miércoles, 1 de julio de 2015

EL MANGLAR

EL MANGLAR
por José Joaquín Blanco

A Isabel Quiñónez


Llegamos a media tarde a Tecolutla y alcanzamos todavía a alquilar una lancha que nos llevara a los manglares. Toño quería que viéramos el atardecer desde ese laberinto de canales donde se entretejían las raíces y las ramas de la vegetación lodosa. Se nos hacía emocionante flotar sobre esas aguas oscuras que parecían estancadas, abrirnos paso por esa especie de túneles entre raíces, ramas, arbustos y árboles entrelazados.

El lanchero era un pescador de mediana edad, de bigotes ralos y unos ojos claros que, en su rostro amulatado, a veces resplandecían con una luz ambarina y a veces se veían casi verdes. Me costaba trabajo dejar de verlos, de averiguar realmente de qué color eran.

El lanchero nos contaba que todavía por ahí, de repente, podían verse monos, caimanes y bandadas de guacamayas, pero a los turistas se les cuenta cualquier cosa. Y más a cambio de unos tragos, que Toño le servía demasiado generosamente en vasos de plástico.

Toño había venido bebiendo durante todo el trayecto en la carretera. Pensé que los dos, el lanchero y Toño, parecían unos niños, con la cabeza llena de pájaros y visiones. El lanchero, don Gamaliel, había vivido unos meses en la Ciudad de México, pero no le había gustado: todo era tan caro, la gente tan díscola, tan cabrona; todo se hacía tan de prisa, y esos altos, larguísimos puentes de concreto llenos de automóviles.

Toño le preguntó qué tan caros eran los terrenos de la playa. Casi no se vendían, dijo don Gamaliel; eran de pescadores, de las cooperativas: ¿y para qué iba a querer alguien comprar esos terrenos? Pero de que a veces se vendían, sí se vendían; dos o tres hoteles, tres o cuatro casas de playa con albercas privadas. ¡Pero además ya para qué! Hasta el turismo estaba bajando, y la pesca ni qué decir. Por el petróleo. Cada rato llegaban manchas enormes, de kilómetros, y para limpiarlas estaba duro. Al rato ya no iba a haber pesca ni turismo de Tampico a Campeche, sino puras costras de petróleo. Eso lo decían hasta los programas de la tele.

Don Gamaliel avanzaba entre los canales con tranquilidad, con su rostro sereno y reluciente, a veces casi angelical en sus ojos luminosos, sin que sus palabras terribles se expresaran en sus facciones. Acaso ya estaba acostumbrado a decirlas a todos los turistas en todos los viajes. El comentario sobre los derrames de petróleo eran parte del paseo.

El hacía lo suyo y dejaba que el sol le sonriera en los ojos. Tal vez hasta ya estaba también acostumbrado a que se le quedaran viendo los turistas a los ojos; a lo mejor por esos ojos lo tenían comisionado o él mismo se había ofrecido para pasear turistas por los manglares.

Sus ojos le ganaban propinas, a pesar de lo poco expresivos que eran sus demás rasgos, sus labios gruesos, su nariz ancha, su piel demasiado porosa; a pesar de su barriga pellejuda, que le colgaba del tronco casi enjuto, y de sus piernas feas, casi repugnantes, cosidas de costras y cicatrices de llagas o heridas, y sin embargo fuertes, bien plantadas; era casi inevitable compararlas con las raíces y los troncos torturados de los canales que íbamos pasando en medio de un olor denso a vegetación que se pudre. Sobreflotaban en las aguas casi pantanosas hojas, flores, frutas, ramas enteras que pacíficamente, largamente, se iban pudriendo. El olor sobresaltaba a ratos, pero no era necesariamente desagradable.

Se trataba un poco de nuestro viaje de bodas. No nos habíamos casado formalmente, así de papelito y todo --Toño tenía una esposa por ahí, Laura, a la que hacía un lustro que no veía--, pero estábamos muy enamorados y pensábamos vivir juntos en su viejo, un tanto sombrío departamento de la colonia Condesa, que yo esperaba convertir en un pequeño paraíso doméstico.

Toño era unos diez años más joven que yo y, desde luego, mucho más atractivo; estaba teniendo mucho éxito como pintor. Un hombre feliz, entusiasta y lleno de vida. "¿Por qué conmigo?", me preguntaba yo a veces, y estaba segura que también se lo preguntaban quienes lo veían fresco, alegre y siempre dispuesto a pasarla bien, junto a una mujer demasiado flaca y con aires de cansansio o de melancolía.

Pero yo tenía a pesar de todo la certeza de que, entonces, me quería con una de esas sus pasiones obsesivas, y que me siguió amando así mucho tiempo después, aun cuando todo empezó a irnos mal; nunca llegué a explicármelo, y pronto dejé de andarle buscando explicaciones racionales a todo, pero una de las cosas que Toño no maldijo en la vida fue su amor por mí, con todas las vueltas y más vueltas que fuimos dando al cabo de los años.

Pero en esa época yo no salía de mi asombro: apenas unos meses atrás había caído en una depresión absoluta: me había intentado suicidar con un frasco de nembutales: no sé cómo sobreviví; sí que de pronto amanecí en un hospital más deprimida y avergonzada que nunca, y sólo esperaba escaparme para suicidarme ahora sí de a de veras. Pero no tuve mucho tiempo. Conocí a Toño en cuanto salí del hospital.

--Cuídate de ése --me recomendó Vicky, mi amiga--, le gustan las suicidas.

Yo no me explicaba todavía entonces, mientras cruzábamos en los manglares de Tecolutla esos paisajes como de película, con el rebrillo espejeante del cielo en las aguas oscuras, y luego en los ojos ahora doradísimoas de don Gamaliel (que ya de repente me miraba de reojo con desprecio donjuanesco), espantándome los mosquitos y admirando las caprichosas formas de las raíces en el agua, y hasta alguna orquídea o sepa Dios qué flor caprichosísima de una esbeltez aérea y un color intenso, como pájaro detenido entre los montones de maleza, qué jugarreta del destino era esa de dejarme caer hondo, hondo, casi tocar la orilla de la nada, el olor de la muerte, para entonces, de súbito, en un solo momento, rescatarme de un solo golpe y entregarme sin más todo lo que me había estado negando sistemáticamente los años anteriores.

No era sólo el amor, sino con él, la vuelta de las ganas de vivir, algo de autoestima, y de estima del mundo, y el humor suficiente hasta para hacer un viaje, jugar bromas, correr aventuras, hasta para reírme de cómo se creía don Gamaliel su porte de macho, cada vez que le rebrillaban los ojos acaramelados y se lucía con su barriga desnuda y sus piernas sarmentosas como otra maravilla selvática. Hasta le tomé una fotografía.

A Toño le gustaba la sensación de lodo, de río encharcado y embrollado, de laberinto pantanoso, de zahúrda botánica, con un intenso olor a vegetación que se pudre. Le parecía como un lugar para perderse, para desaparecer: la fuga perfecta para todos los embrollos de la vida, de la sociedad, de la carne.

Yo disfrutaba del aire del río, un aire fresco de aromas cambiantes, según el lanchero nos impulsaba por los pasadizos casi techados por los árboles donde todavía, en la luz del atardecer, descubríamos algún pájaro. Pasadizos que se duplicaban en el agua con un temblor irreal, como de delirio.

Desde el fondo de aguas lodosas y brillantes, graznó lleno de sol un pájaro.

--¡Miren! ¡Ése fue! --señalaba don Gamaliel.

Parecía una flor parda en un manchón verduzco, pero don Gamaliel arrojó a los arbustos una piedrita y el pájaro brotó y echó a volar.

Don Gamaliel se acercó más tarde a la orilla y cortó para mí una flor blanca, larga, aterciopelada, que yo nunca había visto; no recuerdo su nombre, sólo que regresé a tierra con ella y que tenía un perfume muy dulzón.

--¿Y no se les ha ahogado nadie aquí? --preguntó Toño, quizás cansado ya de tanta naturaleza, de tanta pureza vegetal; como buscando algo de turbiedad, suciedad o emoción humanas en el paraíso.

--Ya hace tiempo que no, a Dios gracias... pero sí es peligroso... Por eso no dejamos venir al turismo solo, no sea la de malas que se quieran meter y ya no salgan... Pero yo los llevo adonde quieran... ¿No les gustaría ir a pescar mañana?
--Con esta borrachera, no nos vamos a levantar hasta el mediodía --dije yo.

En el hotel tomamos unos kaptagones para cortarnos el efecto de los tragos. No venía al caso acabar el día a las ocho o nueve de la noche. Y nos fuimos a la playa, oscurísima, sin otra luz que la de la luna en el penacho de las olas y dos o tres fogatas distantes de turistas jóvenes.

Queríamos hablar. Llevábamos días enteros hablando y hablando, y todavía nos quedaban muchas cosas que decirnos, que contarnos. Yo esperaba entregarme completamente a Toño, a su obra --era un pintor convulsivo y dado a la desesperación: como pintor, parecía un rockero de los años gruesos--, a todo lo suyo: era él ahora el sentido de mi vida, que apenas unas semanas atrás no había tenido ya ninguno. En cierta forma yo ya había fracasado y mi vida había estado a punto de concluir, de modo que ahora me injertaba en él, casi como parte suya, como parte de él mismo.

Ahora sé que yo seguía enferma, que seguía convaleciendo todavía, pero entonces sentí que su juventud y su energía me embriagaban, y quería absorberlas más y más; quería obsesivamente seguir a Toño, imitarlo, obedecerlo, integrarme a él, desaparecer en él, ser en fin algo tan alegre y claro y vital como Toño. Olvidarme de mí; vivir en él, como en una vida nueva, como en un cuerpo liberado de mis nervios y mis angustias.

Estábamos sentados en la arena, casi dos sombras, intercambiando el cigarrito de marihuana, con una sensación de libertad y paz absolutas, con brisas de mar y de río, de pescado y de hierbas podridas, de yodo y de sal. Entonces, abrazados, casi invisibles en la oscuridad aun para nosotros mismos, me preguntó de pronto:

--¿Qué se siente?

--¿Qué se siente qué?

--Morir, estar muriendo... ¿Cómo es la muerte de cerca?

--Bueno --reí, nerviosa--, no sé: como que ya no existía, como que de hecho ya me había muerto, como que todo era irreal pero molesto, muy molesto; ya no podía soportar nada, ni un ruido, ni nada más... Ya me había pasado meses pensando y llorando hasta cansarme, ¿no? Ya no me quedaba mucho que pensar y que llorar. Todo me era indiferente pero molesto, no podía soportarlo ni un minuto más, había que apagar el aparato... Tragué las pastillas... pero al rato era mucho dolor y mucho asco y me estaban zarandeando y lavando el estómago y todo apestaba tanto a hospital...

Toño me estaba besando, me desnudaba, me hacía el amor. Qué me iba a importar que no fuera propio hacerlo ahí, que llegara gente y nos viera --aunque en tal oscuridad, quién iba a ver nada--, que se le ocurrieran a Toño esas locuras. Me gustaban sus locuras.

Raspados y sucios de arena nos fuimos luego caminando en la playa oscurísima, el aire como una densa niebla de cenizas, orientándome apenas por los lejanos puntos amarillentos de los hoteles y las casas, hasta el río; pasamos por las lanchas de los pescadores, y entramos a una fonda que nos había recomendado don Gamaliel, donde vendían, además de alimentos, monos, caimanes y guacamayas que tenían guardados en una cabaña.

--¡Miren que preciosos! ¡y baratísimos! --dijo el lanchero, que ya estaba totalmente borracho. Sus ojos turbios, rojizos, a la luz del bajísimo voltaje de los focos que pendían de cables suspendidos de los techos y los árboles.

--¿Pero dónde vamos a tenerlos en la ciudad de México? --repuse.

--Entonces, ¿no quieren ir a pescar mañana? --insistió don Gamaliel.

--No, gracias, otro día --contesté, cerrando la conversación, para seguir cenando en paz mis langostinos al ajillo. Don Gamaliel se dio la vuelta lenta y casi majestuosamente.

--Espérame un momento, tengo una idea --me dijo Toño y se levantó a alcanzarlo.

Los vi conversar animadamente un rato en plena calle, frente a una ostionería, y llegar a algún tipo de acuerdo.

--¿Y cuál era esa idea? --le pregunté a Toño.

--Ah, ya verás, unos armadillos --Toño retomó con buen apetito su grasiento plato de camarones bañados en chile, que ya se le habían enfriado.

--¡Unos armadillos! ¿Nos vamos a llevar a la Ciudad de México unos armadillos? ¿Vamos a andar cargando por media república unos armadillos?

--Están disecados, María. Tienen métodos muy antiguos para disecar armadillos. Los rellenan con yerbas. Una cosa muy tradicional.

Cuando me desperté a la mañana siguiente, Toño no estaba a mi lado. Pensé primero que habría bajado a la alberca del hotel y dormí otro rato. Volví a despertarme, sobresaltada, a constatar que en el cuarto no estaba su mochila, ni las llaves del coche.

"No puede ser, pensé, estoy imaginando cosas; no me puede haber dejado botada así el primer día", pero sentía que sí, que podía muy bien haberse largado a un burdel, a una zona roja, adonde fuera. Nomás porque sí, y perderse semanas o meses. Sentí un aletazo frío, una ráfaga como las que anticipan la desesperación; bien había conocido esos signos, apenas unos meses atrás. Me eran más familiares que lo que se da en llamar la vida común y corriente; esperaba esos signos del absurdo, la torpeza o la fatalidad, casi los convocaba, me sorprendería si alguno de ellos tardaba mucho en presentarse.

--Cuídate de ése, chula --me había recomendado la Vicky--, le gustan las suicidas.

Nuestro amor no incluía ningún trato de fidelidad estricta ni de esas cosas. Recordé el acuerdo animado a que había llegado Toño con el lanchero mientras, más que dispuesta al fracaso, casi viéndome regresar a México en autobús esa misma tarde, me levantaba y buscaba más pistas.

Pero no: ahí estaban todas las maletas, buena parte del dinero... ¡Claro! ¡Se había ido a pescar! Toño, el loco. El escuincle crecidote. Don Gamaliel lo había finalmente convencido. Se habían ido a pescar --seguramente con más alcohol que anzuelos-- y solamente era eso.

Hacia las diez de la mañana estaba yo desayunando en la misma fonda de la noche anterior, en el embarcadero --donde, por lo demás, estaba estacionado el coche--, con vista al manglar, para ver regresar a Toño y a don Gamaliel, triunfales y deportivos, enarbolando unos pescados enormes.

Seguramente todos los pescadores y fonderos estaban en el secreto, porque los veía espiarme con curiosidad y cuchichearse, sobre todo los niños, que corrían por las otras lanchas, los andadores y tarimas y puentecitos de madera, las orillas del embarcadero, con iguanas y collares y cuanta baratija turística pensaran vender durante el día.

--¡Ya vienen! --gritaron los niños de pronto.

Y efectivamente, apareció la vieja lancha. Desde lejos se distinguían varias personas a bordo.

Pero no apareció Toño con los pescados, sino con una botella en la mano y unas desordenadas, mojadas, arrugadas hojas de dibujo en la otra. Venía cubierto de fango hasta más arriba de la cintura, y con una especie de guirnalda al cuello de yerbajos y raíces.

Los pescadores se reían, se hacían señas un tanto equívocas y le pedían más dinero, que él repartía ya sin contarlo, ya casi sin tenerse en pie, tropezándose en su afán de abrazarlos a todos.

Eran pescadores acostumbrados a todo tipo de excentricidad de los turistas; algunos venían casi tan borrachos como Toño, y don Gamaliel de plano se había quedado dormido dentro de la lancha. Los niños y las mujeres ya se reían abiertamente del turista loco.

Corrí a sostenerlo antes de que se cayera de bruces sobre el asfalto, a impedir que siguiera regando el dinero, que siguiera haciendo el ridículo ante el montón de niños que a coro lo arremedaban, fingiendo también traer botellas y papeles en las manos. Apenas si llegué a tiempo para arrastrarlo al coche.

--¡Chingón, María! Hicimos un paseo con antorchas por el manglar. ¿Te imaginas? ¡Antorchas! ¡El manglar! ¡Todo oscuro y sólo nuestras antorchas! ¡Uta, loquísimo! ¡Puros fantasmas en el pantano, con antorchas!

--¡Antorchas! ¡El manglar! --repitieron los niños, que rodeaban el coche, con las manos y las caras pegadas a los cristales de las ventanillas, como máscaras de hule de monstruos apachurrados. Tuve que pegarme al claxon y gritarles varias veces para que me dejaran avanzar en el coche.

--¡Antorchas! ¡El manglar! ¡Collaaaaares!, señorita --gritaban los niños.

--El río del infierno --me iba diciendo Toño a gritos pastosos, tartajosos, poco inteligibles; tuvo que gritar aun más fuerte, para hacerse oír entre los gritos de los niños, mientras arrancábamos--; la naturaleza estaba muriendo o apenas formándose, un tiradero de vísceras y cadáveres vegetales; como un rastro abandonado o un criadero de fieras... Tomé unos apuntes, mira.

Yo no vi sino puros rayones de borracho, naturalmente mojados y con lodo.

--Cuídate de ése, chula, le gustan las suicidas.

Lo llevé hasta la cama y lo dejé dormir un rato. Bajé a la playa, alquilé una silla y pensé, más bien divertirda, que nuevamente me había salido todo al revés. Mi protector había resultado un muchacho loco que más que nadie necesitaba protección. ¡En cuántos líos nos íbamos a meter! Pero tener a quien proteger ya es un poco que la protejan a una. Que me protegieran de mí misma, de mi irrealidad, del vacío... Cualquier problema exterior tenía remedio, era preferible a eso.

Me pregunté entonces, por primera vez, si era posible que de una mente tan infantil, tan inmadura, hasta tan superficial como la que revelaban semejantes ocurrencias, pudiera surgir un arte serio. Pero no me lo pregunté demasiado: no me tocaba el papel de crítica, ni de juez, sino de cómplice. Me tocaba ser parte de Toño.

Con cierta vergüenza, protegida por mis lentes oscuros, creía que todos los lugareños y turistas que pasaban por la playa estaban al tanto del turista loco. ¡Yo, la tímida, la fría, la desabrida, la aguada, haciéndola de gringa loca en Tecolutla! Hasta creí ver que me rondaban sospechosamente lugareños ya no tan niños. ¡Nada más faltaba que me vinieran a decir que si mientras el loco de mi novio dormía su mona, no quería yo ir "a pescar" con ellos, ahora! Mientras el ebrio buscaba fantasmas con antorchas en mitad del manglar, la flaca ninfómana de lentes se entretenía con los chamacos nativos...

Llegaron a la palapa vecina dos o tres familias juntas de turistas de la capital. Era increíble la vulgaridad capitalina: habían metido sus coches a la playa, y los habían estacionado precisamente frente a la palapa, para no ver el mar: ¡tenían como panorama sus propios coches y no el mar!

Ante todo, pusieron a todo volumen su casetera, obligando a doscientos metros a la redonda a todo mundo a oír sus sobrexcitadas canciones de moda. Se negaron a comprar nada en la playa: ya lo traían todo de su supermercado. Los adultos eran bofos y los niños latosísimos. Empezaron a sacar de sus bolsas de viaje una cantidad indescriptible de lociones, cremas, refrescos, licor, botanas, y hasta una parrilla portatil que no lograron hacer funcionar. Tuvieron que encargar a un puesto de antojitos de la playa, que les asaran sus bisteces capitalinos.

Entre el estrépito de las canciones y los pelotazos de los niños alcancé a escuchar algún tipo de conversación religiosa. Un hombre lechoso y desabrido predicaba el catolicismo moderno del éxito en los negocios. Una especie de mojigatería de agente de ventas, una mercadotecnia de medallitas milagrosas.

Me marea y me intimida al mismo tiempo ese tipo de gente, que siempre triunfa; no me queda sino hacerme instintivamente a un lado, dejarla pasar, hundirme. El mundo es para ellos. Está hecho de la misma sustancia que ellos, que no era para nada la mía. Ni la de Toño. Me regresó la náusea, el momento de tragar todas aquellas pastillas, el despertar entre vómitos y lavados de estómago en una clínica, como una babosa que sólo había jugado a turistear por la muerte.

Mi propia pesadilla de suicida torpe en algo se parecía, ulteriormente, a los tragos y las antorchas y rayones enlodados y mojados de Toño.

Estaba ya más que harta de los turistas, de la realidad que me había arrinconado meses atrás en el umbral del suicidio, y que ahora me seguía en mi supuesta redención, en mi supuesta luna de miel. Sólo esperé para largarme que surgieran los problemas inevitables. Seguro los turistas iban a acusar al puestero de haberles robado un trozo de carne. Y en efecto, en efecto. Una señora insolentísima, en un bikini que le quedaba grande, estaba gritando a voz en cuello:

--¡Oye Gordo! ¿Verdad que eran veinte bistecitos? ¿Que aquí dice el marchante que nomás eran dieciseis. ¿Verdad que eran veinte bistecitos, Gordo?

Era ya el mediodía. Regresé al hotel. En el camino me rodeó una palomilla de chamacos de la playa, ya adolescentes, larguiruchos y cínicos, queriéndose hacer los latin lovers con guiños soeces, de un sexo de WC:

--Señorita, ¿no quiere que la llevemos a pescar?

--Ya estuve pescando toda la noche, chicos... --les dije, pronunciando con la misma intención que ellos la palabra "pescar". Será otro día...

--¿Van a querer ir al manglar otra vez en la noche?

--No sé todavía. Dense una vueltecita por la noche.

Pero cuando Toño despertó, con el malestar y el desánimo de la cruda, rompió sus rayones y no quiso comentar para nada su paseo por el manglar. Con mala cara bajamos a comer, en el propio restaurante del hotel. Sólo después de unas cervezas y de pasear en coche un poco por los alrededores, entre los palmares y los vientos rápidos, limpísimos, recobró un poco la serenidad. Hicimos de cuenta que habíamos compartido un sueño bobo.

Y pacíficamente, como un matrimonio ideal bien avenido, nos quedamos en la terraza del hotel, mirando cómo la tarde se apagaba con sólo irse oscureciendo, sin crepúsculo ni nada.

De El Castigador, ERA, 1995

lunes, 1 de junio de 2015

BYRON

LAS BANDERAS DE LORD BYRON


Por José Joaquín Blanco

Pocos poetas han sido tan biografiados como lord George Gordon Byron (1788-1824). Que si provenía de una rama aristocrática de asesinos, locos y suicidas, émula de los Borgia o de las tragedias históricas de Shakespeare. Que si su cojera, como gran llaga o lacra en su efigie de dandy, lo impulsó a delirios de superhombre. Que si era más o menos guapo que su igualmente “diabólico” amigo Shelley. Que si cometió incesto con su mediohermana Augusta, en su explosiva rebelión moral contra el puritanismo británico; o si se interesó demasiado en ciertos pastorcillos y pajes griegos (como el Loukas a quien tan dramáticamente abrazó en sus últimos meses). Que si sedujo a más burguesas casadas remilgosas que a campesinas vivarachas. Que si se creyó todo un Napoleón de la poesía y fue leído multitudinariamente como tal.
Que si se erigió en pintoresco liberador de los oprimidos (pudo costear sus aventuras y expediciones gracias al estrambótico valor de cambio de la libra británica, que en países pobres lo convertía automáticamente en el multimillonario que no era en Inglaterra: capaz de pagarse en Grecia e Italia palacios, barcos, carrozas, un zoológico doméstico y contingentes de criados y soldados, cuando en Londres solía endeudarse); y fue a morir “por la libertad” de unos pastores griegos totalmente silvestres, a quienes imaginó teseos, edipos y apolos redivivos, sometidos al imperio turco, a la manera de una inmolación heroica (falleció en Missolonghi a consecuencia del paludismo).
     Que si admiró, por extravagancias de dandy, más la cultura feudal de los sultanes turcos que la monarquía constitucional inglesa. Que si acaudilló a la nueva tribu de los poetas modernos como demonios voluntaristas, agrupados bajo el signo de Caín o de Saturno, deseosos de retar a un Dios absurdo, injusto, ineficiente y... demasiado británico. Que si fundó el delirio romántico del poeta como guía del pueblo o víctima propiciatoria del destino... y luego se burló de él: “Es risible lo que quiso ser romántico”.
Bajo el pretexto de descalificaciones puristas sus detractores suelen esconder una mera condena moral de tías fastidiosas (v. gr. Silvina Ocampo: “Byron no fue un artista: le faltaron los escrúpulos de la meditación, la delicadeza del sentimiento y de la medida... Se advierte frecuentemente el alarde de sus culpas y no el arrepentimiento”; prólogo a Poetas líricos ingleses, Clásicos Jackson, México, 1963). Otros (John Wilson) lo acusan de profesar una concepción demasiado augusta del hombre ideal y una opinión demasiado degradada de los hombres reales.
Los estudios biográficos de Byron no siempre iluminan el misterio esencialmente verbal, métrico, musical, de su poesía –además de dramático o ideológico-, lleno de resonancias italianas y hasta españolas, que logra precozmente un éxito inesperado con la búsqueda de sensaciones e ideales nuevos –empezando por la vida popular española, con batallas y corridas de toros: un Hemingway en verso; así como una visita a los sitios emblemáticos de Grecia- de La peregrinación de Childe Harold (1812-1818); y a lo largo de unos doce años (Byron muere a los treinta y seis) consuma su contradicción y autocrítica en el breve jolgorio de Beppo y en el enorme poema Don Juan, que dejó inconcluso, y que corona su feroz vejamen del amor y del erotismo, que sigue escandalizando (y regocijando) en nuestros días. Pero destacan algunas de las banderas de su mitología, y la desmesura –que ha contagiado a innumerables generaciones de poetas (y desde luego, a no escasos novelistas y compositores de rock)- de obligarse a imitar en su vida sus invenciones y sueños algo heroicos o antiheroicos, incluso megalomaniacos.

EL BAILE DE DISFRACES
Lord Byron compitió siempre con los excesivos personajes de su poesía teatral o novelesca –casi siempre autobiografía magnificada –: aventureros, bandidos, corsarios, condotieros, cosacos, brujos, sardanápalos, prometeos, caínes, enfermos, deformes, libertinos, criminales, locos, arrebatados por pasiones extremas o equívocas- y experimentó en sí mismo sus doctrinas más audaces o delirantes.
 Cocteau decía que Víctor Hugo era un loco que se creía Víctor Hugo; lord Byron no sólo se creyó lord Byron, sino, con cien años de anticipación, también Wystan Hugh Auden: el estilo irónico en ottava rima del Don Juan, lleno de rimas locas, jocundas digresiones (la digresión libérrima es su mejor asunto: “una digresividad deliberada y peripatética”: Northrop Frye) y epigramas satíricos (todavía con ciertos polvos de las pelucas de La Bruyère y La Rochefoucauld), donde se mezclan la burla y la pasión con una elasticidad formal pocas veces conocida en verso regular rimado; los vívidos episodios de acción, las bromas y las ideas entreveradas en una especie de carnaval del escepticismo. Una “sátira épica” o “heroico-cómica”, lo etiqueta Harold Bloom, sin quebrarse mucho la cabeza (La compañía visionaria. Lord Byron-Shelley, Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2000). Lope y Quevedo habrían dicho “jocoseria”
Mezcla de Voltaire con el Eclesiastés y del Satiricón con el Apocalipsis. Dante, Ariosto y Milton; Marlowe, Hamlet y el Quijote; La Nueva Eloísa, Cándido y Gulliver. Las mil y una noches y la filosofía de Locke. Los libertinos ilustrados del siglo XVIII y Los tres mosqueteros. Casanova, Gibbon y Robin Hood. Hay pues también un insólito artista de la composición y de la forma, incluso de la métrica, en Byron, aunque se ufanase, muerto de risa, de que “Nadie con su negligencia ha hecho tanto para corromper el lenguaje como yo. Escribí Lara mientras me desvestía después de un baile de disfraces en el año de orgías de 1814...”
     Se dice que el romántico Beethoven se escandalizó ante el clásico Mozart, cuya ironía lo indujo a privilegiar en su mayor ópera a Don Giovanni, un hidalgo abusivo y corruptor que se complacía en el engaño y la vejación de la gente más débil (en edad, género, clase social, dinero, poder, armas, cultura), con los aires musicales más hermosos concebibles, como una especie de broma diabólica. No le perdonaba la extremada belleza del aria con que el pérfido Don Giovanni seduce tan conmovedoramente a la ingenua paisana Zerlina, ni la tan contagiosa y convincente alegría con que él y Leporello celebran sus infamias y bribonerías.
El romanticismo popular era maniqueo y algo mojigato, como ciertas tías, y reivindicaba una inocencia más que puritana contra las elaboradas y cínicas perversiones del Ancien Régime clásico. Así, también constituyó un escándalo que Byron progresara de la primera frescura del spleen y del hartazgo de la vieja sociedad aristocrática momificada y de una nueva, insaciable sed de vitalismo (sobre todo el tercer canto de Childe Harold), hacia la sabiduría sarcástica de Pope, Swift y Voltaire, y ofreciera en su Don Juan una totalizadora burla del mundo, de sí mismo, de las pasiones románticas y hasta de la propia poesía. Escandalizaban sobre todo sus carcajadas impenitentes (aunque en sus Cartas abundan los momentos depresivos donde parece arrepentirse de casi cualquier cosa).
     Algunos críticos, como Chesterton, Maurois y Bloom (“neocalvinismo sentimental”, diagnostica éste con severidad doctoral, recetario en mano), culpan a Calvino de las obsesiones y del drama interior de Byron. Se tomaba el Pecado y el Mal demasiado en serio, como protestante radical. A diferencia de la mayoría de los románticos católicos o relativamente ateos, acostumbrados a tratarlos más a la ligera, para él no sólo existen en carne y hueso el Mal y el Demonio, sino que rigen pavorosamente al mundo: son grandes rebeldes que juegan una partida perdida de antemano.
Se dice que tal pesimismo provenía del calvinismo escocés, que predicaba la predestinación absoluta. El individuo no era muy libre de escoger entre el Bien y el Mal, y sus méritos personales contaban poco: desde antes de pecar, Caín ya estaba marcado con el signo del Mal y de la Caída. Así se consideraba el propio Byron: por un capricho del Creador, quien desde la eternidad había configurado réprobos y salvados, a él le habían correspondido las trágicas banderas criminales, la Enseña de Caín, que agitó con fulgor en su poesía, a diferencia de las salvaciones sentimentales, humanísticas, religiosas o filantrópicas (mediante la metafísica panteísta y neo-neoplatónica; la vuelta a la naturaleza o la transfiguración estética), a la manera de Wordsworth, Shelley y Keats; de Rousseau, Chateaubriand o Lamartine. Byron sabía que el mundo era esencialmente atroz, y la poesía un oficio siempre irónico: en su evangelio romántico abogaba no tan subrepticiamente por el negro humor y el pesimismo clásico de Pope, Swift y Voltaire. 
     Hacia 1812-1824 –años de la explosión byroniana- todavía Dios no estaba muerto. Faltaba casi un siglo para el relámpago de Nietzsche. Se combatía a un Dios y a un demonio en plenos poderes. La poesía debía acoger la trágica repartición del mundo en predestinados al Mal o al Bien, malditos y benditos por descarado favoritismo de la Gracia Divina; y vengarse de tal injusticia exaltando la grandeza, las pasiones, la risa de los primeros. A los malditos por lo menos les correspondían el fulgor y la gloria de los supremos rebeldes.

EL CLUB DE LOS VIRTUOSOS
Escribió Byron a un amigo: “Yo no soy platonista, yo no soy nada: pero prefería cualquier cosa antes que ser miembro de una de las setenta y dos sectas que pelean entre sí por el amor del Señor... En cuanto a nuestra inmortalidad, si hemos de resucitar, ¿por qué morimos? Nuestras osamentas, que según dices tienen que levantarse un día, ¿valen la pena? Yo espero, en todo caso, que si la mía resucita, tendré un par de piernas mejor que estas que me han sido dadas en estos últimos veintidós años, o de otro modo me veré atropellado en la cola que se formará delante del paraíso...”
         Tampoco el mundo había perdido por entonces su seductora realidad, que negarán los simbolistas. Existían con todas sus flores abiertas los parajes exóticos (el imperio turco, América –Byron llamó Bolívar a uno de sus barcos-, Italia, España); los amores, las andanzas y las batallas de un día –o de una hora, o de un instante- que valían por siglos; las emociones fuertes, los pecados o los pensamientos que pondrían a temblar a todos los ángeles del catecismo. Pero había que lanzarse a todo ello con cierta vocación por la melancolía y el desencanto del dandy, quien sabe en el fondo que todos esos delirios son ceniza y humo.
Una rebeldía contra la fatalidad, que en alguna ocasión, hacia el final de Childe Harold (IV, 137), recuerda el “polvo enamorado” de Quevedo:

“Pero he vivido, ¡y no he vivido en vano!
Mi mente puede perder su fuerza; mi sangre, su fuego;
Mi esqueleto puede perecer en el dolor abrumador;
Pero hay algo en mí que desafiará la tortura y el tiempo,
Y que respirará aun cuando yo haya expirado;
Una cosa que no es de la tierra y no se puede comprender,
Como el evocado sonido de una lira muda,
Penetrará en sus débiles espíritus y removerá
En corazones pétreos, el tardío remordimiento del amor.”

         Al genio literario le atañían la exaltación de la vida, de las sensaciones y pasiones, de la aventura y la culpa; de la libertad, el individualismo y la rebeldía; pero también la demolición y el desprestigio sistemáticos de las instituciones, ideas, valores que triunfaban en la sociedad (la religión, la moral, el matrimonio, el club de los virtuosos, las costumbres correctas; la aristocracia, las leyes, los negocios, el dinero; el ejército, el patriotismo, las guerras). En gran medida el Don Juan de Byron es una sátira desaforada del mundo –España, Grecia, Turquía, Rusia, Inglaterra- desde la perspectiva de un jocoso melancólico que disfruta los aspectos chuscos del espectáculo (que no excluyen comilonas caníbales y batallas brutales, ni avatares de travesti y gigoló).
Escribió Byron a un amigo poco antes de morir:
         “¿Crees que deseo la vida? Estoy hastiado de ella y bendeciré el día en que la deje. ¿Por qué la echaría de menos? ¿Qué placer puede proporcionarme?... Pocos hombres han vivido tanto como yo. Yo soy, efectivamente, un viejo. Apenas era todavía un hombre y ya había alcanzado la cumbre de la gloria. El placer lo he conocido en todas las formas en que se puede presentar. He viajado, he satisfecho mi curiosidad, he perdido todas mis ilusiones... Ahora sólo me atenaza la aprensión de dos cosas. Yo me represento muriendo en un lecho de tortura o terminando mis días como Swift, ¡un idiota que hace muecas! ¡Quisiera Dios que ya hubiera llegado el día en que, echándome espada en mano sobre un destacamento turco, encontrara una muerte fulminante y sin dolor!”
         Ningún poeta había alcanzado semejante éxito popular hasta entonces. Byron vendió catorce mil ejemplares de alguno de sus poemas en un solo día. Y tal vez nunca habían atraído a tanta gente los rumores y perfiles de la vida, las costumbres y las locuras de ningún otro. Después de su muerte, sus cartas y escritos inéditos alcanzaron altos precios en las subastas (por morbo de sus costumbres y sus invectivas), a la vez que su esposa y sus amigos trataban de destruir los más comprometedores. Lograron quemar muchos papeles pero Byron había sido profusamente indiscreto. Tennyson protestó: “¿Qué derecho tiene el público de conocer las locuras de Byron? Byron le ha regalado hermosos poemas y con ellos debería conformarse”. No tenía razón. Byron también –y sobre todo- había ofrecido una exaltada mitología del poeta moderno.
         Es difícil concebir un personaje y una obra más británicos que los de Byron, al grado de que su genio verbal resulta prácticamente intraducible –en español, solemos leer meros resúmenes o glosas de la trama de sus poemas novelescos o dramáticos: El corsario, Manfredo (un Fausto alpino que es su propio demonio), Beppo (menage à trois carnavalesco en Venecia), Lara (el secreto de un terrible pecador feudal castellano), Mazeppa (un muchacho polaco arrojado a la muerte, atado a un caballo salvaje, en las estepas), La novia de Abydos (aparente incesto entre mediohermanos turcos)-, en tanto su perfil de aristócrata ferozmente individualista, algo loco o excesivo, se ha confundido muchas veces con una especie de tempestad “democrática”, de la que estuvo siempre muy lejos (odiaba tanto a los tiranos como a la tiranía de la “chusma”, y más aún a la mochería quisquillosa de los democráticos burgueses “filisteos”).
Pero gracias a su mitología, y a lo que restaba de su imaginación y su impulso en las traducciones, dominó la literatura mundial con una fuerza que desagradó profundamente a los letrados ingleses. Hasta Matthew Arnold estornudaba, como sigue estornudando (¡unos kleenex, por favor!) el neoyorkino profesor Bloom.
“Byron y Poe... esas dos supersticiones francesas”, suelen decir los profesores ingleses y yanquis en  las voluminosas tesis que redactan para demostrar todos sus “errores” de dicción y gramática, historia y filosofía; toda su “escritura bárbara”, y desmentir la “sobrevaloración” extranjera, así como los de su discípulo Poe. Sin embargo, Walter Scott, Shelley y Tennyson; Pushkin y Turgueniev; Goethe y Heine se entregaron por completo a la fascinación byroniana.
Byron engendró a Leopardi, a Musset y a Víctor Hugo, como se dice que Poe engendró a Baudelaire. En castellano, leemos a Byron sobre todo en los poemas de Espronceda, pero también de Díaz Mirón, Rubén Darío, Valle Inclán, Barba-Jacob, Neruda y Vallejo, y en cualquier chamaco del siglo XXI que se tome demasiado en serio las banderas proféticas, mesiánicas o mefistofélicas del arte. 
Pensar que la poesía puede realmente ser eso –profecía, redención, sublevación contra Dios o los demonios, una Vida a mayor escala que la vida- implica desde luego una superstición... pero dejar completamente de creer en eso, así sea con un sesgo irónico, como en los mareos digresivos y los epigramas chuscos del Don Juan (ese contradictorio romanticismo pasional con humoradas a lo Pope, a lo Voltaire), significaría abandonar del todo la magia del poema y quedarse con meros juguetes verbales, modelos para armar y crucigramas.
     Ahí reside acaso el enigma fundador de Byron: apostarle a la poesía como algo que quiere ser “otra cosa”, casi sobrehumana, sabiendo muy bien que nunca lo consiguirá. Pero sin esa ilusoria presunción perdería toda su fuerza y su frágil esplendor, su irrenunciable brillo más allá de las palabras:

“Pero habrá poetas todavía, aunque la fama sea humo
Y sus vapores incienso para el pensamiento humano,
Los turbados sentimientos que al principio despertaron
La Canción en el mundo, buscarán lo que sembraron:
Como en las playas las olas se rompen finalmente,
Así, hasta el límite extremo, las pasiones empujaron
A la poesía, que no es sino pasión,
O al menos lo era, antes de convertirse en moda. “



viernes, 1 de mayo de 2015

ASPECTOS DE LA HISTORIA LITERARIA

ASPECTOS DE LA HISTORIA LITERARIA
Por José Joaquín Blanco
Coloquio de Historia Contemporánea/DEH-INAH, 14 de abril de 2015

1
Uno de los aspectos en que más se relaciona la literatura con la historiografía es en la necesidad de contar una historia, relato, narrativa, discurso, ensayo, disertación a partir de los materiales, los estudios y las reflexiones del historiador. De alguna manera, toda historiografía termina aspirando a ser literatura, si no siempre en la pluma del investigador sí en las de sus divulgadores, epígonos o recreadores. Pero lo deseable, lo tradicional, la norma de los clásicos, es que sea el propio historiador no sólo el que busque, contraste, estudie, analice sus materiales, sino que los vierta en una expresión textual dirigida por él mismo. Contar la historia no significa solamente volcar conocimientos particulares, sino hacerse preguntas e hipótesis, imaginar escenarios, encontrar contrastes y disparidades, ordenar y dirigir los aportes de la tradición y de la ciencia.
De tal modo, la historia es también el arte de contar la historia y no solamente el de descubrir, estudiar, contrastar y debatir sus materiales. Y si bien los historiadores suelen apartarse de los rumbos imaginativos, ficticios o claramente subjetivos que privan en ciertos géneros literarios –no en todos, y no de cualquier manera-, también han reconocido en todas las épocas el auxilio de la literatura como maestra del discurso, del relato o de la disertación, tanto más cuanto que en muchísimos casos las fuentes que privan son asimismo textos, y con frecuencia la historiografía dedica mucho esfuerzo a escribir un texto que estudia y comenta otros textos. No pocos textos historiográficos han sido igualmente textos literarios: testimonios, relatos, discursos, fábulas, apólogos, tragedias, himnos, odas, oraciones fúnebres, cartas: literatura.
No debe olvidarse que durante muchos siglos, acaso milenios, historia y literatura eran la misma cosa, y lo que difería eran los textos particulares, y que no fue sino hasta el positivismo cuando el afán cientificista de los historiadores universitarios trató de deslindarse de la literatura en su afán de crear un discurso textual propio: un estricto código académico de disertación, tratado, memoria, anales, catálogos o listados de sus fuentes y estudios.
Desde un principio en América, con los cronistas de Indias, se dio esta mescolanza de géneros que sólo resulta heterogénea desde el punto de vista positivista, pues en un principio resultó absolutamente natural que en el mismo discurso o relato se amalgamaran diversas disciplinas humanísticas como la historia, la filosofía, la teología, la historia natural, el testimonio, el catálogo de conocimientos y referencias de todo tipo, como podemos ver en fray Bartolomé de las Casas, en Motolinía, en Acosta.
De hecho, ambos predicadores (Las Casas, Motolinía) dieron un paso más y con frecuencia recurren a géneros más propios de la ficción, de la subjetividad y de la religión para expresar historias o disertaciones rigurosamente históricas, como por ejemplo, en Motolinía, la fábula de las plagas que los aztecas debieron sufrir en castigo por su idolatría a la manera de las bíblicas plagas de los egipcios, que no es sino un sucinto catálogo de las terribles calamidades que cayeron sobre los aztecas de la época de la conquista.  Y en Las Casas diversos informes de la historia, los rituales y las costumbres de los indios se ven confrontados con todo tipo de textos grecolatinos, incluyendo fábulas mitológicas o relatos imaginativos de los escritores clásicos.
En las crónicas de los soldados con frecuencia la manera de contar no es menos importante que los hechos narrados. En Cortés se desarrolla la épica de la conquista desde la inteligencia estratégica del capitán, mientras que Bernal entreteje el relato bajo de la tropa. Por su parte, buena parte de la literatura de los antiguos mexicanos que sobrevive, como el Popol Vuh, el Rabinal Achí, los libros del Chilam Balam, los Cantares mexicanos y muchos poemas y discursos aztecas comparten esta escritura bifronte: relato que documenta, documento que imagina, que incluso sublima la tradición y el conocimiento rumbo a los estadios del rito y del mito.
Los frailes multiplican la diversidad de perspectivas del relato historiográfico-literario, desde la reconstrucción de testimonios individuales sobre el pasado indígena hasta una verdadera amalgama o mosaico, en Sahagún, de muchos informantes, una especie de enciclopedia o de coro de testimonios y respuestas. Posteriormente, los cronistas mestizos refunden tanto los informes o relatos que han venido sobreviviendo y modificándose a lo largo de las generaciones por tradición oral, como su personal interpretación o glosa de escrituras y monumentos que alcanzaron a conocer por sí mismos.
Un aspecto asombroso se vino a revelar con el estudio de los llamados Títulos Primordiales, o escritos con pinturas que diversos pueblos y comunidades elaboraron para fundamentar su derecho a las tierras comunales, con orígenes tanto prehispánicos como  españoles, por el reconocimiento o donación que diversas autoridades españolas les habrían concedido. Muchos de esos títulos han resultado falsificaciones, falsificaciones muy antiguas de las que tal vez no se percataron los propios pueblos, o que acaso algunos de sus miembros urdieron como estrategia consciente de sobrevivencia. Auténticos o falsificados, narran la pequeña historia de la fundación de un pueblo o de una comunidad desde sus orígenes diversos, prehispánicos y coloniales, y los episodios de su trato con la administración colonial y con los pueblos vecinos, y resaltan algunas individualidades fundadoras o preeminentes. Mezclan historia y literatura, realidad e invención, legitimidad y falsificación.
Hay otros relatos, en los que con frecuencia es difícil deslindar lo verídico de lo fantasioso, y los aspectos sobrenaturales o religiosos asumidos como ciertos en su momento de otros que ya manifiestan cierta deliberada vocación hagiográfica; tales son las muchas historias de las órdenes religiosas, de la fundación de templos y conventos, y de las vidas de los religiosos notables o con perfil de santos. En un caso al mismo tiempo puntual como historiografía que delirante como imaginación y desesperación apocalíptica, fray Jerónimo de Mendieta narra no sólo ha historia de la evangelización sino los delirios de la lucha contra el Anticristo, la refundación de la Iglesia primitiva y la espera de la Segunda Venida de Cristo. A ratos, sus estampas de los famosos misioneros se leen como vidas imaginarias.
Como vemos, no sólo se buscaba la fuente, el dato y el monumento, sino la construcción de un relato. En diversos casos, especialmente en el siglo XVII con autores como Ixtlixóchitl y Sigüenza encontramos ejercicios deliberados no sólo de historia comparada, sino de literatura comparada. Así, estos historiadores-narradores tratan de conciliar algunos relatos o códices indígenas con los relatos bíblicos del diluvio o de la Torre de Babel. Es decir, retomar no sólo la doctrina judeocristiana sino los episodios, los mitos, los portentos y los milagros del relato bíblico.
Un paso adelante dio un siglo después Clavijero, al retomar como modelo de relato, narrativa, estructura o discurso las historias clásicas de los griegos y los romanos, y narrar la historia de los aztecas según el modelo de los pueblos paganos clásicos. Itzcóatl y Tlacaélel tendrían su Tácito, su Suetonio, su Tito Livio, su Plutarco…
En todos estos casos vemos la búsqueda de los historiadores de una manera de narrar su materia, de volverla no solo coherente, sino además de dotarla de un sentido y de una trayectoria, hasta de un destino. Desde el intento de leer los fragmentos de la memoria indígena como episodios semejantes a los bíblicos, hasta la pretensión de Boturini, inspirado por Vico, de descubrir un desarrollo en el tiempo que vendría de un tiempo y una historia de Dioses, que daría lugar a un posterior tiempo y una historia de Héroes, para llegar finalmente a un tiempo y a una historia de Hombres.
La historiografía es la escritura de la historia, y ahí reside su irrenunciable esencia literaria. La escritura: la imaginación y composición de un texto. Hay cientos de maneras de imaginar, componer y escribir los textos, tanto en la literatura como en la historia y en otras humanidades.
2
No sólo quisieron aprender los historiadores mexicanos la manera de narrar de las fuentes sagradas o clásicas, sino también la manera de callar, de olvidar. Una narración es también lo que se calla, se oculta, se proscribe o se margina. Desde la conquista misma hubo una lucha entre expresión y silencio. Muchas cosas no debían de ser dichas, decían algunos. Otros opinaban que había que conocerlas todas para poder tratar y convertir a los indios. Hubo quema de códices y destrucción de imágenes.
Y de una manera tan habilidosa que cuesta trabajo pensar que fuera del todo involuntaria, hubo invención cristiana de la historia idólatra, en la exaltación, por ejemplo, de los aspectos “buenos”, casi cristianos, casi occidentales, casi franciscanos, de Quetzalcóatl, que con frecuencia asombran a los arqueólogos al no encontrar después de tantas décadas de excavaciones sustento a determinados perfiles del mito “bueno”, y sí muchos que insisten en familiarizarlo con otros perfiles del panteón prehispánico. Se han encontrado varias imágenes de Quetzalcóatl, o de quienes lo encarnaban, oficiando sacrificios humanos; y resulta que a partir de Teotihuacán las viejas divinidades del Viento y de la Serpiente Emplumada (en su origen un mito meramente agrícola) se convirtieron en un Quetzalcóatl feroz, enseña de de la casta de los guerreros más temibles. Claro que se sigue y se seguirá discutiendo a mares sobre Quetzalcóatl, pero en parte por esas misteriosas, poco fundamentadas, enseñas benéficas, pacíficas, sacerdotales, frailunas que aparecen en las crónicas franciscanas. Quetzalcóatl es un magnífico ejemplo de los miles de relatos vagos y divergentes que pueden narrarse a partir de un puñado de datos duros.
            Para no pocos españoles, incluyendo a muchos frailes, era mejor olvidar el pasado pecaminoso de la idolatría y los sacrificios humanos,  y devolver a los indios, como a todo cristiano, a su universal historia sacra de la Creación y la Redención divinas. Olvidar la época del demonio y apenas rescatar de ella estampas y perfiles inocentes, pintorescos, saludables, decorativos. Pese a la inquietud etnográfica de algunos frailes y estudiosos, la Nueva España empezaba con la primera misa en Veracruz, y se unía a la historia universal de la Creación, la Redención y el regreso apocalíptico de Cristo.
            Es importante acentuar esta necesidad de olvido del pasado prehispánico por parte de España y los novohispanos, para entender la furibunda reacción contraria, liberal, encabezada por fray Servando y Carlos María de Bustamante, de negar y silenciar la “usurpación” y la ocupación españolas y de pretender devolver a la historia nacional al punto donde la muerte de Cuauhtémoc  la había “interrumpido”. Casi toda la historia liberal mexicana del siglo XIX quiso olvidar o borrar lo más posible de la memoria colonial, como los españoles y los criollos, a su vez, lo habían hecho con la memoria prehispánica, y como nuestros tecnócratas pretenden hacerlo con el villismo y el zapatismo.
            Pero no se trató meramente de una excentricidad ideológica o de un delirio fanático local, como quería pensar Lucas Alamán. Inventar un silencio es también contar una historia. También se cuenta por omisión, por marginación, por olvido; también se cuenta una historia borrando. Para no ir más lejos, tenemos el propio ejemplo español, que durante varios siglos, y hasta la fecha, trata en la mayoría de los casos de borrar, olvidar, marginar o trivializar sus muchos siglos de historia mora y judía. Quieren una Hispania exclusivamente grecorromana, goda, cristiana, europea.
En el fondo, los terribles fray Servando y Bustamante, al querer reducir a lo mínimo la “usurpación” española de la historia de México y devolverla a la matriz  azteca (como si no hubieran existido sino aztecas entre todos los indios mexicanos), no estaban sino repitiendo el ejemplo de los historiadores, clérigos, políticos y literatos españoles con relación a la historia mora y judía. Y no sólo la mora y la judía: los aspectos bereberes, celtas, fenicios, iberos, cartagineses de la historia española suelen borrarse o trivializarse, para enfatizar su historia cristiana y, en menor medida, su historia grecorromana. Contar una historia es escoger los materiales y distribuir los papeles protagónicos, acentuar y borrar, olvidar y mitificar.
            Sospecho que esto ha ocurrido siempre en todos los pueblos del mundo. El bando o la tribu triunfadores eligen a sus predecesores y apartan los perfiles que no desean, que incluso llegan a odiar, como por ejemplo la época del cristianismo arriano en España que quedó reducida, de una época larga y vigorosa, a un odiado paréntesis herético. Y por lo demás, los aztecas eran buenos en esto del borrado y de la modificación y expropiación de lo que les incomodaba: se sabe que Tlacaélel mandó borrar y rehacer la historia antigua mesoamericana para convertirla en la historia exclusiva de la grandeza azteca.  Parece que muchos faraones hicieron otro tanto en Egipto, borrando, mutilando, agregando, modificando las fuentes y sobre todo el tejido narrativo de la memoria a partir de esas fuentes, pero ya arregladas, casi trucadas, para el nuevo uso. Narrar la historia, a pesar de los datos duros y los monumentos comprobables, puede tener mucho de rejuego imaginativo y de manipulación política.
            Pero en México ocurrió la desgracia, en prácticamente todo el siglo XIX, de la confrontación de dos silencios. Quienes querían borrar la memoria indígena y quienes querían borrar la historia colonial para narrar una historia que justificara, prestigiara y habilitara el tiempo presente. Lucas Alamán, el gran denostador de los negadores de la historia colonial, fue un gran negador de la historia indígena, que por supuesto no podía desconocer, y al detalle, al menos en las obras ya publicadas para entonces de los cronistas e historiadores. Fue un sabio de muchas lecturas. Para él, México debía comenzar con Cortés, el evangelio y los frailes, y con la cultura occidental imponiéndose contundentemente en el mapa. Para él, como para sus discípulos Carlos Pereyra y el último Vasconcelos, la historia de México que debía de ser contada era la hazaña de la civilización española y cristiana en estas tierras.
            Salvo, desde luego, casos aislados de grandes historiadores independientes, como José Fernando Ramírez, Del Paso y Troncoso, García Icazbalceta, Orozco y Berra, buena parte de la muy mala historiografía mexicana de la mayor parte del siglo XIX arranca de este vicio de negar tamaños trozos de siglos o milenios de historia humana en nuestro mapa, a fin de favorecer la historia ideológica, política, religiosa o sentimental que deseaba contarse para crearse un presente a su gusto.
Y no había salida posible. O se negaba un trozo, o se negaba el otro; en casos fabulosos, como el del Nigromante, se negaban de plano los dos, y había que empezar otra vez desde cero, con el Progreso y la Ley, con Hidalgo como nuevo Adán y la Corregidora como nueva Eva. Es curioso leer el bilioso anti indigenismo del indio puro Ignacio Ramírez; como era curioso leer el anti españolismo bilioso del muy hispano, cristiano,  fraile dominico Servando. Portentos que ocurren en tiempos borrascosos.
            Y de repente, no sabemos cómo, se rompe el nudo gordiano, ya con don Porfirio, y por fin tenemos Historia Patria, y no tanto por las fuentes sino por la manera de contar la historia, de buscarle su principio, su camino, su destino. Casi inventarla a partir de muchos datos y monumentos, pero con gran voluntarismo.
Lo hace de repente Vicente Riva Palacio en México a través de los siglos y lo confirma luego Justo Sierra en la Evolución política del pueblo mexicano. No existe testimonio alguno sobre cómo nació y se consumó el prodigio. Lo único que sabemos es que después de la primera presidencia de Díaz, el presidente González no sabía qué hacer con el militar-político-periodista-artista-novelista-superprócer Riva Palacio. Lo veía (y supongo que también don Porfirio, quien terminó por desterrarlo con un gran puesto diplomático en España) como peligro y gran estorbo. Entonces se le ocurrió encargarle que escribiera una historia, pero iba a ser la historia partidaria de las guerras de Reforma, la Intervención y el Imperio. Que se encerrara a estudiar el amenazante prócer y no quisiera disputarle la presidencia. Se trataba pues de una obra de encargo oficial, con el fin de mantener ocupado a un rival temible.
Pero poco después, ya con don Porfirio de regreso en la presidencia, nos encontramos con el portento de que ya teníamos Historia Patria. Aquel encargo oficial y partidista sobre el triunfo liberal se había convertido misteriosamente en una historia totalizadora de México, financiada súbitamente por un editor privado, Ballescá. Finanzas algo sospechosas pues se trató de una inversión  muy cuantiosa, que convocó a infinidad de historiadores, investigadores, ayudantes, dibujantes, escritores. Casi un ministerio de cultura o de propaganda. Se convocó a aportar datos a toda la burocracia nacional y a muchos curas y particulares.
            El título del libro compendia su programa y la mayor revolución historiográfica jamás vista en nuestro mapa: México a través de los siglos. Ese programa y esa revolución historiográfica consistieron en una coartada totalizante que desterraba los silencios, las épocas omitidas, prohibidas y borradas. Su historia prometía hablar de todo lo que hubiese ocurrido en el mapa a lo largo de los siglos, simplemente por haber ocurrido en el mapa durante todos los tiempos del tiempo. Era tramposa, enfática y demagógica la frase, desde luego, además de genialmente afortunada: No podía haber México antes de México, y por México se pensaba desde luego en el país independiente, que ulteriormente irradiaba su nombre hasta la prehistoria. Los mamuts no eran todavía México, pero había que nacionalizarlos.
            Aunque se aprecia en la dirección del libro, cuya composición fue encargada a varios especialistas, la nueva política de amplia reconciliación entre las facciones antaño enemigas, evidentemente priva la versión liberal, juarista e insurgente. Pero todo cabe. Este absoluto de inclusión explica por qué sigue siendo nuestra mayor obra historiográfica, por más que evidentemente esté superada en múltiples aspectos. Todo era Historia Patria. Nada estaría fuera: todo lo que hubiese ocurrido en el mapa alguna vez.
            Y había otro truco, elemental, casi infantil, fruto de la doctrina liberal del progreso. ¿Cómo dirimir los antagonismos, las contradicciones tan marcadas? La palabra mágica, el “ábrete sésamo” era el “a través de los siglos”, como metáfora de todo el tiempo en enjundioso crescendo. Aquí también había maña. Se postulaba un México en marcha, en progreso, que avanzaba, avanzaba siempre en ascenso… En consecuencia, no venían tanto al caso los pleitos entre épocas y civilizaciones: el nuevo dogma del Progreso a través del tiempo, ora sí que “a través de los siglos”, creaba un orden pacífico, una jerarquía que terminaba coronándose, por supuesto, con la época presente del auge porfiriano, y don Porfirio era el zenit del ascenso de México a través de tanta centuria.
            Los aztecas no serían inferiores en raza, cultura ni religión a los españoles, serían inferiores sólo en progreso, únicamente porque les había tocado vivir antes; y los teotihuacanos serían inferiores a los aztecas simplemente por haberlos precedido. A los españoles y criollos los favoreció el tiempo, a pesar del Santo Oficio, y tuvieron un estadio más avanzado. Pero los insurgentes y liberales tendrían la fortuna de ser posteriores, más modernos…
            La historia que nos cuenta Riva Palacio se tambalea un poco en la época independiente, pues aparte de las gestas de los héroes, llenas de pathos romántico, no fue para nada un tiempo más rico, próspero, pacífico ni saludable que los anteriores. La vida material estaba en bancarrota y las desgracias políticas y militares proliferaron: ahí, con truco literario, el aliento romántico, el culto al héroe, a la patria y a las promesas del futuro, oculta un tanto el paisaje desolador de la primera mitad del siglo XIX. De cualquier manera, según la teoría del progreso, supera a la colonial, pero será inferior a la de la Reforma, cuando se crean las instituciones y las leyes, la Constitución, el Estado, el progreso capitalista que, sin embargo, sólo vendría a florecer con don Porfirio.
            Sea como fuere, el gran libro de Riva Palacio acabó con las facciones enconadas, convocó a la unidad (llena de polémicas y rencillas laterales, pero ya no de exclusiones por principio), y creó un marco general que siguió siendo muy útil, así se reformaran muchos de sus asertos particulares, durante todo el siglo XX. Para Edmundo O’Gorman México a través de los siglos era la mayor hazaña de toda la historiografía mexicana por esta abolición de las exclusiones y por esta creación de un marco general, objetable, tramposo, si se quiere, pero útil y habitable. Adiós a la historiografía fratricida, excomulgadora.
            Pocos historiadores del siglo XX (salvo el excéntrico Vasconcelos) se negaron a esa convocatoria y pretendieron volver a una historia fundamentalmente facciosa, hispanista y cristiana en su caso. Sin embargo, el dogma del progreso resulta endeble, y podría ocurrir, por ejemplo, que Teotihuacan y las ciudades mayas en realidad hubiesen sido más progresistas que Tenochtitlan, a pesar de caer un poco atrás en la escala cronológica, y que el siglo XVIII hubiese sido más próspero y floreciente, en su mayor parte, que el siglo XIX.
              
3
A partir sobre todo de los años sesenta del siglo XX, apareció en las mayores instituciones mexicanas dedicadas a la historia un revisionismo de la Historia Oficial, primero más o menos discreto o irónico, y posteriormente más enconado. O’Gorman, Cosío Villegas, Luis González. La Historia Patria de los liberales de la Reforma había devenido, en los años del auge del PRI, en una mera Historia Oficial concretada especialmente en los libros de texto de primaria, que coordinaba nada menos que el superescritor de la Revolución Mexicana: Martín Luis Guzmán. Para decirlo brutalmente, se había pasado de México a través de los siglos a “México a través de los sexenios”.
            Esta pugna revisionista de la historia oficial es más que una simple corrección positivista de datos, y que los revanchismos ya seculares entre las facciones políticas que, según los vuelcos de la fortuna electoral, quieren derribar a Hidalgo para reponer a Iturbide, o a Juárez para venerar a Maximiliano, o a Cuauhtémoc para sahumar a Cortés y así con todo el santoral. En realidad, se trata sobre todo de cambiar el relato un tanto provinciano, aislacionista, excéntrico para el gusto de algunos, y uniformar la historia mexicana con la historia global. Una historia nacional más occidentalizada, más cosmopolita, más acorde con la historia de otros países, especialmente de las grandes potencias occidentales.
            Este vuelco contra las historias nacionales particularistas parece prevalecer en todo el mundo. Y no tiene mucho caso jalarse los pelos sobre qué tanto se inventó o se aumentó en asuntos como el Pípila o los Niños Héroes. Todas las historias del mundo, incluyendo la norteamericana y las europeas, y las recientes de las guerras mundiales, tienen sus pípilas y sus niños héroes controvertibles. Juárez no resulta menos polémico que Lincoln, y buena parte de la discusión sobre Cortés también cabe para Julio César o Napoleón.
Lo que realmente ocurre es que el mexicano moderno, y esto ya desde hace muchas décadas, habita la aldea global, o el mundo globalizado, o ese populoso relato cotidiano de excesiva información sobre todas las partes del mundo. Tanto la vieja Historia Patria como la también caduca Historia Oficial ceden el paso a la Historia Global Instantánea, presente, momentánea, de los medios de información, las nuevas tecnologías y la forma estandarizada de vida mundial, aunque con desiguales niveles de bienestar y desarrollo.
            Y eso se nota en los relatos historiográficos de las últimas décadas, el intento de abandonar el particularismo regional, aislacionista, y sincronizarse con los noticieros mundiales de televisión o internet. Esta manera de globalizar la historia y la conciencia local es en realidad lo que priva en muchos de los relatos recientes que recuentan y reformulan la historia de México, más que una revisión cientificista de fuentes y argumentaciones.
            A mediados del siglo XIX se quejaba Altamirano de que a pesar de las hazañas insurgentes y liberales, la mayoría de los mexicanos, incluso los medianamente ilustrados, sabían mucho más de los detalles de la Virgen y los santos que de los héroes nacionales. A mediados del siglo XX, la prensa mexicana documentó que los estudiantes mexicanos de enseñanza media e incluso superior sabían más del Pato Donald o de los Beatles que de Juárez o de Zapata.
Lo mismo ocurre ahora con las figuras populares del entretenimiento y de la información globalizados. Y siento que ante esta fatalidad del presente mediático y tecnológico devorador, contundente, arrasador, se va reformulando la historiografía tradicional, hasta adecuarla a la pauta global. Se trata pues de contar una única historia mundial, con apenas aspectos decorativos y triviales en asuntos de tradición y memoria local.






miércoles, 1 de abril de 2015

ISHERWOOD Y SUS AÑOS PERDIDOS

EL ISHERWOOD PERDIDO

Por José Joaquín Blanco

El narrador inglés Christopher Isherwood (1904-1986) es conocido internacionalmente por dos grandes obras que alcanzaron trascendencia mundial: Adiós a Berlín (1939, traducida al castellano en Seix-Barral por Jaime Gil de Biedma) y Christopher y los suyos (Christopher and his kind, 1976).
La primera, que dio lugar a la exitosa película musical Cabaret, narra el mundo de excepción moral del Berlín inmediatamente anterior al triunfo del nazismo; la segunda, un libro autobiográfico, expone con una fresca y natural sinceridad, sin mayores pretensiones sicológicas o filosóficas pero con una respiración libertaria inimitable, la forma moderna de vida de un puñado de personajes homosexuales voluntariosos, entrañables, cómicos: ni reprimidos ni idealizados.
Ambas expusieron finalmente al autor como un héroe, casi un mito, de la contracultura o de la cultura occidental avanzada para grandes sectores del público mundial. Fue el patriarca de la contracultura y de los beatniks (la mitología del vagabundo y del azaroso momento presente; la reflexión y la iluminación orientales), del “camp” (inventado en su novela El mundo al atardecer, donde lo encontró Susan Sontag), del liberacionismo gay y de la prosa antimandarinesca pero con insuperable afinación estética.
         Isherwood, sin embargo, se propuso ante todo un destino y una labor de artista, como su íntimo camarada el poeta W. H. Auden. Fue un revolucionario del arte narrativo, al que despojó de tramoyas y grandilocuencias artificiosas, en busca de un relato aparentemente llano y contenido, algo humorístico (“campy”), antiheroico y anticomplaciente.
Para Isherwood el mayor vicio del arte residía en el fraude moral o estético (lo falsificado, lo hipócrita, lo prefabricado, lo pretencioso, lo snob). Por ejemplo, define a la Victoria Ocampo de Sur: What a bullying old cunt! Y opina que “el cristianismo de izquierda es una de las peores formas de izquierda y de cristianismo”. Casi todas sus opiniones literarias, políticas o religiosas resultarán escandalosas para el letrado convencional.
Con tales miras escapó como de la peste del Establishment literario inglés, de parnasos y academias, y sin miedo alguno al aislamiento o al ostracismo (que tanto aterran a los carreristas literarios), ensayó una vida relativamente anónima de aventurero mundial, que finalmente ancló en California. Novelas como Lo último de Mr. Norris, Violeta del Prater, Encuentro junto al río, Andanzas, Un hombre solo (Mr. Norris changes trains, Prater violet, A meeting by the river, Down there on a visit, A single man) lo sitúan como uno de los mejores narradores del siglo, dueño (en opinión de Graham Greene) de “una legibilidad inevitable”.
          No sólo buscaba un nuevo estilo, sino una nueva vida: en sus novelas aprovecha la revolución sicoanalítica y el pensamiento asistemático para construir una nueva moralidad e incluso una nueva sacralidad humanas. Aprovechó también para ello la tradición hindú del “vedanta” y la meditación oriental. Y ejerció una tenaz defensa de todos los aspectos lúdicos de la existencia.
A ratos, siempre campy, desecha y se burla de los monumentos o dictámenes más solemnes de la cultura occidental, y confiere una asombrosa seriedad a la conversación de un desconocido en un restorán o a ciertos aspectos de charlatanería popular, como los rumores de fantasmas y aparecidos entre los modernísimos suburbios del sur de California.
         Un escritor encarnizadamente anti-mandarín, fascinado con el destino del vagabundo anónimo y con el desprecio a los prestigios culturales (farsas, imposturas, falsificaciones), reivindicador de la vida callejera e incluso de la cultura comercial (pero reelaborada por una ironía “camp”), a quien ahora, a quince años de su muerte, resulta desde luego curioso ver coronado por una obra tan vasta y sólida como la de los mayores pontífices europeos: unos veinticinco volúmenes, algunos bastante gruesos.
Todos ellos (hasta su única novela relativamente fallida, El mundo al atardecer, The world in the evening) dotados de una clara vocación moral o antimoral: una nueva moralidad moderna, y de un nuevo estilo rigurosamente artístico, pero a la vez desconfiado de las imposturas del arte convencional.
         Hace poco apareció el primer (imponente) volumen de sus Diaries, 1939-1960, que comentamos y del que tradujimos algunos pasajes en Nexos. Seguramente veremos pronto varios tomos de su correspondencia. Acaba de publicarse un libro inconcluso, que el autor abandonó en 1971: The lost years. A memoir, 1945-1951 (Londres, Chatto & Windus, 2000).
         Se trata de un relato autobiográfico de los años de mayor depresión e improductividad de Isherwood, quien ante la explosión de la Segunda Guerra Mundial abandonó sus certezas y esperanzas, incluso su país, y buscó una nueva vida a la deriva en los Estados Unidos, como un desasido, drop-out o huérfano social. Anheló la fraternidad de la filantropía hacia los emigrados de la guerra, las iluminaciones hindúes del “vedanta” y las libertades, frecuentemente irónicas, de la sociedad y la cultura modernísimas de los Estados Unidos (sobrevivió en buena medida como maquilador de guiones cinematográficos para Hollywood).
         Está escrito en el conocido estilo llano e irónico de los grandes libros de Isherwood: un autor, “Yo” (él mismo en el tiempo de escribir, muchos años después), narra antidramática y antilíricamente la modesta pero voluntariosa y enérgica vida cotidiana de un puñado de personajes azarosos, seductores, algo vagabundos, que acompañan a su personaje Christopher (él mismo en el momento de la acción).
En 1971, auxiliado por sus diarios, cartas, entrevistas y otros documentos, recuerda quién fue y con quiénes vivió entre 1945 y 1951. Narra la angustia de la guerra y de la amenaza nuclear, de los hombres desasidos, fuera de los roles familiares, profesionales o políticos impuestos por la sociedad “productiva y correcta”, y las aventuras de todos ellos para gozar sus días terrenales con hambre de autenticidad y de plenitud.
Abundan, desde luego, las escenas eróticas homosexuales, descritas con una frescura y un gozo, una recuperada inocencia, una vocación libérrima de juego, como no se vio en otro autor de su tiempo y como seguramente no conocerá esta humanidad-de-los-tiempos-del-sida en varias décadas. No necesitó recurrir a los laberintos y mascaradas de Proust, a los silencios obligados de Forster, a las arduas construcciones éticas y estéticas de Gide ni a la epilepsia teatral de los santos “malditos” de Genet: habló con ironía y naturalidad inusitadas de hombres y muchachos en un mundo a su medida.
Opino que en ningún autor moderno respiran y se mueven tan a sus anchas los personajes homosexuales como en los libros narrativos o autobiográficos de Isherwood. Más que un liberador, es un liberado: su enseñanza es el espectáculo gozoso e irónico (“campy”) de su libertad, ganada a pulso sobre el terreno, por los caminos más azarosos y anónimos.
         En otro lugar he estudiado con amplitud la obra de Isherwood (Sentido contrario, Universidad Autónoma de Puebla, 1993). Ahora celebro este libro perdido sobre sus “años perdidos”. No contiene mayores revelaciones que las ofrecidas en sus novelas, tomos autobiográficos y diarios, pero ofrece dones extraños.
El primero: el taller el autobiógrafo. Al contar su vida minuciosa en aquellos años desarrolló el estilo, la perspectiva, el tono que daría a Christopher y los suyos. No sorprende que haya abandonado este volumen: se sintió, de pronto, completamente armado para intentar de inmediato uno más ambicioso.
         El otro don es el de un libro íntimo de sinceridad abrumadora, ilimitada, mayor tal vez que la del Gide más libre. Así, recuerda aquellos años particulares día a día, amigo por amigo, amante por amante, acostón por acostón, borrachera por borrachera, peripecia por peripecia. No son las meras notas rápidas de su diario, de cualquier modo espléndidas: sino un relato introspectivo, estructurado, producto de una reflexión intensa.
Aunque no faltan a la cita Stravinsky, la Garbo ni Chaplin, entre sus amigos célebres, escasea el name-dropping: Isherwood no vivía en parnasos, sino en la aventura de su rincón californiano, y concede al más anónimo de los marineros el mismo estudio artístico y mental que a los Grandes Nombres, en sus menudos episodios de flirting, kissing, licking, wrestling, belly-rubbing, sucking, rimming, fucking, being fucked, etcétera, donde alzan para sí mismos y sus amigos una parca mitología vitalista. No sorprende encontrar explícitos y frecuentes homenajes a Whitman y D. H. Lawrence.
         La búsqueda de autenticidad, la conquista de la libertad y la alegría, la reivindicación de cada minuto terrenal, el trabajo reflexivo (auxiliado tanto por el sicoanálisis como por la meditación indostana), convierten a este libro “perdido” de Isherwood en un par de sus admirables títulos conocidos.
Y en él se aquilata, quizás más detalladamente que en los otros, su lucha de artista por la independencia personal, tanto en el sentido del pensamiento como en el del estilo; de esa estética al mismo tiempo concisa y profunda, irónica y emotiva, anticultural pero rigurosamente encaminada hacia un trabajo creativo sin atavismos ni falsificaciones, capaz de dotar de un nuevo valor a los más extraños y minuciosos cristales de la vida tal-cual-corre, siempre fugitiva de los engaños de la tramoya, los dramatismos o los magisterios prefabricados de la literatura convencional.
Ciertamente fortalece la mitología entretejida en toda su vasta obra: la vida como aventura de plenitud y autoconocimiento de hombres modernos, libres, dueños radicales de cada cristal de su presente y de su destino en sus mundos específicos, a los que con garras y dientes defienden de todo tipo de coerciones y mistificaciones.