miércoles, 1 de mayo de 2019

GUILLÉN DE LAMPART

LOS MISTERIOS DE DON GUILLÉN DE LAMPART


La Columna de la Independencia resguarda un mausoleo interior para los héroes; en su vestíbulo se yergue la enigmática estatua de don Guillén de Lampart, pretendido “precursor principal de la independencia de México”.
Este extravagante desatino fue en vano combatido en 1908 por Luis González Obregón: don Guillén de Lampart (1615-1659) no era ni mexicano ni español, sino irlandés, con apariencia de hidalgo pero sin antecedentes verificables; tampoco mostró capital, profesión, méritos ni obras, antes de ser encarcelado por el Santo Oficio. Su confuso pensamiento sólo aparece en el proceso inquisitorial, que ha de ser leído con múltiples reservas: documentos que escribió bajo desesperación o tortura en la cárcel y testimonios parciales e interesados de los delatores y de los propios inquisidores.  Fue totalmente ignorado por la sociedad novohispana donde estaba por nacer sor Juana. Sus pretendidos planes para erigirse en rey de México nunca emprendieron indicio alguno de ponerse en práctica, ni fueron conocidos sino por escasos y peregrinos confidentes, que pudieron mentir. Incluso buena parte del personaje que revela el proceso inquisitorial se antoja caluminiosa o delirante, y se carece de otras referencias.
Brumosamente trasladado de Irlanda a España –vía Inglaterra, Francia, Flandes- y más oscuramente desembarcado en Veracruz en 1640 (en la misma flota que el nuevo virrey, pero sin formar parte de su corte), Lampart o Lombardo (como castellanizaba su apellido) se avecindó en la ciudad de México, por el rumbo de la Merced, donde sólo vivió dos años en libertad, sin mayor provecho y sin dejar rastro alguno en la sociedad novohispana, pasando miserias, arrimado a la familia de un pequeño comerciante a cuyos hijos impartía clases de latín.
En 1642, acusado de brujería, tratos con el demonio, infidencia al rey, desacato al Santo Oficio, herejía y de abundantes injurias contra los inquisidores, entre los innumerables cargos que solían acumularse sobre los desdichados, quedó preso durante diecisiete años en las cárceles de la Inquisición, de donde sin embargo logró escaparse durante dos días en 1650. Fue reatrapado, rencarcelado, reprocesado y quemado vivo en el quemadero de la iglesia de San Hipólito (ahora transferida a San Judas Tadeo), cerca de la Alameda, en el auto de fe del 19 de noviembre de 1659. Detrás del convento de San Diego –digamos, por el cruce de Reforma  y Avenida Hidalgo- corría una acequia adonde se arrojaban las cenizas de los ajusticiados.
         Casi ningún novohispano, salvo su media docena de acusadores o testigos astrosos, los inquisidores y algunos burócratas, se enteraron de la vida y del pensamiento de Guillén de Lampart, aunque sí (v. gr: Guijo: Diario de sucesos notables) de que cierto hereje se había fugado –lo que era no sólo escandaloso, sino casi inverosímil- de las inexpugnables cárceles del Santo Oficio, y que además había pegado en la madrugada algunos escritos injuriosos y blasfemos en tres o cuatro edificios céntricos. La sociedad novohispana de 1650 lo supo porque se predicó en todas las parroquias –medio centenar- que quien supiera de él debería denunciarlo de inmediato, bajo amenazas de excomunión mayor y líos inquisitoriales, así como entregar aquellos papeles al Santo Oficio. Fue en realidad un asunto pasajero y menor, soterrado durante dos siglos, pero que después de la Reforma -cuando Vicente Riva Palacio tomó prestados muchos volúmenes de los archivos de la Inquisición y se los llevó varios años a su casa en la calle de Donceles-, se convirtió en un escándalo histórico y en una ejemplarizante figura cívica.

OTRO CUENTO DEL GENERAL
Riva Palacio hizo dos cosas a propósito de don Guillén de Lampart: novelizar su vida, a partir del voluminoso proceso inquisitorial, en el folletón titulado Memorias de un impostor. Don Guillén de Lampart, rey de México (1872), que gozó de poca fortuna (una sola edición en más medio siglo –ahora se consigue cómodamente en Porrúa-); y sobre todo perfilar con demasiado entusiasmo ideológico sólo algunos de sus muy contradictorios rasgos en México a través de los siglos, de donde los constructores de la Columna tomaron la idea de convertirlo en “precursor principal de la Independencia”, pues alguna vez dijo, en efecto, que el papa no tenía derecho de conceder ningún territorio al rey de España ni éste de gobernar estas tierras... lo que por cierto habían afirmado muchos frailes y soldados españoles desde del siglo XVI en México, y lo que sostuvo toda la Europa no católica durante siglos. Y buena parte de la católica: en Francia e Italia.
         El general Vicente Riva Palacio, como sabemos, fue uno de nuestros mayores escritores del siglo XIX (Martín Garatuza, Los cuentos del general, Los ceros; Monja y casada, virgen y mártir; El libro rojo, la sección “El Virreinato” de México a través de los siglos, además de la coordinación de esta obra monumental que ha regido la visión oficial y social de nuestra historia antigua, hasta la fecha) y el que más se apasionó por la historia de la Inquisición en muchos de sus escritos. En su novela Memorias de un impostor, sin embargo, acaso falló por exceso. Como si el enorme expediente inquisitorial no le bastase, le inventó a Guillén de Lampart una trama absurda y algo cansada de folletón o comedia de enredos, en la que aparece como un asombroso Don Juan perseguido por las adversidades eróticas.
Más de la primera mitad de la novela trata de una bendición o maldición erótica, “el dedo del diablo”, que lo había ungido fatalmente en la frente: todas las mujeres distinguidas y hermosas de la Nueva España se enamoraban perdidamente de él. Riva Palacio nos los muestra guapo, bien vestido y ataviado; rico, galante, seductor, caballeroso, generoso: todo un galán donjuanesco con libre acceso a los salones palaciegos. Sabemos, por el contrario, que este aventurero no tuvo la menor suerte durante sus dos años de libertad mexicana, pues apenas si malvestía y malcomía, y de arrimado entre gente modesta.
De pronto, en Memorias de un impostor, como a todo Don Juan, se le juntan, coléricas, cinco enamoradas. Una se suicida, otra se va de monja, otra lo denuncia por brujo o diabólico a la Inquisición, etcétera. Eso no aparece en su proceso, donde resulta meramente denunciado por un tal amigo Felipe, a quien finalmente alarmaron sus estrambóticas habladas. También Riva Palacio lo inventa como miembro de una exótica masonería pro-independentista de la que tampoco hay fuentes y que suena a un episodio más bien anacrónico, del tipo de “los guadalupes”, que sólo ocurriría hasta principios del siglo XIX, con ribetes románticos.
         Por el contrario, resulta que don Guillén de Lampart era una suma barroquísima de misterios y de contradicciones. No se sabe por qué salió de Irlanda ni cómo fue a dar a Londres, donde estudió latines y teologías a la edad de doce años, cuando tuvo que escapar de las iras del rey de Inglaterra –dice- porque, a tan precoz edad, compuso un poema en latín contra las herejías de la monarquía inglesa. La megalomanía, la mitomanía, la imaginación delirante, a ratos lúcida y a ratos totalmente extraviada, según va dejando huella en los interrogatorios inquisitoriales, lo entremezclan todo en un ilimitado aventurero en los laberintos de su propia imaginación.
Dice que luego cayó en poder de piratas y se volvió prodigiosamente su jefe, pues algo brillaba en él que los sedujo. Pocos meses después, todavía adolescente, abandonó a sus fieles piratas y se destacó como caballero, militar y sabio en la corte francesa y luego en la española, donde el rey de España y el valido Conde-duque de Olivares, entre muchos otros poderosos, lo premiaron con múltiples favores, como becas para un colegio de nobles en Santiago e incluso para El Escorial, además de bienes materiales que no quiso aceptar: se embarcó, sin dinero ni recomendaciones, como uno más de la plebe en una flota a intentar no sé qué aventura mexicana.
        
LA REVISIÓN CRÍTICA DE GONZÁLEZ OBREGÓN
Luis González Obregón escribió una rigurosa biografía histórica de Don Guillén de Lampart, la Inquisición  y la Independencia en México en el siglo XVII (1908), con la intención de disuadir a quienes deseaban inventarlo como “precursor principal de la Independencia” y erigirle una estatua en el mausoleo de la Columna. Ahí lo reduce a su justa dimensión. Había, sin embargo, acepta González Obregón, algo de verdad en sus asombrosos dichos, pues en efecto se manifiesta en su proceso como un hombre extraordinariamente inteligente, culto, habilidoso e imaginativo; hablaba varios idiomas europeos y escribía en latín con excelencia. Durante su prisión, compuso cientos de salmos latinos en letra diminuta en su sábana, con tinta improvisada (cenizas mezcladas con alguna bebida como chocolate o atole) y plumas obtenidas de astillas y huesos de comida: el Regio Salterio, que tradujo y estudió parcialmente el padre Gabriel Méndez Plancarte (1948) -el hermano olvidado del celebradísimo Alfonso, el sorjuanista. Era asimismo un hombre increíblemente valeroso y resistente al dolor físico, según lo reconoce el propio expediente, pues mantuvo su rebeldía contra los inquisidores durante los diecisiete años, a pesar de las torturas y de los castigos carcelarios que acostumbraba el Santo Oficio, que además parece haberse ensañado muy especialmente contra él.
Aunque en ocasiones se dijo –no se sabe si en momentos de locura, sagacidad, necedad o broma- descendiente de aristócratas y hasta hijo bastardo del anterior rey de España y hermanastro de Felipe IV, y por ello merecedor del trono de México, se demostró que era llanamente hijo de humildes artesanos y granjeros irlandeses, según declaró un hermano suyo, fraile, ¡también enigmático residente irlandés en la Nueva España!, pero dedicado a modestos deberes religiosos en provincia.
Algo le debió ocurrir en Europa para dotarlo de una cultura vasta, precisa, elegante, que pasmó al Santo Oficio y que siguen elogiando los estudiosos modernos. Por lo demás, durante los siglos XVI y XVII abundaron las leyendas o rumores de hijos bastardos de los reyes de España, enviados o aparecidos misteriosamente en México, como algunas monjas fundadoras de conventos, o privilegiadísimas habitantes de ellos, y el “venerable” Gregorio López, igualmente enigmático: muy sabio y algo santo, o al menos asceta, apocalíptico y ermitaño.
         Fuesen bravuconadas, delirios o estratagemas, Guillén de Lampart confió a los humildes parroquianos con quienes trataba en la Merced que estaba destinado a convertirse en rey o virrey del país, según lo veía en los astros, o se lo hubiesen prometido sus poderosos parientes y amigos españoles, o el peyote y el demonio. Lo curioso es que tal megalomanía, que al principio esa gente humilde tomó simplemente por chifladura, empezó a cobrar visos de realidad al ocurrir un hecho inusitado: en 1642 había acontecido un insólito golpe de estado, mediante el cual el obispo Palafox destituyó en cinco minutos al virrey Villena (se le acusaba de complicidad con los portugueses, por entonces enemigos de España, aunque luego fue exonerado de todos los cargos y nombrado virrey de Sicilia).
Si era tan fácil derribar instantáneamente a un virrey con unos papeles secretos que de repente había esgrimido el obispo Palafox, podría serlo tirar a otro con otros papeles, incluso falsos. Y Guillén de Lampart presumía de sostener nutrida correspondencia con todas las cortes europeas y con los reyes de Portugal, Inglaterra y Francia. No se le encontraron cartas recibidas de Europa; sólo proyectos o dichos de las propias cartas que él escribía o pensaba escribir a los más encumbrados personajes del orbe. Y dijo, efectivamente, que puesto que ni el papa ni el rey de España tenían derechos legítimos sobre estas tierras, cualquiera que liberase de ellos a los mexicanos y fuese aceptado por éstos –él, por ejemplo-, podía constituirse legítimamente en su rey, y a ratos se imaginaba y firmaba como “rey de México”.  Sólo lo dijo en sordina a tres o cuatro personas en merenderos, vecindades y tabernas de la Merced y lo escribió luego en sus papeles carcelarios. Parece que también imaginaba ganarse el apoyo popular aboliendo la esclavitud de los negros y los onerosos impuestos a todas las castas, lo que indudablemente fascinó a los liberales de la Reforma.
         Hasta aquí, la acción legal contra Guillén de Lampart debió haber sido meramente política y secular; asunto para la Sala del Crimen de Palacio y para ser remitido en cadenas a España por probables intenciones de infidencia o rebelión. O a un manicomio. Sin embargo, el Santo Oficio se apoderó del caso porque los delatores y testigos hablaban de peyote, de astros y de diablos. Es entonces cuando se despliega la más trágica y aleccionadora historia de Guillén de Lampart, esta sí totalmente documentable: la del enemigo acérrimo de la Inquisición desde sus propias cárceles.
Se defiende con sabiduría y furia de los inquisidores; los insulta, los amenaza y en secreto escribe terribles denuncias contra ellos por su corrupción (apresaban ricos –especialmente de origen portugués, pues por entonces Portugal se había separado de España y convertido en enemigo de la Corona española- para robarles sus bienes; les inventaban cargos, los circuncidaban por la fuerza en la propia cárcel para hacerlos pasar por judíos, falsificaban los procesos, etcétera). Al fugarse, pegó estas denuncias –con un engrudo a base de pan y agua- en ciertos muros principales, en la madrugada, donde permanecieron escasas tres o cuatro oscurísimas y desiertas horas; y se atrevió a apersonarse, apenas fugado, en pleno Palacio para entregarle al virrey, por medio de un mozo, con el pretexto de que se trataba de un correo extraordinario de La Habana, un relato abundante y sazonado de los vicios inquisitoriales. De tal modo se convirtió en un adalid de los liberales juaristas que, con los archivos de la Inquisición en el cómodo estudio de Riva Palacio de su casa de Donceles, podían airear un aspecto macabro de la dominación española.
         Aunque en secreto, tales cargos contra el Santo Oficio mexicano no fueron tomados a la ligera por la Corona española, que interrogó a sus representantes virreinales sobre ellos durante mucho tiempo, y ordenó investigaciones que corroboraron plenamente, al menos en los aspectos materiales de corrupción y arbitrariedad, las denuncias de Guillén de Lampart. Sobre todo le dolió mucho al rey enterarse de que los inquisidores mexicanos apresaban a presuntos judíos de origen portugués muy ricos, ¡y en seguida los volvían pobres en su contabilidad!, para no entregar nada de esa riqueza confiscada al tesoro real. A algunos inquisidores se les demostró que vendían en tales o cuales comercios céntricos las joyas sustraídas a los “herejes” procesados.
        
LOS HÉROES IMAGINARIOS
Se pudo encontrar cientos de “precursores de la independencia” con mayores méritos que Guillén de Lampart, desde el propio Hernán Cortés y su hijo, así como sus partidarios, hasta muchos indios caciques, chamanes o macehuales insumisos, negros cimarrones y frailes mesiánicos. La pretendida “siesta virreinal” proliferó en rebeliones, motines y conjuras. Fue el énfasis de Riva Palacio en el perfil rebelde, exótico, novelesco, de Guillén de Lampart, y más en México a través de los siglos que en la novela, lo que le valió la curiosa estatua en la Columna de la Independencia, por lo demás tan poblada de próceres cuestionables.
         Lo que más me conmueve de don Guillén  de Lampart, sin embargo, no es el atareado y mágico donjuanismo que le confiere Riva Palacio; ni los tratos demoniacos, prácticas brujeriles y frecuentaciones del peyote que narran sus delatores. Tampoco sus terribles tormentos, tan regiamente narrados por Riva Palacio en la última parte de la novela, la de la cárcel -que es sufrimiento puro-, que de cualquier modo comparte con todos los presos no sólo de la Inquisición, sino también de El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas... quien a ratos me parece que inspira más a Riva Palacio que todos los numerosos y voluminosos documentos inquisitoriales. En Memorias de un impostor, la fuga de Guillén de Lampart es toda una aventura de Montecristo.
Lo verdaderamente conmovedor es la fe absurda de don Guillén de Lampart en la escritura. Muy poca gente sabía leer a mediados del siglo XVII en México. No había desde luego prensa periódica, ni mucho menos política. Sólo podía ambicionar escribir cuatro o cinco papeles con letra menuda y pegarlos con engrudo de pan en muros de casas e iglesias, a ver si alguien azarosamente los leía en la oscura y vacía madrugada; y si ése los entendía, y si los relataba fielmente a otra persona... Además de llevarle un abundante texto al virrey a su propio palacio. En esto logró un gran éxito ulterior: sus fragilísimos textos sobrevivieron, cuando ya se han olvidado muchas aparatosas obras eclesiásticas o burocráticas.
Lo conocemos sobre todo por esas denuncias desaforadas, que los inquisidores preservaron rencorosamente en sus archivos, adonde las pudieron encontrar Riva Palacio y, treinta años después, González Obregón. Acaso nadie haya tenido tanta fe en una denuncia civil, escrita, exhibida ante la entonces inexistente “opinión pública” como Guillén de Lampart, anónimo en su siglo y ahora azarosamente encumbrado en el vestíbulo de la columna de la Independencia, gracias al prestigio  y a la pluma de Riva Palacio.
En su prólogo a la edición de Porrúa de Memorias de un impostor, Antonio Castro Leal acusó a González Obregón de ser injusto con Riva Palacio, pues no lo menciona por su nombre en su biografía de Guillén de Lampart, aunque se refiera a México a través de los siglos. Casi sugiere plagio. El reproche es ridículo: ambos estudiaron el mismo expediente inquisitorial. Y quien haya leído otras obras de González Obregón recordará que cita con frecuente reverencia a Riva Palacio.  Simplemente Luis González Obregón eludió en esta biografía rigurosamenete histórica, por cortesía, desmentir los añadidos imaginarios, folletinescos, de la novela; tampoco quiso polemizar abiertamente con su querido maestro y antecesor, ya muerto, en quien pretendían apoyarse los partidarios de erigir la estatua de Guillén de Lampart como “el mayor precursor de la Independencia”.
A los delirios o temeridades del aventurero, se sumaron el mito literario-ideológico de Riva Palacio y la peregrina imaginación de un escultor italiano, pues desde luego no existía iconografía alguna del pesonaje: sólo se sabe que era de mediana estatura, facciones regulares y algo pelirrojo. Edad mediana, y claro: moda de mediados del siglo XVII. Ha sido pues el destino de Guillén de Lampart ir añadiendo, aun siglos después de muerto, más ficciones azarosas a su perfil de “impostor” trágico.
        



viernes, 1 de marzo de 2019

FERNÁNDEZ DE LIZARDI

LIZARDI O EL FILÓSOFO DE BANQUETA

Si se practicara una encuesta entre los mexicanos letrados, incluso presuntamente muy letrados, sobre sus conocimientos acerca de José Joaquín Fernández de Lizardi, nos toparíamos con media decena de lugares comunes: que tenía el sobrenombre de El Pensador Mexicano; que fue un autor independentista; que escribió la primera novela mexicana: El Periquillo Sarniento; que se dedicó a moralizar o a educar al pueblo. Todo ello lo convierte en un héroe de cultura nacional a quien no suena correcto tildar de ramplón o de aburrido.
         Más que cualquier otro autor célebre, Lizardi ha resultado, para la enorme mayoría de los lectores que lo han sufrido como lectura escolar en la secundaria o en la preparatoria, un sermoneador opaco con algunos chistes poco inspirados. Es un autor que los mexicanos letrados conocen a través de borrosos recuerdos de tedios escolares.
         Para descubrir en él otra cosa: a un rebelde de las costumbres, a un soñador de la sociedad moderna, a un combatiente de las ideas, al primer y más decidido defensor (creador) de la libertad de prensa, es preciso, primero, desmitificarlo un tanto como el héroe domesticado de los libros de texto (el simple enemigo de la pereza y la coquetería, por ejemplo); y luego leerlo ampliamente, más allá de la fábula del Periquillo, en la gran cantidad de ensayos, versos, teatro y periodismo recopilados en sus Obras (UNAM, 1963-1997). Pero suman 15 tomotes, que abruman al lector de intereses generales, quien no espera grandes deslumbramientos en Lizardi sino, otra vez, el prestigio épico del “autor independentista” y del “primer novelista mexicano”.
         Por fortuna, María Rosa Palazón y sus colegas han publicado una abundante antología temática, con un prólogo importante (si bien demasiado apologético para mi gusto), en la serie “Los imprescindibles” de Editorial Cal y Arena. (La selección también resulta ambiciosa e imparcial: aparecen textos donde Lizardi no queda muy bien parado, pero que es justo que el lector también conozca, como sus insultos a las tropas de Hidalgo y Morelos; la melancólica conversación —que George Bernard Shaw habría envidiado— entre Hidalgo e Iturbide en los infiernos; y sus finales escritos “ultras”, donde su jacobinismo ya resulta menos polémico y jocoso que agriamente intolerante y persecutorio.)

LA MODESTIA DEL PENSADOR
Otros de nuestros autores se distinguen por sus conocimientos o su inspiración, su riqueza expresiva o su inteligencia. Lizardi (como en cierta medida su contemporáneo Carlos María de Bustamante) se destaca por su modestia, en los dos sentidos del término: su falta de presunción y su falta de brillantez artísticas e intelectuales.
         Si no queremos decepcionarnos con su lectura es preciso dejar de exigirle la hondura intelectual, la prosa rica e inteligente, los conocimientos prolijos que no tiene. Hay que leerlo como él quería que se le leyera: como periodista. (Pudo asimismo llamarse, como lo haría Mariano José de Larra en España, El pobrecito hablador: el periodista moderno que no se exige credenciales de teólogo ni de erudito, sino la cultura general, el sentido común y la expresión coloquial.)
         Sus defectos de escritura y su falta de conocimientos económicos, históricos, legales, religiosos, fueron señalados en sus propios días por los poetas del Diario de México, los “árcades”, y por los expertos gubernamentales (a quienes parecían ridículas algunas de sus proposiciones concretas de reformas sociales o políticas: sencillamente sus cuentas no salían; o que sus “arbitrios” o soluciones provocaban más problemas de los que intentaban resolver, como su defensa de las “rosarieras” o vendedoras ambulantes de sus tiempos). Lucas Alamán lo recuerda con desdén en su Historia de México.
         Como sus contemporáneos fray Servando y Bustamante, fue acusado de disparatado, farragoso y vulgar, cuando no de ridículo, falso y “mamarrachero”. Ciertamente todos sus escritos, salvo acaso el esperpéntico soldadón Don Catrín de la Fachenda, parecen escritos al vapor, casi sin revisión alguna, con inmediatez periodística, y ciertos alardes de comicidad coloquialista no siempre logrados. Su audaz águila periodística tiene mucho de perico.
         Además, a diferencia de fray Servando, quien era un hombre de ideas y expresiones brillantísimas (aunque extravagantes); y de Bustamante, testigo y trovador (a ratos disparatado) de las hazañas insurgentes, Lizardi parecía hablar de todo al mismo tiempo y no tener nada concreto qué decir. En eso funda una tradición verbosa que constatamos entre los columnistas del día de hoy.
         Hay que estar dispuestos, en la obra de Lizardi, a encontrar, a veces hasta en el mismo párrafo, conceptos tan modestos como la utilidad de que los cuartos estén bien ventilados, de que las mujeres sean virtuosas y los hombres laboriosos, de que los niños no usen zapatos muy estrechos, y lucubraciones tan atrevidas como la forma de competir localmente (la Independencia contrajo el lío del “libre comercio”) con Inglaterra en la industria textil hacia 1825: ¿Cómo? ¡Pues nomás trabajando duro y bien! Los telares casi medievales novohispanos podrían producir telas tan buenas y baratas como las de las fábricas inglesas gracias ¡a un simple esfuerzo moral! Con moral o sin moral, todos los arcaicos telares del mundo quebraron ante la Revolución Industrial inglesa.
         Fracasa como estratega al proponer la recuperación del fuerte de Ulúa a cañonazos, desde la plaza de Veracruz: no conocía el alcance de los cañones ni la distancia entre la plaza y el fuerte. Su banalidad y su beatería moralizantes irritan especialmente en las novelas y en las fábulas: sus regaños a las quinceañeras coquetas, por ejemplo. ¿Qué daño le hacía que las mujeres gustaran de la moda? ¿De veras quería que toda casadera o casada fuese una monja? ¿Por qué un escritor ha de tener derecho a la libertad de prensa, y una chamaca no a la libertad de la moda? (La Güera Rodríguez debió haber atronado, desde su alcoba todopoderosa, contra los anticuados y paniaguados escritos de Lizardi sobre las mujeres que, por lo menos al vestirse, se sentían modernas.)
         En sus Conversaciones del Payo y del Sacristán arroja a la torera toda una constitución formal para el México independiente. Total, dice pisando de lleno el país de las barbaridades: Si Platón se atrevió a soñar su República, ¿yo por qué no? Si Tomás Moro...
         Bueno: porque eran sabios, en el sentido en que lo fueron sus antecesores Alzate y Bartolache, o su detractor Alamán; en el sentido en que nuestro Pensador nunca lo fue. Lizardi rara vez expone un pensamiento profundo y metódico, ni ofrece datos concretos, situaciones materiales, análisis históricos o económicos sustentados: es, como suele ocurrir en el periodismo, un hombre de ideas generales. Ciertamente generosas: busca el Bien Común, la justicia, la paz, la libertad, la prosperidad, el orden público, la dignidad de su patria, pero carece de otro tipo de argumentos que los morales.
         A ratos miente: sabía perfectamente y por experiencia propia, por ejemplo, que los francmasones, a quienes defendió, profesaban una especie de ateísmo llamado “deísmo” (la creencia en un abstracto y geométrico Ser Supremo, y no en los evangelios); pero los hace aparecer como santos filántropos absolutamente ortodoxos dentro de la doctrina católica. Engañaba a ratos pues, “con buena intención”, a sus lectores.
         En su caso, el moralismo es también deficiencia de otro tipo de inspiración. Asombran su ignorancia y su desinterés tanto por la historia como por la realidad de los indios; tampoco sabe mucha cultura novohispana, aunque elogia de paso, y no por sus mejores textos, a Sor Juana. Lo mismo patea que encomia a Hernán Cortés y a Hidalgo, según el talante o la oportunidad.
         Alzate le habría colocado orejas de burro en terrenos como la estadística, la geografía, la economía, el derecho, las ciencias, la agricultura... disciplinas que resultan indispensables en un autor moderno que, como él, trate precisamente de esos temas. ¿Pero qué periodista todólogo no se ha visto en esa posición?  Reúnase buena parte de los artículos del mejor periodista contemporáneo y sufrirá muchas deficiencias lizardianas. Recuerdo mucho a Mencken, el gran Mencken, ahora que repaso al Pensador para este artículo.
         Su democrática idea política del ciudadano, por ejemplo, consiste exclusivamente en el hombre casado, ¡porque en los solteros y viudos no se puede confiar! Suelen verse tan libertinos... ¿Cuál sería la credencial óptima de elector? Pues el acta de matrimonio certificada por el cura. Eso no le impidió, en el momento de solicitar un príncipe Borbón para que fundara una monarquía mexicana, exigir como condición esencial que fuese soltero... para que posteriormente lo mexicanizara una esposa criolla. ¡Cuanta fe ciega en la embrollada institución del matrimonio! Puso la misma condición a los ingleses que quisieran invertir en el país.

EL CURA LAICO       
Aparece como una especie de cura laico, ese paradigma de los intelectuales mexicanos del siglo XIX. A pesar de sus recursos coloquiales y cómicos, escribe sermones, no estudios.
         Con frecuencia resulta ingenuo (sus proyectos para alfabetizar inmediatamente a todo mundo por decreto: que cada cura se ocupara de alfabetizar su parroquia, mediante el baratísimo método lancasteriano de las cajitas de arena con un palito, a manera de pizarrón y gis, auxiliado de unos cuantos ayudantes, ¡y santo remedio!); despótico (su ocurrencia de Big Brother, a la manera de la pesadilla de Orwell: vigilar la ciudad con un policía en cada manzana para que nadie se dedicara, bajo pena de cárcel, “a la vagancia”); chusco (apoya la pena de muerte, ¡porque de otra manera, en México, en una semana se fugaban o se hacían liberar mediante sobornos todos los presos muy peligrosos! Lo que bien mirado...); o un resumidero de lugares comunes cristianos e ilustrados sobre la educación, la religión, el Estado, la salud, las mujeres, los juniors, etcétera.
         ¿Por qué entonces fue tan importante Lizardi en su tiempo, y tan odiado aun décadas después, como lo vemos en las expresiones de Lucas Alamán? Por su inspiración moral. Los propios censores que lo encarcelaban lo admitieron por escrito: Lizardi no pecaba abiertamente contra la religión ni contra las leyes, pero alborotaba demasiado al lector.
         Cauto, se conservaba, en lo conceptual, cuantas veces podía, dentro de lo permitido (su idea de la libertad de prensa excluía, por ejemplo, a quienes trataran temas religiosos; discutieran el derecho a la Independencia —esto, después de 1821— o expusieran vicios privados, aunque fuesen ciertos, de personas concretas.)
         Pero nadie se chupaba el dedo: el tono de Lizardi, si no siempre sus ideas, resultaba furibundamente subversivo. Y que no pretendiera que eran sus personajes imaginarios, Anita la Tamalera, Doña Tecla, Chamorro y Dominiquín, etcétera, quienes lanzaban tales bombas verbales: se le reconocía sobradamente, así se hubiese escondido en el anonimato, y no sólo en seudónimos, nombres de pluma y discusiones de personajes de fábula. Se trataba de un insolentazo.
         Estaba enloquecido por la moral: era política y socialmente posible en México, así, por meros actos de sentido común y buena voluntad, elegir el Bien sobre el Mal; y todo consistía en crear un orden social que eligiera el Bien. Su Bien era el cristianismo reformado por la Ilustración: toda la Iglesia y sus santos padres, pero sin Inquisición, fueros, exacciones económicas desaforadas a los feligreses, privilegios, supersticiones ni corrupción clericales. Algo (no mucho) de letras. Un oficio útil. Y el sentido común de un laborioso padre de familia. Esta convicción priva también, como sustento moral, en la asombrosa novela Astucia (1865) de Luis G. Inclán, que Salvador Novo admiró.
         Sin embargo, tales expresiones modestas, bienintencionadas, nada radicales (salvo a ratos en sus finales años “ultras”, de republicanismo masónico, anticlerical y antigachupín), casi propias de un sermón dominical en cualquier parroquia, resultaron dinamita pura entre 1811 y 1827.
         Se prohibían sus folletos y libros. Su mejor título, que sigue siendo ignorado en nuestros tiempos, Don Catrín de la Fachenda, al parecer concluido y aprobado por la censura desde 1820, se publicó póstumamente hasta 1832. Partes del Periquillo y de la Quijotita también se editaron póstumamente. Se cree que se han perdido muchos de sus escritos. Buena porción de su obra fue totalmente desconocida por la cultura mexicana hasta la edición, reciente, de sus Obras por la UNAM. (Felipe Reyes Palacios se encargó de la edición, prólogo y notas de El Periquillo Sarniento.) Su pasión de escritor o Pensador le atrajo persecuciones y cárceles.
         Debe aceptarse, sin embargo, que algunas de sus cárceles no se debieron sólo a la inquina de sus enemigos, sino a su tono efectivamente alborotador, y a sus propios errores de cálculo: no previó que la Constitución de Cádiz llegase a ser derogada, ni la Inquisición restablecida; o a desafortunados malentendidos, como la vez que se le apresó creyéndolo colaborador de las tropas de Hidalgo, cuando en realidad se había propuesto combatirlas.
         Otras de sus cárceles se antojan cruelmente irónicas. Sabemos que Lizardi no fue muy congruente que digamos: mudó de ideas según los rápidos cambios de su tiempo, aunque casi siempre del lado más liberal posible en su situación de hombre público en plena ciudad de México: así, quien en 1822 sería el anticlerical excomulgado, el enemigo de todo fuero y privilegio del clero, se vio encarcelado durante siete meses en 1812 por el virrey Venegas ¡precisamente a causa de haber defendido el fuero eclesiástico en asuntos criminales!, cuando exigió respeto de los militares realistas hacia la investidura eclesiástica de los curas insurgentes. ¡Aunque diabólicos, rebeldes, saqueadores y asesinos, seguían siendo clérigos y disfrutando del sagrado  fuero!
         A este perseguido, por lo demás, no le faltaron ribetes de perseguidor, sobre todo en su última época, cuando exigió a las autoridades republicanas y masónicas que se prohibiese predicar y confesar a ciertos curas fanáticos y progachupines. Libertad de prensa, sí; ¿libertad de púlpito, no?
         Ejercía como una especie de profeta de banqueta: se le acusó de “no tener otro Parnaso que las banquetas de la Plaza Mayor” (por el árcade “Batilo o Canazul”, es decir: Juan María Lacunza), y sus denuncias irritaban y encolerizaban a medio mundo. Denuncias a veces sencillas, modestas: la injusticia de tal impuesto (“la licencia” para poder andar a caballo, por ejemplo), la arbitrariedad de tal cura o capitán, los excesos inquisitoriales en materia de censura (los censores se tardaban eternidades en leer los manuscritos, de modo que cuando finalmente los aprobaban su publicación resultaba anacrónica; y nunca explicaban sus reprobaciones: se permitían hasta el capricho de prohibir en México catecismos ampliamente recomendados por el Papa y el rey español Carlos III).
         Denuncias por otra parte un tanto engreídas y altisonantes. Aceptémoslo: Lizardi también fundó algunas de las intemperancias del periodismo mexicano. Hay grilla, hay subversión, hay ganas de armar mitote en sus escritos. No se trata de una víctima del todo inocente. Ebrio de la novedad de la libertad de prensa, se permitía no sólo atacar las ideas, sino, lo que siempre ha sido mucho más peligroso, la propia vanidad de los poderosos: virreyes, eclesiásticos, militares, políticos. Retarlos con un ego periodístico exacerbado. Lo que constituía y constituye todo un riesgo en cualquier país del mundo.
         ¿Pero cuántos periodistas se salvan de esta arrogancia gremial, de tales desplantes no sólo contra los poderosos sino contra sus rivales (los curas eran los rivales personales de Lizardi como educador), en cuanto se les facilita un poco la libertad de prensa? ¡Baste una ojeada al periodismo nacional de estos años noventa! ¿Qué columnista o locutor de radio actuales, por insignificantes que sean, se privan del placer de mentarles sabrosamente la madre dos o tres veces por semana al presidente y a todos sus secretarios? No discuto sus razones. Señalo simplemente la intemperancia fatal del periodismo engreído en épocas en que se considera impune; y sus naturales desgracias cuando, con los cambios históricos, la impunidad se amortigua o cesa. Décadas más tarde, el ego periodístico se enfrentaría no sólo al riesgo de la cárcel, sino al de los duelos a balazos: se combatía por las ideas, pero también por vanidades heridas.
         Recuerdo que el rey de Prusia, Federico el Grande, consideraba a Diderot “un tirano de la escritura”. Los alardes no conforman un monopolio del poder político; otros espacios demasiado humanos, como el periodismo, los comparten. El lector advierte con frecuencia cierta bravuconería en los escritos de Lizardi. Gajes del oficio, compartidos por Voltaire y los enciclopedistas. Incluso por Alzate. (Otros antecedentes locales de plumas encendidas, temerarias, retadoras: fray Bartolomé en sus Tratados, Mendieta en su Historia eclesiástica indiana, Sigüenza en su polémica con el Padre Kino a propósito de los cometas, y sor Juana en su Carta Athenagórica y su Respuesta a sor Filotea.)
        
LITERATURA POPULAR
El Pensador Mexicano quería ser popular, escribir para el pueblo. Aquí hay dos puntos discutibles: lo de pensador y su popularismo. No resultaba tan popular, como él mismo lo confiesa, pues casi siempre quedaba endrogado por la falta de demanda de sus escritos. Se diría que entre más escribía, más se empobrecía. Si el éxito popular se mide, como ocurría en Europa y los Estados Unidos, por las ventas de un escritor, por su mercado, Lizardi parece un metafísico. La pobreza, a ratos extrema, lo persiguió siempre.
         Estaba escribiendo, impopularmente, para los escasos curas, burócratas, diputados o comerciantes que sabían leer, y se tomaban el trabajo de comprar sus impresos y leerlos. ¿Escribía principalmente para sus enemigos, los únicos que podían o querían adquirir sus impresos?
         Sospecho mucho mito en esa leyenda escolar de que la gente analfabeta se agrupaba en alguna esquina para que alguien le leyese en voz alta los escritos de Lizardi (con frecuencia farragosos y larguísimos: docenas de cuartillas), aunque pudo ocurrir tal prodigio en dos o tres ocasiones de excepcional animación política en la ciudad.
         Cuando alguno de sus folletos se agotaba y se reeditaba, lo proclamaba a voz en cuello: “¡Corran a comprar mi obrita exitosa que se expende en tantos como tres —sic: 3— puestitos de madera de la Plaza Mayor, incluyendo el del Cieguito y el del fiel Sánchez! Su precio justo es tres reales y medio, pero si nomás quieren pagar dos y medio, como imprudentemente lo prometí, llévensela así...”
         Sospecho que no le faltaron ganas de regalar sus obras, y hasta de pagar porque lo leyeran. Con harto trabajo desplazaba, cuando corría con suerte, trescientos ejemplares de sus periódicos. Había en la gran ciudad sólo tres o cuatro imprentas; y tres o cuatro expendios —puro “cajón” o  puesto de madera en la Plaza Mayor— de impresos. Se prohibió, precisamente a partir de las leyes de libertad de prensa, el oficio de voceador, dizque porque sus gritos incomodaban a los vecinos... Lizardi, desde luego, se erigió en el gran defensor de los voceadores.
         Siempre asombrará, y causará envidia en cualquier escritor, el desplante lizardiano de fundar muchos periódicos personales, en los que sólo escribía él mismo. (Prosigue y magnifica en esto a Alzate y a Bartolache.) G. K. Chesterton no supo que lo imitaba al editar el G. K. Ch. Weekly.
         Se trataba pues de un populachero entre la minúscula minoría ilustrada. Populachero por gusto, más que por los hechos; quien eligió escribir como Cervantes y Quevedo (un Quevedo simplificadísimo) y no como Meléndez Valdés; y jugar al Voltaire o al Rousseau locales (un Voltaire y un Rousseau reducidos a esbozos) en una sociedad analfabeta y arcaica. Quiso ser congruente con su público (pobre, ignorante, escaso, y tal vez imaginario). No el Parnaso: la banqueta.
         Tampoco, como sugeriría el mote, “pensaba” mucho El Pensador. Sus pensamientos carecen de profundidad: suelen permanecer adrede en su nivel de banqueta, como queriendo conversar con sus paisanos poco esclarecidos. La mayoría de las veces parlotea más de lo que piensa. Sus “sueños” políticos, por ejemplo, se antojan más que indigestos. A veces el escritor programáticamente “popular” resulta tan pedante como los teólogos. Citas en latín y todo. En el propio terreno religioso, cuando critica jocosamente el Catecismo de Ripalda, por ejemplo, muestra una ramplonería intelectual algo vergonzosa si lo comparamos con el conocimiento teológico y la eficacia polémica de Sor Juana, tanto en la Carta Athenagórica como en la Respuesta a sor Filotea de la Cruz.
         El malentendido de Lizardi como todo-un-filósofo surgió azarosamente: en España había un periódico, copia del Spectator de Addison, que se llamó El Pensador y luego El Pensador Matritense [madrileño]. Lizardi aplicó el título a su primer periódico (1812), con el adjetivo local. Pronto se le empezó a llamar con el título de su periódico. Y los árcades, canónigos (Beristáin) e ilustrados se reían: ¡El pobre Lizardi, tan elemental, tan poco letrado, dirían, se cree “El”, como si fuese el único o el prototípico, “Pensador Mexicano”. (Hasta santo Tomás habría sonado presuntuoso si se hubiese autodenominado El Pensador Europeo.) Ojalá hubiese preferido, como mote, otros títulos de sus periódicos, como El conductor eléctrico o El hermano del perico.

LA INSPIRACIÓN MORAL
En Lizardi (1776-1827) vemos a un autodidacta (no concluyó el bachillerato) poco precoz. Su obra importante ocupa solamente los últimos quince de sus cincuenta y un años. No pudo haber sido de otra manera. Su gran estímulo de escritor ocurre durante la relativa libertad de prensa que se impone en México en 1812 gracias a la Constitución de Cádiz.
         Es sobre todo un lector de periódicos liberales, más que de libros; y españoles, más que franceses e ingleses, que en pocos lapsos de su vida pudo conseguir fácilmente en México (a ratos se permitía algo; a ratos se perseguía todo). Se advierte en él una formación liberal azarosa, fragmentaria. Pero se sabía su Cervantes, su Quevedo, su Feijoo, su Cadalso, su Iriarte (sin lujuria), su Samaniego. Buscó organizar el caótico país de su tiempo a través de un tramado simplista del Bien y del Mal con tres cuatro recetas o refranes, como un abuelo práctico o un confesor expedito.
         Salvo sus últimos años, a ratos muy acalorados, Lizardi piensa con templanza y cierta prudencia, ajeno a los radicalismos. Combatió a los primeros insurgentes, por sus matanzas y saqueos, y condenó la xenofobia antigachupina o anti-inglesa con el argumento de que hombres malos los había en todas las razas y nacionalidades, incluso entre “nuestros beneméritos inditos”: ¿Por qué entonces el odio personal basado en argumentos de nacionalidad?
         Sus novelas buscan la edificación moral, lo que está permitido en la novela picaresca. Como se sabe, las novelas picarescas narran la vida de un pillo que cuenta muy sabrosamente sus sinvergüenzadas para, al final, dizque convencer al lector de que no caiga en tales errores. El Lazarillo de Tormes, El diablo cojuelo o El Buscón de Quevedo resaltan sobre todo la prolija apología del pillo misérrimo y se resignan brevemente a la final moraleja sermoneadora; Lizardi hace lo contrario: se divierte poco y sermonea demasiado.
         Su Periquillo (1816), más que un pícaro jocundo, es un lastimoso extraviado del Bien, un hombre que perdió su vida por no seguir el camino de la virtud y del sentido común. Pero acaso esta crítica resulte demasiado letrada y ulterior: el público de su época, acostumbrado al púlpito, era más adicto a los sermones moralizantes que a las aventuras novelescas. Su público le pedía tales sermones. Existió una semonmanía durante toda la época novohispana. Prevalece en él la tradición local de los sermonarios, sobre la enciclopedista de los ensayos.
         Aunque no aparezca mucha filosofía profunda o novedosa en Lizardi, ni haya sido realmente un educador del pueblo (su deseo no se hizo realidad: tuvo pocos lectores), proporciona al lector contemporáneo algunas experiencias invaluables.
         La mayor: la polémica moral en el México de finales de la Colonia. Aunque caricaturizando a veces al extremo, ofreciendo como historia local verídica una prefabricada suma de vicios universales, incluso librescos, en ocasiones de franca ascendencia literaria romana (Juvenal, Cicerón, Séneca) o francesa, pinta el panorama de una sociedad novohispana desmoralizada no sólo políticamente, sino en su intimidad y en los detalles cotidianos: la vida de familia, los oficios, la educación, la calle, el trato de los vecinos, etcétera. (Sus contemporános, chismosos, sabían que nuestro civilizador era un poco incivil en su vida privada: Se negaba a pagar la renta, y de paso insultaba a la casera.)
         Nos encontramos exactamente en las antípodas de la visión que nos proporciona Lucas Alamán de la sociedad arcádica novohispana (“cualquier hogar era un convento”), donde, pretende, reinaban plenamente la honradez, la eficiencia y el orden, antes de los pésimos virreyes finales y de los desmanes de la plebe insurgente.
         Lizardi se vio odiado por los árcades, los canónigos y los conservadores no sólo a causa de sus defectos prosísticos e intelectuales, sino también porque se instituyó, incluso antes de abrazar la causa independentista con Iturbide, en el fundador de la leyenda negra novohispana.
         Es una horrible Nueva España la que nos cuenta en sus novelas y folletos. La peor sociedad concebible, el infierno más extremoso. En este sentido conforma, con Bustamante, el monstruo bifronte que enloquecía de rabia a Lucas Alamán: Lizardi, el denigrador de la Colonia y del alto clero (funda y encabeza el ácido jacobinismo mexicano, que durará al menos siglo y medio); Bustamante, el mitificador de las guerras de independencia.
         Sobre su anticlericalismo: No basta enterarse de dos o tres de sus andanadas contra el clero, sino de varios de los escritos donde expone el enorme poder de los curas. Los atacó con tal obsesión porque lo aterraban. Por ahí dice, con sorna, que el rey de España podría recobrar fácilmente  sus colonias si en lugar de enviar expediciones de soldados, mandase una armada de canónigos. Cada cura impresionaba, dominaba y aterraba a la población más que varios batallones. (Hay más verdad de la que pareciera en este chiste: en nuestras tierras, desde un principio, los misioneros conquistaron mucho más, y con mayores profundidad y alcances, que los soldados.)
         Sugiere, al parecer sin gran fundamento histórico, que después de su victoria en Monte de las Cruces, el cura Hidalgo se negó a tomar la ciudad de México, totalmente  desprovista de una defensa militar, porque supo que el clero capitalino intentaba alzar contra los insurgentes, desde los púlpitos, a la muchedumbre capitalina. Y una muchedumbre fanatizada resultaba más temible que el propio ejército virreinal, ya vencido: hubiera sido preciso masacrarla. Curiosa batalla imaginaria ésta, sin militares: el apocalipsis de dos muchedumbres de harapientos dirigidas cada cual por puros curas tremebundos armados con sendos estandartes de la Virgen.
         Luis González y González ha señalado, siguiendo a Alamán, como una de las causas de la independencia, el excesivo, delirante optimismo criollo: los novohispanos se creían riquísimos, ilustradísimos, poderosísimos y privilegiados por la Virgen de Guadalupe. Les parecía fácil lograr su independencia y convertirse de inmediato en la más gloriosa y rica nación de la tierra.
         Lizardi por el contrario habla, desde el pesimismo más concentrado, de un país desolado, con pobres harapientos y ricachones salvajes, a cual más imbécil, incapaces unos y otros de vida civilizada. Lo que también constituía una exageración: pocos años antes, el Barón de Humboldt había encontrado bastantes cosas qué elogiar en la Nueva España.
         Pero la nación fue de mal en peor, vinieron los incesantes cuartelazos, el inconcebible y realísimo Santa Anna, las invasiones norteamericana y francesa. Los mexicanos aprendieron en Lizardi a mirar con pesimismo, incluso con brutalidad, todas sus miserias. Lizardi se erigió para siempre en el enemigo de la autocomplacencia nacionalista. Somos ignorantes, pobres, desorganizados, viciosos, haraganes, fracasadones, transas: tal es nuestro espejo, predicó desde 1812. No nos asombren las calamidades que lógicamente nos sobrevengan. No hay tal “paraíso indiano”: todo lo contrario.
         Poco documentado en leyes, en economía, en historia, en política, Lizardi siguió los rumbos del espíritu de su tiempo. Buena parte de su obra (anterior a Iturbide) habría recibido, moralmente, la aprobación de ilustrados ortodoxos como Feijoo o Alzate. No sostuvo ideas ni posiciones originales importantes. Abrazó la causa insurgente sólo cuando triunfó Iturbide (resulta, pues, un pobre autor “independentista”); antes de ello, denostaba a los guerrilleros insurgentes a la vez que se preocupaba, sobre todo, por ejercer los derechos liberales de la Constitución  de Cádiz, con lealtad al imperio español. Después, se dieron en mata los oportunistas anticlericales y antigachupines.
         Pero tal deficiencia, su falta de conocimientos concretos o de solidez ideológica, se supera con mucho gracias a su firme, esencial, obsesión moral. Y a su insubordinado tono de pensador individual, libérrimo (así se conservase ideológicamente a ratos dentro de límites prudentes) hasta la insolencia.
         Lizardi permanece casi siempre por encima de los partidos y de las ideologías en que naufragaron muchos de sus contemporáneos y sucesores. No le interesa tanto que México se independice o no, sino que mejore su vida social; le tiene sin cuidado que se convierta en imperio o en república, siempre y cuando se constituya un Estado decente. Hay repúblicas tiránicas y monarquías benéficas, sugiere, cuando alaba el entronizamiento del emperador Agustín I. En sus últimos años, cuando abrazó la causa más escandalosa de todas: la libertad de cultos, dijo que quería para su patria una tolerancia a las diversas religiones tal como la que existía... ¡en Roma! (Lo que era verdad: en la cosmopolita ciudad del papa se toleraba a protestantes, masones y judíos.)
         Por eso pudo también criticar ácidamente los vicios de la sociedad mexicana durante el Imperio y el primer lustro republicano. No se le acuse de parcialidad: denigró a la Nueva España y al alto clero, pero también al México independiente del Imperio (aporreó a Iturbide) y la República. A curas y a militarotes y diputados. A gachupines y a criollos. A periquillos, quijotitas y catrines. Execró del centralismo y las tiranías y desórdenes de la nación independiente. Fue un escritor (masón al final) libre de partidos. Sus errores podrán ser personales, de escritor locamente enamorado de la libertad de prensa; nunca partidarios. Ambicionó ser crítico, nunca político.
         De este escritor modesto puede hacerse un elogio elemental, raigal: da siempre la impresión de buscar sinceramente la verdad en tiempos caóticos. Verdades fáciles, practicables por gente simple y analfabeta (la abrumadora mayoría de la población mexicana de su tiempo), en tiempos muy difíciles y pedantes (tantas leyes, tantas doctrinas, tanto nuevo conocimiento a través de la prensa europea.)
         Su franqueza, su fresca ambición de conocimiento y reforma moral apabullan. Se quemaba por entero en busca de la verdad y del Bien Común. Simpatiza. Conmueve. Un gran tipo.

VIGENCIA DE LIZARDI     
Al final de su vida no canta triunfo alguno: los vicios nacionales han permanecido, incluso se han incrementado, a pesar de la Independencia, del Imperio, de la República, de la Constitución de 1824. Los hechos políticos no mejoraron la condición moral de su sociedad.
         Por ello asume, un tanto irónicamente, el ideal del escritor popular, del periodista, como redentor social mediante la crítica burlesca de acontecimientos, ideas, instituciones, leyes  y costumbres. Un ideal fatal, pues ese escritor popular no tiene mucho pueblo: “son muy pocos los que leen”. Sus folletos se acumulan en las bodegas, y crecen sus deudas con los impresores.
         Este idealismo lo dota de un perfil trágico, casi anticipadamente romántico: el de un profeta de banqueta invariablemente perseguido por los poderosos, sean del partido que fueren; y de una vocación heroica: había que escribir incansablemente para beneficiar a la sociedad, aunque pocos lo leyeran, y los escasos que lo hiciesen lo malinterpretaran todo. El resultado real de sus escritos casi siempre fue la persecución o el ninguneo cultural y político. (Arremete contra el ruin lector que le encuentra barbarismos o errores de redacción: el buen lector debe atribuirlos a un descuido o a una interpolación del tipógrafo... Treta de la que echamos mano, hasta la fecha, todos los escritores.)
         Así, aunque no se erija necesariamente en nuestro primer novelista (Sigüenza escribió siglo y medio antes su brillante novela Los infortunios de Alonso Ramírez), podemos considerarlo nuestro primer escritor moderno (siguiendo a Alzate, más inteligente y culto, pero menos libre de abordar temas religiosos o políticos: recluido a su pesar en la esfera científica), en el sentido de que para él la literatura (o la literatura en folletos, la literatura de banqueta) fue un Absoluto, por encima de la política, la religión y el bienestar personal; un absoluto ilustrado: el Bien Común, la reforma de la sociedad decadente, la búsqueda de la comunidad feliz. 
         Su modestia entonces apareció frente a sus contemporáneos como una desmesura: “¡Este escritor incorrecto y pobretón, ignorantillo y jocoso, intenta reformarlo todo en el país a su modo, según sus puras ocurrencias! ¡De veras que es de manicomio la manía de escribir de este Pensador Mexicano!”, pensarían tanto los inquisidores como los políticos coloniales y del México Independiente, los canónigos de Catedral, los quisquillosos y estériles árcades de el Diario de México y los flamantes y tontos diputados constituyentes de 1824.
         Su atrevido manicomio funda nuestra prensa moderna. Su pasión de reformador laico, de moralista de banqueta, de crítico de los poderosos, perdura en el mejor espíritu moderno de México. Su precursor corazón flamígero anima nuestra mejor literatura.




viernes, 1 de febrero de 2019

TAINE

TAINE: EL MILLONARIO Y EL DANDY

Por José Joaquín Blanco

Los barbudos afirman que a la larga todo llega. El chino que sueña con París no tiene sino que sentarse a que, “a la larga”, llegue todo París a desfilar bajo su ventana. (¡Y llega!, aunque sólo se trate de algún Regis Debray con una cámara de video). En cambio, según la misma sesuda filosofía de los barbudos, quien desea impaciente y codiciosamente algo, está garantizándose que jamás lo obtendrá. Hasta aquí los barbudos.
         La historia algunas veces les da la razón. En el siglo XIX muchos jóvenes de escasa o mediana fortuna, los dandies, desearon con impaciencia y codicia el nocturno mundo brillante de la elegancia, la belleza, la riqueza, el despliegue mundano y excéntrico de las artes, la ciudad como una fiesta. No lo obtuvieron sino como mascaradas o espejismos instantáneos, al costo de toda la fortuna familiar (incluso la cárcel por deudas), la salud, el desengaño.
         Hubo en cambio los juiciosos y algo aburridos empresarios, que dedicaron su juventud al dinero, a la Bolsa y las inversiones, a los bonos de ferrocarriles, petróleo o firmas de tocinería y embutidos, y hacia los cincuenta años, sin quebrantos de salud y fortuna, sin desengaños vitales de dandy, regresaron —o ingresaron— a los salones de París con porte y desdén de amos, a recibir todos los dones y homenajes a los que aspiraban los dandies. En un baile “A medianoche, cola; esto se convierte en un mercado; se me ha reconocido, por mis gemelos de los puños, por un extranjero rico; me han cogido del brazo y me han estrechado la mano; me he visto obligado a enviar a paseo a dos personas demasiado encantadoras” (Hippolyte Taine: Notas sobre París. Vida y opiniones de M. Federico Tomás Graindorge..., Tr. Alfredo Opisso, Madrid, Editorial Calpe, 1923.)
         Claro que no es lo mismo Los tres mosqueteros que Veinte años después, y que ciertas musas por las que el dandy adolescente estaba dispuesto a suicidarse o a batirse en duelo eran ya simples “loretas” a tantos francos, y ni un centavo más, por el cuarto de hora, para el rico cincuentón. Pero el Gran Mundo —los salones, los bailes, las recepciones en las embajadas, la ópera, la tropa de la moda, el arte mundano— estaban ahí, brillantísimos, esperándolo.
         Todos los suspiros del dandy ante el sueño imposible se traducen en la crítica burlona del empresario cincuentón, algo misántropo, que se permite hasta escribir —con ayuda de algún casi-dandy o exdandy amanuense (el propio Taine), a tantos francos el cuarto de hora y ni un centavo más, aunque la paga sea póstuma y como herencia— en su vituperio.
         ¿Pero esta vulgaridad, esta salchichonería de “cocottes” en terciopelo, esta esparraguería de fracs alquilados; estas arias, estos valses, estos paisajes japoneses que se pueden comprar por docena en los grandes bulevares, esta jerigonza de comadronas y tenedores de libros que se fingen aforistas, eran todo el sueño del dandy? ¡Qué bobos son los sueños! ¡Qué fáciles de realizar para quien no los desea demasiado, y espera, pues a la larga...!
         Tal es la novelita de Hippolyte Taine (1828-1893), el célebre crítico positivista, en las Notas sobre París (1867), que pretende compilar los desdeñosos comentarios de un tal M. Frédérick-Thomas Graindorge, quien después de graduarse como millonario con negocios de petróleo y tocinería en los Estados Unidos, regresa a aburrirse a las lujosas noches de París. La novela reitera el tema del “menosprecio de corte y alabanza de aldea”, y la fácil reprensión moralista de las “costumbres modernas”, pero sobre todo es la burla —inteligente, rápida, divertida, memorable— del mito parisino como el paraíso “poético” del dandy.  Y muy buena narración, con cocodrilos y todo.
         La burla de las Notas sobre París pega por partida doble. No sólo ridiculiza Taine los sueños de los dandies; también su estilo, pues su millonario escribe mejor de ellos. Una prosa anti-dandy. Los positivistas, de la mano aquí con los realistas, habían depurado el idioma; lo habían cepillado de énfasis y preciosismos románticos; querían escribir como científicos, como hombres de acción, como gente sensata. Con frecuencia se olvida que Baudelaire y Flaubert aprendieron estilo, y lo declararon enfática y reiteradamente, de la nueva manera de escribir de Sainte-Beuve, Renan y Taine.
         Cabría una burla a la tercera potencia en las Notas sobre París de Hippolyte Taine. El práctico hombre del dinero —una exaltación del millonario como héroe novelístico moderno— no sólo consigue naturalmente tanto los millones como el mundo dorado del dandy o del “poeta de la vida”, sino que también, sin esfuerzo, deviene un auténtico dandy y “poeta de la vida” por el simple hecho de no buscarlo. El dandismo también le llega, a la larga. Y lo recibe con desapego y sorna: el dandy perfecto desprecia el dandismo.
         No tiene Graindorge que esforzarse por atisbar, espiar o investigar tantas especies de lujo, exquisitez, extravagancia o belleza; simplemente ahí están, en el aparador, como mercadería, cuando regresa con sus millones. Y sabe que a final de cuentas no son tan caros. En unos cuantos meses, o acaso semanas, domina el catálogo de ese reino, como quien repasa los inventarios mercantiles y bursátiles de las empresas. Tiene menos errores y “pasos falsos” en el Gran Mundo que Musset o Baudelaire.
         A final de cuentas el dandismo no era un enemigo ni una protesta contra el mundo burgués, sino el propio mundo burgués (aristocrático-burgués) codiciosa e impacientemente deseado por un intruso, como también habría de descubrirlo El Gran Gatsby en los años veinte de este siglo. Graindorge sabe que los esplendorosos cuentos de la riqueza siempre han sido ineficientes ensoñaciones de pobretones; él los observa con el lente caricaturesco de Balzac y Daumier.
         Siempre he admirado a los ensayistas y críticos positivistas: Sainte-Beuve, Renan, Taine. Tenían la cabeza en su lugar en una época literaria de puros cerebros llenos de pájaros. Aspiraban a la claridad, a los razonamientos, al conocimiento sólido, a las pruebas documentales, a las ideas duras... y, por desgracia, a las grandes construcciones filosóficas post-hegelianas. Claro que, como les ocurriera a los enciclopedistas, a ratos extremaron sus virtudes y las volvieron defectos. Les pidieron demasiado a la historia, a la geografía, a la arqueología, a la biografía de las obras y personajes que estudiaban. Su demasiada ciencia y su demasiada lógica —su demasiada razón—, indiscutibles en su época, devinieron inevitablemente ciencia superada, lógica corregible, o razón extrapolada tiempo después.
         ¡Pero eso les pasa a todos los ensayistas, a todos los científicos, a todos los filósofos, a todos los que tratan de alcanzar alguna verdad! ¡Las cosas que oímos ahora, en boca de cualquier imbécil, contra Darwin, Freud o Marx, por ejemplo! ¿Para no “pasar de moda” en literatura hay que escribir puros “grafismos”, puras exhalaciones? Trate usted de escuchar a los poetas etéreos hablar de Un lance de dados. Es como para correr al WC, arrancando al paso manteles y cortinas completas: ¡se pueden necesitar!
         Pero, en fin, ya Proust se solazaba en todos los exagerados conocimientos que Sainte-Beuve extraía de la realidad histórica y biográfica para la interpretación de la literatura; otros antipositivistas lucen la nueva arqueología, que deja un poco cojo al en otro tiempo cientifiquísimo Jesucristo de Ernest Renan; y la ciencia moderna, posterior a su muerte, quiebra los esquemas y paradigmas de crítica literaria e historiográfica de Taine. A la larga, pues, todos los conocimientos se cuartean, sobre todo los que se fían a algo tan engañoso como “la verdad científica”. Cada generación de científicos le dice a la anterior: ¡pues fíjate que tu 2 + 2 no suma 4!
         Pero estos ensayistas se dieron el gusto de romper mitos acariciados por los sentimentales y románticos. Sainte-Beuve destrozó, para no ser recompuesto jamás, el ideal “místico” de la obra de arte: está siempre llena de historia y biografía, punto. Ernest Renan, más que cualquier otro autor en veinte siglos, nos volvió para siempre a Jesucristo un ser histórico.
         Hippolyte Taine destruyó las individualidades e inspiraciones inexplicables: las sociedades (“el genio nacional”) —¡hasta supuso que los climas y los paisajes!— van escribiendo colectivamente una literatura que casi por accidente se ve membreteada por firmas personales. A la larga, diría Borges, poco importa quién escribe tal verso. Ortega y Gasset tomó de “el momento” de Taine su teoría de “la circunstancia”. Por culpa de Taine, Henríquez Ureña, Alfonso Reyes y Antonio Castro Leal nos anunciaron que la literatura mexicana se caracterizaba por “un tono crepuscular.
         En las Notas sobre París el millonario desmiente los sueños del dandy, su quimera de un arte mundano; del lujo, la riqueza y los placeres aristócratas o urbanos como si fueran obra de arte. Sí existe ese mundo y es relativamente agradable, para quien puede costeárselo; sólo aparece como sagrado e imbuido de misticismo y enormes metáforas para el intruso que no se lo puede pagar, y lo asume como aventura fatal, casi como martirio. Desde su riqueza y su vetusta misantropía, Graindorge sabe que el dandismo nunca valió la pena sino como espectáculo... cómico.
         Como Sainte-Beuve y Renan, Taine cometió varios pecados mortales. Creer que la crítica literaria —elevada por su escuela a una ciencia, a un ejercicio filosófico, historiográfico y hasta clínico (sus estudios de sicología)— podría incluso superar a las obras mismas. Esto no es necesariamente un error: un ensayo puede ser tan gran literatura como un poema, y de hecho la prosa de esos tres positivistas se cuenta entre lo mejor de la literatura mundial de su tiempo, pero le acarreó la animadversión eterna de los poetas y narradores. (No era para menos: los desacralizó, los derrumbó del parnaso, les rastreó fuentes, les demostró que casi siempre todos decían lo mismo; la originalidad y la sensatez resultaron rarezas; los membretó con datos del atlas y del Registro Civil). Y el rencor del público villamelón que cree que la literatura trata de puros desahogos sentimentales. Se le sigue maldiciendo.
         Pero sobre todo pecó en su fascinación por la obra monumental: sus libros, gruesísimos, y a veces dotados de aparatos filosóficos de erudición y método a la manera de Hegel o Kant, se mantienen por su sólo imponente volumen alejados del lector de intereses comunes. A Sainte-Beuve se le puede visitar en las antologías de sus “retratos literarios”; a Renan en su siempre agradecible Vida de Jesús, en su magnífica autobiografía intelectual Recuerdos de infancia y juventud —hacia 1967 escuché a Juan José Arreola, en su taller de la Casa del Lago, leer en francés algunos párrafos de Renan sobre la Acrópolis, y exclamar, todo teatralizado, como actor de la Comedie Française en pleno furor racineano, que no había mejor prosa francesa que ésa— y en diversas páginas sobre los orígenes del cristianismo (su san Pablo, sobre todo).
         Taine resulta más arisco: cuatro tomos de su polémica Historia de la literatura inglesa, que odian los ingleses; dos de su sistema sicológico De la inteligencia, otros tantos de la Filosofía del arte; varios más sobre la historia de Francia. Desde hace décadas se le lee principalmente por sus ligeros cuadernos de viajes (Italia, Inglaterra), y por esta curiosa novelita burlesca sobre París y los dandies, que se publicó originalmente como viñetas periodísticas en La Vie Parisienne.
         Desde luego, este libro es una flagrante confesión de dandismo. Taine inventa la coartada del millonario que puede rechazar burlescamente ese sueño, para escapar de ese delirio. De la misma manera Flaubert “inventó el realismo” en Madame Bovary para escapar de tentaciones opuestas en las que, en realidad, reincidió ¡demasiadas veces!: los mundos bizarros, extravagantes, lujosos, diabólicos, delirantes de La tentación de San Antonio, San Julián el hospitalario, Salomé y Salambô.
         Hay huellas en las Notas sobre París del dandy, del romántico, del incroyable, que Hippolyte Taine, con muchos esfuerzos, se negó a ser en su encarnizada lucha por convertirse en le Professeur Taine, quien buscó hacer un arte no sólo de la crítica, sino de la lectura. Cambió la manera de leer: solicitó del lector nuevas actitudes, capacidades y destrezas; exigió conocimientos de ciencias y humanidades hasta para leer un breve poema de amor. Estaba en lo justo.

         Su De la Inteligencia, su Historia de la literatura inglesa, sus Orígenes de la nación francesa, su Filosofía del arte hacen aquí travesuras y visajes incriminatorios, que no mellan sus arduas construcciones intelectuales, pero nos merecen algún guiño de simpatía. Sus Notas sobre París algo nos insinúan de la prehistoria —o la “intrahistoria”— del profesor Taine. Lo vemos todavía abrazado en gran lucha con los dragones que combatía.

martes, 1 de enero de 2019

SUEÑO DE UNA TARDE EN LA ZONA ROSA


SUEÑO DE UNA TARDE EN LA ZONA ROSA





Vicente Leñero fue uno de los primeros cronistas de la Zona Rosa; recuerdo que criticaba ácidamente, aunque bromeando, su tufillo de falsa cultura cosmopolita.

         No sé de dónde le salió lo de rosa, aunque se trataba de un color patriótico en los años sesenta. Dolores del Río comandaba un grupo filantrópico, llamado “Rosa Mexicano”, en la ANDA. Los críticos de arte discutían si el rosa encendido que abundaba en las artesanías era tradición popular, incluso indígena, o invención de Tamayo: el “Rosa Tamayo”. (¡Qué humilde sonaba ya entonces la egolatría de Diego Rivera, frente a las de Tamayo y Cuevas!) Desde el principio proliferaron en la radio, la prensa y la televisión los chistes sobre su rosado carácter: que aludía a una zona casi roja, o a una zona homosexual.

         Yo la caminé desde pequeño: asistía con mucha frecuencia, y en vacaciones casi a diario, a la Biblioteca Benjamín Franklin (de la embajada norteamericana), en Londres y Niza, que brindaba un excelente servicio; en la sección infantil incluso regalaban libretas y cajitas de lápices de colores a los niños que escribieran un resumen de algún libro sobre la historia y los próceres de los Estados Unidos (ahí me enteré de las aventuras eléctricas del propio Franklin, el Cara de Hartos Dólares, con su papalote). Ofrecía cine gratis (documentales naturistas, que ahora definiríamos como ecológicos) una o dos veces por semana.

         También la cruzaba a pie desde la Colonia Roma, donde vivía, rumbo a la Cuauhtémoc, donde trabajaba mi madre. Era realmente preciosa. Mucha moda, mucha beautiful people. Todavía conservaba buena parte de sus impresionantes casonas europeas de principios de siglo. Estaba llena de aparadores deslumbrantes y de turistas rubicundos y sonrientes, lo que le daba cierto resplandor diurno. Galerías de arte, boutiques, mexican curios, antigüedades; hoteles, centros nocturnos y restoranes de lujo; agencias turísticas, tiendas de discos importados y hasta de filatelia; academias de idiomas y de modelaje.

         Y se podía caminar con tranquilidad (todavía no llegaba el metro, ni con él la muchedumbre de muchachos de barrios pobres). Era uno de los escasos sitios donde cualquiera se permitía andar, impunemente, vestido de hippie, o con ultra-minifalda y hot pants, o con atildada melena Beatle y pantalones ajustados, acinturados, destacando las nalgas y el paquete, y de colores extravagantes, lo que provocaba insultos, golpes y aun detención policiaca en el resto de la ciudad.

         Hasta contaba con un tipo especial de policías, bañaditos y amables como en un folleto turístico, dizque bilingües, encargados de proteger e informar al turismo. Ahí ocurrieron, a mediados de los años setenta, los tres o cuatro casos mexicanos de la moda mundial de los streakers o locos encuerados. De repente un muchacho se desnudaba, digamos en la calle de Hamburgo, y echaba a correr una o dos cuadras entre los transeúntes, nomás para asombrarlos. Había gente que le aplaudía. Con sólo cruzar Insurgentes se ganaban ciertas libertades: la Zona Rosa.

         Desde luego que este sitio de impunidad moderna, de invitación a la libertad en las costumbres, como para sentirse en mitad de una película (mexicana) sobre París o San Francisco, establecido en función de los turistas, pronto fue aprovechado por muchachos nativos de toda clase.

         Las meseras de Sanborns se indignaban ante tantos estudiantes pobretones, disfrazados de juniors, que se quedaban las horas frente a una simple taza de café, discutiendo de cine “de arte” (la reseña) o de los extraterrestres (todo mundo leía El retorno de los brujos), y a veces hasta se escapaban, como rumbo al baño, sin pagar. O se pasaban eternidades maltratando las revistas extranjeras. O de plano se las robaban.

         Con un poco más de dinero se podía ir al Toulouse o al Carmel, donde uno se codeaba con artistas e intelectuales, de esos que aparecían en la tele discutiendo un happening (con los locutores Paco Malgesto o El Bachiller Gálvez y Fuentes), y ya Europa hasta nos quedaba chica.

         Como ahora en la Condesa, casi todos los días alguien andaba filmando por ahí un corto o una película, y los chamacos colados ensoñábamos la suerte de salir azarosamente de extras, caminando con aire interesante en segundo plano, detrás de una Julissa o de una Tere Velázquez. Seguíamos caminando con tal aire interesante, aunque la cámara cinematográfica nos fuese siempre esquiva.

         La Zona Rosa se tenía bien ganada su fama de snob. Lo de homosexual, en cambio, parecía algo exagerado. Ciertamente resultaba menos peligroso (tanto frente a la policía como frente a la cólera de los transeúntes bien pensantes) intentar ligues en sus bonitas calles que en cualquier otra parte, pero también más difícil. Se diría que el prestigio de la Zona Rosa transfiguraba a los ligadores, los extendía como pavorreales, los espigaba como garzas desdeñosas, de modo que era más lo que pretendían lucir que ligar. Puras miradas despectivas de supuestos guapísimos, que se repelían entre sí. La calidad de la  ropa, la moda, el chic contaban mucho, como en una pasarela interminable el aire libre. Aburría la Zona Rosa, pero ahí me pasaba las tardes.

         Me dicen que hubo cafés y bares de gran tolerancia homosexual en los años sesenta. No me lo creo. Ni en la Zona Rosa los mexicanos éramos tan libres. (De hecho, cierto cabaret heterosexual que se pasó de la raya fue clausurado en medio de un escándalo, casi linchamiento, nacional.) Cuando leí, hacia 1970, Safari en la Zona Rosa, de Gonzalo Martré, novela a la que se consideró en clave, supuse que exageraba.

         Había mesas atrevidas en Sanborns, en el Toulouse, en el Carmel, pero siempre minoritarias, y por lo demás los propios meseros y los escasos (y desarmados) guardias de los establecimientos imponían perfectamente el orden. Un orden que nadie quería quebrantar: no se destruye el propio pesebre. El forastero que se asomara no descubriría disolutos, sino puros catrines mamones.

         Cuando apareció, ya en la segunda mitad de los años setenta, un bar inconcebible, El 9, guardó en un principio fidelidad a esta atmósfera casi modesta y pacata. Cerraba a medianoche, no se podía bailar ni abrazar a nadie; puras mesas de conversadores relamidos y aullantes; su mayor atractivo: caminar entre ellas, vaso o copa en una mano, cigarrillo en la otra, como en un coctel, buscando menos el ligue que el lucimiento del porte o de la ropa:

         —Pues este viernes me voy a Frisco.

         —Acabo de regresar de Miami.

         Corrían varios chistes: que todos los dandis altivos del 9 eran puros mozos de hotel disfrazados de príncipes, lo que en efecto ocurría; y que, después de gastar en desdeñarse mutuamente más dinero del que podían, competían a la salida, en las paradas de pesero en Reforma o Insurgentes, por ligar a los astrosos albañiles retrasados. (No tan albañiles, me dice la memoria, sino meseros, mozos, lavaplatos y garroteros de restoranes.)

         Este último chiste se convirtió en toda una institución cuando, años después, se estableció detrás de Bellas Artes una cervecería paupérrima, que daba servicio toda la madrugada. En cuanto cerraba El 9, el tropel de pavorreales olvidaba su altivez y corría a confundirse con los albañiles. Le decían el Garrakech, porque se trataba de un Marrakesh (un cabaret entonces famoso) de pura garra o harapo. Juan Carlos Bautista escribió unos poemas al respecto. Recuerdo alguno en que compara su largo mingitorio con un abigarrado bebedero de potrero. Olía y se veía peor. ¿Con qué relacionaba el poeta los prolongados  hocicos de los potros? Descífrenlo, semióticos.

         —¡Ufff: ahí va pura gata! —decía una loca “ibero”, quien nunca dejaba de concurrir.

         El ascenso del 9, de un barecito casi café, modosito y pacato, al antrazo elegante que llegaría a asombrar y a escandalizar a medio mundo, se debió al incremento intensivo de la corrupción policiaca durante el gobierno del “general” Arturo Durazo; digo, del presidente López Portillo.

         Resultó que, de pronto, el bar abría hasta las tres, cinco, siete, ¡nueve! de la mañana; que llegó la música disco, y se pudo bailar entre hombres, abrazarse, besarse, fajar; que nunca, ni en lunes, cabía un alfiler, y hasta se formaba una larga y morosa cola a la entrada, sobre la calle de Londres. Pálidos de envidia, los jotos viejos asistían a los privilegios de la nueva generación.

         Nada de eso era “legal”, ni podía serlo con las leyes, prácticas y reglamentos todavía uruchurtianos de entonces. Se definía como “ofensas a la moral”, “escándalos en lugar público” y “atentados al pudor” a lo que al inspector o al policía buenamente se les ocurriese. Solían efectuarse razzias y redadas de “gente inmoral” hasta en domicilios particulares, en fiestas de diez o doce amigos. De hecho, incluso la música disco estaba prohibida, pues se exigía, por un privilegio del Sindicato de Músicos (la era de Venus Rey), que todo bar ofreciera exclusivamente música en vivo, aunque fuese un melcochoso órgano Yamaha. Mucho menos era “legal” que hombres bailaran con hombres, desfilaran las vestidas llenas de oropeles, y todo mundo saliera hasta atrás, joteando y gritando “¡siiiiiiií!” en plena luz del día.

         Se pagaba ese subterráneo permiso policiaco en el cóver. Otros bares que intentaron imitar al 9, sin semejante protección, no sólo sufrieron intempestivas, sino terribles clausuras: llegaba la policía y cargaba con todos los clientes, a quienes extorsionaba y vejaba uno por uno en la delegación.

         No bien había logrado El 9 su clientela frívola y bullanguera de homosexuales “tipo San Francisco”, quienes ya, para evitarnos lo de joto, marica y puto, nos definíamos como gays (término poco usado en los sesentas: se echaba mano de los arcaicos eufemismos “ser de ambiente” o “de onda”), siempre humilde y agradecidamente conformes con unos cuantos tragos y una festejada de música disco (Donna Summer, Gloria Gaynor, Alicia Bridges), cuando de manera súbita y agresiva la vio relegada y desplazada por otra más dispersa y moderna: la droga.

         El éxito de las drogas, especialmente de la cocaína, fue repentino y arrollador. De pronto el bar rebosaba de misteriosos y draculescos bi- poli- hetero- o asexuales y no se hacían esperar los pleitos, que ya difícilmente podían controlar los guardias y meseros. Se volvió peligroso, menos por las drogas en sí que por toda su erizada trama de capos, conectes, ganchos, espías, agentes, delatores, cobradores. Ocurrió un escándalo de nota roja en la sucursal del 9 en Acapulco. No recuerdo que antes de ello se esculcase ni manosease a los clientes a la entrada de los bares dizque elegantes.

         Aunque El 9 duró varios años más, ya nunca (ni siquiera la propia Zona Rosa) volvió a reunir a la nata del reventón homosexual capitalino, sino a una concurrencia extraña, heterogénea, convocada por otros apetitos, más riesgosos y ariscos. Uno les creía ver cara de judiciales o de freaks a demasiados parroquianos. Esta impresión se extendió a todo el rumbo. Pareció más peligroso parrandear en El 9 que en la Candelaria de los Patos: el mayor encanto de la Zona Rosa, su relativa impunidad, se había hecho añicos.

         Aparecieron por ese tiempo, en varias colonias, otros bares con semejante o mayor protección policiaca. Hasta se decía que los jefes policiacos habían tomado por su cuenta el negocio gay, y eran los propios dueños, casi lenones. Por el contrario, Luis González de Alba se permitió un desplante asombroso: establecer legalmente dos bares gay, aunque en ellos, ilegalmente, se prohibiera la entrada a mujeres (como si los gays no tuvieran amigas) y a los catrines que olieran a loción y no calzaran botas de piel de víbora. Si alguien traía un arete, de esos que ahora lucen hasta los boxeadores y en el ombligo, o se había decorado con una pizca de rímel, se llamaba a gritos a los bomberos. Los clientes debían firmar, a la entrada, en un librote, su aceptación de un decálogo de buena conducta (v. gr.: nada de drogas, mariconeos —todos bien jotos, pero machísimos— ni de violencia). A media tarde funcionaban también como “centros culturales” o bibliotecas, para cultivar a los gays... con los propios libros de González de Alba. “¿De veras se cultiva uno con semejante cosa?”, se preguntaría alguno.

         Una noche un mesero de El Taller me obligó a apagar mi cigarrillo: “Es el día internacional de no fumar”, me aseveró, como en un convento, y me señaló un rótulo beato pegado a la pared. ¡Ah, que de todo se dan manías en este mundo, hasta de Madre Superiora! Sólo que en los conventos no cobran cóver ni precios tan altos. Me largué mentando madres y preferí seguir fiel a los menos quisquillosos bares ilegales.

         Lo curioso de aquella nata gay del 9, de mediados de los años setenta, era su inocencia casi provinciana, con presunciones de gran modernidad neoyorkina o de Miami y San Francisco. No había sida, claro; ni existía mayor terror para un homosexual trasnochador que el apañón policiaco, el cual a la distancia aparece también casi inocente y provinciano, pues no se trataba de secuestros brutales, prolongados y con alto riesgo de muerte, a la manera actual, sino de extorsiones relativamente módicas (de 200 a 300 pesos, casi nunca más de unos 20 dólares), comunes y corrientes —las más de las veces—, como las que también sufrían los novios a quienes se pescaba haciendo el amor en un coche.

         En el peor de los casos, los agentes lo traían a uno dando vueltas por la ciudad, en una patrulla o en un automóvil sin placas, hasta despojarlo de cuanto llevara encima, u obligarlo a ir a buscar dinero (se conformaban entonces con unos 500 pesos) a alguna casa de familiares o amigos, bajo la amenaza de consignarlo a la delegación y delatarlo con su familia.

         Formábamos grupos de ayuda mutua: se trataba de acudir a un amigo para pagar la multa o mordida, en vez de verse obligado a telefonear a la madre o a la esposa (años en los que la gran mayoría de los homosexuales se casaba, para cubrir las apariencias) en plena madrugada: “Venme a sacar del bote; me tienen detenido por puto”.

         La movilización de muchos activistas gay acabó con esa rutina policiaca a principios de los años ochenta; se ordenó efectuar las clausuras de los antros sin cargar en bola con los clientes. Creo probable que uno de los éxitos capitalinos de la Comisión de Derechos Humanos haya sido reducir el espacio de maniobra policiaco “formal” contra los gays, aunque los abusos policiacos informales se hayan incrementado y agravado.

         Algún amigo mío, bigotón por más señas, quien entonces me quería y luego me desquiso, cayó en una de aquellas redadas; había sido preso político y contraído en su desventura cierto extravagante humor en asuntos policiacos, de modo que en plena delegación se identificó, con la cara dura, cuando lo atraparon por andar en un lugar de puro joto, como “Pancho Villa”. ¡Y los policías se lo creyeron! Escribió al respecto una crónica admirable. No voy a incomodar nuestra bonita enemistad con un elogio; simplemente recordaré su crónica como escrita por “Pancho Villa”, su súper o alterego, con letras de oro en el congreso. Sospecho que esa crónica fue fundamental para detener las razzias en los bares gay. (No niego, sin embargo, que se trate del propio prócer Luis González de Alba.)

         Luego, entre algunos liberacionistas gay se puso de moda hablar de “comunidad” para referirse a los trasnochadores de los bares. Más que comunidad parecía un ghetto o una clique, como siempre encabezada y abanderada por muy afeminados modistos, peluqueros, aspirantes a bailarines y a actores, empleados de hoteles y agencias turísticas, bastante cercana a las parodias del Mariconazo a que invariablemente recurren todos los días los lamentables cómicos de la televisión, a la manera de Luis de Alba, Héctor Suárez y Ortiz de Pinedo.

         No ocurría, desde luego, que tales oficios congregaran a la mayoría, ni siquiera a buena parte de los homosexuales, sino que eran los pocos que les permitían parecer y hasta ostentarse como tales. Se consideraba legítimo en esos años despedir de su trabajo a un burócrata o a un empleado bancario, mucho más a un maestro o a un médico, por la mera apariencia, sospecha o rumor de “malas costumbres”. La enorme mayoría de los homosexuales capitalinos evitaba la Zona Rosa, para que no los descubriera algún chismoso. Andar de gay en público exigía mucho coraje... o no tener chamba ni prestigio que perder.

         Todo mundo en la ciudad se agazapaba, salvo los libérrimos peluqueros, modistos, bailarines o “artistas” en general, quienes gozaban sobreactuando su descaro de locas: “¡Aquí el último buga murió de parto! ¡Putas putas, pero muy guadalupanas! ¡Me dicen la Virgen y Mártir: virgen por delante y mártir por detrás!”, eran los chistes de la época. El ghetto se diversificaría con los años, gracias al metro.

         La inauguración del metro marca el fin de los sueños de la Zona Rosa. Todo se les ocurrió a sus diseñadores, hasta esa gran plaza sobre Insurgentes, que soñaron llena de boutiques y de refinados bares al aire libre, como en la Costa Azul, menos que se les fuera a venir encima toda la raza. Y se les vino pero fuerte, desde el principio.

         La Zona Rosa quedó rápida, fácil y económicamente conectada por el metro a Pantitlán. La chamacada desempleada, con un vago aire entre pandillero y estudiantil, fue ocupando los rumbos exclusivos. Pronto nada, sino tal vez una mayor espesura de muchedumbre astrosa, distinguía en la noche esos rumbos alguna vez elegantes, de las turbias calles con cabaretuchos de la Colonia Obrera o de la Doctores. Muchas tiendas y restoranes huyeron, en estampida, a Polanco. Otros sobreviven, con menores ambiciones. Cundieron, como en el resto de la ciudad, la basura, los perros callejeros, los policías, los rateros, el comercio ambulante, los clanes de mendigos, los “chavos banda” y los “niños de la calle”.

         Sus manías snobs se trasladaron a Coyoacán y recientemente a la Condesa. Sus galas turísticas quedaron desgarradas entre calles intransitables, sucias, peligrosas. ¿Qué diablos viene a hacer un turista a la espantosa ciudad de México? Misterio.

         Su función de refugio y centro de reunión homosexuales, en aquellos tiempos modesta y provinciana, fue recuperada, multiplicada, agigantada por el propio metro. Sus andenes y pasillos como los vastos ligaderos de la explosión demográfica. Una Zona Rosa subterránea, masiva, juvenil, desempleada, que usa como protección el  precipitado oleaje de la muchedumbre de pasajeros. Tal vez resulte más eficaz.

         En cierto sentido, hasta la homosexualidad se democratizó o lumpenizó, según se quiera. Recuerdo la nata del 9 como catrina: de clase media alta, o con ese disfraz: la moda, el peinado, el aseo personal, los modales y la conversación afectados. Puro señorito. Todo mundo quería parecerse a Camilo Sesto. O a John Travolta en Fiebre del sábado por la noche. Luego, sin necesidad de tantas teorías de liberación (¡a veces hasta trotskistas!) como algunos disparatados predicábamos entre puros modistillos y aspirantes a “estéticos” o peinadores de lujo (“¡Abolir el paradigma patriarcal judeocristiano!”), la raza tomó la aventura gay por su cuenta.

         A partir del temblor de 1985, con el caos citadino y el incremento de la corrupción policiaca, se abrieron antros gay por todas partes, especialmente en el centro. Antros inconcebibles apenas un lustro antes: con strippers en abundancia, meseros semidesnudos, trastiendas oscuras para todo tipo de contactos, shows plenamente sexuales y hasta con la participación del público, subastas de chichifos. El desmadre en pleno: una “decadencia”, por lo demás, en estricta igualdad de derechos y circunstancias con los table dance heterosexuales.

         En una sola generación, y más a causa del desorden gubernamental y de la eficaz corrupción policiaca que de sesudas teorías de liberación gay, todo ello impulsado desde luego por los jóvenes de la explosión demográfica, y teñido de su desempleo, su desencanto y su miseria, se abatieron las murallas del pudor.

         Al sucumbir, las alambicadas ambiciones de una Zona Rosa refinada parecieron arrastrar en su derrota el modelo centenario del gay señorito y relamido que callejoneó por sus rumbos durante los años sesenta y setenta (toda la ropa bien ajustada, y nada en los bolsillos que estropeara la figura; para el pañuelo, las llaves, la cartera y los cigarros se llevaba, colgando de la muñeca, una especie de bolsa de mano o “mariconera”). Y aunque de vez en cuando se establezca, con diversa fortuna, algún bar exquisito, “de puto fino”, a la manera antigua, ya es demasiado tarde. Traté no sé ya bien si de defender o de vilipendiar a esos señoritos en un artículo que resultó muy ruidoso: “Ojos que da pánico soñar” (Unomásuno, marzo de 1979), que ahora me parece tan anticuado como el Códice Mendocino.

         La principal imagen gay en nuestra ciudad se volvió lo bronco, la raza, lo “banda”, el vasto mercadeo, la muchedumbre jodidona del metro Hidalgo. Lo que yo consideraría un avance, si tanta miseria y desolación no se entremezclara en su novísima y asombrosa libertad.

         Los antiguos gays catrines de la Zona Rosa, bien mirado, desde sus ambulantes clósets entreabiertos, creían en el presente y el futuro como algo codiciable, y callejoneaban llenos de pequeñas y frívolas, pero brillantes ilusiones.

         Desde luego, a toda la sociedad capitalina le ocurrió lo mismo.