miércoles, 1 de enero de 2020

ARTEMIO DE VALLE-ARIZPE

¿CÓMO SALVAR A ARTEMIO DE VALLE-ARIZPE?

por José Joaquín Blanco

¿Habrá modo alguno de salvar a Artemio de Valle-Arizpe (1888-1961)? El último intento fue, hará treinta años, la antología, con un generoso ensayo de Arturo Sotomayor, que publicó la entonces prestigiosa Biblioteca del Estudiante Universitario (UNAM): Don Artemio. ¿Alguien lo lee ahora, alguien lo respeta? De repente se le reedita, pero en tomos menos dirigidos a la lectura que al obsequio prestigioso, o al adorno.
         Discípulo del poeta Manuel José Othón y de Luis González Obregón (México viejo), y contemporáneo de Reyes y de Genaro Estrada, fue el más prolífico y tenaz de los “colonialistas” —escritores dedicados a reivindicar pintorescamente a la Nueva España—, de quienes ya el propio Estrada se burlaba tanto en Visionario de la Nueva España como en Pero Galín.
         Produjo acaso medio centenar de títulos (la cifra es incierta, pues hay textos recopilados con títulos diferentes) que fueron muy gustados en su época: Valle-Arizpe era uno de los escasos escritores mexicanos que agotaban sus libros; y los reeditaba, a veces hasta configurar esbozos de bestsellers como Virreyes y virreynas de la Nueva España (1933), Por la vieja calzada de Tlacopan (1937), El canillitas (1941), y especialmente La Güera Rodríguez (1951), así como diversos tomos de cuentos, leyendas o sucedidos de calles o edificios coloniales, del tipo de Historias, tradiciones y leyendas de las Calles de México (1959), que fueron explotados sin piedad —ni crédito, ni regalías— por ciertos cómics, radionovelas y telenovelas durante décadas.
         Hay que reconocerle méritos a don Artemio. Fue un escritor nato, no un burócrata de la historia o de la literatura, a pesar de su largo (y discretísimo) reinado como Cronista de la Ciudad (1942-1961). Escribía porque le gustaba, de lo que le gustaba, y su apoyo mayor, si no es que único, estaba principalmente en sí mismo y en sus lectores.
         Tanto los historiadores como los literatos de la época lo abominaban, sobre todo a partir de los años cuarenta, cuando la literatura se pretende cosmopolita (“el mexicano universal”), y la historia se hace “científica” en la universidad y en El Colegio de México, con cierta razón... y con demasiados prejuicios.
         La cierta razón: Valle-Arizpe había aprendido de González Obregón y de otros estudiosos del siglo pasado el oficio de sumirse en los archivos en la busca detectivesca de la fuente y del dato. Pero ésa era su única credencial como historiador moderno.
         Era un mero abogado, toda su cultura provenía de conquistas de autodidacta (la universidad, dizque inaugurada en 1910, sólo empezó a funcionar, y pésimamente en cuestión de humanidades, hasta 1920); no sé qué aprendió en sus años diplomáticos en Madrid y Bruselas (1919-1928), salvo, desde luego, gastronomía y visitas a museos.
         No sabía mucha historia general. Escribía casi de gratis y con entusiasmo para periódicos o ediciones que, en ocasiones, él mismo tenía que costear. Y alegremente mandaba a paseo a todos los teóricos modernos de la historia y a todos los “mexicanistas” (que son quienes conocen “científicamente” a México; los nativos sólo saben ideología, estatuye el Colmex).
         Encontraba su dato y, a la manera antigua (digamos, de un Riva Palacio), lo transformaba en un relato, donde se permitía toda la imaginación que le viniera en gana. Un Robert Ricard, un Leonard Irving, un Karl Vossler, un Alfonso Méndez Plancarte, un Silvio Zavala, un José Gaos, un Ramón Iglesia, un José Miranda, un Edmundo o’Gorman se jalaban los pelos. ¡Pero está haciendo la anti-historia! ¡Está haciendo no-ve-las!
         Como literato no le iba mejor. Su ideal de narración era el costumbrismo romántico (un José T. Cuellar, “Facundo”, perdido en La Profesa), pero ya no tan dirigido a rancheros y chinas poblanas de vecindad como a duques, espadachines, frailes y virreyes. Disfrutar la viñeta colorida, aderezada con cierto humor. Esto en la época de las vanguardias, o del realismo directo y brutal de Azuela y Guzmán.
         Y escribía en la “fabla del habedes”, que Estrada ridiculizó: un castellano más bien actual y coloquial, pero adrede amanerado con multitud de arcaísmos y palabras de sacristía, para que sonara como del siglo XVII. Así, del dato extraía muy libremente una anécdota pintoresca, y nos la aderezaba con colonialismos, a manera de pátina sabrosa.
         De cualquier manera, gracias sobre todo a Valle-Arizpe se rompió la ignorancia y el desprecio de la sociedad mexicana medianamente culta por la Nueva España. Quiso vendérnosla como una época llena de color y romanticismo, con cuentos macabros y óperas bufas, pletórica de vida sensorial: comida, edificios, retablos, muebles, música, puñaladas, líos de herencias, motines de monjas, ceremonias, escenas populares, efemérides eclesiásticas. Un balzaciano de Loreto y la Plaza Mayor; un proustiano de la Santa Veracruz y la Alameda.
         Hizo un poco con la Nueva España lo que los novelistas europeos —buenos y malos— lograron con respecto a la Edad Media: transformarla de una oscuridad de polvosos trebejos en un escenario emocionante. Tan lo logró que se agotaban sus ediciones, e invadió —por intermedio de coautores piratas— la radio, los cómics, la tele. ¡Ah, si se le hubiera ocurrido “El jorobado de la Basílica de Guadalupe”!
         Nuestros críticos de historiografía y de literatura no lo han zaherido, sólo lo ningunean por completo. Se odia algo más que un uso “demasiado insuficiente, anecdótico e imaginativo” del dato, y que ciertos rasgos “anacrónicos” al concebir y narrar un cuento. Lo que detestan los criticastros y profesorucos en Valle-Arizpe es algo más profundo. Esos ruines pecados podrían tratarse de:
         1) Don Artemio es un escritor auténtico, malo o bueno, pero escritor, creador, no un cofrade de la industria académica ni de parnaso alguno;
         2) que como tal, opina a su manera, que les resulta un tanto caótica, y no según escuelas, modas o tendencias; esa manera es la de un librepensador maderista (fue diputado maderista por Chiapas, 1910-1912, aunque nació en Saltillo y murió en la Colonia Del Valle) que se emociona con el pasado novohispano, pero con un sesgo harto juarista y bohemio, incluso a pesar de sí mismo, tal vez a ratos involuntariamente.
         Este cantador de frailes y monjas conoce y ama la lujuria. “¡Se está cachondeando a las monjas de La Concepción!”, denunciaría algún exmarxista profesor de la Ibero. Este venerador de catedrales, y lamentador de la destrucción de los antiguos conventos, conoce muy bien de qué pie cojeaba el clero, y lo dice. “¡Está pintando a los frailes como si fueran gandules, espadachines o arrebatacapas!”, gritaría alguna lerda profesora del Colmex, quien se imagina abadesa clarisa de la Sociedad Civil.
         Y 3) a la manera de un prosista del siglo XIX, no privilegió géneros especializados. Nunca dijo: ahora hago novela, ahora sátira, ahora historia, ahora ensayo, ahora cuento; hacía escritos. Escribía, ¿para qué más? Hacía su literatura. Y tenía lectores. Muchos.
         Los historiadores lo encontraban demasiado literato; los literatos, demasiado historiador. A los cultos molestaban sus anacronismos de amateur o de superviviente de épocas pre-universitarias; a los populacheros, ¡tanto vocabulario, tanta cultura! A los mundanos les resfriaba tanto cura; a los clericales, tanto mundo. La izquierda decidió que la Nueva España era, sin más, una causa reaccionaria; la derecha, que su autor y sus libros eran non sanctos. (“La función del escritor verdaderamente cristiano, filosofaría el arzobispo-académico Luis María Martínez, es pintar el edificante ‘deber ser’; no el insignificante ‘ser’ de los pecadores”.) La academia susurró, escandalizada, que no eran académicos. Los diletantes, que no eran modernos. El lector común, por miles, decidió en masa leer varios de sus libros.
         En suma, quienes hubieran podido celebrar su obra colonialista, compadres del PAN y de la Iglesia, gente del rumbo de los Caballeros de Colón, lo encontraban endiabladamente mundano, casi obsceno, frívolo, irónico cuando no sarcástico, con respecto a los abalorios coloniales que querían objeto exclusivo de servil veneración ideológico-religiosa. Consideraban a Valle-Arizpe casi un sacrílego que ventilaba los trapos sucios de la Iglesia con el pretexto de hacer historia colonial.
         Y quienes hubieran querido combatirlo, se declaraban vencidos a las primeras cincuenta páginas de cualquiera de sus tomos, por la aparición de tanto Caballero de Santiago, tanta monja, tanto estípite, tanto alarife, tanta alcaicería, tanta cerámica y confitería, y sin ir más allá, lo condenaban al silencio de un museo. “¿Por qué no escribirá este catrín algo más moderno?”, susurraría algún asiduo vanguardista del Café París, en 1934, en el intersticio que le dejaban sus sueños de colocarse, cardenistamente, de funcionario en el gobierno.
         Sólo lo apreciaba —y saqueaba, siempre con crédito y provecho, sobre todo en la tele, en sus pláticas sobre las calles de la Ciudad de México— Salvador Novo, quien nos cuenta de don Artemio cosas sorprendentes (La vida en México en el periodo presidencial de Adolfo Ruiz Cortines).  Una, que era un espléndido conversador, cosa que no se nota mucho (pero a ratos se insinúa) en sus libros, pues siempre traduce su lenguaje natural a “la fabla del habedes”. Segunda, que no se le encontraba mucho en las sacristías ni en los archivos, sino cotidianamente, con puntualidad, ataviado de punta en blanco cual prócer porfiriano, con sus bigotes respingados y sus lentes redondos, perfumado y coquetón, en el cine: primera función de la tarde, siempre solo. ¿Qué prodigios caballerescos iba a buscar, solo, en los cines, a tan juvenil hora, además (supongo) de la película?
         Claro que se le habría podido preguntar a Novo: y tú, cuando descubriste in fraganti a don Artemio, ¿que andabas haciendo, también solo, también muy ataviado y perfumado, en tal cine, que pasaba tan rascuache y conocida película, a esas juveniles horas de la tarde? Hélas! les cinémas d’hier!
         De modo que para salvar a Artemio de Valle-Arizpe hay que empezar por considerarlo principalmente como un poeta gustosamente solitario —bueno o malo, pero auténtico— que bogaba a su propio capricho, contra las poderosas corrientes adversas de la historiografía y de la literatura de su tiempo.
         Sí, se quedó fijado en la concepción juvenil, porfiriana, que se hizo de ambas disciplinas hacia 1910, y contra viento y marea trató de realizarla en su madurez y en su vejez. Eso quería. Eso hizo. Al diablo los demás.
         Muy probablemente casi todos sus libros pudieron haberse escrito antes de la Revolución (que lo encuentra ya de 26 años).  Ese liberalismo esencial al mismo tiempo muy crítico de las tropelías de los liberales (el fanatismo ideológico; el saqueo venal, corruptísimo, y la destrucción de bienes eclesiásticos); ese amor por la herencia religiosa colonial, a la vez muy consciente de todos los grandes pecados del clero, a ratos incluso jacobino (alguno de sus cuentos de convento habría divertido a Diderot); ese erotismo acezante, pero siempre contenido, en el umbral de fuego; ese culto por lo pintoresco, por los aparecidos y bandidos de novelas de folletón, por los adulterios y otros pecados ocultos de gente famosa o encumbrada, por la caricatura irreverente pero jamás incendiaria.
         Incluso su “fabla del habedes”, su artificioso lenguaje colonialista, era una aspiración de algunos modernistas; en sentido contrario, hacia la celebración del gaucho y de la vida campirana, Leopoldo Lugones echó a perder todo un libro de relatos con una “fabla gauchista”. (Luego, Luis González y González inventó en Pueblo en vilo y otros escritos una “fabla ranchera”, no menos artificiosa y pesada, ¿pero quién le ladra a Luis González y González entre el servilismo intelectual del Colmex, de la Ibero, de la UNAM?).
         Colonialista indiscreto, Valle-Arizpe nos lleva a la prestigiosa Nueva España también para hurgar o inventar en ella rincones incómodos, chuscos y pecaminosos. Busca con frecuencia la perspectiva inconveniente, sarcástica, delatora del pasado; el pícaro Canillitas, y una cocotte política: La Güera Rodríguez, amante de todo prócer, de Bolívar a Iturbide, son algunos de sus grandes aliados en su tarea de hacer de la Nueva España el centro de nuestras nostalgias, sí, pero sin olvidar sus calles apestosas con hartos puñales, pleitos a muerte por honra o por centavos en las narices mismas de la Virgen y del Santísimo, alcobas turbias de carne viva, y una casa interminable de la risa bien surtida de manjares y golosinas por religiosas pantagruélicas. Nunca han sido más tragones los novohispanos que en un escrito de Valle-Arizpe.
         Mucho, muchísimo más se sabe hoy en día de la Nueva España de lo que Valle-Arizpe conoció o soñó. Se han reorganizado posteriormente los archivos; se ha becado a centenares de barbudos extranjeros e imberbes y pasantes mexicanos para trasegarlos; se ha tenido que hacer miles de tesis sobre tales documentos. Y los barbudos-de-los-barbudos espigan, doctorales, en todo el material recobrado por sus tamemes académicos, y salen con alguna seriesota y archidocumentada batea de babas summa cum laude, generalmente en honor del rey, de los virreyes, de los hacendados y mineros, y sobre todo del clero. ¡Eran tan buenos como el pan! Qué crimen de los ultras liberales ¡y masones! haberlos tocado. ¡Qué i-rra-cio-na-li-dad luchar por la independencia!
         Artemio de Valle-Arizpe, con el oficio que tomó —en asalto autodidacta— de sus escasos predecesores (Del Paso y Troncoso, Marroqui, García Icazbalceta, Antonio García Cubas, Orozco y Berra, Genaro García, Luis González Obregón; además, claro, de toda la literatura e historiografía novohispanas entonces asequibles), soñó su propio sueño; independientemente, en su cuarto, a su manera, sin oportunismo mercadotécnico, académico, literario, ideológico ni político alguno. Tuvo la suerte de contar en su propio tiempo con algunos miles de lectores (que eran todos los lectores de México, y algunos más).
         Siempre he leído a Artemio de Valle-Arizpe, a quien me impuso en la preparatoria, como modelo de escritor, mi maestro Arturo Sotomayor, su discípulo; algunas veces he escrito elogiosamente de él (Revista de la Universidad, mediados de 1977); otras le he ladrado. A mi manera, “artemicé” en La literatura en la Nueva España y Esplendores y miserias de los criollos (Cal y Arena).

POR LA VIEJA CALZADA DE TLACOPAN

I
La idea fue inspirada. Su eficacia continúa sesenta años después: en Por la vieja calzada de Tlacopan (1937; sigo la segunda edición, corregida y aumentada, de Compañía General de Ediciones, 1954), Artemio de Valle-Arizpe cuenta cuatro siglos de historia de la ciudad de México a través del relato de una sola calle. Nuestra Main Street, diría Sinclair Lewis.
         Se trata de la que los mexicas llamaban Tlacopan, y que ahora, empezando desde las espaldas de Catedral, admite los nombres de Guatemala (solo una cuadra), Tacuba, Hidalgo, Puente de Alvarado, Ribera de San Cosme, hasta lo que fue la Fuente de Tlaxpana o “de los músicos” (porque tenía estatuas de músicos), cerca del Circuito Interior —donde una “excapilla británica” señala el sitio del cementerio para protestantes, y para los ateos, masones y descreídos a quienes les Iglesia negaba, hasta que Juárez decidió otra cosa, sus panteones.
         Esa calzada (que en la Colonia se repartió en diversos nombres: Escalerillas, Tacuba, Santa Clara, Betlemitas, San Andrés, Terceros, Santa Isabel, Puente de la Mariscala, Santa Veracruz, San Juan de Dios, Alameda, San Diego, San Hipólito, San Fernando, Buenavista, San Cosme, Tlaxpana) era la calle más grande de la ciudad y, con la de San Francisco, una de las más ricas e importantes.
         La recorría un acueducto de 900 arcos (que llegaba desde Santa Fe y Chapultepec —con sus dos corrientes, una de agua “delgada” (que se entubó en plomo desde fines del siglo XVII) y otra de agua “gorda”— hasta el Puente de la Mariscala, donde hoy está el Eje Central), y en ella se asentaba buena parte de los edificios más suntuosos e importantes de la ciudad: el seminario y la universidad (durante algún tiempo); Catedral, el palacio de Cortés (que “era menos un palacio que otra ciudad”), un grupo de tiendas llamado Alcaicería, diversos conventos, templos y hospitales, como los ya mencionados que dieron sus nombres a las calles; además del actual Palacio de Minería, la Alameda, el quemadero de la Inquisición, la Casa de la Pinillos o Palacio de Buena Vista [actual Museo de San Carlos], Mascarones, etcétera. De este modo, Valle-Arizpe tañe un nervio fundamental de la ciudad. Retomará esta inspiración (con mucho menor fortuna, a pesar de sus célebres páginas sobre los barberos y las tortas de Armando) en Calle vieja y calle nueva (1949), con respecto a la actual 16 de Septiembre, y en El Palacio Nacional.
         Según su manera habitual de escribir, este libro es una mezcla de géneros (historia, literatura, crítica de arte, periodismo) y una mezcla de estilos. Recae en el artificio de amanerar adedre su prosa con ultracorrectismos (“redichos”, se decía antes, v. gr.: diferenciar cementerio, el sitio, de panteón, el conjunto de monumentos); con arcaísmos (“la fabla del habedes”, como en “sus amigos eran la horrura de la ciudad”, “con los baratos se ganaban amigos” y “doce hampones de los de su carpanta”); y lo que es más desagradable, con “beatismos”, para nombrar de alguna manera la imitación del estilo hagiográfico de los viejos clérigos: “Pedro López tenía alma seráfica de un santo... Lleno de bondad se dedicó solamente a hacer el bien, se puso en la obligación de repartir beneficios. No descansaba nunca en su caridad; en dondequiera se manifestaba amplísima... Más de cuarenta años trabajó con ardentísimo celo, con infatigable tesón, sin que se amenguara su constancia...”
         Nos insiste continuamente, sin que le conste ni venga a cuento, que todo predicador era devoto, todo fraile de hospital un santo mártir, todo establecimiento religioso una labor angélica; y esto menos con una genuina intención religiosa que estilística: parecerse a los antiguos textos que narraban la vida y vicisitudes de las instituciones religiosas. Cuando de alguien dice que fue “un santo varón”, no está metiendo las manos en el fuego por su virtud, sino reproduciendo un rasgo de escritura hagiográfica, de la misma manera que un mal seguidor de Góngora escribiría “solitudines” por “soledades”.
         Estos son sus principales escollos. Con demasiada frecuencia, cuando Valle-Arizpe quiere sonar arcaico, compartir el tono digamos de un escrito de Mendieta, Torquemada o Sigüenza y Góngora, suena simplemente beato, a predicación anacrónica. También a menudo, el lector se pregunta qué tanto de lo que está leyendo es historia auténtica, qué es simplemente leyenda o folklore eclesiástico (v.gr.: los frailes guapos que se desfiguraban con fierros ardientes la cara, para que no les hicieran ojitos las feligresas), y qué está el propio autor inventando o sobrecargando de tintas sobre la marcha.
         Un ejemplo: los documentos antiguos de la edificación, consagración o reconstrucción de edificios religiosos suelen proliferar en mentiras o exageraciones sobre la virtud o santidad de sus fundadores, autoridades y benefactores. Eso es el lugar común. Habitualmente se alababa, con exageración barroca, a esas personas. Y no por ello vamos a creer que la Ciudad de México era la Ciudad de Dios; simplemente, que se solía escribir así en agradecimiento o memoria de los donantes y las autoridades, del mismo modo que en nuestro tiempo se habla en las inauguraciones, conmemoraciones y obituarios del patriotismo y la “vocación de servicio” de políticos como Echeverría, López Portillo y Salinas, o empresarios como Espinosa Iglesias, Alejo Peralta y los Azcárraga.
         A Valle-Arizpe le gusta este rasgo de estilo, y nos refiere tales “vidas ejemplares” como si esos lugares comunes hagiográficos fueran hechos históricos comprobados. Los novohispanos sabían que llamar “santo varón” a alguien en tal celebración constituía una simple rutina protocolaria; nosotros sabemos tomar con pinzas los elogios del patriotismo y la “vocación de servicio” de nuestros próceres y potentados.
         En otras ocasiones el novelista se apodera del historiador y nos cuenta, como si hubiera estado ahí, que tales monjas de Santa Clara de veras eran unas furibundas, y que tales maestros betlemitas de veras eran todos los días unos sádicos con los niños. ¿Unas y otros realmente fueron particularmente así, a diferencia de sus contemporáneos, o simplemente Valle-Arizpe encontró al azar alguna referencia a la que le vino en gana enfatizar? En todos los conventos de monjas hubo algún pleito a muerte por el nombramiento de alguna abadesa; en todos los colegios de niños se usaba, hasta hace muy poco, la varita de membrillo.
         Hasta ahí las objeciones. Lo demás es crónica o conversación histórico-literaria eficaz. Paseamos a través de la vieja calzada de Tlacopan, y a cada paso vemos resaltar el perfil de un sitio, de un edificio o de una costumbre (el Paseo del Pendón, el salto que nunca dio Alvarado, y la no tan novohispana costumbre de quemar judas, por ejemplo), a través de los siglos, desde la Noche Triste de 1520 hasta principios del siglo XX, cuando se levantan los palacios porfirianos (el actual Museo Nacional de Arte, Correos, Bellas Artes) sobre las ruinas novohispanas.
         Priva cierta superstición de que lo noble de una ciudad es no estar habitada, sino decorada: ser una maqueta sacra. Valle-Arizpe se emociona con una anticivil calle de lujosos templos, conventos y palacios, en los siglos coloniales, y se aburre con la nueva, del siglo XIX, que se dedica civilmente a la vivienda (hasta San Hipólito, que era iglesia y manicomio), y al lujo campestre (de San Fernando a Tlaxpana), con algunos antros y “tívolis” suburbanos, quintas para vacaciones y su gran estación del ferrocarril.
         Sólo le dedica entonces, además de refunfuños antimodernos y antiliberales, un catálogo de “vecinos notables”, entre los que se cuentan cuatro damas famosas: la desgraciada exvirreina O’Donojú, caída en la indigencia (desatendida en México durante su viudez y odiada en España, a causa de la puntada de su marido de conceder tan automáticamente la Independencia); la criadita Josefa Ortiz, algo casquivana, que se convertiría —ya con hijos— en esposa del corregidor de Querétaro; la marquesa Calderón de la Barca, excelente autora de La vida en México, y la feúcha soprano Ángela Peralta, quien había triunfado en La Scala de Milán con la Lucia de Lamermoor. Hay próceres como el general Santa Anna (a quien el endiablado Valle-Arizpe elogia como ¡el introductor del chicle en los Estados Unidos!), el mariscal francés Bazaine, el impenitente ultraliberal Manuel Romero Rubio e Ignacio Vallarta; sabios del tipo del doctor Eduardo Liceaga, a quien la Patria agradecida convirtió en esa fea estatua, tiznadísima, que dirige tan mal el tráfico entre Río de la Loza, Avenida Chapultepec, Bucareli y Avenida Cuauhtémoc; y arquitectos como el magnífico Tolsá y Lorenzo de la Hidalga, quien otorga la rima en su apellido. Proliferan los literatos: el bibliógrafo Beristáin y Sousa (a quien le dio el torzón en pleno púlpito de catedral, por injuriar en su sermón a los insurgentes); Lizardi (no pagó la renta y se burló de su casera), Alamán, Prieto, Payno, Riva Palacio, Altamirano, Gutiérrez Nájera, Francisco Pimentel, Joaquín Arcadio Pagaza, Joaquín García Icazbalceta, Justo Sierra...

II
Todo el libro es una andanada contra los “bárbaros” que destruyeron el patrimonio colonial. Ciertamente Juárez y su generación se llevan la palma, pero Valle-Arizpe recuerda (sólo que sin énfasis):
         1) Que los edificios novohispanos también eran —pobrecitos— mortales: se incendiaban, se resquebrajaban con los temblores y las inundaciones; sufrían la especulación, la violencia y los más diversos caprichos de sus propios contemporáneos: así, la mayor parte de los templos y conventos del siglo XVI y principios del XVII no fue destruida por los liberales, sino por los propios novohispanos que también tenían sus cambios de ambición y de gusto: el siglo XVIII tiró muchísimos edificios viejos para construir otros, en un nuevo estilo, con mayor opulencia;
         y 2) Que, precisamente en la calzada de Tlacopan, los novohispanos olvidaron las primeras sabias ordenanzas de construcción, que tomaban en cuenta que se trataba de una zona lacustre, fangosa, donde ocurrían temblores, y recomendaban levantar sólo edificios ligeros de tezontle. Desde el propio siglo XVII se hundían los templotes, los conventones; el Palacio de Minería se hundió, recién inaugurado; el convento de Santa Isabel, donde hoy está Bellas Artes, también se había hundido muchísimo, cuando fue derribado, en parte porque ya era un vejestorio insostenible.
         Pero se le olvida a Valle-Arizpe que una ciudad no es un museo eterno, una maqueta en vitrina, y menos cuando no hay turismo (no lo hubo hasta bien entrado el siglo XX). Ninguna ciudad se dedica a subsidiar miles de monumentos, a expensas de la actividad económica y social de su tiempo. No existe el París que fundó Julián el Apóstata. También Madrid y París, durante los siglos XVIII y XIX, derrumbaron buena parte de sus vejestorios para edificar novedades —y por ahí, que se sepa, no anduvo Juárez.
         Tampoco convence mucho en el sentido de que todo templo o convento desaparecido, sólo por ya no existir, fuera una gran obra de arte. De muchos ni siquiera sabemos sino puras palabras —y los novohispanos, al cabo mortales, también sabían mentir—, o estampas vagas (y aun falsas: hay un óleo de la Ciudad de México que pinta una catedral concluida un siglo antes de que lo fuera en la realidad, y coronada de una enorme torre solitaria que sencillamente nunca existió). Lo más probable es que la mayoría de los monumentos religiosos desaparecidos se parecieran demasiado a los muchos que todavía infestan nuestro pobre Centro Histórico, tan escaso de estacionamientos.
         Su furia, sin embargo, es razonable y auténtica. Sobre el Hospital de Terceros (para los franciscanos de tercera categoría), al que sin fundamento ostensible considera el más filantrópico del mundo —¿por qué más o menos que otros hospitales?—, nos señala que había logrado sobrevivir hasta la Reforma, cuando fue presa de la rapiña liberal. Aun así, echado a perder incluso por Maximiliano, quien se puso a modernizarlo, alcanzó la linde de nuestro siglo.
         Entonces “este edificio fue demolido hasta sus mismos cimientos para construir en su lugar la actual casa de Correos. A este propósito y asimismo al del derribo que se hizo del Hospital de San Andrés para que el arquitecto italiano Silvio Contri levantara Comunicaciones [actual Museo Nacional de Arte], y al de la demolición de Santa Isabel con el objeto de que Adamo Boari, también italiano, edificara el costoso Teatro Nacional o Palacio de las Bellas Artes, recuerdo las expresivas palabras que Carlos V dijo a los canónigos de Córdoba cuando visitaba la famosa Aljama: ‘Hacéis lo que puede verse en todas partes y habéis destruido lo que era singular en el mundo’”.
         ¿Eran tan singulares, o simples construcciones barrocas del tipo que “puede verse en todas partes” en México, Hispanoamérica, España, regiones de Italia? Los edificios mexicas, en cambio, sí habían sido “singulares”, sencillamente porque no respondían a una cultura extendida en dos continentes, sino regional, y no hubo en la Nueva España ningún Valle-Arizpe que recordara la frasecita de Carlos V. También fueron objeto de piqueta y rapiña. Se gime tanto por “la piqueta de Juárez”, y tan poco por las de Cortés, Zumárraga, Velasco, Palafox.
         Lo que ocurre es sencillo: el mundo se rige por el duro presente, no por nostalgias nacionalistas de una Edad de Oro. Así como para los españoles las construcciones aztecas eran aborrecibles porque representaban una cultura “demoniaca” y “bárbara”, que además no les servía de nada y estorbaba sus intereses, a los propios novohispanos ilustrados del siglo XVIII, a los liberales y a los porfiristas les resultaron odiosos los monumentos barrocos porque eran enormes palacios “ociosos”, “incómodos”, “insalubres”, “muertos”, “no productivos”, muy costosos de mantener, que ocupaban demasiado terreno en el suelo más caro de la ciudad.
         Ellos no se distinguían por la cultura de “recuperación del patrimonio nacional” propia del México posrevolucionario, sino por la cultura de la construcción de una nación capitalista moderna. Los liberales no admiraban tanto a Satanás, sino al Barón de Hausmann, quien echó triunfalmente por tierra medio París.
         “Sin ninguna necesidad de derribar tan importantes monumentos arquitectónicos, prosigue don Artemio, los edificios modernos con que los reemplazaron pudieron haberse alzado en otros sitios de la ciudad que habrían embellecido. Esas viejas construcciones y muchísimas más que han deshecho por todos los rumbos de México, debieron haberse respetado, pues son de las que dan carácter, fisonomía y estilo propio a una ciudad. El inmoderado afán de destruir es peculiar de todas las épocas en nuestro país. Se dice que es progreso”.
         Muy conmovedoras palabras, pero totalmente arbitrarias. Ninguna sociedad, y menos en los siglos XVIII y XIX, tenía como prioridad dar “carácter, fisonomía y estilo propio a una ciudad”. La prioridad era económica y social. Muchos templos y conventos en una época; muchos edificios de administración, negocios y servicios civiles en otra. Y las nuevas construcciones no pudieron “haberse alzado en otros sitios” sencillamente porque la gran avenida, la rentable, la que valía la pena, era la vieja calzada de Tlacopan, la primera arteria comercial, que también descollaba en cuestiones políticas y académicas, y no Tacubaya o Santa Anita.
         Los mexicanos modernos levantaron ahí el Palacio de Minería, el de Comunicaciones, el Correo, Bellas Artes, porque respetaban más a los vivos que a los muertos, y más el valor de los bienes raíces que novedosas ensoñaciones colonialistas. Habrían cambiado con gusto un buen puñado de conventos por una servicial línea de ferrocarril. ¿Pero de dónde sacar dinero para modernizarse, en un país estragado? De la especulación inmobiliaria. Al parecer, se trató además de un formidable negocio para un grupo de modernizadores, a quienes la revolución (de la Reforma) les “hizo justicia” de esa manera.

III
Nosotros podemos pensar de otro modo, por razones ideológicas: a diferencia de nuestros antepasados ilustrados y liberales, amamos “el patrimonio cultural”. Ellos amaban el futuro, el progreso. Quién sabe qué perspectiva sea más desastrosa: la sobrevaloración del pasado, o la del futuro; la codicia de bienes, o la codicia de “raíces”, “identidades”, “esencias”.
         Los novohispanos no tenían este regusto enfermizo por su propia cultura. Sus templos y conventos eran casas de Dios, de tales o cuales sectores importantes de su sociedad, y cumplían funciones cotidianas precisas, y no intocables pedazos del alma nacional, de la identidad mexicanista. Con toda tranquilidad tiraban un edificio renacentista para alzar un barroco, y un barroco para reemplazarlo por uno neoclásico, si tenían plata y ganas de levantar algo más a su gusto.
         Por lo demás, todo este jeremiqueo por “el pasado monumental” de la Nueva España está por acabarse. Se funda en la premisa de un gobierno dadivoso que subsidie el mantenimiento de los miles de monumentos y ruinas (hundidos, quebrados) que sobreviven. Nunca ha habido presupuesto gubernamental suficiente para mantener con decencia siquiera a una buena parte de ellos.
         Y lo habrá menos, con la nueva política estatal de restringir los rubros “no productivos” del gasto. Como en otros países del mundo, muchos templos y conventos sobrevivientes se volverán hoteles, bares, salas de convenciones (ya van siendo eso: bancos, oficinas, sede de asociaciones fantasmas de profesionistas y de culti-universitarios, como San Ildefonso, que a mí todavía me sirvió de simple y querida prepa) o cualquier otra cosa. Y con respecto a los más dañados, se esperará un benéfico temblor que los eche por tierra sin violar la ley de monumentos históricos.
         Sólo se podrá mantener oficialmente como museos a una selecta nómina de monumentos coloniales. La iglesia es avara: no quiere mantener ella misma suntuosas catedrales faraónicas: que las mantenga Hacienda, dicen los obispos. Se declama muy bonito que hay que conservar miles de ruinas onerosas. ¿Existe el dinero para ello? Además, hay como 20 mil zonas prehispánicas, todas con cargo al erario. ¿Quién va a pagar tanta nostalgia? Sí: toda piedra es historia. Y también los cerros. ¡Pero cuánta piedra, cuántos cerros!
         Artemio de Valle-Arizpe, hombre de su época —que es la posrevolucionaria de la “revaloración del pasado mexicano”—, entregó su furia y su capacidad de ensoñar a ciertos monumentos sobrevivientes y a una asamblea de monumentos fantasmas, a los que amó sin duda más que a cualquier cosa moderna. (Aunque él era bastante moderno, sus ironías lo delatan; pero decidió, con cierto esnobismo “colonialista”, cargar con los rencores decimonónicos, antiliberales, de un reverendo Montes de Oca, de un García Cubas, de un González Obregón, sus maestros.)
         Asiste con júbilo a la ruina (hundimiento, grietas) del Palacio de Bellas Artes, ese horrible —de acuerdo— intruso que destronó al convento de Santa Isabel (lo que es falso: ese convento ya estaba destruido y sus restos convertidos en talleres y vecindades). Algunos indios o mestizos y criollos indigenistas debieron, en la propia época colonial, asistir con júbilo semejante a la destrucción por temblores, fuego, inundaciones, codicia, motines y otros percances, de los arrogantes edificios coloniales que habían usurpado el sitio de las construcciones mexicas.
         Debe retorcerse de ira el buen colonialista, al ver que sus horrendos villanos porfiristas, contra los que vociferaba —Museo Nacional de Arte, Correos, Bellas Artes—, por haber atracado y destruido a sus antecesores novohispanos y usurpado su sitio, se han convertido, a su vez, en glorias nostálgicas de la patria, en Identidad Nacional, en onerosas ruinas decimonónicas que hay que mantener a toda costa, porque si no se nos acaba el alma de la nación. Ahora hay nostalgia de don Porfirio, el ogro que hizo vecindades de los conventos. (¿De veras son menos importantes las vecindades que los conventos?)
         Pero importa la pasión y el talento. Por la vieja calzada de Tlacopan, medio atrabiliario en sus arcaísmos y “beatismos”, en su mescolanza de historia, novela, leyenda, periodismo y hagiografía, es un libro encendido de recuperación imaginaria de la suntuosidad colonial (¿por qué sólo se recuerda lo suntuoso de escasos sitios coloniales, como esta calzada —y a trechos—, y no el yermo insalubre del gran resto del mapa? La Nueva España sobre todo era una vasta tierra baldía: lo dijeron en su propio tiempo obispos como Abad y Queipo y Antonio de San Miguel.)
         Quizás don Artemio fue un hombre que amó demasiado todos esos muros, columnas, patios, altares, retablos, zaguanes, balcones, sobrepellices. Exceso de celo estético, religioso y patriótico. Pero esta demasía lo exalta y dignifica. También le da un vigor estimulante, polémico: canta los tiempos coloniales con fervores de profeta indignado.
         Me gustan más (nunca demasiado: los templos y los conventos aburren; prefiero —son más gore— las piedras de sacrificios) esos Primores Novohispanos dentro de la flama iracunda de las recuperaciones narrativas de un Artemio de Valle-Arizpe, que vistos fría y razonablemente en su papel histórico, o en su humildad actual de paquidermos artríticos en mitad del tráfico. ¿Ir a misa a San Hipólito? No, gracias: que mejor me cuente Valle-Arizpe la leyenda de la extraña águila labrada en su esquina. Que está bastante fea. Pero su leyenda es curiosa: se trata de un águila que lleva en las garras no a una serpiente, sino a un indio, como emisario ante Moctezuma de que el fin de su imperio está próximo.
         Para don Artemio todo edificio colonial es un personaje romántico, abrumado por la desdicha y la adversidad modernas, nimbado por una remota juventud churrigueresca de oro y pureza espiritual. Son héroes y heroínas de novela o de ópera: víctimas del progreso, atropellados por la burguesísima modernidad. Emociona su erizado destino. Las óperas y novelas sobre cortesanas son más estilizadas y dramáticas que las cortesanas de bulto.
         Me gusta más leer sobre esos monumentos que visitarlos; en el libro están estimulados por esa atmósfera emotiva. Valle-Arizpe hace hablar a esas piedras, y algo dicen, sí, de ellas mismas —hay concienzuda investigación histórica—, pero más dicen de una o varias generaciones de mexicanos que se encontraron no sólo frente a un futuro incierto y peligroso (el tecnológico siglo XX), sino con un pasado derribado o a punto de derribarse a sus espaldas, al que, ilusos, calificaron de Edad de Oro.
         Y dedicaron su vida, en el caso de Valle-Arizpe, a protestar, a rebelarse, a combatir ese apocalipsis bifronte: ruinas de un supuesto paraíso, probables desastres en un futuro llamado “progreso”.
         A su modo, don Artemio fue un héroe de perdedores, un caudillo de palacios y templos vencidos, de tiempos cada vez más remotos, de trastes cada vez más oxidados, de ornamentos religiosos que el tiempo deshilacha metódicamente, año tras año. Pero él tuvo el coraje de elegirlos como si fueran todo lo contrario: una vida más cargada de sentido que la moderna. Cosa con la que, desde luego, incluso el lector entusiasta no tiene por qué estar de acuerdo.
         Por lo demás, los libros de don Artemio no se venden en La Profesa, sino en algún Sanborn’s, en algún mall

IV
En varios de sus libros, como en Por la vieja calzada de Tlacopan, Valle-Arizpe es más ameno que excéntrico; predominan el conversador y el periodista, y sus cultismos, arcaísmos y “beatismos” aparecen prudentemente dosificados. En otros no. En otros quiere inventarse su propio estilo, y los abigarra en páginas “artémicas”, que pueden volverse casi ilegibles, casi crucigramas a lo Lezama Lima.
         Es justo que el lector aprecie tal estilo por sí mismo, en uno de sus momentos mejores, como en esta satírica descripción de la vestimenta de Guillermo Prieto (cuyas obra y trayectoria ética, por lo demás, ha destacado elogiosamente):
         Don Guillermo era muy descuidado en sus ropas, mugriento, astroso. Se tocaba con un haldudo sombrero negro que tenía tanta tierra como arrabal y más grasa que una tocinería. Debajo de este sombrero puerco traía perpetuamente una mantecosa montera de lana para abrigarse la cabeza de pelo hirsuto, greñoso, que jamás se apaciguaba ni siquiera con las uñas y que estaba en consonancia con el boscaje de sus barbas aborrascadas. Las solapas de su luengo levitón eran como paletas de pintor por las manchas numerosas de todos los tonos y matices que allí aglomeraba; en el chaleco había reunido a fuerza de paciencia y constancia una completa colección de lamparones, de chorreaduras y de costras añejas de toda especie y tamaño; lo usaba desabotonado para que, tal vez, se le viese la camisa, que lucía una variada serie de churretes y salpicaduras multicolores que manifestaban bien claro de qué cosas se compuso el desayuno y la comida sabrosa. Se abrigaba el cuello con una bufanda engrasada y con pringue, o poníase una corbata viejísima, mal anudada siempre, cuyas puntas sebosas le andaban aleteando por el pecho. Sus pantalones, con flecos en los bajos, traían abultadas rodilleras, y estaban tan sobados, raídos y lustrosos como la luenga levita de faldones muy sueltos y movedizos. Sólo los zapatos los usaba limpios, muy lustrados, haciendo contraste visible de su indumentaria, siempre enemistada con la limpieza. Completaba su pergeño un garrote al que por mera condescendencia se aceptaba que le llamase bastón, y un pañuelo paliacate, colorado, grandote y muy mocoso, que por igual le servía —escribe don Luis González Obregón— para “descargar las fosas nasales, que para llevar la fruta”. Etcétera.




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