martes, 1 de julio de 2014

CRÓNICA E HISTORIA

LA CRÓNICA COMO MÉTODO HISTORIOGRÁFICO
Coloquio Deh-Historia contemporánea, INAH, 21 de mayo de 2014
Por José Joaquín Blanco
Al estudiar las obras históricas conviene recordar de vez en cuando no sólo el texto compacto, fijado, sino su proceso de composición y de escritura, su arqueología: cómo llegaron a escribirse. No siempre existió el código contemporáneo científico, académico, de la investigación y la escritura supuestamente puras, con financiamiento y oportunidades suficientes para aislarse un tanto, tomar distancia, de la realidad callejera, y así atender durante largo tiempo a requerimientos y métodos objetivos y tranquilos, como trabajo intelectual estrictamente especializado que atiende ante todo a su disciplina gremial. Pocas obras históricas se han escrito así, y eran casi excepcionales en México hasta mediados del siglo XX, cuando incluso los mayores historiadores, como Zavala y Cosío Villegas, debían compaginar su tareas académicas con funciones políticas, diplomáticas, administrativas, empresariales o periodísticas.
De hecho, no se enseñó profesionalmente la historia en México antes de los gobiernos posrevolucionarios: la historia era una extensión de la jurisprudencia, la filosofía, la literatura. Sólo con la creación y el fortalecimiento de las universidades públicas y de algunos otros centros de estudios superiores se llegó a esta depuración del trabajo historiográfico, aunque en muchos casos actuales se continúa entremezclando con otros tipos de quehacer teórico y práctico, y el historiador comparte y en no pocas ocasiones se beneficia de sus actividades paralelas como político, jurista, militante, periodista, escritor, artista, empresario. La historiografía de la Revolución Mexicana de  Cabrera, Vasconcelos, Guzmán, Sotelo Inclán, Mancisidor, empezó en las páginas culturales o editoriales de los periódicos.
                Como sabemos, durante le Colonia los historiadores no perseguían el conocimiento objetivo y puro, sino la evangelización y la colonización: buscaban entender mejor a los indios para cristianizarlos y castellanizarlos, como en los casos de Motolinía y Sahagún, y no como a entes de conocimiento neutro o científico. Las grandes obras históricas que ahora celebramos eran en realidad disciplinas ancilares del predicador, del misionero, del oidor,  del gobernador, del administrador. Otras, como las de Cortés y Las Casas, atendían fundamentalmente propósitos jurídicos: justificar la conquista y los méritos del los conquistadores, o ponerlos en tela de juicio. Otras eran casi autobiografía y litigio de méritos personales, como Bernal.
Muchas otras obras históricas novohispanas fundamentalmente se proponían administrar el poder y las tareas de las órdenes religiosas, y sólo en segundo término estudiar rigurosamente los hechos y monumentos del pasado. Conocer para administrar. Y en múltiples ocasiones se ordenó cesar por completo, o moderar, o reservar, las investigaciones históricas o lingüísticas, porque estorbaban esa administración: así por ejemplo, Sahagún se enfrentó a obstáculos superiores, religiosos y políticos, porque conocer demasiado tanto la cultura como la religión y la lengua de los mexicas implicaba, en la opinión de los administradores del gobierno y la iglesia, preservarlos en su identidad, cuando lo que se buscaba precisamente era borrarla para impregnarlos de cristianismo y de castellanización.
De tal modo, en el fondo de la práctica historiográfica prevalecían los fines supremos de administración, evangelización, castellanización y fortalecimiento de las nuevas instituciones políticas y religiosas.
                Esto nos lleva a la construcción de una historiografía marginal, cuando no heterodoxa, cuando tales estudios no parecían fortalecer esos objetivos administrativos o políticos. Así tenemos las enormes peripecias y vicisitudes de Carlos de Sigüenza y Góngora, Lorenzo Boturini y fray Servando que navegaron a contracorriente, incluso con episodios de persecución y cárcel.
Tal vez la primera obra historiográfica mexicana en el sentido científico o académico moderno sea la Historia antigua de México de Clavijero, que aprovechó el exilio, la libertad intelectual del exilio, y la libertad de discusión de la Europa ilustrada, para proponerse una emancipación del trabajo histórico y buscar la Verdad Histórica y ya no la mera administración del pasado, como nuevo objetivo. Aunque tal trabajo fue consecuencia de una polémica digamos periodística, si bien no tanto en periódicos en el sentido moderno sino en libros y libelos surgidos del clima de la Enciclopedia, en los cuales, pretendiendo perseguir conocimientos científicos, los pedantes philosophes vigorizaban prejuicios étnicos y nacionalistas no sólo contra los americanos, sino incluso contra los propios españoles. El gran libro de Clavijero, con toda su solidez de conocimiento y pensamiento, fue producto de circunstancias de debate de philosophes, cronistas o periodistas.
                Décadas después, también desde Europa, un autor fundamentalmente libelista, cronista, periodista, sermonero, cuya obra hasta entonces desordenada al igual que su azarosa vida entremezclaba todo tipo de disciplinas casi sin otras preocupaciones que la polémica y la aventura, fray Servando Teresa de Mier, se vio en la oportunidad de abrir la historia moderna de México, con un libro que relatara sobre todo a los extranjeros la Historia de la revolución de Nueva España. Aunque sólo se ocupa, pues se publicó en 1813, de los orígenes del movimiento insurgente, funda no sólo la historiografía del México independiente sino esa vertiente, que existe hasta la fecha, de la historia nacional considerada principalmente como la historia de sus revoluciones. México y sus revoluciones, como se llamaría dos décadas más tarde la obra del Doctor Mora.
Historia del pasado inmediato, casi del presente, el libro de fray Servando era más periodismo que historia y buscaba divulgar los informes que había recibido sobre la insurgencia, desde el punto de vista de un decidido militante de ella. Todo este aspecto de la historia política de México durante los últimos dos siglos es casi indisolublemente una mezcla de historiografía, ideología, militancia, política, derecho, periodismo, mitologías populares. Y se diría que cuando muchos años o décadas después llega el historiador moderno, científico y riguroso, a limpiar esos establos y depurarlos de inexactitudes, supersticiones y datos sin fundamento, la nueva historia ya depurada de las revoluciones mexicanas se queda sin revoluciones y sin historia, como una mera especulación de estadísticas y datos azarosos o de autentificación de documentos dispersos. Su propio tema imponía precisamente ese estilo militante y misceláneo de composición; y un discurso más seco, al tiempo que la depura, la diseca.
                Y aquí entramos en el momento más babélico y escandaloso del maridaje de crónica e historia en México: la enorme, desagregada, contradictoria, extravagante, casi esperpéntica obra de Carlos María de Bustamante. Bustamante fue insurgente, periodista, político y su calificación profesional estaba muy por encima del promedio de los intelectuales de su época. ¿Cómo fue entonces que en su obra gigantesca y miscelánea produjo lo que Guillermo Prieto llamaría “nido de urraca”, donde se mezclaban las perlas con todo tipo de bisutería y hasta de basura cultural, historiográfica y política? Porque su concepto de historia no tenía nada de científico, ni siquiera según los criterios de verdad de siglos anteriores: era una historia militante para el momento, en la que valían tanto sus innegables méritos de protagonista, testigo y conocedor de primera mano de algunos de los principales personajes y acontecimientos, como los para él no menores de la tradición oral, de los mitos populares, de los indicios y rumores fundados sobre todo en su éxito social, e incluso sus quimeras y ensoñaciones políticas, ideológicas, históricas y religiosas.
La abusiva auto permisividad que ejerció Bustamante, para quien el trabajo de historiador se mezclaba con el de trovador de gesta e incluso el de inventor y administrador de mitologías, registra sin embargo buena parte del clima ideológico, intelectual y emotivo de su tiempo, especialmente entre su grupo político, lo que no deja de tener algo de historia según el criterio moderno de que también cuentan como fuentes, de alguna manera, los “monumentos inmateriales”, los datos, dichos y conocimientos sin prueba positiva, como reflejo de la mentalidad y de la emotividad de su sociedad.
Buena parte de la concepción que ha prevalecido de los héroes y las hazañas no sólo insurgentes, sino incluso de la conquista (como el culto a Cuauhtémoc), y posteriores, hasta la guerra con los Estados Unidos vienen de Bustamante. Pero también revela la precariedad de los discursos historiográficos sin pruebas positivas, circunstancia que aprovecharon historiadores posteriores, especialmente Lucas Alamán, para desautorizarlo en bloque y, de paso, asumir abusivamente como dogma que nada es historia sin fuente positiva que cubra todos los protocolos científicos y académicos impuestos por las sucesivas élites intelectuales.
Con lo que nos quedaríamos ayunos de casi toda historia, pues el propio Lucas Alamán, tan positivista, prueba muy pocos de sus asertos, sólo afirma al igual que Bustamante, que él los vio –y a ratos miente, pues en la batalla de Guanajuato no vio nada, ya que se mantuvo escondido en su cuarto-, o que lo supo de gente de confianza, que en el caso de Alamán no sería el pueblo ni los soldados insurgentes sino la aristocracia “decente”. Con los criterios con que Alamán descalifica a Bustamante, también descalifica buena parte de su propia historia. Y esa es la razón de que a casi dos siglos de distancia siga la querella en prácticamente todos los detalles sobre las guerras de independencia.
 Tal vez sea Bustamante, cuyo defecto no sería un exceso de crónica sino un temperamento natural arrebatado, quimérico, esperpéntico; a ratos bilioso, a ratos melancólico, y poco dado a distinguir la realidad objetiva de sus personales presentaciones imaginarias, conceptuales o emotivas, el mayor perfil de la historiografía como crónica a ultranza y como subjetivismo voluntarista.
                Estos defectos de carencia o debilidad de pruebas positivas, tan señalados en Bustamante, en realidad caracterizan a toda la historiografía mexicana del siglo XIX. Sin embargo, a partir de digamos la década de 1830 se prestigia el concepto positivista de la historia hasta imponerlo como dogma. Se supone que la historia positivista exige pruebas científicas, pero lo que abundó en nuestros historiadores positivistas no fue la ciencia, sino la palpable  administración, el discurso administrativo. Y un nuevo protagonista: los números, las estadísticas, los cálculos que muchas veces, rascándole un poco, resultan tan inmateriales como los rumores, los dichos o el imaginario popular.
Pero Alamán y el Doctor Mora echan mano a los números, a los cálculos –que muchas veces ellos mismos fabrican, a ratos con gran tino, o que toman de documentos ajenos de poca rigurosa autenticidad o veracidad, como los siempre contradictorios informes contables de las oficinas de gobierno. A partir de ellos, la historia “seria” se basa en números y datos certificados y la crónica en dichos. Pero pronto los cronistas asimismo asaltan la estrategia contable, y se vuelven prestidigitadores aritméticos, mientras que los positivistas siguen considerando como “prueba científica” los supuestos dichos, ni siquiera escritos comprobables, de personajes de rango. Muchos de esos personajes de rango eran meros comerciantes, hacendados, empleados de gobierno o de negocios privados, curas, políticos, militares, totalmente involucrados en los intereses económicos y en las pasiones políticas en cuestión. No hay manera de certificar la mayoría de las fuentes “científicas” de Alamán, que no debieron ser otras que su correspondencia y sus tertulias personales.
                La realidad presente conjuraba para atraer a todo historiador a ese “nido de urraca” de que se quejaba Prieto. La historia se escribe en esos años poco en libros, y más en los periódicos (que se multiplican prodigiosamente), en libelos, en discursos, en sermones, en memorias administrativas, en correspondencia oficial. Todo historiador trabaja fundamentalmente como cronista, y todo cronista busca algunas de las credenciales nuevas (cifras, documentos prestigiosos y certificados) del historiador, pero con escasa claridad en el México revuelto de los gobiernos de Santa Anna, de la guerra de Texas, de la invasión norteamericana, de las guerras de Reforma y del Imperio.
En realidad no se calmaría ese nido de urraca, debates, altercados, desmentidos, mitologías, calumnias sino hasta el Porfiriato, cuando más por una medida administrativa, casi una orden presidencial, que por criterios realmente científicos o académicos, se recobra la tranquilidad historiográfica a través de una negociación política entre los diversos grupos y sus voceros intelectuales, bajo el mando del grupo liberal triunfante, pero un grupo liberal que se fue volviendo cada vez más conciliador.
                Esta orden administrativa suprema, el presidente como égida de la historia oficial, con respecto a la memoria de la nación; esta política historiográfica porfiriana de administrar el triunfo liberal con una generosa conciliación hacia los bandos vencidos o marginados, es lo que conduce a las dos grandes aportaciones del porfirismo: el México a través de los siglos (1884-1889) y México: su evolución social (1900-1902), dirigidos y parcialmente escritos respectivamente por Vicente Riva Palacio y Justo Sierra, y que conforman, especialmente el primero, el gran canon historiográfico de México,  hasta la fecha, pues los diversos intentos del siglo XX por imponer un nuevo canon, especialmente a través de las diferentes y a veces opuestas versiones de los libros de texto del gobierno, o de las dos versiones de la Historia general de México de El Colegio de México, no han hecho sino continuarlos y reafirmar su estrategia y sus líneas generales.
                Quiero decir que el triunfo historiográfico del Porfiriato, más que optar en la controversia entre ciencia y memoria, entre historia y crónica, entre positivismo y subjetivismo, entre contabilidad y lirismo, se decidió por la administración política oficial de la memoria de la nación.
No debe olvidarse que los dos grandes historiógrafos porfirianos citados también eran narradores, poetas y periodistas, además de políticos. Tampoco que el culto al documento, a la documentación de archivos, no impidió al buen Riva Palacio confeccionar todo un mural del Santo Oficio que acalambra a los historiógrafos académicos modernos, pues a final de cuentas el dato, la fuente, el documento es otro elemento más en la representación imaginaria que construye el historiógrafo. Tampoco que el culto “científico”, en este caso la filosofía social europea del positivismo, que profesó Justo Sierra, le lleva a narrar un discurso político y social no menos imaginativo, no menos cronicado, no menos ideológico, no menos mitológico que los de Fray Servando, Bustamante o Alamán. Pero se buscó administrar el caos a partir de un eje autoritario pero conciliador, la política de don Porfirio y luego de los señores presidentes del PRI en el siglo XX. La claridad de la historiografía porfiriana no devino sólo de mayor ciencia y mayor academia, sino de la égida presidencial. Había que narrar la historia nacional de acuerdo con el proyecto supremo del presidente.
                Mucho más que en el discurso o en el método historiográficos, las grandes aportaciones de la ciencia en los siglos XIX y XX se hicieron presentes pues en la búsqueda, estudio y conservación de las fuentes. Especialmente de las fuentes positivas, aunque a partir de finales del XX se revaloraron otras fuentes como la historia oral, la historia de las mentalidades, la historia de las atmósferas imaginarias, emotivas o ideológicas; y se dio mayor realce –sin llegar, claro, a la contundencia de la prueba positiva- al folklore, a la imagen, al mito, al rito, a la leyenda y a toda una serie de fuentes subjetivas o de objetividades frágiles, debatidas, etéreas. Por ejemplo, cuando Carlos María de Bustamante editó a Sahagún, y su edición fue la que prevaleció durante todo un siglo, se permitió intervenir abundante, tendenciosa, casi diríamos jocosamente en la fuente, glosando, suprimiendo y añadiendo texto, aprobando y reprobando a su capricho hasta fabricar un Sahagún-Bustamante a su gusto, lo que revela mucho de su idea del historiador-cronista como fabricante en gran medida de su propia fuente. Esto no lo harían ya los siguientes eruditos como José Fernando Ramírez, Troncoso, García Icazbalceta, Orozco y Berra.
Sin embargo, la propia circunstancia política o aleatoria de que sobrevivan o no las fuentes (que dispongamos de tales crónicas de conquistadores y no de otros, y de sólo retazos de la memoria de los vencidos, filtrada por los propios vencedores), y su poca o dudosa elocuencia a pesar de los sonoros términos “prueba positiva”, nos llevan a la patente realidad de que amén de científico, el trabajo historiográfico es inevitablemente subjetivo e imaginario en buena medida, y sobre todo cuando el historiógrafo no se da cuenta y se deja llevar dizque inocentemente por su tendencia o la de su tiempo como por una mera lógica formal inexorable.
Las mismas fuentes llevan a relatos a ratos contradictorios. Se pueden minusvaluar o sobrevalorar las fuentes al gusto. De ahí que incluso hoy en día, en nuestros científicos coloquios sigamos debatiendo, como en nido de urraca, situaciones historiográficamente supuestamente establecidas por largas décadas e incluso siglos de estudio, como el pasado prehispánico, la conquista, la colonia, la independencia, Santa Anna, Juárez, las guerras de Reforma y del Imperio, el Porfiriato, la revolución, los gobiernos posrevolucionarios… Ningún historiador deja nunca de ser cronista, aunque no lo quiera, y más le vale asumir y dirigir cautelosamente esta bendición o fatalidad; y en el mundo cientificista, tecnologizado que vivimos incluso el cronista más arrebatado se ve forzado a acudir al bagaje de las fuentes ciertas y de los métodos académicos consagrados. Y luego se vuelve a urdir el mismo nudo de la urraca. Nada más hay que asistir a las discusiones entre especialistas sobre encuestas, sondeos, censos, estadísticas. Pero esto no es deficiencia mexicana. Los franceses están en la misma situación con respecto a sus revoluciones. Los españoles lo mismo.
Decía Mark Twain que había tres tipos de mentiras: las mentiras, las malditas mentiras y las estadísticas. Podríamos decir que hay tres tipos de historia: la historia, la maldita historia y la historia con estadísticas. Y tres tipos de crónica: La crónica, la maldita crónica y la crónica con estadísticas. Podemos incluso sustituir la palabra estadística por la de “fuentes certificadas”, o “validadas” como se dice ahora en nuestro rancho. Diríamos: “La crónica, la maldita crónica y la crónica con fuentes ‘validadas’”.
Durante muchos años, especialmente durante la segunda mitad del siglo XX, se sobrevaloró el trabajo historiográfico en libro, en librotes solemnes, pesados, monumentales; un historiador era aquel que escribía muchos de esos libros, los que raramente tenían suficientes lectores y muchas veces el grueso de la edición terminaba en bodegas. Era obligación: sin esos librotes no había carrera de historiador, ni nombramientos, ascensos y estímulos académicos, ni prestigio. Una Babel de esas ediciones recibió la producción conjunta de las universidades, de la SEP, de los diversos institutos de provincia.
El internet, y la reducción del mercado de libros en papel, han corregido esta superstición y recordado que la historiografía se puede practicar, y se ha practicado a lo largo de milenios, de múltiples formas y que no ha de abusarse de los librotes. En el pasado muchos historiadores publicaron pocos librotes. Practicaban su oficio en la cátedra, que en Grecia era simpemente pláticas en el Jardín de Academos. Los peripatéticos eran un “grupo del jardín”.
Hay muchos libros clásicos de historia compuestos como lecciones, entre ellos el curioso tomo Lecciones de Historia Patria de Guillermo Prieto, cuyo digamos dogmatismo de bronce encoleriza a los distraídos que no recuerdan lo que se anuncia desde el principio: que eran lecciones confeccionadas ex profeso para los cadetes cuadradotes del Colegio Militar. Un historiógrafo puede escribir de múltiples maneras para diferentes objetivos y públicos, y en el propio Prieto, incluso en temas precisos de Prieto como la invasión norteamericana, encontramos discursos diferentes según la oportunidad y el público al que correspondían.
Otros historiógrafos escribían para no ser publicados, sino leídos en manuscritos, por lectores escogidos, previamente seleccionados que requerían un permiso especial: tal fue el caso de varios cronistas frailes.  Otros simplemente salvaban, fijaban, administraban, comentaban las fuentes a veces oralmente y para públicos controlados: tal era el destino de la mayoría de los cronistas de las órdenes religiosas en la Colonia.
Se escribió historia en poemas (la poesía épica, o crónica en verso, fue un género muy apreciado durante siglos en el mundo hispánico), en anales, en tablas, en jeroglifos, en emblemas, en cuadros, en retablos, en esculturas, en sermones, en ceremonias y rituales, en cómics, películas y novelas. Riva Palacio no es menos historiador, ni menos riguroso, en sus novelas históricas que en sus ensayos, con la considerable ventaja que cuando leemos una novela ya estamos concediendo desde un principio grandes privilegios a su subjetividad, a su imaginario. Estamos sobre aviso.
Muchos libros de historia y de pensamiento de México conocieron su origen en  crónicas y artículos periodísticos –El laberinto de la soledad, de Paz, tuvo como origen una serie de artículos y crónicas de periódico-, o fascículos. O como tales eran distribuidos: durante décadas México a través de los siglos fue leído en México por entregas periódicas que ofrecían a sus lectores diarios como El Universal. El pueblo no tenía dinero para comprar los cinco gruesos y lujosos tomotes, ni librerote donde instalarlos. Autores como Reyes, Vasconcelos, Guzmán, Benítez, Poniatowska, usaban la prensa periódica como borrador: ahí iban publicado por trozos sus libros; aprovechaban la experiencia de la recepción del público, los comentarios, y sólo meses o años después los configuraban como libros o librotes. Con frecuencia son mejores, más ligeras, más sabrosas, menos categóricas, las primeras versiones periodísticas que el mármol final.
En una época de escasas y precarias universidades, de escasos y nulos centros de investigación –época que puede volver muy pronto, por la reconversión mundial de la academia al mercado, que volvería poco rentables tanta investigación, tanta docencia, tanta difusión, tanta publicación académicas-, los autores, y entre ellos los historiadores, recurrían a las columnas periodísticas como método para ir procesando los que serían sus grandes libros.
Y no sólo en México. Escribía a principios de siglo sobre España José Ortega y Gasset:
“En nuestro país, ni la cátedra ni el libro tenían existencia social. Nuestro pueblo no admite lo distanciado y solemne. Reina en él puramente lo cotidiano y vulgar. Las formas del aristocratismo “aparte” han sido siempre estériles en esta península. Quien quiera crear algo –y toda creación es aristocracia- tiene que acertar a ser aristócrata en la plazuela. He aquí por qué, dócil a la circunstancia, he hecho que mi obra brote en la plazuela intelectual que es el periódico. No es necesario decir que se me ha censurado constantemente por ello. Pero algún acierto debía haber en tal resolución cuando de esos artículos de periódico han hecho libros formales las imprentas extranjeras”.
Ahora la prensa en papel sufre el mismo embate mercadotécnico y tecnológico que el libro de papel. Y buscamos hacer academia en los ágoras de la plazuela virtual. Ya ha ocurrido. El internet ya es todo un gran método historiográfico. Para no ir más lejos, hace apenas dos años, cuando se dio la por entonces llamada “primavera árabe” fue en internet, y especialmente en redes como Twitter y Facebook donde se hicieron los grandes anales –anales de unos cuantos días, como quería Quevedo- de las rebeliones y guerras de Egipto, Túnez, Siria, Yemen, Turquía… En estos días la historia y la historiografía se practican mucho en internet a propósito no sólo de toda la zona árabe, persa, turca o egipcia, sino también de Rusia y Ucrania.
Pronto la anterior complicidad-disputa entre crónica-historia en papel ingresará un poco al ámbito de los recuerdos arqueológicos. La historiografía se enriquecerá bastante con las nuevas oportunidades de los tuits, los retuits, los posts, los blogs, los memes, los mails, los mensajes de texto, los emoticonos, los followers, los likes y los correos de voz.

domingo, 1 de junio de 2014

BERNAL DÍAZ DEL CASTILLO

DOS LIBROS SOBRE BERNAL DÍAZ DEL CASTILLO
1.  GUILLERMO TURNER Y LAS CRÓNICAS DE SOLDADOS
Por José Joaquín Blanco
(Leído en el Museo Nacional de Antropología el 14 de mayo de 2014)
En uno de los ensayos de Los soldados de la conquista: Herencias culturales (El Tucán de Virginia-INAH, 2013), Guillermo Turner se ocupa de una especie de arqueología del texto, de arqueología de la crónica, para descubrir diversos fragmentos o apartados de la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo que resultarían independientes, paralelos e incluso previos al texto que conocemos, como ciertos listados y enumeraciones que pudieron obedecer a otros fines, como el de informar o testificar de los méritos y los trabajos de los soldados.
Al estudio histórico Turner añade un análisis filológico, sintáctico e incluso estilístico. Así nos asomamos un poco al largo taller de cronista improvisado del misterioso Bernal Díaz, y a algunos de sus recursos de composición, incluso se diría a algunas de las tretas de su asombrosa memoria, y vemos acentuarse ciertas fibras de la oralidad de su historia tan admirable como enigmática. Un atisbo a la historia de la composición de su historia, con la filología y la estilística como ciencias auxiliares.
            Las crónicas de soldados de la conquista no se estudian en este libro exclusivamente como testimonios de las guerras sino como una intrahistoria de la mentalidad de los conquistadores, especialmente de quienes alcanzaron a escribir sus recuerdos y de aquellos otros que son recordados o citados con mayor detenimiento. Un poco la historia de su escritura, de su habla y hasta de su memoria: cómo recordaban, como hablaban, como se representaban por escrito las peripecias vividas. Qué peso y qué valor daban a cada una de sus acciones, incluso a las que ulteriormente parecieran triviales. Celebro que se valoren así, en profundidad, en exactitud, no sólo las hazañas guerreras, sino la hazaña no menor en varios de ellos: la de representarse voluntariamente en su memoria los grandes acontecimientos al paso de los años, en su habla y finalmente en un texto: el asombroso mundo que les tocó vivir y protagonizar. Porque algunas de las mayores hazañas de los soldados y frailes fueron precisamente escribir tan ricos y vívidos testimonios y narraciones de sus experiencias. No es pues extraño que Bernal, cuyas hazañas como soldado son ignoradas en crónicas ajenas, resulte ulteriormente uno de los cuatro o cinco más famosos conquistadores de México. Conquistó con la pluma, una pluma-lengua, una escritura de gran oralidad.
            En otros momentos de este minucioso y original estudio, nos asomamos también a los sentimientos de los soldados, especialmente a los que tenían que ver con el asombro, el miedo, el espanto, el pavor en el decurso de las batallas. Cómo era la historia de sus emociones: cómo se veían y recordaban emocionarse.
Y también a la fragilidad física de sus cuerpos en circunstancias de tanto riesgo, lo que abre a Guillermo Turner la oportunidad de un acercamiento erudito a sus ideas de la enfermedad, las heridas, las medicinas, la muerte y en suma a la concepción mental de toda la maquinaria de la fisiología humana, de acuerdo tanto a la medicina medieval como a las prácticas tradicionales aldeanas en relación con tratamientos y remedios.
Estas crónicas de soldados no son solo testimonios bélicos, sino la autobiografía de su habla, de sus miedos, asombros, pavores y espantos, de sus enfermedades y heridas, de sus tratamientos, recuperaciones y agonías.
Finalmente, alcanza también a atisbar los entresijos imaginarios, sobrenaturales: no solamente los religiosos, sino algunos otros íntimamente ligados a ellos, aunque hubiesen sido declarados heterodoxos y hasta heréticos por la Iglesia, como ciertas supersticiones y la práctica de la adivinación mediante cifras, azares y cábalas: de lectura del futuro inmediato. El soldado Botello. De la misma manera, resalta la presencia de la memoria letrada y literaria incluso entre los iletrados: tenían presentes a Julio César, a Amadís, a muchas figuras de la historia clásica, del santoral, de la mitología y del Romancero. Muchas de estas inquisiciones se centran en el rico libro de Bernal, pero también investigan los escritos de Francisco de Aguilar y de Andrés de Tapia.
            Guillermo Turner señala sobre el libro de Bernal: “Esta crónica, fuente fundamental para el conocimiento histórico de la conquista, está lejos de ser una memoria militar salpicada de datos sobre los indios y sus culturas. Este texto no sólo encierra descripciones, sino también intenciones, representaciones, fantasías, recuerdos, olvidos, conocimientos, pasiones, sentimientos, lecturas –realizadas o escuchadas-, creencias y valores de un soldado español nacido en la década del descubrimiento americano, que además perteneció o estuvo vinculado a comunidades culturales con las que compartió  muchos elementos…”
            El propio título del libro de Bernal, y el género en que debía inscribirse, entran incluso en discusión, pues durante siglos hubo confusión y hasta sinonimia entre los términos “crónica” e “historia”. En ciertos casos, no en todos, el término historia pretendía mayor profundidad intelectual, filosófica: una historia sería una crónica más estudiosa, más culta. Pero Bernal llama a su libro “historia”, y no cualquier historia, sino una “historia verdadera”, es decir, una historia más cronicada, más atestiguada. Sin embargo, hubo cronistas que no eran tanto protagonistas ni testigos de lo que narraban, sino meros relatores o compiladores de informaciones de terceros y llamaban a sus libros precisamente “crónicas”, como Francisco Cervantes de Salazar: Crónica de la Nueva España; y hubo historiadores como nuestro Bernal que no eran letrados profesionales y escribían libros llamados historias, aunque fuesen sólo “historias verdaderas”, es decir, las historias que a ellos les constaban biográficamente. 
Estos términos prácticamente intercambiables durante los años de la conquista y la colonia, se vieron sin duda afectados por situaciones políticas: desde finales de la Edad Media algunos reinos españoles nombraron “cronistas” oficiales, que no debían de ser testigos, sino solamente funcionarios encargados de recibir, registrar, conservar y administrar, a veces en mera forma de listados, de anales, ciertos hechos importantes, para el servicio del rey y del gobierno. Muchos de estos cronistas no escribieron libros, sólo administraron la oficina de información del reino. Pero del relumbror del cargo de los cronistas oficiales de estos reinos, y después el del gran título de Cronista de Indias, surgió tal vez el sobre-valor de la palabra crónica como rival de historia, que además vino a reafirmarse con los múltiples cronistas oficiales de las órdenes religiosas, muchos de los cuales tampoco fueron testigos ni protagonistas de gran cosa, sino investigadores y administradores de la memoria de su congregación.
Sea como fuese, ya en los resbaladizos campos semánticos antiguos, o en el moderno que daría a la crónica mayores libertades literarias y hasta periodísticas, mientras que restringiría a la historia a un código científico más riguroso, vemos que nuestro cronista Bernal escribe una “historia verdadera” que es tan crónica como historia en todos los sentidos. No quedan dudas de su intrahistoria, de su historia no sólo atestiguada sino vivida, como tampoco de la veracidad general de los hechos, que suelen coincidir con otras fuentes. Y algunos de los filones, de los nervios importantes de esta tarea, son los que rastrea y estudia Guillermo Turner con una perspectiva tan original como precisa, fundamentada y minuciosa.
Celebro la erudición, la creatividad teórica, el detallismo y el rigor de arqueólogo de Guillermo Turner en este libro, al perseguir estos tendones aparentemente parciales, a fin de asentar conocimientos y problemas ciertos, concretos, positivos. Hay muchos enigmas en Bernal. Uno de ellos es esta posibilidad de “prebernales”, o de memoriales previos al libro, que posteriormente serían utilizados, ya fuera reformulándolos por completo, o ya meramente incorporándolos.
También señala dos capítulos en el manuscrito Guatemala, que no aparecen en los manuscritos Remón y Alegría –hay tres manuscritos del Bernal, con variantes-, sumamente especiales, pues ya no son sólo crónica, sino apología de los soldados, contra los cargos que se les formulaban de haber herrado y esclavizado a muchos indios e indias.
Esta reflexión políticamente posterior a la conquista, nacida de la polémica de Las Casas y otros frailes y juristas, sobre la legitimidad y la conducta de los conquistadores, nos habla de las intensas presiones y acaso remordimientos que surgieron entre el grupo conquistador, al verse cuestionado e incluso enjuiciado por su propio rey y su propia Iglesia. No pocos frailes predicaban contra el “español Satán” pocos años después de la conquista. Y nos hacen preguntarnos si no habrían también ya permeado emocionalmente buena parte de su texto anterior.
Es un hecho que aunque Bernal no es un legista ni un defensor de indios, ni cuestiona la mentalidad conquistadora, manifiesta en ocasiones una mayor empatía por los vencidos que los demás historiadores: tal vez no necesariamente empatía como a indios -como a otra raza, otra cultura y otra religión-, sino como a adversarios tremendamente castigados y vencidos, como a personas sometidas a sufrimientos y pérdidas terribles. De cualquier manera queda anotado el rasgo. Pues la emotividad con respecto no sólo a la tropa sino a los vencidos es una de las más ricas y convincentes señales del estilo de Bernal Díaz del Castillo al narrar su “historia verdadera”, y lo que da buena parte de credibilidad a su voz, aunque en los rasgos más generales su relato histórico coincida con el de Cortés y otros historiadores y cronistas. Esta emotividad más generosa, variada, detallista y viva es el humanismo de Bernal. Gran humanismo.
Difiere muchas veces de otros cronistas e historiadores en los sentimientos, en el color, en la temperatura, en la vitalidad y el contraste de los detalles, en cierta ironía y hasta socarronería contra el propio grupo vencedor. Entre más detenida sea la lectura, más brillan las diferencias (menores, pero incisivas y elocuentes) entre la narración de Bernal y las de la historia oficial conquistadora, y se multiplican los enigmas. ¿Qué trato tuvo con los frailes y con la mentalidad de los sermones y crónicas de frailes durante su larga vida? Soldados hubo que abjuraron de su vida conquistadora y se metieron a frailes.
Guillermo Turner rastrea asimismo la bibliografía del iletrado Bernal, pues resulta que además de sus experiencias personales, y sus innumerables conversaciones con la tropa, utilizó varias fuentes escritas, ya fuesen clásicas o renacentistas, sobre temas del Viejo o del  Nuevo Mundo. Esta formulación de la probable biblioteca de Bernal desmiente un tanto las exageradas presunciones sobre su famosa ignorancia. Además de escritos de Cortés,  Gómara, Las Casas, se nos habla de los memoriales o crónicas de Gonzalo de Alvarado y de Francisco Marroquín, y de muchos otros “libelos”, “feos” o “muy malos” de soldados, con lo que su “historia verdadera” también se vuelve un poco la “historia verdadera” de los otros que también escribieron, y de los que no nos llegan sino las propias referencias de Bernal, como en el caso de Gonzalo de Ocampo o de Campo. Además de un testigo que habla fue un historiógrafo en el completo sentido moderno.
Y también de quienes no escribieron, sino solamente hablaron: “Estas cosas y otras sé decir que lo oí a personas de fe y creer, que se hallaron con Pedro de Alvarado cuando aquello pasó”. Tendones de la oralidad y de la memoria de Bernal, las muletillas “dizque”, “dicen que”, “dizque dijo”, “plática”, “oí decir”, alguien “contaba”, algunos “dijeron un cantar o romance”… que llegan a las misteriosas ponderaciones (sinceridad o estrategia) de los “No lo alcancé a saber por entero”, “no lo sé bien”, “remítome a los que se hallaron presentes”… Turner registra asimismo que Bernal no sólo solicitaba verbalmente a toda la tropa sus informes e impresiones, sino también por escrito, y que a algunos les pedía por carta “que me envíen relación, porque no vaya ansí incierto”…
Un momento particularmente inspirado de Los soldados de la conquista: herencias culturales es el recuento que hace Turner de los “agradecimientos” de Bernal a sus conversadores. Así como los autores letrados elogian a sus fuentes bibliográficas, Bernal hace el minucioso y variado recuento de sus colegas de oralidad, su grupo de conversadores, y del modo que lo hacían, y de cómo era su sonoridad (pp. 73ss.) La oralidad también tiene su estilística, sus galas, sus peripecias.
Asistimos pues en este libro a una ardua, rigurosa, detallista, talentosa indagación en la historia de la Historia verdadera y de otras crónicas de soldados. La historia de cómo se representó y contó la conquista de México. Una historia de la escritura verdaderamente emocionante.
Asistimos con Guillermo Turner a una nueva perspectiva de conocimientos, de métodos, de códigos para interrogar nuestras grandes fuentes históricas.

           
2.DUVERGER Y LA NEGACIÓN DE BERNAL
Por José Joaquín Blanco
Nexos, abril de 2013
La erudición profesional adolece de codicias y delirios más bien cómicos, como toda la vasta bibliografía que se ha empeñado en negar a Shakespeare y en buscarles novedosos autores a sus obras. Ahora Christian Duverger, en un libro desaforadadamente titulado Crónica de la eternidad –retomado de la Historia de la eternidad, de Borges, que partía de una broma en oxímoron, pues la eternidad (sin tiempo) no puede tener historia, ni desde luego crónica-, y subtitulado: “¿Quién escribió la Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España?” (México, Tusquets, 2012), pretende la sensacionalista volada de atribuir el libro de Bernal Díaz del Castillo ¡al propio Hernán Cortés!
La volada no es inocente: hay una declarada idolatría del estudioso por el gran capitán y un fulminante desprecio por el resto de los españoles. Los indios casi no cuentan. Tampoco cuenta Bernal: una nadería accidental supuestamente escogida por Cortés  precisamente como un vetusto cero social perdido en Guatemala, como prestanombres y audacísimo personaje literario, luego inflada por los vientos del azar y por la codicia y mala fe del propio Bernal y sus descendientes, que producirían venalmente manuscritos babélicos.
Eso parece demasiado lucubrar ya no en una mera obra de historia, sino incluso en alguna novela sensata. El objetivo no sería resguardar la memoria de Cortés, para entonces ya salvaguardada en sus escritos legítimos y en muchas otras obras, y en su fama mundial de conquistador: sino añadirle un milagro más, el de escritor artístico genial,  que nadie podría predecir antes del siglo veinte, y no meramente el de enorme escritor guerrero y político ya asentado en las Cartas de relación.
Como si el capitán anduviera escaso de méritos innegables, nunca le han faltado ayudantes que lo erigen como el inventor del culto guadalupano, el primer precursor de la independencia, el fundador de los grafitti urbanos o la reencarnación imprevista de san Francisco de Asís, lo que se quiera…
Tranquilos: nadie le ha tocado un pelo al buen Bernal. Duverger no ofrece ninguna prueba positiva de tal atribución, sino un denso recorrido por cosas de sobra sabidas, aunque no siempre tan minuciosamente documentadas: primero, que la biografía de Bernal Díaz del Castillo se antoja escasa, oscura y a ratos debatible o inverosímil; segundo, que el texto de la Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España, editado décadas después de su muerte, ofrece muchas contradicciones y enigmas, y que puede contener interpolaciones y modificaciones ajenas, algunas de las cuales ya desde hace décadas se han atribuído a parientes o a frailes. Esto no debiera escandalizar. Hubo autores y obras muchísimo más importantes que Bernal en su tiempo, de quienes sabemos poco, como algunos de los primeros frailes, que casi se confunden con sus mitos. Durante siglos anduvieron escondidos o se perdieron los mayores manuscritos de Olmos, Motolinía, Sahagún…
Luego Duverger aporta sus propias especulaciones (más bien sobradas, y a ratos de franca mala fe, como toda su inquina gratuita contra Bernal y su familia) de que el único (por descarte de todo mundo) que pudo haber escrito el libro del descalificado, negado Bernal sería Cortés. ¿Por qué? Porque sería el único lindo, el único letrado, el único valiente, el único enamorado, el único amigo, el único pensante, y ¡hasta el único que sabía apreciar a las mujeres, a los guerreros y hasta los contrastados paisajes de México!, como se verá. El único Pedro Infante.
            Retomar el juego de oximorones de Borges (quien se divertía hablando de obesos esbeltos, enanos gigantescos y manuales del gigante) no es pasajero: Historia de la eternidad / Crónica de la eternidad. En otro momento, el bromista Borges juega a señalar como el autor de los versos “más quevedescos” (“Mal te perdonarán a ti las horas, / las horas que limando están los días, / los días que royendo están los años”) precisamente ¡a Góngora!, su antagonista principal. La provocación para poner toda la erudición al revés es un viejo deporte letrado. ¡El Quevedo más esencial y decantado era… Góngora! Pues ahora nada por aquí, nada por allá y Bernal no es otro que su principal competidor… Cortés.
            Ya Luis González estudió la lenta entronización del libro de Bernal, al que en un principio y por siglos se consideró inculto, ilegible y casi sin valor, a la joya conjunta de la historiografía y la literatura que celebramos desde apenas hace algunas décadas, y en cuyo elogio encontramos a  autores como Ramón Iglesia y Luis Cardoza y Aragón. Se asentó que lo más envidiable de Bernal era su imprevisible garra literaria. Infalsificable. Única. En otros aspectos de testimonio puntual, de política, derecho y de inteligencia militar probablemente el Cortés de las Cartas de relación lo supera.
Recordemos algunas de las características que le han conseguido a Bernal este literario sitio señero, y que nadie había advertido en Cortés: la perspectiva grupal, casi popular, de la tropa, durante la conquista, en oposición a la perspectiva individual y dirigente de las Cartas de relación de Cortés, o al discurso corporativo del trono o de la iglesia; la oralidad del relato, que aspira frecuentemente al tono de conversación, a diferencia del discurso litigante del capitán o de los códigos clericales y jurídicos de otros autores; el detallismo, la cotidianeidad, la exuberancia verbal, el humor, el gusto por narrar y narrar interminablemente, casi a tontas y a locas; cierto lirismo popular o populachero, que había fascinado a Michelet: “Le peuple! Le peuple!”; los perfiles deliberadamente tragicómicos y otros aspectos que casi la vuelven obra novelesca, a ratos incluso esperpéntica (baile de conquistadores en Coyoacán); finalmente, la deliberada posición de Bernal de reivindicar los méritos y la memoria de la tropa frente a historias y crónicas que atribuían todo el valor al capitán, al rey y a las potencias celestiales.
En vida, Cortés quiso despojar a su tropa de sus grandes méritos en la conquista; siglos después, su fantasma hagiográfico quiere despojarlos asimismo de su libro más emotivo y gustado. Sabemos que Cortés quiso labrar su fama ante la corte y la posteridad, pero soberbia como todo en él: la de un rival de Julio César tanto en las batallas como en la relación y explicación de las batallas. Si su ideal era La guerra de las Galias dificílmente pudo ambicionar la saga bernalesca: sus propias cartas se acercan más. Ya sólo le faltaba ser rey y esto lo supo entender Carlos V. De ahí su derrota final.
Entonces, para ser también Bernal, debió Cortés, de paso, haber perdido de pronto toda su infatuada pretensión de solemnidad, pues Bernal cuenta algún episodio en que Cortés sufría batallas y diarreas… Unas purgas, dice Bernal. En la ocurrencia de Duverger, me gusta sobre todo este Cortés como el laberíntico autobiógrafo de un Julio César en sus purgas (Caps. LXXII, LXXIII).
            Estos aspectos celebrados en Bernal tienen poco que ver con el Cortés de sus textos legítimos, aunque a ratos pueden acercarse a pasajes de otras crónicas de frailes y soldados. Hay cierta oralidad bernalesca en Mendieta, por ejemplo. La historia de la conquista según Cortés era protagónica, una defensa de sus méritos personales y de su condición de adalid de españoles y cristianos. Estamos pues ante autores muy diferentes, a veces contrastados, si bien por lo general Bernal respeta a su capitán, mientras su capitán lo ignora por completo. Pero Cortés por sistema ningunea a todo mundo. En el mejor de los casos sólo los utiliza y acto seguido los desecha, como a la pobre Malinche.
            Que se sepa Cortés, quien codició tantas cosas, nunca se esforzó en ser un autor público. Era rebajarse. Sus cartas se dirigían altaneramente al rey y la corte, para litigar y defender sus hazañas (aunque se publicaron mientras el rey lo permitió). Si se le ocurría escribir un tweet lo hacía directamente en un cañoncito o culebrina de oro que llamó Ave Fénix y que envió a su gran lector, el emperador… “La más espléndida de nuestras ediciones poéticas”, según el engolado Méndez Plancarte, era adulatoria: “Esta Ave nació sin par; / Yo, en serviros, sin segundo; / Vos, sin igual en el mundo”… En cambio, para que lo encomiaran ante la galería contrató a jilguerillos como Gómara. ¿Por qué iba a querer falsificar a Bernal por propia mano con tan precipitadas anticipación y clarividencia del azaroso gusto de la posteridad? La nueva vocación de Cortés por las musas –pues Bernal es sobre todo arte-, con nuevo carácter y nuevo estilo, resulta demasiado moderna. Se aprecia con mayor justicia a Cortés por las Cartas de relación que sí supo y quiso escribir, apartadas de las musas, pero no de la inteligencia, de la bravura ni del poder, y que de cualquier modo son un monumento de la escritura política de su tiempo.
Es cierto que, desde un principio, sin embargo, Cortés jugó a cierto anonimato, al atribuir la primera carta a “la tropa”, como estrategia para que “otros” lo encomiaran ante el rey y legitimaran (según el uso medieval) sus pretensiones de conquistador, aunque el tono y la estrategia legalista del texto delatan la voz inspiradora. Pero esa primera carta tenía la finalidad política de que el emperador reconociera su mando, la fundación del ayuntamiento de Veracruz y, de hecho, de todo el reino de la Nueva España. Esa primera carta, sin embargo, ya tiene un “nosotros”, pero estratégico y legalista, no bernalesco ni literario, mucho menos jocoso, dicharachero, de interminable conversación en torno a la fogata.
Desde luego, frente a su caída en el favor del rey, necesitaba voceros y los contrató. Que él mismo se trucara en un vocero críptico para la posteridad erudita, además de usar a Gómara como vocero obvio, resulta por lo demás hipernovelesco. Habría querido y podido, entonces, ser no sólo el supercapitán y supergobernante, sino además todos los cronistas-soldados a la vez: el de las Cartas de relación, Gómara, Bernal, algún anónimo y los que se acumulen esta semana. Se supone que ejerció además gran influencia entre los cronistas franciscanos.
Por otra parte, su familia y sus seguidores siguieron difundiendo abiertamente obras de jilguerillos y exégetas ora sí que a través de los siglos, hasta el propio Lucas Alamán, quien abiertamente declara que sus disertaciones historiográficas sobre Cortés también perseguían defender los bienes de sus sucesores, de los que era apoderado, en el México independiente. Descendientes y seguidores nunca sospecharon, pero para nada, el “arma secreta” de un capitán bifronte, a la que se supone se conjuraron para trucar: Cortés-Bernal. Pese a la derrota final de Cortés (más que merecida, según los códigos de la época, por hybris  o desmesura frente al soberano), la cultura abiertamente cortesiana siempre cundió abundante en España y América. Tuvo a todos los franciscanos, a muchos conquistadores y encomenderos; tuvo a los universitarios, tuvo a Arias de Villalobos, tuvo a Sigüenza y Góngora. Qué voracidad de tipo: ahora también quiere ser el mismísmo Bernal y todos sus imprevisibles prestigios tan recientes de arte y popularidad. Bueno a lo mejor el fantasma de Cortés no padece tal codicia, es mera chifladura de su fanaticada.
            Los argumentos de Duverger contra Bernal como historiador, son los de siempre. Que dizque era ignorante. Pues a lo mejor no lo era tanto. Escribía y se sabía que escribía, y que leía, y que conversaba sobre asuntos de la conquista. Eso es trabajo intelectual. Que a ratos mostrara cultismos tampoco debe extrañar: la escasa escolaridad no significaba necesariamente ignorancia en el siglo XVI, pues la gente no tan letrada de cualquier modo oía muchos sermones, asistía a muchos ritos y representaciones, veía muchos retablos y emblemas, discutía de todo y platicaba mucho incluso con frailes, oidores y letrados. Los soldados conversaban todo el tiempo, se recitaban refranes, coplas y romances, y circulaban impresos y copias manuscritas de muchas obras. Albañil hubo a quien el Santo Oficio decomisó una vasta biblioteca de libros prohibidos. Esos cultismos, por lo demás, casi siempre cumplen meras funciones decorativas, incidentales, transportables. Y siempre han sobrado bachilleres para galanuras adicionales de estilo.
Bernal además vivió muchos años y pudo aprender bastante con algunas lecturas y por transmisión oral sobre la marcha. Hay viejos que se cultivan. Su relato es el eco de innumerables conversaciones agrupadas. Diría el buen Sócrates que la conversación también es cultura. Asimismo santa Teresa y sor Juana jugaron a calificarse de ignorantes. Es más bien un gesto irónico de los no-tan-hijosdalgo esto de llamarse ignorantes cuando se aventuran en los cotos librescos, que equivalía a clericales o cortesanos.
            Se arguye que Bernal cuenta demasiadas cosas con demasiado detalle, y que no pudo estar todo el tiempo en todas partes y recordarlo todo tan profusamente. Pero esto es una petición de principio: el propio Bernal se asume explícitamente, desde un inicio, como la voz plural de la tropa. Su “yo” y su “nosotros” son intercambiables cuando no coincidentes. Si de pronto dice, por ejemplo, que los soldados se molestaron ante tal actitud de Cortés, puede estar diciendo que sobre todo él, Bernal, se molestó; si cuenta personalmente tal o cual detalle o peripecia puede estar usando conversaciones e incluso escritos (relaciones de méritos, alegatos ante tribunales, informes diversos) de varios compañeros. Aspiró a encarnar la voz y la memoria de muchos: sin estos muchos no hay Bernal. Cortés nunca fue muchos. Siempre fue demasiado él mismo. Era un héroe trágicamente altivo, hosco y solitario. Y desde luego, tampoco él –ni nadie- pudo presenciar todo aquello en todo detalle. Muchos de los argumentos que aquí se lanzan contra Bernal operarían igual o mejor contra quien fuera, especialmente contra capitanes-gobernantes-empresarios atareadísimos como Cortés.
Es posible, además, que hayan ocurrido interpolaciones en el manuscrito que Bernal pudo aprobar (algún escolar que le proporcionara dos o tres menciones prestigiosas de la antigüedad clásica, por ejemplo), o bien que no controló (fue sordo y ciego en su extrema vejez), y que haya contado con secretarios (su hijo, por ejemplo) que colaboraran demasiado. Y luego, los editores.
Es incluso posible que en ocasiones haya colaborado también, involuntariamente, el propio Hernán Cortés, ¿por qué no?, pues convivieron y conversaron bastante. Bernal fue toda la tropa, sin excluir a Cortés. También hay mucho de Las Casas en Motolinía, a pesar o precisamente a partir de sus diferencias; de Olmos en Sahagún; de todo mundo en Torquemada… Cada fraile cronista o soldado era también muchos otros frailes cronistas y/o soldados, y tomaba de todos un poco cuando lo necesitaba, y a la vez sería aprovechado por otros autores. No había “autoría” en el sentido moderno del copyright.
Debe finalmente tenerse en cuenta que la animadversión de la corona contra Cortés, fue resentida como propia por todos los conquistadores y sus descendientes, y que debieron circular entre todos ellos muchos escritos y mucha conversación de defensa colectiva, que se siguió transparentando hasta la época de Luis de Sandoval Zapata, el autor de la Relación fúnebre, que también anduvo escondida y anónima por siglos… Defender a Cortés significaba defender a todo el grupo conquistador. Bernal, en cierto sentido, aun cuando critica a Cortés, lo defiende como cabeza y escudo de todo el grupo. Pero todo ese vasto partido ignoró que la gran arma final de Cortés llevaba como seudónimo Bernal, esto a pesar de que los muchos bienes del Marqués sobrevivieron tanto a su desgracia como a la de sus hijos. Lo que no sobrevivió fue el informe de que nada menos que las “Memorias” del Marqués andaban trucadas como chismes de tropa… Este delirio impone demasiados supuestos exorbitantes.
            Y desde luego: Nadie sospechaba el éxito que iba a alcanzar la obra largamente diferida y largamente ocultada y menospreciada del buen Bernal Díaz del Castillo, como para que Cortés la codiciara y prefabricara tan previamente, al menos tanto como pretenden las barrocas especulaciones de Duverger. Para Cortés, Bernal y su historia prácticamente no existieron. Durante siglos fue sólo uno de tantos cronistas-soldados.
            Las sombras, enigmas y contradicciones en la biografía y en la obra de Bernal, por lo demás, no resultan raras entre los cronistas de la conquista. Muchos historiadores, como Ángel María Garibay Kintana y Edmundo O’Gorman, han buscado las “historias perdidas” de Olmos y Motolinía entre los escritos de sus sucesores. Esto de andar buscando a Olmos y a Motolinía en todas las crónicas de frailes (que llegó a ser exasperante durante los últimos años de O’Gorman) pudo llevar a Duverger a andar buscando, a su vez, a Cortés en todos los escritos de soldados. Sospecho que Christian Duverger aspira a reencarnar al admirable viejo O’Gorman y sus manías motolinistas, ahora con Cortés como etiqueta. Grande ambición.
Pero la prosa de Cortés, tan conocida, no está en Bernal, por fortuna, para nada (es magnífica pero en otro rango: tajante, fría, intelectual, colérica, pragmática, manipuladora), aunque compartan muchos rasgos de las experiencias comunes, de la cultura y de la época. Eso lo atestiguan los miles y miles de lectores que acuden a Bernal por el mero placer de su lectura, mientras a las Cartas de relación suele acudirse sobre todo por academia. Mucho tendría, además, que haber cambiado Cortés para perder la veneración de sí mismo y asumirse como anónima tropa con una voz tan plural, tan conversada, tan aplebeyada. Y tendría que haber predicho el éxito de la oralidad en la literatura del siglo veinte, que antes causaba horror entre letrados.
            Sea bienvenido, en fin, este nuevo barullo en el examen de las crónicas de conquistadores. Infinidad de detalles de Cortés y de Bernal seguirán estando en debate. Ambos fueron humanos, demasiado humanos, y mintieron o se equivocaron probablemente algunas veces, especialmente en cuestión de algunas sus demasiadas fechas, de sus demasiados nombres. Nacieron, los pobres, antes del Power Point. Siempre habrá material para el debate y la especulación. Queda empero todavía la verdad del discurso: la prosa, quedan las virtudes y la densidad de la voz de cada cual. Esto a pesar de los manuscritos caóticos de Bernal.
Aunque siguiendo los juegos borgianos, que Duverger (quien tanto denuncia y delata en cuestión de defectos de documentación de los pobres muertos de hace medio milenio), no confiesa de sí mismo: ¡la desvergüenza de birlarle sin dar crédito el título nada menos que a Borges, así como su enrevesamiento espectacular de Quevedo y Góngora!...; siguiendo los juegos borgianos, decía, podríamos recordar ese encuentro ficticio de Borges con Lugones en El Hacedor:
“En este punto se desvanece mi sueño, como el agua en el agua. La vasta biblioteca que me rodea está en la calle México, no en la calle Rodríguez Peña, y usted, Lugones, se mató a principios del treinta y ocho. Mi vanidad y mi nostalgia han armado una escena imposible. Así será (me digo) pero mañana yo también habré muerto y se confundirán nuestros tiempos y la cronología se perderá en un orbe de símbolos y de algún modo será justo afirmar que yo le he traído este libro y que usted lo ha aceptado”.
            Así va siendo con el entrañable Bernal y el altivo Cortés. Se desvanecen muchas diferencias y regresan a ser la misma tropa (juntos pero no tan revueltos), y de algún modo pueden jugar los eruditos con que Cortés es Bernal, y Bernal es Cortés.
De hecho, algunos pasajes de ambos ya se mezclan en la memoria del lector y hay que ir  a ratos a confirmar en la biblioteca quién dijo precisamente qué cosa particular. La prosa, la voz de cada uno todavía suenan muy diferentes. Y muchos lectores prefieren a Bernal por el gozo de su voz, de su temperamento, de su estilo… Pero ¡ánimo!: ya Duverger les inventa prosodias y ritmos familiares en una extravagante filología conjetural.
También, por desgracia, abundan el astracán y la cursilería evidente. Duverger es tan fan de Cortés que descarta de todo rasgo no sólo de historia y cultura, sino de llana humanidad, por principio, a quienes supone rivales en algún punto, en este caso Bernal. Señala, como declamador patriotero (pp. 190-191): “Sin ánimos de querer multiplicar los ejemplos, podemos constatar que la Historia verdadera está plagada de indicios que traicionan la personalidad de Cortés. Emerge por doquier, en cada página, ese amor por México, vibrante y palpable… se conmueve ante los paisajes americanos que van desde la languidez tropical hasta las infinitas estepas del altiplano… siente espiritualmente admiración por los mexicanos que concible como asociados y como aliados, nunca como enemigos… Alaba cada vez que puede la belleza de las mujeres mexicanas”.
Bueno: quien hace algo de eso (no taaaanto como declama Duverger, pues el buen Bernal se enoja muchas veces con los indios, las indias y la geografía) es el texto que conocemos como Bernal, y no las Cartas de relación, más pragmáticas y utilitaristas. Se apresura a regalarle a Cortés lo que jamás ha demostrado, lo que sigue siendo ajeno a Cortés. ¿Y por qué otro español, aparte de Cortés, cualquier otro, por ejemplo un tal Bernal, iba a estar necesariamente incapacitado para a elogiar la belleza de algunas mujeres mexicanas, la bravura de algunos guerreros mexicanos o algunos paisajes del trópico o del altiplano? ¿Ni siquiera hubiese podido soltar un piropo?
¿A la leyenda negra anticortés que pinta al capitán como ogro se opone el fanatismo pro-cortés que establece que todos los demás españoles no sólo serían incapaces de cultura y escritura, sino hasta de apreciar belleza de mujeres, valor de guerreros y majestad de paisajes? ¿Fuera de Cortés, todos los españoles eran chusma-de-chusma? Esto suena algo novedoso. Se suponía que los enemigos de la memoria de Cortés eran los los indigenistas fanáticos. Ahora tenemos un Cortés enemigo sobre todo de puro español. Cuánta soledad.
            Bernal permanece en su bruma de siempre. Pero Cortés no consigue, en este libro de Duverger, robarle a Bernal la simpatía y las virtudes de humanidad que lo ensalzan sobre otros cronistas, ni las alas extrañas de su arte. Queda el capitán en su monumental claroscuro tan conocido, después de una más de sus muchas fallidas intentonas de beatificación sobrada y retorcida, lo que representa toda la finalidad de esta obra. Existe por lo demás una basta biblioteca de endiosamientos exagerados de Hernán Cortés, así como otra de deturpaciones frenéticas, para solaz del público burlón.

           



jueves, 1 de mayo de 2014

ANATOLE FRANCE

LA MEZQUINA POSTERIDAD DE ANATOLE FRANCE

Por José Joaquín Blanco

                                      “No hay un solo animal que no se
                                      considere como el fin supremo a                                                                            que tiende la Naturaleza
                                               El jardín de Epicuro, XXXIX

LA CRÍTICA A PALOS
De chamaco acostumbraba venerar todos los libros. Jamás arrojaba uno a la basura (¡ahora tiro tantos!). Compraba más o menos uno por semana, casi siempre en ediciones muy baratas, que las había en abundancia (saldos, supongo): sobre todo españolas, de viejos títulos extranjeros (casi siempre en la nutrida sección popular de la Librería de Cristal de la Alameda). Y con gran placer les imponía, de inmediato, mi nombre y la fecha de adquisición en su primera página. A veces me podía dar el lujo de un libro caro o en otro idioma. Solía leerlos de inmediato, aunque fuesen los tomotes con letritas de Sepan Cuantos.
         Por eso puedo fechar ahora a fines de octubre de 1974 la primera cubetada de agua helada, pero de veras cubetada y de veras helada, de crítica literaria que recibí en mi vida. Estaba yo muy feliz tirado de panza en el alto camellón con palmeras que ahora es el Circuito Interior, tramo Melchor Ocampo, leyendo El castillo de Axel, de Edmund Wilson (Nueva York, Scribners).
         Me tenía azorado por su inteligencia y su claridad. En general, los libros de crítica literaria no brillan por su claridad. Por fin estaba entendiendo algo del simbolismo francés y de Yeats. Llegué a su magnífico ensayo sobre uno de mis mayores ídolos de entonces, Paul Valéry. Leí veinte páginas extraordinarias: no divagaciones ni logaritmos profesoriles, sino discusión analítica, racional, clara y amena sobre el difícil poeta. Y entonces, zas: la cubetada de agua helada.
         Ese ensayo pulcro y admirativo concluye con una sección feroz, con una paliza. No les creía a mis propios ojos. Lo que indignaba a Wilson en 1931 era el “elogio” (el taimado y cizañoso vituperio, más bien) que Valéry pronunció en la Academia Francesa (1927) contra el difunto reciente (1924) Anatole France, sin siquiera tomarse la cortesía de mencionarlo por su nombre: “Agradecimiento a la Academia Francesa” (Variedad II, Buenos Aires, Losada). (Le daban asco las palabras “Anatole France”, pero se llenaba la boca con las de “Academia Francesa”.) Algunos surrealistas compartían el desprecio de Valéry y habían publicado un panfleto a la muerte de France con este titular: “¡Ha muerto un cadáver!”
         Wilson admiraba a Anatole France: el polígrafo humanista, republicano, iconoclasta, erudito, esteta, socialista y sarcástico. Debatió con ferocidad punto por punto los argumentos de Valéry, hasta dejarlos reducidos a chismes y a insidias ignorantes; y de ahí pasó a una comparación entre ambos escritores, como lo había hecho entre Yeats y Shaw, donde el poeta de El cementerio marino no se llevaba siempre la mejor parte.
         Yo estaba escandalizado, casi indignado, pero no se me escapaba que, de un modo no del todo inconsciente ni del todo involuntario, ya me estaba poniendo de parte de Wilson contra la estrecha actitud literaria del autor de El cementerio marino. Ahora tengo mala opinión de ciertas prosas de ese magnífico poeta.

“¡EL CADÁVER!”
Quizás ningún autor protagónico de su tiempo, ni siquiera Barrès o Sartre (con quienes guarda cierta similitud como escritores “comprometidos” y pontífices de la opinión cultural de sus facciones —derecha en el primero, izquierda en el segundo—), haya padecido tan mala suerte con la posteridad como Anatole France (1844-1924), Premio Nobel 1921, autor de éxitos mundiales como La historia contemporánea (tetralogía de novelas), con su héroe Bergeret, que representa al propio France y a su generación (aparece en algún poema juvenil de Novo); Los dioses tienen sed (sobre la Revolución Francesa), La isla de los pingüinos (sobre el fracaso del progreso humano, en una alegoría paródica de la historia de Francia), El jardín de Epicuro (reflexiones de un neopaganismo moderno), La rebelión de los ángeles (el destino de todo ángel verdadero es la redeldía y la caída), etcétera. Hay Obras selectas de France en Madrid, Aguilar.
         Lo odian los estetas por “vulgar” o “burgués”. Fastidia a los burgueses por pobretón, y a los vulgares por erudito y esteta. La lectura de cualquier página suya está prohibidísima por el Vaticano en el Index, bajo pena de pecado mortal, desde 1922. (Nadie ha prohibido nunca a Valéry.) El traductor español Luis Ruiz Contreras (quien vertió al castellano la mayor parte de las obras narrativas de France) cuenta que, durante la Guerra Civil española, los comunistas catalanes prohibieron su traducción de las novelas de France, ¡por reaccionarias!, ya que hablaban de ciertas maldades de la Revolución Francesa y de la Comuna.
         Como Henri Barbusse y Romain Rolland, France fue una de las primeras celebridades francesas en entusiasmarse con la revolución soviética. Alabó a Lenin con grandes palabras. Su muerte en 1924 le impidió conocer y criticar el lado oscuro de ese régimen. Pero algo sospechaba (“Con vistas a la paz hicieron su revolución los bolcheviques, y desde aquel día la guerra no ha cesado”), y su escepticismo sacaba de quicio a los comunistas franceses “ultras”, quienes lo maldijeron como un falso socialista, “toda cuya obra está impregnada de ideas liberales, republicanas y sociales que han presidido y siguen presidiendo su modorra” (periódico Clarté, abril de 1924).
         Un tal Édouard Berth fue más explícito: “France pretende seducirnos con un socialismo reformista, burgués y parlamentario, forma extrema, en el fondo, de la democracia y de la decadencia modernas; un socialismo verdaderamente revolucionario, que debe aportar al mundo ideas nuevas, no puede sino ignorarlo y declarar que nada tiene qué hacer con tal representante dizque ajeno al arte capitalista”. (Cf. Michel Winock: La siècle des intellectuels, París, Seuil, 1997).
         France había escrito en El abate Jerónimo Coignard: “La locura de la Revolución consistió en querer instituir la virtud sobre la tierra. Cuando se quiere que los hombres sean buenos y sabios, libres, moderados y generosos, se llega fatalmente a quererlos matar a todos. Robespierre confiaba en la virtud, y le debemos el Terror. Marat confiaba en la justicia, y pidió doscientas mil cabezas”.
         Algunas de las causas de su largo desprestigio (además de la interminable vendetta de los intelectuales-políticos) son chismes y tonterías como las que expresó oblicuamente Valéry. Que este señor, llamado Jacques-Anatole-François Thibault, se adjudicó el seudónimo France por soberbia y demagogia, para usurpar el nombre de su nación. Falso: es un apellido raro, pero existente (que han llevado incluso ministros franceses: Mendès France, y dictadores paraguayos, el Doctor Francia); y en el caso de Anatole constituyó una especie de apodo familiar desde su niñez, que también había usado su padre (suena coloquialmente a un diminutivo de François). No se ha demostrado qué supuestas ventajas le habría traído tal seudónimo, pero sí las desventajas: desde el caso Dreyfus, y a causa de su antimilitarismo y de su pacifismo, de su idea de una Europa unida, fue llamado corrientemente en la prensa derechista francesa, que clamaba por la guerra contra su vecino, Anatole Prusse (Prusia).
         Que era un obtuso porque nunca gustó de los poetas malditos (Verlaine, Rimbaud) ni de los simbolistas (Mallarmé): a muchos autores inteligentes del mundo tampoco les atrajo esa corriente oscura (casi ocultista), alquímica y pretenciosa. Y en gustos se rompen géneros: Voltaire desdeñaba a Shakespeare, Goethe a Hölderlin, Víctor Hugo a Racine. Por lo demás, el odio entre parnasianos y simbolistas venía de lejos.
         Que era vulgar y oportunista, y una burda estatua del Espíritu Burgués, pues se interesaba en la política (del caso Dreyfus al comunismo), y continuaba la línea racionalista de los ilustrados (Voltaire, Diderot) en su crítica escéptica del género humano, privilegiando siempre la odiada (por Valéry, maestros, compadres y epígonos) sonrisa irónica y pesimista de Voltaire.
         No fue pues ilegítimo usar el seudónimo France; no constituye pecado alguno dejar de rendirle inflacionarios honores a Mallarmé, un poeta de versos majestuosos y de teorías abstrusas, espiritistas y extravagantes; a nadie asombra que un escritor moderno se interese por la política y la sociedad, y menos que se prosigan las virtudes de análisis, claridad, erudición, ironía y humanismo de los enciclopedistas.

EL PROFETA ESCÉPTICO
Tampoco tuvo Anatole France la culpa de vivir demasiado tiempo (la “modorra” de un “cadáver” de ochenta años), de sobrevivir a sus contemporáneos, como Zola o Maupassant. Pero quedó en la memoria de la cultura no sólo como un viejo perpetuo, sino como la rancia y desgastada decadencia de los ideales literarios e intelectuales que privaban en la prosa francesa hacia 1870. “¡El cadáver!” (Los “revolucionarios” no suelen simpatizar con la vejez: Ilya Ehrenburg llamó al Gide anticomunista: “¡Ese viejo infame!”).
         Tampoco se sabe si colocarlo a la cola del siglo XIX, o al principio del XX: entonces, se le pasa por alto; en el mejor de los casos se le ubica en una especie de sección fantasma, con otros devaluados o de plano olvidados: “Los novelistas del final del siglo XIX”, con Pierre Loti, Joris-Karl Huysmans, Paul Bourget, Maurice Barrès y Romain Rolland. (Cf. Nineteenth Century French Readings, ed. Albert Schinz, Nueva York, Henry Horl and Co., 1939, t. II).
         No fue el autor de un solo poema o de un escaso manojo de poemas, como querrían los simbolistas, sino de una obra múltiple que incluyó versos, novelas, cuentos, ensayos, crítica (La vida literaria, cuatro tomotes), periodismo, teatro. Escritor “popular”, pero también esteta, teólogo, aficionado a las ciencias, historiador, político y filósofo. Es tumultuoso como Maupassant, Zola, o sus antecesores Michelet, Renan, Sainte-Beuve y Taine.
         Como algunos de éstos, admiraba la antigüedad clásica y pagana (escribió sus historias “egipcias”: Thaïs —operizada por Massenet, o “griegas”. “romanas”, “chinas”, “gálicas”, “medievales”: Bajo el signo de Clío, Cuentos de Dalevuelta, El juglar de Nuestra Señora, al igual que Flaubert buscó Cartago para su Salambó), sin dejar de cronicar la vida callejera francesa. Descreía, pero perseguía un ideal (no un ideal en las nubes ni en la cábala, sino el llano humanismo de la sensatez y la justicia social), sin olvidar algún culto a la lascivia y al Joie de vivre. Sólo algún culto, dentro del decoro y el “buen decir” de un “ciudadano honorable”: no admitía los “excesos” baudelaireanos o verlaineanos. (Valéry también fue un “ciudadano honorable”, enemigo de la literatura moralmente escandalosa; y lo fue tanto que ocupó el mismo sillón de France en la Academia Francesa: resultó su sucesor exacto. Admitió la sucesión prestigiosa, pero escupiendo vergonzantemente sobre ella.)
         Sin embargo, este compendio del Espíritu-Burgués-y-Vulgar-del-Viejo-Siglo aceptó apadrinar, prologando su primer libro, a Marcel Proust, a quien elogia con entusiasmo y perplejidad (Los placeres y los días): “Hay en todo ello algo de un Bernardin de Saint-Pierre pervertido y de un Petronio ingenuo”.
         La verdadera vocación de France, voltaireana, fue el escepticismo. Los simbolistas, que decían no creer en nada, que se proclamaban los sacerdotes del culto a la negación, a la visión del mundo y de la vida como un lance de dados al azar, por lo menos creían en eso: en un No, en una Nada, en Un lance de dados, esculpidos con atrabiliaria minuciosidad de bibelot de marfil, o dibujados en abanicos impresionistas para Madame Mallarmé. Parecían idólatras de la Narcisista Forma que contenía el Prestigioso Vacío.
         France era un verdadero escéptico: criticaba apasionadamente la ineficiencia de las instituciones, ideas y pasiones concretas de su tiempo. Para él los ángeles siempre caen; y con ellos todas las tentativas de justicia, civilidad y generosidad humanas. Y sin embargo, había que denunciar, contra toda esperanza, la injusticia; y luchar por el progreso humanitario (Voltaire: “Cultivar el jardín”), que inevitablemente heredaría muchas de las viejas lacras sociales, y contraería algunas nuevas.
         Esta vena crítica le atrajo multitudes a finales del siglo pasado y principios de éste (su pesimismo social y existencial se veía confirmado por las masacres bobas de la “guerra de trincheras” en la Primera Guerra Mundial); y lo alejó enseguida de los lectores, ávidos de certidumbres, o al menos de desplantes “afirmativos”, “futuristas”, “progresistas”, de décadas posteriores.  Quedó como un vejete disgustadizo, con ciertos giros verbales y estéticos de museo, con ánimos jacobinos y populistas de revoluciones “prehistóricas”, pero atemperados por la civilidad y la benevolencia de un liberal demócrata, que simplemente no entendía nada del impetuoso espíritu moderno.
         Mientras para unos críticos (su examigo Paul Bourget) resultaba un radical desaforado, casi un Robespierre, a otros parecía un tibio, un facilón, un tolerante, un simple “decente bienintencionadito”. Ojalá se hubiesen puesto de acuerdo. Gide culpa a France de facilismo estético e intelectual. Dice en su Diario (9 de abril de 1906) que France se dedica a adular a los lectores, rebajando la belleza y la inteligencia al nivel del público. “Es esto lo que sus lectores le agradecen. France los halaga. Cada uno de ellos puede pensar: ‘¡Qué bonito es esto! Al fin y al cabo no soy tan tonto; es esto precisamente lo que yo también pensaba’... Diserta con finura y elegancia. Es el triunfo del eufemismo... Por lo demás, me sospecho que no hay gran cosa detrás de lo que nos muestra. Es todo conversación, relato.”
         Como Valéry en la Academia Francesa, Gide heredó el sillón de Anatole France en la Royal Society of Literature de Londres; también lo escupió antes de sentarse (7 de abril de 1924): “Leo con vivo placer la Historia de cómicos de France. Alentado, vuelvo a El jardín de Epicuro, pero vuelvo a encontrar mi primera repugnancia por esta bebida benevolente y tibia”. Después de su reinado de un cuarto de siglo, se volvió deporte para las siguientes generaciones abofetear al France difunto.
         Valéry y los simbolistas también despreciaban a Maupassant y a Zola; y a los ensayistas Michelet, Renan, Sainte-Beuve y Taine. (El viejo Gide se sintió obligado a ofrecer sus muy sentidas disculpas, por lo menos en lo referente a Zola.) Pero no pudieron prevalecer sobre ellos. Hagan los fantasmas de Mallarmé y de Valéry los berrinches que quieran, Zola y Maupassant siguen leyéndose en todo el mundo; y cualquier lector inteligente admirará a Renan, aunque su historia de Los orígenes del cristianismo y su Vida de Jesús aparezcan ante nuestros ojos, como cualquier obra histórica añeja, algo anticuados con respecto a la información acumulada durante el siglo posterior a su muerte. Otro tanto podría decirse de la Historia de la revolución francesa de Michelet.

LA INCOMODIDAD DE ANATOLE FRANCE
¿Qué falla entonces con Anatole France? Jamás he conocido persona viva que lo cite, mucho menos que lo admire. Una mezcla desafortunada, acaso, de parnasianismo y esteticismo con la moderna prosa popular, verbosa y cruda. Un Mariano Azuela que suena al Azul... de Rubén Darío, y al revés, a ratos. Y una combinación igualmente desafortunada, en cuanto teoría literaria, de la exquisitez de un Gautier con el espíritu anti-ornamental de los novelistas populares modernos, digamos de un Roger Martin du Gard (autor de unos Los Thibault, el verdadero y poco conocido apellido de France).
         En sus mejores momentos ensayísticos, sin embargo, le encuentro cierta familiaridad con Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes y el joven Vasconcelos (la “afición de Grecia” como sustento básico de toda discusión cultural; cierto coloquialismo de dómine que pretende conversar... pero como sólo conversan los eruditos; un humorismo de bibliófilo, una intención de escribir “en mangas de camisa” pero con los ojos siempre fijos en Palas Atenea: invariablemente pedagógico y civilizador).
         Sin embargo, hay que sospechar de los críticos que centren su menosprecio hacia France en motivos meramente estéticos, que no le fueron muy discutidos públicamente en vida, y no asuman los asuntos por los que se le combatía duramente: el anticlericalismo radical y las simpatías liberales y  socialistas, incluso comunistas (existe un ensayo de Paul Bourget al respecto, donde lo acusa de “atentar contra la civilización cristiana-grecolatina”).
         France creía que la “infame” Iglesia, que había combatido Voltaire, ni estaba derrotada ni se había corregido: que la lucha liberal “dura” contra ella debía continuar; pero sólo en el terreno de las ideas, en la práctica social y política predicaba la tolerancia, la paz y la democracia. Y sin demasiada fe en la victoria: también la ciencia funcionaba muchas veces como un conjunto burdo de supersticiones.
         Se insinuaba, por otra parte, que debía sus manías o simpatías “revolucionarias”, pero casi siempre pacifistas y democráticas, a sus origen pobretón (hijo de un peón de granja devenido librero-editor; empleado de bibliotecas y peón de editores toda su juventud y buena parte de su madurez —le debemos bastantes fichas del Larousse—, pues el éxito le llegó hasta los cincuenta años). Eso era lo malo de admitir pobretones en el Parnaso, que se volvían iconoclastas y alborotadores; pero no se aclaraba que France había escrito de un modo más que arisco contra la violencia y contra el terror de las revoluciones triunfantes, lo mismo la de 1789 que la Comuna.
         Es curioso que en la democrática Francia hayan predominado tanto los atavismos de clase: como France había sido pobre, y se le notaba, debía ser necesariamente ramplón. ¿Que tenía páginas admiradas por los mayores críticos? (Las nupcias corintias, La dama del abanico blanco, El pequeño Pierre) Es que, se rumoraba en los salones, ¡se las había escrito su distinguida mujer, como en la novela Bel-Ami de Maupassant! Hay tesis doctorales sobre tal “autoría dudosa” de algunas de sus páginas, y sobre esa esposa misteriosamente genial, con la que, por cierto, sostuvo una mala relación.
         Incluso André Gide se asombraba de que un pobretón como Charles-Louis Phillipe pudiese escribir buenos libros (disculpando, claro, las inevitables crudezas de un advenedizo en la Cultura.) También se llegó a achacarle a Sartre las obras de Genet: ¿Cómo ese pobretón carcelario iba a escribir literatura? ¿Cómo se atrevía? ¡Qué arribismo! (Hace poco vino a México un profesor alemán con la misma teoría sobre el teatro de Brecht: como éste era ignorantón y no sabía inglés en su juventud, una amante letrada le escribió, según declaró ex-cathedra el profesor en todos los medios de CONACULTA, La ópera de tres centavos, basada como se sabe en una antigua obra inglesa.)
         Anatole France es inteligente, sabio, erudito, ingenioso, divertido y pertinente en asuntos de la vida social y política. Juega hábilmente con la historia, la ciencia, la teología y la filosofía. Antiguo, en la mítica Palmira; moderno, en el Kremlin de Lenin. De un lado Grecia y la Leyenda dorada de los santos y mártires antiguos y medievales; del otro, la Revolución Industrial, Einstein y Lenin. Pero su prosa clara y precisa tiene trasuntos —Valéry diría “amaneramientos”— de los parnasianos y románticos. Y “vulgaridades” de política y de historia social. Un frágil equilibrio entre Leconte de Lisle y Zola.
         Ama con frecuencia las palabras bonitas o rarísimas y las frases sonoras en libros que no se asumen rigurosamente como cifra estética, sino como literatura social, dirigida a muchos lectores. Prolifera en raros nombres grecolatinos y medievales. Prefiere, como forma estética, los diálogos y las fábulas de personajes mitológicos, heroicos o eruditos. Muchas exclamaciones y figuras retóricas. Defiende la sencillez con exuberancia lexicográfica, y el sentido común con detallismos enciclopédicos. Parece un exquisito defectuoso, o un populachero con pretensiones de exquisitez. Una especie de imitador de segunda fila de sus contemporáneos, muertos generalmente a temprana edad.
         La verdad es que no imita a nadie. Su prosa y sus asuntos, para bien o para mal, son inconfundibles (doblemente genial debió haber sido su mujer, para imitar tal estilo), pero suena demasiado fin del siècle con una actitud de pleno siglo XX, o del siglo XVIII, según se mire. Desconcierta. A veces su concisión prosística logra perfecciones artificiosas de un La Rochefoucauld (“vicio”, por lo demás, que asimismo encontramos en sus enemigos como Faguet: “Voltaire es un caos de ideas claras”. ¿De veras un caos? ¿De veras ideas tan claras? ¿No hay un paroxismo de declamación en el aforismo de Faguet?) Muchos de los achaques del “alto estilo frances” que buscaba a tropezones el coloquialismo, la simplicidad, la “prosa blanca”, el “grado cero de la escritura”; esto es, despojarse de los antiguos rituales y galas retóricos, caracterizará a varias generaciones posteriores, hasta mediados de siglo (la Nouvelle Revue Française, por ejemplo).
         Compartió el desprecio parnasiano (fue discípulo en su juventud de Leconte de Lisle) y esteticista hacia las tramas en los relatos. A diferencia de los realistas, no quería contar chismes intrincados, laberínticos, con suspenso y trucos de prestidigitador que maneja un repertorio tumultuoso de personajes y episodios, sino relatos ligeros, casi aéreos, en su asunto, que permitieran el despliegue de atmósferas, descripciones, observaciones, epigramas. La trama no era el alma del relato, sino el pretexto para la prosa estética o intelectual. Posición muy francesa que reaparecerá a mediados de siglo en el nouveau roman.
         Esta mezcla de estilos y teorías literarios, que ahora nos desconcierta, apasionó a sus contemporáneos. Buscó una manera personal, equidistante del casi abstracto simbolismo y del realismo espeso y fotográfico. Gustaba. Durante un cuarto de siglo pareció el mejor cuentista francés (“Putois”, “Riquet”, “Los jueces íntegros”, “El camafeo”, “La jactancia de Olivier”, “El Procurador de Judea”, etcétera), consideración parcialmente justa: algunos de sus cuentos no han perdido el día de hoy su gracia original.

EL CANTOR DE KIMEA
A propósito de sus cuentos, tiene uno bastante curioso (“El cantor de Kimea”), situado en la Grecia clásica, sobre un anciano que no había logrado en sus mejores años destacar en la guerra ni en la poesía. Era bueno para las armas y los versos, pero le faltaban la riqueza, la clase social: su puesto de combate siempre estaba con la muchedumbre, en la infantería: ahí no se lograban los trofeos; sus cantos se dirigían a la plebe, junto al fogón o en las plazas: ahí no se concedían las coronas de laurel.
         Transcurrió su vida en una constante medianía hasta que algún dios arbitrario o irresponsable le quitó la vista. ¿En qué podía trabajar un viejo ciego? Le sobrevino en la vejez la pobreza. Se dedicó entonces a enseñar a cantar —a ejercer la poesía—, con una lira de madera, a los niños, especialmente a los ciegos (¿qué otro porvenir le quedaba a un niño ciego en la Grecia clásica sino aprender a cantar las hazañas de dioses y héroes en las plazas, los mercados, o en las grandes casas cuando había festejo?).
         Sus enseñanzas poéticas se reducían a una, pero tenaz, inconmovible: la de repetir con exactitud los viejos cantos. Toda novedad constituía un error y un sacrilegio, pues esos cantos provenían de inspiración insuperable, divina, a través de las Musas, comunicada a los primeros cantores, quienes se dedicaron a enseñarlas puntualmente a sus sucesores; y así en cadena de innumerables generaciones, hasta llegar al pobre maestro y su escuelita de pobres aprendices de poesía mendicante. Repetir incansablemente, con toda exactitud, los poemas establecidos.
         Pero este viejo poeta desvalido temía a ratos algún nuevo castigo de los dioses. Valiéndose de la ignorancia de sus escuchas poco letrados, se permitía en ocasiones, subrepticiamente, innovar, introducir versos, estrofas y hasta historias completas de su propia invención, en el acervo poético tradicional inalterable, sagrado.
         Comía cebollas, ajos y a ratos un jirón de carne de res, según se iba ganando el alimento y algún obsequio misérrimo por las ciudades cercanas. A sus escuchas incultos no les gustaba mucho su poesía. Como lo veían decrépito y desagradable —los párpados hinchados sobre las cataratas—, preferían burlarse de que semejante piltrafa humana anduviera cantando por ahí las sublimes hazañas de los dioses y de los héroes. Los grandes poetas, los verdaderos y renombrados, no se veían así. Apolo no se veía así.
         Lo rebatían: la verdad, según los verdaderos poetas: los reconocidos, los respetables, los grandes clásicos, por ejemplo, era que Penélope había sido una puta y se había revolcado con todos sus pretendientes, y Odiseo la había castigado, como se merecía, a su regreso. O que Telémaco había asesinado a su padre, pues su repentina e inesperada vuelta lo despojaba de su herencia. O que...
         El viejo apenas replicaba que su labor era cantar puntualmente lo que le habían enseñado sus mayores. Y los escuchaba disertar, con la locuaz sabiduría que les daba el vino, sobre la verdadera poesía y los verdaderos poetas. Cobraba con gesto humilde su mendrugo y su baratija, y regresaba a la escuelita, a darles varazos a los niños que se permitieran alterar, así fuese en una sílaba, los versos antiquísimos (muchos de los cuales acababa él de inventar).
         Nadie, ni él mismo, supo que era un verdadero cantor, y no un mero mendigo que cantaba. En las últimas líneas del relato nos enteramos casualmente de su nombre: Homero.
        
EL JARDÍN DE EPICURO
A diferencia de lo que postula la teoría literaria, la posteridad de toda obra es mezquina. Lo que resulta natural (todo simulacro de inmortalidad peca de pueril y de contranatural: ¡qué tontería desperdiciar la vida en “crear obra perdurable”!). Cada generación llega al mundo a vivir su propia vida y a escribir sus propios libros, y resiente o detesta las infinitas bibliotecas de Babel con que la han abrumado alevosamente sus innumerables antepasados.
         Nadie nace al mundo para vivir lo que otros ya vivieron, para leer polillas de vida antigua. Los libros deben morir, como los hombres. Para presumir de ilustrada, cada generación escoge un puñado de antiguallas y las convierte en monumentos, con cierta admiración hipócrita, y las manipula a su modo, incluso en contra de la naturaleza verdadera de esas obras (¡en lo que han convertido la Biblia los devotos y los predicadores!), o para orinarse sobre ellas. Es rara la admiración verdadera, esencial, por los libros antiguos, especialmente entre los propios escribas. No molestan solamente los escritos de los autores muertos, sino incluso los de los viejos:
         “Los ancianos tienen excesivo apego a sus ideas, y ésta es la causa de que los habitantes de la isla Fidji maten a sus abuelos. Así facilitan la evolución, mientras nosotros la retrasamos con vanas consagraciones académicas” (El jardín de Epicuro, escolio LXV).
         Pero hay libros más sujetos al abandono, a la momificación, a la polilla que otros. A veces son los mejores. Se trata de las obras más comprometidas con su propio tiempo. Como ciertos títulos de Belloc, de Wells, de Chesterton, de Shaw, de Mencken, que en su momento concentraron o inventaron el pensamiento más completo y avanzado de su tiempo, y que por ello mismo parecieron sumamente anticuados pocos años después, cuando entraron al mercado nuevas ideas y nuevas ocurrencias, nuevas posiciones ideológicas, El jardín de Epicuro (1895) representó en su momento, y durante unos veinte años, la Biblia del hombre más moderno; y ahora, en su mayor parte, nos da la impresión de un polvoso Reader’s Digest. Se parece un poco a Uno y el universo, de Ernesto Sábato, tomito de escolios que se leía con devoción en los años sesenta.
         El jardín de Epicuro (Tr. Luis Ruiz Contreras, Ediciones del Mirasol, Buenos Aires, 1960) carece de género y de asunto precisos: son reflexiones breves de un hombre que ha leído y vivido mucho y de todo. (Habla de Epicuro no en el sentido de culto al placer, sino al estudio y la meditación; y como aceptación de la fugacidad e intrascendencia de la vida.) El conocimiento de un formidable Hombre de Letras en breves comentarios.  Hay humanismo y ciencia, política y arte. ¡Pero todo, ay, tan fechado! ¿A quién le importa el extremo de la sabiduría de 1895?
         No escasean los dones de la prosa y de la invención de France, claro; pero exige mucha generosidad y paciencia espulgarlos, entre tantas exposiciones de geología o teología, sociología o astronomía, teorías estéticas y sociales, que ahora hasta los locutores de televisión podrían corregir o desdeñar instantáneamente. ¡Y tanto name-dropping de mitología o filosofía griegas y de los antiguos clásicos europeos! No le faltan sin embargo pepitas de oro.
         No recuerdo que Borges citara a France, pero su texto “Tres versiones de Judas” (Ficciones), que reivindica al apóstol infame —Judas no fue un traidor, sino un santo, otra reencarnación de Dios: un instrumento divino e indispensable para la redención operada por Cristo— (“La traición de Judas no fue casual: fue un hecho prefijado que tiene su lugar misterioso en la economía de la redención... Judas refleja de algún modo a Jesús. De ahí los treinta dineros y el beso... Dios totalmente se hizo hombre pero hombre hasta la infamia, hombre hasta la reprobación y el abismo. Para salvarnos, pudo elegir cualquiera de los destinos que traman la perpleja red de la historia: pudo ser Alejandro o Pitágoras o Rurik o Jesús: eligió un ínfimo destino: fue Judas”, escribe Borges) ya aparece, por entero, en el escolio XXXVIII de El jardín de Epicuro:
         “El destino de Judas de Kerioth [Iscariote] nos sumerge en un abismo de confusiones. Porque Judas nació para cumplir la profecía, era ineludible que vendiese al Hijo de Dios por treinta dineros. Y el beso de Judas es, como la lanza y los clavos venerados, uno de los instrumentos de la Pasión. Sin aquel hombre no se realizaría el misterio; no hubiera podido salvarse el género humano... ¡Dios mío, Dios amoroso y clemente... si es verdad, como supongo, que Judas Iscariote ocupa un lugar a tu derecha...! ¡Y tú, Judas, a quien maldice la cristiandad, y a quien yo admiro porque parece que te has posesionado de todo el infierno para dejarnos disfrutar el cielo!... “Soy un sacerdote de la misericordia ordenado por Judas, secundum ordinem Judas..”, etcétera.
          A los lectores de Borges debiera interesarles mucho Anatole France, especialmente El figón de la reina Patoja (este título castellano extravagante e incomprensible pretende traducir La rôtisserie de la Reine Pédauque, 1893; algo así como ‘La fonda de la Reina de los Patos’): ahí se ocupa France de la historia de las herejías cristianas y de los primeros tiempos del cristianismo; de la gnosis, la cábala, la alquimia, los textos bíblicos y evangélicos “apócrifos”; y en fin, de toda la historia intelectual marginada de la antigua civilización europea (lo que Joseph Conrad llamaba ‘la sabiduría benedictina’ de Anatole France).
         Lo hace, como Borges, con fines humorísticos y de crítica mordaz a las arrogantes doctrinas ortodoxas, oficiales  —teológicas, filosóficas y científicas—, del progresismo europeo. A France, por su parte, le habrían encantado los cuentos y ensayos más excéntricos de Borges, y poemas como ‘El Gólem’.
Hablando de la traducción extravagante, atrabiliaria, incomprensible, de algunos títulos y nombres de personajes de Anatole France en las ediciones de Aguilar, ocurre que su cuento más importante y famoso —y ciertamente uno de los imprescindibles de la más rigurosa antología del cuento francés—, Putois, fue considerado impúdico o alburero por los editores franquistas y lo convirtieron alegremente, sin más, en ¡Garduño! ¿Por qué no Ruiz o Méndez? ¿Cómo va a identificarlo en el índice el lector que se ha enterado por las enciclopedias y las historias de la literatura de la relevancia de Putois? Y no se trata, en absoluto, de un cuento ‘inmoral’ o libertino, sino de una invención muy divertida, apta incluso para niños, que fue aprovechada en México para la película Simitrio (de Emilo Gómez Muriel, 1959), donde el viejo profesor ciego José Elías Moreno siente particular afecto por el más travieso de sus alumnos campesinos, quien sencillamente no existe, pero cuya presencia imaginaria le resulta más real que la de los demás niños de carne y hueso. Por otra parte, desde los años veinte el periódico El Universal contaba con un periodista (algo compositor y teatrero) famoso por su seudónimo, que sonaba rarísimo: Jacobo Dalevuelta (Fernando Ramírez de Aguilar, 1887-1953) —hay una calle llamada así, a su memoria, en la Colonia del Periodista—; sucede que Jacobo Dalevuelta es precisamente el nombre castellanizado, en la versión de Aguilar, de Jacques Tournebroche, uno de los protagonistas de La rôtisserie de la Reine Pédauque y de otros libros de France, como El abate Jerónimo Coignard, Los cuentos de Dalevuelta.
         Una de las mayores diversiones de El jardín de Epicuro resultará probablemente invisible, e incluso fastidiosa, al lector contemporáneo común. Ahora sabemos mucho de técnica y de ideología, pero la filosofía seria no forma parte, salvo en términos demasiado generales, de la cultura corriente de las personas que se consideran ilustradas. Ello no ocurría en época de France. Había una guerra encarnizada, incluso en los periódicos y en las cámaras de diputados, entre la espiritualista filosofía alemana, el pragmatismo inglés y el positivismo cientificista y progresista de Comte.
         Anatole France dedica buena parte del libro a burlarse de esos filósofos modernos, ¡siguiendo el mismo método que usó Voltaire en su Diccionario filosófico contra Santo Tomás y la escolástica!: mostrar contradicciones, reducir al absurdo las afirmaciones tajantes, desnudar a los filósofos de sus solemnes togas y mostrar que detrás de sus especiosos argumentos no existían sino juegos de palabras; traducir las aporías y los dogmas en bromas pesadas. Su víctima favorita es Comte.
         Advierte también, como crítico literario (contra él inventaron los académicos el insulto “crítica impresionista”, en oposición a la historicista de Thierry), que en la literatura predominan puros prejuicios, malentendidos y vanidad. Demuestra que una admirada página de Michelet fue juzgada como bobería y necedad por multitud de “enterados”, cuando se les presentó sin el nombre del prestigioso historiador. Recomienda al crítico desconfiar de su erudición, de sus juicios y de sus razonamientos, y crear crítica como arte: pasión, vida, belleza, buena conversación, sin codicia de verdades absolutas.
          De regreso —más teórico que práctico— de los excesos esteticistas de románticos, malditos, parnasianos y simbolistas, predica la sencillez de la escritura y de los asuntos como la mayor garantía de permanencia de un texto. Desde luego, su definición de sencillez resulta sumamente elaborada.
         Ahí entrevió la mezquina posteridad que tendría su propia obra:
         “Todo aquello que nos atrae por su novedad o por amoldarse a ciertos gustos artísticos, envejece pronto. La moda en el arte pasa con la misma rapidez que todas las modas. Ocurre con las frases afectadas que tienen pretensiones de originales lo que ocurre con los vestidos confeccionados por las modistas famosas: no duran más que una temporada. En la Roma decadente las estatuas de las emperatrices iban peinadas a la última moda. Los peinados resultaban pronto ridículos, y entonces ponían a las estatuas pelucas de mármol. Sería conveniente que un estilo peinado a la moda, como aquellas estatuas, cambiara todos los años de peluca. En los tiempos actuales, donde todo va de prisa, las tendencias literarias sólo subsisten un corto número de años, y con frecuencia un corto número de meses. Conozco escritores muy jóvenes cuyo estilo resulta arcaico. Es posible que las producciones maravillosas de la industria y de las máquinas hayan dado como resultado esa variación constante por la que se dejan arrastrar las sociedades atónitas. En la época de los Goncourt y de los ferrocarriles se podía vivir algún tiempo con un estilo de artista literario; pero desde que se inventó el teléfono, la literatura depende de las costumbres, renueva sus fórmulas con una rapidez desalentadora. Por tanto, diremos, como Ludovic Halévy, que la claridad y la sencillez constituyen la única forma posible para atravesar tranquilamente, no ya los siglos, que sería mucho decir, sino los años”. (Escolio XL).

LOS ÁNGELES REBELDES
Con mayor voracidad y tino que nuestros juaristas, los revolucionarios franceses expropiaron los bienes del clero, muchos de los cuales pasaron a manos privadas. Así una Biblioteca de Babel, de 360 mil volúmenes, especializada en teología y títulos bíblicos, procedente de un convento benedictino, llegó a poder de una familia burguesa, que la conservaba con gran orgullo en el segundo piso de un palacio cercano al templo de Saint-Sulpice, donde por cierto un pintoruco estaba restaurando rajaduras, manchas y desprendimientos de unos murales con feroces ángeles adolescentes —casi delincuentes juveniles— pintados por Delacroix.
         Bibliotecario él mismo durante buena parte de su vida, Anatole France describe con ternura y autosarcasmo la obcecación del pobre bibliotecario, quien había inventado una clasificación criptográfica imposible, a fin de que nadie localizara jamás un libro; y miraba con una desesperación cercana al odio al influyente que lograra permiso para consultar alguno.
         De repente, por arte de magia, como si las cercanías de Saint-Sulpice se hubiesen llenado de duendes chocarreros, empiezan a desordenarse los libros por la noche; a salir de sus estantes y amontonarse en mesas, a cambiar de habitación, a irse unos días y regresar como si nada, a desaparecer sin más ni más. Puros volúmenes religiosos y filosóficos antiquísimos y pergaminos llenos de ideas peligrosas, de cripto-heresiarcas, que por ningún motivo debían publicarse. Con la total angustia de ese bibliotecario arranca la novela La rebelión de los ángeles (1914).
         No se trataba de los trasgos, sino del ángel de la guarda de uno de los hijos de la familia, bastante enamoradizo. Alojado en una casa con tal biblioteca teológica y bíblica, y aburrido ante la monomanía erótica de su protegido, el desprevenido ángel custodio se había puesto a estudiar la religión a fondo, y había descubierto que su Buen Dios les mentía tanto a los ángeles como a los hombres. Eso de leer mucho no conduce a nada bueno, y menos las lecturas religiosas. De exjesuitas, exmaristas y exsalesianos está lleno el reino de los ateos.
         Concluyó que el Buen Dios era apenas un diosecillo tribal ensoberbecido, un demiurgo expansivo y violento, de una minúscula parte del universo; y que había construido todas sus fábulas y teorías sagradas para dominar como un tirano atrabiliario a sus crédulas criaturas, tanto del cielo como de la tierra. El ángel renegó de su status y se volvió hombre, con el fin de preparar una nueva rebelión de los ángeles —no existió sólo una, antiquísima, la de Lucifer; los ángeles, como los hombres, se andan rebelando a cada rato—; de inmediato reconoció a medio centenar de ángeles desertores, humanizados, en las calles, buhardillas y cafetines de París. Al poco tiempo había conjuntado quinientos mil exángeles dispuestos a la revuelta.
         Uno había colgado las alas por las piernas de una cupletista (los ángeles conocen caricias secretas que arrebatan a las mujeres); otro por disgusto ante la jerarquía tiránica del Autócrata de los cielos; hubo quienes prefirieron las joyas, el dinero, los negocios, los honores, el arte, las aventuras de este mundo (como andar cambiando de sexo y posición social al gusto). Alguno, para sumarse a los exiliados anarquistas que tramaban revoluciones para todos los países desde los cafés de París, y con tal propósito confeccionaban bombas perfectas. Otros más, por fastidio: sólo para evitar la presencia de los serviles serafines, querubines y tronos (los mayores mandones del cielo); dominaciones, virtudes y potestades (segundo rango); principados, arcángeles y angelillos del común. (No contaban los puttoni, o cupiditos, alados angelillos-bebé ‘de pajarera’”). “Llueven ángeles sobre París”.
         No cabe duda que en las primeras décadas del siglo los alborotos, motines y subversiones no eran cosa exclusiva de la tierra: México, Sarajevo, Moscú, las trincheras franco-prusianas. El plan consistía en revolucionar primero toda la tierra, y lanzarse luego contra la Jerusalén Celeste: un exángel, convertido en el principal banquero de París, les financió la empresa, con el fin de hacer un negocio fabuloso si la rebelión triunfaba.
         A diferencia de otros libros narrativos de France, La rebelión de los ángeles es una verdadera novela en toda forma: trama, episodios, personajes diestramente construidos. Con audacia y habilidad entremezcla la más ardua metafísica con las aventuras galantes (incluyendo duelos y elaborados adulterios) del fin de siècle. No se necesita ser un “anticuado” anticlerical furibundo para divertirse con ella de principio a fin: está llena de gracia terrenal y contemporánea.
         De hecho, sus ángeles rebeldes, que todos los días anunciaban la próxima caída final de Jehová, se parecen pintorescamente a los políticos y periodistas de su época, tanto liberales como conservadores, que todos los días anunciaban la próxima caída final de la Tercera República Francesa. Y tenían proyectos modernísimos: vencerían al Buen Dios mediante el humano invento de la electricidad, ya que la primera gran lucha entre las cohortes de Satanás y las de San Miguel se había decidido alevosamente por un invento que Jehová tenía oculto, y exhibió a última hora: el rayo. Ahora lo combatirían con rayos artificiales, “electróforos”. (No diré de la resolución de La rebelión de los ángeles sino que es inaudita, verdaderamente genial; y que en veinte siglos de cristianismo jamás ha imaginado nadie un Lucifer más digno y entrañable.)
         En mitad de la novela, France se permite un lujo de prosista virtuoso: retar a Bossuet, y compone (“Relato del jardinero”) todo un “sermón” anticristiano deslumbrante (unas treinta páginas): la otra versión de la rebeldía de Satán, y de cómo fueron los primeros ángeles caídos quienes, erigidos en dioses del paganismo (o asumiendo formas humanas y semihumanas gratas a la populosa mitología universal, especialmente la griega), crearon toda la civilización y la felicidad humanas sobre la tierra: lo mismo el fuego, el arado, el vestido, la escritura, las armas y las letras, que las ciencias y las artes; tanto en Egipto, Babilonia y Grecia, cuanto en las menos conocidas regiones del mundo, hasta que llegó la “religión del sufrimiento” del Crucificado, con la evangelizada máquina guerrera romana, destruyendo el civilizado y dorado paganismo de los ángeles caídos, a sangre y fuego.
         Hubo otra especie de rebelión de los ángeles en el Renacimiento, cuando se desenterró gran cantidad de dioses paganos en mármol y parecían renacer los filósofos grecorromanos, que Jehová combatió primero con la Reforma y luego con la Contrarreforma. Una tercera, acaso, con los enciclopedistas y los revolucionarios de 1789. Pero la última batalla no había sido librada, y algún día, gracias a los ángeles caídos o desertores, perecería la “religión del miedo” del demiurgo tiránico de Israel y prevalecerían los demonios tolerantes, demócratas y amigos de la alegría.

CUESTIÓN DE PINGÜINOS
Había una vez un santo muy tonto, llamado Mael; fundaba en Francia docenas de monasterios y abadías que se le convertían incorregiblemente en prostíbulos. Trató de buscar fortuna como misionero en lejanas regiones del mundo. Tomó un barco, lo condujo a la deriva y llegó al Ártico. Como era muy viejo, medio ciego y medio sordo, se puso a bautizar a los pingüinos.
         Se armó entonces el gran alboroto en el Empíreo —mezcla de las discusiones de Bizancio y los concilios católicos con las grescas olímpicas de la familia de Zeus—, sobre si tal bautismo era o no válido. Intervinieron en la discusión celestial todos los Padres de la Iglesia, los teólogos, los santos. Nunca, desde Voltaire, sufrió algún papa un cólico miserere semejante, ante tan devastadora chacota de los principios más sagrados del catolicismo. Ya le vendría otro, con Las cuevas del Vaticano (Gide).
         Entrampado en las propias liturgia y teología “infalibles” de su Iglesia, no le quedó al Buen Dios sino dar por bueno el bautismo de los pingüinos. Tuvo además, en su suprema benevolencia, que convertirlos en hombres, pues no se veía bien una cofradía de católicos oficiales con picos, patotas y aletas. Pero asimismo hubo que conferirles algo parecido al pecado original, del que como animales carecían, de modo que les dejó cierto plumón a manera de vello en el cuerpo, muslos cortos y un especie de miopía, por lo que, aunque hombres, siguieron llevando el nombre de pingüinos
         En seguida el santo Mael amarró la isla ártica, Pingüinia, con su estola sacerdotal, y la arrastró por todos los mares hasta Francia, para que los antiguos pingüinos vivieran en la tierra predilecta, y menos congelada, de la Iglesia Católica. Tal es el arranque de la novela La isla de los pingüinos (1908). Joseph Conrad, entusiasmado, le dio a France una calurosa bienvenida al club de los novelistas de aventuras marineras.
         Toda la historia humana les fue permitida a los pingüinos evangelizados. Se trata de una sátira de la civilización europea, especialmente la francesa. Cómo de tribu de exanimales desnudos se convirtieron en agricultores, pescadores, ciudadanos. Por medio de qué violencias y despojos se afianzaron sus primeras instituciones “nobles”, como la propiedad, las jerarquías sociales, los impuestos, las leyes, la Iglesia y el Estado. Y tuvieron su Dragón (aunque de utilería, pero ellos no lo advirtieron) y su Virgen Vencedora del Dragón (una alegrona chamaca promiscua, disfrazada de virgen), los cuales devinieron el mito fundador y sagrado de la Isla de los Pingüinos. La “virgen” se volvió su Santa Patrona, y el Dragón el origen de sus dinastías monárquicas.
         Anatole France fue un narrador tardío. Quemó su juventud en sueños de poesía parnasiana y de erudición bibliográfica. Y a cada rato se le nota. Desperdicia aquí (aunque las retoma en otros libros) las escenas de luchas religiosas y dinásticas, las matanzas, las epidemias, los enloquecimientos místicos en majestuosos conventos y catedrales, la alquimia, las cruzadas, los templarios y tantos otros episodios de la Edad Media y el Renacimiento para su irónica anti-historia de Europa; y se deja llevar por sus obsesiones de hombre de libros.
         Discute mucho, a propósito de la Edad Media y del Renacimiento de los pingüinos, la pintura “primitiva” (Fra Angélico, por ejemplo), “prerrafelita”; y va a visitar a Virgilio en los fantasmales Campos Elíseos, para que desmienta todo lo que los cristianos, torciendo sus textos, le han hecho decir como profeta-pagano-pero-involuntariamente-cristiano, de la Iglesia. El lector secularizado actual, que apenas recuerda alguna anécdota de la Virgen de Guadalupe y de san Martín de Porres, olvida que está leyendo una novela o una farsa, y se aburre con tan profunda teología. El feroz arranque jacobino inicial se ha entibiado, como diría Gide.
         Sin duda los lectores de 1908 disfrutaron a carcajada batiente los diversos capítulos sobre “Los tiempos modernos” de Pingüinia. Da la impresión de una farsa política de títeres sobre algún país latinoamericano, más que una burla en forma de la dizque progresista Francia. Pero por algo ella fue la maestra de las guerras de religión, del surgimiento del populoso ejército y de la populosa burocracia como nueva nobleza; de las interminables conjuras de republicanos contra monárquicos, y viceversa, y de los sindicatos que se dedicaban sobre todo a combatir... a otros sindicatos; de las ineficaces y conjuradoras cámaras de diputados; de la prensa políticamente sensacionalista, de la política en “salones” de dudosas condesas, de los golpes de Estado, de la demagogia bajo cualquier signo para atraerse a los peones, salchichoneros, obreros y artesanos.
         Los capítulos de “Los tiempos modernos” resultan así más caóticos, socialmente injustos e intelectualmente oscuros que los antiguos en Pingüinia, con sus nuevas armas ideológicas, militares e industriales. Por ahí aparece algo de la Revolución, de los regímenes parlamentarios, de los abades en conjura, de las asonadas en plaza pública, del ideal de dioses de la guerra como Napoleón y de la codicia hacia los países y mercados ajenos. Pudo ocurrir igualmente en Honduras.
         La irreverencia en clave contra la propia historia francesa moderna, sin embargo, alegró a una sociedad cansada de cien años de “heroísmos” políticos y militares, y de nuevas dinastías, si ya no siempre monárquicas, al menos militares, parlamentarias, bancarias, presidenciales. El caso Dreyfus —santo y seña de la generación de France— ocurre con la simplonería y la vulgaridad de un títere que le da un mazazo a otro para robarle la cartera. Su irreverencia resultó bienvenida: Es la traducción de la Suprema Historia Patria en un jolgorio de cabaret o de polichinelas.
         Algo se entrevé ya de la embrollada política francesa que se acercaba a la Primera Guerra Mundial y, curiosamente, de la “americanización” de Francia. Se les reprochó a los ancianos Voltaire y Dorothy Parker que vivieran tantos años en un mundo del que tenían tan baja opinión. Algo así ocurre con La isla de los pingüinos: tan dedicada a burlarse de las supersticiones y mitos, instituciones y prestigios franceses, culmina en una especie de pánico porque Francia ¡estaba dejando de serlo!, al menos como Anatole France la conocía. Ve un país franglais de trusts, de rascacielos, de automóviles desaforados, de industrias multitudinarias, de salvajes clubes anarquistas. No puede señalar (aunque ganas no le falten) “que todo pasado fue mejor”, pues se ha burlado demasiado del pasado de Francia. Simplemente sugiere que a pesar de tanto ajetreo político, militar, social, científico, técnico, la sociedad no ha mejorado.
         Cuesta trabajo reconocer que La isla de los pingüinos, a pesar de su soberbio arranque y de algunas bromas ocasionales, haya provocado tanto interés y admiración en su tiempo. ¿Por qué ha perdido resonancia? En parte, porque triunfó su mensaje político: la sociedad europea contemporánea no se parece mucho a la que se critica en esta novela, al menos en la dimensión caricaturesca con que la pinta. Sus ogros se antojan algo bobos, y sus mayores crímenes se exhiben como exageraciones de película cómica barata. Pero sigue sucediendo al pie de la letra en México, por ejemplo.
         Y en parte, porque da la impresión de que, décadas después de publicado, su mensaje de democracia, tolerancia, racionalidad y justicia social se ha cumplido en Francia, al menos parcialmente. Anatole France, siempre escéptico y pesimista, no esperaba eso en vísperas de una guerra contra Alemania, que muchos intelectuales y políticos creían perdida de antemano, como en 1870. De ahí, tal vez, su desaliento final. France aguardaba, pronto, el desastre. A un siglo de distancia tenemos entre las manos el rescoldo de un libro que fue incendio.
         La isla de los pingüinos no es propiamente una novela, sino un conjunto de desasidas escenas históricas humorísticas (la mejor y más larga: la batalla del caso Dreyfus.) Por desgracia, la magnífica invención de los pingüinos-hombres, que da título al libro y sugiere tantas esperanzas swiftianas, no va más allá de los primeros capítulos.