lunes 16 de noviembre de 2009

MORLEY CALLAGHAN


CALLAGHAN: EL LIBRO Y EL RING

Por José Joaquín Blanco

Durante décadas, casi todos los autores "creativos" y muchos críticos fastidiosos ("nuevos críticos", estructuralistas, etcétera) que niegan en la obra artística los yos del autor y del lector, los relativismos históricos y subjetivos, las aportaciones del azar o de la analogía, y creen que la obra artística --como el terrible Dios impoluto e irrepresentable de los hebreos-- no tiene nada que ver más que consigo misma --y con los representantes de ese "consigo misma", los profesores de semiótica o filología--, se han venido peleando con los periodistas literarios, los predicadores y unos cuantos críticos "impertinentes", sobre la importancia de la biografía, de los datos biográficos o de los asuntos "extraliterarios" en la discusión de la literatura.
Aquéllos niegan absolutamente lo biográfico, lo ideológico, lo psicológico, lo inconsciente, lo involuntario, lo fortuito, los lapsus, lo azaroso, lo casual, lo analógico, en fin, lo misterioso, vago, no definido o susceptible de combinaciones y contaminaciones en la obra literaria; éstos muchas veces abusan de todos estos datos secundarios y los vuelven protagónicos (hay quien habla más de la sordera que de la música de Beethoven, más de la ceguera que de los cantos de Homero, más del heroísmo que de las estrofas de Martí, más de las drogas que de los versos de Baudelaire; más de la política que de los escritos de Víctor Hugo, Neruda, Brecht, Pound, Lukács, Sartre, Mailer, Baldwin; más del alcohol que de los cuentos de Poe, más de la homosexualidad que de la estética de Wilde, más de la mente perturbada que de las novelas de Dostoyevski, más del corazón que de las rimas de Bécquer, etcétera).
Aquéllos dicen que el yo y lo otro no existen en literatura, sólo el sujeto literario, la Obra; el yo y las condiciones y azares no son sino agentes eventuales que desaparecen tras su objeto: la obra, que se basta a sí misma y rechaza todo dato externo; éstos muchas veces jalan demasiado de las orejas el sabio conejo que a la letra dice: "El estilo es el hombre".
Me parece una polémica tan absurda, tan atenida en el fondo a nominalismos elementales, como la de "forma" y "contenido" --igual bobería es afirmar que existen, como negarlos: son simples categorías convencionales sin otra función que la de instrumentos ni otra justificación que la del consenso de hablantes. Su momento estelar ocurrió con la rabieta de Proust contra Sainte-Beuve (el buen crítico fue, desde luego, Sainte-Beuve), aunque ya está muy clara --e impecablemente resuelta-- en Flaubert.
Aquéllos (los escribas, los adoradores de la Obra-en-sí) querrían que "sólo la obra" importara --pero nunca han explicado cómo la aislarían en laboratorio químico o campana de cristal del tejido terrenal de situaciones, analogías e interpretaciones, sobre todo de las propias, y de los supuestos, prejuicios y nociones desapercibidas e inconscientes--, y que todo lo demás (biografía, chismes, política, sociología, moral y, desde luego, esa entidad subjetivísima y extraliteraria, el propio lector) quedara fuera. Y caen en su propia trampa: jamás, al hablar de la obra-en-sí, están hablando realmente de la obra, sino del modelo teórico o paradigma que han metafísicamente extraído de ella, como una fórmula algebraica en el pizarrón del aula.
La obra-en-sí es una abstracción metafísica, como el ser-en-sí y cualquier-cosa-en-sí: en este mundo pecador todo tiene siempre que ver con todo.
Comparto, sin embargo, la rabieta proustiana de los lectores honestos contra la reducción o falsificación ideológicas, políticas, martirológicas, pornográficas o ejemplarizantes de las obras... pero la Obra-en-sí-misma no existe jamás, ni siquiera puede ser imaginada como entidad especulativa: las obras sólo existen leídas, pensadas, contaminadas de todo lo real e imaginario del mundo.
Y por tanto no hay dato ajeno o impertinente a la crítica. A quien diga que la obra es la "única" biografía del artista, podríamos responderle, de plano, que no hay biografías únicas de nadie, ni nada único de nada. Y que en todo caso, el mundo entero es la biografía de cada persona.
La obra-en-sí, la "lectura del texto" (como abstracta fórmula de laboratorio) no ha llevado sino a organigramas filológicos --¡S/Z!--, lo que en sí es una manera de reducir obras múltiples a pésimos chistes profesoriles. ¿El Río. Novelas de caballería es H2O?
Quienes leen todo y contaminan de todo cada texto hacen crítica mejor, si hay erudición talentosa y conversación honesta, apasionada y sensata; aun los errores de perspectiva y de opinión pueden ser grandes momentos de interpretación --esto es, de lectura, de colaboración literaria en la existencia de las obras, que sólo viven en contaminación con quienes las leen--: Voltaire, Fénelon, Buffon, Diderot, Rousseau, Johnson, Addison, Pope, Swift, Hazlitt, Lamb, Coleridge, Poe, Baudelaire, Matthew Arnold, Wilde, Taine, Sainte-Beuve, Renán, Stevenson, Chesterton, Shaw, Mencken, Eliot, Valéry, Gide, Reyes, Borges, Benjamin, Sartre, Cernuda, Edmund Wilson, Villaurrutia, Lezama Lima, Cardoza y Aragón, Susan Sontag, Gore Vidal... He aquí una lista de lectores para los cuales todo existe. La crítica no tiene puertas cerradas.
Sin embargo, se ha hablado mucho del "daño" que las biografías, los datos biográficos, sociales, psicológicos o misteriosos y varios, los asuntos "extraliterarios" hacen a las obras: que por andar indagando esto o lo otro sobre Milena no se lee bien a Kafka, que por contarle las erecciones a Lawrence o a Baudelaire no se llega al texto en sí.
Muy cierto. Pero no busquemos sólo en la metodología los crímenes de la ignorancia y de la tontería. Lo real es que siempre se buscan --desde los remotísimos comentarios de textos griegos, hebreos o hindúes-- elementos adicionales para ampliar, precisar, comentar el misterio nunca agotado de las obras. Y el más intransigente filólogo textualista en cuanto se baja del "puro" pizarrón de sus paradigmas, se pone a contar chismes sobre el autor estudiado a su colega de cubículo. Ah, se ven tantas cosas...
Pero ahora quiero contar otro cuento: el del gran "daño" que las pérfidas Obras-en-sí hacen a las desprotegidas biografías, a los humildes chistes biográficos y a los pobres asuntos extraliterarios.
Había una vez un señor llamado Ernest Hemingway, a quienes algunos miles de lectores admiraban por sus libros "en sí" y muchos millones de personas amaban por su personaje y sus trucos publicitarios, por sus desplantes, por sus gestos y por sus libros "no-en-sí", sino bien envueltos en la parafernalia "extraliteraria".
Una de sus poses más fotografiables era la de boxeador. Desde luego en los años treinta de este siglo Hemingway no era un gran, ni siquiera un pequeño boxeador, sino un joven autor importante que se las daba de anti-intelectual y anti-elitista en obsequio de los aspectos, je, "viriles" y, je, "vitalistas", de su gran público.
En 1929 la prensa mundial reportó que el Héroe Hemingway había sido alevosamente noqueado en un ring informal por un maligno escritor envidioso, intelectualizado y elitista --y ni siquiera estadunidense, sino del simple Canadá--, llamado Morley Callaghan, boxeador ese sí --el indigno-- "profesional", en París, cuando el Héroe Hemingway estaba cosmogónicamente borracho, ante la desesperada impotencia de Francis Scott Fitzgerald, que la hacía de réferi.
Bramaron los fans antilibrescos del escritor de libros, los fans anti-intelectuales del intelectual anti-intelectualmente vestido de boxeador. El Héroe Hemingway fue más querido y vendió todavía más millones de ejemplares de sus antielitistas y anti-intelectuales novelas, y la estrella de Morley Callaghan declinó casi para siempre.
Posteriores correcciones, testimonios y aun libros enteros sobre "aquel verano en París" no han desvanecido el mito. Los hechos no fueron tan hemingwayianos. Callaghan y el Héroe Hemingway eran muy amigos y semejantes en el estilo y en gustos: compartían la afición y los atavismos de la "cultura popular" y el deporte. Se llevaban muy bien con Scott Fitzgerald, Miró y demás tropa bohemia de la "orilla izquierda". De estudiantes ambos habían practicado el box, sólo que los campeonatos de box estudiantil los había ganado Callaghan, quien no rivalizaba literariamente con el Héroe, sino que lo admiraba y enriquecía (Morley Callaghan fue quien influyó y benefició a Hemingway y no al revés; como todo autor eficaz, el Héroe tomaba sus recursos de donde fueran: Mark Twain, Kipling, Anderson, Stein, Scott Fitzgerald, Callaghan, el cine, la zarzuela, los sermones evangélicos, etcétera.)
Todo empezó con el tedio del verano: "¿Qué? ¿Vamos al teatro o nos ponemos los guantes?", dijo una tarde Hemingway. Callaghan, más sereno y menos fantoche, explicó que había amateurs menos amateurs que otros, y que él boxeaba mucho mejor, y que no tenía caso andarse con payasadas; ambos sabían que ante cualquier profesional del box, el boxeador más humilde, no eran sino "just clowns".
Hemingway insistió (¿previendo ya los reportes de la prensa internacional?), Scott Fitzgerald la hizo de réferi y pelearon demasiado en serio, pero no tanto como para que de veras corriera sangre ni hubiera ningún verdadero K.O. Apenas algunos golpes serios recibió el Héroe, y más por culpa del pasmado Scott Fitzgerald, que en su consternación por ver al Prócer en problemas, se quedó pasamado y dejó correr demasiado el tiempo cuando el Inclito estaba llevando la peor parte. Y el único "noqueado" fue un mirón presuntuoso que, en seguida, trató de enseñarle box al propio Morley Callaghan. Ambos combatientes por lo demás siguieron siendo amigos algún tiempo todavía y hasta volvieron a calzarse los guantes otras veces (en alguna, el réferi fue Miró.)
Pero el chisme llegó a la prensa. Todos los chismes de Hemingway llegaban siempre oportunamente a la prensa. Y ni aun con buena fe, los reporteros ni los lectores pudieron ver el hecho sucinto, "en sí", sino como novela hemingwayiana: el bien aquí, el mal allá; la nobleza del ánimo contra la maña erudita y el profesionalismo; el rasgo trágico del ídolo, más ídolo cuanto más "virilmente" caído; la cercanía de la sangre y de la muerte en los ojos purísimos del Joven Inocente; el alcoholismo del Héroe como preparación para el sacrificio, etcétera. La prensa, demasiado influida por las novelas de Hemingway, interpretó y difundió un hecho real como si fuera parte de ese tipo de novelas.
Ernest Hemingway, al principio, se indignó (hizo como si se indignara) de que se dijese que alguien lo había noqueado y exigió que Morley Callaghan desmintiera a la prensa. Callaghan lo hizo.
Pero la desprotegida anécdota, corrompida por la ideología de la obra; la inerme biografía falsificada por las "impurezas", je, de la Literatura, no admitió correcciones. Se necesita un "encuentro moral" hemingwayiano: héroe y antihéroe, final trágico, intenciones aviesas, entrega apasionada y noble del antilibresco autor de best-sellers.
Hemingway creció como Héroe Caído y Morley Callaghan inició su carrera como "el novelista más injustamente olvidado del siglo" (Edmund Wilson).
Tal es la perversa influencia de la literatura sobre lo extraliterario.
Y Callaghan y Hemingway estaban "just kidding"; eran "just clowns". Muchos contemporáneos de ambos han comentado el hecho; el propio Morley Callaghan lo refiere en That Summer in Paris.

domingo 1 de noviembre de 2009

LAS INCREÍBLES AVENTURAS DE LA CHINA POBLANA

LAS INCREÍBLES AVENTURAS DE LA CHINA POBLANA

Por José Joaquín Blanco

Don Felipe de Beaumont, más castizo que las alubias a pesar de su apellido y su peluca franceses, llegó con mal pie y peor paso a la Nueva España en 1720. Al parecer, venía en misión oficial a recabar ciertos informes de contabilidad y minería, ¿pero acaso todos esos informes no estaban ya en la corte de Madrid? ¿Para qué sufrir los gastos y tomarse el trabajo de tan largo viaje?, se preguntaron los novohispanos.
Algo grave y reservadísimo debía traerse entre manos, sospecharon, sobre todo cuando se supo que tanto el virrey como el arzobispo y los inquisidores lo recibieron con la mayor dignidad, y le organizaron juntas secretísimas así en la ciudad de México como en Puebla.
Como se sabe, se habían abatido tiempos malos sobre la “colonia”, como novedosamente decía el ilustrado y moderno Beaumont, palabra que escocía a los criollos que consideraban a la Nueva España como todo un “reino”: sequías, inundaciones, motines, piratas, epidemias... Pero tales desastres no interesaban tanto al linajudo visitante, se decía, sino las riquezas de los jesuitas.
Pronto corrió la voz de que se trataba de un espía del rey y de Roma para perjudicar a la Compañía de Jesús. Pero ¿acaso desde hacía buen tiempo, casi un siglo, desde el escándalo de la excomunión que lanzó alegremente el obispo de Puebla, don Juan de Palafox, contra todos los jesuitas, no estaban atiborrados los archivos de Roma y de Madrid de innumerables denuncias contra los jesuitas de la Nueva España? ¿Para qué sufrir el gasto y tomarse el trabajo de tan largo viaje, en lugar de despacharse cómodamente unos cuantos legajos reiterativos en Europa?
Medio siglo después (cuando la expulsión de los jesuitas de todos los dominios de España) se develó el secreto, y se publicaron fragmentos de la correspondencia de don Felipe de Beaumont con las autoridades peninsulares y papales.
Resultó que ni Madrid ni Roma podían creer ya en los informes que oficialmente se les dirigían. Parecían cosa de broma, o de farsa, como si todos los novohispanos conspirasen para burlarse de las autoridades supremas, las cuales recibían todo tipo de noticias y relatos fabulosos y extravagantes, como para morirse de risa. ¿A quién se le quería tomar el pelo?
Los obispos, provinciales y funcionarios españoles, por su parte, lo desestimaban todo de un plumazo: “Engreimiento, ignorancia y tontería de criollos visionudos a fuer de ociosos; se diría que los mitos seudocristianos que inventan ahora superan en descabellados a los de los indios de su gentilidad. Llamarían a espanto y a ejemplar escarmiento si no se tratase de boberías y ostentación pueriles. Todos los días se les aparece un Cristo o una Virgen de palo (verdes, amarillos o rojos) dentro de cualquier maguey”.
La política del papa y del rey hacia los novohispanos había sido hasta entonces severa y sucinta: no creerles casi nada y prohibirles casi todo. Pero incluso el ridículo tenía sus límites, aunque proviniera de los cuenteros mexicanos, los “entes” más cuenteros del mundo (¿dejaban acaso de fastidiar un instante con “su” Virgen de Guadalupe, autorretratista notable?); y ahora tanto el rey como el papa estaban al mismo tiempo estupefactos e indignados frente a la campaña jesuítica de canonización de una... ¡China pero poblana!
¿Por ventura se proponía la Compañía de Jesús convertir el santoral católico en un sueño de burlas de don Francisco de Quevedo? Ya existían antecedentes. Los jesuitas querían llenarse de santos provenientes de sus dominios mundiales, desde África y el Japón hasta la Nueva España. Y entre más extravagantes e inverosímiles, mejor: más celestiales. Las “prodigiosas relaciones” de varias docenas de nuevos “santos” jesuíticos al año atacaban de risa a los cardenales. Existía, según su decir, un aborigen del Mar del Sur, parcialmente evangelizado pero chimuelo por completo, a quien le reaparecían todos los dientes, macizos y formidables, cuando rezaba el credo en latín; de modo que aprovechaba la oración para comer: versículo y mordida, versículo y mordida...
Beaumont informó que la tal “china” había sido una indigente esquelética, baldada y delirante, con sueños “místicos” desde sus harapos en una pocilga de la ciudad de Puebla. (Pocilga que al día de hoy ostenta un letrero: “Aquí vivió la China Poblana”).
Había muerto, muy anciana, en 1688. Y ni tardos ni perezosos, los jesuitas, sus confesores y padrinos, la habían proclamado de inmediato la Gran Santa de los Gentiles, pues al parecer provenía de algún litoral o isla de Asia, donde en su juventud la habían capturado unos piratas; y después de variadas peripecias, había sido finalmente vendida como esclava en la Nueva España –por conducto de la Nao de China, por supuesto- a unos potentados poblanos, deseosos de lucir una criada “china”.
Le aparecieron dos exaltados biógrafos, los dos confesores suyos: el jesuita Alonso Ramos, quien en tres volúmenes (1689-1692) divulgó Los prodigios de la omnipotencia y milagros de la Gracia en la vida de la venerable sierva de Dios Catharina de San Juan, natural del Gran Mogor, difunta en esta imperial ciudad de la Puebla de los Ángeles de la Nueva España; y el bachiller José del Castillo Grajeda, autor del Compendio de la vida y virtudes de la venerable Catarina de San Juan (1692).
Aquélla, decía Beaumont, la monumental de Ramos, tuvo demasiada suerte: tanta, que la prohibió el Santo Oficio "por contenerse [en ella] revelaciones, visiones y apariciones inútiles, inverosímiles", a la vez que se perseguían los retratos, grabados en madera, de la beata (desde 1691): el exceso de celo y la ortodoxia desorbitada, risibles, en la vida religiosa, volvían a la sociedad novohispana un tanto herética de puro disparatada, opinaba Beaumont; la segunda, de Grajeda, que no pretendía ser sino un resumen cauto de la primera, fue tolerada. Y hasta reeditada un siglo después.
No se trataba propiamente de una “china”, puntualizó Beaumont, sino más bien de una mujer proveniente de alguna zona del norte de la India. Se hablaba en los libros del Gran Mogor como su patria de origen y de Cochín como el punto intermedio, antes de llegar a Manila, donde fue bautizada por los misioneros jesuitas que ponían nombres de santos a los esclavos que vendían los piratas. Pues no era muy cristiano eso de vender ni comprar esclavos que no fuesen previamente bautizados.
Para mejorar su hagiografía, los jesuitas la consideraron “hija de reyes” de algún reino asiático, pero lo maravilloso residía en que desde sus grandes tiempos de “princesa” oriental soñaba que la Virgen se les aparecía a ella y a su madre para hacerles beneficios, y profetizarles que la traería a un reino cristiano a gozar de su verdadera, única y santa religión. Y la “princesa china” añoraba el momento de ser atrapada, esclavizada y vendida, para morir finalmente en la santa indigencia.
A la muerte de su amo-potentado, Catarina pasó a manos de un clérigo, quien la casó con otro esclavo “chino”; todas las potencias celestiales conjuraron para que no perdiera la castidad la nueva casada, quien logró mantenerse virgen en el lecho de su esposo, con el poderoso recurso de instalar un crucifijo en las sábanas, entre ambos. De algún modo desconocido, recobró la libertad poco después, cuando murieron oportunamente tanto su amo clérigo como su marido.
Si hubiese que creerles a los jesuitas, Catarina de San Juan ayudaba a los pobres y a los enfermos, desde su absoluta indigencia; y hasta habría que admitir que llegó a liberar de la esclavitud en los obrajes a algún desdichado, misericordia costosa aun para los potentados.
Azotaba y castigaba sus carnes. Ayunaba y se cubría de una montaña de harapos para no ver ni que la vieran, ni tocar ni que la tocaran, ni siquiera sus ancianos confesores, cuando ella ya era una vieja ciega y paralítica.
Pero lo realmente importante resultaban sus visiones y su muy particular trato con Dios, con la Virgen y los santos, continuaba Beaumont. Los veía a cada rato y obtenía de ellos cualquier cosa que quisiera.
Alguna vez la Virgen del Socorro la vio tan desnutrida y castigada por los ayunos, que le ofreció, sin más trámite, sus propios pechos sagrados para alimentarla. Hemos de suponer que al menos en esa ocasión se alimentó muy bien.
Otra vez vio a los ángeles distribuirse por las nubes en una especie de bailables o procesiones a todo lujo, con banquetes e iluminaciones de fiesta de gala en un palacio real, sólo para su delectación.
Le era concedido ver en sus sueños “místicos” a otros seres, vivos o muertos, salvos o condenados, y sobre todo en el purgatorio. Por lo demás, Jesucristo la usaba de mandadera, a ella, que ni siquiera alcanzaba a dominar el castellano, para que transmitiera secretos y terminantes mensajes en latín a ciertos clérigos descarriados.
Se peleaba de bulto, de a de veras, con todos los demonios, y terminaba arañada, azotada, apedreada, pateada. Sufría además de una permanente comezón en todo el cuerpo, que ni rascándose con “olotes bien secos” se le quitaba.
También ejercía, prosigue Beaumont, los milagros relativamente modestos de hacer aparecer monedas en los bolsillos necesitados y los más espectaculares de salvar de los piratas -o al menos presenciar, en visión santa, el salvamento- de las flotas españolas que tan azarosamente llegaban a Veracruz o a Acapulco.
Cristo se le presentaba hermoso o rumbo al calvario, en apuesta forma varonil o sudando sangre sobre la madera de una estatua del crucificado.
Poseía entre sus no tan escasos trebejos un célebre "fragmento de unicornio", buenísimo para otro tipo de milagros. Fue muy estimada su intercesión tanto para producir lluvias como para detenerlas.
Malvivía de cocinar hostias para los jesuitas, y el resto de su tiempo apenas le alcanzaba para atender a su Cristo y a su Virgen y a sus ángeles. Era la más pobre y humilde del reino, y por su extrema bajeza había sido escogida como la única comadre poblana por todas las potencias celestiales.
Esta "aunque indina bestia caballo", cita Beaumont las palabras recogidas por sus biógrafos; esta que se dice: "¿Qué soy sino un terra, un polvos, un muladar, un basura?", una perra y demás linduras, viajaba al firmamento más que ningún otro aventurero del cielo y la tierra, y con más facilidades.
Hablaba el bachiller Grajeda, informa Beaumont, a ratos citándola como quien desconoce el castellano, y a ratos como canónigo que se luce en el púlpito: "Y así estoy entendiendo que, a causa de remontarse tanto en esta virtud [de la fe], le hizo el Señor muchos favores, especialmente una noche que habiéndose recostado en su camilla en prosecución de los actos heroicos de fe que estaba continuando [o sea, repitiendo toda la noche jaculatorias de dos o tres palabras: “¡Jesús, María y José!”], la asió Cristo de un brazo y la colocó en el cielo, mostrándole toda su gloria y desde ella manifestándole todo el mundo. Así me lo refirió esta sierva del Señor diciéndome:
-Una noche, Padris, que con muy buen fe hablaba yo para mi Dios, llevó Cristo para mí en el celo, y vi todo acá y allá.
"Como si dijera: Una noche que estaba mi alma toda embebida en tiernos y continuos actos de fe y en dulces coloquios que yo repetía a mi Dios y mi Señor, vi de repente que me asió Cristo de un brazo y me llevó al cielo, haciéndome patente toda la gloria, y desde él me enseñó y me manifestó toda la redondez de la tierra.
"Absorta pues Catarina de tan grande maravilla y postrada ante el supremo Juez de cielo y tierra, embebida toda el alma ante tal presencia, estaba cuando la dijo Cristo: ‘Ea, vuélvete, Catarina’, a lo cual respondió con la sinceridad que siempre le hablaba:
-Eso no, Señor, vuélveme tú, que has traído para mí, que está muy hondos de aquí a mi cama y podré caer y lastimar para mí.
"Como si dijera: Yo le respondí a su Divina Majestad: Señor, de aquí a mi lecho hay mucha distancia; vuélveme tú pues que tú me has traído, que yo si me quiero ir sola podré caer y podré lastimarme, siendo como ves la profundidad que hay de aquí a mi aposentillo tanta."
Santa santa pero nada tonta la China Poblana.
"A esta su sencilla respuesta, sonriéndose Cristo la volvió a coger del mismo brazo dejándola en el puesto donde la había arrebatado..."
A su muerte, concluye don Felipe de Beaumont, se llenaron todos los templos de Puebla, y se celebraron oficios en todas las iglesias y colegios de jesuitas de toda la Nueva España.
“De modo que nadie ha querido burlarse de los grandes ministros del rey ni del papa en los informes y relatos oficiales que se envían a Madrid y a Roma, concluía Beaumont en 1720. En la Nueva España proliferan mitos como éstos. He escuchado incluso algunos bastante peores. En esta colonia no abunda el ingenio: cualquier barbaridad se cree ciegamente. Y tales burradas no privan sólo entre la plebe, sino sobre todo entre la gente más alzada y orgullosa de esta tierra, que suele ser de jesuitas o de personas formadas o avecindadas con jesuitas. ¡Que Dios nos libre de la soberbia y de la ignorancia de un mexicano con dinero y ciertos tratos con la Compañía de Jesús!”
***
Un siglo después de su muerte, pese a los desdenes de Roma y de Madrid, y a la prohibiciones del Santo Oficio, seguían publicándose biografías e imágenes de la China Poblana. Con total descaro, se le rezaba y se le rendía culto público.
Se ignora en qué momento preciso (entre la expulsión de los jesuitas a mediados del siglo XVIII y las guerras de Independencia) abandonó Catarina de San Juan sus ilegales altares, permanentemente prohibidos por la Inquisición y (al parecer) permanentemente tolerados, para transformarse en un tipo de zarzuela avant la lettre: imaginemos La verbena de la Poblana:

¿Dónde vas con enaguas zanconas,
dónde vas zarandeando los pies?
Yo me voy a bailar el jarabe
Con un payo que sepa beber.

Pues lo que nunca intuyó el linajudo don Felipe de Beaumont, ni los jesuitas, ni los novohispanos, ni Madrid, ni Roma, fue el último milagro de esta asiática indigente: convertirse ella, la fea, la apestosa, la beata, en una trigarante mestiza de cascos ligeros en la época independentista. Compañera de soldados al bailar el jarabe, ataviada con tricolores enaguas profusamente bordadas en lentejuelas y con una blusa de algodón muy escotada, además de un rebozo que la tapaba menos de lo que le servía para farolear y contonearse en las festejadas civiles o militares. Y con las trenzas llenas de listones, como arbolito de navidad.
Quizás a esta última, más que “china”, habría que llamarla la chinaca poblana, pareja del charro. Y nada jesuítica.
Sin duda el ilustrado Beaumont la hubiera encontrado más simpática; aunque su recargado vestido regional algo herede de lo visionudo de su lóbrega antecesora, habría añadido su esposa, la madama Beaumont, muy estricta en cuanto a la moda se refiere.

domingo 18 de octubre de 2009

EL AFFAIRE MIER Y TERÁN

EL AFFAIRE MIER Y TERÁN

Por José Joaquín Blanco

Durante sus investigaciones sobre los mercados de la Plaza Mayor de la Ciudad de México [ENAH, tesis, 2001], Jorge Olvera Ramos se topó con una curiosa historia policiaca de 1777, titulada: “Sobre que se averigüe quién fue el que derramó por una ventana a la Calle del Puente Quebrado un servicio”. (Archivo Histórico de la Ciudad de México. Ramo: “Policía en general”, Vol. 3627. Exp. No. 30. Año de 1777.)
1.- El Quejoso: “En la Ciudad de México, el 16 de junio de 1777, el señor Francisco María de Herrera, regidor perpetuo y juez de policía en ella, dijo: que por cuanto el señor Antonio Mier y Terán, también regidor perpetuo, se ha quejado de que pasando el día de ayer como a las ocho y cuarto de la noche por la calle del Puente Quebrado [República del Salvador, a la altura del Eje Central] con su madama, derramaron desde una ventana o balcón un servicio [excrementos] encima del mismo coche, de tal forma que introducido en él, por ir abiertas las cortinas, se le llenó de inmundicias a la referida su esposa el vestido que llevaba puesto, Su Señoría mandó que el escribano pase a la referida calle y averigüe con la mayor exactitud de qué casa y qué sujeto cometió semejante atentado, recibiendo los testigos que puedan declarar. Herrera [rúbrica]. Paradela [rúbrica]”.
¿Los nostálgicos de la Nueva España se han puesto a pensar en cómo era la vida en una ciudad sin desagüe? A semejanza de las grandes ciudades europeas, aquí no sólo se encharcaban las malas aguas en las calles, sino que hasta los hidalgos a caballo y los regidores en coche con sus “madamas”, estaban expuestos a chubascos aleves. Se debía pagar a los cargadores de excrementos (acaso no muy diferentes del que describe Yukio Mishima en Confesiones de una máscara) para que los fueran a tirar más allá de los límites de la ciudad, que por lo demás no estaban demasiado lejos. Pero en la noche, burlando al sereno, ¿por qué no ahorrarse ese trámite, ese gasto? ¿No vemos hoy en día cómo prodigiosamente se forman pirámides callejeras de bolsas de basura aun en las colonias ricas? (Borges invoca en auxilio de semejantes infractores de la civilidad, la imperfección de nuestro permisivo idioma; cuenta que un borracho orinaba en alguna plaza importante de Buenos Aires cuando fue sorprendido por un celoso gendarme que le espetó, hinchado de ira cívica: “¡Aquí no se puede orinar!”. Pero el borracho sabía su castellano: “¿Cómo que no se puede? ¿No ve que estoy pudiendo?”.) El ilustrado siglo XVIII enfatizó las normas y ordenanzas de higiene y urbanidad, con tan poca suerte como este tremendo affaire que atentó contra coche y “madama” (y acaso también polveada peluca) del regidor perpetuo Mier y Terán.
2.- La ley estricta: “Doy fe que habiendo reconocido, en vista de lo mandado en el auto de la vuelta [el documento anterior], las ordenanzas de este juzgado, la 6a. de policía y 95 de las generales de esta nobilísima ciudad es [son] del tenor siguiente: ‘Que ninguna persona sea osada a echar basuras ni servicios en las calles ni en plazas ni acequias ni pila de esta ciudad, so pena de 2 pesos por cada vez que la echaren, y si no pudieren averiguar quién lo ha hecho, al vecino más cercano de donde se echare dicha basura le mande la quite dentro de 3 horas y [en] lo quitando pague un peso y se limpie a su costa’. Paradela [rúbrica]”.
Que se multara al infractor descubierto no sorprende a nadie, pero que se castigara también a los vecinos más próximos a la basura o a los excrementos suena algo alevoso. Las esquinas, los rincones, los sitios oscuros o con árboles y arbustos, las cercanías de las acequias, puentes (como es el caso) o pilas se convertían en lugares favoritos; y los vecinos no sólo debían sufrir y limpiar la porquería, sino además pagar una multa: por no haber vigilado y por estar cerca del cuerpo del delito. Qué inofensivo suena, frente a tan autoritaria disposición, que siempre encontraba a un parroquiano a quien cargar el delito, nuestro moderno lema impracticable: “La persona que deposite basura será consignada a la autoridad”. La antigua norma convertía a los vecinos en espías, al parecer sumamente eficaces, como veremos, de los posibles infractores.
3.- Los misterios de la bacinica de la Calle del Puente Quebrado: Pero no se conformaron ahora las ocupadísimas e ilustradísimas autoridades novohispanas con multar a cualquier vecino. La “madama” del regidor estaba justamente furiosa. Abrieron todo un especioso y legalísimo proceso; entonces: “El 19 de junio de 1777, yo, el escribano, pasé a la casa [citada] a hacer la averiguación, y estando presente doña Manuela Camacho, mujer que dijo ser de Pablo Betancurt, quien después concurrió y se hizo presente y para que declare recibía la susodicha [Manuela] juramento, que hizo por Dios nuestro Señor y señal de la cruz, y dijo: Que la moza que le sirve, llamada María Petra, le ha dicho que [a] don Antonio Ruiz, de oficio platero, vecino que vive solo en la otra vivienda de esta casa, lo ha visto derramar por el balcón el vaso y porquerías. Que la noche que se cita no vio el hecho que se expresa, ni sabe si fue él o no. Y no firmó porque dijo no saber”.
4.- La memoriosa delatora María Petra Martínez: “Incontinenti hice [a]parecer ante mí a la moza a que se cita en la declaración que antecede, la que presente dijo llamarse María Petra Martínez, ser mestiza casada con Toribio Martínez, a la que recibí juramento, y dijo: Que muchas noches, así ella como una niña hermana de su ama, han visto que don Antonio Ruiz, vecino que vive solo en la otra vivienda, derrama el vaso por el balcón; y la noche que se cita, habiendo oído el golpe salió y vio en el balcón a dicho don Antonio, y percibió el hedor que había, por lo que se metió y no vio lo que después sucedió. No firmó por no saber.”
5.- El criminal alega motivos de salud. Pero aclara que no se llama como dicen; sugiere que no se trató de aguas mayores sino de aguas menores, y precisa que el caso no ocurrió a las ocho y cuarto sino hasta después de las nueve. “El 26 de junio de 1777 tomé declaración a don Antonio, quien expresó ser su apelativo Quintana y no Ruiz, ser español, viudo y oficial de platero; que trabaja en la tienda de Eduardo Calderón en la calle de los Plateros, y dijo: Que es cierto que la noche del día 15 como a las nueve, poco más de ella [la hora nueve], estando preparado para irse a acostar, por la mucha lasitud de estómago que padece, originada de la costumbre que adolece de echar sangre por la orina, tomó una porcelana en que había orinado, y por libertarse del sereno [escondiéndose del gendarme nocturno o sereno] la derramó desde la ventana para la calle, sin reflejar [reflexionar] el que a la sazón pudiera pasar persona ninguna, como aconteció con don Antonio Mier y Terán, cuya acción hizo por ser un hombre solo desvalido, y sin tener quien le sirva. Y firmó. Quintana [rúbrica]. Paradela [rúbrica].”
Se sentenció a Quintana al pago de la multa.

jueves 15 de octubre de 2009

JOE ORTON


ORTON: COMO ASESINAR A TU COMPAÑERO

Por José Joaquín Blanco

Acaso la historia de amor más horrorosa imaginable entre la Intelligentsia de los años sesenta que protagonizó la Liberación Gay, sea la de los escritores británicos Joe Orton (1933-1967) y Kenneth Halliwell, altamente exitoso el primero y totalmente fracasado el segundo, quienes murieron en las primeras horas del 9 de agosto de 1967: Halliwell mató a martillazos a su amante (una relación de 16 años), en un arrebato de locura, aunque no sin premeditación ni sin sobradas señas y amenazas previas, y en seguida se suicidó con 22 pastillas de Nembutal. El asesino, el suicida, el fracasado Halliwell, unos 8 años mayor que la víctima, dejó un letrero en el escritorio: "Todo se aclarará si leen este diario".
El Diario de Orton se trata de una libreta que apenas se ocupa de los últimos ocho meses de la vida de ambos, y que fue escrito por sugerencia de su agente literario a fin de hacer negocio como pornografía y escándalo. Después de servir de evidencia para las investigaciones policiacas, se publicó en inglés en 1986 y dos años después en castellano, en una horrorosa versión de coloquialismos y barbarismos madrileños (Grijalbo).
No tiene mayor valor ni literario, ni pornográfico, ni ideológico: se trata simplemente de un desfogue narcisista de Orton, lleno de las más ingenuas y cursis autocomplacencias físicas ("'Oh, que polla tan grande tienes', dijo acariciándomela. Comprendí todo lo que se perdía en Marruecos por no hablar el idioma") y profesionales (la resignación condescendiente a ser contemporáneo de "señoritos clasemedieros" como Harold Pinter), con rápidas enumeraciones fornicatorias que no llegan a la pornografía, sino a una especie de facturación o censo de coitos callejeros y prostibularios, totalmente convencionales, y sin toques de humor o de mitificaciones que los rodearan de algún interés. Pero sí tiene un valor como "retrato de un matrimonio" gay de vanguardia: un retrato deprimente, aun sin su desenlace de nota roja, tanto más cuanto que el editor John Lahr considera que, en buena parte, también fue escrito para molestar a su atribulada pareja, que con toda certeza a escondidas iba leyendo diariamente los exhibicionismos verbales del éxito y la publicitada promiscuidad de su narcisista y arrogante compañero.
"Cuando Joe y Halliwell estaban juntos frente a otros se peleaban continuamente. Al principio se reían de ello contigo y los dos eran iguales. La verdad que ese día me entró un dolor de cabeza espantoso al cabo de hora y media. He conocido a parejas marrulleras que sabían muy bien cómo tenían que pelearse, pero nada parecido a ellos dos. Me sentía fatal. La claustrofobia de su habitación, sumada a la claustrofobia mortal de su matrimonio me resultaba insportable..." (Ward).
La historia empezó en 1951. El adolescente impreparado (expulsado del colegio) Joe Norton, de orígenes obreros muy pobres, conoce al muchacho clasemediero de unos 25 años Kenneth Halliwell, quien lo hace su amante y su protegido: lo lleva a vivir a su casa, lo mantiene y conforma todo el mundo de Joe Orton durante los siguientes 7 u 8 años, por lo menos. De hecho, Orton no empieza a ganar dinero propio como dramaturgo sino 11 años después de vivir con Halliwell, a fines de 1963, y muere en la casa que éste había comprado.
Ambos querían ser actores: ambos fracasaron. Halliwell ambicionaba, además, ser escritor: tenía una avanzada formación literaria, podía leer a los clásicos y a los modernos incluso en sus lenguas; se sentía un verdadero artista por temperamento, un rebelde, un moderno, un luchador de la libertad sexual y cultural de los nuevos tiempos: Joe Orton se embebió completamente de todo ello, al grado de llegar a colaborar como co-autor de Halliwell en novelas, sátiras, cuentos de todo tipo que quedaron inéditos. (Al principio, señala el editor y biógrafo de Orton, John Lahr, esa coautoría difícilmente significaba para Orton algo más que mecanografiar los dictados de Halliwell).
En realidad Halliwell fue, durante la mayor parte de esos 16 años, el del "talento" --al que se le "ocurrían" muchas cosas brillantes--, pero el incapaz de construir algo verbal, escénica o pictóricamente con él; sin embargo, cuando hay algún buen chiste, algún buen juego de palabras, alguna buena referencia en el Diario y en parte del teatro de Orton, ya sabemos de dónde viene.
Pero Orton tenía las verdaderas herramientas del ego artístico: la autoestima, el coraje, la ira, el rencor social, la intrepidez, la valentía civil, las ganas de hacer las cosas pese a todo y contra todo; también y principalmente, la disciplina artística: escribir, corregir, tachar, regresar, probar, volver; era el perfectamente capaz de construir obras brillantes y de tomar el material de donde se pudiera, como cualquier otro autor, aunque ese donde fuese a veces Halliwell.
El caso de Kenneth Halliwell es bien conocido por los profesores de literatura: el muchacho inteligente, trabajador y aun talentoso que no puede ser escritor, sencillamente porque lo quiere demasiado. Se ha elaborado tal mito, tal obsesión, tal angustia, tal importancia de la Literatura, que jamás consigue la mínima naturalidad imprescindible para escribir siquiera una página pasable. Su principal enemigo es su propia tensión, su propia ambición literarias.
Hay una descripción del fracaso de Kenneth Halliwell como actor, que se aplica también el literario: "Tenso, es lo primero que se te ocurre para definir a Halliwell. Estaba organizando su imagen tan enérgicamente, con tal fuerza, que nunca le vi tranquilo. No podía relajarse nunca..." (Marowitz).
"Halliwell era serio incluso de adolescente. Según se deduce de los comentarios de sus profesores cuando empezó a estudiar en la academia de arte dramático, la tensión de su actitud defensiva ya era patente en la tensión de su cuerpo, de su voz y de su personalidad. En el escenario era todo transpiración y nada de inspiración. Lo que se percibía en su interpretación no era firmeza sino timidez" (Lahr).
A Joe Orton le valía madres todo lo que Halliwell idolatraba. Orton tenía un Ego poderosísimo, alimentado por su rencor social (sin socialismo: como lo decía cínicamente, se trataba tan sólo de no olvidar que "Ellos" lo habían tenido "en el arroyo" durante su infancia y su juventud, hasta que lo rescató Halliwell) y por una lujuria obsesiva, que él mitologiza como fuerza colérica, ultraviril, lo-Unico-en-la-Vida, y mejor si se trata de adocenadas orgías instantáneas en bien apestosos urinarios públicos.
Orton pertenece a ese prototipo sesentero del joto-supermacho de jeans y escupitajos; a ese artista sesentero que no admira a ningún otro artista más que a sí mismo (ni a su propio arte, si no tuviera la certeza que es de él mismo). Pero tuvo una intuición genial: burlarse de toda la atmósfera literaria de Halliwell.
Hacer farsa de la tradición literaria inglesa --del estilo mandarín, del pito de Winston Churchill, del "mundo judeo-cristiano" (poniendo a copular a padres y a hijos)-- con un notable humor, por muchos calificado genial. Harold Pinter y Tennessee Williams apreciaron sus obras.
¿Se burlaba de la tradición literaria inglesa o del propio estilo del pobre Halliwell, como sospecha su editor? Tal vez de ambos. La intuición trajo el éxito, el escándalo, la fama. El discípulo se convirtió en el amo --y en el amo de un ex-maestro que, ya al borde de los cuarenta años, seguía siendo un insoportable principiante, a quien además el fracaso abrumaba con todos los horrores de una depresión crónica, rencores, inseguridades, somatizaciones--, y redujo a su compañero al papel de sirvienta (Halliwell por supuesto es descrito como loca, amanerado, impotente, pudibundo, monogámico, cursi, demodé, traumado y otros insultos de la época).
Es más: alguna buena parte de las obras famosas de Orton --Entertaing Mr. Sloane, The Ruffian on the Stair, Loot, What the Butler Saw, etcétera-- son versiones burlescas de la obra conjunta, aquella vez en serio, de los amantes en su anterior coautoría o bien reciben una colaboración esencial de Halliwell, quien por lo demás, por mínima congruencia o por desastre total, había renunciado a la ambición y a los sueños literarios de toda su vida, cuando la balanza se decidió tan claramente por Orton. Pudo pensar que hasta de su vocación y de sus ensueños había sido despojado, o había consentido en despojarse a sí mismo. Era "una nulidad de mediana edad..."
De modo que el Diario de Orton refleja este matrimonio que ya no guarda de sus antiguos orígenes, tres lustros atrás, más que la parodia: un amo, una esclava; uno que se hace el macho, otro la tía; uno con dinero y dispendioso, otro pobre y tacaño; uno exitoso y agradable, otro molestísimo y lastimero, que sin embargo han de seguir viviendo juntos, porque el fracasado ya no tiene más remedio (envejecido, engordado, sin fuerza, abrumado por la desdicha) y el triunfador no seguiría triunfando sin la pasiva, activa u obligada colaboración del otro como modelo de farsa y víctima de los ultrajes literarios.
En realidad, sólo la arrogancia de "nuevo moderno", los fríos y grisotes desplantes de cinismo, la indiferente capacidad de desprecio, la ignorancia de todo lo que no sea centímetros eréctiles o libras por entradas de taquilla, de Joe Orton, lo señala entre tantos matrimonios heterosexuales semejantes, bien explotados por el cine y las novelas de adulterios. O de otras situaciones de familia como ¿Quién mató a Babe Jane?... Porque de que las relaciones personales se ponen espesitas...
El teatro de Joe Orton sin duda prevalece a su nota roja. El Diario no. Pocas veces he leído algo relacionado con el amor, el sexo, el erotismo o la pornografía tan falto de gozo y de caridad, de humor y de alegría, tan cínicamente despectivo de todo lo que no sea su exhibicionismo egolátrico.
El Diario de Orton fue el testimonio, el retrato y acaso un móvil fundamental del crimen. El Diario era el arma con que Orton torturaba a Halliwell, quien no quiso destruirlo, sino exhibirlo como aclaración final. Por lo demás, así, Kenneth Halliwell, nuevo Eróstrato, recobró su sitio --antes obligadamente clandestino-- en la obra y el personaje de Joe Orton.

domingo 11 de octubre de 2009

LEWIS CARROLL



CÓMO SALVAR A ALICIA

por José Joaquín Blanco
Buena parte de la literatura escrita en inglés del último siglo y medio trata de ingleses que quieren parecer norteamericanos y de yanquis que intentan britanizarse, para el supuesto escándalo de ambas sociedades. Poe soñaba con castillos escoceses, Henry James y T. S. Eliot se instalaron en Londres; Stevenson quiso sacudirse todo su Museo Británico y ser tan aventurero y natural como un californiano, innumerables románticos de Londres imitaron a Whitman; Huxley, Auden e Isherwood se instalaron en Los Ángeles y Nueva York. Los Estados Unidos parecían simbolizar el universalismo, el cosmopolitismo, lo natural, lo nuevo; Inglaterra lo insular, el peso de las tradiciones, el conservadurismo programático.
A W. H. Auden se le ocurre oponer Alicia en el país de las maravillas a Huckleberry Finn y Las aventuras de Tom Sawyer, esas obras maestras de “literatura infantil”, que también son gran literatura para adultos, como expresiones antagónicas de los sueños de ambas sociedades. En la obra de Lewis Carroll, la hermosa Alicia es una pequeña dama que busca el orden y protesta contra el caos del mundo, se indigna porque la realidad se sale de las normas supercivilizadas; en las de Mark Twain, los barbajanes escuincles se molestan con las normas de la civilización y juegan a ser pequeños salvajes, llenos de inocencia natural y de travesuras anarquistas. Claro que Alicia se divierte con el caos del mundo. Claro con Tom Sawyer se divierte con la tiesa sociedad de los adultos. En otra clásica obra de Mark Twain, también exitosa “literatura infantil”, El príncipe y el mendigo, nada menos que el niño rey inglés juega a ser un “niño de la calle”, una especie de Alicia en el mundo bárbaro fuera de la corte, mientras que el chamaco callejero se instala en el mismísimo trono, como un Tom Sawyer en Inglaterra. Ambos tienen mucho qué corregir en los inesperados mundos en que los instala su trueque de papeles, gracias a su parecido físico. Twain llega incluso a proponer —en esta confrontación de civilizaciones—, lo que le pasaría a Un yanqui en la corte del rey Arturo. A W. H. Auden se le ocurre imaginar cómo los norteamericanos leerían Alicia en el país de las maravillas.
La “surrealista” obra de Lewis Carroll es un viaje civilizado por el mundo del caos. Fue inspirada, como La divina comedia, por una chiquilla de apenas diez años. Carroll adoraba a las niñitas bien educadas, las llevaba a pasear, inventaba cuentos para ellas; era la época pre-freudiana en que un solterón podía pedirle a sus amigos casados que le prestaran por un día a sus hijitas, pero solas, porque todo el encanto de las pequeñas damas se manifestaba sólo cuando estaban bien lejos de sus mamás, papás, tías y chaperonas. Se le ha buscado un erotismo avieso a Carroll, como si para anticipar la pedofilia de Lolita, hubiese necesitado urdir libros tan complicados como Alicia en el país de las maravillas y A través del espejo. Los padres de sus amiguitas jamás encontraron ni sospecharon malas intenciones en Carroll.
A final de cuentas, la infancia a veces sí es encantadora, y contarles cuentos precisamente a niños ha sido desde los tiempos más remotos el placer más exquisito y difícil de los narradores: los niños —y especialmente las niñas serias e inteligentes como Alicia— toman los cuentos muy en serio, exigen más, son más difíciles de sorprender. Aunque sin el talento extraordinario de Carroll, infinidad de escritores se han propuesto esa difícil meta: de Grimm y Andersen a Peter Pan, El Mago de Oz y las sagas de Tolkien.
Auden quiso recopilar poemas carrollianos (The Oxford Book of Light Verse) y aun escribirlos, pero no en el sentido absurdista de Edward Lear, sino en el de perfeccionar la vocación de juego de la literatura. Pero juego en serio: “Lo que Alicia encuentra tan extraordinario entre la gente y los episodios de esos mundos es la anarquía, que ella siempre está queriendo volver sensata y ordenada. Toda la estructura de A través del espejo está basada en el ajedrez, y el pasatiempo favorito de la Reina de Corazones es el cróquet —juegos ambos que Alicia sabe jugar bien. Para jugar un juego es necesario que los jugadores conozcan y obedezcan las reglas, y que sean lo suficientemente hábiles como para hacer las cosas correctas o razonables al menos durante la mitad de tiempo. La anarquía y la incompetencia son incompatibles con el juego. El cróquet jugado con erizos, flamingos y soldados en lugar de las pelotas, mazos y aros es concebible siempre y cuando aquéllos estén decididos a imitar el comportamiento de estos objetos inanimados, pero en el País de las Maravillas se comportan a su antojo, y el juego ya es imposible de jugar. En el mundo de A través del espejo, el problema es diferente. No es como en el País de las Maravillas un sitio de anarquía completa, donde cada quien hace y dice todo lo que se le viene a la cabeza, sino un mundo completamente determinado sin posibilidad de elegir...” (Forewords and Afterwords).
Los libros de Carroll, como toda obra maestra que ha superado la prueba del gusto de una docena de generaciones en todos los países, admiten múltiples lecturas, y muchas explicaciones de su éxito. Entre ellas, la mala lectura: hay quien admira su “surrealista” mundo-al-revés, como una épica del absurdo. Auden subraya que debe admirárseles precisamente por lo opuesto. Lo maravilloso es la mente de Alicia, no la galería de barajas y conejos; es una épica de la sensatez, enfrentada a la prueba del caos, y no la glorificación del absurdo. Por algo Carroll era lógico y matemático, y encontraba más pensamiento serio y hábil en las tres chiquillas Liddell —Lorina Charlotte, Alicia y Edith—, que en sus colegas a Oxford, con los que siempre estaba de la greña.
A su modo, aunque en un sentido más ético que lógico, la glorificación de la infancia en Mark Twain es otra vuelta a la seriedad. Más que sus escapadas y sus travesuras, lo admirable del mundo de Tom Sawyer es su seriedad ética. Los chamacos toman en serio su mundo, y a sí mismos, como ya no lo harán después, cuando aprendan a negociar con la realidad y con su propia conciencia. Una edad de oro de la moral, que habrán de seguir soñando Scott-Fitzgerald, Hemingway y Faulkner, los detectives de la “novela negra”, Salinger, los beatniks. Tom Sawyer, acaso, formaría filas con el conejo y con la Reina de Corazones contra la marisabidilla y fresota de Alicia, quien a su vez protestaría contra el escuincle que quiere saltarse todas las reglas, o inventar las propias, cuando todo mundo sabe que lo más cuerdo es dominar las ya establecidas largamente por la sociedad.
“El héroe-niño norteamericano —¿existen niñas-heroínas norteamericanas?—, dice Auden, es un Buen Salvaje, un anarquista, y aun cuando piensa, lo hace sobre todo en lo que tiene qué ver con el movimiento y con la acción. Puede hacerlo casi todo menos quedarse quieto y sentado. Su virtud heroica —esto es su superioridad sobre los adultos— radica en su libertad de los modos convencionales de pensar y de actuar: todos los hábitos, de las costumbres a la creencias, son considerados como falsos o hipócritas, o ambas cosas. Ya están desnudos todos los emperadores. Alicia, seguramente, ha de ser vista por el norteamericano promedio como un shock.”
Pero los recursos de los Estados Unidos son infinitos: Walt Disney impuso, sobre los libros, su propia Alicia en dibujos animados: toda una anticipada invitación al “viaje”. Años después, la “ola inglesa” de los sesentas, pobló el mundo con Tom Sawyers veinteañeros, los hippies, quienes fumaban, como la oruga, una pipa de hashish, y lograban sus sueños de Alicia en el país de las maravillas y A través del espejo con ayuda del LSD. ¿Ambos extremos se reconciliaron finalmente en El Sargento Pimienta? ¿O fue en De camino, de Kerouac, o en Almuerzo desnudo, de Bourroughs? ¿O con los Rolling Stones?

martes 6 de octubre de 2009

WALTER BENJAMIN


BENJAMIN: CHARLAS PARA NIÑOS

Por José Joaquín Blanco

Con el aburrido y algo tonto título de El Berlín demónico se ha publicado en español (Icaria) una recopilación de las charlas radiofonicas para niños que escribió y dijo Walter Benjamin entre 1929 y 1932; en alemán llevaba un título mejor: explicaciones o charlas para niños.
No se proponía Benjamin revolucionar la radio, sino ganar un poco de dinero en años difíciles. Al parecer, algunas de estas charlas, total o parcialmente, ni siquiera fueron "escritas" por él, sino rápidamente dictadas a una mecanógrafa; varias de ellas, sin embargo, manifiestan un cuidadoso trabajo de preparación: investigación, revisión, reflexión, estrategia.
Walter Benjamin (1892-1940) no es un pedagogo moderno. No se propone ejemplificar ni facilitar la cultura para el público infantil. Se dirige a niños como él lo había sido: vestidos de adultos, forzados a estudiar duro, presionados constantemente en su preparación intelectual. Esto permite que los textos "infantiles" de Benjamin sean plenamente disfrutables por el lector adulto de hoy, y poco asimilables por los niñotes cabezadetabla de las escuelas "activas" que no saben dónde está Roma ni operaciones aritméticas de cierta complejidad.
El verdadero aspecto infantil de estos textos de radio está en la libertad con que se mueve Benjamin frente a ese público. Se advierte que le gusta dar conferencias para niños, con quienes puede bromear o seguir caminos curiosos y obsesivos, mejor que con los universitarios. (Por lo demás, a Benjamin se le negó repetidamente la oportunidad de dar clases en las universidades.)
Su estilo se vuelve en ocasiones un tanto más jovial, travieso y ocurrente que en el periodismo escrito que le conocemos. La infancia como libertad cultural siempre le atrajo; tiene un libro sobre la infancia en Berlín a principios de siglo, y son múltiples las referencias a esa especie de seriedad bienhumorada en la travesura y la obsesión que él veía en la mente de los niños.
Buena parte de su vida tuvo una obsesión: un libro que nunca escribió, pero sobre el que dejó abundantes fragmentos: un estudio de los pasajes comerciales de París en el siglo XIX y, a partir de ellos, de la cultura y la vida moderna en las ciudades.
Benjamin soñaba en esos paisajes en los que quiso situar a Baudelaire: esas ciudades casi subterráneas, almacenes de múltiples ofertas, con sus aparadores inagotables, sus trucos de hierro, cristal y mampostería que permitían ilusiones urbanas inéditas, etcétera.
Este sueño tuvo un reflejo también en los programas radiofónicos sobre las grandes jugueterías de Berlín: esa gula, esa codicia, ese sueño de Midas de los niños: el inventario, la revisión de todos los juguetes posibles, sus modas, sus inovaciones y diferencias, narrados con una conmovida nostalgia de su propia voracidad infantil, pero ¡voracidad de conocimiento! Los juguetes como fuente de asombro y de información, como ideas lustrosas y mágicas. Dice:
"Y ahora dejad de escuchar por un momento; lo que voy a decir ahora no es para niños. La próxima vez os acabaré de contar este paseo. Pero mucho me temo que entre tanto lluevan cartas diciendo más o menos esto: '¿Qué, se ha vuelto usted loco?'. Piense que los niños ya dan bastante lata de la mañana a la noche, todo el santo día, sin necesidad de que usted les meta en la cabeza esas cosas y les hable de cientos de juguetes de los que hasta ahora, gracias a Dios, no sabían nada, y que ahora querrán tener, y encima incluso de cosas que ni siquiera existen'. ¿Qué puedo responder a esto? No me costaría nada ponerme las cosas fáciles y pediros que no digáis ni una palabra de este asunto, que nadie note nada, y así podemos seguir tranquilamente dentro de una semana. Pero esto sería una bajeza. Así que no me queda otro remedio que decir sin más lo que realmente pienso: cuanto más entienda alguien de una cosa, cuanto más al corriente esté de la cantidad de cosas hermosas que hay de una determinada categoría --sean flores, libros, prendas de vestir o juguetes--, tanto más podrá complacerse en el conocimiento y la observación de esas cosas, y tanto menos se empeñará en poseerlas o hacérselas regalar. Aquellos de vosotros que, aunque no debíais, me habéis escuchado hasta el final, tenéis que explicarles esto a vuestros padres".
La imagen que en este párrafo da Benjamin de la infancia --seria, ceremoniosa, leal, más razonable e inteligente que la edad adulta, capaz de este tipo elegante de humor-- campea en todos los programas de radio. Se atreve a hablar con los niños de cualquier cosa, aun de los personajes altamente peligrosos de Hoffmann --pues resulta que sí existen, y nada más hay que salir a la calle con los ojos bien abiertos--, del contrabando del alcohol en los Estados Unidos, del terremoto de Lisboa, de Cagliostro y Caspar Hauser, de los bandoleros de la vieja Alemania (que desde luego eran muy simpáticos), de los fraudes en la filatelia, de la inquietante, subversiva manera desordenadísima de vivir de los napolitanos (hecha de otro modo, como otro laberinto, Nápoles se vuelve una ciudad de las Mil y una noches), de ese emocionante edificio llamado la Bastilla (precisamente como prisión), de un ideal de la infancia sujeto a persecución por todas las naciones adultas, los gitanos; de las casas de vecindad, de la vida de los niños en Berlín, del teatro de marionetas, y de la vida y la destrucción de Herculano y Pompeya.
No sólo instruyó Walter Benjamin a los niños con estas charlas; los ayudó también a crearse sus sueños. A final de cuentas, ¿no son acaso los propios libros otros tantos juguetes que ayudan al conocimiento y a la observación de las cosas? Así los hace imaginarse Nápoles. "Bueno, pues os he explicado unas cuantas cosas acerca de la vida cotidiana y de los días festivos en Nápoles, y lo más curioso es que ambas cosas se dan ahí la mano, que en los días de cada día las calles tienen siempre algo de festivo, llenas como están de músicos callejeros y gente ociosa sobre los cuales ondean como banderolas las coladas puestas a secar; y que los domingos tienen también algo de día laborable, pues todos los pequeños tenderos pueden tener sus tiendas abiertas hasta la noche. Para conocer a fondo la ciudad, seguramente haría falta convertirse por un año en cartero napolitano. Así conocería uno los cuchitriles, buhardillas, patios traseros y escondrijos que en muchas otras ciudades juntas. Pero ni siquiera un cartero podría llegar a conocer del todo Nápoles. Viven allí muchos miles de personas que no reciben ni una sola carta en un año y que, por no tener, no tienen ni casa. Es grande la miseria en la ciudad y en sus alrededores. De allí proceden la mayoría de los inmigrantes italianos. Millares de ellos pasajeros de cubierta en algún vapor de los que van a las Américas, han echado ya la última mirada a su ciudad natal, que en la despedida se les muestra una vez más tan bella como sus escalinatas inacabables, sus patios encadenados, las iglesias que desaparecen en el mar de casas. Con esta visión abandonaremos también nosotros la ciudad".
Ahora bien: en vida siempre se le reprochó a Walter Benjamin que no hiciera "obra" --el tratado sistemático y académico, la Novela, los grandes ensayos y reportajes fundamentales, los poemas, la siempre deseada traducción de Proust, los artículos peinaditos y uniformados--: que se desperdiciara en tanta pedacería. Quizás, agobiado por la desdicha, por la desazón, Benjamin llegó a pensar lo mismo. Y por el contrario, estaba realizando una de las obras más formidables del siglo, precisamente a partir de géneros laterales y métodos insospechados: los fragmentos, los apuntes, los ensayos libérrimos, las mezclas intrépidas de sociología y artes; ahora lo vemos también narrando inmejorablemente, cuando parecía meramente chambear frente a una mala mecanógrafa para ir sobreviviendo a la crisis.
Al parecer, existen todavía más programas de radio de este tipo escritos por Benjamin, que no alcanzaron a integrar la edición alemana en que se basa la española. El autor de "Una infancia berlinesa hacia 1900" (Berliner Kindkeit um Neunzenhundert) vio en los niños unos lectores-granuja, serios y traviesos, capaces de asumir todo tipo de información y de no dejarse intimidar por los eruditos asnales que lo echan todo a perder, como aquéllos teólogos, que de puro cansados de sus propios conocimientos teológicos, se pusieron a quemar a las brujas.
Esto es del Walter Benjamin más inspirado: "El disparate y el absurdo ya son bastante malos por sí mismos, pero cuando se los quiere aplicar con rigor y consecuencia resultan realmente peligrosos. Así sucedió con la creencia en las brujas, y por ello la intransigencia de los sabios fue causa de males mucho mayores que la superstición. De los científicos y de los filósofos ya hemos hablado. Y ahora les toca a los peores: a los juristas", etcétera.

jueves 1 de octubre de 2009

BOWLES: LOS BENEFICIOS DEL PELIGRO


BOWLES: LOS BENEFICIOS DEL PELIGRO
Por José Joaquín Blanco


La más famosa de las novelas de Paul Bowles, El cielo protector (traducción castellana de Alfaguara), que en los años cincuenta llegó incluso a las listas internacionales de bestsellers, comparte con sus cuentos árabes y latinoamericanos la agonizante atmósfera del límite de la razón. Hay un momento, un lugar, probablemente inmediatos, en los cuales el caos, el vacío, el delirio, el terror, la locura nos acechan como la verdadera realidad, como el reino verdaderamente prometido. No lo elegimos nosotros: nos elige; hay personajes que aceptan verlo como es y vivirlo como un abismo prolijo.
Sobre la tierra, los hombres se imaginan que existe un hermoso cielo, sólido y poderoso, que los protege del infinito, de la vastedad insondable del universo. Uno podría imaginar que el amor, la pareja, el matrimonio nos protegen de nuestros instintos, de nuestras locuras o pulsiones recónditas; que el lenguaje, el dinero, la civilización, el arte, la educación, el ejército, el gobierno, la policía, las leyes, los médicos, la urbanidad nos crean un cielo protector, contra la barbarie fundamental del ser y de la especie, de la que creemos habernos librado.
Y nada de esto es así: el cielo protector es el propio caos; en el amor están las pulsiones terribles; la protección es el mismo peligro; la civilización arroja a la barbarie, y el lenguaje y la razón fácilmente conducen a la locura. Este camino no es nuevo: lo conocieron Gaugin, Van Gogh, Baudelaire, Stevenson, Rimbaud, Lautréaumont, Nietzsche, Dostoyevski, Dadá, Bierce, Pessoa, Artaud, Lowry, Cortázar...
A mediados del siglo XIX, el progreso en los transportes ferroviarios y marítimos, permitió la creación de un nuevo espacio literario: los mundos primitivos de Asia, África, América y las Islas del Sur —apenas décadas antes ensalzados como paraísos virginales de buenos salvajes por Rousseau y por Chateaubriand—, como espectaculares infiernos para los civilizados descontentos.
Porque dentro de la civilización, de la razón, del arte y de la ciencia occidentales más avanzados, se abría el vacío: Flaubert sentía nostalgia de la barbarie y de la brutalidad de Cartago; más expeditamente, Edgar Allan Poe y Charles Baudelaire, se negaron a sus civilizaciones sin tener que realizar tan largas travesías: bastaba abandonar las academias, los palacios, los salones y los templos, los tribunales y las oficinas, y reclutarse entre los condenados del arroyo, de los barrios bajos y de los escondrijos de la enfermedad, la suciedad y el vicio.
Tres occidentales vacíos huyen en El cielo protector de la perfección civil neoyorkina, que se les abre como un abismo civilizado, una mentira piadosa más espantable que las verdades fatales, una muerte industrializada y cotidiana, una autoextinción con sonrisa de dentífrico, debidamente aprobada, reglamentada y programada por el ayuntamiento, y se encaminan a una aventura cuyo sentido fundamental es el de volverse más y más peligrosa, hasta que no haya forma posible de retorno. Jean-Paul Sartre escribió en La náusea: "Ella sufre como una miserable. Han de ser miserables asimismo sus placeres. Me pregunto si a veces ella no ha deseado liberarse de este pesar monótono, de estos susurros que empiezan en cuanto deja de cantar; si ella no ha deseado sufrir de una buena vez y para siempre, arrojarse en la desesperación. De cualquier modo, le sería imposible: está atada." Bueno, los personajes de Bowles se desatan.
No son los primeros hombres en el mundo que quieren cualquier muerte, menos la aburrida en la propia cama hogareña. Escogen el sitio más desolado y peligroso posible: el norte de África y el Sahara de la postguerra, hundido en su atraso colonial y en el desorden administrativo del colonialismo europeo en África. Con cierto júbilo de pioneros que buscan resolver por instantes su vacío en los vértigos de lo desconocido y del peligro, con una natural arrogancia de hombres blancos entre nativos coloniales y de turistas ricos cargados de billetes y de productos industriales en un mundo de un primitivismo medieval —y acaso anterior en ocasiones a la Edad Media—, se enfrentan al espejo del caos de sí mismos, a su propio vacío, al mareo de sus cosmos peligrosos.
Kit irá más lejos que cualquiera: irá perdiendo uno a uno sus atributos: esposa, dama, mujer, ser libre, ser racional, hasta localizarse —ya casi incapaz hasta de concebir alguna idea, por simple que fuera— como una esclava travestida, ni hombre ni mujer, ni esclava ni libre, ni esposa ni puta, ni humano ni animal, ni mendigo ni turista, perdida en el abismo de su conciencia resquebrajada, para quien cualquier violación, ultraje o humillación caen ya como ecos en un vacío.
Dio el paso sin regreso, semejante a la muerte o a la locura, después del cual ya no hay mitos de cielos protectores, después del cual todo es tan trágico y brutal como los universos de insectos o de planetas, de plantas o de peces. Se ha logrado finalmente la pesadilla originaria. No era necesario ir al Sahara para ello: Virginia Woolf no caminó muchos kilómetros desde su escritorio y Sylvia Plath lo encontró en su propio hogar; pero sí era el derecho de Kit elegir al menos el rumbo de su caída.
No es necesario advertir que la historia de El cielo protector —más genialmente narrada por el propio autor en sus cuentos, como "Tapiama" o "Un episodio distante"—, resulta menos ajena de lo que pareciera. Lo que va a ocurrir a nuestra pareja de extraviados en la prehistoria casi bíblica del Sudán, ocurre diariamente a miles de civilizados occidentales en cantinas, condominios, burdeles, hoteles de paso, hospitales siquiátricos, lotes baldíos de Los Ángeles y Berlín, Moscú y Londres, México y París. ¿Habrá que recordar cómo el Cielo dejó de "proteger" a Jorge Cuesta, a Walter Benjamin, a Klaus Mann, a Louis Althusser, a la propia Jane Bowles?
Paul Bowles ha enriquecido esta invitación al peligro con un escenario de magia y misterio mucho más esplendorosos que la nota roja o la hoja clínica de las bancarrotas habituales de los países modernos, con sus ejecuciones y manicomios asépticos.
Acaso tampoco falte señalar que el aparente terror del desorden, la miseria y la truculencia tercermundistas que agobian a los primermundistas neoyorkinos en el Sahara de El cielo protector, se ve más que correspondida con los abismos que esperan al bracero mexicano o latinoamericano ante las razzias de los policías estadunidenses, o a los árabes, turcos y persas frente al racismo europeo. Nos inventamos que estamos protegidos: sólo nos protegen nuestras propias invenciones, hasta que dejamos de creérnoslas. Nos protegen nuestros errores, supersticiones, tonterías, prejuicios, ambiciones, pasiones: sólo lo que nosotros mismos inventamos.
La muerte siempre ocurre, la locura muchas veces; lo peor siempre asoma, el cuerpo y la mente pueden romperse en cualquier momento. Nos hemos inventado límites civilizados contra el terror, nos hemos inventado que hay una cúpula celeste que nos protege: esa cúpula no existe, es un color imaginario: lo que nos protege es el propio peligro, y las personas con hambre de vida son viajeros de tales posibilidades de peligro, que tarde o temprano se cumplen.