jueves, 1 de agosto de 2019

LOS VIERNES DEL CHICO


LOS VIERNES DEL CHICO





LA IZQUIERDA EN LA CULTURA

Durante el primero de los tres lustros que Carlos Monsiváis dirigió o “coordinó” el suplemento cultural “La Cultura en México” de Siempre!, de 1972 a 1977 (cuando se funda Unomásuno, y poco antes Proceso), ofreció una publicación exageradamente política y muy poco cultural.

         No dejaban de concurrir, para cubrir las apariencias, algunos poemas, algunos ensayos, algunas traducciones literarias. Pero todos sabíamos, y se evidenciaba, que en esa época la principal función del suplemento era la de propiciar y divulgar el pensamiento político de la izquierda mexicana. Ese suplemento llegó a ser el sitio fundamental de las discusiones y protestas izquierdistas.

         Con absoluta injusticia, algunos enemigos de la izquierda de entonces, encabezados por Octavio Paz, calificaron a ese suplemento de rojo y hasta de “estalinista”. No lo era. Jamás aparecieron en sus páginas opiniones que defendieran el poder soviético, aunque hubo cupo para algunos trotskistas.

         Por lo demás, la izquierda mexicana no se caracterizaba como prosoviética, salvo el Partido Comunista, el cual no formaba parte importante del suplemento (ni de cosa alguna: su secrecía le servía sobre todo para disimular lo minúsculo e insignificante de su presencia). Se trataba de muchas izquierdas nacionalistas, antigubernamentales, estudiantiles, culturales, obreristas, campesinistas, indigenistas y populistas.

         Algunas destacaban. Había quienes revisaban, con frecuencia desde los poco rojos cubículos de El Colegio de México, y desde los algo más encendidos de la UNAM, la trayectoria de la Revolución Mexicana. Fue una obsesión de aquellos años rescribir y reinterpretar la Revolución Mexicana, semejante a la posterior sobre la democracia.

         Otros profesores y escritores, apoyados especialmente en las experiencias de la izquierda italiana y lo que se denominaría “eurocomunismo”, buscaban a toda costa reformar el “socialismo real” y llegar a un “socialismo democrático”.

         Los más se ocupaban de la crítica de la local violencia gubernamental (represiones ordenadas por el poder público; matanzas de campesinos, obreros y estudiantes; desaparecidos políticos) y de la embrollada trama de demagogia, autoritarismo e insensatez de la administración de Luis Echeverría. Luego, del cesarismo petrolero de López Portillo.

         Finalmente, como era natural en un suplemento que había elegido como público privilegiado a los estudiantes universitarios, se discutía mucho las secuelas del movimiento de 1968 y el sindicalismo universitario. De ahí se pasó a la que, en mi opinión, fue la fase política más importante y entusiasta de nuestra publicación: el apoyo al sindicalismo independiente, especialmente al que se congregaba alrededor de Rafael Galván. Raúl Trejo Delarbre destacó en esta tarea. José Woldenberg recuerda esas atmósferas y luchas en sus Memorias de la izquierda.

         Por lo demás, el propio Monsiváis aparecía abiertamente como enemigo del estalinismo, del sovietismo y del despotismo de Fidel Castro. Carlos Pereyra y Rolando Cordera encabezaron a su lado el ala política del suplemento. A partir de la fundación de Proceso y de Unomásuno, que retomaron con mayores alcances esas tareas ideológicas, fue moderándose paulatinamente aquel carácter tan político, y quedó más espacio para la cultura, especialmente para la literatura.



ENTRE LITERATOS TE VEAS

Monsiváis es una persona olvidadiza, o ha tenido la mala suerte de reunir en su torno a mucha gente olvidadiza. Sus recuerdos del suplemento casi nunca coinciden con los de quienes colaboramos con él cinco, diez o quince años. Varios han contradicho públicamente sus afirmaciones. Hay por ahí algún problema de deficiencia o de manipulación de la memoria.

         Yo no estaba interesado ni preparado para participar en esas hazañas políticas, salvo como editor y corrector de galeras, y como lector. No me corresponde hablar de tales aventuras ideológicas. Me preparaba y me interesaba mucho, en cambio, en la literatura, esa trastienda del suplemento que resultaría a final de cuentas bastante afortunada (la mayoría de los escritores que se iniciaron ahí ha producido obra abundante de diversa importancia) y, a la vez, desastrosa: con la única excepción del diplomático de carrera José María Pérez Gay, todos los literatos de “La Cultura en México” terminamos mal esa aventura. Desde el primer año ocurrieron pleitos encendidos entre los literatos, y así se siguió en esa cuesta de abrojos hasta 1987.

         Nunca supe por qué Monsiváis decidió rodearse, en lo político, de autores experimentados, ya profesores universitarios y hasta doctores, de renombre e influencia nacionales, y en cambio convocar para lo literario a puros jóvenes escasamente conocidos o de plano novatos (incluso de 20 ó 21 años, edad a la que yo ingresé buscando... ¡la poesía!)  Lo natural habría sido acudir a escritores famosos de su propia generación, como Zaid, Pacheco, José Agustín.

         Decía que quería “echar a perder suplementos para formar nuevos escritores”; sonaba bonito y se lo creíamos: ahora me suena a un vals. Sospecho que no deseaba rivales, compañeros de su nivel, sino discípulos dóciles. Lo que resultó triste para todos: demasiado inexpertos, los jóvenes o novicios literarios convocados nos lo tomábamos todo muy, pero muy a pecho; nos apasionábamos totalmente; y de tal pasión a las grandes broncas internas hasta por fruslerías no había sino un paso.

         Nos sentíamos a ratos manipulados o engañados y lanzábamos grandes gritos de guerra. Aguilar Mora continúa gritando, iracundo. Renunciábamos y nos apartábamos dos o tres veces por semana, aunque también dos o tres veces por semana retornábamos, tras la flauta de Hamelin de los telefonazos de Monsiváis. A veces hasta nos cantaba al teléfono “Estrellita” para disiparnos el mal humor.

         En cambio el ala política, donde ocurrían discusiones profundas —conoció incluso amenazas de muerte por su condena de la violencia “ultra” o guerrillera—, se mantenía en relativa paz interior. Eran hombres (algo precozmente) maduros. Si Monsiváis reunió jóvenes literatos para ahorrarse las confrontaciones que temía entre autores de su edad, su experiencia y su prestigio, obtuvo el resultado opuesto: pleitos y pleitos. Parecía disfrutarlos.

         Los muchachos también salimos perdiendo: gastamos demasiada pólvora juvenil en los infiernillos de disputas y rencores de pandilla. Ojalá cada quien se hubiera dedicado a avanzar solitariamente en lo propio, y santa paz. Desde mediados de los ochentas he seguido tan apacible ideal, que diría Quevedo:



         Retirado en la paz de estos desiertos,

         con pocos, pero doctos libros juntos,

         vivo en conversación con los difuntos

         y escucho con los ojos a los muertos.

                   Si no siempre entendidos, siempre abiertos,

         o enmiendan, o fecundan mis asuntos;

         y en músicos callados contrapuntos

         al sueño de la vida hablan despiertos...



         Sea como fuere, el ala literaria del suplemento siempre se distinguió, precisamente a causa de su juventud y de sus robustos y novicios egos literarios, por su apasionamiento. Mucho ardor, muchas ilusiones, mucho trabajo (con frecuencia era preciso traducir o escribir docenas de cuartillas del sábado al martes, porque no había llegado a “la redacción” —el propio domicilio de Monsiváis— material suficiente). Y pleitos, pleitos.



EL VERANO DEL 77

En 1977 el equipo literario renunció casi en masa, por razones “políticas”. Estaba por fundarse Nexos (con Enrique Florescano), una revista que ya no pagaría papá Pagés Llergo, como en Siempre!, sino la publicidad que consiguiera, y que en buena medida provendría necesariamente del gobierno y de las universidades. Como cualquier otra publicación. No había entonces muchos otros anunciantes, ni más “puros”.

         Declararon que estábamos conformando “una cultura del poder”, como si la revista Siempre!, de donde proveníamos, no se financiara con pura publicidad oficial. Como si mal que bien, todos los escritores del suplemento no trabajásemos, a falta de otras fuentes de empleo —no éramos juniors ociosos—, en universidades públicas y oficinas de gobierno, o en la entonces abominada Iniciativa Privada; no obtuviéramos chambas, becas o premios con cargo al erario, o al capital privado y hasta —¡horror!— norteamericano; no publicáramos en editoriales y otros medios que también recibían publicidad o contratos oficiales y universitarios. Y en cuanto a la orientación política y cultural de nuestros escritos, opino que aun hoy, bien mirado, seguimos mostrando todos muchas más semejanzas que diferencias. Lo que celebro.

         Por su destacada importancia como escritores, y por el cariño (a ratos erizado, pero constante y profundo —en lo que a mí respecta, perdurable—) que nos había unido, la deserción de Héctor Manjarrez, Jorge Aguilar Mora, David Huerta y Paloma Villegas (y algún otro, como Evodio Escalante) provocó un escándalo cultural y una profunda resquebrajadura interna. Yo me explico esa renuncia simplemente como una más (pero la gota que derramó el vaso) de las constantes explosiones emotivas: causó envidia e irritación la mancuerna, entonces sólida y feliz, de Aguilar Camín con Monsiváis. Esta resplandeciente mancuerna pareció súbitamente marginar y echar sombra sobre el resto del equipo.

         Con un desplante que ahora no puedo interpretar sino como un claro desdén por la literatura, Monsiváis me encargó —¡a mí, el más huraño y antisocial de todos!— que sustituyera a los renunciantes con nuevas tropas de geniales muchachos inéditos. Me quedé mirando al vacío, y casi me imaginé situado en una salida del metro con una pancarta: “Se solicitan colaboradores geniales para el suplemento de Siempre!

         ¿Por qué no llamó a los abundantes autores conocidos de treinta o cuarenta años? Quería puro chamaco. Además, le interesaban los escritos políticos y le fastidiaban los literarios, posición exótica cuando se dirige o coordina un suplemento cultural. ¿Dónde encontrar un equipo casi adolescente de la calidad de quienes renunciaban? Parecía decirme: “Anda, vete a buscar unos cuantos chavitos literatos al mercado. Total, son pura literatura...”

         Hice mi esfuerzo. Contacté, a través de mis profesores de Filosofía y Letras, a algunos estudiantes aplicados. Recurrí al Taller de Poesía Sintética, el Taposín, de Ciencias Políticas, a cuyos veinte o treinta integrantes (especialmente Roberto Diego Ortega) había conocido en la aventura de los libros de papel estraza, cartón y mecate de Ediciones El Mendrugo, de Elena Jordana, que en 1976 vendí con ellos en un puesto del metro Pino Suárez. Recibí muchos poemas, que se publicaron, pero escasos artículos, que Monsiváis invariablemente rechazaba de un vistazo (sin embargo, publiqué algunos, aprovechando sus viajes o distracciones.)

         El suplemento había heredado de su antigua época, con Fernando Benítez —Paz, Fuentes, Cuevas, Rojo, Rulfo, Cardoza, García Terrés, García Ponce, García Cantú, García Riera, Pacheco, Monsiváis, Piazza—, la fama de “mafia” literaria, que también resultaba injusta en nuestro caso: para empezar, los jóvenes o novatos desconocidos no conforman mafias de alcance nacional: carecen de tal poder —si hubo “mafia” en nuestro suplemento, estuvo siempre integrada por una sola persona—; necesitábamos colaboradores y los buscábamos por todas partes todo el tiempo. Nos urgían. Recibíamos puros poemas —poemas, poemas, poemas—, casi ninguna reseña de libros. Por lo demás, tampoco Monsiváis consiguió mayor cosa.

         Cualquier editor de suplementos y revistas culturales conoce esta situación: todo mundo quiere publicar sus “creaciones”, pero no ponerse a escribir decentes reseñas y artículos periodísticos, a cambio de la escasa remuneración que se obtenía, y se sigue obteniendo, en esos medios. Y del ínfimo prestigio o gran desprestigio que se logra con aparecer como “crítico” y no como poeta.

         Todos los jóvenes querían los laureles del éxito poético; casi nadie se apuntaba para la talacha de las traducciones, reseñas, artículos y crónicas de periodismo cultural. ¡Y mucho menos para un escandaloso suplemento izquierdista y dizque enemigo del Establishment cultural y de Octavio Paz!

        

EL REHÉN DE LOS FEDAYINES

Monsiváis me ponía cara de cólico cada lunes que no recibía, envueltas para regalo, las tres o cuatro docenas de geniales articulistas inéditos, descubiertos por medio de una lámpara de Aladino. En los tensísimos meses posteriores a la renuncia de nuestros antiguos compañeros, ocurrieron unas 10 ó 20 de las 50 ó 60 veces que renuncié al suplemento durante los quince años que apareció mi nombre en el “Consejo de Redacción”. El cual fue un absoluto fantasma, un mero membrete hasta los años ochenta, cuando Monsiváis se encontró con la horma de su zapato. (También pasaron, fugaz o simbólicamente, por ese consejo o lista de “celebridades”, Elena Poniatowska, Luis González de Alba y Adolfo Castañón.)

         ¿Para qué formar un Consejo de Redacción directivo —desapareció el puesto de director, que fue reemplazado por el de un mero “coordinador”, rotativo por temporadas— con casi puro joven, desconocido y novato? Todo mundo sabía que el suplemento era coto exclusivo de Monsiváis, por decisión soberana del dueño de la revista.

         “Para trabajar democráticamente”, decía él; sonaba bonito y se lo creíamos. Ahora también me suena a un vals, sobre todo cuando me entero —no acostumbro gastar suela en cocteles, de modo que tardo años en enterarme de los chismes de la Culturiux, que decía José Agustín— de que algunas decisiones que él tomaba e imponía sin consultar ni informar a nadie, nos las achacaba telefónicamente o en los mentideros culturales a “los muchachos”.

         Se proclamaba víctima o preso de una banda de fedayines literarios. Así se evitaba que le reclamaran en alguna cena o en algún coctel esas reseñas “asesinas” que estilábamos, siguiendo su inspiración y hasta sus instrucciones precisas, como la de denunciar “la tala de bosques” que practicaba el gobierno para desperdiciar el papel en los “bodriescos” títulos literarios de la colección Sep-setentas. “¡No puedo hacer nada, son unos energúmenos, unos enloquecidos!” La historia de “Yo no fui, fue Teté”.

         Ciertamente, en mi caso, yo quise escribir algunos vituperios encendidos contra Paz, Fuentes, la generación de la Casa del Lago, etcétera, que sigo reconociendo y he recopilado en mi Crónica literaria (1996). Pero recuerdo que alguien me sugería, estimulaba y festejaba tales desplantes; que los aprobaba y hacía publicar. Algunos artículos anónimos o semi-anónimos (iniciales perdidizas), más incendiarios aun, contra tales o cuales personalidades e instituciones de la cultura, provenían de la pluma suprema, aunque redundaran en el antiprestigio fedayín de “los muchachos”. ¿Quién escribía las andanadas contra Francisco Zendejas y el “lacayuno” Premio Villaurrutia, a partir de que Elena Poniatowska lo rechazó?

         Con los años me he encontrado varios escritores que me reprochan la “intolerancia” de haberles ninguneado sus artículos, de los que nunca me enteré ni por asomo. Pero corría la versión oficial de que los platos rotos se debían exclusivamente al Consejo de Redacción de fedayines, y no a su gentil y bondadoso rehén con título de coordinador.

         Recuerdo también que ciertos articulistas que escribían los elogios interesados, adulones y rutinarios —que ahora se han vuelto epidemia—, sobre escritores importantes de quienes esperaban algún premio, chamba o recomendación, se vieron rechazados por ese supuesto Consejo de Redacción. Bien hecho, aunque el mérito no siempre fuera nuestro.

         Mi memoria me dice: podíamos sugerir (y en general, a partir del tormentoso verano del 77, sólo sugeríamos temas universales y “culturalistas”, para no atizar la hoguera de los pleitos internos), pero todo lo aprobaba o rechazaba una sola persona. Todas las campañas en favor o en contra de autores, instituciones o corrientes tenían un solo origen. Jocundamente cómplices, claro, y por más que discutiéramos horas en las reuniones, en realidad los veintiañeros desconocidos y novatos nos ocupábamos simplemente de la edición y corrección del suplemento, y de escribir nuestros propios artículos, bajo nuestra firma (pocas veces rechazados, porque amenazábamos con guerra, pero más de una vez tasajeados y corregidos por la Mano de Dios, que dijo Maradona.) Sin embargo, efectivamente ocurrieron varios ruidosos rechazos, y más pleitos.

         Escribo esto porque en su despedida formal, solemnota y cursi, en 1987, Monsiváis clamó con toda la boca que la función de “su” suplemento había sido promover y encomiar a muchos autores a quienes, como ellos mismos lo supieron en carne propia, solíamos dar pamba una y otra vez. Alguien ha perdido o manipula la memoria.

         ¿De veras, en serio, la política cultural de ese suplemento no fue abolir el “vergonzante, obsoleto, provinciano” Establishment cultural? ¿No había un pastor evangélico que nos predicaba “la expulsión de los mercaderes” del templo cultural?



LOS CHICOS DEL CHICO

La solución, sin embargo, estaba en casa desde 1975. En diciembre de ese año Luis Miguel Aguilar había entregado unos bellos poemas, que estuve a punto de echar a perder porque venían sin firma, y escuché mal, por teléfono, el nombre del autor. El error se pudo arreglar en galeras, pues ya las corregía el propio Luis Miguel. Pero no nos conocimos sino hasta principios de 1977, cuando se nos encargó de la Revista de la Universidad (editamos sólo 5 ó 6 números, ya que renunciamos patrióticamente cuando la policía invadió CU).

         Luis Miguel conocía una tropa de amigos dispuestos a encargarse de la talacha periodística. Algunos eran tan jóvenes o novatos todavía que no se atrevían a lanzarse de inmediato al artículo largo, de modo que formamos una sección fragmentaria de reseñas, traducciones, aforismos, comentarios: “De cal y de arena”, título que daría nombre a la editorial que fundamos diez años después, en recuerdo de nuestra primera tarea común. Los artículos, y luego los ensayos en forma, no se hicieron esperar muchos meses.

         Eran Rafael Pérez Gay, Sergio González Rodríguez, Delia Juárez, Alberto Román, Antonio Saborit y Luis Franco Ramos. Roberto Diego Ortega y yo nos integramos a su banda. Nos reuníamos los viernes, después de cobrar en Siempre!, en el restorán español El Chico de Avenida Nuevo León, entre Sonora y Álvaro Obregón. Asistían también, con menor frecuencia, Arturo Acuña, Arturo Dávila, Manuel Fernández Perera, Enrique Mercado y Álvaro Ruiz Abreu. A veces nos visitaban Héctor Aguilar Camín y José María Pérez Gay. (Con los años nos mudamos a otros restoranes, como La Bodega, Los Guajolotes, el Hipocampo de la calle Chilpancingo).

         De modo que Monsiváis obtuvo finalmente, envuelto para regalo, como producido por la lámpara de Aladino, su grupo de nuevos literatos jóvenes, algunos absolutamente inéditos. Este grupo se encargaría del trabajo editorial y de la parte literaria, y luego de casi todo el suplemento, durante los últimos diez años de la época monsivaíta.

         Desde que recuerdo, es decir, desde diciembre de 1972, Monsiváis estaba harto de “la monserga” de “La Cultura en México”. Lo cansaba, lo aburría, le causaba problemas gratuitos, lo distraía de sus grandes afanes de gurú de la izquierda y de la contracultura nacionales. Creo que también él renunció (pero no ante Pagés, sino ante nosotros, en pantomima) unas 50 ó 60 veces durante los quince años que quiso coordinarlo o dirigirlo.

         Vi cómo se lo ofrecía, pero por favor, a David Huerta, a Carlos Pereyra, a Héctor Manjarrez, a Jorge Aguilar Mora, a Héctor Aguilar Camín, a Rafael Pérez Gay. “¡Líbrenme de esta monserga, por favor!”  Claro que inmediatamente olvidaba sus renuncias y sus formales nombramientos de sucesor (como si a él, y no al propio Pagés, le tocara decidirlo), para furia de aquellos ingenuos que se los habían creído, y se habían tomado todo el trabajo de diseñar concienzudamente la publicación que cada cual hubiera soñado. Resultado: pleitos y más pleitos.

         Pero ocurrió que la importancia de Siempre! empezó a declinar con la aparición de Proceso y de Unomásuno. Seguía siendo una revista poderosa, claro, pero ya no la más importante y mejor distribuida del país (llegaba a las peluquerías y consultorios dentales de cualquier pueblito), ni una de las dos o tres más influyentes de América Latina. Empezó a saltar por muchas partes la libertad de prensa.

         Antes de 1977, sólo el genio de José Pagés Llergo lograba el milagro de publicar sin problemas las opiniones verdaderamente críticas de periodistas de todo el espectro político, de la extrema derecha a la extrema izquierda. Sólo a él, en Siempre!, por su encanto, talento y habilidad personales, le permitían tal libertad los presidentes de la república. La agresividad política y cultural de nuestro sumplemento fue posible sobre todo porque lo amparaba Pagés.

         La gruesa revista sepia estaba saturada (para empezar, casi toda la segunda mitad) de publicidad gubernamental, generalmente encubierta a modo de artículos “firmados” en encomio de políticos. Pero sus mejores lectores se saltaban todo ese bosque de papel y encontraban comentarios francos y enjundiosos de sus articulistas favoritos: lo mismo Vicente Lombardo Toledano y Rico Galán que Blanco Moheno o Kawage Ramia; pero también lo grandioso, lo políticamente inspirado y bien escrito: José Alvarado, Renato Leduc, Francisco Martínez de la Vega, Alejandro Gómez Arias, Manuel Moreno Sánchez.

         El Excélsior de Julio Scherer ya había intentado, con el resultado de la conocida represión de 1976, una libertad semejante. Ahora aparecían muchas exigencias de periodismo democrático: Proceso, Unomásuno, Vuelta, Nexos. Los habituales escritores políticos de nuestro suplemento encontraron nuevas y mejores tribunas. Se fue abriendo, por flagrante escasez de oferta de escritos políticos, mayor espacio para la literatura en “La Cultura en México”, que el grupo de El Chico se las ingenió para ir aprovechando paso a paso. No desplazamos nada ni a nadie: llenamos vacíos. “¿No ha llegado ningún rollazo ideológico? ¡Pues vamos a dedicarle todo el suplemento a Beckett!”, decía Rafael Pérez Gay.



EL ZAPATO Y LA HORMA

Monsiváis rezongaba, pero no le quedaba mayor remedio que dejar hacer. No tenía ya tiempo ni interés de encabezar el trabajo, pues desde luego formaba parte conspicua de cuanto proyecto político, cultural o periodístico surgiera en el país. Tampoco encontró mejores colaboradores durante toda una década. Tuvo que conformarse, entre pucheritos, con nosotros. Andaba además con sus sesudas ocurrencias de que “la rumba es cultura”, de que los chismes de la farándula constituían una “cultura popular” y de que la misión auténtica de un escritor progresista residía en conseguir una foto de portada con Lucía Méndez en alguna revista de quinceañeras.

         En su opinión, además, ya teníamos un suplemento políticamente devaluado. Por necesidades de la producción editorial, salíamos a puestos de periódicos dos o tres semanas después de los acontecimientos; Unomásuno al otro día, Proceso el domingo siguiente. Y nuestros antiguos lectores políticos preferían ahora estas publicaciones nuevas. A nosotros nos importaba un suplemento donde hacer literatura y periodismo literario, aunque ya no fuese la gran tribuna nacional.

         Monsiváis se limitaba a rumiar chistes, a fingir golpes de estado que no duraban ni dos semanas, a armar berrinches y pataletas por el “excesivo culturalismo” que se iba apoderando de lo que era, precisamente, un suplemento cultural. Nunca se denominó de manera oficial “La Grilla en México”, suplemento político de Siempre!

         Por lo demás, introducía todo el material político que quería y vetaba cualquier expresión contra sus viejos compañeros de mafia, como Jaime García Terrés, “el intocable”. Todos los ataques contaron con su permiso, y sin excepción se le consultaba oportunamente sobre cualquier artículo problemático o conflictivo. No fue por mis pistolas, sino con su autorización explícita, que publiqué aquel fragmento de la novela El vampiro de la Colonia Roma, de Luis Zapata, que dizque les causó úlcera a Arturo Durazo y a José López Portillo; y a Monsiváis un regaño de Pagés. Rezongaba, pero estaba más o menos a gusto de dirigir tan fácilmente un suplemento que otros le dirigían. O subdirigían.

         Y es que se había encontrado con la horma de su zapato. A diferencia de los literatos anteriores, el grupo de El Chico estaba constituido por escritores más amigos entre sí que de Monsiváis. Su capacidad de maniobra quedaba reducida. Y éramos muy borrachos, al menos los viernes. De modo que sus manipulaciones y rumores telefónicos quedaban invariablemente en evidencia durante esas comidas. Nos contábamos todos sus chismes.

         Antes ocurría, por ejemplo, que un día me encontraba yo de mala cara a David Huerta o a Héctor Manjarrez, cuando el anterior nos habíamos despedido con abrazos; o que ellos me saludaban con una sonrisa y se topaban con una mueca distante: resultaba que Monsiváis les había dicho que yo decía de ellos tal o cual tontería; y a mí, que ellos hacían otro tanto conmigo. Tardábamos semanas en deshacer el entuerto de la vieja política monsivaíta del “divide y vencerás”. En El Chico todo se resolvía el mismo viernes, en grupo, en voz alta. Muy pronto Luis Miguel, Rafael y Toño lograron, a grados de excelencia, imitar la voz, los ademanes y el tipo de chismes de Monsiváis. Nos moríamos de risa con tales parodias toda la tarde. Hasta nos aplaudían en las mesas vecinas.

         Los diez años del grupo de El Chico —ahora un bar techno, la Barracuda— formaron una fértil generación de ensayistas y periodistas culturales. Que era precisamente de lo que se trataba. Queríamos algo más, desde luego, y algunos lo han conseguido: la novela, el relato, la poesía. Al menos en el ensayo y la crónica desarrollamos una forma nueva, amena, libre, equidistante del parnaso y de la academia, con ideales de cotidianidad y pasión crítica, que ha sido bienvenida por muchas otras publicaciones.



ATERRIZAJE EN LLAMAS

En 1987 Monsiváis decidió, como era desde luego muy dueño de hacerlo, renunciar en serio ¡por fin! a “La Cultura en México”. Ojalá nos hubiera dicho simplemente: “Ya se acabó el viaje”.

         Un viaje en el que yo participaba ya muy poco: desde 1978 me había cambiado parcialmente, con claridosas muestras de hartazgo, a Unomásuno, Nexos, Punto, La Jornada. Fue en estas publicaciones, no en el suplemento, donde aparecieron mis textos “duros”, como “Ojos que da pánico soñar”, que recopilé en algunos libros: Función de medianoche (1981) y Un chavo bien helado (1990). Desde el verano del 77 le evité a Monsiváis cualquier problema político o de política cultural: mi respuesta a Paz y mis líos con Zaid no aparecieron en “La Cultura en México”: se los entregué al propio Pagés, quien sin mayores estornudos los publicó en su sección de correspondencia. A partir de entonces yo trataba mucho menos a Monsiváis que a los chicos del Chico, a quienes directamente ofrecía mis colaboraciones.

         Pero se tomó el trabajo de escupir a posteriori para arriba, dizque en privado pero por todas partes; murmurar y telefonear, en plena discordia, contra quienes finalmente lo ayudamos muchos años, con invariable lealtad y muy buena gana, a hacer el trabajo que sólo a él le correspondía, por el que se ganaba todo el prestigio (cargando en nuestra cuenta los líos y los platos rotos), y por el que además cobraba. (Sospecho que ha usado a algunos plumíferos testaferros para que, filtrando maledicencia, pergeñen o firmen insultos contra algunos de nosotros, que no encontró cómodo ni “políticamente correcto” identificar con su nombre. Pero me conozco sobradamente ese tono y esa táctica. Así les ha ido a los tales.)

         ¿Mala conciencia? ¿Una manera de hacerse perdonar por su dizque odiado Establishment la “mala fama” del agresivo suplemento, con la disculpa de que, por alguna maldición del Cosmos, anduvo década y media rodeado de puro canalla? ¿De veras él no propició, exigió, manipuló, ese aire combativo, que hasta llegó a parecerle insuficientemente duro? 

         Siempre pudo, sin siquiera tener que explicar nada, prohibir cuanto se le antojara, y expulsar o incorporar a quien quisiera. Le convino mucho trabajar con nosotros y punto. Luego, cuando se retractó tras un esparadrapo de infinidad de sus antiguas prédicas y políticas, trató (para limpiar su neo-vetusta imagen de canónigo cultural) de endosárnoslas todas a “los muchachos”, maldiciéndonos de pasada.

         Todo un lodazal de chismes, injurias y verdades a medias (pero afanosamente retorcidas), filtrados por debajo del agua. Si éramos todo eso que anduvo por ahí escupiendo y filtrando entre canónigos, publicaciones y grupillos, ¿por qué no nos corrió? Tuvo sus quince, sus diez años para hacerlo. Enfrenté meses deprimentes al encontrar como insidioso enemigo gratuito, soterrado, a quien yo había imaginado como un amigo cercano durante tres lustros.

         Entiendo que los escritores, incluso quienes se dedican a pastorear grupos de novatos, cambien de opinión. Exijo que lo manifiesten con sinceridad y valor civil. Me indigna que finjan haber vivido en la luna y descarguen sus propias incomodidades y remordimientos exclusivamente sobre “los muchachos” de entonces.

         Sostengo la teoría de que las cosas son como terminan, y que es mala la aventura que termina mal. No me toca pues la gentileza de ponderar aquí —por lo demás lo hice a su tiempo, en 1981, y reproduje recientemente ese texto en mi Crónica literaria— el fulgor intelectual, la estampida de conocimientos novedosos, la enseñanza de la vocación crítica, la pasmosa variedad de intereses, la alegría de los mejores textos y conversaciones de Carlos Monsiváis. Que lo ponderen quienes hayan gozado con él de mejor suerte. Esta admiración de novatos hacia el Big Brother, sin embargo, explica nuestra larga fidelidad, algo extravagante y hasta gratuita desde una perspectiva ulterior.



FINAL FELIZ

Casi todos los ex chamacos del Chico seguimos siendo muy amigos. La amistad fue nuestro trofeo. Y lo que cada cual escriba gracias al aprendizaje de aquella década. O se niegue concienzudamente a escribir, como el sabio Beto, quien nos salió más borgiano que Borges en aquello de que “leer es más creativo que escribir, más intelectual”. Tiene razón: en la lectura reside el verdadero talento. Era precisamente lo que defendíamos en 1977, con “excesivo culturalismo”, en nuestra sección “De cal y de arena”. Todo ha girado alrededor de ese embrujo: leer.







lunes, 1 de julio de 2019

ENTREVISTA TRUCADA


ENTREVISTA TRUCADa

Nous tromper dans nos entreprises

C’est à quoi nous sommes sujets.

Le matin, je fais des projets

Et le long du jour des sotisses.

                                                         VOLTAIRE

1.- sobre poemas y elegías

GABRIEL JIMÉNEZ: —Acaba de publicarse, en la Editorial Cal y Arena, tu libro Poemas y elegías; parece una edición de tus poemas completos...

JJB: —En cierta manera, lo es: un centenar de textos. He excluido, sin embargo, unos doscientos poemas publicados en revistas y suplementos. Deseché todos los que me disgustaban claramente y desde hace tiempo, pero incluí aquellos sobre los que todavía tengo dudas o esperanzas, que son muchos. Les di (les dio la editorial) otra oportunidad... Uno no es siempre el mejor crítico de los escritos propios, pero me atrevería a destacar, tal vez, las elegías quinta, sexta, séptima y novena; dos poemas homoeróticos, “Muchacho mar” y “Oleaje de muchachos”; las canciones sobre Auden, Gide, Pound y Pavese; y tres juegos humorísticos: las “Liras” son un ejercicio gongorino sobre el mambo; “La siesta en el parque” ofrece una pequeña rabieta ecológica; y el “Rimado matutino” habla de escenas mañaneras capitalinas: una “égloga viaductal”, como dijo algún poeta...

Además de una especie de pórtico, donde su alude a W. H. Auden, hay dos secciones orgánicas, “Elegías” y “Garañón de la luna”; y otra más bien miscelánea, “La siesta en el parque”...

—Son mis principales libros de poemas, algo revisados, pero fundamentalmente fieles a sus primeras versiones. Creo en la corrección (de algunos errores parciales, de ciertas torpezas específicas), pero no tanto en la reescritura general de textos viejos. Sospecho que hay más riesgo de terminarlos de arruinar, por un prurito de corrección, que oportunidad de mejorarlos. Garañón de la luna fue un librito sobre la luna, sólo eso, de mediados de los años noventa. Tal vez se considere el más ortodoxamente literario. Por esos años revisé la poesía surrealista francesa, la de la Generación del 27, la de los Contemporáneos... Viñetas de sueño, algo eróticas, algo pesadillescas...

—Hay diez “elegías”...

—Escribí la primera en 1977 ó 1978, cuando vivía por San Ángel, aunque ciertos antecedentes, como “Nocturno constante” o “El juez pretende disuadir a los divorciantes” son de 1970 ó 1971, cuando vivía por Iztacalco. Por entonces pensaba que la sensibilidad homosexual no se expresaba propiamente en la poesía mexicana contemporánea: se abundaba en el feísmo melodramático, o en la autocomplacencia pornográfica. Algo de ello dije, por la misma época, en Ojos que da pánico soñar. Nadie recuerda ya a esos autoproclamados “poetas gay” de los setentas: autores y textos presuntuosos, estridentes... Yo sentía cierta nostalgia por los temas homosexuales tan espléndidamente tratados en “nocturnos” o “elegías” por Villaurrutia, Novo, Pellicer, Cernuda, Ballagas, Auden, Jaime Gil de Biedma... incluso Barba Jacob.

—¿De qué se lamentan las “Elegías?

—No existía el sida por entonces, o no lo sabíamos, claro. Lo que había por esos años que lamentar en las “Elegías” era más bien lo tradicional, lo de siempre: el aislamiento social y sentimental del gay; la ciudad enemiga, la policía brutal; la propia experiencia del gay como cazador solitario de erotismos y sentimientos en la selva de una sociedad hostil, donde brillaban, clandestinos, sus ojos acechantes... Y sobre todo su extrema dificultad para satisfacer tanto los anhelos eróticos como los sentimentales, que en esa soltería radical del gay suelen ir separados, hasta opuestos... Pensé en escribir cada año, especialmente por diciembre, una elegía, a la manera del Novo que se ocupaba en escribir un soneto cada fin de año... Pero no me tardé diez años, sino quince en componer la serie de las diez elegías... La décima es una alusión a Paul Goodman, el entrañable gurú de Growing Up Absurd. Traté de imitar en algo el estilo de algunos pasajes líricos de su novela Empire City... En fin: Sentí que era un gran proyecto, que las “Elegías” serían “mi” libro; que todo lo demás resultaría a su lado un mero ejercicio profesional, chamba crítica o periodística. Parece que no fue así. Incluso a mis amigos más cercanos les gustan más otros de mis libros. Pero sin las “Elegías” no habría esos otros libros. Las “Elegías” fueron el mayor anzuelo. Caí en la escritura por el anzuelo de la poesía; y en la poesía, especialmente por el anzuelo de las “Elegías”...

—Acaso suenen demasiado depresivas, lamentables...

—Durante los años que las escribí yo era relativamente feliz. Lo tenía casi todo: juventud, salud, libertad, autosuficiencia económica, éxito y entusiasmo profesionales, y hasta algunos logros sentimentales y eróticos. Y muchos amigos... En realidad, desde una consideración autobiográfica, acepto que, de plano, me quejé demasiado... Que era bastante feliz y no me daba cuenta, fascinado por los prestigios culturales y políticos de las Tinieblas del Alma. Parecía casi vulgar ser feliz en aquellos tiempos: uno deseaba andar bien atormentado... Curiosamente, después, en épocas más grises, he escrito textos menos melancólicos. Escritura y vida no siempre se corresponden con exactitud... Pero, en fin: se trataba de los inconformistas, iracundos, irreconciliables años setenta: “el espíritu del tiempo”. Y la crónica de las noches sentimentales del D. F. te conducía sin misericordia a ese estilo desvelado, lamentable. Me hubiera gustado escribir esos poemas con mayor humor, con alguna alegría. No pude (y no voy a trucarlos ahora con ulteriores contrapuntos deliberados). Auden y Pellicer lo hicieron asombrosamente. Prevaleció en mí, sin embargo, la tradición elegíaca de Barba Jacob, Villaurrutia, Novo, Cernuda, Ballagas... Desde luego, no aspiro a compararme con ellos, pero sí a continuar su tradición. Pellicer aprobaba mi manera de hacer versos, a final de cuentas muy cercana a Contemporáneos; pero no que fueran “tan delgados, tan tristones... ‘¡Hágame usted el favor de dejar en paz a Xavier!’”, me exigió alguna vez, a propósito de los “Poemas del agua”, en su casa de Las Lomas.

—¿Y “La siesta en el parque”?

—Son los poemas más antiguos, de los primeros años setenta. Algunos me siguen divirtiendo. Los escribí como reacción al excesivo simbolismo o surrealismo que predominaba en la poesía mexicana: más de lo mismo después de tantas décadas. No me gustaba ser vidente. No me gustaban las odas a la Sibila. No me gustaba “manar toda la noche profecías”... Encontré que algunos poetas hacían “poesía ligera” (el término “ligera” no se refiere a los cigarros con escasa nicotina ni a la Coca Cola sin calorías, como se ha creído muchos años después: simplemente aludió, en mi librito Poesía ligera, de 1976, a una antología de Auden: The Oxford Book of Light Verse: limericks, crónicas, chismes, canciones, farsas...) Me gustaban los poetas que jugaban y echaban relajo en los poemas: Tablada, Huidobro, Gerardo Diego, Drummond de Andrade, Vinicius de Moraes, Alberti, Lorca, Pellicer, Novo, Brecht, nuevamente Auden; Nicolás Guillén, Ernesto Cardenal, Efraín Huerta, Gil de Biedma, Zaid, Pacheco... Por aquellos años casi me sabía de memoria Práctica mortal, de Zaid, No me preguntes cómo pasa el tiempo, de Pacheco, y sobre todo Las personas del verbo, de Jaime Gil de Biedma.

—¿Qué recepción has tenido como poeta?

—Fuera del Premio Diana Moreno Toscano 1972 (discernido en mi favor en 1973, con cierta rabieta de Octavio Paz, a quien no le quedó mayor remedio que sumarse al dictamen propuesto por la familia que daba el premio, y de la que soy muy amigo), y de algunos premios y menciones en la revista universitaria Punto de Partida, recuerdo haber disfrutado de variada música de viento... Esos poemas lograron molestar en sus buenos años: “¡Esto no es poesía!”, exclamaban indignados ciertos “poetas”, quienes por cierto desconocían y/o despreciaban a aquellos autores, pero se creían dueños del concepto esencial, la visión única o la intuición plena de toda la poesía... Y suponían que todo poema debía tener un tono engolado, un lenguaje de joyería, un aparador de metáforas apantallantes, y sobre todo un idealismo “visionario”: El servilismo a la tradición de Paz... Suponían que la obligación del poeta, ahora sin metro ni rima, consistía exclusivamente en crear imágenes estetizantes, dizque rarísimas, a la manera de Montes de Oca, Segovia o Aridjis... que entonces eran dogma y arquetipo y ahora son, bueno: simplemente Montes de Oca, Segovia y Aridjis. O refreír y refreír tumultuariamente —”¡Fuenteovejuna: todos a una!”— a Paz, a Lezama Lima, a Saint-John Perse, a algunos beatniks o a los posteriores “poetas de Nueva York”. Bueno: se puede hacer poesía de todo. Todo puede ser poesía... Claro que de ahí a lograr esa auténtica ligereza en poesía, esa cotidianeidad, ese humor, esas viñetas epigramáticas, como las que aparecen en los autores citados, o en Cavafis; o bien esas fábulas o escenas cotidianas, blancas, desnudas o moderadas en su retórica (como ciertos textos de Pacheco), hay un buen trecho... Uno hace sólo lo que puede, y no todo lo que ambiciona. Por lo demás, en la juventud se ambicionan demasiadas cosas, que luego se revelan del todo imposibles, como imitar a Villaurrutia, a Pellicer o a Auden. O volver a medir y a rimar, aventura en la que de plano no obtuve mayores resultados... Sin embargo, logré publicar muchísimos poemas en suplementos y revistas importantes: Punto de Partida, Revista de la Universidad, Nexos, los suplementos de Siempre!, Unomásuno, La Jornada, El Nacional, La Crónica de Hoy, en Etcétera (incluso en el Plural de Paz). Eugenia Revueltas, Elena Jordana, Huberto Batis, Ilya de Gortari y Bernardo Ruiz publicaron varios de mis poemarios en las colecciones que editaban; otros los financié yo mismo o en coperacha con los amigos. Algunos de mis poemas se han colado en dos o tres antologías, incluyendo (para mi sorpresa) la de Evodio Escalante. De modo que, a pesar de todo, no me ha ido tan mal.

—¿Les fue mejor a tus contemporáneos?

—Tal vez sólo dos o tres de quienes ya publicábamos poesía en 1970 hayan logrado a la larga mayor (o mejor) atención. En la canibalesca poesía mexicana lograr algún brillo en algún momento es casi anuncio de muerte literaria inmediata, y hasta de linchamiento publicitario por parte del gremio, que suele hacer efímeros “consensos” de montoneros en favor o en contra... A Jaime Reyes, a Ricardo Castillo, a Silvia Tomasa Rivera, por ejemplo, se les hizo pagar hasta con insultos inconcebibles ciertos tempraneros  veranillos de la fama. Sus envidiosos los degradaron, varias veces, a “los peores poetas de México”, para no recordar insidias más innobles y personalizadas... David Huerta se ha defendido mejor: como nadie entiende su Incurable, exige mucha imaginación atacarlo; y las puyas no van más allá de señalar que lo verdaderamente “incurable” no era su poesía, sino sus crudas, allá en los buenos años del vino, que me tocó compartir. O se dice que es buen poeta... ¡a pesar! de Incurable... También Alberto Blanco les pone difíciles las cosas a los malquerientes: algunos de sus poemas son todo un reto criptográfico: misticismo, ADN, I Ching, sabidurías aleatorias... Evodio comparte conmigo la maldición de ser al mismo tiempo crítico y poeta, de modo que queda mal al mismo tiempo con los poetas y con los críticos; por lo demás, sus furias y boutades derridianas le ayudan poco... Eduardo Hurtado, quien me dedicó su primer libro de poemas allá por 1970, ha ingresado recientemente a las filas de la crítica, y con esa nueva profesión proporciona armas adicionales a quienes no lo aceptan de buen grado como poeta... Isabel Quiñones, Kyra Galván, Luis Miguel Aguilar y Roberto Diego Ortega se dedican a escribir su poesía con total indiferencia de los chismes y cabildeos del medio. Esa independencia es el mejor camino... Coral Bracho también, creo, protege con una buena distancia con respecto a la Culturiux, la musicalidad tan delicada  (“molecularizada”, “textural”, “antilogocentrista”: Evodio dixit) de sus textos... En fin: recuerdo a unos cuantos poetas que empezamos a publicar por la misma época: primer lustro de los setentas. Luego vino otra generación más codiciosa de la aceptación del gremio —premios, recitales, congresos—, y parece que en ellos se va repitiendo la misma historia: algún enigmático y tempranero veranillo en reseñas de suplementos, algún premio, generalmente circunscritos a su primer libro; y luego rara vez se les toma en serio individualmente, sino como muchedumbre o asamblea... Ni lectores, ni venta, ni crítica: puro censo. Los dos mil poetas “jóvenes” (“jóvenes” de hasta 50 años) de México en febrero del año 2000, son:  ¡y se lanza la listota alarmante, como padrón electoral, en orden alfabético!... Jaime López llama a esa censomanía “el pluralismo diluyente”: se inventan 2000 poetas, o 2000 compositores de canciones, para diluir la importancia de los tres o cuatro que de veras valen la pena... ¿Cuántas veces has escuchado comentar, con conocimiento, la poesía personal de Jorge Aguilar Mora, de Héctor Manjarrez, de Paloma Villegas...?  A Efraín Bartolomé y a José Luis Rivas nunca les quitan el sambenito del regionalismo, de los edenes naturales, como a mí lo de gay y lo “cronista”; van y vienen calideces y enfriamientos con respecto a Jorge Esquinca, a Benjamín Rocha, a Francisco Hinojosa, a Rafael Torres Sánchez, a Fabio Morábito, a Arturo Trejo, a Vicente Quirarte... Y sin embargo estamos hablando de poetas que ya tienen una obra considerable, veintitantos años de labor.

—¿A qué responde tal situación?

—Se ve misterioso, hasta histérico, el encarnecimiento de envidias y ninguneos entre poetas, mucho mayor que en otros géneros artísticos; acaso se deba a que tanto los poetas de mi generación como los más jóvenes, le hemos importado poco al público: las ventas resultan escasísimas, cuando no nulas. (La mayoría de las ediciones gubernamentales o universitarias de poesía jamás salen de la bodega.) De modo que no hay más público para nuestros poemas que los propios colegas: lectores terribles, competidores a sol y a sombra, a quienes parece que el mérito ajeno, así sea modesto, es un pedazo de pan que se les arranca de la boca. A ratos se refugian en comités de elogios mutuos. Pero esos comités apapachadores duran poco y dan lugar a nidos de alacranes caníbales. No hay peor enemigo de un poeta que un examigo poeta, que otro exmiembro de la misma Banda de Elogios Mutuos. Acaso lo mejor para un poeta de hoy en día es que el gremio lo ignore por completo, que no se dedique a fastidiarlo... Hace algunos años quisieron fastidiar hasta a José Emilio Pacheco. ¡Que dizque no sabía hacer versos! Puede gustar menos o más su visión del mundo, pero nadie con un mínimo sentido del ridículo puede acusar a Pacheco, el versificador vivo más hábil del país, ¡de no saber hacer versos!  Si él “no sabe” componer poemas, ¿qué decir de todo el vasto resto de bardos mexicanos? Pura canalla de poetas. Puro ocio de cotilleos, de mentideros... Se requiere, en fin, de considerable modestia y de buenos nervios para escribir poemas durante toda la vida, independientemente de la calidad de cada cual: sólo te enfrentas, una y otra vez, en lugar de lectores, a la rebatinga patibularia de prestigios en la grilla gremial. “Puros calvos que se pelean por un peine”, diría Borges. El impasse de nuestra poesía actual es este enrarecido alejamiento del público, esta banalidad de quedar completamente a merced de los humores y las pasiones de los propios compañeros de oficio, siempre díscolos. No ha muerto la nueva poesía mexicana, pero anda como embodegada en censos multitudinarios. Y cada cual sueña ganar póstumamente sus batallas líricas dentro de cien años... No es buen negocio apostarle a la poesía en estos tiempos.

—Se te acusa de hacer prosa en tu poesía...

—Y poesía en mi prosa... Efectivamente: es el riesgo del verso libre y de la prosa con pretensiones artísticas. Se liman los límites... Pero también encuentro cierta intolerancia de los poetas visionudos hacia la razón. Sólo saben leer y escribir poemas irracionales, o “arracionales”, “antilogocentristas”, como dirían esos bárbaros... Imágenes e imágenes, producidas en forma automática, sonámbula, apenas unidas entre sí como con el hilo de un collar. La metáfora por la metáfora misma, en el mejor de los casos; en los más, puros grafismos... Yo pretendo que el poema aspire a cierta unidad integral, racional (¡”el logocentrismo”!): sí, como prosa. No me ofende que se considere a mis poemas como artículos en renglones más cortos que los de mi prosa. Me gustan incluso los poemas con argumento, y hasta con un cuento, una trama: su principio, su desarrollo, su fin... Mi práctica podrá ser deficiente, pero es sana la teoría: por ejemplo, la poesía racional, discursiva, incluso narrativa de Borges. Todas las “locuras” de Prévert hacen sentido. Y las de Gil de Biedma.

—¿Crónicas en verso?

—Poemas dramáticos, con personaje: monólogos, diálogos, episodios, viñetas con mayor intimidad que la que suele permitirte la crónica en prosa. Más “románticos”, si se quiere... Hablo un poco del desengaño de las generaciones que querían “cambiar el mundo, transformar la vida” en la  “Canción de W. H. Auden”. De la desolación erótica durante ciertas noches capitalinas, en “Elegía de San Ángel”. De algún desastre sentimental, en la elegía quinta. De algunas exaltaciones oníricas, eróticas o sentimentales en “Besar la luna”, “Sebastián”, “Garañón de la luna”, “Ciega luna”, “Cristal de luna”, “Arde un ángel”. De ciertos terrores nerviosos y hasta, je, algo metafísicos, en “Verano del 91”, “Catedrales sumergidas”, “Ojos como gajos”, “Fogata en verde”.

—Insisto: ¿La poesía como otra manera de la crónica?

—No llego muchas veces a ser tan radical. Me habría gustado intentar más la poesía de circunstancias. Todavía hay tiempo: no tengo idea de qué poemas vaya a escribir en los próximos años. Voltaire y Goethe decían que todo poema era “poesía de circunstancias”. Pero se necesitan muchos recursos difíciles, ahora que no hay la coartada del metro y la rima, para rescatar en un texto breve, con renglones o versos meramente cortos, sin mayor música, situaciones o episodios más o menos banales... Lo que nunca me he creído es el idealismo, la videncia, el soy-pero-no-soy, el muero-porque-no-muero, el veo-lo-invisible. Eso es pura esoteria, charlatanería de intérpretes del tarot. Nada de Melusina en mis poemas: “Sibilas, absténganse”. Poesía al nivel de la banqueta, del bar, del condominio, de la charla o, cuando mucho, de los sueños... aunque también en estos sitios algo resuene de los misterios mentales y carnales... Ni el idealismo ni la videncia son actitudes que me guste asumir cuando escribo; tampoco me gustan demasiado en los autores que leo. No todos los poetas “visionarios” logran verdaderas visiones, nomás hacen puras visiones: hay como dos mil poetas visionudos en México.

—¿Puede un crítico escribir poesía?

—Puede. Por lo demás todo mundo es crítico. Hay quienes publican sus opiniones, y quienes, más astutos, se limitan a telefonearlas... Ésa es toda la diferencia. A lo que nunca debe aspirar un crítico público es a la simpatía ni a la benevolencia de los colegas a quienes ha expuesto públicamente como ramplones o farsantes. Los colegas te devuelven los mismos cargos, acaso con la misma justicia (o injusticia)... Folklore literario.

—¿Qué importancia le atribuyes a tu poesía?

—Escasa: cuenta con pocos lectores. Sin embargo, por ella ando en este camino de las letras. Sin poesía no me imagino dedicándome a la escritura, para nada. Sin un juego de palabras, sin un regodeo verbal, no me creo ni siquiera uno de mis textos políticos. Y un juego de palabras, un regodeo verbal, ya es poesía... Pero si al lector le interesa más alguno de mis relatos, de mis artículos o de mis crónicas, pues ¡santo y muy bueno! También se agradece. Y mucho. Ya es algo tocar la “otra orilla” del lector con cualquier texto... Si es que se llega de veras a esa “otra orilla”, cosa que no les ocurre a todos los autores, ni a lo largo de tanto tiempo continuo: treinta años, como el período que cubren Poemas y elegías, y que es el de toda mi vida adulta; el de todos mis otros libros... Sucede que algunos de los no-poetas o anti-poetas de entonces hemos perseverado, pero la gran mayoría de los visionarios preciosistas, los visionudos, en cambio, simplemente se han mudado —enmudecidos— a los medianos puestos burocráticos. Desde ahí hacen abundante crítica oficial u oficiosa, pero telefónica (ahora celular), y poca poesía visionuda, que se les va agotando con la edad. Ya es un exceso dárselas de vidente o de “pararrayos celeste” a los veinte años, ¡pero a los cincuenta...!

—¿Quieres añadir algo?

—Sí: no vayas a decirles a tus lectores que Poemas y elegías son una variante en verso libre de Función de medianoche, ¡se lo pueden creer!



2.- SOBRE LAS ROSAS ERAN DE OTRO MODO

Has publicado un libro cuentos.  Seguramente el lector común no se esperaba un libro de cuentos tuyos: se te ve más como ensayista o cronista...

—Ese es un prejuicio de los periodistas y los académicos. Yo escribo de todo. La gran mayoría, por encima del 80 por ciento de los escritores mexicanos modernos han cultivado varios o todos los géneros. Y los europeos también. Creo que es un prejuicio norteamericano el autor “especializado” en un solo género. Rulfo escribió artículos, poemas, guiones de cine, cuentos, novelas. Gorostiza escribió ensayos de crítica literaria y de teatro. Voltaire, Hugo, Gide escribieron de todo. Lo mismo Reyes, Borges, Cortázar, Paz... Los géneros literarios no existen: son membretes, convenciones que se usan para clasificar las obras. Existe la escritura. Cuando yo asistía al taller literario de Juan José Arreola en la Casa del Lago, a mediados de los años sesenta, se hablaba de “textos”, no de poemas, ensayos, dramas, comedias, artículos, notas, libretos, etcétera. Sólo textos.

¿Y en qué tipo de textos te sientes más cómodo?

—En los artículos, desde luego.  Para eso se inventaron. Son el género más fácil. Hago crónicas como enchiladas: en una hora, hora y media, ya está una crónica de tres o cuatro cuartillas. En cambio, un ensayito sobre Paul Valéry, por breve y didáctico que sea, me puede llevar semanas. Los cuentos y poemas pueden concebirse en unos cuantos días, o en unas cuantas horas: pero a veces exigen meses o años de composición y reescritura. Las novelas y los ensayos largos a veces exigen lustros.

¿Qué es lo más difícil de un cuento?

—El tono, que a veces coincide con el punto de vista. No tanto la anécdota. Ya se sabe que no hay más de 36 situaciones dramáticas en toda la literatura universal. Pondrían enlistarse miles de cuentos sobre adulterios o asesinatos o amores imposibles. El tono: la atmósfera emotiva e intelectual. Y quién narra, o desde quién se narra esa anécdota. Por eso muy pocos escritores pueden escribir muchos cuentos buenos (salvo Maupassant o Chejov). Aunque no es difícil concebir varios cientos de anécdotas, resulta imposible dotar a cada una de ellas de un tono y una perspectiva peculiares. Si los escribes todos con el mismo tono y el mismo punto de vista estás repitiendo siempre el mismo cuento, aunque varíes mucho las anécdotas. Yo siento que tengo un cuento cuando tengo con claridad en la mente la voz que narra (en “Las rosas eran de otro modo” la viejita irónica y un tanto cascarrabias, por ejemplo) y el tono (en ese mismo cuento: sentencioso, irónico, algo deprimido pero no sentimental, no melodramático: la sabiduría de una vejez bien llevada, digamos).

Pero no has escrito muchos cuentos...

—He publicado unos treinta. Algunos de mis primeros textos adolescentes fueron cuentos y tuvieron la suerte de que los corrigiera Arreola en su taller, como “Metamorfosis” y “La búsqueda”, que ganaron varios premios en los años sesenta, y casi todos los textos narrativo-poéticos, de “varia invención”, de mi primer libro: Otra vez la playa. Pero en efecto, dejé de escribir cuentos muchos años. En parte por falta de estímulo: nadie los publicaba. Como en los periódicos y revistas rechazaban los cuentos, había que publicarlos sólo en libro: no escribir un cuento, sino una suite de cuentos con cierta unidad de tema y estilo, para un volumen unitario. Y eso ya casi era una novela. Me puse a escribir muchas novelas, de las que logré terminar y publicar cinco. Pero publiqué muchos cuentos en revistas estudiantiles, sobre todo de la UNAM; y cinco cuentos acompañan mi noveleta El castigador (ERA, 1995). En todos mis libros de crónicas, por otro lado, he incluido cuentos: relatos imaginarios. Los contrabandeo como crónicas para facilitar su publicación y su lectura. Tanto los editores como los lectores desprecian los cuentos y aprecian excesivamente las crónicas. Si el mismo texto, digamos “El estanquillo” o “La bondad del Hombre Lobo”, lo presentas como cuento, nadie lo lee ni lo quiere publicar; si lo presentas como crónica, hasta te lo aplauden. Eso me ha ocurrido muchas veces.

“El juramentado” parece un ajuste de cuentas con la generación que te precedió...

—Sí, la tomo un poco en broma; pero traslado a una generación inmediatamente anterior un futuro que veo próximo para la mía. Ese cuento trata de unos muchachos bohemios que llegan a los sesenta años de edad; lo escribí cuando cumplí cincuenta. Hay sobre todo una especie de sátira contra toda juventud, contra sus locas esperanzas y fatuidades, y claro, una cierta melancolía de que nos haya abandonado.

“Recuerdo de Veracruz” es un retrato un tanto cruel de los homosexuales...

—En casi todo lo que hago priva la vena satírica. No necesariamente la escogí, aunque me agrada: siempre he sido así. No me veo escribiendo relatos líricos o sentimentales de los gays. Cuando apareció mi novela Mátame y verás me acusaron de homofóbico, como si un homosexual tuviese prohibido hacer bromas de los homosexuales y debiese concentrar sus sarcasmos contra los heterosexuales. Pero eso es una superstición. Hay que ver cómo hablamos los gays unos de otros en los bares, o por teléfono. Aristófanes sirve para todo, especialmente para la burla de lo más cercano: del propio gremio, del propio grupo, del propio ghetto. También se me acusó de ver muy cruelmente el amor homosexual en Las púberes canéforas... Decididamente no seré yo quien escriba unas églogas gays, aunque lo he intentado en poesía. Quiero recordarte, sin embargo, que Verlaine, Wilde, Proust, Gide, Novo escribieron también “textos crueles” sobre el carácter gay. La función de un escritor, por lo demás, no consiste necesariamente en hacerles propaganda azucarada a las propias simpatías y afinidades. Por lo demás, quise hablar sobre todo de la soledad espantosa de muchos gays urbanos de mediana edad. Eso es un hecho. Las películas y los relatos bonitos suelen centrarse en los amores adolescentes, cuando todo es Romeo y Julieta; pero como dijo Bette Davies, “old age isn’t good for sissies”.

Buena parte de los cuentos de Las rosas eran de otro modo ocurren en provincia...

—La literatura mexicana suele olvidar la provincia. Fuera de México todo es Cuautitlán. Pero yo me crié en Hidalgo, en Puebla, en Tlaxcala, y he viajado por todo el centro y el sur del país. Incluso partes del norte: Tijuana, La Paz, Mexicali, Monterrey, Culiacán... En cuestión de provincia, sin embargo, me quedo con el centro: Estado de México, Puebla, Veracruz... Recuerdo una provincia atroz, productora de emigrantes, donde conseguir el empleo más modesto y peor remunerado es casi una hazaña, donde la prepotencia de caciques, curas y potentados no conoce límites... Una provincia abandonada, insegura, inculta, en ruinas. Escribí muchas crónicas sobre provincia cuando fui reportero digamos honorario (es decir, muy dizque estimado pero muy mal pagado) del Unomásuno a principios de los años ochenta. Y he visto entre gente próxima, incluso en mi propia familia, esa caída atroz de la vaga clase media en la miseria o la indigencia implacables, especialmente en el caso de las mujeres, cuando quedan huérfanas o viudas, o son abandonadas, como “La prima Trini”. Pero también hay algo de bromas y de juego literario. “El corrido de Juan Murrieta” es una nota roja potosina, pero también una variación de los cuentos de matones de Borges, de alguna de sus milongas. En “Las tripas del padre Panchito” trato de reconstruir el habla y la mentalidad de varias de mis tías ancianas de Tulancingo, entre las que me crié, y me burlo un poco de ellas. Si hay otra vida y me las encuentro, me van a agarrar a pescozones. Las perras en celo de Cuetzalan, aunque yo llamo al pueblo de otro modo para no incomodar a algunos amigos que viven ahí, aluden a un cuento poco conocido de Maupassant: durante unas vacaciones que pasé ahí con Pepe Morante, cuya casa está muy cerca de la iglesia, sufrimos toda la madrugada y todo el día el tormento de los campanazos y de los rezones y sermones a todo volumen por altavoz; me daba vueltas y vueltas en la cama, tratando de dormir entre tanto estrépito, y soñando venganzas contra el cura. Recordé el cuento de Maupassant. Pero el mío lo escribí quince años después de mi última visita a Cuetzalan. Los güeritos indígenas de los alrededores de Chipilo existen y surten el mercado de la prostitución masculina en la ciudad de México desde hace décadas. Los chichifos de ojos azules cobran más caro. Me pareció divertido endosarle el güerito de ojos azules a una sirvienta casi anciana en recuerdo de una criada que efectivamente trabajó en mi casa, con mi mamá, y que trabajaba como loca para mantener a un marido güevón veinte años más joven que ella, aunque ni siquiera tenía los ojos azules. Le regalé a mi vieja sirvienta abnegada un amante de ojos azules, casi de importación.

“La historia clínica de Pepe García” y “Las tribulaciones de una mexicanista” acaso desentonen con el estilo sucinto, realista, de los otros...

—Acaso. La sátira es más abierta. El lío de Pepe García me ocurrió, terroríficamente: un amante de repente desapareció y dejó un recado vago, equívoco, en una clínica a la que estaba abonado. Como tenía un nombre muy común me encontré a seis o siete de sus homónimos durante las cinco o seis horas que lo anduve buscando por los hospitales de la Ciudad de México. No quise revivir mi terror, sino jugar con ese recuerdo terrorífico y llevarlo al absurdo, al kafkianismo autóctono de nuestra burocracia y de nuestra sociedad entera. Quizás me ganó un poco el juego literario, y me importó más divertirme que trazar una historia verosímil. Preferí la diversión de la proliferación de absurdos. En “Las tribulaciones de una mexicanista” reúno las quejas que he escuchado entre los estudiosos extranjeros y nacionales sobre la idolatría nacionalista de nuestra historiografía, de nuestra museografía. Concuerdo y simpatizo con no pocas de las opiniones de mi protagonista, la Julie, así como con las de doña Emma Velasco, la periodista de “Las rosas eran de otro modo”.

¿Piensas seguir escribiendo cuentos?

—Sí, claro; de hecho, varias de las “crónicas imaginarias” de mi nuevo libro, Álbum de pesadillas mexicanas, son eso: cuentos, pero con temas o ambientes históricos.

Suerte, Joaquín.

—Gracias, Gabriel.



3.- SOBRE LAS CRÓNICAS: FUNCIÓN DE MEDIANOCHE, CUANDO TODAS LAS CHAMACAS SE PUSIERON MEDIAS NYLON, LOS MEXICANOS SE PINTAN SOLOS, UN CHAVO BIEN HELADO, SE VISTEN NOVIAS Y ÁLBUM DE PESADILLAS MEXICANAS.

-Álbum de pesadillas mexicanas lleva como subtítulo: “crónicas reales e imaginarias”...

-Hay más juego de fantasía, de invención en este libro de crónicas que en los anteriores. Hay cuentos totalmente imaginarios, como “El pipián del arzobispo”, “Fray Cipriano en la hoguera” y “Aspectos siniestros del Nican mopohua”, aunque creo que corresponden plenamente a su momento y a su atmósfera históricos. Hay cuentos totalmente reales, incluso textuales, ofrecidos por los documentos de archivo, como “El affaire Mier y Terán”, o por los libros: “El soldado Botello” parte del libro de Bernal Díaz del Castillo y “Más razones da el pulque” de las varias obras históricas citadas. Y hay cuentos anfibios, en los que respeto los hechos históricos pero introduzco un personaje imaginario, como el soldado Jáuregui de “El oro de los trasgos”, el visitador Beaumont de “La increíble historia de la China Poblana”, el “tipógrafo de Alamán” o el espía del “Informe reservado sobre Carlos María de Bustamante”. La crónica se permite estos juegos de literatura e historia, e incluso son tradicionales en América Latina: tenemos a Riva Palacio, Ricardo Palma, González Obregón, Genaro Estrada, Artemio de Valle-Arizpe... La tercera y más abundante sección del libro está conformada por estos juegos, que casi siempre aparecieron originalmente en mi columna “La Historia por Vecina”, de la Crónica Dominical que dirigía Rafael Pérez Gay...

-Se ha calificado a las otras dos secciones de una crítica feroz del príismo...

-Todas mis crónicas son sátiras, desde las que escribía a principios de los años setenta. La sátira te permite enfatizar y colorear, demostrar la monstruosidad de ciertas situaciones políticas mediante el esperpento, el carnaval y la reducción al absurdo. Y realmente tuve que escoger muy pocas de las crónicas que escribí a fines de siglo, porque el público ya estaba cansado de las crisis y los crímenes y las catástrofes que agobiaron al país en esa época, y que además recibieron un trato abusivo por parte de los medios de comunicación. Ya nadie quería saber más de Colosio o de Salinas. Me quedé con unas quinientas páginas en el cajón. Destaqué las críticas a los episodios y personajes del PRI porque fueron más importantes que los de los otros partidos, aunque éstos no cantaron mal las rancheras. Pero la gazmoñería de ciertos políticos panistas como Fox, cuando gobernador, o Castillo Peraza, como candidato a jefe del gobierno de la ciudad, o de los perredistas Cuauhtémoc Cárdenas y Muñoz Ledo no lograron en mi pluma, por desgracia, páginas más divertidas que las dedicadas al PRI. Mi crítica a la izquierda fue muy dura porque la corrupción, el oportunismo, la necedad, la ignorancia, el pragmatismo y demás vicios que reveló nuestra golden left en cuanto estuvo cerca del poder, me dolieron más que los vicios ya conocidos y previstos del PRI y la derecha. Sin embargo, escribí libelos desaforados y seriezotes. No creí que funcionaran literariamente como sátiras en este libro. Y ahora duermen en el cajón.

-¿Qué diferencias encuentras entre el Álbum de pesadillas mexicanas, tu último libro de crónicas, y Función de medianoche, el primero?

-No he releído Función. Detesto releerme y sobre todo en crónicas y periodismo, géneros rápidos, a veces espontáneos, que te permiten exhibir demasiado crudamente tus esperanzas, emociones, ideas, prejuicios. Al paso del tiempo se vuelven casi indecorosos, tanto cuando la historia te dio la razón (yo no exageraba en ese libro: nos estaba llevando la chingada desde entonces), como cuando te contradice: las esperanzas socialistas, socialdemócratas y hasta del mero Estado Benefactor, con sus módicas dosis de justicia social, se derrumbaron en todo el mundo. Pero creo que Función es el libro de un muchacho que se pretendía escéptico y desesperado, pero que en realidad albergaba secretas esperanzas en la contracultura y el socialismo, y creía que “el progreso” nos conduciría casi por su propia inercia a un futuro mejor: ¿acaso Europa y los Estados Unidos no estaban “progresando” en niveles de bienestar, de libertad política, de tolerancia social y cultural? Función de medianoche, con todas sus lobregueces, es un librito juvenil secretamente optimista. Los posteriores ya no. Álbum es un libro de un cincuentón desengañado que trata de al menos soportar el mundo idiota con la sonrisa de Voltaire. Cuando lo escribí leí mucho a Voltaire, a Flaubert, a Ricardo Palma y a González Obregón, a Novo (siempre releo a Novo), a Borges y a Bioy Casares.

-Tu segundo libro, de 1987, fue Cuando todas las chamacas se pusieron medias nylon...

-Pero contiene textos antiguos, anteriores a 1983. Hubo problemas con la edición de ese libro, pasó por varias editoriales: tardó en publicarse. Trataba de narrar el carnaval de la modernización loca y abusiva de México durante la segunda mitad del siglo, una industrialización y una urbanización supersticiosas, ineficientes, apocalípticas, que causaron mayores miseria y desorden que los que pretendían remediar. En realidad el modernismo del PRI no trataba de remediar nada, sino de hacer buenos negocios para los modernizadores. Por eso todo se hizo a lo loco, con los resultados conocidos de monstruos urbanos miserables, grotescos, catastróficos y todo el carnaval de la economía del consumo en una sociedad lumpenizada. Es un librito muy cercano a Función de medianoche, aunque más politizado. Creo que todavía esconde cierto optimismo, cierta sonrisa dentro de su travesura de cantar a lo Juvenal o Jeremías la destrucción modernizadora de la sociedad mexicana.

-En Un chavo bien helado todo es negro...

-Así fueron esos años. Crisis económicas y políticas sin precedentes, miserabilización acelerada de la sociedad, resquebrajamiento de las instituciones políticas, cinismo y voracidad de las clases políticas y adineradas, revanchismo clerical; a esto se aúnan catástrofes inesperadas: el sida, los temblores de 1985, otros desastres naturales y muchos desastres modernos, industriales, como la explosión de instalaciones petroquímicas por corrupción, estupidez y falta de mantenimiento. En 1985 la ciudad de México parecía vivir la víspera o al día siguiente del fin del mundo. La ciudad derrumbada y la gente desolada, sin esperanzas, sin esperanzas de llegar a tener esperanzas. Creí que eso ya era el fondo del túnel, pero apenas comenzaba. Fue muy criticado su tono lóbrego y miserabilista, pero resultó menos atroz que la realidad del futuro inmediato. Yo creía exagerar, jugaba a exagerar, y no me acercaba ni con mucho a los desastres que se avecinaban.

-Quedarían un poco de lado Los mexicanos se pintan solos y Se visten novias...

-Son libros más literarios. Luché para no obsesionarme con la lobreguez que veía en el país y su futuro. Por encontrarles o inventarles aspectos simpáticos a los días negros. Me gustan esas crónicas porque en ellas hay más literatura que sociología o reportaje. Constituyeron una especie de barricada personal contra la desolación, el pesimismo, el vicio de la tristeza. A pesar de todo, “hay que intentar vivir”, como diría Paul Valéry. Pero la verdad es que por esos años le perdí gusto a la crónica y al periodismo. Ese trabajo me había dejado de entusiasmar, me deprimía, me extenuaba. Y dediqué mis esfuerzos a otras cosas: novelas, cuentos y ensayos literarios. A partir de Un chavo bien helado me encerré a leer clásicos: a leer literatura lo más posible, y a escribir y pensar sobre el México real lo menos posible. Instinto último, casi terminal, de supervivencia.  Jugué a ciertas farsas, como El Castigador (1993) y Mátame y verás (1994), escribí cuentos y sobre todo muchos ensayos sobre escritores antiguos; traduje a Goethe, a Rilke, a Auden, a Isherwood, a Maupassant...

-De tus novelas hablaremos mañana.



4.- SOBRE LAS NOVELAS: LA VIDA ES LARGA Y ADEMÁS NO IMPORTA, LAS PÚBERES CANÉFORAS, CALLES COMO INCENDIOS, EL CASTIGADOR Y MÁTAME Y VERÁS...

-La vida es larga y además no importa (1979) parte de un pensamiento de Pascal, sobre la vanidad del arte. Pascal censuraba a la pintura que nos hiciera admirar cuadros que imitan seres o cosas que no admiramos.

-Valéry censura mucho ese pensamiento. Encuentra en él el jansenismo histérico de Pascal, su odio tanto a la vida como al arte. A mí me pareció ciertamente ingenioso, por su juego de paradojas. Y en efecto, las novelas, especialmente las novelas realistas, tratan de gente a la que no nos gustaría mucho conocer en  persona. ¡Qué tedio convivir con la Bovary, la Karenina o la Regenta! Pero sobre todo era una burla contra mí mismo. Después de intentar unos diez años diversas novelas vanguardistas, extravagantes, que imitaban a Gide, a Genet, a Mishima, a Cortázar, a Lezama, a Faulkner, a Vargas Llosa, a Fuentes, me decidí a terminar al menos una con la estética más simple y llana posible, casi un reportaje. Mi primer obstáculo narrativo, un muro que no pude franquear durante diez años, fue la moda de la narrativa vanguardista del surrealismo, del realismo mágico y del “boom”. Un tanto irónicamente, me resigné a escribir una novelita simple. Pero quería que la presidieran tanto un título como un epígrafe irónicos, que se notara que me estaba burlando de mi propio asunto y de mi propia estética. En realidad, tuve que simplificar todo lo que había querido narrar antes, reducirlo; de hecho, esta novelita es apenas la primera parte, la que no trata mucho de homosexualidad, de un díptico sobre los mismos personajes: un escritor bisexual, una dama prefemininista y un chichifón. La segunda parte, ya menos sencillita, y más enfocada en el relato de atmósferas gay, fue Las púberes canéforas (1983).

-En Las púberes canéforas ya aparece la ciudad nocturna terrible de Función de medianoche (1981).

-Y de mis Elegías (1977-1991). Por aquellos años yo vivía mucho de noche y en la calle. No había otros espacios para los homosexuales. Se ligaba en las calles, de noche, y en algunos bares clandestinos. La ciudad ya daba mucho miedo, pero menos por la delincuencia que por la policía. Eran los años de López Portillo y su célebre jefe de policía, el general Durazo. No había sida. El mayor y más frecuente terror de los homosexuales era caer en manos de los esbirros del orden.

-En Calles como incendios (1985) cambias de rumbo...

-Volví a mis queridos vanguardismos, y no gustó al público. A mí me encantó escribirla. Me entusiasmó más que muchos otros de mis libros. Las crisis económicas y sociales de la época pintaban a la ciudad de México con colores y perfiles apocalípticos, ¿por qué no jugar a un Apocalipsis de feria? Imité un poco a Gore Vidal, en Messiah, y narré un fin del mundo lumpenísimo, en  una ciudad de menesterosos, con un redentor-boxeador y una doctrina que parodiaba el estoicismo. Una locura. Me pareció tan desmesurada que jugué a un punto de vista loco: que el narrador fuera loco, un demente que se imagina reencarnación de Lope de Vega y que ve el fin del mundo como una comedia de capa y de espada. Gustó mucho a mis amigos, a quienes por cierto no les había entusiasmado Las púberes canéforas, pero el público prefirió ignorar el libro.

-Hay un gran lapso entre Calles como incendios y tu siguiente libro, El Castigador (1992).

-Se me fueron esos años escribiendo guiones para cine con Paul Leduc, los artículos y crónicas de Un chavo bien helado y Los mexicanos se pintan solos, y sobre todo la voluminosa investigación de mis libros sobre la literatura novohispana.

-El Castigador es un libro alburero...

-Una novelita picaresca cuya principal característica es el juego con el lenguaje procaz y los albures. El Castigador es el hombre más indigno concebible, el peladito que se prostituye con una mujer; no un gigoló ni un chulo, sino una especie de puto heterosexual, objeto pasivo del deseo de la Geles, quien se permite incluso timarlo, pagarle con puro viento: falsas promesas de chamba, y mientras tanto tenerlo moviéndose en la cama. Él se venga de esa mujer en la cárcel, pintándola lo más burlesca y obscenamente que puede. Lo mejor que me pasó con esa novela fue que le gustó a Jaime López y que decidió producir una obra teatro basada en sus primeros episodios, tuvimos más de treinta representaciones; calculo que, en total, ya sea en el teatro o en un bar donde la presentamos como variedad, nos vieron más de 600 personas. Cuando terminó la temporada me quedé engolosinado con esa vena satírica, y escribí con mucha rapidez Mátame y verás...

-¿Es homofóbica?

-Eso dizque lo inventó Monsiváis: categoría digna de su discernimiento, y convocó a algunas loquitas embutidas en el medio periodístico para atacarla. Es una burla desde adentro de los asuntos homosexuales, una farsa mucho menos feroz que las de Genet, por ejemplo. Imagino un heterosexual obligado a convivir con homosexuales y que narre su antipatía hacia ellos. Estaba yo harto de la cursilería de las odas de chauvinismo gay y del gayismo políticamente correcto de los “estudios de género”. También le disgustó a González de Alba. Curiosamente, en varias revistas porno, gays, de muchachos con los genitales en exhibición, aparecieron reseñas muy favorables. Los lectores gay de las revistas porno fueron menos pudibundos que los mentecatos intelectuales gay políticamente correctos. Cuando la terminé, en 1994, supe que era mi última novela. Ya era mi tercer fracaso de librería consecutivo en el género novelístico, y decidí no seguir invirtiendo tanto tiempo, paciencia y desgaste emotivo en novelas que la gente no quería leer. Si de todas maneras me iban a leer pocos, que fueran cuentos. Uno puede dedicarse dos o tres meses a un cuento y abandonarlo. La novela a veces se lleva años.

-Queda pendiente tu crítica literaria.

-La vida es larga..., Gabriel.