películas raras no duraron ni dos semanas en cartelera, y nunca las pasan en televisión. No crean, muchachos, que éramos ingenuos y que pretendíamos hacer algo más de lo que se ve. Hicimos con plena conciencia exactamente lo que se ve porque era lo que pedía el público, y no hay espectáculos sin público. Claro que nos hubiera gustado hacer otras cosas: no hubo público ni industria para otra cosa.
“¿Pero de veras se imaginan que el Peluso fracasó tanto? Muchas de las películas que ustedes ahora llaman “clásicas” -y que nomás no entiendo por qué, como las del Santo-, fueron recibidas en su momento como bodrios, como mero entretenimiento industrial para el bajo pueblo. A lo mejor al rato los nuevos 'críticos' nos convierten en 'clásico' al Peluso, y se extasían ante sus roles de seductor, criminal, chulo, encuerado fugitivo, barbudo espía o sabio satánico.
“Yo sé que gustó en su momento. Sé que filmábamos esas películas para su momento y ya. Y que funcionaron. En el teatro serio era otra cosa, claro. Pero cada obra de teatro se acaba, se autodestruye al caer el telón. Yo sospecho que lo que no le perdonan los intelectuales al Peluso es que además de trabajar en “bodrios” de cine comercial y en telenovelas, de vez en cuando se permitiera el lujo -porque nunca fueron negocio, a veces hasta todos salíamos perdiendo mucho dinero- de alguna obra de teatro clásico. Les escandaliza que haya hecho casi al mismo tiempo a Ricardo III y al Caguamas de Venganza en Matamoros. Yo trabajé con él en ambas producciones y lo admiré por poder y saber hacer ambas cosas. Pero casi nadie quiso vernos en Ricardo III, que por otra parte no nos salió tan bien, dicho sea con todo respeto a la memoria del Peluso. Como que no nos creíamos mucho esa obra ni ese tipo de teatro, por más que nos esforzáramos. Nos sentíamos no sé, como en un regreso a nuestros tiempos escolares, cuando en la Academia de Actuación debíamos presentar, como examen trimestral, La vida es sueño o El alcade de Zalamea.
“Lo nuestro era lo que había; lo hicimos lo mejor que pudimos, y no esperamos de ello otro reconocimiento que llenar las salas unas cuantas semanas, y luego el olvido y a otra cosa. Me duele un poco que acusen al Peluso de deshonesto o de bobo cuando lo único que hizo fue trabajar brillante y honestamente en lo que se le pedía y en lo que había. Nunca pidió la posteridad. Nunca pidió estas mesas redondas. Nunca pretendió engañar a nadie como ustedes si lo hacen, pretendiendo ofrecer como sociología o filosofía o no sé qué, puros chismes de gente incapaz de ocuparse en cosas más útiles y productivas que desentrañar por qué los bodrios son bodrios. Todos sabemos sin ustedes lo que es un bodrio. Gustan los bodrios”. Seguiremos informando.

6
Filemón Carmona ha ganado el juicio testamentario. Aprovechó la presencia de los periodistas para exhibir a su esposa y a su bebé, a quien ha llamado Rafael y apodado Pelusito. La herencia no resultó tan exigua, por otra parte, y ha anunciado su propósito de crear una fundación para localizar, restaurar y reincorporar a las películas famosas aquellas escenas cortadas que, a ratos, obsesionaban al divo Chávez en los insomnios de sus últimos meses.
Pese a los severos cuestionamientos de la crítica, la televisión insiste en trasmitir una y otra vez las películas cuestionadas de narcos, chulos, fugitivos encuerados en playas y junglas, gángsters y ficheras. Los nuevos actores lo imitan en roles bastante semejantes a los que representó; de imitador descontentadizo se ha convertido, a su vez, en imitado, en ícono.
Todos los actorcillos del “nuevo cine mexicano” -aparece otro “nuevo cine mexicano” cada semana- reelaboran, “rizan”, ya su mirada torva y oblicua; ya esa manera de rasparse los dientes con la lengua antes de proferir su famoso apotegma gangsteril de Venganza en Matamoros: “¡Aquí el que no traga sangre, traga mierda!”
Se anuncia otra retrospectiva, ahora en Guadalajara. ¡Y otra mesa redonda!

martes, 1 de diciembre de 2015

GENET

GENET PARA PRINCIPIANTES
Por José Joaquín Blanco



Jean Genet ha presidido durante el último medio siglo el tema homosexual en la literatura del mundo.  Seguramente no es el mejor ni el más profundo de los autores modernos que se han ocupado de historias o asuntos homosexuales, pero indudablemente a él le tocó, como a nadie en las últimas décadas, marcarlos con sus obsesiones, su estilo y su temperamento.  Y no sólo al asunto homosexual: su visión degradada, ruda, grotesca, demasiado teatral y gesticulante del amor carnal, también influyó poderosamente en los heterosexuales.
         Genet trató de desmitificar el amor, de quitarle intelectualizaciones e hipocresías, y de sustituirlo con otro mito: el amor sobresexualizado entre los seres rechazados por el mundo burgués, que establecen una especie de submundo o de infierno donde la carne se vuelve tirana y se rompen todo tipo de reglas sociales y morales.
         El mundo de Genet no es un reflejo puntual del mundo real, sino un mundo fantástico y metafórico: una especie de gozosa y trágica pesadilla, en la que aun el asco y el crimen se vuelven elementos seductores.  Sus rateros, travestis, locas, chichifos, marineros, policías, conforman una especie de exaltado sueño masturbatorio.
         No he mencionado la masturbación en un sentido figurado o moralista para calificar este tipo de fantasías sexuales del brutal mundo de Genet, sino objetivamente, como un hecho.  Gran parte de la obra de Genet fue concebida y aun escrita en la cárcel —el resto, con los hábitos de un expresidiario--; en Genet se da entonces, como en el Marqués de Sade, una especie de sensualidad solitaria que echa a delirar sus sueños y sus ensueños amorosos, en los que frecuente y peligrosamente la violencia, la suciedad y los perfiles grotescos resultan los fantasmas más estimulantes.  No intento reducir a Genet, ni a Sade, a un hecho clínico; sí señalar que las personas condenadas a largos confinamientos forzosos —presos, monjes, enfermos, marineros, soldados— participan de ensoñaciones masturbatorias muy semejantes.  Por lo demás, Genet aceptó siempre la educación sexual y sentimental de la soledad del preso, y con frecuencia sus personajes no hacen, sino inventan —entresueñan, narran— esos episodios eróticos, que quieren ser lo más extravagantes posible.
         La obra de Genet, en consecuencia, no debe ser leída en un sentido literal y realista.  No es un espejo que cuente la realidad; mucho menos, un ejemplo o ideal amorosos.  Es la creación artística de los sueños homosexuales de un solitario, los más escondidos y brutales, que nadie antes que él se había atrevido a confesar, y mucho menos a celebrar hasta con cierta intensidad épica.
         Por lo general, en décadas anteriores a Genet, la literatura había querido defender la homosexualidad como un amor digno y respetable.  Se quiso compararla al amor de los próceres griegos y romanos y de las celebridades del Renacimiento.  Alcibíades, Caravaggio; Adriano, Miguel Ángel. Se trató de inventar un paraíso de boy scouts desnudos y vigorosos en una deportiva amistad, en medio de la pureza del mundo natural (de Whitman a Stefan George).  Se habló de ella como un amor más inteligente o más refinado.  Ciertamente Gide (Saúl, Los alimentos terrestres, El inmoralista, Las cuevas del Vaticano, Los falsificadores de moneda) empezó a compararla con las aventuras y vicios de los intensos delincuentes juveniles, nuevos piratas del mundo moderno, y en algún caso —el de Marcel Proust— se defendió el amor homosexual como una sofisticada y exquisita decadencia en un mundo sobrecivilizado. Pero fue Genet quien dijo: éstos son nuestros sueños "cochinos", estas son nuestras realidades "cochinas", si se quiere; y no entre ángeles ni entre dandies melancólicos, sino entre cuerpos carnales llenos de apetitos violentos. Y como, en rigor, todo ser humano comparte las mismas pulsiones, también los heterosexuales, después de Genet —a quien, desde luego, santificó el heterosexual Jean-Paul Sartre— dejaron de tenerle miedo a esos sueños.
         La literatura de Genet fue una especie de cubetada fría en el romanticismo homosexual.  Los maricones "finos" (v. gr. Julien Green, en el prólogo de Le Malfaiteur), pusieron el grito en el cielo; querían seguir eternamente con libros y cuadros donde se pintaba el primer amor en el crepúsculo, los rostros bellos y los cuerpos jóvenes, el apretón de manos, los dandies efébicos y los perfectos gladiadores.
         Genet inventó otro romanticismo homosexual, acaso tan infantil e insuficiente como el anterior, pero necesario en su momento: el amor de nalgas y de vergas exageradas, de coitos y letrinas a todo volumen, con lonjas y olor de pies; el amor para la humillación y la degradación deseadas, el amor grotesco y fisiológico entre personajes sin mayor dimensión que la violencia de sus apetitos y de sus sueños masturbatorios obsesivos y elementales; personajes sin mayor profundidad que su sobresexualizada imagen de fantasma masturbatorio.  Genet incluyó, además, el amor en las cárceles y las letrinas, entre pura miseria y fealdad como panoramas cotidianos, entre la puñalada, el robo, la violación, la vejación, el escupitajo.  Así, dotó a la literatura de aspectos poco tratados antes; aunque la vida diaria, desde luego, jamás ha dejado de conocerlos ni de practicarlos más que profusamente.
         Acaso Genet se vaya volviendo con el tiempo menos una valiosa obra artística y más un precursor y una leyenda.  Fue él quien destapó la retama apestosa, y a partir de él han proliferado sus fantasías de sexo, ultraje, violencia, suciedad, melodramatismo-al-revés, contra-épica, anti-lírica de guiñoles grotescos; sobre todo con el auge de la pornografía —y luego con la epidemia del sida y de otras enfermedades sexuales, que reprimen o encondonan el acto sexual, pero acrecientan la excitación imaginaria y solitaria, al grado que la masturbación, condenada como gran pecado físico y como gran vicio durante siglos, incluso hasta Freud, es ahora el safe sex más recomendable.
         Esos sueños en Genet fueron naturales y honestos: el mundo de su soledad encarcelada.  Dibujó en libros, poemas, obras de teatro sus sueños más escondidos y obsesivos: los volvió exhibicionistas y espectaculares, llenos de asombrosa tramoya y de talento cómico de primer orden.  Sin embargo, el sexo escandaloso, teatral, de "a ver qué nueva cochinada o crimen invento para ver quién se espanta todavía", es una visión tan simplificadora e infantil como la anterior de los "maricones finos", de que el amor entre hombres no tenía qué ver con lo visceral y lo excrementicio, sino sólo con el romanticismo y los altos ideales.
         En la expresión del amor homosexual todavía no se ha escrito un libro que pudiéramos llamar completo o integral, en el sentido en que, por ejemplo, Madame Bovary sí resume, en opinión de muchos, el amor heterosexual.  Pero algo de Walt Whitman, de Oscar Wilde, algo de Proust; de Gide, de Forster, de Isherwood, Mishima; y en nuestra lengua: de Villaurrutia, Ballagas, Cernuda, Pellicer, Novo o Lezama Lima, va integrando esta visión de conjunto que acaso esté en camino de producir tal libro integral.
         Llevamos poco tiempo de hablar de temas homosexuales abiertamente: estaba penado con cárcel y total marginación social en la mayoría de los países, todavía hacia la Primera Guerra Mundial (de ahí los circunloquios de Gide, de Proust, de Forster).  Poco antes de morir, a finales del siglo XIX, Walt Whitman se aterraba ante cualquier visión sexual del amor entre hombres; sin embargo, al filo de la Segunda Guerra Mundial, ya Genet había conquistado —por sí mismo, desde su soledad carcelaria— una libertad antes sólo conocida por los romanos Petronio y Apuleyo.
         Es necesario insistir, por último, en la diferencia entre pornografía y arte. Genet no fue el primero ni el último en escribir "cochinadas" o pasajes escandalosamente excitantes; fue el histriónico genio que hurgó en sus sueños y deseos más vehementes y creó un universo metafórico, una gran metáfora teatral del sexo, que parece decirnos:
         —Debajo de nuestros semblantes civilizados, de nuestros trajes y modales correctos, está la dulce y desamparada bestia humana, la bestia de carne y de sangre, la bestia amorosa, con sus pulsiones terribles y dulcísimas; no tenemos por qué desconocer que en esa supuesta suciedad animal o perversa, está el fuego humano: nuestra más pura y alta naturaleza.
         Debemos reconocer, sin embargo, que Genet o la mala lectura de Genet, son en gran medida culpables de una nueva mitificación o difamación del amor homosexual.  En su obsesión por combatir el tipo de amor demasiado puro, intelectual, culto, dandy, sin eructos ni asentaderas, sin deseos criminales ni pecados salvajes explícitamente asumidos (Forster, Gide, Green), Genet cayó en el extremo opuesto, y pobló sus galerías con demasiados monstruos adorables, con demasiados bellos rufianes sin piedad y otros bailes de máscaras.
         Y bueno: está bien: tenía razón: los homosexuales no son ningunos ángeles. Pero tampoco un vistoso zoológico para apantallar estúpidos.  Nada de bizarro, de prodigioso, de infernal tiene un amor perfectamente natural y civilizado como en Occidente hoy en día (y a pesar de la embestida del fundamentalismo ultraconservador) se considera el amor homosexual.  No es ni más ni menos angelical o demoníaco que el heterosexual.  No tiene por qué espantar ni hacer reír más que el otro.
         Por eso a veces Jean Genet me exaspera con tanto grito, con tanta gesticulación, con tanto melodramatismo-al-revés, con tanta violencia autocelebrada, y prefiero las más silenciosas y perdurables novelas anti-dramáticas de Christopher Isherwood, como Un hombre solo.



domingo, 1 de noviembre de 2015

EL REPORTERO DEL DIABLO

El reportero del diablo
Por José Joaquín Blanco

Deambulaba por los bares y fondas de la Calle Michoacán, en la colonia Condesa, un fantasmal reportero de policiales a quien todo mundo despreciaba.
Su delito era que detestaba el cine, y no existe al parecer mayor crimen en el siglo veinte que odiar las películas. Equivale a un criollo novohispano que aborreciera las misas.
Ahí se pasaba sus ratos libres, entibiando sus whiskies en el Bar Nuevo León, hasta que aparecían sus amigos (amigos es un decir: ¿cómo hacer amistad con quien nunca va al cine? ¿entonces de qué diablos se platica?), después de haber asistido a alguno de sus cotidianos portentos cinematográficos. Y sin más trámite se sentaban a su mesa a comentar en sus narices, minuciosamente, todas las joyas de la pantalla.
El fantasmal reportero los escuchaba con la paciencia de un reacio al futbol que asistiera a la enumeración de todas las bíblicas alineaciones del Atlante a través de los siglos.
Un martes de noviembre del 2000 (todavía era el siglo veinte), el sabihondo cinéfilo Godínez, de la fuente de economía, se quejó con una mueca de asco digna de Robert de Niro, de la incapacidad mexicana para las tramas policiacas:
-No hay ningún thriller mexicano. ¡Sencillamente tampoco servimos para eso!
-Por ahí hablan de Distinto amanecer, de Julio Bracho, protagonizada por Pedro Armendáriz, Andrea Palma, Alberto Galán y el niño Narciso Busquets; argumento de Max Aub con diálogos de Xavier Villaurrutia –arguyó lenta, parsimoniosamente el reportero de policiales, nomás para fastidiar.
-No mames –increpó El Chiquilín Martínez, de la fuente de Presidencia, famoso por la diminuta cabeza con que exornaba sus flacos dos metros de estatura-; eso no es cine, sino literatura filmada. Los diálogos suenan estiradísimos, in-ve-ro-sí-mi-les. La fotografia de Figueroa, peor.
El reportero fantasmal se había quedado varado en la sección de policiales de un periódico desde hacía tres años. Sus primeros colegas ya habían ascendido a las direcciones de Comunicación Social de diversas dependencias burocráticas. Pero él seguía ahí, fiel al lado del crimen, para no traicionar su vocación de poeta abstracto.
Soñaba con un libro de poemas “antilogocentristas, molecularizados y átonos”. Por eso se negaba a colaborar en la sección y en el suplemento culturales, porque ahí “se contamina uno de literatura”.
Y quería despojar sus versos de todo lastre literario a fin de lograr “el accidente grafístico puro, el grafismo esencial, como una muesca en acrílico o una arruga de trapo de los abstraccionistas catalanes”.
“Detrás de todo poeta abstraccionista declarado, hay un vergonzante recitador de ‘El Brindis del Bohemio’”, solía apotegmatizar el odiado crítico Andueza, en el suplemento dominical del mismo periódico.
Se trataba de la historia de un rencor: Andueza había sido compañero de preparatoria del periodista fantasmal, y en aquellos años habían competido en un concurso de declamación, en el cual había triunfado el futuro reportero de policiales con “El brindis del Bohemio”, mientras que al futuro crítico literario se le había olvidado “La raza de bronce” a las primeras estrofas, y tuvo que abandonar el estrado todo confuso y en medio del abucheo estudiantil.
En efecto, antes de odiar la literatura (ya para entonces evitaba el cine), el futuro “poeta abstraccionista” había tenido sus barruntes de erudición policiaca. Y salió a relucir esa tarde:
-Si quieres un thriller, ahí esta El privado del virrey...
-¿Que qué? –exclamó Godínez, amenazante como Jack Nicholson.
-No es una película, sino una obra de teatro de Rodríguez Galván, pero también se lee; digo, porque los cinéfilos monolingües mexicanos van a leer las películas. Puros subtítulos y subtítulos. Y los “espectadores” hechos la mocha: lee y lee subtítulos. Para ese caso, que mejor lean los guiones en su casa... debidamente traducidos.
-¿Vaaaas al teaaaatro? –insistió Godínez, escandalizado como Sylvester Stallone ante un ballet clásico.
-Te digo que la leí en la prepa. Me tocó hacer una monografía sobre la Calle de Don Juan Manuel... Para los ignorantes: estoy hablando de la actual Calle de República del Uruguay, el tramo entre 5 de Febrero y Pino Suárez. Antes del thriller se llamaba simplemente Calle Nueva.
El fantasmal reportero de policiales consignó que Ignacio Rodríguez Galván había escrito El privado del virrey hacía más de siglo y medio; y que ya para entonces se consideraba viejísimo el argumento, de mediados del siglo diecisiete...
Y que lo habían retomado como veinte autores: el Conde de la Cortina, Manuel Payno, Irineo Paz, Vicente Riva Palacio, Juan de Dios Peza, Luis González Obregón, Artemio de Valle Arizpe; que incluso había aparecido en historietas y radionovelas sobre “tradiciones y leyendas de la Colonia” durante los años sesenta.
El odiado crítico Andueza permaneció impasible frente a tal sabiduría; durante esa semana sólo se dignaba conocer de autores sudafricanos.
El reportero de policiales contó la historia de un gachupín acaudalado, originario de Burguos, que se hizo íntimo del virrey Marqués de Cadereyta.
Lo nombraban Don Juan Manuel de Solórzano. En México le llovieron favores oficiales, incluso puestos en la Real Hacienda y gestiones sobre los productos que llegaban de España en las flotas, así como la cerrada envidia pública, promovida especialmente por parte de la Audiencia y de los mayores comerciantes de la ciudad.
Resultó breve su privanza (1636) y largas las intrigas de los malquerientes, hasta que fue a dar a la cárcel (1640), acusado de malversación y fraude con el dinero del gobierno.
-¿Y a eso lo llamas un thriller? –reclamó Godínez, impasible como Michael Douglas.
-Bueno, es que Don Juan Manuel conocía muy bien a su bella esposa: Doña Mariana de Laguna, más rica incluso que él, heredera de minas en Zacatecas. Don Juan Manuel sabía que doña Mariana no podía estar muchas horas sin hombre...
-Mejora la trama...
-Sobornó entonces a las autoridades, para que le permitieran visitas conyugales, que desde luego no eran toleradas en esos tiempos. Pero sólo le concedieron una vez por semana, y doña Mariana era mujer de programa triple todos los días...
-Tres sin sacar –intervino misteriosa y embozadamente Gil Gamés.
-Además se notaba tan sosegada en sus parcas y rápidas visitas semanales que a don Juan Manuel empezaron a rondarlo unos celos feroces. Alguien andaba tranquilizando a su esposa. Sospechaba sobre todo de las mismas autoridades que lo tenían en la cárcel, especialmente del Alcalde del Crimen...
-Ya, al grano –exigió Godínez, esgrimiendo su cuba como un revólver.
No era tan fácil, explicó el reportero de policiales: las versiones variaban. Había quien afirmaba que don Juan Manuel sobornó al carcelero para que lo dejara salir, como murciélago en la oscuridad nocturna, a espiar el balcón de su propia casa. Pero no sonaba lógico: lo mismo habría podido pagarle al cancerbero para que le permitiera cumplir por triplicado con su esposa todas las noches...
Según otros autores le había vendido su alma al diablo, a cambio de escaparse a medianoche y espiar su balcón desde el zaguán de enfrente. Aunque la objeción sería la misma: igual pudo habérsela vendido para disfrutar cómoda y triplemente a doña Mariana, y hasta cenar a gusto en casa, evitándose los fríos callejeros...
Total, resumía el reportero de policiales: don Juan Manuel pintaba con carbón una especie de puerta en el muro de su celda, la abría con una llave que también dibujaba, y ya estaba afuera.
-No mames: eso es La mulata de Córdoba. ¡La acabo de ver en la tele! –gritó El Chiquilín Martínez, con una vocecita aflautada desde la exornada y módica cumbre de su roperote huesudo.
-La mulata pintaba un barco...
-O Bugs Bunny –intervino, muy camp, Andueza, olvidándose por un momento de su exclusividad semanal con los autores sudafricanos.
-Al grano, maestro –apremió Godínez expeliendo la cavernosa voz de Marlon Brando en El Padrino.
Había pasado lo de siempre, señaló el reportero de policiales con desprecio profesional ante la nota roja de cada día: don Juan Manuel llegó a su calle, miró su balcón y descubrió las sombras de doña Mariana y un galán, agasajándose.
-¡Y se equivocó de ventana, y nos estás hablando de un rocanrol de Johnny Laboriel!: “¡Oh qué confusión, el número equivoquéeee. Siluetas, siluetas, siluetas soooon!” –cantó el aborrecido crítico Andueza, ya sin idea (en caso de haberla tenido alguna vez) de dónde quedaba Sudáfrica.
-No se equivocó de ventana. Esperó a que saliera el galán y lo apuñaló.
El galán venía embozado en su capa, como si la densa oscuridad de la noche no lo cubriera bastante. Hay que recordar que no existía entonces ningún tipo de alumbrado público en la ciudad: ni fogatas, ni lámparas, ni faroles.
Entonces don Juan Manuel le preguntó a bocajarro: “Perdone su merced, ¿qué horas son?”. El embozado contestó sin descubrirse: “Las once”. (Seguramente acababa de echarle un vistazo al reloj en casa de doña Mariana.) “¡Dichoso su merced, dijo don Juan Manuel, pues sabe la hora en que muere!”
-¿Y dónde está el thriller? –increpó Godínez, retomando su mejor perfil de Michael Douglas.
En que don Juan Manuel regresó a la noche siguiente, prosiguió cansinamente el reportero de policiales; y vio y preguntó y escuchó y exclamó lo mismo, y volvió a matar al galán. Así todas las noches durante muchos meses.
Todas las madrugadas la ronda levantaba un asesinadito en la Calle Nueva. Don Juan Manuel nunca supo si siempre mataba al mismo o a galanes diferentes. Si realmente salía todas las noches o nomás lo soñaba.
Finalmente la justicia, el soborno o el diablo lo pusieron en libertad. Entonces apuñaló expedita, antidramáticamente a doña Mariana.
-¿Y por qué no la mató desde antes? –preguntó Godínez, práctico como Harrison Ford.
-A lo mejor creía que iba a tener que estarla asesinando todos los días... –rió a chillidos El Chiquilín Martínez.
El caso era, según el reportero de policiales, que ya en libertad, don Juan Manuel comprobó que no se había tratado de alucinación alguna, ni de una trampa del diablo.
Averiguó los nombres de docenas de galanes que habían sido misteriosamente asesinados, noche tras noche, frente a su puerta, a pesar de la estricta vigilancia de guardias y alguaciles.
Entre ellos figuraban nada menos que el propio Alcalde del Crimen, un tal Vélez de Pereyra; un escribano, dos oidores, varios frailes y canónigos, y hasta el pariente más querido de don Juan Manuel, su sobrino y heredero, pues no tenía hijos.
Arrojó el cadáver de su esposa por la ventana, dispuesto a todo, y se sentó a esperar al alguacil... quien nunca llegó.
La ronda se había acostumbrado al cadáver diario, aunque ahora se tratara de una mujer. Ya desde entonces las costumbres andaban a ratos al revés. Y don Juan Manuel tenía la coartada de haber estado preso todos los meses en que habían ocurrido los otros asesinatos.
-¿Y entonces? –preguntó El Chiquilín Martínez, desde la cabeza de alfiler que exornaba sus dos metros de estatura.
-Ahí tienen su thriller: resuélvanlo.
-Pues don Juan Manuel se quedó sentadito, close up y créditos finales –especuló Andueza, decidido a dejarse de tonterías y retirarse a redactar otra enjundiosa reseña de media cuartilla sobre todos los autores sudafricanos a la vez.
-Claro que no. Es drama de época. Corrió a confesarse con el cura. ¡Había matado a docenas de hombres!, aunque no estuviera seguro si soñaba o de veras lo hacía; si salía de la cárcel con su puerta y su llave de carbón o se alucinaba de celos dentro de ella...
-Eso ya es Arturo de Córdova... –apuntó, erudito, Godínez, como si dijera: “No tiene la menor importaaancia”.
El cura, según el reportero de policiales, no supo resolver el thriller. ¿El multiasesino había sido don Juan Manuel o un fantasma urdido por el diablo? ¿A quién condenar? Tuvo que invocar a los detectives celestiales, que como es sabido se toman su tiempo.
Mientras tanto mandó a don Juan Manuel que rezara tres noches seguidas el rosario a la medianoche, al pie de la horca.
La primera ocasión escuchó, con el rosario en la mano, una voz de ultratumba: “¡Rezad un padrenuestro por el alma de don Juan Manuel!”; la segunda: “¡Rezad un avemaría por el alma de don Juan Manuel!”...
-¡No mames: eso es la Llorona! –protestó, maullando, El Chiquilín Martínez, ofendido en sus más entrañables tradiciones.
-Y al tercer día amaneció colgado en la horca.
Volvieron a variar las versiones, en opinión del reportero de policiales. La leyenda popular rumoraba que los propios ángeles, escandalizados, bajaron del cielo y lo colgaron.
O las docenas de difuntos galanes rencorosos, capaces también de vender su alma al diablo, incluso en el cielo, con tal de bajar un rato y vengarse.
O la insaciable doña Mariana.
-El caso es que alguna vez hubo thrillers en México y amén –cerró el fantasmal reportero de policiales, y se puso a mascar un hielo.
-Qué bueno que en policiales se limitan a transcribir puros chismes. Como reportero no tienes nada qué hacer –le espetó sumariamente Godínez, y se retiró del Bar Nuevo León con un reposado andar stanislavskiano, digno de Al Pacino.
Pero gracias a la leyenda de don Juan Manuel, o al miedo de que “el reportero del diablo” -como se le empezó a llamar con sarcasmo por la Calle Michoacán de la Colonia Condesa- volviera a contarles algo semejante, sus amigos (amigos es un decir: ¿cómo hacer amistad con quien nunca va al cine? ¿entonces de qué rayos se platica?) dejaron de hablar tanto de películas en su presencia.
Se le puede ver dos o tres tardes por semana, entibiando sus whiskies, con la mirada perdida, ensoñando con esa poesía “antilogocentrista, molecularizada y atonal” que ni vendiéndole el alma al diablo le asoma por la mente.
El odiado crítico Andueza (esta semana especializado en los aforistas de Tahití) murmura que “el reportero del diablo” no anhela tanto una poesía que exprese el “accidente grafístico puro, o el grafismo esencial, subrepticiamente rizomático, como una muesca en acrílico o una arruga de trapo de los abstraccionistas catalanes”, sino esos “vulgares premios y becas gubernamentales” que, sin tanto andarse por las ramas, el eficaz y aborrecido crítico Andueza recibe varias veces al año por sus reseñas semanales de media cuartilla.
Lo que yo puedo contarles es que cuando ingresé como redactor emergente al suplemento cultural no tenía la menor idea de todo este asunto. Y una noche se me ocurrió hablar en el Bar Nuevo León, taqueando chistorra con setas al ajillo, de cierta película de Billy Wilder.
Entonces el “reportero del diablo” se me quedó mirando con una sonrisa torva y oscura como callejón del crimen, y me preguntó:
-Oye, hueso –en esto del generoso y solidario oficio del periodismo nos llaman “huesos” a los novatos, y nos ocupan sobre todo para mandarnos por tortas y refrescos a la esquina-; oye, hueso, ¿sabes qué horas son?

jueves, 1 de octubre de 2015

DICKENS

DICKENS: LA VOCACIÓN DE PICKWICK

Por José Joaquín Blanco


Quien haya estudiado algo de literatura con un enjundioso profesor posiblemente sepa menos de libros que quien no haya estudiado nada. Dos ejemplos: el estilo literario, se dice, es fruto de la elaboración paciente y demorada, perfeccionista, casi heroica en una obsesión de pulcritud, exactitud y color (“¡Esculpe, lima, cincela!”, etcétera). Balzac, Poe, Chéjov, Maupassant hicieron todo lo contrario en sus grandes épocas, cuando producían varias novelas y docenas de cuentos al año: cientos y hasta miles de cuartillas al vapor.
         Se podría argüir, pero esto ya desde la orilla heterodoxa, que se trataba en ocasiones de una perfección acumulada, adquirida después de años de picar piedra como prosistas, del mismo que modo en su madurez Picasso, Matisse o Rivera se soltaban magníficos dibujos instantáneos, de un solo trazo.
         Pasemos al concepto de la Obra. La pedagogía literaria habla de su ardua concepción, de años de planearla o imaginarla, con innumerables apuntes, estudios y ejercicios de investigación. Pero no son raras las obras maestras que han surgido de una borrachera, de una humorada, de un chisme escuchado a un cochero o de un proyecto modesto que, por sí mismo, creció hasta las alturas del mito.
         Nuevamente, desde la orilla heterodoxa, se argüiría que “sólo la anécdota” —aunque en narrativa suena raro despreciar tanto la anécdota— fue inmediata: que el autor llevaba años madurando el “mundo interior” que “eclosionó” a través de la trama azarosa.
         Sea como fuere, ambas cosas le ocurrieron a Dickens (1812-1870) en la novela —ni siquiera es propiamente una novela— que sus mayores seguidores consideran su obra maestra: Papeles póstumos del Club Pickwick (1836-1837), concluida a sus 25 años.
         Cuatro novedades culturales o sociales se conjuntaron como astros para producir este libro: la aparición de los clubs y de los sportsmen, que causaron furor en Inglaterra a principios del siglo XIX. Estas novedades inglesas de clase media, opuestas a los salones aristocráticos y a la ambición de los dandies, ya marcarán para siempre los principios de aquel siglo.
         Los hombres se reunían en clubs para cualquier cosa, especialmente frívola, de la herbolaria amateur al coleccionismo de extraños guijarros. No fueron las instituciones filantrópicas y políticas en que, un siglo más tarde, las convirtieron los “leones” y rotarios. Simples asociaciones de bebedores en pubs que jugaban a una inofensiva francmasonería cotidiana. Grupos de amigos constituidos en sociedad de alegres compadres (décadas después, con Julio Verne, un club inglés inventaría la apuesta de dar La vuelta al mundo en ochenta días).
         Destacaba en los clubs esa novedad masculina: los deportistas de clase media. Ya no los enfrentamientos de alta esgrima ni las partidas aristocráticas de caza mayor, sino el tiroteo contra las perdices, la baraja o el críquet. Las otras dos novedades que, como astros zodiacales, propiciaron el nacimiento de Pickwick fueron la litografía y la prensa popular de entretenimiento.
         El joven Dickens luchaba contra la pobreza contraída por un entrañable padre derrochador, alegrón, amiguero, bebedor y poco práctico, con recursos diversos, entre los que destacó su papel de “reportero” parlamentario o transcriptor de discursos y discusiones de parlamentarios. Un día, casualmente, pero con seguridad después de haber escuchado las cualidades de bromista oral de Dickens (y de haber leído su relatos primerizos, llamados modestamente sketches y firmados con el seudónimo Boz), los editores Chapman y Hall le propusieron una chamba común y corriente, para hacerse de unas cuantas libras.
         Querían vender litografías cómicas sobre un imaginario club de deportistas, dibujadas por un caricaturista famoso: Seymour. Correspondía al escritor redactar textitos de guasa que acompañaran las láminas jocosas. Al joven Dickens se le ocurrió trabajar al revés: no inventar bromas a partir de dibujos ya hechos, sino escribir los episodios cómicos de un club de deportistas para inspirar al dibujante. Seymour lo aprobó: sintió que así su labor se facilitaba.
         Sobre la pluma Dickens cambió el concepto del deportista: aunque no desaparecen las perdices, las barajas, el críquet; las competencias en la comida y bebida (todos los personajes beben todo el tiempo como cosacos, pero ninguno sufre durante las mil páginas una verdadera cruda), las carreras de cocheros, ni las batallas de basura o legumbres; surge un hombre “viejo” (vetusto sólo para aquellos tiempos, pues no debía contar más de sesenta años), decidido a correr aventuras comunes, cotidianas, en pensiones y fiestas campestres, en ferias y discusiones de políticos o periodistas, para lo cual funda un club integrado por muchachos solteros, ante quienes aparece como un paternal líder y maestro en el arte de disfrutar la vida diaria. Hay algo de prodigiosa chiquillada en todo el libro. Ni el viejo ni los jóvenes aparecen mentalmente como serios adultos. (¿Es un precursor de los cómics, de Popeye? ¿Weller padre e hijo no son abuelos de Popeye padre e hijo?)
         Tenemos pues a un sesentón más allá del matrimonio, y a unos jovencillos que todavía no se casan, dedicados al deporte de divertirse por diversos parajes de Inglaterra: el Club Pickwick. Entre los chamacos sobresalen un enamoradizo, un poeta y un deportista. Con toda formalidad, anotan en el momento, o redactan años después, los informes o “memorias” de sus jocosas aventuras, como si se tratara de logias masónicas o de asociaciones eruditas.
         Los Papeles póstumos del Club Pickwick resultaron una novela extraña, casi una antinovela (pienso un poco en Jacques el fatalista, de Diderot): carecen de trama propiamente dicha, y sus mil páginas pudieron alargarse a diez mil o reducirse a cien. Simplemente ocurre que Pickwick y sus amigos van a tal o cual parte y se enfrentan con algún lío. Tratan de resolverlo en el mejor estilo cómico, con palizas y enredos a ratos extravagantes, y siempre salen más o menos ilesos (aunque magullados) y exultantes de carcajadas. Al final, Dickens apresura el cierre de su relato, no con la muerte del protagonista, como hizo Cervantes, sino con su designio de casar felizmente a sus jóvenes seguidores (ya en tiempo de sentar cabeza), y de retirarse a una bonita casa de campo a terminar con toda tranquilidad su larga y buena vida.
         Se ha comparado a Pickwick, un chaparrón calvo y gordito, de lentes, con una mirada inocente tras la que se esconde una sabiduría natural y proverbialmente generosa, un aire perpetuo de asombro ante las peripecias más comunes, y una decidida vocación a buscar la acción, la aventura pueblerina, con Don Quijote (hasta cuenta con su propio Sancho Panza, Sam Weller) y con Falstaff. Y ahí van en grupo cazando líos.
         Pero ya no tenemos caballeros andantes ni princesas encantadas, ni a un Príncipe de Gales disfrazado de pelafustán, sino la novedad de lo novelesco del mundo cotidiano: reverendos pastores que predican, borrachísmos, contra el alcohol; viudas a la tenaz caza de viudos, cómicos de la legua empeñados en seducir solteronas con buena dote; periodistas y políticos fanáticos que se combaten brutalmente por fruslerías, criados gordísimos que siempre se quedan dormidos, toda una galería de alegres bebedores; así como novios y novias muy decentes que deben eludir la severidad de sus familias para finalmente casarse, al cabo de mil laberintos, en medio de la aprobación general.
         Y finalmente la gran queja dickensiana —todavía no aparece la saga de los huerfanitos— contra la legislación británica que permitía a una burocracia más que kafkiana (aunque hilarante) encerrar en una cárcel laberíntica e indescriptible a los deudores insolventes. Ahí va a dar el pobre Pickwick, y ahí se queda varios capítulos, cuando su viuda y vieja casera confunde su caballerosa cortesía con un franco cortejo matrimonial, y lo demanda por daños ante los tribunales, a causa del incumplimiento de esa supuesta promesa de boda. Como libro típicamente inglés, no dejan de aparecer los duendes y los trasgos, con sus fantásticas y hasta tétricas humoradas, aunque el Club Pickwick no evita interpretarlas un poco como visiones de borrachera.
         Lo que se pretendía vender eran las litografías caricaturescas de Seymour, quien pronto murió y fue genialmente reemplazado por Hablot Browne (firma Phiz). Aparecían periódicamente los Papeles póstumos del Club Pickwick en cuadernillos, y se vendían de modo aislado, episodio por episodio. El primero lanzó un tiraje de 400 ejemplares, pero en unas semanas revolucionó la historia editorial con tirajes de hasta 40 mil.
         Dickens siempre ha estado en el centro de la polémica, aunque logró un cariño nacional sólo semejante al español por Cervantes. Se le elogie o se le vitupere, es toda una bandera de la identidad inglesa, de lo típicamente inglés.
         Los propios británicos se solazan en ennumerar sus defectos: cultura escasa, estilo descuidado y verboso, farragoso y barroco; infinitas reiteraciones, complacencia en la vulgaridad; sentimentalismo desaforado con respecto a niños y damas desdichadas (Huxley); su humanismo sentimental que lo conduce a reformas sociales (sobre el trabajo, la mendicidad, las cárceles, las escuelas-infierno) y hasta a una especie de “hosco socialismo” (Macaulay). “Dickens ha hecho más por mejorar el estado de la clase pobre inglesa que todos los hombres de Estado de Inglaterra” (Daniel Webster).
         Otros lo ensalzan como un catálogo perfecto de la realidad y de la utilería del alma inglesa, y elogian su “estilo vulgar”: que haya sido fiel al cockney, o jerga de los londinenses pobres; señalan, además, que nadie anteriormente había acercado tanto la literatura al dibujo de las cosas vulgares o diarias, de modo que su mundo “callejero”, “cantinero” o “corriente” —por ejemplo, los idilios del criado y la cocinera, del cochero y la mesonera; las innumerables escenas de engullidores de jamón, bisteces y empanadas de carne o eructadores de “ron de piña”— representa menos un defecto que un logro de pionero.
         Taine lo celebró por encontrar la poesía donde menos se la esperaba, en lo pedestre y lo trivial; Carlyle habló de su “sublimidad a la inversa”. Logró, como Balzac, reunir entre su público al analfabeta y al lector poco ilustrado, por un lado, y a Carlyle y a todos los intelectuales y aristócratas, por el otro. Dickens fue amigo y colaborador entrañable del mejor novelista detectivesco de su siglo, Wilkie Collins (La piedra lunar), un autor refinadísimo y “perversísimo” (drogas, crímenes horripilantes), casi baudelaireano.
         Más aun que Balzac, quien siguió rondando a la nobleza, representa la toma absoluta del poder por parte de la clase media en la novela, que había sido reino de duquesas e intrigas palaciegas, y trataría de conservarse así hasta Proust.
         Se objeta a ratos en Pickwick que sus “pobres” sean más figuras teatrales que realistas (no aparecen jamás la obscenidad, ni las deformidades, vicios crueles y abscesos de la miseria), bastante ocupados en divertirse de su propia pobreza y en solucionarla instantáneamente con un trago o un bocado baratos, conseguidos a la picaresca: que constituyan más bien títeres de Punch y Judy, o tipos extravagantes, dandies a la inversa, que verdaderos “miserables”.
         Pero George Gissing señaló que en esos años, lejanos todavía de la uniformidad física y mental de la burguesísima época victoriana, abundaban los excéntricos y los grotescos. No sólo a los dandies, también a los criados, sepultureros, cocheros y limosneros les gustaba ser incroyables, inventarse personalidades y modos de hablar espectaculares.
         Chesterton afirma, en una de sus típicas y convincentes paradojas, que la fidelidad de Dickens a su mundo se prueba con la excentricidad de sus personajes. La normalidad, la uniformidad en las costumbres resulta invento libresco, político o religioso: en la realidad concreta todo hombre es rarísimo. “Precisamente por ser sus libros ricos en extravagancias de la naturaleza humana, es Dickens un cronista de su tiempo y de su generación”. Y culmina: no sólo recreó su realidad, “creó toda una mitología inglesa” (“Vida de Dickens”, en Obras completas, Madrid, Plaza y Janés).
         A quienes lo acusan, por vasto, farragoso y desaliñado, de “ilegible”, hay quien responde (Méndez Herrera): “Porque lo que no le perdonan los que apenas han leído a Dickens es que, en sus tiempos, no hubiera nadie que lo dejara de leer”. El lector podrá encontrar las más diversas opiniones y discusiones sobre Dickens en:  Page, Norman (ed): Dickens. A Casebook, Londres, The Macmillan Press, 1979, y Wilson, Edmund: “Dickens: the two Scrooges”, en The Wound and the Bow. Seven Studies in Literature, Nueva York, Farrar Strauss Giroux.
Con un dejo irónico, Borges y Bioy Casares lo acusan de definir sus personajes a partir de sus manías. Los estrictos Thackeray y E. M. Forster lo aporrean: “Sólo sabe crear personajes planos y no redondos”, teorizó el último, tan highbrow a la Bloomsbury; “Admito su genio, pero aborrezco su arte”, matizó el primero, su rival, quien en La feria de las vanidades se empeñó en el arte contrario: la hermoseada celebración de las clases altas de Inglaterra.
         Thackeray llegó a más: “Aun cuando Dickens no lo sabe, La pequeña Dorrit es una estupidez”. Medio siglo más tarde señaló George Bernard Shaw: “Debo a La pequeña Dorrit mi vocación de revolucionario”.
         Pero ya sabemos que Chesterton, más que nadie, elogia el uso de los colores primarios, de los personajes firmes y de las ideas simples: no todo ha de ser matizada acuarela impresionista. La “complejidad” se simplifica al establecerse como dogma.
         Las feministas contemporáneas encuentran que, como en Quevedo, las mujeres en sus novelas son flagrantes crímenes de misoginia. Por ello han conspirado para expulsarlo de las escuelas norteamericanas, como a Mark Twain (éste por su trato pre-Martin Luther King de los personajes negros). Las mujeres del siglo XIX tenían mejor humor y conformaban el más nutrido contingente de los lectores del “misógino” Dickens: eran las primeras en reírse de las peripecias de sus viudas gordas y arpías filantrópicas, de sus enamoradizas delirantes y solteronas maniáticas. ¿Quién se ríe más de una mujer... que otra mujer?
         Durante sus cincuenta y ocho años, apenas treinta y tantos como escritor, Dickens se las ingenió para crear más de una docena de grandes obras, que a la vez son banderas de la identidad anglosajona: lo mismo su Cuento de Navidad que Oliver Twist, Tiempos difíciles y Grandes esperanzas, La tienda de antigüedades e Historia de dos ciudades, David Cooperfield y Nicholas Nickleby. Pero hay consenso entre los dickensianos más aguerridos en encumbrar sobre todas a la inaugural: los Papeles póstumos del Club Pickwick.
         Edmund Wilson elogia todo ese juvenil mundo sonriente que se fue ensombreciendo, sentimentalizando en los libros maduros. Me gustaría añadir que el Dickens maduro trató de dar demasiado sistema (y no sólo literario, sino social y filosófico) a sus libros orgánicos posteriores, mientras el gran Pickwick queda en completa libertad de tales códigos y misiones. En Pickwick Dickens no se toma tan en serio la literatura (ni la filantropía, ni las reformas sociales): se permite jugar con ella de un modo libérrimo. La travesura pura.
         El azorado Pickwick simplemente es un hombre bueno, a quien le gustan el vino, comer bisteces, armar algunos ajetreos finalmente inofensivos (que siempre redundan en un beneficio del prójimo), y buscar la buena vida sencilla —en la que se cree en este libro—; quien no se embrolla sino superficial, episódica y jocosamente la existencia. Pickwick no predica, y sólo llora dos o tres lagrimitas a  causa de “la ternura del vino”.
         Le fue concedido, casi involuntariamente, un reino de inocencia, de frescura paradisiaca, como rara vez ha conocido la literatura del mundo. Lo que no sólo se advierte en los episodios y personajes, sino en la peculiar, nunca superada, manera de narrar del Dickens de Pickwick. No hay modo de ajar la frescura de la prosa de este libro, aun en traducciones (como la de Méndez Herrera, en Obras selectas, Madrid, Aguilar). Su humor de chamaco bromista. Su propio pickwickianismo. Su gozo inmediato en un mundo que todavía no ve, o no quiere ver, demasiado tenebroso. Su visión del mundo como un recreo interminable de chiquillos de veinte o sesenta años.
         En su totalidad, los Papeles póstumos del Club Pickwick son una fiesta meridiana de la lectura, cosa que no se podrá decir de sus epopeyas o parábolas posteriores, de cualquier manera estupendas y que siguen leyendose tumultuariamente ahora, como hace siglo y medio. No existe en 1999 un narrador más joven ni más original que el Dickens de 1836.
         Cuenta Carlyle que un archidiácono, deprimido después de administrar los santos óleos a un moribundo, se reconfortó de la siguiente manera: “Bueno: gracias a Dios, el próximo número de Pickwick se publicará dentro de diez días, pase lo que pase”.