viernes, 1 de febrero de 2019

TAINE

TAINE: EL MILLONARIO Y EL DANDY

Por José Joaquín Blanco

Los barbudos afirman que a la larga todo llega. El chino que sueña con París no tiene sino que sentarse a que, “a la larga”, llegue todo París a desfilar bajo su ventana. (¡Y llega!, aunque sólo se trate de algún Regis Debray con una cámara de video). En cambio, según la misma sesuda filosofía de los barbudos, quien desea impaciente y codiciosamente algo, está garantizándose que jamás lo obtendrá. Hasta aquí los barbudos.
         La historia algunas veces les da la razón. En el siglo XIX muchos jóvenes de escasa o mediana fortuna, los dandies, desearon con impaciencia y codicia el nocturno mundo brillante de la elegancia, la belleza, la riqueza, el despliegue mundano y excéntrico de las artes, la ciudad como una fiesta. No lo obtuvieron sino como mascaradas o espejismos instantáneos, al costo de toda la fortuna familiar (incluso la cárcel por deudas), la salud, el desengaño.
         Hubo en cambio los juiciosos y algo aburridos empresarios, que dedicaron su juventud al dinero, a la Bolsa y las inversiones, a los bonos de ferrocarriles, petróleo o firmas de tocinería y embutidos, y hacia los cincuenta años, sin quebrantos de salud y fortuna, sin desengaños vitales de dandy, regresaron —o ingresaron— a los salones de París con porte y desdén de amos, a recibir todos los dones y homenajes a los que aspiraban los dandies. En un baile “A medianoche, cola; esto se convierte en un mercado; se me ha reconocido, por mis gemelos de los puños, por un extranjero rico; me han cogido del brazo y me han estrechado la mano; me he visto obligado a enviar a paseo a dos personas demasiado encantadoras” (Hippolyte Taine: Notas sobre París. Vida y opiniones de M. Federico Tomás Graindorge..., Tr. Alfredo Opisso, Madrid, Editorial Calpe, 1923.)
         Claro que no es lo mismo Los tres mosqueteros que Veinte años después, y que ciertas musas por las que el dandy adolescente estaba dispuesto a suicidarse o a batirse en duelo eran ya simples “loretas” a tantos francos, y ni un centavo más, por el cuarto de hora, para el rico cincuentón. Pero el Gran Mundo —los salones, los bailes, las recepciones en las embajadas, la ópera, la tropa de la moda, el arte mundano— estaban ahí, brillantísimos, esperándolo.
         Todos los suspiros del dandy ante el sueño imposible se traducen en la crítica burlona del empresario cincuentón, algo misántropo, que se permite hasta escribir —con ayuda de algún casi-dandy o exdandy amanuense (el propio Taine), a tantos francos el cuarto de hora y ni un centavo más, aunque la paga sea póstuma y como herencia— en su vituperio.
         ¿Pero esta vulgaridad, esta salchichonería de “cocottes” en terciopelo, esta esparraguería de fracs alquilados; estas arias, estos valses, estos paisajes japoneses que se pueden comprar por docena en los grandes bulevares, esta jerigonza de comadronas y tenedores de libros que se fingen aforistas, eran todo el sueño del dandy? ¡Qué bobos son los sueños! ¡Qué fáciles de realizar para quien no los desea demasiado, y espera, pues a la larga...!
         Tal es la novelita de Hippolyte Taine (1828-1893), el célebre crítico positivista, en las Notas sobre París (1867), que pretende compilar los desdeñosos comentarios de un tal M. Frédérick-Thomas Graindorge, quien después de graduarse como millonario con negocios de petróleo y tocinería en los Estados Unidos, regresa a aburrirse a las lujosas noches de París. La novela reitera el tema del “menosprecio de corte y alabanza de aldea”, y la fácil reprensión moralista de las “costumbres modernas”, pero sobre todo es la burla —inteligente, rápida, divertida, memorable— del mito parisino como el paraíso “poético” del dandy.  Y muy buena narración, con cocodrilos y todo.
         La burla de las Notas sobre París pega por partida doble. No sólo ridiculiza Taine los sueños de los dandies; también su estilo, pues su millonario escribe mejor de ellos. Una prosa anti-dandy. Los positivistas, de la mano aquí con los realistas, habían depurado el idioma; lo habían cepillado de énfasis y preciosismos románticos; querían escribir como científicos, como hombres de acción, como gente sensata. Con frecuencia se olvida que Baudelaire y Flaubert aprendieron estilo, y lo declararon enfática y reiteradamente, de la nueva manera de escribir de Sainte-Beuve, Renan y Taine.
         Cabría una burla a la tercera potencia en las Notas sobre París de Hippolyte Taine. El práctico hombre del dinero —una exaltación del millonario como héroe novelístico moderno— no sólo consigue naturalmente tanto los millones como el mundo dorado del dandy o del “poeta de la vida”, sino que también, sin esfuerzo, deviene un auténtico dandy y “poeta de la vida” por el simple hecho de no buscarlo. El dandismo también le llega, a la larga. Y lo recibe con desapego y sorna: el dandy perfecto desprecia el dandismo.
         No tiene Graindorge que esforzarse por atisbar, espiar o investigar tantas especies de lujo, exquisitez, extravagancia o belleza; simplemente ahí están, en el aparador, como mercadería, cuando regresa con sus millones. Y sabe que a final de cuentas no son tan caros. En unos cuantos meses, o acaso semanas, domina el catálogo de ese reino, como quien repasa los inventarios mercantiles y bursátiles de las empresas. Tiene menos errores y “pasos falsos” en el Gran Mundo que Musset o Baudelaire.
         A final de cuentas el dandismo no era un enemigo ni una protesta contra el mundo burgués, sino el propio mundo burgués (aristocrático-burgués) codiciosa e impacientemente deseado por un intruso, como también habría de descubrirlo El Gran Gatsby en los años veinte de este siglo. Graindorge sabe que los esplendorosos cuentos de la riqueza siempre han sido ineficientes ensoñaciones de pobretones; él los observa con el lente caricaturesco de Balzac y Daumier.
         Siempre he admirado a los ensayistas y críticos positivistas: Sainte-Beuve, Renan, Taine. Tenían la cabeza en su lugar en una época literaria de puros cerebros llenos de pájaros. Aspiraban a la claridad, a los razonamientos, al conocimiento sólido, a las pruebas documentales, a las ideas duras... y, por desgracia, a las grandes construcciones filosóficas post-hegelianas. Claro que, como les ocurriera a los enciclopedistas, a ratos extremaron sus virtudes y las volvieron defectos. Les pidieron demasiado a la historia, a la geografía, a la arqueología, a la biografía de las obras y personajes que estudiaban. Su demasiada ciencia y su demasiada lógica —su demasiada razón—, indiscutibles en su época, devinieron inevitablemente ciencia superada, lógica corregible, o razón extrapolada tiempo después.
         ¡Pero eso les pasa a todos los ensayistas, a todos los científicos, a todos los filósofos, a todos los que tratan de alcanzar alguna verdad! ¡Las cosas que oímos ahora, en boca de cualquier imbécil, contra Darwin, Freud o Marx, por ejemplo! ¿Para no “pasar de moda” en literatura hay que escribir puros “grafismos”, puras exhalaciones? Trate usted de escuchar a los poetas etéreos hablar de Un lance de dados. Es como para correr al WC, arrancando al paso manteles y cortinas completas: ¡se pueden necesitar!
         Pero, en fin, ya Proust se solazaba en todos los exagerados conocimientos que Sainte-Beuve extraía de la realidad histórica y biográfica para la interpretación de la literatura; otros antipositivistas lucen la nueva arqueología, que deja un poco cojo al en otro tiempo cientifiquísimo Jesucristo de Ernest Renan; y la ciencia moderna, posterior a su muerte, quiebra los esquemas y paradigmas de crítica literaria e historiográfica de Taine. A la larga, pues, todos los conocimientos se cuartean, sobre todo los que se fían a algo tan engañoso como “la verdad científica”. Cada generación de científicos le dice a la anterior: ¡pues fíjate que tu 2 + 2 no suma 4!
         Pero estos ensayistas se dieron el gusto de romper mitos acariciados por los sentimentales y románticos. Sainte-Beuve destrozó, para no ser recompuesto jamás, el ideal “místico” de la obra de arte: está siempre llena de historia y biografía, punto. Ernest Renan, más que cualquier otro autor en veinte siglos, nos volvió para siempre a Jesucristo un ser histórico.
         Hippolyte Taine destruyó las individualidades e inspiraciones inexplicables: las sociedades (“el genio nacional”) —¡hasta supuso que los climas y los paisajes!— van escribiendo colectivamente una literatura que casi por accidente se ve membreteada por firmas personales. A la larga, diría Borges, poco importa quién escribe tal verso. Ortega y Gasset tomó de “el momento” de Taine su teoría de “la circunstancia”. Por culpa de Taine, Henríquez Ureña, Alfonso Reyes y Antonio Castro Leal nos anunciaron que la literatura mexicana se caracterizaba por “un tono crepuscular.
         En las Notas sobre París el millonario desmiente los sueños del dandy, su quimera de un arte mundano; del lujo, la riqueza y los placeres aristócratas o urbanos como si fueran obra de arte. Sí existe ese mundo y es relativamente agradable, para quien puede costeárselo; sólo aparece como sagrado e imbuido de misticismo y enormes metáforas para el intruso que no se lo puede pagar, y lo asume como aventura fatal, casi como martirio. Desde su riqueza y su vetusta misantropía, Graindorge sabe que el dandismo nunca valió la pena sino como espectáculo... cómico.
         Como Sainte-Beuve y Renan, Taine cometió varios pecados mortales. Creer que la crítica literaria —elevada por su escuela a una ciencia, a un ejercicio filosófico, historiográfico y hasta clínico (sus estudios de sicología)— podría incluso superar a las obras mismas. Esto no es necesariamente un error: un ensayo puede ser tan gran literatura como un poema, y de hecho la prosa de esos tres positivistas se cuenta entre lo mejor de la literatura mundial de su tiempo, pero le acarreó la animadversión eterna de los poetas y narradores. (No era para menos: los desacralizó, los derrumbó del parnaso, les rastreó fuentes, les demostró que casi siempre todos decían lo mismo; la originalidad y la sensatez resultaron rarezas; los membretó con datos del atlas y del Registro Civil). Y el rencor del público villamelón que cree que la literatura trata de puros desahogos sentimentales. Se le sigue maldiciendo.
         Pero sobre todo pecó en su fascinación por la obra monumental: sus libros, gruesísimos, y a veces dotados de aparatos filosóficos de erudición y método a la manera de Hegel o Kant, se mantienen por su sólo imponente volumen alejados del lector de intereses comunes. A Sainte-Beuve se le puede visitar en las antologías de sus “retratos literarios”; a Renan en su siempre agradecible Vida de Jesús, en su magnífica autobiografía intelectual Recuerdos de infancia y juventud —hacia 1967 escuché a Juan José Arreola, en su taller de la Casa del Lago, leer en francés algunos párrafos de Renan sobre la Acrópolis, y exclamar, todo teatralizado, como actor de la Comedie Française en pleno furor racineano, que no había mejor prosa francesa que ésa— y en diversas páginas sobre los orígenes del cristianismo (su san Pablo, sobre todo).
         Taine resulta más arisco: cuatro tomos de su polémica Historia de la literatura inglesa, que odian los ingleses; dos de su sistema sicológico De la inteligencia, otros tantos de la Filosofía del arte; varios más sobre la historia de Francia. Desde hace décadas se le lee principalmente por sus ligeros cuadernos de viajes (Italia, Inglaterra), y por esta curiosa novelita burlesca sobre París y los dandies, que se publicó originalmente como viñetas periodísticas en La Vie Parisienne.
         Desde luego, este libro es una flagrante confesión de dandismo. Taine inventa la coartada del millonario que puede rechazar burlescamente ese sueño, para escapar de ese delirio. De la misma manera Flaubert “inventó el realismo” en Madame Bovary para escapar de tentaciones opuestas en las que, en realidad, reincidió ¡demasiadas veces!: los mundos bizarros, extravagantes, lujosos, diabólicos, delirantes de La tentación de San Antonio, San Julián el hospitalario, Salomé y Salambô.
         Hay huellas en las Notas sobre París del dandy, del romántico, del incroyable, que Hippolyte Taine, con muchos esfuerzos, se negó a ser en su encarnizada lucha por convertirse en le Professeur Taine, quien buscó hacer un arte no sólo de la crítica, sino de la lectura. Cambió la manera de leer: solicitó del lector nuevas actitudes, capacidades y destrezas; exigió conocimientos de ciencias y humanidades hasta para leer un breve poema de amor. Estaba en lo justo.

         Su De la Inteligencia, su Historia de la literatura inglesa, sus Orígenes de la nación francesa, su Filosofía del arte hacen aquí travesuras y visajes incriminatorios, que no mellan sus arduas construcciones intelectuales, pero nos merecen algún guiño de simpatía. Sus Notas sobre París algo nos insinúan de la prehistoria —o la “intrahistoria”— del profesor Taine. Lo vemos todavía abrazado en gran lucha con los dragones que combatía.

martes, 1 de enero de 2019

SUEÑO DE UNA TARDE EN LA ZONA ROSA


SUEÑO DE UNA TARDE EN LA ZONA ROSA





Vicente Leñero fue uno de los primeros cronistas de la Zona Rosa; recuerdo que criticaba ácidamente, aunque bromeando, su tufillo de falsa cultura cosmopolita.

         No sé de dónde le salió lo de rosa, aunque se trataba de un color patriótico en los años sesenta. Dolores del Río comandaba un grupo filantrópico, llamado “Rosa Mexicano”, en la ANDA. Los críticos de arte discutían si el rosa encendido que abundaba en las artesanías era tradición popular, incluso indígena, o invención de Tamayo: el “Rosa Tamayo”. (¡Qué humilde sonaba ya entonces la egolatría de Diego Rivera, frente a las de Tamayo y Cuevas!) Desde el principio proliferaron en la radio, la prensa y la televisión los chistes sobre su rosado carácter: que aludía a una zona casi roja, o a una zona homosexual.

         Yo la caminé desde pequeño: asistía con mucha frecuencia, y en vacaciones casi a diario, a la Biblioteca Benjamín Franklin (de la embajada norteamericana), en Londres y Niza, que brindaba un excelente servicio; en la sección infantil incluso regalaban libretas y cajitas de lápices de colores a los niños que escribieran un resumen de algún libro sobre la historia y los próceres de los Estados Unidos (ahí me enteré de las aventuras eléctricas del propio Franklin, el Cara de Hartos Dólares, con su papalote). Ofrecía cine gratis (documentales naturistas, que ahora definiríamos como ecológicos) una o dos veces por semana.

         También la cruzaba a pie desde la Colonia Roma, donde vivía, rumbo a la Cuauhtémoc, donde trabajaba mi madre. Era realmente preciosa. Mucha moda, mucha beautiful people. Todavía conservaba buena parte de sus impresionantes casonas europeas de principios de siglo. Estaba llena de aparadores deslumbrantes y de turistas rubicundos y sonrientes, lo que le daba cierto resplandor diurno. Galerías de arte, boutiques, mexican curios, antigüedades; hoteles, centros nocturnos y restoranes de lujo; agencias turísticas, tiendas de discos importados y hasta de filatelia; academias de idiomas y de modelaje.

         Y se podía caminar con tranquilidad (todavía no llegaba el metro, ni con él la muchedumbre de muchachos de barrios pobres). Era uno de los escasos sitios donde cualquiera se permitía andar, impunemente, vestido de hippie, o con ultra-minifalda y hot pants, o con atildada melena Beatle y pantalones ajustados, acinturados, destacando las nalgas y el paquete, y de colores extravagantes, lo que provocaba insultos, golpes y aun detención policiaca en el resto de la ciudad.

         Hasta contaba con un tipo especial de policías, bañaditos y amables como en un folleto turístico, dizque bilingües, encargados de proteger e informar al turismo. Ahí ocurrieron, a mediados de los años setenta, los tres o cuatro casos mexicanos de la moda mundial de los streakers o locos encuerados. De repente un muchacho se desnudaba, digamos en la calle de Hamburgo, y echaba a correr una o dos cuadras entre los transeúntes, nomás para asombrarlos. Había gente que le aplaudía. Con sólo cruzar Insurgentes se ganaban ciertas libertades: la Zona Rosa.

         Desde luego que este sitio de impunidad moderna, de invitación a la libertad en las costumbres, como para sentirse en mitad de una película (mexicana) sobre París o San Francisco, establecido en función de los turistas, pronto fue aprovechado por muchachos nativos de toda clase.

         Las meseras de Sanborns se indignaban ante tantos estudiantes pobretones, disfrazados de juniors, que se quedaban las horas frente a una simple taza de café, discutiendo de cine “de arte” (la reseña) o de los extraterrestres (todo mundo leía El retorno de los brujos), y a veces hasta se escapaban, como rumbo al baño, sin pagar. O se pasaban eternidades maltratando las revistas extranjeras. O de plano se las robaban.

         Con un poco más de dinero se podía ir al Toulouse o al Carmel, donde uno se codeaba con artistas e intelectuales, de esos que aparecían en la tele discutiendo un happening (con los locutores Paco Malgesto o El Bachiller Gálvez y Fuentes), y ya Europa hasta nos quedaba chica.

         Como ahora en la Condesa, casi todos los días alguien andaba filmando por ahí un corto o una película, y los chamacos colados ensoñábamos la suerte de salir azarosamente de extras, caminando con aire interesante en segundo plano, detrás de una Julissa o de una Tere Velázquez. Seguíamos caminando con tal aire interesante, aunque la cámara cinematográfica nos fuese siempre esquiva.

         La Zona Rosa se tenía bien ganada su fama de snob. Lo de homosexual, en cambio, parecía algo exagerado. Ciertamente resultaba menos peligroso (tanto frente a la policía como frente a la cólera de los transeúntes bien pensantes) intentar ligues en sus bonitas calles que en cualquier otra parte, pero también más difícil. Se diría que el prestigio de la Zona Rosa transfiguraba a los ligadores, los extendía como pavorreales, los espigaba como garzas desdeñosas, de modo que era más lo que pretendían lucir que ligar. Puras miradas despectivas de supuestos guapísimos, que se repelían entre sí. La calidad de la  ropa, la moda, el chic contaban mucho, como en una pasarela interminable el aire libre. Aburría la Zona Rosa, pero ahí me pasaba las tardes.

         Me dicen que hubo cafés y bares de gran tolerancia homosexual en los años sesenta. No me lo creo. Ni en la Zona Rosa los mexicanos éramos tan libres. (De hecho, cierto cabaret heterosexual que se pasó de la raya fue clausurado en medio de un escándalo, casi linchamiento, nacional.) Cuando leí, hacia 1970, Safari en la Zona Rosa, de Gonzalo Martré, novela a la que se consideró en clave, supuse que exageraba.

         Había mesas atrevidas en Sanborns, en el Toulouse, en el Carmel, pero siempre minoritarias, y por lo demás los propios meseros y los escasos (y desarmados) guardias de los establecimientos imponían perfectamente el orden. Un orden que nadie quería quebrantar: no se destruye el propio pesebre. El forastero que se asomara no descubriría disolutos, sino puros catrines mamones.

         Cuando apareció, ya en la segunda mitad de los años setenta, un bar inconcebible, El 9, guardó en un principio fidelidad a esta atmósfera casi modesta y pacata. Cerraba a medianoche, no se podía bailar ni abrazar a nadie; puras mesas de conversadores relamidos y aullantes; su mayor atractivo: caminar entre ellas, vaso o copa en una mano, cigarrillo en la otra, como en un coctel, buscando menos el ligue que el lucimiento del porte o de la ropa:

         —Pues este viernes me voy a Frisco.

         —Acabo de regresar de Miami.

         Corrían varios chistes: que todos los dandis altivos del 9 eran puros mozos de hotel disfrazados de príncipes, lo que en efecto ocurría; y que, después de gastar en desdeñarse mutuamente más dinero del que podían, competían a la salida, en las paradas de pesero en Reforma o Insurgentes, por ligar a los astrosos albañiles retrasados. (No tan albañiles, me dice la memoria, sino meseros, mozos, lavaplatos y garroteros de restoranes.)

         Este último chiste se convirtió en toda una institución cuando, años después, se estableció detrás de Bellas Artes una cervecería paupérrima, que daba servicio toda la madrugada. En cuanto cerraba El 9, el tropel de pavorreales olvidaba su altivez y corría a confundirse con los albañiles. Le decían el Garrakech, porque se trataba de un Marrakesh (un cabaret entonces famoso) de pura garra o harapo. Juan Carlos Bautista escribió unos poemas al respecto. Recuerdo alguno en que compara su largo mingitorio con un abigarrado bebedero de potrero. Olía y se veía peor. ¿Con qué relacionaba el poeta los prolongados  hocicos de los potros? Descífrenlo, semióticos.

         —¡Ufff: ahí va pura gata! —decía una loca “ibero”, quien nunca dejaba de concurrir.

         El ascenso del 9, de un barecito casi café, modosito y pacato, al antrazo elegante que llegaría a asombrar y a escandalizar a medio mundo, se debió al incremento intensivo de la corrupción policiaca durante el gobierno del “general” Arturo Durazo; digo, del presidente López Portillo.

         Resultó que, de pronto, el bar abría hasta las tres, cinco, siete, ¡nueve! de la mañana; que llegó la música disco, y se pudo bailar entre hombres, abrazarse, besarse, fajar; que nunca, ni en lunes, cabía un alfiler, y hasta se formaba una larga y morosa cola a la entrada, sobre la calle de Londres. Pálidos de envidia, los jotos viejos asistían a los privilegios de la nueva generación.

         Nada de eso era “legal”, ni podía serlo con las leyes, prácticas y reglamentos todavía uruchurtianos de entonces. Se definía como “ofensas a la moral”, “escándalos en lugar público” y “atentados al pudor” a lo que al inspector o al policía buenamente se les ocurriese. Solían efectuarse razzias y redadas de “gente inmoral” hasta en domicilios particulares, en fiestas de diez o doce amigos. De hecho, incluso la música disco estaba prohibida, pues se exigía, por un privilegio del Sindicato de Músicos (la era de Venus Rey), que todo bar ofreciera exclusivamente música en vivo, aunque fuese un melcochoso órgano Yamaha. Mucho menos era “legal” que hombres bailaran con hombres, desfilaran las vestidas llenas de oropeles, y todo mundo saliera hasta atrás, joteando y gritando “¡siiiiiiií!” en plena luz del día.

         Se pagaba ese subterráneo permiso policiaco en el cóver. Otros bares que intentaron imitar al 9, sin semejante protección, no sólo sufrieron intempestivas, sino terribles clausuras: llegaba la policía y cargaba con todos los clientes, a quienes extorsionaba y vejaba uno por uno en la delegación.

         No bien había logrado El 9 su clientela frívola y bullanguera de homosexuales “tipo San Francisco”, quienes ya, para evitarnos lo de joto, marica y puto, nos definíamos como gays (término poco usado en los sesentas: se echaba mano de los arcaicos eufemismos “ser de ambiente” o “de onda”), siempre humilde y agradecidamente conformes con unos cuantos tragos y una festejada de música disco (Donna Summer, Gloria Gaynor, Alicia Bridges), cuando de manera súbita y agresiva la vio relegada y desplazada por otra más dispersa y moderna: la droga.

         El éxito de las drogas, especialmente de la cocaína, fue repentino y arrollador. De pronto el bar rebosaba de misteriosos y draculescos bi- poli- hetero- o asexuales y no se hacían esperar los pleitos, que ya difícilmente podían controlar los guardias y meseros. Se volvió peligroso, menos por las drogas en sí que por toda su erizada trama de capos, conectes, ganchos, espías, agentes, delatores, cobradores. Ocurrió un escándalo de nota roja en la sucursal del 9 en Acapulco. No recuerdo que antes de ello se esculcase ni manosease a los clientes a la entrada de los bares dizque elegantes.

         Aunque El 9 duró varios años más, ya nunca (ni siquiera la propia Zona Rosa) volvió a reunir a la nata del reventón homosexual capitalino, sino a una concurrencia extraña, heterogénea, convocada por otros apetitos, más riesgosos y ariscos. Uno les creía ver cara de judiciales o de freaks a demasiados parroquianos. Esta impresión se extendió a todo el rumbo. Pareció más peligroso parrandear en El 9 que en la Candelaria de los Patos: el mayor encanto de la Zona Rosa, su relativa impunidad, se había hecho añicos.

         Aparecieron por ese tiempo, en varias colonias, otros bares con semejante o mayor protección policiaca. Hasta se decía que los jefes policiacos habían tomado por su cuenta el negocio gay, y eran los propios dueños, casi lenones. Por el contrario, Luis González de Alba se permitió un desplante asombroso: establecer legalmente dos bares gay, aunque en ellos, ilegalmente, se prohibiera la entrada a mujeres (como si los gays no tuvieran amigas) y a los catrines que olieran a loción y no calzaran botas de piel de víbora. Si alguien traía un arete, de esos que ahora lucen hasta los boxeadores y en el ombligo, o se había decorado con una pizca de rímel, se llamaba a gritos a los bomberos. Los clientes debían firmar, a la entrada, en un librote, su aceptación de un decálogo de buena conducta (v. gr.: nada de drogas, mariconeos —todos bien jotos, pero machísimos— ni de violencia). A media tarde funcionaban también como “centros culturales” o bibliotecas, para cultivar a los gays... con los propios libros de González de Alba. “¿De veras se cultiva uno con semejante cosa?”, se preguntaría alguno.

         Una noche un mesero de El Taller me obligó a apagar mi cigarrillo: “Es el día internacional de no fumar”, me aseveró, como en un convento, y me señaló un rótulo beato pegado a la pared. ¡Ah, que de todo se dan manías en este mundo, hasta de Madre Superiora! Sólo que en los conventos no cobran cóver ni precios tan altos. Me largué mentando madres y preferí seguir fiel a los menos quisquillosos bares ilegales.

         Lo curioso de aquella nata gay del 9, de mediados de los años setenta, era su inocencia casi provinciana, con presunciones de gran modernidad neoyorkina o de Miami y San Francisco. No había sida, claro; ni existía mayor terror para un homosexual trasnochador que el apañón policiaco, el cual a la distancia aparece también casi inocente y provinciano, pues no se trataba de secuestros brutales, prolongados y con alto riesgo de muerte, a la manera actual, sino de extorsiones relativamente módicas (de 200 a 300 pesos, casi nunca más de unos 20 dólares), comunes y corrientes —las más de las veces—, como las que también sufrían los novios a quienes se pescaba haciendo el amor en un coche.

         En el peor de los casos, los agentes lo traían a uno dando vueltas por la ciudad, en una patrulla o en un automóvil sin placas, hasta despojarlo de cuanto llevara encima, u obligarlo a ir a buscar dinero (se conformaban entonces con unos 500 pesos) a alguna casa de familiares o amigos, bajo la amenaza de consignarlo a la delegación y delatarlo con su familia.

         Formábamos grupos de ayuda mutua: se trataba de acudir a un amigo para pagar la multa o mordida, en vez de verse obligado a telefonear a la madre o a la esposa (años en los que la gran mayoría de los homosexuales se casaba, para cubrir las apariencias) en plena madrugada: “Venme a sacar del bote; me tienen detenido por puto”.

         La movilización de muchos activistas gay acabó con esa rutina policiaca a principios de los años ochenta; se ordenó efectuar las clausuras de los antros sin cargar en bola con los clientes. Creo probable que uno de los éxitos capitalinos de la Comisión de Derechos Humanos haya sido reducir el espacio de maniobra policiaco “formal” contra los gays, aunque los abusos policiacos informales se hayan incrementado y agravado.

         Algún amigo mío, bigotón por más señas, quien entonces me quería y luego me desquiso, cayó en una de aquellas redadas; había sido preso político y contraído en su desventura cierto extravagante humor en asuntos policiacos, de modo que en plena delegación se identificó, con la cara dura, cuando lo atraparon por andar en un lugar de puro joto, como “Pancho Villa”. ¡Y los policías se lo creyeron! Escribió al respecto una crónica admirable. No voy a incomodar nuestra bonita enemistad con un elogio; simplemente recordaré su crónica como escrita por “Pancho Villa”, su súper o alterego, con letras de oro en el congreso. Sospecho que esa crónica fue fundamental para detener las razzias en los bares gay. (No niego, sin embargo, que se trate del propio prócer Luis González de Alba.)

         Luego, entre algunos liberacionistas gay se puso de moda hablar de “comunidad” para referirse a los trasnochadores de los bares. Más que comunidad parecía un ghetto o una clique, como siempre encabezada y abanderada por muy afeminados modistos, peluqueros, aspirantes a bailarines y a actores, empleados de hoteles y agencias turísticas, bastante cercana a las parodias del Mariconazo a que invariablemente recurren todos los días los lamentables cómicos de la televisión, a la manera de Luis de Alba, Héctor Suárez y Ortiz de Pinedo.

         No ocurría, desde luego, que tales oficios congregaran a la mayoría, ni siquiera a buena parte de los homosexuales, sino que eran los pocos que les permitían parecer y hasta ostentarse como tales. Se consideraba legítimo en esos años despedir de su trabajo a un burócrata o a un empleado bancario, mucho más a un maestro o a un médico, por la mera apariencia, sospecha o rumor de “malas costumbres”. La enorme mayoría de los homosexuales capitalinos evitaba la Zona Rosa, para que no los descubriera algún chismoso. Andar de gay en público exigía mucho coraje... o no tener chamba ni prestigio que perder.

         Todo mundo en la ciudad se agazapaba, salvo los libérrimos peluqueros, modistos, bailarines o “artistas” en general, quienes gozaban sobreactuando su descaro de locas: “¡Aquí el último buga murió de parto! ¡Putas putas, pero muy guadalupanas! ¡Me dicen la Virgen y Mártir: virgen por delante y mártir por detrás!”, eran los chistes de la época. El ghetto se diversificaría con los años, gracias al metro.

         La inauguración del metro marca el fin de los sueños de la Zona Rosa. Todo se les ocurrió a sus diseñadores, hasta esa gran plaza sobre Insurgentes, que soñaron llena de boutiques y de refinados bares al aire libre, como en la Costa Azul, menos que se les fuera a venir encima toda la raza. Y se les vino pero fuerte, desde el principio.

         La Zona Rosa quedó rápida, fácil y económicamente conectada por el metro a Pantitlán. La chamacada desempleada, con un vago aire entre pandillero y estudiantil, fue ocupando los rumbos exclusivos. Pronto nada, sino tal vez una mayor espesura de muchedumbre astrosa, distinguía en la noche esos rumbos alguna vez elegantes, de las turbias calles con cabaretuchos de la Colonia Obrera o de la Doctores. Muchas tiendas y restoranes huyeron, en estampida, a Polanco. Otros sobreviven, con menores ambiciones. Cundieron, como en el resto de la ciudad, la basura, los perros callejeros, los policías, los rateros, el comercio ambulante, los clanes de mendigos, los “chavos banda” y los “niños de la calle”.

         Sus manías snobs se trasladaron a Coyoacán y recientemente a la Condesa. Sus galas turísticas quedaron desgarradas entre calles intransitables, sucias, peligrosas. ¿Qué diablos viene a hacer un turista a la espantosa ciudad de México? Misterio.

         Su función de refugio y centro de reunión homosexuales, en aquellos tiempos modesta y provinciana, fue recuperada, multiplicada, agigantada por el propio metro. Sus andenes y pasillos como los vastos ligaderos de la explosión demográfica. Una Zona Rosa subterránea, masiva, juvenil, desempleada, que usa como protección el  precipitado oleaje de la muchedumbre de pasajeros. Tal vez resulte más eficaz.

         En cierto sentido, hasta la homosexualidad se democratizó o lumpenizó, según se quiera. Recuerdo la nata del 9 como catrina: de clase media alta, o con ese disfraz: la moda, el peinado, el aseo personal, los modales y la conversación afectados. Puro señorito. Todo mundo quería parecerse a Camilo Sesto. O a John Travolta en Fiebre del sábado por la noche. Luego, sin necesidad de tantas teorías de liberación (¡a veces hasta trotskistas!) como algunos disparatados predicábamos entre puros modistillos y aspirantes a “estéticos” o peinadores de lujo (“¡Abolir el paradigma patriarcal judeocristiano!”), la raza tomó la aventura gay por su cuenta.

         A partir del temblor de 1985, con el caos citadino y el incremento de la corrupción policiaca, se abrieron antros gay por todas partes, especialmente en el centro. Antros inconcebibles apenas un lustro antes: con strippers en abundancia, meseros semidesnudos, trastiendas oscuras para todo tipo de contactos, shows plenamente sexuales y hasta con la participación del público, subastas de chichifos. El desmadre en pleno: una “decadencia”, por lo demás, en estricta igualdad de derechos y circunstancias con los table dance heterosexuales.

         En una sola generación, y más a causa del desorden gubernamental y de la eficaz corrupción policiaca que de sesudas teorías de liberación gay, todo ello impulsado desde luego por los jóvenes de la explosión demográfica, y teñido de su desempleo, su desencanto y su miseria, se abatieron las murallas del pudor.

         Al sucumbir, las alambicadas ambiciones de una Zona Rosa refinada parecieron arrastrar en su derrota el modelo centenario del gay señorito y relamido que callejoneó por sus rumbos durante los años sesenta y setenta (toda la ropa bien ajustada, y nada en los bolsillos que estropeara la figura; para el pañuelo, las llaves, la cartera y los cigarros se llevaba, colgando de la muñeca, una especie de bolsa de mano o “mariconera”). Y aunque de vez en cuando se establezca, con diversa fortuna, algún bar exquisito, “de puto fino”, a la manera antigua, ya es demasiado tarde. Traté no sé ya bien si de defender o de vilipendiar a esos señoritos en un artículo que resultó muy ruidoso: “Ojos que da pánico soñar” (Unomásuno, marzo de 1979), que ahora me parece tan anticuado como el Códice Mendocino.

         La principal imagen gay en nuestra ciudad se volvió lo bronco, la raza, lo “banda”, el vasto mercadeo, la muchedumbre jodidona del metro Hidalgo. Lo que yo consideraría un avance, si tanta miseria y desolación no se entremezclara en su novísima y asombrosa libertad.

         Los antiguos gays catrines de la Zona Rosa, bien mirado, desde sus ambulantes clósets entreabiertos, creían en el presente y el futuro como algo codiciable, y callejoneaban llenos de pequeñas y frívolas, pero brillantes ilusiones.

         Desde luego, a toda la sociedad capitalina le ocurrió lo mismo.



sábado, 1 de diciembre de 2018

CONCHITA


CONCHITA


por José Joaquín Blanco


1
He llamado mamá a cuatro mujeres; la principal, Conchita Alfaro, era la hermana mayor de Trini, quien me parió, y sobrina y prima de las dos Luchas (Alfaro y Jiménez) de Tulancingo, madre e hija, que me atendieron buena parte de mi infancia. Vastas familias matriarcales entraban en acción cuando fracasaban los matrimonios, y se repartían la responsabilidad de todos los chamacos del apellido y de algunos aledaños.
Matriarcas más que milagrosas en el arte de multiplicar el pan, la ropa, los zapes y los pellizcos. Alguna misteriosa razón, acaso el que se me impusiera el nombre de su adorado padre, que acababa de fallecer, mi abuelo Joaquín, me situó desde el nacimiento bajo la advocación especial de Conchita: fue mi madrina de bautizo, confirmación, primera comunión y graduación de primaria, secundaria, preparatoria y facultad; con ella probé mis primeros cigarros y mis primeras cubas; me curó mis primeras crudas y se empeñó en transformarme en universitario.
Me apoyó en mi decisión de dedicarme a las letras, pero no al grado de leer muchos de mis escritos: tampoco era para tanto; cuando escribiera algo de veras bonito, que le avisara. Entre tanto las tres reglas de la vida: trabajar duro, ser honrado y comer muy bien. Sobre todo comer muy bien. Servía platos abundantes, grasosos, picantes, sabrosísimos, con mucho pan y muchas tortillas. “Nací en Puebla, así que ya saben a qué atenerse: mono, perico y poblano, no los tomes de la mano...”
Trabajadora, bailadora, tequilera y mandonsísma. Cuando estaba de buenas usaba palabras muy correctas e incluso dulzonas, pero cuando andaba de malas (que era lo frecuente) salían a relucir, como doblones de oro, encadenados, uno tras otro, netos y resplandecientes, los vocablos picarescos más resonantes del barrio capitalino donde creció, La Merced. 
Nos volvimos especialmente cómplices cuando, a la edad de ocho años, una mamá-tía Lucha de Tulancingo me declaró niño problema incorregible: me iba de pinta, le robaba la lana, le respondía como carretonero, me juntaba con la indescriptible plebe local y me encontraban bajo el colchón revistas de chistes indecentes (Los Parisinos, Pasa-rato).
Para Conchita no había niños problema ni incorregibles sino parientes tontos y mochos de provincia. Aprobaba el lenguaje de los carretoneros, como hemos visto. En diciembre de 1959 llegó a Tulancingo como un huracán y decretó que el tal Pepito –entonces me llamaba sencillamente Pepe Blanco- era lindísimo y listísimo y no tenía culpa de nada, pero para nada, en todas las travesuras que aterraban a la rama hidalguense de la familia Alfaro. Simplemente necesitaba ser criado por una mujer capaz, ella; y me trasladó en ADO, con sólo una maletita –desdeñó mis tiliches provincianos: ya me ajuarearía “como debe ser” en El Puerto de Liverpool-, en cosa de horas, a su departamento capitalino de la Colonia Roma, donde vivía con mi hermano mayor, de once años. Sumamos hasta una docena de hermanos y mediohermanos Alfaro. Me dicen que los hermanos y mediohermanos Blanco cubanos también son numerosos.
En el camión me exigió que me olvidara del sobadísimo Pepito (casual santo del día de mí nacimiento): debía llevar muy en alto el deliberado Joaquín, nombre de mi abuelo, “hombre de honra y pro”, su Jorge Negrete (aunque en las fotos le encuentro más parecido con Pardavé). Salomónico y taimado, me quedé con mis dos nombres, para no pelearme con ninguna de las sectas del matriarcado. Prevaleció, como siempre, la voluntad de Conchita, el Joaquín. En el rencoroso Tulancingo nunca se han dignado acordarse del Joaquín: puro Pepe, Pepón, Pepito. Luego resultó que, para el ámbito de las Luchas, Conchita me había echado a perder, que yo había sido todo un santito antes de abandonar “la Esmeralda del Valle” (sic) y volverme ateo, irrespetuoso y todo lo demás que algunos lectores acaso intuyan.
Para entonces Conchita ya imperaba en altar mayor de mis mitologías: la Mujer Gritona del Carácter Terrible, a quien en alguna de mis más amoratadas rabietas, quizás antes de que cumpliera cinco años, hubo que convocar por teléfono para que me metiera en orden. Seguramente lo logró en menos de un minuto.
También era la Dama de los Dones y el Escándalo de las Monjas. Llegaba a visitarme, a ratos con Trini, a ratos con un amigo misterioso (feón, pobretón y mucho más joven que ella), dos o tres veces por año, con cajas de ropa moderna, reluciente, y abominables botes gigantes de cápsulas de aceite de hígado de bacalao. No le interesaban mucho los juguetes.
Parecía salida de las películas o de la tele, con sus peinados de salón, sus perfumes y cremas, su maquillaje, sus vestidos lujosos a la última moda (escotados, con los brazos descubiertos, muy acinturados y con la grupa compacta y enfática), su montón de aretes, pulseras, anillos, medallas, medallones y collares. Las monjas nos habían dicho en el kínder que el infierno se había inventado sobre todo para las señoras que usaban chemisse (ligero vestido sin mangas, muy usado por Conchita), llevaban falda a la rodilla, descubrían los hombros y el nacimiento del pecho, y caminaban con cierto guasón ritmo de mambo.
Ella iba poco a misa –en Tulancingo asistíamos diario a la iglesia, y en algunas épocas dos o más veces por día: a ofrecer flores, los novenarios, los rosarios-, y sólo para saludar a sus compadres entre los santos: su tocaya Inmaculada, la comadre María Auxiliadora, la Milagrosa a quién sólo había que molestar muy de vez en cuando, en casos desesperados, y sus compadres san Cayetano y san Judas Tadeo. Pero no toleraba a los curas y menos a los obispos. Todos los mochos le parecían amargados, pazguatos e hipócritas.
Era una mujer que reía fuerte, que fumaba, y que los domingos se empinaba dos o tres tequilazos de aperitivo. Sostenía siempre opiniones duras: esto me gusta, esto no y “más vale una buena colorada que muchas pintitas”.
Platicaba de sus frecuentes viajes a Acapulco, aunque desaprobaba el novedoso bikini. Le gustaban las películas prohibidas de Rita Hayworth, Ava Gardner, Kim Novak, Rock Hudson, Elizabeth Taylor y Tony Curtis. Nada más espectacular había ocurrido sobre el planeta que el incendio de Atlanta en Lo que el viento se llevó. Ahhhh, ¡ese Clark Gable! No toleraba a María Félix, pero admiraba a Lola Beltrán.
No tuvo oportunidades de cultura –su formación escolar fue someramente contable, y empezó a trabajar en una oficina a los dieciséis años-, pero no se negaba al ballet, ni al “buen teatro” (es decir, donde aparecieran Ofelia Guilmain, Enrique Rambal, Ignacio López Tarso o José Gálvez), ni a los conciertos de la Sinfónica Nacional en Chapultepec ni, sobre todo, a las temporadas de zarzuela.
Se burlaba de sus cantantes favoritos: Toña la Negra, Olga Guillot, Pedro Vargas. Los adoraba, pero a risa y risa. María Grever cantada por Urcelay la sumía en la nostalgia idolátrica por su padre Joaquín: “ése sí era todo un hombre”.
Se identificaba con el Cuarteto Rufino, en un acceso de carcajadas incontrolable. Se encolerizaba contra Clavillazo y Viruta y Capulina: “¿Con qué derecho se cagan en nuestro hogar?”, y apagaba la tele. Jamás le creía una palabra a Jacobo Zabludovski, pero se regocijaba con Los Polivoces y le perdonaba toda mariconería a Salvador Novo: “El Maestro Novo es algo verdaderamente especial”. Seguía sus programas libreta en mano y se aventuraba en las pantraguélicas recetas nacionalistas que Novo se atrevía a proponer a un público meramente contemporáneo.
Conspiraba con su modista para plagiarle el vestuario a Amparo Rivelles, especialmente durante la era -¿o fue imperio?- de Anita de Montemar.
Se parrandeaba al menos una vez por mes, con sus compañeros de oficina, algunos compadres con parejas enigmáticas -sobre las que no había que preguntar-, y su infaltable amigo misterioso, a quien también tenía seducido y domado.
Le gustaban los restoranes típicos del rumbo de Garibaldi o el Guadalajara de Noche. Casi siempre se le pasaban las copas y se ponía a cantar delante de los mariachis. En la playa, también con copas, prefería los tríos, pero no se paraba a cantar (salvo cuando las muchas copas se volvían demasiadas), porque los boleros le parecían más difíciles que las rancheras. Cantaba desde su asiento y en voz más baja: “Conocí una vez una linda morenita y la quise mucho...”
Pero esto ocurría en días y noches de excepción; se la vivía a dieta, entre fajas feroces, combatiendo la fatal tendencia familiar a la obesidad: desayuno: jugo de naranja con un huevo crudo; comida: ensalada y pollo o carne asada; cena: café con leche y pan tostado. Entre comidas algo de fruta.
Guapona y chaparrita con muy lindas piernas sobre sus elegantes zapatos puntiagudos, importados (italianos), de tacón altísimo (siempre los zapatos “hacían conjunto” con el bolso descomunal); cintura controlada, busto y cadera tropicales, en continua amenaza de desbordamiento. Ojos grandes y expresivos de actriz de cine mudo. Una piel hermosísima, de nena recién bañada, incluso en su vejez.
Llegaba a Tulancingo acompañada del amigo misterioso en un carrote moderno, que desataba todo tipo de envidias y chismorreos. Navegaba con bandera de viuda, pero ya sabíamos que era una de esas pérfidas desencaminadas a quienes se lapidaba desde el púlpito todos los domingos: las divorciadas. Jamás se debía mencionar a su exmarido ni –su gran tragedia secreta- al bebé que se le murió en el vientre al sexto o séptimo mes. Creo que a instancias del marido lo certificaron como Ricardo; ella hubiera querido llamarlo Joaquín.
Ella me había dicho, probablemente desde el momento en que nací –desde luego, estuvo junto a Trini durante el parto-, que yo era solamente suyo: que sólo me parecía a ella, que mi cara representaba (como la suya) el vivo retrato de su papá Joaquín, y que no me creyera lo del  “diablillo” ni lo del “chico problema” que espantaba a las tías, digo mamás, Luchas de Tulancingo: todo lo contrario, que yo había salido –vía Trini- con el temple, el carácter y el rostro de Joaquín y de Conchita.
No debía olvidar tampoco –supongo que todo esto me lo dijo en secreto, entre besuqueos, porque era muy besucona, de besotes tronadísimos- que yo no había nacido en un rancho, sino en una clínica muy moderna de la Ciudad de México (calle de Chiapas), metrópoli adonde volvería para vivir con Conchita para siempre jamás en cuanto terminara la primaria, porque la capital era muy insegura para los niños chiquitos.
2
Trabajaba como contadora –en la práctica, la Supergentísima Señora Alfaro, mimada y hasta adulada por los místers sobre todo cuando triunfaba en los embrollos con las oficinas de gobierno, los acreedores, los deudores o los sindicatos- en una empresa norteamericana (Constructora Técnica, S.A., Tíber 100) de 9 de la mañana a las 7 de la noche en días hábiles, y los fines de semana atendía asuntos contables extra en casa.
Tampoco admitía que se mencionara en su presencia al playboy cubanazo de Raúl Blanco García, mi padre, profesor de Trini en la Escuela Bancaria y Comercial. La propia Conchita los había arrastrado de las orejas hasta el Registro Civil porque mi hermano ya venía en camino (a Raúl, por lo demás, le urgía regularizar su situación migratoria).
Por entonces me habían dicho que mi padre había muerto en un accidente de tránsito. Años más tarde aparecería por correo, con largas cartas culteranas y sentimentales, llenas de citas de Martí, como un miembro más de la tribu de los divorciados.
Un día Conchita nos descubrió a Trini y a mí releyendo esas cartas, escondidos en el baño. Fue el escándalo del fin del mundo. “¡Te sigues carteando con él,  no vas a entender nunca!”, le rugió a una Trini estremecida, temblorosa, desatada en llanto. Nos arrebató el fajo de cartas, las hizo pedacitos ahí mismo y las tiró al excusado. Jaló la cadena con un ademán fulgurante, implacable.
No faltan intrépidos que forjen su carácter en la lucha con el ángel; yo templé el mío entre los años cincuenta y sesenta, de los ocho a los dieciocho años, en feroces encontronazos con Conchita. Tenía sus ideas. Las cosas debían ser como debían ser y no se aceptaban negativas ni disculpas, y punto. Todo perfecto y todo a su tiempo, y punto. Y no le gustaba ordenar las cosas dos veces ni que le salieran con batea de babas, y punto.
Ni siquiera recuerdo cómo fue que un niño ya famoso como rebelde e imposible, asumió que no había modo de desobedecer a Conchita. Incluso me gustaba complacerla en todo, y hasta por anticipado y de sobra, pero de repente, a pesar de los pesares, algo salía mal. Entonces ella me gritaba. Yo me crecía al castigo y le gritaba más fuerte. Bombardeos domésticos. En esos plácidos tiempos no se usaba aturdir a los niños con rollos psicológicos; unas cuantas nalgadas, cinturonazos, zapes y hasta algún bofetón casi teatrales cumplían su cometido perfectamente.
Pero ya ella me había hecho a su imagen (porque esa altanería acerada, esa soberbia casi suicida no aparecían en Trini –siempre bonita, resignada y llorosa- ni en mis hermanos), y permanecía castigado pero insumiso, mudo, agrio y malencarado durante semanas. Me le muy vendía caro y las reconciliaciones le costaban muchos esfuerzos y regalos. Incluso después de “perdonarla”, la seguía castigando tenazmente con algún aire ofendido. “¡Me topé con la horma de mi zapato!”, se quejaba con cierta vanagloria.
Al principio sus éxitos fueron resonantes. Logró en cosa de semanas, desvelándose conmigo frente a mis tareas, imponiéndome como ley universal que sólo existía lo perfecto, y que nada menor era admisible, que el chamaco que casi reprobaba todas las asignaturas en el colegio pueblerino saltara a los primeros lugares en un instituto prestigioso de la capital. Me volví casi de inmediato un precursor del nerd, un “sabio expresito”, quien a falta de computadoras almacenaba parrafadas y parrafadas en la memoria, lo mismo de la orografía de Chihuahua que de la producción cafetalera de Puebla, Veracruz, Chiapas, Oaxaca. La aritmética tuvo que enseñármela de nuevo desde el principio, sin tanta faramalla, con pura sensatez. No se me ocurre nada importante que ella no me haya enseñado; y lo que no pudo enseñarme personalmente ella (deportes, manejar vehículos) casi nunca lo aprendí después.
De mis seis años de kínder y primaria con las monjas del Colegio Pedro de Gante de Tulancingo sólo rescaté una casi perfecta caligrafía pálmer (que apenas logré estropear en la edad adulta) y una facilidad casi instantánea para memorizar poemas y pasajes de historia. “Nuestro fuereñito ya es el alumno más aplicado del grupo”, telegrafió como un bofetón a las Luchas incapaces de corregir al diablillo problema.
Gracias a mi buena letra me volví su asistente. En aquellas épocas no había ni siquiera máquinas de escribir con un carro tan grande como para admitir las hojotas de contabilidad (un metro de ancho). Se hacían a mano y no debían llevar errores ni enmendaduras. Me encomendaba pasar sus borradores en limpio. Ganábamos tiempo y ahorrábamos para el Evento del Año, la semana santa en Acapulco. (Yo iba nomás para complacerla: nunca me ha gustado demasiado el mar: sólo ratitos de ahhh y enseguida el tedio de más de lo mismo.)
Lleno de boletas con dieces, de diplomas, de medallas; solicitado para proferir discursos o recitaciones en las fiestas escolares, amigo de los curas, encantado con la posibilidad de callejonear sin rumbo por la Ciudad de México, parecía que una Nueva Vida se abría ante mis pies. Conchita ya elaboraba desde entonces laberínticos planes para cuando me convirtiese en ingeniero, médico o abogado. Me educaba para un destino prócer.
Pero iba creciendo en mí una nueva rebeldía, más desesperada que todas las anteriores. Conchita creía en el restablecimiento mesiánico del hogar ideal, el del abuelo Joaquín de su infancia, y según ese esquema yo quedaba completamente subordinado a mi hermano, tres años y veinte kilos mayor que yo: un escuincle de lo más atorrante y resentido contra el Usurpador que de la noche a la mañana le quitaba la mitad de la atención de Conchita, la mitad de su cuarto, y encima le imponía la obligación de andarlo trayendo y llevando por todos lados como pilmama. “Ninguno va solo a ninguna parte; los dos deben andar siempre juntos, comprendiéndose y cuidándose como buenos hermanitos”.
Los buenos hermanitos legales, de papá y mamá, los dos blanco-alfaro, nos detestábamos; nos dirigíamos miradas asesinas. Él me considerada un escuincle pueblerino, meado y usurpador, con quien no quería que ni de lejos lo vieran sus amigos. Yo lo veía como egoísta, verdugo y pendejísmo. Con frecuencia me aporreaba bien y bonito, surtidito, sobre todo en las fechas de calificaciones, porque el método escolar de Conchita no había operado en él con tan buenos resultados, mejor dicho: con ningunos resultados.
Decidí entonces que la Ciudad de México era demasiado chica para nosotros dos. Y algún día que me golpeó e insultó más de lo habitual, lo que ya estaba con mucho fuera de todo lo soportable, en la escuela y delante de otros niños, con la  firme promesa de ahora sí romperme de veras la madre al llegar a casa, decidí que tenía que escaparme de Conchita y de su monstruito cavernario, mi hermanito-de-padre-y-madre, de Raúl y Trini.
3
El 11 de abril de 1961, después de comer, salté el muro posterior del campo de futbol del Instituto Don Bosco, por Iztapalapa, para regresarme a Tulancingo, a casa de la mamá Lucha chica (la mayor ya había fallecido). Mejor la vida de rancho que la de víctima y criado de mi hermano. ¡Y nunca más una humillación, ni un aporreo!, me prometí.
Estas cosas no las podía concebir Conchita: nos quería y trataba a ambos por igual: la dinastía Alfaro, los vástagos de los sacrosantos abuelos María y Joaquín; nos daba todo lo que necesitábamos, ¿por qué algo tenía que ir mal entre dos hermanitos Alfaro? ¿Acaso nos faltaba algo? Vivíamos casi como ricos, incluso con ciertas extravagancias (mi hermano poseía un equipo completo de buzo, que nunca usaba), gracias al alto salario y a los trabajos extra de Conchita, empinada durante interminables horas frente a la sumadora eléctrica, sobre las hojas de contabilidad y los alterones de recibos y facturas, en la mesa del comedor.
Bueno: ocurrieron la diferencia de tres años, veinte kilos y una acumulada discordia; la eterna lucha por el poder en un departamentito donde los dos estábamos solos casi todo el día y la convicción de mi hermano de que yo había llegado a robarle lo que era suyo, exclusivo. Me calificaba, no sin argumentos, de petulante y maricón. No quiero ni recordar lo que entonces yo pensaba de él.
Imaginé que caminando por Calzada de Tlalpan –siempre fui un buen caminador- podría llegar antes del anochecer a la Villa de Guadalupe, que era la última parada de los ADO que iban a Tulancingo. No llevaba dinero, pero muchos choferes de Tulancingo conocían a las Luchas, y –confiaba- podría pagarles al llegar allá. Las Luchas pertenecían a la distinguida familia del profesor Aurelio Jiménez, a quien nadie le negaba nada en Tulancingo.
Me he contado tantas veces esta aventura desde entonces que ya no sé qué inventé en ella y qué realmente sucedió. Debí urdir algunas mentiras al no encontrar, ya bastante noche, camiones ADO a Tulancingo cerca de La Villa. Mis mentiras, sobre todo las más disparatadas, solían tener cierta verosimilitud o encanto entre las señoras. Quizá me conté huérfano, extraviado, fugitivo, víctima de no sé qué conspiraciones dickensianas o zodiacales. Ya había visto muchísimas películas en las funciones triples del Cine Morelia y algo sabía de Salgari y de Mark Twain, en ediciones simplificadas.
El caso es que no tardé las dos horas y media reglamentarias de autobús de México a Tulancingo, sino tres días, en cuyo transcurso fui hospedado, agasajado y financiado por dos familias humildes del rumbo de la Villa. Algo debieron influir mi uniforme de colegio privado elegante, mi cara de mosquita muerta, que sabía enternecer, y (espero) algún talento inventivo.
Cuando llegué cantarín y chiflador tres días después, un mediodía, a casa de Lucha, dudando si me recibirían con una fiesta (pues así Lucha triunfaba sobre la mandona y sabihonda Conchita) o con una buena paliza por andar tres días como Huckleberry Finn por el ancho y ajeno mundo, cuando al menos podía haber hecho alguna llamada telefónica por cobrar, empecé a ver rostros que se asomaban, morbosos y boquiabiertos, por los visillos de las ventanas, por los resquicios de zaguanes, por sobre el mostrador de las tiendas de la calle de la casa.
Que de dónde venía, que con quién había estado, que las tías y mamás ya me creían muerto, que me habían andado buscando la policía y hasta los bomberos por el río podrido y los cenagosos alrededores del Instituto Don Bosco, que hasta en la tele me habían anunciado como desparecido, exhibiendo una foto donde lucía un traje (franela y peluche) de león, que había servido para una función de circo en una ceremonia de fin de cursos.
“¡Ora sí la hiciste en grande!”, me dijeron. Se trataba de una frase familiar: ora sí la había hecho en grande cuando me escapé con un rancherito a una huerta a empacharnos con perones, y luego a un establo, a examinar los genitales de vacas, bueyes y burros; y luego a jugar en los alrededores de la estación del tren; cuando nos aventamos dizque a nadar en el Río Tulancingo, que ya era un desagüe flaco lleno de trapos, zapatos y perros muertos; cuando nos robamos un block de papel membretado de la escuela y pedimos perentoriamente –desde la máquina de escribir Remington de mi tío- a todos los padres de familia de nuestro grupo una contribución especial para las obras de la capilla, que pensábamos gastárnosla en la feria de Nuestra Señora de Los Ángeles (nos descubrieron por dos o tres errores de ortografía, pero la mayoría de los padres de familia cayó en la trampa); cuando nos trepamos a la azotea de la casa de un amigo, donde habían instalado un gallinero, y agotamos los veinte o treinta huevos del día en dispararlos festivamente contra los transeúntes.
Mi retorno a esa improbable arcadia no fue venturoso. Asombró mi aventura, pero mis parientes me vieron como un caso definitivamente perdido. Quizás me imaginaron muy pronto en el Tribunal para Menores. Algo se habló de algún internado religioso o militar, donde finalmente me domesticaran.
Conchita, dolida y humillada, se opuso sin embargo a todo ello, en misteriosos conciliábulos telefónicos que yo espiaba desde debajo de mis cobijas, haciéndome el dormido. Finalmente apareció con el carrote, con su amigo misterioso y con mi hermano. Me treparon en vilo, sin más contemplaciones. No sé qué habían hablado entre ellos, pero adoptaron conjuntamente la política de tratarme con lejanía y respeto. Sobre todo mi hermano me veía raro, incómodo en su culpa, y como si yo hubiera de repente crecido tres años y engordado veinte kilos. Por fin me veía casi como a un igual. Nunca volvió a pegarme (lo que constituyó una no pequeña ganancia). Nos seguimos llevando muy mal, pero en silencio, guardando distancias, hasta la fecha.
Como se ve, no soy un buen creyente de la fuerza de la sangre. Creo en las afinidades electivas: Conchita me eligió a mí y yo la elegí a ella. Y de ahí, amor apache.
         Durante meses viví con Conchita como un matrimonio mal avenido pero cortés, lleno de silencios, hielo y amabilidades. Pensé que la había perdido para siempre y que me toleraba por lástima, mientras yo llegaba a la edad en que pudiese deshacerse de mí sin remordimientos (pues Trini se había vuelto a casar y a llenarse de hijos). Pensé que ahora sí estaba completamente solo en el universo y que no me restaba otra solución que lanzarme solo a la vida cuanto antes, en un chapuzón suicida –esta idea romántica siempre me ha fascinado.
Ensoñaba a mis diez años con todo tipo de escapes cinematográficos, recordaba los cuentos de vagabundos e hijos pródigos que se lanzan por los caminos del mundo cargando su alforja en la vara que llevan al hombro. Fui un automático admirador y enamorado de los “muchachos terribles” de Gide, Martin du Gard y de Cocteau.
Entre tanto, a cumplir con la escuela. Me encarnicé en el estudio por orgullo, para que no me acusaran luego de abandonar la escuela por no poder con los libros, y porque no apetecía nada más. Y por prepotencia: “¡Ahora van a ver quién es un Alfaro, cabrones!”, como diría Conchita. Ninguna otra cosa me divertía ni pasaba por mi cabeza. Sólo la de crecer muy rápido para largarme lejos, muy lejos y totalmente solitario. Había elegido los Mares del Sur.
Fue mi mejor año escolar, casi apoteósico. El mejor promedio general, las medallas de primer lugar en la mayoría de las materias. Tenía derecho al premio mayor, la Medalla de Excelencia, pero, como me recurrirá con frecuencia, los mentores privilegian la buena conducta sobre la mera instrucción. Y vi coronarse como “excelente” a algún niño que iba muy por debajo de mis notas en casi todos los campos, pero que era “muy buen chico”.
         La noche de fin de cursos tuvo ese patetismo. Tantos dieces, diplomas y medallas para nada. Con cuán menores méritos los modositos se calzan fácilmente las grandes coronas. Pude, sin embargo, declamar “Los Motivos del Lobo” en la ceremonia, ante la euforia general.
Durante el tedio de ese año me apegué a mi destreza caligráfica y le compuse a Conchita un poemario: en una libreta de pasta gruesa fui copiando meticulosamente los poemas más bonitos que encontraba en los textos escolares (desde luego prevalecían Bécquer, Amado Nervo, Peza, Díaz Mirón, Gutiérrez Nájera, González Martínez, Samaniego, Gabriel y Galán; Rubén Darío, Lope, Quevedo, Calderón, Sor Juana). Ése fue mi primer libro, sin un solo manchón ni error caligráfico, y Conchita lo releyó y tuvo en su buró hasta su muerte, a la edad de sesenta y ocho años.
         Después de la ceremonia de fin de cursos, Conchita no me llevó a cenar machitos con tepache, o pozole, como solía premiar mis buenos momentos. El amigo misterioso nos condujo silenciosos y cabizbajos a casa. Pero ahí ella me tenía varias sorpresas: una enorme, carísima enciclopedia juvenil en doce tomos, que había sido toda mi codicia, para compensar la medalla de excelencia que me habían robado; unos suéteres muy decorados, a la moda de César Costa; un kit completo de rasurar: vasija de madera con jabonadura, brocha, rastrillo dorado, hojas gillette, lociones. (Me había estado terminantemente prohibido rasurarme “hasta que llegara el momento”, por más ridículos que se vieran mis bozos largos y ralos en una cara demasiado aniñada).
Yo le tenía otra sorpresa: para evitar la incomodidad de mi hermano, me había acercado a los curas, y me habían invitado formalmente a estudiar el seminario menor. Debía presentarme en Puebla veinte días más tarde. Aunque camuflado de fraile, me largaba finalmente de casa.
         -¡Con una chingada! –rugió Conchita-, primero te me largas como un criminal porque voló una mosca. Ahora te quieres hacer cura. Pinche egoísta malnacido. ¿Y yo qué, y la familia qué, y tu hermano qué? ¿Acaso sólo cuentas tú en este fregado mundo?
         -Ya me dijiste que tú no me quieres.
         -Te mereces que te diga eso y más. Pero anda, vete, te sientes muy listo, puedes decidirlo todo, ¿no? Yo nomás te estorbo.
         Rompió a llorar. Corrió a su misterioso amigo y mandó a mi hermano a acostarse. Nos servimos unas cubas –mi primera cuba- y platicamos hasta el amanecer. También mi primer cigarro. Lo dijimos todo y no pudimos componer nada. Ni modo que eligiera entre mi hermano y yo.
         Fue a hablar con los curas, me preparó la ropa y los útiles escolares, me llevó a un examen médico exhaustivo y me depositó durante tres años en un internado salesiano que funcionaba como primaria, secundaria y seminario menor, en Panzacola, Tlaxcala.
4
Me iba a visitar cada dos domingos, por temporadas todos los domingos. La distancia restañó todas las discordias y heridas. Nuestros encuentros –picnics en el bosque del seminario, para los que llevaba manjares de fiesta, chiles en nogada y todo- eran alegres y tranquilos. Prefería cargar hasta México con mi bolsa de ropa sucia y lavarla en casa a que me la percudieran en la gregaria lavandería del seminario.
Me empezó a hablar como a persona adulta. Mi brillantez escolar se había consolidado y la impresionaba. A ratos, cuando me tocaba predicar revestido de monaguillo o frailecito, me admiraba como si fuese un obispo. De repente me decía que no usara palabrejas tan rebuscadas, que a ratos ya ni me entendía.
Me consultó la necesidad de inscribir a mi hermano vago y mal estudiante en un internado estricto, porque ya no le hacía el menor caso y en plena adolescencia se estaba desencaminando con sus pésimas amistades de todos los billares de la Colonia Roma.
Durante los tres años que estuve en el internado, ella conoció, por fin, cierto descanso, y alguna libertad y plenitud amorosas. Estaba completamente sola y libre en su casa para agasajar al misterioso y fiel amigo –duraron unos veinte años-, que se veía muy complacido (gracias a la hábil conducción de Conchita, ya no parecía tan feo ni tan pobretón); y me llevaba todo tipo de regalos al seminario (plumas fuentes, cámaras fotográficas, portafolios de piel, como de ejecutivo) con la firme intención de convencerme para que jamás, pero jamás me saliera de ahí.
Boté a los curas en 1965, en segundo se secundaria. Viví con Conchita cuatro años más, ya en plena complicidad y camaradería hasta que tuve que inventar un barroquísimo conflicto de caracteres para largarme de nuevo. La razón fue que quise mantenerla completamente alejada de la vida gay que había decidido seguir y que ella no podría sospechar, entender ni admitir. Conchita pensó que mi nueva vida de intelectualón y artistuco me exigía cierta bohemia, y estuvo finalmente de acuerdo.
         Perdió su gran empleo hacia sus cincuenta años cuando, seguramente por políticas deliberadas de la empresa para renovar su personal ejecutivo, se empezó a enfrentar con incomodidades, absurdos y aun humillaciones. La Supergerentísima Señora Alfaro les cantó a los místers una renuncia brevísima y sonora, según su estilo.
 Vi con estupor cómo se reconstruía desde cero, en empleos inferiores y con la tercera parte del sueldo anterior. Adiós a los peinados de salón, a los vestidos elegantes, a los zapatos finos, a las frecuentes parrandas y viajes a Acapulco. En compensación se deshizo de las feroces fajas y dietas, y en cosa de meses asumió un porte monumental. Empezó a usar unos vestidos sencillos, holgados, baratos, que ella misma se confeccionaba, y que sólo en los estampados o en los colores brillantes se diferenciaban de los que portaba mi abuela, durante su vejez, en las fotografías.
Siguió como la madre generalísima de todos los chamacos de apellido Alfaro y aledaños; tuvo docenas de ahijados en cuatro o cinco manzanas a la redonda en la casita humilde pero con amplio jardín (una vejez dedicada a los chamacos, a las plantas, a los gatos, a los perros y a los canarios) que adquirió con sus ahorros por el rumbo de Iztacalco. Y tenía larga lista de espera para amadrinar matrimonios, bautizos, quinceaños y primeras comuniones. Las afligidas vecinas de la zona le llevaban a sus maridos briagos o mujeriegos para que los regañara. “Ya no lo vuelto a hacer, señora Alfaro”, le contestaban contritos y cabizbajos.
Además de mi madre, fue mi mejor amiga, mi cómplice plenipotenciaria y mi compañera de parrandas durante sus últimos veinticinco años. En un recital de Jaime López le tocó el pandemonium desatado por un fan delirante que, en su éxtasis, tomó el extinguidor y lanzó el polvo tóxico contra artistas y público en La Casa de la Paz.
Cuando descubrió que frecuentemente organizaba reventones en mi departamento, propuso que algunos se trasladaran a su casa, para compartir la diversión. Yo ponía los tragos y ella la comida. En uno de ellos logré escandalizarla: llevé a mi amiga Silvia Tomasa Rivera, quien se robó la noche con bailes y poemas. Conchita estaba acostumbrada a ganar todos los torneos de mujeres bravías, tequileras, gritonas y de opiniones mandonas y ultraliberalísimas. “¡Qué bárbara esa Silvia, me comentó al día siguiente, y qué lindos poemas!”
         El 13 de septiembre de 1991 despertó con dolor de estómago. Si hubiera temido una enfermedad grave habría acudido a un médico particular. Pensó que era un achaque y se confió a su querido Seguro Social de jubilada, no en balde había cotizado quincena a quincena durante cuarenta y tantos años. Siempre le daban unos cuantos calmantes y le exigían que bajara veinte kilos. Esta vez la internaron de inmediato.
         Pasé casi cincuenta horas sentado en las salas de espera, leyendo José y sus hermanos, de Thomas Mann. Los médicos me dijeron que había que operarla: algo de la vesícula, no muy grave. Parece que además de la vesícula hubo algo con el páncreas, una segunda operación en veinticuatro horas de la que no despertó.
Nunca me enteré bien: los médicos y las enfermeras cambiaban de turno a cada rato –nos trasladaron en ambulancias: ella en camilla y yo a su lado, a tres hospitales: Iztacalco, Balbuena y Centro Médico- y sólo ofrecían explicaciones evasivas, lacónicas, confusas.
La enterré el 17 de septiembre de 1991 en el Panteón de Dolores, junto a sus padres y a Trini (quien había fallecido por infarto en la propia oficina aduanal de Conchita, en el aeropuerto, unos quince años antes, cuando la bíblica prole de Trini se trasladó de inmediato, en caravana, a casa de Conchita, por cuya herencia llevan más de diez años mediomatándose). No he vuelto a esa casa desde el día que Conchita murió. Tampoco he querido tratar desde entonces a los “hermanos de José”, digo, de Joaquín.
Enjugué mi solitario dolor con algunas páginas de fray Luis de León, en su Exposición del Libro de Job: “Mis faces se enlodaron con el lloro, y sobre mis pestañas sombra de muerte... Porque el lloro mana del corazón, que se derrite en lágrimas cuando está triste. Y véase que la aflicción es mucha, pues el llanto tan grande que le ensuciaba la cara, y le cegaba los ojos: que eso es cuando dice mis faces se enlodaron con lloro; porque el agua de las lágrimas que le bañaba el rostro, y el polvo que sobre ella caía, se convertía en lodo en las mejillas, y ni más ni menos lo que añade, que sobre sus pestañas sombra de muerte, es decir, que del llorar le nacían tinieblas en los ojos, que suelen cegar con el lloro: porque lo negro y lo tenebroso, y lo que es noche y oscuro, es muy vecino a la muerte, que se oscurece y envuelve en tinieblas la vida”.