lunes, 28 de octubre de 2019

EL HOSPITAL DE LA SANGRE


EL HOSPITAL DE LA SANGRE

I
Los temblores de 1985 echaron por tierra uno de los hospitales de beneficencia más antiguos y prestigiosos de la ciudad de México, el Hospital Juárez, cerca de la estación Pino Suárez del Metro, en la calle San Pablo, donde desemboca Izazaga para llegar a La Merced. Se le llamaba popularmente el Hospital de la Sangre.
Dicen que fue el primero donde se urdieron los diabólicos experimentos quirúrgicos del positivismo, que consistían en una especie de transfusión sanguínea. Aunque no se trataba de una técnica del todo reciente -existía en la Europa del siglo XVII, y los incas la practicaban desde mucho antes-, escandalizó a la ciudad de México de la época de Santa Anna.  ¿Cómo era posible extraerle sangre a un cristiano para inyectársela a otro? ¡Eso era casi un coito, o más que un coito! “¡Sangre de Cristo, fortifícame!” ¿No se le estaría transfundiendo al otro también el alma, el demonio, la herencia, la memoria, las virtudes, los pecados y no sé cuántos espíritus? Frankenstein asomaba por el rumbo de San Pablo.
Y sin embargo, la maldita ciencia funcionaba algunas veces (claro: los científicos tramposos ocultaban sus múltiples derrotas -pues se desconocía el concepto de incompatibilidad de tipos sanguíneos, para no hablar de la higiene-, y sólo exhibían sus escasos triunfos): había moribundos decentes que sanaban de repente, milagro de la ciencia positiva, ¡gracias a la sangre que les compraban a los indecentes pelados!, muertos-de-hambre y léperos que desde la madrugada hacían cola para vender su medio litrito a la semana.
¡Semejante comercio del diablo! En lugar de trabajar, los malvivientes iban ahí nomás a vender su sustancia divina, porque la sangre la da sólo Dios: es la vida misma, y de inmediato se iban a gastar esos buenos pesos tan malhabidos en pulque y francachelas.  Ni en tiempos de Huichilobos se había oído de tal chapuceadero de sangre.
Se le llamó Hospital Juárez en 1877, en memoria del codicioso presidente que había hurtado al clero esos terrenos y fincas pertenecientes al Colegio de San Pablo. Claro: antes el arzobispo Lorenzana se los había arrebatado (1788) a los agustinos, quienes le pusieron pleito y parece que los recobraron, al menos en parte. Los agustinos, desde luego, a su vez se los habían birlado (1569-1575) a los franciscanos. Y vaya usted a saber a qué calpulli o cacique aztecas se los habían sustraído los “hermanos seráficos”, al día siguiente de la conquista, con el “paulino” fray Pedro de Gante a la cabeza. Ladrón que roba a ladrón...
Un terreno de lo menos recomendable, como se ve. Aunque el Colegio de San Pablo floreció a lo largo de todo el siglo XVII, y rivalizó con la universidad, con los colegios jesuitas y con los conventos de San Agustín, San Francisco, San Diego y Santo Domingo, como centro de estudios, grillas y disputas teológicas, ya en el XVIII no era sino una inversión inmobiliaria. Amplios terrenos que se rentaban para ferias: la “feria de San Pablo”, y hasta para corridas de toros.
Ahí se construyó en forma, primero en madera y luego en mampostería, una plaza muy concurrida en los últimos tiempos de la colonia: la “plaza de San Pablo”, los “toros de San Pablo”.
Se volvió cuartel en la época de Santa Anna; luego hospital militar y civil, de fama macabra y sangrienta. Entonces el Benemérito se apoderó de todos los terrenos (1860), exclaustró a los escasos agustinos que quedaban en el Colegio de San Pablo y dedicó todo el sitio y sus instalaciones, según opinión de sus detractores, exclusivamente al tráfico de la sangre. El Templo de la Sangre. El Laboratorio del Diablo. El Mercado de la Sangre.
A lo largo del siglo veinte, hasta el mismo día del primer temblor de 1985, seguían yendo ahí a vender su sangre todo tipo de desarrapados. A partir de esos temblores, y como consecuencia de la epidemia del sida, se prohibió la compraventa de sangre.
         En la terrorífica leyenda del Hospital de la Sangre se omite, sin embargo, un dato curioso. Fue también un primer intento mutualista de Seguro Social entre pobres, que se pagaba no con dinero, sino con sangre: un accidentado, un enfermo, una parturienta recibían atención médica a cambio de la sangre que sus familiares o amigos donaran en su nombre: “Vengo a donar mi sangrita por la curación de mi cuñada”...
Banco de Sangre, también: había quien depositaba sus medio litritos por anticipado, en espera de la operación, cuando se los devolverían (espero) con módicos intereses, a tasa fija o variable. Cuestión de mililitros en épocas de baja inflación.
        
II
Pero también se omite un secreto a voces desde el siglo XVI: el nombre, San Pablo, que siempre ha quemado como tizón vivo en la boca de todo cristiano, y especialmente a partir de Lutero, cuando los protestantes se abanderaron con la doctrina y el ejemplo de san Pablo contra la doctrina y el ejemplo de san Pedro.
No fue común dedicarle al apóstol de las epístolas, a esa especie de apóstol-por-correspondencia, muchos templos, conventos ni colegios.
No se podía prescindir de él, porque fundó la teología cristiana y estableció la tremenda revolución de que el cristianismo no fuera exclusiva ni principalmente judío ni para judíos, sino universal y sobre todo para los gentiles o paganos. El apóstol Santiago (llamado “el menor” o “el justo”, hermano de Jesús y primo y tocayo del borroso Santiago “el mayor”, aunque era más joven, dizque apóstol de España) y el apóstol san Juan, lo detestaron y escribieron cartas, sermones y partes del Apocalipsis contra él.
Lo llamaron el “Apóstata” porque renegaba del judaísmo en favor de los paganos, y se lucía más como “ciudadano romano” que como judío.  Porque muy pronto se cambió el nombre judío Saulo por el romano Paulo.
Se proclamaba el “Apóstol de los Incircuncisos”, el “Apóstol del Prepucio” (sic) y dueño de la iglesia de todo el mundo, salvo Jerusalén, “ciudad maldita”, y el ghetto judío de Roma, que casi con lástima cedía a Pedro, Santiago y Juan, simples “apóstoles de la circuncisión”.
Lo llamaron el “Falso Apóstol” –el apóstol número trece; el trece a la mesa de la eucaristía; el treceno de una docena bien contada- porque nunca conoció a Cristo, ni lo escuchó en vida: dizque Jesús se le apareció durante su camino a Damasco, y lo privilegió con una instantánea revelación personal, sin testigos. Muy cómoda, muy teatral, muy aparatosa. Propiedad completamente suya. ¿Quién le iba a negar, corregir o enmendar lo que él decía que sólo él había visto y escuchado?
Lo llamaron el “Precursor del Anticristo”. El “Nuevo Simón Mago”, que era un milagrero de feria. El “Nuevo Balaam”. El “Nicolaíta” (Nicolás: “embaucador del pueblo”), el “Farsante”. El “Propagador de la Fornicación” o la “Gran Prostituta” o “Jezabel” (porque predicaba el matrimonio interracial de cristianos judíos con cristianos paganos). El “Falso Visionario”, el “Falso Milagrero”, el “Impostor”, el “Tragón Impuro” (porque permitía que los cristianos comieran los alimentos prohibidos por la ley judía, los no-kosher).
 Santiago, el “hermano” de Jesús; Juan, su “discípulo amado”, el montón de hermanos y primos y tíos y demás parentela galilea de Jesús dijeron de san Pablo todo tipo de cosas. La familia de Jesús era tremenda. Con decirles que san Judas Tadeo también era hermano de Jesús...

III
No había modo de ocultarlo. Los insultos existen en el Nuevo Testamento, donde también aparecen sus quejas y sus respuestas. En los Hechos de los Apóstoles, en el Apocalipsis, en las Epístolas, incluso en sesgos de los evangelios de Mateo, Lucas y Juan. Y en infinidad de escritos de los primeros tiempos del cristianismo no admitidos en la Biblia cristiana, pero sí en los tomotes de los Padres de la Iglesia. Clemente Romano, el obispo Policrates, san Policarpo, san Irineo, san Ignacio, san Justino, etcétera.
Antes de que se formaran y consolidaran las jerarquías eclesiásticas, los episcopados y el papado, así como el canon del Nuevo Testamento, durante un buen siglo (hasta el 130 d. C., más o menos), las dos corrientes cristianas: los judíos que consideraban a Cristo como una mera reforma dentro del judaísmo, y los paganos helenísticos y romanos que lo adoraban como un nuevo Dios universal, sin razas, debieron coexistir a codazos.
La gente de Pedro contra la gente de Pablo.
Y las rencillas subsistieron en los textos sagrados y en la escritura de todos los teólogos cristianos de los primeros siglos. (Ernest Renan desmenuza el babélico embrollo, lleno de citas textuales y referencias precisas en más de diez idiomas, a lo largo de los siete tomos de su Historia de los orígenes del cristianismo.)
Entonces se inventó volverlos gemelos.  El papa de los judeocristianos y el papa de los pagano-cristianos en una sola entidad bifronte. Al mismo tiempo los evangelios y las epístolas, cada cual en su sitio durante la misa.
Se le inventó en Roma un protobispado-protopapado a san Pedro, y una especie de Embajada-Universal-Extraordinaria-y-Plenipotenciaria-Para-el-Mundo-Pagano a san Pablo. Se les inventó que habían muerto juntos, martirizados por Nerón (año 64), en Roma.
Y a partir de entonces, y hasta Lutero, no se dejaba que san Pablo anduviera solo. Ni un solo paso. Siempre se le amarraba una pata a la pata de san Pedro. La ortodoxia acuñó una sola frase inmutable: “san Pedro y san Pablo” para esposar a quien mejor conoció a Cristo con el que mejor lo alucinó.
En 1572 los jesuitas fundaron en la ciudad de México su colegio perfectamente ortodoxo: “Colegio de San Pedro y San Pablo”.
De san Pablo se dijeron y se siguen diciendo cosas muy extrañas. Se dice que hay un cristianismo de Jesús (o de san Pedro, o de los galileos, o de la familia de Jesús) y otro de san Pablo.
Que Pablo duplicó el cristianismo (o lo multiplicó) al extenderlo indiscriminadamente a todos los gentiles, sin que previamente se convirtieran al judaísmo, como querían los apóstoles Pedro, Santiago y Juan. Con ello, permitió que se le infiltraran infinidad de filosofías (el gnosticismo), supersticiones y ritos egipcios, sirios, romanos y helénicos. Hasta cosas de Persia y de Babilonia.
Que como nunca conoció a Jesús en carne y hueso, sino como mera visión, Pablo lo volvió dios. Y que incurrió, en consecuencia, en idolatría. Deificó a un hombre, entronizó a un nuevo ídolo. El tremendo Cristo-de-san-Pablo.
Para sus discípulos y parientes verdaderos, históricos, galileos, Cristo era sólo un hijo de Dios (como a final de cuentas todo ser humano), aunque el elegido para una reforma radical: la del Mesías o Cristo, pero nunca un dios humano “igual” a Dios Padre.
Con san Pablo empieza ese lío del monoteísmo politeísta que adora a un solo Dios que son tres sin dejar de ser uno sin dejar de ser tres. Así lo explicaba el Patriarca Pérez frente a la Alameda: “Este era un gato con los pies de trapo y los ojos al revés, ¿quieres que te lo explique otra vez?”
El “apóstata” san Pablo, además, declaró concluida a Ley de Moisés. No había más que “su” Jesús. Nadie tenía por qué practicar “las obras”, los ritos, las creencias, las obligaciones del Antiguo Testamento, sino empezar de nuevo a partir de la aparición de Cristo... ¡al propio san Pablo! La historia universal se reiniciaba a partir del momento en que Cristo se le apersonó a Pablo: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”
San Pablo no escuchó el Sermón de la Montaña, sino el Sermón-Confidencial-de-Damasco, personalizado. Para sus seguidores, el cristiano debía creer solamente en el Cristo que había ensoñado san Pablo, muy a su modo y a su gusto.
Dos cristianismos. San Pablo es teólogo, autoritario, moralista; Jesús resulta tolerante, populachero y amigo de malvivientes de buen corazón, como la Magdalena y el “publicano” o cobrador de impuestos.
El fanatismo de la Doctrina frente a las bienaventuranzas del Sermón de la Montaña. André Gide quería ser un cristiano sin san Pablo.
Los logros de las misiones de san Pablo a lo largo y ancho del Imperio Romano resultaron más exitosos para el cristianismo que una mera reforma dentro de la religión judía, como querían los discípulos “históricos”, los parientes y compadres de Galilea, y san Pedro. No se podía prescindir de él. Todo lo más: amarrarlo al pie de San Pedro y que jamás anduviera solo. 
Porque de que san Pablo agarraba el paso por su cuenta nadie sabía adónde iba a parar. Solo, ni un solo paso.

IV
Durante la Edad Media el papado encumbró a san Pedro, y san Pablo quedó como una adherencia doctrinal universalista, especializada. Casi un simple nombre el calce de las epístolas. Uno tenía las llaves del cielo, y el otro había abierto (siglos y siglos atrás) las puertas del cristianismo a los gentiles.
No se permitía el culto individual a san Pablo. Olía a revelaciones personales muy extravagantes; a un cristianismo sin iglesia ni obispos; a un trato directo de cada persona con Jesús, y a una ruptura total con el judaísmo. A cualquier parroquiano se le podía ocurrir que Jesús se le había aparecido de repente en el camino a su pueblo, o de regreso del mercado, y que le había dicho esto y lo otro.
Quizás fray Pedro de Gante (o fray Pedro de Moere, o Muer, o Mura) quebrantó la regla de jamás tratar a san Pablo a solas, sin san Pedro, en homenaje a su emblema misionero, cuando le dedicó un templo en el solar que ocuparía el Hospital de la Sangre.
A final de cuentas, los franciscanos desembarcaron en México como san Pablo en tierras de paganos o gentiles. Pablo era El Misionero por antonomasia. Sin duda alguna, fray Pedro de Gante sabía ya para entonces de la rebelión de Martín  Lutero (31 de octubre de 1517). Creía que Lutero era un vulgar rebelde contra el papa, acaso un endemoniado más, hacia 1523.
De haber conocido las críticas luteranas a la corrupción católica, las habría sin duda compartido, como el resto de los franciscanos que desembarcaron en México. Todos echaban pestes de la iglesia corrupta.
Acaso fray Pedro de Gante no supo entonces que en Lutero renacía san Pablo y su teoría de que la fe obraba sola, sin iglesia; que el creyente se comunicaba directamente con Dios, sin intermediarios.  Y estableció el extraño caso de fundar en México una iglesia de san Pablo sin san Pedro, la cual se convertiría sucesivamente en el colegio agustino de San Pablo, la feria de San Pablo, los toros de San Pablo, el cuartel de San Pablo, el barrio de San Pablo, el hospital de San Pablo y el Hospital Juárez u Hospital de la Sangre. Quedan el nombre de la calle y una ruinosa iglesia del siglo XVIII.
No hubo otros homenajes célebres a san Pablo sin san Pedro durante el período colonial (salvo unos cuantos pueblos sin mayor importancia, y que debieron su nombre al azar, pues al fin y al cabo sobrevivía en el calendario) porque corrió la voz de que un san Pablo solo equivalía a un Lutero.
Y san Pablo se convirtió en el mayor o único santo de los protestantes. Desde entonces, los católicos mexicanos sólo trataron con un san Pablo chaperoneado por san Pedro, indefectiblemente.
Lo que sí conocía fray Pedro de Gante era que el buen Saulo de Tarso, judío fanático, el más fariseo de los fariseos, el más zelote de los zelotes, era un asesino. Encabezó el linchamiento de los primeros cristianos que mataron a pedradas a san Esteban. Nada menos. Incluso se quedó, como trofeo, con las ropas ensangrentadas del muerto. Toda su vida confesó llevar en el alma la sangre indeleble del diácono san Esteban. Las vidas de santos siempre son vidas edificantes o ejemplares. Con la “leyenda dorada” de su santoral, no sé cómo se atreven los obispos a criticar a la prensa amarillista.
Esta truculenta conversión del más sangriento de los perseguidores del cristianismo originario en su mayor misionero, gracias a una visión personal de Cristo en el camino de Damasco, heredó al cristianismo el endiablado acertijo de la “Teoría de la Gracia”.
En la religión judía todo era claro: un Dios racial había hecho un pacto con su raza favorita. En una religión no-racial, como el cristianismo, ¿quiénes serían los favoritos del Señor? ¡Misterio!
Cristo tiene un Libro cerrado con Siete Sellos donde están escritos desde el principio de los tiempos los nombres de los elegidos, y que no se conocerá sino hasta el final de los tiempos.
Quien quiera salvarse mediante la buena conducta, las prácticas religiosas, las penitencias y las buenas obras, se equivoca. A lo mejor su nombre no aparece en el Libro de los Siete Sellos del Apocalipsis. Quien se proponga condenarse persiguiendo y asesinado cristianos a diestra y siniestra, y matando a pedradas al pobre de san Esteban, ¡de pronto se salva, gratuitamente!, pues por eso tal teoría se llama de la Gracia. Un “acto gratuito”: su nombre sí está en el Libro de los Siete Sellos.

V
“¡La religión de lo arbitrario!”, clamaba Michelet, cuando pretendía que la Revolución Francesa había liberado a los oprimidos de la tierra de la Religión-de-lo-Arbitrario, del Club o la Mafia de los Misteriosamente-Elegidos. “Ahora sí todos iguales, y cada cual arquitecto de su propia conducta y su propio destino... Le Peuple!
Me cuentan que todo esto predicaba en la ciudad de México, durante los buenos años del callismo, el cismático Patriarca Pérez (quien además se llamaba Joaquín y estudió en Tulancingo), auxiliado por el no menos abominable heresiarca Manuel Monje, en su nueva “Iglesia Mexicana” de Corpus Christi, frente a la Alameda.
Dicen que san Pablo sin san Pedro se le aparecía en sueños y lo usaba de intermediario para comunicarse con el presidente Plutarco Elías Calles. Nada se sabe de cierto, salvo que a los cuatro años de ser ungido obispo mediante un rito protestante en Chicago, murió en la Cruz Roja de la ciudad de México (1931).
-¿Cómo es posible que haya existido una iglesia de san Pablo sin san Pedro durante la Colonia? –preguntaba nuestro nativo heresiarca Manuel Monje.
-Así la Reforma se iba abriendo camino en México desde los principios mismos de la evangelización –respondía el Patriarca Pérez.
-¿Fray Pedro de Gante habrá sido un enviado de Lutero?
-O del propio san Pablo...
-Lo que no entiendo es por qué, cuando fray Pedro de Gante predicaba el pensamiento de san Pablo entre los indios, decía, enseñándoles un dibujote tosco: “Santo que tiene, santo que tiene espada en la mano, ¿qué santo será?”. Yo habría respondido de inmediato: “San Pedro”, por la oreja que Simón Pedro le cortó al soldado romano durante la aprehensión de Jesús. San Pedro El Mochaorejas. ¡Pero no! Fray Pedro de Gante quería que le respondieran precisamente: “San Pablo”.
-Bueno, el emblema de san Pedro debían ser Las Llaves.
-¿Pero por qué La Espada para san Pablo? Cuando asesinó, no fue con la espada, sino a pedradas. ¡Pobre san Esteban!
-Se vería muy feo un santo apedreador. Definitivamente muy vulgar. No es emblemático.
-O Una Pluma...
-Los evangelistas llevarían preferencia:  san Marcos, por ejemplo. Porque ya sabemos que ni san Mateo escribió El evangelio según san Mateo, ni el erudito, helenístico y gnóstico Evangelio según san Juan fue escrito por el ignorantón y provinciano “discípulo amado”... Emblema de la Gracia: los misterios del Señor son inescrutables y el Enemigo-con-Espada se convirtió en el Propagador-de-la-Palabra...  Los últimos serán los primeros; los asesinos se erigirán en santos, y el mayor enemigo de Dios es su mayor amigo; este era un gato con los pies de trapo y los ojos al revés, ¿quieres que te lo cuente otra vez? –interpretó el Patriarca Pérez.
-Así sea y amén –añadió, adulador, su compinche el presbítero heresiarca Manuel Monje.
Desde las ventanas de su cismática iglesia de Corpus Christi admiraban el Hemiciclo a Juárez, en la Alameda. Eran los buenos años del general Calles, y el monumento de Juárez tenía a sus pies unos leones poderosos, de mármol, como todo un Nerón.


martes, 24 de septiembre de 2019

Las tripas del padre Panchito


Las tripas del padre Panchito

Por José Joaquín Blanco



                                               1
La señora Elvira se ve pequeña, flaca y sólida. Parece menos vieja de lo que es; en realidad, tiene una salud y una fuerza asombrosas, que oculta bajo una bata gastada, acolchonada, para que le compadezcan su soledad y su vejez. Sin embargo, la frescura de su piel, bastante tersa todavía, y su energía incesante la delatan.
         Sucede que se ha quedado sola en un caserón lleno de muebles, adornos y trastes viejos que de tan cuidados y pulidos hasta se ven finos. No siempre lo son. Pero dan cierta impresión de museo que asombra a los jóvenes. A la señora Elvira le gusta engañarlos, y señala sus objetos curiosos casi con desdén como baratijas heredadas o compradas por aquí o por allá “el año de Maricastaña”, pero como sugiriendo que a lo mejor no todos son tan baratijas.
         Se levanta casi de madrugada a asear todo el caserón, de un extremo a otro, aunque le han recomendado que cancele cuartos —cuatro recámaras, sala, comedor, cocina, alacena—, o que cubra con mantas algunos muebles que no usa, como sus grandes sillones, la consola de los años treinta y el piano. No quiere. Y cuida escrupulosamente su jardín, su gallinero, su gran patio enlosado lleno de macetas blancas con espejitos.
         No acepta criadas de planta que la ayuden. Nomás la enchinchan. La lavandera va los viernes en la mañana, y un chamaquito bien recomendado la ayuda en las tareas más difíciles (como acomodar la leña, podar los nogales, acomodar las bugambilias, cargar los bultos de alimento para las gallinas, acercarle al zaguán el tambo de la basura) de tarde en tarde, después de la escuela.
         Se pasa todo el día limpiando, para las escasas visitas que recibe, más o menos de su edad, pero acompañadas de una prole estupefacta que todo lo curiosea. Damas de la Cruz Roja, de las cofradías, de los clubs de cocina y bordado, “leonas” y rotarias, y sus amigas de toda la vida.
         Todos sus hijos, casados y con vástagos, viven en ciudades distintas y lejanas, donde han conseguido los empleos que no hay en Tulancingo. La llaman con frecuencia por teléfono, le escriben, le mandan dinero más que suficiente para sus gastos —¡hasta tiene sus inversiones en el banco, de lo que ahorra!—, pero sólo pueden visitarla cada uno o dos años: entonces ve su jardín jubiloso de nietos. A ella no le gusta viajar a esas ciudades, por no dejar la casa sola.
         De todos sus hijos, más o menos prósperos y honorables, sólo le salió torcida Chabela, dice, porque, primero, no pudo tener hijos, y luego se le divorció.
         —¡Pues vente a vivir conmigo, mija!
         —Mamá, cómo crees; aquí en Matehuala me va bien con mi mercería. Capaz que en Tulancingo me muero de hambre. Todo mundo tira un muro y convierte una recámara en una tiendita. Y ahí están sentados todo el santo día en sus tienditas sin vender nada, ocupados en papar moscas.
         —Donde come una comen dos, y sirve que me acompañas, mija; porque cualquier día me voy a morir y ni quién se entere hasta que salga la peste por las ventanas.
         —Ay mamá, no te pongas patética.
         —Tú nomás quieres seguir de divorciada para darle vuelo a la hilacha, mija.
         —¡Cómo crees, a mi edad! Y además me paso todos los días, incluyendo sábados y domingos, en la mercería. Ya ves que en ocasiones se vende más los fines de semana.
         Total, como hasta por teléfono se peleaban, Chabela dejó de llamarla y de escribirle. Sólo por navidad, cumpleaños y 10 de mayo. Y con puras vaguedades y monosílabos. Hace años que no se ven.
         Su hermana Carmela, en cambio, vendió todo y se fue a vivir a un departamentito en Naucalpan, para estar cerca de su hijo mayor y de sus nietos.
         De pronto, esta tarde, que va llegando Chabela llena de regalos, y acompañada de un señor gordo y mudo.
         —¡Ay mija, me hubieras avisado para hacerte siquiera unos mixiotitos de conejo! No tengo nada qué ofrecerles. Ya sabes que me la vivo a conchas con nata y café con leche.
         —Ni te preocupes, mamá. De lo que traigo antojo es de los tamales de allá por la iglesia de los Ángeles. Voy a comprar unos antes de que oscurezca. ¿La Avenida 21 de Marzo sigue llena de baches?
         —Está peor.
         El señor se ofrece a acompañarla.
         —No, por favor, Danny —el gordo mudo se llama Danny—, hazle un poco de compañía a mamá. No tardo nada.
         Pero el gordo, mudo. “Sí, muchas gracias; no, muchas gracias”. La señora Elvira, tan platicadora, no le saca una palabra más. Debe hacer ella toda la conversación.
                                              
2
—De veras que en Tulancingo ya nadie respeta nada, ni a los bancos —dice la señora Elvira—. ¿No asaltaron Bancomer en agosto como si fuera película de vaqueros? Nunca habían asaltado aquí un banco. ¡Uh, qué tremolina! Hasta pasó en la televisión. Se alcanzaba a ver parte de la floresta, aunque acorrientada con tanto vendedor ambulante, y esos plásticos de colores tan chillantes que usan para sus puestos...
         El gordo, mudo.
         —Yo digo: ¿qué diablos hacemos aquí, si hay igual de asaltos y robos y atrocidad y media que en Pachuca o en México? Mejor irnos de plano a la capital, por lo menos habrá más cines y cosas en qué distraerse, no que en nuestros cines puras películas de balazos y de encueradas, de plano para albañiles. Y si ya nos toca en México la de malas de un susto, o de que nos mediomaten, o de que nos maten de veras, pues lo mismo puede ocurrir aquí, ¿no? En febrero no hubo sólo tiros, sino ráfagas de ametralladora, dicen. ¿Para qué querrán ametralladoras en Tulancingo? Ni modo que para robar barbacoa.
         Danny no tiene idea alguna al respecto.
         —Yo no me voy a México con mi hermana Carmela por lo de la casa. Ella vive muy a gusto en Naucalpan, pero en un huevito de departamento, y cuando me viene a visitar dice que en México ésta sería casa de ricos. ¿Ya vio el jardín? —Danny no muestra ganas de pararse del sofá—. Ni modo de llevármela. Y está tan vieja. Si la pudiera vender, no me darían por ella ni lo que cuesta el huevito de mi hermana en Naucalpan. Así que me quedo en Tulancingo: que nomás al mercado, que a misa, que al chisme. Los envidiosos de Pachuca nos dicen Tulanchismes.
         Seguramente Danny ya se sabe el chiste, porque ni siquiera sonríe. A la señora Elvira empieza a parecerle misterioso.
         —Nada de eso se veía en mi juventud. Ya le decían ciudad pero resultaba más bien un pueblito, unas cuantas cuadras decentes alrededor de catedral y eso era todo. Luego puros cerros, llanos, rancherías y milpas. Sin embargo, mi papá afirmaba que a Tollanzinco lo distinguía su prosapia. Así, su “prosapia”. Murió hace treinta años. ¿Y creerá usted que desde entonces no he tenido humor de ir a buscar la palabra al diccionario?
         El mudo no da señas de entender la palabra prosapia.
         —Que desde mucho antes de los aztecas. Significa “la pequeña Tula”, y contaba papá que por aquí pasaron los toltecas antes de ir a fundar la gran Tula; o a lo mejor después, cuando se acabó la gran Tula. Pero el doctor Garduño, que ya lo conocerá usted y verá que es un diablo de bromista, me dijo el otro día, en la reunión de las damas de la Cruz Roja: “pequeña Tula” equivale a “pequeña ciudad”. O sea que siempre nos dijeron pinche pueblito.
         Tampoco por el lado de la historia la señora Elvira consigue nada. Intenta el turismo.
         —Tulancingo tiene sus atracciones turísticas, no crea usted que no. Los boy scouts las mantienen vivas. Y no nada más las ruinas de Huapalcalco, odiadas por todas las mujeres de Tulancingo, porque cuando alguna anda un día algo crecida o altanera no falta la comadre que rumore: “¡Mírala! ¡Se siente la reina de Huapalcalco!”, que es como decirle a una cien veces india. Y a todas nos han llamado alguna vez “la reina de Huapalcalco”... ¿Ya le mostró Chabela la catedral?  No es tan vieja como parece, pero tiene muertos de muina a los de Pachuca desde hace siglo y medio. Por entonces creo que ni había Pachuca; en todo caso, una ranchería. ¿Ya sabe usted lo que en pócar significa la jugada Pachuca?: ¡cuando le salen puras cartas que no sirven para nada! En eso si resultó famosa. Esa jugada es célebre hasta en Las Vegas...
         —Antes de Juárez —prosigue, ya como un sermón— a quien se le ocurrió inventar el Estado de Hidalgo, la gran población de la zona era indiscutiblemente Tulancingo. Toda la riqueza de la región, de partes de Veracruz, de Puebla, del Estado de México, se concentraba aquí. ¡Y había verdaderos palacios que asombraban hasta a los europeos, como el de la familia Adalid! Lo contó una marquesa española con bombo y platillo... Por eso establecieron aquí la catedral y al señor obispo y no en Pachuca. Unos dicen que el obispado está en Tulancingo, y no en Pachuca, porque es anterior a la creación del estado y de su dizque capital. Además, por esas épocas todavía no llegaban los ingleses a establecer sus minas en Pachuca, ni esa torre tan fea con su reloj, siempre descompuesto: que dizque “el Big Ben del Nuevo Mundo”, como la denomina en broma el doctor Garduño, quien fue gran amigo de mi marido toda la vida. Estuvo a su lado durante sus últimas horas, haciéndole chistes para distraerlo, mientras le aplicaba el suero y el oxígeno; aunque creo que mi pobre Isidro ya ni lo entendía, pero escuchaba su voz. Y como que se reía, o eso era lo que yo me figuraba: la gente pone caras muy raras cuando se muere. Eran un par de guasones... Papá decía que el malvado de Juárez quiso castigar a Tulancingo por católico, por “mocho” como diría el Benemérito, porque en realidad a nosotros nos tocaba el privilegio de ser la capital. En Pachuca, en cambio, Juárez estableció su club de masones. Ya nadie se acuerda de los masones hoy en día, y sí de que la catedral y el señor obispo están aquí.
         El mudo acepta finalmente un anís.
         —La otra “efeméride”, también palabreja de mi papá, fue la victoria de Vicente Guerrero sobre Nicolás Bravo en las épocas de la Independencia. El malvado doctor Garduño explica que así de apocada es la gente de Tulancingo que se puso el nombre del derrotado, nomás porque era mocho. Pero fue el gobierno el que nos puso Tulancingo de Bravo; nosotros somos Tulancingo a secas. “La ilustre cuna del ínclito luchador El Santo y del no menos edificante Gabriel Vargas, autor de La familia Burrón”, bromeó Isidro, mi esposo... Cuando se juntaban los jueves a cenar y a jugar dominó o baraja, a veces en su casa, a veces en la nuestra, el doctor Garduño y mi marido se dedicaban a burlarse de Tulancingo, nomás para escandalizarnos a las esposas. Creo que con el tiempo a Claudia, su mujer, que en paz descanse, y a mí se nos pegó su travesura. Tuvieron otros amigos de dominó y de baraja, pero no les duraban mucho. Hay gente simplona que se escandaliza con cualquier bromita. Decían que Isidro y el doctor, aunque excelentes personas, pecaban a ratos de “irreverentes”. “Aquí la gente siempre ha estado, por sistema, de parte de los enemigos de la patria, afirmaban, y apoyamos a Maximiliano”. Se conserva la casa donde se hospedó, que no es ninguna maravilla, pero no deje de visitarla: queda aquí a la vuelta. Por eso nos ven feo los de Pachuca y hasta los de Ixmiquilpan. Que por mochos... Sea como fuere, la gran batalla “hidalguense” de la Independencia se libró en Tulancingo. Hasta hay láminas de eso en los libros de historia. Pero no se ve en ellas, ni me han dicho nunca, dónde ocurrió exactamente. Me imagino que en el cerro, y que luego bajaron al cuartel. Todavía me acuerdo del gran cuartel amarillo que estaba junto a la catedral, como vigilándola... Desde catedral se oían a media misa los clarinetazos, las palabrotas, las marchas. Pero los soldados también iban a misa los domingos, de uniforme y todo, cuando venían a visitarlos sus familias. ¡Y los viera usted tan devotos, y que depositaban sus buenas limosnas!
                                              
3
Mientras habla, como el mudo también parece sordo, la señora Elvira de plano se pone a contemplar los retratos de sus padres, de su marido, de sus hijos y nietos, en una especie de relicarios plateados de tamaños diversos que pueblan una pequeña mesa redonda con mantel de encaje, y se sirve otro anís. “Sólo a Chabela se le puede ocurrir pescar a este gordo sin remedio.”
         —A mi papá le tocó ver a Madero, cuando pasó en su gira electoral por el nuevo ferrocarril. Lo fue a vitorear porque se trataba de un prócer, aunque los curas decían que era un diablo, que le hacía al espiritismo y había ganado la revolución a través de puros médiums. Pero luego los médiums lo abandonaron, se pasaron al bando contrario... “Hay que andarse con cuidado con los médiums”, concluyó mi marido. No me tocó ver eso, por supuesto, pero sí la persecución cristera. Aunque no hubo batallas cristeras por aquí, ni siquiera escaramuzas. De cualquier modo se armó un gran escándalo social y cerraron las escuelas religiosas, que eran nomás dos, feas y chiquitas. Y todos los días, muy lavaditos y con nuestros cuadernos, docenas y docenas de chamacos íbamos a misa y a tomar clases clandestinas con curas y monjas a casas particulares, a las ocho en punto de la mañana. Para despistar al gobierno, poníamos cara de ir a la tienda. “Nomás de argüenderas, dice el doctor Garduño; si hasta los hijos del presidente municipal de entonces iban ‘a escondidas’ a esas casas.” Ah qué el doctor Garduño, ya se lo presentaré a usted. A sus años sigue enamorando a las enfermeras.
         Danny se ha vaciado el anís sobre la corbata. Por mudo, la señora Elvira lo castiga y no se levanta a ofrecerle una servilleta. Nomás se la señala con la mano.
         —Era una ciudad fresca y ventosa, con casas bajas de muros gruesos y balcones bajos, de fierro. Todas las casas que conocí en mi infancia tenían patio, jardín y hasta huerta y gallinero. Había unas cuantas fábricas de ropa y mucho comercio. La leche se distribuía en burros, como la leña. Buenísima la leche de Tulancingo, hasta la fecha. Fíjese qué curioso: durante el día muchas casas dejaban el portón abierto, o tenían un cordón para jalarlo, abrir y ya, sin molestar a los dueños con que vinieran a recibirla a una. Todo el mundo entraba a las casas de todo el mundo como si cualquier cosa. Nada más gritábamos para avisar: “¿Comadrita, dónde está usted?” “¡Manuelita, buenas tardes!”  Y nadie robaba nada. Sin embargo, en la noche, toda la gente atrancaba los zaguanes con grandes vigas y hasta barras de fierro, como en espera de bandoleros. Dice el doctor Garduño que sólo les teníamos miedo a los fantasmas. Y que aquí deben darse en mata, porque prefieren los pueblos de mochos para andar espantando a la gente a medianoche; que los pueblos mochos son el Acapulco de las ánimas en pena.
         ¡Milagro! El gordo se levanta, no sin esfuerzos, y llena su copita de anís. La señora Elvira desconfía por sistema de la gente callada: “No sabe una a qué atenerse con ella”.
         —Aquí pues casi nunca pasaba nada. Muy temprano, cuando iba yo a la escuela, a misa, o a comprar tamales, me encontraba con muchos borrachos harapientos: se quitaban caballerosamente el sombrero de paja hecho trizas y me decían: “¡Dios la lleve con bien, niña!”; y se iban corriendo para que no los atraparan los policías. Tulancingo contaría entonces, allá por los años cuarenta, con unos tres gendarmes. Conformaban toda la fuerza pública del municipio. Se dedicaban a pescar a unos cuantos borrachos mañaneros para hacerlos barrer las calles principales. No se tenían que esforzar mucho, porque no correteaban a los que todavía pudieran caminar, aunque fuera a tropezones; simplemente despertaban a los que se habían quedado dormidos en la banqueta, que eran bastantes. Luego, los tres gendarmes dizque dirigían el tráfico. ¡Qué va! Lo complicaban más...
         El mudo parece interesarse más en todos los adornos, cuadros y muebles de la sala que en el relato. “Si quiere saber algo de ellos, que se tome el trabajo de preguntar, ¡nada más eso me falta!”, piensa la señora Elvira.
         —Por entonces todo Tulancingo olía feo, a puro pulque. Había pulquerías en todas partes, hasta en el centro. A veces la gente decente clamaba contra el vicio, pero luego se quejaba de que las clausuraran, porque mucha gente decente era dueña de pulquerías, incluso de las disfrazadas de tiendas de abarrotes, que daban servicio a escondidas durante toda la madrugada. Los gritos y cantos rancheros de los borrachos parecían, en efecto, aullidos de fantasmas. ¡El Acapulco de las ánimas en pena! Además, los borrachos no eran del mero Tulancingo, sino campesinos de los ranchos de las afueras, y ¿qué iban a hacer los pobres si les daban las diez de la noche aquí, ya bastante achispados? Entonces no había peseras, ni tantos caminos de terracería. Sólo los camiones que pasaban de México rumbo a Tuxpan, que además no admitían borrachos. Ni modo que se fueran caminando o en burro por llanos y cerros hasta sus ranchos, en plena oscuridad: seguían bebiendo, tristones, sin desórdenes, hasta que clareara.  Al menos no los dejaban entrar con machetes a las pulquerías, y en esas épocas sólo dos o tres ricachones poseían pistolas... ¿Le gusta el piano? Yo creo que ya ni sirve. Hace como veinte años que nadie lo toca.
         —Es muy antiguo —dice Danny.
         —El Palacio Municipal, de masones, lo mismo estuvieran de parte de Don Porfirio que de Madero o de Calles y Cárdenas, no se levantó en la plaza central, floresta como le decimos aquí, aunque ahora hay más flores en mi casa que en toda la floresta, para no estar cerca de los curas de catedral, sino a dos cuadras, en la calle Hidalgo. Hace poco lo demolieron, y construyeron otro en las afueras de la ciudad. Así está bien. Entre más lejos, mejor. Tenía unas oficinitas para pagar contribuciones y una cárcel con rejas de palo. A eso se reducía todo el mentado “palacio”. Tampoco los presos eran del mero Tulancingo, sino de los ranchos. Gente amolada que se había robado un becerro o apuñalado a un compadre durante una bebedera. A los peligrosos los mandaban a Pachuca. Muchas veces estaba vacía, y era cuando tocaba a los borrachos barrer las calles; otras, sobre todo durante las fiestas de septiembre y diciembre, llenísima. Claro que el presidente municipal nomás cobraba y cobraba contribuciones a todo el mundo, hasta por respirar, pero no gastaba ni en un plato de frijoles al día para los presos. Correspondía a la Cofradía de San Miguel conseguirles zapatos que bolear o remendar, sillas de mimbre qué zurcir o como se diga; en fin, cualquier trabajillo para que se ganaran unos pesos. A veces, nomás para fastidiar al presidente municipal, el señor obispo les mandaba a algún seminarista con una canastota de tacos y una bandeja de chiles jalapeños en escabeche. El domingo siguiente respondía el presidente municipal, en anónimas notas furiosas de Claridad. El periódico de los trabajadores, contra los “tartufos oscurantistas” que vivían entre puro oro, vestían oro, y nomás regalaban tacos de tripas a los presos, y sólo una vez al siglo... Eso es un Ecce Homo, o así lo llamaban entonces. Todas las casas viejas tienen uno. Se ve chistosa la cabeza sola, ¿no?, como degollada. Con sus ojos tan lindos, tan azules, y la corona de espinas, y las lágrimas de cristal. Pero fíjese que un día me distraje y rompí el capelo, que era francés y de tiempos de don Porfirio. Me fui a México a buscar uno, y ya no encontré capelos de esos en ninguna cristalería. Se me ocurrió ponerle una pecera al revés. Ni se nota, ¿verdad?
         —Parece muy antiguo —dice Danny.
         —Una ciudad bonita, tranquila, verde. Muy barata. En parte porque no teníamos idea de los lujos y nos conformábamos con cosillas que hacíamos en familia o entre conocidos. Mi prima Lulú me confeccionaba los vestidos, por ejemplo, y le quedaban muy bien, según los figurines de la revista La familia. En bodas, santos, cumpleaños, quinceaños y fiestas de fin de cursos tenía la sociedad tulancinguense ocasiones de sobra para bailar y divertirse. Existían desde luego varios ricos y estirados, los dueños de los ranchos, las fábricas y los grandes comercios, pero ya para entonces había carretera, la que pasa por Pachuca, y vivían en la capital la mayor parte del mes... ¡En el candil ni se fije! Ni siquiera está conectado. Ya no hay foquitos de esa medida. Eran alemanes, del año de maricastaña.
         —Es muy bonito, señora —dice Danny.
                                                        
4
—Será que fui una chica distraída, o boba, pero no me enteré de que pasara nada en Tulancingo hasta que me casé. Mi Isidro se dedicaba a hacer quesos: él fundó la marca “La Princesa”, que cuando enviudé se la traspasé al licenciado Zapata, un señor muy culto que hasta daba clases de francés, pero le convino más dedicarse a los quesos. Entonces ocurrieron dos noticias de escándalo, que incluso se publicaron en la capital: la llegada de los protestantes y el asesinato del padre Panchito. Los Testigos de Jehová se colaron poco a poco, casi sin que la ciudad se diera cuenta. Convencieron a gente muy pobre de las afueras: los adoctrinaron, los vistieron como agentes de funeraria, y los mandaron a predicar como profesores a las calles más adineradas. Tocaban muy mustios la puerta y decían: “Les traemos un mensaje del Señor”. Eran muy sermoneadores y pedantes, y dizque nos querían enseñar la Biblia, como si no nos pasáramos la vida entera de misa en misa. Si algo abunda en Tulancingo son los rosarios, las novenas, los sermones y los evangelios. Pero el caso es que casi nunca habían terminado siquiera la primaria ni sabían hablar con corrección. En cambio nuestros curas ya ve que se las dan de eminencias: teólogos, filósofos y no sé cuántas cosas más. Primero nos burlábamos mucho de los Testigos. Les decíamos que antes de hablar de Cafarnaum se aprendieran las tablas de multiplicar. Pero de repente, en las seis iglesias católicas de Tulancingo, al mismo tiempo, se nos puso en alerta. Se trataba de una invasión sajona-protestante en contra de México y de la Virgen de Guadalupe. No sólo eran herejes, sino traidores a la patria. A la salida de misa, los curas nos regalaban calcomanías con la imagen de la Virgen de Guadalupe y el letrero “Somos católicos y no admitimos propaganda contra nuestra Santa Religión”, para pegarlas en puertas y ventanas. Hasta en los parabrisas de los coches. A los Testigos les azotábamos la puerta en las narices, y ni se inmutaban: supongo que cada azotón de puerta les ganaba indulgencias para el cielo, o como las llamen en su religión. Los curas decían que se trataba de una invasión en forma, que lo mismo ocurría en todas las ciudades del país. Que los Estados Unidos querían comprarnos por un plato de lentejas, con todo y la Virgen de Guadalupe. Nos sentimos patriotas. Mirábamos feo a los Testigos. Los niños de la escuela de monjas Fray Pedro de Gante los correteaban a pedradas. Hubo unos cuantos descalabrados. Entonces los Testigos fueron a quejarse a Pachuca, y ¡claro!, en Pachuca les dieron toda la razón: Tulancingo era un antro de mochos salvajes: y se nos advirtió que “toda ofensa o trasgresión a la Libertad de Cultos sería firmemente castigada por la autoridad, conforme a la Ley”. Así lo publicó Claridad. El periódico de los trabajadores. En realidad, a mí me caían más gordos los políticos de Pachuca que los Testigos, y más Pachuca que los Estados Unidos, sobre todo entonces, cuando compramos televisión y veíamos caricaturas. Los curas nos prohibían muchas películas, telenovelas y radioteatros por inmorales, pero no las caricaturas, aunque también fueran de protestantes. Yo me imaginaba que los Estados Unidos eran el país de las caricaturas. Puro Gato Félix en Nueva York... El caso es que los Testigos se ensoberbecieron con el apoyo pachuqueño y de la CROM, y compraron una casa en plena floresta, frente a catedral, para levantar su templo. La estatua de Juárez en mitad de la floresta, de cara también a catedral, como vigilándola, era todo lo que Tulancingo podía tolerar de “libertad de cultos”. Las cofradías y las escuelas particulares organizaron una manifestación callejera contra la construcción de ese templo “invasor”. Toda una verbena. Nunca se había visto una manifestación, como no fueran los desfiles escolares del 16 de septiembre y algunas mascaradas en carnaval, pero decentes, a medio día: un simple cortejo de carros alegóricos con pierrots y colombinas. Quizás San José, que tiene su capillita junto a catedral, nos hizo el milagro de sembrarle alguna neurona a las autoridades de Pachuca, y sospecharon que dos templos antagónicos tan cercanos en plena floresta propiciarían muchos pleitos los domingos, o algo así. Cedieron los Testigos y levantaron su templo, muy chiquito por cierto, a cuadra y media de ahí... ¿Usted no es Testigo de Jehová, verdad? Digo, porque no quisiera ofenderlo.
         —No, señora, también soy católico.
         —¡Me quita un peso de encima! Tenía usted una cara tan seria que dije ¡ya metí la pata!
         —No se preocupe, señora, ¿y ese reloj, también es antiguo?
         —Antiquísimo, ¡y funciona! Le doy cuerda todos los días.
                                                        
5
—El otro gran escándalo corrió como pólvora un mediodía de sábado. ¡Habían asesinado al padre Panchito! Nadie quería en Tulancingo a ese sacerdote viejo, chimuelo, paupérrimo. Su sotana parecía más verde que negra, de lo usada, y con sus parchecitos. “¿Cómo es que el señor obispo no le manda hacer otra sotana? Si todos los días luce traje nuevo y tiene tres coches”, decían las chismosas. Pero las beatas respondían: “Le da mucho dinero, pero el padre Panchito es así, avaro y fodongo. Se lo guarda. Y nunca se baña.” “No me confieso con él, me dijo mi amiga Clara, porque tiene un aliento a infierno y apesta a sudor de meses. ¿Has visto que se atreve a consagrar la hostia con las manos puercas, con unas uñotas bien negras?” El padre Panchito tenía una capillita muy vieja, dizque colonial, que más bien parecía troje abandonada de película del Charro Negro, lejísimos, más allá de las milpas, en una ranchería llamada Santa Anita de los Quelites. Servía como cura de los campesinos de ese rumbo. Pero vivía en el centro de la ciudad, con su prima Flora: nadie podría decir cuál de los dos era más viejo (aunque él, desde luego, le llevaba unos veinte años), más feo, más sucio y más tacaño. Una se encontraba regateando a Flora en el mercado por un solo rábano, por tres ramitas de perejil, por un jitomatito medio podrido. “¿Cómo te voy a comprar por kilo, marchanta, le decía a la india, si nomás guiso para el padre Panchito y para mí, que comemos con templanza?” Hasta las marchantas la despreciaban y le regalaban las hierbas más ajadas, más revolcadas que tuvieran por ahí, nomás para que no les siguiera ahuyentando a la clientela. Yo la escuché alegar con una de ellas: “¿Cómo me quieres vender en diez centavos este ramo de epazote; si nomás lo arrancaste del cerro y ya? Que sean cinco y te va bien”... Parecen figuritas de porcelana, ¿no? Dan esa impresión por el cristal de la vitrina. Pero son de migajón laqueado. Hubo un tiempo en que todas las mujeres de Tulancingo tomábamos clases de arte en migajón. Las azucenas me salían chulísimas.
         —Muy bonitas, señora —dice Danny.
         “La gente que no conversa, una de dos: o no piensa nada o tiene puros malos pensamientos”, reflexionó la señora Elvira.
         —Flora había pecado, y cuando ya estaba más que madura. Quién sabe cómo lo logró. Pagó su culpa en vida, lo que dicen se toma muy en cuenta para descontarle castigos en el purgatorio: quedó abandonada y casi se muere en el parto. La acogió su primo el padre Panchito, con una niña muy güerita, monona, pero algo bizca. La niña creció en la soledad con que se castigaba en Tulancingo a los hijos naturales. Había malhablados que sugerían que el padre Panchito se emborrachaba a escondidas, a solas como buen maniático, con el vino de consagrar; y que una noche... “pues a la prima se le arrima”, como dicen, ¿no? Pero la niña era muy güerita, y tanto Flora como el padre Panchito muy prietos. Seguro el papá fue uno de esos rancheros güeros que a veces vienen de Ixmiquilpan, dizque descienden de ingleses. A lo mejor se fue a confesar todo borracho a la capilla, y ahí se aprovechó Flora. La niña salió a la madre. Se fugó antes de cumplir los quince años. Era marisabidilla, por la disciplina que le imponía su tío: contaba con su primaria, su buena caligrafía, sus nociones de taquigrafía y mecanografía. Todo lo que se necesitaba entonces para ser secretaria o dependiente en un establecimiento chico. Que se había ido a Tuxpan; que no, que a México; que no, que a Pachuca; que no: que hasta Tamaulipas había ido a dar. Yo tenía ya a todos mis hijos cuando ocurrió el crimen. Dispuse de dos fuentes de información: Claridad. El periódico de los trabajadores, insinuaba que el avaro padre Panchito había escondido un dineral de limosnas y de los ingresos de sus servicios religiosos en su casa, además de múltiples joyas y libros viejos que un antiguo obispo le había dejado en custodia, cuando huyó en la época cristera. En su casita, o enterrado en la capillita, ocultaba ese tesoro. La niña, decían, lo había descubierto y muchos años después se lo había contado todo a un amasio. Y que regresó entonces la mujer con el amasio, dizque para presentárselo a su mamá y a su tío, pues se pensaban casar. En la casa, dicen, amarraron y amordazaron a Flora. Y dieron tormento al padre en plena capilla, una noche, hasta que falleció. Excavaron silenciosamente toda la casa y toda la capilla sin que nadie se diera cuenta. Eso sería un miércoles o jueves. El doctor Garduño opina que Flora murió infartada con su esparadrapo y enredada en mecates. El padre Panchito quedó descuartizado a machetazos como santo mártir, sobre el propio altar. Lo descubrieron sus feligreses cuando el domingo encontraron la capilla cerrada. Esperaron y esperaron hasta que les entró la curiosidad y se treparon a observar por las ventanas. ¡Y qué espectáculo! Pero los curas y las beatas no se creyeron el cuento masón: se trataba de una conjura contra la Iglesia. Acusaron a los Testigos y a los campesinos borrachos de los alrededores, que como seguían siendo algo indios, pues a lo mejor les quedaba algo del culto al diablo y de los sacrificios humanos. La autoridad municipal fue “salomónica”, como diría el doctor Garduño. Ordenó la búsqueda de la sobrina, aunque nadie la hubiese visto en veinte años, ni a su acompañante. Pero había otro detalle, añadió mi marido, haciéndose el detective: el trabajo de excavación requería muchas manos de hombre. La autoridad trabajó pues en dos frentes. Se publicó por todo el país, ¡como si se pudiera reconocer a una mujer madura en una imagen de angelito!, la foto de la niña medio bizca en su primera comunión: “¡ASESINÓ A SU PROPIA MADRE Y A SU TÍO SACERDOTE!”; con su nombre completo y algunos viejos documentos que sacaron del Colegio Plancarte, la escuela católica para niñas, donde lucía por cierto una caligrafía envidiable en composiciones devotas sobre las apariciones de Fátima. Y les arrancó a palos una larguísima confesión, de veras horripilante, a media docena de campesinos, todos ellos malvivientes y con antecedentes de peleoneros. Nunca apareció la mujer. Y después de unos años, el gobierno de Pachuca se aburrió de estar “manteniendo” a los presos y los puso en libertad.
         Danny reprime bostezos y mira su reloj de pulsera. “¡Qué mal educado!, piensa la señora Elvira: Bien podía mirar disimuladamente el reloj antiguo que dizque tanto le gusta.”
         —¡Pero diga algo por Dios, buen hombre! ¡Parece que los ratones le comieron la lengua! Hasta me da pena estar yo sola de platicadora... ¿O prefiere que prenda la tele?
         —De ninguna manera, señora. Me interesa muchísimo todo lo que usted dice. Pero así soy yo, callado, ¿qué se le va a hacer?
         —Pues hablar.
         —Es que no se me ocurre nada, señora.
         —Sírvase otro anisito, a ver si así.
                                                        
6
—Si bien al principio el clero local se puso de luto y abundaron las misas por el alma del mártir, víctima quizás de algún secreto importante comunicado en confesión, poco después mostró incomodidad y fastidio hacia el padre Panchito, quien ciertamente no constituía ninguna figura edificante del sacerdocio. Se supo que era medio maníaco, aunque no loco; digo, de los de atar. Todo lo hacía mal y en desorden, de modo que nunca lo aceptaron en buenas parroquias. Bilioso. Y con medio mundo terminaba de pleito. Un antiguo obispo, por caridad, lo mandó a esa capillita abandonada, donde no desentonaría entre los pobres rancheritos. “Acaso tuvo algún intercambio de insultos con un loco o un matón”, piensa el doctor Garduño. Porque le digo que el padre Panchito era muy corajudo y malhablado con los pobres, aunque muy callado frente a la gente decente (¡zámpate esa!). Que Dios lo guarde en su seno. Ahí no terminó el asunto. De repente todo Tulancingo se enteró de que poseía un tesoro colonial: una capilla de origen franciscano, la que digo yo troje abandonada de película del Charro Negro. No había sido muy saqueada porque nada tenía de valor, salvo seis candeleros, el crucifijo, la custodia y el cáliz, todos de metal barato apenas sobredorado, que luego aparecieron en Tepito. ¡Pero la capillita dizque resultaba todo un tesoro histórico! Se formaron varias cofradías para defenderla. Nuestra defensa consistió en hacer muchas juntas; y luego, todas las mujeres en bola, pálidas y temblorosas, armadas de rosarios de Roma, con astillitas de la cruz de Cristo, por si nos encontrábamos a un salteador, en darnos de vez en cuando una vueltecita a media tarde por Santa Anita de los Quelites. Aprovechábamos el viaje, desde luego, para comprar quelites frescos casi regalados. La capilla estaba cerrada con cadenas y candado desde la muerte del padre Panchito, y sus ventanas clausuradas con tablones. Al obispado no le importaba recuperarla: le salía más barato levantar una iglesia moderna en cualquier otra parte. El gobierno mandó unos arqueólogos que rastrearon unos cimientos, unos tepalcates. Luego ocurrió un temblor, y la iglesita por fin se vino abajo de una buena vez. Ahí acabó todo el cuento. Durante unos años algunos aventureros anduvieron rastreando a escondidas entre los escombros, a ver si de veras había joyas eclesiásticas ocultas. Luego se construyó la moderna carretera, que pasa por ahí, y algún listo, quién sabe cómo, se hizo de ese terreno y edificó encima un enorme restorán para traileros. Se llama “Las tripas de don Panchito”, para que no se diga que en Tulancingo no hay sentido del humor; y su menudo se ha vuelto tan famoso que en ese tramo siempre se ve una larga cola de tráilers estacionados. Se lo recomiendo. Mi pobre estómago ya no soporta esas suculencias. ¡Pero la barbacoa no, ésa nomás en el mercado! Dicen que “Las tripas de don Panchito” vende la barbacoa que le sobró a “El Becerro de Oro” el día anterior... Esto es todo lo que recuerdo de Tulancingo. Ahora mis amigas me cuentan más cosas ocurridas en un solo día, que todas las que conservo en la memoria. Y hasta afirman que exagero, que fantaseo; que con eso de que ya estoy tan vieja, ya chocheo... ¡Cómo tarda la ingrata de Chabela! ¡Ya son las ocho y media! ¿No quiere un cafecito con leche?
         Danny lo acepta.
         Mientras prepara en la cocina el café con leche, de repente le entran a la señora Elvira unos temores, unos trasudores, unos escalofríos. Se ve tan anciana y en acolchonada bata vieja como intenta aparecer. Y sola, de noche, con un hombre desconocido y raro, en una casa enorme y llena de antigüedades. Siente que Danny no es mudo ni se llama Danny. Que nomás se hace el mudo para dejar pasar el tiempo mientras ella habla y habla, y entonces ¡dar el golpe!  Que la ve como el asesino debió haber mirado a Flora y al padre Panchito tantos años atrás.
         ¿Chabela se habría vuelto loca, o desnaturalizada, como para traérselo? ¿De veras creería el mudo que ella era una vieja avara, y que tenía en el patio o en el jardín, en los altos del ropero o en los colchones, algún tesoro oculto?
         Se ve por un momento amordazada y amarrada en su cama, mientras Chabela, el acompañante y sus cómplices desbarajustan toda su casa, en busca del tesoro. Esconde un cuchillote de cocina debajo de la bata, por si las dudas. Se le hace un nudo en la garganta y le tiembla la mano al servir las tazas de café con leche.
         Casi se le cae la jarra del espanto al escuchar de pronto el estrépito. Es Chabela, quien regresa ruidosamente acompañada de varias señoras, sus antiguas amigas: a todas quiere presentarles a su futuro esposo: “un quiropráctico de lo más distinguido en Matehuala”. Carga tamales como para todo un ejército.
         —¡A ver! ¡El novio! ¡El novio! ¡No sabe usted el estuche de monerías que se ganó con Chabela! —gritan todas.
         —Lo sé, lo sé —dijo Danny sopeando su café con leche—, ¡es una santa! ¡Si vieran cómo la quieren mis hijos!
         El gordo Danny era viudo y no se daba abasto, el muy enmudecido, con la educación de dos hijos chiquitos.
         —¡Ya le dicen “mamá”! —confiesa Danny a la señora Elvira.
         —Pues me los tienen que traer pronto, antes de que me muera y ni quién se entere hasta que salga la peste por las ventanas... Ah, y para entonces que ya estén acostumbrados a decirme “abuelita” —dice la señora Elvira, y corre a la cocina por platos y a deshacerse de su cuchillote escondido.
         Se burla de sí misma: “Ahora sí que estás bien chocha, Elvi”. Pero, a la vez, siente que quien le susurra esa frase en el alma es el guasón de su marido Isidro. ¿Se escucharán esa noche por todo Tulancingo carcajadas de algún ánima en pena? “¡Nomás te oigo reír, y pongo tu retrato de cabeza”, amenaza mentalmente al finado. “¡Y no le vayas con el chisme al doctor Garduño, cuando esté dormido!”.
         La señora Elvira sospecha que el difunto le cuenta cosas en sueños a su amigote, pues el doctor Garduño siempre sabe, misteriosamente, si ella toma o deja de tomar adecuadamente las medicinas; o si le echa sal a su comida, lo que tiene prohibidísimo, al igual que el anís, las conchas con nata, el café con leche, la manteca, los tamales, la carne de cerdo y un montón de manjares más.
         Empieza pues la tamalada. A todas las señoras les parece de lo más normal que la viejita llore un poco por la emoción de ver a su hija nuevamente segura y encarrilada. ¡Y tener nuevos nietos, aunque políticos!  Ya cuenta con ocho legítimos. Ahora serán diez.
         Chabela olvida todo rencor por los regaños telefónicos y le planta un besote a su mamá en plena mejilla.
         —Ay, Chabela, tú siempre de melcochosa.
         Como todas las invitadas hablan a la vez, ninguna se fija en que Danny es un gordo aburrido y mudo. De cualquier manera, piensa la señora Elvira, un distinguido quiropráctico de Matehuala representa un razonable partido para una mujer estéril, divorciada y entrada en años. “¡Pobre Chabela! Ojalá ahora sí sea feliz y no se pase sola, ella y su alma, el resto de sus días.”
         —En Tulancingo no hay muchos quiroprácticos —propone hábilmente la señora Elvira—; y con nuestras relaciones, le conseguiríamos pronto harta clientela... ¡Y ya ve que en esta casa sobra espacio para todos!
         Horas después, cuando se retira a dormir, mira con severidad el retrato de su marido en su marquito de plata, sobre la mesita redonda con mantel de encaje: “¡El Acapulco de las ánimas en pena...!” Yo nomás te digo, Isidro...”



jueves, 1 de agosto de 2019

LOS VIERNES DEL CHICO


LOS VIERNES DEL CHICO





LA IZQUIERDA EN LA CULTURA

Durante el primero de los tres lustros que Carlos Monsiváis dirigió o “coordinó” el suplemento cultural “La Cultura en México” de Siempre!, de 1972 a 1977 (cuando se funda Unomásuno, y poco antes Proceso), ofreció una publicación exageradamente política y muy poco cultural.

         No dejaban de concurrir, para cubrir las apariencias, algunos poemas, algunos ensayos, algunas traducciones literarias. Pero todos sabíamos, y se evidenciaba, que en esa época la principal función del suplemento era la de propiciar y divulgar el pensamiento político de la izquierda mexicana. Ese suplemento llegó a ser el sitio fundamental de las discusiones y protestas izquierdistas.

         Con absoluta injusticia, algunos enemigos de la izquierda de entonces, encabezados por Octavio Paz, calificaron a ese suplemento de rojo y hasta de “estalinista”. No lo era. Jamás aparecieron en sus páginas opiniones que defendieran el poder soviético, aunque hubo cupo para algunos trotskistas.

         Por lo demás, la izquierda mexicana no se caracterizaba como prosoviética, salvo el Partido Comunista, el cual no formaba parte importante del suplemento (ni de cosa alguna: su secrecía le servía sobre todo para disimular lo minúsculo e insignificante de su presencia). Se trataba de muchas izquierdas nacionalistas, antigubernamentales, estudiantiles, culturales, obreristas, campesinistas, indigenistas y populistas.

         Algunas destacaban. Había quienes revisaban, con frecuencia desde los poco rojos cubículos de El Colegio de México, y desde los algo más encendidos de la UNAM, la trayectoria de la Revolución Mexicana. Fue una obsesión de aquellos años rescribir y reinterpretar la Revolución Mexicana, semejante a la posterior sobre la democracia.

         Otros profesores y escritores, apoyados especialmente en las experiencias de la izquierda italiana y lo que se denominaría “eurocomunismo”, buscaban a toda costa reformar el “socialismo real” y llegar a un “socialismo democrático”.

         Los más se ocupaban de la crítica de la local violencia gubernamental (represiones ordenadas por el poder público; matanzas de campesinos, obreros y estudiantes; desaparecidos políticos) y de la embrollada trama de demagogia, autoritarismo e insensatez de la administración de Luis Echeverría. Luego, del cesarismo petrolero de López Portillo.

         Finalmente, como era natural en un suplemento que había elegido como público privilegiado a los estudiantes universitarios, se discutía mucho las secuelas del movimiento de 1968 y el sindicalismo universitario. De ahí se pasó a la que, en mi opinión, fue la fase política más importante y entusiasta de nuestra publicación: el apoyo al sindicalismo independiente, especialmente al que se congregaba alrededor de Rafael Galván. Raúl Trejo Delarbre destacó en esta tarea. José Woldenberg recuerda esas atmósferas y luchas en sus Memorias de la izquierda.

         Por lo demás, el propio Monsiváis aparecía abiertamente como enemigo del estalinismo, del sovietismo y del despotismo de Fidel Castro. Carlos Pereyra y Rolando Cordera encabezaron a su lado el ala política del suplemento. A partir de la fundación de Proceso y de Unomásuno, que retomaron con mayores alcances esas tareas ideológicas, fue moderándose paulatinamente aquel carácter tan político, y quedó más espacio para la cultura, especialmente para la literatura.



ENTRE LITERATOS TE VEAS

Monsiváis es una persona olvidadiza, o ha tenido la mala suerte de reunir en su torno a mucha gente olvidadiza. Sus recuerdos del suplemento casi nunca coinciden con los de quienes colaboramos con él cinco, diez o quince años. Varios han contradicho públicamente sus afirmaciones. Hay por ahí algún problema de deficiencia o de manipulación de la memoria.

         Yo no estaba interesado ni preparado para participar en esas hazañas políticas, salvo como editor y corrector de galeras, y como lector. No me corresponde hablar de tales aventuras ideológicas. Me preparaba y me interesaba mucho, en cambio, en la literatura, esa trastienda del suplemento que resultaría a final de cuentas bastante afortunada (la mayoría de los escritores que se iniciaron ahí ha producido obra abundante de diversa importancia) y, a la vez, desastrosa: con la única excepción del diplomático de carrera José María Pérez Gay, todos los literatos de “La Cultura en México” terminamos mal esa aventura. Desde el primer año ocurrieron pleitos encendidos entre los literatos, y así se siguió en esa cuesta de abrojos hasta 1987.

         Nunca supe por qué Monsiváis decidió rodearse, en lo político, de autores experimentados, ya profesores universitarios y hasta doctores, de renombre e influencia nacionales, y en cambio convocar para lo literario a puros jóvenes escasamente conocidos o de plano novatos (incluso de 20 ó 21 años, edad a la que yo ingresé buscando... ¡la poesía!)  Lo natural habría sido acudir a escritores famosos de su propia generación, como Zaid, Pacheco, José Agustín.

         Decía que quería “echar a perder suplementos para formar nuevos escritores”; sonaba bonito y se lo creíamos: ahora me suena a un vals. Sospecho que no deseaba rivales, compañeros de su nivel, sino discípulos dóciles. Lo que resultó triste para todos: demasiado inexpertos, los jóvenes o novicios literarios convocados nos lo tomábamos todo muy, pero muy a pecho; nos apasionábamos totalmente; y de tal pasión a las grandes broncas internas hasta por fruslerías no había sino un paso.

         Nos sentíamos a ratos manipulados o engañados y lanzábamos grandes gritos de guerra. Aguilar Mora continúa gritando, iracundo. Renunciábamos y nos apartábamos dos o tres veces por semana, aunque también dos o tres veces por semana retornábamos, tras la flauta de Hamelin de los telefonazos de Monsiváis. A veces hasta nos cantaba al teléfono “Estrellita” para disiparnos el mal humor.

         En cambio el ala política, donde ocurrían discusiones profundas —conoció incluso amenazas de muerte por su condena de la violencia “ultra” o guerrillera—, se mantenía en relativa paz interior. Eran hombres (algo precozmente) maduros. Si Monsiváis reunió jóvenes literatos para ahorrarse las confrontaciones que temía entre autores de su edad, su experiencia y su prestigio, obtuvo el resultado opuesto: pleitos y pleitos. Parecía disfrutarlos.

         Los muchachos también salimos perdiendo: gastamos demasiada pólvora juvenil en los infiernillos de disputas y rencores de pandilla. Ojalá cada quien se hubiera dedicado a avanzar solitariamente en lo propio, y santa paz. Desde mediados de los ochentas he seguido tan apacible ideal, que diría Quevedo:



         Retirado en la paz de estos desiertos,

         con pocos, pero doctos libros juntos,

         vivo en conversación con los difuntos

         y escucho con los ojos a los muertos.

                   Si no siempre entendidos, siempre abiertos,

         o enmiendan, o fecundan mis asuntos;

         y en músicos callados contrapuntos

         al sueño de la vida hablan despiertos...



         Sea como fuere, el ala literaria del suplemento siempre se distinguió, precisamente a causa de su juventud y de sus robustos y novicios egos literarios, por su apasionamiento. Mucho ardor, muchas ilusiones, mucho trabajo (con frecuencia era preciso traducir o escribir docenas de cuartillas del sábado al martes, porque no había llegado a “la redacción” —el propio domicilio de Monsiváis— material suficiente). Y pleitos, pleitos.



EL VERANO DEL 77

En 1977 el equipo literario renunció casi en masa, por razones “políticas”. Estaba por fundarse Nexos (con Enrique Florescano), una revista que ya no pagaría papá Pagés Llergo, como en Siempre!, sino la publicidad que consiguiera, y que en buena medida provendría necesariamente del gobierno y de las universidades. Como cualquier otra publicación. No había entonces muchos otros anunciantes, ni más “puros”.

         Declararon que estábamos conformando “una cultura del poder”, como si la revista Siempre!, de donde proveníamos, no se financiara con pura publicidad oficial. Como si mal que bien, todos los escritores del suplemento no trabajásemos, a falta de otras fuentes de empleo —no éramos juniors ociosos—, en universidades públicas y oficinas de gobierno, o en la entonces abominada Iniciativa Privada; no obtuviéramos chambas, becas o premios con cargo al erario, o al capital privado y hasta —¡horror!— norteamericano; no publicáramos en editoriales y otros medios que también recibían publicidad o contratos oficiales y universitarios. Y en cuanto a la orientación política y cultural de nuestros escritos, opino que aun hoy, bien mirado, seguimos mostrando todos muchas más semejanzas que diferencias. Lo que celebro.

         Por su destacada importancia como escritores, y por el cariño (a ratos erizado, pero constante y profundo —en lo que a mí respecta, perdurable—) que nos había unido, la deserción de Héctor Manjarrez, Jorge Aguilar Mora, David Huerta y Paloma Villegas (y algún otro, como Evodio Escalante) provocó un escándalo cultural y una profunda resquebrajadura interna. Yo me explico esa renuncia simplemente como una más (pero la gota que derramó el vaso) de las constantes explosiones emotivas: causó envidia e irritación la mancuerna, entonces sólida y feliz, de Aguilar Camín con Monsiváis. Esta resplandeciente mancuerna pareció súbitamente marginar y echar sombra sobre el resto del equipo.

         Con un desplante que ahora no puedo interpretar sino como un claro desdén por la literatura, Monsiváis me encargó —¡a mí, el más huraño y antisocial de todos!— que sustituyera a los renunciantes con nuevas tropas de geniales muchachos inéditos. Me quedé mirando al vacío, y casi me imaginé situado en una salida del metro con una pancarta: “Se solicitan colaboradores geniales para el suplemento de Siempre!

         ¿Por qué no llamó a los abundantes autores conocidos de treinta o cuarenta años? Quería puro chamaco. Además, le interesaban los escritos políticos y le fastidiaban los literarios, posición exótica cuando se dirige o coordina un suplemento cultural. ¿Dónde encontrar un equipo casi adolescente de la calidad de quienes renunciaban? Parecía decirme: “Anda, vete a buscar unos cuantos chavitos literatos al mercado. Total, son pura literatura...”

         Hice mi esfuerzo. Contacté, a través de mis profesores de Filosofía y Letras, a algunos estudiantes aplicados. Recurrí al Taller de Poesía Sintética, el Taposín, de Ciencias Políticas, a cuyos veinte o treinta integrantes (especialmente Roberto Diego Ortega) había conocido en la aventura de los libros de papel estraza, cartón y mecate de Ediciones El Mendrugo, de Elena Jordana, que en 1976 vendí con ellos en un puesto del metro Pino Suárez. Recibí muchos poemas, que se publicaron, pero escasos artículos, que Monsiváis invariablemente rechazaba de un vistazo (sin embargo, publiqué algunos, aprovechando sus viajes o distracciones.)

         El suplemento había heredado de su antigua época, con Fernando Benítez —Paz, Fuentes, Cuevas, Rojo, Rulfo, Cardoza, García Terrés, García Ponce, García Cantú, García Riera, Pacheco, Monsiváis, Piazza—, la fama de “mafia” literaria, que también resultaba injusta en nuestro caso: para empezar, los jóvenes o novatos desconocidos no conforman mafias de alcance nacional: carecen de tal poder —si hubo “mafia” en nuestro suplemento, estuvo siempre integrada por una sola persona—; necesitábamos colaboradores y los buscábamos por todas partes todo el tiempo. Nos urgían. Recibíamos puros poemas —poemas, poemas, poemas—, casi ninguna reseña de libros. Por lo demás, tampoco Monsiváis consiguió mayor cosa.

         Cualquier editor de suplementos y revistas culturales conoce esta situación: todo mundo quiere publicar sus “creaciones”, pero no ponerse a escribir decentes reseñas y artículos periodísticos, a cambio de la escasa remuneración que se obtenía, y se sigue obteniendo, en esos medios. Y del ínfimo prestigio o gran desprestigio que se logra con aparecer como “crítico” y no como poeta.

         Todos los jóvenes querían los laureles del éxito poético; casi nadie se apuntaba para la talacha de las traducciones, reseñas, artículos y crónicas de periodismo cultural. ¡Y mucho menos para un escandaloso suplemento izquierdista y dizque enemigo del Establishment cultural y de Octavio Paz!

        

EL REHÉN DE LOS FEDAYINES

Monsiváis me ponía cara de cólico cada lunes que no recibía, envueltas para regalo, las tres o cuatro docenas de geniales articulistas inéditos, descubiertos por medio de una lámpara de Aladino. En los tensísimos meses posteriores a la renuncia de nuestros antiguos compañeros, ocurrieron unas 10 ó 20 de las 50 ó 60 veces que renuncié al suplemento durante los quince años que apareció mi nombre en el “Consejo de Redacción”. El cual fue un absoluto fantasma, un mero membrete hasta los años ochenta, cuando Monsiváis se encontró con la horma de su zapato. (También pasaron, fugaz o simbólicamente, por ese consejo o lista de “celebridades”, Elena Poniatowska, Luis González de Alba y Adolfo Castañón.)

         ¿Para qué formar un Consejo de Redacción directivo —desapareció el puesto de director, que fue reemplazado por el de un mero “coordinador”, rotativo por temporadas— con casi puro joven, desconocido y novato? Todo mundo sabía que el suplemento era coto exclusivo de Monsiváis, por decisión soberana del dueño de la revista.

         “Para trabajar democráticamente”, decía él; sonaba bonito y se lo creíamos. Ahora también me suena a un vals, sobre todo cuando me entero —no acostumbro gastar suela en cocteles, de modo que tardo años en enterarme de los chismes de la Culturiux, que decía José Agustín— de que algunas decisiones que él tomaba e imponía sin consultar ni informar a nadie, nos las achacaba telefónicamente o en los mentideros culturales a “los muchachos”.

         Se proclamaba víctima o preso de una banda de fedayines literarios. Así se evitaba que le reclamaran en alguna cena o en algún coctel esas reseñas “asesinas” que estilábamos, siguiendo su inspiración y hasta sus instrucciones precisas, como la de denunciar “la tala de bosques” que practicaba el gobierno para desperdiciar el papel en los “bodriescos” títulos literarios de la colección Sep-setentas. “¡No puedo hacer nada, son unos energúmenos, unos enloquecidos!” La historia de “Yo no fui, fue Teté”.

         Ciertamente, en mi caso, yo quise escribir algunos vituperios encendidos contra Paz, Fuentes, la generación de la Casa del Lago, etcétera, que sigo reconociendo y he recopilado en mi Crónica literaria (1996). Pero recuerdo que alguien me sugería, estimulaba y festejaba tales desplantes; que los aprobaba y hacía publicar. Algunos artículos anónimos o semi-anónimos (iniciales perdidizas), más incendiarios aun, contra tales o cuales personalidades e instituciones de la cultura, provenían de la pluma suprema, aunque redundaran en el antiprestigio fedayín de “los muchachos”. ¿Quién escribía las andanadas contra Francisco Zendejas y el “lacayuno” Premio Villaurrutia, a partir de que Elena Poniatowska lo rechazó?

         Con los años me he encontrado varios escritores que me reprochan la “intolerancia” de haberles ninguneado sus artículos, de los que nunca me enteré ni por asomo. Pero corría la versión oficial de que los platos rotos se debían exclusivamente al Consejo de Redacción de fedayines, y no a su gentil y bondadoso rehén con título de coordinador.

         Recuerdo también que ciertos articulistas que escribían los elogios interesados, adulones y rutinarios —que ahora se han vuelto epidemia—, sobre escritores importantes de quienes esperaban algún premio, chamba o recomendación, se vieron rechazados por ese supuesto Consejo de Redacción. Bien hecho, aunque el mérito no siempre fuera nuestro.

         Mi memoria me dice: podíamos sugerir (y en general, a partir del tormentoso verano del 77, sólo sugeríamos temas universales y “culturalistas”, para no atizar la hoguera de los pleitos internos), pero todo lo aprobaba o rechazaba una sola persona. Todas las campañas en favor o en contra de autores, instituciones o corrientes tenían un solo origen. Jocundamente cómplices, claro, y por más que discutiéramos horas en las reuniones, en realidad los veintiañeros desconocidos y novatos nos ocupábamos simplemente de la edición y corrección del suplemento, y de escribir nuestros propios artículos, bajo nuestra firma (pocas veces rechazados, porque amenazábamos con guerra, pero más de una vez tasajeados y corregidos por la Mano de Dios, que dijo Maradona.) Sin embargo, efectivamente ocurrieron varios ruidosos rechazos, y más pleitos.

         Escribo esto porque en su despedida formal, solemnota y cursi, en 1987, Monsiváis clamó con toda la boca que la función de “su” suplemento había sido promover y encomiar a muchos autores a quienes, como ellos mismos lo supieron en carne propia, solíamos dar pamba una y otra vez. Alguien ha perdido o manipula la memoria.

         ¿De veras, en serio, la política cultural de ese suplemento no fue abolir el “vergonzante, obsoleto, provinciano” Establishment cultural? ¿No había un pastor evangélico que nos predicaba “la expulsión de los mercaderes” del templo cultural?



LOS CHICOS DEL CHICO

La solución, sin embargo, estaba en casa desde 1975. En diciembre de ese año Luis Miguel Aguilar había entregado unos bellos poemas, que estuve a punto de echar a perder porque venían sin firma, y escuché mal, por teléfono, el nombre del autor. El error se pudo arreglar en galeras, pues ya las corregía el propio Luis Miguel. Pero no nos conocimos sino hasta principios de 1977, cuando se nos encargó de la Revista de la Universidad (editamos sólo 5 ó 6 números, ya que renunciamos patrióticamente cuando la policía invadió CU).

         Luis Miguel conocía una tropa de amigos dispuestos a encargarse de la talacha periodística. Algunos eran tan jóvenes o novatos todavía que no se atrevían a lanzarse de inmediato al artículo largo, de modo que formamos una sección fragmentaria de reseñas, traducciones, aforismos, comentarios: “De cal y de arena”, título que daría nombre a la editorial que fundamos diez años después, en recuerdo de nuestra primera tarea común. Los artículos, y luego los ensayos en forma, no se hicieron esperar muchos meses.

         Eran Rafael Pérez Gay, Sergio González Rodríguez, Delia Juárez, Alberto Román, Antonio Saborit y Luis Franco Ramos. Roberto Diego Ortega y yo nos integramos a su banda. Nos reuníamos los viernes, después de cobrar en Siempre!, en el restorán español El Chico de Avenida Nuevo León, entre Sonora y Álvaro Obregón. Asistían también, con menor frecuencia, Arturo Acuña, Arturo Dávila, Manuel Fernández Perera, Enrique Mercado y Álvaro Ruiz Abreu. A veces nos visitaban Héctor Aguilar Camín y José María Pérez Gay. (Con los años nos mudamos a otros restoranes, como La Bodega, Los Guajolotes, el Hipocampo de la calle Chilpancingo).

         De modo que Monsiváis obtuvo finalmente, envuelto para regalo, como producido por la lámpara de Aladino, su grupo de nuevos literatos jóvenes, algunos absolutamente inéditos. Este grupo se encargaría del trabajo editorial y de la parte literaria, y luego de casi todo el suplemento, durante los últimos diez años de la época monsivaíta.

         Desde que recuerdo, es decir, desde diciembre de 1972, Monsiváis estaba harto de “la monserga” de “La Cultura en México”. Lo cansaba, lo aburría, le causaba problemas gratuitos, lo distraía de sus grandes afanes de gurú de la izquierda y de la contracultura nacionales. Creo que también él renunció (pero no ante Pagés, sino ante nosotros, en pantomima) unas 50 ó 60 veces durante los quince años que quiso coordinarlo o dirigirlo.

         Vi cómo se lo ofrecía, pero por favor, a David Huerta, a Carlos Pereyra, a Héctor Manjarrez, a Jorge Aguilar Mora, a Héctor Aguilar Camín, a Rafael Pérez Gay. “¡Líbrenme de esta monserga, por favor!”  Claro que inmediatamente olvidaba sus renuncias y sus formales nombramientos de sucesor (como si a él, y no al propio Pagés, le tocara decidirlo), para furia de aquellos ingenuos que se los habían creído, y se habían tomado todo el trabajo de diseñar concienzudamente la publicación que cada cual hubiera soñado. Resultado: pleitos y más pleitos.

         Pero ocurrió que la importancia de Siempre! empezó a declinar con la aparición de Proceso y de Unomásuno. Seguía siendo una revista poderosa, claro, pero ya no la más importante y mejor distribuida del país (llegaba a las peluquerías y consultorios dentales de cualquier pueblito), ni una de las dos o tres más influyentes de América Latina. Empezó a saltar por muchas partes la libertad de prensa.

         Antes de 1977, sólo el genio de José Pagés Llergo lograba el milagro de publicar sin problemas las opiniones verdaderamente críticas de periodistas de todo el espectro político, de la extrema derecha a la extrema izquierda. Sólo a él, en Siempre!, por su encanto, talento y habilidad personales, le permitían tal libertad los presidentes de la república. La agresividad política y cultural de nuestro sumplemento fue posible sobre todo porque lo amparaba Pagés.

         La gruesa revista sepia estaba saturada (para empezar, casi toda la segunda mitad) de publicidad gubernamental, generalmente encubierta a modo de artículos “firmados” en encomio de políticos. Pero sus mejores lectores se saltaban todo ese bosque de papel y encontraban comentarios francos y enjundiosos de sus articulistas favoritos: lo mismo Vicente Lombardo Toledano y Rico Galán que Blanco Moheno o Kawage Ramia; pero también lo grandioso, lo políticamente inspirado y bien escrito: José Alvarado, Renato Leduc, Francisco Martínez de la Vega, Alejandro Gómez Arias, Manuel Moreno Sánchez.

         El Excélsior de Julio Scherer ya había intentado, con el resultado de la conocida represión de 1976, una libertad semejante. Ahora aparecían muchas exigencias de periodismo democrático: Proceso, Unomásuno, Vuelta, Nexos. Los habituales escritores políticos de nuestro suplemento encontraron nuevas y mejores tribunas. Se fue abriendo, por flagrante escasez de oferta de escritos políticos, mayor espacio para la literatura en “La Cultura en México”, que el grupo de El Chico se las ingenió para ir aprovechando paso a paso. No desplazamos nada ni a nadie: llenamos vacíos. “¿No ha llegado ningún rollazo ideológico? ¡Pues vamos a dedicarle todo el suplemento a Beckett!”, decía Rafael Pérez Gay.



EL ZAPATO Y LA HORMA

Monsiváis rezongaba, pero no le quedaba mayor remedio que dejar hacer. No tenía ya tiempo ni interés de encabezar el trabajo, pues desde luego formaba parte conspicua de cuanto proyecto político, cultural o periodístico surgiera en el país. Tampoco encontró mejores colaboradores durante toda una década. Tuvo que conformarse, entre pucheritos, con nosotros. Andaba además con sus sesudas ocurrencias de que “la rumba es cultura”, de que los chismes de la farándula constituían una “cultura popular” y de que la misión auténtica de un escritor progresista residía en conseguir una foto de portada con Lucía Méndez en alguna revista de quinceañeras.

         En su opinión, además, ya teníamos un suplemento políticamente devaluado. Por necesidades de la producción editorial, salíamos a puestos de periódicos dos o tres semanas después de los acontecimientos; Unomásuno al otro día, Proceso el domingo siguiente. Y nuestros antiguos lectores políticos preferían ahora estas publicaciones nuevas. A nosotros nos importaba un suplemento donde hacer literatura y periodismo literario, aunque ya no fuese la gran tribuna nacional.

         Monsiváis se limitaba a rumiar chistes, a fingir golpes de estado que no duraban ni dos semanas, a armar berrinches y pataletas por el “excesivo culturalismo” que se iba apoderando de lo que era, precisamente, un suplemento cultural. Nunca se denominó de manera oficial “La Grilla en México”, suplemento político de Siempre!

         Por lo demás, introducía todo el material político que quería y vetaba cualquier expresión contra sus viejos compañeros de mafia, como Jaime García Terrés, “el intocable”. Todos los ataques contaron con su permiso, y sin excepción se le consultaba oportunamente sobre cualquier artículo problemático o conflictivo. No fue por mis pistolas, sino con su autorización explícita, que publiqué aquel fragmento de la novela El vampiro de la Colonia Roma, de Luis Zapata, que dizque les causó úlcera a Arturo Durazo y a José López Portillo; y a Monsiváis un regaño de Pagés. Rezongaba, pero estaba más o menos a gusto de dirigir tan fácilmente un suplemento que otros le dirigían. O subdirigían.

         Y es que se había encontrado con la horma de su zapato. A diferencia de los literatos anteriores, el grupo de El Chico estaba constituido por escritores más amigos entre sí que de Monsiváis. Su capacidad de maniobra quedaba reducida. Y éramos muy borrachos, al menos los viernes. De modo que sus manipulaciones y rumores telefónicos quedaban invariablemente en evidencia durante esas comidas. Nos contábamos todos sus chismes.

         Antes ocurría, por ejemplo, que un día me encontraba yo de mala cara a David Huerta o a Héctor Manjarrez, cuando el anterior nos habíamos despedido con abrazos; o que ellos me saludaban con una sonrisa y se topaban con una mueca distante: resultaba que Monsiváis les había dicho que yo decía de ellos tal o cual tontería; y a mí, que ellos hacían otro tanto conmigo. Tardábamos semanas en deshacer el entuerto de la vieja política monsivaíta del “divide y vencerás”. En El Chico todo se resolvía el mismo viernes, en grupo, en voz alta. Muy pronto Luis Miguel, Rafael y Toño lograron, a grados de excelencia, imitar la voz, los ademanes y el tipo de chismes de Monsiváis. Nos moríamos de risa con tales parodias toda la tarde. Hasta nos aplaudían en las mesas vecinas.

         Los diez años del grupo de El Chico —ahora un bar techno, la Barracuda— formaron una fértil generación de ensayistas y periodistas culturales. Que era precisamente de lo que se trataba. Queríamos algo más, desde luego, y algunos lo han conseguido: la novela, el relato, la poesía. Al menos en el ensayo y la crónica desarrollamos una forma nueva, amena, libre, equidistante del parnaso y de la academia, con ideales de cotidianidad y pasión crítica, que ha sido bienvenida por muchas otras publicaciones.



ATERRIZAJE EN LLAMAS

En 1987 Monsiváis decidió, como era desde luego muy dueño de hacerlo, renunciar en serio ¡por fin! a “La Cultura en México”. Ojalá nos hubiera dicho simplemente: “Ya se acabó el viaje”.

         Un viaje en el que yo participaba ya muy poco: desde 1978 me había cambiado parcialmente, con claridosas muestras de hartazgo, a Unomásuno, Nexos, Punto, La Jornada. Fue en estas publicaciones, no en el suplemento, donde aparecieron mis textos “duros”, como “Ojos que da pánico soñar”, que recopilé en algunos libros: Función de medianoche (1981) y Un chavo bien helado (1990). Desde el verano del 77 le evité a Monsiváis cualquier problema político o de política cultural: mi respuesta a Paz y mis líos con Zaid no aparecieron en “La Cultura en México”: se los entregué al propio Pagés, quien sin mayores estornudos los publicó en su sección de correspondencia. A partir de entonces yo trataba mucho menos a Monsiváis que a los chicos del Chico, a quienes directamente ofrecía mis colaboraciones.

         Pero se tomó el trabajo de escupir a posteriori para arriba, dizque en privado pero por todas partes; murmurar y telefonear, en plena discordia, contra quienes finalmente lo ayudamos muchos años, con invariable lealtad y muy buena gana, a hacer el trabajo que sólo a él le correspondía, por el que se ganaba todo el prestigio (cargando en nuestra cuenta los líos y los platos rotos), y por el que además cobraba. (Sospecho que ha usado a algunos plumíferos testaferros para que, filtrando maledicencia, pergeñen o firmen insultos contra algunos de nosotros, que no encontró cómodo ni “políticamente correcto” identificar con su nombre. Pero me conozco sobradamente ese tono y esa táctica. Así les ha ido a los tales.)

         ¿Mala conciencia? ¿Una manera de hacerse perdonar por su dizque odiado Establishment la “mala fama” del agresivo suplemento, con la disculpa de que, por alguna maldición del Cosmos, anduvo década y media rodeado de puro canalla? ¿De veras él no propició, exigió, manipuló, ese aire combativo, que hasta llegó a parecerle insuficientemente duro? 

         Siempre pudo, sin siquiera tener que explicar nada, prohibir cuanto se le antojara, y expulsar o incorporar a quien quisiera. Le convino mucho trabajar con nosotros y punto. Luego, cuando se retractó tras un esparadrapo de infinidad de sus antiguas prédicas y políticas, trató (para limpiar su neo-vetusta imagen de canónigo cultural) de endosárnoslas todas a “los muchachos”, maldiciéndonos de pasada.

         Todo un lodazal de chismes, injurias y verdades a medias (pero afanosamente retorcidas), filtrados por debajo del agua. Si éramos todo eso que anduvo por ahí escupiendo y filtrando entre canónigos, publicaciones y grupillos, ¿por qué no nos corrió? Tuvo sus quince, sus diez años para hacerlo. Enfrenté meses deprimentes al encontrar como insidioso enemigo gratuito, soterrado, a quien yo había imaginado como un amigo cercano durante tres lustros.

         Entiendo que los escritores, incluso quienes se dedican a pastorear grupos de novatos, cambien de opinión. Exijo que lo manifiesten con sinceridad y valor civil. Me indigna que finjan haber vivido en la luna y descarguen sus propias incomodidades y remordimientos exclusivamente sobre “los muchachos” de entonces.

         Sostengo la teoría de que las cosas son como terminan, y que es mala la aventura que termina mal. No me toca pues la gentileza de ponderar aquí —por lo demás lo hice a su tiempo, en 1981, y reproduje recientemente ese texto en mi Crónica literaria— el fulgor intelectual, la estampida de conocimientos novedosos, la enseñanza de la vocación crítica, la pasmosa variedad de intereses, la alegría de los mejores textos y conversaciones de Carlos Monsiváis. Que lo ponderen quienes hayan gozado con él de mejor suerte. Esta admiración de novatos hacia el Big Brother, sin embargo, explica nuestra larga fidelidad, algo extravagante y hasta gratuita desde una perspectiva ulterior.



FINAL FELIZ

Casi todos los ex chamacos del Chico seguimos siendo muy amigos. La amistad fue nuestro trofeo. Y lo que cada cual escriba gracias al aprendizaje de aquella década. O se niegue concienzudamente a escribir, como el sabio Beto, quien nos salió más borgiano que Borges en aquello de que “leer es más creativo que escribir, más intelectual”. Tiene razón: en la lectura reside el verdadero talento. Era precisamente lo que defendíamos en 1977, con “excesivo culturalismo”, en nuestra sección “De cal y de arena”. Todo ha girado alrededor de ese embrujo: leer.