domingo, 1 de mayo de 2016

LAS ROSAS ERAN DE OTRO MODO

LAS ROSAS ERAN DE OTRO MODO
Por José Joaquín Blanco

A José Dimayuga


Malú se me murió a la mitad de la sopa, como si les dijera: se me atragantó. Estaba yo sentada hacia las dos de la tarde, como de costumbre, en mi mesa favorita del restorán del Hotel Bristol, frente al gran espejo que abarca todo el salón.
Me vi como en primer plano, ancianísima, ridículamente emperifollada con mis canas artificiales (prefiero una pulcra cabellera plateada a mis cenicientas matas naturales), atragantada, a punto de vomitar la sopa sobre el periódico recién abierto, en la esquela que anunciaba la muerte de Malú Parra, mi amiga de toda la vida.
Desde hace unos treinta años como casi siempre en el restorán del Hotel Bristol, aquí a tres cuadras, en Río Pánuco. Ha cambiado poco y ahí no se sienten tanto como en otras partes las cifras del calendario.
Vive un tiempo artificial, como yo misma, una mezcla de épocas en la que prevalecen los años cincuenta: los muebles, la decoración, la cristalería. A cada momento parece que van a entrar, del brazo, Marga López y Arturo de Córdova. Un pianista cubano mulatón, Reynaldo, que lleva medio siglo esforzándose en vano por parecerse a Bola de Nieve, toca algo de jazz digestivo y los éxitos de Dean Martin, Sinatra y Arcaraz; a veces me da la bienvenida con mi canción favorita: “Rosas rojas para una dama triste”.
Me dirige guiños donjuanescos y sonrisas llenas de dientes postizos cuando ataca “Muñequita de Esquire”. Todavía sirven old-fashioneds, tom collins, martinis y daikirís. No han desechado sus viejas licoreras, ni sus sifones, ni sus yedras de plástico, ni sus carteles de fuentes y monumentos romanos con exuberantes rubias estilizadas (todas, al parecer, inspiradas en Kim Novak).
Ahí me conocen, me consideran, me apartan la mesa. Sigo siendo para el dueño y para algunos de los meseros y de los clientes habituales (entre ellos no pocos gringos jubilados), todavía, Emma Velasco, “la periodista de la vida diaria”, con algunos ribetes de escándalo; recuerdan mi columna “Día a día” y que Dolores del Río me puso pleito por difamación, cuando le exhibí su chisme con Marlene Dietrich (la propia Marlene me lo contó, ebria, en francés, cuando la entrevisté en su suite del Hotel Reforma).
Es como detener la prisa de los años, y no me desagrada del todo su rutinario “menú continental”, que constituye mi único alimento en forma. Desayuno y ceno en casa cualquier sándwich, cualquier galleta, y así me libro de la cocina, que siempre detesté.
Desde que se casó mi único hijo y decidí vivir sola, cancelé la estufa y el refrigerador, que tengo convertidos en archiveros de mis antiguas glorias periodísticas: recortes de periódico, revistas, cartas, fotos, diplomas y hasta alguna medalla de latón con que me condecoró a toda orquesta, en Palacio Nacional, un Presidente de la República.
Salvo algún achaque de salud, que me sobreviene cada dos años, y que a la fecha no me ha provocado sino sustos e incomodidades pasajeras, me imagino que llevo eternidades envejeciendo indefinidamente, sin hacer nada. Claro que estar de ociosa todo el tiempo llega a resultar muy laborioso. Ya dice el refrán que nada cansa tanto como no tener nada que hacer. Surgen, como plaga, infinidad de detalles y minucias que cobran una relevancia inesperada. Pienso demasiado, me doy cuenta de demasiadas cosas.
Sin quererlo, me he ido enterando gota a gota, por ejemplo, de la vida, carácter y milagros de todos mis vecinos, cuyos ruidos odio a veces con una pasión furiosa, que me dura varios días. Me descubro haciendo teorías y juicios increíblemente documentados y severos sobre cada uno de ellos, a pesar de que los evito por sistema y rara vez les dirijo la palabra.
Soy la primera en descubrir manchas de humedad en el edificio, goteras, fallas en las instalaciones de plomería, electricidad y gas.
Sé demasiadas cosas de los artistas jóvenes y de la gente nueva que aparece en la televisión, como si los frecuentara. Me descubro en plena madrugada, pálida de angustia, tratando de resolver por mí misma todos los problemas nacionales: la policía, la contaminación, el desempleo, el desorden social; redactando en el aire infinidad de iracundos artículos periodísticos para mi columna “Día a día”.
Les concedo desproporcionada importancia a las películas, a todas, acaso sobre todo a las peores, y las desmenuzo y mejoro en mi imaginación. Leo poco: los libros son más intensos todavía, y me afectan los nervios; además, ¿para qué leer si no vas a platicar con nadie de tus lecturas? Es como sobrecargarte de electricidad, y quedarte temblando, en alto voltaje. Leer bien significa leer poco y recordar mucho lo leído, y no andar de tragona de libros.
Con Malú platicaba de todo. Nos peleábamos como colegialas por diversas opiniones sobre el cine, los libros, la televisión; y también como colegialas, después de habernos dirigido miradas e ironías atroces, nos reconciliábamos sin decir palabra. Nos veíamos para comer, ir al cine o de compras, visitar galerías, asistir a espectáculos, cada quince días o cada mes. Estoy en la “decena trágica” que decía Pellicer: la de los setenta años.
No me aburro. Hace siglos que dejé de aburrirme. Pero me faltan cosas que hacer. Por ejemplo: cuando era joven andaba siempre sobre la marcha, con algún amor, o criando a mi hijo, o tratando gente, o realizando mis reportajes y entrevistas de la mañana a la noche.
Entonces, si aparecían goteras o humedad en mi departamento, casi ni me fijaba, y si se tenía que caer el techo, ¡que se cayera! No le daba importancia a eso: había cosas urgentes que me llamaban, “día a día”. Cuando buenamente se me ocurría le dejaba las llaves y algún dinero al conserje, y que él se arreglara. O me esperaba a que se me presentara un rato libre. Ahora cualquier detalle me provoca aprensión y angustia.
Veo peligros en cualquier parte, ya sea porque me los invente yo misma, o porque sólo hasta ahora me haya vuelto verdaderamente consciente, responsable. La azotea de mi edificio, para mencionar un caso, siempre ha estado atiborrada de tanques defectuosos de gas. El olor de las fugas de gas ha caracterizado invariablemente el cubo de la escalera, sobre todo en los pisos altos; no me importaba. Sólo ahora me descubro palpitante, resollante, con miedo de que en unos minutos más estalle de pronto todo el edificio. Lo que mirado racionalmente es más que probable, pero lo mismo pudo haber ocurrido cualquier día de los últimos treinta o cuarenta años. Sólo ahora, cuando regreso a casa, a veces me sorprendo de encontrar el edificio en pie, y me digo con un poco de sorna: “¡Bueno, ahí está, no ha estallado todavía!”
Claro que me tienen odiada los vecinos. No puedo evitar advertirles de todos esos peligros, llamar alguna noche a los bomberos, escribir cartas enérgicas a unas autoridades, con múltiples copias a otras autoridades; ponerles cara de palo durante semanas al vecino del 303, que hace resonar durante horas el mismo disco de rock, a veces en la madrugada; o a la del 401, que encierra a sus perros en el baño y se larga todo el fin de semana: los perros no dejan de aullar ni de ladrar un segundo, y nadie duerme en todo el edificio hasta que la santa señora regresa a liberarlos.
Sé que soy una viejita maniática, y que siempre recibiré la respuesta que hace unos quince años me plantó la entonces vecina del 207, ahora ya bien podrida en su tumba: “¡Pues si no le gusta el edificio, venda su departamento y múdese a Las Lomas!”
Le respondí: “¿Y qué tal si me voy a un edificio en Las Lomas, y ahí me encuentro a otra vecina como usted?”
Porque en México no hay problemas concretos, sino un problema general: los mexicanos. Adondequiera que te mudes te encuentras a los mismos vecinos irresponsables, majaderos, del 207, del 303, del 401. Pero no quería decir esto: ya estoy escribiendo como en mis buenos años, cuando a mis espaldas me decían “perra” o “bruja” por ese estilo “ingeniosillo” de mis artículos. (“Chismorreos de niña rica armada de máquina de escribir”, me acusó un poeta comunista.) Y no estoy escribiendo un artículo. No quiero escribir un artículo, sino otra cosa. Platicarles de Malú Parra, de mis otras amigas, ya muertas o seniles, de cómo paso mis días eternos. Con discreción, sin intimidades, sólo conversar.
Así platicaba cada dos o tres semanas con Malú, y de esa manera me sigo colgando horas al teléfono con tres o cuatro conocidos. Ya sólo tengo tres o cuatro. Mi libreta de teléfonos está llena de plomeros, bomberos, electricistas, Cruz Roja, radiotaxis, médicos, el banco, la televisión por cable, los departamentos de quejas de unas veinte dependencias oficiales. Pero amigos, nomás tres o cuatro, y poco cercanos: amigos de telefonazos.
*
Mi hijo me reprocha —lleva unos veinticinco años con lo mismo— que haya dejado de trabajar en los periódicos. Fue poco después de las olimpiadas. Empecé a ver que me relegaban en Últimas Noticias. Recortaban mis artículos y reportajes, que por “razones de espacio”; los mandaban a un rincón de las páginas posteriores; los postergaban, o de plano se olvidaban de ellos.
Por primera vez en mis quince años de periodista tenía que estarme quejando todo el tiempo con el nuevo director, a quien le dio por no tomarme la llamada y esconderse tras su secretaria o un imberbe ayudante de edición que se permitía tratarme con insolencia: “Señora Velasco, lo sentimos mucho, pero tenemos tanta información prioritaria últimamente; se lo publicamos el jueves o el viernes, sin falta”.
Alguna vez no apareció mi columna ni jueves ni viernes (ni sábado ni domingo), y el lunes siguiente fui a renunciar con una carta más que claridosa, con copias para todo mundo, periodistas y políticos, hasta para el Presidente de la República.
Supuse que me habían puesto en la lista negra. Eran los años de la agitación estudiantil y proliferaban las listas negras. Nadie podía acusarme de agitadora ni de comunista, desde luego, pero en tiempos graves cualquier bobera da motivos de sospecha. Mi manera de escribir ya resultaba, lo sabía, un poco anticuada: demasiados chistes, demasiadas frases ingeniosas, insultos elegantes (nuestra ventaja como damas), detalles frívolos o impertinentes; y sobre todo, llamaba a las cosas por su nombre, sabía escandalizarme y protestar; cito textualmente: “¡Pero esto es una indignidad! ¡es un escándalo! ¿Por qué el regente Uruchurtu no abandona un ratito su cómodo sillón frente al zócalo, y se va a dar una vuelta por las ciudades perdidas de la salida a Puebla?”. Así, con todas sus letras. Ese era por lo demás el dorado estilo de los años treinta y cuarenta: de Barba Jacob, de Novo, de Rosario Sansores, de Elvira Vargas, de Magdalena Mondragón.
Tuve mucho éxito en los cincuentas. La periodista como la voz del ciudadano común, un poco más ilustrada si se quiere, pero simplemente una voz civil. En mi columna “Día a día”, por ejemplo, descubría algún asunto conocido en términos generales, pero del que nunca se hablaba como experiencia vivida; me iba yo a vivirlo, y lo narraba. Me disfracé una semana de trabajadora social para contar desde adentro la vida de un manicomio, “día a día”. Y de las ciudades perdidas en el infinito lodazal de lo que sería Ciudad Nezahualcóyotl. Alguna vez soborné secretarias y sirvientas para enterarme, “día a día”, de la vida de los famosos. López Mateos, que era gentilísimo, me contó, en exclusiva para mi columna, cómo se desarrollaba la vida diaria de un presidente.
Así con las prostitutas, las monjas que habían colgado los hábitos, los asesinos célebres, los niños que vendían chicles en los camellones, algún gigoló del hipódromo, mi amiga María Félix, los mariachis de Garibaldi. Yo no discriminaba entre pobres y ricos, débiles y poderosos. Donde había vidas intensas, difíciles o interesantes, ahí estaba yo con mi libreta de taquigrafía (no se usaban aún las grabadoras, de modo que era más difícil ser reportera.)
Cosas ciertas, vividas en carne abierta, y reporteadas con sazón y emotividad. Todo esto antes de que Elenita Poniatowska (magnífica Elenita, por lo demás, si bien algo intelectualona) me hiciera la competencia desde Novedades, aunque (siempre lo he reconocido) siguiendo las enseñanzas de las “Rutas de emoción” de Rosario Sansores.
Alguna vez estábamos Rosario y yo muy elegantes en un coctel, con nuestros sombreritos y nuestras pieles, y se acercó el pingo de Pepe Alvarado, ya más que achispado por varios “pálidos whiskies” (no los tomaba muy pálidos, por lo demás), y nos rindió una gran caravana:
—¡Ustedes sí saben de periodismo! ¡Las teorías pasan: los chismes quedan!
Le zampé ahí mismo una bofetada. Yo era joven todavía y no se me ocurrió que tales ironías pudieran ser una especie amistosa de homenaje. Los borrachines conocen formas curiosas de la amistad. Ahora me enorgullece que Pepe Alvarado —como me lo comentó después de enviarme a casa unas flores, cuando nos reconciliamos— no se perdiera uno solo de mis artículos.
Y considerado con atención, él también se ocupaba a ratos en sus crónicas más sencillas, de la misma vida cotidiana que nosotras. Sabía mucho de política y de filosofía (Pepe Alvarado era una eminencia), pero también platicaba sabroso de cosas cotidianas de la ciudad, de los barrios, de las vecindades. ¿Y qué me dicen de Renato Leduc?
Luego me encontré con que los mismos asuntos de mis “chismes”, de mi “Día a día”, se volvían tema de estudios universitarios, pero disfrazados de teoría sociológica: la “antropología” o “cultura de la pobreza” de Oscar Lewis. En las mujeres era denostado como chisme o cursilería lo que se celebraba en los hombres como “literatura popular” o “antropología urbana”. ¿Quién se acuerda ahora, por ejemplo, de Magdalena Mondragón? ¡Era una bomba!
Entonces llegaron los modernos, los pedantes, los profesores. Publicaban artículos como clases de universidad. Muchos conceptos intelectuales y técnicos, muchos datos, estadísticas; puras tasas de interés y Producto Interno Bruto. Para decir mu, como vacas. ¿Pero de veras leía alguien esas cosas? Hay intelectuales que se enorgullecen no sólo de que nadie los lea, sino de que nadie los pueda comprender: son ininteligibles.
Quedé pues como una ligera, como una platicadora caduca, entre tantos profesores. Pero me seguían teniendo consideraciones en el periódico y en los medios políticos, y me llegaban todavía muchas cartas de los lectores.
¿Por qué de pronto casi me obligaban a irme, o me degradaban a la trastienda de las notas de relleno? Alguna inconveniencia debí haber cometido, por distracción, pensé. Releí mis artículos de dos años ¡y encontré tantas denuncias, tantas impertinencias, tantos chistes —que en otra época parecían inofensivos—, que ya no atiné a descubrir en la repentina muchedumbre de mis posibles enemigos, al que de veras pudiera estarme estorbando!
—Pues vete a otro periódico, a una revista femenina —me recomendó Tere Burgos.
—¡Pero, Tere, si llevo quince años cultivando a mi público ahí! ¡Llegar a hacer méritos a otra parte! ¡Volver a picar piedra otra vez!
—Te seguirán adonde escribas.
—Soy conocida y estimada, en efecto, Tere, pero no la Simone de Beauvoir ésa que te encuentras en cuanto papel se imprime en México. Ni la Mary McCarthy ésa que me cae como migraña.
—Pues entonces vete a pelear a Gobernación y que te reinstalen con todos los honores.
Un subsecretario de Gobernación era mi amigo. Me tomó la llamada de inmediato y me citó para el día siguiente. Le pedí formalmente, de plano, que indagara por ahí en los expedientes secretos del gobierno qué decían de mí, qué pecado había cometido. Me miró sonriente, caballeroso:
—Emma, me conozco su ficha de memoria.
—¿Sí? ¿Y qué dice?
—“Emma Velasco: murmuradora peligrosa”.
Soltamos ambos la carcajada. Se ofreció a conseguirme tribuna en El Nacional o El Día, los periódicos del gobierno. Nadie los leía. Sólo escribían ahí los muertos de hambre. Dignamente decidí tomarme unas merecidas vacaciones del periodismo. No necesitaba los miserables honorarios que me pagaban. Trabajaba por gusto, para mis lectores. “Ya me buscarán”, me dije. No me buscaron.
Dejé correr la voz de que el nuevo periodismo comunistoide y economicista, sin sabor, sin gusto, sin vida cotidiana, ya no me interesaba. Me llamaron de muchas publicaciones menores, para pedirme cosillas con tema dado: “¿No podría escribirnos algo sobre el aborto o sobre el Año Internacional de la Mujer?” Me negaba. Mis quince años de rompe y rasga en Últimas Noticias, donde alegremente decía cuanto se me venía en gana sobre lo que fuera, habían terminado. Nadie me perseguía, sino el tiempo: simplemente había pasado de moda.
Me retiré como una gran actriz, cuando ya no le ofrecen estelares; mejor el silencio que andar causando lástima con bits, papeles secundarios o de carácter. Recopilé mis mejores artículos en dos antologías, para las que fácilmente encontré editor (sí, del gobierno, ¿qué otros editores hay en México?), y se vendieron bien: Novedades y costumbres (dos ediciones), Una reportera día a día (cuatro ediciones).
Mi hijo ya se había casado. Le compré una casita que él mismo escogió allá por el fin del mundo, cerca de la salida a Cuernavaca. (¿Vivir en la Ciudad de México para no vivir en la Ciudad de México? Nunca lo he entendido.) Cancelé mi estufa y mi refrigerador, y me aboné en el restorán del Hotel Bristol.
*
Déjenme contarles cómo fue que resulté periodista, un oficio que nadie me sospechaba, y menos yo misma. Ocurrió a mediados de los años cincuenta. Me harté de que mi santo marido me pusiera los cuernos con cuanta chaparra, flaca o magullada se encontrara cuando andaba borracho; nos separamos y me instalé con mi hijo en este departamento.
El edificio estaba nuevo y reluciente. Parecía destinado a gente distinguida, y no a convertirse en una vecindad vertical entre ventanales. Mi marido se vio generoso, y mis padres más todavía. Yo era enérgica, joven, hiperactiva. Me volví empresaria. En menos de un año me quemé una cuarta parte de mi fortuna en negocios fracasados.
Entonces me dijo Mari Lacunza, mi compañera del Colegio del Sagrado Corazón:
—¡Por favor, Emma, recupera el dinero que puedas: vende, traspasa, remátalo todo, e inviértelo en valores seguros! ¡Sobre todo no hagas nada, porque en dos o tres años, como vas, te quedas en la miseria!
—Acepto que soy una empresaria bastante manirrota, ¡pero cómo me voy a estar sin hacer nada todo el santo día, nomás yendo a cobrar cada trimestre mis intereses al banco! ¿No has oído que nada cansa tanto como no tener nada que hacer?
—Haz algo donde no hagas nada, donde no puedas perder el poco dinero que te queda.
—Ah no, empleaducha de checar tarjeta, no. No dejé a mi marido, quien nomás me daba lata de vez en cuando, para someterme a un puesto en la Secretaría de Industria y Comercio donde me den lata ocho horas diarias.
—Pues cásate de nuevo. No te faltan novios.
—Que se queden como novios. Segundas nupcias: palizas dobles.
—¿Hacer algo donde no se haga nada? —meditó Malú—, pues sólo la burocracia... o el periodismo.
—¡Eso! ¡Periodista! —gritó Mari—, eres replaticadora.
—Sabes escribir a máquina, y algo recordarás de taquigrafía —añadió Malú, con mayor sentido práctico.
Me compré un escritorio magnífico en una tienda de antigüedades. Anuncié que por fin iba a usar lentes, decididamente, y no de manera clandestina, como lo venía haciendo.
En una sola semana escribí tres artículos chistosos, “crónicas de color”, les decían, a la manera de los que recordaba de Barba Jacob, Novo, Mondragón y Sansores; cosas sobre la mujer y la familia, las inconveniencias y virtudes de la vida moderna, la hipocresía de la clase media mexicana, etcétera.
Un amigo mutuo me consiguió una cita con el maestro Novo, en su restorán de La Capilla, quien me mimó y aplaudió los tres artículos.
—Pero maestro, si yo jamás pensé en ser escritora. De no haber sido por las calaveradas de Joel...
—Ese Joel te salió imposible, ¿verdad? —rió el maestro.
—Grotesco, ridículo —exclamé como toda una intelectual.
—Los mayores talentos siempre están escondidos —declaró el maestro sabio—, y mucha gente ni siquiera los descubre en vida. Allá andan penando en el purgatorio: “¡Ah, pude ser esto; ah, pude ser lo otro!” Tienes suerte, muchacha —¡Muchacha! ¡A los treinta años y con un hijo!—; descubres tu talento ahora que de veras lo necesitas, y que gozas de la libertad para desarrollarlo. ¡Adelante! ¡Pero sé siempre tú misma, como lo eres ahora! ¡No te me vuelvas una marisabidilla, una existencialista, una latinparla, una profesora tediosa! Agarra y platica.
Malú sí era marisabidilla, existencialista y medio universitaria. Se lo aguantábamos desde chamacas, porque era descendiente de un tal Parra, filósofo del Porfiriato, a quien ni ella misma pudo leer jamás. Familia es destino. Le dio por las amistades intelectuales, se casó con un político comunistón (quien durante toda su vida hablaba todos los días del humanismo de Romain Rolland mientras, sin continencia alguna, firmaba edictos que desplumaban a los obreros), y enviudó felizmente para dedicarse de tiempo completo a patrocinar, con la malhabida fortuna política del marido, a poetas surrealistas y pintores abstractos. Todos malísimos.
Pero esa ya es otra historia. Lo oportuno, lo espléndido, lo increíblemente rápido, fue que me recomendó con su amigo el director de Últimas Noticias. Se trataba de un señor opaco y circunspecto que no se entusiasmó tanto con mis artículos como el maestro Novo —ni siquiera le mencioné que lo había ido a ver: Novo era el enemigo número uno de Excélsior, por su maliciosa travesura de la obra de teatro A ocho columnas, entre otras razones—, pero me los publicó de inmediato, muy destacados. Causaron furor. Sonaba mi teléfono todo el día. De la noche a la mañana me había convertido en una celebridad, en una escritora.
Sólo Malú me llevaba siempre la contraria, por la mala influencia de sus amigos intelectuales y artistas de pacotilla.
—¡Ponte a leer libros serios, Emma, por Dios! ¿Qué vas a hacer cuando acabes de contar todo lo que te decía tu abuelita, tus tías, tus compañeras del Colegio del Sagrado Corazón, tus comadres aristocráticas? Te vas a quedar sin temas. ¡Léete a Simone de Beauvoir!
Yo me lanzaba a conciencia sobre las obras que Malú me recomendaba sin haberlas leído. Simplemente me repetía como perico lo que decían sus amigos intelectuales. “Ahora hay que leer a Virginia Woolf, a Proust; ahora hay que admirar a Klee, a Brancusi” Y yo como tonta, por acomplejada, corría a ponerme al día. Quince días más tarde Malú ya no se acordaba que existieran Klee ni la Woolf; ahora me despreciaba porque no conocía yo, la pobre periodista, a Pollock ni a Truman Capote. Un cuento de nunca acabar.
Así era Malú Parra. Ahora me la ensalzan por las nubes y le confieren doctorados Honoris Causa póstumos. Hay una exposición en Bellas Artes del medio centenar de retratos que le hicieron los pintores mexicanos. ¿”Una de las mujeres más hermosas, más interesantes de las últimas décadas”, como dicen? Bueno: también la que sufrió más la chifladura de repartir dinero entre pintores principiantes, quienes en media hora embadurnaban cualquier garabato y se lo entregaban como gesto de agradecimiento:
—¿Pero eso es tu retrato, Malú?
Una especie de vísceras entre manchones de acrílico.
—Mi retrato interior, y el autorretrato del artista. No seas tan realista, Emma.
*
Total, para Malú el periodismo, y sobre todo el que yo hacía, era la cosa más vulgar del mundo. Todo el tiempo andaba regañándome: “¡Y ahora te fuiste a meter entre los greñudos de La Candelaria, para descubrir que se mueren de hambre! ¡Bravo por semejante descubrimiento! ¡Ay, Emma, lo que es no tener nada qué decir! Debías tomar unas clasesitas de Historia del Arte con el maestro Justino Fernández, o lo que sea”. Así siempre, y de viejitas peor. Cuando yo recordaba algo, cualquier minucia, resultaba que no, que para nada, que todo había ocurrido de otra manera. Nos hacíamos unas escenas, unos berrinches horribles. Murió felizmente, entre sueños.
—Cómo la envidio —me dijo Tere Burgos por teléfono—, nomás se acostó a dormir ¡y pase automático! En cambio la pobre de Chela Vallarta, ¿te acuerdas de Chela Vallarta?
—Desde luego, Tere.
—Pues se pasó toda la vida quebrándose el lomo y la cabeza para dejarles un patrimonio a sus hijos, y luego le vino esa enfermedad tan larga y tan latosa; que los médicos, los análisis, las medicinas, las enfermeras en su casa, las operaciones; cuando finalmente se le ocurrió morirse, había dejado sin un quinto a los pobres hijos, y endrogados de por vida. Mejor que jamás se hubiera preocupado por dejarles nada, y morirse más rápido, ¿no crees? Al menos no les habría heredado tales deudas.
Todas mis amigas son partidarias fervientes de la eutanasia.
—¿Supiste lo que le pasó a la pobre de Ofelia Múzquiz? —me cuenta Mari Lacunza, también por teléfono—, ¡increíble! Ves que ya andaba chiflada desde hacía tiempo, y le dio por sentirse solitaria y sentimental. Bueno: pues amadrinó a uno de los hijos de su sirvienta; lindísimo de chiquito, pero creció, claro. Para entonces Ofelia ya estaba completamente senil. Pues entre toda la familia del ahijado la secuestraron en un cuarto de la azotea; ahí le daban sus pastillas o sus inyecciones para tenerla dormida todo el tiempo, ¡y convirtieron la respetable casona de los Múzquiz en Tacubaya, ¿te acuerdas?, en un burdelazo de escándalo! Cayó la policía y ¿quién resultó la lenona? Pues Ofelia Múzquiz. Todo estaba a su nombre. Era legalmente la lenona, sin paliativo alguno. Ahí la tienes declarando ante el Ministerio Público: loca, desnutrida, desgreñada, gritando barbaridades, medio meada en su silla de ruedas... Como ya no le quedaba familia fue toda una odisea sacarla de la cárcel. La Chata Ábrego le hizo la caridad y le contrató unos abogados, pagó unas mordidas. Ahí se está pudriendo ahora en un manicomio de beneficencia. ¡Ay no, quién pudiera morirse como Malú! Dichosa Malú allá en el cielo.
Hace no muchos años estábamos todas en un banquete. La boda de algún nieto de alguien.
—Pues me voy a comer este molito para no hacer el desaire, pero de seguro me da chorrillo —dijo Mari Lacunza, poniéndose sus pesados lentes para examinar, como a través de un microscopio, los gérmenes de su plato.
—Antes, aunque fuera en un rancho, unos frijoles y ya, eran sanos, limpios; ahora todo te hace daño —añadió Tere Burgos, con un abundantísima peluca pelirroja casi indecente.
—Ya nada es como era antes —acepté, resignándome a mi papel en el coro de las Parcas.
—Desde luego —bromeó Malú—, ¡hasta las rosas eran de otro modo!
Pero la broma parecía en serio. Nos quedamos mirando como obsesas el adornito de la mesa, unas rosas flotando en un tazón de agua teñida de un azul espeso. Las tocamos. Sí, eran naturales, pero como producto de algún laboratorio. O una variedad rara. No, ninguna se acordaba de semejantes rosas en nuestros buenos años.
—Ya estamos todas más que listas para el asilo —siguió bromeando Malú, majadera y macabra.
*
Como comprenderán no pude terminarme mi sopa la tarde en que me atraganté con la noticia de su muerte. Me dio un acceso de tos. Se me bajó la presión. Y ahí estuvo lo curioso.
Reynaldo, el pianista cubano, toda su cara llena de dientes postizos, me ofreció un coñac. Me sentó bien. Hice a un lado las recomendaciones del médico y pedí cigarrillos y más coñacs. Nunca he sido bebedora, y me emborraché enseguida.
No recuerdo la reacción de los demás clientes frente a la viejilla ebria que cantaba desde su mesa los apolillados boleros que tocaba el decrépito pianista donjuanesco. No recuerdo sino la cara de Reynaldo, toda guiños y sonrisas, con sus dientes postizos por todas partes.
Debí haber dado todo un espectáculo por la calle, cuando Reynaldo y un mesero me trajeron cargando a casa. Seguramente soy, hasta la fecha, la comidilla de los vecinos. ¿Cómo le hacen los hombres para hallarle gusto a la borrachera, para soportar las crudas? Misterio. Los envidio: gracias al trago, dicen, se mueren antes.
Amanecí en el sillón de mi departamento con unas palpitaciones y unas náuseas terribles. “Ahora sí me voy a morir”, pensé. “¡Es tu culpa, Malú!”, le grité entre hipos.
Ahí a tropezones, como Dios me dio a entender, llegué a la cama, me puse solemnemente el camisón, me cepillé un poquito el pelo y me metí entre las sábanas a morirme de inmediato. Me apenó el espectáculo que se encontraría mi hijo días más tarde, pero por nada del mundo quise avisarle por teléfono, ni que me llevaran a un hospital. Todo me pareció tan fácil: cerrar los ojos y listo.
Pero no me morí durante toda la mañana infinita. Escuché, entre sudoraciones y pálpitos insoportables, todos los gritos de todos los niños del edificio; todas las alarmas descompuestas de todos los coches de la calle; todos los discos de moda de todos los hijos de los vecinos; los cláxones, los pelotazos, los timbrazos de teléfono, el estrépito de todas las aspiradoras del mundo, los taconazos de todas las señoritingas en los pasillos y la escalera.
A mediodía sonó mi teléfono: era el decrépito Reynaldo, socarrón:
—¿Cómo amaneció, Emmita? ¿No le caería bien un consomé calientito? Se lo llevo enseguida.
—¡Nada de Emmita, bribón! ¡Señora Velasco!
—¿Entonces qué, se lo llevo?
—Sea por Dios.
Llegó con un monumental traje lustroso del año de Maricastaña. Seguro se había pasado horas desmanchándolo con gasolina blanca. Sus enormes dientes postizos se veían más relucientes, como si les hubiera dado grasa, o al menos un buen trapazo. Traía un ramo de rosas, de esas rosas aterciopeladas y macizas que son de otro modo, y me hablaba con una insolente galantería, como todo un conquistador. (”¡Oh no!, pensé, suponiendo lo peor, ahora sí como en un infarto. ¡Nada más eso me faltaba!”).
—Emmita, tengo que confesarle una cosa. Ayer, ayer, ¡le robé un beso!
Reprimí el impulso de arrojarle la taza de consomé. Me le reí en la cara. Lo vi entristecerse con un gesto aún más ridículo que sus guiños de Don Juan. Sus dientes empequeñecieron, se opacaron. Tuve finalmente que consolarlo. Tuve que decirle que nos dejáramos, a nuestra edad, de payasadas.
Superada la cruda, supe que me quedaba más, todavía más tiempo por vivir. Si el coñac no me había matado, ni modo de tenerle miedo a una gripe.
Me han pedido que escriba algo sobre mis recuerdos de Malú. Lo he hecho a mi modo, personalmente: la memoria de su ausencia “Día a día”. No me toca hablar de sus méritos como mecenas ni como musa de poetas y pintores, sino de la vieja amiga que casi me arrastra consigo a la tumba.
Les decía que dejé de escribir hace veinticinco años. Siento mis dedos torpes sobre la vieja máquina Remington de mis mejores tiempos. Así siento mi relato, torpe y tentaleante. Lo que no está mal: cada estación en la vida tiene su ritmo, su temperamento. Y no me voy a poner ahora a deshacerme en flores y halagos a Malú. Los viejos no somos sentimentales.
Sigo yendo a comer, como siempre, al restorán del Hotel Bristol, donde el pobre pianista se esfuerza cuanto puede por hacer como que no ha pasado nada.
¿Los viejos no somos sentimentales? Últimamente me ha dado por pensar que, a final de cuentas, Reynaldo no toca tantas notas falsas en los boleros como se rumora. Así deben ser los boleros, un poco mal tocados; y cantados con esa especie de exageración cómica, con algo de broma en sus lamentos: el estilo de Bola de Nieve.

viernes, 1 de abril de 2016

PAUL BOWLES: CARTAS

CARTAS DE PAUL BOWLES


A principios de 1980 traduje para los suplementos culturales de Siempre y Unomásuno, y para Nexos, seis cuentos de Paul Bowles; durante esta época sostuve con el autor una pequeña correspondencia que ahora muestro, acaso incompleta (tengo la idea de hubo otra carta, que andaría extraviada o prestada por ahí).
         Bowles fue amable y generoso con su espontáneo traductor, y aceptó que no se le pagaran regalías. Rara vez se pagaban entonces en nuestro periodismo cultural. Mis traducciones recibieron la paga simbólica de siempre.
         Después de mayo no encontré editor dispuesto a publicar más traducciones de los cuentos de Bowles, y la correspondencia se suspendió. Luego vino el boom editorial y cinematográfico del autor de El cielo protector.
         No conservo copias de mis cartas. Las cartas de Bowles a veces están en inglés y a ratos en castellano, como se anota.
         Acaso den más luz sobre el tema Bowles y México, ahora que es un autor tan conocido en lengua española. En 1980 no lo era, salvo una remota traducción argentina de El cielo protector, en los cincuentas.
         La primera vez que compré un libro de Bowles, en Boston (1979), fue por chisme: quería saber quién era ese Paul Bowles que le había dado su apellido a la Sally Bowles de la novela de Isherwood (Adiós a Berlín.)
José Joaquín Blanco

I.
[MITAD EN CASTELLANO, MITAD EN INGLÉS]
Tánger, 6 de febrero de 1980
Estimado señor Blanco:
         Sí, leo en español, pero entre leer y escribir hay una gran distancia, desgraciadamente. Sabiendo que Ud. lee el inglés con más facilidad que yo el español, no debería ni tratar de escribir esta carta así. De todos modos, si veo que no llego a expresarme claramente, me queda siempre la posibilidad de cambiar de idioma y terminar en el mío, no sintiendo ninguna vergüenza.
         Va sin decir que me encantaría saber que existen buenas versiones castellanas de mis cuentos. Le estoy agradecido de haber mandado Tapiama [traducción recién aparecida en el suplemento de Siempre], que me parece un reflejo estilístico fiel y vivo del original. (Hay algunos detalles sobre los cuales no estoy de acuerdo. No sé si le interese, pero aquí sigue la lista: página xii, columna 1, párrafo 6, línea 2: “the law of diminishing returns” se traduciría literalmente: la ley de las ganancias que se van disminuyendo. “Returns” en el sentido de “reembolsos”. Página XIV, col. 3, par. 5, línea 2: “went over that” se refiere a las ruedas de un carro de tren cargado de plátanos. Sesenta toneladas de bananos no podrían “caer” sobre una pierna. Página XIV, col. 2, par. 8, línea 6: Tal vez hubiera sido más exacto si yo hubiera escrito “the macchine’s running backwards”. No es la descripción de una sensación subjetiva del protagonista, sino la constatación de un fenómeno observado desde cierta distancia. Página XV, col. 1. par. 2, línea 2: Lo que [se] está diciendo aquí tiene el sentido de: Si solamente puedo aguantar. Página XV, col. 2. par. 2, línea 1: No otra copita. Una copita. Página XV, col. 3, par. 4, línea 2: ¿Por qué ha Ud. cambiado cerdos en cabrones? El soldado se está acordando de una escena infantil, traumática, la matanza de unos cerdos en su aldea. Página XV, col. 1, par. 2. línea 9: “six days up the Tupurú” se refiere a una viaje de seis días por el Río Tupurú. (La acción pasa en algún país de Sudamérica.)
         Tengo una última sugestión. Estoy totalmente contra la idea de cambiar “a talking bird” en un loro, y le diré por qué. La palabra loro invoca inevitablemente la imagen de algo brillante, algo verde y amarillo ahí arriba en las ramas. Pero quiero presentar el pájaro únicamente en términos auditivos, no visuales. No es un loro; hay pájaros que pronuncian palabras raras sin ser loros, ni guacamayas, ni cotorros. He escuchado durante horas a los cuervos enormes de Sri Lanka hablando entre ellos, o por lo menos emitiendo sonidos que tienen la forma de palabras humanas. Desde el momento en que se emplea la palabra loro, la presentación se vuelve visual. Se oye su voz solamente. [Hasta aquí el español en la carta de Bowles].
         Pasemos ahora al inglés. Si he dedicado tanto espacio a las sugerencias y correcciones que podrían ser incorporadas a su texto, sólo es porque aprecio su excelencia; de otro modo, simplemente le habría dado las gracias y me habría olvidado de ello. Pero si usted se propone traducir otros cuentos míos, lo que deseo mucho, me pregunto si a usted le molestaría dejarme ver las traducciones antes de entregarlas a la prensa. Siempre hay pequeños malentendidos que si se les deja pueden dañar la obra, pero que fácilmente pueden ponerse en claro. Para mí, la exactitud es el sine qua non de cualquier arte.
         En todo caso, estoy profundamente agradecido con usted por enviarme un ejemplar de La Cultura en México, y por haberme demostrado que son posibles las buenas traducciones de mi obra en español. (Hasta la fecha, no he tenido la mejor de las suertes con mis traductores a ese idioma, en Argentina y España).
         Espero contar pronto con noticias suyas,
         Sinceramente,
         Paul Bowles.
II.
[MITAD EN CASTELLANO, MITAD EN INGLÉS]
Tánger, 29 de febrero de 1980
Estimado señor Blanco:
Su mensaje del veinte de febrero ha llegado ayer, junto con Un episodio lejano [que se publicaría en Sábado]; estuve muy contento de leer el cuento en su nueva forma. (Otro idioma da otra forma; nuevas palabras hacen ecos distintos.) Me quedé muy satisfecho con el resultado; es una gran suerte para mí tener alguien como Ud., que no solamente quiere, pero también puede, traducir mis cuentos. El castellano es uno de los pocos idiomas que puedo leer (aunque no escribir), y va sin decir que tengo mucho interés en saber que existe una persona capaz de transformar mi obra.
         Hablamos de Un episodio distante. Primero tengo un gran favor que pedirle: cambiar la ortografía de la palabra qahouaji. Cuando el cuento fue republicado en 1972 por Ecco Press emplearon el proceso offset, de modo que no fue posible corregir la ortografía de la edición original de Random House. Y cuando aparecieron The Collected Stories, las pruebas se perdieron, y así otra vez tuve que dejar el error. Todo eso es mi culpa y data de 1945, cuando escribí el cuento, no habiendo estado en África del Norte desde 1934. En esos años mi memoria auditiva debe de haberse vuelto defectuosa. Desgraciadamente, la palabra aparece con bastante frecuencia en el cuento; me parece que la he contado 23 veces.
         página 7, párrafo 2, línea 9: “el ruido de su chorro etc.” To listen no implica to hear. El sentido aquí es listened (for), but heard nothing. Claro que no puede oír nada: la distancia vertical es grande. Tal vez en español hay la necesidad de añadir algo que dé a comprender que escucha sin oír ningún sonido.
         página 7, párrafo 1, línea 15: El sentido de sinister en este caso queda más cerca de amenazador que de “horrible” Me guardo contra [me opongo a] el empleo de esta última palabra.
         página 12, par. 1, línea 14: Aquí hay un error debido a su visión. Creo que haya leído panting como painting —y de ahí llegó a “dibujar cosas en la arena”.
         En la última línea, en la página 13, no sé si comprendo la repetición de la palabra “brincoteo”. ¿Apoya a la imagen, o la aumenta? Esta no es ni siquiera una sugestión: es una cuestión, nada más.
         Pues mil gracias por su versión española. [Termina el texto en castellano; la carta sigue en inglés.]
         Ahora, para terminar la carta sin tener que estar pensando en errores de gramática y ortografía, déjeme agradecerle por los tres libros que tuvo la amabilidad de enviarme. La novela y el libro crítico sobre poesía mexicana los leeré con calma; el más pequeño de los tres [Ojos que da pánico soñar] lo leí anoche. Estoy de acuerdo con todo lo que usted dice —excepto que me pregunto si el presente estado permisivo de cosas en los Estados Unidos va a durar. Me parece demasiado probable que sobrevenga una oleada de encarnizada represión tarde o temprano, cuando podremos ver soluciones drásticas mucho más salvajes que las que ha practicado la Unión Soviética. Estoy pensando, desde luego, en una época de reacción política contra lo que la Derecha considera los excesos de la democracia. ¿De veras considera usted que la actual libertad va a continuar indefinidamente, e incluso transformar la escena mexicana en un facsímil de la escena norteamericana? Me parece que el apoyo personal a una causa tan impopular [los derechos de los gay] envuelve el peligro de poner en riesgo hasta la propia vida personal. Los archivos están retacados de detalles de los que en cualquier momento puede apoderarse esa gente que luce condecoraciones policiacas, para posteriormente usarlos como pruebas en juicios masivos.  El estado de cosas en los Estados Unidos es demasiado caótico como para que dure mucho tiempo, o eso me parece desde aquí. (No he estado en los Estados Unidos durante 11 años.)
         Me intrigan los timbres de su sobre. Uno dice 50. ¿Son 50 centavos o 50 pesos? ¿Puede costar 350 pesos mandar ese paquete? Supongo que tal es el caso, pues 3.50 no sería suficiente. Pero entonces parece que ha ocurrido una enorme devaluación desde que yo estuve por allá, cuando a uno le daban 4 pesos 75 centavos por un dólar, y uno podía tomar un taxi en cualquier sitio, entre San Juan de Letrán y el Zócalo, por un tostón. No he seguido las fluctuaciones de la moneda mexicana; he andado demasiado ocupado durante los últimos 35 años con los caprichos de las monedas locales: francos, pesetas, libras y dirhanns.
         Considero un gran golpe de suerte el que usted me haya escrito, y espero que lo siga haciendo. Grandes saludos.
         Paul Bowles.
        
III.
[EN INGLÉS]
Tánger, 2 de marzo de 1980
Querido José Joaquín Blanco:
En mi prisa por enviarle lo más rápidamente posible las correcciones a Un episodio lejano (en caso de que no fuera demasiado tarde para que usted las incorporara al escrito que envió a la revista), dejé de comentar algunos de los puntos de su carta.
         Me divierte que usted haya tomado pigs por seres humanos. Hasta donde sé, sólo en las pasadas dos décadas se ha usado en los Estados Unidos esa palabra para nombrar a los miembros de la policía, y la expresión no se generalizó sino hasta mediados de los años sesenta. ¡Cuando escribí Tapiama en Londres, en 1957, desde luego no la había oído usar en tal sentido! Ni yo ni nadie. ¡Es un ejemplo de cómo el paso del tiempo puede dar lugar a imprevistas interpretaciones de un texto!
         Sobre el pájaro parlante. Supongo que lo que yo me habría imaginado, si se hubiese tratado de algo visible, habría sido tal vez un tucán. Pero jamás se me ocurrió, hasta la decisión de Ud. de convertirlo en loro. Puedo entender que la reacción de un mexicano a la palabra “loro” no es una visual, una que contenga amarillo y verde, sino, como dice usted, una reacción determinada por su uso característico del lenguaje humano. Así que todo quedó arreglado.
         Me gusta que usted admire tanto a Borges como yo. En 1945 Victoria Ocampo estaba en Nueva York, y me regaló un ejemplar que acababa de publicar en las Ediciones Sur. Era El jardín de los senderos que se bifurcan, algunos de cuyos cuentos yo ya había leído en Sur. Me puse a traducir Las ruinas circulares, y publiqué mi traducción ese mismo año, en View, en Nueva York. Tres años más tarde, en Fez, cuando escribí un cuento para una pequeña revista de París (Zero), le rendí homenaje a Borges titulándolo The Circular Valley. (No se trató de una forma muy directa de expresar admiración, lo admito.)
         Cuando usted habla de su deseo de “conectar la brutalidad de cuentos como The Delicate Prey o If I Should Open my Mouth” con Fräulein Windling, supongo que quiere decir que usted encuentra discrepancia en sus respectivos puntos de vista.  Pero no hay diferencia. Desde luego, no puedo probar mi afirmación, mientras que usted sin duda podría añadir pruebas convincentes de lo contrario.
         Su estudio de las varias formas de violencia, particularmente lo que usted llama “las minucias eróticas, morales y mentales”, promete irse enriqueciendo.
         Mis mejores saludos.
         Paul Bowles.

IV.
[TODA LA CARTA EN CASTELLANO]
Tánger, 24 de marzo de 1980
Estimado José Joaquín Blanco:
Recibí su sobre esta tarde, con The Delicate Prey [que aparecería en Nexos como “La caza tierna”] y las fotografías [de Lola Álvarez Bravo; Bowles ilustraría uno de sus libros con fotografías de Lola: She woke me up so I killed her]. Hay algunas de toda belleza; la de Eronguarícuaro es maravillosa. Mil gracias.
         Verdaderamente no hay nada que corregir en la traducción del cuento. Es excelente; tenía la impresión de que lo estaba leyendo en inglés, todo corre tan limpiamente. (Hay dos puntos, uno en la primera página, segundo párrafo, sexta línea: guerra del Sarrho; el otro en la décima página, primer párrafo, octava línea: Sidi Ahmed... a partir de eso, nada.) (El Sarrho es una región montañosa en el sur de Marruecos, sus habitantes [fueron] los últimos en rendir sus armas a los franceses en 1936. Sidi es la forma posesiva, primera persona, de síyid. Como decir Mi Cid, o más bien: el mío Cid.
         Sobre el título, no sé. Creo que la palabra caza es preferible a presa, y tal vez la palabra tierna estaría más cerca de lo que buscamos que la palabra frágil, que no se aplica a la comida. (Todos, menos el Moungari, pensaban en términos de comer carne tierna; eso era la presa delicada, claro. Tierna está más cerca del pensamiento de los protagonistas que delicada, pero quería evitarlo en inglés cuando lo escribí, prefiriendo delicada.  En español, ¿por que no tierna, La caza tierna? Hay que decírme[lo]. Si hay una “idea” en el cuento, es que la caza clásica del hombre es el hombre mismo. Aquí los tíos hablan de gacelas. El Moungari está pensando en la caza clásica. (Gacela se aplica a los adolescentes de ambos sexos). Nadie trae esa carne tierna, pero el Mougari, quien ha cogido la caza clásica, ha derribado la presa delicada también: ha comido carne tierna, so to speak...
         Tapiama: las frases sobre la libertad: “The question of freedom...” Quería decir: pasando cierto punto, entre más invierte uno, menos saca. Más esperas, menos recibes. Mejor no desearla. Y además, piensa, ¿qué es la libertad?, etc.  No es tan gran cosa. La libertad corta los cables, y lo deja a uno a merced de las olas, flotando. Eso era más o menos el sentido del pasaje.
         Ha solucionado Ud. el problema del pájaro de una manera ideal, y tan sencilla [ni loro ni “pájaro parlante”: sólo “un pájaro dijo una especie de palabras”]. Podría ser suprimida la palabra talking hasta en la versión inglesa.
         Estoy completamente de acuerdo con Ud. sobre el efecto terapéutico que puede tener el acto de traducir. He hecho traducciones del francés y del italiano mucho antes de empezar a escribir cuentos. Es buen entrenamiento para cualquier[a]. Llega uno a conocer todas (exagero: muchas, de todas maneras) las veredas dentro del lenguaje; más tarde, cuando [uno] está solo con su propio trabajo, no se pierde.
         Lo que dice usted sobre la música también es exacto. Me gustaría mandarle una cassette con mi propia música; la idea me ha venido cuando le he escrito que todo viene del mismo lugar y todo es igual. De ahí he saltado a la música, reflexionando que lo mismo se aplicaba a ella. El mismo tema, tratado de diversas maneras, atacado de varias facetas, da resultados y produce efectos enteramente diversos. El sujeto, así como el “estilo” quedan siempre iguales, pero lo que parece “decir” la música puede ser cada vez distinto. Y sin construir analogías indeseables entre música y literatura, puedo afirmar que en este caso la relación entre tema y tratamiento queda igual en música y literatura.
         Pues bravo por la traducción, y espero tener más noticias cuando [nuevas traducciones] se acumulen. Y gracias por las fotografías [de Lola] de un México [de los años cuarenta] que corresponde con mis recuerdos.
         Con mis mejores saludos,
         Paul Bowles.

V. [EN ESPAÑOL]
Tánger, 29 de abril de 1980
Estimado señor Blanco:
El sobre con Sábado [con Un Episodio distante] y los tres cuentos [que se publicarían en Siempre: Doña Faustina, Bajo el cielo, El señor Ong y el señor Ha, todos de tema mexicano] llegó ayer. Gracias, y sobre todo felicitaciones. Es extraordinario hacer traducciones tan esmeradas y exactas con tanta rapidez. (A veces tengo la impresión, durante la lectura, de leer mi propia versión en inglés, o de haber escrito el original en español. Hablo de los tres cuentos mexicanos que recibí ayer.)
         ¿Entonces The Delicate Prey puede tener como título La caza tierna? Me alegro. Sobre “luciérnagas” y “escarabajos”. Tal vez hay que emplear luciérnagas. No quería emplear la palabra porque veía una diferencia entre las luciérnagas de Europa y las de México. Y claro, luciérnaga es en inglés firefly.  Cuando los examinaba, los insectos de México me parecían más cerca del escarabajo que de la mosca, pero no soy entomólogo: si “escarabajo” parece presentar problemas, no hay ninguna razón para insistir en la palabra.
         Cuando escribí sagging bed tenía la imagen de un colchón informe tendido sobre un lecho de resortes rotos e inflexibles por un lado. Pitcher aquí se llamaría garrafa o cántaro. ¿No es igual en México? La vela estaba atrás de la garrafa; son dos objetos distintos.
         Sobre “fonda”: supongo que hay que emplear una palabra que se comprenda en México. Sin embargo, mi diccionario da como traducción hotel, inn, tavern, lodging-house. ¿Por qué no “pensión”? (En Andalucía, el marroquí fondouq, donde animales y personas pasan la noche, se ha convertido en “fonda”, y extiende las mismas facilidades; la palabra era común hace pocos años.)
         Cuando he escrito vultures, naturalmente estaba pensando en zopilotes, pero no quería emplear buzzards, que es la traducción exacta de zopilotes, porque hay buzzards en los E. E. U. U. y los de México me parecían más grandes. ¡Finalmente van a ser zopilotes!
         Tal vez para las marimbas se podría emplear solamente ronroneo, sin “tintineo”. Claro que los dos juntos no suenan muy bien, pero ronroneo podría arreglar el asunto, creo. El sonido viene de lejos.
         Hay algunos detalles que me preocupan: En la página 6 de “El señor Ong”, último párrafo, línea 2: hay “en gran medida”, y al final de la línea hay “los grandes árboles”. ¿No sería posible cambiar “en gran medida”, empleando la palabra únicamente para la cosa visual?
         Desgraciadamente la palabra niche se traduce en el nombre del protagonista del cuento [Nicho]. Una cosa que no se me había ocurrido. ¿Cómo podemos resolver eso? ¿Hay otra palabra, como hueco, hoyo o boquete? No sé. Estoy pensando en las palabras que emplearía aquí. Cualquier palabra que no sea “nicho”.
         En la página 15 del mismo texto, párrafo 4, por “la tormenta” se comprende “el trueno”. El gemido de la tormenta, ¿podría ser el sonido del viento en los árboles, o la lluvia, no?  Pregunto porque no sé.
         Página 21, par. 1, línea 2: /gran nube blanca (?).
         Página 22, par. 5, línea 2: No debería ser el imperativo. Luz no le está diciendo que no debe tener miedo; le está diciendo que ella sabe que no tiene miedo. Cómo: ¡tú no les tienes miedo!
         Acabo de constatar que en Un episodio distante hay un error: carbide lamp ha salido una “lámpara de petróleo”. Pero no había lámparas de petróleo en el Sahara: eran de carburo, y daban un olor de azufre.
         [Lo siguiente en inglés:] Quiero salir de esto de inmediato, así que pongo punto final.
         Mis mejores saludos.
         Paul Bowles.

VI. [EN ESPAÑOL]
Tánger, 13 de junio de 1980
Estimado señor Blanco:
Muchísimas gracias por las dos revistas [Nexos, Siempre] llevando cuentos míos; he releído las tres narraciones mexicanas. Suenan muy bien, como si hubieran sido escritas en español. Una gran satisfacción para mí, ver mis cuentos vertidos al castellano, y ver, además, que les cae[n] bien [las presentamos muy elogiosamente en ambas publicaciones.]
         No se me había ocurrido que había tantos cuentos mexicanos, pero claro que hay varios: The Scorpion, Under the Sky, The Circular Valley, Paster Dowe at Tacate, Señor Ong and Señor Ha y Doña Faustina.
         Estoy esperando la llegada de una docena de estudiantes de los E. E. U. U. Vienen para asistir a unas clases que tengo que dar sobre la narrativa. (Creo que llegan sobre todo para estar en Tánger las seis semanas que dura el curso.) Ya tengo varios manuscritos que me mandaron. La idea de dar instrucción no me atrae de ninguna manera, ¡pero el trabajo me ayudará en mi lucha contra la inflación!
         Gracias. Y hasta luego.
         Paul Bowles.



martes, 1 de marzo de 2016

HOTEL ACQUASANTA

HOTEL ACQUASANTA
por José Joaquín Blanco

"Se cuenta que un día un oficial de marina amigo suyo, le enseñó un manitú traido del África: una pequeña cabeza monstruosa que algún pobre negro talló en un trozo de madera.
-Es muy fea- dijo el marino-, rechazándola con desprecio.
-¡Tenga cuidado! -repuso Baudelaire, inquieto-. ¡Podría ser el verdadero Dios!"
ANATOLE FRANCE: “Charles Baudelaire” en La Vie Littéraire, III

1
Llevaba dos horas esperándome en el presuntuoso hall del hotel Acquasanta, con una Biblia en la mano para que pudiera reconocerlo. Ya se había sentado en todos los sillones y había caminado veinte veces de la recepción a la entrada, de la entrada al restorán, del restorán a los pasillos. Pero no tenía cita: yo le había aclarado, cuando llamó al programa radiofónico "Dios somos todos", que sólo estaba de paso en Tlanepantla, de prisa, agobiado por todo tipo de compromisos; que se tranquilizara, que todo tenía remedio en este mundo: que sólo su aprensión y sus temores creaban monstruos que en la realidad no existían sino como pequeños problemas de todos los días, perfectamente naturales, que afectan tarde o temprano a todos los hombres; que yo mismo lo llamaría en mi próxima visita.
Logré evitarlo al salir de la estación de radio -no sólo se las había arreglado para que me pasaran al aire su llamada sino que además averiguó en mala hora dónde me hospedaba-, pero sospeché que insistiría y me metí a un cine a matar el tiempo: más de media película de extraterrestres, para fatigarlo y desalentarlo. Mi negocio es predicar en los medios de comunicación y en conferencias de paga, en teatros y auditorios; no agotarme en consultas privadas gratuitas.
Había amenazado con aguardar toda la noche y toda la madrugada si era preciso: le urgía hablar en privado conmigo. Cumplía su amenaza. No necesité su Biblia: de inmediato identifiqué su aparatoso, grotesco, porte de atribulado. Tuve que reprimir una carcajada: me pareció otro extraterrestre.
Ahora todo mundo sabe que soy un "falso cura". El obispo de Ecatepec me armó un escándalo en la televisión y hasta intentó hundirme en la cárcel. Pero yo nunca afirmé que fuera uno de los curas de su diócesis, ni siquiera me presenté alguna vez, durante los cientos y cientos de emisiones de radio en que auxilié a los radioescuchas atribulados, como clérigo romano. Nadie tiene el monopolio de Cristo. Soy sacerdote de mi propia iglesia cristiana. Predico que Cristo somos todos.
Un gigantón deslavado, algo barrigón, con mandíbulas enfáticas y unas manazas de la Edad de Piedra. Temí que sus abrazos me descuartizaran. Un aliento fétido, bilioso. Inyectados ojos de insomne. Y sin embargo tan gentil, casi afeminado -si nos pudiéramos imaginar gorilas afeminados-, que me hizo sospechar su inexperiencia en el trato social. Probablemente un bodegonero o un trailero acostumbrado a una conducta ruda y directa, elemental, sin muchas palabras, en el brete de presentarse como refinado.
Vestía un traje con arrugas de ropero. Quizás llevaba años colgado ahí a la buena de Dios, desde la última boda familiar, entre los vestidos de juventud de su esposa. Porque semejante cuarentón era inconcebible sin una o varias esposas y un buen racimo de escuincles mocosos, majaderos, lamentables. Cherchez la femme!, me alerté para mis adentros.
Hablaba con la misma torpeza de su traje, de sus ademanes, como si tuviera que traducir a un lenguaje raro, de etiqueta, sus pensamientos burdos. No encontraba las palabras o se tropezaba con términos equivocados, que seguramente jamás había pronunciado, que se le habían pegado de algún especioso programa de radio y se había dado a la tarea de inventarles un borroso y elaborado significado, en lugar de acudir a un diccionario de bolsillo.
-Padre Terán -me dijo-, no sabe cuánto lo pronostico; desde hace meses perpetúo sus homilías, hasta he esbozado ejecutarle algunas cartas, pero soy un escrupulado neófito en las infraestructuras del Espíritu, un pobre pecador que se promete ahincar el Evangelio...
-Vamos, hombre, al grano: necesito dormir un poco y antes debo cenar cualquier cosa...
-Prométame conviviarlo...
-Prometido. Pero de una vez. En un rato cierran.
Casi lo arrastré al restorán. Pedí el platillo y el vino más caros.

2
No vayan a pensar que soy o me quiero hacer el cínico ni el rufián. No trato de escandalizar a nadie. Sin duda alguna, quien esté leyendo mi relato ya no necesita que nadie lo espante a mis costillas. Mi desprestigio ha sido total (ya se olvidará pronto, y para entonces tendré otro nombre, en otro sitio, con otros negocios), y en nada me beneficia justificarme ni flagelarme. Simplemente quiero decir que un tipo abusivo me puso de mal humor.
Ya me imagino al filantrópico lector agraviado: "¡Un cura falso, charlatán radiofónico, maltrata y zahiere -así se dice: zahiere- a un ingenuo hombre del pueblo, ignorante, inocente, crédulo, atormentado!" Evito que el lector humanitario se precipite en sus indignaciones: anticipo que el tipazo de marras era un criminal fugado de una cárcel de Michoacán; vivía en Tlanepantla con nombre y credenciales falsas; ni su reciente esposa -porque había dejado por el ancho mapa nacional regadas media docena de esposas con escuincles, todos bautizados con apellidos falsos y diversos- trasuntaba su oscura historia, perfectamente digna de cualquier salvaje.
Me enteré de ello más tarde, claro está: pero mi olfato es rápido, mis premoniciones avizoras. Indudablemente había gato encerrado. El gigantón parecía demasiado teatral, rebuscado, elaborado. No me tragaba que fuese un pobre de espíritu. Algo me quería vender, o transar, me dije. Y por el momento ataqué un pedazo de bolillo con mantequilla.
Sé que a los devotos los asusta un poco la gula de los curas. La ven poco espiritual. Cuando trabajo en serio procuro llegar a los festejos con algo en el estómago, para dar la impresión de que sólo por condescendencia admito displicentemente algún bocadillo. Pero quería advertirle al tipo que se anduviera con cuidado. Que sospechaba su juego. En realidad, hasta me asustaba un poco. Pero en mi oficio siempre se corren riesgos -espías, chantajistas, defraudadores, megalómanos-, y he aprendido a divertirme un poco hasta en las situaciones más inseguras. Mis terrores me entretienen.
-¿Y por qué me buscas precisamente a mí? -lo tuteé sin miramientos, de tahúr a tahúr-. ¿Y el párroco de tu colonia?
Se miró las manazas de tablajero, las uñas sucias.
-Los curas de barriada sólo panoraman escrupuleados pecados minutos. Hace algunos meses divagué su homilía en la radio. Usted comunicaba que había trascendido a múltiples criminales, de la ralea degenerativa, antiestrófica. Que impávido auscultaba hienas de holocausto. Y que todo lo podía condonar, que su corazón sancionaba por la pendiente exonerable a los cristos más incógnitos y nefandos en sí, de suyo. Que el asesino es Cristo y el asesinado es también Cristo, y que todos somos Cristo y santa paz amén.
-Nunca declaré tal cosa.
-Yo la consigné en una agenda, bitacoreadas están la fecha y la hora.
-¿Andas buscando confesión, el perdón de tus pecados? Pásame el guacamole. ¿Tan tremendos son? Salucita. A lo mejor sólo dije que muchas personas se imaginan más pecadoras de lo que en realidad son, nomás por orgullo, por sentirse interesantes y malditas... He encontrado tanta gente tonta que se imagina en pecado mortal porque se tragó un macarrón. Llégale a tu caldo, que se te enfría.
Trataré de resumir su jerigonza. No, no buscaba confesión ni perdón de nada. No creía mucho en eso. Por lo demás, todo ya se lo había confesado y perdonado a sí mismo. ¿Qué otra le quedaba? Uno ha de seguir viviendo de cualquier manera consigo mismo, ni modo de mudarse de pellejo. Al diablo los escrúpulos, que son más para ostentarse que para practicarse, si es que en realidad alguien ha llegado a conocerlos. Por lo demás nunca se había sentido arrepentido de nada, lo que era arrepentirse de veras, salvo cuando tenía mala suerte y las cosas le salían mal. Pero no podía llamar a eso arrepentimiento, sino coraje y pena de su mala suerte o de sus tonterías. Sin embargo, últimamente, últimamente...
-Salucita.
Últimamente no se reconocía. Después de tantos y tantos años de no espantarse de ningún muerto, de no inmutarse absolutamente ante nada, porque debía yo saber que había conocido el crimen, la crápula, la mierda, la crueldad, la miseria, absolutamente todo, desde antes de aprender a hablar, porque entre esos pañales se había criado, y todos a su alrededor eran lo mismo, y sólo parecían asombrarse de hechos semejantes las locutoras remilgaditas de los noticieros de televisión, “escrupufulosas”.
-Acábate de una vez tu caldo. Ya nos están corriendo.
-¿No aspira a degustar otra copa de licor? ¿Se la escancio?
-Ya nos están corriendo. Pide dos botellas de ron y unas cocacolas. Me resignaré a seguirte escuchando en mi cuarto. Y de una vez paga la cuenta.
No, no era una simple cuestión de dinerillo. Extrajo de la bolsa del pantalón tremendo fajo de billetes. De los más grandes, e incluso dólares. Se trataría de algo más gordo. Me podría querer de cómplice para algo de veras mayúsculo, pensé con cierto temor. Pero no se me iban a indigestar las puntas de filete recientemente incorporadas a mi epostuflante fisonomía -empezaba yo a contagiarme de su lingo-; ya he dicho que suelo divertirme un poco incluso en mitad de los episodios más arriesgados.

3
Echado en la cama, con una cuba en la mano, ya sin la menor intención de asumir una pose sacerdotal, miraba al gigantón desgarbado, neurasténico, casi fantasmal, ir y venir a grandes zancadas en el cuarto pequeño. También traía una cuba en una mano, que casi no probaba (la otra no soltaba la Biblia).
Me contaba su vida sórdida. No sé cuánto exageraba: innumerables hurtos y riñas, golpizas, violaciones, algunos asesinatos. No le dije que abundantes vidas similares se escondían en los suburbios de las ciudades y en los pueblos, incluso (o sobre todo) en zonas adineradas. La suya en todo caso resultaba un tanto cuantiosa y prolija en episodios de monótono corte policiaco. Pero cuando la vida bandolera se vuelve normalidad en toda una familia, en todo un barrio, en un estrato social y hasta en una nación, ya resulta mera cuestión de estadística el censo de los "ilícitos", como él los denominaba. La larga vida del virtuoso prolifera virtudes; la del mezquino, triquiñuelas; la del "lacra"...
-Soy un sujeto tipo lacra, padre Terán..
La del "lacra", como mala hierba, como plaga silvestre, multiplica episodios criminales. Eso lo sabía muy bien B. R. (llamémosle así) y ni se avergonzaba ni se rebelaba contra su destino. Había llegado incluso a divertirlo. Contaba algunos asesinatos más digamos entretenidos o pintorescos que otros; no conseguía dejar de sonreír (en memoria de antiguas, largas carcajadas) ante ciertos fraudes o robos más ingeniosos o novelescos que otros.
Algo de pudor conservaba (o fingía) ante ciertas violaciones, pero en su digamos estirpe "lacra", a final de cuentas, todo mundo se había cogido finalmente a fuerzas a alguien, con el expediente de unos cuantos madrazos para facilitar y amenizar el procedimiento. Él mismo había sido violado en su más tierna infancia por su propia pandilla, en una especie de rito iniciático, como novatada, cuota de ingreso o para "dejar prenda" a fin de pertenecer a ella. Fue a dar al hospital con el ano desgarrado, pero no denunció a sus agresores -que por lo demás no hubiera sido difícil rastrear entre los chamacos del vecindario con quienes se le veía en la calle a todas horas todos los días; con quienes se le siguió viendo, porque al fin y a cabo eran su "flota", su "raza", y a muchos otros les había ocurrido algo así, como a muchos otros les aguardaría su turno de iniciación, prenda o novatada, a la vuelta de los años, ahora con B. R. entre los agresores...
-No es insólito soportar el Mal, padre Terán, como usted ha epigramado en su emisión radial; consuetudinarse a él cual memoranda cotidiana, sin ínclitos desdoros, incluso sin dolor, ni siquiera disgusto intrasensorial o patológico. Así se aterriza la biografía inverecunda de los muchos, hasta que todo mundo epiloga por morirse.
No sé si me divertía más el dépaysement de su moral o el dépaysement de su florido discurso. En el fondo, todo me daba la impresión de una bufonada (me lo sigue pareciendo: escribo esto desde ahora para que en un futuro no se me ocurra que sólo lo soñé). Lo hubiese tomado fácilmente por un farsante o loco vulgar, sin creerle una palabra, si no recordara con demasiado asombro -el bulto seguía delatándose en la bolsa izquierda del pantalón- el fajo de billetes.
Y últimamente, últimamente... su universo se "desfracturaba", se "trascoyuntaba", se resbalaba como piso aceitoso bajo sus pies. Casi no podía comer: sentía hambre, pero su cuerpo se negaba a aceptar el alimento; se le atragantaba, era rechazado con espasmos y vómitos por su aparato digestivo o por sus nervios, se le contraían el cogote y las tripas, vayan ustedes a saber. Tampoco dormía mucho: se caía de fatiga pero sus nervios no le permitían abandonarse al sueño más que por periodos de diez, quince minutos, que lo agitaban y extenuaban por competo. Despertaba más cansado que antes. Llevaba meses con semejante vida fantasmal.
Todo, por otra parte, le parecía frágil e irreal, como si deambulara "en guisa de autómata" en mitad de un sueño. No creía que los muros, las sillas, el suelo, el techo, el excusado, sus propios brazos fueran reales y "objetivos, sólidos"; sino como "plasmáticos y cloroformizados", traslúcidos, gelatinosos; esa silla, por ejemplo, estaba a punto de invadir la mesa o la pared cercanas como una mancha de aceite invade el agua. Todo era como líquido, el mundo lo enclaustraba "a la manera de un acuario glauco, limoso, con medusas, algas y tiburones".
-No mames, B. R.; lo que pasa es que has escuchado demasiados programas "espirituales" de la radio. Empezaste como simple criminal, pero de tan trivial inicio has degenerado hasta el anacoluto, el barbarismo y el ripio. Existe la absolución para el asesinato y el estupro, hasta para el parricidio, ¡pero ninguna religión exonera el anacoluto!
-¿El qué? ¿Qué carajos es anacoluto?
-Nomás búscale la rima. Y entre tanto tráeme otra botellita de agua purificada. En el baño, sobre el lavabo. Estoy sudando puro ron y cocacolas; me siento más pegosteoso y gelatinoso que tus fantasmas. Y sobre todo, fácil criminal, ¡huye del anacoluto!


4
Para entonces ya era media madrugada. Nos hubiera rodeado el silencio si no nos llegaran a ratos, enfáticos, ciertos jadeos y ruidos eróticos de los canales de tele porno de los cuartos vecinos, o de los entusiastas huéspedes que los emulaban.
¿Quién de tal manera conjuraba, asediaba, visitaba, conturbaba a B. R.? ¿Era Dios o el demonio, o las rencorosas almas de los muertos; las víctimas que sólo habían esperado silenciosas tantos años para cobrarle todas sus cuentas juntas? ¿Le estaban cobrando qué, quién precisamente le estaba cobrando qué cosas? ¿Todos le estaban cobrando todo al mismo tiempo? ¿No había modo de escapar, de exorcizar a sus perseguidores, de llegar a un arreglo con ellos, de irles pagando en abonitos? Nunca antes B. R. había sentido escrúpulos ni remordimientos; en realidad, tampoco ahora los sentía; no eran pues la Conciencia ni la Culpa. ¿Qué diablos era?
-Usted debe trasuntarlo; usted que ha aforizado réprobos, palinodiado caníbales, alocucionado reos de cadena perpetua, epistolado narcosatánicos, reconciliado forajidos que se programan epitalámicamente un tatuaje por cada delito, y ya llevan todo el cuerpo cundido de escrituras y trazos omnígamos, como graffiti de bardas defeñas, en pellejudo laberinto; usted que ha imbricado a la Santa Muerte y a Changó...
-Para nada. La santería no es mi fuerte -le respondí ya algo ebrio, más divertido que asqueado-. Hay otros colegas no difíciles de localizar. Se anuncian en los periódicos y en internet...
El tablajero gigantón de pronto se vino abajo, como res fulminada; quería llorar pero el llanto no acudía a su llamado; quería seguir hablando pero no se qué contracturas del pecho le ahogaban las palabras. Babeaba, se sacudía, se le enrevesaban los ojos en blanco. Todo un endemoniado. No quedaba más remedio que exorcizarlo. ¿Pero no me estaría tomando el pelo? Dos farsantes: uno se que se hace el cura y otro el penitente.
Se imponía, pues, destrabar la comedia, o nos quedaríamos el resto de la madrugada con sus babeos y convulsiones en el suelo. Probablemente ya no tenía nada más que decirme. Agotadas finalmente sus improvisadas y baratonas dotes retóricas e histriónicas, había alcanzado su clímax. Entonces yo, el falso cura, abandoné el resto de mi trago en el buró, fingí un trance, un contacto con el Absoluto (todo ello con cierta parsimonia, sin acudir a sus recursos de teatro de feria, que no son mi estilo; ademanes y movimientos simplemente ceremoniosos, concertados, oficiales), y extraje sus demonios:
-¡Encuérate! -le ordené.
Que nadie quiera ver lascivia en mis intenciones. Nunca me han excitado los varones, y mucho menos los gigantescos panzones desgarbados de cuarenta y tantos años. Éramos dos hombres de más que mediana edad, bien gastados por la vida, sin atractivo sensual alguno. La orden surtió su efecto. Se atenuaron sus convulsiones. El llanto encontró finalmente cauce, a borbotones. Un pudor de señorita empavoreció al cínico curtido.
-¿Qué me va a hacer? -se quejó con bovina mirada plañidera, como un niñito frente a una pandilla de violadores.
Retomé mi cuba. Me raspé la garganta y atrapé al vuelo el gargajo con la mano, como a una mosca; lo embarré en una almohada.
-¡Encuérate! -repetí.
Se incorporó y se fue desnudando dócilmente, con una torpeza y una falta de gracia irremediables. La Biblia quedó abandonada junto a un zapato. Traía pistola, que dejó a mis pies, en la cama. Era una res verdaderamente repugnante y sucia, desollada. Se volvió de espaldas en un último resto de pudor, para no exhibirme de frente sus enormes genitales aguados, pero se encontró frente a un espejo que encuadró, como una fotografía, su gesto de bajarse los calzoncillos hasta los pies: los genitales como bofas vísceras en un rastro, y su mirada lastimosa, ofendida y resignada hasta la abyección.
La presuntuosa decoración modernista, lujo estridente y barato, del cuarto del Hotel Acquasanta, con sus muebles, lámparas, cuadros abstraccionistas, cortinas y demás parafernalia de colores chillones, se concentraban en el espejo claroscuro y resaltaban la fealdad de ese exangüe pedazo de animal en cueros, casi en canal.
-¿De veras crees que a alguien del Más Allá o de Cualquier Parte le interese ese esperpento?
Cayó de rodillas, con un llanto numeroso. Se imagino más humillado de lo que hubiese sufrido entre rufianes y policías, en la cárcel o durante madrizas en despoblado. Su propia mirada lo ofendía y degradaba. Que nadie me acuse de sádico. Él mismo era conjuntamente su tribunal, su condena y su retazo de infierno.
-¡Hijo del Hombre! -proseguí-. ¡Carga con tu lote de huesos, tripas y caca lo que te reste de existencia! O pégate un tiro. -Hizo ademán de tomar la pistola: por lo visto estaba dispuesto a obedecerme en todo; me alarmé, lo contuve: -Pero no aquí, Hijo del Hombre. ¡No me gusta el tiradero! Ahora ya sabes lo que hay que saber. Dios somos todos y valemos una bendita mierda, más allá de lo que en nuestra vanidad llamamos infamias o virtudes. Ahora agarra tus tiliches, vístete y lárgate sin más panchos. Déjame tres mil pesos.
Acató de inmediato, cual quinceañera que inopinadamente restaña su pudor. En dos minutos estaba fuera.

5
Dormí la mona de los justos hasta mediodía y retomé mi gira de predicaciones radiofónicas por media república. Dios somos todos. En una populosa cantina de Tamazunchale me alcanzaron las denuncias del obispo de Ecatepec. Nadie en la cantina me encontró parecido con el video de archivo que exhibía el noticiero televisivo nacional. Yo seguí jugando dominó como si nada. No era la catástrofe armaguedónica que pretendía el obispo, sino solo una contrariedad, el final de un negocio. El "falso cura Terán" o el “falso cura Garatuza”.
Mis abogados no encuentran delito qué perseguir, pues nunca me dije cura de esa diócesis ni de esa iglesia; que la gente haya pensado otra cosa no es mi problema. Aunque a la gente no le importa tanto esa formalidad, ese trámite, de haber sido o no ordenado sacerdote oficialmente por tal iglesia o tal obispo. Nunca he tenido mayor demanda que en medio de mi supuesto desprestigio. Pero mis abogados me recomiendan mesura hasta que se desinflen y apolillen todos los morosos recursos judiciales. En consecuencia, no afirmaré nada. Sólo estoy recordando mi "drolático" episodio con B. R., en el Hotel Acquasanta de Tlanepantla.
Allá ustedes si encuentran -es cosa suya- cierto temblor de reconocimiento entre el probable criminal y el cura cuestionado. Allá ustedes si se imaginan que yo también nací y me crié entre los pañales y los lodos de la miseria, la crueldad y la violencia, “tipo lacra”. Allá ustedes si me imaginan como niño recogido para criado, monaguillo y sacristán y otros poco halagüeños menesteres por algún abusivo cura formal, un cura con diploma. Allá ustedes si inducen que en alguna parte debí aprender las mañas y los resortes del negocio pastoral. Un cura con diploma que pudo llegar a obispo con diploma en Ecatepec o en otra parte.
Soy un mero pastor ambulante en un país de vendedores ambulantes, un cura informal en un país de vendedores informales. La informalidad somos todos. Dios somos todos. Todos somos todo y valemos mierda, como el buen B. R., quien seguramente se recuperó o se desengañó, pues ya no me persigue como antes por todos mis programas de radio "abiertos al público". Ojalá haya podido llevar algo de paz o de audacia a ese gigantón atribulado. Que se haya conformado con sus pardos días o se haya pegado un tiro.
"Por sus obras los conoceréis", dijo Cristo. A mí me piden que predique por medio México, en teatros y en la radio. El honorable público aplaude mis “obras”, simples palabras, a rabiar. El honorable público también es Dios. Todos somos Dios y entonces asimismo me corresponde, incluso en toda mi pequeñez y mi torpeza, ser moderadamente Cristo. Así sea.