lunes, 1 de septiembre de 2014

MAURIAC

MAURIAC: CÓMO CONSTRUIR UN COCODRILO

Por José Joaquín Blanco

Difícilmente se puede admirar sin exasperación a François Mauriac (1885-1970), el célebre novelista católico... que no sabía hacer novelas. Sus libros narrativos carecen de tramas y personajes verdaderos, como lo denunció su enemigo, igualmente célebre, Jean-Paul Sartre (quien tampoco supo cómo escribir una novela verdadera.) (Ouvres Romanesques, París, La Pochotèque, 1992. Hay ediciones francesas de La Pléiade y otras editoriales. Circulan traducciones castellanas de varias de sus novelas (Aguilar, Alianza Editorial y Salvat). Cf. Mauriac, París, l’Herne No. 48, 1952. Maurice Nadeau: Le roman français depuis la guerre, París, Gallimard, 1970.)
Estos dos antiliteratos antinovelistas dominaron el panorama de la prosa francesa durante al menos un cuarto de siglo, y dividieron tras sus nombres —especialmente en sus artículos periodísticos escandalosos— la opinión política y cultural de Francia de los años treinta a los sesenta.
         Sartre: el profeta de “los condenados de la tierra” (Fanon) y de la libertad, quien sin embargo a ratos debió hipotecarla por entero a la estrategia comunista de la URSS; el crítico maximalista de una sociedad a la que parecía encontrar decadente, “sólo porque aún no ha decaído demasiado”, decían sus enemigos, y algo perduraba en ella de los tradicionales códigos morales y políticos.
         Los comunistas y otro tipo de revolucionarios abominaban de Sartre: con tal compañero de ruta, “el hombre nuevo” no necesitaba enemigos. Un corruptor del proletariado. Un periodista a veces más indigesto que los tratadistas abstrusos. Un filósofo de declaraciones y manifiestos desaforados y noticias de ocho columnas, quien ponía todas las riquezas de la filosofía alemana y de la literatura francesa —según sus detractores— al servicio del desorden callejero, el caos juvenil y urbano, la crápula, el sexo licencioso y el terrorismo cultural. El más corrosivo y desaforado de los dramaturgos.
         François Mauriac: el novelista profesionalmente católico que se encarnizaba con personajes e historias sórdidos de Burdeos, donde se pudrían la familia, la Iglesia, la burguesía, la sociedad, el Estado, el dinero, la moral, los sentimientos y pulsiones, las supersticiones de clase y hasta de abolengo provinciano: El beso al leproso, Genitrix, El desierto del amor, Thérèse Desqueyroux, Nudo de víboras, El misterio Frontenac, El mono.
         La jerarquía clerical y el Vaticano lo detestaban porque todo su catolicismo mostraba suciedad, putrefacción, desesperación, sordidez en los hogares y las almas de puros “malamados” y “ángeles negros”. Parecía otro Sartre, pero con escapulario. Se le acusaba de snobismo: por ambición literaria, acentuaba el cristianismo de los pérfidos y malditos, demasiado cercano a Baudelaire y Dostoyevski.
         Había mucho de Freud y hasta de Marx en sus nauseabundos retratos de la sociedad católica francesa; y aunque siempre se exhibiese como abanderado del catolicismo, enfrentado al totalitarismo y a la inmoralidad, resultaba más subversivo como enemigo interno que los enemigos declarados de la Iglesia y la derecha política, con quienes al menos se sabía abiertamente a qué atenerse.
         En los momentos decisivos, el aleve Mauriac formaba filas con el adversario: crítico feroz del franquismo, opositor a la ocupación alemana, compañero de ruta de los socialistas y liberales que tomaron por asalto el propio Vaticano (Marx abominó menos del capital, que Mauriac de la codicia y la avaricia), encabezados por el papa Juan XXIII y su concilio.
         Mauriac y Sartre se odiaban, pero invariablemente el éxito los reunía. Ambos agitadores literarios marcaban los extremos de la discusión cultural francesa y lograron el Premio Nobel (rechazado por Sartre), que tan pasmosamente se negó a Breton, Malraux, Céline, Cocteau, Bernanos, Julien Green... Herederos de Gide —éste, protestante y luego ateo, y no Mauriac, logró en La puerta estrecha la obra maestra de “la novela católica”—, conformaban un bifronte monstruo cultural que zarandeaba a los bienpensantes.
         Entre sus continuos intercambios de insultos sobresalió la recíproca descalificación literaria. “He leído la última novela del señor Sartre, y me da mucho gusto declarar que la encontré muy mal escrita”, dijo Mauriac. Sartre señaló que el católico sencillamente no podía concebir una trama, ni mucho menos personajes con vida propia, con libertad: le resultaban meros títeres en acciones esquemáticas, prefabricadas, artificiales, que simplemente ilustraban las ideas y los prejuicios de Mauriac, quien actuaba como un demiurgo y no como novelista; un pequeño dios omni y prepotente hacia sus criaturas imaginarias: “Dios no es un artista; el señor Mauriac, tampoco”.
         No las dejaba vivir. Siempre andaba definiéndolas, sermoneándolas, jalándolas de la manga, sofocándolas en su esquema ético. Carecían de libertad, y en tal sentido, de todo arte.  (A pesar de la celebridad de los feroces ataques de Sartre, el mayor golpe que recibió Mauriac provino silenciosamente de la obra de otro católico: Georges Bernanos: Los grandes cementerios bajo la luna, Diario de un cura de aldea, Diálogos de las carmelitas, mucho más estimado como artista y pensador entre los lectores ilustrados.)
         Ambos tenían razón en sus insultos. A veces el gran Sartre consigue escribir mucho peor que el resto de los mortales, lo que es todo un mérito. Generalmente el gran Mauriac ofrece meros personajes alegóricos en situaciones fijas y simplificadas, donde el Mal los abate para permitir el florecimiento moral de su autor, su afán de predicador.
         Pero ambos antiartistas (“epatantes”, engagés, belicosos) también lograron, durante sus trayectorias opuestas y paralelas, una intensidad emotiva e intelectual que encumbró sus novelas y relatos a la vanguardia de las épocas inmediatamente anterior y posterior a la Segunda Guerra Mundial.

EL COCODRILO
Hoy en día se dejan leer mejor los relatos breves y líricos de Mauriac (especialmente El mono y El beso al leproso) que sus intentos de narraciones más complejas (El desierto del amor, Thérèse Desqueyroux). Tanto mejores cuanta menor sea su trama; cuanto menos aspiren a vida propia sus personajes, y más se ofrezcan pasivamente a un atormentado y poético discurso de autor sobre ellos.
         Que no intenten vivir ni hablar por sí mismos: que dejen que el autor los dibuje y hable a través de ellos, siempre con su prosa culterana pero concisa, del típico “gran” estilo francés, lleno de referencias y clichés engolados, académicos. Que se presten como terribles temas de predicación.
         En sus novelas Mauriac es un ejemplo extremo del gran literato antinovelista. De la misma manera que muchos narradores mandaron al diablo las normas y convenciones literarias, y quisieron quemar toda la Literatura-con-mayúscula que estorbara la eficacia de sus tramas y personajes, a los que deseaban incluso más vivos que los de la realidad, Mauriac prescindió de todo recurso narrativo —lenguaje coloquial, verista; autonomía de los personajes; verosimilitud de la trama, complejidad psicológica; ausencia de comentarios omniscientes y revelación de los conflictos sólo a través de la acción— que se opusiera a su ambición de alegorista.
         Todos sus personajes son símbolos, todas sus tramas parábolas; suelen concluir en París (después de un infierno moral arraigado en la provincia, especialmente en Burdeos) con poco disimuladas moralejas. Algo semejante a Sartre, para quien sus historias y personajes servían como ilustración de su filosofía existencialista, Mauriac se sirvió de los personajes y situaciones como emblemas del pensamiento católico.
         ¿Pero qué hay de malo en ello? Importa el valor del texto, no la obediencia al género. Si no se quiere hablar de la novelística de Mauriac, que se destaque su emblemática. Aunque fracase como novelista, y no le creamos sus historias ni sus personajes, triunfa como autor: dio vida intensa a las angustias de su tiempo.
         En cualquier obra de Mauriac hay un católico con conflictos interiores que, inmóvil, se ahoga en su examen de conciencia, previo al confesionario y la comunión. No es un religioso épico, al estilo de Claudel, quien cantó el imperio glorioso de Dios, sino un atribulado para quien no existe otro drama sobre la tierra que el examen de conciencia. (Julien Green siguió un camino semejante, con harta mayor destreza narrativa, pero menores ira y desesperación.)
         En este sentido, su obra maestra sería Nudo de víboras (1932) —en el manuscrito se iba a llamar El cocodrilo, dentro de la zoología emblemática y teológica de Mauriac, como El mono y El cordero—, especialmente en su primera parte, que muestra la intensidad lírica y la exactitud de dibujo de sus relatos cortos, a la manera de los récits gideanos.
         Toda la memorable fuerza de esta novela estriba menos en sus virtudes propiamente novelísticas que en la ira de Mauriac contra el ateísmo burgués. Es casi un libelo contra Voltaire. Ya muchos autores católicos y hasta librepensadores se habían dedicado a despreciar y a ridiculizar a los prepotentes ateos de la nueva burguesía francesa: el Homais de Flaubert, el tío Sosthène de Maupassant (lo siguen haciendo: la “Historia prodigiosa” del voltaireano, pero bromista, Adolfo Bioy Casares). Mauriac no los desprecia, los odia con furor desatado.
         Un anciano burgués ateo (bordelés, abogado, avaro, especulador de dinero) se acerca a la muerte podrido de odio contra su esposa, sus hijos, sus parientes políticos, sus nietos. Casi agónico, conjura contra ellos: quiere herirlos y desheredarlos. El tono de la novela es escandaloso en su desmesura. No es común odiar gratuitamente, con tal arrebato, a la propia familia.
         Suena casi contra natura, especialmente cuando no aparece ninguna razón ni situación que lo justifiquen. Que la esposa había tenido alguna casta especie de noviazgo antes de conocer al Cocodrilo; que no lo amó con simpatía ni erotismo, sino como distante, altiva esposa abnegada; que lo apartó, para volcarse en una adoración matriarcal a sus hijos, y egoístamente lo alejó de ellos, pues su ateísmo podría dañar sus almas, etcétera.
         Estas situaciones de personajes completamente abandonados de la gracia de Dios son típicas de Mauriac. El caso asombroso aquí fue que le concedió la voz narrativa. El Cocodrilo escribe su examen de conciencia en primera persona: se exhibe, se denuncia en toda su sordidez: su soledad, su fealdad, su suciedad y su miseria de espíritu.
         Se trataba en principio de una obra satírica, y acaso se dirigía a denigrar las “lágrimas de cocodrilo” del ateo agonizante. Pero las lágrimas adquirieron realidad, densidad; y la sátira se le volvió tragedia lírica. Se engolosinó con esa extraordinaria fealdad maniquea del personaje; la enriqueció y ennobleció con toda la gloria de los perdedores del mundo, de los “malamados” y ¨”ángeles negros”; de los malditos del espíritu de Baudelaire y Dostoyevski.
         Mauriac sólo pudo sostener este tono en la primera parte. En la segunda (para disgusto de Gide) lo moderó, y concluyó con una conversión de última hora a la vida devota, según chismes de una nieta algo demente. Pero ya había dedicado unas cien encendidas páginas a la aventura de ahogarse en el peor infierno espiritual concebible: el hombre que, sin Dios, nada puede disfrutar ni amar en este mundo; un despreciable que todo lo desprecia.
         Este vituperio del enemigo tendría poco valor si se le narrara en tercera persona. Había una vez un hombre odioso etcétera. Hacerlo en primera, prestándole el propio corazón al réprobo absoluto, confiere una fuerza extraordinaria al odio del mundo y de sí mismo que expresa —¡hasta canta, en prosa siempre endomingada!— el personaje.

EL MONÓLOGO DEL ENEMIGO
No creemos que el Cocodrilo exista ni pueda existir; sabemos que es un emblema. Falla como personaje novelístico. La trama es absurda, casi infantilmente esquemática; su nudo —cuando el Cocodrilo descubre que su hijo natural se une a los legítimos en una conjura contra él— está resuelto con simpleza, casi con tontería: Casualmente, durante un raro viaje a París, los descubre en uno de los miles de cafés; los sigue sin ser notado a una iglesia, y a distancia de cincuenta o cien metros lo adivina todo por sus ademanes, etcétera.
         Pero el empuje de escribir el monólogo del enemigo, confundiéndose a ratos con él, a ratos voluntariamente iracundo, a ratos involuntariamente cómplice, logra todo un testimonio católico contra la sordidez de la vida humana, de la conducta burguesa, de la vida en familia, del amor conyugal y la paternidad; del patrimonio familiar, de los grupos y clases sociales del campo y de la ciudad, con una fuerza que ningún ateo podría conseguir.
         La Iglesia se indignó. “Si Cristo vino a crear esta cultura, estos hogares, estos personajes católicos, mejor se hubiera evitado el viaje”, es lo que naturalmente piensa el lector, y lo que pensaron los censores eclesiásticos. “¿Es esta la redención operada por Cristo? ¿Esta es la civilización de la Iglesia?”. Los gulags del cristianismo.
         Los relatos bordeleses de Mauriac recuerdan —aunque fueron simultáneos— a los de Faulkner en el sur de los Estados Unidos. La decadente sordidez de familias estancadas donde todos los parientes se odian y perjudican. No hay comparación en tramas y personajes, magníficos en Faulkner, pero sí en las atmósferas, que Mauriac vuelve más sofocantes aún.
         Sabemos que Nudo de víboras empezó como sátira contra un tío ateo del propio Mauriac. Que pretendía exhibir la fealdad, la aridez, el egoísmo, el desamor de los burgueses ateos de Francia. Cuando Dios se va, el mundo se vuelve un “desierto del amor”. Pero Mauriac, en gran conflicto, se mezcló con su enemigo al poner en su boca la voz narrativa. Se incorporó a su examen de conciencia.
         Permitió que esa enorme, extravagante denuncia del mundo familiar, que esta putrefacción de los valores familiares, se hinchara y explotara como un absceso. Ningún enemigo de la familia la ha denunciado con tal violencia, con tal encarnizamiento. Ni el propio Gide del alarido: “¡Familias, os odio!” Octavio Paz hablará de “familia, nido de alacranes” en Pasado en claro.
         Luego Mauriac quiso reparar los daños, con una segunda parte moderada y un final que tiende hacia la conversión, la confesión, el perdón del réprobo. No pudo. Lo que impera es la denuncia inicial del padre absolutamente sórdido.
         Mauriac era hombre poco intelectual y poco artista. Mucha religión y trato social (un predicador del Evangelio, pero invariablemente rodeado de duquesas, ministros de De Gaulle y miembros de la Academia Francesa), poco interés por las artes y la literatura. Hasta presumía de anti-intelectual.
         Pero imitaba incesantemente a Racine. De ahí vinieron las instrucciones para construir su Cococrilo. Sucede que en Racine encontramos tragedias alegóricas, esquemáticas, sofocantes, para denunciar a los réprobos. Pero son precisamente los personajes infames (Fedra, Atalía) quienes se llevan los mejores parlamentos, con sus sacrílegas denuncias de Dios, el mundo, el hombre.
         Los réprobos se vengan de sus autores aparentemente ortodoxos, y logran que lo central, lo constante y perdurable de sus obras, sean los momentos en que los rectos intentaron hablar a través de los infames. O viceversa. ¿Quién presta la voz a quién? ¿Quién vive de la sangre de quién? Borges: “¿Cuál de los dos escribe este poema?”
         Y como los rectos los odiaban tanto, como eran su terror y su obsesión desmedidos, debieron agigantar su voz y su perfil: imprimir en los réprobos, como un halo, todo el temor y la fascinación que en los probos habían producido. No es simplemente el Mal en sí mismo, sino tal como el Bien, aterrado, lo imagina.
         En Nudo de víboras se huelen azufres de un infierno verdadero. Quizás en este mediocre mundo terrenal, el Mal y los réprobos carezcan de esa grandeza y esa perfección en la sordidez y en la miseria espirituales. Pero desde luego existen en el alma y en los nervios de los probos que durante sus pesadillas se sueñan réprobos; que (jansenistas) siempre sospechan al diablo debajo de la propia piel devota.
         La execración de la condición humana que logra Mauriac queda como uno de los rasgos más extravagantes, pero memorables y perturbadores, de la literatura moderna. Sórdido. Agrio. Arisco. Por lo demás, el “nudo de víboras” alude al nido familiar, pero sobre todo al corazón: amasijo sangriento de embrolladas venas y arterias bestiales, dentadas, que roen desde su centro al hombre, réprobo o no, cuando arbitrariamente carece de la gracia de Dios.
         “El infierno son los otros”, exclamó sibilinamente Sartre. El infierno es uno mismo, arrojado al examen de conciencia católico, donde florece la culpa con todas las pompas y engolamientos de la prosa tradicional francesa, diría Mauriac.
         ¿Por qué “uno mismo”? ¿Por no ser los blancos ángeles de Dios? ¿Pero dónde están esos ángeles blancos? No en la obra de Mauriac, proliferante de puros “malamados” y “ángeles negros”.


viernes, 1 de agosto de 2014

VIRGILIO PIÑERA

LA IMAGINACIÓN NARRATIVA DE VIGILIO PIÑERA

Por José Joaquín Blanco

                            “Esto es un arroz con mango que no hay
                            quien lo entienda —comentó la vieja...”
                              Virgilio Piñera: “Hecatombe y alborada”

SURREALISTAS EN LA HABANA
Más que en lo “real maravilloso” o en el “realismo mágico” de las novelas que gravitaron en torno a Carpentier, Rulfo, Garro o García Márquez, el surrealismo —un curioso surrealismo que incluye la Biblia, Blake, fábulas orientales, Carroll, Kafka (sobre todo Kafka) y pesadillas de science fiction tipo Lovecraft— azotó la narrativa latinoamericana con desaforadas invenciones breves pero “inconcebibles”, que ni siquiera querían considerarse muchas veces cuentos o relatos, sino fábulas, “varia lección”, “varia invención”, esperpento, poema en prosa, “discurso”, “grafomanía”, balbuceo hipnótico. Borges, Bioy, Cortázar, Arreola. Ello ocurrió sobre todo a partir de los años cuarenta.  Veinte años después tal imaginería llegaba incluso al teatro “experimental” y a los cómics “culturales” (en México: Juan José Gurrola, Alexandro Jodorowsky).
         A este espíritu narrativo pertenecen los textos, ahora recopilados en Cuentos completos (Alfaguara) del también poeta, novelista (Pequeñas maniobras, La carne de René) y dramaturgo (El no, Dos viejos pánicos) cubano Virgilio Piñera (1912-1979), gran rival de Lezama Lima en la rica y extraña atmósfera literaria de la revista Orígenes (1944-1956), que se prolongaría por décadas hasta, al menos, las obras de Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy y Reinado Arenas. Más de setenta relatos repartidos en cuatro libros y un apéndice de inéditos; en vida sólo publicó dos compilaciones: Cuentos fríos (1956) y El que vino a salvarme (1970); son póstumos, ambos de 1987, los volúmenes Un fogonazo y Muecas para escribientes.
         Piñera comparte con aquellos autores la ambición de las invenciones fantásticas “inconcebibles”, pero con frecuencia les añade una furia escatológica, del “humor negro” de Breton, o del “teatro de la crueldad” (Artaud) que en Europa adquiría el nuevo nombre del “teatro del absurdo” (Ionesco). Habla mucho del cuerpo y de la escatología (tanto en el sentido de muerte como de mierda), pero curiosamente el sexo no es uno de sus mayores temas (aunque en “Fíchenlo, si pueden” narre un episodio de homosexualidad infantil), ni el amor; predominan hecatombres, transformaciones, profanaciones y sátiras corporales.
         Para un lector mexicano gravitan en torno al Confabulario (1952) de Juan José Arreola, pero sin el rigor, el tino ni la claridad contundentes de éste. Por el contrario, dan alas a fantasías informes: alardes barrocos sin orientación, norma ni límite; muecas humorísticas o pesadillescas, vagidos de bebés terribles (“Vea y oiga”), rollazos de escritura automaticoide —jamás ha existido una escritura automática verdadera—; o bien áridos juegos de ingenio abstracto en una puesta de escena chusca, con utilería banal y cotidiana (“El conflicto”, “El filántropo”, “Grafomanía”, “El balcón”, “Lo toma o lo deja”). Se burla de su propio hartazgo culteranísimo de la cultura en “La risa”. Tanto los excesos culteranos como las burlas desorbitadas a esos excesos son propios de su generación (con ciertos antecedentes en Alejo Carpentier y Nicolás Guillén) y, a partir de ella, de toda una corriente literaria cubana.
         A diferencia de Arreola, Piñera no aspira a la perfección ni a la metafísica, sino a la fealdad, al asombroso artefacto verbal gratuito, a la invención salvaje, al escándalo letrado, en los temas y en su expresión. Sigue siendo fiel al espíritu de travesura de un “criminal literario”, a la manera Ubú Rey (Alfred Jarry) y Dadá.
         Por otra parte, Piñera comparte con su amigo-enemigo José Lezama Lima el horror de la claridad, de la precisión, de la racionalidad en asuntos estéticos, y de los límites literarios. Paradisiaco aquél, “cainita” o demoniaco Piñera, ambos desmesurados se identifican en el regodeo en caos verbales y conceptuales, que sus partidarios llaman exuberancia o literatura a la doble o enésima potencia; y sus detractores, autocomplacencia muchas veces arbitraria, nebulosa, sofocante.
          Como su otro gran amigo, Witold Gombrowickz, Piñera veneró una arisca escritura empeñosamente antiliteraria (pero erudita, verbosa y golosa de malabarismos de un virtuoso del estilo, e incluso de un archifilósofo-en-guasa) que privilegia lo informe y lo sádico, lo irracional y lo salvaje, lo extravagante y extrapolado (“El baile”).
         Siento que añade un culto a la miseria, al desastre emocional, a la desolación íntima, al autodesprecio de sus protagonistas, que le da una coloración sentimental, de “saturniano” bohemio romántico a la manera de Barba Jacob. Sus personajes quieren ser más cucarachas que Gregorio Samsa (“Cómo viví y cómo morí”), lo que a ratos se resuelve en otra forma, tal vez involuntaria, del melodrama: a pesar del vasto jolgorio verbal, se ofrecen como seres lastimosos. En sus diabluras, La commedia é finita desde el principio. Resultan humorísticos cuentos tristísimos (“El enemigo”, “La cena”, “El viaje”). Al menos en sus cuentos de su última época (después de 1965), tal desolación tenía una abrumadora causa exterior: la represión de la burocracia castrista, la cual persiguió a Piñera tanto por su conducta privada (homosexualidad) como por actitud cultural independiente o “decadente”, “contrarrevolucionaria”. Se erigía como la antítesis del Hombre Nuevo de Fidel Castro.
         Pero también encontramos esa visión y ese temperamento escatológicos en su abundante obra anterior a la tiranía de Castro. De cualquier modo, los Cuentos completos no expresan directamente denuncias ni testimonios autobiográficos, sino una estética consistente, continua, desde los años cuarenta.  Su asco y su terror del mundo son muy anteriores al régimen de Castro, aunque éste haya venido a confirmárselos con una salvaje concreción minuciosa; y de algún modo puedan leerse ciertas prosas de Piñera como un delirio de víctima frente al terror que los castristas impusieron a la sociedad y la cultura cubanas (“La rebelión de los enfermos”). Acaso los textos posteriores a 1965 admitan cierta interpretación como denuncias o estertores en clave contra la represión que sufrió por parte del régimen (especialmente la burocracia cultural, que a su muerte hipócritamente lo “reivindicó”) de Fidel Castro.

EL CIRCO DE LAS LETRAS
Los cuentos de Virgilio Piñera podrían considerarse, al mismo tiempo, extravagantes, inconcebibles, fársicos, logorreicos y premeditadamente asquerosos: laberintos, mutilaciones, masacres (“Unas cuantas cervezas”), antropofagia (“Unos cuantos niños”), defecaciones, enfermedades y deformidades físicas asumidas con la muy seria cara de un predicador de escabrosos prodigios de feria. Un merolico de El jardín de las delicias. Rinden homenaje al mundo como payasada general en “El gran Baro”. No lindan con la locura: pretende superarla.
         Piñera siempre desconcierta; a ratos escandaliza y revuelve el estómago (o la cabeza); en ocasiones se dedica, fastidiado y fastidioso, a un mero enrevesamiento de la lógica. Y él tan campante, tan feliz con su viscosa o embrollada travesura.
         La aventura literaria debe ser radical, pero gratuita: sin trascendencia. Un texto trascendente iría en contra de su radicalmente negativa aspiración literaria. El lector pierde a veces la paciencia: la altanería del autor, como buen barroco, su narcisismo virtuosista, su afán de pasmar, prevalecen sobre la vida propia del texto. Prodigios huraños, hoscos.
         La desaforada libertad que presuntamente se otorga el autor a sí mismo, corre en detrimento de la lectura y del lector. No le gustaba a Piñera escribir para ser leído, sino para proliferar “grafomanías”, “muecas de escribiente”. Tiene mala opinión de sus posibles lectores:
         “¡Tremenda ensalada para el querido lector! Bien está que se rompan la cabeza, pues en su puñetera vida no hacen otra cosa que leer. Son como esos saprofitos que se nutren de otros organismos” (“El Impromptu en Fa de Federico Chopin, novela XVII”).
         Lo mismo podría decirse de los escritores, absortos en la manía de escribir a partir siempre, desde luego, de textos de otros autores. No hay escritor espontáneo: la cadena se remota a varios milenios. No hay Piñera sin Kafka, Breton, Poe, Neruda, Borges, ni... doña Gertrudis G. de Avellaneda. (Cuando se recopilen sus ensayos, artículos y escritos diversos, encontraremos sin duda —han aparecido ya dispersos testimonios y referencias al respecto— un facineroso Piñera crítico (arbitrario, ególatra): contra Orígenes y contra Sur, contra Borges y Lezama Lima, etcétera.)
         A la manera de los poetas laberínticos del siglo XVII y de Lezama (especialmente en su poesía), Piñera despliega una obra desaforadamente hábil, pero condenada a malabarismos más y más extraños a cada nueva página, para consolidar su imagen de habilidad suprema y de su negación total. Impresionan más el virtuosismo y la estética escatológica del autor que los arduos y un tanto atrabiliarios textos particulares.
         En ocasiones trama ficciones más físicas que las de Arreola o Cortázar, Borges o Bioy, y en ese sentido golpean más directamente al lector, con las historias de los hambrientos que empiezan por rebanarse una nalga para preparársela como filete, y terminan por autodevorarse y autodefectarse en mitad de una prosa barroca, eufónica y perfecta.
         O la del cojo del pie de derecho que anda en busca del improbable encuentro con un cojo del pie izquierdo para juntos, ahorrativos, comprarse y compartir un par de zapatos; ahí se esperan imposiblemente ambos, echados durante una eternidad de desolación a la puerta de diversas zapaterías. “Bueno, se impacienta el lector “saprofito”, ¿por qué no dejan de hacerse los interesantes y se hacen anunciar en algún lado? Y que de paso especifiquen la medida de su pie respectivo, no sea que a alguno no le quepa el zapato.”
         Nunca pretenden los textos de Piñera ecuaciones o metáforas orientadoras que potencien (o domestiquen) el relato atroz o el divertimento algebraico, o una idea que trascienda la barbaridad narrada. Se quedan generalmente en la gorda, infatuada barbaridad, venenosilla y barrocamente cultivada (“Alegato contra la bañadera desempotrada”), oronda en su proliferada ociosidad: “He ahí mi artefacto, diría. Así es, sin más”.
         Hiperbólicos horrores carcajeantes (“Unión indestructible”); exuberancias rabelaiseaneas (“Un parto insospechado”, “La montaña”, “El caso Acteón”); espejos deformantes de una gelatinosa casa de bestias o monstruos; caníbales, brujas (“El caramelo”) o jocundos locos de atar (“Otra vez Luis Catorce”), en el infierno cíclico de un mundo desbocadamente sádico pero rebosante de vida alrevesadísma u “horribilísima”.
         O bromas intelectuales disfrazadas de circo, que suenan un poco lejanas, como divertimentos de clique, en clave; sarcásticas herejías demasiado elaboradas de un antifilósofo en mitad del simposio solemne (Piñera siempre es solemne, sobre todo cuando ríe o juega al infantilismo “terrible”). Breton y Dalí asoman las orejas en muchas de estas páginas, de cualquier manera.
         Todo ello conforma, sin embargo, una burla radical de la humanidad y de la civilización, caníbal y fría, con cierto color habanero. Hecatombes pánicas en la Calle Damas.
         A medio siglo de distancia esa concepción cerebral de lo inauditamente visceral o inconcebible, de los horrores físicos más titiriteros, de los silogismos puestos boca arriba o a morderse la cola (“La locomotora”), pierde mucha frescura. Hemos padecido ya toneladas de surrealismos y absurdismos. Se han vuelto epidemia en los video-clips y rebosan en las mesas y los anaqueles de los gift books, a todo lujo, en las librerías, como las sodomías y las mierdas tan preciosistas, y envueltas para regalo, de Salvador Dalí:
         “A ver, Piñera, exclamarían los ‘saprofitos’: ¿ahora con qué me quieres confundir, asombrar, espantar?” “A ver, Piñera, ¿con que otro cuento me vas a poner a vomitar o a delirar, como en el miasma de una indigestión de lechones y langostinos semipodridos, pero con algún folklore caribeño?” “¿Ahora quién le arranca los ojos a quien; qué cuerpo se convierte en una sola y ávida nariz?” O lo asombroso por el asombro mismo: el hombre que se dedica profesionalmente a “nadar en seco”, sin agua. “Órale, tú síguele: todos exclamaremos a coro al pie de cada texto: ¡Qué chico tan listo, tan imposible, este Piñera!”
         Dice en “La gran escalera del Palacio Legislativo”:
         “Descendí los pocos escalones subidos y una vez en el arranque de la escalera me puse a contemplarla largamente. Hice el sensacional descubrimiento de que un escalón se compone de una losa acostada y de una losa parada. Entonces se me reveló con perfecta claridad que si subimos veremos primero la losa parada y, en seguida, la losa acostada; y que, del mismo modo, si bajamos, veremos primero la losa acostada y después la losa parada. Otra revelación: como a cada escalón corresponde un paso de nuestras piernas, ocurre que acabamos por no saber si son nuestros pasos los que suben por los escalones o si los escalones suben por nuestros pasos”.
         “¡Bravo, Piñera!”, gritaría el “saprofito”.

KAFKA CAÑAVERAL
A nadie se culpe pues, sino al propio autor, si Virgilio Piñera ha parecido durante tanto tiempo un autor poco digerible en la literatura latinoamericana. En cualquier literatura. Ya era un nombre marginal, clandestino, ninguneado, antes de 1971 (fecha en que ingresa formalmente como anatema en el Index castrista): se encontrarán pocas referencias a su obra en las historias de la literatura latinoamericana de la época (vgr. Anderson Imbert, Jean Franco). No sólo el régimen de Castro, sino toda la cultura latinoamericana, decidió ubicarlo como fantasma clandestino. En España, en Argentina, en México aparecieron diccionarios, enciclopedias, historias y antologías que lo excluían a reducían a menciones insignificantes.
         Un ejemplo local: El lector mexicano buscó en vano a Piñera en Una antología de la poesía cubana, compilada por Diego García Elío (México, Editorial Oasis, 1984), al parecer asesorado por Eliseo Diego, Eliseo Alberto, Álvaro Mutis, Jomí García Ascot y Luis Mario Scheider: no aparece su nombre ni como notita de pie de página. ¿A los cinco, además del compilador, les pareció bien excluirlo por completo? No sólo en La Habana castrista se cuecen habas.
         Coincidente con el surrealismo, la reivindicación de Góngora —operada por la generación española del 27— llegó en La Habana, con Orígenes, a sus mayores temeridades o exageraciones. Marea un poco la simple idea de “exagerar a Góngora”, como la de ser más cucaracha todavía que Gregorio Samsa. Góngora se vuelve, en ocasiones, para júbilo de Cocteau, un loco caribeño que se cree Góngora.
         ¿Gongorismos kafkianos coronados de El amor loco de Breton? Los hay entre los cultos habaneros de la revista Orígenes. Aunque la densidad de Piñera proviene más de los laberintos de la invención o las ideas que del lenguaje, no deja de competir en crucigramas, diccionarismos, enrevesamientos y declamaciones “glíglicas” con Lezama (aunque algo se burla de éste), en quimeras verbales: “la altifolia magna daba un do sobreagudo de sangre”, “congojosidades ultraterrenas”, “interjeplinas sonorosas”, “las intripificenas la obturaron, dejándola en la pura contingencia terráquea”, “me llegó por correo un hemeclofante”, “entre las léntulas se deslizaban presurosas las málgalas”, “la densidad visional de las pligloterias”, etcétera (“En la funérea playa fue”).
         Se acusó a Lezama de conformar un Proust tropical; habría que denunciar a Piñera como un Kafka caribeño (o al menos como un Kafka “cubanazo” en plena guagua): una selva donde se centuplican y abigarran a cada instante José K. y “El artista del hambre”. ¡Qué descanso regresar a El Proceso o El Castillo de Kafka, tan temidos antes de conocer La Habana de Piñera! ¡Hasta resultan nítidos, confortables, lógicos y sobre todo sucintos, orientados: trascendentes!
         Virgilio Piñera presenta invariablemente en sus cuentos el gran espectáculo de una mente y una pluma extraordinarias que enfáticamente dan la espalda al lector “saprofito” y se dedican a no sé qué elaboradas bromas o lamentos para sí mismo, o para un cenáculo. Una gran autocomplacencia estética e intelectual nimba su radical anticonformismo.
         Advierto demasiada deliberación, demasiado proyecto monótono de inventar desoladas y/o nauseabundas barbaridades en Piñera. Algunos cuentos aislados azoran o escandalizan, en efecto, cuando toman al lector por sorpresa. En conjunto vemos una retórica que sigue, incluso modo automático, esa “bizarra” forma personal de narrar, ese arrogante impulso adquirido.
         Gana en los relatos más largos, cuando logra incorporar a sus conjuros algebraicos el habla y el color local de La Habana (“El álbum”, “Frío en caliente”, “El caramelo”). El Piñera que más me gusta es el menos aparentemente elaborado, el de los antirrelatos que se libran de la trama portentosa, y narran jocundos jirones de la loca vida diaria; por ejemplo, se lee en “Un jesuita de la literatura”:
         “Mulata despampanante avanza como tanque de guerra, con tajada de melón [melón de agua: sandía] en la boca, sembrando la acera de semillas negras. La vista, al chocar con tal arremolinamiento de carnes, envía al cerebro preguntas apremiantes, que este contesta al punto: sabrosona, santa, entera... Acto seguido, mi voz, velada y meliflua, se las susurra al oído; pero ella, que en ese momento de comerse el melón no está para piropos, me dice, parándome en seco: ‘Está bueno, ¿no?’... El flujo cerebral es interrumpido bruscamente por el tremendo frenazo de un camión que ha estado en un tris de llevarse por delante a un autito verde, cuyo chofer, sacando la cabeza por la ventanilla, sólo tiene ojos para la mulata, que unos metros más allá sigue escupiendo semillas de melón con la misma actitud olímpica de Luis XIV al recibir a los embajadores persas. ‘¡Malanga!’, grita el camionero. ‘¡Jamonero!’, grita el del autito. ‘Paragüero!’, grita alguien que pasa. Inminente match de boxeo”...
         Tal frescura es infrecuente en los Cuentos completos. Sin embargo, el lector se familiariza con las crueldades extremas y los antisilogismos, infantilismos y payasismos “inconcebibles” de Piñera; les reconoce prestigio “vanguardista”, los hace de lado, y se dedica a disfrutar, tranquilamente, algunos juegos de ingenio y episodios de pesadillas superterribles.
         O memorables viñetas satíricas como las del fatuo Ministro metido con toda su solemnidad burocrática en una cocina (“El señor Ministro”, originalmente publicado por Borges en Anales de Buenos Aires); del Señor Presidente con la mejor sonrisa del mundo (“El muñeco”); del santo papa que mistifica a todo su universal concilio con la teología de las bicicletas (“Concilio y discurso”); del tigre aficionado a las fiestas infantiles (“Belisario”), o del pusilánime perpetuo que escapa de sus miedos mediante valientes, “efímeramente eternas”, inmersiones en la tina (“El enemigo”). O ciertas burlas de la novela policiaca y de la ciencia ficción.
         De cualquier modo, siempre salta algo que qué gozar en su marea revuelta y turbia: Piñera es un prosista habilísimo, un humorista incorregible, y posee una imaginación pródiga: ofrece, más que textos logrados, perfiles memorables en su culto del-caos-es-un-caos-es-un-caos:
         “La seriedad para un payaso es su propia payasería, con ella realiza todos los actos de su existencia, y si alguien, en un estado de payasos, tiene la temeridad de destacarse del gran todo armónico que es la payasería, deberá pagar las consecuencias de su desequilibrio” (“El Gran Baro”). 
         Hay un melancólico clown extraviado entre las letras, que brinca y patalea en busca de su circo, en estos Cuentos completos de Virgilio Piñera. No es tan divertido porque no logra realizar cabalmente ese circo, sino sólo su lastimosa y truculenta añoranza de un universo delirante e hilarante. Y desde luego, absolutamente “cruel” (“cuentos crueles, teatro de la crueldad”), como el anciano que añora a su puntual asesino (“El que vino a salvarme”). Los pintores abstractos más vanguardistas pintaban “negro sobre negro” o “blanco sobre blanco”; Piñera, la desolación sobre la desolación, decorada con vísceras mutiladas o razonamientos demenciales y funerarios.
         De ahí que, como durante su vida, aunque sea imposible negar el talento y la imaginería del célebre autor cubano, resulten siempre algo elusivos, discutibles, extrañísimos. Seguramente se proponía algo de esto. Soberbia y travesura. Vocación de sufrimiento y sufrimiento por órdenes de la dictadura revolucionaria. Desesperados alardes ególatras y gemidos de víctima —o al revés: alardes de víctima y desesperados gemidos de ególatra—, siempre en arabescos. Escribió textos que nadie supiera cómo ni por dónde tomarlos. Su broma/lamento íntimos. Cierta antiexpresión o antiescritura.
         Una vocación radicalmente exótica en los terrenos del arte que se enorgullece (¿se infatúa?) de tal soledad enrarecida, de tan arisca diferencia: “Soy Piñera y qué. Tómenme o déjenme. Y les voy a facilitar todo el camino para que abandonen mi libro”.
         Como Lezama Lima, Piñera puede considerarse un héroe estético en este sentido de creador de una literatura difícil, aventurada, onírica o baldía. Como las hazañas barrocas de otro siglo, ese heroísmo se ofrece más a la admiración en cuanto rareza que como generosidad de lectura. Curiosidades de museo literario. Dan ganas de proclamar: “En la Sala Marcel Duchamp de este museo literario se ofrecen durante la presente semana, para las damas y los caballeros eruditísimos que ya regresan desengañados de toda cultura, los artefactos inconcebibles, imposibles o ultrajantes, y hasta gratuitos, de Virgilio Piñera”.
         Esto, al menos, con respecto a los textos de 1944 a 1965; después, este estilo, ya consolidado antes del castrismo, ¿en qué medida, de qué modo, expresó la pesadilla personal, histórica, de una víctima social, moral y cultural de la dictadura de Fidel Castro?
         Muchos de los alardes literarios de Piñera, sin embargo, son comunes a la muchedumbre de autores que siguió la senda surrealista en todo el mundo. La literatura del siglo XX abunda en pensamiento salvaje, en ficciones inconcebibles, en delirios de asco y horror, en bromas sonámbulas como “cadáveres exquisitos”; en ruedas de bicicleta montadas sobre un banco y ya: “¿A poco creían que la literatura era otra cosa, eh, inocentes saprofitos?”.
         Esa extravagante tribu literaria suele desanimar al lector (es tan fácil deshacerse de autores ególatras: basta con botar los libros); pero no ha perdido su atractivo entre los propios escritores, que admiran las difíciles minucias, los logros encubiertos, las aristas temerarias, las “arias de locura”, o de bravura, que no escasean entre algunos de sus mayores heresiarcas como Virgilio Piñera.
         Uno parece conocer menos al autor entre más lo lee: resalta su talento de orfebre, pero sofoca la densidad y la sobreabundancia de sus enigmas: zumba una mosca y Piñera se desgañita con una dodecafonía. Y de inmediato cada dodecafonía a su vez se decuplica, y vuelve a decuplicarse hasta configurarse en selva prosística.
         Yo me sospecho, en ocasiones, menos una revelación que una utilería sonámbula, reiterativa hasta la desesperación, en esa especie álgebra desorbitada entre visiones esotéricas de los Cuentos completos de Virgilio Piñera. Nadie podrá negar, sin embargo, sus elevadas lecciones (pero intermitentes, parciales, inconclusas) de invención y de escritura, que le aseguran un nicho exótico, de heresiarca —y de mártir particular de un Estado totalitario—, entre los maestros de los narradores latinoamericanos.
         Como el poeta Lezama, Virgilio Piñera cumple el destino de permanecer lejos de los lectores y demasiado presente, como obsesión gremial, entre los propios escritores, siempre temerosos de hundirse en la vulgaridad sentimental o realista, en la lógica tradicional o cotidiana, en la literatura municipal y espesa; siempre ávidos de la brillantez de lo insólito o misterioso. Y no sin razón admiran a autores como Piñera (o al Joyce de Finnegans Wake) a la manera de íconos redentores.



martes, 1 de julio de 2014

CRÓNICA E HISTORIA

LA CRÓNICA COMO MÉTODO HISTORIOGRÁFICO
Coloquio Deh-Historia contemporánea, INAH, 21 de mayo de 2014
Por José Joaquín Blanco
Al estudiar las obras históricas conviene recordar de vez en cuando no sólo el texto compacto, fijado, sino su proceso de composición y de escritura, su arqueología: cómo llegaron a escribirse. No siempre existió el código contemporáneo científico, académico, de la investigación y la escritura supuestamente puras, con financiamiento y oportunidades suficientes para aislarse un tanto, tomar distancia, de la realidad callejera, y así atender durante largo tiempo a requerimientos y métodos objetivos y tranquilos, como trabajo intelectual estrictamente especializado que atiende ante todo a su disciplina gremial. Pocas obras históricas se han escrito así, y eran casi excepcionales en México hasta mediados del siglo XX, cuando incluso los mayores historiadores, como Zavala y Cosío Villegas, debían compaginar su tareas académicas con funciones políticas, diplomáticas, administrativas, empresariales o periodísticas.
De hecho, no se enseñó profesionalmente la historia en México antes de los gobiernos posrevolucionarios: la historia era una extensión de la jurisprudencia, la filosofía, la literatura. Sólo con la creación y el fortalecimiento de las universidades públicas y de algunos otros centros de estudios superiores se llegó a esta depuración del trabajo historiográfico, aunque en muchos casos actuales se continúa entremezclando con otros tipos de quehacer teórico y práctico, y el historiador comparte y en no pocas ocasiones se beneficia de sus actividades paralelas como político, jurista, militante, periodista, escritor, artista, empresario. La historiografía de la Revolución Mexicana de  Cabrera, Vasconcelos, Guzmán, Sotelo Inclán, Mancisidor, empezó en las páginas culturales o editoriales de los periódicos.
                Como sabemos, durante le Colonia los historiadores no perseguían el conocimiento objetivo y puro, sino la evangelización y la colonización: buscaban entender mejor a los indios para cristianizarlos y castellanizarlos, como en los casos de Motolinía y Sahagún, y no como a entes de conocimiento neutro o científico. Las grandes obras históricas que ahora celebramos eran en realidad disciplinas ancilares del predicador, del misionero, del oidor,  del gobernador, del administrador. Otras, como las de Cortés y Las Casas, atendían fundamentalmente propósitos jurídicos: justificar la conquista y los méritos del los conquistadores, o ponerlos en tela de juicio. Otras eran casi autobiografía y litigio de méritos personales, como Bernal.
Muchas otras obras históricas novohispanas fundamentalmente se proponían administrar el poder y las tareas de las órdenes religiosas, y sólo en segundo término estudiar rigurosamente los hechos y monumentos del pasado. Conocer para administrar. Y en múltiples ocasiones se ordenó cesar por completo, o moderar, o reservar, las investigaciones históricas o lingüísticas, porque estorbaban esa administración: así por ejemplo, Sahagún se enfrentó a obstáculos superiores, religiosos y políticos, porque conocer demasiado tanto la cultura como la religión y la lengua de los mexicas implicaba, en la opinión de los administradores del gobierno y la iglesia, preservarlos en su identidad, cuando lo que se buscaba precisamente era borrarla para impregnarlos de cristianismo y de castellanización.
De tal modo, en el fondo de la práctica historiográfica prevalecían los fines supremos de administración, evangelización, castellanización y fortalecimiento de las nuevas instituciones políticas y religiosas.
                Esto nos lleva a la construcción de una historiografía marginal, cuando no heterodoxa, cuando tales estudios no parecían fortalecer esos objetivos administrativos o políticos. Así tenemos las enormes peripecias y vicisitudes de Carlos de Sigüenza y Góngora, Lorenzo Boturini y fray Servando que navegaron a contracorriente, incluso con episodios de persecución y cárcel.
Tal vez la primera obra historiográfica mexicana en el sentido científico o académico moderno sea la Historia antigua de México de Clavijero, que aprovechó el exilio, la libertad intelectual del exilio, y la libertad de discusión de la Europa ilustrada, para proponerse una emancipación del trabajo histórico y buscar la Verdad Histórica y ya no la mera administración del pasado, como nuevo objetivo. Aunque tal trabajo fue consecuencia de una polémica digamos periodística, si bien no tanto en periódicos en el sentido moderno sino en libros y libelos surgidos del clima de la Enciclopedia, en los cuales, pretendiendo perseguir conocimientos científicos, los pedantes philosophes vigorizaban prejuicios étnicos y nacionalistas no sólo contra los americanos, sino incluso contra los propios españoles. El gran libro de Clavijero, con toda su solidez de conocimiento y pensamiento, fue producto de circunstancias de debate de philosophes, cronistas o periodistas.
                Décadas después, también desde Europa, un autor fundamentalmente libelista, cronista, periodista, sermonero, cuya obra hasta entonces desordenada al igual que su azarosa vida entremezclaba todo tipo de disciplinas casi sin otras preocupaciones que la polémica y la aventura, fray Servando Teresa de Mier, se vio en la oportunidad de abrir la historia moderna de México, con un libro que relatara sobre todo a los extranjeros la Historia de la revolución de Nueva España. Aunque sólo se ocupa, pues se publicó en 1813, de los orígenes del movimiento insurgente, funda no sólo la historiografía del México independiente sino esa vertiente, que existe hasta la fecha, de la historia nacional considerada principalmente como la historia de sus revoluciones. México y sus revoluciones, como se llamaría dos décadas más tarde la obra del Doctor Mora.
Historia del pasado inmediato, casi del presente, el libro de fray Servando era más periodismo que historia y buscaba divulgar los informes que había recibido sobre la insurgencia, desde el punto de vista de un decidido militante de ella. Todo este aspecto de la historia política de México durante los últimos dos siglos es casi indisolublemente una mezcla de historiografía, ideología, militancia, política, derecho, periodismo, mitologías populares. Y se diría que cuando muchos años o décadas después llega el historiador moderno, científico y riguroso, a limpiar esos establos y depurarlos de inexactitudes, supersticiones y datos sin fundamento, la nueva historia ya depurada de las revoluciones mexicanas se queda sin revoluciones y sin historia, como una mera especulación de estadísticas y datos azarosos o de autentificación de documentos dispersos. Su propio tema imponía precisamente ese estilo militante y misceláneo de composición; y un discurso más seco, al tiempo que la depura, la diseca.
                Y aquí entramos en el momento más babélico y escandaloso del maridaje de crónica e historia en México: la enorme, desagregada, contradictoria, extravagante, casi esperpéntica obra de Carlos María de Bustamante. Bustamante fue insurgente, periodista, político y su calificación profesional estaba muy por encima del promedio de los intelectuales de su época. ¿Cómo fue entonces que en su obra gigantesca y miscelánea produjo lo que Guillermo Prieto llamaría “nido de urraca”, donde se mezclaban las perlas con todo tipo de bisutería y hasta de basura cultural, historiográfica y política? Porque su concepto de historia no tenía nada de científico, ni siquiera según los criterios de verdad de siglos anteriores: era una historia militante para el momento, en la que valían tanto sus innegables méritos de protagonista, testigo y conocedor de primera mano de algunos de los principales personajes y acontecimientos, como los para él no menores de la tradición oral, de los mitos populares, de los indicios y rumores fundados sobre todo en su éxito social, e incluso sus quimeras y ensoñaciones políticas, ideológicas, históricas y religiosas.
La abusiva auto permisividad que ejerció Bustamante, para quien el trabajo de historiador se mezclaba con el de trovador de gesta e incluso el de inventor y administrador de mitologías, registra sin embargo buena parte del clima ideológico, intelectual y emotivo de su tiempo, especialmente entre su grupo político, lo que no deja de tener algo de historia según el criterio moderno de que también cuentan como fuentes, de alguna manera, los “monumentos inmateriales”, los datos, dichos y conocimientos sin prueba positiva, como reflejo de la mentalidad y de la emotividad de su sociedad.
Buena parte de la concepción que ha prevalecido de los héroes y las hazañas no sólo insurgentes, sino incluso de la conquista (como el culto a Cuauhtémoc), y posteriores, hasta la guerra con los Estados Unidos vienen de Bustamante. Pero también revela la precariedad de los discursos historiográficos sin pruebas positivas, circunstancia que aprovecharon historiadores posteriores, especialmente Lucas Alamán, para desautorizarlo en bloque y, de paso, asumir abusivamente como dogma que nada es historia sin fuente positiva que cubra todos los protocolos científicos y académicos impuestos por las sucesivas élites intelectuales.
Con lo que nos quedaríamos ayunos de casi toda historia, pues el propio Lucas Alamán, tan positivista, prueba muy pocos de sus asertos, sólo afirma al igual que Bustamante, que él los vio –y a ratos miente, pues en la batalla de Guanajuato no vio nada, ya que se mantuvo escondido en su cuarto-, o que lo supo de gente de confianza, que en el caso de Alamán no sería el pueblo ni los soldados insurgentes sino la aristocracia “decente”. Con los criterios con que Alamán descalifica a Bustamante, también descalifica buena parte de su propia historia. Y esa es la razón de que a casi dos siglos de distancia siga la querella en prácticamente todos los detalles sobre las guerras de independencia.
 Tal vez sea Bustamante, cuyo defecto no sería un exceso de crónica sino un temperamento natural arrebatado, quimérico, esperpéntico; a ratos bilioso, a ratos melancólico, y poco dado a distinguir la realidad objetiva de sus personales presentaciones imaginarias, conceptuales o emotivas, el mayor perfil de la historiografía como crónica a ultranza y como subjetivismo voluntarista.
                Estos defectos de carencia o debilidad de pruebas positivas, tan señalados en Bustamante, en realidad caracterizan a toda la historiografía mexicana del siglo XIX. Sin embargo, a partir de digamos la década de 1830 se prestigia el concepto positivista de la historia hasta imponerlo como dogma. Se supone que la historia positivista exige pruebas científicas, pero lo que abundó en nuestros historiadores positivistas no fue la ciencia, sino la palpable  administración, el discurso administrativo. Y un nuevo protagonista: los números, las estadísticas, los cálculos que muchas veces, rascándole un poco, resultan tan inmateriales como los rumores, los dichos o el imaginario popular.
Pero Alamán y el Doctor Mora echan mano a los números, a los cálculos –que muchas veces ellos mismos fabrican, a ratos con gran tino, o que toman de documentos ajenos de poca rigurosa autenticidad o veracidad, como los siempre contradictorios informes contables de las oficinas de gobierno. A partir de ellos, la historia “seria” se basa en números y datos certificados y la crónica en dichos. Pero pronto los cronistas asimismo asaltan la estrategia contable, y se vuelven prestidigitadores aritméticos, mientras que los positivistas siguen considerando como “prueba científica” los supuestos dichos, ni siquiera escritos comprobables, de personajes de rango. Muchos de esos personajes de rango eran meros comerciantes, hacendados, empleados de gobierno o de negocios privados, curas, políticos, militares, totalmente involucrados en los intereses económicos y en las pasiones políticas en cuestión. No hay manera de certificar la mayoría de las fuentes “científicas” de Alamán, que no debieron ser otras que su correspondencia y sus tertulias personales.
                La realidad presente conjuraba para atraer a todo historiador a ese “nido de urraca” de que se quejaba Prieto. La historia se escribe en esos años poco en libros, y más en los periódicos (que se multiplican prodigiosamente), en libelos, en discursos, en sermones, en memorias administrativas, en correspondencia oficial. Todo historiador trabaja fundamentalmente como cronista, y todo cronista busca algunas de las credenciales nuevas (cifras, documentos prestigiosos y certificados) del historiador, pero con escasa claridad en el México revuelto de los gobiernos de Santa Anna, de la guerra de Texas, de la invasión norteamericana, de las guerras de Reforma y del Imperio.
En realidad no se calmaría ese nido de urraca, debates, altercados, desmentidos, mitologías, calumnias sino hasta el Porfiriato, cuando más por una medida administrativa, casi una orden presidencial, que por criterios realmente científicos o académicos, se recobra la tranquilidad historiográfica a través de una negociación política entre los diversos grupos y sus voceros intelectuales, bajo el mando del grupo liberal triunfante, pero un grupo liberal que se fue volviendo cada vez más conciliador.
                Esta orden administrativa suprema, el presidente como égida de la historia oficial, con respecto a la memoria de la nación; esta política historiográfica porfiriana de administrar el triunfo liberal con una generosa conciliación hacia los bandos vencidos o marginados, es lo que conduce a las dos grandes aportaciones del porfirismo: el México a través de los siglos (1884-1889) y México: su evolución social (1900-1902), dirigidos y parcialmente escritos respectivamente por Vicente Riva Palacio y Justo Sierra, y que conforman, especialmente el primero, el gran canon historiográfico de México,  hasta la fecha, pues los diversos intentos del siglo XX por imponer un nuevo canon, especialmente a través de las diferentes y a veces opuestas versiones de los libros de texto del gobierno, o de las dos versiones de la Historia general de México de El Colegio de México, no han hecho sino continuarlos y reafirmar su estrategia y sus líneas generales.
                Quiero decir que el triunfo historiográfico del Porfiriato, más que optar en la controversia entre ciencia y memoria, entre historia y crónica, entre positivismo y subjetivismo, entre contabilidad y lirismo, se decidió por la administración política oficial de la memoria de la nación.
No debe olvidarse que los dos grandes historiógrafos porfirianos citados también eran narradores, poetas y periodistas, además de políticos. Tampoco que el culto al documento, a la documentación de archivos, no impidió al buen Riva Palacio confeccionar todo un mural del Santo Oficio que acalambra a los historiógrafos académicos modernos, pues a final de cuentas el dato, la fuente, el documento es otro elemento más en la representación imaginaria que construye el historiógrafo. Tampoco que el culto “científico”, en este caso la filosofía social europea del positivismo, que profesó Justo Sierra, le lleva a narrar un discurso político y social no menos imaginativo, no menos cronicado, no menos ideológico, no menos mitológico que los de Fray Servando, Bustamante o Alamán. Pero se buscó administrar el caos a partir de un eje autoritario pero conciliador, la política de don Porfirio y luego de los señores presidentes del PRI en el siglo XX. La claridad de la historiografía porfiriana no devino sólo de mayor ciencia y mayor academia, sino de la égida presidencial. Había que narrar la historia nacional de acuerdo con el proyecto supremo del presidente.
                Mucho más que en el discurso o en el método historiográficos, las grandes aportaciones de la ciencia en los siglos XIX y XX se hicieron presentes pues en la búsqueda, estudio y conservación de las fuentes. Especialmente de las fuentes positivas, aunque a partir de finales del XX se revaloraron otras fuentes como la historia oral, la historia de las mentalidades, la historia de las atmósferas imaginarias, emotivas o ideológicas; y se dio mayor realce –sin llegar, claro, a la contundencia de la prueba positiva- al folklore, a la imagen, al mito, al rito, a la leyenda y a toda una serie de fuentes subjetivas o de objetividades frágiles, debatidas, etéreas. Por ejemplo, cuando Carlos María de Bustamante editó a Sahagún, y su edición fue la que prevaleció durante todo un siglo, se permitió intervenir abundante, tendenciosa, casi diríamos jocosamente en la fuente, glosando, suprimiendo y añadiendo texto, aprobando y reprobando a su capricho hasta fabricar un Sahagún-Bustamante a su gusto, lo que revela mucho de su idea del historiador-cronista como fabricante en gran medida de su propia fuente. Esto no lo harían ya los siguientes eruditos como José Fernando Ramírez, Troncoso, García Icazbalceta, Orozco y Berra.
Sin embargo, la propia circunstancia política o aleatoria de que sobrevivan o no las fuentes (que dispongamos de tales crónicas de conquistadores y no de otros, y de sólo retazos de la memoria de los vencidos, filtrada por los propios vencedores), y su poca o dudosa elocuencia a pesar de los sonoros términos “prueba positiva”, nos llevan a la patente realidad de que amén de científico, el trabajo historiográfico es inevitablemente subjetivo e imaginario en buena medida, y sobre todo cuando el historiógrafo no se da cuenta y se deja llevar dizque inocentemente por su tendencia o la de su tiempo como por una mera lógica formal inexorable.
Las mismas fuentes llevan a relatos a ratos contradictorios. Se pueden minusvaluar o sobrevalorar las fuentes al gusto. De ahí que incluso hoy en día, en nuestros científicos coloquios sigamos debatiendo, como en nido de urraca, situaciones historiográficamente supuestamente establecidas por largas décadas e incluso siglos de estudio, como el pasado prehispánico, la conquista, la colonia, la independencia, Santa Anna, Juárez, las guerras de Reforma y del Imperio, el Porfiriato, la revolución, los gobiernos posrevolucionarios… Ningún historiador deja nunca de ser cronista, aunque no lo quiera, y más le vale asumir y dirigir cautelosamente esta bendición o fatalidad; y en el mundo cientificista, tecnologizado que vivimos incluso el cronista más arrebatado se ve forzado a acudir al bagaje de las fuentes ciertas y de los métodos académicos consagrados. Y luego se vuelve a urdir el mismo nudo de la urraca. Nada más hay que asistir a las discusiones entre especialistas sobre encuestas, sondeos, censos, estadísticas. Pero esto no es deficiencia mexicana. Los franceses están en la misma situación con respecto a sus revoluciones. Los españoles lo mismo.
Decía Mark Twain que había tres tipos de mentiras: las mentiras, las malditas mentiras y las estadísticas. Podríamos decir que hay tres tipos de historia: la historia, la maldita historia y la historia con estadísticas. Y tres tipos de crónica: La crónica, la maldita crónica y la crónica con estadísticas. Podemos incluso sustituir la palabra estadística por la de “fuentes certificadas”, o “validadas” como se dice ahora en nuestro rancho. Diríamos: “La crónica, la maldita crónica y la crónica con fuentes ‘validadas’”.
Durante muchos años, especialmente durante la segunda mitad del siglo XX, se sobrevaloró el trabajo historiográfico en libro, en librotes solemnes, pesados, monumentales; un historiador era aquel que escribía muchos de esos libros, los que raramente tenían suficientes lectores y muchas veces el grueso de la edición terminaba en bodegas. Era obligación: sin esos librotes no había carrera de historiador, ni nombramientos, ascensos y estímulos académicos, ni prestigio. Una Babel de esas ediciones recibió la producción conjunta de las universidades, de la SEP, de los diversos institutos de provincia.
El internet, y la reducción del mercado de libros en papel, han corregido esta superstición y recordado que la historiografía se puede practicar, y se ha practicado a lo largo de milenios, de múltiples formas y que no ha de abusarse de los librotes. En el pasado muchos historiadores publicaron pocos librotes. Practicaban su oficio en la cátedra, que en Grecia era simpemente pláticas en el Jardín de Academos. Los peripatéticos eran un “grupo del jardín”.
Hay muchos libros clásicos de historia compuestos como lecciones, entre ellos el curioso tomo Lecciones de Historia Patria de Guillermo Prieto, cuyo digamos dogmatismo de bronce encoleriza a los distraídos que no recuerdan lo que se anuncia desde el principio: que eran lecciones confeccionadas ex profeso para los cadetes cuadradotes del Colegio Militar. Un historiógrafo puede escribir de múltiples maneras para diferentes objetivos y públicos, y en el propio Prieto, incluso en temas precisos de Prieto como la invasión norteamericana, encontramos discursos diferentes según la oportunidad y el público al que correspondían.
Otros historiógrafos escribían para no ser publicados, sino leídos en manuscritos, por lectores escogidos, previamente seleccionados que requerían un permiso especial: tal fue el caso de varios cronistas frailes.  Otros simplemente salvaban, fijaban, administraban, comentaban las fuentes a veces oralmente y para públicos controlados: tal era el destino de la mayoría de los cronistas de las órdenes religiosas en la Colonia.
Se escribió historia en poemas (la poesía épica, o crónica en verso, fue un género muy apreciado durante siglos en el mundo hispánico), en anales, en tablas, en jeroglifos, en emblemas, en cuadros, en retablos, en esculturas, en sermones, en ceremonias y rituales, en cómics, películas y novelas. Riva Palacio no es menos historiador, ni menos riguroso, en sus novelas históricas que en sus ensayos, con la considerable ventaja que cuando leemos una novela ya estamos concediendo desde un principio grandes privilegios a su subjetividad, a su imaginario. Estamos sobre aviso.
Muchos libros de historia y de pensamiento de México conocieron su origen en  crónicas y artículos periodísticos –El laberinto de la soledad, de Paz, tuvo como origen una serie de artículos y crónicas de periódico-, o fascículos. O como tales eran distribuidos: durante décadas México a través de los siglos fue leído en México por entregas periódicas que ofrecían a sus lectores diarios como El Universal. El pueblo no tenía dinero para comprar los cinco gruesos y lujosos tomotes, ni librerote donde instalarlos. Autores como Reyes, Vasconcelos, Guzmán, Benítez, Poniatowska, usaban la prensa periódica como borrador: ahí iban publicado por trozos sus libros; aprovechaban la experiencia de la recepción del público, los comentarios, y sólo meses o años después los configuraban como libros o librotes. Con frecuencia son mejores, más ligeras, más sabrosas, menos categóricas, las primeras versiones periodísticas que el mármol final.
En una época de escasas y precarias universidades, de escasos y nulos centros de investigación –época que puede volver muy pronto, por la reconversión mundial de la academia al mercado, que volvería poco rentables tanta investigación, tanta docencia, tanta difusión, tanta publicación académicas-, los autores, y entre ellos los historiadores, recurrían a las columnas periodísticas como método para ir procesando los que serían sus grandes libros.
Y no sólo en México. Escribía a principios de siglo sobre España José Ortega y Gasset:
“En nuestro país, ni la cátedra ni el libro tenían existencia social. Nuestro pueblo no admite lo distanciado y solemne. Reina en él puramente lo cotidiano y vulgar. Las formas del aristocratismo “aparte” han sido siempre estériles en esta península. Quien quiera crear algo –y toda creación es aristocracia- tiene que acertar a ser aristócrata en la plazuela. He aquí por qué, dócil a la circunstancia, he hecho que mi obra brote en la plazuela intelectual que es el periódico. No es necesario decir que se me ha censurado constantemente por ello. Pero algún acierto debía haber en tal resolución cuando de esos artículos de periódico han hecho libros formales las imprentas extranjeras”.
Ahora la prensa en papel sufre el mismo embate mercadotécnico y tecnológico que el libro de papel. Y buscamos hacer academia en los ágoras de la plazuela virtual. Ya ha ocurrido. El internet ya es todo un gran método historiográfico. Para no ir más lejos, hace apenas dos años, cuando se dio la por entonces llamada “primavera árabe” fue en internet, y especialmente en redes como Twitter y Facebook donde se hicieron los grandes anales –anales de unos cuantos días, como quería Quevedo- de las rebeliones y guerras de Egipto, Túnez, Siria, Yemen, Turquía… En estos días la historia y la historiografía se practican mucho en internet a propósito no sólo de toda la zona árabe, persa, turca o egipcia, sino también de Rusia y Ucrania.
Pronto la anterior complicidad-disputa entre crónica-historia en papel ingresará un poco al ámbito de los recuerdos arqueológicos. La historiografía se enriquecerá bastante con las nuevas oportunidades de los tuits, los retuits, los posts, los blogs, los memes, los mails, los mensajes de texto, los emoticonos, los followers, los likes y los correos de voz.

domingo, 1 de junio de 2014

BERNAL DÍAZ DEL CASTILLO

DOS LIBROS SOBRE BERNAL DÍAZ DEL CASTILLO
1.  GUILLERMO TURNER Y LAS CRÓNICAS DE SOLDADOS
Por José Joaquín Blanco
(Leído en el Museo Nacional de Antropología el 14 de mayo de 2014)
En uno de los ensayos de Los soldados de la conquista: Herencias culturales (El Tucán de Virginia-INAH, 2013), Guillermo Turner se ocupa de una especie de arqueología del texto, de arqueología de la crónica, para descubrir diversos fragmentos o apartados de la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo que resultarían independientes, paralelos e incluso previos al texto que conocemos, como ciertos listados y enumeraciones que pudieron obedecer a otros fines, como el de informar o testificar de los méritos y los trabajos de los soldados.
Al estudio histórico Turner añade un análisis filológico, sintáctico e incluso estilístico. Así nos asomamos un poco al largo taller de cronista improvisado del misterioso Bernal Díaz, y a algunos de sus recursos de composición, incluso se diría a algunas de las tretas de su asombrosa memoria, y vemos acentuarse ciertas fibras de la oralidad de su historia tan admirable como enigmática. Un atisbo a la historia de la composición de su historia, con la filología y la estilística como ciencias auxiliares.
            Las crónicas de soldados de la conquista no se estudian en este libro exclusivamente como testimonios de las guerras sino como una intrahistoria de la mentalidad de los conquistadores, especialmente de quienes alcanzaron a escribir sus recuerdos y de aquellos otros que son recordados o citados con mayor detenimiento. Un poco la historia de su escritura, de su habla y hasta de su memoria: cómo recordaban, como hablaban, como se representaban por escrito las peripecias vividas. Qué peso y qué valor daban a cada una de sus acciones, incluso a las que ulteriormente parecieran triviales. Celebro que se valoren así, en profundidad, en exactitud, no sólo las hazañas guerreras, sino la hazaña no menor en varios de ellos: la de representarse voluntariamente en su memoria los grandes acontecimientos al paso de los años, en su habla y finalmente en un texto: el asombroso mundo que les tocó vivir y protagonizar. Porque algunas de las mayores hazañas de los soldados y frailes fueron precisamente escribir tan ricos y vívidos testimonios y narraciones de sus experiencias. No es pues extraño que Bernal, cuyas hazañas como soldado son ignoradas en crónicas ajenas, resulte ulteriormente uno de los cuatro o cinco más famosos conquistadores de México. Conquistó con la pluma, una pluma-lengua, una escritura de gran oralidad.
            En otros momentos de este minucioso y original estudio, nos asomamos también a los sentimientos de los soldados, especialmente a los que tenían que ver con el asombro, el miedo, el espanto, el pavor en el decurso de las batallas. Cómo era la historia de sus emociones: cómo se veían y recordaban emocionarse.
Y también a la fragilidad física de sus cuerpos en circunstancias de tanto riesgo, lo que abre a Guillermo Turner la oportunidad de un acercamiento erudito a sus ideas de la enfermedad, las heridas, las medicinas, la muerte y en suma a la concepción mental de toda la maquinaria de la fisiología humana, de acuerdo tanto a la medicina medieval como a las prácticas tradicionales aldeanas en relación con tratamientos y remedios.
Estas crónicas de soldados no son solo testimonios bélicos, sino la autobiografía de su habla, de sus miedos, asombros, pavores y espantos, de sus enfermedades y heridas, de sus tratamientos, recuperaciones y agonías.
Finalmente, alcanza también a atisbar los entresijos imaginarios, sobrenaturales: no solamente los religiosos, sino algunos otros íntimamente ligados a ellos, aunque hubiesen sido declarados heterodoxos y hasta heréticos por la Iglesia, como ciertas supersticiones y la práctica de la adivinación mediante cifras, azares y cábalas: de lectura del futuro inmediato. El soldado Botello. De la misma manera, resalta la presencia de la memoria letrada y literaria incluso entre los iletrados: tenían presentes a Julio César, a Amadís, a muchas figuras de la historia clásica, del santoral, de la mitología y del Romancero. Muchas de estas inquisiciones se centran en el rico libro de Bernal, pero también investigan los escritos de Francisco de Aguilar y de Andrés de Tapia.
            Guillermo Turner señala sobre el libro de Bernal: “Esta crónica, fuente fundamental para el conocimiento histórico de la conquista, está lejos de ser una memoria militar salpicada de datos sobre los indios y sus culturas. Este texto no sólo encierra descripciones, sino también intenciones, representaciones, fantasías, recuerdos, olvidos, conocimientos, pasiones, sentimientos, lecturas –realizadas o escuchadas-, creencias y valores de un soldado español nacido en la década del descubrimiento americano, que además perteneció o estuvo vinculado a comunidades culturales con las que compartió  muchos elementos…”
            El propio título del libro de Bernal, y el género en que debía inscribirse, entran incluso en discusión, pues durante siglos hubo confusión y hasta sinonimia entre los términos “crónica” e “historia”. En ciertos casos, no en todos, el término historia pretendía mayor profundidad intelectual, filosófica: una historia sería una crónica más estudiosa, más culta. Pero Bernal llama a su libro “historia”, y no cualquier historia, sino una “historia verdadera”, es decir, una historia más cronicada, más atestiguada. Sin embargo, hubo cronistas que no eran tanto protagonistas ni testigos de lo que narraban, sino meros relatores o compiladores de informaciones de terceros y llamaban a sus libros precisamente “crónicas”, como Francisco Cervantes de Salazar: Crónica de la Nueva España; y hubo historiadores como nuestro Bernal que no eran letrados profesionales y escribían libros llamados historias, aunque fuesen sólo “historias verdaderas”, es decir, las historias que a ellos les constaban biográficamente. 
Estos términos prácticamente intercambiables durante los años de la conquista y la colonia, se vieron sin duda afectados por situaciones políticas: desde finales de la Edad Media algunos reinos españoles nombraron “cronistas” oficiales, que no debían de ser testigos, sino solamente funcionarios encargados de recibir, registrar, conservar y administrar, a veces en mera forma de listados, de anales, ciertos hechos importantes, para el servicio del rey y del gobierno. Muchos de estos cronistas no escribieron libros, sólo administraron la oficina de información del reino. Pero del relumbror del cargo de los cronistas oficiales de estos reinos, y después el del gran título de Cronista de Indias, surgió tal vez el sobre-valor de la palabra crónica como rival de historia, que además vino a reafirmarse con los múltiples cronistas oficiales de las órdenes religiosas, muchos de los cuales tampoco fueron testigos ni protagonistas de gran cosa, sino investigadores y administradores de la memoria de su congregación.
Sea como fuese, ya en los resbaladizos campos semánticos antiguos, o en el moderno que daría a la crónica mayores libertades literarias y hasta periodísticas, mientras que restringiría a la historia a un código científico más riguroso, vemos que nuestro cronista Bernal escribe una “historia verdadera” que es tan crónica como historia en todos los sentidos. No quedan dudas de su intrahistoria, de su historia no sólo atestiguada sino vivida, como tampoco de la veracidad general de los hechos, que suelen coincidir con otras fuentes. Y algunos de los filones, de los nervios importantes de esta tarea, son los que rastrea y estudia Guillermo Turner con una perspectiva tan original como precisa, fundamentada y minuciosa.
Celebro la erudición, la creatividad teórica, el detallismo y el rigor de arqueólogo de Guillermo Turner en este libro, al perseguir estos tendones aparentemente parciales, a fin de asentar conocimientos y problemas ciertos, concretos, positivos. Hay muchos enigmas en Bernal. Uno de ellos es esta posibilidad de “prebernales”, o de memoriales previos al libro, que posteriormente serían utilizados, ya fuera reformulándolos por completo, o ya meramente incorporándolos.
También señala dos capítulos en el manuscrito Guatemala, que no aparecen en los manuscritos Remón y Alegría –hay tres manuscritos del Bernal, con variantes-, sumamente especiales, pues ya no son sólo crónica, sino apología de los soldados, contra los cargos que se les formulaban de haber herrado y esclavizado a muchos indios e indias.
Esta reflexión políticamente posterior a la conquista, nacida de la polémica de Las Casas y otros frailes y juristas, sobre la legitimidad y la conducta de los conquistadores, nos habla de las intensas presiones y acaso remordimientos que surgieron entre el grupo conquistador, al verse cuestionado e incluso enjuiciado por su propio rey y su propia Iglesia. No pocos frailes predicaban contra el “español Satán” pocos años después de la conquista. Y nos hacen preguntarnos si no habrían también ya permeado emocionalmente buena parte de su texto anterior.
Es un hecho que aunque Bernal no es un legista ni un defensor de indios, ni cuestiona la mentalidad conquistadora, manifiesta en ocasiones una mayor empatía por los vencidos que los demás historiadores: tal vez no necesariamente empatía como a indios -como a otra raza, otra cultura y otra religión-, sino como a adversarios tremendamente castigados y vencidos, como a personas sometidas a sufrimientos y pérdidas terribles. De cualquier manera queda anotado el rasgo. Pues la emotividad con respecto no sólo a la tropa sino a los vencidos es una de las más ricas y convincentes señales del estilo de Bernal Díaz del Castillo al narrar su “historia verdadera”, y lo que da buena parte de credibilidad a su voz, aunque en los rasgos más generales su relato histórico coincida con el de Cortés y otros historiadores y cronistas. Esta emotividad más generosa, variada, detallista y viva es el humanismo de Bernal. Gran humanismo.
Difiere muchas veces de otros cronistas e historiadores en los sentimientos, en el color, en la temperatura, en la vitalidad y el contraste de los detalles, en cierta ironía y hasta socarronería contra el propio grupo vencedor. Entre más detenida sea la lectura, más brillan las diferencias (menores, pero incisivas y elocuentes) entre la narración de Bernal y las de la historia oficial conquistadora, y se multiplican los enigmas. ¿Qué trato tuvo con los frailes y con la mentalidad de los sermones y crónicas de frailes durante su larga vida? Soldados hubo que abjuraron de su vida conquistadora y se metieron a frailes.
Guillermo Turner rastrea asimismo la bibliografía del iletrado Bernal, pues resulta que además de sus experiencias personales, y sus innumerables conversaciones con la tropa, utilizó varias fuentes escritas, ya fuesen clásicas o renacentistas, sobre temas del Viejo o del  Nuevo Mundo. Esta formulación de la probable biblioteca de Bernal desmiente un tanto las exageradas presunciones sobre su famosa ignorancia. Además de escritos de Cortés,  Gómara, Las Casas, se nos habla de los memoriales o crónicas de Gonzalo de Alvarado y de Francisco Marroquín, y de muchos otros “libelos”, “feos” o “muy malos” de soldados, con lo que su “historia verdadera” también se vuelve un poco la “historia verdadera” de los otros que también escribieron, y de los que no nos llegan sino las propias referencias de Bernal, como en el caso de Gonzalo de Ocampo o de Campo. Además de un testigo que habla fue un historiógrafo en el completo sentido moderno.
Y también de quienes no escribieron, sino solamente hablaron: “Estas cosas y otras sé decir que lo oí a personas de fe y creer, que se hallaron con Pedro de Alvarado cuando aquello pasó”. Tendones de la oralidad y de la memoria de Bernal, las muletillas “dizque”, “dicen que”, “dizque dijo”, “plática”, “oí decir”, alguien “contaba”, algunos “dijeron un cantar o romance”… que llegan a las misteriosas ponderaciones (sinceridad o estrategia) de los “No lo alcancé a saber por entero”, “no lo sé bien”, “remítome a los que se hallaron presentes”… Turner registra asimismo que Bernal no sólo solicitaba verbalmente a toda la tropa sus informes e impresiones, sino también por escrito, y que a algunos les pedía por carta “que me envíen relación, porque no vaya ansí incierto”…
Un momento particularmente inspirado de Los soldados de la conquista: herencias culturales es el recuento que hace Turner de los “agradecimientos” de Bernal a sus conversadores. Así como los autores letrados elogian a sus fuentes bibliográficas, Bernal hace el minucioso y variado recuento de sus colegas de oralidad, su grupo de conversadores, y del modo que lo hacían, y de cómo era su sonoridad (pp. 73ss.) La oralidad también tiene su estilística, sus galas, sus peripecias.
Asistimos pues en este libro a una ardua, rigurosa, detallista, talentosa indagación en la historia de la Historia verdadera y de otras crónicas de soldados. La historia de cómo se representó y contó la conquista de México. Una historia de la escritura verdaderamente emocionante.
Asistimos con Guillermo Turner a una nueva perspectiva de conocimientos, de métodos, de códigos para interrogar nuestras grandes fuentes históricas.

           
2.DUVERGER Y LA NEGACIÓN DE BERNAL
Por José Joaquín Blanco
Nexos, abril de 2013
La erudición profesional adolece de codicias y delirios más bien cómicos, como toda la vasta bibliografía que se ha empeñado en negar a Shakespeare y en buscarles novedosos autores a sus obras. Ahora Christian Duverger, en un libro desaforadadamente titulado Crónica de la eternidad –retomado de la Historia de la eternidad, de Borges, que partía de una broma en oxímoron, pues la eternidad (sin tiempo) no puede tener historia, ni desde luego crónica-, y subtitulado: “¿Quién escribió la Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España?” (México, Tusquets, 2012), pretende la sensacionalista volada de atribuir el libro de Bernal Díaz del Castillo ¡al propio Hernán Cortés!
La volada no es inocente: hay una declarada idolatría del estudioso por el gran capitán y un fulminante desprecio por el resto de los españoles. Los indios casi no cuentan. Tampoco cuenta Bernal: una nadería accidental supuestamente escogida por Cortés  precisamente como un vetusto cero social perdido en Guatemala, como prestanombres y audacísimo personaje literario, luego inflada por los vientos del azar y por la codicia y mala fe del propio Bernal y sus descendientes, que producirían venalmente manuscritos babélicos.
Eso parece demasiado lucubrar ya no en una mera obra de historia, sino incluso en alguna novela sensata. El objetivo no sería resguardar la memoria de Cortés, para entonces ya salvaguardada en sus escritos legítimos y en muchas otras obras, y en su fama mundial de conquistador: sino añadirle un milagro más, el de escritor artístico genial,  que nadie podría predecir antes del siglo veinte, y no meramente el de enorme escritor guerrero y político ya asentado en las Cartas de relación.
Como si el capitán anduviera escaso de méritos innegables, nunca le han faltado ayudantes que lo erigen como el inventor del culto guadalupano, el primer precursor de la independencia, el fundador de los grafitti urbanos o la reencarnación imprevista de san Francisco de Asís, lo que se quiera…
Tranquilos: nadie le ha tocado un pelo al buen Bernal. Duverger no ofrece ninguna prueba positiva de tal atribución, sino un denso recorrido por cosas de sobra sabidas, aunque no siempre tan minuciosamente documentadas: primero, que la biografía de Bernal Díaz del Castillo se antoja escasa, oscura y a ratos debatible o inverosímil; segundo, que el texto de la Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España, editado décadas después de su muerte, ofrece muchas contradicciones y enigmas, y que puede contener interpolaciones y modificaciones ajenas, algunas de las cuales ya desde hace décadas se han atribuído a parientes o a frailes. Esto no debiera escandalizar. Hubo autores y obras muchísimo más importantes que Bernal en su tiempo, de quienes sabemos poco, como algunos de los primeros frailes, que casi se confunden con sus mitos. Durante siglos anduvieron escondidos o se perdieron los mayores manuscritos de Olmos, Motolinía, Sahagún…
Luego Duverger aporta sus propias especulaciones (más bien sobradas, y a ratos de franca mala fe, como toda su inquina gratuita contra Bernal y su familia) de que el único (por descarte de todo mundo) que pudo haber escrito el libro del descalificado, negado Bernal sería Cortés. ¿Por qué? Porque sería el único lindo, el único letrado, el único valiente, el único enamorado, el único amigo, el único pensante, y ¡hasta el único que sabía apreciar a las mujeres, a los guerreros y hasta los contrastados paisajes de México!, como se verá. El único Pedro Infante.
            Retomar el juego de oximorones de Borges (quien se divertía hablando de obesos esbeltos, enanos gigantescos y manuales del gigante) no es pasajero: Historia de la eternidad / Crónica de la eternidad. En otro momento, el bromista Borges juega a señalar como el autor de los versos “más quevedescos” (“Mal te perdonarán a ti las horas, / las horas que limando están los días, / los días que royendo están los años”) precisamente ¡a Góngora!, su antagonista principal. La provocación para poner toda la erudición al revés es un viejo deporte letrado. ¡El Quevedo más esencial y decantado era… Góngora! Pues ahora nada por aquí, nada por allá y Bernal no es otro que su principal competidor… Cortés.
            Ya Luis González estudió la lenta entronización del libro de Bernal, al que en un principio y por siglos se consideró inculto, ilegible y casi sin valor, a la joya conjunta de la historiografía y la literatura que celebramos desde apenas hace algunas décadas, y en cuyo elogio encontramos a  autores como Ramón Iglesia y Luis Cardoza y Aragón. Se asentó que lo más envidiable de Bernal era su imprevisible garra literaria. Infalsificable. Única. En otros aspectos de testimonio puntual, de política, derecho y de inteligencia militar probablemente el Cortés de las Cartas de relación lo supera.
Recordemos algunas de las características que le han conseguido a Bernal este literario sitio señero, y que nadie había advertido en Cortés: la perspectiva grupal, casi popular, de la tropa, durante la conquista, en oposición a la perspectiva individual y dirigente de las Cartas de relación de Cortés, o al discurso corporativo del trono o de la iglesia; la oralidad del relato, que aspira frecuentemente al tono de conversación, a diferencia del discurso litigante del capitán o de los códigos clericales y jurídicos de otros autores; el detallismo, la cotidianeidad, la exuberancia verbal, el humor, el gusto por narrar y narrar interminablemente, casi a tontas y a locas; cierto lirismo popular o populachero, que había fascinado a Michelet: “Le peuple! Le peuple!”; los perfiles deliberadamente tragicómicos y otros aspectos que casi la vuelven obra novelesca, a ratos incluso esperpéntica (baile de conquistadores en Coyoacán); finalmente, la deliberada posición de Bernal de reivindicar los méritos y la memoria de la tropa frente a historias y crónicas que atribuían todo el valor al capitán, al rey y a las potencias celestiales.
En vida, Cortés quiso despojar a su tropa de sus grandes méritos en la conquista; siglos después, su fantasma hagiográfico quiere despojarlos asimismo de su libro más emotivo y gustado. Sabemos que Cortés quiso labrar su fama ante la corte y la posteridad, pero soberbia como todo en él: la de un rival de Julio César tanto en las batallas como en la relación y explicación de las batallas. Si su ideal era La guerra de las Galias dificílmente pudo ambicionar la saga bernalesca: sus propias cartas se acercan más. Ya sólo le faltaba ser rey y esto lo supo entender Carlos V. De ahí su derrota final.
Entonces, para ser también Bernal, debió Cortés, de paso, haber perdido de pronto toda su infatuada pretensión de solemnidad, pues Bernal cuenta algún episodio en que Cortés sufría batallas y diarreas… Unas purgas, dice Bernal. En la ocurrencia de Duverger, me gusta sobre todo este Cortés como el laberíntico autobiógrafo de un Julio César en sus purgas (Caps. LXXII, LXXIII).
            Estos aspectos celebrados en Bernal tienen poco que ver con el Cortés de sus textos legítimos, aunque a ratos pueden acercarse a pasajes de otras crónicas de frailes y soldados. Hay cierta oralidad bernalesca en Mendieta, por ejemplo. La historia de la conquista según Cortés era protagónica, una defensa de sus méritos personales y de su condición de adalid de españoles y cristianos. Estamos pues ante autores muy diferentes, a veces contrastados, si bien por lo general Bernal respeta a su capitán, mientras su capitán lo ignora por completo. Pero Cortés por sistema ningunea a todo mundo. En el mejor de los casos sólo los utiliza y acto seguido los desecha, como a la pobre Malinche.
            Que se sepa Cortés, quien codició tantas cosas, nunca se esforzó en ser un autor público. Era rebajarse. Sus cartas se dirigían altaneramente al rey y la corte, para litigar y defender sus hazañas (aunque se publicaron mientras el rey lo permitió). Si se le ocurría escribir un tweet lo hacía directamente en un cañoncito o culebrina de oro que llamó Ave Fénix y que envió a su gran lector, el emperador… “La más espléndida de nuestras ediciones poéticas”, según el engolado Méndez Plancarte, era adulatoria: “Esta Ave nació sin par; / Yo, en serviros, sin segundo; / Vos, sin igual en el mundo”… En cambio, para que lo encomiaran ante la galería contrató a jilguerillos como Gómara. ¿Por qué iba a querer falsificar a Bernal por propia mano con tan precipitadas anticipación y clarividencia del azaroso gusto de la posteridad? La nueva vocación de Cortés por las musas –pues Bernal es sobre todo arte-, con nuevo carácter y nuevo estilo, resulta demasiado moderna. Se aprecia con mayor justicia a Cortés por las Cartas de relación que sí supo y quiso escribir, apartadas de las musas, pero no de la inteligencia, de la bravura ni del poder, y que de cualquier modo son un monumento de la escritura política de su tiempo.
Es cierto que, desde un principio, sin embargo, Cortés jugó a cierto anonimato, al atribuir la primera carta a “la tropa”, como estrategia para que “otros” lo encomiaran ante el rey y legitimaran (según el uso medieval) sus pretensiones de conquistador, aunque el tono y la estrategia legalista del texto delatan la voz inspiradora. Pero esa primera carta tenía la finalidad política de que el emperador reconociera su mando, la fundación del ayuntamiento de Veracruz y, de hecho, de todo el reino de la Nueva España. Esa primera carta, sin embargo, ya tiene un “nosotros”, pero estratégico y legalista, no bernalesco ni literario, mucho menos jocoso, dicharachero, de interminable conversación en torno a la fogata.
Desde luego, frente a su caída en el favor del rey, necesitaba voceros y los contrató. Que él mismo se trucara en un vocero críptico para la posteridad erudita, además de usar a Gómara como vocero obvio, resulta por lo demás hipernovelesco. Habría querido y podido, entonces, ser no sólo el supercapitán y supergobernante, sino además todos los cronistas-soldados a la vez: el de las Cartas de relación, Gómara, Bernal, algún anónimo y los que se acumulen esta semana. Se supone que ejerció además gran influencia entre los cronistas franciscanos.
Por otra parte, su familia y sus seguidores siguieron difundiendo abiertamente obras de jilguerillos y exégetas ora sí que a través de los siglos, hasta el propio Lucas Alamán, quien abiertamente declara que sus disertaciones historiográficas sobre Cortés también perseguían defender los bienes de sus sucesores, de los que era apoderado, en el México independiente. Descendientes y seguidores nunca sospecharon, pero para nada, el “arma secreta” de un capitán bifronte, a la que se supone se conjuraron para trucar: Cortés-Bernal. Pese a la derrota final de Cortés (más que merecida, según los códigos de la época, por hybris  o desmesura frente al soberano), la cultura abiertamente cortesiana siempre cundió abundante en España y América. Tuvo a todos los franciscanos, a muchos conquistadores y encomenderos; tuvo a los universitarios, tuvo a Arias de Villalobos, tuvo a Sigüenza y Góngora. Qué voracidad de tipo: ahora también quiere ser el mismísmo Bernal y todos sus imprevisibles prestigios tan recientes de arte y popularidad. Bueno a lo mejor el fantasma de Cortés no padece tal codicia, es mera chifladura de su fanaticada.
            Los argumentos de Duverger contra Bernal como historiador, son los de siempre. Que dizque era ignorante. Pues a lo mejor no lo era tanto. Escribía y se sabía que escribía, y que leía, y que conversaba sobre asuntos de la conquista. Eso es trabajo intelectual. Que a ratos mostrara cultismos tampoco debe extrañar: la escasa escolaridad no significaba necesariamente ignorancia en el siglo XVI, pues la gente no tan letrada de cualquier modo oía muchos sermones, asistía a muchos ritos y representaciones, veía muchos retablos y emblemas, discutía de todo y platicaba mucho incluso con frailes, oidores y letrados. Los soldados conversaban todo el tiempo, se recitaban refranes, coplas y romances, y circulaban impresos y copias manuscritas de muchas obras. Albañil hubo a quien el Santo Oficio decomisó una vasta biblioteca de libros prohibidos. Esos cultismos, por lo demás, casi siempre cumplen meras funciones decorativas, incidentales, transportables. Y siempre han sobrado bachilleres para galanuras adicionales de estilo.
Bernal además vivió muchos años y pudo aprender bastante con algunas lecturas y por transmisión oral sobre la marcha. Hay viejos que se cultivan. Su relato es el eco de innumerables conversaciones agrupadas. Diría el buen Sócrates que la conversación también es cultura. Asimismo santa Teresa y sor Juana jugaron a calificarse de ignorantes. Es más bien un gesto irónico de los no-tan-hijosdalgo esto de llamarse ignorantes cuando se aventuran en los cotos librescos, que equivalía a clericales o cortesanos.
            Se arguye que Bernal cuenta demasiadas cosas con demasiado detalle, y que no pudo estar todo el tiempo en todas partes y recordarlo todo tan profusamente. Pero esto es una petición de principio: el propio Bernal se asume explícitamente, desde un inicio, como la voz plural de la tropa. Su “yo” y su “nosotros” son intercambiables cuando no coincidentes. Si de pronto dice, por ejemplo, que los soldados se molestaron ante tal actitud de Cortés, puede estar diciendo que sobre todo él, Bernal, se molestó; si cuenta personalmente tal o cual detalle o peripecia puede estar usando conversaciones e incluso escritos (relaciones de méritos, alegatos ante tribunales, informes diversos) de varios compañeros. Aspiró a encarnar la voz y la memoria de muchos: sin estos muchos no hay Bernal. Cortés nunca fue muchos. Siempre fue demasiado él mismo. Era un héroe trágicamente altivo, hosco y solitario. Y desde luego, tampoco él –ni nadie- pudo presenciar todo aquello en todo detalle. Muchos de los argumentos que aquí se lanzan contra Bernal operarían igual o mejor contra quien fuera, especialmente contra capitanes-gobernantes-empresarios atareadísimos como Cortés.
Es posible, además, que hayan ocurrido interpolaciones en el manuscrito que Bernal pudo aprobar (algún escolar que le proporcionara dos o tres menciones prestigiosas de la antigüedad clásica, por ejemplo), o bien que no controló (fue sordo y ciego en su extrema vejez), y que haya contado con secretarios (su hijo, por ejemplo) que colaboraran demasiado. Y luego, los editores.
Es incluso posible que en ocasiones haya colaborado también, involuntariamente, el propio Hernán Cortés, ¿por qué no?, pues convivieron y conversaron bastante. Bernal fue toda la tropa, sin excluir a Cortés. También hay mucho de Las Casas en Motolinía, a pesar o precisamente a partir de sus diferencias; de Olmos en Sahagún; de todo mundo en Torquemada… Cada fraile cronista o soldado era también muchos otros frailes cronistas y/o soldados, y tomaba de todos un poco cuando lo necesitaba, y a la vez sería aprovechado por otros autores. No había “autoría” en el sentido moderno del copyright.
Debe finalmente tenerse en cuenta que la animadversión de la corona contra Cortés, fue resentida como propia por todos los conquistadores y sus descendientes, y que debieron circular entre todos ellos muchos escritos y mucha conversación de defensa colectiva, que se siguió transparentando hasta la época de Luis de Sandoval Zapata, el autor de la Relación fúnebre, que también anduvo escondida y anónima por siglos… Defender a Cortés significaba defender a todo el grupo conquistador. Bernal, en cierto sentido, aun cuando critica a Cortés, lo defiende como cabeza y escudo de todo el grupo. Pero todo ese vasto partido ignoró que la gran arma final de Cortés llevaba como seudónimo Bernal, esto a pesar de que los muchos bienes del Marqués sobrevivieron tanto a su desgracia como a la de sus hijos. Lo que no sobrevivió fue el informe de que nada menos que las “Memorias” del Marqués andaban trucadas como chismes de tropa… Este delirio impone demasiados supuestos exorbitantes.
            Y desde luego: Nadie sospechaba el éxito que iba a alcanzar la obra largamente diferida y largamente ocultada y menospreciada del buen Bernal Díaz del Castillo, como para que Cortés la codiciara y prefabricara tan previamente, al menos tanto como pretenden las barrocas especulaciones de Duverger. Para Cortés, Bernal y su historia prácticamente no existieron. Durante siglos fue sólo uno de tantos cronistas-soldados.
            Las sombras, enigmas y contradicciones en la biografía y en la obra de Bernal, por lo demás, no resultan raras entre los cronistas de la conquista. Muchos historiadores, como Ángel María Garibay Kintana y Edmundo O’Gorman, han buscado las “historias perdidas” de Olmos y Motolinía entre los escritos de sus sucesores. Esto de andar buscando a Olmos y a Motolinía en todas las crónicas de frailes (que llegó a ser exasperante durante los últimos años de O’Gorman) pudo llevar a Duverger a andar buscando, a su vez, a Cortés en todos los escritos de soldados. Sospecho que Christian Duverger aspira a reencarnar al admirable viejo O’Gorman y sus manías motolinistas, ahora con Cortés como etiqueta. Grande ambición.
Pero la prosa de Cortés, tan conocida, no está en Bernal, por fortuna, para nada (es magnífica pero en otro rango: tajante, fría, intelectual, colérica, pragmática, manipuladora), aunque compartan muchos rasgos de las experiencias comunes, de la cultura y de la época. Eso lo atestiguan los miles y miles de lectores que acuden a Bernal por el mero placer de su lectura, mientras a las Cartas de relación suele acudirse sobre todo por academia. Mucho tendría, además, que haber cambiado Cortés para perder la veneración de sí mismo y asumirse como anónima tropa con una voz tan plural, tan conversada, tan aplebeyada. Y tendría que haber predicho el éxito de la oralidad en la literatura del siglo veinte, que antes causaba horror entre letrados.
            Sea bienvenido, en fin, este nuevo barullo en el examen de las crónicas de conquistadores. Infinidad de detalles de Cortés y de Bernal seguirán estando en debate. Ambos fueron humanos, demasiado humanos, y mintieron o se equivocaron probablemente algunas veces, especialmente en cuestión de algunas sus demasiadas fechas, de sus demasiados nombres. Nacieron, los pobres, antes del Power Point. Siempre habrá material para el debate y la especulación. Queda empero todavía la verdad del discurso: la prosa, quedan las virtudes y la densidad de la voz de cada cual. Esto a pesar de los manuscritos caóticos de Bernal.
Aunque siguiendo los juegos borgianos, que Duverger (quien tanto denuncia y delata en cuestión de defectos de documentación de los pobres muertos de hace medio milenio), no confiesa de sí mismo: ¡la desvergüenza de birlarle sin dar crédito el título nada menos que a Borges, así como su enrevesamiento espectacular de Quevedo y Góngora!...; siguiendo los juegos borgianos, decía, podríamos recordar ese encuentro ficticio de Borges con Lugones en El Hacedor:
“En este punto se desvanece mi sueño, como el agua en el agua. La vasta biblioteca que me rodea está en la calle México, no en la calle Rodríguez Peña, y usted, Lugones, se mató a principios del treinta y ocho. Mi vanidad y mi nostalgia han armado una escena imposible. Así será (me digo) pero mañana yo también habré muerto y se confundirán nuestros tiempos y la cronología se perderá en un orbe de símbolos y de algún modo será justo afirmar que yo le he traído este libro y que usted lo ha aceptado”.
            Así va siendo con el entrañable Bernal y el altivo Cortés. Se desvanecen muchas diferencias y regresan a ser la misma tropa (juntos pero no tan revueltos), y de algún modo pueden jugar los eruditos con que Cortés es Bernal, y Bernal es Cortés.
De hecho, algunos pasajes de ambos ya se mezclan en la memoria del lector y hay que ir  a ratos a confirmar en la biblioteca quién dijo precisamente qué cosa particular. La prosa, la voz de cada uno todavía suenan muy diferentes. Y muchos lectores prefieren a Bernal por el gozo de su voz, de su temperamento, de su estilo… Pero ¡ánimo!: ya Duverger les inventa prosodias y ritmos familiares en una extravagante filología conjetural.
También, por desgracia, abundan el astracán y la cursilería evidente. Duverger es tan fan de Cortés que descarta de todo rasgo no sólo de historia y cultura, sino de llana humanidad, por principio, a quienes supone rivales en algún punto, en este caso Bernal. Señala, como declamador patriotero (pp. 190-191): “Sin ánimos de querer multiplicar los ejemplos, podemos constatar que la Historia verdadera está plagada de indicios que traicionan la personalidad de Cortés. Emerge por doquier, en cada página, ese amor por México, vibrante y palpable… se conmueve ante los paisajes americanos que van desde la languidez tropical hasta las infinitas estepas del altiplano… siente espiritualmente admiración por los mexicanos que concible como asociados y como aliados, nunca como enemigos… Alaba cada vez que puede la belleza de las mujeres mexicanas”.
Bueno: quien hace algo de eso (no taaaanto como declama Duverger, pues el buen Bernal se enoja muchas veces con los indios, las indias y la geografía) es el texto que conocemos como Bernal, y no las Cartas de relación, más pragmáticas y utilitaristas. Se apresura a regalarle a Cortés lo que jamás ha demostrado, lo que sigue siendo ajeno a Cortés. ¿Y por qué otro español, aparte de Cortés, cualquier otro, por ejemplo un tal Bernal, iba a estar necesariamente incapacitado para a elogiar la belleza de algunas mujeres mexicanas, la bravura de algunos guerreros mexicanos o algunos paisajes del trópico o del altiplano? ¿Ni siquiera hubiese podido soltar un piropo?
¿A la leyenda negra anticortés que pinta al capitán como ogro se opone el fanatismo pro-cortés que establece que todos los demás españoles no sólo serían incapaces de cultura y escritura, sino hasta de apreciar belleza de mujeres, valor de guerreros y majestad de paisajes? ¿Fuera de Cortés, todos los españoles eran chusma-de-chusma? Esto suena algo novedoso. Se suponía que los enemigos de la memoria de Cortés eran los los indigenistas fanáticos. Ahora tenemos un Cortés enemigo sobre todo de puro español. Cuánta soledad.
            Bernal permanece en su bruma de siempre. Pero Cortés no consigue, en este libro de Duverger, robarle a Bernal la simpatía y las virtudes de humanidad que lo ensalzan sobre otros cronistas, ni las alas extrañas de su arte. Queda el capitán en su monumental claroscuro tan conocido, después de una más de sus muchas fallidas intentonas de beatificación sobrada y retorcida, lo que representa toda la finalidad de esta obra. Existe por lo demás una basta biblioteca de endiosamientos exagerados de Hernán Cortés, así como otra de deturpaciones frenéticas, para solaz del público burlón.