miércoles, 1 de enero de 2020

ARTEMIO DE VALLE-ARIZPE

¿CÓMO SALVAR A ARTEMIO DE VALLE-ARIZPE?

por José Joaquín Blanco

¿Habrá modo alguno de salvar a Artemio de Valle-Arizpe (1888-1961)? El último intento fue, hará treinta años, la antología, con un generoso ensayo de Arturo Sotomayor, que publicó la entonces prestigiosa Biblioteca del Estudiante Universitario (UNAM): Don Artemio. ¿Alguien lo lee ahora, alguien lo respeta? De repente se le reedita, pero en tomos menos dirigidos a la lectura que al obsequio prestigioso, o al adorno.
         Discípulo del poeta Manuel José Othón y de Luis González Obregón (México viejo), y contemporáneo de Reyes y de Genaro Estrada, fue el más prolífico y tenaz de los “colonialistas” —escritores dedicados a reivindicar pintorescamente a la Nueva España—, de quienes ya el propio Estrada se burlaba tanto en Visionario de la Nueva España como en Pero Galín.
         Produjo acaso medio centenar de títulos (la cifra es incierta, pues hay textos recopilados con títulos diferentes) que fueron muy gustados en su época: Valle-Arizpe era uno de los escasos escritores mexicanos que agotaban sus libros; y los reeditaba, a veces hasta configurar esbozos de bestsellers como Virreyes y virreynas de la Nueva España (1933), Por la vieja calzada de Tlacopan (1937), El canillitas (1941), y especialmente La Güera Rodríguez (1951), así como diversos tomos de cuentos, leyendas o sucedidos de calles o edificios coloniales, del tipo de Historias, tradiciones y leyendas de las Calles de México (1959), que fueron explotados sin piedad —ni crédito, ni regalías— por ciertos cómics, radionovelas y telenovelas durante décadas.
         Hay que reconocerle méritos a don Artemio. Fue un escritor nato, no un burócrata de la historia o de la literatura, a pesar de su largo (y discretísimo) reinado como Cronista de la Ciudad (1942-1961). Escribía porque le gustaba, de lo que le gustaba, y su apoyo mayor, si no es que único, estaba principalmente en sí mismo y en sus lectores.
         Tanto los historiadores como los literatos de la época lo abominaban, sobre todo a partir de los años cuarenta, cuando la literatura se pretende cosmopolita (“el mexicano universal”), y la historia se hace “científica” en la universidad y en El Colegio de México, con cierta razón... y con demasiados prejuicios.
         La cierta razón: Valle-Arizpe había aprendido de González Obregón y de otros estudiosos del siglo pasado el oficio de sumirse en los archivos en la busca detectivesca de la fuente y del dato. Pero ésa era su única credencial como historiador moderno.
         Era un mero abogado, toda su cultura provenía de conquistas de autodidacta (la universidad, dizque inaugurada en 1910, sólo empezó a funcionar, y pésimamente en cuestión de humanidades, hasta 1920); no sé qué aprendió en sus años diplomáticos en Madrid y Bruselas (1919-1928), salvo, desde luego, gastronomía y visitas a museos.
         No sabía mucha historia general. Escribía casi de gratis y con entusiasmo para periódicos o ediciones que, en ocasiones, él mismo tenía que costear. Y alegremente mandaba a paseo a todos los teóricos modernos de la historia y a todos los “mexicanistas” (que son quienes conocen “científicamente” a México; los nativos sólo saben ideología, estatuye el Colmex).
         Encontraba su dato y, a la manera antigua (digamos, de un Riva Palacio), lo transformaba en un relato, donde se permitía toda la imaginación que le viniera en gana. Un Robert Ricard, un Leonard Irving, un Karl Vossler, un Alfonso Méndez Plancarte, un Silvio Zavala, un José Gaos, un Ramón Iglesia, un José Miranda, un Edmundo o’Gorman se jalaban los pelos. ¡Pero está haciendo la anti-historia! ¡Está haciendo no-ve-las!
         Como literato no le iba mejor. Su ideal de narración era el costumbrismo romántico (un José T. Cuellar, “Facundo”, perdido en La Profesa), pero ya no tan dirigido a rancheros y chinas poblanas de vecindad como a duques, espadachines, frailes y virreyes. Disfrutar la viñeta colorida, aderezada con cierto humor. Esto en la época de las vanguardias, o del realismo directo y brutal de Azuela y Guzmán.
         Y escribía en la “fabla del habedes”, que Estrada ridiculizó: un castellano más bien actual y coloquial, pero adrede amanerado con multitud de arcaísmos y palabras de sacristía, para que sonara como del siglo XVII. Así, del dato extraía muy libremente una anécdota pintoresca, y nos la aderezaba con colonialismos, a manera de pátina sabrosa.
         De cualquier manera, gracias sobre todo a Valle-Arizpe se rompió la ignorancia y el desprecio de la sociedad mexicana medianamente culta por la Nueva España. Quiso vendérnosla como una época llena de color y romanticismo, con cuentos macabros y óperas bufas, pletórica de vida sensorial: comida, edificios, retablos, muebles, música, puñaladas, líos de herencias, motines de monjas, ceremonias, escenas populares, efemérides eclesiásticas. Un balzaciano de Loreto y la Plaza Mayor; un proustiano de la Santa Veracruz y la Alameda.
         Hizo un poco con la Nueva España lo que los novelistas europeos —buenos y malos— lograron con respecto a la Edad Media: transformarla de una oscuridad de polvosos trebejos en un escenario emocionante. Tan lo logró que se agotaban sus ediciones, e invadió —por intermedio de coautores piratas— la radio, los cómics, la tele. ¡Ah, si se le hubiera ocurrido “El jorobado de la Basílica de Guadalupe”!
         Nuestros críticos de historiografía y de literatura no lo han zaherido, sólo lo ningunean por completo. Se odia algo más que un uso “demasiado insuficiente, anecdótico e imaginativo” del dato, y que ciertos rasgos “anacrónicos” al concebir y narrar un cuento. Lo que detestan los criticastros y profesorucos en Valle-Arizpe es algo más profundo. Esos ruines pecados podrían tratarse de:
         1) Don Artemio es un escritor auténtico, malo o bueno, pero escritor, creador, no un cofrade de la industria académica ni de parnaso alguno;
         2) que como tal, opina a su manera, que les resulta un tanto caótica, y no según escuelas, modas o tendencias; esa manera es la de un librepensador maderista (fue diputado maderista por Chiapas, 1910-1912, aunque nació en Saltillo y murió en la Colonia Del Valle) que se emociona con el pasado novohispano, pero con un sesgo harto juarista y bohemio, incluso a pesar de sí mismo, tal vez a ratos involuntariamente.
         Este cantador de frailes y monjas conoce y ama la lujuria. “¡Se está cachondeando a las monjas de La Concepción!”, denunciaría algún exmarxista profesor de la Ibero. Este venerador de catedrales, y lamentador de la destrucción de los antiguos conventos, conoce muy bien de qué pie cojeaba el clero, y lo dice. “¡Está pintando a los frailes como si fueran gandules, espadachines o arrebatacapas!”, gritaría alguna lerda profesora del Colmex, quien se imagina abadesa clarisa de la Sociedad Civil.
         Y 3) a la manera de un prosista del siglo XIX, no privilegió géneros especializados. Nunca dijo: ahora hago novela, ahora sátira, ahora historia, ahora ensayo, ahora cuento; hacía escritos. Escribía, ¿para qué más? Hacía su literatura. Y tenía lectores. Muchos.
         Los historiadores lo encontraban demasiado literato; los literatos, demasiado historiador. A los cultos molestaban sus anacronismos de amateur o de superviviente de épocas pre-universitarias; a los populacheros, ¡tanto vocabulario, tanta cultura! A los mundanos les resfriaba tanto cura; a los clericales, tanto mundo. La izquierda decidió que la Nueva España era, sin más, una causa reaccionaria; la derecha, que su autor y sus libros eran non sanctos. (“La función del escritor verdaderamente cristiano, filosofaría el arzobispo-académico Luis María Martínez, es pintar el edificante ‘deber ser’; no el insignificante ‘ser’ de los pecadores”.) La academia susurró, escandalizada, que no eran académicos. Los diletantes, que no eran modernos. El lector común, por miles, decidió en masa leer varios de sus libros.
         En suma, quienes hubieran podido celebrar su obra colonialista, compadres del PAN y de la Iglesia, gente del rumbo de los Caballeros de Colón, lo encontraban endiabladamente mundano, casi obsceno, frívolo, irónico cuando no sarcástico, con respecto a los abalorios coloniales que querían objeto exclusivo de servil veneración ideológico-religiosa. Consideraban a Valle-Arizpe casi un sacrílego que ventilaba los trapos sucios de la Iglesia con el pretexto de hacer historia colonial.
         Y quienes hubieran querido combatirlo, se declaraban vencidos a las primeras cincuenta páginas de cualquiera de sus tomos, por la aparición de tanto Caballero de Santiago, tanta monja, tanto estípite, tanto alarife, tanta alcaicería, tanta cerámica y confitería, y sin ir más allá, lo condenaban al silencio de un museo. “¿Por qué no escribirá este catrín algo más moderno?”, susurraría algún asiduo vanguardista del Café París, en 1934, en el intersticio que le dejaban sus sueños de colocarse, cardenistamente, de funcionario en el gobierno.
         Sólo lo apreciaba —y saqueaba, siempre con crédito y provecho, sobre todo en la tele, en sus pláticas sobre las calles de la Ciudad de México— Salvador Novo, quien nos cuenta de don Artemio cosas sorprendentes (La vida en México en el periodo presidencial de Adolfo Ruiz Cortines).  Una, que era un espléndido conversador, cosa que no se nota mucho (pero a ratos se insinúa) en sus libros, pues siempre traduce su lenguaje natural a “la fabla del habedes”. Segunda, que no se le encontraba mucho en las sacristías ni en los archivos, sino cotidianamente, con puntualidad, ataviado de punta en blanco cual prócer porfiriano, con sus bigotes respingados y sus lentes redondos, perfumado y coquetón, en el cine: primera función de la tarde, siempre solo. ¿Qué prodigios caballerescos iba a buscar, solo, en los cines, a tan juvenil hora, además (supongo) de la película?
         Claro que se le habría podido preguntar a Novo: y tú, cuando descubriste in fraganti a don Artemio, ¿que andabas haciendo, también solo, también muy ataviado y perfumado, en tal cine, que pasaba tan rascuache y conocida película, a esas juveniles horas de la tarde? Hélas! les cinémas d’hier!
         De modo que para salvar a Artemio de Valle-Arizpe hay que empezar por considerarlo principalmente como un poeta gustosamente solitario —bueno o malo, pero auténtico— que bogaba a su propio capricho, contra las poderosas corrientes adversas de la historiografía y de la literatura de su tiempo.
         Sí, se quedó fijado en la concepción juvenil, porfiriana, que se hizo de ambas disciplinas hacia 1910, y contra viento y marea trató de realizarla en su madurez y en su vejez. Eso quería. Eso hizo. Al diablo los demás.
         Muy probablemente casi todos sus libros pudieron haberse escrito antes de la Revolución (que lo encuentra ya de 26 años).  Ese liberalismo esencial al mismo tiempo muy crítico de las tropelías de los liberales (el fanatismo ideológico; el saqueo venal, corruptísimo, y la destrucción de bienes eclesiásticos); ese amor por la herencia religiosa colonial, a la vez muy consciente de todos los grandes pecados del clero, a ratos incluso jacobino (alguno de sus cuentos de convento habría divertido a Diderot); ese erotismo acezante, pero siempre contenido, en el umbral de fuego; ese culto por lo pintoresco, por los aparecidos y bandidos de novelas de folletón, por los adulterios y otros pecados ocultos de gente famosa o encumbrada, por la caricatura irreverente pero jamás incendiaria.
         Incluso su “fabla del habedes”, su artificioso lenguaje colonialista, era una aspiración de algunos modernistas; en sentido contrario, hacia la celebración del gaucho y de la vida campirana, Leopoldo Lugones echó a perder todo un libro de relatos con una “fabla gauchista”. (Luego, Luis González y González inventó en Pueblo en vilo y otros escritos una “fabla ranchera”, no menos artificiosa y pesada, ¿pero quién le ladra a Luis González y González entre el servilismo intelectual del Colmex, de la Ibero, de la UNAM?).
         Colonialista indiscreto, Valle-Arizpe nos lleva a la prestigiosa Nueva España también para hurgar o inventar en ella rincones incómodos, chuscos y pecaminosos. Busca con frecuencia la perspectiva inconveniente, sarcástica, delatora del pasado; el pícaro Canillitas, y una cocotte política: La Güera Rodríguez, amante de todo prócer, de Bolívar a Iturbide, son algunos de sus grandes aliados en su tarea de hacer de la Nueva España el centro de nuestras nostalgias, sí, pero sin olvidar sus calles apestosas con hartos puñales, pleitos a muerte por honra o por centavos en las narices mismas de la Virgen y del Santísimo, alcobas turbias de carne viva, y una casa interminable de la risa bien surtida de manjares y golosinas por religiosas pantagruélicas. Nunca han sido más tragones los novohispanos que en un escrito de Valle-Arizpe.
         Mucho, muchísimo más se sabe hoy en día de la Nueva España de lo que Valle-Arizpe conoció o soñó. Se han reorganizado posteriormente los archivos; se ha becado a centenares de barbudos extranjeros e imberbes y pasantes mexicanos para trasegarlos; se ha tenido que hacer miles de tesis sobre tales documentos. Y los barbudos-de-los-barbudos espigan, doctorales, en todo el material recobrado por sus tamemes académicos, y salen con alguna seriesota y archidocumentada batea de babas summa cum laude, generalmente en honor del rey, de los virreyes, de los hacendados y mineros, y sobre todo del clero. ¡Eran tan buenos como el pan! Qué crimen de los ultras liberales ¡y masones! haberlos tocado. ¡Qué i-rra-cio-na-li-dad luchar por la independencia!
         Artemio de Valle-Arizpe, con el oficio que tomó —en asalto autodidacta— de sus escasos predecesores (Del Paso y Troncoso, Marroqui, García Icazbalceta, Antonio García Cubas, Orozco y Berra, Genaro García, Luis González Obregón; además, claro, de toda la literatura e historiografía novohispanas entonces asequibles), soñó su propio sueño; independientemente, en su cuarto, a su manera, sin oportunismo mercadotécnico, académico, literario, ideológico ni político alguno. Tuvo la suerte de contar en su propio tiempo con algunos miles de lectores (que eran todos los lectores de México, y algunos más).
         Siempre he leído a Artemio de Valle-Arizpe, a quien me impuso en la preparatoria, como modelo de escritor, mi maestro Arturo Sotomayor, su discípulo; algunas veces he escrito elogiosamente de él (Revista de la Universidad, mediados de 1977); otras le he ladrado. A mi manera, “artemicé” en La literatura en la Nueva España y Esplendores y miserias de los criollos (Cal y Arena).

POR LA VIEJA CALZADA DE TLACOPAN

I
La idea fue inspirada. Su eficacia continúa sesenta años después: en Por la vieja calzada de Tlacopan (1937; sigo la segunda edición, corregida y aumentada, de Compañía General de Ediciones, 1954), Artemio de Valle-Arizpe cuenta cuatro siglos de historia de la ciudad de México a través del relato de una sola calle. Nuestra Main Street, diría Sinclair Lewis.
         Se trata de la que los mexicas llamaban Tlacopan, y que ahora, empezando desde las espaldas de Catedral, admite los nombres de Guatemala (solo una cuadra), Tacuba, Hidalgo, Puente de Alvarado, Ribera de San Cosme, hasta lo que fue la Fuente de Tlaxpana o “de los músicos” (porque tenía estatuas de músicos), cerca del Circuito Interior —donde una “excapilla británica” señala el sitio del cementerio para protestantes, y para los ateos, masones y descreídos a quienes les Iglesia negaba, hasta que Juárez decidió otra cosa, sus panteones.
         Esa calzada (que en la Colonia se repartió en diversos nombres: Escalerillas, Tacuba, Santa Clara, Betlemitas, San Andrés, Terceros, Santa Isabel, Puente de la Mariscala, Santa Veracruz, San Juan de Dios, Alameda, San Diego, San Hipólito, San Fernando, Buenavista, San Cosme, Tlaxpana) era la calle más grande de la ciudad y, con la de San Francisco, una de las más ricas e importantes.
         La recorría un acueducto de 900 arcos (que llegaba desde Santa Fe y Chapultepec —con sus dos corrientes, una de agua “delgada” (que se entubó en plomo desde fines del siglo XVII) y otra de agua “gorda”— hasta el Puente de la Mariscala, donde hoy está el Eje Central), y en ella se asentaba buena parte de los edificios más suntuosos e importantes de la ciudad: el seminario y la universidad (durante algún tiempo); Catedral, el palacio de Cortés (que “era menos un palacio que otra ciudad”), un grupo de tiendas llamado Alcaicería, diversos conventos, templos y hospitales, como los ya mencionados que dieron sus nombres a las calles; además del actual Palacio de Minería, la Alameda, el quemadero de la Inquisición, la Casa de la Pinillos o Palacio de Buena Vista [actual Museo de San Carlos], Mascarones, etcétera. De este modo, Valle-Arizpe tañe un nervio fundamental de la ciudad. Retomará esta inspiración (con mucho menor fortuna, a pesar de sus célebres páginas sobre los barberos y las tortas de Armando) en Calle vieja y calle nueva (1949), con respecto a la actual 16 de Septiembre, y en El Palacio Nacional.
         Según su manera habitual de escribir, este libro es una mezcla de géneros (historia, literatura, crítica de arte, periodismo) y una mezcla de estilos. Recae en el artificio de amanerar adedre su prosa con ultracorrectismos (“redichos”, se decía antes, v. gr.: diferenciar cementerio, el sitio, de panteón, el conjunto de monumentos); con arcaísmos (“la fabla del habedes”, como en “sus amigos eran la horrura de la ciudad”, “con los baratos se ganaban amigos” y “doce hampones de los de su carpanta”); y lo que es más desagradable, con “beatismos”, para nombrar de alguna manera la imitación del estilo hagiográfico de los viejos clérigos: “Pedro López tenía alma seráfica de un santo... Lleno de bondad se dedicó solamente a hacer el bien, se puso en la obligación de repartir beneficios. No descansaba nunca en su caridad; en dondequiera se manifestaba amplísima... Más de cuarenta años trabajó con ardentísimo celo, con infatigable tesón, sin que se amenguara su constancia...”
         Nos insiste continuamente, sin que le conste ni venga a cuento, que todo predicador era devoto, todo fraile de hospital un santo mártir, todo establecimiento religioso una labor angélica; y esto menos con una genuina intención religiosa que estilística: parecerse a los antiguos textos que narraban la vida y vicisitudes de las instituciones religiosas. Cuando de alguien dice que fue “un santo varón”, no está metiendo las manos en el fuego por su virtud, sino reproduciendo un rasgo de escritura hagiográfica, de la misma manera que un mal seguidor de Góngora escribiría “solitudines” por “soledades”.
         Estos son sus principales escollos. Con demasiada frecuencia, cuando Valle-Arizpe quiere sonar arcaico, compartir el tono digamos de un escrito de Mendieta, Torquemada o Sigüenza y Góngora, suena simplemente beato, a predicación anacrónica. También a menudo, el lector se pregunta qué tanto de lo que está leyendo es historia auténtica, qué es simplemente leyenda o folklore eclesiástico (v.gr.: los frailes guapos que se desfiguraban con fierros ardientes la cara, para que no les hicieran ojitos las feligresas), y qué está el propio autor inventando o sobrecargando de tintas sobre la marcha.
         Un ejemplo: los documentos antiguos de la edificación, consagración o reconstrucción de edificios religiosos suelen proliferar en mentiras o exageraciones sobre la virtud o santidad de sus fundadores, autoridades y benefactores. Eso es el lugar común. Habitualmente se alababa, con exageración barroca, a esas personas. Y no por ello vamos a creer que la Ciudad de México era la Ciudad de Dios; simplemente, que se solía escribir así en agradecimiento o memoria de los donantes y las autoridades, del mismo modo que en nuestro tiempo se habla en las inauguraciones, conmemoraciones y obituarios del patriotismo y la “vocación de servicio” de políticos como Echeverría, López Portillo y Salinas, o empresarios como Espinosa Iglesias, Alejo Peralta y los Azcárraga.
         A Valle-Arizpe le gusta este rasgo de estilo, y nos refiere tales “vidas ejemplares” como si esos lugares comunes hagiográficos fueran hechos históricos comprobados. Los novohispanos sabían que llamar “santo varón” a alguien en tal celebración constituía una simple rutina protocolaria; nosotros sabemos tomar con pinzas los elogios del patriotismo y la “vocación de servicio” de nuestros próceres y potentados.
         En otras ocasiones el novelista se apodera del historiador y nos cuenta, como si hubiera estado ahí, que tales monjas de Santa Clara de veras eran unas furibundas, y que tales maestros betlemitas de veras eran todos los días unos sádicos con los niños. ¿Unas y otros realmente fueron particularmente así, a diferencia de sus contemporáneos, o simplemente Valle-Arizpe encontró al azar alguna referencia a la que le vino en gana enfatizar? En todos los conventos de monjas hubo algún pleito a muerte por el nombramiento de alguna abadesa; en todos los colegios de niños se usaba, hasta hace muy poco, la varita de membrillo.
         Hasta ahí las objeciones. Lo demás es crónica o conversación histórico-literaria eficaz. Paseamos a través de la vieja calzada de Tlacopan, y a cada paso vemos resaltar el perfil de un sitio, de un edificio o de una costumbre (el Paseo del Pendón, el salto que nunca dio Alvarado, y la no tan novohispana costumbre de quemar judas, por ejemplo), a través de los siglos, desde la Noche Triste de 1520 hasta principios del siglo XX, cuando se levantan los palacios porfirianos (el actual Museo Nacional de Arte, Correos, Bellas Artes) sobre las ruinas novohispanas.
         Priva cierta superstición de que lo noble de una ciudad es no estar habitada, sino decorada: ser una maqueta sacra. Valle-Arizpe se emociona con una anticivil calle de lujosos templos, conventos y palacios, en los siglos coloniales, y se aburre con la nueva, del siglo XIX, que se dedica civilmente a la vivienda (hasta San Hipólito, que era iglesia y manicomio), y al lujo campestre (de San Fernando a Tlaxpana), con algunos antros y “tívolis” suburbanos, quintas para vacaciones y su gran estación del ferrocarril.
         Sólo le dedica entonces, además de refunfuños antimodernos y antiliberales, un catálogo de “vecinos notables”, entre los que se cuentan cuatro damas famosas: la desgraciada exvirreina O’Donojú, caída en la indigencia (desatendida en México durante su viudez y odiada en España, a causa de la puntada de su marido de conceder tan automáticamente la Independencia); la criadita Josefa Ortiz, algo casquivana, que se convertiría —ya con hijos— en esposa del corregidor de Querétaro; la marquesa Calderón de la Barca, excelente autora de La vida en México, y la feúcha soprano Ángela Peralta, quien había triunfado en La Scala de Milán con la Lucia de Lamermoor. Hay próceres como el general Santa Anna (a quien el endiablado Valle-Arizpe elogia como ¡el introductor del chicle en los Estados Unidos!), el mariscal francés Bazaine, el impenitente ultraliberal Manuel Romero Rubio e Ignacio Vallarta; sabios del tipo del doctor Eduardo Liceaga, a quien la Patria agradecida convirtió en esa fea estatua, tiznadísima, que dirige tan mal el tráfico entre Río de la Loza, Avenida Chapultepec, Bucareli y Avenida Cuauhtémoc; y arquitectos como el magnífico Tolsá y Lorenzo de la Hidalga, quien otorga la rima en su apellido. Proliferan los literatos: el bibliógrafo Beristáin y Sousa (a quien le dio el torzón en pleno púlpito de catedral, por injuriar en su sermón a los insurgentes); Lizardi (no pagó la renta y se burló de su casera), Alamán, Prieto, Payno, Riva Palacio, Altamirano, Gutiérrez Nájera, Francisco Pimentel, Joaquín Arcadio Pagaza, Joaquín García Icazbalceta, Justo Sierra...

II
Todo el libro es una andanada contra los “bárbaros” que destruyeron el patrimonio colonial. Ciertamente Juárez y su generación se llevan la palma, pero Valle-Arizpe recuerda (sólo que sin énfasis):
         1) Que los edificios novohispanos también eran —pobrecitos— mortales: se incendiaban, se resquebrajaban con los temblores y las inundaciones; sufrían la especulación, la violencia y los más diversos caprichos de sus propios contemporáneos: así, la mayor parte de los templos y conventos del siglo XVI y principios del XVII no fue destruida por los liberales, sino por los propios novohispanos que también tenían sus cambios de ambición y de gusto: el siglo XVIII tiró muchísimos edificios viejos para construir otros, en un nuevo estilo, con mayor opulencia;
         y 2) Que, precisamente en la calzada de Tlacopan, los novohispanos olvidaron las primeras sabias ordenanzas de construcción, que tomaban en cuenta que se trataba de una zona lacustre, fangosa, donde ocurrían temblores, y recomendaban levantar sólo edificios ligeros de tezontle. Desde el propio siglo XVII se hundían los templotes, los conventones; el Palacio de Minería se hundió, recién inaugurado; el convento de Santa Isabel, donde hoy está Bellas Artes, también se había hundido muchísimo, cuando fue derribado, en parte porque ya era un vejestorio insostenible.
         Pero se le olvida a Valle-Arizpe que una ciudad no es un museo eterno, una maqueta en vitrina, y menos cuando no hay turismo (no lo hubo hasta bien entrado el siglo XX). Ninguna ciudad se dedica a subsidiar miles de monumentos, a expensas de la actividad económica y social de su tiempo. No existe el París que fundó Julián el Apóstata. También Madrid y París, durante los siglos XVIII y XIX, derrumbaron buena parte de sus vejestorios para edificar novedades —y por ahí, que se sepa, no anduvo Juárez.
         Tampoco convence mucho en el sentido de que todo templo o convento desaparecido, sólo por ya no existir, fuera una gran obra de arte. De muchos ni siquiera sabemos sino puras palabras —y los novohispanos, al cabo mortales, también sabían mentir—, o estampas vagas (y aun falsas: hay un óleo de la Ciudad de México que pinta una catedral concluida un siglo antes de que lo fuera en la realidad, y coronada de una enorme torre solitaria que sencillamente nunca existió). Lo más probable es que la mayoría de los monumentos religiosos desaparecidos se parecieran demasiado a los muchos que todavía infestan nuestro pobre Centro Histórico, tan escaso de estacionamientos.
         Su furia, sin embargo, es razonable y auténtica. Sobre el Hospital de Terceros (para los franciscanos de tercera categoría), al que sin fundamento ostensible considera el más filantrópico del mundo —¿por qué más o menos que otros hospitales?—, nos señala que había logrado sobrevivir hasta la Reforma, cuando fue presa de la rapiña liberal. Aun así, echado a perder incluso por Maximiliano, quien se puso a modernizarlo, alcanzó la linde de nuestro siglo.
         Entonces “este edificio fue demolido hasta sus mismos cimientos para construir en su lugar la actual casa de Correos. A este propósito y asimismo al del derribo que se hizo del Hospital de San Andrés para que el arquitecto italiano Silvio Contri levantara Comunicaciones [actual Museo Nacional de Arte], y al de la demolición de Santa Isabel con el objeto de que Adamo Boari, también italiano, edificara el costoso Teatro Nacional o Palacio de las Bellas Artes, recuerdo las expresivas palabras que Carlos V dijo a los canónigos de Córdoba cuando visitaba la famosa Aljama: ‘Hacéis lo que puede verse en todas partes y habéis destruido lo que era singular en el mundo’”.
         ¿Eran tan singulares, o simples construcciones barrocas del tipo que “puede verse en todas partes” en México, Hispanoamérica, España, regiones de Italia? Los edificios mexicas, en cambio, sí habían sido “singulares”, sencillamente porque no respondían a una cultura extendida en dos continentes, sino regional, y no hubo en la Nueva España ningún Valle-Arizpe que recordara la frasecita de Carlos V. También fueron objeto de piqueta y rapiña. Se gime tanto por “la piqueta de Juárez”, y tan poco por las de Cortés, Zumárraga, Velasco, Palafox.
         Lo que ocurre es sencillo: el mundo se rige por el duro presente, no por nostalgias nacionalistas de una Edad de Oro. Así como para los españoles las construcciones aztecas eran aborrecibles porque representaban una cultura “demoniaca” y “bárbara”, que además no les servía de nada y estorbaba sus intereses, a los propios novohispanos ilustrados del siglo XVIII, a los liberales y a los porfiristas les resultaron odiosos los monumentos barrocos porque eran enormes palacios “ociosos”, “incómodos”, “insalubres”, “muertos”, “no productivos”, muy costosos de mantener, que ocupaban demasiado terreno en el suelo más caro de la ciudad.
         Ellos no se distinguían por la cultura de “recuperación del patrimonio nacional” propia del México posrevolucionario, sino por la cultura de la construcción de una nación capitalista moderna. Los liberales no admiraban tanto a Satanás, sino al Barón de Hausmann, quien echó triunfalmente por tierra medio París.
         “Sin ninguna necesidad de derribar tan importantes monumentos arquitectónicos, prosigue don Artemio, los edificios modernos con que los reemplazaron pudieron haberse alzado en otros sitios de la ciudad que habrían embellecido. Esas viejas construcciones y muchísimas más que han deshecho por todos los rumbos de México, debieron haberse respetado, pues son de las que dan carácter, fisonomía y estilo propio a una ciudad. El inmoderado afán de destruir es peculiar de todas las épocas en nuestro país. Se dice que es progreso”.
         Muy conmovedoras palabras, pero totalmente arbitrarias. Ninguna sociedad, y menos en los siglos XVIII y XIX, tenía como prioridad dar “carácter, fisonomía y estilo propio a una ciudad”. La prioridad era económica y social. Muchos templos y conventos en una época; muchos edificios de administración, negocios y servicios civiles en otra. Y las nuevas construcciones no pudieron “haberse alzado en otros sitios” sencillamente porque la gran avenida, la rentable, la que valía la pena, era la vieja calzada de Tlacopan, la primera arteria comercial, que también descollaba en cuestiones políticas y académicas, y no Tacubaya o Santa Anita.
         Los mexicanos modernos levantaron ahí el Palacio de Minería, el de Comunicaciones, el Correo, Bellas Artes, porque respetaban más a los vivos que a los muertos, y más el valor de los bienes raíces que novedosas ensoñaciones colonialistas. Habrían cambiado con gusto un buen puñado de conventos por una servicial línea de ferrocarril. ¿Pero de dónde sacar dinero para modernizarse, en un país estragado? De la especulación inmobiliaria. Al parecer, se trató además de un formidable negocio para un grupo de modernizadores, a quienes la revolución (de la Reforma) les “hizo justicia” de esa manera.

III
Nosotros podemos pensar de otro modo, por razones ideológicas: a diferencia de nuestros antepasados ilustrados y liberales, amamos “el patrimonio cultural”. Ellos amaban el futuro, el progreso. Quién sabe qué perspectiva sea más desastrosa: la sobrevaloración del pasado, o la del futuro; la codicia de bienes, o la codicia de “raíces”, “identidades”, “esencias”.
         Los novohispanos no tenían este regusto enfermizo por su propia cultura. Sus templos y conventos eran casas de Dios, de tales o cuales sectores importantes de su sociedad, y cumplían funciones cotidianas precisas, y no intocables pedazos del alma nacional, de la identidad mexicanista. Con toda tranquilidad tiraban un edificio renacentista para alzar un barroco, y un barroco para reemplazarlo por uno neoclásico, si tenían plata y ganas de levantar algo más a su gusto.
         Por lo demás, todo este jeremiqueo por “el pasado monumental” de la Nueva España está por acabarse. Se funda en la premisa de un gobierno dadivoso que subsidie el mantenimiento de los miles de monumentos y ruinas (hundidos, quebrados) que sobreviven. Nunca ha habido presupuesto gubernamental suficiente para mantener con decencia siquiera a una buena parte de ellos.
         Y lo habrá menos, con la nueva política estatal de restringir los rubros “no productivos” del gasto. Como en otros países del mundo, muchos templos y conventos sobrevivientes se volverán hoteles, bares, salas de convenciones (ya van siendo eso: bancos, oficinas, sede de asociaciones fantasmas de profesionistas y de culti-universitarios, como San Ildefonso, que a mí todavía me sirvió de simple y querida prepa) o cualquier otra cosa. Y con respecto a los más dañados, se esperará un benéfico temblor que los eche por tierra sin violar la ley de monumentos históricos.
         Sólo se podrá mantener oficialmente como museos a una selecta nómina de monumentos coloniales. La iglesia es avara: no quiere mantener ella misma suntuosas catedrales faraónicas: que las mantenga Hacienda, dicen los obispos. Se declama muy bonito que hay que conservar miles de ruinas onerosas. ¿Existe el dinero para ello? Además, hay como 20 mil zonas prehispánicas, todas con cargo al erario. ¿Quién va a pagar tanta nostalgia? Sí: toda piedra es historia. Y también los cerros. ¡Pero cuánta piedra, cuántos cerros!
         Artemio de Valle-Arizpe, hombre de su época —que es la posrevolucionaria de la “revaloración del pasado mexicano”—, entregó su furia y su capacidad de ensoñar a ciertos monumentos sobrevivientes y a una asamblea de monumentos fantasmas, a los que amó sin duda más que a cualquier cosa moderna. (Aunque él era bastante moderno, sus ironías lo delatan; pero decidió, con cierto esnobismo “colonialista”, cargar con los rencores decimonónicos, antiliberales, de un reverendo Montes de Oca, de un García Cubas, de un González Obregón, sus maestros.)
         Asiste con júbilo a la ruina (hundimiento, grietas) del Palacio de Bellas Artes, ese horrible —de acuerdo— intruso que destronó al convento de Santa Isabel (lo que es falso: ese convento ya estaba destruido y sus restos convertidos en talleres y vecindades). Algunos indios o mestizos y criollos indigenistas debieron, en la propia época colonial, asistir con júbilo semejante a la destrucción por temblores, fuego, inundaciones, codicia, motines y otros percances, de los arrogantes edificios coloniales que habían usurpado el sitio de las construcciones mexicas.
         Debe retorcerse de ira el buen colonialista, al ver que sus horrendos villanos porfiristas, contra los que vociferaba —Museo Nacional de Arte, Correos, Bellas Artes—, por haber atracado y destruido a sus antecesores novohispanos y usurpado su sitio, se han convertido, a su vez, en glorias nostálgicas de la patria, en Identidad Nacional, en onerosas ruinas decimonónicas que hay que mantener a toda costa, porque si no se nos acaba el alma de la nación. Ahora hay nostalgia de don Porfirio, el ogro que hizo vecindades de los conventos. (¿De veras son menos importantes las vecindades que los conventos?)
         Pero importa la pasión y el talento. Por la vieja calzada de Tlacopan, medio atrabiliario en sus arcaísmos y “beatismos”, en su mescolanza de historia, novela, leyenda, periodismo y hagiografía, es un libro encendido de recuperación imaginaria de la suntuosidad colonial (¿por qué sólo se recuerda lo suntuoso de escasos sitios coloniales, como esta calzada —y a trechos—, y no el yermo insalubre del gran resto del mapa? La Nueva España sobre todo era una vasta tierra baldía: lo dijeron en su propio tiempo obispos como Abad y Queipo y Antonio de San Miguel.)
         Quizás don Artemio fue un hombre que amó demasiado todos esos muros, columnas, patios, altares, retablos, zaguanes, balcones, sobrepellices. Exceso de celo estético, religioso y patriótico. Pero esta demasía lo exalta y dignifica. También le da un vigor estimulante, polémico: canta los tiempos coloniales con fervores de profeta indignado.
         Me gustan más (nunca demasiado: los templos y los conventos aburren; prefiero —son más gore— las piedras de sacrificios) esos Primores Novohispanos dentro de la flama iracunda de las recuperaciones narrativas de un Artemio de Valle-Arizpe, que vistos fría y razonablemente en su papel histórico, o en su humildad actual de paquidermos artríticos en mitad del tráfico. ¿Ir a misa a San Hipólito? No, gracias: que mejor me cuente Valle-Arizpe la leyenda de la extraña águila labrada en su esquina. Que está bastante fea. Pero su leyenda es curiosa: se trata de un águila que lleva en las garras no a una serpiente, sino a un indio, como emisario ante Moctezuma de que el fin de su imperio está próximo.
         Para don Artemio todo edificio colonial es un personaje romántico, abrumado por la desdicha y la adversidad modernas, nimbado por una remota juventud churrigueresca de oro y pureza espiritual. Son héroes y heroínas de novela o de ópera: víctimas del progreso, atropellados por la burguesísima modernidad. Emociona su erizado destino. Las óperas y novelas sobre cortesanas son más estilizadas y dramáticas que las cortesanas de bulto.
         Me gusta más leer sobre esos monumentos que visitarlos; en el libro están estimulados por esa atmósfera emotiva. Valle-Arizpe hace hablar a esas piedras, y algo dicen, sí, de ellas mismas —hay concienzuda investigación histórica—, pero más dicen de una o varias generaciones de mexicanos que se encontraron no sólo frente a un futuro incierto y peligroso (el tecnológico siglo XX), sino con un pasado derribado o a punto de derribarse a sus espaldas, al que, ilusos, calificaron de Edad de Oro.
         Y dedicaron su vida, en el caso de Valle-Arizpe, a protestar, a rebelarse, a combatir ese apocalipsis bifronte: ruinas de un supuesto paraíso, probables desastres en un futuro llamado “progreso”.
         A su modo, don Artemio fue un héroe de perdedores, un caudillo de palacios y templos vencidos, de tiempos cada vez más remotos, de trastes cada vez más oxidados, de ornamentos religiosos que el tiempo deshilacha metódicamente, año tras año. Pero él tuvo el coraje de elegirlos como si fueran todo lo contrario: una vida más cargada de sentido que la moderna. Cosa con la que, desde luego, incluso el lector entusiasta no tiene por qué estar de acuerdo.
         Por lo demás, los libros de don Artemio no se venden en La Profesa, sino en algún Sanborn’s, en algún mall

IV
En varios de sus libros, como en Por la vieja calzada de Tlacopan, Valle-Arizpe es más ameno que excéntrico; predominan el conversador y el periodista, y sus cultismos, arcaísmos y “beatismos” aparecen prudentemente dosificados. En otros no. En otros quiere inventarse su propio estilo, y los abigarra en páginas “artémicas”, que pueden volverse casi ilegibles, casi crucigramas a lo Lezama Lima.
         Es justo que el lector aprecie tal estilo por sí mismo, en uno de sus momentos mejores, como en esta satírica descripción de la vestimenta de Guillermo Prieto (cuyas obra y trayectoria ética, por lo demás, ha destacado elogiosamente):
         Don Guillermo era muy descuidado en sus ropas, mugriento, astroso. Se tocaba con un haldudo sombrero negro que tenía tanta tierra como arrabal y más grasa que una tocinería. Debajo de este sombrero puerco traía perpetuamente una mantecosa montera de lana para abrigarse la cabeza de pelo hirsuto, greñoso, que jamás se apaciguaba ni siquiera con las uñas y que estaba en consonancia con el boscaje de sus barbas aborrascadas. Las solapas de su luengo levitón eran como paletas de pintor por las manchas numerosas de todos los tonos y matices que allí aglomeraba; en el chaleco había reunido a fuerza de paciencia y constancia una completa colección de lamparones, de chorreaduras y de costras añejas de toda especie y tamaño; lo usaba desabotonado para que, tal vez, se le viese la camisa, que lucía una variada serie de churretes y salpicaduras multicolores que manifestaban bien claro de qué cosas se compuso el desayuno y la comida sabrosa. Se abrigaba el cuello con una bufanda engrasada y con pringue, o poníase una corbata viejísima, mal anudada siempre, cuyas puntas sebosas le andaban aleteando por el pecho. Sus pantalones, con flecos en los bajos, traían abultadas rodilleras, y estaban tan sobados, raídos y lustrosos como la luenga levita de faldones muy sueltos y movedizos. Sólo los zapatos los usaba limpios, muy lustrados, haciendo contraste visible de su indumentaria, siempre enemistada con la limpieza. Completaba su pergeño un garrote al que por mera condescendencia se aceptaba que le llamase bastón, y un pañuelo paliacate, colorado, grandote y muy mocoso, que por igual le servía —escribe don Luis González Obregón— para “descargar las fosas nasales, que para llevar la fruta”. Etcétera.




domingo, 1 de diciembre de 2019

Las tribulaciones de una mexicanista


LAS TRIBULACIONES DE UNA MEXICANISTA

Por José Joaquín Blanco


1
No me gusta aburrir a mis alumnos, ni mucho menos a mis nietos, con el cuento de qué bonito era el México al que llegué para quedarme a finales de los años cuarenta. Era espantoso; aunque menos bronco, más controlado. Había algunas zonas lindas y pacíficas, pero muchas otras (hablo de la capital, y mucho más de la provincia) adonde ni los extranjeros ni la gente más o menos acomodada se atrevían a aventurarse. Y no digamos por la miseria, sino por las epidemias. Había epidemias en todas partes.
         Pero a nadie le gustaba hablar de eso. Que antes de la Revolución todo estaba mucho peor y que, de cualquier manera, decían, ¡por fin la Revolución había terminado! “¡Qué matazón, Julie; qué hambres, qué destrozadero, qué horrores!” Ya les iría tocando a otras regiones la prosperidad, a su turno. Cuestión de orden y paciencia.
         Se veía mucha prosperidad. Todo mundo se andaba construyendo casotas, y a cada rato se inauguraban avenidas, carreteras, escuelas, hospitales. Era un primor ver a las enfermeras almidonadas de las campañas de vacunación. No sólo el gobierno estaba de plácemes; también los hombres de negocios rebosaban optimismo, y hasta fuera del país se hablaba de México como de una inminente potencia industrial.
         La verdad es que me escandalicé bastante durante mis primeros tiempos en México, por el grado y la extensión de la pobreza, y eso que yo venía de una granja de Kansas azotada por la Depresión; y en mi infancia conocí algo de hambre y de ropa remendada, casi harapos. Para no hablar de la situación de los negros en el sur de los Estados Unidos. Pero la pobreza mexicana tenía algo de repugnante hasta para el pensamiento. No sólo dolía verla, sino imaginarla como algo que venía de siglos y continuaría por siglos: que la civilización mexicana tenía eso en su centro: la convicción, la resignación de que la miseria más atroz era inevitable, esencial, perdurable; y que no quedaba otra solución que levantar islotes que escaparan de ella.
         “Es el síndrome del gringo”, me dijo mi esposo. “Pero ve el mapamundi: todo el mundo es así, hay muy pocos países afortunados”. Que entonces eran mucho menos que ahora, pues toda Europa estaba en ruinas, Asia peor, y buena parte de los Estados Unidos tenía aún sus espectáculos patéticos. “Ya se te pasará.”
         Pero yo no venía a cambiar el mundo. Me había sacado una especie de lotería y estaba convirtiendo mi vida en un cuento de hadas. La granjera que de chiquilla andaba descalza en Kansas (Somewhere over the rainbow) había llegado, por una beca del New Deal, al Daylon College. Estudiaba ahí un poco de “artes”, lo que significaba todo y nada, cuando me encontré en una fiesta a todo un grupo de latinoamericanos increíbles, inscritos en Business Administration o Entrepreneurship, entre los que estaba Rodolfo, mi futuro esposo.
         Guapísimos, bronceados, deportistas, algo calaveras y llenos, llenos de dinero. Todos eran desde luego hijos de potentados latinoamericanos. Algunos de ellos hasta han resultado ministros y presidentes de alguna república. Me parecían maravillosos. ¡Todo ese dinero a tan temprana juventud; esos carros, esas parrandas, esos regalos!
         Les chiflaban las rubias de ojos azules o verdes (más los azules que los verdes), y ahí andaban siempre con su cortejo de colegialas disfrazadas, a sus expensas (la ropa, el maquillaje, los sombreros carísimos), de artistas de cine. Por pura puntada nos íbamos los fines de semana a los grandes hoteles, o rentaban yates, o nos colábamos en fiestas de celebridades.
         Yo no me los tomaba tan en serio. Eran simples chicos ricos, más atractivos por exóticos, por caballerosos y liberales en las costumbres (claro: andaban fuera de casa, ya los quisiera haber visto frente a sus abuelitas); y se fijaban en nosotras. Ningún chico rico de mi tierra se había fijado en mí: sólo mis vecinos de Kansas, quienes en el mejor de los casos apenas contaban con la carcacha oxidada de su papá para un paseo el sábado, oyendo swing en la radio. Y mis paisanos eran hoscos. Y puritanos. Y mandones. Con los latinoamericanos, en cambio, puro relajo.
         Ahí andábamos pues las güeras afortunadas bailando conga con el alegre club latinoamericano. Lo peor de esos chicos, que ni estudiaban ni nada, que ni siquiera aprendieron propiamente el inglés, es que no sólo se chiflaban por las rubias: se casaban con ellas. Y yo no lo pensé dos veces para aceptar a Rodolfo (hice bien: vivimos bastante contentos durante más de cuarenta años). Y las dudas de mis padres (sobre todo porque Rodolfo me exigía cambiar de religión, y el papismo no era muy bien visto en Kansas) se disiparon pronto.
         Mis futuros suegros los invitaron a su casota en la Colonia del Valle, llena de bugambilias y jacarandas; los pasearon por Cuernavaca y por Taxco, los presentaron con sus amistades, que a mis padres les parecieron tan elegantes como los europeos (sobre todo las mujeres) y de una moral cristiana, aunque papista, intachable. (¡Tantas novenas, rosarios, primeras comuniones, velorios, obras de caridad!) El tiro de gracia fue la fábrica de conservas de mi suegro, ligada a un gran consorcio norteamericano: ¡Nunca se había soñado en mi granja de Kansas que alguien de la familia llegase a ser dueño de una fábrica de conservas!
         Muchas cosas de México me gustaron de inmediato. Sobre todo las mujeres, tanto las señoras casadas como las chicas de mi edad. Me visitaban todo el tiempo, me invitaban a sus casas, me platicaban de mil cosas mexicanas como si me estuvieran catequizando (también me catequizaron en forma, para que me volviera una católica completa). Era yo como su favorita muñeca gringa. En un dos por tres empecé a hablar en español, y en español coloquial de clase media, que perfeccioné en cursos de la Universidad Femenina.
         Pero aun así, y ya con mi primer hijo (y la magnífica nana Chabela que Toña Suárez me hizo traer directamente de Meztitlán), me entraba como cierta tristeza, como cierto aburrimiento. No me bastaba el hogar, necesitaba otras cosas. Todo era un cuento de hadas, pero sin mi patria, ni mi familia, ni mis viejas amistades. Entonces Cecilia Valderrama, algo feminista, me recomendó que siguiera estudiando: “¿El college es una especie de universidad, no? ¡Pues sigue estudiando “artes”! Hay unos Cursos de Verano magníficos en la Universidad Nacional, y además puedes meterte de oyente a cuantas clases regulares quieras; y hasta inscribirte formalmente!” Así comenzó mi vocación de mexicanista.

2
Por gratitud a mis amigas mexicanas, todas tan católicas, empecé mi aprendizaje del mexicanismo por los viejos templos del centro. Nunca me gustaron. Tan tiznados, tan sombríos, tan retacados de santos mustios o angustiados, con tanto oro entre la mugre y ese aire viciado de flores, cirios y mala ventilación.
         Había una complacencia, no sé si gubernamental o clerical, por el deterioro y la mugre. “¿Por qué no mandan limpiar los cuadros? ¿Por qué no encomiendan a los conscriptos, a quienes nomás tienen como tontos marchando las horas de las horas en torno a parques y patios con fusiles de palo, para que limpien las fachadas con escobeta y jabón?”. ¡Y las bancas, y los pisos! Además de tanta agua bendita, deberían correr por esas iglesias raudales de algún santo líquido desinfectante.
         Seguía yo a unos maestros viejitos, muy célebres en la Universidad, que sonreían con benevolencia ante mis ocurrencias de gringa boba. “¡Pero Julie, no ve que así perderían la pátina!” Tuve que ir al diccionario para distinguir entre pátina y patena. (Corría el chiste de que para permitirle un beso al novio, las gringas le desinfectábamos primero la boca: ¡y ya eran los tiempos de Colgate y Astringosol, que usaba toda la clase media mexicana!)
         Como no me atrevía a enfrentar a los eminentes catedráticos, la agarré contra Rodolfo, y brotó toda mi educación de granjera de Kansas: “¡La mugre es la mugre, y se lava! Punto. ¡Las cosas deterioradas están mal, y se reparan! Punto.”
         Rodolfo se me río en la cara: “No seas inocente, mijita —en cuanto nos casamos, empezó a engordar y a encalvecer velozmente, y a decirme “mijita”—; yo no sé lo que sea el arte, pero sé que así es el arte: así están los palacios y templos de París, Florencia, Roma, Venecia, ¡puerquísimos! Te voy a llevar a Europa.”
         Y nos fuimos a Europa a mediados de los años cincuenta, y encontré que todas las Obras Cumbres de la Humanidad estaban deterioradas y puerquísimas. Ganas no me faltaron, en el propio Louvre, de agarrar cubeta, cepillo y jabón y destiznar aunque fuera un poco alguna célebre estatua de piedra. Rodolfo se carcajeaba. Pocos años después me le carcajeé yo: André Malraux, Ministro de Cultura de De Gaulle, mandó limpiar medio viejo París con chorros potentísimos de agua y no sé qué sustancia química. Los edificios quedaron entonces casi dorados, chulísimos.
         Los mexicanos conocen cuanta baratija gringa exista, menos su literatura. Sólo saben de Tom Sawyer por la película. Pero cierto hondureño cabrón, cabrón de veras, con nariz de pájaro, también mexicanista amateur, cansado de mi perpetua cantilena contra el “barroco mierdoso” y “la pintura novohispana donde se distingue menos a los santos que a tres siglos de caca de moscas”, me echó un día en cara ¡al propio Mark Twain!, en Innocents Abroad. Knock Out!, como se desgañitarían los locutores de las peleas de box por radio. Era una de esas horribles ediciones en papel periódico de Penguin Books, de la época de la guerra.
         En ese libro, a Mark Twain le molestaban las turistas gringas que sólo encontraban ruinas en Grecia o en Italia: “¿Es que acaso esos genios antiguos nunca terminaban lo que empezaban? ¿Toda su arquitectura consistía en unos cuantos cimientos y columnas rotas? Si una empieza a construir algo es para terminarlo, ¿no? Para nomás botar el tiradero ¡qué chiste!”... Algo así.
         Nada me indigna más que se me tome por gringa boba. De modo que de plano le contesté:
         —Pues bien pudieron los aztecas y los otros mil pueblos mesoamericanos inventar algo más ingenioso que las pirámides. Son cerros artificiales de piedras. En Egipto se explica, por el desierto. Pero si algo sobra en México son cerros, ¡y naturales!
         Por fortuna no fui denunciada a Gobernación, ni me aplicaron el artículo 33. Nada más risas y más risas. También le dije que era una extravagancia mexicana contar siempre con tantos templos semivacíos y con tan escasas cárceles atiborradas. Sería más cristiano habilitar tantas iglesias y conventos sobrantes como reformatorios.
         Para entonces ya llevaba varios años en México: era tan mexicana como el chile cuaresmeño, con hijos mexicanos (ésos me salieron en su juventud un tanto agringados, rocanroleros y jipiosos, pero se corrigieron a tiempo); y tan hábil para cocinar arroz rojo, mole poblano y chiles en nogada como cualquier veterana de San Martín Texmelucan. (Por nada del mundo, sin embargo, como pancita, mondongo, nenepil, birria ni menudo. Tampoco insectos vivos, aunque sí los fritos o cocinados: poquitos y de botana.) Así que no dejaba que me vieran tan fácilmente “el ojo de gringa”, como también les llamaban a los azules billetes de cincuenta pesos.
         En una discusión durante los entonces inevitables juegos semanales de canasta, whiskies de por medio (mis amigas beatonas y finas eran bien whiskeras), sin mayor tapujo señalé que el hecho histórico más interesante que yo había descubierto en “ciertos mexicanos”, era su hipocresía cultural. Se les atragantaron los whiskies.
         Enronquecían con elogios, de pura lengua para fuera, sobre las iglesias barrocas del centro, a las que casi nunca iban; sólo asistían de diario unos cuantos pobres y dos o tres turistas perdidos. Pero se hacían construir en sus colonias residenciales un tipo bien diferente de templos: modernos como naves espaciales; iluminados, ventilados, limpísimos, atractivos como lujosos salones de baile; con alguna moderación en las imágenes (y no puras bodegas de borrosas y cacofónicas Inmaculadas), y aun así colocaban en los hincaderos sus pañuelos almidonados, para no ensuciarse las medias nylon —en esos años, ninguna mexicana de cualquier clase social admiraba más a la Coatlicue que a un buen par de medias nylon— con la basura de las proletarias rodillas anteriores.
         Algún cura de “la nueva ola” (empezaba la nueva ola de los curas, medio dandies, revestidos de resplandecientes ornamentos de Balenciaga y hasta medio existencialistas-en-Cristo: ¡El Altillo!) me dio la razón:
         —¡Esos templos no se construyeron para museos tenebrosos, sino como lugar de oración y de reunión de los fieles! El gobierno se empeña en mantenerlos como antiguallas para hacerlos más desagradables. Para decir: ¡qué apestosa y derrochadora fue la época clerical! Si por mí fuera, todo lo mandaría limpiar y reparar; y lo que hubiese que derribar, ¡pues abajo con ello! Hay que contar con templos eficaces y no con antiguallas. Precisamente lo que se hacía en los tiempos virreinales. Nada se construía ni se pintaba “para siempre”, sino para que sirviera en su momento; y cuando dejaba de servir, ¡pues se tiraba lo caduco, y se construían y pintaban nuevas cosas! El gobierno quiere que, si una vieja silla está rota, siga rota en exhibición perenne: que eso es La Historia Patria. Puros escombros. ¿Qué memoria nacional puede ser una memoria de puros escombros? Qué raro que los gobiernos liberales se dediquen, primero, a bombardear y derribar cuanto edificio religioso encuentran, ¡y luego conviertan en joyas históricas intocables los escombros que dejaron!
         —Ay, padre, lo van a quemar vivo.
         —Ni se crea, Julie; muchos políticos opinan lo mismo, pero no se atreven a decirlo por el momento. Vendrán tiempos mejores.
         Y en efecto, por esos años, supuestamente todavía anticlericales, surgieron infinidad de nuevos templos con vitrales modernísimos (¡hasta de Vasarely!), pisos relucientes de mármol, Cristos menos sanguinolentos y angelitos menos nalgones y mosqueados.
         Los nuevos curas hasta tomaron de Walt Disney cuanto quisieron para amenizar las Sagradas Escrituras: una veía en todas las iglesias a Bambis de cartulina (años del furor por Bambi y por Dumbo en dibujos animados), como el ciervo del salmo que corre “a la fuente de agua viva”. Sólo faltó el Pato Donald —un Scrooge— como Judas en la Última Cena.
         Pero la academia es dogmática, y a nadie importaba mi opinión, sino que repitiera las de un Genaro Estrada, un Jiménez Rueda, un Marqués de San Francisco, un Guiza y Acevedo, un Valle-Arizpe, un Monterde, un Toussaint, un Justino Fernández y un De la Maza. Había que dar lección: memoricé sus libros y aprobé mis exámenes. Resulté una gringa un tanto boba, pero finalmente mona y bienintencionada.
         Además, todo mexicano se impone la tenaz misión de convertir al mexicanismo a todo gringo, como los curas se empeñan en volver católico a todo protestante. De modo que yo era su tarea inmortal, je: su “misión”. Algún día ganarían y me verían embobada ante los estípites. Mangos.
         Se requirieron pronto mis servicios de traductora para los paseos históricos de los alumnos y visitantes distinguidos norteamericanos. Me pasé años de traductora histórica de la legua, de Acolman a Taxco, y de Tepozotlán a Tonanzintla (¡qué iglesita de cómics es Tonanzintla, qué paraíso para Mickey Mouse!), hasta que me ascendieron a guía oficial bilingüe. Digo que también quedé autorizada a explicar historia en español a mexicanos.
         Conozco pues todo templo, capilla o convento del centro de México. Luego, siguiendo a Malraux, se limpiaron y sacudieron un poquito; algunos hasta se restauraron en forma. Eran a veces, en efecto, preciosos; un alarde de habilidad indígena y de los arquitectos o albañiles españoles y criollos, generalmente improvisados, que los levantaron; me seguían pareciendo rarísimos, con una concepción de la religión y hasta del ser humano que ya la sociedad mexicana, incluyendo la más conservadora, no compartía. Para nada.
         ¡Tan estrechos y tan altotes, y llenos de estorbos visuales (capillas, estatuas, cuadros, confesionarios, enrejados para canónigos, ir y venir de monaguillos y sacristanes; cajones de limosna, dispositivos para docenas de veladoras, florerotes y candiles mochos y gigantescos)! ¡Lo único que jamás se veía era el altar, donde supuestamente ocurría la acción! Ahí, de espaldas al público, se escondía el cura a trajinar con sus hostias, como el avaro a contar su dinero.
         Cuando funcionaban como simples museos, daban tristeza: vacíos, pretenciosos, pedagógicos. Libros de texto obligatorio de perenne y engolada Historia Patria. Como los mastodontes marmóreos de Washington. Cuando también funcionaban como iglesias se veían mejor: los fieles les daban un sentido actual, aunque contradictorio. ¡Tanta moda Life en el vejestorio de San Pablo!  Esas Inmaculadas de enmarañado largo pelo suelto miraban con envidia a sus devotas, todas rizadas con tubos o a la permanente.
         A principio de los años sesenta, durante una boda en plena Profesa, tuve que fingir un ataque de tos para no delatar un acceso de risa loca: el Concilio había transformado el concepto de música sacra, y (desde luego sin pagar derechos de autor) el clero mexicano adaptaba en castellano varias canciones de Broadway para acompañar el ofertorio y la comunión. ¿Qué era lo que se estaba cantando entre la mugre y las antiguallas de La Profesa? ¡To dream an impossible dream!, aplicado, claro, a la eucaristía.
         Poco después hasta en Huexotzingo se cantaba, con la letra trucada, música de Los Beatles. Al ratito van a cantar “Like a prayer”, de Madonna, frente a los falsos De Vos, Correas, Villalpandos y Cabreras. Y a Elvis: ¡Oh Ecce Homo, love me tender! O a los Stones. (Yo prefería rezar, cuando me daba por comunicarme con el Más Allá, entre la naturaleza: en La Alameda, Chapultepec, El Desierto de los Leones, El Chico, durante mis paseos, que en semejantes bodegas polvosas de lo barroco-sagrado. El poeta Carlos Pellicer me daba la razón.)

3
No está bien que una abuela relate las debilidades y defectos del marido difunto. Hay que cuidar la imagen paterna, como se dice hasta en Kansas. Y más cuando se trata de un hombre como Rodolfo, quien siempre me adoró y me consintió, así como a los hijos. No tuvimos mayores tropiezos que lamentar en nuestra familia. Pero de que era un calavera, ni negarlo; y eso lo supo todo México.
         No me puedo llamar a escándalo. Lo conocí calavera. No fui su primera novia ni la primera güera a quien propuso matrimonio, aunque creo que sí la primera que lo aceptó. Los “latinos”, aun con mucho dinero, tenían una fama terrible hasta en Daylon College. Tampoco yo era una virgencita ni regaba las flores, como dicen por acá. Pero nos queríamos y creíamos en la familia. Eso ocurría entonces lo mismo en un rincón de Kansas (bueno, en Kansas no hay tantos rincones, pero da bien la idea) que en la Colonia Roma: sólo lo verdaderamente terrible justificaba la ruptura total de la familia: el divorcio.
         De modo que no me divorcié de Rodolfo cuando, sin querer, yo siempre tan despistada, tan mexicanista de la legua, medio camuflada de tehuana, explicando a los turistas “cultos” y a los aficionados a la historia “el cordón de San Francisco” y el “árbol de los Guzmanes”, me fui enterando de sus amoríos y parrandas disfrazadas de viajes de negocios.
         Su fábrica se había ramificado por Monterrey, Guadalajara, Puebla. No sé cómo le hizo para no quebrar, con semejante vida. ¡Al contrario, prosperaba y prosperaba! Y el muy menso lo lucía, como buen mexicano que siempre anda presumiendo todo lo que tiene y hasta lo que no. Diario la letanía: Que ya era más y más y más rico. Yo me sospecho que la oficial economía “proteccionista” de esa época, y otros tratos con el gobierno, le impidieron la ruina que habría encontrado en otro país, pero de inmediato, al competir con empresarios menos enamoradizos y parranderos.
         Tanto presumió su dinero que le cayó el castigo celestial. Las mujeres mexicanas entonces (y creo que también ahora) estaban legalmente desprotegidas contra tales donjuanes: les costaba cien pesos en los juzgados sacarle al seductor un peso por engaño o abandono, o para pensión de sus hijos.
         Pero las norteamericanas habían avanzado más. Y ya les conté que a Rodolfo lo chiflaban las gringas de ojos azules y verdes (más los azules que los verdes). De modo que un buen día me citó un empleado del Consulado de los Estados Unidos. Resultaba que mi entrañable Rodolfo se había hecho de dos queridas, una en Monterrey y otra en Guadalajara (eché de menos a alguna en Puebla), ¡ambas gringas, güeras y de ojos azules!
         No se había casado también con ellas, afortunadamente, pero sí las había seducido en territorio norteamericano, presentándose como soltero y con formales promesas de matrimonio ante infinidad de testigos. Eso allá puede constituir un delito: una especie de fraude, y las despechadas se atreven a reclamar a los donjuanes ricos por millones de dólares.
         Las había traído a México, las había nacionalizado no sé cómo, y claro: les había puesto casa y hecho varios hijos. Le estaban reclamando un dineral en tribunales de Houston e Ithaca. El empleado consular me informaba de la situación y casi me aconsejaba interponer, como la esposa legítima, y cuanto antes, mi propia denuncia, para ganar prioridad en el atraco conjunto de las güeras ojiazules a los bienes de mi marido, ya calvo y panzón.
         Que si lloré, que si no lloré; que si le menté la madre, que si me pidió perdón de rodillas; que si le impuse recámaras separadas; que si en respuesta me llevó un gallo de veinte mariachis, a quienes corrí ipso facto a florerazos (siempre he detestado a los mariachis y a los tríos; otra cosa es la marimba); que si acudí a mi conciencia (caminando como loca con mi rosario por los Viveros de Coyoacán), y sobre todo a la de mi madre, en una larga distancia a Kansas que duró tres horas (mi madre en eso resultó casi michoacana: “¡La familia es lo primero! ¡Siempre al lado de tu marido y de tus hijos! ¡Que esas prostitutas cazafortunas no le quiten ni un centavo, porque también es tu patrimonio y el de tus hijos!”.
         Total, me alineé como buena soldadera al lado de Rodolfo, ahora sí que como María Félix al final de Enamorada, con trenzas y todo. (Por cierto, para regatear en la Merced y en la Lagunilla, me daba la chifladura de peinarme de trenzas: nada conmueve más a un marchante mexicano que una güerita con trenzas y listones de colores. Se sienten halagadísimos. Hasta quisieran regalártelo todo.)
         Rodolfo siempre tuvo suerte, el mañoso. Todo su dinero en bancos norteamericanos pasó a mi nombre de soltera (nos habíamos casado en México). No le arrancaron un dólar, aunque estuvo años sin poder entrar legalmente a los Estados Unidos (lo hacía a cada rato con un pasaporte “oficial” falso y otra identidad).
         Y lo peor, lo peor (ya para entonces mis hijos eran adolescentes), es que terminamos como los chamacos locos que bailaban conga en Daylon College: me visitó con mayor frecuencia cuando estábamos peleadísimos y en recámaras separadas que cuando roncaba sus borracheras, a toda máquina, a mi lado. Y para que vean que también en Kansas se cuecen habas, ¡a veces nos peleábamos a risa y risa, ambos, como si estuviéramos cometiendo una simple travesura!  (Es justo señalar que dejó en su testamento cantidades considerables para tres de los hijos de sus aventuras.)

4
Ustedes pueden colegir que en los primeros años de mi matrimonio, Rodolfo aplaudió mis aficiones mexicanistas para darle más fácilmente vuelo a la hilacha. Pero también porque me veía contenta. Luego, cuando se reformó (o dizque reformó: o lo reformaron el envejecimiento prematuro y la mala salud a los que lo condujo su ajetreo), siguió aplaudiendo cuanto se me ocurriera.
         He sido siempre una mujer robusta, alta, de buen sueño y costumbres sencillas, con demasiada energía: en sus últimos años, debió haberle causado todo un alivio tenerme algunas horas fuera de casa. Todavía hoy, puedo ir con mis nietecitos a los toros (no todas las gringas nos desmayamos frente a los toros), al futbol, al mercado, y ni quien se atreva a faltarme al respeto. O así le va.
         En justicia, debo colocar en la balanza que yo también me di el lujo de uno que otro novio, no siempre tan platónicos, pero sin la exageración de Rodolfo, quien en cuestión de amores me parecía uno de esos personajes de canción ranchera, gritoneada por marichis ebrios y medio meados en el Tenampa.
         El primero fue el hondureño cabrón, de nariz de pájaro. Me sedujo con el truco de fregarme a sol y sombra con el mote de “inocente”, o sea el de gringa boba. Yo ya tenía mi Maestría en Historia, de la Universidad Nacional, con mención honorífica; y tesis sobre “Las resemblanzas o ‘citas mexicanistas’ en la plástica prehispánica, colonial, pintoresca del siglo XIX y el muralismo”. Esas cosas parecían una genialidad en los años cincuenta.
         Edmundo O’Gorman quiso rezongar un poco durante el examen, pero ahora sí que nos miramos de feroces ojos claros a feroces ojos claros; y terminó aprobándome y asistiendo a la gran tamalada con que celebré en casa mi recepción profesional. Luego anduvo diciendo que no me había aprobado por mi tesis, que según él era “disparatada e indigesta”, sino nomás por mis tamales “de celestial monjita de Antequera”. Cursi y mamón, el sabio O’Gorman. La verdad es que me había tenido años en el Archivo General de la Nación localizando y fichando documentos para sus obras eruditas.
         El hondureño cabrón carecía de todo aval académico, pero dizque era poeta, y publicaba sus ocurrencias en varios periódicos. Eran textos un poco literarios (para disimular su falta de conocimientos históricos), donde narraba, por ejemplo, que entraba a tal museo o recinto y una bellísima musa imaginaria, con huipiles guatemaltecos y milenarias joyas zapotecas, sostenía con él discusiones sesudísimas y llenas de arranques líricos. Esa musa inconsútil y discutidora, algo deletérea, se llamaba Ligeia (Poe, por supuesto). Era yo.
         Por esos años el museo de piezas prehispánicas estaba en Palacio Nacional, sobre la calle de Moneda. Era tan tétrico y oscuro como Catedral, Santo Domingo o La Profesa. También le faltaba (y a todo Palacio Nacional) su buena escobeteada y un montón de ventanas o respiraderos. En esto también los mexicanos son exagerados, excéntricos, seguidores del peor cine del Indio Fernández, con el rigor mortis de la fotografía de Gabriel Figueroa.
         Todas las piezas prehispánicas, que en sus buenos tiempos estuvieron al sol, en las propias pirámides, plazas y exteriores de otros edificios, las exhibían en salas sombrías como cuevas. Así se veían más terroríficas, supongo, más misteriosas: con mayor “pátina” de cubil de caníbales. Y claro: no se distinguía nada en detalle. (Volvieron a las andadas hace unos cuantos años, en la exposición de no sé cuantos siglos de arte mexicano, en San Ildefonso. ¿Por qué la lata mexicana de concebirlo todo en “docenas de siglos”? Toda piedra es milenaria. Y el más humilde cerro resulta más antiguo que cualquier énfasis de museografía cavernícola. Punto.)
         Los grandes artistas náhoas no esculpieron monolitos para encerrarlos en clósets ni en cuevas. Era escultura solar, de exteriores. Tampoco para estar arrejuntadas como en camión de segunda (ya no hay camiones de segunda: digamos, en pesera, o en metro), sino aisladas y bien destacadas, a la vista de la muchedumbre.
         Bueno: pues ahí estaban el poeta hondureño y Ligeia discutiendo. Ella decía que a esas piezas les faltaban luz, espacio, muchedumbre y... ¡sangre! ¿Se trataba o no de destripar víctimas propiciatorias? El hondureño fingía escándalo, feliz en su fuero interno de que se denostara a los aztecas (como buen centroamericano, se sentía maya, celosísimo de la preeminencia azteca; y por entonces se creía que los mayas habían sido unos santitos que nomás contaban estrellas y jamás cometían travesura alguna).
         Decía el hondureño que en tal caso el Vaticano debiera estar tapizado de las osamentas (si se pudiesen exhumar) de los millones de asesinados en las guerras entre sectas, y los de las cruzadas y en la conquista de otros continentes, como las fotos de los campos de concentración hitlerianos. Ligeia respondió, con voz del Cuervo de Poe: “Me parecería lo más justo. ¿Por qué sólo Cristo y los mártires han de ser exhibidos en su desgracia? Que se exhiban también las desgracias que tales “sufrientes” provocaron a otros pueblos, a otras religiones”. (Como se ve, sigo igual que en Kansas: antipapista; que mi compadre san Cayetano, a la edificación de cuyo modernísimo templo en Insurgentes Norte contribuyó abundantemente mi marido, me perdone. Luego le mando sus flores: He nombrado a san Cayetano el protector oficial de las gringas bobas.)
         No sé si me gusta o no el arte azteca. Pero me impresiona. Debo decirlo: me horroriza. Lo admiro con el horror de ciertos grabados y cuadros de Goya. Los mayas, en cambio, me fascinaban: esos efebos, esas estelas como páginas de inconcebible geometría. Ya dije lo que entonces se pensaba de los mayas. Ahora acaso haya que admirarlos también con terror.
         Eso decía en los diarios Ligeia. El hondureño cabrón de nariz de perico le respondía que no había que leer “literalmente” ese arte, sino como “símbolo”, como “forma pura”. ¿Símbolo, forma pura el arrancadero de corazones? ¡Pues que sí! De la misma manera se admiraba en el Viejo Mundo a Ares, a Apolo, a Atenea, a Artemisa, a Zeus, a Hera, a Poseidón, cuyas atroces aventuras cantan los libros clásicos; y de las que —atacó Ligeia— sólo nos olvidamos por debilidad pornográfica, frente a su look nudista de cover girls y top models.
         Ligeia añadió una frase de alguna celebridad europea de la época (no he encontrado la cita en Gide ni en Valéry, pero me suena más a éste último, aunque el primero se atrevió a “aburrirse” con “el bélico acento” de La Chanson de Roland): La Ilíada es una historia de asesinos, una aburridísima nota roja como directorio telefónico de apuñaladores arbitrarios y mañosos; una exaltación del guerrerismo y la masacre totalmente injusta. Las troyanas tenían toda la razón.
         Ligeia sonaba muy drástica en los periódicos mexicanos de los años cincuenta, pero en Europa se tomaba muy en serio la frase extremista de Theodor W. Adorno de que, después de Auschwitz, constituía casi un crimen la poesía lírica (la cita probablemente es inexacta, pero así circulaba).
         Ligeia, en esos años, estaba horrorizada de la guerra y del arte guerrero. La aterraban particularmente la Unión Soviética y los propios Estados Unidos, enloquecidos en su producción de bombas. Estuvo a punto de quemar su pasaporte norteamericano en una manifestación semicomunista en Avenida Juárez.
         Se parecía a sus contemporáneos de medio mundo... menos de los de México, quienes no había sufrido la guerra y ya habían olvidado los costos humanos de su Revolución; seguían venerando a puro prócer de batallas y cantando su bélico himno: “¡Mexicanos, al grito de guerra,/ el acero aprestad y el bridón./ Y retiemble en su centro la tierra/ al sonoro rugir del cañón!”. ¡Cuánto aztequismo criollo! Y mestizo. Con razón destacan tanto a los aztecas, sobre infinidad de pueblos mesoamericanos menos guerreristas. Yo prefiero a los totonacas, a los Voladores de Papantla.
         ¿Pero qué quería decir el hondureño cabrón de nariz de cacatúa con eso de que había que olvidar la historia azteca, y ver en sus monolitos “la pura forma”? Primero, claro, que había que disculparlos. Ligeia arremetía: No fue una extranjera boba y turistona, sino multitud de pueblos mesoamericanos, quienes se quejaron ante Cortés, y tomaron las armas a su lado, para acabar con esos Hitlers de grandes penachos de quetzal; tan estorbosos, si hemos de creerle al Códice mendocino.
         Aquí ardió Troya, hablando de Hitlers; y agradezco a Dios y a todos los angelitos cachetones de Tonanzintla que nadie haya identificado a Ligeia. Los lectores la tomaron como un simple personaje caricaturesco del extranjero bobo e ignorante, sobre todo del “pinche gringo”, quien se permitía alegremente echar bombas H en Hiroshima y Nagazaki, y arrasar Corea desde bombarderos (¡todavía ni siquiera llegaba Vietnam!), pero ni aun después de medio milenio les perdonaba a los aztecas su chulo ábaco de cráneos semiputrefactos (aunque hay quien defiende que se trataba de puros cráneos mondos y lirondos —el tzompantli—), ni unos cuantos costales de corazoncitos tiernos.
         La gringa boba era un personaje típico del teatro de los años cuarenta y cincuenta de México (un dialogo de Novo, las carpas), del cine (Tin Tan, Pedro Infante), de la radio, de las novelas. Al mexicano se le trataba igual del otro lado: ¡lo que, dizque con la mejor intención, hizo Hollywood de Cantinflas en Pepe!
         Por “forma pura” había que ver en los aztecas a puros precursores de Picasso y Henry Moore, de los fauvistes y los expresionistas alemanes; de Dadá, Artaud, Breton y Tamayo. ¡Qué pedantería! A Ligeia no le gustaban los vanguardismos: era fervorosa partidaria de Diego Rivera (no en sus amontonaderos demagógicos de políticos contemporáneos, como en la escalera de Palacio Nacional, sino en su gauguiniana recreación del indio popular, en la vegetación, en el mercado, en sus fiestas y bailes, con las marchantas de flores y las madres-niñas que en su rebozo cargan el bebé a la espalda: porciones de San Ildefonso, Educación, Chapingo, Cuernavaca; tanta obra de caballete).
         Por entonces, ya muerto, ¡cómo se volvió deporte nacional fastidiar a Diego Rivera! Cuando algo de veras horrible inventan los mexicanos, como los mariachis y los tríos, ¡cuánto lo celebran!  Si logran algo bueno: a derribarlo a pedradas. Ligeia siempre defendía a Diego, incluso comunista y dizque caníbal y todo. (De Frida se sabía muy poco en aquel tiempo: casi no exhibía.)
         Incluso, para molestar al hondureño, Ligeia alegó que ¿con qué derecho se permitió, durante milenios o siglos, a miles de artistas, pintar puras caras de santos, reyes y pontífices —los políticos, en ocasiones viciosos y cruentos, de su época—; y sólo ahora y sólo a Diego se le reprochaba que pintara apenas un centenar de veces (bueno: que sean doscientas) a Lenin y a Zapata? ¡Vayan a contar los Santiagos y otros apóstoles matonsísimos; reyes, pontífices y soldadones en pie de guerra, con todas sus armas, en los museos europeos! O nomás échenle un ojo a los librotes “de arte” sobre Napoleón.
         El hondureño cabrón con pico de guacamaya reunió sus Cartas a Ligeia, en un volumen lujosamente ilustrado a costas de la Secretaría de la Presidencia; ganó el Premio Nacional Manuel Acuña de Letras y la Orden del Águila Azteca.
         Ligeia cree ahora que el Pico de Pato tenía razón en buena medida. Algo deben expresar esos monolitos que impresiona, que conmueve más allá del terror, incluso a la gente pacífica, a los espectadores no-sanguinarios. “La pura forma”. Pero, incluso en su vejez, Ligeia sigue haciéndole chistes al cabrón hondureño —quien ha escrito, con una infidelidad que no he de perdonarle, otras Cartas, ahora a cierta musa Belén, mulata, cubana, unos cuarenta años menor que yo, sobre la pintura abstracta, el arte pop y esa tomada de pelo que son las “instalaciones”; volumen también oficial, lujoso y laureado—: ¿Qué de sublime “forma pura” tiene un Tláloc con lentes? ¿Era miope? ¿No se le mojaban ni empañaban las gafas durante sus tormentones en Teotihuacán? ¡Y tantos Tláloc con anteojos, que su pirámide parece aparador de óptica! ¡La “forma pura” de las gafas!
         Y basta de Ligeia y del hondureño cabrón, con pico de tucán y amarillentos colmillos postizos, retacado de medallas mexicanas. En ciertos epigramas clandestinos, Salvador Novo lo ridiculizó de lo lindo; también, el malvado Novo, sin conocer su identidad, le jaló las orejas a Ligeia.

5
Ya sé que me van a decir que las gringas güeras (sobre todo las maduronas) van a iglesias ruinosas y museos, plazas típicas y paseos culturales, nomás a ligar nativos o latin lovers. Bueno: tales insignes sitios y recintos a veces cumplen funciones menos nobles, como bailes y comilonas de financieros, caciques sindicales y políticos. Han servido de escenografía para concursos de belleza y para los falsetes y jeremiqueos de las rondallas del Bajío.
         ¿Y por qué, sobre todo en las mujeres, sólo ha de ser lícito ligar en tugurios urentes como los de Garibaldi? ¿Acaso durante siglos las más decentes, serias y limpias muchachas de México no han echado novio en el interior y en el atrio de las iglesias, en los jardines y plazas públicas (dando vueltas alrededor del quiosco), a la salida de la escuela, en los cines, en su camino a la panadería? ¿No fue Frida a conquistar a Diego frente a uno de sus murales?
         Como a mí me dio por el mexicanismo, resultó natural que encontrara amistades, pretendientes y novios durante mis tareas culturales. A los ligadores que cazan gringas en sitios de cultura, por lo menos les cuesta su trabajo intentar alguna conversación elaborada, y presentarse (eso en aquellos años) más bañaditos, despiojaditos y peinaditos, en contraste con tanto engreído lanchero de playa o del asfalto. ¡Este México donde se dan harto paquete los ligadores de lobby de hotel, apestosos a loción barata; y se desprecia al empeñoso galán que tiene que trepar toda la Pirámide del Sol en pos de su elegida extranjera! No comprendo.
         En el propio Castillo de Chapultepec me salió otro novio. Cerca del sitio donde se dice que se arrojaron los Niños Héroes. (Sé que no eran tan niños. He revisado el lugar, lo he trepado y destrepado, y no muestra un talud tan pronunciado como para que hayan caído tan fácilmente hasta el pie del cerro en un segundo. Se habrían caído uno o dos metros y ya.)
         Bueno: estaba yo profiriendo maldición y media contra la vedette de Carlota y sus franceses, contra ese museo como “camerino de ópera”. Entonces el Castillo estaba lleno de puro lujo imperial: vajillas, muebles, joyas, alfombras, cortinas, espejotes, probablemente falsos y producto del gusto de las esposas de Don Porfirio y Obregón, si no francas imposturas recientes de los museógrafos; y la gente desde luego admiraba hasta las lágrimas a una emperatriz que sabía vivir como toda una actriz de cine, una María Félix), cuando Speedy González (lo llamaremos así, porque este loco, necio y desconsiderado me hizo luego la vida de cuadritos), me soltó una andanada de insultos.
         Lo que más me dolió fue que captara con tal aplomo mi acento gringo. Ya me había encontrado yo a muchísimos güeros en México, dedicados a la ranchería. Así que ni mis ojos ni mi cabello constituían mayor escándalo. Y muchas personas me habían jurado que el acento inglés (si es inglés lo que se habla en Kansas, cosa que se suele negar en Harvard) ya no se me notaba para nada; y menos entonces, cuando todos los mexicanos andaban agringadísimos con sus hot dogs, sus O.K., sus Kodak, Chevrolet, Banana Split, Oldfashioned, Bikini, Sunbathed, Wash and Wear, Revlon, Lovable y Helena Rubistein, y cuanta frasecita pescaran en un comercial o en una película.
         El See you later alligator!, que bailaba hasta Resortes, venía siempre en seguida del vals canónico en las fiestas de quince años de la más folklórica vecindad. El maestro Novo ya vociferaba contra el Spaninglish y Octavio Paz se había aventado la payasada de que la putrefacción de la esencia de México era “el pachuco”. (Se trataría en todo caso del pachuco de Pachuca, ciudad por entonces polvosa y apestosísima.)
         Por otra parte, ya cundía del otro lado la voz de alarma sobre “la invasión demográfica” de los braceros e inmigrantes mexicanos: que solapadamente andaban recuperando todos sus antiguos territorios, y hasta otros más, como Chicago y Nueva York; que tanto idioma español por todas partes amenazaba con destruir la “unidad cultural” (!) de los Estados Unidos. Y hasta Ella Fitzgerald cantaba, con gran éxito, a Consuelito Velázquez: “Bésame mucho” (Kiss me, kiss me forever). Pocos años después se vería al presidente Kennedy y a Jackie “postrados” ante la Virgen de Guadalupe en la Basílica, recibiendo la comunión de las manos “indígenas” del arzobispo Miguel Darío Miranda.
         Pues ahí tienen a Speedy González, estudiante de Derecho bastante guapo (y tan “caucásico” con su bigotito recortado a la Errol Flynn, que pudo haberse paseado a sus anchas por una convención de republicanos), ¡denunciándome como agente de la CIA! (La CIA era una institución reciente, y me avergonzaba y repugnaba, como a buena parte del pueblo norteamericano, hasta la punta de los pelos. Resultaba ni más ni menos nuestra KGB, nuestra Gestapo. Y lo decíamos en alta voz.)
         Era política de la CIA, teorizaba Speedy, denigrar a los países “latinos” (ergo, Carlota) sólo para exculpar a los “anglosajones” de sus tropelías. Obviamente resultó lector de Alamán, Pereyra y Vasconcelos: Maximiliano (¡austriaco!) por lo menos quiso una patria “latina”, dentro de la hermandad “latina” de naciones; y entregó su vida por “crear un bastión latino contra el imperialismo yanqui” y etcétera, etcétera. (¿Pero acaso Britannia no fue muy latina: una importante provincia romana... lo que no sucedió con México, patrimonio durante siglos de los sajones Habsburgo? ¿No hay mucho de latín en el idioma inglés y en la cultura inglesa? ¿No todo Washington imita —parodia— a Roma... mientras todo el Distrito Federal se conforma con imitar —parodiar— a Los Ángeles? ¿Quién, a la larga, es más “latino” o “sajón” que quién?).
         Me reclamó perentoriamente, por supuesto, la devolución inmediata de Texas, Nuevo México, California y demás territorios robados. Como si yo llevase conmigo, en el monedero, la friolera de unos 2 millones 500 mil kilómetros cuadrados. Le contesté que reconocía la injusticia de tal despojo territorial (hasta cierto punto: también los españoles y mexicanos despojaron a muchos indios; que habían atracado a otros, quienes...), pero que lamentaba, por el momento, no poder atender su comprensible y vastísima reclamación; la que, de cualquier modo, sería más formal y sensato presentar, con el mismo alarde de bravuconería con que me insultaba, a la Embajada de los Estados Unidos o a la ONU. No tartamudeé ni pronuncié una sílaba falsa en mi español. Pero la ira me había puesto más roja que un jitomate.
         Mis alumnos o “guiados” parecieron en un principio estar de su parte. Pero cometió el error de llamarle “pinche gringa” a una dama; y no faltó alguna señora del grupo, bastante humilde, quien sin más averiguaciones lo tildó de majadero, y lo mandó a buscar mejor cosa en qué entretenerse, si no tenía nada de provecho que hacer. Siempre he simpatizado más con las mexicanas que con los mexicanos:
         —¡Siga usted con su clase, por favor, miss!
         —Gracias, señora: Estábamos en que el Maréchal Bazaine, un traidor, un corrupto y un cobarde a quien se execra en la propia Francia; y fue condenado primero a muerte y luego a prisión perpetua en una isla remota, de donde por supuesto se escapó...
         A los quince días llegué con otro grupo al Castillo de Chapultepec, ¡y ahí estaba Speedy González! No suelo ser  nerviosa ni mucho menos timorata, pero a ninguna maestra o guía de aficionados a la historia le gusta que un barbaján, en un instante, destruya el efecto y los conocimientos que una se tarda hora y media en comunicar al grupo. ¡Y que le costaron tantos años de difíciles estudios adquirir!
         Caminé de sala en sala impartiendo la peor exposición de mi vida. (Hasta olvidé mi “aria de bravura” de indicar que las tropelías cometidas por el ejército norteamericano en México, les fueron cobradas con creces durante su Guerra Civil.) Pero Speedy González no me volvió a denunciar como agente de la CIA, ni siquiera abrió la boca; de hecho no se integró al grupo, se limitó a seguirnos a cierta distancia. Al final se me acercó con toda cortesía, me ofreció disculpas y me regaló un prendedor con la imagen de la Virgen de Guadalupe, que rechacé. (Semanas más tarde tuve que aceptarlo, porque resultó que lo había hecho él mismo, con sus propias manos, pues tenía la afición de las artesanías.)
         Speedy era demasiado joven, demasiado atractivo y demasiado loco. Se enamoró de mí como un desesperado de película. Yo creo que se imaginaba que conquistarme a la brava era su modo de recuperar El Álamo. La gente loca es contagiosa, y al rato yo andaba haciendo locuras: iba a bailar con él a tugurios espantosos, pero dizque “auténticos”; desafiábamos a la policía con manoseos descarados en los parques públicos; me obligó a inventar una excursión a Chichén Itzá para acompañarlo a Acapulco. Un montón de locuras que pueden resultar fatales en una mujer de cuarenta y tantos años, por muy guapa y “juvenil” que intente conservarse.
         Rodolfo lo intuyó todo y se abatió por completo. Su mirada de tristeza me impedía deglutir hasta los corn flakes del desayuno. Mis hijos, ya grandecitos, creyeron que me estaba volviendo neurótica, con tantos tatamudeos, confusiones, explicaciones sin pie ni cabeza, lágrimas repentinas:
         —Ay mami, ¿no te caerían bien unas sesiones con el sicoanalista?
         Entonces me dominó un llanto histérico, pero interminable, hasta que me llevaron a mi recámara, me dieron un somnífero y soñé dos o tres horas unas pesadillas que ni la Coyolxauhqui.
         Speedy no admitió que rompiéramos. En vano razonamientos, ruegos, súplicas, llantos. De plano me exigía que me divorciara de inmediato para casarme con él. Que me tenía “metida en el alma”. Llamaba por teléfono a casa a todas horas, y tuve que inventar toda una historia surrealista para cambiar de número. Con el fin de escondérmele, debí pedir licencia de varios meses como profesora ambulante o guía de aficionados a la historia (fue entonces cuando aprendí a bordar chaquira, en lo que me volví campeona); empecé a salir siempre con el chofer a todas partes, hasta para ir al salón de belleza de la esquina.
         Todos los días llegaban a casa cartas y ramos de flores que las sirvientas, sobornadas por mí, debían destruir y esconder en la basura sigilosamente y al momento. Un día me dijo Rodolfo: “Fíjate que la Colonia del Valle ya me cansó. No es la misma de antes, mijita. Me ofrecen una casa bastante cómoda en San Ángel, a buen precio; tiene un jardín más grande”.
         ¿Y dónde creen que me volví a encontrar a Speedy, muchos años después? ¡Pues en el Estadio Azteca! Llevaba yo a mis nietos al futbol (mis hijos y sus esposas me salieron bastante huevones en eso de criar niños: se apoltronaban a jugar turista o a ver con ellos la tele, y ya). Un gentío enorme. Él ya vestía, y debía serlo, como todo un abogado de importancia. ¡Hasta para ir al futbol, con su esposa y su bebé!
         Todos nos empujábamos para entrar, porque había un caos enorme en la puerta. Chabela y yo abrazábamos a mis nietos como fornidas Mamá Ganso, o Mamá Gallina, según dice ella. Abuela abuela sería yo, pero la misma güerota robusta de siempre, que no me dejaba de nadie, y le entraba sabroso a las mentadas; y empujaba duro, aunque por ahí me gritaran: “¡Pinche gringa, no empuje!”. (Me descubrían lo de gringa porque cuando los chamacos de la chusma se pasaban de albureros, los consternaba con dos o tres maldiciones de importación.)
         Pues ¿creerán que así y todo, con su chamaquito sobre los hombros, y su esposa de aire sometido y mustio detrás, a unos cuantos pasos, tuvo el empacho de emparejárseme y soltarme, con esa voz de Arturo de Córdova cuando quiere y no quiere llorar: “¡Tú me arruinaste mi vida entera!”?
         Uno de mis nietos me preguntó:
         —¿Qué te dijo ese señor, abue Julie?
         —Anda revendiendo boletos, mijo.
         —¡Nosotros ya tenemos boletos! —le espetó mi nieto mayor, con toda la decisión de un aficionado al futbol en pleno mediodía de domingo.
         Providencialmente fluyó entonces la muchedumbre. Y al ratito ya estábamos en nuestros asientos mis dos nietos, la gran Chabela y yo, gritándole puras vivas al Atlante. A fin de cuentas, la patria de una abuela son sus nietos. Y cierro con el escudo del Atlante mis tribulaciones como mexicanista.