sábado, 1 de marzo de 2025

EL REPORTERO DEL DIABLO

El reportero del diablo
Por José Joaquín Blanco

Deambulaba por los bares y fondas de la Calle Michoacán, en la colonia Condesa, un fantasmal reportero de policiales a quien todo mundo despreciaba.
Su delito era que detestaba el cine, y no existe al parecer mayor crimen en el siglo veinte que odiar las películas. Equivale a un criollo novohispano que aborreciera las misas.
Ahí se pasaba sus ratos libres, entibiando sus whiskies en el Bar Nuevo León, hasta que aparecían sus amigos (amigos es un decir: ¿cómo hacer amistad con quien nunca va al cine? ¿entonces de qué diablos se platica?), después de haber asistido a alguno de sus cotidianos portentos cinematográficos. Y sin más trámite se sentaban a su mesa a comentar en sus narices, minuciosamente, todas las joyas de la pantalla.
El fantasmal reportero los escuchaba con la paciencia de un reacio al futbol que asistiera a la enumeración de todas las bíblicas alineaciones del Atlante a través de los siglos.
Un martes de noviembre del 2000 (todavía era el siglo veinte), el sabihondo cinéfilo Godínez, de la fuente de economía, se quejó con una mueca de asco digna de Robert de Niro, de la incapacidad mexicana para las tramas policiacas:
-No hay ningún thriller mexicano. ¡Sencillamente tampoco servimos para eso!
-Por ahí hablan de Distinto amanecer, de Julio Bracho, protagonizada por Pedro Armendáriz, Andrea Palma, Alberto Galán y el niño Narciso Busquets; argumento de Max Aub con diálogos de Xavier Villaurrutia –arguyó lenta, parsimoniosamente el reportero de policiales, nomás para fastidiar.
-No mames –increpó El Chiquilín Martínez, de la fuente de Presidencia, famoso por la diminuta cabeza con que exornaba sus flacos dos metros de estatura-; eso no es cine, sino literatura filmada. Los diálogos suenan estiradísimos, in-ve-ro-sí-mi-les. La fotografia de Figueroa, peor.
El reportero fantasmal se había quedado varado en la sección de policiales de un periódico desde hacía tres años. Sus primeros colegas ya habían ascendido a las direcciones de Comunicación Social de diversas dependencias burocráticas. Pero él seguía ahí, fiel al lado del crimen, para no traicionar su vocación de poeta abstracto.
Soñaba con un libro de poemas “antilogocentristas, molecularizados y átonos”. Por eso se negaba a colaborar en la sección y en el suplemento culturales, porque ahí “se contamina uno de literatura”.
Y quería despojar sus versos de todo lastre literario a fin de lograr “el accidente grafístico puro, el grafismo esencial, como una muesca en acrílico o una arruga de trapo de los abstraccionistas catalanes”.
“Detrás de todo poeta abstraccionista declarado, hay un vergonzante recitador de ‘El Brindis del Bohemio’”, solía apotegmatizar el odiado crítico Andueza, en el suplemento dominical del mismo periódico.
Se trataba de la historia de un rencor: Andueza había sido compañero de preparatoria del periodista fantasmal, y en aquellos años habían competido en un concurso de declamación, en el cual había triunfado el futuro reportero de policiales con “El brindis del Bohemio”, mientras que al futuro crítico literario se le había olvidado “La raza de bronce” a las primeras estrofas, y tuvo que abandonar el estrado todo confuso y en medio del abucheo estudiantil.
En efecto, antes de odiar la literatura (ya para entonces evitaba el cine), el futuro “poeta abstraccionista” había tenido sus barruntes de erudición policiaca. Y salió a relucir esa tarde:
-Si quieres un thriller, ahí esta El privado del virrey...
-¿Que qué? –exclamó Godínez, amenazante como Jack Nicholson.
-No es una película, sino una obra de teatro de Rodríguez Galván, pero también se lee; digo, porque los cinéfilos monolingües mexicanos van a leer las películas. Puros subtítulos y subtítulos. Y los “espectadores” hechos la mocha: lee y lee subtítulos. Para ese caso, que mejor lean los guiones en su casa... debidamente traducidos.
-¿Vaaaas al teaaaatro? –insistió Godínez, escandalizado como Sylvester Stallone ante un ballet clásico.
-Te digo que la leí en la prepa. Me tocó hacer una monografía sobre la Calle de Don Juan Manuel... Para los ignorantes: estoy hablando de la actual Calle de República del Uruguay, el tramo entre 5 de Febrero y Pino Suárez. Antes del thriller se llamaba simplemente Calle Nueva.
El fantasmal reportero de policiales consignó que Ignacio Rodríguez Galván había escrito El privado del virrey hacía más de siglo y medio; y que ya para entonces se consideraba viejísimo el argumento, de mediados del siglo diecisiete...
Y que lo habían retomado como veinte autores: el Conde de la Cortina, Manuel Payno, Irineo Paz, Vicente Riva Palacio, Juan de Dios Peza, Luis González Obregón, Artemio de Valle Arizpe; que incluso había aparecido en historietas y radionovelas sobre “tradiciones y leyendas de la Colonia” durante los años sesenta.
El odiado crítico Andueza permaneció impasible frente a tal sabiduría; durante esa semana sólo se dignaba conocer de autores sudafricanos.
El reportero de policiales contó la historia de un gachupín acaudalado, originario de Burguos, que se hizo íntimo del virrey Marqués de Cadereyta.
Lo nombraban Don Juan Manuel de Solórzano. En México le llovieron favores oficiales, incluso puestos en la Real Hacienda y gestiones sobre los productos que llegaban de España en las flotas, así como la cerrada envidia pública, promovida especialmente por parte de la Audiencia y de los mayores comerciantes de la ciudad.
Resultó breve su privanza (1636) y largas las intrigas de los malquerientes, hasta que fue a dar a la cárcel (1640), acusado de malversación y fraude con el dinero del gobierno.
-¿Y a eso lo llamas un thriller? –reclamó Godínez, impasible como Michael Douglas.
-Bueno, es que Don Juan Manuel conocía muy bien a su bella esposa: Doña Mariana de Laguna, más rica incluso que él, heredera de minas en Zacatecas. Don Juan Manuel sabía que doña Mariana no podía estar muchas horas sin hombre...
-Mejora la trama...
-Sobornó entonces a las autoridades, para que le permitieran visitas conyugales, que desde luego no eran toleradas en esos tiempos. Pero sólo le concedieron una vez por semana, y doña Mariana era mujer de programa triple todos los días...
-Tres sin sacar –intervino misteriosa y embozadamente Gil Gamés.
-Además se notaba tan sosegada en sus parcas y rápidas visitas semanales que a don Juan Manuel empezaron a rondarlo unos celos feroces. Alguien andaba tranquilizando a su esposa. Sospechaba sobre todo de las mismas autoridades que lo tenían en la cárcel, especialmente del Alcalde del Crimen...
-Ya, al grano –exigió Godínez, esgrimiendo su cuba como un revólver.
No era tan fácil, explicó el reportero de policiales: las versiones variaban. Había quien afirmaba que don Juan Manuel sobornó al carcelero para que lo dejara salir, como murciélago en la oscuridad nocturna, a espiar el balcón de su propia casa. Pero no sonaba lógico: lo mismo habría podido pagarle al cancerbero para que le permitiera cumplir por triplicado con su esposa todas las noches...
Según otros autores le había vendido su alma al diablo, a cambio de escaparse a medianoche y espiar su balcón desde el zaguán de enfrente. Aunque la objeción sería la misma: igual pudo habérsela vendido para disfrutar cómoda y triplemente a doña Mariana, y hasta cenar a gusto en casa, evitándose los fríos callejeros...
Total, resumía el reportero de policiales: don Juan Manuel pintaba con carbón una especie de puerta en el muro de su celda, la abría con una llave que también dibujaba, y ya estaba afuera.
-No mames: eso es La mulata de Córdoba. ¡La acabo de ver en la tele! –gritó El Chiquilín Martínez, con una vocecita aflautada desde la exornada y módica cumbre de su roperote huesudo.
-La mulata pintaba un barco...
-O Bugs Bunny –intervino, muy camp, Andueza, olvidándose por un momento de su exclusividad semanal con los autores sudafricanos.
-Al grano, maestro –apremió Godínez expeliendo la cavernosa voz de Marlon Brando en El Padrino.
Había pasado lo de siempre, señaló el reportero de policiales con desprecio profesional ante la nota roja de cada día: don Juan Manuel llegó a su calle, miró su balcón y descubrió las sombras de doña Mariana y un galán, agasajándose.
-¡Y se equivocó de ventana, y nos estás hablando de un rocanrol de Johnny Laboriel!: “¡Oh qué confusión, el número equivoquéeee. Siluetas, siluetas, siluetas soooon!” –cantó el aborrecido crítico Andueza, ya sin idea (en caso de haberla tenido alguna vez) de dónde quedaba Sudáfrica.
-No se equivocó de ventana. Esperó a que saliera el galán y lo apuñaló.
El galán venía embozado en su capa, como si la densa oscuridad de la noche no lo cubriera bastante. Hay que recordar que no existía entonces ningún tipo de alumbrado público en la ciudad: ni fogatas, ni lámparas, ni faroles.
Entonces don Juan Manuel le preguntó a bocajarro: “Perdone su merced, ¿qué horas son?”. El embozado contestó sin descubrirse: “Las once”. (Seguramente acababa de echarle un vistazo al reloj en casa de doña Mariana.) “¡Dichoso su merced, dijo don Juan Manuel, pues sabe la hora en que muere!”
-¿Y dónde está el thriller? –increpó Godínez, retomando su mejor perfil de Michael Douglas.
En que don Juan Manuel regresó a la noche siguiente, prosiguió cansinamente el reportero de policiales; y vio y preguntó y escuchó y exclamó lo mismo, y volvió a matar al galán. Así todas las noches durante muchos meses.
Todas las madrugadas la ronda levantaba un asesinadito en la Calle Nueva. Don Juan Manuel nunca supo si siempre mataba al mismo o a galanes diferentes. Si realmente salía todas las noches o nomás lo soñaba.
Finalmente la justicia, el soborno o el diablo lo pusieron en libertad. Entonces apuñaló expedita, antidramáticamente a doña Mariana.
-¿Y por qué no la mató desde antes? –preguntó Godínez, práctico como Harrison Ford.
-A lo mejor creía que iba a tener que estarla asesinando todos los días... –rió a chillidos El Chiquilín Martínez.
El caso era, según el reportero de policiales, que ya en libertad, don Juan Manuel comprobó que no se había tratado de alucinación alguna, ni de una trampa del diablo.
Averiguó los nombres de docenas de galanes que habían sido misteriosamente asesinados, noche tras noche, frente a su puerta, a pesar de la estricta vigilancia de guardias y alguaciles.
Entre ellos figuraban nada menos que el propio Alcalde del Crimen, un tal Vélez de Pereyra; un escribano, dos oidores, varios frailes y canónigos, y hasta el pariente más querido de don Juan Manuel, su sobrino y heredero, pues no tenía hijos.
Arrojó el cadáver de su esposa por la ventana, dispuesto a todo, y se sentó a esperar al alguacil... quien nunca llegó.
La ronda se había acostumbrado al cadáver diario, aunque ahora se tratara de una mujer. Ya desde entonces las costumbres andaban a ratos al revés. Y don Juan Manuel tenía la coartada de haber estado preso todos los meses en que habían ocurrido los otros asesinatos.
-¿Y entonces? –preguntó El Chiquilín Martínez, desde la cabeza de alfiler que exornaba sus dos metros de estatura.
-Ahí tienen su thriller: resuélvanlo.
-Pues don Juan Manuel se quedó sentadito, close up y créditos finales –especuló Andueza, decidido a dejarse de tonterías y retirarse a redactar otra enjundiosa reseña de media cuartilla sobre todos los autores sudafricanos a la vez.
-Claro que no. Es drama de época. Corrió a confesarse con el cura. ¡Había matado a docenas de hombres!, aunque no estuviera seguro si soñaba o de veras lo hacía; si salía de la cárcel con su puerta y su llave de carbón o se alucinaba de celos dentro de ella...
-Eso ya es Arturo de Córdova... –apuntó, erudito, Godínez, como si dijera: “No tiene la menor importaaancia”.
El cura, según el reportero de policiales, no supo resolver el thriller. ¿El multiasesino había sido don Juan Manuel o un fantasma urdido por el diablo? ¿A quién condenar? Tuvo que invocar a los detectives celestiales, que como es sabido se toman su tiempo.
Mientras tanto mandó a don Juan Manuel que rezara tres noches seguidas el rosario a la medianoche, al pie de la horca.
La primera ocasión escuchó, con el rosario en la mano, una voz de ultratumba: “¡Rezad un padrenuestro por el alma de don Juan Manuel!”; la segunda: “¡Rezad un avemaría por el alma de don Juan Manuel!”...
-¡No mames: eso es la Llorona! –protestó, maullando, El Chiquilín Martínez, ofendido en sus más entrañables tradiciones.
-Y al tercer día amaneció colgado en la horca.
Volvieron a variar las versiones, en opinión del reportero de policiales. La leyenda popular rumoraba que los propios ángeles, escandalizados, bajaron del cielo y lo colgaron.
O las docenas de difuntos galanes rencorosos, capaces también de vender su alma al diablo, incluso en el cielo, con tal de bajar un rato y vengarse.
O la insaciable doña Mariana.
-El caso es que alguna vez hubo thrillers en México y amén –cerró el fantasmal reportero de policiales, y se puso a mascar un hielo.
-Qué bueno que en policiales se limitan a transcribir puros chismes. Como reportero no tienes nada qué hacer –le espetó sumariamente Godínez, y se retiró del Bar Nuevo León con un reposado andar stanislavskiano, digno de Al Pacino.
Pero gracias a la leyenda de don Juan Manuel, o al miedo de que “el reportero del diablo” -como se le empezó a llamar con sarcasmo por la Calle Michoacán de la Colonia Condesa- volviera a contarles algo semejante, sus amigos (amigos es un decir: ¿cómo hacer amistad con quien nunca va al cine? ¿entonces de qué rayos se platica?) dejaron de hablar tanto de películas en su presencia.
Se le puede ver dos o tres tardes por semana, entibiando sus whiskies, con la mirada perdida, ensoñando con esa poesía “antilogocentrista, molecularizada y atonal” que ni vendiéndole el alma al diablo le asoma por la mente.
El odiado crítico Andueza (esta semana especializado en los aforistas de Tahití) murmura que “el reportero del diablo” no anhela tanto una poesía que exprese el “accidente grafístico puro, o el grafismo esencial, subrepticiamente rizomático, como una muesca en acrílico o una arruga de trapo de los abstraccionistas catalanes”, sino esos “vulgares premios y becas gubernamentales” que, sin tanto andarse por las ramas, el eficaz y aborrecido crítico Andueza recibe varias veces al año por sus reseñas semanales de media cuartilla.
Lo que yo puedo contarles es que cuando ingresé como redactor emergente al suplemento cultural no tenía la menor idea de todo este asunto. Y una noche se me ocurrió hablar en el Bar Nuevo León, taqueando chistorra con setas al ajillo, de cierta película de Billy Wilder.
Entonces el “reportero del diablo” se me quedó mirando con una sonrisa torva y oscura como callejón del crimen, y me preguntó:
-Oye, hueso –en esto del generoso y solidario oficio del periodismo nos llaman “huesos” a los novatos, y nos ocupan sobre todo para mandarnos por tortas y refrescos a la esquina-; oye, hueso, ¿sabes qué horas son?

sábado, 1 de febrero de 2025

LAS AVENTURAS DE UN JACOBINO EN PUEBLA

LAS AVENTURAS DE UN JACOBINO EN PUEBLA
Por José Joaquín Blanco



A la memoria de Pepe Morante
Sin duda ustedes habrán oído hablar de Huitla, ese pintoresco pueblito tropical cundido de vegetación y de todo tipo de flores; con sus blancos caserones de muros enyesados y techos de teja, sus empedradas calles escalonadas, que brillan bajo los aguaceros como si fueran de metal, y las altas torres de su iglesia. Está en la Sierra de Puebla.
Ah, y sus coloridos mercados domingueros, en la plaza, llenos de indios que bajan de los cerros a comprar cassettes de Bronco, los Temerarios y los Tigres del Norte; pantalones de mezclilla, camisetas de U2 y tenis y huaraches de plástico. Y de turistas que adquieren la indumentaria indígena de manta, bordada, insuperable para descansar junto a una alberca, en torno a la parrillada; para sudar cómodamente en la discotheque y para pasear en el calor abochornante por los jardines de los hoteles y las huertas de las fincas de recreo, además de todo tipo de cerámica y cestería para decorar folkóricamente un progresista hogar universitario.
Habitualmente no se ve mucha miseria en Huitla, porque los indios viven en sus aldeas de las montañas. Tampoco se ve a los grandes cafetaleros ni a los ganaderos, que van y vienen en coche o avioneta entre sus espléndidas propiedades y sus oficinas y residencias en Puebla, Veracruz o el Distrito Federal. El turismo es dominguero. De modo que entre semana parece un pueblo vacío, una maqueta de museo de “cultura popular”, con algunas señoras que se abanican con revistas de estrellas de televisión a todo color, en sus dos o tres tiendas y fondas semivacías.
Lucen entonces en su variado esplendor la vegetación (ya un locutor de TV-Azteca habló del “verde multicolor” de la Sierra de Puebla), las flores, las calles empedradas construidas como escaleras de un afanoso laberinto, los gruesos muros enyesados, los techos de teja, las terrazas con macetones. Y de repente, un estrépito infernal: las campanas de la iglesia.
Dos torres de tres pisos dotadas de no sé cuantas campanas potentísimas, como forjadas para imitar el escándalo del fin del mundo. Rompen los oídos a muchas cuadras de distancia. Y desde la visita del papa y el nuevo poder legal de la Iglesia tañen a cada rato, todos los días. Ni caso tiene señalar que, entre tal estrépito, no se escuchan las mentadas de madre al cura, a quien la población denomina “el enemigo del oído humano”, por parte de los funcionarios y empleados del ayuntamiento, que está exactamente junto a la iglesia; ni las de los tenderos, fonderos y vecinos del pueblo, quienes siempre llevan consigo bolitas de algodón y de cera para tapiarse a cada rato las orejas.
Las campanas empiezan a bombardear al pueblo desde las cuatro y media de la mañana y no cesan hasta después de las diez de la noche. En días de gran santo (y los santos grandes suman legión) siguen hasta la madrugada. Su horario y sus intenciones son arbitrarias, pues ni siquiera las toca el cura, sino un mozo-sacristán aguardentoso, imbuido de todo el odio que el cura siente por las estatuas de Benito Juárez (tosca, de piedra) y de Cuauhtémoc (amanerada, semidesnuda, con vientre físico-culturista, de yeso dorado) que el gobierno jacobino erigió durante los buenos días del PRI en el centro de la plaza; y por la impía modernidad que mantiene a toda la gente pegada a sus radios y televisiones, sin temor alguno de Dios ni del fin del mundo.
Hay también triunfalismo, revanchismo, en el tesón con que el cura manda y el sacristán pone en práctica la furia de las campanas: hace unos treinta años, cuando el viento todavía no les hacía nada al PRI ni Juárez, el presidente municipal don Aristarco Méndez, padre del actual, mi amigo Jenofonte H. Méndez, hizo reglamentar el tañido de las campanas. Sólo podían sonar tres veces antes de cada “acto efectivo” de culto; y no todas al unísono, sino nomás unas cuantas, para no “quebrantar la tranquilidad de la ciudadanía”.
Por “acto efectivo” de culto se consideraban las misas y los rosarios con feligresía comprobable, pues resultaba que las campanas atronaban todo el tiempo, pero la iglesia siempre estaba vacía y hasta cerrada por falta de feligreses: ¿qué caso tenía “sobresaltar a la ciudadanía” cuando no estaba ocurriendo nada? Y democráticamente debía aplicarse a las campanas de la iglesia la misma ley que se imponía al sonido de cantinas y cabarets: fijarles un límite de decibeles, para “no atentar contra la salud del oído humano”.
Ni siquiera entonces, cuando el viento no les hacía nada al PRI ni a Juárez, pudo prevalecer el munícipe jacobino, por más que juntó las firmas de todos, sin excepción, los vecinos de las manzanas circundantes a la plaza. El cura argumentó que los campanazos se dirigían también a los “hermanos indígenas”, quienes tenían todo el derecho a escucharlas desde sus arduas labores en los montes remotos, aunque sólo bajaran los domingos y visitaran el templo tempranito, antes de que el mercado entrara en plena actividad.
Protestó también el párroco porque el munícipe enviaba a las esposas e hijas (enrebozadas y disfrazadas de beatas) de sus empleados a espiar a la iglesia, para luego publicar en el pequeño periódico dominical La Voz de Juárez. ¡Con la República siempre!, la estadística de que a tantos campanazos de tantos “megadecibeles” correspondían dos sordísimas ancianas dormidas durante el rosario, o las más de las veces, a una iglesia cerrada mientras el cura estaba jugando dominó en la tienda-pulquería de don Tucídides Aguirre con el propio presidente municipal.
El obispo de Puebla apoyó al cura, y el ciudadano gobernador constitucional del libre y soberano Estado de Puebla se hizo oficialmente el desentendido, pero a trasmano se comunicó a las autoridades eclesiásticas que si no cesaban en su intemperancia con las campanas podría ocurrir que el Seguro Social repartiera más propaganda del control de la natalidad; que se autorizara algún indigenista dispensario protestante en la mera plaza de Huitla; que los vigilantes del municipio no advirtieran una gran campaña intempestiva de pósters y volantes de semidesnudas vedettes de palenque, los cuales amanecerían pegados en cuantos postes y muros disponibles se encontraran cerca de la iglesia; y que, en fin, el Estado podría instalar muchos altavoces (de los cientos que almacenaba el PRI en sus bodegas, y sólo usaba durante las campañas electorales) en la plaza, para amenizar a todo volumen la vida ciudadana con puras cumbias, rancheras y rocanrol.
De hecho, toda esa propaganda apareció un domingo tapizando la barda misma de la iglesia, y una camioneta del PRI (el emblema cubierto por una gran foto de Irma Serrano en minifalda ranchera), con altavoz, se estacionó frente a su entrada para detonar ininterrumpidamente, durante todo un día, pura música de Carlos Lico y de la Sonora Santanera. Y se repartieron eruditos folletos de control de la natalidad entre los marchantes analfabetos del mercado.
Durante unos años, hasta su muerte, el cura moderó sus campanazos. Seguían sonando fuerte, pero no todas las campanas a la vez y no todo el tiempo. El munícipe por su parte prohibió con un valiente decreto la publicidad nudista o jacarandosa, y santa paz. Huitla podía aburrirse tranquilamente entre campanazo y campanazo. Y como todos sus antecesores desde la Independencia, el cura y el presidente municipal podían jugar amistosamente cartas y dominó con el boticario y el maestro rural en la tienda-pulquería de don Tucídides Aguirre y sus antecesores.
Republicanamente cambiaron el presidente municipal de Huitla y el gobernador de Puebla; también, fatalidad de la vida, envejecieron y fueron reemplazados el obispo de Puebla y el cura de Huitla. Pero volvió a comenzar el ciclo de la animosidad entre el nuevo cura y el nuevo munícipe jacobino, por más que siguieran jugando dominó dos o tres tardes a la semana. El nuevo cura, para quien los tiempos del “oscurantismo de la PRI-Reforma” habían caducado “al igual que las tiranías de Nerón y Diocleciano”, tomó como pretexto la visita del papa para volver a hacer estallar todas las campanas todo el tiempo.
El cura volvió a ser “el enemigo del oído humano” para los ensordecidos empleados y funcionarios del ayuntamiento, para los tenderos, fonderos y vecinos. Se retomó la costumbre de traer en los bolsillos bolitas de cera y algodón, y de contestar cada campanada con una mentada de madre contra el cura; inocuamente, pues ni siquiera alcanzaba a escucharla quien la gritaba.
Una mañana de domingo, en plena efervescencia del tianguis en la plaza, hizo su aparición una camioneta (las siglas del PRI cubiertas por una gran foto de Olga Breeskin en bikini) con altavoz. Gobernaba el ayuntamiento don Píndaro L. Méndez, hermano de aquel edil y tío del actual. Pero ya no se trató de simples cumbias, ni de Carlos Lico, ni de la Sonora Santanera. Eran puras canciones “pornográficas” de Lupita D’Alessio, María Conchita Alonso, Camilo Sesto, Emmanuel y José José.
Para entonces había crecido el turismo universitario o antropológico, y se habían acondicionado como hoteles tres o cuatro casonas céntricas. Tenían bar y variedad los fines de semana, hasta de strip-tease y travestis. Los turistas universitarios que iban a disfrutar de la etnología y del folklore son gente terrible en busca de aventuras inusitadas. No sólo se emborrachaban, sino que fumaban mariguana al pie de la dorada y amanerada estatua de yeso de Cuauhtémoc, que lucía buenas piernas. Y “fornicaban” frente al paisaje, en la madrugada, bajo los flamboyanes de la plaza. Andaban en minifaldas y shortcitos por eso de “la calor”.
Con el pretexto de disfrazarse de indias, las chamacas sociólogas se ponían pantalones y blusas indígenas de manta (que Dios sabe que sólo se inventaron para los hombres), a fin de tornear y transparentar a la menor brisa todas sus formas pecaminosas. Los indios disfrutaban del espectáculo, muertos de risa.
El munícipe había autorizado, además, un cine permanente en el patio de otra casona, donde se exhibían puras películas de narcos, sexo y violencia, al que iban sobre todo los indios jóvenes, quienes ya para entonces usaban acampanados pantalones Milano y cachuchas de béisbol, y más sabían de los hermanos Almada, de Lola la Trailera y de Sylvester Stallone que de fray Bartolomé de las Casas y don Juan de Palafox.
Para colmo de horrores, le escribió el cura al obispo de Puebla, la propaganda del control de la natalidad del Seguro Social sí se había incrementado en una forma alarmante. Hasta se hablaba de eso en la escuela primaria. Pocos años después (ya la era del sida) añadió que el maestro rural había instruido al grupo de sexto año (es el mayor grado de escolaridad de Huitla, pues no hay secundaria, y sólo media docena de chamacos al año logran su certificado de primaria), días antes de la fiesta de fin de cursos, ¡en el uso de condones! Había calzado pedagógicamente un condón en el extremo de un palo de escoba.
No sólo eso: cundía la subversión; los universitarios comunistas y los protestantes, “ajenos a nuestro siempre católico Estado de Puebla”, se habían metido a agitar a los trabajadores de las fincas cafetaleras y de los ranchos ganaderos. Sólo la venida del papa (“¡Qué venidota!”, se había atrevido a decir el edil don Píndaro en pleno juego de dominó, frente a las narices mismas del cura) podía salvar de la perdición a ese “poblano redil de Dios, que adoraba a Cristo aun en su gentilidad, con el nombre de Quetzalcóatl”. Como siglos después diría el bolero: “Antes de conocerte, te adiviné”.
Y terminaba alertando de que la infamia y la corrupción de las costumbres no alcanzaba ya sólo a los mestizos de Huitla (a quienes siempre se consideró, por lo demás, semicristianos y condenados de antemano al averno, por más que tanto el obispo de Puebla como el cura de Huitla fueran bien mestizos), sino a los propios indios, quienes hasta entonces se habían conservado tan “sobajados, serviciales, dulces y devotos”, a pesar de las revoluciones y discordias sociales de dos siglos liberales, como en los tiempos dorados de la evangelización.
El obispo de Puebla, orondamente “angelopolitano”, semper fidelis, volvió a apoyar al cura. Y con qué fuerza atronaban las campanas. ¡Cómo hacían saltar al propio presidente municipal de su escritorio, a cada rato; cómo provocaban que don Tucídides Aguirre volcara las garrafas de pulque, y hasta le hacían perder al propio cura la concentración en el dominó!
Este nuevo cura retomó la belicosidad de sus antecesores. Una mañana el dorado Cuauhtémoc apareció con un gran escapulario de cartón, izando sobre su lanza siempre insumisa una gran estampa de la Virgen del Socorro. Otro día amaneció don Benito Juárez, tan bien peinado de raya enmedio, tocado con un bonete; y en su pedestal una frase que decía: “¡Antes de morir, se confesó!”
Don Píndaro, por primera vez en más de cien años, no pudo responder como buen jacobino a la provocación clerical. Órdenes terminantes del centro, del gobierno federal, le ataron los manos. “Las cosas han cambiado”, se le dijo. “Ahora somos pluralistas, democráticos y modernos, y hay que buscar un buen entendimiento con el clero.”
El cura lo supo y se envalentonó. Ya no le parecieron suficientes las campanas. Compró un enorme aparato de sonido. “Como la gente no va a la iglesia, la iglesia debe ir a la gente”, se justificó ante don Tucídides.
Hacía grabar en cassette su sermón dominical de la misa de doce, la de la gente decente, y lo ponía a resonar desde unos altavoces potentísimos en las torres de la iglesia. A todas horas durante toda la semana. Entre campanazos y campanazos, el mismo sermón; entre las repeticiones del sermón, los campanazos. Poco faltó para que acudiera a una comisión internacional de Derechos Humanos para quejarse del jacobino munícipe, quien había hecho arrestar al aguardentoso sacristán por tres horas —acusado de violar la Ley Seca en día cívico— y había suspendido la corriente eléctrica de la iglesia la mañana de un 16 de septiembre, a fin de realizar sin campanazos ni sermón su “demagógico” desfile de escolares “acarreados” en pos de la bandera nacional.
Parecía que el jacobino había perdido de una vez para siempre su eterno pleito con el cura en ese pueblito de la Sierra de Puebla. De hecho, al dejar la presidencia, don Píndaro abandonó su vieja y querida casona en el centro de Huitla, que su familia había habitado durante diez generaciones, y se hizo construir una moderna, con jacuzzi, bastante lejos, por el panteón civil, donde de cualquier manera seguía escuchando el eco de las campanas y de los aguerridos sermones del cura contra el caos y el diabolismo de estos tiempos.
No se conformó el cura con los campanazos y los sermones. Mandó grabar el rosario en una buena parroquia de la propia ciudad de Puebla, la de San Miguelito, donde se oyera tupido y en buen castellano; y asestaba el cassete completo por los altavoces, a todo volumen, todas las tardes, a los sufridos habitantes de Huitla. No lo ponía a una hora determinada, para que la gente no pudiera escaparse, corriendo en estampida hasta más allá del panteón civil. “¡Santa Virgen del Rosario, sálvanos del rosario!”, clamaban. Su repertorio se amplió con himnos marianos y cristeros, con sermones del papa y del obispo de Puebla, y finalmente hasta con canciones devotas entonadas por artistas de moda, como Roberto Carlos y Lucerito.
Llegó a la presidencia municipal mi amigo Jenofonte H. Méndez, nieto, hijo y sobrino de próceres huitlenses, y se encontró con las mismas órdenes que don Píndaro. Los tiempos en efecto habían cambiado, y no había modo de responder al clero fuera de la ley. ¿Y cómo responderle dentro de ella, si no había reglamentos contra las campanas ni contra los sermones en altavoz? ¿Si para los sonidos clericales no existía límite legal alguno de frecuencia ni de decibeles?
Por lo demás, las represalias de sus ancestros ya no funcionarían. Las grabadoras portátiles se habían popularizado aun entre los indios, y las ponían a todo volumen los domingos, en el mercado, aumentado la confusión de campanas, sermones, vivas a Cristo Rey y lamentos amorosos de Bronco, los Tigres del Norte y los Temerarios, todo a un tiempo. En la propia televisión se veían más semiencueradas que en todos los afiches que discurriera pegar en la barda de la iglesia. La “sociedad civil”, tan católica en otros aspectos, distribuía por sí misma condones y guías de educación sexual hasta en el atrio. ¡Incluso los boy-scouts (claro, forasteros: no hay boy-scouts nativos en Huitla), rezando el rosario, repartían condones y manuales de “sexo seguro”! El mundo también había empeorado para el cura, pero sus campanazos y sermones atronaban peor que nunca.
“¿Cómo proteger los oídos de la ciudadanía del estrépito clerical?”, se preguntaba el jacobino Jenofonte en la tienda-pulquería de don Tucídides Aguirre, mientras buscaba que el cura le diera una oportunidad de deshacerse de la mula de seis.
“¿Cómo proteger a la feligresía, sobre todo a ‘nuestros hermanos indígenas’, de la corrupción del gobierno tiránico y del mundo moderno?”, se preguntaba el cura mientras, astutamente, le ahorcaba la mula de seis al munícipe.
El boticario y el maestro rural ya habían decidido (en secreto) que una futura revolución debía expulsar, al mismo tiempo y con parejo y ejemplar rigor, tanto a la iglesia como al edificio del ayuntamiento del centro de Huitla, y refundirlos a ambos en lo más intrincado de la Sierra de Puebla.
Pero mi amigo Jenofonte halló la solución. Un día supo que la “sociedad civil” también contaba, entre sus múltiples lemas, con el de la protección de los animales. Y efectivamente, la proliferación de perros sin dueño era todo un problema municipal, reflexionó. Ningún munícipe se había ocupado de ellos, ni en caso de rabia: la propia gente se encargaba de matar a pedradas a los perros rabiosos. ¿Con qué presupuesto se iba a proteger, por más cromo de san Francisco de Asís con rosas de plástico que se venerase en la iglesia, al hermano perro, a la hermana perra, si no había dinero ni para darles frijoles una vez al día a los presos en la cárcel municipal?
Tampoco los munícipes se habían ocupado mucho de la delincuencia. Dejaban que la propia gente matara o linchara a los abigeos, asesinos y ladrones, en vendettas interminables que siempre han sido una patriótica tradición poblana. Sólo en casos especialísimos, de los que habla la prensa de la capital, se detenía a algún delincuente y se le remitía a la cárcel del estado, para que “lo mantenga el gobernador”.
El pequeño cuarto enrejado, dentro del propio palacio municipal, con amplia vista a la calle, sin vidrieras, completamente descubierto, a unos veinte metros de la iglesia, que decía “Cárcel” en letras desvaídas, apenas albergaba de vez en cuando, por dos o tres días, a los misérrimos borrachines alborotadores que no podían pagar su multa; y se les hacía barrer las calles, custodiados por los dos desnutridos gendarmes que constituían toda la fuerza pública del municipio. Los presos sólo comían si sus familias les llevaban un taco. Así, la cárcel se encontraba casi siempre vacía.
El munícipe jacobino resolvió fastidiar al cura de la siguiente manera: cambió el letrero de “Cárcel” por el de “Centro de Protección y Rehabilitación Canina del H. Ayuntamiento de Huitla, Pue.” Comisionó a los dos gendarmes para aprehender a cuanta perra callejera se encontrara en los soberanos límites del municipio. Dicen que hasta importó, con cargo al erario, docenas de perras de los municipios colindantes. Sólo encarceló, es decir, amparó en la ex-cárcel municipal, a las hembras. “Ellas merecen más la protección gubernamental que los machos”, dijo en un oportuno desplante feminista, propio de los nuevos tiempos, ahorcándole ahora la mula de seis al cura, en la tienda-pulquería de don Tucídides Aguirre.
Sobra decir que en unos cuantos días el olor de hembra atrajo a todos los perros de la localidad y de los alrededores. Que incluso los perros domésticos aullaban sin parar dentro de las casas vecinas. Que el aullido de los perros innumerables ante el olor de tantas hembras juntas sí logró destacar entre los campanazos y sermones de altavoz. Que se volvieron todo un espectáculo regional, incluso con beneficios turísticos, los episodios de tanto macho sobrexcitado frente a la iglesia y al ayuntamiento, sobre todo cuando, en su desesperación sexual, los machos se desahogaban entre ellos mismos, y luego no se podían separar, y aullaban más desoladoramente que campanario alguno, ensartadísimos, jalando inútilmente cada cual en sentido opuesto.
Fue así como el cura cedió al fin. Desactivó algunas campanas. Redujo la abundancia de campanazos, de sermones, de himnos marianos y cristeros. Es cierto que no se rindió del todo, pero tampoco lo hizo el jacobino.
La cárcel no retornó a su antigua función. Siguió siendo el “Centro de Protección y Rehabilitación Canina del H. Ayuntamiento de Huitla, Pue.”, con dos o tres perras en celo nada más, y no cincuenta. Ahí sigue en pie de guerra, por sí las dudas. Hasta el obispo de Puebla vino a inspeccionar el caso. Se le vio espiar desde la ventanilla polarizada de su limusina este último, agónico recurso de un jacobino tenaz.

miércoles, 1 de enero de 2025

EL ORO DE LOS TRASGOS

EL ORO DE LOS TRASGOS

Por José Joaquín Blanco

Don Baltasar de Jáuregui ni siquiera tenía el derecho de firmarse con el “don” ni con el “de”. Soldado Baltasar Jáuregui, a secas; soldado irregular y sin otras pruebas de sus méritos militares que dos o tres cartas ante escribano de ancianos conquistadores (igualmente dudosos y sospechosos), dizque sus compañeros de armas; una pierna baldada y el cuerpo entero cosido de cicatrices.
A sus ochenta años seguía presentándose todos los días al Palacio del virrey, para averiguar cómo iban sus asuntos, pero rara vez se le permitía entrar. Las antesalas de Palacio, y aun las puertas y la calle, estaban siempre llenas de escribanos, litigantes, solicitantes, quejosos de todas las castas. Todos cargados de legajos.
Jáuregui era a quien más odiaban los guardias, de puro necio, y al que más frecuentemente echaban por la fuerza a la calle, derribándolo, a pesar de su vejez y de los charcos de inmundicias que rodeaban el Palacio.
Jáuregui los increpaba a su vez con tremendas maldiciones, que nadie alcanzaba a escuchar entre el barullo del mercado de la plaza, el escándalo de cerdos (en venta frente a Palacio, a pesar de las ordenanzas), gallinas, guajolotes, borregos, burros, mulas y caballos.
Se le había dicho claramente desde hacía diez años que esperara sentado a que se resolvieran sus asuntos. Los negocios de Palacio van despacio, y si tienen que viajar a España tardan más todavía. Que se encomendara a algún santo o a alguna potencia celestial; el arcángel san Rafael, arcángel viajero, tenía fama de acelerar todo tipo de trámites.
Los asuntos de don Baltasar de Jáuregui eran su miseria, después de más de medio siglo de batallar contra los indios desde Honduras hasta Nuevo México. Ninguna recompensa: ni oro, ni tierras, ni indios, ni títulos, ni siquiera un puesto de criado en Palacio.
Muchos conquistadores verdaderos y una epidemia de farsantes llevaban litigando lo mismo desde los propios tiempos de Hernán Cortés. A ninguno se le creía mayor cosa, aunque escribiera (pocos sabían escribir) o dictara sus aventuras para convencer a los funcionarios. Acaso les habría convenido ser mudos. Entre más contaban, precisaban, abundaban en sus aventuras de guerras con los indios, menos se les creía. Decían puras barbaridades, cosas fabulosas: hablaban de indios guerreros enormes y terribles, de flechas de obsidiana que cortaban más que las espadas de Toledo, de gigantescos ídolos de piedra cuya sola vista infundía terror, de batallas tremendas que hacían palidecer a las del Cid contra los moros.
Se rumoraba de cierto soldado loco, igualmente senil, que, desde Guatemala, dejaba atrás todas las novelas de caballería con su enorme e ilegible relación “verdadera” de sus bravuras de conquistador, a fin de conferir lustre al barato apellido Díaz. Y que un tal Gaspar algo (probablemente un simple Pérez) se proponía componer un largo y enfadoso poema sobre estas cuitas (que haría publicar en Madrid, y que estaba destinado a histerizar tres siglos más tarde a don Marcelino Menéndez y Pelayo).
Como si no estuvieran a la vista los indios, taimados y levantiscos pero nada terribles, serviles y suplicantes: ahí mismo, acuclillados en la plaza, embrutecidos de pulque: a ver, ¿quién les tenía miedo? Con la sola mirada cualquier fraile dominaba centenares o millares de indios. “Pura plebe y ya. Peor que plebe: a su lado los gitanos y la chusma sevillana lucirían como toda una aristocracia”.
Y como si las más altas autoridades políticas, eclesiásticas y eruditas no hubieran declarado que la Virgen y el apóstol Santiago habían realizado todo el trabajo de la guerra, al frente de batallones de meros borrachines y perezosos. Por ejemplo: convencieron previamente a Moctezuma y a sus sacerdotes de que los españoles eran dioses: en efecto, con ellos venía Cristo. Por ejemplo: llegaban la Virgen y el apóstol en el momento decisivo de la batalla, arrojaban polvo a los ojos de los indios, verdaderas tolvaneras, con sus manos sagradas, de modo que la soldadesca se limitaba a degollar a puro ciego ocupado en restregarse los párpados.
Por ello la justicia real y la divina habían impedido que quienes se llamaban “soldados de la conquista”, salvo unos cuantos capitanes, sacaran algún fruto de sus aventuras fabulescas. Nada más había que verlos en la plaza, misérrimos y medio locos; algunos dedicados a los oficios más bajos, como remendar botas, o a vender hortalizas y gallinas como cualquier indio. Había incluso muchos indios menos pobres que ellos. Y algunos a quienes hasta se les permitía llamarse oficialmente “don” y “de”, como los infatuados caciques de Texcoco y Tlaxcala.
Los funcionarios, los frailes y los españoles que habían llegado a la Nueva España después de las guerras, estaban hartos de tanto embuste. Cincuenta, sesenta años de sufrir a los innumerables “soldados” que, para granjearse cualquier tipo de limosna, contaban una y otra vez, exagerándolos hasta la demencia, su bravura contra los indios feroces, sus heroicos servicios al rey y a la religión, mientras mostraban muñones, llagas, cicatrices o tumores que más parecían resultado de riñas de taberna o de enfermedades sexuales que auténticas rúbricas de alguna batalla.
Don Baltasar de Jáuregui, quien no se perdonaba el “don” ni el “de” al menos para pedir limosna entre las marchantas indias del mercado y los criollos y mestizos pobretones, probablemente había ido enloqueciendo (si es que no obraba de mala fe), según se decía, de tanto contar las mismas historias. Se le había pillado en contradicciones. A veces tal hecho terrorífico lo situaba en Honduras, otras –igualito- en Chiapas, en Tenochtitlan, en Michoacán, en Cíbola o en la Nueva México. Su audiencia, conformada principalmente por mozalbetes y guasones, la chusma de los “arrebatacapas”, se divertía haciéndolo desatinar.
Y por otra parte, ¿acaso no lo habían contado ya todo los frailes, desde el púlpito? Nada de lo que éstos referían coincidía con las quimeras de “don” Baltasar. ¿Acaso no se alzaban ya los palacios, los conventos y los templos, demostrando con todo esplendor quiénes verdaderamente habían ganado esta tierra? Cervantes de Salazar y algunos poetas habían cantado la nueva ciudad-monumento de los triunfadores. ¿Quién iba a creer que los auténticos adalides eran ese puñado de “soldados” piojosos, purulentos, ignorantes, decrépitos, andrajosos?
Muchas veces don Baltasar de Jáuregui recibía insultos o legumbres podridas en plena nariz, en lugar de limosna, a cambio de sus relatos. Pero había uno que siempre funcionaba, y se lo solicitaban con frecuencia. Trataba de la primera vez que, si hemos de creerle, se comió chorizo en la Nueva España.
Después de delirar, como en las novelas de caballería, sobre los palacios llenos de oro y joyas de Moctezuma, de los templos altísimos como mezquitas, de los tambores y atabales de Huichilobos que atronaban cual volcanes en erupción, de los sacerdotes pestilentes y renegridos como el mismo demonio, de las batallas con bergantines en la laguna; de la destrucción casa por casa de toda la ciudad de Tenochtitlan y del incendio final, cuando los escombros de la que había sido “la más rica metrópoli del orbe” quedaron atiborrados de cadáveres: unos pudriéndose en tierra, florecientes de gusanos; otros flotando hinchados y rodeados de nubarrones de moscas, lentamente devorados por los zopilotes, picotazo tras picotazo; en fin, después de repetir todos los lugares comunes de la charlatanería de los “soldados” limosneros, llegaba la mentada hora del chorizo.
Decía don Baltasar de Jáuregui que para huir de la peste de los miles y miles de cadáveres mexicanos, los conquistadores triunfantes se habían retirado unos meses a Coyoacán. Y que lo primero que hicieron ahí fue un gran banquete de celebración, con comida cristiana, es decir: de marranos, porque ya estaban hartos de la indígena: los elotes tostados, las tortillas insípidas en tacos de insectos y renacuajos asados y los puros quelites hervidos.
En una reciente flota de Cuba habían llegado muchos marranos, y así se preparó la comilona, con bastante vino de Castilla que habían recibido, o comprado más bien a precio de oro, para la ocasión. Disponían asimismo de algunos instrumentos de música y se armó un baile, aunque las mujeres españolas que andaban de soldadonas eran muy pocas y muy feas. Con la ayuda del vino, algunos conquistadores se pusieron mantas y prendas de mujer, y se contoneaban al modo de las rameras, jugando a las damas de danza de sus propios compañeros, como en carnaval, para que todo mundo bailara muchas horas. Algunos danzaban hasta encima de las mesas.
Decía también que todos andaban cargados de oro y de piedras preciosas: el botín de guerra, que luego les robó el propio Hernán Cortés y sus capitanes, y que todo aquello lo traían colgado y atado al cuerpo, como vastos almacenes bípedos de la más extraña mercadería del infierno.
Que además de los tejos o barras de oro fundido, portaban ídolos, animales y demonios de oro y de piedras preciosas, de modo que cada soldado pesaba como diez, y a cada paso de baile se tambaleaba; y luego, con la borrachera, allá iba a dar al suelo con todas sus riquezas tres o cuatro veces por danza. La tierra llana retumbaba a cada caída, para no hablar del crujir de tablones, losas, escaleras.
Que en ese banquete, donde “por primera vez se comió chorizo en estas tierras”, y demás anheladas variedades del cerdo, todos los soldados juraron que se mandarían hacer armaduras de oro, y camas de oro, y palacios de oro; y que les sobraría oro para comprarse duquesas y marquesas españolas que vinieran a servirlos como esposas y queridas.
Que llegaron a reñir sobre quién iba a construirse un palacio de oro más alto que el otro, o sobre quién se iba a casar con tal o cual princesa de Italia.
Entonces las carcajadas de los escuchas de don Baltasar de Jáuregui llegaban a tal estrépito que se presentaban los guardias de Palacio, dispersaban a la chusma, le daban (por no dejar, pues era incorregible) una tunda al loco Baltasar, y regresaban con presteza a mantener el orden entre la turba de solicitantes, demandantes, quejosos y pedigüeños que esperaban turno a la puerta y en las antesalas de Palacio. Todos cargados de legajos.
Don Baltasar se levantaba con muchos esfuerzos, recogía alguna monedilla o cualquier objeto de ínfimo valor que le hubiesen arrojado, como llaves oxidadas y herraduras rotas, y se iba a comprar un buen trozo de chorizo, que ya lo fabricaban muy bien los propios indios. Como estaba totalmente desdentado, lo mordía con los dedos, desmenuzándolo, y luego se lo llevaba a la boca. Se tardaba horas en deglutirlo, con una mirada soñadora: tan loco lo habían dejado sus sueños de oro.
Recordaba que el padre Motolinía había predicado alguna vez que todas las riquezas “malditas” que los españoles tomaban de los indios era “el oro de los trasgos”, o de los duendes, que desaparecía en cuanto lo tocaban. Al Marqués del Valle y a otros escasos afortunados no se les esfumó todo ese oro, ni a los frailes, que no lo escatimaban en sus templos; ni mucho menos al rey y a sus funcionarios. Pero a los soldados sí.
Y cuando se les desapareció el oro de Tenochtitlan fueron tras el de Yucatán, Guatemala y Honduras: se les volvió a desvanecer. Y luego tras el de Nueva Galicia, y las Siete Ciudades, y Florida y la Nueva México: siempre desaparecía: “El oro de los trasgos”.
Entonces don Baltasar de Jáuregui miraba el resto de su chorizo entre las manos, volvía a morderlo con los dedos (las uñas como afilados y negros colmillos), a desmenuzarlo hasta dejarlo finito, finito; se lo llevaba finalmente a la boca, lo ensalivaba muchas veces y lo tragaba con cierta dificultad, con una infatigable nostalgia y con los ojos vidriosos, como al borde de un llanto pequeñito, casi agotado.

sábado, 30 de noviembre de 2024

EL SOLDADO BOTELLO

EL SOLDADO BOTELLO Y LAS ARTES ADIVINATORIAS EN LA CONQUISTA DE MÉXICO

Por José Joaquín Blanco

Como en ciertos juegos de casino, en la conquista de México quien ganó la guerra lo ganó todo, incluyendo la supuesta interpretación de los propios vencidos, a quienes se les quemó sus testimonios y a cuyos nietos se adoctrinó y aterrorizó para que declarasen, veinte o cincuenta años después, como auténtica visión indígena, lo que los vencedores deseaban o suponían.
Moctezuma queda en este panorama como el gran brujo derrotado, a quien desde años atrás lo venían atormentando curiosos presagios (como los del festín de Baltasar, de la Biblia...) Son un tanto sospechosos porque las artes adivinatorias indígenas, como las estudia por ejemplo Enrique Florescano en Memoria mexicana, atendían menos a lo milagroso y lo excepcional, a la manera europea, que a lo reiterado. Creían conocer todas sus dichas y desgracias posibles, que cíclicamente regresaban y se repetían.
Los indios prehispánicos pensaban haber dominado el cosmos a través de unas permanentes recreación y escenificación minuciosas del pasado. El calendario como libro mágico. El día de hoy corresponde a un día específico del ciclo anterior --y de todos los ciclos anteriores--, y si se conoce éste se sabrá qué ocurrirá en aquél (un poco ese futuro que ya está en el pasado, ese “eterno retorno” del que habla Borges en su poema sobre el I Ching).
Pero aun dentro del ordenadísimo universo indígena acaecían catástrofes relativamente excepcionales por su gravedad y, por lo demás, se apuntan explicaciones racionales: así, alguna noticia debió llegar al centro de México, meses o años antes que las tropas de Cortés, de los barcos que se atareaban en el Caribe, de modo que el caos de la gran novedad apocalíptica estaba en el aire: “Año 13-conejo. Fueron vistos españoles en el agua”, es el principio del Manuscrito de Tlatelolco (1528).
Moctezuma leía sus libros adivinatorios (la fecha de la llegada de Cortés coincidía con el vaticinio del retorno de Quetzalcóatl), pero también aparecían milpas de fuego en el cielo; los templos se quemaban porque sí o eran blanco de los rayos; se alborotaba la laguna como si hirviese, la Llorona gritaba en gran llanto sus lamentos por el destino de sus hijos; las grullas tenían espejos en la mollera donde se veían batallas, aparecían monstruos (hombres de dos cabezas), etcétera. Son testimonios de los frailes y de los nietos catequizados de los vencidos, y cuajan tan bien con la victoria española, que suenan un tanto a superstición ulterior de los propios conquistadores, muy semejante a la “visión de los vencidos” que ofrecen los clásicos grecorromanos y las vidas de santos contra demonios de La leyenda dorada.
Las artes adivinatorias y propiciatorias permitidas por el cristianismo se emplearon abiertamente en el bando triunfador durante las guerras: tal día santo era promisorio, tal día de guardar, por el contrario, resultaba funesto; las misas, los sacrificios, las oraciones, las promesas a Dios y los santos, también ejercían su ortodoxa brujería propiciatoria. Pero en las páginas de Bernal aparece de pronto un sistema adivinatorio completamente brujeril --de brujo laico--, de simple arte combinatorio, como la lectura de la baraja, o de otros libros europeos que siguieron usándose durante la Colonia y fueron incluso procesados por la Inquisición (Margarita Peña ha editado el Mofarandel de los oráculos de Apolo, que es más complejo y combina textos más que cifras o signos).
Dice Bernal en el capítulo 128, sobre la Noche Triste: “Estaba con nosotros un soldado que se decía Botello, al parecer muy hombre de bien y latino, y había estado en Roma, y decían que era nigromántico, otros decían que tenía familiar [algún espíritu amigo], algunos le llamaban astrólogo; y este Botello había dicho cuatro días había que hallaba por sus suertes o astrologías que si aquella noche que venía no salíamos de México, que si más aguardábamos, que ninguno saldría con la vida, y aun había dicho otras veces que Cortés había de tener muchos trabajos o había de ser desposeído de su ser y honra, y que después había de volver a ser gran señor, e ilustre, de muchas rentas, y decía otras cosas”.
Y después de las batallas: “Digamos ahora [que a] el astrólogo Botello no le aprovechó su astrología, que también ahí murió con su caballo. Pasemos adelante, y diré cómo se hallaron en una petaca de este Botello, después que estuvimos en salvo, unos papeles como libro, con cifras y rayas y apuntamientos y señales, que decía en ellas: ‘¿Si me he de morir aquí en esta triste guerra en poder de estos perros indios?’ Y decía en otras rayas y cifras más adelante: ‘No morirás’. Y tornaba a decir en otras cifras y rayas y apuntamientos: ‘Sí morirás’. Y respondía la otra raya: ‘No morirás’. Y decía en otra parte: ‘¿Si me han de matar también a mi caballo?’ Decía adelante: ‘Sí matarán’. Y de esta manera tenía unas como cifras y a manera de suertes que hablaban unas letras contra otras en aquellos papeles que era como libro chico. Y también se halló en la petaca una natura como de hombre, de obra de un geme [una cuarta], hecha de baldrés [cuero], ni más ni menos, al parecer de natura de hombre, y tenía dentro como una borra de lana de tundidor [sobras de lana]”.
Conmueve, tanto o más que la severidad de las batallas que debió librar el tal Botello, el andar loma tras loma entre las flechas y los tambores en loor a Huitzilopochtli, echándose la suerte con un método tan binario, tan riguroso, de sí o no, casi como preguntarse el destino a los volados.
El I Ching, una vez transcurridas las primeras consultas asombrosas, que parecen en efecto (al novato entusiasta) adivinar concretamente algo, es más piadoso. No es binario, sino múltiple, y muy rara vez ofrece un pronóstico totalmente negativo o totalmente positivo. La mayor parte de las ocasiones se demora en una selva enredada de semi-afirmaciones y semi-negaciones, de matices, que intentan más bien apoyar algunas intuiciones o ideas inconscientes o inconfesadas del consultante, en contra de sus ideas fijas o de su voluntarismo.
Es un recurso maravilloso, como otros métodos aleatorios, para el obseso y el atribulado: para aquel angustiado que ya está tan dominado por su pánico o por su esperanza, que no acierta a pensar nada sino su propia obsesión, su propia tribulación. El I Ching entonces arroja aire fresco en su cerebro, y le interpone una serie de metáforas dispares que acaso lo lleven a pensar en circunstancias o posibilidades que hasta entonces, en su obsesión, no había tomado en cuenta. El I Ching además, en estricta ortodoxia, invita solamente a la reflexión y nunca adivina la suerte al chas chas.
El tal Botello, más ambicioso, con sus adivinaciones medievales, binarias, rigurosas, sólo contaba con dos respuestas, el Sí y el No, que no se combinaban sino sólo se alternaban en implacable cálculo de probabilidades. Pasarían más de dos siglos antes de que los jesuitas oyeran hablar de ese libro chino que, si bien parte de un meollo binario --casi un sí y un no: la raya grande y las dos chicas--, conforma 8 trigramas que se reproducen en 64 hexagramas; cada uno de ellos, además, cuenta con su propia serie de variables. Y a veces un hexagrama invoca a otro contradictorio como complemento. El I Ching no suele prometer “No te matarán” ni “Sí te matarán aquí esos perros indios en estas tristes guerras”: hablará de los tiempos de avanzar y de los tiempos de solidificar, del juego de la cautela y la audacia, de la acumulación y la merma, de lo duro y lo blando, etcétera, siempre sugiriendo (con diversa intensidad) tanto la salvación como la catástrofe, que a final de cuentas no son lo que le importa, sino la paz interior del consultante en esos precisos momentos de tribulación.
Si como decían los estoicos, el miedo no hace sino multiplicar por anticipado los daños, y uno muere una vez de más en cada ocasión que tiene pavor de la muerte, acaso ninguno de los conquistadores vio por escrito tantas veces la suya como el pobre Botello, conquistador de a caballo, que iba todo el tiempo con su librito adivinando las batallas, y probablemente a cada “No te matarán” correspondía un “Sí te matarán”. Debieron sucederse muchas batallas mexicanas antes de aquella que de veras le costó la vida, y es difícil suponer que el “No te matarán estos perros indios en estas tristes guerras” le había sido invariablemente revelado, a través de su librito, en todas ellas, antes del “Sí” único de la Noche Triste. Y lo mismo con respecto a su pobre caballo.

sábado, 26 de octubre de 2024

LA MONJA CATEDRÁTICA Y LA MONJA ALFÉREZ

LA MONJA CATEDRÁTICA Y LA MONJA ALFÉREZ

Por José Joaquín Blanco

La llegada de sor Lucero Arrutia y su séquito de monjas causó conmoción en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM hacia 1970.
Se dice que ya antes habían asistido a clases algunas religiosas, siempre imperfectamente disfrazadas: las delataban su pelo corto sin mayor coiffure que un peine (“Coiffure à la garçonne!”, exclamaría algún estilista escandalizado); sus faldas oscuras o escocesas por debajo de la rodilla; sus medias de hilo color carne, sus zapatos bajos, casi choclos; sus blusas claras de manga larga con cuellitos y puñitos de encaje, “monísimos”; sus conservadores suéters prediluvianos, lisos, abiertos y de colores claros.
No parecían monjas de hábito, sino tías profesionales. Con esa blandenguería artificiosa de andarle dando a todo mundo las buenas tardes y sonriendo de todo como bobas con sus caras más estropajeadas que simplemente lavadas; desde luego: nada de maquillaje, ni siquiera una pizca de crema, ni depilación en cejas y bozo.
Ciertamente no estaba prohibido que los curas y las religiosas asistieran a clases universitarias, ni de hecho que las impartieran. Pero la costumbre había impuesto que, salvo contadas y poco advertidas excepciones, el clero se instruyera por su cuenta, con total rechazo y desprecio de la universidad pública.
Se trataba, además, de los bravos tiempos de los hippies, el rock, las minifaldas y el Che Guevara. Los estudiantes de la facultad veíamos pasar, incrédulos, el cortejo de monjas por los salones del infierno, donde según el propio clero denunciaba desde los púlpitos, sólo se enseñaba “la impiedad, la disolución de las costumbres, la majadería, el sexo y el comunismo”.
Esos estudiantes nos habíamos inscrito en la universidad pública para aprender algo de literatura, filosofía e historia, pero sobre todo de impiedad, de disolución de las costumbres, de majadería, de sexo y de comunismo –asignaturas extraoficiales, pero favoritas-, y nos sentimos defraudados al encontrarnos otra vez, como en un kínder o una primaria privados, entre pura monja.
A las compañeras a gogó y en minifalda les pareció de pésimo gusto lucir sus muslazos y camisetas entalladas, sin brasier, entre puras abuelitas precoces. Los aprendices de Lenin pintamos con grandes letras rojas en los pasillos: “La religión es el opio del pueblo”.
Pero de ahí no pasó. En relación con la actual, se trataba de una época de gran tolerancia. Y las monjitas semidisfrazadas de civiles siempre asistían con puntualidad, llevaban al día sus apuntes –que nos prestaban a cada rato- y estaban prontas a cualquier pequeño servicio (como dejarse copiar en los exámenes, travesura por la que sin duda tendrían que rezar muchos rosarios de penitencia) en favor de los Ches, los Lenins, las minifaldas y los hippies, quienes (“ateos por la gracia de Dios”) generalmente proveníamos de escuelas religiosas y habíamos estudiado la primaria y la secundaria con maestras igualitas a ellas, su vivo retrato. De modo que a los pocos días prevalecía en los salones un cálido compañerismo entre religiosas y rebeldones. Ya había un precedente cinematográfico: La monja Libertad Lamarque cantaba a dúo con el rocanrolero Enrique Guzmán...
Las monjitas eran muy buenas para soportar, con semblantes seráficos, cualquier cantidad de chistes colorados y hasta que les ofreciéramos mota. “¡Ah qué muchachos tan traviesos!”, pensarían.
-No, muchas gracias –contestaban, y sacaban de sus bolsos unos modestos paquetitos de caramelos. Nosotros sí aceptábamos sus caramelos: “salvavidas” de colores y eucarísticas pastillas de menta.
Pronto se supo la razón de la invasión monjil de la UNAM: Ambicionaban convertirse en profesoras ya no sólo de primaria y secundaria, sino también de preparatoria y hasta de universidad. No todas las congregaciones contaban con tanto dinero como para enviarlas a estudiar en universidades privadas, y el Concilio Vaticano II les había levantado los últimos restos de la clausura. Años de monjas obreras, de monjas cantantes (“Dominique-nique-nique”), de monjas universitarias.
Todas obtenían excelentes calificaciones y se recibían oportunamente, con menciones honoríficas, para lo que redactaban en letra pálmer minuciosas tesis sobre santa Teresa, san Juan de la Cruz o “el sentido religioso” en tal o cual poeta hasta entonces considerados poco religiosos y aun impíos, como López Velarde, Carlos Pellicer, León Felipe y Pablo Neruda. Las mandaban imprimir en talleres offset especializados en estampitas de primera comunión: se notaba en los títulos y capitulares góticos.
Los santificaban: “Los poetas son los santos modernos”, decían; “por lo demás, también santa Teresa tuvo a ratos expresiones populares o mundanas en su lenguaje. El erotismo y el lenguaje crudo son rasgos simplemente humanos. A san Francisco de Asís le habrían encantado algunos poemas de Carlos Pellicer y León Felipe, y con gusto habría trepado a Machu Pichu del brazo de Pablo Neruda”.
La que salió algo torcida fue su lideresa, sor Lucero Arrutia, de unos treinta años cuando ingresó a la universidad (nos parecía toda una ruca a los estudiantes de veinte). Una vez obtenido el título de Licenciada en Letras Hispánicas, y con él abiertos los caminos para dar clases de español y literatura en cualquier preparatoria y no sólo en el Colegio Obispo Plancarte, similares y conexos, colgó súbitamente los hábitos –los que ya no usaba sino en ocasiones de gala y cuando se tomaba alguna fotografía para la familia- y se volvió feminista. De las feministas de armas tomar.
-Otra manera de seguir siendo monja y luchar por la dignificación de la mujer –explicó.
La verdad era que estaba harta de su convento. En realidad, ni convento en forma le había tocado, con eso de la modernización (“aggiornamento”) de las monjas. Vivía con otras seis maestras del Colegio Obispo Plancarte en una casa rentada, sencilla, de la Colonia del Valle; dos monjas por recámara, en camas gemelas o literas, como adolescentes perpetuas.
Tenían un altarcito con gladiolas en la sala-comedor-estudio, donde sólo rezaban y prendían velas a una estatua en yeso de la Inmaculada, pues debían trasladarse todos los días, muy temprano, a una iglesia común y corriente, digamos La Coronación, El Rosario o La Sagrada Familia, para oír misa como cualquier hijo de vecino. Para ello contaban con una camioneta volkswagen comunal siempre impecable, aunque a ratos también debían treparse a peseros y al metro.
Ya resultaba poco glamorosa la vida de una monja. Parecían más bien una comuna de hippies, pero de monjas hippies. Años de películas de “monjas alivianadas” del tipo de Dominique, con Debbie Reynolds; o Sor Yeyé, con Hilda Aguirre.
Además, “pueblo chico, infierno grande”; cualquier nimiedad cotidiana las hacía pecar contra la caridad y la paciencia en su encerrona de seis señoras en la casita de la Colonia del Valle. Reñían con ferocidad de pellizcos de monja hasta por el modo de batir la mayonesa.
Si de todas maneras su digamos “monjedad” consistía en misas públicas, en confesiones y charlas semanales o mensuales con los curas, a quienes había que ir a buscar a las parroquias, como cualquier feligrés; y en un compromiso personal con la religión, ¿por qué no poner convento aparte, convento individual?
Ya licenciada, Lucero Arrutia abandonó su comuna religiosa, pero no las costumbres ni las ideas de su congregación; se compró su condominio y su volkswagen personales, donde sólo mandaba ella y nadie la molestaba, y se decidió por una vida de monja free-lance. Mejoró de humor y subió de peso.
No se le conocieron amores ni tentaciones eróticas, pero sí una gran ambición intelectual. Se dio a la tarea de adoctrinar y formar grupos de feministas católicas. Terribles: unas “cruzadas”, dicho sea sin doble sentido.
Tomó cursos de postgrado, escribió reseñas literarias en revistas y periódicos, asistió a coloquios y congresos. Ahí destacó como autora de “estudios de género”, o sea la situación de las mujeres y “personas de variada orientación sexual” a través de las obras literarias.
Su tesis doctoral versó sobre El travestismo o los disfraces de la verdad en el teatro de Tirso de Molina. Presentó numerosas ponencias a todos los simposios universitarios del país sobre el mismo asunto, pero aplicado –como el ajonjolí a todos los moles- al teatro de Lope de Vega, Ruiz de Alarcón, Calderón, Moreto, sor Juana Inés de la Cruz; la prosa de Cervantes y de Quevedo.
“¡Abandonar la orden de las concepcionistas para profesar como travestista!”, se burlaban sus antiguas compañeras, ascendidas de profesoras de primaria y secundaria a la nueva preparatoria del Colegio Obispo Plancarte.
Pero la seguían queriendo. Sabían que en nada habían cambiado la fe ni la virtud de la exmonja Lucero Arrutia, y valoraban su trabajo de predicar con tesinas y ponencias de “estudios de género” en las universidades. Luchaba abiertamente en el mundo.
Me la encontré el mes pasado en El Colegio de México, ese otro convento. Salía del aula magna, después de triunfar con un estudio sobre Las aportaciones de “La Monja Alférez” a la libertad moral de su tiempo.
Andaba cerca de los sesenta años, con el pelo igual de corto (pero ya no peinado à la garçonne, sino moldeado con secador, adornado con algún rizo sobre la frente y teñido color Burgundy). Zapatos negros bajos. ¡Por fin medias trasparentes, aunque opacas, y falda escocesa arriba de la rodilla! La infaltable blusa blanca de mangas largas con el cuellito y los puñitos de encaje. El suéter antediluviano abierto, pero ya no liso, sino con grecas multicolores y modernistas y un audaz medallón guadalupano de oro (que no osaba lucir en sus años de alumna, o acaso todavía no había podido comprar), como prendedor, y un poquito de color rosa en sus labios arrugados. Y ¡se atrevía a usar aretes! Unas perlas pequeñitas, muy elegantes, sin duda auténticas.
-¡Pero mamasota Luchis! –en la facultad las fastidiábamos con irreverentes adulaciones burlescas; que más que madrecitas eran mamasotas, etcétera-. ¡Tú en El Colegio de México!
-En este pudridero terminamos todos.
El “pudridero” original era la propia Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. En un curso de historia de España nos enteramos de que, antes de enterrarlos en el Escorial, el claridoso pueblo español enviaba los cadáveres de sus monarcas a que se corrompieran unos diez años en un “pudridero” real. Nos gustó la palabra para burlarnos de nuestros maestros, los Catedráticos, que tanto estimaban sus plazas de tiempo completo en la UNAM. “Hay que dejarlos en su pudridero”, decíamos.
Nosotros no íbamos a seguir su tedioso camino: nos proponíamos comernos el mundo entero con nuestros poemas, obras de teatro, novelas, tratados, revoluciones... “Cambiar el mundo, transformar la vida”.
-Que conste que nada más estoy aquí de funcionario, y por poco tiempo; ya nada tengo que ver con la academia –me disculpé, algo ruborizado de que me considerara todavía un simple literato ¡a mi edad! Seguramente, con mi panzota y mi calvicie, hasta me veía ahora más viejo que ella.
-Me enteré de eso, guerrillerito –algo de ironía había aprendido por fin en el mundo, a pesar de todo-; ¡como ya se acabó el PRI, te quedaste sin chamba en el gobierno! Bueno: este pudridero también sirve de limbo y purgatorio a los políticos desempleados.
-¡Hasta las próximas elecciones nomás, mamasota Luchis! ¡Pronto me volverás a ver en los noticieros de la tele!... ¿Y a qué clase de herejes viniste a convertir?
-A unas guerrilleras católicas de lo peor, a unas comunicólogas aceleradas. Ustedes eran unos fresas en comparación con el fanatismo de éstas. ¿Crees que quieren erigir a La Monja Alférez en la santa precursora de las lesbianas?
-¡No me lo digas, mamasota!
-¡Así como lo oyes, guerrillerito!
-Bueno: la fama corre. ¿No se trata de esa mujer bigotona que anduvo de soldado y de arriero en la época virreinal, tanto en la Nueva España como en el Perú?
-No tan bigotona; las fuentes hablan de unos cuantos bigotitos, como bozo. Textualmente, según una hoja volante del siglo XVII donde se daban noticias de ella, se dice: “algunos pocos pelillos por bigote”.
-Lo de soldado y lo de arriero, ni quien se lo quite.
-Eso sí. Pero se trata de oficios injustamente vedados a la mujer. ¿Por qué una mujer sola y huérfana como ella, sin gusto por el matrimonio ni por el convento, tenía que dedicarse sólo a criada o a bordadora? Ahora hay albañilas y nadie se inmuta. Fue una precursora de la libertad de trabajo...
-¡Pero una mujer-arriero, y mujer-soldado, pues se vestía de hombre y con espada y daga y bototas, y guarniciones de plata, en el siglo XVII! ¿Viste la película de María Félix?
-¿Y cómo quieres que se hubiera vestido? Con enaguas todo mundo le iba a faltar al respeto. Conozco a una “niña de la calle” que se viste hoy de niño y se hace llamar Pancho, para que no la anden manoseando los demás escuincles ni los automovilistas cuando lava parabrisas en los camellones. Por lo demás, hubo capitanas en las guerras de conquista; y famosas toreras durante el virreinato, como la que triunfó en una corrida que se realizó a finales del siglo XVIII en la luneta del teatro Coliseo, el Coliseo Nuevo.
-¡Pero La Monja Alférez raptaba y enamoraba a las damas!
-Sí las enamoraba, pero con amor casto. Ricardo Palma dice que nomás para tomarles el pelo.
Redundó, mientras bajábamos por las escalinatas de El Colegio de México: Eran otros tiempos y sólo a los demasiado valientes o muy desesperados se les ocurrían las libertades actuales, digamos fisiológicas. Se trataba de afecto y simpatía espirituales, como en sor Juana. Nada más, ¡pero nada menos! ¿Por qué todo afecto había de llegar necesariamente a la cama, y menos en esos dorados siglos del Santo Oficio?... De veras se le tenía miedo al sexo, sobre todo de una manera inconsciente; y mucho más al sexo “demoniaco”: un miedo terrible.
Y no las raptaba: las protegía, lo que era diferente. Una mujer como caballero andante de otras mujeres... Había ayudado a una pobre muchacha de provincia a venir a México para entrar a un convento. La Monja Alférez, vestida de español: el alférez Antonio de Erauso, con espada y daga, la libró de los peligros de los caminos y la condujo sana y salva hasta la capital. Eso era todo el chisme...
Catalina Erauso, cuando mujer, o Antonio de Erauso, como se hacía llamar en cuanto hombre, viajaba pues con esa muchacha hermosísima, a la que, para mejor protegerla, traía completamente cubierta con un velo. “¿Esa dama es su mujer?”, le preguntó un alcalde en el camino. “No le es posible serlo”, contestó muy viril el alférez Antonio de Erauso.
-Y dijo bien. Conocía sus límites... –acotó, doctoral.
Desde luego, me relató entonces la ensayista-de-género Lucero Arrutia en mitad de la escalinata-mausoleo: En cuando llegó a la ciudad de México, aquella dama se le escapó, porque no deseaba realmente entrar al convento. Había aceptado el viaje sólo para huir de su familia, que seguramente la maltrataba en el pueblucho. Y a la primera oportunidad se casó.
Decían las feministas ultras que La Monja Alférez había enloquecido de celos, pero la monja (bueno: exmonja) catedrática opinaba que había enloquecido más bien de celo... protector: quería constatar que la muchacha viviera digna y feliz en su matrimonio.
Por eso se metía a su casa a todas horas, para ira colosal del marido, quien la corrió estrepitosamente y ordenó que siempre le dieran con la puerta en las narices.
En ese momento de “destemplanza emocional” La Monja Alférez amenazó con tirar la puerta a patadas, cosa más que posible, vistos su arrojo y su corpulencia. Asimismo era cierto que había retado a duelo al marido, a espadazos...
-Eso también pertenece a “los estudios de género” –intervine-, pero más bien a los gays masculinos; sólo que la Monja Alférez igualmente resultara precursora en cuestiones de prótesis...
-Mal chiste, guerrillerito.
Me explicó: El marido había rechazado el duelo, porque si a La Monja Alférez no le importaban los duelos intersexuales a espadazos, a él sí, y no se iba a deshonrar como caballero por alzarle la espada a una mujer. Cosa que ella finalmente admitió, a regañadientes. A lo mejor el marido tenía miedo: no se había conocido en el Potosí mejor espadachín que don Antonio de Erauso, inventor de un fatal, irremediable lance de espada: la estocada “sin misericordia”...
Pero tan no había nada inconfesable o sórdido en el cariño de La Monja Alférez por la esposa, que días después el marido y el alférez Antonio de Erauso, reconciliados, a cual más diestro y valiente, combatieron en mancuerna, espada en mano, contra toda una banda de malandrines, y los derrotaron.
-Fue una gran mujer y ya. Mira: era huérfana, la recluyeron muy chica en el convento...
¿Cómo escaparse y andar por el mundo sin sobresaltos? Pues sólo vestida de hombre. Eso que tan difícil de comprender resultaba para las ultras universitarias de hoy, opinaba la doctora Lucero Arrutia, lo había entendido sin problemas todo el mundo en el siglo XVII.
Nunca la persiguió el Santo Oficio; por el contrario, se decía que el Papa le había permitido usar traje masculino, como recompensa por sus servicios militares a la cristiandad, ya que en una batalla naval se había lanzado a cañonazos y arcabuzazos contra los piratas holandeses, en las costas del Perú. Y que el estricto obispo Palafox, de Puebla, la consideró siempre un paradigma de mujer cristiana.
-Hay precedentes: ahí tienes a Juana de Arco...
A su muerte, cuando se acercaba a los setenta años, se rezaron y cantaron muchas misas solemnes en Orizaba. Se publicaron en ese siglo al menos tres relaciones encomiásticas de su vida, sin espanto de nadie.
-Sólo hasta el simplón, folletinesco siglo XIX, cuando al poeta cubano José María de Heredia (no el de Les trophées, sino el anterior) se le ocurrió divulgar las aventuras de La Monja Alférez en francés, salió lo de lesbiana. Heredia había leído demasiado a Balzac, ya sabes: La muchacha de los ojos de oro, etcétera, y a los libertinos del Ancien Régime, de la Revolución y del Imperio... Pero la Francia decadente o enloquecida del Marqués de Sade no era la levítica Nueva España. Nada tengo contra las lesbianas, desde luego: todo lo contrario. Pero aquí no viene al caso. Ni Ricardo Palma ni Luis González Obregón la encontraron libidinosa.
-¿Y cómo no fue descubierta a tiempo? Digo, porque los/las travestis/transexuales de ahora disponen de cirujanos, hormonas, postizos de silicón; vestuario, maquillaje, utilería, efectos especiales y electrónicas noches en los cabarets, con ilusiones de luz y sonido para engañar a parroquianos borrachísimos... En los teatros y cabarets dan a ratos el gatazo; pero en el cine, cuando las mujeres se hacen pasar por hombres, siempre se les nota (salvo acaso Katharine Hepburn) a primera vista: ahí tienes a Julie Andrews en Víctor Victoria, y en México a Irasema Warschalonska (vulgo: Irasema Dilián), como compadre de Pedro Infante en Pablo y Carolina; a Silvia Pinal, a Tere Velázquez, a Irma Lozano, a Sasha Montenegro, a (je) Lucerito... Pero en la llana realidad, en un rústico camino veracruzano del siglo XVII, bajo el solazo, entre tantos peones negrotes semiencuerados y sudorosos, ¿no se les hacía rarito el tal arriero o alférez Antonio de Erauso?
-Era una mujer robusta, algo gorda, parece que feona. Supongo que excelente actriz; y además, con su valentía y sus bravuconadas desviaba un poco la atención. El pelo corto peinado como hombre...
-À la garçonne? –exclamé
-No: con melenita, como todo un alférez; las calzas algo holgadas, ¡y ya!
-¿Y los pechos, mamasota Luchis?
-Eso es lo que no me gusta nada -me comentó la monja catedrática.
Me explicó que Catalina Erauso (o Erauzo), natural de San Sebastián de Guipúzcoa y avecindada en la Nueva España, trató de quitarse los pechos desde el principio, en Europa. Y eso era siempre indigno en una mujer, aunque durante el siglo XVII tal mutilación o desecación se hubiese visto más bien como un gesto de mortificación, de santidad.
Se pensaba que había pretendido suprimirlos porque los consideraba pecaminosos, y no para cambiar de sexo. Ultracasta, como Orígenes, Padre de la Iglesia, y no una transexual avant-la-lettre.
-Te digo que este pasaje, por lo demás no debidamente comprobado, señala la aberrante misoginia aurisecular vulgo: de los Siglos de Oro. ¡Mira lo que la pobre Catalina Erauso, todavía una chamaquita de once o doce años, tuvo que hacer para ganar su libertad y convertirse en alférez o sargento! Aquí traigo la ficha:
“Ella es de estatura grande y abultada para mujer... No tiene pechos: que desde muy muchacha me dijo haber hecho no sé qué remedio para secarlos y quedar llanos, como le quedaron; el cual fue un emplasto, que le dio un italiano, que cuando se lo puso le causó un gran dolor...”
Habíamos llegado el estacionamiento. Los dos teníamos coches del año y buena marca; nadie podría decir que resultaron de balde nuestros estudios de poética y humanidades.
-¡Adiós, mamasota Luchis, espero que pronto canonices a tu Monja Alférez y se acepten como rama de la teología “los estudios de género”!
-¡Adiós, guerrillerito, y que recobres pronto tu curul! ¿En qué partido andas ahora, mi Che Guevara? ¿Sigues en el corporativista PRI, en el PAN retrógrado o en el mitotero PRD?
-En los tres, en los tres...
-Haces bien, guerrillerito. ¡Dios está en todas partes!

sábado, 28 de septiembre de 2024

CRÓNICA E HISTORIA

LA CRÓNICA COMO MÉTODO HISTORIOGRÁFICO
Coloquio Deh-Historia contemporánea, INAH, 21 de mayo de 2014
Por José Joaquín Blanco
Al estudiar las obras históricas conviene recordar de vez en cuando no sólo el texto compacto, fijado, sino su proceso de composición y de escritura, su arqueología: cómo llegaron a escribirse. No siempre existió el código contemporáneo científico, académico, de la investigación y la escritura supuestamente puras, con financiamiento y oportunidades suficientes para aislarse un tanto, tomar distancia, de la realidad callejera, y así atender durante largo tiempo a requerimientos y métodos objetivos y tranquilos, como trabajo intelectual estrictamente especializado que atiende ante todo a su disciplina gremial. Pocas obras históricas se han escrito así, y eran casi excepcionales en México hasta mediados del siglo XX, cuando incluso los mayores historiadores, como Zavala y Cosío Villegas, debían compaginar su tareas académicas con funciones políticas, diplomáticas, administrativas, empresariales o periodísticas.
De hecho, no se enseñó profesionalmente la historia en México antes de los gobiernos posrevolucionarios: la historia era una extensión de la jurisprudencia, la filosofía, la literatura. Sólo con la creación y el fortalecimiento de las universidades públicas y de algunos otros centros de estudios superiores se llegó a esta depuración del trabajo historiográfico, aunque en muchos casos actuales se continúa entremezclando con otros tipos de quehacer teórico y práctico, y el historiador comparte y en no pocas ocasiones se beneficia de sus actividades paralelas como político, jurista, militante, periodista, escritor, artista, empresario. La historiografía de la Revolución Mexicana de  Cabrera, Vasconcelos, Guzmán, Sotelo Inclán, Mancisidor, empezó en las páginas culturales o editoriales de los periódicos.
                Como sabemos, durante le Colonia los historiadores no perseguían el conocimiento objetivo y puro, sino la evangelización y la colonización: buscaban entender mejor a los indios para cristianizarlos y castellanizarlos, como en los casos de Motolinía y Sahagún, y no como a entes de conocimiento neutro o científico. Las grandes obras históricas que ahora celebramos eran en realidad disciplinas ancilares del predicador, del misionero, del oidor,  del gobernador, del administrador. Otras, como las de Cortés y Las Casas, atendían fundamentalmente propósitos jurídicos: justificar la conquista y los méritos del los conquistadores, o ponerlos en tela de juicio. Otras eran casi autobiografía y litigio de méritos personales, como Bernal.
Muchas otras obras históricas novohispanas fundamentalmente se proponían administrar el poder y las tareas de las órdenes religiosas, y sólo en segundo término estudiar rigurosamente los hechos y monumentos del pasado. Conocer para administrar. Y en múltiples ocasiones se ordenó cesar por completo, o moderar, o reservar, las investigaciones históricas o lingüísticas, porque estorbaban esa administración: así por ejemplo, Sahagún se enfrentó a obstáculos superiores, religiosos y políticos, porque conocer demasiado tanto la cultura como la religión y la lengua de los mexicas implicaba, en la opinión de los administradores del gobierno y la iglesia, preservarlos en su identidad, cuando lo que se buscaba precisamente era borrarla para impregnarlos de cristianismo y de castellanización.
De tal modo, en el fondo de la práctica historiográfica prevalecían los fines supremos de administración, evangelización, castellanización y fortalecimiento de las nuevas instituciones políticas y religiosas.
                Esto nos lleva a la construcción de una historiografía marginal, cuando no heterodoxa, cuando tales estudios no parecían fortalecer esos objetivos administrativos o políticos. Así tenemos las enormes peripecias y vicisitudes de Carlos de Sigüenza y Góngora, Lorenzo Boturini y fray Servando que navegaron a contracorriente, incluso con episodios de persecución y cárcel.
Tal vez la primera obra historiográfica mexicana en el sentido científico o académico moderno sea la Historia antigua de México de Clavijero, que aprovechó el exilio, la libertad intelectual del exilio, y la libertad de discusión de la Europa ilustrada, para proponerse una emancipación del trabajo histórico y buscar la Verdad Histórica y ya no la mera administración del pasado, como nuevo objetivo. Aunque tal trabajo fue consecuencia de una polémica digamos periodística, si bien no tanto en periódicos en el sentido moderno sino en libros y libelos surgidos del clima de la Enciclopedia, en los cuales, pretendiendo perseguir conocimientos científicos, los pedantes philosophes vigorizaban prejuicios étnicos y nacionalistas no sólo contra los americanos, sino incluso contra los propios españoles. El gran libro de Clavijero, con toda su solidez de conocimiento y pensamiento, fue producto de circunstancias de debate de philosophes, cronistas o periodistas.
                Décadas después, también desde Europa, un autor fundamentalmente libelista, cronista, periodista, sermonero, cuya obra hasta entonces desordenada al igual que su azarosa vida entremezclaba todo tipo de disciplinas casi sin otras preocupaciones que la polémica y la aventura, fray Servando Teresa de Mier, se vio en la oportunidad de abrir la historia moderna de México, con un libro que relatara sobre todo a los extranjeros la Historia de la revolución de Nueva España. Aunque sólo se ocupa, pues se publicó en 1813, de los orígenes del movimiento insurgente, funda no sólo la historiografía del México independiente sino esa vertiente, que existe hasta la fecha, de la historia nacional considerada principalmente como la historia de sus revoluciones. México y sus revoluciones, como se llamaría dos décadas más tarde la obra del Doctor Mora.
Historia del pasado inmediato, casi del presente, el libro de fray Servando era más periodismo que historia y buscaba divulgar los informes que había recibido sobre la insurgencia, desde el punto de vista de un decidido militante de ella. Todo este aspecto de la historia política de México durante los últimos dos siglos es casi indisolublemente una mezcla de historiografía, ideología, militancia, política, derecho, periodismo, mitologías populares. Y se diría que cuando muchos años o décadas después llega el historiador moderno, científico y riguroso, a limpiar esos establos y depurarlos de inexactitudes, supersticiones y datos sin fundamento, la nueva historia ya depurada de las revoluciones mexicanas se queda sin revoluciones y sin historia, como una mera especulación de estadísticas y datos azarosos o de autentificación de documentos dispersos. Su propio tema imponía precisamente ese estilo militante y misceláneo de composición; y un discurso más seco, al tiempo que la depura, la diseca.
                Y aquí entramos en el momento más babélico y escandaloso del maridaje de crónica e historia en México: la enorme, desagregada, contradictoria, extravagante, casi esperpéntica obra de Carlos María de Bustamante. Bustamante fue insurgente, periodista, político y su calificación profesional estaba muy por encima del promedio de los intelectuales de su época. ¿Cómo fue entonces que en su obra gigantesca y miscelánea produjo lo que Guillermo Prieto llamaría “nido de urraca”, donde se mezclaban las perlas con todo tipo de bisutería y hasta de basura cultural, historiográfica y política? Porque su concepto de historia no tenía nada de científico, ni siquiera según los criterios de verdad de siglos anteriores: era una historia militante para el momento, en la que valían tanto sus innegables méritos de protagonista, testigo y conocedor de primera mano de algunos de los principales personajes y acontecimientos, como los para él no menores de la tradición oral, de los mitos populares, de los indicios y rumores fundados sobre todo en su éxito social, e incluso sus quimeras y ensoñaciones políticas, ideológicas, históricas y religiosas.
La abusiva auto permisividad que ejerció Bustamante, para quien el trabajo de historiador se mezclaba con el de trovador de gesta e incluso el de inventor y administrador de mitologías, registra sin embargo buena parte del clima ideológico, intelectual y emotivo de su tiempo, especialmente entre su grupo político, lo que no deja de tener algo de historia según el criterio moderno de que también cuentan como fuentes, de alguna manera, los “monumentos inmateriales”, los datos, dichos y conocimientos sin prueba positiva, como reflejo de la mentalidad y de la emotividad de su sociedad.
Buena parte de la concepción que ha prevalecido de los héroes y las hazañas no sólo insurgentes, sino incluso de la conquista (como el culto a Cuauhtémoc), y posteriores, hasta la guerra con los Estados Unidos vienen de Bustamante. Pero también revela la precariedad de los discursos historiográficos sin pruebas positivas, circunstancia que aprovecharon historiadores posteriores, especialmente Lucas Alamán, para desautorizarlo en bloque y, de paso, asumir abusivamente como dogma que nada es historia sin fuente positiva que cubra todos los protocolos científicos y académicos impuestos por las sucesivas élites intelectuales.
Con lo que nos quedaríamos ayunos de casi toda historia, pues el propio Lucas Alamán, tan positivista, prueba muy pocos de sus asertos, sólo afirma al igual que Bustamante, que él los vio –y a ratos miente, pues en la batalla de Guanajuato no vio nada, ya que se mantuvo escondido en su cuarto-, o que lo supo de gente de confianza, que en el caso de Alamán no sería el pueblo ni los soldados insurgentes sino la aristocracia “decente”. Con los criterios con que Alamán descalifica a Bustamante, también descalifica buena parte de su propia historia. Y esa es la razón de que a casi dos siglos de distancia siga la querella en prácticamente todos los detalles sobre las guerras de independencia.
 Tal vez sea Bustamante, cuyo defecto no sería un exceso de crónica sino un temperamento natural arrebatado, quimérico, esperpéntico; a ratos bilioso, a ratos melancólico, y poco dado a distinguir la realidad objetiva de sus personales presentaciones imaginarias, conceptuales o emotivas, el mayor perfil de la historiografía como crónica a ultranza y como subjetivismo voluntarista.
                Estos defectos de carencia o debilidad de pruebas positivas, tan señalados en Bustamante, en realidad caracterizan a toda la historiografía mexicana del siglo XIX. Sin embargo, a partir de digamos la década de 1830 se prestigia el concepto positivista de la historia hasta imponerlo como dogma. Se supone que la historia positivista exige pruebas científicas, pero lo que abundó en nuestros historiadores positivistas no fue la ciencia, sino la palpable  administración, el discurso administrativo. Y un nuevo protagonista: los números, las estadísticas, los cálculos que muchas veces, rascándole un poco, resultan tan inmateriales como los rumores, los dichos o el imaginario popular.
Pero Alamán y el Doctor Mora echan mano a los números, a los cálculos –que muchas veces ellos mismos fabrican, a ratos con gran tino, o que toman de documentos ajenos de poca rigurosa autenticidad o veracidad, como los siempre contradictorios informes contables de las oficinas de gobierno. A partir de ellos, la historia “seria” se basa en números y datos certificados y la crónica en dichos. Pero pronto los cronistas asimismo asaltan la estrategia contable, y se vuelven prestidigitadores aritméticos, mientras que los positivistas siguen considerando como “prueba científica” los supuestos dichos, ni siquiera escritos comprobables, de personajes de rango. Muchos de esos personajes de rango eran meros comerciantes, hacendados, empleados de gobierno o de negocios privados, curas, políticos, militares, totalmente involucrados en los intereses económicos y en las pasiones políticas en cuestión. No hay manera de certificar la mayoría de las fuentes “científicas” de Alamán, que no debieron ser otras que su correspondencia y sus tertulias personales.
                La realidad presente conjuraba para atraer a todo historiador a ese “nido de urraca” de que se quejaba Prieto. La historia se escribe en esos años poco en libros, y más en los periódicos (que se multiplican prodigiosamente), en libelos, en discursos, en sermones, en memorias administrativas, en correspondencia oficial. Todo historiador trabaja fundamentalmente como cronista, y todo cronista busca algunas de las credenciales nuevas (cifras, documentos prestigiosos y certificados) del historiador, pero con escasa claridad en el México revuelto de los gobiernos de Santa Anna, de la guerra de Texas, de la invasión norteamericana, de las guerras de Reforma y del Imperio.
En realidad no se calmaría ese nido de urraca, debates, altercados, desmentidos, mitologías, calumnias sino hasta el Porfiriato, cuando más por una medida administrativa, casi una orden presidencial, que por criterios realmente científicos o académicos, se recobra la tranquilidad historiográfica a través de una negociación política entre los diversos grupos y sus voceros intelectuales, bajo el mando del grupo liberal triunfante, pero un grupo liberal que se fue volviendo cada vez más conciliador.
                Esta orden administrativa suprema, el presidente como égida de la historia oficial, con respecto a la memoria de la nación; esta política historiográfica porfiriana de administrar el triunfo liberal con una generosa conciliación hacia los bandos vencidos o marginados, es lo que conduce a las dos grandes aportaciones del porfirismo: el México a través de los siglos (1884-1889) y México: su evolución social (1900-1902), dirigidos y parcialmente escritos respectivamente por Vicente Riva Palacio y Justo Sierra, y que conforman, especialmente el primero, el gran canon historiográfico de México,  hasta la fecha, pues los diversos intentos del siglo XX por imponer un nuevo canon, especialmente a través de las diferentes y a veces opuestas versiones de los libros de texto del gobierno, o de las dos versiones de la Historia general de México de El Colegio de México, no han hecho sino continuarlos y reafirmar su estrategia y sus líneas generales.
                Quiero decir que el triunfo historiográfico del Porfiriato, más que optar en la controversia entre ciencia y memoria, entre historia y crónica, entre positivismo y subjetivismo, entre contabilidad y lirismo, se decidió por la administración política oficial de la memoria de la nación.
No debe olvidarse que los dos grandes historiógrafos porfirianos citados también eran narradores, poetas y periodistas, además de políticos. Tampoco que el culto al documento, a la documentación de archivos, no impidió al buen Riva Palacio confeccionar todo un mural del Santo Oficio que acalambra a los historiógrafos académicos modernos, pues a final de cuentas el dato, la fuente, el documento es otro elemento más en la representación imaginaria que construye el historiógrafo. Tampoco que el culto “científico”, en este caso la filosofía social europea del positivismo, que profesó Justo Sierra, le lleva a narrar un discurso político y social no menos imaginativo, no menos cronicado, no menos ideológico, no menos mitológico que los de Fray Servando, Bustamante o Alamán. Pero se buscó administrar el caos a partir de un eje autoritario pero conciliador, la política de don Porfirio y luego de los señores presidentes del PRI en el siglo XX. La claridad de la historiografía porfiriana no devino sólo de mayor ciencia y mayor academia, sino de la égida presidencial. Había que narrar la historia nacional de acuerdo con el proyecto supremo del presidente.
                Mucho más que en el discurso o en el método historiográficos, las grandes aportaciones de la ciencia en los siglos XIX y XX se hicieron presentes pues en la búsqueda, estudio y conservación de las fuentes. Especialmente de las fuentes positivas, aunque a partir de finales del XX se revaloraron otras fuentes como la historia oral, la historia de las mentalidades, la historia de las atmósferas imaginarias, emotivas o ideológicas; y se dio mayor realce –sin llegar, claro, a la contundencia de la prueba positiva- al folklore, a la imagen, al mito, al rito, a la leyenda y a toda una serie de fuentes subjetivas o de objetividades frágiles, debatidas, etéreas. Por ejemplo, cuando Carlos María de Bustamante editó a Sahagún, y su edición fue la que prevaleció durante todo un siglo, se permitió intervenir abundante, tendenciosa, casi diríamos jocosamente en la fuente, glosando, suprimiendo y añadiendo texto, aprobando y reprobando a su capricho hasta fabricar un Sahagún-Bustamante a su gusto, lo que revela mucho de su idea del historiador-cronista como fabricante en gran medida de su propia fuente. Esto no lo harían ya los siguientes eruditos como José Fernando Ramírez, Troncoso, García Icazbalceta, Orozco y Berra.
Sin embargo, la propia circunstancia política o aleatoria de que sobrevivan o no las fuentes (que dispongamos de tales crónicas de conquistadores y no de otros, y de sólo retazos de la memoria de los vencidos, filtrada por los propios vencedores), y su poca o dudosa elocuencia a pesar de los sonoros términos “prueba positiva”, nos llevan a la patente realidad de que amén de científico, el trabajo historiográfico es inevitablemente subjetivo e imaginario en buena medida, y sobre todo cuando el historiógrafo no se da cuenta y se deja llevar dizque inocentemente por su tendencia o la de su tiempo como por una mera lógica formal inexorable.
Las mismas fuentes llevan a relatos a ratos contradictorios. Se pueden minusvaluar o sobrevalorar las fuentes al gusto. De ahí que incluso hoy en día, en nuestros científicos coloquios sigamos debatiendo, como en nido de urraca, situaciones historiográficamente supuestamente establecidas por largas décadas e incluso siglos de estudio, como el pasado prehispánico, la conquista, la colonia, la independencia, Santa Anna, Juárez, las guerras de Reforma y del Imperio, el Porfiriato, la revolución, los gobiernos posrevolucionarios… Ningún historiador deja nunca de ser cronista, aunque no lo quiera, y más le vale asumir y dirigir cautelosamente esta bendición o fatalidad; y en el mundo cientificista, tecnologizado que vivimos incluso el cronista más arrebatado se ve forzado a acudir al bagaje de las fuentes ciertas y de los métodos académicos consagrados. Y luego se vuelve a urdir el mismo nudo de la urraca. Nada más hay que asistir a las discusiones entre especialistas sobre encuestas, sondeos, censos, estadísticas. Pero esto no es deficiencia mexicana. Los franceses están en la misma situación con respecto a sus revoluciones. Los españoles lo mismo.
Decía Mark Twain que había tres tipos de mentiras: las mentiras, las malditas mentiras y las estadísticas. Podríamos decir que hay tres tipos de historia: la historia, la maldita historia y la historia con estadísticas. Y tres tipos de crónica: La crónica, la maldita crónica y la crónica con estadísticas. Podemos incluso sustituir la palabra estadística por la de “fuentes certificadas”, o “validadas” como se dice ahora en nuestro rancho. Diríamos: “La crónica, la maldita crónica y la crónica con fuentes ‘validadas’”.
Durante muchos años, especialmente durante la segunda mitad del siglo XX, se sobrevaloró el trabajo historiográfico en libro, en librotes solemnes, pesados, monumentales; un historiador era aquel que escribía muchos de esos libros, los que raramente tenían suficientes lectores y muchas veces el grueso de la edición terminaba en bodegas. Era obligación: sin esos librotes no había carrera de historiador, ni nombramientos, ascensos y estímulos académicos, ni prestigio. Una Babel de esas ediciones recibió la producción conjunta de las universidades, de la SEP, de los diversos institutos de provincia.
El internet, y la reducción del mercado de libros en papel, han corregido esta superstición y recordado que la historiografía se puede practicar, y se ha practicado a lo largo de milenios, de múltiples formas y que no ha de abusarse de los librotes. En el pasado muchos historiadores publicaron pocos librotes. Practicaban su oficio en la cátedra, que en Grecia era simpemente pláticas en el Jardín de Academos. Los peripatéticos eran un “grupo del jardín”.
Hay muchos libros clásicos de historia compuestos como lecciones, entre ellos el curioso tomo Lecciones de Historia Patria de Guillermo Prieto, cuyo digamos dogmatismo de bronce encoleriza a los distraídos que no recuerdan lo que se anuncia desde el principio: que eran lecciones confeccionadas ex profeso para los cadetes cuadradotes del Colegio Militar. Un historiógrafo puede escribir de múltiples maneras para diferentes objetivos y públicos, y en el propio Prieto, incluso en temas precisos de Prieto como la invasión norteamericana, encontramos discursos diferentes según la oportunidad y el público al que correspondían.
Otros historiógrafos escribían para no ser publicados, sino leídos en manuscritos, por lectores escogidos, previamente seleccionados que requerían un permiso especial: tal fue el caso de varios cronistas frailes.  Otros simplemente salvaban, fijaban, administraban, comentaban las fuentes a veces oralmente y para públicos controlados: tal era el destino de la mayoría de los cronistas de las órdenes religiosas en la Colonia.
Se escribió historia en poemas (la poesía épica, o crónica en verso, fue un género muy apreciado durante siglos en el mundo hispánico), en anales, en tablas, en jeroglifos, en emblemas, en cuadros, en retablos, en esculturas, en sermones, en ceremonias y rituales, en cómics, películas y novelas. Riva Palacio no es menos historiador, ni menos riguroso, en sus novelas históricas que en sus ensayos, con la considerable ventaja que cuando leemos una novela ya estamos concediendo desde un principio grandes privilegios a su subjetividad, a su imaginario. Estamos sobre aviso.
Muchos libros de historia y de pensamiento de México conocieron su origen en  crónicas y artículos periodísticos –El laberinto de la soledad, de Paz, tuvo como origen una serie de artículos y crónicas de periódico-, o fascículos. O como tales eran distribuidos: durante décadas México a través de los siglos fue leído en México por entregas periódicas que ofrecían a sus lectores diarios como El Universal. El pueblo no tenía dinero para comprar los cinco gruesos y lujosos tomotes, ni librerote donde instalarlos. Autores como Reyes, Vasconcelos, Guzmán, Benítez, Poniatowska, usaban la prensa periódica como borrador: ahí iban publicado por trozos sus libros; aprovechaban la experiencia de la recepción del público, los comentarios, y sólo meses o años después los configuraban como libros o librotes. Con frecuencia son mejores, más ligeras, más sabrosas, menos categóricas, las primeras versiones periodísticas que el mármol final.
En una época de escasas y precarias universidades, de escasos y nulos centros de investigación –época que puede volver muy pronto, por la reconversión mundial de la academia al mercado, que volvería poco rentables tanta investigación, tanta docencia, tanta difusión, tanta publicación académicas-, los autores, y entre ellos los historiadores, recurrían a las columnas periodísticas como método para ir procesando los que serían sus grandes libros.
Y no sólo en México. Escribía a principios de siglo sobre España José Ortega y Gasset:
“En nuestro país, ni la cátedra ni el libro tenían existencia social. Nuestro pueblo no admite lo distanciado y solemne. Reina en él puramente lo cotidiano y vulgar. Las formas del aristocratismo “aparte” han sido siempre estériles en esta península. Quien quiera crear algo –y toda creación es aristocracia- tiene que acertar a ser aristócrata en la plazuela. He aquí por qué, dócil a la circunstancia, he hecho que mi obra brote en la plazuela intelectual que es el periódico. No es necesario decir que se me ha censurado constantemente por ello. Pero algún acierto debía haber en tal resolución cuando de esos artículos de periódico han hecho libros formales las imprentas extranjeras”.
Ahora la prensa en papel sufre el mismo embate mercadotécnico y tecnológico que el libro de papel. Y buscamos hacer academia en los ágoras de la plazuela virtual. Ya ha ocurrido. El internet ya es todo un gran método historiográfico. Para no ir más lejos, hace apenas dos años, cuando se dio la por entonces llamada “primavera árabe” fue en internet, y especialmente en redes como Twitter y Facebook donde se hicieron los grandes anales –anales de unos cuantos días, como quería Quevedo- de las rebeliones y guerras de Egipto, Túnez, Siria, Yemen, Turquía… En estos días la historia y la historiografía se practican mucho en internet a propósito no sólo de toda la zona árabe, persa, turca o egipcia, sino también de Rusia y Ucrania.
Pronto la anterior complicidad-disputa entre crónica-historia en papel ingresará un poco al ámbito de los recuerdos arqueológicos. La historiografía se enriquecerá bastante con las nuevas oportunidades de los tuits, los retuits, los posts, los blogs, los memes, los mails, los mensajes de texto, los emoticonos, los followers, los likes y los correos de voz.