miércoles, 1 de agosto de 2018

STEFAN ZWEIG

Stefan Zweig: La curación mediante el espíritu
por José Joaquín Blanco


ZWEIG EN EL OLVIDO
En la época de la Segunda Guerra Mundial, ningún autor alemán, ni siquiera Thomas Mann, era más leído y estimado en treinta lenguas que Stefan Zweig (1881-1942). En todo hogar culto y hasta semiculto latinoamericano había ediciones finas o populares de sus biografías (Fouché, 1929; María Antonieta, 1932, María Estuardo, 1935, Magallanes, 1938), novelas y reportajes.
         Este judío austriaco encabezaba cierto ideal de humanismo intelectual, pacifista, paneuropeo; y en sus ensayos, con algún temblor romántico, buscaba héroes culturales (a la manera de Carlyle o de Emerson, y del santoral cristiano) entre los grandes artistas, escritores y filósofos. Varias generaciones de lectores se acercaron a Montaigne, Erasmo, Blake, Balzac, Stendhal, Dickens, Tolstoi, Dostoyevski, Nietzsche, Freud en los libros de Zweig... (Lo imitó Torres Bodet en sus monografías sobre autores europeos.) Tal vez sea esa la mayor limitación de sus ensayos y biografías: aunque estudió las contradicciones y los aspectos oscuros de sus escritores, los vio con énfasis, incluso con grandilocuencia (y con reduccionismo), como seres épicos.
         Se suele despreciar, a pesar (o a causa) de su influencia y de sus ventas, a semejante tipo de escritores como “bestsellers, comerciales, divulgadores o publicistas”. Pero Zweig trató de ennoblecer el ensayo de divulgación, o de ganarle amenidad y dramatismo al ensayo culto. Era un autor enterado, estudioso, entusiasta del arte, y a la vez un clamoroso reportero de la cultura leído por medio mundo.
         A nadie se le ocultaba que privilegiaba el reportaje sobre el análisis estético o filosófico; ni la semblanza psicológica o simbólica sobre la historia concreta de sus temas y sujetos. Venía de Taine y de Sainte-Beuve, con el sesgo profético de los grandes polemistas: Nietzsche, Rolland, Barbusse.
         Abordaba alegremente temas universales a fin de atraerlos a una situación contemporánea específica: la crisis de Europa entre las dos guerras mundiales. Sus mejores títulos resultan, así, un poco teatrales o novelísticos: su Erasmo (1934) reflexiona sobre la destrucción de Europa durante el fascismo, más que sobre un particular perfil renacentista; su Tolstoi (1928) olvida un tanto al genial joven furibundo que emprendió la novela-de-las-novelas, La guerra y la paz, y busca el mensaje ulterior del pacifista y del profeta patriarcal, y la esperanza de cierta filosofía liberadora en épocas de apocalipsis.
         Se le estimaba como autor serio, aunque algunos escritores (por ejemplo, Thomas Mann) resintieran su fuego y su éxito periodísticos, su vasto público, y le reprocharan en privado la inspirada rapidez de su prosa, sus discusiones líricas, y su fácil construcción de metáforas y semblanzas épicas a partir de hombres y obras sumamente complejos y contradictorios.
         En la segunda mitad del siglo disgustó a las academias: no era suficientemente positivista, cuantitativo ni profesoril en sus investigaciones; divagaba, poetizaba, combatía con el mundo. Y al mercado: no escribía como redactor mercader ni como profesor críptico, sino como sus propios modelos estudiados, como un escritor de ambiciones estéticas y culturales amplias.
         Sus libros no dejaron de venderse, pero ya no en círculos prestigiosos, sino en colecciones populares, como mera divulgación o pasto para la manía biografista, semejante a la manía policiaca, de muchos “lectores durante vacaciones”.
         No predico la vuelta a Stefan Zweig (ni a Emil Ludwig, ni a André Maurois, ni a Guy de Pourtalès, ni a Torres Bodet); admito, acaso con nostalgia de lecturas juveniles, que suelo recaer con gusto en algunas de sus obras. Hay en ellas una “experiencia literaria”, como diría Reyes: la voz de un hombre inmerso y entusiasta en la cultura, y una amenidad y un apasionamiento intelectuales que echo de menos en la academia y en los ensayos generales o periodísticos posteriores. Y muestran la impronta de dos docenas de grandes artistas y autores en una época precisa, el intervalo de las guerras mundiales. Ofrecen la experiencia viva de un lector apresurado, pero entusiasta.
         Un lector ya algo extraño para nuestra mentalidad. Anterior o enemigo al monopolio del pensamiento tecno-científico en la cultura literaria, Zweig creía que el empuje humanista (la lectura directa, la literatura clásica como enciclopedia total, la metáfora, el lirismo, la discusión libre de los asuntos generales que afectaban a Europa en su tiempo) bastaba para entenderlo casi todo.
         Cuando era necesario, como en el caso de Freud, emprendía (sin rubor por su falta de credenciales académicas) largos estudios de temas especializados. Se le reprocha, así, tanto la desmesura de una cultura general simplificada en claroscuros románticos o épicos, como cierta debilidad en conocimientos concretos, necesarios para sus asuntos: filología, política, medicina, economía, historia. Es mejor en la exposición amplia, generalizadora, que en los aspectos concretos de obras y procesos.

EL MUSEO DE CERA
Sigmund Freud se alarmó hacia 1929 cuando supo que iba a ser stefanzweigizado. Trató de disuadir a su amigo-biógrafo, de pedirle que no lo incluyera, por favor, en su vasta galería o “Museo de Cera de Hombres Inmortales”. Zweig no se arredró. Aunque su buceo humanista en las profundidades del sicoanálisis resultó mucho mejor de lo que esperaba el barbudo doctor de Viena (quien de cualquier manera le reprochó que subestimara su método de asociación de ideas), las alarmas de Freud se vieron ampliamente justificadas.
         En La curación mediante el espíritu (Die Heilung durch den Geist, 1932) nuestro irrefrenable polígrafo se lanzó a una de sus intuiciones o ideas generales humanistas capaces de sacudir al hombre más ecléctico. Pensó que durante milenios la medicina había sido religiosa, sagrada, como se veía en las tribus de todo el mundo, y hasta en las civilizaciones avanzadas de la mayor parte de la historia, anteriores al positivismo. Una medicina chamánica. Reconoció luego los avances científicos del siglo XIX: concretos, de ciencia experimental. Pero mucho de la salud humana escapaba a la medicina positivista: las pulsiones, las histerias, los misterios del ánimo y la conducta, y sobre todo los casos incurables o inexplicables.
         Aquí entra Freud al museo de cera de los nuevos brujos que sanan mediante recursos “espirituales”. El Nuevo Brujo en la era industrial. ¡Pero acompañado de dos supercharlatanes (que Zweig sostendrá, con más metáforas que razonamientos, que no lo eran tanto) como casi risible cortejo: los fundadores del magnetismo-sugestión-hipnotismo, François-Antoine Mesmer, y de la fundamentalista Christian Science norteamericana, Mary Baker Eddy, esa especie de Niño Fidencio de Boston (sin la parafernalia de imágenes y milagros católicos, pero con toda la pedantería de un audaz vendedor de Biblias, y con un éxito económico formidable)!
         La curación mediante el espíritu fue un éxito mundial y divulgó el pensamiento de Freud entre una muchedumbre que compró el libro más por el prestigio del hipnotismo y de la Christian Science que por el vago, caricaturizado o desconocido sicoanálisis. Escandalizó a quienes tomaban en serio el freudismo, que se veía así comparado con excentricidades y fundamentalismos ideológicos anticientíficos, ¡pero no al propio Freud!, el cual se apresuró a felicitar al autor... por sus semblanzas de Mesmer y de Mary Baker Eddy. Al menos en esta ocasión tuvo sentido del humor el barbudo doctor de Viena.
         “Nos hemos limitado, dice Zweig, a escoger tres personalidades que, cada cual por un camino diferente e incluso opuesto, han practicado sobre cientos de miles de personas el principio de la curación mediante el espíritu: Mesmer por la sugestión y el fortalecimiento de la voluntad de sanar; Mary Baker Eddy por el éxtasis de la fe, Freud por el conocimiento del yo y la eliminación de conflictos síquicos inconscientes”.
         Siempre devoto de sus grandes ídolos liberadores, por una vez Stefen Zweig, no sin travesura, invierte el papel, y parece sacarse de la manga Grandes Personajes del Espíritu de donde el lector culto no esperaría sino supersticiones (neosupersticiones) y prodigios de prestidigitación circense, y erigirlos en precursores y compañeros de su pesador más admirado.

MESMERIZAR
El Siglo de las Luces fue, contra lo que se supone, una edad de oro de las sombras: florecieron la masonería y gran variedad de esoterias (ya no brujos demoniacos, sino laicos inspirados por doctrinas espiritualistas paganas, frecuentemente desenterradas de la más remota y dudosa Antigüedad —Hermes Trimegisto—, y readaptadas a estructuras racionalistas). Lo vemos en La flauta mágica, de Mozart.
         Mesmer intuyó una de esas esoterias: el magnetismo. Un fluido indefinible e impalpable, una fuerza, comunicaba al cuerpo humano con las personas, los animales, los objetos, los astros. Había que manipular tal fluido para provocar cambios en las personas enfermas; y logró grandes éxitos curativos con pacientes nerviosos, a quienes sugestionaba de modo que, mediante crisis o letargos, liberaban o redistribuían su “fluido magnético”.
         Para ello usaba, en un principio, imanes y objetos imantados: agua magnetizada, violines imantados que tocaban música magnética, plantas y árboles imantados, personas cogidas de las manos como cadena de imanes vivos; baterías con imantados objetos de madera, metal, agua, vidrio...
         Luego advirtió que la cura no estaba en el simple imán, como había supuesto Paracelso, sino en lo presuntamente imantado: aun sin imanes, el paciente obedecía a la atracción anímica que le sugería el sanador, él mismo. Un taumaturgo, un sugestionador.
         Había fuerza cósmica en el cosmos abreviado del hombre; y ciertas personas dotadas de poderes tremendos, capaces incluso de sanar físicamente a sus semejantes.  En plenos años de Voltaire un médico alemán manipulaba, como un brujo, los nervios y las almas.
         Los médicos ilustrados de Europa (como invitado, Benjamín Franklin) no se dejaron asombrar por los numerosos testimonios de las curaciones inexplicables de Mesmer: siempre se había visto algo así con curas, curanderos o brujos, pero lo acusaron de charlatanería. Años “ilustrados” de aventureros inverosímiles (pretendidamente espirituales o mágicos) como Cagliostro o el conde Saint-Germain.
         Durante un siglo el mesmerismo se vio denunciado como una forma moderna, pedante, de las viejas brujerías o supersticiones. A finales del siglo XIX, durante un nuevo auge del ocultismo —con abundancia de mesas que caminaban al conjuro de los esotéricos y de muertos que hablaban a través de un médium o de la ouija, o que imprimían sus auras en daguerrotipos— se le reivindicó parcialmente: efectivamente existían fenómenos sicológicos parecidos a los que predicaba Mesmer, aunque no necesariamente los mismos, a los que se acogió científicamente con nombres suntuosos, académicos, como sugestión e hipnosis.
         Zweig ve en esta reivindicación de Mesmer una venganza del buen brujo contra los maquinizados, racionalistas, burócratas de la medicina. Una especie de medicina poética: conjuros, corrientes inefables, almas atareadas en su dominio físico de los cuerpos, un sanador-taumaturgo. Este desprecio de la medicina institucional sonó pronto un poco ridículo, durante los maravillosos años cincuenta de la penicilina y los anticonceptivos; pero ahora que fallan los antibióticos y regresan todas las bacterias extintas, y que virus y retrovirus se inventan y transforman a cada rato... Toda nuestra moderna, democrática, católica y cibernética clase media corre en masa a treparse a las pirámides de Teotihuacán a la llegada de la primavera. Las supersticiones que la ciencia “aniquiló” gozan de cabal salud.
         No se requiere asumirse como freudiano para escandalizarse del paralelo entre Freud, un genio científico, auténtico, por más que el tiempo revise y corrija sus teorías, y Mesmer, si no un total charlatán al menos un extravagante de marca, aunque algunos de sus rasgos se vean reflejados en la sicoterapia actual. Pero Freud no se molestó porque Zweig traza el retrato de Mesmer como el de un poeta-médico maldito que intuyó antes de tiempo grandes secretos clínicos y padeció persecución por ello. Lo que llamamos (y se llamó desde tiempos griegos) sugestión, catarsis, letargo, anagnórisis o reconocimiento, hipnosis, y la influencia nerviosa de un sanador poderoso sobre un paciente sugestionable; pero que a Mesmer antes que a nadie se le ocurrió sistematizar en un tratamiento clínico.
         Zweig disculpa incluso la fantochería y la parafernalia mágicas que usaba Mesmer: un brujo majestuoso con rituales elaborados, consciente de que nada había en la majestad ni en el rito en sí mismos, pero cuya teatralidad (gesticulación, vestuario, utilería desaforados) resultaba útil para impresionar a un paciente que no habría aceptado a un sanador llano en mangas de camisa.
         Acaso también disfrutó Freud de cierta venganza personal contra la academia cuando Zweig narra cómo, expulsado de los ámbitos científicos, el mesmerismo desarrolló en circos y entre charlatanes técnicas que finalmente serían reconocidas como científicas: la hipnosis, la “exudación” del nerviosismo mediante una crisis provocada y manipulada; el efecto “placebo” de un tratamiento inofensivo, o casi, en sí mismo, pero a veces  comprobablemente curativo cuando el paciente cree en el médico y su doctrina. En un principio, también Freud había sido proclamado charlatán, brujo y esotérico por las más altas autoridades científicas de Europa.
         Curiosamente, la historia del sicoanalisis abunda, incluso el día de hoy, en dependencias mágicas o diabólicas entre médico y paciente que recuerdan las de la tribu de Mesmer, que entusiasmaron o aterraron al mundo entero a partir de 1775. Sigue habiendo personas aparentemente razonables o cultas totalmente “mesmerizadas” por siquiatras con ocho posgrados en altas universidades, como lo hemos visto en todas las películas de Woody Allen.
         En cambio, el paralelo de Freud con Mary Baker Eddy asombra menos  a un lector latinoamericano: la milagrería protestante palidece como puesta en escena frente a la católica. Nuestro Niño Fidencio practicó trucos más vistosos. Pero Mary Baker Eddy retomó el episodio evangélico del “¡Cree, y sanarás!” con ciertas truculencias modernistas, contemporáneas de la electricidad y de la Coca-Cola. El Cristo de los Evangelios no desdeñó historizarse, y comportarse como un artesano de Galilea del siglo I; el de Mary Baker Eddy haría otro tanto, y se comportaría como un publicita y hombre de negocios de Boston durante el boom de los ferrocarriles, desenmascararía a los médicos y fariseos universitarios y se inventaría unos folletos sobre cómo sanar sin hacer nada, con sólo creer que Dios y su creación son sanos, y toda enfermedad un error mental de los hombres torpes y de poca fe.


domingo, 1 de julio de 2018

NAPOLEÓN Y LA HISTORIOGRAFÍA

NAPOLEÓN Y LA HISTORIOGRAFÍA

Por José Joaquín Blanco

Aunque no fue sino hasta tiempos modernos que la libertad intelectual se convirtió en ideal e incluso en obligación de la creación cultural (Alzate, por ejemplo, se sintió obligado a enfrentarse, en cuanto escritor, al virrey), siempre anduvo rebullendo en todos los autores, desde tiempos clásicos.
         Los autores casi siempre eran “siervos” o cortesanos de los poderosos, escribían para complacerlos, para ganarse la vida o algunos favores, o la llana supervivencia, pero a la vez siempre, en cuando el poderoso se descuidaba, iban a más, y buscaban la verdad, la fama, la belleza, la utopía y establecer su propia visión de los hechos.  Había que mantenerlos, sí (a pocos poderosos les gusta hacer el arduo trabajo intelectual por sí mismos: el estudio, la reflexión, la composición de las obras), pero mantenerlos bajo estrecha vigilancia.
         Una extraña paradoja ocurre cuando el autor libertario se fascina y hasta identifica con el mandón e incluso con el tirano.  Se diría que el poderoso es el verdadero autor, el que escribe directamente en la realidad, con hechos sólidos, lo que el escritor apenas finge con sus palabras. Muchos autores, y entre ellos no pocos excelentes, consideraron a Napoleón como el gran autor de realidades concretas, del libro de la vida de todos, de toda la nación, del mundo entero: el gran historiador en vivo y en sólido, el mayor poeta en el mundo objetivo.
         Voltaire se había fascinado con Luis XIV; infinidad de autores del siglo XIX escribieron sobre Napoleón no sólo para revivir y apoyar su memoria y su leyenda, sino para sentirse un poco él, una parte suya, ecos verbales de su realidad práctica.
         Napoleón cortejaba a los autores y a los poetas: Chateaubriand, Goethe, Fontanes. (Sainte-Beuve: Portraits littéraires —capítulo “M. de Fontanes”—, Ed. Gérald Antoine, Éditions Robert Laffont, París, 1993.) Desde luego, como todos los tiranos, cortejarlos era una forma rigurosa de someterlos. Pero más sutil e inteligente que otros poderosos, Napoleón los envolvía, los confundía, los dispersaba, le impedía a cada cual entender qué función y qué peso tenía en el conjunto de la revolución cultural y artística que se proponía establecer en su milenio. Eran tuercas que desconocían la máquina global en que servían.
         Los autores favorecidos por Napoleón vivían en continuo asombro. A veces recibían elogios y favores desmedidos, inexplicables, y en ocasiones se enteraban de que precisamente las ideas, las tendencias y las personas más antagónicas obtenían iguales estímulos, o asimismo, lo que también era frecuente, semejantes desprecios, indiferencias o velados castigos.  Según Sainte-Beuve, la política literaria de Napoleón, aparentemente atrabiliaria y contradictoria, consistía en mantener a todos los literatos, entre sí, en continuo jaque. Unos a otros se impedían, se limitaban, se estorbaban. Involuntariamente, cada autor era una manera de tener en jaque a los otros. Cada cual el contrapeso, el antídoto, el policía del otro.
         Las oficinas de Napoleón no se ocupaban solamente de batallas ni de leyes. Dedicaban mucho tiempo a las letras, especialmente a la escritura de la historia. Para él, la historiografía no era algo que escribían los historiadores, sino algo que al emperador le tocaba mandar e inspirar. Y se inspiraba y mandaba todo el tiempo, hasta en los detalles.
         Por ejemplo: en Burdeos, el 12 de abril de 1808, ordenó a su ministro del interior que el bibliotecario Halma continuara una antigua historia oficial francesa, el Abregé chronologique de Hénault, que se había quedado en el capítulo de Luis XIV.  El ministro, muy moderno, puso reparos: no era asunto político, dijo, sino cultural, y había que dejarlo en las manos de los hombres de letras. Napoleón “prendió fuego”, dice Sainte-Beuve, y le contestó a su ministro en una “nota secreta”:  Había que continuar esa historia clásica, dijo, y ya, y en manos del señor Halma, porque era “de la mayor importancia asegurarnos del tipo de espíritu” en que se escribieran los hechos históricos.
         “La juventud, dice Napoleón, no puede juzgar suficientemente los hechos sino según la manera en que se le presenten. Engañarla al redibujar los recuerdos es preparar los errores del porvenir”. Enseguida encargó a sus ministros, incluyendo al ministro de la policía, continuar todas las obras historiográficas importantes que se habían quedado en la época dorada del Rey Sol: “Es necesario que este trabajo no se confíe solamente a los autores de talento verdadero, sino también a los funcionarios públicos (des hommes attachés), que presentarán los hechos bajo su punto de vista verdadero, y que prepararán una instrucción sana”.  Ninguna tarea la pareció a Napoleón más importante que ésa.
         A continuación dictó sucintamente cómo debían narrarse cada hecho y cada reinado, y para obtener qué tipo de emoción en los lectores y estudiantes (por ejemplo: “Se deben pintar las matanzas de septiembre y los horrores de la Revolución con el mismo pincel que a la Inquisición”). Se trataba sobre todo de reconciliarse (pero no mucho) con el pasado general de Francia, sin privilegiar facciones, en busca de la unidad nacional, pero mostrando que todo el pasado había sido pesaroso “de modo que se respire al llegar a la época en la que se goza de los beneficios debidos a la unidad de las leyes, de la administración y del territorio”: la tierra prometida del propio Napoleón.

         “No hay trabajo más importante”, insiste.  Hay que propiciarlo para orientarlo, para inspirarlo, para hacerlo posible, y para impedir que gente ajena se inmiscuya en este asunto, toda vez que en cuanto la obra esté terminada y publicada por quien el propio poderoso ha nombrado, instruido y vigilado (“bien hecha y escrita y en una buena dirección”), ningún otro autor “tendrá la voluntad ni la paciencia” de hacer otra por su cuenta, dice un emperador conocedor de la gran debilidad humana de los escritores; nadie querría ni podría escribir otra historia, “sobre todo, porque lejos de ser estimulado por la policía, sería desestimulado por ella”.

viernes, 1 de junio de 2018

MARTÍN LUIS GUZMÁN

1) ¿POR QUÉ NADIE LEE LAS MEMORIAS DE PANCHO VILLA?

Desde su aparición ruidosa y polémica, se supo que dos novelas de Martín Luis Guzmán (1887-1976), El águila y la serpiente (1926 en El Universal, 1928 en libro) —más bien, una colección de vigorosas estampas épicas y trágicas de la Revolución— y La sombra del caudillo (1929) —el relato de las vendetas del poder posrevolucionario en la época de Obregón y Calles—, se erigían no sólo como obras superiores de la narrativa en castellano, sino como títulos de interés mundial: fueron apreciadas en sus traducciones inglesa, francesa (por Gide, por Malraux), alemana, italiana (por Sciascia).
         Quedó para los enterados y los exigentes la ponderación de Muertes históricas (escritas en 1938, publicadas en forma de libro en 1958) —los relatos de cómo murieron Carranza y Porfirio Díaz—, en las que hay quien ve el mejor momento de la prosa directa, clara, precisa y aguda —dramática y severa, noble y majestuosa—, capaz de impresionantes efectos con una extremada economía de recursos, de Martín Luis Guzmán. Tal paralelo fúnebre entre dos héroes culmina la semejanza, que sus contemporáneos formados en “la afición de Grecia” señalaron, entre el novelista mexicano y el historiador clásico Plutarco, el de Vidas paralelas.
         En cambio, el desconcierto predominó desde el principio, cuando en 1936 empezaron a publicarse las Memorias de Pancho Villa, los domingos, en El Universal (la mayor parte del texto actual apareció en los cuatro volúmenes de Editorial Botas, entre 1938 y 1940; y sólo una última sección se añadió en 1951 a la edición definitiva). Hubo quien consideró esta obra como un monumento literario sin equivalente en el mundo y exigía para Guzmán, sobre todo por ese libro, el Premio Nóbel (recuerdo al cuentista caribeño José Luis González); y quienes la consideraron un mamotreto indigerible o un monumento propagandístico obsesivo, muralístico. Nadie le creía a Ermilo Abreu Gómez (para entonces completamente desprestigiado, después de tanta pifia) que él sí lo hubiera leído “completo”.
         El resto de sus libros ha tenido escasa repercusión (La querella de México, Mina el mozo, Filadelfia, paraíso de conspiradores; Islas Marías, Academia, Crónicas de mi destierro, Necesidad de cumplir las leyes de Reforma, etcétera). Se diría que la obra de Martín Luis Guzmán, la cual incluye el periodismo, el ensayo político, la biografía, la crónica cultural (incluso, pioneramente, de cine), se concentra en aquellos dos títulos afortunados, emitidos uno tras otro, cuando el autor andaba sobre los cuarenta años; y que el resto pende como un voluminoso apéndice de ellos, salvo las antológicas Muertes históricas y las misteriosas Memorias de Pancho Villa, de finales de los años treinta.
         Incluso se permitió la boutade de titular todo un libro Otras páginas, como si aceptara que las verdaderas eran aquéllas, en las que su misión de autor se cumplía oportunamente, de una buena vez; de hecho, escribió obras poco ambiciosas después de 1940, durante las últimas cuatro décadas de su vida, en las que se dedicó al periodismo (su revista Tiempo, aunque oficialista, fue modelo de profesionalismo informativo de 1942 a 1977), a las empresas culturales privadas (su cadena de Librerías de Cristal, su editorial Empresas Editoriales, S. A,) y a la política (director de los Libros de Texto Gratuito, senador).
         Su trayectoria anterior es conocida: Miembro del Ateneo de la Juventud, político maderista, revolucionario villista, periodista en Estados Unidos y España durante sus exilios en las épocas de Carranza y Calles; participó, asumiendo brevemente la nacionalidad española, en el gobierno español republicano.

II
Desde los años cuarenta las Memorias de Pancho Villa fue un libro fácilmente localizable en hogares ilustrados: era un buen regalo, y un detalle patriótico, como los cinco tomos de México a través de los siglos. Pero sus ejemplares se mantenían intonsos, sólidamente vírgenes, inertes, inmunes a la lectura y aun a la curiosidad, con garantía a prueba de lectores. Nadie pasaba de las primeras páginas, ni para ganar una apuesta.
         Eran motivo más bien de guasas, por su obesa y alarmante apariencia. ¡Mil cerradas páginas sobre las “memorias” de Villa! ¿Nomás para competir con los 8 mil kilómetros en campaña de Obregón? Vasconcelos, Azuela y Reyes intercambiaban codazos, guiños y chistes. Torri sonreía, aéreo. Novo ironizaba sobre alguna antología titulable como 3 toneladas de poesía noruega.
         Los lectores y la crítica eludían comentarla; se hablaba de esta “novela”, lateralmente, con veneración —los prestigios del autor y del tema— e ironía —la extralimitación literaria y política: el memorioso Villa duplicaba los recuerdos de Ulises y de todos sus compañeros, tanto los de la Ilíada como los de la Odisea, y se postulaba a competir, en grosor, con la Biblia, el Quijote y el entonces escueto directorio telefónico—; para pasar de inmediato a El águila y la serpiente y La sombra del caudillo, que sí eran obras perfectamente conocidas, incluso al detalle, por los mexicanos ilustrados.
         El desconcierto sembrado en el público, la crítica y la academia a propósito de las Memorias de Pancho Villa es culpa en primera instancia del propio autor, por sembrarlas de expectativas desmesuradas.
         Nunca son las verdaderas memorias de Pancho Villa, sino las imaginarias de Martín Luis Guzmán a propósito de Villa. ¿Por qué no decirlo desde el título: el Villa que yo conocí, que imagino, que admiro? Desde el título hay una exageración, una usurpación desaforada. El lector se desilusiona pronto de no estar oyendo a Villa, sino a un escritor travestido en Villa. El lector acudía a su cita con el héroe brusco, y era recibido solamente por su atildado plenipotenciario, quien acaso lo defiende con exceso. Es un libro rotundamente apologético y unilateral. Acaso el propio Villa habría aceptado más pecados, errores y defectos, de los escasos y veniales que Guzmán le permite, y siempre en contextos exculpatorios.
         ¿Si no son las verdaderas memorias de Villa, qué son: una novela, una biografía, un reportaje? Todo al mismo tiempo, pero de cada género apenas aparecen unos cuantos recursos tentativos. Carece de la libertad imaginativa y de la maquinaria dramática de una novela: hay simplemente un monólogo de mil páginas, escritas siempre en el mismo tono. Tampoco ofrece el análisis, la documentación contrastada, la crítica del ensayista o reportero.
         En este monólogo se aprovechan recuerdos reales de Villa tal como se supone que los relató a otro periodista, Manuel Bauche Alcalde, y otros documentos, pero desde luego el noventa por ciento del texto proviene de otras fuentes, principalmente el conocimiento de primera mano que tuvo el autor con respecto a su personaje y sus hechos.
         Es un reportaje de reconstrucción biográfica que nadie supo, y probablemente Martín Luis Guzmán menos que nadie, por qué llegó a tan excesiva extensión. Pudo haber sido doblemente larga, o tres veces más corta, al gusto del reportero. Episodios similares (batallas, enfrentamientos, miserias, discusiones) proliferan al infinito en el mismo tono. Impacienta un libro tan reiterativo y monótono. Sofoca su univocidad, la monopólica voz del protagonista. Habría sido incomparablemente más eficaz reducido a unas 300 páginas, que sólo mostraran momentos representativos de su héroe, en lugar de seguirlo minuciosamente en la monotonía de su gran rosario de batallas. Y contar con otras perspectivas (voz del autor, puntos de vista de otros personajes reales o imaginarios) que formaran el claroscuro y el contrapunto, que dramatizaran y calificaran la trayectoria del héroe desde perspectivas variadas. Se necesitaba debate dramático. Drama.
         Tanto más cuanto que el Villa de Guzmán, como hombrón guerrero y silvestre, no se permite confidencia alguna. No abre su intimidad. Es un personaje de exteriores. Confiesa solamente hechos públicos bien conocidos en estas memorias. Incluso cuando susurra, está hablando para el ágora. Pero Guzmán no quería el drama revolucionario (que ya había narrado en sus dos libros célebres), ni sus matices o escondrijos íntimos, sino un sólido monumento totalizante, aleccionador, definitivo. Un perfil labrado directamente en la roca.
         Por lo demás, Guzmán endosa a Villa sus propias obsesiones.  Por ejemplo: la claridad y la tendencia liberal positivista (fe en el progreso). Quizás el intelectual odiaba más el lenguaje “nebuloso” que el guerrero; quizás el intelectual creía más en el futuro, que ese hombre bien metido en sus propios días que fue Villa.
         No tienen por qué definir al Centauro, aunque sí a estas memorias, los preceptos intelectuales y literarios que Guzmán se impuso: a) creo, dijo, “en el amor de las ideas claras y en el horror de las nebulosidades con que a menudo se pretende suplantar el verdadero conocimiento. Álgebra y geometría...”; b) “En mi modo de escribir lo que  más influjo ha ejercido es el paisaje del Valle de México. El espectáculo de los volcanes y del Ajusco, envueltos en la luz diáfana. Deseo ver mi material literario como se ven las anfractuosidades del Ajusco en un día luminoso...”

III
Ya que es un relato no completamente ficticio, pero sí fabricado, reporteado, de Pancho Villa, tal como se supone que a él le interesaría contarlo, Guzmán prescinde de infinidad de recursos que podrían enriquecerlo y dramatizarlo. No va Pancho Villa a elogiarse, a espantarse ni a considerase a sí mismo como personaje novelesco. Todo lo contrario. Se trata de un héroe y de un libro antidramáticos de principio a fin. Es altivo y contenido, como un prócer grecorromano. No busca que admiremos, por ejemplo, su toma de Ciudad Juárez (primera vez), a la que describe perentoriamente en unas cuantas líneas, sino aleccionarnos sobre la perfidia del antihéroe Pascual Orozco. La segunda vez que toma Ciudad Juárez, con el ingenioso recurso de los vagones carboneros, dedica menos espacio a la batalla que a exculparse ante la posteridad por ciertas ejecuciones y saqueos, por lo demás inevitables en toda revolución, dice. Se trata casi de un alegato de explicaciones y rectificaciones a sus injuriadores y a sus críticos. Su colosal apología, más que sus memorias.
         La hybris, la desmesura de Guzmán en este libro, es que quiso convocar plenariamente el alma de Pancho Villa por razones ideológicas, sentimentales y ¡estéticas! Y no cesó de convocarlas durante mil páginas, lo que ya es una confesión de parte con respecto a la escasa fortuna evocadora del médium.
         Para tal convocatoria al más allá contaba Guzmán con unos cuantos documentos insuficientes u objetables; con su profundo conocimiento personal de la persona y los hechos; con su ira frente al desprestigio que sobre Villa había tendido “la contrarrevolución” (para Guzmán, en los treintas, esto significa la alianza de los porfiristas con los sonorenses, unos y otros evocadores de Villa sólo como una bestia atrabiliaria, salvaje, saqueadora y sanguinaria); con su muy particular posición frente a la Revolución Mexicana, que le endosa, completa, a Villa (una viril y pura insurgencia del pueblo inocente y explotado contra la banda de ricos corruptos, cobardes y estúpidos del porfirismo; insurgencia noble y patriótica, así estuviera manchada por involuntarias escenas de crueldad, propias de seres elementales, no educados). Contaba con su personal amor por Villa, en quien vio a no sé qué concentrado de la pureza humana incluso en sus contradicciones y grandes tropiezos, y en quien embutió solapadamente su propia visión del mundo... ¡y con su amor por la literatura española del Siglo de Oro!

IV
Y aquí entramos al gran experimento literario de la composición de las Memorias de Pancho Villa, que ofrecían tan pomposamente expectativas de un Joyce mexicano, de la creación en laboratorio de un nuevo lenguaje: popular, puro, revolucionario. Villa como paradigma linguístico del mexicano.
         Indignado ante la falsificación del lenguaje de Villa que habían pergeñado sus primeros reporteros, al traducir sus expresiones campiranas a un modo de hablar catrín, escolar, porfiriano, Martín Luis Guzmán se creyó capaz de reconstruir —y durante mil páginas, de un monólogo unívoco— el habla de Villa, su alma misma hecha palabra, con sólo dos recursos: a) la familiaridad del autor con el habla del héroe y de muchos soldados norteños, y b) la peregrina tesis —apoyada, sin embargo, en observaciones de ciertos filólogos— de que el pueblo pobre de México, el campesino, el pueblerino, hablaba no un español incorrecto, sino el purísimo castellano arcaico y lacónico del Quijote y de los cronistas de Indias. (De esta observación, por lo demás, deriva también el estilo de Rulfo.)
         Así, recordando la manera de hablar de la tropa de la División del Norte, y añadiéndole arcaísmos cosechados de la lectura de los clásicos españoles —la Celestina, el Quijote, el Refranero, Bernal—, se lograría una fabla villista, tan propia del siglo XVI como del México campesino del XX: pura en su falta de escolaridad, de modernidad, y de contaminación letrada o urbana.
         ¡Años de insubordinaciones lingüísticas: Valle-Arizpe inventaba una prosa virreinal, colonialista; Guzmán una prosa iletrada de soldado ranchero, por no decir abigeo; Reyes un castellano internacional, llano, purgado de dialectismos, aspirante a un común denominador hispanoamericano; otros pretendían defender la norma castiza (Salado Álvarez, Gamboa, Monterde, Junco, O’Gorman), o se empeñaban en un castellano indigenista (Médiz Bolio, Abreu Gómez, Henestrosa, finalmente el Juan Pérez Jolote de Pozas); campesino (Azuela, De la Cabada, Rojas González, Rulfo), pueblerino (José Rubén Romero, Ramón Rubín, Luis González y González), o lumpenurbano (Azuela, Revueltas, finalmente Oscar Lewis, Poniatowska), o urbanísimo (Novo, Fuentes, Del Paso, “la Onda”); o bien una prosa estética, engreída en su factura artística, europeizada, libresca (Contemporáneos, Paz, Arreola, García Ponce, Elizondo, Melo, Pitol); finalmente, el spanglish chicano! De Los de abajo (Azuela, 1915) a De Perfil (José Agustín, 1966) hubo una verdadera disputa no sólo temática, sino estilística e incluso lingüística, en la narrativa mexicana.
         Pero en las Memorias de Pancho Villa fallan el experimento y las expectativas literarias. Los arcaísmos que efectivamente se encontraban entre campesinos iletrados en México eran fundamentalmente lexicológicos. Vocabulario. Palabras y frases hechas antiguas. Pero sólo lexicológicos. No la sintaxis, no el discurso, no el estilo. Funcionan en refranes, en dichos, en cuentos y leyendas breves, en corridos, no en novelones de mil páginas que exigen un monumental ejercicio retórico. Es decir, Guzmán no crea un nuevo lenguaje: simplemente usa arcaísmos, refranes, imitaciones del coloquialismo de los pueblerinos norteños, pero no su discurso, ni su sintaxis, que siguen siendo los propios de un Martín Luis Guzmán letrado, gustador de Galdós, Valle-Inclán y Baroja, pero sobre todo fascinado por el lenguaje rápido y contundente del periodista o del orador parlamentario del siglo XX.
         Guzmán redacta su largo monólogo iletrado y arcaizante con razonamientos de escritor modernísimo, lógico, conocedor, hábil, polemista. Es capaz de seguir una idea por el laberinto de frases subordinadas a otras frases subordinadas... a veces hasta la tercera o cuarta potencia. Triunfa en una espléndida economía de verbos y adjetivos. Brilla en la preparación y la selección de la expresión justa. Desconoce el fárrago, el tanteo, el balbuceo, las frases confusas o rotas, la mente desorganizada, las dudas. ¡Cuánta claridad del Valle de México va a dar a las sierras norteñas; cuánta álgebra y geometría distinguen la expresión de Villa!
         Guzmán calibra un adverbio sonoro como José María Velasco introduce en el lugar exacto una pequeña pincelada de color vivo en un conjunto ocre. Jamás se aparta de Aristóteles. Su memoria es diáfana, correcta y oportuna. Elude cacofonías, rimas, repeticiones. Evita, estilista severo, abusar del que como conjunción. Si aparece algún barbarismo, es por su regusto campestre, popular, como una cita bien sazonada. Nos vemos pues no frente a un Villa conversador, sino frente a un virtuoso de la escritura coloquial “iletrada” como género literario: un esmerado concierto “en iletrado Do coloquial mayor”. Jamás una nota desafinada o fuera de lugar. Su misma perfección lo imperfecciona.
         Tenemos pues el discurso acerado de un escritor de mente sumamente organizada, bien experimentada en las lides del pensamiento y de su expresión verbal, con magnífico entrenamiento oratorio y periodístico, con una retórica más sabia y experta que la de la mayoría de los principales literatos de su tiempo, disfrazado de espontáneo monólogo semialfabeto de un ranchero o abigeo arcaizante.
         (Sería un magnífico experimento de literatura comparada el enfrentar el largo monólogo popular de laboratorio que fabricó Guzmán, con el auténtico de Bernal Díaz del Castillo; anticipo algunos contrastes: Bernal conversa, Villa recita; Bernal habla sobre todo del mundo y de otras gentes, Villa de sí mismo; Bernal tiene sentido del humor, Villa jamás; Bernal desvaría con frecuencia, Villa siempre va al punto, con estrategia literaria inapelable; Bernal comete muchos errores de composición —para no hablar de gramática, que las ediciones modernas corrigen—, mientras que Villa, a pesar de arcaísmos y modismos populares y norteños selectos, podía darles clases de redacción incluso a los mayores prosistas de 1936 en México, como Reyes y Novo; Bernal es nebuloso, Villa diáfano; Bernal duda a ratos, Villa nunca; Bernal es pasional y caótico, Villa resulta por el contrario “ático”, escultórico, sereno.)
         El resultado: las memorias de Villa no son verosímiles dramáticamente como tales. No reconocemos en ellas, en conjunto, ni siquiera en largas tiradas, a su personaje —histórico o mítico—, sino al ensayista Guzmán. Su mano de escritor siempre es visible. Digamos que el gran suspenso de todo el libro sería: ¿y ahora qué nuevo recurso inventará Guzmán para sonar como Villa? No inventa nuevos recursos. Son los mismos desde las primeras páginas. Prosigue el concierto virtuosista con los mismos elementos iniciales. Nunca suena mal, pero siempre estamos oyendo el mismo disco, una y otra vez, hasta la página mil.

V      
Si a esto se añade que Villa, por razones de honra y altivez heroicas, elude dramatizarse, quejarse, desahogarse o ensalzarse y cuenta su vida con distancia olímpica, como si en realidad nada importante hubiese hecho, más que la hazaña moral de servir lealmente a Madero y a su patria de desprotegidos, y vengar a los humillados; que no colorea ni enfatiza sus episodios, comprendemos la tremenda grisura de este largo monólogo inconvincente. No suena a Villa, sino a un actor letrado que recita tras su máscara, cuando dice, por ejemplo:
         “Aquella casa, que hoy es mi propiedad, y que he mandado edificar de nuevo, aunque modestamente, no la cambiaría yo por el más elegante de los palacios. Allí tuve mis primeras pláticas con Abraham González, ahora mártir de la democracia. Ahí oí su voz invitándome a la Revolución que debíamos hacer en beneficio de los derechos del pueblo, ultrajados por la tiranía y por los ricos. Allí comprendí una noche cómo el pleito que desde años atrás había yo entablado con todos los que explotaban a los pobres, contra los que nos perseguían, y nos deshonraban, y amancillaban nuestras hermanas y nuestras hijas, podía servir para algo bueno en beneficio de los perseguidos y humillados como yo, y no sólo para andar echando balazos en defensa de la vida, y la libertad, y la honra. Allí sentí de pronto que las zozobras y los odios amontonados en mi alma durante tantos años de luchar y de sufrir se mudaban en la creencia de que aquel mal tan grande podía acabarse, y eran como una fuerza, como una voluntad para conseguir el remedio de nuestras penalidades, a cambio, si así lo gobernaba el destino, de la sangre y la vida. Allí entendí, sin que nadie me lo explicara, pues a nosotros los pobres nadie nos explica las cosas, cómo eso que nombran patria, y que para mí no había sido hasta entonces más que un amargo cariño por los campos, las quebradas y los montes donde me ocultaba, y un fuerte rencor contra casi todo lo demás, porque casi todo lo demás estaba sólo para los perseguidores, podía trocarse en el constante motivo de nuestras mejores acciones y en el objeto amoroso de nuestros sentimientos. Allí aprendí por primera vez el nombre de Francisco I. Madero. Allí aprendí a quererlo y reverenciarlo, pues venía con él su fe inquebrantable, y nos traía su luminoso Plan de San Luis, y nos mostraba su ansia de luchar, siendo él un rico, por nosotros los pobres y oprimidos”.
         Tres o cuatro arcaísmos léxicos aparte, se trata de un párrafo ejemplar de oratoria moderna (la secuencia retórica “Allí...”, que incrementa su intensidad hasta el clímax de aplausos en el Congreso), de complicada sintaxis, de arisca poesía (“eso que nombran patria, y que para mí no había sido hasta entonces más que un amargo cariño por los campos”, que se parece al Borges que declara su amor por Buenos Aires, etcétera). Pero tampoco suena al Guzmán, ya lírico, ya macabro, ya caricaturesco, siempre expresionista, de El águila y la serpiente y de La sombra del caudillo.
         No es de asombrar que las Memorias de Pancho Villa desilusionaran, aburrieran, fueran abandonadas por el lector en los primeros capítulos, ni que durante décadas se haya tenido tan poco qué comentar sobre ellas. (¡Años de intimidatorios librotes tan admirados como poco leídos o comentados: los Episodios nacionales de Salado Álvarez; la Estética para no hablar de la Ética, la Lógica, la Metafísica, la Todología (sí: la teoría del todo) de Vasconcelos; del Deslinde de Reyes!) Reiteraciones, monotonía, grisura; un monólogo heroico letrado y complejo, decorado a ratos de arcaísmos y modismos populares y norteños encontramos en las Memorias de Pancho Villa.
         Pero se trata a la vez de una obra trabajada, ardua, ambiciosa: una especie de biografía de la Revolución Mexicana. Impresiona. Es difícil, de cualquier manera, dejar de respetarla, de admirarla. Debajo de la corriente monótona del fluir de una vida entre batallas y peripecias en despoblado, reiteradas en espiral, desarrolla un amplio proyecto épico, mítico, que acaso explica —si no justifica— su vasta extensión. No en balde Guzmán fue celebrado —acaso por Alfonso Reyes, antes que por nadie— como “escritor romano”, del tipo de Plutarco.
         Valle-Inclán señaló tempranamente en El águila y la serpiente, que se trataba de escenas, sí, violentas, brutales, pero a la vez profundamente edificantes, en su perfil “estoico”. Digamos que en Las memorias de Pancho Villa, lo que Guzmán está litigando, para lo que necesitó mil páginas y acaso le faltó espacio, es la ética de la Revolución, su alma moral: el perfil filosófico de sus héroes, la identidad del pueblo revolucionario o revolucionado.
         Esto en los años treinta, antes de que apareciera la bizantina historiografía de los profesores y researchers, cuando toda la discusión sobre ese inabarcable conjunto de hechos y de ideas que llamamos Revolución Mexicana era pura y felizmente ideológica, autobiográfica, política (Vasconcelos, Cabrera, Sotelo Inclán); antes de convertirse en la espantable y babélica momia académica del Colegio de México (Colmex Hall) y sus industrializados historiadores —pero jamás escritores— más bien catrinescos (y, desde luego, cantinflescos).
         Guzmán estaba luchando por su Revolución Mexicana contra la Revolución Mexicana de sus adversarios, bajo el pretexto de estudiar a Pancho Villa, cuando las cenizas de todos los muertos todavía humeaban. Se trata de un escritor diverso del de El águila y la serpiente y La sombra del caudillo, tan ácidas, tan desengañadas, tan oscuras y sangrientas (tan pre-revueltianas). Ahora es sereno, clásico.  Orozco se está convirtiendo en Rivera; los monotes fársicos y sanguinarios, en murales nobles, idealizados...
        
VI
Se diría que en las Memorias de Pancho Villa, siguiendo la tradición revolucionaria de “la paz creada por el guerrero” y “la civilización parida por la barbarie”, Martín Luis Guzmán —ya no el narrador expresionista de antes, sino “ático”, “latino”, clásico—, nos cuenta, como Plutarco, la historia de los grandes héroes primitivos del tipo de Hércules o de Teseo, que han fundado una nueva nación, una civilización optimista.
         Toda la moraleja del libro sería esta:
         —No se espanten de Villa, ese protohéroe más que superhéroe, ese héroe raigal, como no nos espantamos de los primitivos héroes que fundaron las ciudades de Grecia y Roma. Todo Hércules es así; de esta manera, y de ninguna otra, se limpian los Establos de Augias. Esos bárbaros civilizadores son profundamente éticos, aunque sus excesos de guerra, sangre y amores, naturales en un fundador primitivo, revuelvan nuestros estómagos de pacíficos civilizados (es lo que opinaba Racine de Teseo, en Fedra). Hay que beber inspiración moral en Villa: las fuentes originales de la moral social.
         La nación debía aprender en Villa, no sólo sus hechos, sino su alma. Tenía en consecuencia que hablar mucho, para que su enseñanza ética lo permeara todo. Sus enseñanzas son las conocidas como filosofía natural: valor, arrojo, lealtad; instintos y reflejos primitivos, físicos, hacia el bien o hacia el mal, claramente contrastados; espontaneidad, inocencia; aborrecimiento del poderoso, alabanza del abajado; inteligencia intuitiva, habilidad física, caridad, amistad, furia, control de sí; desprecio de la vida, del dolor, de las miserias y penurias propias; nobleza de ánimo, arrogancia frente la adversidad, la enfermedad, la muerte; altiva humildad con cara al destino absurdo y trágico. (Incluso sus luchas interiores, contra sus propias furias: se niega siempre al alcohol; durante un tiempo, incluso a comer carne, para refrenar su natural iracundo; el sexo, las escasas veces que es mencionado, parece más una pesada carga masculina que un placer o un vicio: “porque es lo cierto que después de tanta cárcel ya sentía yo el vigor recreciéndose en todo mi cuerpo, y necesitaba desgastarme según es ley que se desgasten todos los hombres”.)
         No hay minucioso episodio de su vida, que el Villa de Guzmán no califique con un refrán o con un aforismo moral “estoico” (aburre que cada pasaje sea coronado por una moraleja filosófica). ¿De dónde habrá sacado tanto Epicteto, tanto Séneca, tanto Marco Aurelio? Y su ética aparece tanto más esencial, cuanto que pretende presentarse como brusca y silvestre, no aprendida ni cultivada; se diría que llano sentido común:
         “De todo el oro salido de los pilares del Banco Minero de Chihuahua yo no había cogido ni una sola moneda para mí.  Es lo cierto, además, que yo no la quería coger. Porque estaba yo viendo que ya muchos hombres revolucionarios empezaban a desviarse del sentimiento de la verdadera lucha del pueblo, y que algunos consideraban aquella lucha, que era la pelea de los pobres contra la injusticia y la miseria, como el buen azar de su vida para encontrar riquezas y atesorarlas. Y reflexionaba que aquél era un mal camino, y que había que enmendarlo con otros ejemplos, y que yo, Pancho Villa, y los otros jefes principales que mandábamos los ejércitos de la Revolución, teníamos el deber de mostrar a todos nuestro desinterés, para que nuestro movimiento por la libertad y la justicia no se enturbiara”.
         Se respira una como ceremonia de consagración de un héroe en este libro solemne, adusto. Más que griego o romano, en su voluntarismo épico, suena a las exaltaciones heroicas del siglo XVII en Francia: Corneille y Racine celebraban de tal modo a sus civilizadores bárbaros, al Cid, a Teseo. Suenan a pulidos alejandrinos clásicos los párrafos del norteño semialfabeto.
         Así, héroe trágico, reflexiona que su premio por ganar para Madero Ciudad Juárez, fue ser destituido de sus tropas, víctima de una intriga de Pascual Orozco; y luego, su salario por vencer la rebelión de éste contra Madero, el sufrir prisión en el Distrito Federal por una intriga de Victoriano Huerta. (El premio por ganar la batalla de Zacatecas sería ¡que ascendieran, por encima de él, a sus rivales!, como Pablo González y Obregón, que no habían ganado nada equivalente.)
         Aún más: piensa que si su azarosa vida comenzó al rebelarse contra la prepotencia de un hacendado que quería robarle a su hermana, por lo menos entonces, en la mala justicia porfirista, sus enemigos no habían podido meterlo a la cárcel, en la que estaba ahora, preso y con riesgo de su vida en manos precisamente de los amigos y correligionarios, a quienes él, con sus hazañas guerreras, había llevado al poder.
         Se impacienta con el juez que lo acosa con interrogatorios en la Penitenciaría, a fin de fundamentar alguno de los múltiples cargos que se le han levantado, por órdenes de Victoriano Huerta:
         “Creo yo, señor juez, que ya van siendo demasiadas preguntas tocante a esos delitos. Usted sabe de sobra que no existió la insubordinación ni que sea verdad que yo desobedeciera. ¿En qué lo mortifico yo a usted para que de este modo trate de comprometerme? ¿Es usted representante de la justicia o amigo de mis enemigos? Porque yo no reclamo su favor, señor juez, ni el del Gobierno, ni el de nadie, pero sí exijo la justicia que se me debe.  Y me parece a mí que con sus providencias, usted, que es hombre de honor, está manchándome a mí, que también soy hombre honrado, y eso resultará un día en desdoro de su persona.
         “Oyendo aquellas palabras mías, y mirándome de manera que yo conocí la verdad de su ánimo, me respondió él:
         “Amigo Villa, no sabe usted cuánto deploro que su causa haya venido a mis manos.
         “Yo le dije:
         “Pues no lo deplore, señor. Siendo un hombre honrado, limítese al cumplimiento del deber.  Creo yo que la justicia, como la guerra, ha de guardar horas amargas para quienes la hacen. Cuando así sea, el amargor de la vida no está en perder con los actos de la autoridad o de las armas, sino en perder mal, es decir, en perder sintiendo la desazón de ánimo que sufrimos delante del deber no cumplido.
         “Pero como yo comprendiera, por aquellas palabras del juez, que muchas influencias ocultas se movían en mi contra, decidí, lleno de tristeza, no volver a declarar. Es decir, que renuncié a defenderme. Pensaba que acaso se cobijara en mi destino que yo, que no había sucumbido bajo las balas de la tiranía ni en los combates de la guerra, hallara mi perdición abandonado a la nombrada justicia de ahora, que era igual a la de siempre.
         “Lo que me dolía mucho era la ingratitud" (1).

VII
Acaso en sus primeras ediciones las Memorias de Pancho Villa cumplieron un objetivo del que ha sido relevado: constituirse en la voz histórica de Villa. Muchos historiadores, de entonces a la fecha, han rastreado todo tipo de archivos y de informantes, para construir una visión “científica”, académica, “objetiva”, que suele serle desfavorable, sobre todo en los aspectos éticos de bandolero mesiánico, de bárbaro civilizador, de alma bruscamente pura. Sufren las Memorias de Pancho Villa este fracaso actual como documento histórico, y quedan incómodamente relegadas, se diría que casi refugiadas, en el anaquel literario y novelesco.
         Ya sabemos que para los historiadores revisionistas de los últimos lustros, la Revolución “no ocurrió jamás”, sino una conjunción de desórdenes y revueltas sin afinidad alguna, unidos sólo en los viejos libros oficialistas por su casual coincidencia cronológica. Los historiadores revisionistas jamás tomarán en serio —acaso llevados por rigor académico, pero también por un esnobismo modernizante y por un claro sesgo ideológico— la escueta definición de Villa: “la pelea de los pobres contra la injusticia y la miseria”. De este modo, el libro de Guzmán ha pasado de moda en cuanto explicación histórica.
         Y hay algunos reparos que, en efecto, se le pueden formular como estudio histórico a las Memorias de Pancho Villa. Hay incongruencias políticas, como el escabroso papel que muchas veces jugó Villa en su tiempo (por ejemplo, su aprobación de la invasión norteamericana a Veracruz), y que Guzmán resuelve desde la perspectiva ulterior de los años treinta, con habilidad jurídica y retórica, siguiendo la línea liberal con que se disculpó a los reformistas del Tratado McLane-Ocampo: ¿Para qué hacer tanto ruido al respecto, si no pasó a mayores: no hubo guerra? ¡Ni la patria ni la soberanía nacional estuvieron nunca en peligro! (¿De veras, en 1914, con los norteamericanos en Veracruz, no pasaba nada: no había entonces peligro alguno?) Y ciertas alianzas, contra el carrancismo, con el viejo ejército federal.
         E incongruencias militares: v. gr. en su tiempo Villa fue acusado de sacrificar vidas humanas en abundancia, con extravagancia, para ganar las batallas difíciles —las batallas “imposibles”— a cualquier costo, cosa que a cada rato desmiente, con sola su palabra —digo, la de Guzmán— echándoles la culpa de sus desproporcionadas matanzas a la tontería o la politiquería de tal o cual jefe, a la cobardía de tales o cuales tropas, a cierto accidente, a algún azar; y no a la codicia de ganar tal tremendísima batalla pero de inmediato y cueste lo que cueste. Dedica más tiempo a disculparse de ello que a narrar las batallas en sí. ¿Dice la verdad? No hay modo de probarlo muchas veces. ¿Sostenía Villa eso en vida, en todos los casos? Otros testigos ofrecen versiones diferentes, y de cualquier modo todos los testigos de la época eran voces interesadas, comprometidas y deformadas por el sesgo de su posición personal o partidaria. Dicen que Villa solía ser prepotente, arbitrario y furibundo también cuando hablaba. Sólo en estas “memorias” lo tenemos imperturbablemente sereno, ponderado, justificatorio, siempre a la defensiva. Sólo aquí es Thésée.
         No hay fuentes sólidas para gran parte de su discurso. ¿Por qué vamos a creerle a Guzmán —sin pruebas— que Villa dijera tanta cosa: mil páginas? A veces decididamente no se le puede creer. Me consta que Guzmán, como historiador, fue por lo menos una vez un narrador tramposo; que llevó el agua a su molino; que usó a Villa para sus propios propósitos, incluso deshonestamente.
         El ejemplo que me consta: a partir de rivalidades literario-políticas y de cierto lío de faldas, narrado por Vasconcelos en La tormenta, surgió entre ambos escritores, grandes amigos de juventud, una animosidad furibunda, que se trasladó a sus escritos. Vasconcelos se burla abiertamente de Guzmán como intelectualillo y rivalucho de amores, pero honradamente, bajo su propia firma; éste, más alevoso, hace que Villa acuse a Vasconcelos de cobarde, de adulador, de orate (“lo había yo visto fallo de modos de cordura en todo aquel cúmulo de sus palabras”), de traidor ¡a Villa! (Vasconcelos nunca fue villista), y de abogaducho ratero desde los tiempos del maderismo. Ahora bien: no hay prueba alguna de que Villa (quien pudo, desde luego, expresarse mal de él en privado alguna vez, aunque tuvieron también sus épocas de amistad) lo haya acusado precisamente de tales cosas (2).
         Sospecho que muchas malquerencias de Guzmán se ven infamadas por este Villa literario, quien acaso también se ve en este libro obligado a ennoblecer, el pobre, algunas tendencias, situaciones y perfiles que no le gustaban tanto en la vida real, o que ni siquiera conoció bien, pero en las que Guzmán tenía puesto su cariño, su pasión política u otros intereses. Por ejemplo, su jacobinismo.
         Es curioso el ateísmo jacobino de este Villa, tan parecido al de Guzmán y al de su padre, el integérrimo coronel don Martín Luis Guzmán Rendón (a ratos sospecho que Guzmán está hablando “en mármol” de su padre idolatrado, también militar, más que del silvestre Doroteo Arango). Pero éstos eran liberales cultísimos, venían de Voltaire y del positivismo; tenían una sólida construcción ideológica, casi una religión al revés (“Estar cerca de Dios” —considerado a la manera deísta, como ser abstracto—, “y lejos de sus ministros”), que les permitía plantarse metódicamente en un mundo sin Dios (Cf. Necesidad de cumplir las leyes de Reforma). Pero Villa, que no estaba lleno de filósofos ni de poetas, ¿por qué habría de ser integralmente ateo y jacobino? ¿De veras lo era? ¿No se trataría de que simplemente no pensaba mucho en eso, ocupado como estaba de sus propias acciones? Puede haber matacuras espontáneos en días de guerra, pero un verdadero ateo liberal, sistemático, es cosa de mucho estudio, de difíciles reflexiones. Bueno: el Villa de Guzmán resulta el gran héroe moderno que no consiguieron Dostoyevski ni Nietszche: el gran hombre sin Dios, el único héroe al que Dios jamás le hizo ninguna falta. Me gusta desde luego este Villa-sin-Dios, pero dudo que en la realidad haya sido, de veras, posible tanta belleza. El jacobinismo era la idea fija de Guzmán, más que de Villa.

VIII  
Por otra parte, la gran tragedia de Villa —ahí sí un asunto para Sófocles— no se desarrolla dramáticamente en las Memorias, sólo se registra en detalles. Invariablemente el guerrero heroico es incomprendido y victimado precisamente por sus superiores civilizados, llámense Madero, Huerta o Carranza; inevitablemente se ve (en el libro de Guzmán) temido, aborrecido, injuriado y execrado por el mismo pueblo que está redimiendo. Incluso por sus amigos, por su mujer. Siente ese odio aun en la muchedumbre que lo aclama en las calles, cuando entra victorioso a tal o cual ciudad. Los hombres a quienes fusila, piden como último deseo el poder mentarle la madre en el paredón; cosa a la que él generosamente accede. Ciertamente concita la euforia de sus dorados y un entusiasmo legendario, pero episódico, mientras que el horror a esta “bestia de la Revolución”, el salvaje, el enorme homicida, el violador, el saqueador, el bárbaro, se cierne espeso sobre él en todo momento. Y cuando llegan las grandes desavenencias de la Convención de Aguascalientes, Carranza, González y Obregón lo insultan públicamente con tintas, cargos y conceptos más infamantes de los que habían dedicado a Porfirio Díaz, Victoriano Huerta o Pascual Orozco. Sólo Zapata llega a ser tan formalmente insultado y acusado de tantos horrores y crímenes como Villa.
         Su sombra de criminal, que no de redentor, fue siempre mayor que la de otros generales, salvo acaso Zapata. Gran tragedia considerarse paladín del bien, y ser ampliamente temido u odiado como todo lo contrario. A tal incomprensión o enrevesamiento de su figura suele contestar estoicamente. Es parte de su destino el verse invariablemente incomprendido o desfigurado por los ricos, los políticos, los letrados, los extranjeros. Sólo él sabe su verdad. Nadie más. Ni siquiera un Dios, al que nunca menciona. Otro infierno heroico que le está destinado: ser el conocedor solitario de su virtud y de su verdad esenciales. El hombre más solo sobre el mapa; y como no hay Dios, sobre todo el universo. A diferencia de Zapata, no cuenta con una base étnica ni regional en la cual arraigarse, como en una familia; su grupo es vasto, desasido y móvil: desarrapados, aventureros, intelectuales jacobinos dispersos. Y siempre, un grupo castrense. Sólo en plena batalla ve Villa a “los suyos”; después de las batallas, se le pierden y disgregan. Qué soledad del guerrero fuera de sus batallas.
         Apenas señala la amarga injusticia de que los “civiles”, a la manera Carranza y los “políticos chocolateros” de su corte, queden como almas puras sólo porque a ellos no les toca físicamente matar a nadie, ni conseguir con sus propias manos el dinero y las riquezas que necesitan los ejércitos; sólo ordenan que los guerreros maten, destruyan, saqueen y tomen violentamente (para aquéllos) las riquezas, y que además de las fatigas y riesgos de las batallas, carguen con las culpas de sangre, destrucción y saqueo. Tanto mata el que manda bombardear y fusilar, como el pobre soldado que obedece, bombardea y fusila, dice.
         “—Muchachito, no lucha nada el señor Carranza. Él sólo pasa a lo barrido, mientras nosotros nos morimos o nos desangramos, y aprovecha nuestra sangre en beneficio de sus hombres favorecidos y de los panoramas políticos que se forja para cuando nuestra causa termine”.
         Pero en fin, más allá los aspectos militares y políticos que pueden consultarse en otros libros sobre el villismo, este interminable monólogo heroico de las Memorias de Pancho Villa, sin embargo, deja asomar a ratos, si bien de manera adusta y ceremoniosa, el carácter, los nervios, la cotidianeidad y la verosimilitud humana —quiero decir apeada de su solemne pedestal de Centauro del Norte—, en episodios memorables.
         Recuerdo en este sentido, el de un Villa más cotidiano, dramático, novelesco o anecdótico del que se conoce a través de otras fuentes, algunos pasajes. Del primer tomo, “El hombre y sus armas”, que llega a la muerte de Madero: su juventud errante de abigeo entre los montes, matando reses para traficar con la carne seca, y la tribulación en sus cárceles capitalinas, cuando debió sobreponerse a lo que parecía su fracaso definitivo y su inminente ejecución, sólo apoyado por la lectura de ¡Los tres mosqueteros!
         Del segundo tomo, “Campos de batalla”, donde narra su campaña contra Victoriano Huerta hasta la complicada toma de Torreón (segunda vez, la grande), asombra su sorpresa al encontrarse desvalijado por su propia esposa, Juana Torres, la bandida del bandido: el alguacil alguacilado.
         En el tercer tomo, “Panoramas políticos”, el del gran Villa, el del supergeneral revolucionario triunfador que va cosechando plazas, de la toma de Torreón a la de Zacatecas, se contraponen dos historias o corrientes antagónicas: el crescendo militar glorioso, y el tono patético bajo la superficie: los signos furtivos, pero insistentes, de que su suerte ya ha sido echada, y perdida; que Carranza ha decidido su ruina, para que no los estorbe ni a él ni a sus generales, como Obregón y Pablo González; y que sus verdaderos enemigos son ya su jefe y sus propios compañeros revolucionarios.
         Sabe que cada victoria, y con mayor profundidad cuanto más espectacular sea, suma en su contra. Asciende su colosal montaña de triunfos rumbo a su propia ruina. Entre tanto procura divertirse: se deja agasajar por los catrines, y les pone un buen hasta aquí, en Saltillo, a los jesuitas y los curas extranjeros.    
         En el cuarto tomo, “La causa del pobre”, se relatan sus desavenencias con Carranza hasta la Convención de Aguascalientes, y vemos que en dos ocasiones tiene a Obregón en su poder, metido en su trampa: cosa de fusilarlo y ya. Como un gran gato vacilante deja las dos veces escapar al ratón. Se le diría fascinado, como ante un presentimiento caótico, por la mirada de su futuro verdugo. Y su gran orfandad fuera del campo de batalla, en los laberintos civiles de oradores y leguleyos de la Convención de Aguascalientes.

IX     
El quinto tomo, curiosamente titulado “Las adversidades del bien”, parte de la ocupación de la Ciudad de México por las tropas de la Convención a las desastrosas batallas de Celaya y a la víspera de la de León. Es la crónica de su derrota militar y política en manos de los carrancistas, especialmente del general Obregón. Como en una obra clásica, el héroe empieza a perder la razón antes de caer físicamente. Explica en mitad de sus desastrosos asedios a Celaya:
         “Puedo perder la batalla, sí, señores, y otras muchas que le presente a Obregón, mas vivan seguros que con una sola que le gane se salvará la causa del pueblo, y que ninguna le ganaré si espero dominarlo con la superioridad de mis recursos, no con el valor y la furia de mis hombres... Y me oían ellos [los otros generales] quitando de sobre mí sus ojos, como para significarme que no me entendían en mi razón”.
         Y luego, antes de la batalla de León, cuando Felipe Ángeles le explica que carecen de tropas y municiones para tomar la delantera, y que les conviene más retroceder a Aguascalientes y seguir ante Obregón una estrategia defensiva:
         “—Señor general... piense que todos los moradores de León y Silao me guardan su fe. Si después de los cuatro o cinco días que ya llevamos peleando me retiro de frente al enemigo y me encierro aquí, según usted me aconseja, ¿quién levanta luego el ánimo de estas tropas, que todavía tienen la herida de lo que les aconteció en Celaya?... ¿Qué quedará de ellas si yo mismo les inculco, encima el quebranto que traen, la idea de que ya sólo pueden defenderse, y que si fracasan en su defensa ya no les queda más que rendirse o dispersarse? ¿Qué ayuda recibiré del pueblo que me sigue si mi conducta le hace pensar que por haberme derrotado una vez Álvaro Obregón, ya no soy el hombre revolucionario que sale al encuentro del enemigo, sino el militar que teme la derrota porque sólo cuenta con sus armas, y que por eso se atrinchera? Yo soy un hombre que vino al mundo para atacar, señor general Ángeles, aunque no siempre mis ataques me deparen la victoria; y si por atacar hoy, me derrotan, atacando mañana, ganaré”.
         El enemigo se va apoderando de él primero por dentro: se debate entre desastres que súbitamente se multiplican; la fortuna le da la espalda, y él increpa a la fortuna; su fuerza ya es sobre todo un delirio, una idea fija, una fe ciega en su propia estrella, a la que debe seguir incluso al abismo.
         Aumentan sus caprichos (v.g. para vengarse del desaire de una mesera, secuestra a la gerente francesa del hotel; para evitarse entonces las reclamaciones del cónsul francés, quiere comprar todo el hotel con la moneda que él mismo emite); sus crueldades (“castiga” con el tiro de gracia a un compañero, y arroja el cadáver desde el tren en marcha) y sus desmesuras: se erige en autoridad civil, nombra ministros, emite rapidísimos decretos ultras, trata de imponer a las potencias extranjeras todo un nuevo derecho internacional. Aumentan sus problemas fronterizos con los Estados Unidos, país que antes lo favorecía y ahora le obstaculiza los suministros militares. Los más leales lugartenientes de Villa empiezan a ser derrotados, se pasan al enemigo, o se esfuman (3). Al sur, Emiliano Zapata parece “amilanado y sin acción” (sus simpatías por el zapatismo son meramente morales y estratégicas; Villa no respeta a Zapata como militar). La capital padece el desabasto y los rigores de todos los contendientes.
         En el estilo de las Memorias poco se nota de este cambio: el monólogo sigue siendo fundamentalmente contenido, tranquilo, ex-cathedra, “ático”, salvo que los momentos de ira y de melancolía se hacen más frecuentes. Y el asombro, casi la incredulidad, ante la suerte y el poder del enemigo, y la mala suerte y las desventuras propias. ¿Cómo es que el triunfo, mi compañero de siempre, me abandona de pronto?
         Desde el punto de vista de un poema épico, se trata de la rapsodia del héroe en su final batalla suicida contra el destino fatal. Un Villa tan fascinado ahora ante a su abismo, como en otro tiempo frente su alta estrella.
         Guzmán es lo suficientemente cariñoso con Villa como para no hacerle contar sus memorias de los últimos ocho años infaustos. Se le ahorran el dolor y la pena que contarnos cómo es derrotado nuevamente por Obregón en el Bajío, y cómo también lo humilla Calles, en Agua Prieta; cómo se disuelve su amada y brillante División del Norte; cómo los Estados Unidos apoyan a sus enemigos y le congelan el dinero que tenía en el banco de Columbus. No pasa el trago amargo de narrar él mismo su demente fanfarronada de invadir aquel inerme pueblito norteamericano, ni la expedición militar norteamericana de Pershing, que se introduce en territorio nacional para perseguirlo (en vano).
         Guzmán le evita a su Villa la amargura de contarnos cómo debió regresar a su punto de partida, de fugitivo guerrillero lugareño, en Chihuahua. No tiene que narrarnos cómo se acogió humildemente a una amnistía y aceptó una merced de sus enemigos —la hacienda Canutillo— , para convertirse en un efímero hacendado relativamente filantrópico. Ni cómo quiso volver a pelearse con Obregón y Calles, apoyando a Adolfo de la Huerta. Ni, claro, su asesinato en Hidalgo del Parral, en 1923.
         Guzmán suspende su relato en el Bajío, la víspera de la batalla de León. Lo deja todavía montado en su caballo y dueño de sus ferrocarriles, en un imposible suspense voluntarista: ¿Se recobrará Villa? ¿Volverá y repetirá sus triunfos? La historia real nos dice que no. Pero el libro deja el relato abierto. De cualquier manera, es un jinete todavía entero rumbo a su abismo.
         Las Memorias de Pancho Villa no contienen una sola cita de un corrido villista; ellas son el gran corrido prosístico en alabanza de Villa, de unas mil cuartillas de longitud. Ningún otro héroe revolucionario recibió semejante homenaje de la literatura (un homenaje multiplicador, pues a partir de los libros de Guzmán siguieron publicándose relatos villistas hasta los años setenta.)
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NOTAS:
(1) Este Villa de Plutarco y de Racine, este Villa de mármol, agradó a la familia del jefe de la División del Norte. Su hijo Hipólito Villa Rentería escribió el siguiente pésame a la muerte del escritor (Tiempo, 3 de enero de 1977, p. 11): “En sus Memorias de Pancho Villa, Martín Luis Guzmán se aferra naturalmente a la verdad: no creo que la verdad pueda ser de otra manera. Se apega históricamente en el relato que hace. Tuve la suerte de conocerlo; cuando era niño, mi madre Austreberta le entregó todos los documentos del archivo de mi padre, que Martín Luis Guzmán trabajó con su gran calidad de escritor, utilizando el lenguaje de nuestro pueblo. En lo personal, pienso que era un hombre muy humano, con un pensamiento siempre abierto para actualizar situaciones. La familia Villa pasa realmente momentos de dolor”.
(2) Ni desde luego de que Vasconcelos fuera culpable de ellas: tuvo sobrados enemigos gubernamentales durante décadas, que le levantaron todo tipo de cargos, pero nunca el de andarles robando dinero a los presos por homicidio, con el señuelo de conseguirles la libertad mediante turbias influencias políticas. Su supuesto acusador, aparte de un Martín Luis Guzmán travestido en Villa para este efecto, sería un hampón excéntrico —zapatista ¡en Sinaloa!—, que había sido procesado por asesinato tanto en tiempos de Díaz como en los de Madero; fue asesinado en 1919, en un ajuste de cuentas, por un coronel-diputado en la pastelería El Globo: Juan Banderas, “el Agachado”.
         Sin embargo, en 1973 me encontré en La revolución interrumpida, de Adolfo Gilly, que la digamos travesura o venganza “literaria” de Guzmán era asumida por el historiador como “hecho histórico” inobjetable, establecido por las tropas de la Revolución —¡el Agachado!— y sancionado al pie de la letra por el propio Villa en sus “memorias” (Cf. Libro V, Cap. VIII-X), lo que además le permitía a Gilly tragarse con todo y pelos el hamponesco fariseísmo del “Agachado” —había que liquidar a Vasconcelos desde 1914 para que no fuese a pervertir a los niños con escuelas para ladrones—, y pontificar contra su gestión educativa de los años veinte como obra deleznable de un gángster farisaico.
         Estaba yo trabajando en mi libro Se llamaba Vasconcelos, y perdí varios meses en 1974 buscando cómo documentar tales escandalosos “datos” de Villa (del “Agachado”, más bien, pues Villa ni siquiera dice haberlos investigado), sólo para encontrar que carecían de todo fundamento.
         Los rencores del gran novelista eran muy cosa suya, ¡pero no había derecho de ponerlos en boca de Villa y hacerme perder tanto tiempo con ese embuste! ¿Y cómo Gilly dio valor de documento histórico a una obra novelesca?
(3) El propio Martín Luis Guzmán —él sí con engaños— huyó a los Estados Unidos. Curiosa lógica: Guzmán hace que Villa califique a Vasconcelos de cobarde y traidor por haber huido, ante la ruina del gobierno convencionista, ¡unos cuantos días antes que hiciera otro tanto el propio Martín Luis! Sólo que Vasconcelos no era villista, sino aliado del expresidente Eulalio Gutiérrez, también fugitivo, mientras que Guzmán acababa de ser nombrado secretario particular de Villa. Quien sí traicionó a su patrón entonces fue el propio Guzmán (L. V, Cap. XIII).


2) EL ÚLTIMO DE LOS JACOBINOS
por José Joaquín Blanco


En octubre de 1945 el escritor Martín Luis Guzmán descubrió que estaba cambiando en México el significado de la palabra “tolerancia”.  Hasta entonces, por tolerancia se había entendido sobre todo una obligación del poderoso y de la autoridad con respecto a los débiles: que la religión mayoritaria tolerase otros cultos, y que el partido en el gobierno tolerase otras ideologías.
         Ahora  resultaba lo contrario: los librepensadores, los miembros de religiones minoritarias y los católicos civilizados y secularizados, debían “tolerar” el agresivo regreso del clero político por todos sus fueros, con pretexto del 50 aniversario de la coronación de la Virgen de Guadalupe. Protestar por los excesos del clero político era ser “intolerante”, así como exigir que se cumpliera la Constitución en materia de cultos (Salinas la reformó medio siglo después); había que “tolerar” que se la violara flagrantemente.
         Los antecedentes venían preparando el retorno del clero a la escena política. La persecución callista a la Iglesia fue a largo plazo una tremenda derrota para las políticas seculares del Estado, pues las Leyes de Reforma quedaron caricaturizadas e infamadas por ella. Tocó a los presidentes Cárdenas y Ávila Camacho reconciliarse con el clero, haciendo concesiones “tolerantes”, es decir, por debajo de la mesa y fuera de la ley. Ahí empezó a modificarse el término “tolerancia”. Era lo ilegal, como muchos taxis, pero “tolerado”.
         La Iglesia aceptó esas “tolerancias” durante unos años y luego decidió que le resultaban insuficientes; encontró, al final de la guerra, un gran argumento y una buena oportunidad. El gran argumento: la Iglesia Católica era una efectiva aliada contra el comunismo. La buena oportunidad: el 50º centenario de la coronación de la Virgen de Guadalupe. Todo ello exacerbado por los rencores que había dejado en ciertos sectores la política izquierdista del presidente Cárdenas.
         El papa Pío XII mandó a tal celebración un enviado especial, un cardenal canadiense, quien fue escoltado desafiantemente desde la frontera con los Estados Unidos por miles de automóviles, como si fuera un líder político. La primera procesión pro-clerical motorizada. Llegaron arzobispos y obispos españoles y latinoamericanos, importando masivamente el franquismo como ariete contra la amenaza roja (y contra su “imitación local” de la Revolución Mexicana). El clero sacó a relucir sus hábitos; se hicieron actos no autorizados de culto externo; la corona de la Virgen de Guadalupe fue celebrada al són de la Marcha Real de la monarquía española (como no había rey en España, era la marcha de Franco).
         Martín Luis Guzmán dio la voz de alarma en su habitualmente moderada revista Tiempo; recordó las razones y la historia de la Leyes de Reforma y por qué habían sido incorporadas a la Constitución de 1857 y refrendadas por la de 1917, y aprovechó para recordar a Voltaire a propósito de las ideas y la historia de la Iglesia. ¿Tendrán sólo interés arqueológico sus palabras? Algunos ejemplos:
         * “Si alguien me preguntara por qué, después de todo, no hemos de aceptar el régimen de conciencia restringida, interpretada y administrada por la Iglesia Católica, le contestaría yo: porque en eso no hay ni un fulgor de la verdadera conciencia, la cual, para subsistir, no consiente ni la más pequeña enajenación. Y agregaría que, por la fuerza de sus propios estatutos, la Iglesia Católica no puede menos de mediatizar a cuanto hombre libre se le somete, mediatizarlo como sólo lo hacen los totalitarismos, puesto que totalitaria es, por definición, la Iglesia Católica”...
         * “Usando y abusando de la ‘tolerancia’ —término que, de tiempo atrás, muchos de nuestros periódicos y hombres públicos no aplicaban ya a la disposición de la Iglesia Católica a permitir la práctica de diversas religiones, sino a la disposición de nuestras autoridades a consentir que la Iglesia Católica viole las leyes de México—, durante los días 7, 8, 9, 10, 11 y 12 de octubre de 1945 el clero católico se dedicó a consumar hechos que demostraran cómo, en gran parte al menos, eran ya un mero valor entendido los artículos 5º, 24º y 130º de la Constitución Política Mexicana y las leyes reglamentarias de esos artículos. La reacción clerical hizo más: se esmeró en dar pábulo a la idolatría fanática en que se anega el cristianismo mexicano, para que éste arropase y exaltase con supuestas explosiones de auténtica religiosidad cuanto se perpetrara en detrimento de las leyes relativas al culto. Con vista a tal fin se trajeron de toda América prelados que ejercieran aquí su ministerio; se invitó a un príncipe de la Iglesia [...], se tomaron providencias para tender caravanas  hasta de diez mil automóviles, con cientos de banderas pontificias [...], se previó que los obispos y arzobispos extranjeros, despreciando la ley con toda la pompa de sus ropajes eclesiásticos, anduviesen por calles, plazas, restaurantes, vestíbulos y edificios, entre muchedumbres postradas de hinojos e inagotables en su ansia de recibir bendiciones y besar orlas moradas o de púrpura...”
         * “Fuera del ámbito de la estricta religiosidad, Tiempo considera un peligro para la paz de la nación mexicana, en lo material y en lo espiritual, la acción de la Iglesia Católica cuando a ésta se la deja libre de todo freno por parte del poder civil; pues entonces, según la historia lo ha probado reiteradamente, el catolicismo se convierte en un instrumento de predominio político y social dotado de fuerza inconstrastable, ya que sólo la Iglesia Católica puede especular con la supuesta potestad de abrir, para quienes la obedecen, y de cerrar, para quienes se le rebelan o no la siguen, las puertas del Cielo”...
         Entonces ardió Troya. La revista Tiempo recibió amenazas anónimas, la casa de Guzmán fue apedreada; la prensa y la radio del México entonces todavía “revolucionario” se revelaron casi unánimemente no sólo como clericales, sino como franquistamente clericales. La mayoría de los intelectuales y de los políticos prefirieron esconder la cabeza.
         Fue tal la presión social, periodística y política —abierta o soterrada— contra Guzmán y su revista Tiempo, que el jacobino se sintió en la necesidad de ir a hablar con el presidente Ávila Camacho a Los Pinos. El presidente oyó con atención y cordialidad las consideraciones que había tenido el gran cronista y narrador de la Revolución Mexicana para desatar su campaña de alarma contra el clero político, y dijo sibilinamente:
         —Si yo no fuera Presidente de la República, habría procedido como usted.
         Pero, desde luego, Manuel Ávila Camacho era presidente, y procedió de muy otra manera. Guzmán insinúa que había invitación o tolerancia oficiales hacia estas movilizaciones políticas de la Iglesia.
         Sin embargo, la súbita simpatía o tolerancia de la Revolución Mexicana al clericalismo de corte franquista escandalizó a muchos miles de lectores —el escrito jacobino de Guzmán, “Semana de idolatría”, silenciado por todos los periódicos importantes (El Universal, Excélsior, Novedades, La Prensa), se republicó espontáneamente como folleto a lo largo y ancho del país, por decenas de miles de ejemplares— y a varios cientos de personajes públicos, quienes se reunieron en el Restaurante Chapultepec en un acto de apoyo, en el cual se sintieron obligados a protestar contra la provocación y la beligerancia clericales hombres tan tolerantes y pacíficos como el poeta Enrique González Martínez y el músico Carlos Chávez. 
         El escritor Daniel Cosío Villegas tuvo ahí que entonar una palinodia: “Hace tiempo que coloco sobre todas [las virtudes] a la tolerancia. Y le concedo la calidad suprema en un grado tal, que nada mejor desearía yo para mi país y para el mundo.  Por desgracia [...] hace ya años, por supuesto, que el católico mexicano ha dado a sus palabras y a sus actos un tono de agresividad tan manifiesto que poco sustento quedaba al tolerante...”
         En esa cena de paga hubo mil concurrentes y veinte —¡veinte!— discursos en honor del autor de El águila y la serpiente. Pero las tres estrategias concretas del jacobino no fueron respaldadas: 
         1) Impedir que una prensa misteriosamente financiada se dedicara con sospechosa oportunidad a promover causas clericales y “antirrevolucionarias”, como poco antes lo había hecho con las nazis y fascistas; para ello Guzmán exigía que los diarios manifestaran abiertamente sus ingresos comprobables por ventas y publicidad, y que les estuviera prohibido todo tipo de financiamiento fantasma. Fracaso. 
         2) La formación de un nuevo partido, de veras juarista, como si el oficial PRM ya no lo fuera: el Partido Nacional Liberal Mexicano (PNLM); firmaron su acta constitutiva personajes como el propio Cosío Villegas y un joven catedrático de la Escuela Nacional de Jurisprudencia: Jesús Reyes Heroles, pero no llegó a mayores actividades.
         3) Un proyecto de ley que prohibiera más minuciosa y concretamente las actividades políticas del clero. Desaire del Congreso. (Hubo años después una cuarta estrategia, solitaria: la insistencia en todos los números de la revista Tiempo sobre la necesidad de controlar la natalidad, si realmente se quería mejorar la educación y el nivel de vida de la población mexicana).
         Es curiosa la actividad politico-religiosa de los años cuarenta, tan altisonante precisamente cuando Ávila Camacho ostentaba la tolerancia y la cordialidad como tono oficial de su trato con la Iglesia Católica y las minorías religiosas.
         Acaso rencorosos por la derrota de Alemania y de Italia, o sin nada mejor qué vender, algunos periódicos (Últimas Noticias, por ejemplo) y periodistas, continuaban anacrónicamente, después de “la derrota mundial” del fascismo, sus campañas nazi-clericales contra los judíos y otros refugiados e inmigrantes, a quienes acusaban de explotar a la raza de bronce en sus comercios y talleres textiles, y de formar parte de una conjura internacional para acabar con el espíritu mexicano. 
         Esta campaña también alcanzaba a los protestantes: hubo denuncias y boycot clericales-periodísticos en noviembre de 1944 ¡contra la empresa “sajona” Colgate Palmolive!, a la que se acusó de dedicarse a socavar el catolicismo nacional con el fútil pretexto de fabricar jabones y dentífricos.
        
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FUENTE: Martín Luis Guzmán: Necesidad de cumplir las Leyes de Reforma, en Obras Completas, México, FCE, 1985, t. II