martes, 30 de junio de 2009

BRUMMEL Y LOS SUYOS

BRUMMEL Y LOS SUYOS
Por José Joaquín Blanco

El ideal del dandy nace, completamente armado, al día siguiente de la Revolución Francesa y campea durante todo el siglo XIX: Brummel, Lord Byron, el conde d’Orsay, Poe, Baudelaire, Barbey d’Aurevilly, Robert de Montesquiou, Wilde.
La literatura lo registra en Childe Harold, Beppo y el Don Juan de Byron, en El rojo y el negro y La cartuja de Parma de Stendhal, en la Comedia humana de Balzac (personajes como Henry de Marsay, Maxime de Trailles, Rastignac), en los Cuentos extraordinarios de Poe; en toda la obra de Baudelaire, en los poemas de Musset, Gautier, Verlaine y Mallarmé, en todo Wilde, en En busca del tiempo perdido de Proust. Se dice que también en Jean Lorrain y en Pierre Loti.
El último dandy indiscutido fue el propio Óscar Wilde, pero el dandismo siguió como fuerza visible en los ideales estéticos de Francia hasta Cocteau y el surrealismo, en Inglaterra hasta las novelas de Evelyn Waugh y los poemas de Auden; en Alemania hasta Stefan George y Rilke —encuentra su canto del cisne en la prosa de Walter Benjamin—; en la Italia de D’Annunzio, en los Estados Unidos de El gran Gatsby de Scott-Fitzgerald; y en nuestra lengua alcanza a Vicente Huidobro, a Luis Cernuda (Cf. Luis Antonio de Villena: Corsarios de guante amarillo. Sobre el dandysmo, Barcelona, Tusquets, 1983) y a los Contemporáneos (Cf. Guillermo Sheridan: Los contemporáneos ayer, FCE, 1985).
Nadie sabe qué cosa exactamente sea el dandismo, en parte porque nunca se trató de algo exacto, sino de un ideal, y sus textos definitorios (Balzac, Baudelaire, D’Aurevilly) buscan menos la descripción de un tipo, que la erección de un antihéroe, a quien por lo demás se le cantó desde un principio con nostalgia, como a una frágil quimera a punto de morir (Cf. Balzac, Baudelaire, Barbey d’Aurevilly: El dandismo, pról. de S. Clotas, Barcelona, Anagrama, 1974).
Se inicia como una exageración de la elegancia y de la excentricidad: es un ideal costoso que exige enormes inversiones en moda, mobiliario y tren de vida, y su espacio vital son los palacios, salones y celebraciones de la aristocracia. Pero a la vez nace con un destino irónico: el dandy no vive sus lujos, exotismos y extravagancias con naturalidad y desahogo, como tantos príncipes y banqueros, sino con ironía: contradiciendo, escandalizando y desengañando a ese mundo rico y elegante en que se mueve. Aunque hubo algunos verdaderos nobles y ricos entre los dandys, la mayoría de quienes aspiraban a serlo estaba más bien formada por pequeñoburgueses; de cualquier modo todos, sin excepción, salían de ese sueño de bulto del dandismo arruinados y cargados de deudas. Sus enemigos los acusaban de ser maniquíes lujosos y perezosos, frívolos, estériles, casi exánimes.
Había un voluntario autoengaño o malentendido en el dandismo, que consistía en asumir lo artificial como si fuera lo natural, y lo episódico como la esencia misma de la vida. No se esmeraban en ser muy ricos, sino en vivir como tales, o más que tales: los trajes, las corbatas, los desplantes principescos, las fiestas originalísimas eran tomados absolutamente en serio, como si fueran grandes empresas o batallas en sí mismas. Con plena conciencia, y amargo disfrute, los dandys hacían de su vida una extravagante obra de teatro para ellos mismos.
No se engañaban: no pretendían confundir la puesta en escena con la realidad, pero preferían esa puesta en escena a la realidad, con la misma decisión con que un artista prefiere el mundo que él mismo fabrica a la realidad exterior. En ello estaba su fatalismo y su (anti)heroísmo: escogían de la vida esas suntuosas e irónicas flores de trapo —sus nudos “increíbles” en las corbatas, sus trajes, sus chalecos, sus tableaux vivants de Alcibíades o Sardanápalo en salones o palacios, sus carros de múltiples caballos, sus conversaciones de intrincados aforismos—, a sabiendas de que eran artificiales, efímeras y costosísimas.
La tristeza, el desencanto incluso del propio dandismo, la esterilidad, conformaban el ánimo del dandy, siempre y cuando fuese asumido con serenidad y elegancia. De hecho, se expulsa del exigente ideal del dandy a todo aquel que tuviese otros intereses: quedaban fuera el enamorado, el desesperado, el artista, el político, el padre de familia o el empresario verdaderos. Quien tomara en serio algo del mundo real, fuera: sólo contaba ese celoso teatro imaginario —en la mayoría de los casos, duraba menos de cinco o diez años, y consumía grandes fortunas— al que dedicaban la vida entera (Cf.Patrick Favardin y Laurent Boüexière: Le dandysme, París, La Manufacture, 1988).
Llevado a este extremo, se llega al retruécano de los retruécanos: el dandismo nunca existió, dice d’Aurevilly (salvo, acaso, Brummel). La especie humana, tan falible, jamás pudo producir un dandy verdadero, ni siquiera el conde d’Orsay: sencillamente porque era demasiado guapo.
El dandy hereda, en una mezcla de alquimista, las tradiciones del aristócrata libertino del Antiguo Régimen y del revolucionario. Uno y otro conocieron la posibilidad del exceso, de traspasar límites, de imponer sus caprichos o ideas a la realidad. Pero el dandy no goza del poderío de un viejo conde ni de un líder de la Revolución Francesa: no es un noble de Las relaciones peligrosas ni de Sade, tampoco es Robespierre ni Saint-Just. Sin embargo, asume y magnifica sus desplantes, sus aforismos, sus extravagancias como indumentaria personal dirigida a impresionar... a otros dandys. No quería escandalizar al burgués, sino a sus semejantes, los únicos que podían aquilatar la valía verdadera de su personalidad y de sus representaciones.
El dandy surge en Inglaterra —suntuosa flor de podre de la morgue anglaise—, pero en una Inglaterra afrancesada que, sin sufrir la caída del Antiguo Régimen ni los costos de la Revolución, soñaba y se aterraba al mismo tiempo con los excesos de uno y de otra. Tuvo nombre desde el principio: George Bryan Brummel, tótem de la nueva tribu. Luis Antonio de Villena propone como antecedente a William Beckford de Fonthill, un riquísmo noble inglés de la segunda mitad del siglo XVIII, que se podía permitir enormes extravagancias; otros retroceden hasta Platón y Plutarco, y encuentran en Alcibíades el verdadero origen del gremio. Pero no era suficiente ser extravagantes supremos, se requerían otras cosas, que sólo la realidad europea del siglo XIX podía conceder: cierto liberalismo en la sociedad, que permitiera vivir en público episodios de vida social o tableaux vivants, a los que antes sólo podían tener derecho algunos nobles en el encierro de sus palacios; una crítica de actitudes más que de teoría, a la vida social, ya fuese monárquica, burguesa, o revolucionaria; cierta mezcla de clases sociales y un incipiente desarrollo industrial que permitiese, mediante la moda, que un noble menor o un pequeñoburgués pudiese representar en cotos aristocráticos excesos principescos; el espíritu romántico, que ya mostraba cierta simpatía por el diablo, por los destinos quebrados o marchitos, por los raros o excesivos sueños fracasados, por las ansias imposibles y los ideales quiméricos, y despreciaba los éxitos y los triunfos. Requería, finalmente, de una aristocracia en decadencia que les abriera las puertas, e incluso aclamara, a esos arribistas estéticos en los que gustaba de verse reflejada, idealizada.
Desde el principio ocurrió el amor imposible entre poesía y dandismo, con Lord Byron. Los poetas adoraban a los dandys, como héroes que trataban de vivir en la realidad un mundo poético. Pero los dandys se negaban a asumir las pasiones y las convicciones de los poetas, incluso la pasión y la convicción del poeta en su propio trabajo. No querían esencias, sino superficies. Ir más allá del rito y la superficie equivalía a apostatar del dandismo.
Por lo demás, el desencanto ideológico —ennui, spleen— del siglo XIX no encontró mejores expresiones que el dandy. Había desencanto de la religión, de la monarquía, de la burguesía y del socialismo. El dandy se atrevía a dar las espaldas por completo a la realidad, y a mirarla desde las alturas frías de su desdén, que no esperaba nada, ni pedía otra cosa que el perfeccionamiento de ese desdén operático y gratuito.
A su vez, los dandys amaban —amaban es una exageración: apreciaban— ciertos aspectos de las letras, la música y la pintura, pero como si fuesen artes decorativas. Apreciaban ciertas maneras, ciertas atmósferas. Especialmente su superfluidad. Ellos sabían que en la realidad burguesa o socialista, y a pesar de cuantas teorías se inventasen en sentido contrario, las artes no eran sino otro dandismo. Otra elegancia superflua y fatal. Otras corbatas increíblemente anudadas. Otros aforismos que no tenían mayor sentido que brillar un instante en una conversación de desencantados.
Ellos sabían que tampoco el arte tenía mayor sentido. A final de cuentas, era más valiente y elegante hacer un verso con el chaleco rojo, el cabello teñido de verde, una alcoba o un salón decorados como acuarela japonesa o pasaje de Las mil y una noches, con la manera de llevar el bastón, que con simples palabras. Lo supremo de la esterilidad, el dandy; abajo, meramente escrito o pintado, el arte; que los burgueses se ocuparan de la vulgaridad utilitaria. El pueblo no contaba. El dandy no condescendía con ningún sentimentalismo, y menos con los sentimentalismos sociales. En cierto sentido fueron grandes críticos de arte, al oponerse a las interpretaciones sentimentales, místicas o ideológicas de las obras artísticas, y ensalzar sus valores formales y efímeros.
En realidad, el dandy era un prodigio de equilibrista. Se dejaba de serlo, o no se llegaba a serlo, por un simple matiz. Aunque presumía de frío, podía llevar una agitada vida erótica, siempre y cuando no la tomara en serio; de otra manera caía en la vulgaridad del mundo real: un enamorado, un pasional. Podía escribir en periódicos, componer obras de teatro y poemas, sentarse al piano, pintar algunos cuadros: si el trabajo intelectual o artístico empezaba a gustarle demasiado, ya no era un dandy, sino un vulgar hacedor de arte. Había cometido el pecado de tomar el mundo real en serio. Igualmente, podía frecuentar la banca y la bolsa, o la política (Disraeli), pero si las inversiones o el poder lo preocupaban demasiado, ya era demasiado tarde: había quedado rota la estricta vocación del dandy.
Este tipo de negación elegante y fatal de la sociedad se volvió modelo literario de los antihéroes de la poesía y la novela del siglo XIX: vivir fuera de las normas (pero sin tentaciones socialistas ni bohemias), apreciar como el oro de la vida cosas evanescentes: el brillo, la gracia, el exotismo, la elegancia, la impasibilidad, pero a un grado de especialización máximo, de manierismo en las costumbres. Baudelaire reúne el patrimonio del dandy y lo vuelve vocación del arte nuevo. Su repulsa de la moral, del arte y de la vida modernas. Su búsqueda del exaltado instante estéril, pero lleno de forma, una forma desconcertante y provista de una artificiosa belleza glacial, de una teatralidad enigmática. Una exótica religión sin dioses, pero con rituales “bizarros”, minuciosos, implacables. Más que la de Baudelaire (quien fracasó, de tan apasionado y de tan endeudado, como dandy) la poesía dandista por excelencia fue la de Mallarmé, el autor más querido de Montesquiou.
Aunque se afirma, una y otra vez, que “el dandy no hace nada”, que ni siquiera se toma el trabajo de protestar, sino que solamente desconcierta con su elegante happening personal, sirve de recipiente a multitud de cambios mentales y emotivos que turbia y clandestinamente ocurren a lo largo del siglo. Uno de ellos es el cambio en la moral sexual. El paso de la norma cristiana a la norma cívica en la sexualidad propicia muchas pulsiones, protestas, apetencias y experimentos que rara vez se atreven a decir su nombre —algunos, nunca lo tuvieron—, y que se refugian en la impasibilidad erótica del dandy. Hablar de homosexualidad disfrazada es decir demasiado, aunque parece que a partir de Byron se volvió un “rito de protesta” mucho más celebrado de lo que se ha creído. Sin embargo, muchos dandys consumados que amaron —amaron es un decir: hicieron el amor— sobre todo a mujeres, experimentaron algo más que misoginia: un auténtico “horror de la mujer”, del sexo de la mujer, que por lo demás pobló todo el arte del siglo de mujeres fatales, de Salomés y Mujeres Araña. El dandy se proponía ser también impasible con respecto al sexo: buscaba, o celebraba, el amor artificial “hermafrodita y estéril”, “angélico”. Cuando, como en Poe o en Baudelaire, se celebra el sexo femenino, se crean mujeres quiméricas, gigantas, hetairas, misterios sáficos, esfinges demoniacas, momias, fantasmas, lamias, hechiceras, tigresas, bestias tropicales... ante las cuales el dandy puede ser lúbrico, pero sin dejar de ser estoico, de mantener su corazón y sus sentidos finalmente impasibles. De hecho, el amor por la mujer asesina al dandy y lo transforma en vulgar burgués, como le ocurre al pobre de Swann cuando se enamora de Odette, a lo largo de En busca del tiempo perdido.
A finales del siglo XIX ya cuesta trabajo ser dandy. Los casos emblemáticos, Óscar Wilde y Robert de Montesquiou (el Des Esseintes de Al contrario de Huysmans y el Charlus de Proust), ya saben demasiado. Les falta la inocencia moral de sus predecesores. Aunque ambos prefieren la vida a la obra, escriben demasiado y con mayor codicia artística de la permitida. Son elegantes y brillantes, pero ya han aprendido que nadie escapa —ni el dandy— de la vulgar condición humana: no pueden ocultar pulsiones carnales y emotivas verdaderas, más allá de cualquier teatralización, de cualquier estilización. Las drogas dejan de ser elíxires: se han vuelto tan populares que se las conoce como vulgar droga. Y no sólo el mundo real los aburre, también su personal mundo teatralizado. Está El retrato de Dorian Gray, está la agonía de la lujuria y del corazón en Monsieur de Charlus (En busca del tiempo perdido).
Pero queda el ideal de una elegancia íntima en la manera personal de habitar el mundo. Sí vale la pena endeudarse por meses (o de por vida) a cambio de una corbata de “león” o de un derroche extravagante. Sí vale la pena retar a todo un medio social (sin llegar a la ruptura) a cambio de permitirse tal extravagancia fina, tal discreta insolencia, sencillamente para ser otra cosa que los grises destinos previstos para la especie opaca. Vale la pena vivir los poemas —ciertos matices, cierta rima— fuera de la página. López Velarde soñaba con los dandys; Salvador Novo, en los años veinte, hizo más que soñar en ellos.
De hecho, los beatniks, los hippies, los millones de seguidores de los Rolling Stones, los punks, los chicos techno, algo conservan del sueño de Brummel. Ser en la vida real algo brillante y pasajero, desconcertante, ataviado, novedoso, vistoso, caro, sólo para uno mismo... y para retar solamente a quienes, como uno mismo, siguen el mismo sueño.
A final de cuentas, el dandismo no es sino tomar una canción, una obra de teatro, una novela o un poema por la realidad. Ser durante unas horas en la disco —el dandy radical lo era de tiempo completo— una especie de Rolling Stones, o más que los Rolling Stones. Nomás por serlo. Porque eso es la vida, no el trabajo del día siguiente, ni la familia en casa. Óscar Wilde declarará esta radical estetización de la propia vida que es el dandy en la autobiografía que escribió en un solo renglón: “La muerte de Luciano de Rubempré [Las ilusiones perdidas, Esplendores y miserias de las cortesanas, de Balzac] es el drama de mi vida”. Madame Bovary (a quien Baudelaire consideró una mujer de espíritu masculino) no fue una simple adúltera, sino una dandy del adulterio. Una travesti del dandismo, como su admiradora George Sand.
Óscar Wilde es el emblema y la muerte del dandy en el sentido de que —aunque dandy imperfecto, porque también fue un gran artista, y un gran apasionado— no pudo realizar ese imposible equilibrio de retar sin romper, de ser original sin exiliarse, de ser lo opuesto a la norma pero dentro de la norma. Rompió, fue exiliado y execrado. Y todo porque había que buscar algo nuevo para su propia vida. Ya no resistía el tedio del dandy. Él mismo solicita su tragedia. Se le urge, cuando todavía estaba a tiempo, que lo suspenda todo y escape. Contesta con un suicidio de dandy: “Es preciso ir tan lejos como sea posible... Y ya no puedo ir más lejos... Es necesario que me ocurra algo... que me ocurra algo... diferente”.

miércoles, 24 de junio de 2009

UN BRAVO POR LOS CASTRADOS

UN BRAVO POR LOS CASTRADOS
Por José Joaquín Blanco

La reivindicación de los castrados llegó tarde, a partir de los años setenta, y no ganó a un público amplio (europeo) sino en los noventa, con algunos libros (Dominique Fernandez: Porporino ou les Mystères de Naples; entre nosotros: Sergio Pitol: El desfile del amor), la película Farinelli y media docena de discos compactos (Le Temps des Castrats, L’Age d’Or des Castrats) que, interpretados por contratenores —Jochen Kowalski, James Bowman, Derek Lee Ragin, Alfred Deller, Paul Esswood—, retomaron el gran repertorio del siglo XVIII (Bach, Purcell, Scarlatti, Cavalli, Pergolesi, Hasse, Porpora, Broschi, Caldara, Haendel, Gluck, Mozart) para esas voces. (Hay “sopranistas” naturales, sumamente raros, como Aris Christophellis.)
Destaca el rol de Orfeo, en la bella ópera de Gluck, que ha sido éxito travesti de la Callas y de muchas divas. ¿Por qué escandalizarse de que en otros siglos los hombres cantaran en roles de mujeres, si en el nuestro todas las divas cantan en los roles de hombres, y vestidas como grandes héroes y guerreros, compuestos para los castrados?
De haber ocurrido poco antes, cuando cierta androginia causaba furor en el rock (David Bowie, Lou Reed, Mick Jagger, Boy George, Freddy Mercury, Prince, Michael Jackson, Madonna), habría gozado de mayor aceptación, y no el tímido reconocimiento a su excentricidad. Los años sesenta y setenta fueron su oportunidad, cuando la contracultura estaba en auge: Si se aceptaba con relativa tolerancia la contracepción, la esterilización voluntaria, el travestismo y la transexualidad (que, dicho sea de paso, es solamente una castración, toda vez que las mujeres artificiales no reciben en el quirófano un sexo femenino verdadero, sino una mera simulación plástica), ¿por qué seguir siendo tan intolerantes frente a la antigua castración con fines musicales? ¿Por qué el sí para las vasectomías, las ligas de trompas y los transexuales, y el no sólo para los castrati?

LA VOZ INCONCEBIBLE
Ignoramos cómo nació la ocurrencia de despojar de los testículos (no del pene, cuyos pleno crecimiento y función eréctil no se dañaban en las operaciones exitosas) a los niños o adolescentes que destacaban en el coro, a fin de impedir que las hormonas masculinas destruyeran la agudeza y la claridad de la voz infantil. En realidad, no sabemos cómo cantaban realmente los castrados. No era solamente una prolongación de los registros infantiles, ni una imitación de la voz de mujer.
Era eso, y algo diferente: una potencia nueva, por la más amplia caja torácica masculina y las cuerdas vocales más fuertes, que permitía a los castrados una voz artificial prodigiosa, la cual se usaba en catedrales y capillas no sólo para representar a los altos ángeles en misas, misereres y aleluyas, y en la ópera personajes femeninos, sino sobre todo a los grandes personajes heroicos que requerían una voz angélica o sobrehumana: los dioses y los héroes de las mitologías. Sí, para cantar como Orfeo se necesitaba algo más que una voz de tenor: una voz de castrado.
Ahora nos resignamos a que las divas interpreten, ridículamente travestidas en guerreros, los papeles de Jerjes, Julio César, Escipión, Pompeyo, Hércules, Mitridate, Ciro, Alejandro, Aquiles, Orfeo, Rinaldo, que fueron escritas para los castrados. “Nada en toda la música es tan bello como una voz fresca y joven de castrado. Ninguna voz de mujer tiene su firmeza, su fuerza y su suavidad”, escribió el poeta Wilhelm Heinse. Y el propio Diderot: “¿Estabais ahí cuando el castrado Caffarelli nos sumía en el arrobamiento?”
Los papas, los reyes y los empresarios se los arrebataban. Italia, Inglaterra, Austria, Alemania, Rusia, Francia. Se les escuchaba en el imperio turco. Cristina de Suecia interrumpía guerras internacionales y provocaba conflictos diplomáticos para ganarse a los castrados más brillantes para su palacio. Tanto admiraba Felipe V de España a Farinelli, el único ser en el mundo que pudo extraerlo de sus profundas depresión y neurastenia, que le dio rango de ministro de Estado, para escándalo de Voltaire (Cándido). Hasta Napoleón contrataba para su servicio particular a los castrados, al mismo tiempo que lanzaba humanitarios edictos liberales contra la castración. Los principales roles para un castrado, además de la música eclesiástica, eran los de héroes mitológicos o de la historia antigua, no los de soldado, torero, rentista, poetastro pobretón, tendero o buen vecino que a nadie se le antojaban en los siglos XVII y XVIII, y que se volverían protagónicos hasta el siglo XIX. Eran personajes increíbles, magníficos, para los que se buscaban voces portentosas, inauditas.
Escribe Patrick Barbier: “Muchas horas de trabajo diario durante años procuraba a estos cantantes una capacidad respiratoria que, añadida al desarrollo de la caja torácica, les confería una potencia y una autonomía respiratoria realmente admirables. Sacchi decía que Farinelli poseía ‘lo que es más importante, una capacidad pulmonar de inspiración y espiración de una amplitud extraordinaria’. Además, la situación muy particular de la laringe del castrado y el acercamiento de las cuerdas vocales a las cajas de resonancia acentuaban la sensación de plenitud, de brillo y nitidez que fascinaba al auditorio. Por último, las cuerdas vocales del castrado, generalmente más cortas que en el hombre pero más largas que en la mujer y, sobre todo, más musculosas, debían de producir un sonido intermedio donde se fusionaban, en un cuerpo masculino, los más bellos atractivos de la voz del niño y de la mujer”.
Alcanzaban tonos sobrehumanos durante un tiempo increíblemente largo. Sus acrobacias vocales empezaron a tocar lo inconcebible en el siglo XVIII “con cantantes que pasaban alegremente del grave al medio y al agudo, con aterciopelado igual en todas las gradaciones. Cusanino pasaba del Do 3 al Do 5 (o Do agudo). Pacchiarotti del Si bemol 2 al Do 5, Marchesi del Sol 2 al Do 5 y Farinelli del Do 2 al Do 5, y hasta el Re 5 (Re sobreagudo). Aún más excepcional, pero no necesariamente más estético, era el Fa sobreagudo del castrado Domenico Annibali, que no debía de tener muchas ocasiones de utilizar. En un caso absolutamente único, el de Luca Fabris, el exhibicionismo vocal resultó literalmente mortal. Una noche el maestro Galuppi exigió a su discípulo una nota tan elevada que el joven castrado tuvo un ataque y murió en escena”. (Partrick Barbier: Histoire des Castrats, París, Grasset, 1989; versión castellana de Javier Vergara Editor, Buenos Aires: Historia de los castrati.)
En la película Farinelli se intentó crear en un laboratorio —“reinventar”— una voz de castrado, mezclando las voces de la soprano Ewa Malla-Godlewska y del contratenor Derek Lee Ragin: “Como nadie hoy en día posee un rango vocal de castrado (hasta tres octavas y media), se convocó a la soprano y al contratenor, para que aquella cantara las partes más agudas y éste las más graves”, nos informan los productores. El montaje tuvo más de 3 mil “puntos de edición”, además de los trabajos para “homogeneizar los timbres” de ambos cantantes... Un castrado cibernético. ¡Frankenstein en la ópera!

LOS PRESTIGIOS DE NÁPOLES
El auge de los castrados duró solamente un siglo, el de las Luces, aunque ya brillaban en el XVII y siguieron dando la batalla en el XIX: de Monteverdi a Rossini. El empeño de crear estos ángeles de la música surgió en el Vaticano y buena parte de Italia (Nápoles, Venecia, Milán, Bolonia) a principios del siglo XVI, al parecer como remedio a la prohibición papal de que las mujeres cantaran en la iglesia y los teatros —lo que obligaba, para suplirlas, a estar formando continuamente coros desechables de niños que, al poco tiempo, conforme crecían y les cambiaba la voz, había que reemplazar. Hubo cuatro escuelas o conservatorios de castrados en Nápoles.
La castración o “eviración” fue desautorizada desde mediados del XVIII por los científicos racionalistas, humanitarios y progresistas de la Enciclopedia y luego por la Revolución Francesa, como monstruosidad y ultraje a la condición humana. El papa León XIII prohibió definitivamente el uso de nuevos castrados en la música eclesiástica hasta 1902, pero siguió empleando a los que ya había hasta 1913.
La castración con fines de canto siempre estuvo sometida a debate. La Iglesia Católica desautorizaba teóricamente esa mutilación, aunque instruía, empleaba y premiaba a algunos cientos de mutilados, que formaban parte conspicua de los coros de las iglesias y de la corte del papa y de todo tipo de obispos y cardenales. (Para lo único que sirvió esa prohibición fue para que la castración, como el aborto, se practicara semi-clandestinamente, en condiciones higiénicas desastrosas.)
Se trataba además de una mutilación ejercida a niños muy pobres, incluso en contra de su voluntad, por la ambición de atraerles, a ellos y a sus familias, las riquezas y el renombre del éxito musical. Siempre se supo que se trataba de un verdadero tráfico de infantes, en el que estaban involucrados la propia familia del niño, los colegios de música, los jerarcas eclesiásticos, los profesores y empresarios musicales y los altos funcionarios de reyes y príncipes.
Para agravar más las sombras del procedimiento, ocurría que las más de las veces esa operación no era realizada por cirujanos profesionales, sino por empíricos y barberos, en condiciones de sanidad deplorables, de modo que muchos niños operados (hasta en un 80 por ciento) morían o sobrevivían —lesiones, hemorragias, infecciones— en condiciones trágicas. La técnica consistía en drogar a los niños y cortarles los testículos dentro de agua hirviente —para atenuar la hemorragia—, a veces mezclada con leche o con hierbas que se suponía antisépticas, y dejarlos cicatrizar.
Aun cuando tenía éxito, la castración no aseguraba una voz extraordinaria, ni siquiera pasable, en la mayoría de los casos; de modo que muchísimos castrados nunca brillaban como cantantes, sino que se pululaban como sombras de coros, colegios y sacristías.
Los argumentos en favor eran poderosos, aunque no lo parezcan tanto dentro de nuestra humanitaria lógica moderna. Los castrados no sufrían mayores riesgos que los que se cernían sobre los soldados de las especialmente sangrientas guerras del siglo XVIII, y escapaban de las salvajes condiciones de los campesinos y trabajadores de minas o fábricas. Espantarse del castrado y no del soldado, del campesino o del trabajador era llana hipocresía humanitarista de tartufos bien pensantes. Multitud de jóvenes pobres arriesgaban tanto como el castrado en la guerra o el mar, para salvarse a sí mismos y a sus familias de la miseria.
Dice pintorescamente Dominique Fernández, en nuestra época: “Quienes se levantan contra la barbarie de la castración olvidan las considerables desventajas que compensaban una pequeña disminución física [sic], por lo demás menos radical de lo que se piensa... [pues] eran capaces de hacer el amor. Cuando tenía éxito, la operación los dejaba estériles, pero no impotentes”.
Miles de hombres y de mujeres ofrecían en esos siglos no sólo su sexualidad, sino sus personas y destinos completos, al servicio de Dios y la iglesia. Escandalizarse del destino sexual del castrado, y no del de los miles de frailes y monjas también era un tartufismo. Con la humanitaria lógica actual, incluso la maternidad sería monstruosa en esos siglos, pues infinidad de bebés y de madres morían en el parto, o quedaban en muy malas condiciones.
De hecho, el castrado era una especie de fraile, y como éste contaba con el gran argumento: “Nada es poco, ni un órgano humano, ni la propia vida, ofrecido en honor y a la gloria de Dios y de su Iglesia”. Se sacrificaban los testículos para la mayor gloria de Dios... y del papa, los cardenales, los obispos, los reyes, y luego de la afición en general, que aplaudía a rabiar, sin mayor escándalo, a sus ruiseñores absolutos. Incluso en la puritana Inglaterra, donde causaron furor.
El arte también lo exige todo. Los boxeadores, los toreros, algunos acróbatas y corredores de autos también corren riesgos mortales para escapar de la miseria, hacerse de prestigio y enamorar al público. Entre los músicos del Vaticano y de Nápoles no se decía que habían castrado, sino “mejorado”, a los niños cantores. En Francia, que apenas se les había “incomodado”.
La verdad es que el escándalo frente a los castrados en la edad moderna se debió menos a motivos realmente humanitarios —sólo Dickens se acuerda de qué les pasaba a los niños obreros—, que al represtigio en el siglo XIX del sexo masculino. Las partes viriles son mucho más estimadas en la época moderna que en la barroca: las “vergüenzas” de antes se volvieron el intocable orgullo del hombre del siglo XIX, que admiraba menos a los ángeles y a los mitos, y más a los soldados, a los aventureros, a los seductores, y finalmente a los padres y abuelos de buena familia... figuras todas ellas poco alabadas en la época barroca.
Ni la virilidad (los reyes se polveaban, maquillaban y enseñaban la pierna), ni la fertilidad (que era una calamidad para las mujeres), ni la procreación (indeseable para los ricos, porque dividía los patrimonios; y para los pobres, porque aumentaba la miseria) eran en los siglos XVII y XVIII los emblemas de oro en que los convirtió el romanticismo y la familia burguesa... y que nuestras pastillas, condones, diafragmas, dispositivos, vasectomías, abortos y ligas de trompas de fin de milenio están descascarando. La tragedia de los castrados fue sobre todo la de quienes murieron o quedaron lisiados y enfermos, y la de quienes no siguieron cantando como ángeles, a pesar de la operación.

LA PROFESIÓN Y LOS MITOS
Pero muchos castrados, acaso trescientos en total, sí llegaron a ser cantantes magníficos en tres siglos europeos; algunos, una docena, se volvieron las grandes estrellas internacionales de su tiempo, adorados no sólo por papas, cardenales, reyes y nobles, sino por el propio pueblo, como si se tratara de las actuales estrellas de rock: Farinelli, Caffarelli, Giziello, Marchesi, Mateuccio, Pacchiarotti, Senesino, Sifacio... Nacieron al mismo tiempo que la ópera, y fueron sus mayores estrellas durante siglo y medio, desplazando muchas veces a las mejores sopranos. (Los tenores contaban poco; los bajos, casi nada.)
Buena parte de su éxito se debía no sólo al “artificio” de dotarlos de una voz más aguda y potente, sino a su esmerada educación en el virtuosismo vocal, de la que carecían las sopranos y los tenores. Los castrados eran los cantantes mejor educados en los siglos XVII y XVIII. Solían ser, además, músicos tan preparados —contrapunto, ejecución de instrumentos, composición— como los ejecutantes y compositores más reputados. Estudiaban en rigurosas academias de Nápoles durante más de diez años con los mejores maestros de Europa, y no se limitaban sólo a interpretar, ya que el gusto de la época les permitía inventar o improvisar todo tipo de variaciones sobre la partitura (Da capo), al grado de transformarla por completo, e insertar sobre óperas o programas dados sus arias favoritas. Eran verdaderos inventores de música. Algunos escribieron sus propias obras, y casi todos fueron también maestros en colegios y coros importantes. Rossini se indignaba de que los castrados solamente se interesaran en su despliegue de virtuosismo, de florituras, sin respetar las proporciones ni el tejido dramático de las óperas, pero no quiso exterminarlos, sino llamarlos al orden, a la obediencia de las partituras.
Hay mitos sobre los castrados que no cuentan con apoyo testimonial. Uno es el de considerar que la operación los feminizaba tanto sexual como físicamente. Sí hubo muchos castrados redondos como matronas —también existieron curas, banqueros y carniceros “completos” gordísimos—, pero se sabe de bastantes que fueron galanes muy atractivos, de exitosa estampa viril. Y no fueron homosexuales famosos sino todo lo contrario: reputados amantes de marquesas mal casadas. Se les acusó rara vez de seducir hombres, y sí, todo el tiempo, de ser preferidos por las damas aristocráticas, por su glamur y por la ventaja de que no corrían el peligro de embarazarse de ellos. Hasta cundió el mito de que, aliviados de tan pesadas bolsas, poseían una potencia, una agilidad y una duración mayores.
Marchesi, Caffarelli y Farinelli no fueron menos lascivamente asediados por las damas que un moderno cantante de rock. Para Stendhal (defiende a los castrados en sus biografías de Haydn, Mozart, Metastasio y Rossini), el castrado Velluti no sólo era un gran cantante, sino “uno de los hombres más apuestos de su siglo”, y cuenta que en Viena las mujeres llevaban medallas con el rostro de Marchesi.
Madame Vigée-Ledrum (Souvenirs 1790-1793) narra cómo las damas romanas irrumpían en gritos y en desamayos cuando cantaba Crescentini. Caffarelli y Rauzzini conocieron arriesgadas peripecias, típicas del Don Giovanni de Mozart, para escapar de los iracundos maridos de sus amantes. Pacchiarotti se batió en duelo por una marquesa. Sifacio se disfrazó de monja para seguir amando a una viuda, a quien la celosa familia había encerrado en un convento. Bernacchi, monógamo y casi feminista, no aceptaba cantar a precio alguno si no era al lado de su amante, la soprano Antonia Merighi.
Sorprende, por lo demás, la longevidad de muchos de ellos, que llegaban a los sesenta, setenta y ochenta años, en una época en que el promedio de vida no pasaba de los cuarenta (lo que acaso se explique por la vida disciplinada y sana que su difícil profesión de cantantes virtuosos les exigía: rara vez se les acusó de ebriedad o disipación, aunque sí fueron víctimas del vicio del juego.) Stendhal encuentra que, a los setenta años, Pacchiarotti siempre “centellea”, siempre canta de modo “sublime”; y no sólo canta: “en seis conversaciones con este gran artista, he aprendido más que en todos los libros: es el alma que habla al alma”.
Muchos de los castrados triunfadores fueron empresarios, maestros, filántropos notables, con devoción por sus familias y por la religión. Todo lo opuesto a su fama de “invertidos disolutos”. Claro que se puede sospechar, en los más jóvenes y apuestos, que ofreceran ocasionalmente algo más que cantos a sus benefactores cardenalicios, como documentan Casanova y Balzac (Sarrasine), pero en la infinidad de documentos maliciosos que existen contra ellos no se les acusa concretamente de ejercer venalmente la homosexualidad.
Es razonable suponer que se dedicaban de lleno a su mayor atractivo, el canto, que tanto les redituaba y más les había costado. Tenían que ensayar arduamente todos los días, pues todo su destino estaba en el virtuosismo profesional, y su fortuna en triunfar como cantantes virtuosistas contra sus feroces competidores. Por su parte, los cardenales y marqueses homosexuales podrían contratar para sus amores a muchos efebos comunes y corrientes, que les saldrían infinitamente más baratos. Un buen castrado en el siglo XVIII llegaba a ganar, por su canto, más que un general; a cualquier purpurado podría costarle toda su fortuna hacerse de semejantes amantes canoros. Y los cardenales son avaros, siempre. Sólo se sabe de una relación homosexual abierta de este tipo: la del castrado Cortona, quien por lo demás alguna vez había intentado casarse formalmente (el matrimonio estaba prohibido a los castrados), con el hijo del duque de Toscana, un Médicis.
La decadencia y extinción de los castrados se debió a varias razones: a la filosofía moderna, humanitaria y naturalista, de los enciclopedistas, que exigía el respeto a las “normas” de la naturaleza y a los derechos humanos, y que se volvió ley en toda Europa a partir de Napoleón; al romanticismo, que condenaba los artificios, virtuosismos y “monstruosidades”, y celebraba el culto “natural” a los roles sentimentales: el amor “normal”, y ya no los mitos, se volvió el asunto de las óperas del siglo XIX, permitiendo el triunfo definitivo de las sopranos: Lucia de Lamermoor, Carmen, La Bohème, La Traviata, Tosca, Madame Butterfly... La única excepción a esta regla, Wagner, no encontró sitio en su Walhalla para los castrados barrocos.
Philosophes, enciclopedistas, románticos, liberales, socialistas y positivistas odiaron a los castrados como a una monstruosidad barroca más, como si fueran retablos escandalosos, dragones o quimeras de la música. Finalmente, al ser derrotado en cuanto poder terrenal, el Vaticano no pudo seguirse manejando a través de los ambiguos arbitrios de los papas y cardenales, y tuvo que aceptar las leyes europeas modernas y prohibir definitivamente la contratación de castrados en sus iglesias (aun así, había en 1913 un castrado en el Vaticano, Alessandro Moreschi —un castrado sin técnica, pues las escuelas napolitanas para castrados fueron suprimidas cien años antes—, quien había tenido la mala ocurrencia de grabar varios discos en 1902 y 1904, que para nada hacen justicia a todos los “¡bravo!” que durante más de un siglo Europa entera entonó en loor de los ángeles del altar y los ruiseñores de la ópera).
La Iglesia siguió —sigue— usando las efímeras voces infantiles para sus coros “sublimes”. A la fecha, los coros femeninos no son lo más habitual ni lo más destacado de la música católica, a diferencia de los coros negros protestantes, con todas sus Mahalias Jackson en los Spirituals, que a veces aburren tanto como si Roberto Carlos le cantara al papa Juan Pablo II.
Puede uno imaginarse a un castrado de buena estampa, que representa a un héroe griego; ahí está, trepado en una colina de cartón piedra, más ataviado que el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Porta espada, escudo y lanza relucientes, un casco de plumas en la cabeza (“de por lo menos seis pies de altura”, especifica Stendhal). Y canta, canta Da capo durante más de un cuarto de hora apenas unas ocho frases, con todas las variaciones “inconcebibles” que se le ocurran, entre un heroico estruendo de trompetas (menos potentes que la voz del castrado), y todo para vencer a un mudo y magnífico león de utilería, acaso revestido de tres o cuatro docenas de larguísimas cabelleras rubias naturales, frente a un público consternado o eufórico que está en un momento insólito, sobrehumano. En su entusiasmo se imagina que el arte es más que la vida, que es una vida diferente, maravillosa, de otro modo, en otra parte. Cree que el hombre puede crear reinos de prodigio, paraísos artificiales.

miércoles, 17 de junio de 2009

EL CORRIDO DE JUAN MURRIETA

El corrido de Juan Murrieta
Por José Joaquín Blanco


“Pues sí, señores,
pues sí, será:
que aquí se mueren los hombres
con mucha facilidad.”
Corrido de José Roberto y Simón
I
Mi tío Juan Murrieta fue un hombre de honra y pro, como se decía antes; un hombre a carta cabal, de los que debieran ser inmortalizados en bronce, de traje y con libro, como don Benito Juárez o san Juan Bosco.
No brilló en la política ni en los negocios, aunque consolidó la prosperidad de toda la familia, y nuestra familia es muy grande; ni realizó milagros. Ni siquiera iba mucho a misa, aunque tampoco faltaba demasiado. No se preocupaba mucho por la política, por las elecciones, si bien invariablemente votaba por el PRI, pues decía que ya era difícil soportar a un partido de bribones como para, además, soportar a los varios partidos de los mismos bribones pero también en la oposición.
Creía en la razón, en el sentido común, en la familia, en las leyes, en la moral cristiana. Desde chico, ya ve cómo somos de cábulas aquí en la Huasteca, la gente, incluso o sobre todos las mujeres, lo acusaban en broma de relamido, de creído, de cobarde, de mustio, de cura, de afeminado, de mandilón. Pero a él todo eso le hacía lo que el viento a Juárez.
Vivía exclusivamente para su trabajo y para su familia, y se juntaba con muy pocos amigos, tan pacíficos y decentes como él. Apostaban a la baraja fichas de plástico, sin dinero. Pero se veía algo raro. Yo creo que vivió antes de tiempo. Ahora, con el feminismo, sería un ideal del marido antimacho, del padre antimacho. O después de época: parecía imagen del bonachón padre modelo de la prehistoria, a veces representado en el cine por Carlos Orellana y por Joaquín Pardavé.
¿Creerán que a mi tía Casilda, que todavía está sana y fuerte, y a quien le hizo ocho hijos, la llamaba siempre “mamá” y le hablaba de usted? Llegaba a mediodía a la casa, se sentaba en la cabecera de la mesa, dirigía las oraciones de toda su enorme familia, y le preguntaba: “¿Y ahora qué nos va a dar usted de comer, mamá?”.
La tía Casilda lo tomaba un poco a broma, porque el ustedeo y el mamaseo la hacían sentirse más vieja de lo que era, pero también le hablaba de usted y de “papá”, como en las películas ambientadas en tiempos de don Porfirio. Y lo bendecía, con muchas oraciones y cruces de dedos, y beso en la frente, siempre que salía de casa, así fuera nada más a su tienda, que quedaba en la esquina.
Mucho se debieron de haber divertido, cuando tuvieron tantos hijos, pero a nosotros, los primos, más modernos, nos daba risa tanta ceremonia, tanta cursilería, hasta infantilismo. Se consentían uno a otro como bebés. “Ahora le preparé, papá, el chayotextle al axiote que tanto le gusta”. “¡Es usted una santa, mamá, que Dios se lo tenga en cuenta!”.
A veces el tío Juan fingía ya no tener apetito, y ¿creerán ustedes que entonces tía Casilda le partía el alimento, y le acercaba el tenedor o la cuchara a la boca, como a niño chiquito?: “A ver, papá, no sea melindroso: dos pedacitos más de carne y ya; pero abra bien la bocota, papá, que le voy a chorrear la corbata”.
Los primos conteníamos la risa, la reservábamos para el momento de ir con el chisme a nuestros papás, que adoraban al tío Juan Murrieta pero no dejaban de burlarse de él: “¡Qué visionudo!”, “¡Qué payasos, los dos!”; “Casilda era la más tremenda de todas las hermanas, ¡si hubieran visto lo noviera y traviesa que fue!; y mírala ahora, de santita”.
“Y de abusona”, porque todos sabíamos que el pobre tío Juan Murrieta regresaba del trabajo a ayudarla en la cocina, sobre todo cuando se trataba de postres y pasteles, que la tía cocinaba al mayoreo, para repartirlos entre familiares y vecinos, o moles, o bacalao. No era raro encontrar al tío Juan Murrieta con mandil y la nariz enharinada, o descabezando maíz para el pozole, o limpiando verdolagas y huauzontles.
Era hombre de su trabajo y de su casa. Comerciante. Nos tuvo como empleados a varios sus primos y sobrinos, o esposos de las primas y sobrinas, cuando éramos chamacos, y luego nos ayudó a poner nuestras tiendas propias. Porque era un genio estableciendo negocitos. Tenía olfato para eso. “Si sigues conmigo siempre vas estar atenido a un sueldo, Genarito, me dijo: búscate un local y yo te ayudo a poner tu changarro”. Un patriarca discreto, pues.
Invariablemente del trabajo al hogar, a jugar a la casita con la tía Casilda hasta cuando tuvo nietos. También jugaba mucho con sus hijas, quienes lo adoraban pero a ratos se desesperaban de que las tuviera como monjitas: nada de salir a la calle más que en compañía de adultos de confianza (siempre parientes), ni de poner discos o el radio a todo volumen, ni de vestirse “como pizpiretas de la televisión: ¡Calmadas, mis niñas, pórtense como niñas!, ¿qué no les da gusto ser niñas?”
Claro que no: querían jugar a vampiresitas, como sus compañeras de escuela. Pero hacían pocos berrinches: el tío Juan Murrieta les cumplía todos los gustos pacíficos y decentes, las mimaba hasta con ceremonia y cortesía, como a señoritas. Damitas desde chiquitas. Tenían sus cuartos llenos de muñecas y animales de peluche, y una colosal casa de muñecas perfectamente amueblada, que ocupaba medio corral. Y cuando jugaban a las costureras el tío se prestaba a servirles de maniquí, incluso a que lo enredaran entre los rasos, los tules y los terciopelos, los encajes y la bisutería de un pretendido vestido de gala de princesa.
Con los hijos varones el trato era más hosco. Se diría que el tío Juan Murrieta les tenía un poco de miedo, sobre todo a partir de la adolescencia, cuando dejaron de bastarles la pelota, los carritos, los robots de pilas y los modelos para armar.
Los chamacos se escapaban todo el tiempo para formar bandas con los pelandrujos de los barrios bajos, que sólo quedaban a cinco cuadras de la vieja casa de la familia Murrieta. El tío insistía, sin mucha convicción, en decirles que ser hombres no significaba ser majaderos, ni violentos, ni destructores, ni atropellar a los débiles, ni llenarse la boca con majaderías de arriero, ni andarse retando a lo bobo a puñetazos y mordidas como animales.
Les imponía, hasta que se rebelaron por completo a los quince o dieciséis años, las ocho de la noche como hora máxima para estar de vuelta en casa. Porque había que revisar las tareas y sería una “ingratitud imperdonable” con Mamá Casilda dejarle la cena servida, u obligarla a recalentarla. “¡Tengan consideración con su madre santa, todo el tiempo en un hito por ustedes!”
Nos burlábamos de nuestros primos: “Ya córranle de regreso a su museo!”, les decíamos; “¡Los Murrieta ya vuelven a su tumba!”, proclamábamos; y terminábamos a moquetazo limpio. “¡Que los cuelguen en su ropero todo el día, no se vayan a arrugar!” “¡Desayunen píldoras de naftalina, para que no se apolillen!” “¡De seguro todavía maman chichi y se mean en la cama!”
Por fortuna, los chicos Murrieta salieron bravos y se imponían a la tropa. “¡Nos tienes envidia!”, le dijo una vez Jacinto Murrieta al más peleonero de la banda, un tal Felipe Casasús, tan libre que podía jugar bote pateado a medianoche en la calle, con muchachos grandes, y hasta se había escapado dos o tres veces, arrimado con los traileros, a San Luis Potosí: “¡Tú nunca quieres estar en tu casa porque tu papá te agarra a correazos! ¡Siempre está borracho y siempre te agarra a correazos!” Ese pleito fue feroz. Le arrancamos de encima a Felipe Casasús, quien estaba en plan no sólo de golpearlo y patearlo, sino hasta de destriparlo.
Niñerías de hace veintitantos años que me vienen a la memoria porque el tío Murrieta acaba de morir, de una muerte terrible que no merecía: más de dos años en cama; operación tras operación; tanques de oxígeno, sondas, enfermeras, olor a medicinas y desinfectante. Una muerte demasiado pavorosa para quien siempre buscó el orden y la paz.
La tía Casilda parecía haber agonizado con él: así había quedado de chupada, de desencajada con su agonía. Luego, por fortuna, se recuperó bastante. También sus hijos, a quienes en la edad adulta dejó de parecerles tan extravagante el hogareñismo del tío Murrieta. Ahora siempre presumen de haber contado todo el tiempo, durante toda la vida, con su padre; y no nada más a ratos infrecuentes, tensos y monosilábicos, como el resto de la gente en Valles.

II
En las espesas horas del velorio, al que asistió la mitad de Valles, íbamos y veníamos por los pasillos, salones, escaleras y jardines de la funeraria hablando de las cuitas de ese hombre célebre en la comarca por mandilón y persinado, pero también por bondadoso y alegre. Había sido un santo, un hombre de Dios, ¡y con qué agonía tan tremenda se había visto recompensado! Alguien dijo: “Me cae que paga más ser rufián o abigeo: uno se muere sin tanto martirio, en el acto: ¡un balazo y ya!”
Al sonido de la palabra “abigeo” susurró mi madre —ya todos éramos adultos y casados—, hermana mayor de Casilda: “¿Pero qué no lo sabían? El papá de su tío Juan fue un bandolero terrible. Mató a mucha gente. Quemó ranchos. Anduvo de prisión en prisión por todo el Norte hasta que otros presos lo mataron a clavazos, aquí en Valles. Como no encontraron un puñal en la cárcel, lo destriparon con unos palos con clavos. Eso ocurrió por 1942”.
Entonces supe que todo Valles, o por lo menos la mucha gente que tratábamos en Valles, quería de veras, a la buena, al mustio tío Murrieta, porque de tantas cosas que se decían sobre él, pues hasta de catrín, hipócrita, chulo, petimetre, afeminado, avaro y usurero lo chismeaban, nunca llegó a nuestros oídos su verdadera vergüenza.
“Lo crió su abuelo”, siguió diciendo mi madre. “Por eso sacó todas esas visiones, todos esos tics del año de Maricastaña. El abuelo materno lo recogió, cuando el padre estaba preso y la madre se había escapado a los Estados Unidos, para evitar la infamia y la venganza de las víctimas.”
Lo crió, más que como niño, como abuelito. Abuelito desde pequeño. De trajecito de casimir y siempre impecable. Corbatita. Cortés, servicial, con lenguaje de domingo. Tímido. Almidonado. Para todo el “mande usted”, y el “por favor”, y el “porfavorcito”, y el “quisiera si no es molestia”... Lo mandó al colegio de monjas Motolinía, adonde iba menos peladaje y corría menor riesgo de encontrarse con hijitos de rancheros o camioneros que supieran las correrías del papá.
El abuelo era profesor de secundaria y el nieto parecía también un profesorcito. Andaba siempre con un libro: Biografías de hombres ilustres, Momentos estelares de la humanidad, Cápsulas filosóficas del Reader’s Digest. Jugaba con el abuelo (pues le permitían poco salir a la calle) a los experimentos de química y a las construcciones del mecano, un juego (entonces muy en boga que hasta tenía su revista mensual, Mecánica infantil), de barritas de metal, verdes y rojas, con múltiples orificios; poleas, rondanas y tornillos, con el que se formaban grúas, edificios y barcos.
Todos sus parientes, que lo evitaban como a la oveja negra del rebaño, como a la manzana podrida del frutero, pensaban que se iba a dedicar a cura. Era monaguillo y consentido del párroco. A lo mejor también eso creía él. Pero su abuelo se murió pronto, cuando el tío Murrieta contaría apenas catorce o quince años. Y tuvo que dedicarse al comercio en el mercado, de ayudante.
La gente del mercado recordaba bien a Juan Murrieta padre, “el Malo”; algunos con admiración, otros con odio o con asco. Tal vez entonces el tío Murrieta trató de hacerse invisible, inofensivo. Ahí perfeccionó su estrategia de pasar por mosquita muerta, para evitar roces con todos. “Buenos días”, “Buenas noches”, “compermisito” y sanseacabó.
Imagino que corrían chismes y bromas, que a ratos resonaba un insulto; sobre todo cuando se encontraba con alguien bebido o con ganas de juerga o de riña. Es un hecho que el tío Juan Murrieta escapaba como de la peste de esas reuniones de hombres solos, donde a la menor provocación, o sin provocación, resurgía (supongo) la memoria de aquellas andanzas, las escenas de balazos; hasta algún corrido debió circular sobre el famoso abigeo Juan Murrieta.
Prefería la compañía de los ancianos y de las señoras. Les cargaba las canastas del mercado. Les cedía la acera. Se ofrecía a todo tipo de mandados y servicios. Andaba de faldero cuando ya medía su buen metro con setenta, con ochenta centímetros. Y bastante huesudo y fortachón. Eso molestaba a los demás hombres. Parecía caricatura de escuincle, o retrasado mental, o maricón.
De ahí al pequeño almacén de granos, correas, monturas, forraje, que iría agrandándose con el tiempo, mi madre dio un gran salto en su historia. Suspendía su relato con el chico Juan Murrieta (el chico grandulón), siempre modesta pero impecablemente vestido, humilde y servicial, sin familia ni amigos, casi sin memoria, haciendo el trabajo de dos por la mitad de un salario, a fin de granjearse la protección de sus patrones. Y sólo lo retomaba unos quince años después, con el tío Murrieta, dueño ya de la tiendita bien abastecida, con traje menos modesto pero igualmente impecable, a pesar de los calores, cuando hacía la ronda en la calle de Casilda.
Fueron varios años de noviazgo. Mis abuelos no querían emparentar con el hijo del sanguinario Juan Murrieta. Esa vocación para el delito, el crimen, la crápula, se llevaba en la sangre, decían. Tarde o temprano saldría a la superficie, por mucho que se la quisiera esconder.
Finalmente, a fuerza de constancia, el tío prevaleció. Tampoco había muchos partidos prósperos y convenientes en Valles para las muchas hijas de mis abuelos, a las que iban casando con extrema dificultad. Alguna, la pobre tía Rebeca, a pesar de las pesquisas infinitas y de las minuciosas precauciones de sus padres, se vio de repente abandonada sin causa, sin decir agua va, por un “buen muchacho” que resultó sencillamente un irresponsable sin corazón, quien se le largó a los Estados Unidos a casarse de nuevo, en franca bigamia, ahora con una gringa.
Los años fueron borrando, por fortuna, la fama del bandolero Juan Murrieta. Se incrementó la delincuencia en toda la región. Se modernizó y perfeccionó. Los nuevos rufianes y los nuevos crímenes opacaron los antiguos, casi aldeanos en comparación, del atroz abigeo de los años treinta.
He encontrado poco qué añadir al relato de mi madre, salvo dos circunstancias. La primera, sobre el origen de su fortuna, todavía circulaba en el mercado. Hay varias versiones. La más común es que un día, cuando fue mayor, supo del escondite donde Juan Murrieta “el Malo” había atesorado el botín de sus andanzas; fue a desenterrarlo y puso su tienda. Así, automáticamente. Esto no se decía con mala voluntad, sino con envidia: encontrar un tesoro siempre es bueno, y lo es heredar la fortuna del padre. ¡Cuantos hijos y viudas simplemente acuden al banco a la muerte del señor, y reciben un cheque limpísimo; y vayan ustedes a saber cómo se juntó ese dinero!
Otra versión, notoriamente infudiosa, pretende que tras su fachada de comerciante honrado y de honorable padre de familia, el tío Murrieta prosiguió los malos negocios de su padre, con la ayuda de los antiguos socios del abigeo. De ahí su exageración, rayana en la caricatura, de la moral, la bondad y las buenas costumbres: necesitaba una fama impecable. Que les limpiaba el dinero, o fungía como intermediario, y tal vez como autor intelectual de tales o cuales asaltos a ranchos o a traileros.
Pero nunca se le levantó un solo cargo; ni durante su vida, que se supiera, hubo quien lo acusara abiertamente de malos negocios. Todo lo contrario: su fama de usurero se debía, y abundan los testimonios al respecto, a la generosidad de fiar o vender a crédito, sin muchos papeles, a clientes que lo preferían a un banco, o que carecían de la posibilidad de tratos con los bancos. Nadie ha dicho abiertamente: “¡Yo fui extorsionado por Juan Murrieta!” Asistieron, llorosos, al velorio infinidad de sus clientes. (La tía Casilda ha ido encontrado perdidos entre cajones y carpetas, o entre las páginas de algunos libros, como separadores, pagarés olvidados como adrede, incobrables, vencidos cinco, quince años atrás...)
Hay otra versión, algo picante: Se dice que en su primera juventud, el tío Murrieta, que era grandote y sanote como buen ranchero, pero que evitaba tanto las juergas como a las muchachas, quienes siempre traen broncas a esa edad (a cualquier edad), y vivía célibe y guapote en una recámara alquilada, como monje, impresionó a una viuda más o menos acaudalada.
Que acaso aquello de llamarle “mamá” a la tía Casilda, vino de sus tratos con la tal viuda, que tendría en esa época la misma edad de su madre ausente. Que fueron años de amores tranquilos y secretos dentro de una casona sin testigos. Que, a su muerte, la lloró como mujer y como madre.
Resultaría obvio —una especie de moraleja de talk-show televisivo sobre los desajustes matrimoniales— deducir que de su padre salteador, preso y salvajemente asesinado por los reos; de su madre desnaturalizada y fugitiva; de su abuelo que retomó el arte de la paternidad al borde de la tumba; de su experiencia de un chico con nervios frágiles a quien cualquier paisano podía quebrar con una sola palabra; del miedo íntimo de ver surgir en sí, contra su voluntad y sus más entrañables oraciones, el carácter del atroz abigeo Juan Murrieta; resultaría obvio deducir de todo aquello, digo, que nuestro tío eligió lo extremo: formar una familia exageradamente apacible, civilizada, dulzona.
Sabemos que fue feliz así. Fue feliz con la virtud, con la sensatez y la prudencia, con su vida siempre arropada entre su mujer y sus hijos. Su trabajo honorable y cortés hasta el prurito, casi hasta la parodia. He dicho ya que todos lloraron la muerte de mi tío Juan Murrieta “el Bueno” a lágrima viva. Y yo entre los primeros.
La otra circunstancia, terrible, la conoció todo Valles. Hace apenas diez años. A pesar de todas sus estrategias y de todos sus cuidados, uno de sus ocho hijos le salió indomable. Nadie dijo, porque no lo sabíamos, pero podemos decirlo ahora, que en Jacinto Murrieta resurgió la bestia del antiguo abigeo atroz. Cosa de cervezas, de bailes en la zona roja entre putas, rancheros y traileros, de ocasionales amigos malvivientes. Hubo una balacera, dos cadáveres inexplicables, y Jacinto Murrieta apareció en la cárcel, enmudecido frente al Ministerio Público, cargado con todos los delitos.
Me imagino al tío en su visita a la cárcel, un poco irreal, sin saber a ciencia cierta si visitaba a su hijo o a su padre. A un Murrieta, en todo caso. (Se había negado a imponerle el Juan a alguno de sus hijos: ¡que ya no hubiera nunca otro Juan Murrieta!; pero el exorcismo, al parecer, no surtió efecto. Quedaban la sangre y el apellido.)
La vieja cárcel de Valles era un jacalón nauseabundo, sin muebles. Se amontonaban los reos, casi todos paupérrimos, entre harapos e inmundicias. Se bañarían a cubetazos, cuando mucho, una vez al mes. Casi no se les daba de comer, confiando en que sus familiares les llevaran algún alimento todos los días, que les entregaban a través de las rejas. La acera de la cárcel siempre estaba llena de mujeres patibularias, enrebozadas, en fila, con sus envoltorios de tortillas y sus ollitas de sopa aguada con famélicas patitas de pollo y frijoles.
Los presos se las ingeniaban, de cualquier manera, para conseguir aguardiente todo el tiempo, y al ir a visitar a alguno, el familiar se encontraba a una turba de ebrios, crudos o dormidos, todos piojosos y cosidos de cicatrices, entre los que finalmente aparecía el indicado, a quien los demás llamaban a gritos, entre albures y zalamerías, con la esperanza de compartir los obsequios o el dinero que dejara la visita.
Acaso alguna vez, muy niño, quizá en brazos maternos, el tío Murrieta fue a visitar a su padre. Tal vez fue así como conoció la cárcel antes de aprender a hablar. Así, idéntica, la encontró al visitar a su hijo.
Sabemos que logró liberar a Jacinto Murrieta. Debió costarle una fortuna. Se arreglaron los papeles de tal modo que los cargos se desvanecieron; y no hubo indicios, pruebas, testigos ni acusaciones de nada. Aquí en la Huasteca se puede hacer con la ley muchos prodigios.
Jacinto salió de la cárcel en la oscuridad de la noche. Se habrá encerrado con su padre toda la madrugada en la vieja casona del abuelo, del profesor. Habrán recordado al terrible abigeo Juan Murrieta, de quien acaso Jacinto no tenía, como tampoco la teníamos nosotros, noticia alguna. Habrán concluido que llevaban el lobo en la sangre.
Jacinto estuvo encerrado en su casa unos días y, también en la oscuridad de la noche, partió a los Estados Unidos. Muchos años después lo visité de pasada en un pueblito de Texas. Era trailero. Se había convertido a no sé qué secta evangélica, y estaba casado con una gringa gorda, rubia y pecosa que le había dado cuatro niños chulísimos: ninguno se llamaba Juan, ni tenía nombre en castellano, sino Dick, John, Marvin y Louis. Se veía feliz y escarmentado. Presumía de bíblico, de vegetariano y de antialcohólico.
Pero la sangre llama, lo reconozco ahora. Jacinto no pudo asistir al velorio de su padre porque hubo otra inesperada noche de cervezas, de baile en algún night club entre putas, peones y traileros, de cadáveres inexplicables; y amaneció en una cárcel de Texas, enmudecido frente a los sheriffs, cargado con todos los delitos. Ahí espera para junio de este año, por fin, la pena de muerte que, para su mayor tormento, diversas asociaciones humanitarias han pospuesto una y otra vez.
El resto de los hijos de Juan Murrieta “el Bueno” viven felices y sin novedad en Valles. Lo mismo el montón de primos, sobrinos y parientes políticos: los Chávez, los Ayala, los Herrera, los Meneses, etcétera. Olvidaba decir que el día que Jacinto partió a los Estados Unidos, el tío Murrieta hizo un pequeño cambio de decoración en la sala de su casa.
Antes, presidía el muro principal la gran foto de bodas de Juan y Casilda, rodeada por las caritas sonrientes de todos los hijos, cuando eran bebés, a manera de guirnalda: todas producidas en el estudio de “Job, el fotógrafo de los niños”, de la Calle Independencia. El tío incorporó dos nuevas fotografías, grandes. La de Jacinto, a quien no volvería a ver, sonriente, galanazo, con sombrero norteño y camisa a cuadros, como vaquero, tomada en algún palenque.
Y la ampliación de otra, melancólica, sepia, escondida durante medio siglo, del sanguinario abigeo Juan Murrieta, también de sombrero norteño pero con camisa parda, casi militar, fumando un puro, con ojos vidriosos; menos galán que retador: hasta parece la foto de un villista, como las que vemos con asombro en los libros de Historia Patria.
Aquellos villistas que miraban fijo a la cámara, sin parpadear, sin que se les rompiera la larga ceniza del puro, cuando esperaban la orden del pelotón de fusilamiento. Esos villistas padecían una muerte más misericordiosa que la brutal y eterna agonía del hombre de honra y pro, como se decía en otros tiempos: del excelente ciudadano, padre y marido, del hombre a carta cabal que fue mi tío Juan Murrieta, a quien Dios tenga en su gloria.
A la tía Casilda no le gusta hablar, ni siquiera con parientes, de la desventura de su hijo Jacinto. Pero habla mucho de él a solas, es decir: con Dios, en el altar lleno de veladoras que tiene en su recámara.
Sobre una mesita se acumulan estampas de la Virgen y de los santos, en portarretratos de plata. Asimismo enmarcada en plata, se puede distinguir una foto postal de su marido, ya anciano, de traje y con libro, pero recio y bondadoso, como un héroe civil y de bronce. O un pequeño santo familiar, doméstico, de aquellos que los declamadores y los oradores llamaban penates.
Cada hogar con sus penates; que no petates, como desvaría en las emisiones radiofónicas de “Poemas del corazón” el laureado “Declamador de Valles”, durante sus inevitables recitaciones dominicales dizque de Díaz Mirón —digo dizque porque a cada rato descubre “nuevos”, “inéditos”, “desconocidos” poemas de Díaz Mirón, que luego resultan los más populares de Nervo, de Chocano y hasta de Barba Jacob— con que lleva décadas fastidiándonos. Es toda una calamidad regional. ¡Eviten, si pueden, la radio de Valles los domingos en la noche! ¿Qué es eso de que “El príncipe Enéas huyó de la flamígera Troya a fundar la marmórea Roma, cargando sobre la espalda sus más íntimos petates”? ¿Creen ustedes que Díaz Mirón se haya atrevido a escribir semejante cosa?
También, como los santos y las vírgenes, el tío Murrieta disfruta de una veladora en el altar de tía Casilda. Otro intercesor, o el mejor intercesor, ante los tribunales del Eterno. Pues Dios sabrá en su Providencia por qué castiga a algunas de sus criaturas con esa levantisca sangre de lobo, siempre tan desdichada y más en la Huasteca.
Y como dicen en Tampico, cuando cantan (así se llama, de veras, no exagero: encontrarán el título tal cual en el libro de don Vicente T. Mendoza) el Corrido de la Catástrofe Ciclónica:
“Esta historia he terminado,
me despido con afán;
si en algo estuviera errado,
las faltas perdonarán”.

miércoles, 10 de junio de 2009

INDITO DE OJOS AZULES

INDITO DE OJOS AZULES
Por José Joaquín Blanco

A Mauricio Carrera
Mi madre era exigente en cuestión de sirvientas. Las iba a buscar ella misma a los ranchos, a los pueblos. Las prefería muy indígenas, lo más posible, porque le parecían más respetuosas y honradas; y madres solteras o viudas que tuvieran hijos de nuestra edad. Las citadinas no merecían su confianza: maleadas, altaneras, alebrestadas, que cualquier día se largaban con el lechero sin decir adiós ni gracias.
Las indias se ponían felices de dejar sus pueblos, sus familias tiránicas, y venirse a la capital con techo y trabajo seguros, y con la oportunidad de cuidar mejor a sus hijos. Así mi hermano y yo nos criamos entre inditos en nuestro departamento de Polanco, no precisamente como hermanos, pero si como, digamos, primos políticos.
Comíamos todos casi lo mismo y no se notaba demasiado la diferencia en la ropa ni en los juguetes. Mi madre se preciaba de no ser racista y de practicar el cristianismo con el prójimo. Pero sobre todo estaba tranquila y contenta, porque sabía que esas nanas-sirvientas eran muy agradecidas, y devolvían en favor de nuestra crianza cuanto mamá hiciera para beneficiar la de sus hijos.
Los huevitos, la lechita y la ropita que les daba resultaban, pues, baratísimos, en comparación con los cuidados y atenciones que ellas nos prodigaban a mi hermano y a mí. En realidad nos criaron esas mujeres, más que nuestra propia madre, y las recordamos con un cariño enorme, profundo. De veras las necesitábamos: mamá había enviudado y casi nunca estaba en casa, dedicada todo el día a los negocios. Aquellos niños nos consideran todavía de la familia y hace poco nos invitaron a bautizar a sus primogénitos, que llevan nuestros nombres: José, Rubén.
Tuvimos dos nanas: Carmen y Socorro. Carmen no llegó a aclimatarse en la capital, de modo que se regresó a los tres años, ya con sus niños muy crecidos y gordos, capaces de declamar todo el alfabeto. Todavía nos visita una o dos veces al año y nos trae canastas de verdura y guajolotes.
A Socorro tuvimos que traspasársela a mi tía Lulú, después de seis o siete años de servir en nuestra casa. Por entonces mi hermano y yo estábamos en la secundaria, y mamá cambió de opinión en cuestión de sirvientas. No podía seguir vistiendo y alimentando a tanta gente, y ni modo de educar a los hijos de Socorro para intelectuales: todavía estaban a tiempo de recobrar su estado natural de campesinos.
Por lo demás, ya no necesitábamos de tantos cuidados. Y no se veía bien que dos varones adolescentes estuvieran solos todo el día en casa con una criada joven. Decidió que ahora convenía una señora de edad, que nada más se encargara de lavar y planchar la ropa, y de darle una buena limpiada al departamento una vez por semana. ¿Pero dónde encontrar a esa respetable señora de edad?
Socorro nos ofreció a su mamá, doña Dominga. Ya trabajaba de sirvienta en México, pero por horas. Era ambiciosa y tenía sus ideas, dijo Socorro. Quería su independencia y ganar el mayor dinero posible.
Mi madre quedó complacida. Recobrábamos nuestra libertad. Así llegó doña Dominga como un ciclón. Se aparecía dos veces por semana muy temprano, y con una furia y un ruideral inusitados hacía en poco tiempo todo el trabajo. Se iba feliz con su dinero, hacia el medio día, a servir en otras casas.
Qué eficiencia. Qué diligencia. “¿Pero no estará exagerando un poco?”, se preguntaba mi madre. “Ya tiene sesenta años y tanto trabajo puede hacerle daño”. No lo parecía. Era una mujer pequeñita y delgada pero fuerte, correosa. Nada de maquillaje ni perfumes. Medias de hilo. Zapatos simples sin tacón. Vestidos baratos y sencillos. Un solo suéter, azul marino. Aretes pequeños. La imagen más edificante posible de la mujer indígena: limpia, austera, sin otra vanidad que su larga trenza entrecana siempre perfecta.
Mi hermano y yo nos quedamos un poco huérfanos en la casa súbitamente silenciosa. Resentimos el aire huraño de doña Dominga, quien no admitía nuestras travesuras ni nuestra conversación, y protestaba porque le quitábamos el tiempo. Sólo quería hacer su trabajo tan rápido con fuera posible e irse a la otra casa que le tocara ese día, a ganar su segundo salario.
Por entonces se nos perdió de vista Socorro. Acostumbrada al trato familiar y cariñoso de nuestra casa no se adecuó al más expedito de la tía Lulú.
—Esa ingrata se largó de la noche a la mañana, sin darme tiempo de buscar otra criada —protestó mi tía—. ¡Lo hizo adrede, nomás para ponerme a fregar platos!
doña Dominga no sabía o no quiso decirnos qué había sido de Socorro. Hasta nos dio la impresión de que la desaprobaba y se avergonzaba un poco de su ingratitud.
Entonces ocurrió el prodigio. Un día se apareció doña Dominga con un indito de ojos azules, más rubio que un vendedor de biblias. Pero todo su trato era de rancherito y hablaba en náhuatl con ella. Como de quince años.
—Es mi hijo Antonio —anunció sin más.
Lo sentaba en la cocina a leer monitos o le prendía la televisión, mientras ella revolvía y sacaba lustre a toda la casa. Se trataba de un mocetón como jugador de futbol, dos o tres años más grande que nosotros. Nos restregábamos los ojos para convencernos de que era indito, el hijo de doña Dominga, y no un gringo.
—¿No se lo habrá robado, tú? —le comentó mi tía Lulú a mamá—. ¿De dónde Dominga iba a parir un hijo rubio y de ojos azules como Niño Jesús? Ya ves que la Soco era prieta renegrida.
Pero el niñote le era tan devoto a doña Dominga y hablaba en su idioma; además, andaba de lo más cuidado y consentido, traía reloj y ropa tan buena o mejor que la nuestra. Ella lo complacía en todo. Lo llevaba al futbol los domingos, al cine, a fondas de antojitos.
Nos explicó entre dientes que era hijo de su difunto marido; no el padre de Socorro, sino un güero. Y ya. Su marido le había dejado un hijastro güero de ojos azules, Antonio, y lo iba a poner a estudiar en alguna escuela de la capital. ¿En dónde? Misterio, y gestos ya de plano iracundos de doña Dominga. “Ladinos metiches, ¿qué les importa?”, murmuraría.
Con los meses vimos el impacto de la capital en el carácter de Antonio. Perdió timidez, mejoró rápidamente su castellano, se volvió insolente. Se nos empezaron a desaparecer las cosas.
El día que se le esfumó a mi madre, de su propia bolsa, una fajilla de billetes que acababa de cobrar en el banco, estuvo a punto de acudir a la policía y denunciar el extraño caso del indito de ojos azules. Se desistió por no causarle una pena a Socorro.
Ni siquiera fue necesario despedir a doña Dominga, porque ella misma anunció que no iba a seguir trabajando donde se desconfiara de ella y de su hijo. Y que más valía que mi madre pusiera orden en sus cosas porque siempre lo andaba perdiendo todo. ¿Cuántos aretes y anillos no había encontrado doña Dominga, tirados por ahí entre la ropa sucia o debajo del tocador? En efecto: y cualquiera de esas joyas recuperadas valía más de los cinco mil pesos de la mentada fajilla.
Doña Dominga siguió trabajando en edificios próximos. Y la veíamos ir y venir con su hijote perezoso, catrín, reluciente, doradísimo. Se había vuelto famosa por su ambición de dinero y por su indito de ojos azules.
De pronto, el escándalo: Antonio la había abandonado, con dos buenas cachetadas, por el maricón de la farmacia. Lo vimos junto al boticario patilludo detrás del mostrador varios meses, leyendo monitos, cada vez mejor vestido, cada vez más guapo. Doña Dominga desapareció de la Colonia Polanco. Finalmente el boticario volvió a estar completamente solo, con una tristeza infinita en la cara, sin otro amor que sus grandes patillas relamidas y peinadísimas.
Nos olvidamos varios años de doña Dominga. Pero una tarde se la encontró mi mamá en una casa de San José Insurgentes. Mi madre organiza ventas de productos domésticos en hogares particulares: convence a una señora de que preste su casa para una demostración, que invite a sus amigas; entre ambas les venden a crédito los productos y comparten las utilidades. Así ha recorrido todas las colonias de la ciudad.
—¡Pero qué milagro, Dominga!, ¿qué es de tu vida?
Doña Dominga refunfuñó y siguió limpiando alfombras como máquina supersónica.
—¿Se conocen? Ah, es un primor esta Dominga, ¡y si viera usted la devoción que le tiene a su hijo!
Doña Dominga empalideció. Pero siguió sacando vapor y polvo de todas partes. Mi madre acompañó a la cocina a la dueña de la casa para preparar los bocadillos, ¿y qué se encuentra? ¡A otro indito de ojos azules, más güero que un vendedor de biblias!
No podía ser el mismo, porque éste no pasaba de quince años y aquél ya debería andar en los veintitantos. Éste era todavía más guapo. El vello rubio lo revestía de un resplandor dorado. Estaba todavía mejor vestido que el anterior, pero también leía monitos, y descansaba y mordisqueaba indolentemente papas fritas junto a su Coca Cola mientras doña Dominga se afanaba por su bienestar.
—Esta Dominga es un ángel, quiere ponerlo a estudiar. Qué abnegadas son las madres mexicanas.
—¿Pero cómo pudo tener Dominga semejante hijo, con su edad y con su color? —murmuró mi madre, haciéndose la inocente.
—Un marido güero que se le murió, y le dejó la carga.
La trenza de doña Dominga ya estaba completamente canosa.
Durante toda la demostración de sustancias para perfumar baños, bruñir platería, desmanchar sofás, limpiar madera fina, mi madre estuvo pensando si denunciar o no a doña Dominga con la policía. Volvió a optar por no causarle una pena a Socorro.
Pero he aquí que finalmente Socorro se hizo la aparecida, con sus dos hijos chiquitos nuevos, perfectamente morenos, a quienes no conocíamos, y los dos niños blanquitos de su patrona. Sus hijos mayores (nuestros “primos”) ya andaban de ayudantes de traileros. Había finalmente conseguido otra casa generosa y cristiana donde cuidar a las crías de una patrona sin desatender las propias. El oficio de nana le sentaba. Estaba reluciente en el supermercado, con los dos hijos inditos y los dos niños blanquitos.
—¿Oye, Socorro, y qué ha sido de tus hermanos de ojos azules?
Socorro empalideció, luego enrojeció, quiso enojarse, finalmente soltó a llorar:
—¡Ay, señora, ya lo sabe usted! ¡Qué vergüenza! ¡Qué vergüenza!
No: desde luego no eran hermanos suyos, ni hijos de ningún güerísimo padrastro difunto. Pero tampoco habían sido robados. No del todo. Las mujeres de su familia eran indias, pero no gitanas. No robaban niños rubios de ojos azules.
La desgracia que les había ocurrido era la chifladura de doña Dominga. Toda una vida tan virtuosa, tan correcta, ¡para envejecer de ese modo!
Hacía quince años le había entrado el furor por los güeros. Se había vuelto a sentir mujer, ya entrecana, con ellos. Todo se lo gastaba en ellos. No pensaba en otra cosa. Ya ni siquiera le hablaba a Socorro, quien alguna vez se había atrevido a criticarla.
—Mi mamá nunca fue enamorada ni descocada, sino hasta ya vieja, por culpa de los güeros.
—¿Y de dónde los saca, por Dios, mujer?
—De San Andrés Tayocapan, cerca de Chipilo.
Eso queda en el Estado de Puebla. En Chipilo se fundó hace cien años una colonia italiana. Eran granjeros pobres que llegaron con una mano adelante y otra atrás, pero güeros y de ojos azules. Se reprodujeron en abundancia. Algunos prosperaron. Otros emigraron. Otros quedaron relegados en los pueblos vecinos, como San Andrés Tayocapan, integrados a la vida indígena y campesina. Inditos de ojos azules.
Ahí andaban por la plaza, el día de mercado, con sus overoles, sus sombreros y sus huaraches, como puntos güeros o alubias en los frijoles. Allá los iba a buscar doña Dominga cuando el hijo en turno la abandonaba. Les platicaba de la capital, de la vida moderna, de qué bonito era México. Les prometía sacarlos del pueblo, traerlos acá, comprarles cosas. Siempre caían.
—¡Pero qué desesperación! —dijo mi madre, compadecida, recordando la aventura del boticario patilludo—. Partirse así el lomo para mantenerlos, ¡y que luego la boten en un dos por tres!
—Los güeros siempre son ingratos —sentenció Socorro.
Color es destino, y aunque mi madre niega que exista el racismo en México, tuvo que aceptar que la piel dorada y los ojos azules siempre encontrarán gran demanda como novios, o de perdida como valet parkings.
—¡Qué desesperación! —continuó diciendo mi madre—. ¡Tanto trabajar para ellos, a sabiendas de que en unos meses o en unas semanas la van a abandonar!
—No se preocupe, señora —dijo Socorro—; en San Andrés Toyocapan conocen a mi madre. Ahí tiene güeritos de sobra esperándola, como quien dice: haciendo fila... ¿Y qué me cuenta del niño Pepe, del niño Rubén? —añadió maternalmente.
—¡Ay Socorro —atronó mi madre—, qué mal me los educaste! ¡Están todo el tiempo echadotes, de huevones! Que dizque van a la universidad, pero nunca los ves estudiando. Todo el tiempo nomás oyendo música, jugando con la computadora. Uno se siente director de cine; el otro, redentor social. ¡Y todavía no aprenden ni a limpiarse los mocos! ¡Ojalá les dure yo mucho tiempo, para mantenerlos, porque ni un huevo revuelto se saben hacer!
—No hay que perder la fe en Dios, señora.
—No hay que perderla, Socorro.

sábado, 6 de junio de 2009

RECUERDO DE VERACRUZ

RECUERDO DE VERACRUZ
Por José Joaquín Blanco

Para Aurora Tejeda y Alberto Román
Los turistas son gente rara, ya lo sabemos, pero ¿habría que tomárselos a mal? ¿Acaso no tienen derecho de serlo? No gastan su dinero sólo para viajar y pasear, tirarse de panza al sol, comer y beber de más; lanzar grandes exclamaciones ante la vegetación y las puestas de sol (aunque aquí, en Veracruz, no se exhiban los exagerados crepúsculos del Pacífico), sino también para convertirse durante unos días precisamente en esas criaturas extravagantes con camisetas de dibujos y letreros ridículos; trajes de baño, hot-pants y bóxers de colores chillones; gorras de papagayo, gafas oscuras, cámaras fotográficas o de video, caseteras portátiles a todo volumen, escuincles gritones y exigentes. Y ese como nerviosismo, como estado de trance, casi de magia (así sea una magia de circo), mediante el cual se hacen la ilusión de rescatar, por unos días, algo perdido de sí mismos, algo aventurero hasta un poco salvaje, o romántico.
No se conforman con un mero desplazamiento geográfico, ni con cambiar drásticamente el ambiente encerrado y opaco de sus departamentos y oficinas por el sol, el mar y las escenografías pintorescas: quieren, además, una especie de glorificación de su personalidad, unas como vacaciones de su propia existencia cotidiana: ser otros (más trópico, más corazón) durante siquiera un parpadeo.
Y claro que se transforman, ¡y en qué personajes! Cada cual su propio carnaval. Cada brujita octogenaria lleva toda la primavera encima, puesta, de plástico, portátil. Cada cuarentona compite con todas las modelos de pósters de bronceadores. Cada padre de familia, blancuzco pero con minúscula tanga detonante bajo la panza de huevo, ensaya ante las divas en bikini los piropos que, hace veinte años, gritaban los galanes en las películas. (Yo sé que no has pasado de moda, Mauricio Garcés.) Los escuinclitos, con una petulancia nueva, que no les sería soportada en la escuela ni en el hogar, cumplen con creces las más horribles pesadillas de Herodes.
Cada cual es su propio carnaval, por docenas de miles, en plena temporada. Las playas, los restoranes y los hoteles llenos de cientos o miles de carnavales individuales simultáneos, todos sonando y brillando y chirriando a la vez; pero cada cual indiferente al contiguo; cada cual a todo color, a todo volumen, lleno de luz y sonido en su aislado performance.
Digamos que todo el puerto se llena de súbitos escaparates vivos por doquier, como en concurso innumerable, sin un paseante que se detenga a mirarlos. ¿Para quién pues actúan, se atavían, posan, gesticulan los turistas? Bueno, pues será para los humildes y taimados lugareños, que ya ni siquiera nos reímos. Hemos visto tanto. Hacemos nuestro negocio, siempre con nuestra proverbial cortesía jarocha, y los despedimos también con grandes aspavientos: ¡Vuelvan pronto!
A veces, en mi aburrimiento de cantinero universitario, je (dos años de economía, otros tantos en Ciencias y Técnicas de la Información, en Xalapa y el Distrito Federal, pero finalmente cantinero, en el local que heredé de mi padre), para estirar las piernas y ayudar a la digestión, me voy un rato a pasear, a turistear a los turistas, a someterlos a exámenes de sociología o sicología instantáneas, a matar el tiempo. ¿A lamentar el turista que no pude ser?
Fue así cómo, la temporada pasada, descubrí a tres mariconazos (dicho sea sin ofender) en Los Portales. Como se sabe desde Sonora hasta Yucatán, en Veracruz los homosexuales no espantan a nadie. Nos hemos echado desde hace tiempo ese trompo a la uña. Tanto los extraños, que entonces nos favorecen con su turismo (y son menos ruidosos y más dadivosos que las familias llenas de escuincles, y con la abuela y el perico), como nuestros chamacos vagos o pobretones, que en las buenas temporadas se hacen ricos durante unas semanas mediante el viejo oficio del mayateo. Claro que a veces se dan los muertitos, los apuñaladitos, los robaditos, los extorsionaditos, pero a nadie le conviene hacer aspavientos, que sólo denigran nuestra turística hospitalidad, je.
Estaban pues los mariconazos (sin ofender) con sus cervezas y sus tequilas a media tarde, después de la siesta, esperando que oscureciera y se presentara algo en qué divertirse. “El hastío es un pavorreal” etcétera. Hacía un calor espeso, y en la plaza se estancaba un silencio abochornado, que los escasos graznidos de los zanates no hacían sino apuntalar. Sudaban a mares, como sólo suda un turista.
Seguro ya habían nadado en Mocambo, ya se habían asoleado, ya habían pretendido jugar volibol con otros turistas y algunos chicos de la playa; desde luego ya se habían paseado en lancha por la laguna de Mandinga y habían comido mariscos hasta reventar en Boca del Río, oyendo sones y huapangos. Hasta se habían echado una siesta. Y ahora trataban de despabilarse con los tequilitas y las cervecitas. Ya vendría la noche que “tiene la sombra de una mirada criolla”.
Uno de ellos, Pancho, se creía aún de buen ver, esbelto y acinturado, mostrando sus pies finos de aparador de pedicurista en unos huaraches nuevos. Pero tenía esa belleza, esa juventud equívocas, tan como sostenidas por alfileres, que habría bastado con que alguien silenciosamente se le acercara por detrás y de repente le gritara: ¡buuu!, para que de inmediato se ajara en arrugas, en canas, en tics, en tedio.
Pero los veracruzanos no espantamos a los turistas, todo lo contrario: “¡Mire usted, cómo la brisa y el sol de Veracruz lo han rejuvenecido! ¡La mera fuente de la juventud!” Pancho se dedicaba pues, con absoluta tranquilidad, a imaginarse a sí mismo, guapísimo, renovadísimo, en mitad de una escena pintoresca. “Tarde que se mece con vaivén de hamaca”.
Eran tan obvios sus sueños que, en efecto, a pesar de que los tres —¡los tres!— cargaban sus cámaras aparatosas, un fotógrafo lugareño los advirtió, hizo el teatrito de medir la luz, de caminar dos pasos a la derecha (no, mejor regresarse uno, pero medio metro hacia atrás), esperó a que el bello Pancho ofreciese su mejor perfil, su indolencia más estudiada, ¡y clic! “Recuerdo de Veracruz”. Yo hubiera querido aplaudir.
Aurelio era güerejo y más bien desvergonzado, algo miope. Traía unos pantalones arrugadísimos, echados en bola a la maleta. Miraba con reprobación tanta mosca como se cierne sobre las mesas de Los Portales (y que Agustín Lara omite en sus canciones), y a cada instante tenía que quitarse otra vez los lentes, que se le habían vuelto a empañar, y limpiarlos con un paliacate amarillo apeñuscado, lleno de manchas y costras sospechosas. Se abanicaba a ratos con una revista de monitos. (En las vacaciones el turista debe leer puros monitos, y tardarse toda una mañana en una sola historieta de superhéroes interplanetarios. Nada de librotes, que no somos gringos.)
No confiaba tanto, para llamar la atención, en su belleza o su juventud, que las tenía al más o menos (aunque con el calor, el pelo largo y descuidado se le había insubordinado en una maraña indescriptible), sino en su colección de cadenas de oro con medallitas que le colgaban sobre el velloso pecho semidescubierto, en su buen reloj, en algunas pulseras. Tenía razón, y lo sabía. Le cogí antipatía inmediata: es el tipo de turista que revisa las cuentas durante una eternidad, discute con el mesero y hace llamar al encargado, y finalmente poquitea la propina, aunque sus amigos estén dispuestos a ser más distraídos y generosos. ¿Qué es eso de regatear “el cielo de tisú”?
El tercero era Melchor. Cargaba librote (¡que además leía!), como gringo. Estaba ya hecho una ruina en plenos treinta y tantos años. Panzón, calvo, pecoso, rojísimo, jadeante. El tipo de maricones que digo yo que se equivocaron, que nacieron para ser señores-señores, no aventureros eternos; y que más les habría valido casarse con señoras gordas, llenarse de hijos, durar la vida entera en el mismo trabajo estable y olvidarse de problemas. Hacen miscast como putos, dirían los críticos cinematográficos que yo leía en mis tiempos de universitario. Como los chaparrines que se pasan las horas en el gimnasio para construirse cuerpos imponentes; y cuáles, siguen pareciendo fornidas hormiguitas. O ciertos orangutanes, con cuerpo de guarura, como creados para aterrar ciudades enteras, y tratan de hacerse los sensibles cuando salen de vacaciones: andan oliendo flores, admirando artesanías o jugando a los encantados con sus avergonzadísimos hijitos.
Melchor era el más nervioso y sudoroso. Probablemente habría preferido quedarse a dormir y leer su librote; leer y dormir los seis días de vacaciones, sin salir de la cama jamás, a andar consecuentando moscas, vendedores, limosneros, chichifos, tocadores de arpa y marimba, zanates, y amigos reverdecidos por el infalible erotismo del Golfo de México. Él ya sabía que el mundo no tenía encantos. Que es aburrido vivir, pero más aburrido (quizás) estar muerto. Algo filósofo, probablemente, y sin “alma de pirata”.
Traía gruesos calcetines de rombitos bajo los guaraches, a pesar del calor: con toda seguridad tenía ese tipo de sangre oficinescamente chilanga que atrae de un solo golpe a todos los mosquitos de Los Portales. Y luego hay que andar con los tobillos hinchadísimos y manchados de merthiolate.

2
Supuse que estarían lo suficientemente ebrios a las once de la noche, como para considerar aceptable y hasta divertido cualquier jacalón improvisado en “disco gay” (mi cantina no es “gay” ni propiamente una discotheque, más que cuando se llena de gays, es decir los domingos y lunes que no abren los antros famosos; o en buena temporada, cuando los turistas se emborrachan demasiado temprano en Los Portales y prefieren una modesta cantina céntrica, que las célebres discotheques de las afueras.) Apenas era sábado. Tuve la corazonada de que me tocaría atenderlos el lunes o el martes, al final de su tour por todos los lugares recomendados por sus revistas gay. Llegaron el domingo, pasadas las diez de la noche.
De cualquier manera, como el jueves y el viernes, debieron asistir durante toda la tarde y parte de la noche, en medio del ruido infernal de veinte músicos simultáneos con canciones diferentes y otros tantos vendedores y mendigos, al desfile de los muchachos jarochos, a muchos de los cuales habían conocido ya en playas, bares y discotheques. Los saludaban con cautela. No querían comprometer toda la noche desde las seis de la tarde. Y qué aburrido para un turista pasarse la noche del sábado con el mismo nativo del viernes. ¡Ésas no son vacaciones!
Displicentes y altivos esperaban la aparición de muchachos nuevos, de veras interesantes. Los lugareños, a su vez, dudaban entre asegurar su noche de una buena vez, o esperar con “serenidad y paciencia (sobre todo mucha paciencia)” nuevos turistas, de veras generosos, a lo mejor norteamericanos o canadienses. Delataban sus éxitos de la presente temporada por las camisas nuevas, floreadas; los pantalones también nuevos, de moda; hasta (algunos) botas de piel de víbora con punta de acero (bueno: también en Veracruz se dan los ranchos y los rancheros), los cigarrillos caros, el reloj, las cachuchas, los anillos, las pulseras.
Esa tarde de sábado de plano se sentaron a su mesa dos chamacos, que habían jugado una especie de bote pateado con Pancho y Aurelio en la playa, y se quedaron callados. Nomás hola o buenas tardes, y callados. Eran capaces de quedarse callados por horas. Al rato se les añadió sin mayores presentaciones un tercero, larguirucho pero escuinclito, de no más de trece años, con la boca llena de dientes de oro, y unos ojazos verdes de amplias pestañas que iluminaban su tez morena, devastada ya por cicatrices de barros y espinillas.
No les quedó a los turistas sino invitarles unas cocacolas o unas cervezas, y seguir platicando entre ellos, de manera entrecortada y sarcástica, a veces en clave o de plano en inglés, sobre los chicos lugareños: “¿Quieres irte con el mío esta noche, a ver si ahora sí se le para? ¡Pero antes báñalo con jabón y estropajo, apestaba a caballo!”, cuchichearían enigmáticamente Pancho y Aurelio.
Oscurecía. El ruido en Los Portales era más atroz a cada instante. Tocaban al mismo tiempo los mariachis de terciopelo azul y la sinfonola norteña del bar cercano; gritaban los vendedores de collares, barquitos de madera, gorras, aretes y los mendigos, con caras sucias y lastimeras como si de veras se fueran a morir de hambre en dos minutos, si no se les daba dinero pero ya.
Con cierta sorna Aurelio le extendió una quesadilla de la botana a un niño mendigo, qué éste rechazó con asco y casi con protesta moral. Si se va a hacer la caridad, que sea en efectivo, no con quesadillas. “Entonces vete”, le dijo Aurelio, y se la engulló frente al niño mendigo, que transformó velozmente su semblante patibulario en uno de asesino infantil, de veras guajiro, pero prefirió largarse con dignidad de prospecto de pandillero, ante la mirada de un mesero alerta.
Los dos muchachos mayores se rieron del niño mendigo, solidarizándose con los turistas, como mostrándoles que ellos ya eran de otra clase social; el chiquillo de los dientes de oro siguió impávido, como si no hubiese visto nada. “¿Habían sido mendigos de niños, antes de crecer y mayatear turistas?”, preguntó medio en clave medio en inglés Melchor, siempre dado a las cavilaciones. “No, han de ser chicos de escuela y familia; chichifean por vagos, más que por necesidad”, contestó Pancho en el mismo lingo: Nabó, habán dabé saber chabícabos, etcétera. “Claro, los niños mendigos no se vuelven adolescentes guapos; se mueren antes”, intervino Aurelio. “¡Tampoco son tan guapos!”, protestó Pancho.
Guapo, guapo, no habían conocido mayate ni chichifo alguno durante esa estancia en Veracruz. Jovencitos regulares y ya. Cachondones, desde luego: geografía es destino. Sólo la juventud, la piel morena, el meneadito jarocho como de “vibración de cocuyos que con su luz, bordan de lentejuelas la oscuridad”. Decidieron que necesitaban otros tequilas para emocionarse con los muchachos atractivos al más o menos que se exhibían por Los Portales.
Siguieron los tres turistas con comentarios en clave o en inglés durante algún rato, sin que sus acompañantes se inmutaran. Los dos mayores sonreían y saludaban con señas a otros chichifos; se fijaban en la calidad de la ropa de los turistas, adivinaban por la edad, o el corte de pelo, o la gordura, o la calvice, cuál sería más generoso. El tercero los miraba en silencio, como queriéndolos entender, como aprendiendo. Ah, que cualquier aprendizaje siempre es lento y difícil.
De pronto Aurelio desapareció con la conquista de Pancho del día anterior. “A lot of soap! And scratch him to death!”, alcanzó a sugerirle Pancho. El otro de los mayores, cansado de que ni Melchor ni Pancho le concedieran la mínima atención durante horas, dijo caballerosamente “compermiso” y fue a sentarse a una mesa próxima, donde recibió cierta bienvenida de unos marineros gringos.
Pero se quedó en la mesa el tercero, el chiquillo de los dientes de oro, ojazos verdes y tez devastada por las cicatrices de barros y espinillas, a quien no conocían para nada. Callado e inmune al fastidio; su cocacola siempre a la mitad.
—¿Cómo dices que te llamas? —le preguntó Pancho.
—Nicho.
—¿De dónde eres?
—De por aquí.
—¿Qué haces, pues?
—Nomás.
Pancho alzó la mirada al firmamento, para que el cielo fuese testigo de que, de veras, de veras, con cierta gente nomás no se podía; y ya sin disimular con palabras en clave o en inglés, le dijo a Melchor:
—Es absurdo venir a ligar aquí, en cualquier bar de México hay mejor material.
Y se pusieron a añorar frente a Nicho, que ni los oía ni dejaba de oírlos, ni los miraba ni dejaba de mirarlos, siempre con una semisonrisa entre agradecida e inexistente, los mejores bares de la Ciudad de México.
—¿Y tú no tienes nada qué hacer? —le preguntó Pancho a Nicho—. Ya se te hizo tarde. Tu mamá te ha de andar buscando. ¡Y te va a regañar! —esto último lo dijo cantando, en homenaje a la canción “La negra flor” de Radio Futura, que sonaba entonces por todas partes.
Nicho no captó la ironía. Sólo sonrió con sus dientes de oro, y pareció más bebé que nunca, asombrado de que a los turistas se les ocurriera que su mamá lo iba a andar buscando. Pero Melchor creyó vislumbrar cierto rubor en su tez martirizada por tanta extracción de barros a pellizcos, y unas como lagrimotas contenidas en sus ojos verdes; también le temblaron los labios carnosos, demasiado bien formados. Acaso ese chiquillo entendía y sabía más de lo que aparentaba. Había en él algo diferente, distinguido. “Algo especial”, se dijo Melchor. La noche se suavizó un poco. “Noche que se desmaya sobre la arena, mientras canta la playa su inútil pena”, como dice el trovador.
—Vámonos mejor al Diamante —propuso Pancho—, no puede estar más aburrido que este funeral.
El funeral de Los Portales era una muchedumbre en su apogeo. Sonaba la clave, sonaba el bongó. Hasta había bailables folklóricos en algún tablado. Entre el martilleo de la música disco se ahogaban los gritos de Babalú. Pero Pancho se había desesperado de no encontrar por parte alguna al chico de su noche criolla. Había que ir a buscarlo al Diamante.
—No, esta noche no la sigo —dijo Melchor como razonable señor maduro—; ya estoy cansado, al rato me voy al hotel.
—Órale —se despidió Pancho.
Y se quedaron en la mesa, silenciosos, el turista paternal y el aprendiz de chichifo, sin decir nada. Aburrido y sin perspectivas en su adolescencia miserable, el uno; aburrido y sin prospectos en su oficinesca edad más que mediana, el otro. Bueno: Dios los crea y ellos se juntan, digo yo.
Ni siquiera necesito añadir que además de mal puto, Melchor era un mal bebedor. Que cuatro tequilas y dos cervezas resultaban demasiado para él. Que seguía sudando a chorros, como sólo un turista borracho puede sudar. Que lo atarantaban el tumulto, el ruido, la revoltura espesa de suciedad, mendicidad, música desafinada y estentórea, vendedores de baratijas, turistas aguacamayados, chamacos más bien tímidos y desnutridos que improvisaban mala cara y porte pirata para desfilar como padrotillos.
“Son finalmente buenos chicos, todos”, pensaría paternalmente Melchor, empezando otro tequila. Le constaba, por los seis o siete que había conocido en esos días, que al menos eran del tipo pacífico y algo honrado. Qué diferencia con los chichifos de Acapulco. Los dos que se habían ido, por ejemplo, habían tenido oportunidades en la playa de robarles durante un descuido los zapatos o una camisa, y hasta las carteras o las cámaras fotográficas (que por lo demás nunca perdieron de vista) y no: todo había sido tranquilo y de buen modo. Daba gusto ir a Veracruz.
Nicho aceptó una nueva cocacola.
“Tres días de vacaciones, a nuestra edad, seguiría reflexionado Melchor, son demasiados”. ¡Y le faltaban tres! Recordó que pocos años antes, en otro viaje al puerto, había ensoñado la posibilidad de adoptar a alguno de estos chamacos (y miró el rostro, en ese momento más lindo, del chico de los dientes de oro: “¡Pero qué manera de destrozarse la cara a pellizcos!”, pensó); llevárselo a México, meterlo a la escuela, darle un oficio, tenerlo más o menos como novio-ahijadito, para aliviar durante algunos años la tristeza y el ahogo de pasarse la vida más solo que un culo; de puras borracheras los fines de semana en los bares.
Porque a Melchor los ligues en los bares nunca le habían funcionado mucho, ni siquiera en su juventud. Los chicos capitalinos, sobre todo los guapos y los interesantes, querían divertirse el fin de semana y ya; luego volvía él a verlos en los mismos bares, y ni siquiera se saludaban, todos ya demasiado conocidos. Cada cual se dedicaba, nuevamente, a ligar al extraño. Y conforme envejecía, peor.
“Uno viaja nomás para ver caras nuevas, pero siempre son las mismas”, reflexionaría Melchor con otro tequila, ya entre mareos, preguntándose qué carajos hacía así de solo y sin destino sobre el planeta. Quizás se vería a sí mismo viajando año con año a diferentes playas, con libros cada vez más gruesos que nunca terminaba de leer.

3
Lo siguiente fue un escándalo en medio Veracruz, digo, en el medio Veracruz del centro que atiende de noche a los turistas ebrios y a los maricones (sin ofender) y por donde desfilan los pequeños mayates y pícaros habituales. Se supo que, sumidos cada cual en misteriosas reflexiones, casi sin hablar, Melchor y Nicho duraron horas en Los Portales, hasta que todas las fondas y cantinas se despoblaron y los meseros se ocuparon en barrer, fregar y en trepar las sillas sobre las mesas. Bastante después de medianoche.
Melchor se había puesto a pedir más tequilas y cervezas de las que podía consumir, de modo que se le acumuló una barrera de tarros y caballitos, lo cual permitió que el imberbe Nicho agarrara también, a trasmano, una mediana borrachera sin que la casa quebrantara la ley, pues se le habían servido los tragos al señor, ya más que mayor de edad. Nicho tenía su media cocacola propia, pero de pronto tomaba un trago de alguno de los tarros o caballitos de Melchor.
Algo debieron haberse dicho. Esas escuetas frases definitivas que se supone deciden la vida, cuando uno las dice o las escucha en el momento exacto. Pero nadie los oyó conversar (en parte, me explican, porque Melchor, que se cayó dos o tres veces de su silla, materialmente ya no podía articular palabra); ni se les vio echarse las miraditas tiernas, cogerse de la mano, ni los consabidos arrumacos a los que en este libérrimo puerto sí se atreven públicamente los gays con sus ligues lugareños.
Nada, muy serios el señor y el niño, calladitos y completamente correctos. Y eso empezó a llamar la atención, porque entonces, ¿de qué se trataba? ¿Qué se traía ese par, que no lucía para nada como padre e hijo, sino como turista ebrio y calvo e infante semiharapiento, pero que tampoco parecían una comparsa prostibularia? Nicho se veía larguirucho, pero con tal carita de mocoso que resultaba absurdo o extravagante considerarlo mayate, aun precocísimo.
Los meseros trataron de alertar a Melchor contra un posible ladronzuelo. Inútil; de hecho, al pedir la cuenta, fue Nicho quien tomó con toda familiaridad la cartera de Melchor y contó los billetes, después de tres o cuatro intentos fallidos de nuestro estimado visitante por distinguir los billetes verdes de diez pesos de los de doscientos. Y se retiraron juntos. El esmirriado pero correoso Nicho llevaba casi en vilo la rotunda figura veraniega del calvo Melchor.
La siguiente etapa fue una gritería en el vestíbulo del Hotel Imperial, recientemente remozado. El “escuincle” no estaba registrado y el establecimiento “se reservaba el derecho de admisión, por la seguridad de los propios huéspedes”. (Definitivamente el Veracruz bohemio no existe: es una invención de Agustín Lara.) Hubo intercambio de insultos entre Melchor y los empleados y amenazas por ambas partes de llamar a la policía. Ni siquiera se le permitió a Melchor largarse con sus maletas, porque compartía el cuarto con Pancho y Aurelio, y “no se les fuera a perder alguna pertenencia a los otros huéspedes”. Debió partir en mitad de la “noche tibia y callada de Veracruz” en busca de uno de los hoteluchos de paso de los alrededores del mercado, menos estrictos en cuanto a “derecho de admisión”.
Dos o tres horas después, en el mismo vestíbulo del Hotel Imperial, Pancho y Aurelio, que habían regresado ya de sus aventuras con una ebriedad más controlable, se arrancaban los pelos y se gritoneaban con los empleados ante la posibilidad de que, a esas horas, Melchor ya hubiese sido acuchillado por ese enigmático delincuente infantil. Pues de que había pequeños asesinos, los había. Y todo era tan raro. “¡Pero cómo lo dejaron ir! ¿Tiene idea de adónde fueron?”
El dependiente, para entonces ya bastante divertido, les sugirió que llamaran a una patrulla y peinaran todos los hoteles baratos del puerto. Y listo. Y dos bostezos. La mención de la policía desagradó a los compungidos mariconazos (sin ofender) y prefieron tomar un taxi e investigar por su cuenta; regresaron poco antes del amanecer, sin éxito, lívidos, ceremoniosos. Casi viudas.
Sólo hasta el mediodía localizaron a Melchor y a su misterioso acompañante, desayunando jarochas suculencias en plena Parroquia (la nueva, pues). Para entonces Nicho había sufrido una total transformación. Melchor lo había llevado de boutique en boutique para sustituir sus semiharapos con un brillante vestuario de niño turista.
Le compró una camiseta con toda la familia Simpson estampada al frente, a colores; unos shorts kaki llenos de bolsillos; una cangurera azul que atiborró de cremas y lociones contra barros y espinillas; unos descomunales zapatos tenis Nike, que fueron la envidia de cuanto jarocho lo vio caminar, en la cumbre de su éxito, rumbo a la nueva Parroquia.
Nicho también quedó decorado con un anillo de sospechosa plata (su signo zodiacal), una gruesa cadena y medalla de supuesto oro (La Milagrosa); un reloj de pulsera (un sonriente dinosaurio en la carátula) y un gorrito de marinero, blanco, de grumete, con la vistosa leyenda “Recuerdo de Veracruz”.
Los meseros de la Parroquia y algunos parroquianos, en guayabera, que lograban concentrarse en su dominó a pesar de las marimbas, escucharon los improperios de Pancho (la ira transformaba sus modales de dandy en desplantes cinematográficos de cabaretera histérica) y Aurelio (el pelo güero enmarañado como coiffure de la señora Simpson y los lentes empañados) contra Melchor.
Nicho siguió devorando, impasible y medio sonriente, muy seguro el cabroncito de su buena estrella, su gran fuente de enchiladas con pollo.
Melchor fue llamado (en español, en inglés, en clave) a la razón, a la mesura, al sentido de las proporciones; hasta se le recordó que aun en el tolerante y alburero Estado de Veracruz se castigaba la seducción de menores.
Acaso en otra entidad federativa de nuestra mojigata República los comensales se hubieran escandalizado. Aquí tomaron la política de que el turista siempre tiene la razón; y muertos de risa ante esa especie de nativo de escaparate (en miniatura), de monito decorado con atavíos y abalorios turísticos, que les resultaba el voraz Nicho, aplaudieron.
¿Quién le iba a creer a Melchor que ahora, pasada la mitad del camino de su vida, harto de soledad, desengañado del sexo mercenario de fin de semana, había decidido adoptar inocentemente, dizque sin lujuria alguna, un ahijadito que lo acompañara en la tediosa y deprimente senda de sus días? Pero en Veracruz estamos tan acostumbrados a oír cualquier cosa de los turistas que los jugadores de dominó de las mesas vecinas siguieron riendo, y aplaudieron de nuevo.
—¡Es que de plano no te mides! —gritó Pancho, y emprendió dignamente la retirada con Aurelio—. ¡Nos vemos en el hotel!
—Ahorita los alcanzamos —dijo Melchor, con toda entereza e inocencia, como un sensato padre de familia cuyo lema fuese: “Todo a su tiempo: los problemas, después de almorzar”.
No resultó tan aquiescente la actitud de la tropa de mayatitos, hamponcillos, vendedores de cualquier cosa, movedores de ombligo, chulos y demás pícaros ante el encumbramiento de ese advenedizo infantil, a quien apenas conocían de vista.
Se escandalizaron. Eso sí era inmoral. Nicho nomás se andaba haciendo el huerfanito para robarle todo, pero todo, al señor chilango medio raro. Y que no dijeran que no le ponían. De que le ponían en la cama, le ponían. ¡Y quién sabe cuántas cochinadas sí hacía y se dejaba hacer el Nicho, para recibir tan de golpe tantos regalos, especialmente los tenis Nike!

4
Con arrogancia Melchor cerró su cuenta en el Hotel Imperial y se hizo transportar con todo y Nicho y equipaje en un taxi al permisivo hotel que los había amparado.
Hubo algún intercambio ríspido de despedidas, en sordina, entre Melchor y sus amigos, que se quedaron tumbados en los sillones del vestíbulo en medio de la mayor consternación. Aurelio limpiaba desoladoramente sus anteojos, otra vez empañados. Pancho intentaba consolarse con la contemplación de sus pies perfectos, sobre los que no habían pasado los años. El empeine era ideal.
Los cultos lectores que leen cuentos como este en libros y revistas literarias acaso ignoren que en pueblos y rancherías premodernos, especialmente de tierra jareosa como las costas, los hombres de edad madura y hasta los ancianos de repente recurren, con la aprobación general, a esta ancestral fuente de la juventud y se hacen de amantes jovencitas, casi niñas. Fuera de los modernos centros de cultura suelen abundar las parturientas de trece años. Y esas parejas de edades tan dispares, esos injertos de padre (o abuelo)-amante y de esposa-hijita, dan lugar a chistes y sones, pero hallan su modo de acoplarse, a veces más florida y apaciblemente que los matrimonios normales. Los japoneses han escrito muchos jaikús al respecto.
Pero los chamacos jarochos no quisieron pensar en ello. Los tenis Nike, la medalla y el extravagante sombrerito de grumete de Nicho los sacaban de quicio. Era algo loco, ridículo, hasta inmoral. A nadie le pasaban cosas así. Era como encontrarse tirado un billete de lotería, que resultase ganador del premio mayor. Un cuento como La Cenicienta entre putas de zanja; una telenovela gay a lo María Isabel.
La envidia del bien ajeno es una pasión poderosa, y los chicos de las playas y Los Portales conspiraron. Conspiraron en Mocambo, en Mandinga, en Boca del Río, pues los chismes en Veracruz son veloces, para convencer a Aurelio y a Pancho de que el loco de su amigo corría un peligro atroz. Que Nicho, así de mosquita muerta con sus dientes de oro y todo, había robado y traicionado a todos los que confiaron en él; que había matado, pero con un puñalote de este tamaño, a sus propios padres: por eso andaba haciéndose el huerfanito; que había estado en un orfanatorio, en la cárcel de menores, y que la policía lo había liberado sólo para usarlo de gancho y soplón, y esto y lo otro; juraron, además, que en cuanto se fuera su colorado y pecoso protector, le iban a dar su merecido. O antes: que nomás les avisaran, si al Nicho se le ocurría pasarse de listo. Porque aquí en Veracruz no era de hombres hacer esas cosas. De buena fuente sabían que el tal Nicho ni siquiera era veracruzano, sino de la Sierra de Puebla.
La noche del domingo tuve cantina llena, en parte por este chisme. Llegaron temprano Melchor y Nicho, siempre silenciosos, sin abrazarse ni cogerse de la mano, nomás transmitiéndose puras ternuras y pensamientos entrañables con los ojos; se corrió la voz y empezaron a juntarse los chamacos a la puerta, espiando a Nicho y comentándose cosas al oído. Algunos le hacían gestos amenazadores a espaldas de Melchor. Pensé que querían apedrear a la mujer adúltera, como dice el Evangelio.
Luego aparecieron Pancho (toda su donosura descompuesta por la preocupación: un puñado de tics nerviosos) y Aurelio (que se enjugaba la frente con un paliacate amarillo sucio y apeñuscado), y se sentaron en mesa aparte, que pronto admitió a una palomilla de los pícaros de la calle. Ya fuera porque los rumores del peligro le hubiesen metido miedo, o porque considerara poco seguro mi humilde establecimiento, el caso es que para entonces Aurelio ya se había despojado, precavidamente, de todas sus joyas. Parecía más bien algo hippie, con la marañota de pelo y su fina ropa bastante arrugada.
Algo de trabajo me costó mantener el orden: correr a los vagos que sólo querían molestar a los tórtolos sin consumir ni una cerveza (bueno, sin conseguir que se la invitaran, pues); renconvenir a los que de pronto chiflaban una burlesca marcha nupcial o hacían la pantomima de una novia coronada con una servilleta de papel en forma de barquito; y hasta sacar a empellones a algún grandulón que le puso una zancadilla a Nicho cuando iba al baño (lo hizo caer y mancharse sus shorts kaki llenos de bolsillos). Incluso, decentemente, llamé a la discreción al propio Aurelio, que un poco contagiado de la vulgaridad de la chusma (y tal vez envidioso de que alguien de su edad todavía se entregara a los sueños del “amor del bueno”) se había improvisado unos dientes de oro con la envoltura de sus cigarros. Y cantaba: “Una vez nada más se entrega el alma...”
Melchor y Nicho lo soportaron todo: así de grande parecía su amor. Supe luego que habían ido a la cantina a despedirse de Veracruz, su última noche en el puerto; antes habían caminado plácidamente por la costera, hasta la estatua de Ruiz Cortines: se disponían a tomar al día siguiente el camión a México, rumbo a su nueva vida juntos, para siempre, en ese departamento amplio frente a un parque, en un séptimo piso, que Melchor le había descrito a Nicho como todo un reino de tranquilidad y vida dichosa: microondas, televisión, videocasetera, compact disc, nintendo, computadora. Tenía un perro afgano llamado Dick.
A pesar de sus desavenencias, algo se dijeron los tres maricones capitalinos (sin ofender). Tuvieron un breve conciliábulo, secretísimo. Parecía que hubiese cuentas que arreglar o cosas por el estilo. Pancho hablaba y hablaba, Aurelio asentía; Melchor escuchaba serenamente, con paciencia, y finalmente les entregó sin resistir todas sus tarjetas de crédito. Pancho recobró en parte su juventud tan histéricamente interrumpida. Aurelio se aplacó levemente la melena con los dedos.
Sea como fuere se dijeron demasiado. Melchor y Nicho se marcharon primero. Media hora después, Aurelio y Pancho. Y nadie en el puerto ha vuelto a ver a esos tres chilangos por acá. Eso pasa con algunos turistas, se hacen célebres entre nosotros durante dos días y no regresan sino, notablemente deteriorados, cinco o diez años después. Pero los jarochos, agradecidos y afectuosos con el turismo, nos acordamos a veces del vestido mamey de alguna güera, de la manera de reírse de algún barbón, de la tacañería o prodigalidad de tales o cuales. Todos hacen el oso y no se los tomamos a mal. Felices ellos, que pueden.
A quien sí vi la noche siguiente fue a Nicho, con la camiseta de los Simpson desgarrada y un diente de oro menos. Andaba descalzo, sin los tenis Nike.
Estuvo espiando horas frente a mi cantina, por si llegaba su tórtolo maduro y calvo. No lloraba. No puedo decirles si fue abandonado mientras dormía en el hotel, en plena madrugada; o si ya en la central de autobuses Melchor lo mandó a comprar cigarros, y desapareció.
Nicho me pareció algo estúpido con la cara llena de diminutas curaciones blancuzcas sobre sus barros y sus espinillas. Y sus grandes ojos verdes, ojotes como de caricatura infantil, brillaban bajo su blanca gorrita de grumete, que a la luz de la luna dejaba leer desde mi mostrador toda la frase: “Recuerdo de Veracruz”.